185 UN EXORCISMO DIFERENTE


185 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Empieza el ocaso.

Betsur se muestra en lo alto de su colina y por el camino de segundo orden que los peregrinos han tomado

para ir a la ciudad, aparecen los rebaños y los pastores que vienen rápidos a su encuentro.

Cuando Elías ve que en el grupo está también María, levanta los brazos con gesto de asombro y se queda así, sin atreverse a creer en lo que ve.  

María lo saluda: 

–     La paz sea contigo, Elías.

Sí, soy yo. Era una promesa y en Jerusalén no ha sido posible vernos…

Pero… no te preocupes, lo importante es que ahora nos vemos – dice dulcemente María.

Elías no sabe qué decir.

–    !Oh! ¡Madre! ¡Madre!…

A1 final encuentra las palabras

–     Ahora celebro mi Pascua.

Es igual… incluso mejor…

Sus compañeros pastores Leví y José,

confirman: 

–     ¡Claro que sí, Elías! 

–     Hemos hecho una buena venta y podemos matar un corderito.  

Elías suplica: 

–    Venid a nuestra pobre mesa… 

Jesús dice: 

–     Hoy estamos cansados.

Mañana. Escuchad: ¿Conocéis a una cierta Elisa, casada con Abraham de Samuel?

–     Sí.

Está en su casa de Betsur.

Pero Abraham ha muerto.

Y el año pasado murieron también sus hijos:

El primero por una enfermedad que duró pocas horas, nunca se ha sabido de qué murió.

El otro fue lentamente, pero nada logró detener el mal.

Nosotros le dábamos leche de cabra primeriza, porque los médicos decían que le servía al enfermo.

Bebía mucha leche recogida de todos los pastores, pues la pobre madre había pedido que localizaran a quienes tuvieran en el rebaño una cabra lechal.

Pero no sirvió de nada.

Cuando volvimos al llano, el joven ya no tomaba alimento y cuando volvimos en Adar, había muerto desde hacía dos lunas.  

María exclama: 

–    ¡Pobre amiga mía!

En el Templo me tenía amor…

Incluso éramos un poco parientes en nuestros antecesores…

Era buena…

Salió dos años antes que yo del Templo para casarse con Abraham, a quien estaba prometida desde su infancia.

Me acuerdo de ella, cuando vino para ofrecer a su primogénito al Señor.

Me avisó, no sólo a mí…

Pero luego quiso estar un tiempo conmigo a solas…

Ahora está sola…

¡Debo apresurarme, para consolarla!

Vosotros quedaos aquí. Voy con Elías.

Entraré sola.

El dolor exige un ambiente respetuoso… 

Jesús inquiere:

–    ¡¿Yo tampoco, Madre?!

–     Tú siempre.

Pero los demás…  

María dice a Margziam:

Ni siquiera tú pequeñuelo, porque sería un dolor para ella.

¡Ven, ven, Jesús!  

Jesús ordena a todos: 

–     Esperadnos en la plaza del pueblo.

Buscad un alojamiento para la noche.

Adiós.

Y sólo con Elías, Jesús y su Madre caminan hasta una casa grande, completamente cerrada y silenciosa.

El pastor llama con su cayado.

Una sierva asoma su cabeza por una pequeña ventana y pregunta que quién ha llamado.

María se adelanta,

y responde:

–     María de Joaquín.

Y su Hijo, de Nazaret. Díselo a la señora».

–     Es inútil.

No quiere ver a nadie.

No hace sino llorar esperando la muerte.

–     Inténtalo.

–     No.

Ya sé cómo me va a rechazar si trato de distraerla.

No quiere a nadie a su lado, no quiere ver a nadie, no quiere hablar con nadie; sólo habla con el propio recuerdo de sus hijos. 

María dulcemente imperiosa:

–     Ve, mujer.

Te lo ordeno.

Dile: “Está afuera la pequeña María de Nazaret, la que era como una hija para ti en el Templo…”.

Opresión diabolica, causante de obsesiones y compulsiones...

Verás como me quiere recibir

La depresion es opresión diabólica sobre el alma, ejercida por un ángel caído que atormenta implacable, para llevar al alma a la desesperación.  

De esta forma dominarle y hacer que cometan suicidio u homicidio, culminando con una total destrucción a su alrededor y provocando también mucho daño colateral… 

que atormenta con el espíritu de la tristeza, cuyo objetivo es sumergir en la desperación…

La mujer se marcha meneando la cabeza.

María explica a su Hijo y al pastor:

–     Elisa era bastante mayor que yo.

Estaba en el Templo esperando el regreso de su prometido, que había ido a Egipto por asuntos de una herencia;

por eso estaba en el Templo hasta una edad no común.

Tiene casi diez años más que yo.

Las maestras acostumbraban a asignar a las pequeñas, a alumnas adultas para que las guiaran…

Ella fue mi compañera-maestra.

Era buena y…

¡Ah, ahí está la mujer!

Efectivamente, la sirvienta ha vuelto sin pérdida de tiempo.

Muy asombrada, ha abierto de par en par la puerta de la entrada,

diciendo:

–     ¡Entra, entra!

Luego bajando la voz, añade:

–    «Bendita seas por hacerla salir de esa habitación».

Elías se despide de María y su Hijo, que entran. 

La mujer mueve la cabeza objetando: 

–     Pero este hombre, verdaderamente…

¡Sería inhumano!… ¡Tiene la edad de Leví!…

–     Déjalo entrar.

Es mi Hijo y la consolará más que yo.

La mujer se encoge de hombros y los precede por el largo corredor de una casa que es bonita, pero se siente invadida por la tristeza…

Todo está limpio, mas todo parece muerto…

Una mujer alta, aunque camina curvada, vestida de oscuro, viene hacia ellos en la penumbra del vestíbulo.  

María mientras corre a su encuentro diciendo:

–     ¡Elisa, amiga mía, soy María!

Y la abraza.

–     ¡María! Tú…

Creía que habías muerto tú también.

Me habían dicho… ¿Cuándo?…

No me acuerdo…

Tengo un vacío en la memoria.

Me habían dicho que habías muerto junto a otras muchas madres después de la visita de los Magos.

Pero, ¿Quién me ha dicho que eras la Madre del Salvador?

–     Quizás los pastores…

–     ¡Oh, los pastores!

La mujer rompe a llorar angustiosamente.

–     No pronuncies esa palabra.

Me recuerda la última esperanza para la vida de Leví…

De todas formas… sí… un pastor me habló del Salvador.

Yo maté a mi hijo llevándolo al Jordán, al lugar en que se decía que estaba el Mesías; allí no había nadie… 

Y mi hijo volvió justo para morir…

El cansancio, el frío… yo lo maté…

A pesar de que no lo hice con voluntad asesina.

Me decían que el Mesías curaba las enfermedades…

Por eso lo llevé…

Ahora mi hijo me acusa de haberlo matado…

María, usando el Carisma de Discernimiento por su caridad con el prójimo,

en el mundo espiritual y material…

–     No, Elisa.

Es tu pensamiento. Escúchame.  

Yo pienso por el contrario, que tu hijo me ha tomado realmente de la mano y me ha dicho:

“Ve a ver a mi querida madre. Lleva contigo al Salvador.

Yo estoy aquí mejor que en la tierra, pero ella lo único que oye es su llanto, no puede oír las palabras que le susurro entre besos.

¡Pobre mamá, está como poseída por un demonio!

Que la tienta llevándola a la desesperación, porque quiere separarnos!

Sin embargo, si se resigna y cree que Dios todo lo hace para bien…  

Estaremos unidos para siempre, con mi madre y mi hermano. Jesús puede hacerlo”.

Y he venido… con Él…

¿No quieres verlo?…

María ha hablado a la desdichada mujer, sosteniéndola entre sus brazos.

Y la besaba en su pelo gris con una dulzura, que sólo Ella puede tener.

–     ¡Ojalá fuera verdad! 

Pero si es así, ¿Por qué no fue Daniel a decirte que vinieras antes?…

¿Quién me dijo hace tiempo que habías muerto? No me acuerdo… no me acuerdo…

Esto fue también motivo  para que yo esperase quizás demasiado a ir al Mesías.

Es que habían dicho que había muerto Él, tú, todos en Belén…

–     No te preocupes en recordar quién te lo dijo.

Ven, mira aquí está mi Hijo.

Acércate a Él. Contenta a tus hijos y a tu María.

¿No te das cuenta de que sufrimos al verte así?

María la lleva a Jesús, que se había puesto en un ángulo oscuro y que sólo ahora se acerca a ellas;

hasta una lámpara que la  sierva  había colocado sobre una alta arca.

La pobre madre levanta la cabeza…

Jesús tiende hacia ella sus manos con un gesto de acogida que es todo amor.

La desdichada combate consigo misma un poco y le confía sus manos. 

A continuación de golpe, se abandona sobre el pecho de Jesús…

Y dice gimiendo:

–     ¡Dime que no soy culpable de la muerte de Leví, dímelo!

¡Dime que no los he perdido para siempre! ¡Dime que pronto estaré con ellos!…

Jesús la estrecha en el círculo de sus brazos, 

diciéndole: 

–     Sí, sí.

Escúchame.

Ellos exultan ahora que estás en mis brazos.

Iré pronto a ellos.

¿Qué les voy a decir?

¿Que no aceptas con resignación la voluntad del Señor?

Jesús bajó al Infierno, para llevar al Cielo a los que murieron y lo esperaban en le Limbo…

¿Tendré que decir esto?

¿Van a tener que quedar en mal lugar las mujeres de Israel…?

¿Las mujeres de David tan fuertes y prudentes?

No. Sufres pero es porque has sufrido sola. Tu dolor y tú, tú y el dolor. Así no puede soportarse.

¿No recuerdas las palabras de esperanza a nuestros difuntos?:

“Os sacaré de los sepulcros y os conduciré a la tierra de Israel y sabréis que Soy el Señor;

cuando abra vuestras tumbas y os saque de vuestros sepulcros.

Cuando infunda en vosotros mi espíritu viviréis”. 

La tierra de Israel, para los justos que se han dormido en el Señor, es el Reino de Dios:

Yo lo abriré y se lo daré a los que esperan.

–     ¿También a mi Daniel?

¿También a mi Leví?…

¡Le daba verdadero horror la muerte!…

No podía pensar siquiera en el hecho de estar lejos de su madre.

Por eso yo quería morir para estar a su lado en el sepulcro…

–     No estaban en el sepulcro con su parte viva, sino con las cosas muertas que no podían oírte.

Ellos están en el lugar de espera…

–     ¿Pero existe ese lugar?

En el Purgatorio sufrimos el Getsemaní y el Calvario SIN PALIATIVOS, TAL COMO LO SUFRIÓ JESÚS, por nuestra NEGATIVA TERRENAL a cooperar en La Redención

¡Oh, no te escandalices de mí, que mi memoria se ha disuelto en el llanto!

Tengo la cabeza henchida del sonido del llanto y de los estertores de mis hijos.

Esos estertores! ¡Esos estertores!…

Me han disuelto el cerebro.

Sólo tengo esos estertores aquí dentro…

–     Pues Yo te meteré ahí las palabras de la vida.

Sembraré la Vida, porque Yo soy Vida, donde ahora hay fragor de muerte.

Ten presente al gran Judas Macabeo, que quiso que se ofreciera un sacrificio por los muertos,

pensando acertadamente que están destinados a resucitar y que hay que adelantarles la paz con oportunos sacrificios.

Si Judas Macabeo no hubiera estado seguro de la resurrección,

¿Habría orado por los muertos?

Jesús bajó al Infierno, el Viernes Santo para sacar del Limbo a los que murieron en la justicia y no merecían estar allí..

¿Habría hecho que oraran por ellos?

Él, como está escrito, pensó que a los que mueren píamente, les está reservada una gran recompensa.

Elisa con su cabeza ha asentido a las palabras de Jesús, mientras cita las Escrituras…

Y sin duda, así murieron tus hijos.

¿Ves como a asientes?

Pues Yo te digo que no te desesperes.

Antes al contrario, ruega por tus muertos, para que sus pecados sean cancelados antes de mi llegada.

Si es así, sin mediar un instante de espera irán conmigo al Cielo, porque Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.

Y digo la Verdad a quien cree en mi Verdad y me sigue, le guío y le doy Vida.

Dime, ¿Tus hijos creían en la venida del Mesías?

–     Sí, sin duda, Señor.

Esta fe la habían aprendido de mí.

–     ¿Y Leví creía posible su curación por un acto de mi voluntad?

–     Sí, Señor.

Teníamos puesta en Tí nuestra esperanza, pero… no ha servido…

Y ha muerto desconsolado después de tanta esperanza…

El llanto de la mujer toma nueva fuerza.

Es más sereno, pero a pesar de la serenidad más desolado ahora,

que en la vehemencia de antes.

–     No digas que no ha servido.

Quien cree en Mí aunque haya muerto, vivirá eternamente…

Declina la tarde, mujer.

Voy con mis apóstoles. Te dejo a mi Madre…

–     ¡Quédate Tú también!…

Tengo miedo a que si te marchas, me invada de nuevo ese tormento…

Ahora, con el sonido de tus palabras, está levemente empezando a calmarse la tempestad…

–     ¡No temas

Tienes a María contigo.

Mañana vuelvo. Tengo que decir algunas cosas a los pastores.

¿Puedo decirles que vengan aquí a tu casa?…

–     Sí, claro!

Venían también el año pasado, por mi hijo…

Detrás de la casa hay un huerto y más allá, un patio rústico.

Pueden estar allí, como hacían cuando venían para que los rebaños estuvieran recogidos…

–     De acuerdo.

Vendré. Sé buena.

Recuerda que en el Templo María estaba bajo tu tutela; te la confío también esta noche.

–     Sí.

Ve tranquilo. Cuidaré de ella…

Tendré que pensar en que cene y descanse…

¡Cuánto tiempo hace que no pienso en estas cosas!

María, ¿Quieres dormir en mi habitación, como hacía Leví durante su enfermedad?

Yo en la cama de mi hijo, tú en la mía. Me parecerá volver a oír su respiro ligero…

Tenía siempre cogida mi mano…

–     Sí, Elisa.

Y antes hablaremos de muchas cosas.

–     No.

Estás cansada.

Tienes que dormir.

–     Tú también…

–     Hace meses que no duermo…

Lloro… lloro… No sé hacer otra cosa…

–     Esta noche no será así.

Esta noche vamos a orar y luego nos iremos a la cama. Y dormirás…

Dormiremos cogidas de la mano también nosotras dos.

Ve Hijo y ora por nosotras…

–     Os bendigo.

¡La paz sea con vosotras y permanezca en esta casa!

Y Jesús se marcha acompañado de la sirvienta, que se ha quedado de piedra y no hace sino que repetir:

–     ¡Qué milagro, Señor, qué milagro!

Después de tantos meses, ha hablado, ha pensado…

¡Oh, qué cosa!…

Decían que moriría loca…

Y a mí me daba pena, porque es buena.

–     Sí, es buena.

Por eso Dios la ayudará.

Adiós, mujer. Paz también a ti.

Jesús sale a la semioscuridad de la calle y todo termina.

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