294 FILOSOFÍA Y RELIGIÓN


294 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En el jardín de la casa de Lázaro. Jesús está sentado bajo el pórtico, sobre un banco de mármol, con cojines.

Con la espalda apoyada contra el muro, rodeado de todos:

Por Lázaro y su familia, todos los habitantes de la casa: 

incluso los sirvientes y huéspedes;

por los apóstoles y los discípulos Juan y Timoneo, más José y Nicodemo.

También por las pías mujeres y todas las discípulas.

Todos escuchan muy atentos a la esclava griega, que es una mujer muy hermosa.

Ya no luce desaliñada, como el día que la encontrara Jesús.

Viste una túnica de color malva.

Tiene alrededor de veinte años.

Un porte severo y de radiante calma, en un cuerpo escultural.

Sus ojos violetas, se ven casi negros; tienen una mirada inteligente, sincera, honesta y firme;

en una cara de facciones armoniosas y perfectas.

Su piel es muy blanca y sus cabellos ondulados y negros.

Sus ademanes patricios, hablan de una noble cuna.

Todos están interesados y en distintas posturas: 

Quién sentado en cómodos asientos, quién sentado en el suelo,

quién de pie, quién apoyado en las columnas o en la pared,

Todos escuchando atentos,

Síntica está erguida y solemne frente a Jesús;

Y su voz grave, se escucha fuerte:

–      Soy botín de guerra desde mi más tierna edad…

Síntica da su testimonio, repitiendo lo que dijera el día que encontró a Jesús

y el por qué huyó del romano cruel…

Sé que él anda en mi busca.

Le costé mucho dinero y le agrado demasiado, para que me deje en paz.

Busqué al Desconocido que no rechaza a los esclavos y habla del alma.

Y quise venir a Él, para que me instruya y me levante otra vez.

Quise estar cerca de Él.

Vivir en medio de los brutos, embrutece a uno.

Quiero volver a tener mi antigua dignidad moral.

¡Y lo encontré!

Síntica se postra y le besa los pies a Jesús,

mientras repite conmovida y emocionada:-

¡Gracias, Salvador y Dios mío!…

Y lo adora durante un largo momento, con un silencio lleno de reverencia.

Luego se levanta y continúa:

–         Y creo en Él.

Amarlo es mi necesidad.

Para no sentir todo el peso de mi condición.

Significa ya no estar sola, ni ser esclava, ni estar desterrada de mi patria.

Pensar que mi madre; mis hermanos, que mi padre e Ismene, tan tierna y dulce,

no estaban perdidos para siempre;

sino que, a pesar de que todo el mundo insistía con saña en separarnos,

como Roma, que nos había dividido siendo libres y nos había vendido como a bestias de carga,

En un lugar, más allá de esta vida, nos uniría de nuevo.

Pensar que nuestro vivir no es solo materia que se encadena;

sino que dentro de ella hay una fuerza libre que nadie puede encadenar,

si no es el deseo voluntario de vivir en el desorden moral y en la crápula.

Vosotros le llamáis “Pecado”

Los que eran mis luces en la oscuridad de mi noche de esclava, lo definen de otro modo.

Pero ellos también admiten que un alma clavada al cuerpo por las pasiones malas y corporales

no alcanza lo que vosotros llamáis Reino de Dios y nosotros convivencia en el Hades con los dioses.

Para ello es necesario abstenerse de caer en la materialidad,

esforzarse por alcanzar la libertad respecto al cuerpo,

dándonos a nosotros  mismos un patrimonio de virtud 

 para obtener una feliz inmortalidad y el juntarnos de nuevo con los propios seres queridos. 

Pensar que el alma de los muertos puede estar cerca de la de los vivos…

Y que no se ven imposibilitadas para ayudar a las almas de los vivos

para poder decir: ‘Sí, Mamá. Para ir a donde estás, mantendré mi alma libre;  

Y sentir, por tanto, junto a una misma el alma materna,

encontrar de nuevo su mirada y su voz, hablándole al alma de su hija.

Y poder decir: “Sí, madre. Por ir a ti, sí. Por no turbar tu mirada, sí.

Por no poner lágrimas en tu voz, sí.

Por no enlutar el Hades en que vives en paz, sí.

Por todo esto mantendré mi alma libre:

la única propiedad que tengo y que nadie me puede arrebatar.

 Por lo cual es necesario abstenerse de caer en el materialismo

y esforzarse por llegar a la libertad del cuerpo.

Hacerse de virtudes para poder poseer una inmortalidad dichosa

y poder reunirse con los seres amados.

Pensar así era libertad y alegría.

Y así quise pensar. Y obrar.

Porque pensar pero luego obrar con incoherencia respecto al pensamiento,

no es sino demediada y falsa filosofía.

Pensar así significaba construirse de nuevo una patria incluso en el exilio.

Una íntima patria en el yo, con sus altares, su fe, su instrucción, sus afectos…

Y una patria grande, misteriosa y al mismo tiempo no misteriosa,

por ese “algo” de misterioso que hay en el alma, que sabe que no desconoce el más allá,

a pesar de que al presente lo conozca sólo como un marinero conoce desde plena alta mar

en una mañana brumosa los detalles de la costa, es  decir, confusamente, en boceto,

sólo con algún que otro punto netamente delineado, pero suficiente,

suficiente para el cansado navegante mortificado por las borrascas, que puede decir:

“Allí está el puerto, la paz”.

La patria de las almas, el lugar de origen…

El lugar de la Vida.

Porque la vida se engendra de la muerte…

¡Oh, entendía esto a medias, hasta que vine a saber una cosa que Tú habías dicho!

Después… después fue como si un rayo de sol hiriera el diamante de mi pensamiento.

¡Y todo fue luz.!

Y entendí hasta qué punto acertaban los maestros de Grecia,

y cómo después, a falta de un dato;

uno sólo, para resolver con equidad el teorema de la Vida  y la Muerte, erraban.

El dato era: ¡Existe el  Verdadero Dios, Señor y Creador de todo cuanto hay! 

¿Puedo ponerlo en estos labios de pagana? ¡Sí!

¡Sí puedo, porque como todos los demás, también vengo de Él!

Porque Él puso en la inteligencia de todos los hombres esa capacidad.

Y en los más sabios, una inteligencia superior, por la que aparecen cual semidioses,

como dotados de un poder más que humano.

Puedo nombrarlo porque les hizo escribir esas verdades que son ya Religión Divina,

capaz de tener las almas ‘vivas’ no solo durante el corto espacio de tiempo

que es su estadía acá en la tierra;

sino para siempre.

Después entendí lo que quería decir: “la vida se genera de la muerte”.

El que lo dijo estaba no como uno totalmente ebrio, pero sí con la inteligencia cargada.

Dijo una frase sublime, pero no la entendió enteramente.

Yo -perdona, Señor, mi orgullo- yo entendí más que él y desde ese momento soy feliz.

Jesús pregunta:

–        ¿Qué comprendiste?

–        Que esta existencia no es sino el principio embrional de la vida,

La vida nace de la muerte,

Porque la verdadera Vida empieza cuando la muerte nos da a luz…

Para el Hades, como pagana, para la Vida Eterna, como creyente en Ti

¿Me equivoco?

–       Es como dices, mujer – aprueba Jesús.

Nicodemo interviene:

–        Pero, ¿Cómo es que tuviste noticia de las palabras del Maestro?

–        Quien tiene hambre busca comida, señor.

Yo buscaba mi comida.

Siendo lectora -porque era culta y tenía una bonita voz y una buena pronunciación-,

podía leer mucho en las bibliotecas de mis amos.

Pero no me sentía saciada todavía.

Sentía que había otra realidad al otro lado de las paredes historiadas de ciencia humana

Y cual prisionera en cárcel de oro, golpeaba con los nudillos, trataba de forzar las puertas

para salir, para encontrar…

Viniendo a Palestina con el último amo, temía caer en las tinieblas…

Sin embargo, venía hacia la Luz.

Cada palabra de los siervos de Cesárea

era un golpe de pico que iba resquebrajando las paredes y abriendo agujeros cada vez mayores

por los que entraba tu Palabra.

Yo recogía estas palabras y noticias.

Como un niño que ensarta perlas, me las alineaba y me adornaba con ellas,

y sacaba fuerzas de ellas para estar cada vez más purificada, para recibir la Verdad.

En la catarsis sentía que hallaría. Ya desde la tierra.

A costa de la vida quise ser pura para el encuentro con la Verdad, con la Sabiduría,

con la Divinidad.

Señor, estoy diciendo palabras sin juicio.

Éstos me miran atónitos.

Pero has sido Tú  quien me las ha pedido…

—       Habla.

Habla. Es necesario.

–        Con fortaleza y templanza he resistido a las presiones externas.

Bastaría que hubiera querido y habría podido ser libre y feliz, según el mundo.

Pero no quise trocar el saber por el placer.

Porque sin sabiduría no es útil tener las otras virtudes.

Él, el filósofo, lo dijo:

“Justicia, templanza y fortaleza,

separadas del saber, son semejantes a un escenario pintado,

virtudes  verdaderamente de esclavos sin nada firme y real”.

Quería tener cosas reales.

El amo, necio, hablaba de Tí en mi presencia.

Entonces fue como si las paredes se transformasen en velos.

Bastaba con querer para rasgar el velo y unirse a la Verdad.

En este plan de purificación, pensaba que daría con lo que buscaba y me propuse ser pura,

aún a costa de la vida.

Por eso me defendí como fiera del lascivo romano.

Para que cuando me encontrase con la Verdad; con la Sabiduría, con la Divinidad…

Señor Jesús estoy diciendo palabras tontas.

Éstos me están mirando cómo aturdidos…

Pero Tú me dijiste que hablase…

Y lo hice.  

Judas dice:

–        No sabías que nos ibas a encontrar.

–       Sabía creer que el dios premia la virtud.

No quería ni oro, ni honores, ni libertad física, ni siquiera la libertad física;

lo que quería era la Verdad.

A Dios le pedía esto, o morir.

Quería que me fuera evitada la humillación de acabar siendo sólo un “objeto”

y, más todavía, de consentir en serlo.

Renunciando a todo lo corporal en mi búsqueda de Ti, ¡Oh, Señor!,

Porque buscar por medio del sentido es siempre imperfecto –

Tú lo viste cuando huí al verte, engañada por mis ojos.

Me abandoné al Dios que está sobre nosotros y en nosotros y que de Sí informa el alma.

Y te encontré porque el alma me condujo a Ti.

Judas, con cierto desprecio, vuelve a decir:

–        Tu alma es pagana.

–       Pero el alma tiene siempre en sí misma algo de lo divino;

especialmente cuando, con esfuerzo, se ha preservado del error…

Y, por tanto, tiende a las cosas que tienen su misma naturaleza.

–       ¿Te estás comparando con Dios?

–       No.

–       Entonces, ¿Por qué dices eso?

–       ¡¿Cómo?!

¿Y me lo preguntas tú, que eres discípulo del Maestro?

¿A mí, que soy griega y libre desde hace poco?

¿No lo escuchas cuando habla?

¿O es que en ti el fermento del cuerpo es tal, que te obceca?

¿No dice siempre Él que somos hijos de Dios?

Pues entonces somos dioses, si somos hijos del Padre,

de ese Padre suyo y nuestro de que habla siempre.

Me podrás reprochar falta de humildad, pero no que soy una incrédula y una distraída.  

Judas respinga furioso:

–        ¿Así que te crees más que yo?

¿Crees haber aprendido todo con tus libros de tu Grecia?

–        No.

Ni una cosa ni la otra.

De todas formas, los libros de los sabios, de cualquier lugar que sean,

me han dado ese  mínimo para tenerme en pie.

No pongo en duda que un israelita sea más que yo.

Pero estoy contenta con esta suerte mía que de Dios me viene.

¿Qué más puedo desear?

Encontrando al Maestro he encontrado todo.

Y pienso que ello era destino, porque verdaderamente veo que hay un Poder que vela sobre mí

y que me ha designado un gran destino;

yo, sintiéndolo bueno, no he hecho más que secundarlo.

–       ¡Bueno!

Has sido esclava y tus patrones fueron crueles…

Si el último te hubiera capturado de nuevo, 

¿Cómo habrías secundado el destino? 

Dímelo sabia…

–        ¿Te llamas Judas, verdad?

–         Sí. ¿Y qué?

–        Nada…

Quiero recordar tu nombre, además de la ironía.

Mira que la ironía no se ve bien, ni aún en los virtuosos…

¿Qué cómo habría yo secundado al destino?

Me habría quitado la vida.

Porque en verdad en ciertos casos, es mejor morir que vivir.

Aún cuando el filósofo diga que ello no es correcto y que es cosa impía el procurarse este bien

por propia iniciativa; 

porque solo los dioses tienen el derecho de llamarla a una a sí.

Y esto; esperar una señal de los dioses para quitarme la vida,

fue lo que me entretuvo en medio de las cadenas de mi triste suerte.

Y si ahora el asqueroso patrón me capturase,

vería esto como una señal y preferiría morir que vivir.

También yo tengo mi dignidad, ¿Sabes?

–       ¿Y si ahora te atrapara de nuevo?

Estarías en las mismas condiciones…

–         Ahora ya no me mataría.

Ahora sé que la violencia contra la carne no hiere al espíritu que no consiente.

Ahora resistiría hasta que me doblegasen con la fuerza, hasta morir a causa de las violencias.

Porque interpretaría también esta violencia como señal con la que Dios me llamaría a su presencia.

Ahora moriría tranquila, sabiendo que perdería algo perecedero.

Nicodemo  aprueba y Lázaro aplaude,

diciendo

–         Bien has respondido, mujer.

Judas dice:

–        El suicidio nunca está permitido.  

Jesús dulcemente, agrega:

–        Muchas son las cosas prohibida…

Y no se respeta la prohibición.

Tú, Síntica, debes pensar que Dios, de la misma forma que te ha guiado siempre,

te habría preservado también de la violencia sobre ti misma.

Ahora ve.

Te agradecería que me buscases al niño y me lo trajeses. 

La mujer se prosterna hasta tocar el suelo y se marcha.

Todos la siguen con la mirada.

Lázaro susurra:

–         ¡Y siempre es así!

No logro entender cómo las cosas que en ella han significado “vida”,

para nosotros de Israel han significado “muerte”.

Si tienes modo de continuar examinándola…  

Verás que precisamente ese helenismo que nos ha corrompido a nosotros,

que ya poseíamos una Sabiduría… 

a ella la ha salvado. ¿Por qué?

Jesús responde:

–        Porque los caminos del Señor son admirables.

Y Él se los abre a quien lo merece.

Ahora, amigos, os saludo porque declina la tarde.

Estoy contento de que todos vosotros hayáis oído hablar a la griega.

De la constatación de que Dios se revela a los mejores,

sacad la lección de que excluir de las filas de Dios a todos aquellos que no son de Israel

es odioso y peligroso.

Que esto os sirva de norma para el futuro…

No murmures Judas de Simón.

Y tú, José, no tengas escrúpulos que no vienen al caso.

Ninguno de vosotros se ha contaminado en nada por haber estado al lado de una griega.

Ocupaos, eso sí, de no estar con el demonio o darle cabida en vosotros.

Adiós José, adiós Nicodemo.

¿Os voy a poder ver otra vez mientras estoy aquí?

Ahí está Margziam…

Ven, niño, saluda a los jefes del Sanedrín.

¿Qué les dices?

Margziam hace una inclinación con cabeza,

y dice:

–        La paz sea con vosotros.

Y… digo también: a la hora del incienso pedid por mí.

José pregunta:

–        No lo necesitas, niño.

Pero, ¿Por qué precisamente a esa hora?

–        Porque la primera vez que entré en el Templo con Jesús,

me habló de la oración del atardecer… ¡Oh, qué bonito!…

–        ¿Y tú vas a orar por nosotros?

¿Cuándo?

–        Rezaré…

Rezaré por la mañana y al atardecer.

Para que Dios os preserve del pecado de día y de noche.

–        ¿Y qué vas a decir, niño?

–        Diré:

“Señor Altísimo, haz de José y Nicodemo unos verdaderos amigos de Jesús”.

Será suficiente, porque quien es amigo verdadero no apena al amigo.

Y quien no apena a Jesús está seguro de poseer el Cielo.

Los dos miembros del Sanedrín mientras lo acarician,

Le dicen:

–        ¡Que Dios te conserve así, niño! 

Luego saludan al Maestro, después a la Virgen y a Lázaro en particular.

Y a todos los demás en grupo.

Y se marchan.

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