649 Prueba de FE


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

485 Jesús llega con los apóstoles a Betania

Los variados verdes de los campos que están en torno a Bethania aparecen a la vista

apenas salvado un picacho de monte,

apenas puesto el pie en la vertiente sur del monte,

que desciende con un camino en zigzag hacia Betania.

El verde plata de los olivos, el verde fuerte de los manzanos,

salpicado acá o allá de las primeras amarilluras de las hojas,

el desordenado y más amarillento verde de las vides,

el oscuro y compacto verde de los algarrobos y las encinas,

mezclados con el marrón de los campos, ya arados y a la espera de la semilla,

mezclados con el verde fresco de los prados, que echan la nueva hierba.

De los fértiles huertos, forman como una alfombra multicolor

para quien desde lo alto domina Bethania y sus alrededores.

y descollando sobre el verde más bajo, los pinceles de las palmas de dátiles,

siempre elegantes, siempre rememorativas del Oriente.

La pequeña ciudad de Ensemes,

acoclada en medio del verde y toda encendida de sol (de un sol que empieza su ocaso),

pronto queda atrás.

Y después queda atrás la fuente amplia, rica en agua,

situada un poco al norte donde empieza Bethania,

para  ver después las primeras casas entre el verde…

Han llegado después de mucho camino y camino fatigoso.

Y a pesar de estar cansadísimos…

Parecen recuperar sus fuerzas por el simple hecho de estar cerca de la casa amiga de Bethania.

La pequeña ciudad está calma, casi vacía.

Muchos habitantes deben haberse trasladado ya a Jerusalén para la fiesta.

Por eso, Jesús pasa inadvertido hasta los alrededores de la casa de Lázaro.

Sólo cuando está ya junto al jardín ensilvecido de la casa donde estaban todas aquellas zancudas,

encuentra a dos hombres que lo reconocen, lo saludan.

Y preguntan:

–              ¿Vas donde Lázaro, Maestro?

Haces bien.

Está muy mal.

Nosotros venimos de su casa.

Le hemos llevado la leche de nuestras burritas,

el único alimento que su estómago tolera todavía,

junto con un poco de miel y jugo de fruta.

Las hermanas no hacen más que llorar.

Están agotadas de vela y de dolor…

Y él no hace más que desear tu presencia.

Creo que ya habría muerto, pero el ansia de volverte a ver le ha hecho vivir hasta aquí.

Jesús dice:

–              Voy enseguida.

Dios esté con vosotros.

–              ¿Y… lo vas a curar? – preguntan curiosos.

–              La voluntad de Dios se manifestará en él.

Y con ella la potencia del Señor – responde Jesús, dejando perplejos a los dos.

Y se apresura a ir a la cancilla del jardín.

Lo ve un siervo y corre a abrir, pero sin ninguna exclamación de alegría.

Apenas abierta la cancilla, se arrodilla para venerar a Jesús,

diciendo con voz afligida:

–             ¡Bienvenido seas, Señor!

Quiera ser tu venida signo de alegría para esta casa llena de llanto.

Lázaro, mi señor…

–             Lo sé.

Resignaos todos a la voluntad del Señor, que premiará el sacrificio de vuestra voluntad a la suya.

Ve y llama a Martha y a María.

Las espero en el jardín.

El siervo se marcha corriendo.

Jesús lo sigue despacio;

después de haber dicho a los apóstoles:

–             Voy donde Lázaro.

Descansad, que lo necesitáis…

Y efectivamente, mientras se asoman a la puerta las dos hermanas.

Tienen dificultad en reconocer al Señor, pues muy cansados están sus ojos de vela y lágrimas.

Y el sol, dándoles precisamente en los ojos, aumenta la dificultad de ver.

Otros criados, por una puerta secundaria,

salen al encuentro de los apóstoles y los acompañan.

Jesús dice:

–               ¡Marta! ¡María!

Soy Yo.

No me reconocéis?

Las dos hermanas exclaman:

–               ¡Oh, el Maestro!

Y se echan a correr hacia Él.

Arrojándose a sus pies, a duras penas ahogando los sollozos.

Besos y lágrimas descienden sobre los pies de Jesús,

como ya en la casa de Simón el fariseo.

Pero esta vez Jesús no se queda inmóvil como entonces,

recibiendo el lavatorio del llanto de Martha y María;

esta vez se inclina y las toca en la cabeza, las acaricia y bendice con ese gesto.

Las obliga a levantarse,

mientras dice:

–               Venid.

Vamos a la pérgola de los jazmines.

¿Podéis dejar a Lázaro?

Más con gestos que con palabras, entre sollozos, dicen que sí.

Y van al quiosco umbrío, entre cuya fronda tupida y oscura,

alguna tenaz estrellita de jazmín albea y perfuma.

Jesús dice:

–              Hablad, pues…

Alternadamente ellas hablan:

–              ¡Oh, Maestro!

–              ¡Vienes a una casa bien triste!

–              El dolor nos ha entontecido.

–               Cuando el criado nos ha dicho: «Un hombre os busca», no hemos pensado en Ti.

–               Al verte, no te hemos reconocido.

–              Pero, ¿Ves?

Nuestros ojos están abrasados por el llanto.

–               ¡Lázaro está muriendo!…

El llanto vuelve…

E interrumpe las palabras de las dos hermanas.

–             Y Yo he venido…

Radiante de esperanza entre las lágrimas,

María dice:

–             ¿A curarlo?

¡Oh, mi Señor!

Juntando las manos con gesto de alegría,

Martha agrega:

–              ¡Ah, yo lo decía! Si Él viene…

Jesús responde:

–              ¡Marta, Marta!

¿Qué sabes tú de las operaciones y decretos de Dios?

Las dos exclaman juntas:

–              ¡Ay, Maestro!

–               ¿No lo vas a curar?

Y vuelven a sumirse en el dolor.

–               Yo os digo:

Tened una fe ilimitada en el Señor.

Seguid teniéndola, a pesar de toda insinuación…

Y acontecimiento…

Veréis grandes cosas cuando vuestro corazón ya no tenga motivo para esperar verlas.

¿Qué dice Lázaro?

María dice:

–              En sus palabras hay un eco de las tuyas.

Nos dice: «No dudéis de la bondad y poder de Dios.

Suceda lo que suceda, intervendrá para vuestro bien y el mío.

Y para el bien de muchos…

De todos los que como yo y como vosotros sepan permanecer fieles al Señor».

Martha agrega:

–                Y cuando está en condiciones de hacerlo, nos explica las Escrituras…

Ya es lo único que lee…

Y nos habla de Ti, diciendo que muere en un tiempo feliz,

porque la era de la paz y el perdón ha comenzado.

Pero, lo oirás…

Es que dice también otras cosas que nos hacen llorar incluso más que por él…

–             Ven, Señor.

Cada minuto que pasa es un minuto robado a la esperanza de Lázaro.

Contaba las horas…

Decía:

«Pues, para la fiesta estará en Jerusalén y vendrá…»

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