301 FUNDACIÓN DEL REINO


301 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

¡Creía El que no lo conocían!

Cuando al día siguiente por la mañana pone pie fuera del edificio de uso de Alejandro,

encuentra ya personas que lo están esperando.

Jesús sale sólo con los apóstoles.

Las mujeres y los discípulos se quedan en casa, descansando.

La gente lo saluda y lo rodea.

Le dicen que lo conocen por lo que de Él dijo uno que había sido curado de los demonios

y que ahora no está porque se había puesto en camino con dos discípulos que habían pasado

por la ciudad unos días antes.

Jesús escucha benignamente todas estas cosas, mientras anda por esta ciudad,

que muestra muchas zonas sobre las que se abate, febril, un verdadero fragor de talleres:

albañiles construyendo; cavadores rebajando o colmando desniveles; canteros desbastando

piedras para las murallas; herreros trabajando el hierro para este o aquel uso;

carpinteros serrando, cepillando, sacando palos de gruesos troncos.

Jesús pasa y mira, cruza un puente construido para salvar un pequeño torrente cantarín

que pasa exactamente por el centro de la ciudad.

 Las casas aquí están alineadas a ambos lados;

con pretensiones de formar una avenida a lo largo del río.

Luego hacia la parte alta de la ciudad, cuyo plano está un poco en desnivel,

siendo así que el lado sudoeste es más alto que el lado nordeste,

pero ambos están más altos que el centro de la ciudad,

dividido en dos por el  pequeño curso de agua.

Hay una vista bonita desde el sitio en que se ha detenido Jesús

Toda la ciudad, bastante grande, se muestra al  observador.

Detrás, por los lados de oriente, meridión y occidente, hay una herradura de suaves colinas

enteramente verdes.

Hacia el norte la mirada se extiende por una llanura abierta y vasta, que en el horizonte muestra

una elevación del terreno, tan ligera que no puede llamarse colina, toda dorada de un sol

matutino que pone preciosas las pámpanas amarillentas de las vides que cubren esta

ondulación del terreno, como queriendo mitigar la melancolía de las hojas que agonizan

con el fasto de una pincelada de oro.

Jesús observa.

La gente de Gerasa lo mira.

Jesús se los conquista diciendo:

–         Esta ciudad es muy bonita.

Hacedla bonita también en justicia y santidad.

Dios os ha dado las colinas, el arroyo, la verde llanura.

Roma os ayuda ahora a haceros casas y edificios bellos.

Pero depende solamente de vosotros el dar a vuestra ciudad el nombre de ciudad santa y justa.

La ciudad es como la hacen sus habitantes.

Porque la ciudad es una parte de la sociedad recintada dentro de sus murallas;

pero quien hace la ciudad son los ciudadanos.

La ciudad en sí misma no peca.

No puede pecar el arroyo, ni el puente ni las casas ni las torres; son materia, no alma.

Pero sí pueden pecar los que están dentro del recinto amurallado de la ciudad, en las casas,

en las tiendas, los que pasan por el puente, los que se bañan en el arroyo.

Se dice de una ciudad facciosa y cruel:

“Es una ciudad pésima”.

Pero está mal dicho.

No es la ciudad, los que son pésimos son los ciudadanos.

Los individuos, que forman, uniéndose, una cosa múltiple, pero al mismo tiempo una cosa

individual, que se llama “ciudad”.

Escuchad.

Si en una ciudad diez mil habitantes son buenos y sólo mil no lo son,

¿Podría decirse que esa ciudad es mala? No se podría decir.

De la misma forma: si en una ciudad de diez mil habitantes hay muchos partidos

y cada uno de ellos tiende a beneficiar al propio,

¿Se puede seguir diciendo que esa ciudad está unida?

No se puede decir.

¿Y creéis que esa ciudad será próspera? No lo será.

Vosotros, habitantes de Gerasa, estáis ahora todos unidos con el propósito de hacer de vuestra

ciudad una cosa grande.

lo lograréis, porque todos queréis lo mismo

y cada uno trata de superar al otro en conseguir este fin.

Pero si mañana entre vosotros surgieran partidos distintos y uno dijera:

“No, mejor es extenderse hacia el occidente”,

y otro partido:

“De ninguna manera.

Nos extenderemos hacia el norte, que está la llanura”,

Y un tercero: “Ni hacia aquí ni hacia allá. Todos queremos estar concentrados en el centro,

cerca del arroyo”,

¿Qué sucedería?

Pues que se pararían los trabajos ya empezados;

quienes prestan los capitales los retirarían, quienes tienen intención de establecerse aquí

se marcharían a otra ciudad en que los ciudadanos estuviesen más de acuerdo.

Y lo ya hecho, expuesto a las inclemencias del tiempo sin estar ultimado por causa de las

diatribas de los ciudadanos, se derrumbaría. ¿Es así o no?

Decís que es así, y es como decís.

Por tanto, hace falta concordia entre los ciudadanos para construir el bien de la ciudad,

y, como consecuencia, de los propios ciudadanos, porque en la sociedad el bien de ella redunda

en bienestar de quienes la componen.

Ahora bien, no sólo existe la sociedad cual vosotros la pensáis, la sociedad de los ciudadanos,

de los miembros de la misma patria; o la pequeña y amada sociedad de la familia.

Existe una sociedad más grande, infinita: la de los espíritus.

Todos nosotros, que vivimos, tenemos un alma.

Esta alma no muere con el cuerpo, sino que a la muerte del cuerpo sigue 

viviendo, eternamente.

Idea del Creador Dios, que ha dado al hombre el alma;

era que todas las almas de los hombres se reunieran en un único lugar: el Cielo,

constituyendo el Reino de los Cielos, cuyo monarca es Dios y cuyos súbditos bienaventurados

serían los hombres tras una vida santa y una plácida dormición.

Satanás vino a dividir y a crear desorden, a destruir y a afligir a Dios y a los espíritus.

E introdujo el pecado en los corazones, y, con el pecado, acarreó la muerte al cuerpo al final de

la existencia, con la esperanza de dar muerte también a los espíritus.

La muerte de los espíritus es la condenación, que es un seguir existiendo, sí,

pero con una existencia privada de aquello que es verdadera vida y júbilo eterno:

de la visión beatífica de Dios y de su eterna posesión en las luces eternas.

Y la Humanidad se dividió en sus voluntades,

como una ciudad dividida por partidos contrarios.

Actuando así, encontró su ruina.

En otro sitio ya lo he dicho a quien me acusaba de expulsar a los demonios,

con la ayuda de Belcebú: “Todo reino dividido en sí mismo caerá”.

En efecto, si Satanás se echara a sí mismo de un lugar, caería con su tenebroso reino.

Yo, por el amor que Dios tiene a la Humanidad que ha creado,

he venido a recordar que sólo un Reino es santo: el de los Cielos.

Y he venido a predicarlo, para que los mejores acudan a él.

¡Oh, quisiera que todos lo hicieran, incluso los peores, convirtiéndose,

liberándose del demonio, que los tiene esclavizados, ora de forma evidente en el caso de las

posesiones que además de ser espirituales son corporales,

ora secretamente en el caso de las posesiones sólo espirituales!

29. Y se pusieron a gritar: «¿Qué tenemos nosotros contigo, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí para atormentarnos antes de tiempo?» Mateo 8

Por ello voy curando a los enfermos, arrojando demonios de los cuerpos poseídos,

convirtiendo a los pecadores, perdonando en nombre del Señor,

instruyendo para el Reino, obrando milagros para persuadiros de mi poder

y de que Dios está conmigo.

Porque no se pueden obrar milagros sin tener a Dios por amigo.

Por tanto, si arrojo a los demonios con el dedo de Dios, si curo a los enfermos,

limpio a los leprosos, convierto a los pecadores, si anuncio el Reino y lo propongo como meta

en nombre de Dios e instruyo para el Reino; si la condescendencia, clara e indiscutible, de Dios

está conmigo y solamente los enemigos desleales pueden decir lo contrario-, señal es de que

el Reino de Dios está ya entre vosotros y debe ser constituido,

porque ésta es la hora de su fundación.

¿Cómo se funda el Reino de Dios en el mundo y en los corazones?

Volviendo a la Ley mosaica o, si se ignora, con su conocimiento exacto. 

Y sobre todo, con la aplicación total de la Ley en uno mismo, en cada uno de los hechos y momentos de la vida.

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