437 LA CORRUPCIÓN SAGRADA


437 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

376a  condena al Templo corrompido.

Enseguida vuelve el siervo…

Y dice a Lázaro::

–             Señor…

Han venido Nicodemo, José, Eleazar y otros fariseos y jefes del Sanedrín.

Quieren saludarte.

Lázaro mira a Jesús interrogativamente.

Jesús comprende:

–           Que vengan.

Los saludaré de buena gana.

Poco después entran: José; Nicodemo; Eleazar, aquel justo del banquete de Ismael;

Juan, aquel del banquete, ya lejano en el tiempo, del de Arimatea;

otro, al que llaman llaman Josué, Felipe, Judas y Joaquín.

Saludos sin fin.

Menos mal que la sala es grande…

Si no, ¿Cómo habrían podido meter en ella tantas reverencias y tanto abrir de brazos y tantas

ampulosidades?

Pero, a pesar de ser grande, se llena tanto, que los discípulos deciden desaparecer.

¡Quizás no dan crédito al hecho de no estar bajo el fuego de tantas pupilas de miembros del Sanedrín!

Se quedan solamente Lázaro y Jesús.

Joaquín dice:

–            Lázaro, sabemos que estás en Jerusalén.

¡Así que hemos venido!

Un poco irónico, Lázaro responde:

–            Me asombra y me alegra

Ya casi no recordaba tu cara.

-¡Hombre!… ya sabes… Queríamos venir.

Pero… habías desaparecido…

–              ¡Lo cual hubiera sido maravilloso!

¡Efectivamente, es muy difícil visitar a un desdichado!

–              ¡No! ¡No digas eso!

Nosotros… respetábamos tu deseo.

Pero ahora que… ahora que… ¿Verdad Nicodemo?

–             Sí, Lázaro.

Los viejos amigos vuelven.

Incluso por el deseo de saber noticias tuyas y de venerar al Rabí.

–            ¿Qué noticias me traéis?

–             ¡Mmm!… Las cosas de siempre…

El mundo… Ya… – miran de reojo a Jesús, que está rígido en su asiento, un poco absorto.

–             ¿Y cómo es que estáis todos juntos hoy, nada más terminar el sábado?

–              Ha habido una reunión extraordinaria.

–              ¿Hoy?

¿Pues qué motivo había tan urgente?…

Los recién llegados miran furtiva y significativamente a Jesús.

Pero Él está absorto…

Muchos motivos… – responden luego.

–            ¿No tienen que ver con el Rabí?

José de Arimatea explica:

–            Sí, Lázaro.

También con Él.

Pero también se ha juzgado un hecho grave, acaecido mientras estábamos todos reunidos

en la ciudad por las fiestas…

–          ¿Un hecho grave? ¿Cuál?

Eleazar comenta:

–           Un… un error de… juventud… ¡Mmm!

¡En fin! Una grave controversia… porque…

Rabí, escúchanos.

Estás entre personas honestas.

No somos discípulos tuyos, pero tampoco somos enemigos.

En casa de Ismael me dijiste que no estaba lejos de la justicia.

–           Es verdad.

Y lo confirmo.

–          Y yo te defendí contra Félix en el banquete de José – dice Juan.

–          Eso también es verdad.

–          Y éstos piensan como nosotros.

Hoy hemos sido llamados a decidir…

Y no estamos contentos de lo que se ha decidido.

Porque se han salido con la suya la mayoría, que estaban contra nosotros.

Escucha y juzga Tú, que eres más sabio que Salomón.

Jesús los perfora con su profunda mirada.

Luego dice:

–          Hablad.

Judas el fariseo pregunta:

–          ¿Estamos seguros de que nadie nos oye?

Porque es… una cosa horrenda…

Lázaro le responde:

–           Cierra la puerta y corre la cortina.

Y estaremos en una tumba.

Felipe pregunta:

–           Maestro, ayer por la mañana dijiste a Eleazar de Anás,

que no se contaminara por ninguna razón.

¿Por qué se lo dijiste?

–            Porque había que decirlo.

Él se contamina, Yo no;

los libros sagrados lo dicen.

Eleazar pregunta:

–            Es verdad.

Pero ¿Cómo sabes que se contamina?

¿Te habló quizás la joven antes de la muerte?

–            ¿Qué joven?

–             La que ha muerto después de la violencia, y con ella su madre.

Y no se sabe si las ha matado el dolor o si se han matado;

o si las han matado con veneno para que no hablaran.

–             Yo no sé nada de esto.

Veía el alma depravada del hijo de Anás.

Sentía su mal olor. Hablé.

Ni sabía ni veía más cosas.

Lázaro pregunta con interés:

–           ¿Pero qué ha pasado? .

Nicodemo responde:

–            Ha pasado que Eleazar de Anás vio a una joven, hija única de una viuda, y…

La atrajo a sí con el pretexto de encargarle un trabajo, porque para vivir hacían labores de costura,

y… abusó de ella.

La joven murió… tres días después, y con ella la madre.

Pero, antes de morir, a pesar de las amenazas recibidas, dijeron todo a su único pariente…

Y éste fue donde Anás con la acusación.

Pero, no contento todavía, se lo dijo a José, a mí y a otros…

Anás ha mandado que lo arresten y lo metan en la cárcel.

De ahí pasará a la muerte, o no volverá a ser libre.

Hoy Anás ha querido saber nuestra opinión.

José masculla entre dientes:

–            No lo habría hecho, si no hubiera sabido que nosotros ya estábamos al corriente.

Nicodemo dice:

–             Sí…

Vamos que con una apariencia de votación, con una simulación de juicio,

se ha decidido sobre el honor y la vida de tres desdichados y sobre la pena para el culpable .

–            ¿Y entonces?

–             ¡Pues entonces!

¡Es natural!

Nosotros, que hemos votado por la libertad del hombre y el castigo de Eleazar,

hemos sido amenazados y expulsados como personas injustas.

¿Tú qué opinas?

Pausada y terriblemente,

Jesús dice:

–              Que Jerusalén me produce náuseas…

Y que en Jerusalén el bubón más fétido es el Templo.

Y termina:

«Se lo podéis decir a los del Templo».

Lázaro pregunta:

–             ¿Y Gamaliel qué ha hecho?

–              En cuanto oyó el hecho, se tapó la cara y salió diciendo:

«¡Venga pronto el nuevo Sansón para acabar con los filisteos depravados!».

–               ¡Bien ha dicho!

Pronto vendrá.

Un momento de silencio.

Señalando a Jesús,

Lázaro pregunta:

–                ¿Y de El no se ha hablado?

–                ¡Sí, claro!

Antes que de ninguna otra cosa.

Ha habido quien ha referido que calificaste de mezquino al reino de Israel.

Por eso te han tachado de blasfemo; es más, de sacrílego.

Porque el reino de Israel viene de Dios.

Jesús pregunta:

–            ¿Ah, sí?

¿Y cómo ha llamado el Pontífice al violador de una virgen, al profanador de su ministerio?

¡Responded! –

Atemorizado por la majestuosidad de Jesús, Joaquín, que está frente a Él,

alto, de pie, con el brazo extendido…

Dice:

–              Es el hijo del Sumo Sacerdote.

Porque el verdadero rey allí dentro es Anás.

–             Sí. El rey de la depravación.

¿Y queréis que no llame mezquino a un País en que tenemos un Tetrarca que es un sucio

y un homicida un Sumo Sacerdote cómplice de un violador y asesino?…

Eleazar. susurra:

–                Quizás la joven se ha matado o ha muerto de dolo.r

–                Asesinada, en cualquier caso, por su violador…

¿Y ahora no se hace una tercera víctima con el pariente, encarcelado para que no hable?

¿Y no se profana el altar acercándose a él con tantos delitos?

¿Y no se ahoga la justicia imponiendo silencio a los justos, demasiado escasos, del Sanedrín?

¡Sí, venga pronto el nuevo Sansón, y abata este lugar profanado;

extermine para dar nueva salud!…

Yo, a punto de vomitar, por la náusea que siento, no sólo llamo mezquino a este País desdichado,

sino que me alejo de su corazón lleno de podredumbre,

lleno de delitos sin nombre, cueva de Satanás…

Me marcho.

No por miedo a la muerte.

Os demostraré que no tengo miedo.

Me marcho porque no ha llegado mi Hora y no doy perlas a los puercos de Israel,

sino que se las llevo a los humildes, diseminados por las cabañas, por los montes,

por los valles de los pueblos pobres.

Lugares donde todavía se sabe creer y amar, si alguien lo enseña;

lugares donde, bajo las toscas vestiduras hay espíritus.

Aquí, por el contrario, las túnicas y mantos sagrados;

y más todavía el efod y el racional,

sirven para cubrir inmundas carroñas y para contener armas homicidas.

Decid a éstos que en nombre del Dios verdadero los consagro a su condena

y, como nuevo Miguel, los arrojo del Paraíso

Y para siempre.

Ellos que quisieron ser dioses y son demonios.

No necesitan estar muertos para ser juzgados.

Ya están juzgados.

Y sin remisión.

Los miembros del Sanedrín y los fariseos, antes solemnes, se arrinconan de tal forma,

ante la tremenda ira de Cristo,

que parecen hacerse pequeños.

Jesús, por el contrario, parece hacerse un gigante, de tanto fulgor como hay en su mirada y de

tanta impetuosidad como hay en sus gestos.

Lázaro gime:

–            ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús!

Jesús lo oye.

Y cambiando de tono y aspecto,

dice:

–             ¿Qué te sucede, amigo mío?

–              ¡No!

¡No con ese aspecto terrible!

¡No eres ya el mismo!

¿Cómo se podrá tener esperanza en la misericordia, si te muestras tan terrible?

-Y, no obstante, así estaré,

y más todavía, cuando juzgue a las Doce tribus de Israel.

Pero, ten valor, Lázaro.

Quien cree en Cristo ya ha sido juzgado…

Se sienta de nuevo.

Sigue un momento de silencio.

Al final, Juan pregunta:

–              ¿Y nosotros, por haber preferido los improperios a mentir en el ejercicio de la justicia,

cómo seremos juzgados?

–              Con justicia.

Perseverad y llegaréis a donde Lázaro ya ha llegado: a la amistad con Dios.

Se levantan.

–           Maestro, nos marchamos.

La paz a ti. Y a ti, Lázaro.

-La paz a vosotros.

Varios suplican:

–            Que lo que se ha dicho quede aquí.

–            No temáis.

Marchaos.

Que Dios os guíe en todos los nuevos actos.

Salen.

Se quedan solos Jesús y Lázaro.

Después de un poco, éste dice

–          ¡Qué horror!

–          Sí. ¡Qué horror!…

Lázaro, voy a preparar la partida de Jerusalén.

Seré huésped tuyo en Bethania hasta el final de los Ázimos.

Y sale…´´

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