452 Una Ofrenda Sacrílega


452 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

386 Hacia la orilla occidental del Jordán

Jesús está de nuevo en camino.

Ha dado la espalda al norte y ahora bordea los meandros del río

en busca de alguien que lo pase a la otra orilla.

Está acompañado de los suyos, que evocan los acontecimientos de los

pocos días pasados en el poblado y en la casa de Salomón.

Al parecer han estado allí,

hasta que se ha difundido entre los ambientes enemigos la noticia

de la Presencia del Maestro en ese lugar;

entonces se han marchado, dejando al anciano Ananías,

sereno en su pobreza ya no desconsolada,

como custodio de la casita, ahora de nuevo en orden.

Bartolomé dice:

–         Esperemos que los estados de ánimo permanezcan como al presente.

Tadeo responde:

–          Si vamos y venimos como el Maestro dice,

los mantendremos en esas disposiciones.

–          ¡Pobre anciano!

Lloraba.

Nos ha tomado cariño…

Santiago de Zebedeo,

comenta:

–          Y me ha gustado su último discurso.

¿Verdad, Maestro, que habló sabiamente?

Tomás exclama:

–          ¡Santamente ha hablado, yo digo!

Jesús responde:

–          Sí.

Y tendré presente su deseo.

Judas dice:

–          Pero qué ha dicho exactamente?

Yo había ido con Juan para decirle a la madre de Micael que se acordara

de hacer lo que el Maestro había dicho

y no sé exactamente…

Jesús dice:

–           Ha dicho:

«Señor, si pasas por el pueblo de mi nuera, dile que no le guardo rencor

y que estoy contento por no ser ya un desamparado,

porque así será menor para ella, el juicio de Dios.

Dile que eduque a mis nietos en la fe del Mesías, porque así los tendré

conmigo en el Cielo.

Y en cuanto esté en la paz pediré por ellos y por su salud».

Y lo voy a decir.

Voy a buscar a la mujer y se lo voy a decir, porque es una cosa buena.

Santiago de Alfeo,

observa:

–          ¡Ni una palabra acusatoria!

Al contrario, se congratula porque, no muriendo ya de hambre

y desamparo, disminuye el pecado de la mujer.

¡Es admirable!

Tadeo pregunta:

–          ¿Pero disminuirá realmente a los ojos de Dios, la culpa de la nuera?

¡No está tan clara la cosa!

Pareceres contrarios.

Mateo se dirige a Jesús:

–         ¿Tú que piensas, Maestro?

¿Las cosas seguirán como antes o cambiarán?

–           Cambiarán…

Victorioso, Tomás dice:

–         ¿Ves como tengo razón yo?…

Pero Jesús hace un gesto de que le dejen hablar,

y dice:

–         Cambiarán para el anciano:

de la misma forma que han cambiado en la Tierra por su dulzura

indulgente, cambiarán en el Cielo.

Para la mujer no cambiarán:

Su pecado sigue gritando en la presencia de Dios;

sólo arrepintiéndose podría modificarse el juicio severo.

Y se lo voy a decir.

–         ¿Dónde vive?

–          En Masada, con sus hermanos.

–         ¿Y quieres ir hasta allí?

–          También hay que evangelizar esos lugares…

–          ¿Y a Keriot’?

–          Desde Masada subiremos a Keriot.

Luego iremos a Yuttá, a Hebrón, Betsur, Béter;

para subir de nuevo a Jerusalén para Pentecostés.

–          Masada es un sitio de Herodes…

–          ¿Qué importa?

Es una fortaleza, pero él no está allí.

¡Y aunque estuviera!…

La presencia de un hombre no me podrá impedir ser el Salvador.

–           Pero ¿Por dónde atravesamos el río?

–          A la altura de Guilgal.

Desde allí seguiremos adelante bordeando los montes.

Las noches son frescas…

Y la nueva luna de Ziv está luminosa en cielo sereno.

Mateo dice:

–         Si vamos por esos lugares;

¿Por qué no vamos al monte donde ayunaste?

Bueno es que todos lo conozcamos bien –

–          Iremos también allí.

¡Ah, ahí hay una barca!

Contratad el pasaje para que podamos cruzar a la otra parte

Después que cruzan a la otra orilla del Jordán, continúan caminando,

hasta llegar a la primera ciudad: Guilgal.

En este momento en que entra Jesús, es como una de las tantas ciudades palestinas.

Bastante poblada, construida sobre un collado poco alto y cubierto, por lo general, de viñas y olivos.

Pero el sol domina tanto aquí, que también los cereales pueden encontrar un lugar,

sembrados al azar, bajo los árboles o entre las hileras de vides;

y maduran, a pesar de las frondas, porque los tuesta bien este sol que ya evoca el cercano desierto.

Polvo, rumor de voces, suciedad, confusión de día de mercado.

Y, como el destino, inexorables, los consabidos escrupulosos fariseos y escribas,

que con vistosos gestos polemizan y conversan con aire de sabios en el mejor ángulo de la plaza.

Y que fingen no ver a Jesús o no conocerlo.

Jesús continúa recto.

Va a comer a una placita secundaria, casi de la periferia, toda umbrosa debido al entrelazado de

ramas que forman los árboles de todo tipo.

Parece que se trata de una parte de monte incluida hace poco en el poblado y que conserva todavía

ese recuerdo de su estado natural.

El primero que se acerca a Jesús, que está comiendo pan y aceitunas, es un hombre andrajoso.

Pide un poco de pan.

Jesús le da el suyo y todas las aceitunas que tiene en la mano.

Pedro observa:

–           ¿Y Tú?

Ya sabes que no tenemos cuartos, ¿No?…

–            Hemos dejado todo a Ananías…

Jesús responde:

–            No importa.

No tengo hambre.

Sed, sí…

El mendigo dice:

–            Aquí detrás hay un pozo.

Pero, ¿Por qué me has dado todo?

Podías haberme dado la mitad de tu pan…

Si no te da asco tomarlo de nuevo…

–           Come, come.

Puedo pasar sin él

Pero, para quitarte esa sospecha de que tengo asco de ti, dame con tus manos un solo bocado;

me lo comeré para ser tu amigo…

El hombre, de rostro triste y deslucido, se reviste de la belleza de una sonrisa de admiración,

y dice:

–            ¡Es la primera vez, desde que soy el pobre Ogla, que uno me dice que quiere ser amigo mío!

Dando el pedazo de pan a Jesús.

Pregunta:

–            « ¿Quién eres?

¿Cómo te llamas?».

–            Soy Jesús de Nazaret, el Rabí de Galilea.

–            ¡Ah!…

He oído por otros hablar de Ti…

Pero… ¿No eres el Mesías?..

–           Lo soy.

–           Y Tú, el Mesías…

¿Eres tan bueno con los mendigos?

El Tetrarca manda a sus siervos que nos peguen si nos encuentra en su camino…

–           Yo soy el Salvador.

No pego. Amo.

El hombre lo mira muy fijamente.

Luego empieza a llorar lentamente.

–          ¿Por qué lloras?

–           Porque… querría ser salvado…

¿Ya no tienes sed, Señor?

Te llevaría hasta el pozo y hablaría contigo…

Jesús intuye que el hombre quiere confesar algo.

Se levanta y dice:

–            Vamos.

Pedro reacciona diciendo:

–           ¡Voy yo también!

–           No.

Además… vuelvo enseguida…

Y debemos sentir estima por los que se arrepienten.

Va con el hombre detrás de una casa, a partir de la cual ya empiezan los campos.

Ogla señala diciendo:

–            Allí está el pozo…

Bebe y luego escúchame.

–            No, hombre.

Vierte antes en Mí tu preocupación…

Luego beberé-

Quizás encuentre una fuente aún más dulce que el agua del suelo para mi sed.

–           Cuál, Maestro?

–           Tu arrepentimiento.

Vamos debajo de aquellos árboles.

Aquí las mujeres nos observan. Ven.

Poniéndole la mano en el hombro, lo mueve hacia una espesura de olivos.

–             ¿Cómo sabes que tengo culpas y que estoy arrepentido?

–           ¡Habla, hombre!

Y no tengas miedo de Mí.

–            Señor…

Éramos siete hermanos de un solo padre, pero yo había nacido de la mujer con que mi padre se

había casado cuando se quedó viudo.

Y los otros seis me odiaban.

Mi padre, al morir, dividió entre todos por igual.

Pero, una vez fallecido, sobornando a los jueces, los seis me despojaron de todo y nos expulsaron

a mí y a mi madre con acusaciones infames

Ella murió cuando yo tenía dieciséis años…

Murió a causa de la penuria…

Desde entonces no he tenido a nadie que me amara… – llora con ahogo.

Toma nuevas fuerzas y continúa:

–          Los seis, ricos y felices, prosperaban sirviéndose también de lo mío.

Y yo me moría de hambre, porque me había puesto enfermo asistiendo a mi agotada madre…

Pero Dios los castigó, uno a uno.

Los maldije tanto, los odié tanto, que se abatió sobre ellos el maleficio.

¿Hice mal? Sí, sin duda.

Lo sé. Y lo sabía.

Pero, ¿Cómo podía no odiarlos y maldecirlos?

El último, que en realidad era el tercero, resistía contra todas las maldiciones;

es más, prosperaba con los bienes de los otros cinco, que había tomado:

legítimamente respecto a los tres más pequeños, que habían muerto sin dejar mujer,

casándose con la mujer del primogénito, que había muerto sin dejar hijos;

fraudulentamente respecto al segundo,

habiendo adquirido, con engaños y préstamos,

de la viuda y de los huérfanos, buena parte de los bienes del padre.

Y, cuando me encontraba de casualidad en los mercados a donde yo iba, como siervo de un rico,

a vender alimentos, me insultaba y me pegaba…

Una noche me encontré con él… Yo estaba solo; él también.

Y un poco embriagado de vino… yo, embriagado de recuerdos y odio…

Habían pasado diez años desde el día en que había muerto mi madre…

Me insultó, e insultó a la muerta…

La llamó «perra inmunda» y a mí me llamó «hijo de hiena…».

Señor… si no hubiera tocado a mi madre… habría soportado.

Pero la insultó…

Lo agarré por el cuello. Luchamos…

Quería solamente pegarle… Pero resbaló y cayó al suelo…

Y la tierra estaba cubierta de hierba resbaladiza, en pendiente…

Y abajo había un barranco y un torrente…

Rodó – estaba borracho -, y cayó…

Después de tantos años, todavía lo buscan…

Pero está debajo de las rocas y de la arena de uno de los torrentes del Líbano.

Yo no volví donde mi patrón.

Y él no volvió a Cesárea Paneas.

Yo me alejé, sin paz…

¡La maldición de Caín! Miedo a la vida… miedo a la muerte…

Enfermé… Y luego… oí hablar de Ti…

Pero tenía miedo…

Decían que veías el interior de los corazones.

¡Y son tan malos los rabíes de Israel!… No conocen la piedad…

Tú, Rabí de los rabíes, eras mi terror… Y huía de Ti.

Y, no obstante, querría ser perdonado…

Llora echado en el suelo…

Jesús lo mira,

y susurra:

–            ¡Carguemos sobre Mí también estos pecados!…

¡Hijo! Escucha. Yo soy la Piedad, no el terror.

También he venido para tí…  No te acobardes ante Mí…

Soy el Redentor

¿Quieres ser perdonado? ¿De qué?

–          De mi delito.

¿Me lo preguntas? He matado a mi hermano.

–          Has dicho: «Quería sólo pegarle»,

porque en ese momento te sentías herido y airado.

Lo hacías como el respirar: espontáneamente.

El odio y la maldición, la alegría cuando veías su castigo era tu pan espiritual, ¿No es verdad?

–           Sí, Señor.

Mi pan durante diez años.

–          Pues bien,

en realidad tu mayor delito lo empezaste, desde el momento en que odiaste y maldijiste.

Eres seis veces homicida de tus hermanos.

–         Pero Señor, me habían arruinado y odiado…

Y mi madre había muerto de hambre…

–        ¿Quieres decir que tenías razón en vengarte?

–         Sí. Quiero decir esto. –          No tienes razón.

Para castigar estaba Dios, tú debías amar.

Y Dios te habría bendecido en la Tierra y en el Cielo.

–          ¿Entonces ya no me va a bendecir nunca?

–          El arrepentimiento atrae de nuevo la bendición.

¡Pero, cuánto dolor, cuanta angustia te has causado con tu odio!

Mucho más de cuanto te causaban tus hermanos…

–          ¡Es verdad! ¡Es verdad!

Un horror que dura ya desde hace veintiséis años.

¡Perdóname en nombre de Dios!

Tú eres testigo de mi dolor por el pecado.

No pido nada para mi vida.

Soy un mendigo y un enfermo.

Quiero seguir así y sufrir y expiar.

¡Pero dame la paz de Dios!

He hecho sacrificios en el Templo, padeciendo hambre para acumular la suma para el holocausto.

Pero no podía manifestar mi delito

Y no sé si habrá sido grato mi sacrificio.

–        Nulo.

Aunque todos los días hubieras ofrecido uno,

¿De qué te servía, cuando lo inmolabas con falsedad?

El rito que no va precedido de una sincera confesión del pecado, es supersticioso e inútil.

Una culpa añadida a otra culpa.

Y por tanto, aún más que inútil.

Ofrenda sacrílega.

¿Qué le decías al sacerdote?

–          Decía:

«Quiero expiar, porque he pecado por ignorancia, haciendo cosas que el Señor ha prohibido».

Yo pensaba: «Sé en qué he pecado y Dios también lo sabe.

Pero al hombre no le puedo hablar con claridad.

Dios, que ve todo, sabe que pienso en mi pecado».

–          Restricciones mentales, escapatorias indignas.

El Altísimo odia estas cosas.

Cuando se peca, se expía

No lo vuelvas a hacer.

Nota: la restricción mental a veces es necesaria y la Iglesia la admite,

como aquel sacerdote perseguido que preguntado si era sacerdote, para fusilarlo, respondió:

¡No, soy presbítero!… y se escapó.

En el caso que Jesús reprueba, el mendigo, en confesión, ante el sacerdote, no debía haber usado

la restricción mental, sólo lícita cuando el que nos pregunta no tiene derecho a saber la verdad:

–           No, Señor.

¿Y seré perdonado?

¿O debo ir a confesar todo?

¿Pagar con la vida la vida que tomé?

Me basta morir con el perdón de Dios.

–          Vive para expiar.

No podrías devolver el marido a la viuda, ni el padre a los hijos…

¡Antes de matar, antes de dejar que el odio se haga nuestro amo, habría que pensar!

Pero levántate, y camina por la nueva vía

Encontrarás en tu camino a algunos discípulos míos.

Ellos recorren los montes de Judea, si vas de Tecua a Belén, y más allá, hacia Hebrón.

Diles que te manda Jesús y que dice que antes de Pentecostés subirá hacia Jerusalén,

pasando por Betsur y Béter.

Pregunta por Elías, José, Leví, Matías, Juan, Benjamín, Daniel, Isaac.

¿Te acordarás de estos nombres?

Ogla asiente con la cabeza.

Jesús agrega:

Dirígete especialmente a ellos.

Ahora vamos…

–          ¿Y no bebes?

–           He bebido tu llanto.

¡Un alma que vuelve a Dios!

No hay para mí refrigerio mejor.

–           ¿Entonces estoy perdonado? Dices: «Vuelve a Dios»…

–           Sí. Estás perdonado.

Y no vuelvas a odiar nunca.

El hombre se agacha de nuevo, porque se había puesto de pie…

Y besa los pies de Jesús.

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