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376 DESPUÉS DEL ASESINATO


  1. 376 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Cuando ponen pie en la playita de Cafarnaúm, los recibe el griterío de los niños,

que tanto corren, veloces, chillando con sus vocecitas, desde la playa a las casas,

que emulan a las golondrinas afanadas en la construcción de los nuevos nidos;

alborozados con esa sencilla alegría de los niños,

para los cuales es espectáculo maravilloso un pez muerto encontrado en la orilla,

Y mágico objeto una piedra pulida por las olas y que por su color asemeja a

una piedra preciosa, la flor descubierta entre dos piedras o el escarabajo

tornasolado capturado en vuelo:

prodigios todos dignos de ser mostrados a las mamás,

para que participen de la alegría de su hijito.

Mas ahora estas golondrinas humanas han visto a Jesús,

y todos sus vuelos convergen hacia Él, que está para desembarcar en la playita.

Entonces se abate sobre Jesús una templada, viva avalancha de carnes niñas,

y lo ciñe; una cadena suave de tiernas manitas, que lo ata;

un amor de corazones infantiles, que, cual dulce fuego, le da calor. 

Y todos gritan:

–         ¡Yo! ¡Yo!

–        ¡Un beso!

–        ¡A mí!

–        ¡También yo!

–        ¡Jesús! ¡Te quiero!

–         ¡No te vuelvas a marchar por tanto tiempo!

–        ¡Venía todos los días aquí para ver si venías!

–        ¡Yo iba a tu casa!

–        Ten esta flor.

Era para mi mamá. Pero te la doy.

–        Otro beso más para mí, muy fuerte.

El de antes no me ha tocado, porque Yael me ha empujado para atrás…

Y las vocecitas continúan mientras Jesús trata de caminar entre esa red de ternuras.

Apóstoles y discípulos gritan:

–          ¡Pero dejadlo un poco en paz!

–        ¡Fuera! ¡Basta!

Tratando de aflojar el cerco.

–        ¡Ya, ya!

¡Parecen lianas provistas de ventosas!

Por esta parte las separan, por allá se pegan.

Sonriendo, Jesús dice:

–        ¡Dejad! ¡Dejadlos

Con paciencia llegaremos

Y da pasos increíblemente pequeños para poder caminar sin pisar

los piececitos descalzos.

Pero lo que le libra del amoroso cerco,

es la repentina llegada de Mannahém con otros discípulos,

entre los cuales están los pastores que estaban en Judea.

Y con su potente voz solemne,

Mannahém lo saluda:

–         ¡La paz a Ti, Maestro!

Pues va espléndidamente vestido, aunque ya sin objetos de oro en la frente y en

los dedos;

eso sí, con una magnífica espada a la cintura que suscita la admiración llena de

reverencia de los niños, los cuales, ante este magnífico caballero vestido de

púrpura y con un arma tan estupenda en su cintura, se apartan atemorizados.

Y así Jesús puede abrazarlo y abrazar a Elías, a Leví, a Matías; a José, a Juan, a

Simeón y a muchos otros más.

Jesús pregunta:

–        ¿Cómo es que estás aquí?

¿Y cómo has sabido que había arribado?

El hermano de Herodes, contesta:

–          Saberlo, se ha sabido por los gritos de los niños.

Han traspasado los muros como flechas de alegría.

Pero he venido aquí porque pensaba que está próximo tu viaje a Judea y que

ciertamente tomarán parte en él las mujeres…

He querido estar también yo…

Para protegerte, Señor, si no es demasiada soberbia pensarlo.

Hay mucha efervescencia en Israel contra Ti.

Esto es una cosa dolorosa de decir

Pero no la ignoras.

Hablando así, llegan a la casa y entran en ella.

Mannahém continúa hablando después de que el jefe de casa y su mujer,

han saludado reverentemente al Maestro.

–         Ya en estos momentos la efervescencia y el interés que suscitas ha penetrado por todas partes,

agitando y llamando la atención incluso de los más insensibles y distraídos

por cosas muy distintas de lo que Tú eres.

Las noticias de tus obras han penetrado incluso dentro de las sucias murallas de

Maqueronte y en los lujuriosos refugio de Herodes,

bien sean éstos el palacio de Tiberíades, los castillos de Herodías o la espléndida

mansión de los Asmoneos cerca del Sixto.

Franquean, como oleadas de luz y poder, las barreras de tinieblas y mezquindad.

Abaten los cúmulos de pecados dispuestos como trinchera y refugio para los sucio

amores de la Corte y los atroces delitos.

Asaetean, como dardos de fuego, escribiendo palabras mucho más graves que las

del banquete de Baltasar en las licenciosas paredes de las alcobas y de las salas del

trono y de los banquetes.

Gritan tu Nombre y tu poder, tu Naturaleza y tu Misión.

Y Herodes tiembla de miedo por ello.

Y Herodías se contuerce en los lechos, con miedo a que Tú seas el Rey vengador

que habrá de arrebatarle riquezas, inmunidades e incluso la vida.

Y arrojarla a merced de las turbas, que vengarían sus muchos delitos.

En la Corte tiemblan. Y es por ti.

Tiemblan de miedo humano y sobrehumano.

Desde que la cabeza de Juan cayó cortada, un fuego parece devorar las entrañas de

quienes lo mataron.

Ya no tienen siquiera su mísera paz de antes, paz de puercos hartos de comilonas,

que encuentran el silencio a las acusaciones de la conciencia,

en la ebriedad y en la cópula.

Ya no hay nada que les dé paz…

Están perseguidos…

Y después de cada una de las horas de amor se odian;

hartos el uno de la otra, culpándose recíprocamente de haber cometido el delito

que turba, que ha sobrepasado la medida; mientras que Salomé, como poseída por

un demonio, vive zarandeada por un erotismo que degradaría a una esclava de las

moliendas.

El Palacio es más hediondo que un albañal.

Herodes me ha preguntado varias veces acerca de Ti.

Siempre he respondido:

“Para mí es el Mesías, el Rey de Israel de la única estirpe real, la de David.

Es el Hijo del hombre a que se refieren los Profetas, es el Verbo de Dios,

Aquel que, por ser el Cristo, el Ungido de Dios,

tiene derecho a reinar sobre todos los vivientes”.

Y Herodes palidece de miedo sintiéndote el Vengador.

Porque los de la Corte para confortarlo dicen que Tú eres Juan falsamente

considerado muerto.

Elías o algún otro profeta del pasado…

Y con ello le hacen deprimirse más que nunca, de horror;.

Y rechaza el miedo, el grito de la conciencia desmembrada por el remordimiento,

diciendo: 

–        “¡No, no puede ser Juan!

Lo decapitaron por orden mía y su cabeza la tiene Herodías en segura custodia.

Y no puede ser uno de los profetas.

No se vive de nuevo una vez muertos.

Pero tampoco puede ser el Cristo. ¿Quién lo dice?

¿Quién dice que lo es?

¿Quién se atreve a decirme que es el Rey de la única estirpe regia?

¡Yo soy el rey! ¡Yo! Y ningún otro.

El Mesías fue matado por Herodes el Grande:

fue ahogado, recién nacido, en un mar de sangre.

Fue degollado como un corderito… y tenía pocos meses…

¿Oyes cómo llora?

Su balido me grita continuamente dentro de la cabeza, junto con el rugido de Juan:

`No te es lícito’…

¿No me es lícito

Sí. Todo me es lícito, porque yo soy `el rey’.

Aquí vino y mujeres, si Herodías rechaza mis abrazos amorosos.

Y que dance Salomé para despertar mis apetitos aterrorizados por esas cosas

pavorosas que dices”.

Y se emborracha entre las mimas de la Corte, mientras en sus habitaciones grita la

desquiciada mujer sus blasfemias contra el Mártir… 

Y sus amenazas contra Ti.

Y en las suyas, Salomé conoce lo que es el haber nacido del pecado de dos

lujuriosos y el haber sido cómplice de un delito conseguido con el abandono del

propio cuerpo a los frenesíes lúbricos de un hombre inmundo.

Pero luego Herodes vuelve en sí y quiere saber de Ti.

Y querría verte.

Y por este motivo favorece el que yo venga a Ti, con la esperanza de que te lleve a

su presencia; cosa que no haré nunca,

para no llevar tu santidad a un antro de fieras inmundas.

Y querría tenerte Herodías para agredirte.

Y lo grita con su estilete en las manos…

Y querría tenerte Salomé, que te vio en Tiberíades sin que Tú lo supieras, el pasado

Etanim, en su insania por Ti…

¡Éste es el Palacio, Maestro!

Pero yo permanezco en él, porque así vigilo las intenciones respecto a Ti.

Jesús responde:

–         Yo te lo agradezco y el Altísimo te bendice por ello.

También esto es servir al Eterno en sus decretos. –

        Lo he pensado.

Y por este motivo he venido.

–         Mannahém dado que has venido, te ruego una cosa.

No bajes a Jerusalén conmigo, sino con las mujeres.

Yo voy con éstos por camino ignoto; no podrán hacerme ningún mal.

Pero ellas son mujeres indefensas.

Y el que las acompaña es de corazón manso y está enseñado a ofrecer la mejilla a

quien ya lo ha golpeado.

Tu presencia será segura protección.

Un sacrificio, lo comprendo.

Pero estaremos juntos en Judea.

No me niegues esto, amigo.

–        Señor, todo deseo tuyo es ley para tu siervo

Estoy al servicio de tu Madre y de las condiscípulas, desde este momento hasta

cuando quieras.

–         Gracias.

Esta obediencia tuya también será escrita en el Cielo.

373 PRIMER ANUNCIO DE LA PASIÓN


373 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús dejó la ciudad de Cesárea de Filipo con las primeras luces de la mañana,

porque ya queda lejos con sus montes y la llanura lo rodea de nuevo.

Se dirige hacia el lago de Merón para ir después hacia el de Genesaret.

Van con Él los apóstoles y todos los discípulos que estaban en Cesárea.

Pero una expedición tan numerosa por el camino no causa estupor a nadie,

porque ya se ven otras, dirigidas a Jerusalén, de israelitas o prosélitos, procedentes de

todos los lugares de la Diáspora, que desean pasar un tiempo en la Ciudad Santa

para escuchar a los rabíes y respirar largamente el aire del Templo.

Caminan a buena marcha, bajo un sol ya alto pero que todavía no molesta,

porque es un sol de primavera que juega con el follaje nuevo

y las frondas florecidas.

Y suscita flores, flores, flores por todas partes.

La llanura que precede al lago, toda ella, es una alfombra florecida.

La mirada, volviéndose hacia los montes que la circundan, ve a éstos remendados con

las matas cándidas, tenuemente róseas o de color rosa intenso, casi rojo,

de los diversos tipos de árboles frutales.

Y al pasar cerca de las raras casas de campesinos o de los talleres de herrador

esparcidos por el camino, la vista se alegra ante los primeros rosales florecidos,

en los huertos a lo largo de los setos o contra las tapias de las casas.

Simón Zelote observa: 

–        Los jardines de Juana deben estar todos en flor. 

También el huerto de Nazaret debe parecer un cesto lleno de flores.

Santiago de Alfeo dice:

–         María es la dulce abeja que va de rosal en rosal

de los rosales a los jazmines, que pronto florecerán;

a las azucenas, que ya tienen los capullos en el tallo.

Y tomará la rama del almendro, como hace siempre, junto con la del peral o del

granado, para ponerla en el ánfora de su habitación.

Cuando éramos niños le preguntábamos todos los años:

“¿Por qué tienes siempre ahí una rama de árbol en flor

y no metes en su lugar las primeras rosas?”. 

Y Ella respondía:

“Porque en esos pétalos veo escrita una orden que me vino de Dios

y siento el aroma puro del aura celeste”.

¿Te acuerdas, Judas?

Tadeo responde:

–        Sí. Me acuerdo.

Y recuerdo que, ya hombre, esperaba con ansia la primavera, para ver a María

caminar por su huerto bajo las nubes de sus árboles en flor y entre los setos de las

primeras rosas.

Nunca vi espectáculo más hermoso que esa eterna niña moviéndose evanescente

entre las flores y entre vuelos de palomas…

Tomás suplica:

–        ¡Oh, vamos pronto a verla, Señor!

¡Yo también quiero ver todo eso! 

Jesús responde:

–        Basta con que aceleremos el paso….

Y hagamos paradas breves, por las noches, para llegar a Nazaret a tiempo.

–        ¿Me das esta satisfacción verdaderamente, Señor?

–        Sí, Tomás.

Iremos a Betsaida todos y luego a Cafarnaúm.

Allí nos separaremos: nosotros vamos en la barca a Tiberíades y luego a Nazaret.

Así cada uno, salvo vosotros judíos, vamos a tomar los indumentos más ligeros.

El invierno ha concluido.

Juan parece cantar:

–        Sí.

Y nosotros vamos a decir a la Paloma:

“Álzate, apresúrate, amada mía; ven, porque el invierno ha pasado, la lluvia ha

terminado, las flores pueblan el suelo…

Álzate, amiga mía; ven, paloma escondida, muéstrame tu faz y deja que oiga tu voz”. –

Pedro dice

–         ¡Sí señor!

¡Juan!

¡Pareces un enamorado cantando su canción a su amada!

Juan responde:

–        Lo estoy.

De María lo estoy.

No veré a otras mujeres que despierten mi amor.

Sólo María, la amada de todo mi ser.

Tomás dice:

–       También lo decía yo hace un mes.

¿Verdad, Señor? 

Mateo dice:

–        Yo creo que estamos todos enamorados de Ella.

¡Un amor tan alto, tan celestial!…

Como sólo esa Mujer puede inspirar.

Y el alma ama completamente su alma,

la mente ama y admira su intelecto,

la vista mira y se complace en su gracia pura, que embelesa sin producir agitación, 

como cuando se mira una flor…

María, la Belleza de la tierra y creo, la Belleza del Cielo…

Felipe agrega:

–         ¡Es verdad!

¡Es verdad!

Todos vemos en María cuanto de más dulce hay en la mujer: la niña pura y

la madre dulcísima;

y no se sabe por cuál de estas dos gracias se la ama…

Pedro sentencia:

–        Se la ama porque es “María”.

¡Eso es! 

Jesús los ha estado oyendo hablar

y dice:

–          Todos habéis hablado bien.

Y Pedro muy bien.

A María se ama porque es “María”.

Os dije, mientras íbamos a Cesárea, que solamente aquéllos que unan una fe perfecta

a un amor perfecto llegarán a conocer el verdadero significado de las palabras:

“Jesús, el Cristo, el Verbo, el Hijo de Dios y el Hijo del hombre”.

Pero ahora os digo que hay otro nombre denso en significados.

Y es el de mi Madre.

Sólo aquellos que unan una perfecta fe a un perfecto amor llegarán a conocer el

verdadero significada del nombre “María”, de la Madre del Hijo de Dios.

Y el verdadero significado empezará a aparecer claro para los verdaderos creyentes y

para los verdaderos amantes en una hora tremenda de tormento

cuando la Madre sea sometida a suplicio con su Hijo, cuando la Redentora redima

con el Redentor, a los ojos de todo el mundo y por todos los siglos de los siglos.

Mientras se detienen a orillas de un caudaloso arroyo,

en el que están bebiendo muchos discípulos.

Bartolomé pregunta:

–        ¿Cuándo?

Jesús responde evasivo:

–         Detengámonos aquí a compartir el pan.

El sol marca mediodía.

Al caer de la tarde, estaremos en el lago Merón.

Y podremos acortar el camino con unas barcas..

Se sientan todos sobre la tierna hierba, tibia de sol, de las orillas del arroyo.

Juan dice

–         Es una pena echar a perder estas flores tan delicadas.

Parecen pedacitos de cielo caídos aquí en los prados.

Son cientos y cientos de miosotis.

Santiago su hermano, lo consuela:

–        Renacerán más bonitas mañana.

Han florecido para hacer del suelo una sala de banquetes para su Señor. 

Jesús ofrece y bendice los alimentos y todos se ponen a comer alegremente.

Los discípulos, todos, como si fueran girasoles, miran en dirección a Jesús,

que está sentado en el centro de la fila de sus apóstoles.

La comida pronto termina, condimentada con serenidad y agua pura.

Pero, dado que Jesús permanece sentado, ninguno se mueve.

Es más, los discípulos se cambian de sitio para acercarse, para oír lo que dice Jesús

como respuesta a los apóstoles

que siguen preguntando sobre lo que había dicho  antes, de su Madre.

–          Sí.

Porque ser madre de mi carne ya sería una gran cosa.

Fijaos que se recuerda a Ana de Elcana

como madre de Samuel y él era sólo un profeta;

pues bien, la madre es recordada por haberlo engendrado.

Por tanto ya María sería recordada y con altísimas alabanzas, por haber dado al

mundo a Jesús el Salvador.

Pero ello sería poco, respecto a cuanto Dios exige de Ella, para completar la medida

requerida para la redención del mundo.

María no defraudará el deseo de Dios. 

Jamás lo ha defraudado.

Desde las demandas de amor total hasta las de sacrificio total.

Ella se ha entregado y se entregará.

Y cuando haya consumado el máximo sacrificio, conmigo por Mí, en favor del mundo,

los verdaderos fieles y los verdaderos amantes comprenderán el verdadero

significado de su Nombre.

Y por todos los siglos,

a todo verdadero fiel, a todo verdadero amante, le será concedido comprenderlo.

El Nombre de la Gran Madre, de la Santa Nutriz que lactará por todos los siglos a los

párvulos de Cristo con su llanto, para criarlos para la Vida de los Cielos.

Judas de Keriot, pregunta:

–        ¿Llanto, Señor?

¿Debe llorar tu Madre?

–        Todas las madres lloran.

La mía llorará más que ninguna otra

–        ¿Pero por qué?

Yo he hecho llorar a la mía alguna vez, porque no soy siempre un buen hijo.

¿Pero Tú?

No das nunca pesares a tu Madre.

–        No.

Efectivamente, como Hijo suyo, no le doy pesares.

Pero le daré muchos como Redentor.

Dos harán llorar con un llanto sin fin a mi Madre:

Yo, salvando a la Humanidad;

la Humanidad, con sus continuos pecados.

Todo hombre que haya vivido, que vive o que vivirá,

cuesta lágrimas a María.

Santiago de Zebedeo pregunta sorprendido:

–        ¿Pero por qué?

–        Porque todo hombre me cuesta torturas a Mí para redimirlo.

Bartolomé afirma seguro:

–        ¡Pero decir esto de los que ya han muerto o no han nacido todavía!

Te harán sufrir los vivos, los escribas, fariseos, saduceos, con sus acusaciones, sus

celos, sus mezquindades; pero más no.

–         También mataron a Juan Bautista…

Israel no ha matado sólo a este profeta, ni es el único sacerdote de la Voluntad eterna

matado por causa del odio de los que no obedecen a Dios.

Tadeo dice:

–        Pero Tú eres más que un profeta y que el mismo Bautista, tu Precursor.

Tú eres el Verbo de Dios.

Israel no levantará su mano contra Ti.

–        ¿Lo piensas así, hermano?

Estás en un error – le responde Jesús.

–        No. ¡No puede ser!

¡No puede suceder! ¡Dios no lo permitirá!

Sería degradar para siempre a su Cristo!

Judas Tadeo está tan agitado que se pone en pie.

Jesús también se levanta y lo mira fijamente a la cara palidecida, a los ojos sinceros.

Dice lentamente:

–        Y sin embargo así será.

Y baja el brazo derecho, que lo tenía alzado, como jurando.

Todos se ponen en pie y se arriman aún más a Él: una corona de caras afligidas.

Y más aún, incrédulas.

Una serie de comentarios recorre el grupo:

–        Si fuera así… tendría razón Judas Tadeo

–        Lo que le sucedió a Juan el Bautista fue una cosa mala,

pero exaltó al hombre, heroico hasta el final;

si le sucediera eso al Cristo sería disminuirlo.

–         Cristo puede ser perseguido, pero no degradado.

–        Tiene la unción de Dios.

–        ¿Y quién podría ya creer, si te vieran en poder de los hombres?

–        No lo permitiremos.

El único que permanece en silencio es Santiago de Alfeo.

Su hermano arremete contra él:

–        ¿No hablas?

¡No te mueves!

¡No oyes!

¡Defiende a Cristo contra sí mismo!

Santiago, por toda respuesta, se lleva las manos a la cara,

se separa bastante… 

Y llora.

–        ¡Es un estúpido! – sentencia su hermano.

Hermasteo le responde:

–         Quizás menos de lo que crees.

Y añade:

–         Ayer, explicando la profecía, el Maestro habló de un cuerpo deshecho que se

reintegra y de uno que por sí mismo se resucita.

Creo que uno no puede resucitar sin estar antes muerto.

Tadeo rebate:

–        Pero puede haber muerto de muerte natural, de vejez.

¡Y ya sería mucho para el Cristo!

Y muchos le dan la razón.

Simón Zelote observa:

–        Sí,

Pero entonces no sería una señal para esta generación,

que es mucho más vieja que Él. 

–        Ya.

Pero no está claro que hable de Sí mismo. – rebate Judas Tadeo,

Obstinado en su amor y respeto.

Isaac dice:

–        Ninguno que no sea el Hijo de Dios puede resucitarse a Sí mismo.

Así como tampoco ninguno que no sea el Hijo de Dios puede nacer como nació Él.

Yo lo digo, yo que vi su gloria natal.

Y el pastor testimonia con firmeza. 

Jesús, con los brazos cruzados, los ha escuchado mirándolos a medida que hablaban.

Ahora es Él el que hace ademán de hablar,

y dice:

–        El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres,

porque es el Hijo de Dios, sí,

pero también el Redentor del hombre.

Y no hay redención sin sufrimiento.

Mi sufrimiento será corporal, de la carne y de la sangre, para reparar los pecados de

la carne y de 1a sangre;

moral, para reparación de los pecados de la mente y las pasiones;

espiritual, para reparación de las culpas del espíritu.

Será completo.

Por tanto, a la hora establecida, me prenderán, en Jerusalén.

Y tras haber sufrido ya mucho por culpa de los Ancianos y de los Sumos Sacerdotes,

de los escribas y fariseos, seré condenado a una muerte infamante.

Y Dios no lo impedirá, porque así debe suceder

siendo Yo el Cordero de expiación por los pecados del mundo entero.

Y, en un mar de angustia, compartida por mi Madre y por otras pocas personas,

moriré en el patíbulo; y tres días después, por mi Voluntad Divina, por ella sola,

resucitaré a una vida eterna y gloriosa como Hombre y volveré a ser: Dios en el Cielo

con el Padre y el Espíritu. 

Pero antes tendré que padecer toda suerte de oprobios… 

Y sentir mi corazón traspasado por la Mentira y el Odio.

Un coro de gritos se eleva en el aire tibio y perfumado de primavera.

363 EL SEÑOR DEL SÁBADO


363 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús está en Corozaín en la sinagoga, que se va llenando lentamente de gente.

Los notables del lugar deben haber insistido para que Jesús este Sábado

esté adoctrinase allí.

Se comprende por las razones que aducen y por las respuestas de Jesús.

Ellos dicen:

–        No somos más arrogantes que los judíos o que los de la Decápolis.

Y sin embargo, vas una y otra vez…

Y vuelves allí a menudo.

Jesús responde:

–        También aquí es lo mismo.

Con palabras y obras, con mi silencio y mis actos, os he adoctrinado.

–        Pero, si somos más duros que los otros, razón de más para insistir…

–        Bien, bien.

–        ¡Claro que sí; que bien!

Te dejamos que uses nuestra sinagoga como lugar de adoctrinamiento,

precisamente porque juzgamos que está bien hecho.

Acepta pues, la invitación y habla.

Jesús abre los brazos, señal de silencio para los presentes.

Y empieza su discurso, hablando con tono de salmo:

Una recitación lenta, melodiosa y enfática:

–        Arauná respondió a David:

“Que el rey mi señor tome y ofrende como quiera.

Ahí están los bueyes para el holocausto:

el carro y los yugos de los bueyes como leña; todo, ¡Oh rey!, da Arauná al rey’.

Y añadió: “Que el Señor Dios acepte propicio tu voto”.

Mas el rey respondió y dijo: “No será como quisieras. No.

Quiero comprar con dinero. No quiero ofrecer al Señor mi Dios

holocaustos que me hayan sido regalados”.

Jesús baja la mirada, pues hablaba con la cara casi vuelta hacia el techo;

mira fijamente, agudamente, al arquisinagogo…

Y a los cuatro notables que estaban con él,

y pregunta:

–        ¿Habéis comprendido el significado?

–        Esto está en el segundo de los Reyes, cuando el rey santo compró la era

de Arauná…

Pero no comprendemos por qué nos lo has citado.

Aquí no hay pestilencia y no se tiene que ofrecer un sacrificio.

Tú no eres rey…

Bueno, queremos decir: no todavía.

–        En verdad;

tarda es vuestra mente para comprender los símbolos.

E insegura vuestra fe.

Si fuera segura, veríais que ya soy Rey como he dicho;

si tuvierais intuición despierta, comprenderíais que aquí hay una pestilencia

muy grave;

más que la que preocupaba a David:

Tenéis la de la incredulidad que os hace perecer.

–        ¡Bien!

Pues si somos tardos e incrédulos, danos inteligencia y fe.

Y explícanos lo que has querido decir.

–        Digo: no ofrezco a Dios los holocaustos forzados, los que se ofrecen por mezquino interés.

Y Aquel que para hablar ha venido no acepta el hablar sólo si se le concede:

es mi derecho y me lo tomo.

Bajo el sol o entre cerradas paredes, encima de los montes

o en el fondo de los valles, en el mar o sentado en las orillas del Jordán,

en todas partes, tengo el derecho y el deber de adoctrinar y de comprar

con mi esfuerzo los únicos holocaustos agradables a Dios:

los corazones convertidos y hechos fieles por mi Palabra.

Aquí, vosotros de Corozaín, habéis concedido al Verbo la palabra no por respeto

y fe;

sino porque tenéis en vuestro corazón una voz que os tortura como carcoma

que roe la madera:

“Este castigo del hielo es por nuestra dureza de corazón”.

Y queréis arreglar las cosas.

Por la economía, no por el alma.

¡Oh, Corozaín pagana y obcecada!

Pero no toda Corozaín es igual.

Para los que no son así, hablaré, con una parábola.

Oíd.

Un necio rico llevó a un artista un trozo grande, de una sustancia blonda

como la miel más fina.

Y le ordenó que lo trabajara para hacer de él un ánfora decorada.

“No es un material bueno para ser trabajado” dijo el artista al adinerado.

“¿Ves? Es blando, elástico. ¿Cómo puedo esculpirlo y modelarlo?”.

“¿Cómo! ¿No es bueno? Es una resina preciada.

Y un amigo mío tiene una pequeña ánfora de esta resina

y en ella su vino adquiere un sabor delicioso.

La he pagado a precio de oro, para disponer de un ánfora más grande y humillar

así a mi amigo jactancioso.

Házmela inmediatamente.

Si no, diré que eres un artista incapaz”.

“La de tu amigo será de alabastro blondo.”

“No. Es de este material”.

“Será de ámbar fino.” “No. Es de este material”.

“Aunque fuera de este material – vamos a suponerlo,

habrá adquirido compacidad, dureza, por siglos de antigüedad

o con la mezcla de otras substancias solidificantes.

Pregúntaselo y vuelve a decirme cómo fue hecha la suya”.

“No. Me la ha vendido él mismo, asegurándome que se usa así”.

“Pues entonces te ha timado para castigarte por envidiar su bonita ánfora.”

“¡Mide tus palabras! Trabaja.

Si no, te castigo quitándote el taller;

que todo lo que tienes no vale cuanto me cuesta esta estupenda resina”.

El artista, desconsolado, se puso manos a la obra.

Plasmaba la sustancia…

Pero ésta se le quedaba pegada a las manos.

Trataba de solidificar un trocito con mástiques y polvos…

Pero la resina perdía su transparencia de oro.

La ponía junto al horno de fusión esperando que el calor la endureciera…

Pero, desesperado, tenía que quitarla porque se licuaba.

Mandó traer nieve helada a la cima del alto Hermón;

metió la resina dentro de la nieve…

Se endurecía, seguía siendo bonita, pero ya no se podía modelar.

“La voy a modelar con el cincel” dijo.

Pero al primer golpe de cincel la resina se hizo pedazos.

El artista, totalmente desesperado, convencido ya de que nada podía hacer apto

para ser trabajado a aquel material, intentó una última prueba.

Reunió los trozos, los hizo de nuevo líquidos al calor del horno,

los volvió a congelar con la nieve, aunque esta vez no demasiado.

E intentó trabajar en la masa ligeramente blanda con el cincel y la espátula.

¡Se modelaba!, ¡Sí!…

Pero, nada más dejar cincel y espátula, volvía a la forma de antes,

como si fuera masa de pan en fermentación en la artesa.

El hombre se dio por vencido.

Y para huir de las represalias del rico y de la ruina;  durante la noche

cargó en un carro a su mujer, a sus hijos, los enseres y los instrumentos de trabajo;

y dejó en el centro del taller completamente vacío la masa blonda de la resina

con una tira de papel encima con las palabras: “Imposible de labrar”.

Luego huyó allende los confines…

Yo he sido enviado a labrar los corazones en orden a la Verdad y la Salud.

Han venido a mis manos corazones de hierro, plomo, estaño, alabastro, mármol,

plata, oro, jaspe, piedras preciosas.

Corazones duros, corazones toscos, corazones demasiado tiernos, corazones volubles,

corazones endurecidos por las penas, corazones valiosísimos:

todo tipo de corazones.

Los he labrado a todos.

Y a muchos los he modelado según el deseo de Aquel que me ha enviado.

Algunos me han herido mientras los trabajaba, otros han preferido romperse

antes que dejarse trabajar con toda profundidad.

Pero, quizás con odio, conservarán siempre un recuerdo mío.

Vosotros sois imposibles de labrar.

Calor de amor, paciencia de instrucción, frío de reprensiones, fatiga de cincel…

NADA sirve con vosotros.

Nada más retirar mis manos, volvéis a ser como erais.

Tendríais que hacer una única cosa para ser cambiados:

Abandonaros totalmente en Mí.

No lo hacéis.

No lo haréis nunca.

El Trabajador, desconsolado, os abandona a vuestro destino.

Pero, dado que es justo, no os abandona a todos igual.

Desconsolado, sabe todavía elegir a los que merecen su amor…

Y los consuela y bendice.

–        ¡Mujer, ven aquí!

Dice señalando a una mujer que está junto a la pared,

tan encorvada que parece un signo de interrogación.

La gente ve a dónde señala Jesús, pero no ve a la mujer,

la cual por su conformación, no puede ver a Jesús ni tampoco su mano.

Varias personas le dicen:

–        ¡Ve Marta! Que te llama. 

Y la pobrecita va renqueando con su bastón, que le llega a la altura de la cabeza.

Ahora está delante de Jesús,

que le dice:

–          Mujer, quédate con un recuerdo de mi paso.

Y con un premio a tu fe silenciosa y humilde

Queda liberada de tu enfermedad – grita al final…

Poniéndole las manos en la espalda.

Y enseguida la mujer se endereza y se levanta.

Y derecha como una palma, levanta los brazos y grita:

–        ¡Hosanna!

¡Me ha curado!

Ha visto a su sierva fiel y la ha agraciado.

¡Sea alabado el Salvador y Rey de Israel!

¡Hosanna al Hijo de David!

La gente responde con sus “¡hosanna!” a los de la mujer,

la cual ahora está de rodillas a los pies de Jesús, besándole el borde de la túnica,

mientras Él le dice:

–        Ve en paz y persevera en la fe.

Al arquisinagogo, deben quemarle todavía las palabras dichas por Jesús,

antes de la parábola…

Y quiere responder con veneno a la reprensión.

Y mientras la muchedumbre se abre

para dejar pasar a la mujer curada milagrosamente,

El hombre grita indignado:

–        ¡Hay seis días para trabajar, seis días para pedir y dar!

¡Venid, pues, en esos días, tanto para pedir como para dar!

¡Venid a recobrar la salud en esos días, sin violar el Sábado,

pecadores e infieles, corrompidos y corruptores de la Ley!

Y trata de empujar a todos fuera de la sinagoga,

como para arrojar la profanación del lugar de oración.

Pero Jesús, que lo ve ayudado en su acción, por los cuatro notables de antes

y por otros que están repartidos entre la muchedumbre.

Los cuales dan los signos más manifiestos de estar escandalizados,

torturados por el… Delito de Jesús), a su vez grita

Mientras Él con los brazos recogidos sobre el pecho,

severo, majestuoso, lo mira,

y dice:

–        ¡Hipócritas!

¿Quién de vosotros en este día no ha desatado el buey o el asno del pesebre.

Y lo ha llevado a beber?

¿Y quién no ha llevado los haces de hierba a las ovejas del rebaño

y no ha extraído la leche de las ubres llenas?

¿Y por qué, si tenéis seis días para hacerlo, lo habéis hecho también hoy,

por unos pocos denarios de leche, o por miedo de perder el buey y el asno

a causa de la sed?

¿Y no debía soltar Yo a ésta de sus cadenas, después de que Satanás

la ha tenido atada durante dieciocho años, sólo porque es sábado?

Idos.

He podido soltar a esta mujer de su desventura involuntaria

mas no podré jamás soltaros a vosotros de las vuestras, que son voluntarias,

¡Oh enemigos de la Sabiduría y de la Verdad!

La gente buena, de entre los muchos no buenos de Corozaín, aprueba y alaba;

la otra parte, lívida de rabia, huye, dejando plantado al también lívido arquisinagogo.

También Jesús lo deja plantado.

Y sale de la sinagoga, rodeado de los buenos, que siguen circundándole

hasta que llega a los campos, lugar donde Él bendice una última vez,

para tomar luego la vía de primer orden, junto con los primos, Pedro y Tomás…

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

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19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

361 PARÁBOLA DEL BANQUETE


361 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Los más encumbrados y poderosos Fariseos del Consejo del Sanedrín;

están reunidos en la casa del fariseo Ismael ben Fabi

donde sólo faltan, Anás, Caifás  y los verdaderos amigos de Jesús:

José de Arimatea y Nicodemo…

Porque todos los otros distinguidos y poderosos fariseos y escribas, 

reunidos en este banquete del Sábado,  en su casa,

forman un coro ruidoso e inconforme…

Eleazar ben Annás le toca a Jesús en el brazo:

–          Maestro, escúchame.

Tengo un caso especial que someter a tu consideración.

Recientemente he adquirido de un pobre desdichado una propiedad;

este hombre se ha echado a perder por una mujer.

Me ha vendido la propiedad, pero sin decirme que en ella hay una sierva anciana,

su nodriza, ya ciega y medio chiflada.

El vendedor no la quiere.

Yo… no la querría.

Pero, ponerla en plena calle…

¿Qué harías tú, Maestro?

Jesús responde: 

–        ¿Tú qué harías, si tuvieras que dar a otro un consejo?

–        Diría: “Quédate con ella, que no va a ser un pan lo que te arruine”.

–        ¿Y por qué dirías eso?

–        Bueno, pues…

Porque creo que yo actuaría así y querría que hicieran eso conmigo…

–        Estás muy cerca de la justicia, Eleazar.

Y el Dios de Jacob estará siempre contigo.

–         Gracias, Maestro.

Los otros murmuran entre sí.  

Jesús les pregunta: 

–        ¿Qué tenéis que criticar?

¿No he hablado rectamente?

¿Y éste?, ¿No ha hablado también rectamente?

Ismael, defiende a tus invitados, tú que siempre has usado misericordia.

–        Maestro, hablas bien, pero…

¡Si se actuara siempre así!… Seríamos víctimas de los demás.

–       Y es mejor, según tú, que sean los demás víctimas nuestras ¿No?

–        No digo eso.

Pero hay casos…

–        La Ley dice que hay que tener misericordia…

–        Sí, hacia el hermano pobre, hacia el forastero, el peregrino, la viuda y el huérfano.

Pero esta vieja que ha venido a parar a los brazos de Eleazar no es su hermana,

ni peregrina, forastera, huérfana o viuda.

Para él no es nada; ni menos ni más que un objeto viejo del ajuar no suyo,

pero olvidado en la propiedad vendida por quien es su verdadero dueño.

Por eso Eleazar podría incluso echarla sin escrúpulos de ningún tipo.

A fin de cuentas, la culpa de la muerte de la vieja no sería suya,

sino de su verdadero amo…

–       El cual, siendo también pobre, no la puede seguir manteniendo;

de forma que también está exento de obligaciones.

Así que, si la anciana se muere de hambre, la culpa es de la anciana. ¿No es así?

–        Así, Maestro.

Es la suerte de los que… ya no sirven.

Enfermos, viejos, incapaces, están condenados a la miseria, a la mendicidad.

Y la muerte es lo mejor para ellos…

Así es desde que el mundo existe. 

Y así será…

–         ¡Jesús, ten piedad de mí!

Un lamento entra a través de las ventanas trancadas…

Porque la sala está cerrada y las lámparas encendidas; quizás por el frío.

Jesús pregunta: 

–        ¿Quién me llama?

Ismael ben Fabi dice:   

–        Algún importuno.

Haré que lo manden afuera.

O algún mendigo.

Diré que le den un pan.

–        Jesús, estoy enfermo. ¡Sálvame!

–       Ya decía yo.

Un importuno.

Castigaré a los siervos por haberlo dejado pasar.

Y se levanta Ismael.

Pero Jesús, al menos veinte años más joven que él.

Y con todo el cuello y la cabeza más alto,

lo sienta de nuevo poniéndole la mano en el hombro mientras ordena:

–        Quédate ahí, Ismael.

Quiero ver a este que me busca.

Que entre.

Entra un hombre de cabellos todavía negros.

Puede tener unos cuarenta años.

Pero está hinchado como una cuba y amarillo como un limón;

violáceos los labios en la boca jadeante.

Le acompaña la mujer que hospedara a Jesús por la mañana.

El hombre avanza con dificultad, por la enfermedad y por temor.

¡Se ve tan mal mirado!…

Pero ya Jesús ha dejado su sitio y ha ido hasta el infeliz.

Luego lo ha tomado de la mano y lo ha llevado al centro de la sala, al espacio vacío

que hay entre las mesas, colocadas en forma de “u” justo debajo de la lámpara.  

Jesús pregunta: 

–        ¿Qué quieres de Mí?

El hombre responde: 

–         Maestro… te he buscado mucho…

Desde hace mucho…

Nada quiero aparte de salud…

Por mis hijos y mi mujer… Tú puedes todo…

Ya ves mi mísero estado…

–        ¿Y crees que te puedo curar?

–        ¡Vaya que si lo creo!…

Cada paso que doy me hace sufrir…

Cada movimiento brusco es un dolor para mí…

Y no obstante, he recorrido kilómetros para buscarte…

Y luego, con el carro, te he seguido aún… pero no te alcanzaba nunca…

¡Vaya que si lo creo!

Me extraña no estar ya curado desde que mi mano está en la tuya,

porque todo en Ti es santo, ¡Oh, Santo de Dios!

El pobrecillo resopla como un fuelle por el esfuerzo de tantas palabras.

La mujer mira a su marido y a Jesús…

Y llora.

Jesús los mira y sonríe.

Luego se vuelve hacia el viejo tembloroso que le preguntó primero

que si iba a modificar la Ley,

y pregunta:

–        Tú, anciano escriba…

Respóndeme: ¿Es lícito curar en Sábado?

–        En sábado no es lícito hacer obra alguna.

–        ¿Ni siquiera salvar a uno de la desesperación?

No es trabajo manual.

–        El sábado está consagrado al Señor.

–        ¿Cuál obra más digna de un día sagrado, que hacer que un hijo de Dios

diga al Padre: “Te amo y te alabo porque me has curado”?».

–        Debe hacerlo aunque sea infeliz.

–        Cananías,

¿Sabes que en este momento tu bosque más hermoso está ardiendo…

y toda la ladera del Hermón resplandece envuelta en purpúreas llamas?

El viejecillo pega un salto como si le hubiera mordido un áspid:

–        Maestro, ¿Dices la verdad o estás bromeando?

–        Digo la verdad.

Yo veo y sé.

–        ¡Oh, pobre de mí!

¡Mi más hermoso bosque! ¡Miles de siclos reducidos a ceniza! ¡Maldición!

¡Malditos sean los perros que me lo han prendido fuego!

¡Que ardan sus entrañas como mi madera!

El viejecillo está desesperado.

–        ¡No es más que un bosque, Cananías, y te lamentas!

¿Por qué no alabas a Dios en esta desventura?

Éste no pierde madera, que renace, sino la vida y el pan para los hijos.

Y debería dar a Dios esa alabanza que tú no le das.

Entonces, escriba, ¿No me es lícito curar en sábado a éste?

–          ¡Maldito Tú, él y el sábado!

Tengo otras cosas mucho más graves en que pensar… 

Y dando un empujón a Jesús, que le había puesto una mano en el brazo.

Sale enfurecido, y se le oye dar gritos con su voz bronca, para que le traigan su carro.

Jesús pasea lentamente sus ojos mirando a los que tiene alrededor,

Pregunta: 

–        ¿Y ahora? 

Y ahora, decidme, vosotros. ¿Es lícito o no?

Ninguna respuesta.

Eleazar agacha la cabeza.

Antes había entreabierto los labios, pero vuelve a cerrarlos,

sobrecogido por el hielo que reina en la sala. 

Con majestuoso aspecto y voz tronante,

como siempre cuando está para realizar un milagro.  

Jesús declara: 

–        Bien, pues entonces voy a hablar Yo.

–        Hablaré, Yo.

Hablo. Digo:

Hombre, hágase en ti según crees. Estás curado.

Alaba al Eterno. Ve en paz.

El hombre se queda un poco desorientado.

Se estremece y… 

Emite un grito de alegría, se arroja a los pies de Jesús y se los besa.

–         ¡Ve, ve!

Sé siempre bueno. ¡Adiós!

El hombre sale, seguido de la mujer, la cual hasta el último momento se vuelve a saludar a Jesús.

–        Pero, Maestro…

En mi casa… En sábado…

–        ¿No das tu aprobación?

Ya lo sé.

Por esto he venido.

Y volviéndose hacia Ismael ben Fabi,

agrega:

–        ¿Tú, amigo? No.

Enemigo mío.

No eres sincero ni conmigo ni con Dios.

–        ¿Ofendes ahora?

–        No.

Digo la verdad.

Has dicho que Eleazar no está obligado a socorrer a esa anciana,

porque no es de su propiedad.

Pero tú tenías a dos huérfanos en tu propiedad.

Eran hijos de dos de tus siervos fieles, que se han muerto trabajando,

uno de ellos con la hoz en el puño, la otra matada por la excesiva fatiga

por haberte tenido que servir, como le exigías para no despedirla.

Servirte por ella y por su marido.

Tú decías: “He hecho contrato por dos personas que trabajaran.

Y para seguirte teniendo, quiero el trabajo tuyo y el del muerto”.

Y ella te lo ha dado.

Y ha muerto con su hijo en el vientre, porque esa mujer era madre.

Y no hubo para ella la piedad que se tiene con la bestia encinta.

¿Dónde están ahora esos dos niños?

–         No lo sé…

Desaparecieron un día.

–        No mientas ahora.

Basta haber sido cruel.

No es necesario añadir el embuste para que Dios aborrezca tus sábados,

a pesar de su total carencia de obras serviles.

¿Dónde están esos niños?

–        No lo sé.

Ya no lo sé. Créelo.

–        Yo lo sé.

Los encontré una noche de Noviembre, fría, lluviosa, oscura.

Los encontré hambrientos y temblando, cerca de una casa, como dos perrillos

en busca de un pedazo de pan que llevarse a la boca…

Maldecidos y despedidos por quien tenía entrañas de perro, más que un perro verdadero.

Porque un perro habría tenido piedad de aquellos dos huerfanitos.

Y ni tú ni aquel hombre la habéis tenido.

¿Ya no te servían sus padres, verdad? Estaban muertos.

Los muertos sólo lloran, en sus sepulcros, al oír los sollozos de esos hijos infelices

de que los demás no se ocupan.

Pero los muertos, con su espíritu, elevan sus llantos y los de sus huérfanos a Dios.

Y dicen: “Señor, vénganos Tú;

porque el mundo aplasta cuando ya no le es posible seguir explotando”.

¿No te servían todavía los dos pequeñuelos, verdad?

Apenas si la niña podía servir para espigar…

Y tú los despediste negándoles incluso aquellos pocos bienes que pertenecían

a su padre y a su madre.

Podían morir de hambre y frío como dos perros en un camino de carros.

Podían vivir y hacerse el uno ladrón, la otra prostituta.

Porque el hambre porta al pecado. ¿Pero a ti qué te importaba?

Hace un rato citabas la Ley como apoyo de tus teorías.

¿Es que la Ley no dice: “No vejéis a la viuda y al huérfano, porque, si lo hacéis

y elevan su voz hacia Mí, escucharé su grito y mi furor se desencadenará,

Y os exterminaré y vuestras mujeres se quedarán viudas y vuestros hijos huérfanos”?

¿No dice eso la Ley?

Y entonces, ¿Por qué no la observas? ¿Me defiendes ante los demás?

¿Y por qué no defiendes mi doctrina en ti mismo?

¿Quieres ser amigo mío? ¿Y por qué haces lo opuesto de lo que Yo digo?

Uno de vosotros va corriendo a más no poder, arrancándose los pelos,

por la destrucción de su bosque.

¡Y no se los arranca ante las ruinas de su corazón!

¿Y tú a qué esperas a hacerlo?

¿Por qué queréis siempre creeros perfectos, vosotros a quienes la suerte ha hecho subir?

Y, suponiendo que lo fuerais en algo, ¿Por qué no tratáis de serlo en todo?

¿Por qué me odiáis porque os destapo las llagas?

Yo soy el Médico de vuestro espíritu.

¿Puede un médico curar si no destapa y limpia las llagas?

¿No sabéis que muchos – y esa mujer que ha salido es uno de ellos – merecen,

a pesar de su pobre apariencia, el primer puesto en el Banquete de Dios?

No es lo externo, es el corazón, es el espíritu, lo que vale.

Dios os ve desde lo alto de su Trono. Y os juzga.

¡Cuántos ve mejores que vosotros!

Por tanto, escuchad.

Como regla comportaos así, siempre: cuando os inviten a un banquete de bodas,

elegid siempre el último puesto.

Recibiréis doble honor cuando el amo de la casa os diga:

“Amigo, ven adelante”. Honor de méritos y honor de humildad.

Mientras… ¡Oh, triste hora para un soberbio, ser puesto en evidencia!

¡Y oír que le dicen: “Ve allá, al final, que aquí hay uno que es más que tú”!

Y haced lo mismo en el banquete secreto del desposorio de vuestro espíritu con Dios.

Quien se humilla será ensalzado y quien se ensalza será humillado.

Ismael, no me odies porque te medico.

Yo no te odio. He venido para curarte.

Estás más enfermo que aquel hombre.

Tú me has invitado para darte lustre a ti mismo y satisfacción a los amigos.

Invitas a menudo, pero es por soberbia y gusto.

No lo hagas. No invites a ricos, a parientes y a amigos.

Abre, más bien, la casa, abre el corazón, a los pobres, mendigos, lisiados, cojos,

huérfanos y viudas.

La única compensación que te darán serán bendiciones.

Pero Dios las transformará para ti en gracias.

Y al final… ¡Oh, al final, qué feliz ventura para todos los misericordiosos,

que serán retribuidos por Dios en la resurrección de los muertos!

¡Ay de aquellos que acarician solamente una esperanza de ganancia,

y luego cierran su corazón al hermano que ya no puede ser útil!

¡Ay de ellos!

Yo vengaré a los abandonados.

–        Maestro… yo… quiero complacerte.

Tomaré de nuevo a esos niños.

–         No.

–        ¿Por qué?

–        ¿Ismael?!…

Ismael agacha la cabeza.

Quiere aparentar humildad.

Pero es una víbora a la que se le ha hecho soltar el veneno.

Y no muerde porque sabe que no lo tiene, pero espera la ocasión para morder…

Eleazar trata de instaurar de nuevo la paz diciendo:

-Dichosos los que participan en el banquete con Dios,

en su espíritu y en el Reino eterno.

Pero, créelo, Maestro, a veces es la vida la que supone un obstáculo.

Los cargos…

Las ocupaciones…

Jesús dice aquí la parábola del banquete,

Lucas 14

y termina:

–        Has dicho los cargos… las ocupaciones.

Es verdad.

Pero por eso te he dicho al principio de este convite que mi Reino se conquista con

victorias sobre uno mismo y no con victorias de armas en el campo de batalla.

El puesto en la gran Cena es para estos humildes de corazón que saben ser grandes

con su amor fiel que no mide el sacrificio y que todo lo supera para venir a mí.

Una hora basta para transformar un corazón.

Si ese corazón quiere.

Y basta una palabra.

Yo os he dicho muchas. Y miro…

En un corazón está naciendo una planta santa.

En los otros, espinos para Mí, y dentro de los espinos hay áspides y escorpiones.

No importa.

Yo voy por mi camino recto.

El que me ame que me siga.

Yo paso llamando.

Los que sean rectos que vengan a Mí.

Paso instruyendo.

Los buscadores de justicia acérquense a la Fuente.

Respecto a los otros… respecto a los otros juzgará el Padre santo.

Ismael, me despido de ti. No me odies. Medita.

Siente que fui severo por amor, no por odio.

Paz a esta casa y a sus habitantes.

Paz a todos, si merecéis paz.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

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19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreo

358 EL JUEGO DE LA NIGROMANCIA


358 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Un viento helado cabalga a través de las colinas septentrionales y hace mucho frío.

Los ocho apóstoles van bien envueltos en sus mantos que solo dejan ver

un pedazo de nariz y los ojos entumecidos.

Juan dice:

–        Ahora bien, si Yo por mí mismo ya hubiera seleccionara a quien merece el Milagro,

el Amor, la Palabra de Dios.

y a QUIEN   

NO LA MERECE… 

Podría hacerlo por derecho divino y por divina capacidad,

Para que los que quedasen excluidos, aunque fueran verdaderos diablos,

¡Y vaya que gritarían fuerte el día de su Juicio Individual!

“¡El culpable es tu Verbo, que no quiso adoctrinarnos!”

Pero esto no podrán decirlo…

O sea, lo dirán mintiendo una vez más.

Y serán juzgados por ello”.

Mateo pregunta:

–        ¿Entonces, no acoger la doctrina es ser un réprobo?

–          Eso no lo sé.

No sé si todos los que no crean serán realmente réprobos.

Si os acordáis, hablando a Síntica, dio a entender que los que obran con honestidad en la vida

no son réprobos, aunque crean en otras religiones.

Pero se lo podemos preguntar.

Claro que Israel, que tiene conocimiento del Mesías y que ahora cree parcialmente y mal,

en el Mesías, o que lo rechaza, será severamente juzgado.

Su hermano Santiago, observa:

–    El Maestro habla mucho contigo.

Y sabes muchas cosas que nosotros no sabemos.

–        Culpa tuya y vuestra.

Yo le pregunto con sencillez.

Algunas veces pregunto cosas que deben darle una imagen de su Juan,

como si fuera una persona muy necia.

Pero no me importa dar esta imagen.

Me basta con conocer su pensamiento.

Y tenerlo dentro de mí para hacerlo mío.

Deberíais hacer lo mismo vosotros.

¡Pero tenéis siempre miedo!… ¿Y de qué?

¿De ser ignorantes?

¿De ser superficiales? ¿De ser cabezotas?

Deberíais tener miedo sólo de estar todavía pobremente preparados cuando Él se marche.

Lo dice siempre…

Y me lo digo siempre, para prepararme a la separación…

Pero siento que significará siempre un gran dolor…

Andrés exclama:

–          ¡No me lo recuerdes!

Y repiten lo mismo los otros.

Y suspiran.

Judas Tadeo pregunta a Santiago.

–          Pero, ¿Cuándo sucederá?

Dice siempre: “Pronto”.

Pero “pronto” puede ser dentro de un mes o de años.

Es muy joven y el tiempo pasa muy rápido…

Santiago de Alfeo palidece visiblemente y agacha la cabeza.

Tadeo pregunta:

–         ¿Qué te pasa, hermano?

Te estás poniendo muy pálido…

–        ¡Nada, nada! Pensaba…

Y Judas Tadeo se inclina para verlo bien…

–          ¡Pero si se te saltan las lágrimas!

¿Qué te pasa?…

–         No más que lo que os pasa a vosotros…

Pensaba en cuando estemos solos.

Santiago de Zebedeo, señalando a Pedro, que ha dejado a Jesús solo.

Y que ahora corre, gritando palabras que el viento impide oír.

Pregunta:

–         ¿Pero qué le pasa a Simón de Jonás, que se adelanta corriendo y gritando,

como un cormorán en día de tempestad?

Aceleran el paso y ven que Pedro ha tomado un senderillo que viene de la ya cercana Sefori.

Mientras se preguntan si va a Sefori por orden de Jesús por aquel atajo.

Pero luego, observando bien, ven que los dos únicos viandantes que de la ciudad vienen,

hacia la vía principal son Tomás y Judas.

Y varios se preguntan:

–       ¡Atiza!

–        ¡Aquí?

–        ¿Precisamente aquí?

–         ¿Y qué hacen aquí?

–        De Nazaret, si acaso, tenían que ir a Caná y luego a Tiberíades…

Zelote que siente que la sospecha, cual serpiente despertada, alza su cabeza,

en el corazón de muchos.

dice con prudencia:

–        Quizás venían buscando a los discípulos.

Era su misión.

Mateo aconseja:

–        Vamos a acelerar el paso.

Jesús está solo y parece que nos espera…

Van.

Y llegan donde Jesús al mismo tiempo que Pedro, Judas y Tomás.

Jesús está palidísimo…

Tanto que Juan pregunta:

–        ¿Te encuentras mal?

Pero Jesús le sonríe y hace un gesto de negación.

Mientras tanto, saluda a los dos que han regresado después de tanta ausencia.

Abraza primero a Tomás, pujante y alegre como siempre;

pero que se pone serio mirando al Maestro, tan  manifiestamente cambiado.

Y pregunta solícito:

–          ¿Has estado enfermo?

Jesús responde:

–          No, Tomás.

En absoluto. ¿Y tú?

¿Has estado bien, contento?

–          Yo sí, Señor.

Siempre bien y siempre contento.

Sólo me faltabas Tú para hacer beato a mi corazón.

Mi padre y mi madre te agradecen el que me hayas mandado un tiempo.

Mi padre estaba un poco enfermo, así que he trabajado yo.

He estado donde mi hermana gemela y he conocido al sobrinito.

Le hemos puesto el nombre que me dijiste.

Luego vino Judas…

Y me ha hecho dar más vueltas que una tórtola en período de amores: arriba, abajo…

Donde había discípulos.

Él ya se había movido, por su propia cuenta, no poco.

Pero bueno, ahora te contará él, porque ha trabajado como diez y merece que lo escuches.

Jesús lo deja.

Y ahora es el turno de Judas, que ha esperado pacientemente y que se acerca franco,

desenvuelto, triunfante.

Jesús lo perfora con su mirada de zafiro.

Pero lo besa y recibe su beso, igual que con Tomás.

Y las palabras que siguen son afectuosas.

Jesús pregunta:

–          ¿Y tu madre, Judas, ha estado contenta de tenerte?

¿Está bien esa santa mujer?

Judas responde alegremente:

–          Sí, Maestro.

Y te bendice por haberle enviado a su Judas.

Quería mandarte unos presentes.

Pero, ¿Cómo podía llevármelos conmigo acá y allá por montes y valles?

Puedes estar tranquilo, Maestro.

Todos los grupos de discípulos que he visitado trabajan santamente.

La idea se va extendiendo cada vez más.

Yo he querido personalmente,

controlar las repercusiones de ella en los más poderosos escribas y fariseos.

A muchos de ellos ya los conocía, a otros los he conocido ahora, por amor a Ti.

He tratado con saduceos, herodianos…

¡Oh, te aseguro que me han machacado bien la dignidad!…

¡Pero, por amor a Ti, haré esto y más!

He sido desdeñosamente rechazado, he recibido anatemas.

Pero también he logrado suscitar simpatías en algunos que tenían prevenciones respecto a Ti.

La posesión demoníaca perfecta, proporciona la fuerza y la determinación, para permanecer en el Mal...

No quiero tus elogios.

Me basta con haber cumplido mi deber.

Y agradezco al Eterno el que me haya ayudado siempre.

He tenido que usar el milagro en algunos casos, lo cual me ha dolido;

porque merecían rayos y no bendiciones.

Pero Tú dices que hay que amar y ser pacientes…

Lo he sido, para honor y gloria de Dios y para alegría tuya.

Espero que muchos obstáculos queden abatidos para siempre;

mucho más si consideramos que por mi honor he garantizado que ya no estaban aquellos dos

que creaban tanta sombra.

Después me vino el escrúpulo de haber afirmado lo que no sabía con certeza.

Y entonces quise verificar para poder tomar las oportunas medidas,

para no ser hallado en embuste, lo cual me habría colocado para siempre en una situación

sospechosa ante los que caminan hacia la conversión…

¡Fíjate! ¡He ido a ver incluso a Anás y a Caifás!…

¡Oh, querían reducirme a cenizas con sus censuras!…

Pero yo me he mostrado tan humilde y persuasivo, que al final me han dicho:

“Bueno, pues si las cosas están exactamente así…

Pensábamos que estaban de otro modo.

Los rectores del Sanedrín, que podían conocer la situación, nos habían referido lo contrario y…”.

Simón Zelote que se ha contenido hasta ese momento, pero no más.

Y está lívido por el esfuerzo hecho.

lo interrumpe:

–          No querrás decir que José y Nicodemo han sido unos embusteros»

–         ¿Y quién ha dicho eso?

¡Todo lo contrario!

José me vio cuando salía de donde Anás y me dijo: “¿Por qué estás tan alterado?”

Le conté todo.

Le dije también que, siguiendo el consejo suyo y de Nicodemo,

Tú, Maestro, habías despedido al presidiario y a la griega.

Porque los has despedido, ¿No es verdad?

Judas lo pregunta mirando fijamente a Jesús con sus ojos de azabache,

brillantes hasta la fosforescencia.

Parece como si quisiera perforarlo con la mirada para leer lo que Jesús ha hecho.

Jesús, que sigue frente a Judas, cercanísimo,

dice sereno:

–         Te ruego que continúes tu narración, que me interesa mucho.

Es un relato exacto, que puede ser muy útil.

–          ¡Ah!, bueno.

Decía que Anás y Caifás han cambiado de opinión.

Lo cual significa mucho para nosotros, ¿No es verdad?

¡Y luego!… ¡Ahora os voy a hacer reír!

¿Sabéis que los rabíes me metieron en medio y me sometieron a otro examen,

como si fuera un menor en el paso a la mayoría de edad?

¡Y qué examen! Bien.

Los convencí y ya no me entretuvieron más.

Entonces me vino la duda y el miedo de haber dicho algo que no fuera verdad.

Y pensé tomar conmigo a Tomás e ir de nuevo a donde estaban los discípulos.

O donde se podía pensar que se hubieran refugiado Juan y la griega.

He estado con Lázaro, con Mannahém, en el palacio de Cusa, con Elisa de Betsur;

en Béter en los jardines de Juana, en el Getsemaní;

en la casita de Salomón del otro lado del Jordán, en Agua Especiosa;

donde Nicodemo, donde José…

–         ¿Pero no lo habías visto ya?

–          Sí.

Y me había asegurado que no había vuelto a ver a esos dos.

Pero… ya sabes… yo quería asegurarme…

Resumiendo: he inspeccionado todos los lugares en que pensaba que pudiera estar él…

Y no creas que sufría por no encontrarlo.

Sería injusto.

Siempre – y Tomás lo puede confirmar – siempre que salía de un lugar sin haberlo encontrado.

Y sin haber visto siquiera algún indicio de él, decía: “¡Alabado sea el Señor!”,

Y decía: “¡Oh, Eterno, haz que no lo encuentre jamás!”.

Exactamente así. El suspiro de mi alma…

El último lugar fue Esdrelón….

¡Ah, a propósito!

Ismael ben Fabí, que está en su palacio de los campos de Meguiddó,

desea invitarte a su casa…

Pero yo en tu lugar no iría…

Jesús pregunta:

–          ¿Por qué?

Iré sin falta.

También Yo deseo verlo.

Es más, iremos enseguida.

En vez de ir a Seforis, vamos a Esdrelón.

Y pasado mañana, que es vigilia de sábado, a Meguiddó.

Y de allí a la casa de Ismael».

Judas se opone:

–          ¡No, no, Señor!

¿Por qué? ¿Piensas que te estima?

–          Pero, si has ido a hablar con él y lo has cambiado a favor mío…

¿Por qué no quieres que vaya?

–          No fui a hablar con él…

Estaba él en las tierras y me reconoció.

Pero yo – ¿verdad, Tomás? – quería huir cuando lo vi.

No pude porque me llamó por el nombre.

Yo… sólo puedo aconsejarte que no vayas nunca más donde ningún fariseo, escriba

o seres semejantes.

No es útil para Ti.

Quedémonos nosotros solos con el pueblo y basta.

Incluso Lázaro, Nicodemo, José… será un sacrificio… pero es mejor, para no crear celos,

ni rencores y dar armas a las críticas…

En la mesa se habla…

Y ellos estudian deslealmente tus palabras.

Pero, volvamos a Juan…

Yo estaba yendo a Sicaminón, a pesar de que Isaac, que lo he visto en los confines de Samaria,

me había jurado que desde Octubre no lo había vuelto a ver.

–         Pues Isaac ha jurado una cosa verdadera.

Pero esto que aconsejas respecto a los contactos con escribas y fariseos,

se contradice con lo que has dicho antes.

Tú me has defendido…

Eso has hecho, ¿No es verdad?

Has dicho: “He desmontado muchas prevenciones contra Ti”.

Has dicho esto, ¿No es verdad?

–          Sí, Maestro.

–         ¿Y entonces por qué no puedo Yo mismo terminar de defenderme?

Así que iremos a casa de Ismael.

Y tú, ahora vuelves y vas a avisarle.

Contigo van Andrés, Simón el Zelote y Bartolomé.

Nosotros nos detendremos donde los campesinos.

Respecto a Sicaminón, venimos de allí.

Éramos once.

Te aseguramos que Juan no está allí.

Y tampoco en Cafarnaúm, o en Betsaida, Tiberíades, Magdala, Nazaret, Corozaín,

Belén de Galilea.

Y así sucesivamente en todas las etapas que quizás tenías pensado recorrer para…

Tu propia seguridad respecto a la presencia de Juan entre los discípulos o en casas amigas.

Jesús habla sereno, con tono natural…

Y no obstante, algo debe haber en Él, que turba a Judas…

El cual por un instante, cambia de color.

Jesús lo abraza como para besarlo…

Y, mientras lo tiene así, su mejilla al lado de la de Judas,

le susurra quedo:

–          ¡Desdichado!

¿Qué has hecho de tu alma!

–          Maestro… yo…

La posesión demoníaca perfecta NO PUEDE reverenciar a Dios, porque Satanás lo odia y a sus instrumentos, es lo que les trasmite…

–            ¡Vete!

¡Que apestas a infierno más que el mismo Satanás!

¡Calla!…

Y arrepiéntete si puedes.

Judas…

Cualquier otro hubiera escapado a todo correr. ¡Pero él!…

Dice con desfachatez en alta voz:

–          Gracias, Maestro.

Lo que sí que te rogaría antes de marcharme, serían dos palabras en secreto.

Todos se separan bastantes metros.

–          ¿Por qué, Señor, me has dicho esas palabras?

Me han dolido.

–          Porque son la verdad.

Quien trata con Satanás se coge el olor de Satanás.

–          ¡Ah! ¿Es por la nigromancia?

¡Qué miedo me has hecho pasar! 

¡Una broma! ¡Ha sido sólo un juego!

¡Sólo fue una broma de niño curioso!

Y me ha servido para conocer a algunos saduceos y perder el hambre de la nigromancia.

Como ves, me puedes absolver con toda tranquilidad.

Son cosas inútiles cuando se tiene tu poder.

Tenías razón. ¡Venga, Maestro!

¡Es tan leve el pecado!…

Grande es tu sabiduría. Pero, ¿Quién te lo ha dicho?

Jesús lo mira severamente y no responde.

El día que Jesús estuvo una jornada entera intercediendo por él, en la cueva de Yiftael

con La Oración Profunda, el Padre le mostró al Hijo lo que el apóstol indigno,

hacía mientras tanto….

Y por qué el Milagro solicitado, le estaba NEGADO…

Judas con posesión diabólica perfecta… ¡Este magnífico actor, se le parece mucho en la fisonomía, al verdadero Judas…!

Judas se siente un poco atemorizado, al comprender que el Señorío de Jesús como Dios,

le ha proporcionado el conocimiento…

Y trata de minimizarlo…

–          ¿Pero verdaderamente me has visto en el corazón el pecado?

–          Y me has causado repugnancia. ¡Vete!

Y no digas ni una sola palabra más.

Y Jesús le vuelve la espalda.

Regresa adonde los discípulos y les ordena que cambien de camino.

Pero primero despide a Bartolomé, Simón y Andrés;

los cuales van hasta donde Judas y se echan a andar a buen paso.

Los que se quedan, por el contrario, caminan lentamente, desconocedores de la verdad

que sólo Jesús conoce.

Tan desconocedores, que elogian a Judas por su actividad y sagacidad.

Y el honesto de Pedro se acusa sinceramente del pensamiento temerario,

que tenía en el corazón respecto a su compañero…

Jesús sonríe, una sonrisa leve, de persona un poco cansada;

como si estuviera abstraído y apenas oyera el charloteo de sus compañeros,

que de las cosas saben sólo aquello que su humanidad les permite saber.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

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19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

353 LOS HIJOS DEL TRUENO


353 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús va caminando por una zona muy montañosa.

No son montes altos, pero es un continuo subir y bajar de collados.

Y un fluir de torrentes (alegres en esta estación fresca y nueva;

límpidos como el cielo; niños como las primeras hojas, cada vez más numerosas,

sobre las ramas).

Mas, a pesar de que la estación del año sea tan bella y alegre, que podría aliviar el corazón,

no parece que Jesús esté muy aliviado de espíritu.

Y menos que Él lo están los apóstoles.

Caminan, muy callados, por el fondo de un valle.

Solamente pastores y greyes se presentan ante sus ojos.

Pero Jesús ni tan siquiera da muestras de verlos.

Lo que capta la atención de Jesús es el suspiro desconsolado de Santiago de Zebedeo.

Y sus improvisas palabras, fruto de un pensamiento amargo…

Santiago dice:

–         ¡Derrotas y más derrotas!…

Parecemos como malditos…

Jesús le pone la mano en el hombro: 

Y dice:

–          ¿No sabes que ése es el sino de los mejores?

–         ¡Sí, sí!

¡Lo sé desde cuando estoy contigo!

Pero, de vez en cuando sería necesario algo distinto.

Y antes lo teníamos, para confortar el corazón y la Fe…

–          ¿Dudas de mí, Santiago?

¡Cuánto dolor tiembla en la voz del Maestro!

–         ¡No, no!…

La verdad es que no es muy seguro el “no”.

–         Pero dudar, dudas.

¿De qué, entonces?

¿Ya no me amas como antes?

¿Ver que me echan de un lugar, que sencillamente  se burlan de Mí; 

que no me prestan atención en estos confines fenicios, ha debilitado tu amor?

Hay un llanto tembloroso en las palabras de Jesús…

A pesar de que no haya sollozos ni lágrimas: es verdaderamente su alma la que llora.

Santiago protesta:

–         ¡Eso no, Señor mío!

Es más, mi amor a Ti crece a medida que te veo menos comprendido;

menos amado, más postrado, más afligido.

Y, por no verte así, por poder cambiar el corazón a los hombres,

solícito daría mi vida en sacrificio.

Debes creerme.

No me tritures el corazón, ya tan afligido, con la duda de que piensas que no te amo.

Si no… Si no, romperé todos los cánones.

Volveré para atrás y me vengaré de los que te causan dolor,

para demostrarte que te amo, para quitarte esta duda.

Y, si me atrapan y me matan, no me importará lo más mínimo.

Me conformaré con haberte dado una prueba de amor.

–         ¡Oh, hijo del trueno!

¿De dónde tanta impetuosidad?

¿Es que quieres ser un rayo exterminador?

Jesús sonríe por la fogosidad y los propósitos de Santiago.

–         ¡Al menos, te veo sonreír!

Ya es un fruto de estos propósitos míos. ¿Tú que opinas, Juan?

¿Debemos llevar a cabo mi pensamiento para confortar al Maestro,

abatido por tantas reacciones contrarias?  

Juan responde apasionadamente:

–        ¡Sí, sí!

Vamos nosotros.

Hablamos de nuevo.

Y si lo vuelven a insultar, llamándolo rey de palabras, rey hazmerreír, rey sin dinero, rey loco;

repartimos palos a diestra y siniestra, para que se den cuenta de que el rey tiene también

un ejército de fieles y que estos fieles no permiten burlas.

La violencia es útil en ciertas cosas.

¡Vamos, hermano!

Le responde Juan está colérico: y no parece él mismo, porque siempre es dulce.

Jesús se mete entre los dos,

los aferra por los brazos para detenerlos,

y dice:

–         ¿Pero los estáis oyendo?

¿Y Yo qué he predicado durante tanto tiempo?

¡Sorpresa de las sorpresas!

¡Hasta incluso Juan, mi paloma, se me ha transformado en gavilán!

Miradlo, vosotros, qué feo está, tenebroso, hosco, desfigurado por el odio.

¡Qué vergüenza!

¿Y os asombráis porque unos fenicios reaccionen con indiferencia?

¿Y de que haya hebreos que tengan odio en su corazón?

¿Y de que unos romanos me conminen a marcharme?

¿Cuándo vosotros sois los primeros que no habéis entendido todavía nada?

¿Después de dos años de estar conmigo?

¿Cuándo vosotros os habéis llenado de hiel por el rencor que tenéis en el corazón?

¿Cuando arrojáis de vuestros corazones mi doctrina de amor y perdón?

¿Y la echáis afuera como cosa estúpida?

¿Y acogéis por buena aliada a la violencia?

¡Oh, Padre santo!

¡Esta si que es una derrota!

En vez de ser como gavilanes que se afilan rostro y garfas,

¿No sería mejor que fuerais ángeles que orasen al Padre,

para que confortara a su Hijo?

¿Cuándo se ha visto que un temporal beneficie con sus rayos y granizadas?

Pues bien, para recuerdo de este pecado vuestro contra la caridad, para recuerdo

de cuando vi aflorar en vuestra cara el animal-hombre en vez del hombre-ángel

que quiero ver siempre en vosotros, os voy a apodar “Los hijos del Trueno”.

Jesús está semiserio mientras habla a los dos inflamados hijos de Zebedeo.

Pero el reproche, al ver el arrepentimiento de ellos, pasa.

Y con cara luminosa de amor los estrecha contra su pecho,

diciendo:

–         Nunca más, feos de esta forma.

Y gracias por vuestro amor.

Y volviéndose hacia Mateo, Andrés y los dos primos hijos de Alfeo,

agrega:

Y también por el vuestro, amigos.

Venid aquí, que quiero abrazaros también a vosotros.

¿No sabéis que, aunque no tuviera nada más que la alegría de hacer la voluntad de mi Padre

y vuestro amor, sería siempre feliz, aunque todo el mundo me abofetease?

Estoy triste, mas no por Mí, por mis derrotas, como vosotros las llamáis.

Estoy triste por piedad hacia las almas que rechazan la Vida.

Bien, ahora estamos todos contentos, ¿No es verdad?

niños grandes, que es lo que sois.

Ánimo, entonces.

Id donde esos pastores que están ordeñando el rebaño.

Pedid un poco de leche en nombre de Dios.

Y al ver la mirada desolada de los apóstoles. 

añade:

No tengáis miedo.

Obedeced con Fe.

Recibiréis leche y no palos, aunque el hombre sea fenicio.

Y los seis se dirigen hacia el hombre indicado.

Mientras Jesús los espera en el camino.

Y ora, entretanto, este Jesús triste al que ninguno quiere…

Vuelven los apóstoles con un pequeño cubo de leche.

Y dicen:

–        Ha dicho el hombre que vayas allí, que tiene que decirte algo.

Y no puede dejar las cabras a los pastorcillos, porque son antojadizas e imprevisibles.

Jesús dice:

–          Vamos entonces allí, a comer nuestro pan.

Y suben todos a lo alto de la escarpa, desde donde se asoman, prominentemente,

las caprichosas cabras.

Cuando llegan,

Jesús dice:

–        Te agradezco la colodra de leche que me has dado.

¿Qué deseas de Mí?

–         Tú eres el Nazareno, ¿Verdad?

¿El que hace milagros?

–         Soy el que predica la Bienaventuranza eterna.

Soy el Camino para ir al Dios verdadero; la Verdad que se da; la Vida que os vivifica.

No soy el hechicero que hace prodigios.

Éstos son las manifestaciones de mi bondad y de vuestra debilidad, que tiene necesidad

de pruebas para creer.

Pero, ¿Qué deseas de mí?

–          Mira…

¿Hace dos días estabas en Alejandrocena?

–         Sí. ¿Por qué?

–          Yo también estaba, con mis cabritillos.

Cuando he comprendido que iba a producirse una riña, he desaparecido,

porque es costumbre suscitarlas para robar lo que hay en los mercados.

Son ladrones todos: los fenicios…

Y también los otros.

No debería decirlo, porque soy de padre prosélito y de madre siria.

Y yo mismo soy prosélito.

Pero es la verdad. Bien.

Volvamos a lo que estaba diciendo.

Me había metido en una caballeriza, con mis animales,

esperando a que llegara el carro de mi hijo.

Al atardecer, al salir de la ciudad, encontré a una mujer que lloraba con una hijita suya

en los brazos.

Había recorrido ochos millas para llegar a Ti, porque está fuera, en los campos.

Le pregunté que qué le sucedía.

Es prosélito. Había venido para vender y comprar.

Había oído hablar de Ti, y le había nacido la esperanza en el corazón.

Había ido corriendo a casa, había tomado en brazos a la niña.

¡Pero con un peso se camina despacio!

Cuando llegó a los almacenes de los hermanos, ya no estabas.

Ellos, los hermanos, le dijeron: “Lo han echado.

Pero ayer por la tarde nos dijo que haría de nuevo un alto en Tiro”.

Yo – también yo soy padre – le dije: “Pues entonces ve a Tiro”.

Pero ella me respondió: “¿Y si, después de todo lo que ha sucedido, pasa por otros caminos

para volver a Galilea?”. Le dije: “Mira. O ese confín o el otro.

Yo pastoreo entre Rohob y Lesemdán,

justamente en el camino que hace de confín entre aquí y Neftalí.

Si lo veo, se lo digo; palabra de prosélito”.

Y te lo he dicho.

–        Y que Dios te recompense por ello.

Iré a ver a esa mujer.

Tengo que volver a Akcib.

–         ¿Vas a Akcib?

Entonces podemos ir juntos, si no desdeñas a un pastor.

—         No desdeño a nadie.

Por qué vas a Akcib?

–        Porque allí tengo los corderos.

A no ser que… ya no los tenga…

–        ¿Por qué?

–         Porque hay una enfermedad…

No sé si ha sido una hechicería o qué.

Sé que mi lindo rebaño se me ha enfermado.

Por eso he traído aquí las cabras, que están todavía sanas; para separarlas de las ovejas.

Aquí estarán con dos hijos míos.

Ahora están en la ciudad, para hacer las compras.

Vuelvo allá… para ver morir a mis lindas ovejas lanosas…

El hombre suspira…

Mira a Jesús y se disculpa:

–        Hablarte a Ti, siendo quien Eres, de estas cosas.

Y afligirte, estando ya afligido de cómo te tratan, es una necedad.

Pero las ovejas son afecto y dinero, ¿Sabes?,

Para nosotros…

–         Comprendo.

Pero se pondrán buenas.

¿No las has llevado a que las vea un médico rural?

–        Todos me han dicho lo mismo: “Mátalas y vende sus pieles.

No hay otra posibilidad” e incluso me han amenazado si las saco…

Tienen miedo de que las suyas se contagien la enfermedad.

Así que las tengo que tener encerradas…

Y aumenta la mortalidad.

Son malos los de Akcib…, ¿Sabes?  

Jesús dice simplemente:

–        Lo sé.

–       Yo digo que me las han embrujado…

–        No.

No creas esas historias…

¿En cuanto vengan tus hijos te pones en marcha?

–        Inmediatamente.

De un momento a otro llegarán.

¿Éstos son tus discípulos?

¿Son sólo éstos?

–         No.

Tengo otros más.

–         ¿Y por qué no vienen aquí?

Una vez, cerca de Merón, me encontré con un grupo de ellos.

A la cabeza del grupo había un pastor.

Decía serlo.

Uno alto, fuerte, de nombre Elías.

Fue en Octubre, me parece.

Antes o después de los Tabernáculos.

¿Ahora te ha abandonado?

–         Ningún discípulo me ha abandonado.

–         Me habían dicho que…

–          ¿Qué te habían dicho?

–         Que Tú… que los fariseos…

En fin, que los discípulos te habían abandonado por miedo.

Y porque Tú eras un..

Jesús completa la palabra que el pastor calla: .

—        Demonio.

Dilo tranquilamente.

Lo sé.

Doble mérito para ti, que crees igualmente.

–         ¿Y por este mérito no podrías?…

Quizás estoy pidiendo una cosa sacrílega…

–          Dila.

Si es una cosa mala, te lo digo.

Se le ve lleno de ansiedad al hombre…  

Cuando pide:

–        ¿No podrías, al pasar, bendecir a mi rebaño? –

Jesús sonríe al decir:

–        Bendeciré a tu rebaño.

A éste… –

Y Jesús levanta  la mano bendiciendo a las cabritas desperdigadas,..

Y al de las ovejas.

–         ¿Crees que mi bendición las salvará?

–         De la misma forma que salvas a los hombres de las enfermedades,

podrás salvar a los animales.

Dicen que eres el Hijo de Dios.

Las ovejas las ha creado Dios.

Por tanto son cosas del Padre. Yo… no sabía si era una cosa respetuosa el pedírtelo.

Pero, si se puede, hazlo, Señor. 

Y llevaré al Templo grandes ofrendas de alabanza; mejor: te lo doy a Ti, para los pobres,

creo que será mejor.

Jesús sonríe y calla.

Llegan los hijos del pastor.

Poco después, Jesús con los suyos y el viejo se ponen en marcha.

Dejan a los pastorcillos jóvenes custodiando las cabras.

Caminan raudos porque quieren llegar pronto a Quedes,

para dejarla también enseguida, con intención de tomar la vía que del mar va hacia el interior.

Debe ser la misma que recorrieron yendo a Alejandrocena,

la que se bifurca a los pies del promontorio.

Al parecer, por lo que conversan el pastor y los discípulos.

Jesús va adelante, solo.

Santiago de Alfeo, comenta: .

–         ¿No nos encontraremos con otros problemas?

El hijo del pastor responde:

–          Quedes no depende de aquel centurión.

Está fuera de los confines fenicios.

A los centuriones basta con no pincharlos y se desinteresan de la religión.

–         Y además no nos vamos a detener...

–         ¿Vais a aguantar más de treinta millas en un día? –

–         ¡Sí, hombre!

¡Somos peregrinos perpetuos!

Caminan ininterrumpidamente…

Llegan a Quedes.

La atraviesan sin ningún contratiempo.

Toman la vía directa.

En el mojón está indicada Akciba.

El pastor lo señala diciendo:

–        Mañana llegaremos.

Esta noche venís conmigo.

Conozco labriegos de estos valles, pero muchos están dentro de los confines fenicios…

¡Bueno!, Pues pasaremos los confines.

Seguro que no nos van a descubrir inmediatamente…

¡Lo que es la vigilancia!…

¡Mejor sería que vigilasen a los bandidos!…

El sol declina.

 Y los valles ciertamente no contribuyen a mantener la luz,  menos aún siendo boscosos.

Pero el pastor conoce muy bien la zona y va seguro.

Llegan a un poblado muy pequeño, verdaderamente solo un puñado de casas.

–        Vamos a ver si nos dan posada.

Aquí son israelitas.

Estamos justamente en los confines.

Si no nos reciben, vamos a otro pueblo, que es fenicio.

–       No tengo prejuicios, hombre.

Llaman a una casa.  

Una mujer muy anciana, abre la puerta,

y los recibe:

–         ¿Tú, Anás?

¿Con amigos?

Ven, ven, y que Dios sea contigo.

Entran en una amplia cocina alegrada por una lumbre.

Alrededor de la mesa está reunida una numerosa familia de todas las edades,

pero que hace sitio amablemente a los que de improviso acaban de llegar.

El pastor los presenta:

–         Éste es Jonás.

Ésta es su esposa, y sus hijos y nietos y nueras.

Una familia de patriarcas fieles al Señor.

Anás a Jesús.

Y luego, volviéndose hacia el anciano Jonás:

–       «Y éste que está conmigo es el Rabí de Israel, al que deseabas conocer.

El anciano Jonás responde:

–         Bendigo a Dios por ser hospitalario y por tener sitio esta noche.

Y, pidiendo bendición, bendigo al Rabí que ha venido a mi casa.

Anás explica que la casa de Jonás es casi una posada para los peregrinos,

que del mar van hacia el interior.

Se sientan todos en la caliente cocina.

Las mujeres sirven a los recién llegados.

El respeto que hay es tal, que incluso paraliza.

Pero Jesús resuelve la situación rodeándose, nada más terminar la cena,

de los muchos niños presentes.

E interesándose por ellos, los cuales en seguida fraternizan.

Detrás de ellos, durante el breve espacio de tiempo que separa la cena del descanso,

encuentran valor los hombres de la casa y narran lo que han sabido del Mesías,

y preguntan cosas nuevas.

Jesús, benigno, rectifica, confirma, explica, en serena conversación,

hasta que peregrinos y familiares se van a descansar, tras haberlos bendecido Jesús a todos.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

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19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

352 PARÁBOLA DE LOS OBREROS Y LA VIÑA


 

352 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús ha subido encima de una caja que está colocada contra una pared.

Todos por tanto, lo pueden ver bien.

Ya se ha esparcido por el aire su dulce saludo, seguido luego por las palabras:

«Hijos de un único Creador, escuchad»,

para proseguir, en  el atento silencio de la gente:

El tiempo de la Gracia para todos ha llegado, no sólo para Israel,

sino para todo el mundo.

Hombres hebreos que estáis aquí por diversas razones, prosélitos, fenicios, gentiles,

TODOS, oíd la Palabra de Dios.

Comprended la Justicia, conoced la Caridad.

Teniendo Sabiduría, Justicia y Caridad, dispondréis de los medios para llegar al Reino de Dios,

a ese Reino que NO ES UNA ESCLUSIVIDAD de los hijos de Israel;

sino que es de todos aquellos que amen de ahora en adelante, al Verdadero, Único Dios.

crean en la Palabra de su Verbo.

Escuchad.

He venido de muy lejos, no con miras de usurpador, ni con la violencia del conquistador.

He venido sólo para ser el Salvador de vuestras almas.

Los dominios, las riquezas, los cargos, no me seducen.

Para Mí no son nada.

Son cosas a las que ni siquiera miro.

Es decir, las miro con conmiseración;

porque me producen compasión; siendo como son:

CADENAS para apresar a vuestro espíritu, impidiéndole así acercarse al Señor Eterno, Único,

Universal, Santo y Bendito.

Las miro y me acerco a ellas como a las más grandes miserias.

Y trato de liberarlas del lisonjero y cruel engaño, que seduce a los hijos de los hombres,

para que puedan usarlas con justicia y santidad.

No como crueles armas que hieren y matan al hombre y lo primero;

siempre,  al espíritu de aquel que las usa no santamente.

Pero en verdad os digo, PUPILAS APAGADAS, salud a un cuerpo agonizante,;

que da luz a los espíritus y salud a las almas enfermas….

¿Por qué?

Por qué el hombre ha perdido de vista el verdadero fin de su vida.

Y se ocupa de lo transitorio.

El hombre no sabe o no recuerda…

Recordando, no quiere prestar obediencia a esta santa orden del Señor:

Y hablo también para los gentiles que me escuchan.

De hacer el bien, que es bien en Roma como lo es en Atenas, en Galia o en África;

porque la Ley Moral existe bajo todos los cielos y en todas las religiones;

en todo corazón recto.

Y las religiones, desde la de Dios hasta la de la moral individual;

dicen que la parte mejor de nosotros sobrevive.

Y QUE SEGUN COMO HAYA OBRADO EN LA TIERRA,

ASÍ SERÁ SU SUERTE EN LA OTRA VIDA…

 Fin pues del hombre, es la conquista de la Paz en la otra vida;

NO las comilonas, la usura, el abuso de la fuerza, el placer aquí por poco tiempo;

para pagarlos eternamente con muy duros tormentos.

Pues bien, el hombre no sabe, no recuerda o no quiere recordar esta verdad.

Si no la sabe, es menos culpable.

Si no la recuerda, es bastante culpable, porque hay que tener encendida la Verdad,

cual antorcha santa, en las mentes y en los corazones;

pero si no la quiere recordar y cuando resplandece…

Cierra los ojos para no verla, aborreciéndola como a la voz de un orador pedante;

entonces su culpa es grave, muy grave.

21. El hijo le dijo: “Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo.”

Y no obstante, Dios perdona esta culpa, si el alma repudia su comportamiento malo…

Y se propone perseguir durante el resto de la vida, el fin verdadero del hombre;

que es conquistarse la paz eterna en el Reino del Dios Verdadero.

¿Habéis seguido hasta ahora un camino malo?

¿Abatidos, pensáis que es tarde para tomar el camino recto?

¿Desconsolados, decís: “¡No sabía nada de esto!

¿Ahora me veo ignorante e inhábil”?

NO.

No penséis que es como con las cosas materiales.

Y que hace falta mucho tiempo y fatiga para rehacer de nuevo, con santidad, lo ya hecho.

La Bondad del Eterno, verdadero Señor Dios, es tal que, ciertamente;

no os hace recorrer hacia atrás la vida vivida para colocaros de nuevo en la bifurcación

21. El hijo le dijo: “Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo.”

en que vosotros errando, dejarais el recto sendero, para seguir el malo;

SU BONDAD es tanta que, desde el momento en que decís:

“Quiero ser de la Verdad”,

O sea, de Dios, porque Dios es Verdad,

Dios, por un milagro enteramente espiritual, infunde en vosotros la Sabiduría,

siendo así que ya no sois ignorantes sino poseedores de la ciencia sobrenatural,

igual que los que desde años antes la poseen.

Sabiduría es desear tener a Dios, amar a Dios, cultivar el Espíritu,

tender al Reino de Dios repudiando TODO lo que es carne, mundo y Satanás.

Sabiduría es obedecer a la Ley de Dios;

que es ley de caridad, de obediencia, de continencia, de honestidad.

Sabiduría es amar a Dios con todo el propio ser,

Señor, enciende mi corazón en el FUEGO de tu AMOR ARDIENTE y ayúdame a AMAR como Tú Quieres que lo haga…

amar al prójimo como a nosotros mismos.

Estos son los dos elementos indispensables para ser sabios con la Sabiduría de Dios.

Y en el prójimo están incluidos no sólo los que tienen nuestra misma sangre, raza o religión,

sino TODOS los hombres:

ricos, pobres, sabios, ignorantes, hebreos, prosélitos, fenicios, griegos, romanos…

Jesús se ve interrumpido por un grito amenazador de algunos exaltados.

Los mira y dice:

–          Sí.

Esto es el amor.

Yo no soy un maestro servil.

Digo la Verdad porque debo hacerlo…

Así para sembrar en vosotros lo necesario para la Vida Eterna.

OS GUSTE O NO, tengo que decíroslo, para cumplir mi deber de Redentor;

os toca a vosotros cumplir con el vuestro, de personas necesitadas de Redención.

Amar al prójimo, pues. TODO EL PRÓJIMO. 

Con un amor santo.

No amarlo con deshonesto concubinato de intereses, de forma que es “anatema

el romano, fenicio, prosélito o viceversa…,

Mientras no hay de por medio sensualidad o dinero.

Y luego, si surgen en vosotros el deseo carnal o de la ganancia, ya no es “anatema”…

Se oye otra vez el rumor de la gente.

Los romanos, por su parte, en su sitio en el atrio,

exclaman:

–          « ¡Por Júpiter!

–         ¡Habla bien éste!».

Jesús deja que se calme el rumor…

Y prosigue:

–           -Amar al prójimo como querríamos ser amados nosotros.

Porque no nos agrada ser maltratados, vejados, que nos roben o subyugue…,

Ni ser calumniados o que nos traten groseramente.

La misma susceptibilidad, nacional o individual, tienen los demás.

No nos hagamos, pues, recíprocamente, el mal que no quisiéramos recibir nosotros.

Sabiduría es prestar obediencia a los Diez Preceptos de Dios:

“Yo soy el Señor tu Dios. No tengas otro Dios aparte de Mí.

No tengas ídolos, no les rindas culto.

EL PRIMER MANDAMIENTO DE LA LEY DE DIOS

No tomes el Nombre de Dios en vano.

Es el Nombre del Señor tu Dios.

Y Dios castigará a quien lo use sin razón, por imprecación o para convalidar un pecado.

Acuérdate de santificar las fiestas.

El Sábado está consagrado al Señor, que descansó en Sábado de la Creación…

Y le ha bendecido y santificado.

Honra a tu padre y a tu madre, para que vivas en paz largamente sobre la tierra…

Y eternamente en el Cielo.

No matarás.

No cometerás adulterio.

La desgracia del ADULTERIO…

No robarás.

No hablarás con falsedad contra tu prójimo.

No desearás la casa, la mujer, el siervo, la sierva, el buey, el asno;

ni nada que pertenezca a tu prójimo”.

Ésta es la Sabiduría.

Quien esto hace es sabio y conquista la Vida y el Reino que no tienen fin.

Desde hoy, pues, proponeos vivir según la Sabiduría;

anteponiéndola a las pobres cosas de la tierra.

¿Qué decís? Hablad.

¿Decís que es tarde?

No. Escuchad una parábola.

Un amo de una viña, al amanecer de un día, salió para contratar obreros para su viña.

Y ajustó con ellos un denario al día.

Salió de nuevo a la hora tercera.

Y, pensando que eran pocos los jornaleros contratados;

viendo en la plaza a otros desocupados en espera de que los contratara, los tomó y dijo:

“Id a mi viña, que os daré lo que he prometido a los otros”.

Y éstos fueron.

Habiendo salido a la hora sexta y a la hora nona, vio todavía a otros y les dijo:

“¿Queréis trabajar para Mí? Doy un denario al día a mis jornaleros”.

Aceptaron y fueron.

Salió, en fin, a la hora undécima.

Vio a otros que, ya declinando el sol, estaban inactivos:

“¿Qué hacéis aquí, tan ociosos?

^No os da vergüenza estar sin hacer nada todo el día?”, les preguntó.

“Nadie nos ha contratado.

Hubiéramos querido trabajar y ganarnos el pan.

Pero nadie nos ha llamado a su viña”.

“Bien, pues yo os llamo a mi viña. Id y recibiréis el salario de los demás”.

Eso dijo porque era un buen patrón y sentía piedad del abatimiento de su prójimo.

Llegada la noche, terminados los trabajos, el hombre llamó a su administrador,

y dijo:

“Llama a los jornaleros y paga su salario, según lo que he fijado,

empezando por los últimos, que son los más necesitados;

porque no han tenido durante el día el alimento que los otros una o varias veces han tenido,

Y además, son los que, agradeciendo mi piedad, más han trabajado;

los he observado;

licéncialos, que vayan a su merecido descanso y gocen con su familia,

de los frutos de su trabajo”.

Y el administrador hizo como el patrón le ordenaba.

Y dio a cada uno un denario.

Habiendo llegado al final aquellos que llevaban trabajando desde la primera hora del día,

se asombraron al recibir también sólo un denario.

Y manifestaron sus quejas entre sí y ante el administrador, el cual dijo:

“He recibido esta orden.

Id a quejaros al patrón, no vengáis a quejaros a mí”.

Y fueron y dijeron: “¡No eres justo!

Hemos trabajado doce horas, primero en medio del aguazo, luego bajo el sol de fuego,

y luego otra vez con la humedad del anochecer.

Y tú nos has dado lo mismo que a esos haraganes que han trabajado sólo una hora!…

¿Por qué?”.

Y especialmente uno de ellos levantaba la voz juzgándose traicionado

y explotado indignamente.

Y el amo de la Viña preguntó: 

“Amigo, ¿Y en qué te he perjudicado?

¿Qué he pactado contigo al alba?

Una jornada de continuo trabajo y, como salario, un denario. ¿No es verdad?”.

“Sí. Es verdad.

Pero tú has dado lo mismo a ésos, por mucho menos trabajo…”.

“¿Has aceptado este salario, porque te parecía bueno?”

“Sí. He aceptado porque los otros daban incluso menos”.

“¿Te he maltratado aquí?”

“No, en conciencia no”.

“Te he concedido reposo a lo largo de la jornada y comida…

¿No es verdad?

Te he dado tres comidas.

Y la comida y el descanso no habían sido pactados. ¿No es verdad?”.

“Sí, no estaban acordados.”

“Entonces, ¿Por qué los has aceptado?”

“Hombre, pues…

Tú dijiste: `Prefiero así, para evitar que os canséis volviendo a vuestras casas’.

No dábamos crédito a nuestros oídos…

Tu comida era buena, era un ahorro, era…”.

“Era una gracia que os daba gratuitamente y que ninguno podía pretender.

¿No es verdad?”.

“Es verdad.”

“Por tanto, os he favorecido.

¿Por qué os quejáis entonces?

Debería quejarme yo de vosotros;

que, habiendo comprendido que tratabais con un patrón bueno

trabajabais perezosamente, mientras que éstos, que han llegado después de vosotros,

habiendo gozado del beneficio de una sola comida –

y los últimos de ninguna, han trabajado con más ahínco, haciendo en menos tiempo

el mismo trabajo que habéis hecho vosotros en doce horas.

Os habría traicionado si os hubiera reducido a la mitad el salario,

para pagar también a éstos.

No así.

Por tanto, coge lo tuyo y vete.

¿Pretendes venir a imponerme en mi casa lo que a ti te parece?

Hago lo que quiero y lo que es justo.

No quieras ser malo y tentarme a la injusticia.

Yo soy bueno”.

¡Oh, vosotros todos, que me escucháis!

En verdad os digo que el Padre Dios propone a todos los hombres el mismo pacto.

Y les promete la misma retribución.

Al que con diligencia se pone a servir al Señor, Él lo tratará con justicia;

aunque fuere poco su trabajo debido a la muerte cercana.

En verdad os digo que no siempre los primeros serán los primeros en el Reino de los Cielos.

Y que allí veremos a últimos ser primeros y a primeros ser últimos.

Allí veremos a hombres no pertenecientes a Israel, más santos que muchos de Israel.

He venido a llamar A TODOS, en nombre de Dios.

Pero, si muchos son los llamados, pocos son los elegidos;

porque pocos desean la Sabiduría.

No es sabio el que vive del mundo y de la carne y no de Dios.

No es sabio ni para la tierra ni para el Cielo:

en la tierra se crea enemigos, castigos, remordimientos…

Y pierde el Cielo para siempre.

Repito: sed buenos con el prójimo, quienquiera que sea.

Sed obedientes, dejando a Dios la tarea de castigar a quien manda injustamente.

Sed continentes sabiendo resistir a la sensualidad;

honrados, sabiendo resistir al oro; coherentes, calificando de anatema,

a aquello que se lo merece.

Y no cuando os parece.

Y luego estrecháis contactos con el objeto que antes habíais maldecido como idea.

No hagáis a los demás lo que no querríais para vosotros.

Y entonces…

Los vendedores frustrados, irrumpen en el patio,

gritando:  

–         ¡Vete, profeta molesto!

–         ¡Nos has fastidiado el mercado!… –

          ¡Nos has arrebatado los clientes!… 

Y los que habían hecho alboroto en el patio cuando Jesús había empezado a enseñar

no todos fenicios:

también hay hebreos, que están en esta ciudad por intereses personales…

Y se unen a los vendedores para insultar amenazando y sobre todo,

para obligar a Jesús a abandonar el lugar;

porque no les gusta lo que aconseja en orden al mal. 

Jesús cruza los brazos y los mira, triste, solemne.

La gente, dividida en dos partidos, se enzarza, defendiendo u ofendiendo al Nazareno.

Lanzando Improperios, alabanzas, maldiciones, bendiciones;

gritos de: 

–        «Tienen razón los fariseos.

–        Eres un vendido a Roma, amigo de publicanos y meretrices. 

–       « ¡Callad, lenguas blasfemas!

–         ¡Vosotros sois los vendidos a Roma, fenicios del infierno!.

–        , «¡Sois diablos!»

–        «¡Que os trague el infierno!»,

–       «¡Fuera! ¡Fuera!»,

–         ¡Fuera vosotros, ladrones que venís a mercadear aquí, usureros!» etcétera, etcétera.

Intervienen los soldados,

diciendo:

–         « ¡De amotinador nada!

–         ¡Es Él la víctima!».

Y con las lanzas echan fuera del patio a todos y cierran el portón.

Se quedan con Jesús los tres hermanos prosélitos y los seis apóstoles.

El Triano se acerca a los tres hermanos,

y pregunta: 

–         ¿Pero cómo se os ha ocurrido hacerle hablar?

Elías responde:

–         ¡Muchos hablan! 

–        Sí.

Y no pasa nada porque enseñan lo que gusta al hombre.

Pero este no enseña eso.

Y es indigesto…

El viejo soldado mira atentamente a Jesús…

Que ha bajado de su sitio y está callado, como abstraído.

Afuera, la gente sigue enzarzada en la discusión….

Tanto que, del recinto militar salen otros soldados y con ellos el propio centurión.

Instan para que les abran, mientras otros se quedan a rechazar tanto a quien grita:

–       « ¡Viva el Rey de Israel!», como a quien lo maldice.

El centurión, inquieto, da unos pasos adelante.

Arremete coléricamente contra el viejo Aquila:

–         ¡Así tutelas a Roma tú?

¡Dejando aclamar a un rey extranjero en la tierra dominada?

El viejo saluda con reciedumbre y responde:

–         Enseñaba respeto y obediencia.

Y hablaba de un reino que no es de esta tierra.

Por eso lo odian.

Porque es bueno y respetuoso.

No he hallado motivo para imponer silencio a quien no iba contra nuestra ley.

El centurión se calma,

y barbota:

–         Entonces es una nueva sedición de esta fétida gentuza…

Bien.

Dadle a este hombre la orden de marcharse inmediatamente.

No quiero problemas aquí.

Cumplid esto y, en cuanto esté libre el trayecto, escoltadlo hasta fuera de la ciudad.

Que vaya a donde quiera.

A los infiernos, si quiere.

Pero que se vaya de mi jurisdicción. ¿Entendido?

El centurión saluda y responde: 

–          Sí.

Lo haremos.

El centurión da media vuelta;

con grandes resplandores de coraza y ondeos de manto purpurino.

Y se marcha sin siquiera mirar a Jesús.

Los tres hermanos dicen a Jesús:

–          Lamentamos…

Jesús replica con mansedumbre: 

–          No tenéis la culpa vosotros.

No temáis.

No os ocasionará ningún mal,

Yo os lo digo…

Los tres cambian de color…

Felipe dice:

–          ¿Cómo es que sabes que tenemos este temor?

Jesús sonríe dulcemente, es como un rayo de sol en su rostro triste…

–          Conozco lo que hay en los corazones y en el futuro.

Los soldados se han puesto al sol, a esperar.

Y no pierden ojo, más o menos solapadamente, mientras hacen comentarios…

Escipión y los soldados,

comentan:

–            ¿Podrán querernos a nosotros, si odian incluso a ése, que no los subyuga?

–           Y que hace milagros, debes decir…

–          ¡Por Hércules!

–         ¿Quién de nosotros ha sido el que ha venido avisar,

de que estaba el sospechoso y había que vigilarlo?

–          ¡Ha sido Cayo! H

–         ¡El cumplidor!

–        Ya hemos perdido el rancho y perder el beso de una muchacha!…

–        ¡Ah, sí!

–        ¡Epicúreo!

–       ¿Dónde está la bella?

–       ¡Está claro que a ti no te lo digo, amigo!

–         Detrás del alfarero, en los Cimientos.

–        Lo sé, unas noches…

El triario, como paseando, va hacia Jesús.

Se mueve alrededor de Él, mirándolo insistentemente.

No sabe qué decir…

Jesús le sonríe para infundirle ánimo.

El hombre no sabe qué hacer…

Pero se acerca más.

Jesús, señalando las cicatrices,

dice:

–          ¿Son todas heridas?

Se ve que eres un hombre valeroso y fiel…

El viejo soldado se pone como la púrpura por el elogio.

–         Has sufrido mucho por amor a tu patria y a tu emperador…

¿No querrías sufrir algo, por una patria más grande: el Cielo?;

¿Por un eterno emperador: Dios?

El soldado mueve la cabeza,

y dice:

–         Soy un pobre pagano.

De todas formas, quién sabe si no llegaré también yo a la hora undécima.

Pero, ¿Quién me instruye? ¡Ya ves!…

Te echan.

¡Éstas heridas sí que hacen daño, no las mías!…

Al menos yo se las he devuelto a los enemigos.

Pero Tú, a quién te hiere, ¿Qué le das?

–          Perdón, soldado.

Perdón y amor.

–         Tengo razón yo.

La sospecha sobre Ti es estúpida.

Adiós, galileo.

–          Adiós, romano.

Jesús se queda solo, hasta que vuelven los tres hermanos y los discípulos, con comida.

Los hermanos ofrecen a los soldados; los discípulos, a Jesús.

Éstos comen, inapetentes, al sol;

mientras los soldados comen y beben alegremente.

Luego un soldado sale a dar una ojeada a la plaza silenciosa. 

Y grita: 

–          Podemos ponernos en marcha.

Se han ido todos. Sólo están las patrullas.

Jesús se pone en pie dócilmente.

Bendice y conforta a los tres hermanos.

Y les da una cita para la Pascua en el Getsemaní.

Luego sale, encuadrado entre los soldados.

Le siguen sus discípulos, apesadumbrados.

Y recorren las calles vacías, hasta la campiña.

El Triario lo saluda: 

–         Salve, galileo

Jesús responde:

–       Adiós, Aquila.

Te ruego que no hagáis ningún mal a Daniel, Elías y Felipe.

Sólo Yo soy el culpable.

Díselo al centurión.

–        No digo nada.

A estas horas ya ni se acuerda de esto.

Y los tres hermanos nos proveen bien;

especialmente de ese vino de Chipre que el centurión prefiere a la propia vida.

Quédate tranquilo.

Adiós.

Se separan.

Los soldados franquean, de regreso, las puertas.

Mientras Jesús y los suyos se encaminan por la campiña silenciosa, en dirección este.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

https://paypal.me/cronicadeunatraicion?locale.x=es_XC

19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

351 UN AUDITORIO MULTIRACIAL


351 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

El patio de los tres hermanos está la mitad en sombra… 

La mitad luminosa de sol, está lleno de gente que va y viene para sus compras,

mientras que fuera del portón, en la placita, vocea el mercado de Alejandrocene

en medio de un confuso ir y venir de adquisidores y compradores; de asnos, de ovejas,

de corderos, de volatería;

porque se comprende que aquí tienen menos remilgos y llevan al mercado también a los

pollos, sin miedo a ningún tipo de contaminación.

Rebuznos, balidos, cacareos de gallinas y triunfales quiquiriquíes de gallitos;

se mezclan con las voces de los hombres,

formando un alegre coro que de vez en cuando, adquiere notas agudas y dramáticas

por algún altercado.

También dentro del patio de los hermanos hay bullicio.

Y no falta algún que otro altercado, por el precio o porque un marchante ha tomado

lo que otro, para sus adentros había elegido.

No falta el quejido lastimero de los mendigos que en la plaza, cerca del portón, recitan la

letanía de sus miserias con una cadencia cantora y triste como un aúllo de moribundo.

Soldados romanos con aire dominador, van y vienen por la hostería y la plaza; en servicio,

porque van armados y nunca solos, en medio de los fenicios;

que también van todos armados.

Jesús pasea arriba y abajo por el patio, con los seis apóstoles, esperando el momento

adecuado para hablar.

Luego sale a la plaza un momento.

Pasa cerca de los mendigos y les da una limosna.

La gente se distrae unos minutos a mirar al grupo galileo…

Y se pregunta quiénes serán esos extranjeros.

Hay quien informa de quiénes son los huéspedes de los tres hermanos;

porque les ha pedido a éstos información.

Un rumor sigue los pasos de Jesús… 

Que va tranquilo, acariciando a los niños que encuentra en su camino.

En el rumor no faltan risitas irónicas y epítetos poco halagüeños para los hebreos,

como tampoco falta el honesto deseo de oír a este «Profeta», a este «Rabí», a este «Santo»,

a este «Mesías» de Israel.

Así, se lo señalan unos a otros con tales nombres, según su grado de fe

y su rectitud de corazón. 

Dos madres: dicen: 

–        ¿Pero es verdad?

–        Me lo ha dicho Daniel, precisamente a mí.

Y él ha hablado en Jerusalén con gente que ha visto los milagros del Santo.

–        Sí, de acuerdo.

¿Pero será el mismo hombre?

–         Me ha dicho Daniel que no hay duda de que es Él, por lo que dice.

–         Entonces…

¿Qué piensas…

¿Me concederá la gracia aunque sea sólo prosélito?

–        Yo diría que sí…

Inténtalo.

Quizás no vuelve.

¡Inténtalo, inténtalo!

¡Mal no te hará, eso está claro!

–       Sí.

Dice la mujercita.

Y dejando plantado a un vendedor de loza con el que estaba contratando unos cuencos,

se marcha.

El vendedor que ha oído la conversación de las dos y ahora está defraudado;

enfadado por el buen trato que se ha esfumado,

se abalanza contra la mujer que queda y la cubre de improperios:

–        «Maldita neófita.

Sangre de hebrea. Mujer vendida» etc., etc.

Dos hombres, barbudos y de porte grave,

dicen:

–        Me gustaría oírlo hablar.

Dicen que es un gran Rabí.

–        Un Profeta querrás decir.

Mayor que el Bautista.

¡Me ha dicho Elías unas cosas!… 

¡Unas cosas!

Él las sabe porque tiene una hermana que está casada con uno que vive al servicio,

de un rico de Israel.

Y para saber de ella, va a preguntar a los compañeros de servicio.

Este rico es muy amigo del Rabí…

Un tercero, un fenicio que estando cerca, ha oído la conversación… 

asoma su cara enjuta, satírica, entre los dos….

Y con sardónica risotada, dice:

–        ¡Pues vaya santidad!

¡Aderezada con riquezas!

¡Por lo que yo sé, el santo debería vivir en pobreza!

–        Calla, Doro, mala lengua.

Tú pagano, no eres digno de juzgar estas cosas.

–       ¡Ah, vosotros sí sois dignos, especialmente tú, Samuel!

Mejor sería que me pagaras esa deuda.

–       ¡Ten, y no sigas dando vueltas alrededor de mí, vampiro de cara de fauno!…

Un anciano semiciego, que está acompañado de una muchachita,

y que pregunta:

–        ¿Dónde está, dónde está el Mesías?

Y la niña:

–      « ¡Dejad paso al viejo Marcos!

¡Por favor, decidle al viejo Marcos dónde está el Mesías!».

Las dos voces:  la senil, débil y trémula; la de la niña argentina y segura,

se expanden en vano por la plaza;

hasta que otro hombre dice:

–      ¿Buscáis al Rabí?

Ha vuelto hacia la casa de Daniel.

Ahí está, parado, hablando con los mendigos.

Dos soldados romanos: dicen: 

–       Debe ser ese al que persiguen los judíos.

¡Menudos bichos, ésos!

A simple vista se ve que es mejor que ellos.

 ¡Eso es lo que los fastidia!

–       Vamos a decírselo al alférez.

Ésa es la orden.

–      ¡Disparatada, Cayo!

Roma se cuida de los corderos y soporta, diría incluso que acaricia, a los tigres.

–       ¡No creo, Escipión!

¡A Poncio matar le es fácil!

–       Sí…

Pero no cierra su casa a las hienas rastreras que lo adulan.

–      ¡Política, Escipión! ¡Política!.

–      Vileza, Cayo, y necedad.

De éste debería hacerse amigo.

Ganaría una ayuda para mantener obediente a esta gentuza asiática.

No sirve bien a Roma

Poncio desatendiendo a este hombre bueno y adulando a los malos.

–        No critiques al Procónsul.

Somos soldados.

El superior es sagrado como un dios.

Hemos jurado obediencia al divino César y el Procónsul lo representa.

–      Eso está bien en lo que respecta al deber hacia la Patria, sagrada e inmortal,

pero no para el juicio interno.

–       Pero la obediencia viene del juicio.

Si tu juicio se rebela contra una orden y la critica, ya no obedecerás totalmente.

Roma se apoya en nuestra obediencia ciega para tutelar sus conquistas.

–        Pareces un tribuno.

Y es correcto lo que dices.

Pero te hago una observación:

Roma es reina, pero nosotros no somos esclavos, sino súbditos.

Roma no tiene, no debe tener, ciudadanos esclavos.

Y esclavitud es imponer silencio a la razón de los ciudadanos.

Yo digo que mi razón juzga que Poncio hace mal, no ocupándose de este israelita…

Llámalo Mesías, Santo, Profeta, Rabí, lo que quieras.

Y siento que puedo decirlo; 

porque diciéndolo, no viene a menos mi fidelidad a Roma, ni mi amor;

es más, si deseo esto;

es porque siento que Él, enseñando respeto a las leyes y a los Cónsules, como hace,

ayuda al bienestar de Roma.

–     Eres culto, Escipión…

Llegarás lejos.

¡Ya vas adelante! Yo soy un pobre soldado.

Pero, ¿Ves, mientras, allí?

El soldado señala al grupo que se ha congregado…

Y agrega:

–      La gente se ha amontonado en torno al Hombre.

Vamos a decírselo a los jefes militares…

Efectivamente, cerca del portón de los tres hermanos,

hay un montón de gente alrededor de Jesús,

al cual se le ve bien por su alta estatura.

Luego de repente, se eleva un grito.

Y la gente se agita.

Otros, que estaban en el mercado, acuden corriendo.

Y algunos del remolino de gente corren hacia la plaza e incluso más allá de la plaza.

Preguntas… respuestas…

–       ¿Qué ha pasado?

–        ¿Qué sucede?

–       ¡El Hombre de Israel ha curado a Marcos, el anciano!

El velo de sus ojos se ha disipado.

Jesús, entretanto, ha entrado en el patio, seguido de una procesión de gente.

Renqueando al final, viene uno de los mendigos… 

Un renco que se arrastra más con las manos que con las piernas.

Pero, si las piernas están torcidas y carecen de fuerza;

por lo cual sin los bastones, no andaría… 

La voz por el contrario, es muy vigorosa.

Parece una sirena que desgarra el aire luminoso de la mañana:

Grita desgañitándose y sin tregua.

–       ¡Santo! ¡Santo!

¡Mesías! ¡Rabí!

¡Piedad de mí! 

Se vuelven dos o tres personas:

–       ¡No malgastes energías!

–       Marcos es hebreo, tú no.

–       ¡Para los israelitas verdaderos hace milagros, no para los hijos de perro!

–        Mi madre era hebrea…

–        Y Dios la ha castigado dándole a ti, un monstruo, por su pecado.

–        ¡Fuera, hijo de loba!

–        Vuelve a tu sitio, lodo en el lodo…

El hombre se pega a la pared, acobardado;

atemorizado ante los amenazadores puños levantados…

Jesús se detiene, se vuelve, mira.

Ordena:

–        ¡Hombre, ven aquí!

El hombre lo mira, mira a los que lo amenazan…

Y no se atreve a avanzar.

Jesús se abre paso entre la pequeña muchedumbre y se acerca a él.

Lo toma de la mano y le pone la otra mano en el hombro,

y dice:

–          No tengas miedo.

Ven aquí delante conmigo.

Y mirando a los despiadados,

dice severo: –

        «Dios es de todos los hombres que lo buscan y que son misericordiosos».

Comprenden la alusión.

Y ahora son ellos los que se quedan parados, arrinconados y acobardados,  donde están.

Jesús se vuelve de nuevo.

Los ve allí, confusos, casi decididos a marcharse.

Y les dice:

–        No, venid también vosotros.

Os vendrá bien también a vosotros, para enderezar y fortalecer vuestra alma,

de la misma forma que enderezo y fortalezco a éste; porque ha sabido tener fe.

Hombre, Yo te lo digo:  ¡Queda curado de la enfermedad!

Y quita la mano del hombro del renco;

tras haber experimentado éste como una sacudida.

El hombre se yergue seguro, sobre sus propias piernas;

arroja las muletas ya consumidas por el uso,

y grita:

–        ¡El me ha curado!

¡Bendito sea el Dios de mi madre!

Y se arrodilla para besar los bordes de la túnica de Jesús.

El tumulto de quien quiere ver o ya ha visto y ahora comenta, alcanza su culmen.

En el profundo atrio, que de la plaza conduce al patio, las voces resuenan con sonoridad

de pozo y producen eco contra las murallas del Castro.

Los soldados temen que se haya producido una reyerta, algo que es fácil en estos lugares,

con tantos contrastes de razas y fes.

Y pronto acude un pelotón y se abre paso rudamente preguntando qué sucede.

Algunos responden:

–        ¡Un milagro, un milagro! Jonás, el renco, ha sido curado.

–         Ahí está, al lado del Hombre galileo!

Los soldados se miran unos a otros.

No hablan hasta que no ha pasado toda la muchedumbre.

Detrás se ha agregado más gente, de la que había en los locales de la hostería. 

Y en la plaza, donde ahora se ve solamente a los vendedores, enojadísimos por el imprevisto

reclamo, que hace fracasar el mercado de ese día.

Luego, al ver pasar a uno de los tres hermanos,

preguntan:

–        Felipe, ¿Sabes lo que piensa hacer ahora el Rabí?

Felipe todo alborozado, responde: 

–        Va a hablar, a adoctrinar.

¡Y además en mi patio! 

Los soldados se consultan. ¿Quedarse? ¿Marcharse?

–        El alférez nos ha dicho que vigilemos…

Y se contestan:

–        ¿A quién?

–        ¿Al Hombre?

Escipión, el soldado defensor de Jesús,

agrega:

–        Por Él podríamos ir a jugarnos a los dados un ánfora de vino de Chipre.

A mí me parece que es Él el que necesita ser protegido, no el derecho de Roma!.

¿No lo veis?

Ninguno de nuestros dioses tiene un aspecto tan manso y al mismo tiempo tan viril.

Esta gentuza no es digna de Él.

Y los indignos son siempre malos.

Medio sarcástico, medio admirado, otro soldado, 

exclama:

–        ¡Vamos a quedarnos a protegerlo!

Si hace falta le guardamos las espaldas…

Y se las acariciamos a estos bribones.

–        Bien dices, Pudente.

Es más, para que Prócoro el alférez, que siempre está soñando complots contra Roma y…

ascensos para él, por gracia y mérito de su solícita vigilancia por la salud del divino César

y de la diosa Roma, madre y señora del mundo, se convenza de que aquí no va a conquistar

brazalete o corona, ve a llamarlo, Acio.

Un soldado joven se marcha corriendo y corriendo vuelve,

diciendo:

–        Prócoro no viene, manda al triario Aquila…

–        ¡Bien! ¡Bien!

Mejor él que el propio Cecilio Máximo. Aquila ha servido en África, en Galia,

y estuvo en las crueles selvas que nos arrebataron a Varo y a sus legiones.

Conoce a griegos y bretones y tiene buen olfato para distinguir…

Y viendo llegar al glorioso oficial.

lo saluda diciendo:

–         ¡Salve! ¡Aquí tenemos al glorioso Aquila!

¡Ven, enséñanos, a nosotros míseros, a comprender el valor de los seres!  

Todos los demás soldados gritan:

–        ¡Viva Aquila, maestro de soldados!

Dándole afectuosos zarandeos al viejo soldado, marcado de cicatrices en el rostro…

Y, como el rostro, así tiene sus brazos y pantorrillas desnudos.

É1 sonríe bonachón,

y exclama:

–         ¡Viva Roma, maestra del mundo!

¡No yo, que soy un pobre soldado!

¿Qué sucede, pues?

–          Vigilar a ese hombre alto y rubio como el más claro cobre.

–         Bien. Pero, ¿Quién es?

–          El Mesías, según dicen.

Se llama Jesús y es de Nazaret.

Es aquel, ¿Ya sabes, no?,

Por el que se comunicó aquella orden…

–         ¡Mmm! Bien…

Pero me parece que perseguimos nubes.

–          Dicen que quiere hacerse rey y suplantar a Roma.

El Sanedrín, los fariseos, saduceos y herodianos, lo han denunciado ante Poncio.

Ya sabes que los hebreos tienen esta obsesión en la cabeza…

Y, de vez en cuando, aparece un rey…

–        Sí, sí…

¡Pero si es por este hombre!…

De todas formas, vamos a oír lo que dice.

Creo que se dispone a hablar.

–         He sabido por el soldado, que está con el centurión;

que Publio Quintiliano le ha hablado de Él como de un filósofo divino…

Otro soldado, joven, dice

–        Las mujeres imperiales se muestran entusiastas… 

Otro soldado joven suelta la carcajada y riéndose

agrega abiertamente:

–         ¡Claro!

También yo me sentiría entusiasta de El si fuera una mujer…

¡Y querría tenerlo en mi cama…!  

Otro más, bromeando, agrega:

–        ¡Cállate, impúdico!

¡La lujuria te come! 

–         ¿Y tú no, Fabio?

Ana, Sira, Alba, María…

El triano, ordena.

–        Silencio, Sabino.

Está hablando y quiero escuchar.

Y todos guardan silencio….

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

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19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

336 VERDUGO PURIFICADOR


  1. 336 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Debe haber llovido toda la noche.

Pero con el alba ha venido un viento seco que ha repelido las nubes hacia el sur,

más allá de las colinas de Nazaret.

Por ello, un tímido sol invernal se atreve a asomarse y a encender con su rayo

un diamante en cada hoja de los olivos; mas es vestido de gala que pronto pierden,

porque el viento agita sus frondas y las desnuda…

Y parecen llorar esquirlas de diamante, que se desvanecen entre la hierba adornada,

en el camino lodoso.

Pedro, con la ayuda de Santiago y Andrés,

prepara carro y burro.

No se ve a los otros todavía.

Luego salen uno tras otro de una cocina, porque dicen a los tres que ya estaban fuera

–       Id ahora vosotros a tomar algo.

Y los tres entran, para salir poco después, esta vez con Jesús.  

Pedro explica:

–      He vuelto a poner la cubierta, por el viento.

Si estás decidido a ir a Yiftael, tendremos de frente el viento… y punza.

No comprendo por qué no nos vamos por el camino que va a Sicaminón,

luego el del litoral… Es más largo, pero menos escabroso.

¿Has oído lo que decía ese pastor al que he logrado tirar de la lengua?

Ha dicho: “Yotapata, durante los meses de invierno, queda aislada.

Sólo hay un camino para llegar a ella.

Y no se va con corderos, no…

No se debe llevar nada en las espaldas, porque hay pasos que se salvan

más con las manos que con los pies…

Y los corderos no pueden nadar…

Hay dos ríos, llenos muchas veces… 

Y hasta el propio camino es un torrente que corre por un fondo de rocas.

Yo voy allí después de los Tabernáculos, y en plena primavera.

Y vendo bien, porque entonces la gente se aprovisiona para meses”.

Eso ha dicho…

Y nosotros… con este cacharro… (y da una patada a la rueda del carrito)…

y con este burro… ¡Mmmm!…

Jesús responde:

–        El camino que va de Sefori a Sicaminón era mejor.

Pero lo utiliza mucha gente…

Recuerda que conviene no dejar rastro de Juan…

Zelote observa:

–        El Maestro tiene razón.

Podríamos encontrar incluso a Isaac con otros discípulos… 

¡Y en Sicaminón ya no digamos!… 

Pedro acepta:

–        Pues nada… vamos…

Andrés dice:

–        Voy a llamar a esos dos… 

Y mientras Andrés hace esto, Jesús se despide de una anciana y de un niño,

que salen de un aprisco con unos cubos de leche.

Llegan también unos pastores, barbados.

Jesús les agradece la hospitalidad ofrecida en la noche de lluvia.

Juan y Síntica ya están en el carro, que ahora, guiado por Pedro, se dirige por el camino.

Jesús acelera el paso para seguirlo;

a su lado el Zelote y Mateo;

detrás de Él, Andrés, Santiago, Juan y los dos hijos de Alfeo.

El viento corta la cara e hincha los mantos.

La cobertura extendida sobre los arcos del carro, cruje como una vela;

a pesar de que la lluvia de la noche la haya hecho más pesada.

Mirándola. Pedro susurra:

–        ¡Bueno caramba, pues se secará pronto! –

¡Basta con que a este pobre hombre no se le sequen los pulmones!…

Espera, Simón de Jonás… Se hace así –

Y para el burro, se quita el manto, sube al carro y arropa muy bien a Juan.  

Qué le pregunta.

–       ¿Pero por qué?

Ya tengo el mío…

–        Porque yo, tirando del asno, tengo ya tanto calor,

como si estuviera en un horno de pan.

Y además estoy habituado a estar desnudo en la barca.

Y cuanto más tormenta más desnudo.

El frío es para mí, un acicate y me hace más ágil.

¡Vamos  arrópate bien!

María me ha dado en Nazaret tantas recomendaciones;

tantas, que, si te pones malo, no voy a poder presentarme a Ella jamás…

Baja del carro y agarra otra vez los ramales e incita al asno para que camine.

Pero pronto debe pedir ayuda a su hermano y a Santiago;

para ayudar al burro a salir de un sitio cenagoso en que se ha hundido la rueda.

Y así van, empujando por turnos el carro para facilitar la labor al burro,

que hinca sus robustas patas en el fango y tira – ¡pobre animal! -,

resoplando afanoso y espurreando ávido…

Porque Pedro lo estimula a caminar, ofreciéndole unos pedazos de pan

y unos trozos de manzana, que le concede sólo cuando hacen un alto en el camino.

Mateo que observa la maniobra,

le dice bromeando:

–        Eres un sinverguenza, Simón de Jonás.

–        No.

Aplico con dulzura al animal a su deber.

Si no hiciera esto, tendría que usar la tralla… y eso me duele.

Si no pego a la barca cuando hace caprichos, y es de madera,

¿Por qué debería pegar a éste, que es de carne?

Ahora mi barca es éste… está en el agua…

¡Vaya que si está en el agua!

Por tanto, lo trato como a la barca.

¡Yo no soy Doras, eh!

¿Sabéis que quería llamarlo Doras, antes de comprarlo?

Pero luego oí su nombre y me gustó.

Se lo he dejado…  

Los apóstoles preguntan curiosos:

–        ¿Cómo se llama? 

–        ¡Adivinad! – y Pedro se ríe bajo su barba.

Salen los más extraños nombres.

Y los de los más cafres fariseos o saduceos, etc. etc

Pero Pedro siempre menea su cabeza…

Se dan por vencidos.

–        ¡Se llama Antonio!

¿No es un nombre bonito?

¡Ese maldito romano!

¡Se ve que el griego que me lo vendió, también tenía sus resentimientos contra Antonio!

Todos ríen, mientras Juan de Endor,

explica:

–        Será uno de los que obtuvo la libertad previo pago de una talla,

después de la muerte de César.

¿Es viejo?

–        Tendrá setenta años…

Y debe haber hecho todos los tipos de trabajos…

Ahora tiene un hospedaje en Tiberíades…

Llegan al crucero de Sefori con el camino de Nazaret Tolemaida.

Nazaret-Sicaminón, Nazaret-Jotapata.

El hito consular tiene escritas las tres indicaciones de Tolemaida, Sicaminón y Yotapata.

Pedro pregunta:

–        ¿Entramos en Sefori, Maestro? 

–        Es inútil.

Vamos a Yiftael.  Sin detenernos.

Comeremos mientras andamos.

Es preciso estar allí antes de que anochezca.

Marchan y marchan, atravesando dos torrentillos bien cargados,

afrontando las primeras pendientes de un sistema de montes en dirección norte-sur,

pero que forman al norte un nudo escabroso, que luego se resuelve hacia el este. 

Jesús señala diciendo:

–        Allí está Yiftael  

Pedro observa:

–        No veo nada.

–        Está a septentrión.

Por la parte nuestra hay pendientes a pico, y lo mismo a oriente y a poniente.

–        De modo que hay que rodear todo aquel monte, ¿No?

–        No.

Hay un camino junto al monte más alto, al pie de él, en el valle

Acorta mucho, aunque es un camino muy empinado.

–        ¿Has estado allí alguna vez?

–        No. Pero lo sé.

¡Verdaderamente es un camino empinado!

Tanto que, llegados a él se sienten desfallecer: parece como si uno, de tanto como

se reduce la luz en el fondo de este valle,

tan horrendo y escarpado que hace pensar en las dantescas simas, del octavo círculo,

y descendiera veloz al encuentro de la noche.

Es un camino verdaderamente ahondado en el volumen rocoso;

tan lleno de desniveles, que está dispuesto casi en escalones;

un camino estrecho, agreste, encajado entre un torrente rabioso…

y una pendiente aún más rabiosa,

que continúa, con empinada subida, hacia el norte.

La luz aumenta a medida que se sube, pero, como contrapartida,

aumenta también el cansancio; tanto que aligeran de los talegos personales el carroy baja también Síntica para que el carrito vaya lo más ligero posible.

Juan de Endor, que después de aquellas pocas palabras no había vuelto a abrir la boca

sino para toser, querría bajarse también.

No se lo conceden, así que se queda donde estaba, mientras todos empujan el carro

y tiran del asno;

y sudan cada vez que hay un desnivel.

Pero ninguno se queja.

Al contrario, todos tratan de mostrarse satisfechos del ejercicio;

para no humillar a los dos por los que lo hacen…

(los cuales ya más de una vez han expresado su pesar por este esfuerzo).

El camino hace un ángulo recto, y luego otro ángulo, más corto,

que termina en una ciudad acomodada en lo alto de una ladera;

o tan empinada que, como dice Juan de Zebedeo, da la impresión

de que vaya a deslizarse hacia abajo con sus casas.

-Sin embargo, es muy sólida.

Todo un bloque con la roca.

Síntica recuerda y dice:

–        Como Ramot entonces…

Juan dice:

–        Más todavía.

Aquí la roca es parte de las casas, no sólo base de ellas.

Recuerda más a Gamala. ¿Os acordáis?  

Andrés replica:

–        Sí.

Y también de aquellos cerdos…  

Simón Zelote agrega:

–        De allí justamente partimos para Tariquea, el Tabor y Endor…

Juan de Endor, suspira, 

diciendo:

–        Estoy destinado a daros recuerdos penosos y grandes trabajos…

Judas de Alfeo. exclama impetuoso:  

–        ¡De ninguna manera!

Tú nos has dado una amistad fiel.

Nada más, amigo

Y todos se unen a él para confirmar más claramente.

–        De todas formas…

Alguno no me ha amado…

Ninguno me lo dice…

Pero yo sé meditar, sé reunir en un solo cuadro los hechos diseminados.

Esta partida, no, no estaba prevista… 

Y la decisión no es espontánea…  

Dulcemente afligido,

Jesús pregunta:

–        ¿Por qué hablas así, Juan?

–        Porque es verdad.

Alguno no me ha aceptado.

He sido elegido yo, no otros, ni siquiera los grandes discípulos, para ir lejos.

Santiago de Alfeo, entristecido por esta luz que viene a la mente del hombre de Endor.

pregunta:

–        ¿Y entonces Síntica? 

–        Síntica viene para no trasladarme a mí solo…

Para ocultarme compasivamente la verdad…

–        ¡No, Juan!…

–        Sí, Maestro.

Fíjate, podría hasta decirte el nombre de mi torturador.

¿Sabes dónde lo leo?

¡Me basta mirar a estas ocho personas buenas para leerlo!

¡Me basta reflexionar en la ausencia de los otros para leerlo!

El hombre por quien Tú me encontraste, es el mismo que quisiera que Belcebú me encontrara.

Y me ha conducido a este momento.

Y a ti también, Maestro;

porque Tú también sufres come yo, o quizás más que yo.

Y me ha conducido a este momento, para hacerme caer de nuevo en la desesperación.

Y en el odio.

Porque es malo, es cruel, es envidioso… y más cosas.

El alma oscura en medio de tus siervos luminosísimos, es Judas de Keriot…

–        No hables así, Juan.

No falta sólo él.

Todos, excepto el Zelote, que no tiene familia, faltaron durante las Encenias.

De Keriot, y menos aún en este período, no se viene en pocas etapas.

Son casi doscientas millas de camino.

Y era justo que fuera a casa de su madre, como Tomás.

También he prescindido de Nathanael, porque es anciano.

Y de Felipe, para que acompañara a Nathanael…

–        Sí.

Faltan otros tres.

Pero… ¡Oh, Jesús bueno!…

Tú conoces los corazones porque eres el Santo.

Pero no eres el único que los conoce

También los perversos conocen a los perversos;

porque se reconocen en ellos.

Yo fui perverso, y me he visto de nuevo, en mis peores instintos, en Judas.

De todas formas, lo perdono.

Solamente por una cosa le perdono, el que me mande a morir tan lejos:

porque precisamente por él vine a ti.

Y que Dios le perdone todo lo demás… todo lo demás.

Jesús no intenta rebatir… Calla.

Los apóstoles se miran unos a otros, mientras a fuerza de brazos empujan al carro,

por el camino resbaladizo.

Está ya cerca la noche cuando llegan a la ciudad.

Allí, desconocidos entre desconocidos, se alojan en una posada,

construida en el extremo sur del pueblo, el extremo sur:

un risco, cuya pared está tan cortada a pico y es tan profunda, que lanzar hacia abajo

la mirada por ella hace venir vértigo; mientras en el fondo

ruido, sólo ruido, en la sombra de pez que ya viste al valle, ruge un torrente.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista y a un corderito, de nuestro grupo de oración,

un padre de familia joven que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

Que Dios N:S: les pague vuestra caridad….

Y quién de vosotros quiera ayudarnos, aportando una donación económica;

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192 HERENCIA SACERDOTAL


192 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús está en la hermosa casa de Judas junto con todos los suyos.

María de Simón, la madre de Judas ha venido de la casa de campo, para darle un hospedaje digno.

Y han llegado a un salón grande, que está junto a la terraza superior y donde sirven las comidas  señoriales. 

Todos han tomado lugar en la enorme mesa y Jesús detiene a la madre de Judas,

diciéndole: 

–    No, madre.

Tú también debes estar con nosotros.

Somos como una familia, no se trata de un banquete frío y de etiqueta, dado a los huéspedes.

Te he tomado un hijo y quiero que tú me tomes como hijo tuyo;

así como Yo te tomo como una madre, porque eres digna de ello. 

¿No es verdad amigos, que así nos sentiremos todos más contentos y más a nuestras anchas?

Los apóstoles y las dos Marías dicen que sí, con mucho gusto.

La madre de Judas, con una gran perla en las pupilas, debe sentarse entre su hijo y el Maestro. 

De esta forma tiene enfrente a las dos Marías y a Margziam al centro.

La criada trae viandas porque en esto, la madre de Judas ha sido inflexible.  

Jesús hace la ofrenda y bendición de los alimentos y luego los distribuye. comenzando por ella, cosa que conmueve cada vez más a la mujer…

Y enorgullece a Judas, aunque al mismo tiempo lo pone pensativo y hace que se avergüence.

La conversación versa sobre distintos temas. 

Jesús trata de que la madre de Judas tome parte en ellos y de que adquiera familiaridad en sus relaciones con las dos discípulas.

A esto ayuda mucho Marziam, el cual afirma que quiere mucho a la madre de Judas:

“Porque se llama María, como todas las mujeres que son buenas.” 

Pedro pregunta semiserio: 

–     ¡¿Y no vas a querer a la que nos espera a orillas del lago, malandrín?! . 

–     ¡Mucho, si es buena!

–     Puedes estar seguro de ello.

Todos lo dicen.

Yo también debo decirlo, porque si siempre ha sido dócil con su madre y conmigo, es verdaderamente señal de que es buena.

Pero no se llama María, hijo.

Tiene un nombre extravagante. Su padre le puso el nombre de lo que le había procurado la riqueza. Quiso llamarla Porfiria.

La púrpura es bella y valiosa, mi mujer no es guapa, pero sí valiosa, por su bondad.

Me enamoré de ella porque era serena, casta, silenciosa: ¡Tres virtudes que no son fáciles de encontrar, ¡Eh!

Desde cuando era niña me fijé en ella. Bajaba a Cafarnaúm con el pescado y la veía atareada con las redes, en la fuente, o trabajando silenciosa en el huerto de su casa.

No era la distraída mariposa que revolotea acá o allá, ni la galliníta incauta que mira de reojo a cada quiquíriquí de gallo.

No levantaba nunca la cabeza, aun cuando sentía voces de hombre.

Cuando yo, enamorado de su bondad y de sus espléndidas trenzas – las únicas bellezas que tenía -, y…

Compadecido de su esclavitud en la familia, le dirigí mis primeros saludos – tenía ella entonces dieciséis años -, a duras penas me respondió. 

Se cubrió todavía más con su velo y se retiró más a su casa.

¡Huy! ¡Lo que me costó saber si no le parecía un ogro y aviar el matrimonio!…

Pero no me arrepiento de ello porque, aunque hubiera dado la vuelta al mundo, no habría encontrado otra como ella.

¿Verdad, Maestro, que es buena?

Jesús responde:

–     Mucho.

Estoy seguro de que Margziam la querrá aunque no se llame María.

¿Verdad, Margziam?

El niño responde: 

–     Sí; se llama “mamá”

Y las mamás son buenas y se las quiere.

Luego Judas habla de lo que ha hecho durante el día.

Después que él fue a avisar a su madre de que venían y que con Andrés como compañero, ha empezado a hablar por el agro de Keriot. 

Y agrega: 

–    Mañana me gustaría que vinieseis todos.

No quiero brillar yo solo. Iremos si es posible un judío y un Galileo.

Yo con Juan, por ejemplo.

Y Simón con Tomás.

¡Si viniera el otro Simón!..

En vuestro caso – señala a los dos de Alfeo – podéis ir vosotros dos.

A todos, incluso a quien no le interesaba saberlo, les he dicho que sois los hermanos del Maestro.

También vosotros – señala a Felipe y a Bartolomé – podéis ir juntos.

He dicho que Natanael es un rabí que acompaña al Maestro; esto impresiona. Y…

Quedáis vosotros tres. De todas formas, en cuanto llegue el Zelote se podrá formar otra pareja.

¡Ah! Y después nos alternaremos porque quiero que os conozcan a todos…

Judas está rebosante de entusiasmo.  

Y agrega:   

–     He hablado del decálogo, Maestro.

Tratando de ilustrar especialmente aquellos puntos en que sé que en esta zona se cometen más faltas…

Y así…

Jesús advierte:

–      No tengas la mano pesada, Judas.

Te lo ruego. 

Ten siempre presente que alcanza más la dulzura, que la intransigencia.

Y que también tú eres hombre.

Por esto, examínate y reflexiona cuán fácil es que también caigas…

Y cómo te irritas cuando se te dice algo claro y se te reprende… 

La madre de Judas baja la cabeza, ruborizada de vergüenza.

Judas responde: 

–    No te preocupes, Maestro.

Me esfuerzo en imitarte en todo.

Mira, en el pueblo que se ve por aquella puerta – están comiendo con puertas abiertas y se ve un bonito horizonte desde esta habitación elevada.

Hay un enfermo deseoso de ser curado; pero no se le puede transportar.

¿Podrías venir conmigo?

–    Mañana, Judas.

Mañana por la mañana, sin falta.

Y si hay otros enfermos, decídmelo o traédmelos.

–     ¿De veras quieres hacer favores a mi patria, Maestro?

–     Sí.

Para que no se diga que he sido injusto con quién no me ha hecho ningún mal.

¡Hago bien, aún a los malos! ¿Por qué no a los buenos de Keriot?

Quiero dejar un recuerdo indeleble de Mí…

–     Pero, ¡Cómo!

¿No volveremos más aquí?…

–    Volveremos otra vez, pero…

Marziam grita jubiloso, interrumpiendo:

–    ¡Allá viene María con Simón!

Al verlos que están subiendo la escalera que conduce a la terraza, en que está la sala donde están comiendo.

Todos se ponen de pie y van al encuentro de los dos que llegan.

Hay alboroto de exclamaciones, saludos, sillas que se mueven.

Nada distrae a María de saludar primero a Jesús y luego a la madre de Judas.

Ésta se postra con gran veneración.

Pero María la levanta y la abraza como si fuera una querida amiga a la que hubiera vuelto a ver después de una ausencia.

Entran de nuevo en la sala y María de Simón ordena a la criada otras viandas para los recién llegados.

María le entrega a Jesús un pequeño rollo.

 Mientras dice: 

–     Mira  Hijo, éste es el saludo de Elisa.

Jesús lo abre, lo lee,

y dice:

–     Lo sabía…

Estaba seguro. Gracias, Mamá, por mí y por Elisa.

¡Eres verdaderamente la salud de los enfermos!

–     ¡Yo!…

Tú, Hijo, no yo.

–     Tú…

 Y eres mi mejor ayuda.

Luego se vuelve a los apóstoles y a las discípulas,

y dice

–     Elisa escribe:

“Vuelve, mi Paz. No sólo te quiero amar, quiero también servirte”.

Así hemos liberado de la angustia, de la melancolía, a una criatura. 

 Y hemos ganado a una discípula.

Sí, volveremos.

María dice: 

–     Quiere conocer también a las discípulas.

Se recupera lentamente, pero con continuidad. ¡Pobrecilla!

Todavía sufre momentos de espantoso desconcierto. ¿Verdad, Simón?

Un día quiso probar a salir conmigo… pero vio a un amigo de su Daniel… 

¡Cuánto nos costó calmar su llanto! ¡Menos mal que Simón vale mucho!

Me sugirió, dado que manifiesta el deseo de volver a convivir normalmente con la gente…

Y que el ambiente de Betsur está demasiado lleno de recuerdos para ella…

Me sugirió llamar a Juana.

Fue él a llamarla.

Había vuelto después de las fiestas, a sus espléndidos cultivos de rosales de Judea, a Béter.

Dice Simón que, atravesando esas colinas llenas de rosas, le parecía soñar.

Porque creía estar en el Paraíso.

Vino sin demora.

¡Juana puede comprender a una madre que llora a sus hijos y compadecerse de ella!

Elisa le ha tomado mucho afecto y yo me he venido.

Juana la quiere convencer de que salga de Betsur y vaya a su castillo.

Lo logrará porque es dulce como una paloma; pero también cuando quiere una cosa, sólida como un bloque de granito.

Jesús dice: 

–     Iremos a Betsur al regreso y luego nos separaremos.

Vosotras discípulas, os quedaréis con Elisa y Juana, durante un tiempo.

Nosotros iremos por Judea.

Nos veremos de nuevo en Jerusalén para Pentecostés…  

Mas tarde, después de terminada la comida, los apóstoles con Jesús salen a Keriot. 

Las mujeres con Margziam, van con María de Simón a la finca campestre.  

Y mientras las discípulas con el niño, están en el magnífico huerto de manzanos, se escuchan sus voces:

Margziam jugando y los golpes de la ropa de sus hombres contra los lavaderos, en el arroyo que corre entre los árboles. 

María santísima y María la madre de Judas, están juntas y solas en la espléndida terraza;

sombreada por altísimos nogales y un techo entramado y cubierto de flores y frondosas parras…

La madre de Judas, sentada al lado de María. bajo la sombra del emparrado..

le dice:

–     Estos días de paz los recordaré como un dulce sueño.

¡Demasiado cortos! ¡Demasiado! ¡Muy breves!…

Comprendo que no se debe ser egoísta y que es justo que vayáis a ver a esa pobre mujer y a otros muchos infelices.

¡Si pudiera… detener el tiempo o ir con  vosotros!… Pero, no puedo.

No tengo parientes más que mi hijo y debo cuidar nuestras propiedades…

María le contesta:

–    Comprendo…

Te duele separarte de tu Hijo.

Nosotras las madres quisiéramos estar siempre con nuestros hijos.

De todas formas, los damos por una buena razón.

Y no los perdemos.

Ni siquiera la muerte nos los arrebata, si están en gracia.

también nosotras, ante los ojos de Dios.

Además, los tenemos todavía en este mundo y podemos acercarnos a ellos;

a pesar de que la voluntad de Dios los arranque de nuestro pecho para entregarlos por el bien del mundo.

Y… el eco de sus obras nos hace como una caricia en el corazón; porque sus obras son el perfume de su alma.

María de Simón pregunta muy despacio: 

–     ¿Qué es tu Hijo para ti, Señora?

María contesta feliz:

–     Es mi alegría.

–    ¡Tú alegría!… 

Se oye una explosión de llanto y se dobla sobre sí misma, tocando con la frente sus rodillas, agobiada.

María se inclina hacia ella y con gran compasión.

le pregunta con dulzura: 

–    ¿Por qué lloras, pobre amiga mía?

¿Por qué? Dímelo…

Soy feliz en mi maternidad, pero sé comprender también a las madres que no lo son… -dice María con dulzura.

–    Sí. Que no lo son.

Y yo soy una de ellas.

Tu hijo es tu alegría… 

Y el mío es mi dolor.

Al menos lo ha sido. 

Desde que está con tu Hijo, me causa menos aflicción.

¡Oh! Entre todos los que ruegan por tu santo Hijo, para que le vaya bien y triunfe; no hay nadie después de ti, ¡Bienaventurada!

¡Qué ruegue tanto como esta infeliz que te está hablando!…

Dime la verdad.

¿Qué piensas de mi hijo?

Somos dos madres.

La una, frente a la otra.

Entre nosotras está Dios y hablamos de nuestros hijos.

A ti te debe ser muy fácil hablar de tu Hijo. Yo

Yo debo hacerme violencia a mí misma, para hablar de él. 

Pero también, ¡Cuánto bien o cuanto dolor, me puede venir al hablar de esto!

Y aunque me sea doloroso, me servirá de alivio el haber hablado

Aquella mujer de Betsur casi enloqueció por la muerte de sus hijos, ¿No es verdad?

Pero yo te juro que he pensado a veces… 

Y pienso al ver a mi Judas, que es hermoso, sano e inteligente;

pero que no es bueno, ni virtuoso, ni de corazón recto; tampoco sano de sentimientos, ni de pensamientos limpios;…

He pensado y pienso, que preferiría llorarlo muerto; a saber que Dios no lo quiere.

¡Tú dime!, ¿Qué piensas de mi hijo? Sé franca.

Hace más de un año que me quema el corazón esta pregunta. 

Pero, ¿A quién puedo dirigirme?

¿A los vecinos de Keriot?:

No sabían todavía de la presencia del Mesías entre nosotros y que Judas quería ir con Él.

Yo sí lo sabía, porque me lo había dicho en el viaje de regreso de la Pascua

Exaltado y violento, como siempre que se apodera de él, un capricho. 

Y como siempre, sin interés alguno por los consejos de su madre.

¿A sus amigos de Jerusalén?

Me detenía una santa prudencia y una piadosa esperanza.

No les podía decir a esos, a los que no puedo amar porque son todo; menos santos: 

¿Judas sigue con el Mesías?’

Y esperaba que su capricho se le pasase como otros tantos.

Como todos, aunque costase lágrimas y tristezas.

Como lo han sido más de una jovencilla que aquí y muchas en otras partes…

A las que ha enamorado y luego, no tomó por esposa a ninguna de ellas… 

¿Sabes que hay lugares a donde no puede ir; porque podría encontrar un castigo justo?

Aún el pertenecer al Templo fue un capricho

No tiene la devoción de un verdadero sacerdote creyente. 

Tampoco tiene la fe necesaria, para servir verdaderamente a Dios.

No se sabe lo que quiere, jamás.

Su padre, Dios lo perdone; lo echó a perder

Jamás tuvo valor mi voz  y mi opinión no ha contado nunca nada, para los dos hombres de mi casa.

Me ha tocado siempre llorar y reparar, nada más, con todo tipo de humillaciones…

Cuando murió Juana y aunque nadie lo diga; sé que murió de dolor cuando después de haber esperado toda su juventud,

 Judas dijo claro que no quería casarse. 

Mientras que por otra parte se sabía en Jerusalén, que había mandado a unos amigos suyos;

para pedir la mano de una mujer rica, hija de una familia propietaria de una red comercial hasta Chipre.

Yo tuve que llorar mucho por los reproches de la madre de la joven muerta;

como si yo hubiese sido cómplice de mi hijo

¡No! ¡No lo soy! 

Y tampoco valgo nada ante sus ojos.

El machismo equivocado y una ignorancia bestial, lo han convertido en un semental…

Y desprecia a las mujeres; pues está convencido, que por el solo hecho de serlo;

somos las causantes de todas las desgracias que agobian a nuestro pueblo.

Esa fue la verdadera herencia de Simón, el sacerdote de Keriot;

para nuestra ruina…

El año pasado cuando estuvo aquí el Maestro, comprendí que Él se había dado cuenta…

Y quise hablarle… pero es doloroso…

Mucho muy doloroso para una madre tener que decir:

“¡Atento a mi hijo! ¡No te confíes de él!

Es un avaro, duro de corazón, ambicioso, soberbio, lujurioso y vicioso; como todos los amigos con los que se junta…

Prepotente, mentiroso, cínico; malicioso,  muy egoísta, mimado;

caprichoso, celoso, envidioso, cruel; inconstante y voluble.” 

Judas es todo esto… y más.

La soberbia es como un portón enorme, abierto para que los espíritus satánicos, vivan en el interior del poseso, completamente a sus anchas…

Mi hijo es esto. Yo..

Yo… yo pido un milagro. 

Tu Hijo es el Mesías. Nuestro Dios Encarnado. 

Yo ruego porque tu Hijo que hace tantos milagros; haga uno en mi hijo Judas…

Pero tú…tú…

¡Oh! Tú, dime: 

¿Qué piensas de él?…

María, que ha estado siempre callada y con expresión de un dolor comprensivo ante estas quejas maternales;

este lamento materno, cuyo fundamento su recto corazón no puede desmentir, hablando con gran dulzura,

dice despacio:

–     ¡Pobre madre!…

¿Qué pienso?…

Sí, tu hijo no es esa alma cristalina que es Juan, ni el manso y dulce Andrés;

ni el fuerte Mateo, que ha querido cambiar y ha cambiado.

Es… inconstante, sí.

¡Es así! Pero rogaremos mucho por él…

Tú y yo. No llores.

Tal vez llevada por tu amor de madre;

quisieras poder enorgullecerte de tu hijo y lo ves más deforme de cómo es…

María de Simón replica convencida:

–    ¡No!… 

¡Oh, no, no!…  Estoy en lo cierto y tengo mucho miedo…

El aire se llena con los gemidos de la madre de Judas.

Y en la penumbra se distingue el blanco rostro de María más pálido que nunca;

ante esta confesión materna, que confirma todos sus temores…

Pero se domina…  

Y atrae a sí, a la infeliz madre y la acaricia.

Mientras ésta, con todos los diques del control completamente rotos… 

Cuenta confusa y angustiosamente; todas y cada una de las durezas, exigencias y violencias de Judas….

Y termina diciendo:

–     Me avergüenzo de él, cuando tu hijo me da muestras de amor.

No se las pido.

Estoy segura que además de su Bondad; las hace para decir con ellas a Judas:

“Acuérdate que de este modo, es como se trata a una madre.”

Ahora parece muy bueno… ¡Oh! ¡Si fuese verdad!

Ayúdame con tus oraciones, tú que eres santa, para que mi hijo no sea indigno de la gracia inmensa, que Dios le ha concedido.

Si no me quiere amar, ni sabe ser agradecido conmigo que lo dí a  luz y lo alimenté para criarlo; no me importa.

Pero quiero que realmente sepa amar a Jesús.

Que sepa servirle con fidelidad y reconocimiento.

Si esto no sucediese, entonces…

Entonces que Dios le quite la vida. 

Prefiero tenerlo en el sepulcro…

Finalmente lo tendría.

Porque desde que tuvo uso de razón, ha sido muy poco mío. 

Es mejor muerto, antes que un mal apóstol.

¿Puedo pedir a Dios así?

¿Tú que dices?…

María la mira con una infinita compasión…

Y le dice:

–     Ruega al señor que haga lo mejor.

No llores más.

He visto prostitutas y gentiles a los pies de mi Hijo.

Y con éstos, a publicanos y pecadores…

Todos se han convertido en corderos por su Gracia.

Espera, María. Ten confianza.

Las penas de las madres, salvan a los hijos.

¿No lo sabías?…

Y con esta compasiva pregunta cesa todo.