162 DIOS DEL SINAÍ


162 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Cuando están a la vista los campos de Yocana, el crepúsculo tiñe de un color anaranjado el cielo.  

Jesús dice:

–    Apresuremos el paso amigos, antes de que se meta el sol.  

Cuando llegan a un determinado punto…

Jesús empieza dando instrucciones a sus apóstoles:

A Judas le dice:

–    Entrega a Miqueas la cantidad de dinero suficiente para que mañana pueda restituir lo que hoy ha pedido prestado a los campesinos de esta zona.

A Andrés y a Juan y los manda a dos puntos diversos, desde donde se puede ver el camino que viene de Yizreel.

A Pedro y a Simón les manda que salgan al encuentro de los campesinos de Doras, con la indicación de detenerlos en la zona divisoria de las dos propiedades.

A Santiago y a Tadeo:

–      Tomad las provisiones y venid.

Y se adelanta.

Entretanto, Jesús camina más despacio, mirando a su alrededor para ver si hay algún campesino de Yocana…

Mas sólo se ven los fértiles campos con las espigas ya bien formadas. 

Por fin, de entre la frondosidad de las parras, se destaca un rostro sudoroso,

al tiempo que exclama con un grito:

–     ¡Oh, Señor bendito!

Y el campesino sale corriendo del viñedo para postrarse ante Jesús.  

El Maestro lo mira y le dice:

–    La paz sea contigo, Isaías.

El hombre lo mira sorprendido:

–     ¡Oh! ¡Te acuerdas de mi nombre!   

–     Lo llevo escrito en el corazón.

Levántate. ¿Dónde están los otros compañeros?

–     Allá, en los manzanares.

Ahorita les voy a avisar. Eres nuestro Huésped, ¿Verdad?

No está el patrón y podemos hacer una fiesta. ¡Imagínate! Este año nos concedió el cordero y vamos a ir al Templo.

Sólo nos dio seis días… Pero corriendo llegaremos. ¡Y todo gracias a Ti!…

El rostro del hombre rebosa de alegría…

Pues es la primera vez que lo tratan como humano y como israelita.

Jesús contesta sonriente:

–    Que Yo sepa, no he hecho nada

–    ¡Eh! ¡La hiciste!

Doras… los campos de Doras… y ahora éstos al revés. ¡Tan hermosos este año!

Yocana el Saduceo, se enteró de tu venida. No es tonto. ¡Tiene mucho miedo!…

–    ¿De qué cosa?

–    Miedo de que le suceda lo mismo que a Doras.

El hombre dice esto en voz baja, pero remarcando las palabras, como quien estuviera confiando una cosa tremenda en secreto.

De morirse y de perder todo. ¿Has visto los campos de Doras?

–    Vengo de Naím.

–    Entonces no los has visto…

Dan lástima. ¡Están todos destruidos!

Totalmente devastadas!: 

Nada de heno. Nada de pienso. Nada de cereales. Nada de fruta. Todos los árboles frutales y los viñedos están secos. Muertos…

¡Todo muerto como en Sodoma y Gomorra!…

Ven. Te los mostraré…

–    No es necesario.

Voy con aquellos trabajadores…

–    ¡Ya no están!…

¿No lo sabías?… Doras el hijo de Doras; los ha regado o despedido.

A los que dispersó por otros lugares de la campiña, les ha prohibido que hablen de Ti… so pena de latigazos…

¡Oh! ¡No hablar de Ti!… ¡Será difícil!

También Yocana nos lo ha dicho…

–    ¿Qué les dijo?

–    Dijo: ‘Yo no soy tan necio como ese Doras.

Y no les prohíbo que habléis del Nazareno. Sería inútil, porque de todos modos lo haréis y no quiero perderos; ni acabaros como animales brutos a latigazos.

Yo de mi parte os digo: ‘Sed buenos como el Nazareno os enseña y decidle que os trato bien. Tampoco quiero ser yo maldecido.

Él comprende qué bien están estos campos, después de que los bendijiste y lo que ha pasado con esos, que maldijiste…

Llegan Pedro y Andrés:

–    ¡Oh, Maestro!

–     ¡No hay nadie!

Todos son caras nuevas.

–    Y todo está asolado.

En realidad sería mejor que ni hubiera trabajadores.

–    Está peor que el valle de Sidim en el Mar Salado…

Jesús contesta:

–    Lo sé.

Me lo ha dicho Isaías.

–    Pero ven a ver…

¡Qué espectáculo!…

Jesús quiere dar gusto a Pedro,

y dice a Isaías:

–     Entonces me quedaré con vosotros.

Dilo a tus compañeros. Pero no os molestéis. Yo tengo comida.

Nos basta con un poco de heno, para acostarnos a dormir y vuestro cariño.

Vengo pronto.

El espectáculo de los campos de Doras, es sencillamente devastador.

Campos y pastizales secos y sin nada.

Los viñedos, áridos.

El follaje acabado.  

Y la fruta de los árboles perforada con millares de animaluchos.

Cerca de la casa, el jardín que estaba lleno de árboles exuberantes, presenta el mismo aspecto desértico, de bosque aniquilado.  

Los trabajadores andan arrancando hierbas, pisoteando orugas, caracoles, lombrices.  

Sacuden las ramas y debajo de ellas, en recipientes llenos de agua caen las mariposas y los parásitos que cubren las hojas…

Y que están chupando las plantas hasta hacerlas morir.

Buscan un signo de vida en los sarmientos de las vides… 

 Los viñedos se desbaratan al tocarlos y caen como si se les hubiese cortado desde la raíz.

El contraste con los campos de Yocana es increíble.

Siendo así que la desolación de los campos maldecidos aparece aún más violenta,

si se compara con la fertilidad de estos otros.

Admirado, Zelote dice entre dientes:

–    El Dios del Sinái tiene la mano pesada.

Jesús hace como si quisiera decir:

Aquí Estoy’

Pero no dice nada y solamente pregunta:

–   ¿Cómo ha sucedido?

Un trabajador le responde:

–   Topos, langostas, gusanos.

Pero vete… El vigilante es fiel a Doras. No nos perjudiques…

Jesús suspira profundamente…

Y se vuelve para retirarse…

Otro de los campesinos, que está encorvado recalzando un manzano con la esperanza de salvarlo,

le dice:

–   Iremos mañana a donde estás.

Cuando el vigilante se vaya a Yezrael para orar… Iremos a la casa de Miqueas…

Jesús los bendice con un ademán y se va.

Cuando regresa al crucero…

Ya se han reunido todos los trabajadores de Yocana.

Muy felices rodean amorosos a su Mesías y lo llevan hasta sus casuchas.

Le preguntan:

–   ¿Viste lo que hay allá?

Jesús contesta:

–   Lo he visto.

Mañana vendrán los labradores de Doras.

–   ¡Claro!…

Mientras las hienas están en oración.

Cada sábado lo hacemos así.  Y hablamos de Ti, de lo que nos enseñó Jonás.

Por Jonás, por Isaac, que viene a menudo a vernos y por tus palabras de Tisri.

Hablamos como sabemos, porque lo que no se puede hacer es no hablar de Tí.  

Y más se habla cuanto más se sufre y cuanto más lo prohíben

–     Aquellos pobrecillos…

Beben la vida todos los sábados…

Pero, ¡Cuántos en esta llanura tienen necesidad de saber, al menos saber de Tí y no pueden venir hasta aquí!…

–     Me ocuparé también de ellos.

En cuanto a vosotros, benditos seáis por lo que hacéis.

El sol declina mientras Jesús entra en una ahumada cocina. Comienza el reposo sabático.

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