616 Celos Maternales


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

470a Lección a una suegra sobre los deberes del matrimonio.

Otra vez escucha a una ancianita que, no sabiendo quién es Él le cuenta sus penas familiares;

causadas por una nuera que es una mujer gruñona y sin respeto.

Aunque se muestre compasivo con la viejecita…

Jesús la exhorta a ser paciente y a convencer con la bondad en orden a la bondad,

diciéndole:

–              Debes ser madre…

Aunque ella no se comporte contigo como hija.

Sé sincera:

Si en vez de tu nuera fuera tu hija…

¿Te parecerían tan graves sus defectos?

La viejecita piensa…

Y luego confiesa:

–              No…

Porque una hija es siempre una hija…

–             ¿Y si una hija tuya te dijera que en casa de su esposo la madre de él la maltrata…

Qué dirías?

–             Que es mala.

Porque debería enseñar los usos de la casa.

Cada casa tiene los suyos.

Con bondad, especialmente si la esposa es joven.

Yo diría que debería acordarse de cuando ella llevaba casada poco tiempo.

Y de la satisfacción que le daba el amor de su suegra…

Si había tenido tanta merced de encontrarla buena.

De lo que había sufrido si había tenido una suegra mala.

Y no hacer sufrir lo que no había sufrido.

O no hacer sufrir porque sabe lo que es sufrir.

¡Yo, está claro que defendería a mi hija!

–            ¿Cuántos años tiene tu nuera?

–            Dieciocho, Rabí.

Casada con Jacob desde hace tres.

–            Muy joven.

¿Es fiel a su marido?

–            ¡Oh, claro que sí!

Siempre en casa y todo amor por él, el pequeño Leví y la pequeña…

Pequeñísima Ana, como yo.

Ha nacido en Pascua…

¡Es preciosa!…

–           ¿Quién ha querido que se llamara Ana?

–            María.

Leví era el nombre del suegro y Jacob le ha puesto Leví al primogénito;

así que María, cuando ha tenido a la niña, ha dicho “A ésta el nombre de la madre».

–            ¿Y no te parece amor y respeto esto?

La anciana piensa…

Jesús insta:

–             Es honesta.

Toda ella para la casa, amorosa esposa y madre, solícita para darte una alegría…

Habría podido poner a la niña el nombre de su madre, pero le ha puesto el tuyo…

Honra tu casa con su conducta…

–             ¡Eso sí!

No es como la infame de Yisabel.

–             ¿Y entonces?

¿Por qué te quejas y levantas protestas contra ella?

¿No te parece que estás haciendo dos medidas…

Juzgando a tu nuera de forma distinta de como juzgarías a una hija?…

–             Es que…

Es que… ella me ha arrebatado el amor de mi hijo.

Antes era todo él para mí, ahora la quiere a ella más que a mí…

La eterna verdadera razón de los prejuicios de las suegras,

rebosa por fin del corazón de la ancianita, junto con las lágrimas que rebosan de los ojos.

–             ¿Tu hijo permite que te falte algo?

¿Te desatiende desde que está casado?

–             No.

No puedo decir eso.

Pero, en definitiva, ahora es de su mujer…

Y el llanto gime más fuerte.

Jesús sonríe serenamente, compasivo hacia la celosa viejecita.

Y dulce como siempre, no regaña.

Se muestra compasivo hacia el sufrimiento de la madre…

E intenta medicarla.

Apoya su mano en el hombro de la anciana como para guiarla, porque las lágrimas la ciegan,

quizás para hacerle sentir con su contacto tanto amor, que ella quede consolada y curada.

Y le dice:

–             Madre…

¿Y no es bueno que sea así?

Tu marido lo hizo contigo.

Y su madre lo…

No lo perdió como tu dices y piensas…

Lo tuvo menos para sí, porque tu marido repartía su amor entre su madre y tú.

Y el padre de tu marido a su vez, dejó de ser todo de su madre, para amar a la madre de sus hijos.

Y así sucesivamente, de generación en generación;

retrocediendo en los siglos hasta Eva, la primera madre que vio a sus hijos compartir con sus esposas,

el amor que tenían primero dedicado exclusivamente a sus padres.

¿Pero no dice el Génesis (Génesis 2, 23-24):

«He aquí por fin el hueso de mis huesos y la carne de mi carne…

El hombre dejará por ella a su padre y a su madre y se unirá a su mujer.

Y los dos serán una sola carne»?

Tú dirás: «Fue palabra de hombre».

Sí.

Pero ¿De qué hombre?

Estaba en estado de inocencia y de gracia.

Reflejaba por tanto sin sombras, la Sabiduría que le había creado.

Y conocía las verdades de la Sabiduría.

Por la Gracia y la inocencia poseía también los otros dones de Dios en medida plena.

Sometido el sentido a la razón, su mente no estaba ofuscada por emanaciones concupiscentes.

Por la ciencia proporcionada a su estado, decía palabras de verdad.

Era, pues, profeta.

Porque tú sabes que profeta quiere decir «aquel que habla en nombre de otro».

Y los profetas verdaderos, hablan siempre de cosas relativas al espíritu y al futuro,

aunque parezcan relacionadas con el tiempo presente y con la carne.

Es que en los pecados de la carne y en los hechos del tiempo presente,

están los gérmenes de los futuros castigos.

O los hechos del futuro tienen su raíz en un acontecimiento antiguo,

Por ejemplo, la venida del Salvador toma origen en la culpa de Adán.

Y los castigos de Israel, predichos por los profetas, tienen su germen en la conducta de Israel.

Así es que quien mueve sus labios a hablar de cosas del espíritu,

no puede ser sino el Espíritu Eterno, que todo lo ve en un eterno presente.

Y el Espíritu eterno habla en los santos, pues que no puede habitar en los pecadores.

Adán era santo, o sea, la justicia era plena en él.

Y en él estaban presentes todas las virtudes,

porque Dios a su criatura le había infundido la plenitud de sus dones.

Ahora, para llegar a la justicia y a la posesión de las virtudes,

mucho debe esforzarse el hombre, porque en él están presentes los fómites del mal.

Pero en Adán no estaban esos fómites;

antes al contrario, la Gracia le hacía inferior en poco a Dios su Creador.

La Gracia diviniza al hombre, pero el hombre  no es Dios.

Viene a ser semejante a Dios por participación, no por una naturaleza igual.

Por tanto, sus labios pronunciaban palabras de gracia.

Palabra veraz es, pues, ésta:

«El hombre dejará por la mujer al padre y a la madre; se unirá a su mujer y serán una sola carne»

Tan absoluto y verdadero es esto, que el Bonísimo, para consuelo de las madres y los padres,

puso luego en la Ley el cuarto mandamiento: «Honra a tu padre y a tu madre»

Mandamiento que no termina con las nupcias del hombre, sino que continúa después de ellas.

Primero instintivamente,

los buenos honraban a sus padres incluso después de haberlos dejado para crear una nueva familia.

A partir de Moisés es obligación de Ley.

Y ello para mitigar los dolores de los padres,

de quienes demasiadas veces se olvidaban sus hijos después de las nupcias.

Pero la Ley no ha anulado la palabra profética de Adán:

«El hombre dejará por la mujer al padre y a la madre”.

Era palabra justa y vive.

Reflejaba el pensamiento de Dios.

Y el pensamiento de Dios es inmutable, porque es perfecto.

Tú, madre, debes aceptar pues sin egoísmos, el amor de tu hijo por su mujer.

Y serás santa tu también.

Por lo demás, todo sacrificio recibe compensación ya en la Tierra.

¿No te es dulce besar a los nietos, hijos de tu hijo?

¿Y no te serán plácidas las altas horas y tu último sueño;

con un delicado, cercano amor de hija que tome el relevo de las que ya no tienes en casa?…

–             ¿Cómo sabes que mis hijas, todas mayores que el varón…

Están casadas o viven lejos?…

¿Eres Tú también profeta?

Eres Rabí.

Lo dicen los caireles de tu túnica,.

Y aunque no los tuvieras, lo dice tu palabra.

Porque hablas como lo haría un gran doctor.

¿Eres acaso, amigo de Gamaliel?

Ha estado aquí hace sólo dos días, anteayer.

Ahora no sé…

Con él estaban muchos rabíes.

Y muchos de sus discípulos, predilectos.

Pero Tú quizás es que llegas tarde.

–               Conozco a Gamaliel.

Pero no voy donde él.

En Yiscala no entro siquiera…

–               ¿Pero quién eres?

Cierto que un rabí.

Y hablas mejor incluso que Gamaliel…

–               Pues entonces haz lo que te he dicho.

Y tendrás paz.

Adiós, madre.

Yo continúo.

Tú entras claro, en la ciudad.

–              Sí…

¡Madre!…

Los otros rabíes no son tan humildes hacia una pobre mujer…

Sin duda la que te llevó es más santa que Judit;

si te ha dado este corazón dulce para todas las criaturas.

–              Santa es, en verdad.

–              Dime su nombre.

–              María.

–              ¿Y el tuyo?

–              Jesús.

–              ¡Jesús!…

El estupor ha dejado pasmada a la ancianita.

La noticia la paraliza y la deja clavada en donde la ha oído.

Jesús se despide con rapidez:

–             Adiós, mujer.

La paz sea contigo.

Jesús se marcha raudo, casi corriendo, antes de que ella vuelva en sí de su reflexión.

Los apóstoles le siguen al mismo paso, con un intenso batir de túnicas;

seguidos en vano por los gritos de la mujer,

que suplica:

–             ¡Deteneos!

¡Rabí Jesús!

¡Deténte!

Quiero decirte una cosa…

Aminoran el paso sólo cuando la espesura de los montes boscosos los ha ocultado de nuevo…

Y ya no se ve el camino…

Que a partir de este de herradura, conduce a Yiscala.

Bartolomé dice:

–             ¡Qué bien le has hablado a la mujer!

Santiago de Alfeo observa:

–             ¡Una lección de doctor!

Lo malo es que sólo estaba ella…

Pedro sentencia:

–             Quisiera no olvidar estas palabras…

Tomás dice:

–             La mujer ha comprendido.

O casi, después de tu Nombre…

Ahora va a hablar de ti en la ciudad…

Judas exclama:

–              ¡Con tal de que no pinche a las avispas y nos las lance!

Con optimismo, Andrés agrega:

–              ¡Estamos lejos ya!…

Y en estos bosques no se dejan huellas.

No nos molestarán.

A todos,

Jesús responde:

–              ¡Aunque nos molestaran!…

Es la paz lo que he reconstruido en una familia.

Moviendo la cabeza, Pedro dice:

–              ¡Pero cómo son, eh!

¡Las suegras son todas iguales!

Santiago de Zebedeo objeta:

–              No.

Hemos conocido suegras buenas.

¿Te acuerdas de la suegra de Jerusa de Doco?

¿Y la suegra de Dorca de Cesárea de Filipo?

Pensando que la suya es un tormento,

Pedro concede:

–              ¡Bueno sí, Santiago!…

Hay alguna buena…

Jesús indica:

–               Vamos a detenernos a comer.

Después descansamos.

Y llegaremos al pueblo del valle por la noche.

Se detienen en una verde y pequeña hondonada, que parece el interior de una gran concha

esmeraldina incrustada en el monte y abierta para ofrecer su paz a los peregrinos.

La luz es suave, a pesar de la hora, debido a los árboles, que altos y robustos,

forman sobre el prado una bóveda susurrante.

La temperatura es también suave por la brisa que corre en los montes.

Un pequeño manantial pone un hilo de plata entre dos rocas oscuras y canta en voz baja,

para perderse luego entre las tupidas hierbas, en un minúsculo lecho que ha excavado,

de la anchura de un palmo,

cubierto por entero por tallitos ondeantes por la brisa, en sus márgenes;

y luego baja, formando una cascada de muñeca, al escalón de abajo.

El horizonte, entre dos troncos robustos,

presenta una maravillosa vaporosidad de confín lejano,

hacia los montes del Líbano…

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