180 PARÁBOLA DEL BANQUETE


180 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Y en efecto incansable – mientras el sol y el recuerdo del arrebol de la tarde desaparecen y se levanta el primer canto de grillos inseguro y solitario –

Jesús va adentrándose en un prado segado recientemente, en que la languideciente hierba crea una alfombra de penetrante y suave fragancia.

Le siguen los apóstoles, las Marías, Marta y Lázaro con los de su casa – entre los sirvientes veo a 1os dos que en el Monte de las Bienaventuranzas hallaron consuelo para sus días: el anciano y la mujer -,

Isaac con los discípulos, y… yo diría que toda Betania.

Jesús se detiene para bendecir al patriarca; éste le besa la mano llorando y acariciando al niño, que va al lado de Jesús;

al niño le dice:

–     ¡Dichoso tú, que lo puedes seguir siempre!

¡Escúchame, hijo: sé bueno; gran ventura la tuya, gran ventura; sobre tu cabeza pende una corona!… ¡Dichoso tú!

Una vez que han terminado todos de colocarse,

Jesús empieza e hablar.

–     Ahora que se han marchado estos pobres amigos necesitados con mucho consuelo en la esperanza,

o mejor, en la certeza, de que basta conocer poco para ser admitidos en el Reino de Dios,

en la certeza de que basta un mínimo de verdad sobre cuyo fundamento trabaje la buena voluntad,

me dirijo a vosotros, mucho menos infelices que ellos, porque os encontráis en condiciones materiales mucho mejores y, además, recibís más ayuda del Verbo

mi amor va a ellos sólo con el pensamiento; aquí, a vosotros, mi amor os llega también con mi palabra.

Por tanto, tanto en la tierra como en el Cielo, recibiréis un trato más riguroso, pues a quien más se le dio más se le ha de pedir.

Mínimo es el bien de que estos pobres amigos que están regresando a su galera pueden disponer;

por el contrario, su dolor es máximo ¿Qué se les puede dar sino promesas de bien?

Cualquier carga sería superflua, pues os digo en verdad que de por sí su vida es penitencia y santidad y nada más se les debe imponer.

En verdad os digo también que, como verdaderas vírgenes sensatas, ellos no dejarán que sus lámparas se apaguen antes de la hora de su llamada.

No, no la dejarán apagarse; esta luz es todo el bien que poseen y no pueden dejar que se apague.

En verdad os digo que, como Yo estoy en el Padre, así los pobres están en Dios.

Por esto, Yo, Verbo del Padre, he querido nacer y permanecer pobre.

Los ricos poseen muchas cosas; los pobres, sólo a Dios.

Los ricos tienen amigos, los pobres están solos.

Los ricos tienen muchas consolaciones, los pobres no.

Los ricos se divierten, los pobres sólo trabajan.

Todo es fácil para los ricos, por su dinero.

Los pobres tienen, además, la cruz del temor a las enfermedades y a las carestías, pues significarían para ellos hambre y muerte.

Mas los pobres poseen a Dios.

Dios, amigo suyo, Consolador suyo;

É1 los distrae de su penoso presente con esperanzas celestiales;

a El se le puede decir (y ellos saben decirlo, lo dicen precisamente por ser pobres y humildes y estar solos):

“Padre, socórrenos con tu misericordia”

Esto lo estoy diciendo aquí, en esta tierra, que es de Lázaro, amigo mío y de Dios a pesar de que sea muy rico.

Puede parecer extraño.

Lázaro es la excepción de los ricos.

Lázaro ha alcanzado esa virtud, dificilísima de encontrar en la tierra y aún más difícil de practicarse por enseñanza ajena,

que es la virtud de la libertad respecto a las riquezas.

Lázaro es un hombre justo,

No se ofende, no se puede ofender porque sabe que es el rico-pobre, por lo cual mi crítica celada no le toca.

Lázaro es justo y reconoce que en el mundo de los grandes sucede como Yo digo.

Por lo cual afirmo:

en verdad, en verdad os digo que es mucho más fácil que esté en Dios un pobre que un rico,

y os digo que en el Cielo del Padre mío y vuestro, muchos asientos serán ocupados por aquellos que en la tierra sufrieron,

cual polvo que se pisa, el desprecio, por ser los más pequeños.

Los pobres guardan en su corazón las perlas de las palabras de Dios; son su único tesoro.

Quien no tiene más que un bien lo custodia

el que tiene muchos se aburre, se distrae, es soberbio y sensual.

Así, este último no admira con ojos humildes y enamorados el tesoro ofrecido por Dios;

lo confunde con otros tesoros – las riquezas de la tierra -, valiosos sólo en apariencia, y piensa:

“¡Si escucho a éste, que es semejante a mí en cuanto a la carne, será por condescendencia!”.

Y hace insensible, con los sabores fuertes de la sensualidad, su capacidad de distinguir el sabor de lo sobrenatural:

sabores fuertes… cargados de especias para confundir su hedor y su sabor a cosa podrida…

Escuchad, y entenderéis mejor cómo los cuidados de este mundo, las riquezas, la crápula, impiden entrar en el Reino de los Cielos.

Un rey celebraba las nupcias de su hijo. ¡Imaginaos qué fiesta habría en palacio!

Era su único hijo, que, llegado a la plena edad, se casaba con su amada. El padre y rey quiso que todo fuera alegría en torno a la de su amado hijo, que por fin se casaba con su elegida.

lo preparó con tiempo, cuidando de todos los detalles, para que resultase espléndido y digno de las bodas del hijo del rey.

Envió a los siervos, también con suficiente tiempo, para decir a los amigos, a los aliados y a los grandes del reino,

que habían sido fijadas las nupcias para esa fecha, por la tarde,

y que estaban invitados; que vinieran para dar un digno marco a la figura del hijo del rey.

Pero… ni amigos, ni aliados, ni grandes del reino aceptaron la invitación.

Entonces el rey, dudando de que los primeros siervos hubieran referido las cosas correctamente, envió a otros siervos,

para que insistieran con estas palabras:

“¡Os rogamos que vengáis! Todo está preparado. La sala está aparejada, hemos traído de los más distintos lugares vinos preciados,

en las cocinas están amontonados bueyes y animales cebados en espera de ser guisados,

las esclavas ya están amasando la harina para hacer dulces, o machacando en los morteros las almendras para hacer

finísimas gollerías enriquecidas con los más exóticos aromas.

Las mejores bailarinas y los mejores músicos han sido ya contratados para la fiesta.

Venid, pues, para no hacer vano tanto aparato”.

Pero los amigos, los aliados y los grandes del reino o rechazaron la invitación, o dijeron: “Tenemos otros quehaceres”,

o fingieron aceptar la invitación pero luego fueron a sus cosas (quién al campo, quién a sus ocupaciones, quién a cosas menos nobles).

–     Porque el siervo del rey insistía:

“No le niegues al rey esto, pues te podría causar algún mal” –

Incluso hubo quien, molesto por tanta insistencia, mató al siervo para hacerlo callar.

Los siervos volvieron y refirieron al rey todo.

El rey se encendió de cólera y mandó a su ejército para castigar a los asesinos de sus siervos y a los que habían despreciado su invitación;

se reservó premiar a los que habían prometido que irían.

Pero llegada la tarde de la fiesta, a la hora establecida, no vino ninguno.

E1 rey, indignado, llamó a los siervos y dijo:

“No ha de suceder que mi hijo no tenga a nadie que le celebre en esta tarde de sus nupcias.

El banquete está preparado.

Los invitados no son dignos de él.

A pesar de todo, el banquete nupcial de mi hijo ha de celebrarse.

Id pues, a las plazas y a los caminos, colocaos en los cruces, parad a los que pasan,

congregad a los que veáisociosos; traedlos aquí; que la sala se llene de gente festiva”.

Y fueron los siervos, y recorrieron los caminos, se diseminaron por las plazas, por los cruces,

y reunieron a todos los que encontraron:

buenos o malos, ricos o pobres, y los condujeron a la morada real (previamente les habían procurado los medios

Los guiaron hasta la sala, y la sala se llenó, como el rey quería, de gente festiva.

Mas he aquí que, habiendo entrado el rey en la sala, para ver si ya podía empezar la fiesta,

vio a uno que, a pesar de las facilidades que le dieron los siervos de ir bien presentado, no llevaba vestido de bodas.

Le preguntó: “¿Cómo es que has entrado aquí sin el vestido de bodas?”.

Este no supo qué responder, porque, en efecto, no tenía nada que lo pudiera disculpar.

Entonces el rey llamó a los siervos y les dijo:

“Tomad a éste, atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera de mi casa, a las tinieblas y al lodo helador:

ahí llorará y le rechinarán los dientes, como ha merecido por su ingratitud y por la ofensa que me ha infligido, 

más que a mí a mi hijo, al entrar con vestido pobre y sucio en la sala del banquete,

donde no debe entrar nada que no sea digno de la sala y de mi hijo”.

Como podéis ver, los cuidados de este mundo, la avaricia, la sensualidad, la crueldad,

provocan la ira del rey y hacen que jamás estos hijos de las preocupaciones vuelvan a entrar en la casa del Rey.

Podéis también ver cómo entre los llamados, por amor al hijo, hay quien recibe castigo.

¡Cuántos, hoy día, en esta tierra a la que Dios ha enviado a su Verbo! Dios verdaderamente ha invitado, a través de sus siervos.

Y los seguirá invitando, cada vez más impelentemente a medida que se va acercando la hora de mi Desposorio -, a amigos, a aliados, a los grandes de su pueblo.

Mas no responderán a la invitación, porque son falsos aliados, falsos amigos, grandes sólo de nombre pues son mezquinos.”  

Jesús va elevando cada vez más la voz.

A la luz del fuego que ha sido encendido entre Él y los que le escuchan,

para iluminar esta noche en que todavía falta la Luna, que está en fase menguante –

Sus ojos lanzan destellos de luz como si fueran dos zafiros relucientes.

Sí, son mezquinos.

Ya se ve por qué no comprenden el deber y el honor que supone la adhesión a la invitación del Rey.

Soberbia, dureza, lujuria crean un baluarte en torno a su corazón. Siendo malos, me odian a mí, a mí, y por eso no quieren venir a mis bodas.

No quieren venir. Prefieren unirse a la sucia política, al dinero (más sucio todavía), a la sensualidad (sucísima).

Prefieren el cálculo astuto, la conjura, la ratera conjura, la celada, el delito.

Yo condeno todo esto en nombre de Dios. Se odia por tanto la voz que habla y la misma fiesta, objeto de la invitación.

En este pueblo han de ser identificados los que matan a los siervos de Dios (los profetas, siervos hasta este momento; mis

discípulos, siervos de hoy en adelante), aquí están; y también los que, pretendiendo burlarse de Dios, dicen: “Sí. Iremos”,

pensando para sus adentros: “^Ni soñarlo!”.

Todo esto es una realidad en Israel.

Y el Rey del Cielo, para que su Hijo goce de un digno aderezo de bodas, dispondrá que vayan a los cruces de camino

para congregar a todos aquellos que no son amigos o grandes o aliados sino simplemente pueblo que pasa.

La convocatoria ha comenzado ya, de mi propia mano, de mi mano de Hijo y siervo de Dios.

Indiscriminadamente vendrán…

De hecho ya han venido.

Yo los ayudo a asearse y engalanarse para la fiesta de bodas.

¡Ah, pero habrá, para desgracia propia, quien se aproveche indignamente de esta magnificencia de Dios,

que le ofrece perfumes y vestiduras regias para que pueda aparecer como en realidad no es, o sea, rico y noble.

Y se aproveche para seducir, para obtener una ganancia…!

¡Oh, individuo de alma torva, atrapado por el repugnante pulpo de todos los vicios…!

Éste sustraerá perfumes y vestidos para obtener una ilícita ganancia, para usarlos no en las bodas del Hijo sino en sus bodas con Satanás.

Sí, esto sucederá.

En efecto, muchos son los llamados, mas pocos los que por saber perseverar en la llamada, alcanzan la elección. 

Pero también sucederá que estas hienas, que prefieren la carroña al alimento fresco, serán arrojados como castigo, fuera de la sala del Banquete,

A las tinieblas y al fango de un lodazal eterno en que Satanás emite su horrible risa estridente por cada triunfo sobre un alma.

Y en que resuena eterno, el llanto desesperado de los mentecatos que siguieron al Delito en vez de seguir a la Bondad que los había llamado.  

Alzaos. Vamos a descansar.

Os bendigo a todos, habitantes de Betania.

Os bendigo y os doy mi paz.

Te bendigo a ti especialmente Lázaro, amigo mío.

Y a ti Marta. Bendigo a mis discípulos, a los primeros y a los nuevos.

Yo los envío por el mundo, a invitar para las bodas del Rey.

Arrodillaos, que voy a bendeciros a todos.

Pedro, di 1a Oración que os he enseñado, dila aquí, a mi lado.

En pie, porque así debe decirla quien ha sido destinado por Dios para ello.

Toda la asamblea se arrodilla sobre la hierba.

En pie sólo están Jesús, con su vestidura de lino, alto, bellísimo…

Y Pedro, vestido de marrón oscuro encendido de emoción, casi tembloroso…

Recitando la Oración con esa voz suya un poco ronca, lentamente por miedo a equivocarse:

«Padre nuestro…»

Cuando la sublime oración termina…

Margziam arrodillado justo delante de María, que le mantiene unidas sus manitas, mira con una sonrisa de ángel a Jesús,

y dice bajo:

–     ¡Mira Madre, qué hermoso es tu Hijo!

Y también mi padre, ¡Qué gallardo’ Parece estar en el Cielo…  

Piensa un ´pcco y agrega:

–     ¿Estará aquí mi madre viendo?

María susurra:

–     Sí, tesoro, está aquí…

Está aprendiendo la Oración…

Y María le da un beso.

–      ¿Y yo?

¿La voy a aprender?

–     Ella te la susurrará en el alma mientras duermes,.

Y yo te la repetiré de día. 

El niño echa hacia atrás su cabecita morena y la apoya en el pecho de María,…

Y se queda así mientras Jesús lleva a cabo la siempre solemne bendición mosaica.

Acabado el gesto, todos se ponen en pie y se marcha cada uno a su casa.

Sólo Lázaro sigue todavía a Jesús.

Luego entra con Él en la casa de Simón, para estar un rato más en su compañía.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: