446 El Nuevo Elías


366 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

381b  Conversión de un esenio.

Se quedan con Jesús los apóstoles.

A su vez se ponen en marcha, y van hablando.

Buscan sombra caminando al lado de un pequeño bosquecillo de tamarices de desordenadas frondas.

Pero dentro hay un esenio

El que ha hablado con Jesús.

Se está quitando sus vestiduras blancas.

Pedro, que va delante de todos,

lleno de estupor al ver que el hombre se queda sólo con el calzón corto,

se echa a correr hacia el grupo,

diciendo:

–            ¡Maestro!

¡Un loco!

El que hablaba contigo, el esenio.

Se ha desnudado y llora y suspira.

No podemos ir allí.

Pero el hombre, delgado, con poblada barba,

su cuerpo completamente desnudo a excepción del calzón corto y las sandalias,

ya sale de la espesura del bosque y viene hacia Jesús llorando y golpeándose el pecho.

Se arrodilla, diciendo: 

–             Yo soy el curado milagrosamente en el corazón.

Me has curado el espíritu.

Obedezco tu palabra.

Tomo nuevo vestido de luz, dejando todo pensamiento que fuera para mí vestido de error.

Me separo para meditar sobre el Dios verdadero, para obtener vida y resurrección.

¿Es suficiente?

Dame el nuevo nombre y un lugar donde vivir de Ti y de tus palabras.

Los apóstoles comentan:

–          ¡Está loco!

–          ¡No sabemos hacerlo nosotros que oímos tantas! 

–          Y él… por un solo discurso…

Pero el hombre, que los oye,

dice:

–          ¿Queréis poner límites a Dios?

Él me ha quebrantado el corazón para darme un espíritu libre.

¡Señor!… – suplica con los brazos extendidos hacia Jesús.

Jesús dice:

–           Sí.

Llámate Elías y sé fuego.

Aquel monte está lleno de cavernas.

Ve a él.

Y cuando sientas temblar la tierra por un tremendo terremoto, sal y busca a los siervos del Señor

para unirte a ellos.

Habrás nacido de nuevo, para ser siervo tú también.

Ve.

El hombre le besa los pies, se levanta y se pone en camino

–           ¿Pero va así desnudo? – preguntan asombrados.

–           Dadle un manto, un cuchillo, yesca y eslabón.

Y un pan. Caminará hoy y mañana

Luego se retirará en Oración al lugar donde estuvimos nosotros.

El Padre se ocupará de su hijo.

Andrés y Juan se echan a correr y le dan alcance;

cuando ya está para desaparecer tras un recodo.

Vuelven diciendo:

–          Los ha tomado.

Le hemos indicado también el lugar donde estábamos.

–         ¡Qué conquista tan inesperada, Señor!

–          Dios hace germinar flores hasta en las rocas

También en los desiertos de los corazones, hace surgir espíritus de voluntad para consuelo mío.

Ahora vamos hacia Jericó.

Nos alojaremos en alguna casa del campo.

El camino, a pesar de que corte verdes campos orlados de árboles frondosos

en su linde con él, es un horno bajo el sol cenital.

De los campos – los cereales se encaminan rápidamente a su maduración – viene un calor

y olor como de horno en que la flor de la harina se transforma en pan.

La luz es deslumbradora.

Cada espiga, entre las glumas áureas y las aristas puntiagudas,

parece una pequeña lámpara de oro y los visos del sol en la paja de los tallos molestan a los ojos,

como también los reflejos del camino, cegador de tanto sol.

En vano los ojos buscan alivio en las frondas:

si se alzan buscándolo, quedan aún más a merced del sol despiadado

y han de bajarse enseguida, huyendo de esa violencia.

Y restringirse, reducirse a una abertura sutil entre las pestañas polvorientas,

entre los bordes de los párpados enrojecidos y doloridos.

El sudor forma líneas brillantes en las mejillas polvorientas.

Los pies cansados se arrastran,

levantando nuevo polvo que atormenta, atormenta, atormenta.

Jesús consuela a sus cansados apóstoles.

Aunque Él también suda, se ha puesto sobre la cabeza el manto, para defenderse del sol,

y aconseja a los demás que hagan lo mismo.

Ellos obedecen sin decir nada.

Están demasiado cansados para encontrar la fuerza necesaria,

para una de sus habituales manifestaciones de descontento.

Van como borrachos…

Jesús los alienta:

–            ¡Ánimo!

Que allá entre los campos hay una casa…

Pedro rezonga bajo el manto:

–            Si es como las otras…

Lo único será el desconsuelo de recorrer mucho camino sin sentido por esas tierras abrasadoras.

Y los otros lo confirman con un « ¡mmm!» desconsolado.

–           Voy Yo.

Quedaos aquí, debajo de esta poca sombra.

–          No. No.

Vamos también nosotros.

Aquí no falta el agua.

Al menos tendrán un pozo…

Y bebemos para apagar el fuego que tenemos dentro.

–            Beber tan sudorosos os haría daño.

–            Moriremos..,

Pero en todo caso, será mejor que lo que tenemos ahora…

Jesús no rebate.

Suspira y se pone a caminar delante del grupo,

por un senderillo que hay entre los campos de cereales.

Los campos no llegan hasta la casa, sino sólo hasta los límites de un huerto maravilloso,

lleno de sombra, donde la luz y el calor están mitigados.

Ya que forma un cinturón óptimo y reconfortador en torno a la casa.

Y los apóstoles, con un «¡ah!» de alivio, se lanzan adentro.

Jesús sigue caminando, sin tener en cuenta sus peticiones de quedarse allí un buen rato.

Zurear de palomas, chirrío de garruchas, serenas voces de mujer vienen de la casa.

Y se esparcen en el silencio soleado del campo.

Jesús aparece en una placita que circunda a la casa, como una acera ancha y limpia

sobre la que una pérgola de uva extiende un bordado de frondas y sombra protectora.

Dos pozos, uno en el lado derecho, otro en el lado izquierdo de la casa, sombreados por la vid.

Arriates junto a las paredes de la casa.

Cortinas ligeras, de rayas oscuras, ondean en las puertas abiertas.

Voces de mujeres y rumor de movimiento de loza salen de una habitación.

Jesús se dirige a ella.

Y a su paso, una docena de palomas que estaban picoteando unos granos de cereales,

levantan el vuelo con fuerte aleteo.

El ruido atrae la atención de quien está en la habitación.

Y mientras Jesús aparta la cortina con la mano por la parte derecha,

al mismo tiempo una criada la aparta por la izquierda…

y se queda asombrada ante el Desconocido.

Que la saluda diciendo:

–           ¡Paz a esta casa!

¿Podéis darme refrigerio, como peregrino?

Desde la puerta de esta habitación, que es una cocina grande donde las domésticas están

lavando la loza usada para la comida del mediodía.

La mujer responde:

–           La ama no te cerrará su casa.

Voy a avisarle.

–            Pero traigo conmigo a otros doce.

Y si pudiera darme refrigerio sólo a Mí preferiría quedarme sin él.

–            Vamos a decírselo a la ama sin duda…

Una voz de mujer interrumpe diciendo:

–             ¡Maestro y Señor!

¿Tú aquí? ¿En mi casa?

¿Qué gracia especial es ésta?

Nique, se acerca rápidamente y se arrodilla a besar los pies de Jesús.

Las criadas parecen estatuas.

La que estaba lavando los platos se ha quedado con el trapo en la derecha

y un plato que gotea en la izquierda enrojecida por el agua hirviendo.

Otra, que estaba sacando brillo a los cuchillos, en un rincón, sentada en el suelo sobre los talones,

se yergue sobre sus rodillas para ver mejor.

Y se le caen los cuchillos al suelo con estrépito.

Una tercera, que estaba vaciando de ceniza los fogones, levanta la cara cenizosa

y se queda así, por encima del nivel del hogar, con la boca abierta.

Jesús dice:

–         ¡Aquí estoy.

Nos han rechazado en muchas casas.

Estamos cansados y sedientos.

–          ¡Oh! ¡Ven!

¡Ven! No aquí.

A las salas de septentrión, que son frescas y umbrosas.

Y vosotras preparad agua para los cuerpos y bebidas aromáticas.

Y tú, niña, corre a despertar al administrador;

que te ayude para las primeras cosas de comer, en espera del banquete…

–           ¡No, Nique!

No soy el invitado mundano.

Soy tu Maestro perseguido.

Te pido alojamiento y amor más que comida.

Pido piedad. Más para mis amigos que para mí mismo…

–            Sí, Señor.

Pero ¿Cuándo habéis comido por última vez?

–            Ellos no lo sé.

Yo ayer, al rayar el día, con ellos.

–            ¿Lo ves?…

No voy a derrochar.

Pero, como una madre o hermana, voy a darles a todos lo necesario.

Y a Ti, como sierva y discípula, honor y ayuda.

¿Dónde están los hermanos?

–             En el huerto.

Pero quizás ya vienen.

Oigo voces.

Nique corre fuera y los ve.

Los llama y luego los conduce, junto con Jesús, a un fresco vestíbulo, donde ya hay barreños con  toallas.

Y pueden refrescarse la cara, brazos y pies, del abundante polvo y del sudor.

–             Por favor, quitaos esa ropa tan sudada; dádselo todo inmediatamente a las criadas.

Es un gran descanso tener los vestidos limpios y las sandalias frescas.

Y luego venid a esa sala.

Os espero allí.

Y Nique se marcha, cerrando la puerta…

Pedro entrando en 1a sala donde Nique los espera, atenta y respetuosa,

suspira diciendo:

–       …¡Ah!

¡Pues se está bien en esta sombra y así bien refrescados!

–           Mi alegría por poderos aliviar es más grande que tu propio alivio,

apóstol de mi Señor.

–            ¡Mmm! Apóstol…

Ya… bueno…

Mira, Nique, vamos a hacer una cosa simple, ¿Eh?

Tú sin mostrar que eres rica y culta, yo sin mostrar que soy apóstol; así…

Como buenos hermanos, que tienen necesidad el uno del otro para el alma y el cuerpo.

Me da demasiado… miedo pensar que soy «apóstol».

–           ¿Miedo a qué? – pregunta sorprendida la mujer, y sonríe.

–          De… ser demasiado…

Demasiado voluminoso respecto a la arcilla que soy.

Y de que vaya a romperme por el peso…

Miedo a… hacerme un engreído por la soberbia…

Miedo de que… con la idea de que soy el apóstol, los otros… quiero decir, los discípulos…

Y las almas buenas, se mantengan distantes de mí y callen aunque me equivoque…

Y yo esto no lo quiero, porque entre los discípulos, incluso entre los que creen, así,

llanamente y sin más, hay muchos que son mejores que yo, unos en una cosa, otros en otra;

y yo quiero hacer como…  

Como esa abeja que ha entrado y se ha chupado un poco de esto un poco de lo otro,

de las cestas de fruta que has mandado traer para nosotros.

Y ahora, para completar, añade los jugos de esas flores:

Y luego irá afuera a chupar tréboles y flores de lis, manzanillas y convólvulos.

Toma de todos.

Y yo necesito hacer como ella…

–            ¡Tú libas la más hermosa flor: el Maestro!

–            Sí, Nique.

Pero de Él aprendo a hacerme hijo de Dios;

de los hombres aprenderé a hacerme hombre.

–            Lo eres.

–           No, mujer.

Soy poco menos que un animal.

Y no sé verdaderamente cómo es que me soporta el Maestro…

Jesús dice:

–            Te soporto porque sabes lo que eres.

Y por eso puedes ser trabajado como la pasta.

Pero si hicieras resistencia y fueras terco, soberbio sobre todo,

te alejaría de mí como a un demonio.

Entran unas criadas con tazas de leche fría y ánforas porosas con los líquidos muy frescos.

Nique dice:

–            Por favor, tomad este refresco.

Después podréis descansar hasta la noche.

La casa tiene habitaciones y camas.

Y, si no las tuviera, dejaría las mías para que descansarais vosotros.

Maestro, me retiro para las labores de la casa.

Sabéis todos dónde encontrarme a mí y a las criadas.

–            Ve.

Y no estés preocupada por nosotros.

Nique sale.

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