605 La Última Tentación


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

464d En la casa de campo de Cusa, intento de elegir rey a Jesús. El testimonio del Predilecto.

Dice Jesús:

–                 Esta página evangélica, desconocida y tan ilustrativa…

Ha sido dada para los rectos de corazón.

Juan, al escribir después de muchos lustros su Evangelio, hace una breve alusión a este hecho.

(Una brece alusión a este hecho es la de Juan 6, 14-15,

puesta al final del episodio de la primera multiplicación de los panes, que ocupa los precedentes versículos 1-13.

La multiplicación de los panes no fue contemporánea del intento de proclamar a Jesús rey,

pero sirvió para suscitar la idea;

tanto, que el evangelista une en la narración esos dos hechos, distantes en el tiempo)

Obediente al deseo de su Maestro, cuya naturaleza divina ilustra más que ningún otro evangelista,

descubre a los hombres este detalle ignorado.

Y lo descubre con esa discreción virginal suya que envolvía todas sus acciones y palabras,

con pudor humilde y reservado.

Juan, mi confidente de los hechos más graves de mi vida,

nunca se engalanó pomposamente con estos beneficios míos.

Antes al contrario -leed bien-, parece sufrir cuando los revela y parece decir;

«Debo decir esto porque es una verdad que exalta a mi Señor,

pero os pido perdón de tenerme que mostrar como el único que la sabe»

Y con palabras concisas alude al detalle que sólo él conoce.

Leed el primer capítulo de su Evangelio, donde narra su encuentro conmigo:

“Juan el Bautista se hallaba de nuevo con dos discípulos suyos…

Los dos discípulos, oídas estas palabras…

Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído las palabras de Juan

y habían seguido a Jesús.

El primero con que se topó Andrés…»

Él no se nombra;

es más, se esconde tras Andrés, al que pone de relieve.

En Caná estaba conmigo, y dice: “Jesús estaba con sus discípulos… y sus discípulos creyeron en Él»

Eran los otros los que tenían necesidad de creer.

Él ya creía.

Pero se unifica con los otros, cual criatura que necesitara ver milagros para creer.

Testigo de la primera expulsión de los mercaderes del Templo y del coloquio con Nicodemo,

del episodio de la Samaritana, nunca dice:

«Yo estaba allí»

Sino que conserva la línea de conducta que había tomado en Caná, y dice: «Sus discípulos»

incluso cuando estaba él sólo o él y otro más.

Y así continúa, no nombrándose nunca;

antes al contrario, poniendo siempre delante a sus compañeros,

cual si él no hubiera sido el más fiel, el siempre fiel, el perfectamente fiel.

Recordad la delicadeza con que alude al episodio de la Cena, del cual resulta que él era el predilecto,

reconocido como tal también por los demás;

que a él recurren cuando quieren saber los secretos del Maestro:

“Así pues, empezaron los discípulos a mirarse unos a otros, no sabiendo a quién aludía el Maestro.

Estaba uno de ellos, el predilecto de Jesús, recostado en el pecho de Jesús.

A éste le hizo una señal Simón Pedro y le preguntó: “¿De quién habla?’

Y aquél, estando recostado en el pecho de Jesús, le preguntó a Él: “¿Y quién es, Señor?”

Ni siquiera se nombra como llamado en el Getsemaní con Pedro y Santiago.

Ni siquiera dice: «Yo seguí al Señor».

Dice:

«Le siguió Simón Pedro y otro discípulo;

y este otro, siendo conocido por el Pontífice, entró con Jesús en el atrio del Pontífice”.

Sin Juan Yo no habría tenido el consuelo de verlos a él y a Pedro, en las primeras horas de la captura.

Pero Juan no se jacta de ello.

Fue uno de los personajes principales en las horas de la Pasión,

el único apóstol que en ella estuvo siempre presente, amorosamente, compasivamente,

heroicamente presente junto a Cristo, junto a la Madre, frente a una Jerusalén desatada…

Y calla su nombre incluso en ese episodio especialmente importante de la Crucifixión

y de las palabras del Moribundo:

«Mujer, ahí tienes a tu hijo»

«Ahí tienes a tu madre».

Es el «discípulo», el sin nombre…

sin otro nombre aparte del que tras haber constituido su vocación,

constituye su gloria: «el discípulo».

No se exalta siquiera después de haber recibido el honor de ser el «hijo» de la Madre de Dios.

Y en la Resurrección dice todavía: «Pedro y el otro discípulo,

(a los que María de Lázaro había hablado del sepulcro vacío)

Salieron y fueron…

Corrían…

Pero aquel otro discípulo corrió más que Pedro y llegó antes…

Agachándose, vio… pero no entró…».

¡Hechura de delicada humildad!

Él, el predilecto, el fiel;

deja que Pedro entre antes, aún cuando había sido pecador por cobardía, pero cabeza.

No lo juzga.

Es su Pontífice.

Antes al contrario, lo socorre con su santidad porque también los que son «cabeza»

pueden ser apoyados por sus súbditos;

es más, tienen necesidad de ellos como apoyo.

Cuando están equivocados, más necesitan de nuestra oración. Cuando los consagramos al Inmaculado Corazón de María, los arrancamos de las garras de Satanás y aunque tengan posesión como Judas, le destruimos sus planes al Adversario…

¡Cuántos súbditos son mejores que sus «jefes»!

¡No neguéis nunca vuestra piedad, oh súbditos santos, a los «jefes» que se pliegan,

bajo el peso que no saben llevar…!

¡O a aquellos a los que el humo del honor produce ceguera y embriaguez!

¡Sed, oh súbditos santos, los cirineos de vuestros Superiores;

Sed -sé, mis pequeños Juanes.

Porque aquí os hablo a todos los que estén leyendo y alimentándose de estas palabras;

a esos “Juanes» que se adelantan corriendo y guían a los «Pedros»

Y luego se detienen dejándolos entrar, por respeto a su cargo…

Y que -¡oh obra maestra de humildad!- y que para no humillar a los «Pedros»

que no saben comprender y creer, llegan al punto de dar de sí una imagen…

Y dejar creerlo, de que también ellos como los «Pedros» son tardos e incrédulos!

Leed el último episodio del lago de Tiberíades.

Es también Juan el que repitiendo el acto de otras veces,

reconoce al Señor en el Hombre que está en pie en la orilla…

Y después de haber compartido juntos el alimento, ante la pregunta de Pedro:

«¿Y de éste que será?”, es siempre «el discípulo», nada más.

Por lo que a él respecta, se anonada.

Más cuando debe decirse algo que haga resplandecer con luz cada vez más divina,

al Verbo de Dios Encarnado,

¡Ah! entonces Juan alza los velos y revela un secreto.

En el sexto capítulo del Evangelio dice:

«Dándose cuenta de que querían apoderarse de Él para hacerlo rey, huyó de nuevo solo al monte».

Y esta hora del Cristo es comunicada a los creyentes para que sepan que múltiples y complejas,

fueron las tentaciones y las luchas intentadas contra Él en sus distintas características de Hombre:

Maestro, Mesías, Redentor, Rey.

Y que los hombres y Satanás, el eterno instigador de los hombres…

No le evitaron ninguna insidia a Cristo, para rebajarlo, abatirlo, destruirlo.

Contra el Hombre,

contra el eterno Sacerdote, contra el Maestro, contra el Señor;

arremetieron las malicias satánicas y humanas,

enmascaradas bajo los pretextos más aceptables como buenos.

Y todas las pasiones del ciudadano, del patriota, del hijo, del hombre;

fueron hurgadas o tentadas para descubrir un punto débil que sirviera de fulcro.

¡Oh, hijos míos que no reflexionáis más que en la tentación inicial y en la última.

Y que de mis fatigas de Redentor os parecen «fatigas»

sólo las últimas y dolorosas;

sólo las últimas horas.

Y amargas y desengañadoras sólo las últimas experiencias:

Poneos sólo una hora en mi lugar.

Pensad que es a vosotros a quienes se os propone la paz con los coterráneos, su ayuda,

la posibilidad de llevar a cabo el necesario acrisolamiento para hacer santo al País amado,

las posibilidades de restaurar, de reunir a los diseminados miembros de Israel,

de acabar con el dolor, con la servidumbre, con el sacrilegio!

Y no digo:

poneos en mi lugar, pensando en vosotros como destinatarios de una corona que se os ofrece.

10. No temas por lo que vas a sufrir: el Diablo va a meter a algunos de vosotros en la cárcel para que seáis tentados, y sufriréis una tribulación de diez días. Mantente fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida. Apocalipsis 2

Digo sólo que tengáis mi Corazón de Hombre durante una hora…

Y que penséis en cómo habríais salido de esta seductora propuesta.

¿Cómo triunfadores fieles a la divina Idea…

O más bien, como vencidos?

¿Habríais salido de ella más santos y espirituales que nunca…

U os habríais destruido a vosotros mismos  adhiriéndoos a la tentación o cediendo a las amenazas?

¿Y con qué corazón habríais salido de ella, tras haber constatado hasta qué punto Satanás

usaba sus armas para herirme en la misión y en los sentimientos;

llevándome a los discípulos buenos por un camino desviado,

poniéndome en estado de lucha abierta con los enemigos, en ese momento ya desenmascarados,

agresivos ahora por haber sido descubiertas sus arterías?

No estéis ahí con el compás y la medida pequeña, con el microscopio y la ciencia humana;

no andéis ahí midiendo, comparando, refutando, con pedantes razonamientos de escriba,

sobre si Juan habló con exactitud y hasta qué punto es verdad esto o aquello.

No superpongáis la frase de Juan y el episodio dado ayer, para ver si los contornos coinciden.

Ni erró Juan por debilidad senil, ni ha errado el pequeño Juan (María Valtorta) por debilidad de enferma.

Éste ha dicho lo que ha visto.

Juan el grande, pasados muchos lustros después del episodio, narró lo que sabía…

Y con fina concatenación de lugares y hechos,

reveló el secreto que sólo él conocía de cuando intentaron, no sin malicia, coronar a Cristo.

En Tariquea, después de la primera multiplicación de los panes, surge en el pueblo la idea

de hacer del Rabí nazareno el rey de Israel.

Están presentes Mannahém, el escriba y otros muchos que aún imperfectos en el espíritu,

pero honestos de corazón, recogen la idea y la apoyan para dar honor al Maestro,

para acabar con la lucha injusta contra Él, por error en la interpretación de las Escrituras,

un error difundido por todo Israel cegado por sueños de humana regalidad

y por esperanzas de santificar a la Patria contaminada por muchas cosas.

Muchos, como era natural, se adhieren simplemente a la idea.

Muchos fingen subrepticiamente su adhesión para perjudicarMe.

Unidos estos últimos por el odio contra Mí,

olvidan sus odios de casta, que los habían mantenido siempre separados.

Y se alían para tentarMe…

Para poder dar después una apariencia legal, al delito que ya sus corazones habían decidido.

Esperan en una debilidad mía, en un orgullo mío.

El orgullo y la debilidad, con consiguiente aceptación de la corona que me ofrecían,

darían una justificación a las acusaciones que querían lanzar contra Mí.

Y después…

Después ello serviría para dar la paz a su espíritu engañoso, atrapado por los remordimientos,

porque se dirían a sí mismos, esperando poder creerlo:

«Roma, no nosotros, ha castigado al Nazareno revoltoso»

La eliminación legal de su Enemigo…

(enemigo era para ellos su Salvador)…

Aquí están las razones de la proclamación que intentaron.

Aquí está la clave de los odios más fuertes, que siguieron.

Aquí tenéis en fin, la alta lección de Cristo.

¿La comprendéis?

Es lección de humildad, de justicia, de obediencia, de fortaleza, de prudencia,

de fidelidad, de perdón, de paciencia, de vigilancia, de saber soportar,

respecto a Dios, respecto a la propia misión, respecto a los amigos, respecto a los ingenuos,

respecto a los enemigos, respecto a Satanás,

respecto a los hombres que de éste son instrumentos de tentación,

respecto a las cosas, respecto a las ideas.

Todo debe ser contemplado, aceptado, rechazado, amado o no, mirando al fin santo del hombre:

el Cielo, la voluntad de Dios.

Pequeño@ Juan…

Ésta fue una de las horas de Satanás para Mí.

Y como las tuvo el Cristo las tienen los pequeños Cristos.

Es necesario sufrirlas y superarlas, sin soberbias ni desconfianzas.

No carecen de finalidad buena.

Pero no temas, porque Dios, durante estas horas, no abandona, sino que sujeta al que es fiel.

Y luego, desciende el Amor para hacer reyes a los fieles.

Y posteriormente acabada la hora de la Tierra, suben los fieles al Reino,

en paz para siempre, victoriosos para siempre…

Quedad en Mi paz, pequeño Juan coronado@ de espinas…

Mi paz…

 

 

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