4.- LA PRIMERA LECCIÓN


Cerca de una zanja, Jesús está sentado bajo los olivos. En la forma habitual que acostumbra, con los codos apoyados en las rodillas, los antebrazos adelante y las manos juntas. La tarde desciende y la luz se va cada vez más. Se ha quitado el manto, porque tiene calor y su vestido blanco resalta sobre lo verde del lugar.

Un hombre va subiendo entre los olivos y parece buscar a alguien. Es muy alto; joven, de cabello castaño oscuro y ensortijado. Viste muy elegante, en un alegre color palo de rosa que al ondear; hace más llamativo su manto color tinto. Cuando distingue a Jesús, sus ojos gris oscuro brillan y su bello rostro se ilumina. Apresura el paso hasta llegar a Él y lo saluda con alegría:

–           ¡Salve, Maestro!

Jesús se vuelve sorprendido. Y lo mira con seriedad y una gran tristeza.

El recién llegado repite:

–           Te saludo, Maestro. Soy Judas de Keriot. ¿No me reconoces? ¿No te   acuerdas de mí?

Jesús responde:

–           Te recuerdo y te reconozco. Eres el que me hablaste con Tomás, la Pascua pasada.

–           Y al que le dijiste: “Piensa y reflexiona al decidirte, antes de mi regreso.’ Ya he decidido. ¡Aquí estoy!

Jesús lo mira realmente triste y le dice:

–            ¿Por qué vienes, Judas?

–            Porqué… Te lo dije la otra vez. Porque sueño en el reino de Israel y yo te he visto cual Rey.

–            ¿Vienes por este motivo?

–            Por éste. Me pongo a mí mismo y a cuanto poseo: capacidad, conocimiento, amistades, fatiga; a tu servicio y al servicio de tu misión, para reconstruir a Israel.

También Judas es un hombre muy alto, casi igual a Jesús.  Los dos están frente a frente y se miran. Jesús, serio y muy triste.

Judas, exaltado. Con su aspecto joven y señorial; sonriente, hermoso, elegante, frívolo y ambicioso.

Jesús dice:

–            Yo no te busqué, Judas.

Judas contesta:

–            Lo sé. Pero yo si te buscaba. Día tras día, puse en las puertas quién me avisase de tu llegada. Pensaba que vendrías con seguidores y que así, fácilmente se podría saber de Ti. Pero fue al contrario. He comprendido que estabas porque después de que curaste a un enfermo, los peregrinos te bendecían; pero nadie sabía decirme en donde estabas. Entonces me acordé de este lugar. Si no te hubiese encontrado aquí, me hubiera resignado a no encontrarte más.

–            ¿Piensas que ha sido para ti un bien el haberme encontrado?

–            Sí. Porque te buscaba. Te anhelaba. Te quiero.

–            ¿Por qué?… ¿Por qué me has buscado?

Judas lo mira extrañado y dice:

–            ¡Ya te lo dije, Maestro! ¿No me has comprendido?

–            Te he comprendido. Sí… te he comprendido. Pero quiero que tú también me comprendas a Mí, antes de seguirme. Ven, hablaremos en el camino.

Y empiezan a caminar uno al lado del otro, subiendo y bajando por las veredas que atraviesan el olivar.

Jesús dice:

–            Tú me sigues por una idea que es completamente humana, Judas. Debo disuadirte. No he venido para eso.

Judas objeta:

–            Pero ¿No eres Tú el señalado Rey de los Judíos? ¿Del que han hablado los Profetas? Han venido otros. Pero les faltaron muchas cosas y cayeron como hojas que el viento no vuelve a levantar. Tú tienes a Dios contigo en tal forma que haces milagros. Donde está Dios, el éxito de la misión es seguro.

–            Has dicho bien. Yo tengo a Dios conmigo. Soy su Verbo. Soy el que profetizaron los Profetas, el Prometido a los Patriarcas. El Esperado de las multitudes. Pero ¿Por qué te has hecho así; ciego y sordo para que no sepas leer y ver; oír y comprender los verdaderos hechos? Mi reino no es de este mundo Judas, no te hagas ilusiones. Vengo a traer a Israel la Luz y la Gloria; pero no la luz y la gloria de esta tierra. Vengo a llamar a los justos de Israel, al Reino. Porque de Israel y con Israel, debe formarse y brotar la planta de Vida Eterna, cuya Savia será la Sangre del Señor. Planta que se extenderá por toda la tierra hasta el fin de los siglos. Mis primeros seguidores son de Israel. Aún mis verdugos, serán de Israel. Y también el que me traicionará, será de Israel…

Judas protesta:

–            No Maestro. Esto no sucederá jamás. Aunque todos te traicionasen, yo quedaré y te defenderé.

–            ¿Tú, Judas?… Y ¿En qué fundas esta seguridad?

–            En mi palabra de honor.

–            Cosa más frágil es, que la tela de araña, Judas. A Dios debemos pedir la fuerza para ser honrados y fieles. ¡El hombre!… El hombre realiza obras de hombre. Pero para realizar obras del espíritu. –Y seguir al Mesías en verdad y justicia quiere decir, realizar obras del espíritu.- Es necesario matar al hombre y hacerlo renacer. ¿Eres capaz de cosa tan grande?

Judas afirma totalmente seguro de sí:

–            Sí, Maestro. Y después… No todo Israel te amará. Pero Israel no dará ni verdugos, ni traidores a su Mesías. ¡Te espera desde hace siglos!

–            Me los dará. Recuerda a los Profetas… sus palabras y el fin que tuvieron. Estoy destinado a desilusionar a muchos. Y tú eres uno de ellos. Judas, tienes enfrente de ti a un hombre manso, pacífico, pobre y que quiere permanecer pobre. No he venido para imponerme, ni para hacer guerras. No disputo a los fuertes ni a los poderosos, ningún reino, ningún poder. Sólo disputo a Satanás las almas.

Y he venido a destrozar las cadenas, con el fuego de mi amor. He venido a enseñar misericordia, sacrificio, humildad, continencia. Te digo a ti y a todos: No tengáis sed de riquezas humanas, sino trabajad por el dinero eterno… desilusiónate Judas, si crees que soy un vencedor de Roma y de las castas que mandan. Tanto Herodes como los Césares, pueden dormir tranquilos mientras yo hablo a las multitudes. No he venido a arrebatar el cetro a nadie… Y mi cetro ya está listo. Pero nadie que no fuese Amor como Yo lo Soy, podría tenerlo. Vete Judas y medita.

–            ¿Me rechazas Maestro?

–            No rechazo a nadie, porque quién rechaza no ama. Pero dime, Judas: ¿Cómo llamarías al hecho de que alguien que sabe que tiene una enfermedad contagiosa, dijese a uno que no lo sabe y que se acerca a beber agua de su vaso: “Piensa lo que haces”? ¿Lo llamarías odio o amor?

–            Lo llamaría amor, porque no quiere que el que ignora su enfermedad, destruya su salud.

–            Dale también este nombre a lo que estoy haciendo.

–            ¿Puedo destruir mi salud al venir contigo? ¡No! ¡Jamás!

–            Más que destruir la salud, tú mismo te puedes destruir. Piensa bien, Judas. Poco se exigirá al que asesinare creyendo que lo hace justamente. Y lo cree porque no conoce la Verdad. Pero mucho será exigido de quién después de haberla conocido; no solo no la sigue, sino que se hace su enemigo.

–            Yo no lo seré. Acéptame, Maestro. No puedes rechazarme. Si eres el salvador y ves que soy pecador, oveja extraviada, un ciego que está fuera del camino recto; ¿Por qué no quieres salvarme? Acéptame. Te seguiré hasta la muerte…

–            ¡Hasta la muerte! Es verdad. Esto es cierto. Después…

–            ¿Después que, Maestro?

–            El futuro está en el seno de Dios. Mañana nos veremos junto a la Puerta de los Peces.

–            Gracias, Maestro. El Señor sea contigo.

–            Y su misericordia te salve.

Al día siguiente, al amanecer de un hermoso día de verano, alegrado por los pajarillos que cantan entre los olivos, lentiscos, acacias y el canto melancólico de las tórtolas silvestres; Jesús atraviesa el riachuelo sobre un grueso tronco que hace las veces de puente y llega al lugar convenido.

Hay muchos vendedores de hortalizas y de alimentos, que están esperando que se abran las puertas de la ciudad. Se oyen rebuznos de asnos que se pelean entre sí. Sus propietarios también participan intercambiando insultos. Un bastón pasa volando no solo sobre los lomos de los asnos, sino sobre las cabezas de las personas.

Dos se pelean porque el burro de uno de ellos se comió bastantes lechugas que estaban en el cesto del otro. La discusión llega a tal punto, que salen a relucir dos puñales muy puntiagudos y resplandecen a la luz del sol. Hay muchos gritos, pero nadie interviene para separar a los rijosos.

Jesús, que caminaba pensativo, oye el alboroto y levanta la cabeza. Ve lo que está sucediendo y a paso veloz, se dirige hacia ellos.

Y Ordena:

–            ¡Detente en el Nombre de Dios!

Uno le contesta:

–           ¡No! ¡Quiero acabar con este maldito perro!

Y el otro:

–           También yo. Voy a adornar tu túnica con tus entrañas.

Los dos giran alrededor de Jesús pegándole, insultándolo para que se quite de en medio; tratando de herirse sin conseguirlo. Porque Jesús con movimientos habilísimos de su manto, desvía los golpes e impide que se atinen. Su manto está rasgado y la gente le grita:

–                 ¡Quítate Nazareno o te tocará a Ti también!

Pero Él no se quita y trata de hacer que se calmen, llamándolos a que piensen en Dios. ¡Todo es inútil! La ira los ha enloquecido a los dos.

Jesús grita:

–           ¡Por última vez os ordeno que desistáis!

Los dos le contestan al mismo tiempo:

–           ¡No! ¡Quítate! ¡Sigue tu camino, perro Nazareno!

Entonces el tiempo parece detenerse…

Jesús extiende las manos con su mirada relampagueante de poder. No dice una sola palabra. Pero las dagas caen por tierra hechas pedazos, como si fueran de cristal y una fuerza las hubiera golpeado.

Los dos luchadores miran los mangos inútiles que les han quedado entre los dedos. El estupor apaga la ira. La multitud grita admirada.

Jesús pregunta enojado:

–                 ¿Y ahora?… ¿Dónde está vuestra fuerza?

Los soldados que estaban de guardia en la puerta y un tribuno que habían acudido al oír los gritos; miran estupefactos. El oficial se acerca a tomar un pedazo de las dagas y lo prueba en la uña, examinando con cuidado el material de que están hechas y su filo. Luego levanta su cara, completamente asombrado.

Es el rostro muy joven de  Publio Quintiliano.

Jesús repite:

–                 ¿Y ahora? ¿Dónde está vuestra fuerza? ¿Sobre qué cosa apoyáis vuestro derecho? ¿Sobre esos pedazos de metal que están ahora en el polvo? Sobre esos trozos de hierro que no tenían ninguna otra fuerza, que el pecado de ira contra un hermano y…

La gente lo mira asombrada, primero por el prodigio y luego por la sabiduría que fluye de sus labios como una cascada. Todos escuchan muy atentos una larga disertación. Jesús habla sobre el amor al prójimo, la violencia y el homicidio…

Y concluye así:

–           Idos y meditad sobre esto.

Varias personas le dicen al mismo tiempo:

–            ¿Quién eres Tú que dices semejantes palabras y haces pedazos las armas sólo con tu Voluntad?

Judas se adelanta de entre los soldados y  proclama:

–            Sólo uno puede hacer estas cosas: el Mesías. Ni siquiera Juan Bautista es más grande que Él.

Judas acaba de proclamar su fe. Qué formidable apóstol hubiese sido, si desde el principio no vacila en anunciar al mundo hebreo lo que piensa de Jesús.

Un peregrino pregunta:

–           ¿Eres acaso el Mesías?

Jesús responde:

–           Lo Soy.

Otro hombre le dice:

–           Tengo a mi madre anciana que muere. ¡Sálvala!

Una mujer joven suplica:

–           Yo. Yo… ¡Mira! Estoy perdiendo las fuerzas por los dolores. –se descubre el rostro y muestra un gran tumor que le deforma la cabeza, a un lado del ojo izquierdo- Todavía tengo hijos pequeños. ¡Cúrame!

Jesús  mirando al hombre contesta:

–           Vete a tu casa. Tu madre te preparará esta tarde la cena. –se vuelve a la mujer- Y tú,  sé sana. ¡Lo quiero!

Después de unos segundos electrizantes. Ella siente que un calor la envuelve y recorre todo su cuerpo. Entonces la mujer se yergue, echa hacia atrás el manto y muestra su rostro, totalmente curada. Y le grita:

–           ¡Tu Nombre! ¡Tu Nombre!

Sonriendo con infinita compasión, su benefactor declara:

–           ¡Jesús de Nazareth!

La multitud enloquece de alegría:

–           ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Hosanna! ¡Hosanna! ¡Hosanna!

Los burros hacen lo que quieren, pues ya nadie se ocupa de ellos. La voz se corre rápidamente y lo rodean los enfermos pidiendo salud. Muchos son sanados en forma espectacular. Jesús bendice y sonríe. Trata de romper el cerco que lo aclama, para entrar a la ciudad e ir a donde quiere; pero la gente no lo deja.

Varios le gritan a la vez:

–           ¡Quédate con nosotros! ¡En Judea! ¡En Judea!

Entonces Judas se acerca a Él:

–           ¡Maestro! ¿Lo ves Maestro? Todo Israel te ama. Es justo que te quedes aquí… ¿Por qué te vas?

Jesús contesta:

–           No me voy Judas. He venido solo a propósito, para que la falta de educación de mis discípulos galileos, no moleste la sofistiquería de los judíos. Quiero reunir bajo el Cetro de Dios a todas las ovejas de Israel.

Judas argumenta:

–           Por esto te dije: “Acéptame” Yo soy judío y sé cómo tratar a mis iguales. ¿Te quedarás en Jerusalén?

–           Por pocos días. Esperaré a un discípulo que también es judío. Después viajaré por la Judea.

–           ¡Oh! Yo iré contigo. Te acompañaré. ¿Vendrás a mi tierra?… Te llevaré a mi casa. ¿Vendrás, Maestro?

–           Vendré. ¿Sabes alguna cosa del Bautista, tú que eres judío y vives con los poderosos?

–                      Sé que está todavía en prisión, pero lo quieren dejar salir de la cárcel, porque la gente amenaza con sedición si no liberan al Profeta. ¿Lo conoces?

–           Lo conozco.

–           ¿Lo amas?… ¿Qué piensas de él?

–           Pienso que no ha habido otro como él. ¡Ni siquiera Elías!

–           ¿Lo tienes en realidad como al Precursor?

–           Lo es. Es la estrella de la mañana que anuncia el sol. Bienaventurados los que estén preparados para el sol, por medio de su predicación.

Judas advierte:

–           Juan es muy duro.

–            Lo es tanto con los demás, como consigo mismo.

–            Eso es verdad. Pero es difícil seguirlo en su penitencia. Tú eres Bueno y es  fácil amarte.

–            Y sin embargo…

–            Y sin embargo ¿Qué, Maestro?

–            Como a él lo odian por su severidad, a Mí me odiarán por mi bondad; porque tanto la una como la otra predican a Dios. Y Dios no se deja ver de los que no aman. Pero está escrito que así será. Así como él ha sido primero que Yo en la predicación, así también me precederá en la muerte. Pero ¡Ay! De los asesinos de la Penitencia y de la Bondad.

–            ¿Por qué Maestro siempre estas tristes previsiones?… la multitud te ama, lo ves…

–           Porque es una cosa segura. La humilde multitud, sí me ama. Pero no toda la multitud es humilde, ni está compuesta por humildes. Pero no es tristeza la mía. Es una visión tranquila de lo futuro y una sumisión a la Voluntad del Padre, que para esto me ha enviado. Y para esto vine. Hemos llegado al Templo. Voy a Bel-Nidrasc a enseñar a la gente. Si quieres quédate.

–            Me quedaré a tu lado. No tengo otro objetivo que el de servirte y hacerte triunfar.

Los dos entran en el recinto del Templo.

Se detienen en el Pórtico del patio de los Gentiles, que está cubierto con mármoles de diversos colores. El lugar es muy hermoso y está lleno de gente. Jesús busca a su alrededor un lugar conveniente; pero antes de dirigirse a él, le dice a Judas:

–            Llámame al encargado del lugar. Debo presentarme, para hacer esto. No se vaya a decir que falto a las costumbres y al respeto.

–            Maestro, Tú estás sobre las costumbres y nadie más que Tú, tiene el derecho de hablar en la Casa de Dios. Tú que Eres el Mesías.

–            Lo sé. Tú lo sabes. Pero ellos no lo saben. No he venido para dar escándalo, ni para enseñar a violar la Ley, ni a las costumbres. Por el contrario; he venido a enseñar el respeto, la humildad, la obediencia y para quitar los escándalos. Por esta razón quiero pedir permiso para hablar en Nombre de Dios, haciéndome reconocer del encargado del lugar. Así es como hay que hacerlo.

Judas objeta muy remolón:

–            La otra vez no lo hiciste.

–            La otra vez me consumió el celo por la Casa de Dios, profanada con tantas cosas. La otra vez era el hijo del Padre. El Heredero que en Nombre del Padre y por amor de mi Casa, empleaba su Majestad, a la que son inferiores los encargados del lugar. Ahora soy el Maestro de Israel y enseño a Israel también esto. Por otra parte, Judas ¿Piensas que el discípulo es mayor que el Maestro?

–            No, Jesús.

–            Y ¿Tú quién eres?… Y ¿Quién Soy Yo?

–            Tú eres el Maestro y yo el discípulo.

–            Si reconoces que las cosas son así ¿Por qué quieres enseñar al Maestro? Ve y obedece. Yo obedezco a mi Padre. Tú obedece a tu Maestro. La primera condición del hijo de Dios, es obedecer sin discutir, pensando que el Padre solo da órdenes santas. Condición primera del discípulo, es obedecer al Maestro; pensando que el Maestro sabe y solo da órdenes justas.

–            Es verdad. Perdona. Obedezco.

–            Te perdono. Ve y escúchame: acuérdate de esto. Recuérdalo siempre, en los días que están por venir.

–            ¿De obedecer?… Sí.

–            ¡No! Recuerda que fui respetuoso y humilde para con el Templo. Esto es, con las castas poderosas. Ve.

Judas lo mira pensativo. Interrogativamente… pero no se atreve a preguntar nada. Y se va pensando, sin comprender la conducta de su Maestro.

Regresa  con un sacerdote que ostenta lujosamente su alta jerarquía.

–           Maestro. He aquí al encargado.

Jesús lo saluda:

–           La paz sea contigo. Pido poder enseñar a Israel, entre los rabíes de Israel.

El sacerdote le pregunta:

–           ¿Eres tú rabí?

–           Lo Soy.

–           ¿Quién fue tu maestro?

–            El Espíritu de Dios que me habla con su Sabiduría y que me ilumina con su Luz todas las palabras de los textos sagrados.

–            ¿Acaso eres más que Hilell, Tú que sin maestro dices conocer cualquier doctrina? ¿Cómo puede uno aprender si no hay quién le enseñe?

–            Como se formó David, el pastorcillo desconocido y que llegó a ser el rey poderoso y sabio por la Voluntad de Dios.

–            ¿Cuál es tu nombre?

–            Jesús de José, de la estirpe de David y de María de Joaquín, de la estirpe de David. Y de Anna de Aarón, María la virgen que el sumo sacerdote casó en el Templo, según la Ley de Israel porque era huérfana.

–            ¿Quién lo prueba?

–            Todavía aquí deben haber levitas que se acuerden del hecho y que fueron coetáneos de Zacarías de la clase a Abía, mi pariente. Pregúntales si dudas de mi sinceridad.

–            Te creo. Pero ¿Quién me prueba que tú eres capaz de enseñar?

–            Escúchame y tú mismo decidirás.

–            Eres libre de hacerlo… Pero… ¿No eres Nazareno?

–            Nací en Belén de Judá. En el tiempo del censo que ordenó el César. Proscritos por leyes injustas, los hijos de David, están por todas partes, pero la estirpe es de Judá.

–            Sabes…los fariseos…Toda Judea… por Galilea…

–            Lo sé. Pero no desconfíes. En Belén vi la luz. En Belén Efratá de donde viene mi estirpe. Si ahora vivo en Galilea es solo para que se cumpla lo escrito…

El encargado se aleja unos metros, dirigiéndose a donde lo están llamando.

Judas pregunta:

–           ¿Por qué no le dijiste que Eres el Mesías?

Jesús contesta:

–           Mis palabras lo dirán.

–           ¿Cuál es lo escrito que debe cumplirse?

–           La reunión de todo Israel bajo la enseñanza de la palabra del Mesías. Soy el Pastor de quién hablan los Profetas…

Jesús está inspirado. Judas lo contempla admirado. La gente se acerca atraída por la imponencia diversa de ambos, que son muy altos y varonilmente muy hermosa.

Jesús mira sonriendo con su inefable dulzura a la pequeña multitud. Se va hacia un pórtico y se apoya en una columna. Y empieza a hablar…

Y Judas se convierte en el mejor agente publicitario; pues empieza a decir a diestra y siniestra, a todo el que puede:

–           Es el Mesías el que os está hablando. Os lo aseguro. Yo lo conozco y soy su primer discípulo. Pedidle algún milagro. Él es muy poderoso. Cura. Lee los corazones. Responde a todas las dificultades…

Y con esta promoción empieza la demanda de milagros, cuando Jesús termina de predicar.

Jesús sonríe y cumple ampliamente con todas las expectativas de los que esperan en Él. Después, los dos van a orar al lugar más cercano al Santo de los Santos, como les está permitido a los israelitas varones. Luego salen del Templo.

Judas quiere quedarse con Jesús pero encuentra la oposición del Maestro:

–            Judas, deseo estar solo en las horas de la noche. Es cuando mi espíritu obtiene su alimento del Padre. Tengo más necesidad de la Oración, Meditación y soledad; que del alimento corporal. El que quiera vivir por el espíritu y quiera llevar a otros a que vivan la misma vida, debe posponer la carne. Diría casi matarla, para cuidar solo del espíritu. Todos, sábelo Judas; también tú; si quieres ser solamente de Dios, o sea, de lo sobrenatural.

–            Pero, Maestro. Nosotros pertenecemos todavía a la tierra. ¿Cómo podemos dejar de pensar en la carne y pensar solo en el espíritu? ¿No está en contradicción lo que dices con el Mandamiento de Dios: No matarás? ¿No se incluye en él, no suicidarse?… Si la vida es un don de Dios debemos amarla ¿O no?

–            Te responderé, como no respondería a una persona sin preparación; a la que le basta levantar la mirada del alma o de la mente a esferas sobrenaturales, para elevarse a los reinos del espíritu. Tú no eres un simple. Te has formado en ambientes que te han pulido… pero también te han manchado, con sus sutilezas y doctrinas. Judas ¿Te acuerdas de Salomón? Era sabio. El más sabio de aquellos tiempos. Recuerdas que después de haber conocido todo el saber humano, dijo: no hay más que vanidad. Todo es vanidad. Tener a Dios y observar sus Mandamientos; para el hombre, esto lo es todo. Ahora bien, te digo que es menester saber tomar lo que se come; es decir, que sea alimento y no veneno. Si algo nos hace daño, lo mejor es no comerlo; aun cuando sea agradable al paladar. Es mejor pan y agua de la fuente, que los manjares de la mesa del rey, en los que hay drogas que perturban y envenenan.

–            ¿Qué debo dejar, Maestro?

–            Todo lo que sabes que te hace daño. Dios es Paz y si quieres ponerte en el sendero de Dios; debes escombrar tu mente, tu corazón y tu carne, de todo lo que no es paz y te turba. Sé que es difícil reformarse a sí mismo; pero Yo estoy aquí para ayudarte a hacerlo. Estoy aquí para ayudar al hombre a que se haga hijo de Dios; a volver a crearse por medio de una segunda creación, en una autogénesis que él mismo quiere.

Y te responderé a lo que me preguntabas, para que no digas que quedaste en un error por culpa mía. Es verdad que suicidarse es lo mismo que matar. Sea la vida propia o la de otro. La vida es don de Dios y solo Dios que la dio, tiene el poder de quitarla. Quién se mata muestra su soberbia y Dios odia la soberbia.

–            ¿Muestra la soberbia? Yo diría más bien que la desesperación.

–            ¿Y qué es la desesperación, sino soberbia? Mira Judas, ¿Por qué alguien se desespera? Porque las desgracias se recrudecen contra él y se quiere por sí solo vencerlas, pero no se puede. O también porque siendo culpable, cree que Dios no puede perdonarlo. En el primero y el segundo casos, ¿No es acaso reina la soberbia? El que cree que por sí mismo puede hacer algo y no tiene la humildad para extender su mano al Padre y decirle: “No puedo, pero Tú si puedes. Ayúdame porque de Ti lo espero todo.” O bien el que dice: “Dios no puede perdonarme.” Lo dice porque midiendo a Dios consigo mismo, piensa que Dios no perdonaría, porque él tampoco si fuera el ofendido, no lo haría. En otras palabras, también esto es soberbia. El humilde compadece y perdona, aun cuando sufra por haber sido ofendido. El soberbio no perdona. Es soberbio porque no sabe doblar la frente y decir: “Padre, he pecado. Perdona a tu hijo culpable.” ¿No sabes Judas que el Padre perdonará a cualquiera que con corazón sincero y contrito, humilde y decidido a levantarse en el bien, lo pida?

Judas objeta:

–            Pero ciertos pecados no son perdonados. ¡No lo pueden ser!

–            Lo dices tú. Y será verdad porque el hombre así lo quiere. Pero en verdad, ¡Oh! En verdad te digo que aún después del Crimen más grande que puedas imaginarte, si el culpable corre a los pies del Padre infinitamente Perfecto y llorando le pidiese perdón. Le ofreciese expiación, pero sin desesperarse. El Padre le daría la manera de expiar, para merecer su perdón y salvar su alma. 

–            Siendo así, estás diciendo que quienes cita la Escritura que se mataron, ¿Hicieron mal?

–                         No es lícito hacer violencia a nadie y ni siquiera a sí mismo. Hicieron mal.    Según su conocimiento relativo del bien; habrán conseguido en determinados casos, misericordia de Dios. Pero desde que el Verbo ha iluminado con la Verdad y dado fuerzas a las almas con su Espíritu, a partir de ese momento no será perdonado quien muera desesperado. Ni en el momento del Juicio Particular; ni después  de siglos de Gehena; ni en el Juicio Final. ¡Jamás!… ¿Es dureza de Dios ésta?… ¡No! ¡No! ¡Es Justicia!

Dirá Dios: “Tú, criatura dotada de razón y de ciencia sobrenatural, a quién crié libre; creíste poder seguir el sendero que escogiste y dijiste: Dios no me perdona. Estoy separado de Él para siempre. Juzgo que debo aplicarme la justicia debida a mi delito. Huyo de la vida para escapar de los remordimientos- Qué jamás los habrías tenido, si hubieras venido a mi pecho paternal. Y cómo haz juzgado, vete. No hago fuerza a la libertad que te di. Digo amén a lo que has querido.”

Esto es lo que dirá el Eterno al suicida. Piénsalo, Judas. La vida es un don y debe amarse. Pero ¿Qué clase de don es? Es un don santo y por eso debe amarse santamente. La vida dura, cuanto la carne es capaz de ella. Después empieza la vida grande, la vida eterna; que será de felicidad para los justos y de maldición para los injustos. ¿Es la vida fin o medio? Es medio. Sirve para el fin que es la eternidad. Por eso hay que dar a la vida lo que le sirve para la conquista del espíritu. Continencia de la carne en todos los aspectos. En todos. Continencia de la mente en todos sus deseos. En todos. Continencia del corazón en todas sus pasiones que saben a humano. Pero debe ser ilimitada en el ansia por las pasiones que llevan al Cielo: amor de Dios y del prójimo. Voluntad de servir a Dios y al prójimo. Obediencia a la Palabra Divina; heroísmo en el bien y en la virtud.

Te he respondido, Judas. ¿Te basta la explicación? Sé siempre sincero y pregunta, si no sabes lo suficiente. Estoy aquí para enseñarte.

Judas parece reflexionar. Y luego dice:

–           He comprendido y me basta. Pero… es muy difícil hacer lo que he comprendido. Tú puedes hacerlo porque eres Santo. Pero yo… Yo soy un hombre joven, lleno de vitalidad. Y de deseos de vivir…

–      He venido para los hombres, Judas. Y no para los ángeles. Ellos no tienen necesidad de Maestro, porque ven a Dios y viven en su Paraíso. No ignoran las pasiones de los hombres, porque la inteligencia que es su vida, les hace comprender todo. Y lo saben aun los que no son custodios del hombre. Pero espirituales como son, no podían tener más que un solo pecado. Como uno de ellos lo cometió y arrastró consigo a los menos fuertes en la Caridad: la Soberbia fue la flecha que manchó a Lucifer, el más hermoso de los arcángeles y lo convirtió en el Monstruo pavoroso del Abismo. No he venido para los ángeles; que después de la caída de Lucifer, se horrorizan tan solo de pensar en el orgullo. He venido para los hombres: Para hacer de ellos ángeles.

El hombre era la perfección de lo creado. Tenía de ángel el alma y del animal; la completa belleza de todas sus partes animales y morales. No existía creatura igual. Era el rey de la Tierra, como Dios es el Rey del Cielo. Y el último día que hubiese dormido sobre la Tierra; hubiera despertado como rey, con el Padre; en el Cielo.

Satanás ha arrebatado las alas al ángel-hombre y le ha puesto garras de fiera; deseos ardientes de inmundicia. Lo ha convertido en un hombre-demonio; más que hombre. Quiero borrar la mancha de Satanás. Destruir el hambre corrosiva de su carne manchada. Devolverle las alas al hombre y llevarlo otra vez para que sea rey, coheredero del Padre y del Reino Celestial.

Sé que el hombre, si realmente lo quiere; puede hacer todo lo que digo; para volver a ser rey y ángel. No os diré  que hagáis cosas que no podáis hacer. No soy uno de esos oradores que predican doctrinas imposibles. He tomado carne verdadera; para poder saber por experiencia de la carne, cuáles son las tentaciones del hombre.

Judas cuestiona:

–             ¿Y los pecados?

–             Tentados, todos pueden serlo. Pecadores; tan solo los que quieren serlo.

–             Jesús… ¿Jamás has pecado?

–             Jamás he querido pecar. Y esto no porque sea el Hijo del Hombre. Sino que      lo he querido y querré; para demostrar al hombre que el Hijo del Hombre no pecó; porque no quiso pecar y que el hombre si no lo quiere, puede también no pecar.

–              ¿Te has enfrentado alguna vez a las tentaciones?

–              Tengo treinta años, Judas. Y no he vivido ermitaño en la cueva de algún     monte, sino entre los hombres. Y aun cuando hubiese vivido en el lugar más solitario; ¿Crees que no hubiere llegado hasta ahí la Tentación?… Todos tenemos dentro de nosotros el Bien y el Mal. Sobre el bien sopla Dios y lo agita como incensario de agradables y sagrados trozos de incienso. Sobre el Mal sopla Satanás y lo convierte en una hoguera de ardientes pasiones. Pero el cuidado atento y la Oración constante, son arena húmeda sobre la Hoguera del Infierno: la sofoca y la domina.

–             Pero si jamás has pecado, ¿Cómo puedes juzgar a los pecadores?

–             Soy Hombre. Y Soy el Hijo de Dios. Cuanto pudiese ignorar como hombre   y juzgar mal; conozco y juzgo como Hijo de Dios. Y… ¡Por lo demás!…  ¡Respóndeme esto!… Uno que tiene hambre, sufre más cuando dice: “Más tarde me sentaré a comer” o cuando sabe: “No hay comida para mí.”

–             Sufre más en el segundo caso. Porque tan solo de saber que no tiene comida;   con sólo el olor de los platillos, la boca se le hace agua.

–            Entonces la Tentación es tan fuerte como este deseo, Judas. Satanás sabe hacerla más aguda y tentadora, para llevar a cabo cualquier acción. Después del hecho consumado, tal vez provoque náuseas. Pero la Tentación no consentida, no desaparece; sino que es como un árbol podado: produce más ramas.

–            ¿Y jamás has cedido?

–             Jamás he cedido.

–             ¿Cómo lo has logrado?

–             He dicho: “Padre, no me dejes caer en la Tentación…”

Judas lo mira completamente asombrado y exclama:

–                  ¡Cómo!… ¿Tú, el Mesías?… ¿Tú, que obras milagros?… ¿Has pedido la            ayuda del Padre?

–                 No tan solo ayuda. Le he pedido: no inducirme en tentación.  ¿Crees tú, que porque Yo sea Yo; puedo prescindir del Padre? ¡Oh! ¡No!… en verdad te digo que el Padre concede al Hijo todo. Pero también te digo, que el Hijo recibe todo del Padre. Y te digo que todo lo que se pidiere al Padre en mi Nombre: será concedido.

Pero mira que hemos llegado a Get-Sammi, donde vivo.  Ya se distinguen  más allá de las murallas los primeros olivos. Tú vives más allá de Tofet. La tarde ya baja. No te conviene subir más allá. Nos volveremos a ver mañana, en el mismo lugar. Adiós. La paz sea contigo.

–                  También a Ti la paz, Maestro… más te quería decir otra cosa. Te acompaño hasta el cedrón y después me regresaré. ¿Por qué estás en ese lugar tan humilde? ¿Sabes? La gente tiene en cuenta muchas cosas. ¿No conoces a alguien en la ciudad, que tenga una casa hermosa? Si quieres; yo puedo llevarte con amigos. Te hospedarán por la amistad que me tienen. Esos lugares, serán más dignos de Ti.

–                  ¿Así lo crees? Yo no lo creo. En todos los grupos hay dignos e indignos… Y sin faltar a la caridad, pero para no ofender a la Justicia; te digo que el indigno y el maliciosamente indigno; se encuentran frecuentemente entre los grandes. No es necesario; ni útil, ser poderoso; para ser bueno o para esconder el pecado a los ojos de Dios. Todo debe cambiarse bajo mi Señal. Y no será grande el que es poderoso; sino el que es humilde y santo.

–                  Pero para ser respetado. Para imponerse…

Jesús refuta:

–                             ¿Es acaso respetado Herodes?… ¿Lo es también César?… ¡No!.. Se les soporta y se les maldice con los labios y con los corazones. Créeme Judas; que entre los buenos o en los que tienen buena voluntad, sabré imponerme más con la modestia; que con el poderío.

–                             Pero entonces… ¿Despreciarás siempre a los poderosos? Te los harás enemigos. Pensaba hablar de Ti a muchos que conozco y que son famosos…

–                             Yo no desprecio a nadie. Iré a los pobres, como a los ricos. A los esclavos, como a los reyes. A los puros, como a los pecadores. Pero sí seré agradecido al que me dé pan y techo en mis fatigas. Cualquiera que sea el pan, cualquiera que sea el techo; preferiré siempre al que es humilde. Los grandes tienen de su parte, muchas alegrías. Los pobres no tienen más que su conciencia recta; un amor fiel, sus hijos y el saber que éstos los escuchan. Siempre me inclinaré hacia los pobres, los afligidos y los pecadores. Te agradezco tus buenos sentimientos; pero déjame en paz, en este lugar de paz y de oración… Vete. Y que Dios te inspire lo que esté bien.

Jesús deja al nuevo discípulo y se interna entre los olivos….

 HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

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