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349 UN REINO PARA TODOS


349 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

El camino que de Fenicia viene hacia Tolemaida es hermoso.

Corta, muy derecha, la llanura que hay entre el mar y los montes.

Y es muy transitado (por cómo está mantenido).

A menudo cortado por caminos menores, que de los pueblos del interior van hacia

los de la costa, ofrece numerosos cruces, sobre los cuales generalmente hay una casa,

un pozo y un rudimentario taller de herrador,

para los cuadrúpedos que puedan necesitar herraduras.

Jesús, con los seis que se han quedado con El, recorre un buen trecho de camino,

viendo siempre las mismas cosas.

Al final se detiene junto a una de estas casas con pozo y taller de herrador,

en una bifurcación, junto a un torrente por encima del cual pasa un puente,

que siendo fuerte pero de una anchura que apenas si da para el paso de un carro,

hace que tengan que detenerse los que van o los que vienen,

porque las dos corrientes opuestas no podrían pasar al mismo tiempo.

Y ello da ocasión a los transeúntes de razas diversas fenicios e israelitas que se odian

recíprocamente, de aunarse en una única intención: imprecar contra Roma…

Pero sin Roma no tendrían ni siquiera ese puente y con el torrente colmado,

no habrían podido pasar.

¡Pero bueno… al opresor siempre se le odia, aunque haga cosas útiles!

Jesús se para junto al puente, en el ángulo lleno de sol en que está la casa.

El maloliente taller de herrador está en el lado de la casa paralelo al torrente;

en él se están forjando herraduras para un caballo y dos asnos, que las han perdido.

El caballo está enganchado a un carro romano.

En el carro hay unos soldados que, poniendo caras burlonas a los hebreos que imprecan,

se lo pasan bien.

Y a un viejo narigudo, más avieso que todos los otros, una verdadera boca viperina,

que con mucho gusto mordería a los romanos, con tal de envenenarlos,

le tiran encima un puñado de estiércol equino…

¡Se puede uno imaginar lo que sucede!

El viejo hebreo sale corriendo y gritando como si le hubieran infectado de lepra…

Y a él se agregan en coro otros hebreos.

Los fenicios gritan irónicos:

–        ¿Os gusta el nuevo maná?

Comed, comed, para tener energías para gritar contra estos, que son demasiado buenos

con vosotros, víboras hipócritas.

Los soldados sueltan burlonas risotadas…

Jesús calla.

El carro romano por fin, se pone en marcha, saludando al herrador,

con el grito:

–          ¡Salve, Tito, y próspera permanencia!

El hombre, un vigoroso anciano de cuello fuerte como un toro, de rostro rasurado,

con unos ojos negrísimos a los lados de una nariz fuerte y una frente amplia

un poco pelada en las sienes por falta de cabellos,

los cuales donde están, son cortos y muy crespos,

levanta el pesado martillo con un gesto de despedida.

Y de nuevo se vuelve hacia el yunque, donde un joven ha puesto un hierro candente,

mientras otro muchacho está quemando el casco de un burrito, reglándolo para el herrado

ya próximo.

Mateo observa:

–         Casi todos estos herradores que están por los caminos son romanos;

soldados que se han quedado aquí una vez terminado su servicio.

Y ganan bien…

Nunca tienen impedimentos para atender a las caballerías…

Y un asno se puede desherrar también antes de la puesta del sol del sábado… 

O en tiempos de Encenias…

Juan dice:

–          El que herró a Antonio estaba casado con una hebrea.

Santiago de Zebedeo, 

sentencia:

–          Hay más mujeres necias que sensatas

Andrés pregunta:

–          ¿Y los hijos, de quién son?

¿De Dios o del paganismo? 

Mateo responde:

–          Son del cónyuge más fuerte, generalmente.

Y, basta con que la mujer no sea apóstata, para que sean hebreos;

porque el hombre, estos hombres, dejan libertad.

No son muy… fanáticos ni siquiera de su Olimpo.

Tadeo concluye:

–         Me parece que ya no creen en ninguna otra cosa,

si no es en la necesidad de ganar dinero.

Están llenos de hijos.

Pero son uniones abyectas.

Sin una Fe, sin una verdadera patria…

Mal vistos por todos… 

Mateo, que parece muy práctico.,

comenta: 

–           No.

Te equivocas.

Roma no los desprecia.

Es más, siempre los ayuda.

Sirven más así, que cuando llevaban las armas.

Desvirtuando la sangre, se introducen en nosotros más que con la violencia.

La que sufre, si es que sufre; es la primera  generación.

Luego se dispersan…

El mundo olvida… 

Jesús, que hasta ahora ha estado silencioso.  

dice:

–          Sí, son los hijos los que sufren.

¡Pero, hay que ver también las mujeres hebreas, unidas en matrimonio así!…

Por ellas mismas y por sus hijos…

Me dan pena.

Nadie les habla ya de Dios.

Mas no será así en el futuro.

Entonces no permanecerán estas separaciones de personas y de naciones;

porque las almas estarán unidas en una sola Patria: la mía.

Juan exclama:

–          ¡Pero entonces ya habrán muerto!… 

–          No.

Habrán sido congregadas en mi Nombre.

No serán ya romanos o libios, griegos o pónticos, iberos o galos, egipcios o hebreos,

sino almas de Cristo.

Y ¡Ay de aquellos que quieran distinguir a las almas.

Todas igualmente amadas por Mí y por las cuales habré sufrido de igual modo…

¡Según sus patrias terrenas!

Quien así lo hiciere demostraría que no ha comprendido la Caridad,

que es Universal.

Los apóstoles sienten la velada corrección y agachan la cabeza.

Y guardan silencio…

E1 fragor del hierro batido en el yunque ha callado;

ya amainan los golpes en el último casco asnal.

Jesús aprovecha para alzar la voz y ser oído por la gente.

Parece como si continuara hablando a sus apóstoles, en realidad habla a los transeúntes,

y quizás también a los habitantes de la casa, mujeres ciertamente, porque reclamos de

voces femeninas  recorren el aire tibio.

–          Aunque parezca que no exista, siempre hay en los hombres un parentesco:

el de proceder de un único Creador.

Porque, aunque luego estos hijos de un único Padre se hayan separado,

no por ello ha cambiado el vínculo de origen, de la misma forma que no cambia la sangre

de un hijo cuando repudia la casa paterna.

Después de que el delito lo hiciera fugitivo por el vasto mundo, siguió circulando la sangre

de Adán por las venas de Caín.

Y por las venas de los hijos nacidos después del dolor de Eva,

que lloraba a su hijo asesinado, circulaba la misma sangre que hervía en las del lejano Caín.

Lo mismo, y con razón más pura, se diga de la igualdad entre los hijos del Creador.

¿Descarriados? Sí. ¿Exiliados? Sí. ¿Apóstatas? Sí. ¿Culpables? Sí.

¿Que hablan lenguas y creen fes que para nosotros son detestables? Sí.

¿Contaminados por uniones con paganos? Sí.

Pero su alma procede de Uno solo, y es siempre esa alma, aunque esté lacerada, descarriada,

exiliada, contaminada…

Aunque sea motivo de dolor para el Padre Dios, sigue siendo un alma creada por Él.

Los hijos buenos de un Padre bonísimo deben tener sentimientos buenos.

Buenos hacia su Padre, buenos hacia sus hermanos, al margen de lo que éstos hayan venido

a ser, porque son hijos del Mismo.

Buenos hacia su Padre, tratando de consolar su dolor conduciendo de nuevo a Él a los hijos,

que son su dolor o porque son pecadores o porque son apóstatas o porque son paganos.

Buenos hacia ellos, porque tienen esa alma que procede del Padre encerrada en un cuerpo

culpable, o manchada, u obnubilada por una religión errada;

pero sigue siendo alma del Señor e igual que la nuestra.

Recordad, vosotros los de Israel, que no hay ninguno – aunque fuera el idólatra más lejano

de Dios con su idolátrica religión,

el más pagano de los paganos o el más ateo de los hombres no hay ninguno que esté

absolutamente privado de una huella de su origen.

Recordad, vosotros los que habéis errado separándoos de la justa religión, descendiendo a

connubios de sexos que nuestra religión condena,

recordad que aunque os parezca que todo lo que era Israel haya muerto en vosotros

sofocado por el amor a un hombre de distinta fe y raza, muerto no está.

Hay uno que vive todavía, y es Israel.

Y tenéis la obligación de soplar en este fuego que muere, debéis alimentar la chispa que

subsiste por voluntad de Dios, para hacerla crecer por encima del amor carnal.

Éste cesa con la muerte.

Pero vuestra alma no cesa con la muerte. Recordadlo.

Y vosotros, vosotros, quienesquiera que seáis, que veis y muchas veces os causa horror

el ver esos híbridos connubios de una hija de Israel con un hombre de distinta raza y fe,

recordad que tenéis la obligación, el deber, de ayudar caritativamente a esa hermana

extraviada a volver a los caminos del Padre.

Ésta es la nueva Ley, santa y grata al Señor:

que los seguidores del Redentor rediman dondequiera haya necesidad de redención,

para que Dios sonría por las almas que vuelven a la Casa paterna.

y para que no quede convertido en estéril o demasiado escaso el sacrificio del Redentor.

Para hacer fermentar mucha harina, la mujer de casa toma un trocito de la masa hecha

la semana anterior.

¡Una cantidad mínima separada de la voluminosa masa!

La sepulta en el montón de harina y mantiene todo ello al amparo de hostiles vientos,

en el calorcillo próvido de la casa.

Haced vosotros lo mismo, verdaderos discípulos del Bien;

haced vosotros lo mismo, criaturas que os habéis alejado del Padre y de su Reino.

Dad vosotros, los primeros, una pequeña porción de vuestra levadura para ser añadida a las

segundas y reforzarlas; ellas la unirán a la molécula de justicia que en ellas subsiste.

Y, tanto vosotros como ellas, mantened al amparo de los vientos hostiles del Mal,

en el calor de la Caridad señora vuestra, tenaz superviviente en vosotros, aunque esté ya

languideciendo: según lo que seáis, la levadura nueva.

Y cerrad bien las paredes de la casa, de la correligión, en torno a lo que fermenta en el

corazón de una correligionaria extraviada; que se sienta amada todavía por Israel,

todavía hija de Sión y hermana vuestra, para que fermenten todos los buenos deseos

y venga a las almas y para las almas, para todas, el Reino de los Cielos.

La gente, que ya no siente la prisa de pasar, a pesar de que el puente haya quedado libre;

ni de proseguir, si ya lo ha atravesado,  

se pregunta:

–           ¿Pero quién es?

¿Pero quién es? 

–          Un rabí.

–         Un rabí de Israel.

–         ¿Aquí?

¿En los confines de Fenicia? ¡Es la primera vez que sucede!

–        Pues es así.

Aser me ha dicho que es el que llaman el Santo.

–          Entonces quizás se refugia entre nosotros porque allá lo persiguen.

–          ¡Menudos reptiles son!

–         ¡Está bien que venga a nuestra tierra!

Hará prodigios…

Entretanto, Jesús ha puesto tierra de por medio, por un sendero que atraviesa los campos.

Y se marcha…

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

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19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

348 PEREGRINO RECHAZADO


348 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Mientras salen de la casa donde han dormido. 

Pedro dice:

–         Señor, esta noche he estado pensando…

¿Por qué quieres venir tan lejos, para luego volver a los confines fenicios?

Deja que vaya yo con otro.

Venderé a Antonio…

Lo siento… Pero ahora ya no hace falta y llamaría la atención.

Me toparé con Felipe y Bartolomé.

Sólo pueden recorrer ese camino, así que los encontraré, sin duda.

Y puedes estar seguro de que no hablaré.

No quiero causarte dolores…

Tú descansas aquí, con los demás, nos ahorramos todos ese camino de Yiftael…

Y tardamos menos»

Y parecen menos demacrados, porque tienen túnicas frescas.

Las barbas y los cabellos han sido arreglados por mano experta.  

Jesús  responde:

–        Tu idea es buena.

No te impido hacerlo.

Bien, ve con quien quieras de tus compañeros.

–         Entonces con Simón. Señor, bendícenos.

Jesús los abraza,

diciendo:

–        Con un beso. Id.

Los miran mientras se marchan, descendiendo raudos hacia la llanura.

Tadeo dice:

–         ¡Qué bueno es Simón de Jonás!

Estos días lo he apreciado como nunca lo había hecho.  

Mateo añade:

–         También yo.

Nunca egoísta, nunca soberbio, nunca exigente.

Santiago de Alfeo agrega:

–        No se ha aprovechado nunca del hecho de ser el jefe.

¡Al contrario! Parecía el último de nosotros.

Y no obstante, conservaba siempre su lugar.

Santiago de Zebedeo:

–         A nosotros esto no nos asombra.

Lo conocemos desde hace años.

Fogoso, pero todo corazón. ¡Y además tan honesto…! –

Andrés:

–        Mi hermano, a pesar de ser rudo, es bueno.

Y desde que está con Jesús, se ha hecho doblemente bueno.

Yo tengo un carácter completamente distinto, y…

Algunas veces se ponía nervioso;

pero era porque comprendía que yo sufría por ese carácter;

se inquietaba por mi bien.

Uno, una vez que lo comprende, se lleva bien con él.   

Juan afirma:

–        Estos días nos hemos entendido siempre y hemos sido un corazón solo.

Santiago de Zebedeo:

–        ¡Sí, sí! Yo también lo he percibido.

Durante toda una luna.

Y en momentos incluso de verdadera tensión, no hemos tenido nunca malos humores…

Mientras que otras veces…

No sé por qué… 

Tadeo responde:

–        ¿Por qué?

¡Pues es fácil de entender!

Porque tenemos intención recta.

No somos perfectos, pero sí rectos.

Por eso aceptamos el bien que uno propone; o descartamos el mal,

cuando uno de nosotros nos lo indica como tal.

Y antes no lo  habíamos intuido nosotros solos.

¿Por qué?

¡Es fácil responder!

Porque nosotros ocho tenemos solo un pensamiento:

Hacer las cosas de forma que Jesús se sienta contento.

¡Eso es todo!   

Andrés dice conciliador:

–        No creo que los otros tengan un pensamiento distinto.

Judas Tadeo, que se ha contenido, al principio de su intervención, por una mirada de Jesús.

Dice con vehemencia:

–        No.

No Felipe, ni Bartolomé, aunque sea muy anciano y muy Israel…

Y tampoco Tomas, a pesar de que sea más hombre que espíritu.

Sería injusto con ellos si los acusara de…

Jesús, tienes razón. Perdona.

Pero, si supieras lo que me produce el verte sufrir. ¡Y por él!

Yo soy discípulo tuyo, como todos los otros.

Pero, además, soy hermano y amigo tuyo.

Y llevo en mis venas la fogosa sangre de Alfeo.

Jesús, no me mires tan severo y tan triste.

Tú eres el Cordero y yo… el león.

Créeme que a duras penas logro sujetarme para no romper de un zarpazo la red de

calumnias que te circunda.

Y para no abatir el cobijo en que se oculta el verdadero enemigo.

Quisiera ver la realidad de su rostro espiritual, al cual doy un nombre…

Aunque quizás calumnio al hacerlo; y lo marcaría con una señal,

si lograse conocer su realidad sin riesgo de error…

Que le quitaría para siempre las ganas de dañarte

Santiago de Zebedeo le responde:

–        ¡Deberías marcar a la mitad de Israel!…

Pero Jesús seguirá adelante igual.

Ya has visto estos días que nada puede contra Jesús.

¿Qué hacemos ahora Maestro?

¿Has hablado aquí?

–        No.

Hacía menos de un día que había llegado a estas laderas.

Dormí en el bosque.

–         ¿Porque no te recibieron?

-Su corazón rechazó al Peregrino…

No tenía dinero…

–         ¡Entonces son corazones de piedra!

¿De qué tenían miedo?

–        De que fuera un bandido…

Pero no importa.

El Padre que está en los Cielos hizo que encontrara una cabra, perdida o que había huido.

Venid, os la muestro.

Vive en la espesura con su cabritillo.

No huyó al verme llegar.

Es más, me dejó exprimir su leche en mi boca…

Como si Yo también fuera una criatura suya.

Y dormí al lado de ella, con el cabritillo casi en mi corazón.

¡Dios es bueno con su Verbo!

Van hacia el lugar del día anterior, a un bosque espeso y espinoso.

En su centro hay un roble secular, con una base tan hendida en un terreno casi imposible…

Es como si el terreno se hubiera abierto y hubiera desgajado su tronco poderoso,

fajado todo de verdes hiedras y de espinos por ahora carentes de hojas.

Allí cerca está pastando la cabra con su cabritillo.

Al ver a tantos hombres, apunta hacia ellos los cuernos en señal de defensa.

Pero luego reconoce a Jesus y se calma.

Le echan unas cortezas de pan y se retiran.  

Jesús explica:

–         Ahí dormí.

Y hubiera seguido allí, si no hubierais venido.

Ya tenía hambre.

El objetivo del ayuno estaba terminado…

No era necesario insistir, por otras cosas que ya no se pueden cambiar…

Jesús está de nuevo triste…

Los seis se intercambian breves miradas, pero no dicen nada.

Tadeo pregunta.

–         ¿Y ahora?

¿A dónde vamos?

–        Nos quedamos aquí, por hoy.

Mañana bajaremos a predicar en el camino de Tolemaida.

Luego iremos hacia los confines fenicios, para regresar aquí antes del sábado.

Y lentamente, regresan al pueblo.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

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19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

347 EL REENCUENTRO


347 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús – un Jesús muy delgado y pálido, muy triste, atormentado- está en la cima,;

exactamente en la cima más alta de un montecito, que es sede de un pueblo.

Pero Jesús no está en el pueblo, que está en la cima, sí, pero vuelto hacia la ladera sureste,

sino en una pequeña prominencia, la más alta, que mira hacia el noroeste 

Jesús, dado que mira desde varios lados, ve una cadena ondulada de montes,

que en los extremos noroeste y suroeste introduce sus últimos ramales en el mar:

al suroeste, con el Carmelo, que se difumina a lo lejos en este día claro; al noroeste,

con un cabo cortante como un espolón de nave,

por las venas rocosas que albean bajo el sol.

Por las laderas de esta cadena ondulada de montes descienden torrentes

y regatos  bien colmados de aguas en esta estación del año,

que por la llanura costera corren a introducirse en el mar.

Cerca de la amplia bahía de Sicaminón, el más exuberante de ellos, el Kisón,

desemboca en el mar, tras haber formado casi un pequeño lago

en la confluencia con otro riachuelo, poco antes de la desembocadura.

El sol meridiano del claro día extrae de los cursos de agua reflejos de topacios o zafiros,

mientras que el mar es un inmenso zafiro veteado de livianos collares de perlas.

La primavera del sur se perfila ya con las nuevas hojas que de las abiertas gemas,

brotan, tiernas, brillantes, tan nuevas, tan desconocedoras de polvo y tempestades,

de mordeduras de insectos y de contactos de hombre.

Y las ramas de los almendros son ya borlas de espuma blanco-rosada;

tan blandas, tan livianas, que da la impresión de que vayan a desprenderse del tronco natal

y navegar, cual pequeñas nubes, por el aire sereno.

También los campos de la llanura, no vasta pero sí fértil, comprendida entre los dos cabos,

el del noroeste y el del suroeste, muestra un tierno verdear de cereales, que quitan toda

tristeza a los campos, poco antes desnudos.

Jesús mira.

Desde el punto en que se encuentra, ve tres caminos: el que sale del pueblo y va a terminar

ahí (es un caminito sólo para personas) y otros dos, que van hacia abajo, desde el pueblo.

Y se bifurcan en opuestas direcciones: hacia el noroeste, hacia el suroeste.

¡Qué Jesús tan desmejorado’

Signado por la penitencia mucho más que cuando ayunó en el desierto:

entonces era el hombre empalidecido, pero todavía joven y vigoroso;;

ahora es el hombre consumido por un complejo sufrir;

que deprime tanto las fuerzas físicas como las morales.

Sus ojos están muy tristes, una tristeza dulce y grave al mismo tiempo.

Las mejillas, enflaquecidas, hacen realzar aún más la espiritualidad del perfil, de la frente alta,

de la nariz larga y derecha, de esa boca cuyos labios carecen absolutamente de sensualidad.

Un rostro angélico, de tanto como excluye la materialidad.

Tiene la barba más larga que de costumbre, crecida incluso en los carrillos

hasta confundirse con los cabellos, que le caen sobre las orejas; de forma que de su rostro

son visibles solamente la frente, los ojos, la nariz y los pómulos, flacos y de un color marfil

sin sombra de róseo.

Tiene los cabellos peinados rudimentariamente, cabellos que se han vuelto opacos y

conservan, para recuerdo del antro en que ha estado, muchos pequeños fragmentos de hojas

secas y de palitos que se han quedado enredados en la larga cabellera.

Y la túnica y el manto, arrugados y polvorientos, denuncian también el lugar agreste

en que han sido vestidos y usados sin tregua.

Jesús mira..

El sol del mediodía lo calienta.

Y da la impresión de que ello le es agradable, porque evita la sombra de algunos robles

para ir bien al sol;

pero, a pesar de que sea un sol neto, resplandeciente, no enciende reflejos en sus cabellos

polvorientos ni en sus ojos cansados;

ni da color a su rostro enflaquecido.

No es el sol lo que lo conforta y aviva su color;

es el ver a sus queridos apóstoles, que suben, gesticulando y mirando hacia el pueblo

por el camino que viene del noroeste, el más llano.

Entonces se produce la metamorfosis:

La mirada se le aviva; el rostro parece perder en parte su aspecto demacrado,

por una leve coloración rosada que se extiende sobre las mejillas.

Y más por la sonrisa que lo ilumina.

Abre los brazos – los tenía cruzados –

y exclama

«¡Mis amados!».

Lo dice alzando la cara, extendiendo su mirada sobre las cosas,

como queriendo comunicar su alegría a las hierbas y a los árboles, al cielo sereno, al aire,

que ya sabe a primavera.

Recoge el manto ciñéndoselo bien al cuerpo, para que no se quede enganchado en las matas.

Y baja raudo, por un atajo, al encuentro de ellos, que suben y que todavía no lo han visto.

Cuando la distancia puede ser salvada por la voz,

los llama para detener su marcha en dirección al pueblo.

Oyen la llamada lejana.

Quizás desde el punto en que están no pueden ver a Jesús, cuyo ropaje oscuro se confunde

con la espesura del bosque que cubre la ladera.

Miran a su alrededor, gesticulan…

Jesús los llama de nuevo…

Por fin, un claro del bosque lo muestra a sus ojos, bajo el sol,

con los brazos un poco extendidos, como queriéndolos abrazar ya.

Entonces se oye un fuerte grito, que se refleja en la abrupta ladera:

–      ¡El Maestro! – y, dejando el camino, empieza una gran carrera hacia arriba,

por las escarpaduras, arañándose, tropezando, jadeando, sin sentir el peso de los talegos

ni la fatiga del paso…

Llevados de la alegría de verlo de nuevo.

Naturalmente, los primeros en llegar son los más jóvenes y los más ágiles;

es decir, los dos hijos de Alfeo, de paso seguro, propio de quien ha nacido en las colinas.

Y Juan y Andrés, que corren como dos cervatillos, sonriendo felices.

Y caen a sus pies, amorosos y reverentes, felices, felices, felices…

Luego llega Santiago de Zebedeo.

Los últimos en llegar, casi juntos, son los tres menos expertos en carreras y en montañas:

Mateo, el Zelote y el último, el último de todos, Pedro.

Pero se abre paso – ¡vaya que si se abre paso! – para llegar al Maestro.

Los primeros que han llegado están abrazados a sus piernas.

Y no se cansan de besarle las vestiduras o las manos, que El les ha dejado abandonadas.

Coge enérgicamente a Juan y a Andrés, que están agarrados a las vestiduras de Jesús

como ostras a un escollo.

Y jadeante por el esfuerzo realizado, los aparta lo suficiente como para poder caer también

él a los pies de Jesús,

y dice:

–         ¡Oh, Maestro mío!

¡Ahora vuelvo a vivir, por fin! Ya no podía más.

He envejecido y adelgazado como por una mala enfermedad.

Mira como es verdad, Maestro…

Y levanta la cara para que a Jesús lo mire.

Pero, al hacerlo, ve en él el cambio de Jesús…

Y se pone en pie gritando:

« ¿Maestro?

¿Pero qué has hecho?

¡Necios! ¡Pero mirad!

¿No veis nada vosotros? ¡Jesús ha estado enfermo!… ¡

Maestro, Maestro mío, ¿Qué has tenido?

¡Díselo a tu Simón!».

–         Nada, amigo.

–        ¿Nada? ¿Con esa cara?

¡Entonces es que alguien te ha tratado mal!

–         ¡No, hombre, Simón!

–          ¡Imposible!

¡O enfermo o has sufrido persecución!

¡Que tengo ojos, eh!…

–         Yo también los tengo.

Y, efectivamente, te veo enflaquecido y más viejo.

Entonces tú ¿Por qué estás así?

Pregunta sonriendo el Señor a su Pedro, el cual lo observa atentamente

como si quisiera leer la verdad en el pelo, en la piel, en la barba de Jesús.

–        ¡Pero yo he sufrido!

No lo niego. ¿Crees que ha sido placentero ver tanto dolor?

–         ¡Tú lo has dicho!

Yo también he sufrido por el mismo motivo..

Enternecido y afectuoso, Judas de Alfeo,

pregunta: 

–        ¿Sólo por eso, realmente, Jesús?

Jesús confirma:   

–        Por el dolor, sí, hermano mío.

El dolor causado por tener que mandar a otro sitio…

–        Y por el dolor de haberte visto obligado a ello por…

–         ¡Por favor!…

¡Silencio!

Prefiero el silencio ante mi herida a cualquier palabra que quiera consolarme diciéndome:

“Sé por qué has sufrido”.

Y, además, sabedlo todos, he sufrido por muchas cosas, no solo por ésta.

Y, si Judas no me hubiera interrumpido, os lo habría dicho

Jesús se muestra severo al decir esto

Todos se intimidan.

Pedro es el primero en reaccionar,

y pregunta:

–         ¿Y dónde has estado, Maestro?

¿Qué has hecho?

–         He estado en una gruta… orando… meditando…

Fortaleciendo mi espíritu, obteniendo fortaleza para vosotros en vuestra misión,

para Juan y Síntica en su sufrimiento.

–         ¿Pero dónde, dónde?

¡Sin vestidos, sin dinero! ¿Cómo te las has arreglado?

Simón está nervioso.

–         En una gruta no necesitaba nada.

–         Pero, ¿Y la comida?,

¿Y el fuego?, ¿Y la cama?, ¿Y..?

¡Bueno, todo! Yo te imaginaba – era mi esperanza -, al menos, huésped,

como un peregrino que hubiera perdido el camino, en Yiftael, o en otra parte…

En definitiva, en una casa.

Eso me tranquilizaba un poco.

¡Pero, de todas formas…!

Decid vosotros si no era mi tormento el pensamiento de que Él estaba sin ropa, sin comida,

sin medios para procurársela, sin, sobre todo esto, sin voluntad de procurársela.

¡Jesús, no debías haberlo hecho!

¡Y no me lo volverás a hacer, nunca!

De ahora en adelante, no te dejaré ni por una hora.

Me coseré a tu túnica, para seguirte como una sombra, quieras o no.

Sólo si muero seré separado de Ti.

–         O si muero Yo.

–         ¡Tú no!

Tú no debes morir antes que yo. No digas eso.

¿Quieres entristecerme del todo?

–         No.

Es más, quiero alegrarme contigo, con todos, en esta hermosa hora que me trae de nuevo

a mis amados, predilectos amigos. ¿Veis?

Ya estoy mejor, porque vuestro amor sincero me alimenta, me da calor, me consuela de todo.

Y los acaricia, uno a uno, mientras sus rostros resplandecen con una sonrisa dichosa

y sus ojos brillan y tiemblan los labios por la emoción de estas palabras,

preguntando:

–        ¿De verdad, Señor?

–        ¿Es realmente así?

–        ¿Tanto nos quieres?

–         Sí. Os quiero mucho. ¿

Habéis traído comida?

–          Sí.

Presentía que estabas exhausto y la he comprado por el camino.

Tengo pan, carne asada, leche, queso y manzanas.

Y ,una borracha con vino generoso y huevos para Ti, si es que no se han roto…

–         Bien, entonces vamos a sentarnos aquí, bajo este buen sol.

Y vamos a comer.

Mientras comemos me habláis…

Se sientan al sol en un risco.

Pedro abre su talego y observa sus tesoros:

Y exclama: 

–         ¡Todo salvo! 

Incluso la miel de Antigonio.

¡Pero hombre! ¡Si ya lo he dicho yo!

Al regreso, aunque nos hubiéramos metido en una cuba para rodar impulsados por un loco,

o en un bote sin remos, hasta incluso con agujero…

Y además en una tempestad, habríamos llegado sanos y salvos…

¡Pero a la ida!

Cada vez me convenzo más de que era el demonio el que nos ponía obstáculos,

para no dejarnos ir con esos dos pobrecitos…

Zelote confirma: 

–          Si, claro, ahora ya no tenía objeto… 

Juan, que se olvida de comer por contemplar a Jesús.,

pregunta: 

–         Maestro, ¿Has hecho penitencia por nosotros? 

–         Sí, Juan.

Os he seguido con el pensamiento.

He sentido vuestros peligros y aflicciones.

Os he ayudado como he podido…

–        ¡Yo lo he sentido

Y os lo dije, ¿Os acordáis?    

Todos confirman: 

–         Sí, es verdad.

–          Ahora me estáis devolviendo lo que os he dado.

Andrés pregunta:

–        ¿Has ayunado, Señor?

Pedro le responde: 

–         ¿Qué remedio! 

Aunque hubiera querido comer, sin dinero, en una gruta,

¿Cómo querías que comiera?

Santiago de Alfeo,

dice: .

–         ¡Por causa nuestra!

¡Cuánto me apena esto!

–         ¡Oh, no!

¡No os aflijáis!

No solamente por vosotros.

También por todo el mundo.

He hecho lo que cuando empecé la misión.

En aquella ocasión, al final, fui socorrido por los ángeles; ahora me socorréis vosotros.

Y, creedme, para mí es doble alegría.

Porque en los ángeles es inderogable el ministerio de caridad,

pero en los hombres es menos fácil de encontrar.

Vosotros lo estáis ejerciendo.

Y habéis pasado, por amor a mí, de hombres a ángeles;

habiendo elegido la santidad por encima de toda otra cosa.

Por tanto, me hacéis feliz como Dios y como Hombre-Dios.

Porque me dais aquello que es de Dios: la Caridad.

Y me dais aquello que es del Redentor: vuestra elevación a la Perfección.

Esto me viene de vosotros, y alimenta más que cualquier otro alimento.

También en aquel entonces, en el desierto, fui nutrido de amor después del ayuno.

Y ello me confortó.

¡Lo mismo ahora, lo mismo ahora!

Todos hemos sufrido.

Yo y vosotros.

Pero no ha sido un sufrimiento inútil.

Creo, sé, que este sufrimiento os ha favorecido más que todo un año de instrucción.

El dolor, la meditación sobre el mal que un hombre puede hacer a su semejante,

la piedad, la fe, la esperanza, la caridad que habéis debido ejercer.

Y además solos, os han madurado, como niños que se hacen hombres…

Pedro suspira diciendo: 

–         ¡Oh, sí!

Me he hecho viejo.

No volveré a ser el Simón de Jonás que era al partir.

He comprendido lo dolorosa y fatigosa que es nuestra misión, a pesar de ser hermosa… –

–         Bueno, pues ahora estamos aquí, juntos.

Referid…

Pedro dice a Simón Zelote:

–        Habla tú, Simón.

Sabes hacerlo mejor que yo 

Simón objeta:   

–         No.

Tú, como jefe competente que eres, habla por todos.

Y Pedro empieza, diciendo como preliminar:

–         Pero ayudadme.

Narra con orden hasta la partida de Antioquía.

Luego comienza la narración del regreso:

–        Sufríamos todos, ¿Eh?

Nunca olvidaré las últimas voces de los dos…

Pedro se seca con el dorso de la mano dos lagrimones que ruedan al improviso…

–        Me parecieron el último grito de uno que se estuviera ahogando… ¡

En fin! Bueno, hablad vosotros…

yo no puedo… 

Y se levanta y se aparta un poco para controlar su emoción.

Continúa Simón Zelote:

–        Ninguno habló durante mucho camino…

No podíamos hablar…

La garganta estaba tan hinchada de llanto que nos dolía…

Y no queríamos llorar…

Porque si hubiéramos empezado, aunque hubiera sido uno sólo, ya no habría tenido solución.

Llevaba las riendas yo;

porque Simón de Jonás, para que no se viera que sufría, se había puesto en el fondo del carro

a hurgar en los talegos.

Nos detuvimos en un pueblecito a mitad de camino entre Antioquía y Seleucia.

A pesar de que la luna fuera cada vez más clara a medida que la noche avanzaba,

no conociendo bien el lugar, nos detuvimos allí.

Y nos quedamos adormilados ahí, entre nuestras cosas.

No comimos, ninguno, porque… no podíamos.

Pensábamos en ellos dos…

Con la primera luz del alba, pasamos el puente y llegamos antes de la hora tercera a Seleucia.

Restituimos el carro y el caballo al hospedero y – era un hombre muy bueno –

le pedimos consejo respecto a la nave.

Dijo: “Voy yo al puerto. Me conocen y conozco gente”.

Y así hizo.

Encontró tres naves que estaban para zarpar para estos puertos.

Pero en una de ellas había ciertos… seres que no quisimos tener cerca.

Nos lo dijo el hombre, que lo había sabido por el jefe de la nave.

La segunda era de Ascalón, y no quería hacer escala para nosotros en Tiro,

a menos que hubiéramos dado una suma que ya no teníamos.

La tercera era una goleta bien mísera, cargada de madera bruta.

Una barca pobre, con pocos tripulantes y creo que con mucha miseria.

Por eso, a pesar de que se dirigía a Cesárea, aceptó detenerse en Tiro,

previo desembolso de una jornada de comida y paga para toda la tripulación.

Nos venía bien.

Yo, verdaderamente, y conmigo Mateo, teníamos un poco de miedo.

Es época de tempestades…

Y ya sabes lo que encontramos a la ida.

Pero Simón Pedro dijo: “No sucederá nada”.

Y subimos a la barca.

Iba tan suave y veloz que parecía que los ángeles fueran las velas de la nave.

Empleamos para llegar a Tiro menos de la mitad del tiempo tardado a la ida.

Y en Tiro el patrón fue tan bueno,

que nos concedió remolcar la barca hasta cerca de Tolemaida.

Bajaron a la barca Pedro, Andrés y Juan, para las maniobras.

Pero era muy simple… No como a la ida…

En Tolemaida nos separamos.

Estábamos tan contentos,

que, antes de bajar todos a la barca, donde estaban ya nuestras cosas,

les dimos más dinero del convenido.

En Tolemaida nos hemos detenido un día, y luego hemos venido aquí…

Pero nunca olvidaremos el dolor sufrido.

Simón de Jonás tiene razón. 

Varios estuvieron de acuerdo al afirmar:

–        ¿No tenemos también razón ai decir que el demonio nos ponía obstáculos sólo a la ida? 

Jesús concede: 

–         Tenéis razón.

Ahora escuchad.

Vuestra misión ha terminado.

Volvemos hacia Yiftael, a esperar a Felipe y Nathanael.

Y hay que hacerlo pronto.

Luego vendrán los demás.

Entretanto, evangelizaremos aquí, en los confines de Fenicia y en la propia Fenicia.

Pero todo lo ocurrido ha quedado para siempre sepultado en nuestros corazones.

No se dará respuesta a ninguna pregunta.

–        ¿Ni siquiera a Felipe y Nathanael?

Saben que hemos venido contigo.

–         Hablaré Yo.

He sufrido mucho, amigos.

Y vosotros lo habéis visto.

He pagado con mi sufrimiento la paz de Juan y Síntica.

Haced que mi sufrimiento no sea inútil.

No carguéis mis hombros con un peso más.

¡Tengo ya muchos!…

Y su peso crece cada día que pasa, cada hora que pasa…

Decid a NathanaeI que he sufrido mucho.

Decídselo a Felipe.

Y que sean buenos. Decídselo a los otros dos.

Pero no digáis más.

Decir que habéis entendido que he sufrido.

Y que os lo he confirmado, es una verdad.

No hace falta más.

Jesús habla cansado…

Los ocho lo miran apenados…

Y Pedro, que está detrás de Él, se atreve incluso a acariciarle la cabeza.

Jesús la levanta y mira a su honesto Simón con una sonrisa de tristeza afectuosa.

Pedro dice: 

–        ¡No, no puedo verte así!

Me parece, tengo la sensación de que la alegría de nuestra unión haya terminado…

Y que de ella quede la santidad, sólo la santidad.

Entretanto… vamos a Akcib.

Te cambiarás de túnica, te rasurarás los carrillos, ordenarás tus cabellos.

¡Así no, así no! No puedo verte así…

Me pareces…

Uno que hubiera logrado huir de manos crueles, o que le hubieran maltratado, 

O una persona al límite de sus fuerzas…

Me pareces Abel de Belén de Galilea, liberado de sus enemigos…

–         Sí, Pedro.

Pero el maltratado es el corazón de tu Maestro… y no se curará nunca…

Es más, será herido cada vez más.

Vamos…

Juan suspira:

–        Lo siento…

Hubiera deseado contar a Tomás, que tanto quiere a tu Madre, el milagro de la canción

y del ungüento…

–         Un día lo contarás…

No ahora.

Todo manifestaréis un día.

Entonces podréis hablar. Yo mismo os diré: “Id a decir todo lo que sabéis”.

Pero, entretanto, sabed ver en el milagro la verdad, ésta:

El poder de la Fe.

Tanto Juan como Síntica han calmado el mar y curado al hombre no por las palabras,

no por el ungüento,

sino por la Fe con que han usado el nombre de María y el ungüento hecho por Ella.

Y otra cosa: ello se produjo porque en torno a su Fe estaba la vuestra,

la de todos vosotros, y vuestra caridad.

Caridad hacia el herido.

Caridad hacia el cretense.

Al primero le quisisteis conservar la vida; al otro quisisteis darle la Fe.

Pero si aun es fácil curar los cuerpos, cosa muy dura es curar los espíritus…

No hay morbo más difícil de erradicar que el espiritual… 

Y Jesús suspira fuerte

Están a la vista de Akcib.

Pedro se adelanta con Mateo para encontrar alojamiento.

Le siguen los demás, compactos en torno a Jesús.

El sol declina rápidamente mientras entran en el pueblo…

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

https://paypal.me/cronicadeunatraicion?locale.x=es_XC

19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

346 EL MESÍAS REDENTOR


                                        346 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Los apóstoles están otra vez en la casa de Antioquía; con ellos, los dos discípulos y todos los hombres de Antigonio, no

vestidos ya con túnicas cortas y de trabajo, sino con indumentos largos, festivos porque es Sábado. 

Felipe ruega a los apóstoles que hablen al menos una vez a todos, antes de su ya inminente partida.

–        ¿Sobre qué?

–         Sobre todo lo que queráis.

Habéis oído estos días lo que hemos dicho.

De acuerdo con ello, decidid.

Los apóstoles se miran unos a los otros.

¿Quién debe hablar?

¡Pedro, es natural! ¡Es el jefe

Pero Pedro no querría hablar y defiere a Santiago de Alfeo o a Juan de Zebedeo el honor de hacerlo.

Sólo cuando los ve irremovibles, se decide a hablar.

–         Hoy hemos oído en la sinagoga explicar el capítulo 52 de Isaías.

El comentario que se ha hecho ha sido docto según el mundo, pero deficiente según la Sabiduría.

De todas formas no se debe recriminar al comentador, que ha dado lo que podía con esa sabiduría suya,

que carece de la parte mejor: el conocimiento del Mesías y del tiempo nuevo que Él ha traído.

No obstante, no hagamos críticas, sino oraciones para que llegue al conocimiento de estas dos gracias

y las pueda aceptar sin obstáculo.

Me habéis dicho que durante la Pascua oísteis hablar del Maestro con fe y también con menosprecio.

Y que solamente por la gran fe que llena los corazones de la casa de Lázaro, todos los corazones, habíais podido

resistir a la desazón que las acusaciones de otros metían en el corazón;

mucho más si se considera que estos otros eran precisamente los rabíes de Israel.

Pero ser doctos no quiere decir ser santos ni poseer la Verdad

La Verdad es ésta: Jesús de Nazaret es el Mesías prometido, el Salvador de que hablan as Profetas,

de los cuales el último descansa desde hace poco en el seno de Abraham, después del glorioso martirio sufrido

por la justicia. Juan el Bautista – y aquí están presentes los que oyeron esas palabras – dijo: “Éste es el Cordero de Dios

que quita los pecados del mundo”.

Sus palabras fueron creídas por los más humildes de entre los que se hallaban presentes, porque la humildad ayuda a

llegar a la Fe, mientras que a los soberbios les es difícil el camino – cargados como están de lastre – para llegar a la

cima del monte donde vive, casta y luminosa, la Fe.

Estos humildes, porque tales eran y por haber creído, han merecido ser los primeros en el ejército del Señor Jesús.

Podéis ver, pues, cuán necesaria es la humildad para tener fe solícita, y cuánto es premiado el saber creer,

incluso cuando las apariencias se presentan contrarias.

Os exhorto y estimulo a tener estas dos cualidades en vosotros;

entonces seréis del ejército del Señor y conquistaréis el Reino de los Cielos…

A ti, Simón Zelote. Yo he terminado

Continúa tú.

El Zelote, cogido tan al improviso y tan claramente indicado como segundo orador,

tiene que salir adelante sin demoras ni quejas.

Y dice:

–         Voy a continuar la plática de Simón Pedro, cabeza de todos nosotros por voluntad del Señor.

Voy a continuar sin dejar el tema del capítulo 52 de Isaías, visto por uno que conoce la Verdad encarnada, de la que es

siervo para siempre.

Está escrito:

“¡Levántate, revístete de -tu fuerza, oh Sión, vístete de fiesta, ciudad del Santo!”.

Así verdaderamente debería ser.

Porque, cuando una promesa se cumple, cuando una paz se establece, cuando cesa una condena y cuando viene el

tiempo de la alegría, los corazones y las ciudades deberían vestirse de fiesta y levantar las frentes abatidas,

sintiendo que ya no son personas odiadas, derrotadas, golpeadas, sino amadas y liberadas.

No estamos aquí haciendo un proceso a Jerusalén.

La caridad, primera entre todas las virtudes, lo prohíbe.

Dejemos, pues, de observar el corazón de los demás y miremos al nuestro.

Revistamos de fuerza nuestro corazón con esa fe de que ha hablado Simón,

y vistámonos de fiesta, porque nuestra fe secular en el Mesías ahora se corona con la realidad de la cosa.

El Mesías, el Santo, el Verbo de Dios está realmente entre nosotros.

Y tienen prueba de ello no sólo las almas, que reciben palabras de Sabiduría que las fortalecen e infunden santidad y

paz, sino también los cuerpos, que por obra del Santo, al cual el Padre todo concede, se ven liberados de las más

atroces enfermedades, e incluso de la muerte; para que las tierras y los valles de nuestra patria de Israel queden llenos

de las alabanzas al Hijo de David y al Altísimo, que ha enviado a su Verbo, como había prometido a los Patriarcas y Profetas.

El que os habla estaba leproso, destinado a morir, transcurriendo primero años de cruel angustia,

en la soledad de fiera que es propia de los leprosos.

Un hombre me dijo: “Ve a Él, al Rabí de Nazaret, y serás curado”.

Tuve fe. Fui.

Quedé curado. En el cuerpo. En el corazón.

En el primero desapareció la enfermedad que separa de los hombres; en el segundo, el rencor que separa de Dios.

Y con un corazón nuevo, pasé, de proscrito, enfermo. inquieto, a ser su siervo, llamado a la feliz misión

de ir a los hombres y amarlos en nombre suyo e instruirlos en la única cosa que es necesario conocer:

que Jesús de Nazaret es el Salvador y que son bienaventurados los que creen en Él.

Habla tú ahora, Santiago de Alfeo.

–         Yo soy el hermano del Nazareno.

Mi padre y su padre eran hermanos nacidos del mismo seno.

Y, no obstante, no puedo llamarme hermano, sino siervo.

Porque la paternidad de José, hermano de mi padre, fue una paternidad espiritual,

y en verdad os digo que el verdadero Padre de Jesús, Maestro nuestro, es el Altísimo al que nosotros adoramos.

El cual ha permitido que la Segunda Persona de su Divinidad Una y Trina se encarnara y viniera a la tierra,

permaneciendo de todas formas siempre unida con aquellas que viven en el Cielo.

Porque ello lo puede hacer Dios, el infinitamente Potente.

Y lo hace por el Amor, que es su naturaleza.

Jesús de Nazaret es nuestro hermano, ¡Oh hombres!,

porque ha nacido de mujer y es semejante a nosotros por su Humanidad.

Es nuestro Maestro porque es el Sabio, es la Palabra misma de Dios que ha venido a hablarnos para hacernos de Dios.

Y es nuestro Dios, siendo uno con el Padre y con el Espíritu Santo, con los cuales está siempre en unión de amor,

Potencia y Naturaleza.

Sea propiedad vuestra también esta verdad,

que con manifiestas pruebas fue concedido conociera el Justo que fue pariente mío.

Y contra el mundo, que tratará de separaros de Cristo diciendo: “Es un hombre cualquiera”, responded:

“No. Es el Hijo de Dios, es la Estrella nacida de Jacob, es el Cayado que se eleva en Israel, es el Dominador”:

no dejéis que ninguna cosa os disuada.

Ésta es la Fe.

A ti, Andrés.

–         Ésta es la Fe.

Yo soy un pobre pescador del lago de Galilea.

Y en las silenciosas noches de pesca, bajo la luz de los astros, tenía mudos coloquios conmigo mismo.

Decía: “¿Cuándo vendrá? ¿Viviré todavía?

Faltan todavía muchos años, según la profecía”.

Para el hombre, de vida limitada, unas pocas decenas de años son siglos…

Me preguntaba: “¿Cómo vendrá? ¿Dónde? ¿De quién?”.

Y mi embotamiento humano me hacía soñar regios esplendores, regias moradas y cortejos.

Y poder, e irresistible majestad…

Y decía: “¿Quién podrá mirar a este gran Rey?”.

Lo imaginaba manifestándose en modo más aterrorizador que el propio Yeohveh en el Sinaí.

Me decía: “Los hebreos, allí, vieron al monte lanzando resplandores,

pero no quedaron reducidos a cenizas parque el Eterno estaba más allá de los nimbos.

Pero aquí nos mirará con ojos mortíferos y moriremos…”.

Era discípulo del Bautista.

Y en las pausas de la pesca iba donde él, con otros compañeros.

Era un día de esta luna…

Las márgenes del Jordán estaban llenas de gente que temblaba al oír las palabras del Bautista.

Yo había visto a un joven hermoso y tranquilo venir hacia nosotros por un sendero.

Humilde la túnica, dulce el aspecto.

Parecía pedir amor y dar amor.

Sus ojos azules se posaron un momento en mí, y experimenté una cosa que no he vuelto a experimentar jamás.

Me pareció como si me acariciaran el alma, como si alas de ángel me rozaran apenas.

Por un momento, me sentí tan lejos de la tierra, tan distinto, que dije: “¡Ahora muero!

Es la convocatoria de Dios a mi espíritu”.

Pero no morí.

Me quedé hechizado contemplando al joven desconocido, que, a su vez, había fijado su mirada azul en el Bautista.

Y el Bautista se volvió, se apresuró a ir a Él, se inclinó ante Él.

Se hablaron.

Y, dado que la voz de Juan era un trueno continuo, las misteriosas palabras llegaron hasta mí,

que estaba escuchando, deseando vehementemente saber quién era el joven desconocido.

Mi alma lo sentía distinto de todos.

Decían: “Yo debería ser bautizado por Ti…”. “Deja, ahora. Conviene cumplir toda justicia”…

Juan ya había dicho: “Vendrá uno al que no soy digno de desatar las correas de las sandalias”.

Había dicho ya: “En medio de vosotros, en Israel, hay uno que no conocéis.

Tiene ya en su mano el aventador y limpiará su era y quemará la paja con el fuego inextinguible”.

Yo tenía ante mí a un joven común, de aspecto manso y humilde,.

Y, no obstante había oído que era Aquel al que ni siquiera el Santo de Israel, el último profeta, el Precursor,

era digno de desatarle las sandalias.

Había oído que era Aquel al que no conocíamos.

Pero no sentí miedo de Él.

Es más, cuando Juan, pasado el superextasiante trueno de Dios,

pasado el inconcebible esplendor de la Luz en forma de paloma de paz, dijo: “Éste es el Cordero de Dios”,

yo, con la voz del alma, jubiloso por haber presentido al Rey Mesías en el joven manso y humilde de aspecto,

grité con la voz del espíritu: “¡Creo!”.

Por esta fe soy su siervo.

Sedlo vosotros también y tendréis paz.

Mateo, a ti el narrar las otras glorias del Señor.

–         Yo no puedo usar las palabras límpidas de Andrés.

Él era un justo; yo, un pecador.

Por eso mi palabra no tiene notas festivas, aunque no le falta la paz confidencial de un salmo.

Era un pecador, un gran pecador.

Vivía en el error completo.

Me había endurecido en el error y no sentía desazón.

Si alguna vez los fariseos o el arquisinagogo me herían con sus insultos o} reprensiones,

recordándome al Dios Juez implacable,

experimentaba un momento de terror..

Y luego me arrellanaba en la necia idea:

“Total ya soy un réprobo. Gocemos, pues, sentidos míos, mientras podamos hacerlo”.

Y, más que nunca, me hundía en el pecado.

Hace dos primaveras, vino un Desconocido a Cafarnaúm.

También para mí era un desconocido.

Lo era para todos, porque estaba en los comienzos de su misión.

Solamente unos pocos hombres lo conocían por lo que Él era realmente.

Estos que veis y otros pocos.

Me asombró su espléndida virilidad, más casta que la castidad de una virgen.

Esto fue lo primero que me impresionó

Lo veía con porte grave, y, a pesar de ello, dispuesto a escuchar a los niños que iban a El como las abejas a la flor;

su único entretenimiento eran sus juegos inocentes y sus palabras sin malicia.

Luego me impresionó su poder.

Hacía milagros.

Dije: “Es un exorcista. Un santo”.

Pero me sentía tan ignominioso a su lado, que me apartaba de Él.

Él me buscaba. Ésa era mi impresión.

No había vez que pasara cerca de mi banco, que no me mirase con su mirada dulce y un poco triste.

Y cada vez se producía como un sobresalto de la conciencia entorpecida, la cual no volvía ya al mismo nivel de torpor.

Un día – la gente magnificaba siempre su palabra – sentí deseos de oírle.

Escondiéndome detrás de una esquina de una casa le oí hablar a un pequeño grupo de hombres.

Hablaba con sencillez, sobre la caridad, que es como indulgencia por nuestros pecados..

Desde aquella tarde yo, el exigente y duro de corazón, quise conseguir de Dios el perdón de muchos pecados.

Hacía las cosas en  secreto…

Pero Él sabía que era yo, porque lo sabe todo.

Otra vez, le oí explicar precisamente el capítulo 52 de Isaías: decía que en su Reino, en la Jerusalén celestial,

no estarían los impuros ni los incircuncisos de corazón.

Y prometía que aquella Ciudad celeste – cuyas bellezas expresaba con tan persuasiva palabra,

que me vino nostalgia de ella – sería de quien a Él fuera.

Y luego,…

y luego… ¡Oh, aquel día no fue una mirada de tristeza, sino de mando!

Me desgarró el corazón, puso mi alma al desnudo, la cauterizó, tomó en su poder a esta pobre alma enferma,

la atormentó con su amor exigente…

Y mi alma fue nueva.

Fui a Él con arrepentimiento y deseo.

No esperó a que le dijera: “¡Señor, piedad!”.

Dijo Él: “¡Sígueme!”.

El Manso había vencido a Satanás en el corazón del pecador.

Que esto os diga,

si alguno de vosotros tiene culpas que le turban, que es el Salvador bueno y que no hay que apartarse de Él,

sino que, cuanto más pecador es uno, más debe ir a El con humildad y arrepentimiento para ser perdonado.

Santiago de Zebedeo, habla tú.

–         Verdaderamente no sé qué decir.

Habéis hablado y dicho lo que yo habría dicho.

Porque la verdad es ésta y no puede cambiar.

Yo también estaba, con Andrés, en el Jordán,

pero no me di cuenta de Él, sino cuando me lo indicó la mención del Bautista.

Yo también creí inmediatamente

Y cuando se marchó, después de su luminosa manifestación;

me quedé como uno al que de una cima llena de sol, lo llevan a una oscura cárcel.

Sentía un incontenible deseo de volver a encontrar el sol.

El mundo carecía totalmente de luz, después de habérseme presentado la Luz de Dios .

Y luego haber desaparecido de mi presencia.

Estaba solo entre los demás hombres.

Mientras comía tenía hambre.

Durante el sueño velaba con la parte mejor de mí mismo.

Dinero, oficio, afectos, todo había pasado a un segundo lugar respecto a este deseo incontenible de El;

había quedado lejos, sin atractivo.

Cual niño que ha perdido a su madre, gemía: “¡Vuelve, Cordero del Señor!

¡Altísimo, como enviaste a Rafael a guiar a Tobías, envía a tu ángel a guiarme a los caminos del Señor

para que lo encuentre, lo encuentre, lo encuentre!”.

Y, a pesar de todo, cuando, después de decenas de días de inútil espera y de búsqueda ansiosa

que, por su inutilidad, nos hacía sentir más cruel la perdida de nuestro Juan, que había sido arrestado por primera vez

Se nos presentó por el sendero, viniendo del desierto, no lo reconocí inmediatamente.

Llegado a este punto, quiero, hermanos en el Señor, enseñaros otro camino para ir a Él y reconocerlo.

Simón de Jonás ha dicho que hace falta fe y humildad para reconocerlo.

Simón Zelote ha confirmado la absoluta necesidad de la fe para reconocer en Jesús de Nazaret a Aquel que es,

en el Cielo y en la tierra, según cuanto ha sido dicho.

Y Simón Zelote necesitaba una fe muy grande, para esperar incluso para su cuerpo inevitablemente enfermo.

Por eso Simón Zelote dice que fe y esperanza son los medíos para poseer al Hijo de Dios.

Santiago, hermano del Señor, habla del poder de la fortaleza para conservar lo hallado.

La fortaleza, que impide que las insidias del mundo y de Satanás socaven nuestra fe

Andrés muestra toda la necesidad de unir a la fe una santa sed de justicia, tratando de conocer y retener la verdad,

cualquiera que fuere la boca santa que la anuncie, no por un orgullo humano de ser doctos,

sino por el deseo de conocer a Dios.

Quien se instruye en las verdades encuentra a Dios.

Mateo, que fue pecador, os indica otro camino por el que se alcanza a Dios:

despojarse de la sensualidad por espíritu de imitación.

Yo diría que por reflejo de Dios, que es Pureza infinita.

El, el pecador, se siente impresionado, lo primero, por la “virilidad casta” del Desconocido que había ido a Cafarnaúm,

Y casi como si ésta tuviera el poder de resucitar su muerta continencia, se veda a sí mismo, lo primero,

el sentido carnal, liberando así de obstáculos el camino para la llegada de Dios y para la resurrección de las otras

virtudes muertas

El celibato NO es una vida sin amor. Es la vida de UN AMOR MÁS GRANDE que el carnal. “

De la continencia pasa a la misericordia, de ésta a la contrición, de la contrición a la superación de todo sí mismo

y a la unión con Dios.

“Sígueme.” “Voy.” Pero su alma había dicho ya: “Voy”, y el Salvador había dicho ya: “Sígueme”,

desde la primera vez que la virtud del Maestro había atraído la atención del pecador.

Imitad.

Porque toda experiencia ajena, aunque fuera penosa;

es guía para evitar el mal y encontrar el bien en aquellos que tienen buena voluntad.

Yo, por mi, digo que, cuanto más se esfuerza el hombre en vivir para el espíritu,

más apto es para reconocer al Señor.

Y la vida angélica favorece esto al máximo.

Entre nosotros, discípulos de Juan, el que lo reconoció, después de la ausencia, fue el alma virgen.

Él, más incluso que Andrés, lo reconoció, a pesar de que la penitencia hubiera cambiado el rostro del Cordero de Dios.

Por eso digo: “Sed castos para poderlo reconocer”.

Judas, ¿Quieres hablar tú ahora?

         Sí.

Sed castos para poderlo reconocer.

Pero sedlo también para poderlo conservar en vosotros con su Sabiduría, con su Amor, con todo É1 mismo.

Sigue diciendo Isaías en el capítulo 52: “No toquéis lo impuro,… purificaos los que lleváis los vasos del Señor”.

Verdaderamente, toda alma que se hace discípula suya, es semejante a un vaso colmado del Señor.

Y el cuerpo que la contiene es como el portador del vaso consagrado al Señor.

No puede Dios estar donde hay impureza.

Mateo ha dicho cómo el Señor estaba explicando que nada que fuera impuro o que estuviera separado de Dios

habitará en la Jerusalén celeste.

verán a Dios ( Mt 5,8)

Sí. Pero es necesaria no ser impuros aquí abajo, y no estar separados de Dios, para poder entrar en ella.

Desdichados aquellos que aplazan a la última hora su arrepentimiento.

No siempre tendrán tiempo de hacerlo.

De la misma manera que los que ahora lo calumnian no tendrán tiempo de hacer nuevo su corazón

en el momento de su triunfo, siendo así que no gozarán de los frutos de este.

Quienes esperan ver en el Rey santo y humilde un monarca terreno, y, más aún,

quienes temen ver en El un monarca  terreno, no estarán preparados para aquella hora;

engañados y defraudado su pensamiento, que no es el pensamiento de Dios sino un pobre pensamiento humano,

pecarán cada vez más.

La humillación de ser el Hombre pesa sobre Él.

Debemos tener presente esto. Isaías dice que todos nuestros pecados tienen mortificada a la Persona Divina

bajo una apariencia común.

Cuando pienso que el Verbo de Dios tiene alrededor de Sí, como una costra sucia, toda la miseria de la Humanidad

desde que ésta existe, pienso con profunda compasión y con profunda comprensión

en el sufrimiento que debe producirle ello a su alma sin culpa:

la repulsa de una persona sana que fuera recubierta con los andrajos y las porquerías de un leproso.

Es verdaderamente el traspasado por nuestros pecados, el llagado por todas las concupiscencias del hombre.

Su alma, que vive entre nosotros, debe temblar con los contactos como por escalofrío de fiebre.

Y, no obstante, no dice nada.

No abre la boca para decir: “Me producís horror”.

La abre solamente para decir: “Venid a Mí, que os quite vuestros pecados”.

Es el Salvador.

En su infinita bondad, ha querido velar su irresistible belleza.

Esa belleza que, si se hubiera presentado cual es en el Cielo, nos habría reducido a cenizas, como ha dicho Andrés.

Esa belleza ahora se ha hecho atractiva, como de manso Cordero, para poder acercarse a nosotros y salvarnos.

Su opresión, su condena durará hasta que, consumido por el esfuerzo de ser el Hombre perfecto

en medio de los hombres imperfectos, sea elevado por encima de la multitud de los rescatados,

en el triunfo de su realeza santa.

¡Dios que conoce la muerte, para salvarnos a la Vida!…

Que estos pensamientos os hagan amarlo sobre todas las cosas.

El es el Santo.

Yo lo puedo decir, yo que con Santiago he crecido con El.

Y lo digo y lo diré, dispuesto a dar mi vida para firmar esta confesión;

para que los hombres crean en El y tengan la Vida eterna.

Juan de Zebedeo, te toca hablar a ti.

–          ¡Qué hermosos en los montes los pies del mensajero!

15. Y ¿cómo predicarán si no son enviados? Como dice la Escritura: = ¡Cuán hermosos los pies de los que anuncian el bien! =Romanos 10

Del Mensajero de paz, de Aquel que anuncia la felicidad y predica la salud, de Aquel que dice a Sión:

“¡Reinará tu Dios!”.

Y estos pies van, incansables, desde hace dos años, por los montes de Israel, convocando a las ovejas de la grey

de Dios para reunirlas, confortando, sanando, perdonando, dando paz.

Su paz. Verdaderamente me resulta extraño el no ver estremecerse de alegría los montes y exultar las aguas

de la patria, bajo la caricia de su pie.

Pero lo que más me asombra es el no ver a los corazones estremecerse de alegría y exultar diciendo:

“¡Gloria al Señor! ¡El Esperado ha venido! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”.

Aquel que derrama gracias y bendiciones, paz y salud, y llama para el Reino abriéndonos el camino que a Él conduce;

Aquel, sobre todo, que espira amor de cada una de sus acciones o palabras, de cada mirada, de cada respiro.

¿Qué es este mundo, pues, para estar ciego a la Luz que vive en medio de nosotros?

¿Qué losas, más espesas que la piedra que cierra las puertas de los sepulcros,

le muran la vista del alma para no ver esta Luz?

¿Qué montañas de pecados tiene encima de sí para estar tan oprimido, separado, cegado, ensordecido,

encadenado, paralizado, de forma que permanece pasivo ante el Salvador?

¿Qué es el Salvador?

Es la Luz fundida con el Amor.

La boca de mis hermanos ha cantado las alabanzas del Señor, ha recordado sus obras,

ha indicado las virtudes que deben practicarse para llegar a su camino.

Yo os digo: amad.

No hay virtud mayor ni más semejante a su Naturaleza.

Si amáis, practicaréis todas las virtudes sin esfuerzo, empezando por la castidad.

Y no os será gravoso el ser castos, porque amando a Jesús no amaréis a nadie inmoderadamente.

Seréis humildes porque veréis en Él sus infinitas perfecciones con ojos amantes, por lo cual no os ensoberbeceréis

de las vuestras, mínimas.

Seréis creyentes. ¿Quién no cree en aquel a quien ama?

Sentiréis la contrición del dolor que salva, porque será recto vuestro dolor,

es decir será un dolor por la pena causada a Él, no por la pena por vosotros merecida.

Seréis fuertes. ¡Oh, sí! ¡Cuando uno está unido a Jesús, es fuerte! Fuerte contra todo.

Estaréis llenos de esperanza, porque no dudaréis del Corazón de los corazones,

que os ama con la totalidad de Sí mismo.

Seréis sabios. Seréis todo.

Amad a Aquel que anuncia la felicidad verdadera, que predica la salud, que va, incansable, por los montes y los valles

convocando al rebaño para reunirlo; a Aquel en cuyo camino está la Paz, como también hay paz en su Reino, que no es

de este mundo, sino que es verdadero, como verdadero es Dios.

Abandonad cualquier camino que no sea el suyo.

Liberaos de toda tiniebla. Id a la Luz.

No seáis como el mundo, que no quiere ver la Luz, que no quiere conocerla.

Vosotros id a nuestro Padre, que es el Padre de las luces, que es Luz sin medida,

a través del Hijo, que es la Luz del mundo, para gozar de Dios en el abrazo del Paráclito,

que es fulgor de las Luces en una sola beatitud de amor, que a los Tres centra en Uno. ¡Infinito océano del Amor,

sin tempestades, sin tinieblas, acógenos!

¡A todos! A los inocentes y a los convertidos. ¡A todos!

¡En tu paz! ¡A todos! Para toda la eternidad.

A todos los que habitamos sobre la tierra, para que te amemos a ti, Dios,

y al prójimo como tú quieres.

A todos, en el Cielo, para que sigamos amando, siempre, no sólo a ti y a los celestes habitantes,

sino también, y todavía, a los hermanos que militen en la tierra en espera de la paz.

Y cual ángeles de amor, los defendamos y apoyemos en las batallas y tentaciones, para que después puedan estar

contigo en tu paz, para gloria eterna del Señor nuestro Jesús, Salvador,

Amador del hombre, hasta el límite sin límite del anonadamiento sublime.

Como siempre, Juan, ascendiendo en sus vuelos de amor, lleva consigo a las almas a lugares de amor levísimo

y silencio místico.

Debe pasar un rato antes de que retorne la palabra a los labios del auditorio.

El primero en hablar es Felipe, dirigiéndose

a Pedro:

–         ¿Y Juan, el pedagogo, no habla?

-Os hablará por nosotros continuamente.

Ahora dejadlo en su paz, y dejadnos también a nosotros un buen rato con él.

Tú, Saba, haz lo que te he dicho antes; y tú también, buena Berenice…

Salen todos.

Se quedan en la amplia sala los ocho con los dos.

Hay un silencio grave:

Están todos un poco pálidos:

los apóstoles, porque saben lo que está para producirse;

los dos discípulos, porque lo presienten.

Pedro abre sus labios, pero encuentra sólo esta palabra: «Oremos», y entona el “Pater noster”.

Luego – está verdaderamente pálido, quizás más que en el momento de la muerte -,

yendo a ponerse entre los dos y colocando una mano sobre sus hombros,

dice:

–         Es la hora de la despedida, hijos.

¿Qué le digo al Señor en nombre vuestro?

¿A Él, que ciertamente estará ansioso de saber de vuestra santidad?

Síntica cae de rodillas y se cubre el rostro con las manos.

Juan la imita.

Pedro los tiene a sus pies…

Y, mecánicamente, los acaricia mientras se muerde los labios para no ceder a la emoción.

Juan de Endor alza su acongojado rostro,

y dice:

–          Dirás al Maestro que nosotros hacemos su Voluntad…

Y Síntica:

–         Y que nos ayude a cumplirla hasta el final…

El llanto impide frases más largas.

–        Bien.

Démonos el beso de despedida.

Esta hora debía llegar..

También Pedro se corta, ahogado por un nudo de llanto.

Síntica suplica:

–         Antes bendícenos

–        No.

No yo. Mejor uno de los hermanos de Jesús…

Tadeo se pone de rodillas y objeta:

–        No.

Tú eres el jefe.

Nosotros los bendeciremos con el beso.

Bendícenos a todos, a nosotros que nos marchamos y a ellos que se quedan .

Y Pedro, el pobre Pedro – que ahora está rojo por el esfuerzo de mantener firme la voz.

Y por la emoción de bendecir, con las manos extendidas hacia el pequeño núcleo arrodillado a sus pies…

– pronuncia, con voz aún más áspera por el llanto, casi de viejo, la bendición mosaica…

Luego se agacha, besa en la frente a la mujer, como si fuera una hermana;

levanta y abraza, besándolo fuerte, a Juan.

Y… se marcha valientemente de la habitación, mientras los otros imitan su acto para con los dos que se quedan…

Afuera, el carro está ya preparado.

Sólo están presentes Felipe, Berenice y el siervo, que sujeta el caballo.

Pedro ha subido ya al carro… 

Felipe dice a Pedro:

–         Dirás al amo que esté tranquilo respecto a sus recomendados.

Berenice en voz baja, dice a Zelote:

–          Dirás a María que siento la paz de Euqueria desde que ella es discípula. 

–          Le diréis al Maestro, a María, a todos, que los amamos, y que…

¡Adiós! ¡Adiós! ¡Oh, no los volveremos a ver!

¡Adiós, hermanos! Adiós…

Corren afuera, al camino, los dos discípulos…

Pero el carro, que ha partido al trote, ya ha doblado la esquina…

Ha desaparecido…

–         ¡Síntica!

–         ¡Juan!

–        ¡Estamos solos!

–        ¡Dios está con nosotros!…

Ven, pobre Juan. El sol declina.

Te sienta mal estar aquí…

–          Para mí el Sol se ha puesto para siempre…

Sólo volverá a salir en el Cielo.

Y entran donde antes estaban con los demás, se dejan caer sobre una mesa y se entregan, ya sin freno, al llanto…

Dice Jesús:

«Y el tormento causado por un hombre, sólo querido por el hombre malo, quedó consumado,

deteniéndose como un curso de agua en un lago después de haber realizado su recorrido…

Te hago notar cómo también Judas de Alfeo, a pesar de estar más nutrido de sabiduría que los demás,

da al texto de Isaías, sobre mis sufrimientos de Redentor, una explicación humana.

Y así era todo Israel, que se negaba a aceptar la realidad profética

y contemplaba las profecías sobre mis dolores como alegorías y símbolos.

Fue el gran error, por el que, en la hora de la Redención, bien pocos en Israel supieron ver todavía al Mesías

en el Condenado.

La Fe no es sólo una corona de flores.

Tiene espinas también.

Y es santo aquel que sabe creer tanto en las horas de gloria como en las horas trágicas.

Y sabe amar, tanto si Dios lo cubre de flores, como si lo coloca sobre espinas.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

https://paypal.me/cronicadeunatraicion?locale.x=es_X

19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

345 PEDAGOGOS EN ANTIGONIO


345 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

El anciano Felipe mientras sirve a los huéspedes leche humeante,

dice: .

–       Mi hijo Tolmái ha venido para los mercados.

Hoy, a la sexta, regresa a Antigonio.

El día está templado.

¿Queréis ir, según vuestro deseo? 

Pedro responde:

–        Iremos, seguro.

¿Cuándo has dicho?

–        A la sexta.

Podréis volver mañana, si queréis; o si preferís, en la víspera del sábado, al caer de la tarde, cuando vienen para las funciones del sábado todos los subalternos hebreos

o los que han entrado en la fe.

–        Lo haremos así.

Se podría incluso elegir ese lugar, para que vivieran éstos.

–        Será un placer en todo caso, aunque los pierda.

Porque es un lugar salubre.

Y podríais hacer mucho bien con los subalternos, algunos de los cuales

son todavía los que dejó el amo.

Otros provienen de la bondad de la bendita ama, que los rescató de amos crueles.

Por eso no son todos israelitas.

Pero ahora ya no son tampoco paganos.

Hablo de las mujeres.

Los hombres, todos, están circuncidados.

No sintáis aversión…

Pero están todavía muy lejos de la justicia de Israel.

Los santos del Templo, que son perfectos, se escandalizarían de ellos…

Pedro exclama:

–       ¡Ah, ya!

¡Ya! ¡Ya!…

¡Bueno, bien!

Ahora podrán progresar aspirando sabiduría y bondad de los enviados del Señor…

¿Estáis oyendo cuántas cosas que hacer tenéis aquí? – termina Pedro, dirigiéndose a los dos.

Síntica promete:

–        Lo haremos.

No defraudaremos al Maestro

Y sale para preparar lo que cree oportuno.

Juan de Endor pregunta a Felipe:

–        ¿Piensas que en Antigonio voy a poder hacer un poco de bien,  también a otros,

enseñando como pedagogo?

–        Mucho bien.

El anciano Plauto ha muerto ya hace tres lunas y los niños de los gentiles no tienen escuela.

En cuanto a los hebreos, no hay maestro, porque todos los nuestros huyen de ese lugar

que está cerca de Dafne.

Se necesita uno que sea…

que sea… como era Teófilo…

Sin rigideces para… para…

Pedro concluye expeditivo.

–        Sí, en fin,

sin fariseísmo, quieres decir.

–        Eso… sí…

No quiero criticar…

Pero pienso…

Maldecir no sirve para nada.

Mejor sería ayudar…

Como hacía la ama, que con su sonrisa conducía a la Ley más y mejor, que un rabí.

Juan de Endor exclama:

–        ¡Ahora comprendo por qué me ha enviado aquí el Maestro!

Soy exactamente el hombre con los requisitos precisos…

¡Haré su voluntad!

¡Hasta el último respiro!

Ahora creo, creo con firmeza que es exclusivamente una misión de predilección ésta mía.

Voy a decírselo a Síntica.

Vais a ver como nos quedamos allí..

Voy, voy a decírselo.

Y sale, animado como hacía tiempo no lo estaba.

Pedro exclama:

–        ¡Altísimo Señor, te doy las gracias y te bendigo!

Sufrirá todavía, pero no como antes…

¡Ah, qué alivio! 

Y luego siente el deber de explicar a Felipe un poco, de la forma que puede,

el por qué de su alegría:

«       Debes saber que los…“rígidos” de Israel – tú los llamas “rígidos” – persiguen a Juan.

–        ¡Ah, comprendo!

Perseguido político como… como… – y mira al Zelote.  

Simón confirma:

–        Sí, como yo y más;

por otros motivos también.

Porque, además de por la casta distinta, los irrita por ser del Mesías.

Por lo cual, dicho sea de una vez por todas, él y ella quedan confiados a tu fidelidad…

¿Comprendes?

–        Comprendo.

Y sabré cómo moverme.

–        Ante los demás, ¿Cómo los vas a llamar?

–        Dos pedagogos recomendados por Lázaro de Teófilo,

él para los niños, ella para las niñas.

Veo que tiene bordados y telares…

Gente extranjera hace y vende muchas labores femeninas en Antioquía.

Pero son labores toscas y recargadas

Ayer he visto una labor suya que me ha recordado a la buena ama mía…

Serán labores muy solicitadas…

Pedro dice:

–        Una vez más, alabado sea el Señor.

Judas Tadeo., responde: 

–        Sí.

Esto disminuye en nosotros el dolor de la ya próxima despedida.

–        ¿Ya os queréis marchar?

Y Tadeo explica:

–        Tenemos que marcharnos.

La tormenta nos ha hecho perder tiempo.

Para los primeros días de Sabat tenemos que estar con el Maestro.

Nos está esperando, porque ya vamos con retraso.   

Se separan y va cada uno a sus asuntos:

Felipe a donde lo llama una mujer;

los apóstoles al sol, en la azotea. 

Santiago de Alfeo pregunta: 

–        Podríamos partir el día siguiente del sábado.

¿Qué os parece? 

Todos asienten…

–       ¡Por mí!…

¡Fíjate tú! 

Pedro:   

–       Todos los días me levanto con el tormento de Jesús solo, sin ropa, desatendido,

y todas las noches me acuesto con el mismo tormento.

De todas formas, hoy lo decidimos.

Andrés comenta:

–        Decidme.

¿Creéis que el Maestro sabía todo esto?

Hace días que me pregunto cómo sabía que encontraríamos al cretense;

cómo ha visto con anticipación el trabajo de Juan y Síntica;

cómo, cómo… en definitiva, muchas cosas.  

Zelote dice:

–        Verdaderamente creo que el cretense tiene épocas fijas de estancia en Seleucia.

Quizás Lázaro se lo dijo a Jesús…

Y Él, por ello, decidió la partida sin esperar a la Pascua… 

Santiago de Alfeo. pregunta: 

–        ¡Sí! ¡Eso!

¿Y Juan cómo va a celebrar la Pascua? 

Mateo dice:

–        Pues como todos los israelitas… 

Tadeo dice:

–        No.

Sería caer en la boca del lobo».

-¿Pero qué dices, hombre?

Entre tanta gente, ¿Quién lo va a descubrir?

Pedro dice y corta la frase: 

–       El Iscar…

¡Oh, ya hablé!

No penséis en ello.

Es un capricho de mi mente…

Pedro está colorado, afligido por haber hablado.

Judas Tadeo le pone una mano en el hombro, sonriendo con su sonrisa grave,

y dice:

–        ¡Bueno, hombre!

Todos pensamos lo mismo…

Pero mejor no decírselo a ninguno.

Bendigamos, más bien, al Eterno, que ha desviado la mente de Juan, de este pensamiento.

Todos, abstraídos, guardan silencio.

Pero para ellos, verdaderos israelitas, es una preocupación el cómo va a poder celebrar

la Pascua en Jerusalén, el discípulo exiliado…

Y vuelven sobre el tema. 

Mateo dice:

–        Yo creo que Jesús proveerá.

Quizás Juan lo sabe.

Basta preguntárselo.

Juan suplica:

–        No lo hagáis.

No creéis deseos y espinas donde apenas si se acaba de establecer la paz.

Santiago de Alfeo. confirma: 

–        Sí.

Es mejor preguntárselo al Maestro mismo

Andrés pregunta: 

–       ¿Cuándo lo veremos?

¿Qué pensáis vosotros? 

Santiago de Zebedeo dice: 

–        Si partimos el día siguiente del sábado,

para el final de la luna estaremos seguro en Tolemaida…

Tadeo observa:

–        Si encontramos nave… 

Y su hermano añade:

–        Y si no hay tempestad.

–        Por lo que se refiere a la nave, siempre hay alguna que parte para. Tiro.  

Y pagando, haremos que se haga escala en Tolemaida aunque la nave vaya para Joppe.

Zelote pregunta a Pedro:

–        ¿Tienes todavía?

–       . Contando incluso con que me ha pelado bien ese ladrón del cretense,

a pesar de todas sus declaraciones de querer favorecer a Lázaro.

Pero tengo que pagar la permanencia de la barca y la de Antonio…

Y no toco los denarios que me han dado para Juan y Síntica.

Son sagrados.

Los dejo intactos, a costa incluso de no comer.

Zelote comenta:

–       Haces bien.

Ese hombre está muy enfermo.

Él cree que podrá ejercer la función de pedagogo.

Yo creo que su única función será la de enfermo, pronto… 

Santiago de Zebedeo, confirma: .

–        Sí, también yo creo eso.

Síntica, más que labores, tendrá que hacer ungüentos 

Juan dice admirado:

–        Ese ungüento, ¿Eh?

¡Qué prodigio!

Síntica me ha dicho que quiere hacer más

y usarlo para poder entrar en familias de aquí».

Mateo proclama: 

–       ¡Buena idea!

Un enfermo que se cura es siempre un discípulo conquistado, y con él los suyos

  Pedro exclama: 

      ¡Ah, no, eso no! 

Andrés cuestiona y con él, otros más:

—      ¿Cómo?

¿Quieres decir que el milagro no arrastra hacia el Señor?  

Pedro interroga:

–        Sois unos niñitos!

¡Parece que acabáis de bajar del Cielo!

¿Pero no veis lo que le hacen a Jesús?

¿Se ha convertido Elí de Cafarnaúm

¿Y Doras?

¿Y Oseas de Corazín?

¿Y Melquías de Betsaida?

¿Y – perdonad los de Nazaret

 y toda Nazaret por los cinco, seis, diez milagros cumplidos,

hasta el último, el de vuestro sobrino? 

Ninguno replica, porque es la amarga verdad…

Después de unos minutos de silencio,

Juan dice: 

–        No hemos encontrado todavía al soldado romano.

Jesús ya lo había dado a entender..

Zelote dice: . 

–        Se lo diremos a los que se quedan.

Es más, será otra misión más en su vida.

Vuelve Felipe

diciendo:

–        Mi hijo está ya listo.

Se ha dado prisa.

Está con su madre, que prepara regalos para los nietos.

–        ¿Es buena tu nuera, no?

–        Buena.

Ha sido consuelo mío en la pérdida de mi José.

Es como una hija.

Era sierva de Euqueria. La educó ella.

Venid a reponer fuerzas antes de poneros en marcha.

Los otros ya lo están haciendo…

.Y,precedidos por el carro de Tolmái, nieto de Felipe, trotan hacia Antigonio…

Llegan pronto a esta pequeña ciudad.

Sepultada en la feracidad de sus jardines, protegida de las corrientes por las cadenas de

montes que tiene alrededor; 

suficientemente lejanas para no ahogarla, pero suficientemente cercanas para protegerla

y derramar sobre ella los efluvios de sus bosques de árboles resinosos y esenciales;

toda llena de sol, alegra la vista y el corazón con sólo cruzarla.

Los jardines de Lázaro están al sur de la ciudad.

Están precedidos por un paseo, por ahora sin frondas, a lo largo del cual están las casas

de los que trabajan en los jardines.

Son casitas bajas, pero bien cuidadas.

A sus puertas se asoman caras de niños que observan curiosos…

Y de mujeres que saludan sonriendo.

Las razas distintas se manifiestan en la diversidad de los rostros.

Tolmái, en cuanto traspasan la cancilla donde empieza la propiedad,

hace un especial chasquido de tralla al ir pasando por delante de todas las casas;

debe ser como una señal

Y los que viven en ellas, tras haber observado, entran de nuevo y luego vuelven a salir,

cierran las puertas y empiezan a caminar por el paseo, detrás de los dos carros,

que van al paso y luego se paran en el centro de una confluencia de senderos

(dirigidos, como los radios de una rueda, en todas las direcciones

entre muchos campos dispuestos en cuadros, unos desnudos, otros de un verde perenne,

custodiados por laureles, por acacias o árboles semejantes.

O por otros árboles que a través de los tajos incididos en su tronco

rezuman leche olorosa y resinas).

En el ambiente hay un olor mixto de aromas balsámicos, resinosos, fragantes.

Panales por todas partes.

Y pilones para el riego, en que beben palomas blanquísimas.

Y, en zonas especiales, de tierra desnuda, recientemente cavada,

escarban gallinitas también blancas custodiadas por muchachas.

Tolmái restalla la tralla repetidas veces,

hasta que todos los súbditos del pequeño reino se reúnen en torno a los recién llegados.

Entonces empieza su presentación:

–       Escuchad.

Felipe, jefe nuestro y padre de mi padre, manda y recomienda a estos santos de Israel,

venidos aquí por voluntad de nuestro patrón.

Que Dios esté siempre con él y con su casa.

Mucho nos quejábamos porque aquí faltaba la voz de los rabíes santos.

He aquí que la bondad del Señor y de nuestro patrón, lejano pero que mucho nos ama

Dios le compense el bien que ofrece a sus siervos,

nos procuran lo que nuestro corazón soñaba.

En Israel ha aparecido Aquel que había sido prometido a las gentes.

Ya nos lo habían dicho durante las Fiestas en el Templo y en la casa de Lázaro.

Pero ahora realmente ha llegado para nosotros el tiempo de la gracia,

porque el Rey de Israel ha pensado en sus siervos más pequeños

y ha enviado a sus ministros a portarnos sus palabras.

Éstos son sus discípulos.

Y dos de ellos vivirán en medio de nosotros, aquí o en Antioquía;

enseñando la Sabiduría para ser instruidos en orden al Cielo.

Y también la otra que se necesita para la tierra.

Juan, pedagogo y discípulo de Cristo, enseñará a nuestros niños estas dos sabidurías;

Síntica, discípula y maestra con la aguja, enseñará la ciencia del amor a Dios

y el arte del trabajo femenil a las muchachas.

Recibidlos como bendición del Cielo y amadlos como los ama Lázaro de Teófilo y Euqueria

– gloria a sus almas y paz – Y como los aman las hijas de Teófilo, Marta y María,

nuestras amadas señoras y discípulas de Jesús de Nazaret, el Rabí de Israel,

el Prometido, el Rey.

El pequeño pueblo de hombres, vestidos con cortas túnicas, de manos terrosas

que sostienen utensilios de jardinería;

de mujeres, de niños de todas las edades, escucha asombrado.

Luego bisbisean.

Finalmente saludan con una profunda reverencia…

Y Tolmái empieza las presentaciones:

–        Simón de Jonás, el jefe de los enviados del Señor;

Simón el Cananeo, amigo de nuestro señor;

Santiago y Judas, hermanos del Señor;

Santiago y Juan, Andrés y Mateo.

Y luego, a los apóstoles y discípulos:

–        Ana, mi mujer, de la tribu de Judá, como, por lo demás, mi madre,

porque somos puros, venidos con Euqueria de Judá.

José, el varón consagrado al Señor,

y Teoqueria, primogénita, que en el nombre lleva el recuerdo de los justos señores,

sabia hija y amante de Dios como una verdadera israelita.

Nicolái y Dositeo. Nicolái es nazireo. Dositeo es el tercero de los hijos; ya lleva casado

(y un fuerte suspiro acompaña el anuncio de esto) varios años con Hermiona.

Ten aquí, mujer…

Se adelanta una jovencísima morenita con un lactante en brazos.

–       Ésta es.

Es hija de un prosélito y de una griega.

Mi hijo la vio en Alejandrocena de Fenicia,cuando fue para unas compraventas…

Y la quiso para sí…

Y Lázaro no se opuso, antes al contrario me dijo: “Mejor así que al mal”.

Y no es ningún mal.

Pero yo quería sangre de Israel…

La pobre Hermiona está con la cabeza agachada como una acusada.

Dositeo está visiblemente agitado y se ve que sufre.

Ana, la madre y suegra, mira con ojos entristecidos…

Juan, a pesar de ser el más joven,

siente la necesidad de elevar los espíritus humillados

y dice:

–        En el Reino del Señor no hay ya griegos o israelitas, romanos o fenicios;

sino solamente hijos de Dios.

Cuando, a través de estos que han venido, conozcas la Palabra de Dios,

sentirás elevarse tu corazón a nuevas luces.

Y ésta ya no será “la extranjera” sino la discípula, como tú y como todos,

del Señor nuestro Jesús.

Hermiona levanta la humillada cabeza y sonríe con gratitud a Juan.

En los rostros de Dositeo y de Ana se ve la misma expresión de agradecimiento.

Tolmái responde austero:

–        Y Dios quiera que sea así,

porque, aparte del origen, nada tengo que recriminar a mi nuera.

El que está en sus brazos es Alfeo, el último nacido, que del padre de ella, prosélito,

ha tomado el nombre.

La pequeña de los ojos de cielo bajo los rizos de ébano es Mírtica, del nombre de la madre

de Hermiona.

Y éste, el primogénito, es Lázaro, porque así lo quiso el señor nuestro, y el otro es Hermas.

Juan. interviene nuevamente,

diciendo:

–        El quinto se debe llamar Tolmái y la sexta Ana,

para decir al Señor y al mundo  que tu corazón se ha abierto a nuevas comprensiones.  

Tolmái se inclina sin decir nada.

Luego reanuda las presentaciones:

–       Éstos son dos hermanos de Israel: Miriam y Silvano, de la tribu de Neftalí.

Y éstos son Elbónides Danita y Simeón judío.

Luego, aquí están los prosélitos, que eran romanos, caridad de Euqueria hecha obra; 

arrancados por ella al yugo y a gentilidad: Lucio, Marcelo, Solón, hijo de Elateo.

Síntica observa: 

–        Nombre griego.

–        De Tesalónica.

Esclavo de un siervo de Roma – el desprecio es manifiesto al decir “siervo de Roma” –

Euqueria lo tomó, junto con el padre agonizante, en un momento confuso;

si el padre murió pagano, Solón es prosélito…

Priscila ven aquí adelante con tus hijos…

Una mujer alta y delgada, de rostro aquilino, se adelanta empujando a una niña y a un niño;

cogidas de la falda lleva a dos pequeñuelos.

–        Ésta es la mujer de Solón, que fue liberta de una romana ya difunta.

Y Mario, Cornelia, María y Martila, gemelas.

Priscila es experta en esencias.

Amiclea, ven con tus hijos. Ésta es hija de prosélitos.

Y prosélitos son los dos niños, Casio y Teodoro.

Tecla, no te escondas

Es la mujer de Marcelo.

Su dolor es que es estéril. También hija de prosélitos.

Éstos son los colonos.

Ahora a los jardines.

Venid.

Y los guía por la vasta propiedad, seguido de los jardineros,

que explican los cultivos y trabajos;

mientras las muchachas vuelven a sus gallinitas,

que han aprovechado la ausencia de las guardianas para irse a otros lugares,

sobrepasando los límites, establecidos.

Tolmái explica:

–        Se las trae aquí para limpiar la tierra de larvas, antes de la siembra de los cultivos anuales.

Juan de Endor sonríe a las gallinitas, que cloquean

y dice:

–        Parecen las que tenía yo…

Y se agacha para echar miguitas de pan que tenía en el talego,

hasta que se ve rodeado de polluelas.

Y ríe porque una de ellas, petulante, le arrebata el pan de los dedos.  

Pedro exclama:

–        ¡Menos mal!

Dando con el codo a Mateo y señalando a Juan, que juega con los pollos…

Y a Síntica, que está hablando griego con Solón y Hermiona.

Luego vuelven hacia la casa de Tolmái

que explica:

–        Éste es el sitio.

Pero, si queréis enseñar, se puede hacer un lugar.

¿Os quedáis aquí o…?  

Juan de Endor suplica:

–        ¡Sí, Síntica!

¡Aquí! ¡Es más bonito!

Antioquía me ahoga de recuerdos… 

Síntica concede:

–        ¡Sí, hombre, claro!

Como quieras.

Basta con que tú estés bien.

Para mí todo es igual.

No miro ya hacia atrás… sólo adelante, adelante…

¡Ánimo, Juan!

Aquí estaremos bien.

Niños, flores, palomas y gallinas para nosotros, pobres criaturas.

Y para nuestra alma el gozo de servir al Señor.

¿Qué opináis vosotros? 

Pregunta volviéndose a los apóstoles.  

Pedro dice:

–        Pensamos como tú, mujer

–        Pues ya está dicho.

–        Muy bien.

Nos iremos contentos…

Juan de Endor, vuelve a su dolor…

exclamando:

–        ¡Oh, no os marchéis!

¡No os volveré a ver!

¿Por qué tan pronto? ¿Por qué?… – 

–        ¡No nos marchamos ahora!

Estamos aquí hasta… hasta que seas…

Pedro no sabe expresar lo que será Juan,

Y para que no se vea que también él está repleto de lágrimas,

abraza a Juan, que está llorando,

y trata de consolarlo así…  

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

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19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

343 EXILIADOS…


343 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En una bellísima puesta de sol, se delinea la ciudad de Seleucia

como un voluminoso aglomerado blanco en el límite de las aguas azules del mar calmo

y risueño: todo un jugueteo de olitas bajo un cielo que funde su cobalto sin nubes

con la púrpura del ocaso.

La nave, desplegadas sus velas, enfila veloz hacia la ciudad lejana,

y tanto inciden en ella los esplendores del sol poniente, que parece incendiarse,

con fuego de alegría por la fiesta de la llegada ya cercana.

En el puente de la nave, entre los marineros, que ya ni trajinan ni están inquietos,

están los pasajeros, que ven acercarse la meta.

Sentado junto a Juan de Endor (más macilento aún que cuando partió),

se ve al marinero herido

Todavía tiene fajada la cabeza con una venda ligera;

su tez, pálida-marfil por la gran cantidad de sangre que ha perdido.

Pero sonríe y habla con sus salvadores, o con los compañeros que, pasando,

se congratulan con él de verlo en el puente.

También el cretense se percata de su presencia.

Deja por un momento su puesto, poniéndolo en manos del jefe de la tripulación,

para ir a saludar a su «óptimo Demetes», que ha vuelto al puente por primera vez

después de sufrir la herida.

Y dirigiéndose a los apóstoles,

les dice:

       «Y gracias a todos vosotros» .

«No tenía ninguna esperanza de que sobreviviera, después del golpe de ese pesado travesaño

y del hierro que lo hacía todavía más pesado

Verdaderamente, Demetes, éstos te han dado de nuevo a la vida,

porque estabas ya dos veces muerto.

La primera, yaciendo como una mercancía en el puente, donde habrías perecido por el

desangramiento… y por las olas, que te hubieran llevado al mar;

habrías descendido al reino de Neptuno, a hacer compañía a nereidas y tritones.

La segunda, por haberte curado con esos maravillosos ungüentos.

Y se va hacia el puente de mando para tomar el timón, pues ya están muy cerca del atracadero.

Pedro dice:

–           Vamos a tomar nuestro cargamento.

No veo la hora de alejarnos de este asqueroso pagano.

Juan… Síntica…

En cuanto bajemos con la carga, vendremos por ustedes…

Y los ocho apóstoles se van ligeros a hacer lo que han dicho.

Los dos que se quedan,

observan los diques y la sinfonía de silbidos con que se trasmiten las órdenes

para que el navío quede a punto para el desembarco.

Juan de Endor dice muy triste:

–           Síntica, cada vez damos un paso más hacia lo desconocido.

Otro paso que nos aleja del dulce pasado.

Otra agonía… no creo que aguante…

Síntica está muy pálida y también agobiada por la tristeza,

pero es siempre la mujer fuerte que da fuerzas a los que ama:

–        Es verdad, Juan.

Otro golpe que destroza el corazón.

Otra agonía…

Pero no digas: ‘Otro paso más hacia lo desconocido’ No está bien.

Conocemos nuestra misión.

Jesús nos lo dijo.

Y nos estamos uniendo a la Voluntad de Dios, que sólo Él sabe por qué lo está permitiendo…

Ni siquiera debemos decir: ‘Otro golpe’

Nosotros seguimos fieles a su Voluntad.

El golpe abate.

Nosotros nos unimos.

Nos vemos libres de los placeres sensibles de nuestro amor por Él, por nuestro Maestro.

Y nos reservamos las delicias suprasensibles, haciendo que nuestro amor y obligación

se trasladen a un plan superior.

¿No estás convencido de ello?

¿Sí?

Juan asiente en silencio con un gesto afirmativo.

–        Entonces no debes decir ‘otra agonía’

Decir agonía significa que la muerte está cerca.

Pero nosotros al llegar a un plano espiritual por nuestros propósitos, no morimos,

sino que ‘vivimos’.

Porque lo espiritual es eterno.

Por esta razón subimos a una vida mejor, anticipo de la vida verdadera del Cielo.

¡Ea, ánimo!

¡Olvida que eres el Juan inútil!

Y piensa que eres el hombre destinado al Cielo.

Reflexiona, reacciona y medita…

Y espera solo en ser el ciudadano de aquella patria inmortal.

Los apóstoles ya tienen la carga lista para desembarcar,

cuando la nave entra majestuosa, al lugar donde va a atracar.

Se acercan los dos que están sufriendo el dolor infinito del alejamiento

del que ya aman con todo su ser.

Nicómedes se acerca a despedirlos.

Y Pedro dice:

–        Adiós y muchas gracias.

–        ¡Salve hebreos!

También yo os las doy.

Si os apresuráis, encontrareis alojamiento…

Hasta la vista…

Después de bajar la carga, los diez descienden.

Y cargados con sus fardos, se alejan en busca del albergue…

Al día siguiente…

Erguido enfrente de los apóstoles bajo el primer sol de la mañana…

El anciano posadero dice:

–        En los mercados encontraréis seguro un carro.

Pero, si queréis el mío os lo dejo, en recuerdo de Teófilo.

Si vivo tranquilo, se lo debo a él.

Me defendió, porque era justo.

Ciertas cosas no se olvidan.   

Pedro objeta:

–        Es que tú estarías sin tu carro varios días…

Y además, ¿Quién lo guía?

Yo con un burro… todavía…

¡Pero con un caballo!…

–        ¡Es igual!

No te voy a dar un potro indómito.

doy un prudente caballo de tiro, bueno como un cordero.

Llegaréis pronto y sin fatigaros.

Para la hora novena estaréis en Antioquía;

mucho más considerando que el caballo conoce muy bien el camino y va solo.

Me lo devolverás cuando quieras, sin interés por mi parte,

si no es el de hacer una cosa grata al hijo de Teófilo.

Decidle que todavía le debo muchas cosas.

Y que lo recuerdo y me siento siervo suyo. 

Pedro pregunta a sus compañero

–       ¿Qué hacemos? – 

–        Lo que te parezca mejor.

Tú juzga y nosotros obedecemos…

-¿Probamos con el caballo?

Lo digo por Juan…

Y también para abreviar…

Me siento como si estuviera llevando a uno a la muerte

y estoy deseando acabar todo esto lo antes posible…

Todos aprueban: 

–        Tienes razón

–        Entonces, hombre, acepto.

—       Y yo ofrezco con alegría.

Voy a aparejar el vehículo.

El hospedero se marcha.

Pedro da rienda suelta a su pensamiento:

–        He consumido en estos pocos días la mitad del tiempo de vida que tenía.

¡Una pena!… ¡Una pena!…

Habría querido tener el carro de Elías, el manto que cogió Eliseo,

que les hiciera olvidar, que les…

¡No sé! Algo, en definitiva, que no les hiciera sufrir tanto…

Pero, si logro saber quién es la causa principal de este dolor,

dejo de ser Simón de Jonás si no lo retuerzo como a un paño empapado.

No digo matarlo, ¡No!,

Pero sí exprimirlo, como él ha exprimido la alegría y la vida a esos dos pobrecillos…

Santiago de Alfeo.,

dice:

–        Tienes razón.

Es una gran pena.

Pero Jesús dice que se debe perdonar las ofensas… 

–         Si me las hubieran hecho a mí, debería perdonar.

Y podría.

Estoy sano y fuerte.

Y si alguien me ofende tengo fuerza para reaccionar incluso contra el dolor.

¡Pero, el pobre Juan!

No, no puedo perdonar la ofensa contra el redimido del Señor;

contra uno que muere afligido de esta forma…

Andrés suspira, diciendo: 

–        Yo pienso en el momento en que lo dejemos del todo… – 

Mateo susurra:

–        Yo también.

Es un pensamiento fijo y que aumenta a medida que se acerca el momento…

Pedro dice:

–        Hagámoslo pronto, por piedad

Poniendo una mano en el hombro de Pedro.

Zelote dice serenamente:

–        No, Simón.

Perdona si te observo que te equivocas deseando eso.

Tu amor al prójimo se está transformando en un amor desviado.

Y esto no debe suceder en ti, que siempre has sido recto.

–       ¿Por qué, Simón?

Eres culto y bueno.

Muéstrame mi error.

Y yo, si así lo veo, te diré: tienes razón.

–        Tu amor se está haciendo malsano, porque está para transformarse en egoísmo.

–        ¿Cómo?

¿Me aflijo por ellos y soy egoísta?

–        Sí, hermano;

porque tú, por exceso de amor, todo exceso es desorden.

Y por tanto, induce al pecado, te envileces.

Quieres no sufrir tú de ver sufrir.

Eso es egoísmo, hermano en el nombre del Señor.

Pedro concede:

-¡Es verdad!

Tienes razón. Y

Te agradezco esta advertencia.

Así se debe hacer entre buenos compañeros. Bien.

Entonces ya no tendré prisa…

Pero, decid la verdad,

¿No es un acto de piedad? 

Todos dicen: 

–       Lo es, lo es… 

–       ¿De qué forma los vamos a dejar? 

Andrés sugiere: 

–       Propondría hacerlo cuando nos haya recibido Felipe,

pero quedándonos quizás ocultos un tiempo en Antioquía.

Y preguntándole a Felipe cómo se van adaptando… 

Santiago de Alfeo.. objeta: 

–        No.

Sería hacerles sufrir demasiado con una separación tan brusca.  

Santiago de Zebedeo, comenta:

–        Entonces…

Sigamos a medias el consejo de Andrés.

Quedémonos en Antioquía, pero no en casa de Felipe.

Y durante unos días vamos a verlos, cada vez menos, cada vez menos, hasta que…

No volvemos… 

Tadeo opina:

–        Dolor renovado una y otra vez.

Y cruel desilusión.

No. No se debe hacer. 

–        ¿Qué hacemos, Simón?

Pedro dice abatido:

–       ¡Ah!, por lo que a mí respecta,

quisiera estar en su lugar, más bien que tener que decir: “Me despido de vosotros”

Zelote dice: 

–        Propongo una cosa.

Vamos con ellos a casa de Felipe.

Nos quedamos allí.

Luego, siguiendo todavía juntos, vamos a Antigonio.

Es un lugar ameno…

Y allí también estamos un tiempo.

Una vez que ellos se hayan aclimatado, nos retiramos, con dolor pero con virilidad.

Yo diría esto.

A menos que Simón-Pedro tenga órdenes distintas del Maestro. 

–        ¿Yo? No.

Me dijo: “Haz todo, bien, con amor, sin pereza y sin prisa.

Y de la forma que juzgues mejor”.

Hasta ahora creo que lo he hecho. 

¡Está eso de que dije que era pescador!…

Pero, si no lo hubiera dicho no me habría dejado estar en el puente.

Tadeo lo conforta:

–      No te crees escrúpulos tontos, Simón.

Son puntadas del demonio para turbarte. 

Juan de Zebedeo confirma:

–       Verdaderamente es así!

Creo que está alrededor de nosotros como no lo ha estado jamás,

poniéndonos obstáculos y creándonos miedos, para movernos a actos viles.

Y concluye en voz baja:

«       Creo que quería inducir a la desesperación a ellos dos, reteniéndolos en Palestina…

Y ahora que se escapan de su asechanza se venga en nosotros…

Me lo siento alrededor como una serpiente escondida entre la hierba…

Y ya hace meses que me lo siento alrededor así…

Mirad, ahí vienen el hospedero por un lado y Juan y Síntica por el otro.

Os diré el resto cuando estemos solos, si os interesa.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

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19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

340 VÍCTIMAS PROPICIATORIAS


340 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Al día siguiente, Tiro se despierta entre ráfagas de mistral

Es una mañana esplendorosa con un cielo despejado,

adornado por unos cuantos cirros muy blancos, como la espuma de las olas,

que revientan rumorosas en la playa…

El sol goza de su jornada de cielo claro, después de tanta oscuridad,

causada por el mal tiempo.  

La abundante brisa marina, provocada por la marejada, el impredecible viento,

y el fuerte oleaje de un mar inquieto,

cubre con su helada humedad invernal, a los marineros madrugadores,

que están sobre las naves atracadas en el muelle.

Y que se mueven alternadamente, subiendo y bajando. 

meciéndose al suave ritmo de las fuertes olas. 

Después de otra fuerte y violenta ráfaga de mistral;

Pedro despierta en la barca, donde ha dormido…

Y hablando consigo, murmura en voz baja: 

–       Entendido.

Es hora de moverse.

Señalando al mar que entra inquieto incluso en el puerto, 

con cuya abundante brisa le ha refrescado, cubriéndolo completamente.

agrega: 

–        Y “él”  nos ha proporcionado el agua lustral…

¡Mmm!

Vamos a consumar la segunda parte del sacrificio propiciatorio…

Pedro poniéndose en pie, se levanta del lugar en donde pasó la noche

y viendo a Santiago que también se ha despertado,

le dice:

–       Creo que ya es hora de que nos vayamos.

¡Humm!… 

Dime, Santiago…

¿No te da la impresión, de que realmente estamos llevando a dos víctimas propiciatorias al sacrificio?

A mí sí.

Santiago de Zebedeo,

responde;

–        También a mí, Simón.

Pero… ¿Sabes?

De mi parte agradezco al Maestro, la confianza que ha depositado en nosotros.

Pero no me gusta que se haya sufrido tanto…

Jamás había visto, ni imaginado siquiera, una cosa tan dolorosa… 

El Sufrimiento en Jesús era tan grande, que no lo pudo ocultar…

Él que siempre es tan calmado.

Y también en estos dos…   

¡Cómo los ha torturado!  

Me dolió tanto…

Sentí que casi fue, como si se me partiera también a mí el corazón…

–       Todos los sentimos…

Hasta el corazón de paloma de mi Porfiria…

Y tampoco yo lo había experimentado así…

Pero… ¿Sabes?

Estoy seguro de que el Maestro nunca lo hubiera hecho,

si el Sanedrín no hubiera metido sus narices…

–       Él ya lo dijo…

Pero ¿Quién habrá informado al Sanedrín?

¡Es lo que quisiera saber…!

Pedro exclama:

–      ¿Qué quién?

¡Dios eterno, ayúdame guardar silencio!

¡Haz que no piense!

Y en vox más baja añade;

–        Es un voto que he hecho;

para quitarme esta sospecha, que me trepana el cerebro con una sola idea…

Ayúdame Santiago a no pensar…

Habla de otra cosa completamente distinta.

–        Pero ¿De qué?

¿Del tiempo?

–        Sí, por ejemplo. 

Si así lo quieres…

–        Porque yo no entiendo nada del océano grande…

Pedro se queda mirando el mar

y dice:

–           Pienso que vamos a tener un buen baile.

Santiago mira el cielo examinándolo…

Y  luego a los enormes barcos,

y objeta: 

–           ¡Nooo!

Las olas son pequeñas y están para reír… 

Ayer si estaba un poco enfurecido.

¡Qué hermoso será ver este mar agitado, desde lo alto de la nave!

A Juan le va a gustar…

Hará que se inspire para cantar.  

Les llega otra ráfaga de brisa refrescante… 

Y se pone de pie también Santiago..

Observa las naves que están en la otra parte, en el muelle grande;

visibles, con sus altas superestructuras.  

Es un notorio contraste, sobre todo cuando la ola levanta la barquita de ellos

con un movimiento alternado de sube y baja.

Miran, estudiando las distintas naves, haciendo pronósticos…

Poco a poco, el puerto se llena de gente y de movimiento.

Santiago observa los barcos,

y pregunta: 

–      ¿Cuál será la nave?

Y Pedro  contesta:

–      Ahora lo averiguo. 

Espera…  

Y saltando de la barca;

se dirige hacia un marinero ocupado en otra barca cercana…

Diciéndole: 

–        ¡Oye!

¿Sabes si se encuentra en el puerto el navío de…?

Espera, voy a leer su nombre… 

Y sacando un pergamino que trae en la cintura y está atado con una cinta,

añade: 

     Sí.  

Aquí está

Es Nicómedes Filadelfo de Filipo; cretense de Paleocastro…

El marinero se admira,

y exclama:

–       ¡Oh!

¡El famoso gran navegante!

¡¿Y quién no lo conoce?!

Es el más conocido desde el Golfo de las Perlas,

hasta las Columnas de Hércules.

Y aun más allá…

Hasta en los fríos mares congelados,

en los que la noche puede durar meses enteros.

¿Cómo es que no lo conoces, tú que eres marinero?

–       No.

Es así.

No lo conozco; pero ando en su busca; 

porque conocemos a nuestro amigo Lázaro de Teófilo,

que en un tiempo fue gobernador de Siria…

–           ¡Ah! ¡Sí!

Cuando yo navegaba…

Ahora estoy viejo, pero entonces él estaba en Antioquía…

¡Qué tiempos aquellos, tan hermosos!…

¿Lázaro es amigo tuyo…?

Y buscas a Nicómedes el cretense.

Entonces puedes ir seguro. 

Y señalándolo, a lo lejos,

agrega: 

¿Ves aquel navío?

El más grande, más alto y que tiene muchas banderolas flotando al viento…

Ese es el suyo.

Ve pronto.

Zarpa antes de la hora sexta.

¡No le tiene miedo al mar!

Santiago empieza a decir:

–       Efectivamente, no hay por qué tenerle miedo.

No es nada del otro mundo.

No es un gran…

Pero lo interrumpe el rudo embate de una enorme ola… 

Que se abate rompiéndose también sobre ellos.

Que le demuestra lo contrario.

 Y le quita la palabra, bañándolos desde la cabeza, hasta los pies.

Mientras se seca la cara:

Pedro refunfuña, 

–        Ayer estaba calmado… demasiado quieto;

Hoy, demasiado agitado. 

Un tonto bravucón, ¿No?

El oleaje aumenta su fuerza y Pedro agrega,

exclamando:

¡Caramba, qué loco!

Prefiero el lago… 

El marinero dice:

–       Os aconsejo que entréis en la dársena.

Allá se están yendo todos. ¿Veis?

Llevad vuestra barca, podréis guardarla hasta vuestro regreso…

Por una cuota diaria, te la cuidarán…

–        Pero nosotros tenemos que partir.

Tenemos que marcharnos con la nave de… de…

Espera: Nicomedes… Y todo lo demás

Dice Pedro, que no logra recordar los nombres extraños del cretense.

–       ¡No querréis cargar la barca en la nave!

–       ¡No, claro!

–       Entonces en las dársenas hay sitio para la custodia

Y hombres de guardia el tiempo que lo necesites.

Pagando una moneda al día hasta el regreso.

Porque supongo que volveréis…

–        ¡Claro, claro!

Vamos y volvemos…

Una vez visto el estado de los jardines de Lázaro.

–       Ah!,

¿Sois sus administradores?

–      Y más que eso…

–      Bien.

Venid conmigo.

Os enseño el sitio

Está pensado precisamente para los que dejan, como vosotros, las barcas…

Mirando al extremo del muelle,

Pedro dice:

–      Espera…

Ahí están mis hermanos.

Te alcanzamos enseguida.

Y agrega: 

–       Gracias amigo.

Ahorita con mis compañeros, la guardaremos donde dices…

Y Pedro salta al andén del puerto.

Luego corre al encuentro del grupo apostólico que están llegando. 

Andrés pregunta solícito: 

–       ¿Dormiste bien hermano?  

Pedro responde: 

–        Como un niño en la cuna.

Y no me han faltado el arrullo, el meneo, ni la canción…

Tadeo agrega sonriente:

–       Me parece que tampoco te ha faltado el chapuzón.

Porque parece que acabas de bañarte con las vestiduras…

–        Tampoco.

El mar es…

Tan bueno, que me ha lavado la cara para quitarme el sueño.

Mateo observa:

–        Un poco rudo, me parece.

–        El mar se encargó de lavarnos y quitarnos el sueño que quedaba,…

¿Verdad Santiago?

Santiago, igual de mojado que Pedro, asiente con una carcajada…

Y luego dice:

–      Pero ya sabemos con quién debemos ir…

Pedro comenta: 

–        ¡Si supierais con quién vamos!

¡Uno conocido hasta por los peces de los hielos

–        ¿Ya lo has visto?

–        No.

Pero me ha hablado de él, uno que me dice que hay un sitio para las barcas:

Un depósito en la dársena.

Venid, vamos a descargar los arcones y nos ponemos en marcha

porque Nicodemo, no…  Nicomedes el cretense, parte dentro de poco..

En ese momento llegan hasta  donde el marinero de Tiro los espera…

Cuando están otra vez al pie de la barca.

Pedro anuncia:

–        Aquí estamos, hombre.

Ahora descargamos estas cosas y luego vamos allí, dado que eres tan bueno.

El hombre de Tiro., responde:

       Nos ayudamos unos a otros… 

–       ¡Sí, claro!

Nos ayudamos, nos deberíamos ayudar.

Nos deberíamos amar unos a otros, porque ésta es la Ley de Dios…

–       Me dicen que en Israel ha surgido un nuevo Profeta que predica esto.

¿Es verdad?

–       Vaya que si es verdad!

¡Esto y otras cosas!

¡Y los milagros que hace!

Resucita los muertos, cura a los enfermos, convierte a los ladrones…

Y da órdenes al mar, para tranquilizarlo.

–      ¡Oh!

¿Pero es verdad todo eso?…

–      No dudes.

Todos nosotros hemos sido testigos de eso…

–       ¡Oh!

¿Dónde?…

–       En el lago de Genesareth.

Ven conmigo a la barca y mientras vamos al depósito te contaré…  

Juan de Endor comenta:

–       En el canal de Chipre sí que vamos a bailar bien.  

Preocupado, Mateo pregunta: 

–       ¡Ah! ¿Sí?

Parece que lo conoces bien…

–        Estuve muchos años allá….

Santiago de Alfeo afirma: 

–       Sí.  Pero lo que suceda…

Dios nos ayudará.

Mientras la ola levanta la barca…

Mirando a su hermano,

Pedro agrega:

–        Ánimo, Andrés

¡Aúpa, aúpa, más a la derecha. Venga,

 ¡Eso es! ¡Ya está…!  

Y volviéndose hacia el hombre,

continúa:

–        Te estaba diciendo, hombre:

¡Y qué milagros!

Muertos que resucitan, enfermos que quedan curados, ciegos que recuperan la vista,

ladrones que se convierten y hasta…

¿Ves?

Si estuviera aquí, diría al mar: “Detente” y el mar se calmaría…

Y mezclando la predicación, con instrucciones precisas, Pedro se las arregla,

para continuar:

¿Puedes, Juan?

Espera, voy yo.

Vosotros sujetad fuerte y bien pegado…

¡Arriba!,

¡arriba!… Un poco más…

Tú, Simón, agarra el asa…

¡Cuidado con la mano, Tadeo!

¡Arriba!, ¡arriba!…

Gracias, hombre…

¡Cuidado, no os caigáis al agua, vosotros los de Alfeo!…

¡Arriba!… ¡Eso es!

¡Loado sea Dios!

Ha sido menor el trabajo para bajar todo, que para subirlas y acomodarlas…

Es que yo tengo los brazos deshechos del ejercicio de ayer…

Volviendo a lo que te decía, del mar que le obedeció… 

Sube a la barca, que te explico mientras vamos allí…

Y se marcha, con el hombre y con Santiago,

remando por el canal que conduce a las dársenas.

Pedro da instrucciones a Andrés y a Santiago de Zebedeo para llevar la barca al depósito. 

mientras le habla de Jesús al marinero de Tiro..

Zelote observa:

–           ¿Ya vísteis a Pedro?

Mientras dirige las maniobras, evangeliza.

Juan de Endor:

–       Lo que me gusta mucho de él,

es su honestidad y su franqueza.

Mateo añade: –   

   Y su constancia.   

Santiago de Alfeo comenta:

–        Y su humildad.

¡Fijaos cómo no se ensoberbece sabiendo que es el “jefe”!

Trabaja más que ninguno.

Y se preocupa por todos y cada uno de nosotros.

Más que de sí mismo.

Síntica concluye:

–        A su modo es muy virtuoso.

Un hermano bueno.

Y un excelente líder…

Ni más ni menos… 

Después de un rato, Zelote rompe el silencio dirigiéndose a a los dos discípulos.,

Preguntando:

–        ¿Así que está decidido?

¿Pasáis por hermanos? 

Síntica responde: 

–       Sí. Es mejor.

Y no es mentira.

Es una verdad espiritual.

Es mi hermano mayor.

No de las mismas nupcias, pero sí de un único padre:.

El Padre es Dios; las nupcias distintas, Israel y Grecia

Y Juan es mayor que yo.

Y se ve, en edad y como discípulo más antiguo que yo.

Eso no se ve, pero es así.

Y ya no pueden seguir comentando, porque Pedro regresa,

diciendo:

–     Ya está todo hecho y arreglado.

Dejaremos la barca.

Vamos…

Y hay que llevar el cargamento hasta el navío que está allá…

Todos toman los cofres y las  cajas.

Se cargan con los arcones y todo el equipaje.

Y se van avanzando a través del estrecho Istmo, hasta el otro puerto;

en el muelle grande. 

El hombre de Tiro que tiene más experiencia, los sigue acompañando y ayudando;

por las callejuelas que forman las balas de mercancías apiladas; bajo vastísimas cubiertas

Los acompaña hasta la poderosa nave del cretense;

que ya está haciendo las maniobras de la próxima partida.

Y Pedro grita a los marineros que están a bordo,

para que vuelvan a echar la pasarela que habían levantado.

El contramaestre,  

responde gritando:

       No se puede.

¡Ya está cargado…!

La carga se ha terminado.

El marinero de Tiro les grita, señalando a Pedro:

–      ¡Tiene unas cartas que entregar en la mano, a Nicómedes!

–      ¿Cartas?

¿De quién?…

–       De Lázaro de Teófilo…

El que fue gobernador de Siria, en Antioquía…

–       ¡Ah! ¡Espera!

¡Se lo voy a decir al patrón!…

Pedro dice a Zelote y a Mateo:

–       Ahora os toca.

Yo soy un pobre maleducado para tratar con personajes como ese…

Mateo objeta:

–       ¡No!

Tú eres el jefe y lo haces muy bien.

Y Simón:

–       Te ayudaremos si es necesario.

Pero estamos seguros de que todo lo resolverás perfectamente…

Se asoma un hombre moreno y vestido como egipcio.

Delgado, hermoso, musculoso y elegante.

Mientras se asoma por la baranda, ordena que bajen la pasarela, que habían levantado.

Y el jefe de la tripulación grita. :

–      ¡Que suba el que trae las cartas!

Pedro se ha cambiado, se ha puesto túnica y manto, mientras esperaba la respuesta.

Sube con toda dignidad, seguido por Mateo y Zelote.

Cuando aborda la nave y llegan hasta donde está el cretense. 

Que es un hombre esbelto, severo, de unos cuarenta años,

Pedro saluda muy ceremonioso:

–      Que la paz sea contigo.

El cretense lo mira y le responde,

diciendo:

–      Salve.

¿Dónde está la carta?

Pedro le extiende el pergamino.

El cretense rompe el sello y lo extiende…

Lo lee y dice:

–      ¡Sean bienvenidos los enviados de la familia de Teófilo!

Los cretenses no olvidan jamás que él fue bueno y caballeroso. 

Pero agilizad la operación.

Daos prisa, porque estamos listos para zarpar.

¿Traéis mucho equipaje?

Pedro señala en el muelle,

y dice:

–        Lo que ves en el andén.

–       ¿Y cuántos sois…?

–       Diez.

–       Está bien.

Daremos un lugar especial a la mujer y vosotros os arreglaréis cómo podáis… 

¡Apresuraos!

Hay que zarpar y llegar a alta mar, antes de que el viento aumente;

lo cual sucederá después de la hora sexta.

Y ordena, con silbidos lacerantes, cargar y estibar los arcones;

señalando a los marineros el lugar, donde acomodarán el cargamento.

Luego suben los apóstoles con Juan de Endor y Síntica.

Cuando todos han abordado, Izan velas y cierran todo..

Se levanta nuevamente la pasarela,

Se cierra la obra muerta, se sueltan las amarras, se izan las velas.

Y las velas se hinchan ante el fuerte viento que sopla.

Empieza a moverse el navío, que bascula fuertemente, para salir del puerto..

Y balanceándose la nave de un lado a otro, emprenden el camino hacia Antioquía…

Luego la nave empieza su marcha.

Cuando las velas muy hinchadas por el viento, se ponen tirantes y crujen.

Y con un amplio cabeceo, la nave sale a alta mar.

Y huye rauda en dirección a Antioquía.

Pese al fuerte movimiento, Juan y Síntica permanecen en la cubierta…

agarrados a un aparejo, en la popa.

A pesar de la violencia del viento, Juan y Síntica, cerca el uno del otro,

Contemplan cómo la costa se va alejando . 

Dejando atrás la tierra de Palestina,…

Y los dos se abrazan llorando..

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

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19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

338 UNA ORACION PROFUNDA


  1. 338 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús está de nuevo al pie del macizo sobre el que se alza Yiftael.

No en la calzada – llamémosla así – o camino de herradura recorrido antes con el carro;

sino en una senda tan empinada, que se diría que es para cabras monteses.

Pues está toda formada de grandes lascas, con grietas profundas, pegada contra el monte.

Pareciera que está excavada, en la pared vertical del monte;

como si éste hubiera sido rayado por una enorme zarpa

La limita un tajo que se abre a pico a nuevas profundidades;

en cuyo fondo espuma ruidoso un torrente.

Pisar en falso ahí, significa despeñarse sin esperanza, rebotando de una mata a otra.

Matas de zarzas y de otras plantas agrestes, nacidas entre las fisuras de la roqueda.

Y sin la disposición vertical propia de las plantas, sino oblicua, o incluso horizontal,

porque a ello las constriñe su lugar de arraigamiento.

Pisar en falso ahí significa la laceración a causa de todos los peines espinosos,

de estas plantas;

quedar deslomado por los golpes contra los troncos rígidos,

que se asoman hacia el abismo.

Pisar en falso ahí, significa desgarraduras con las piedras aguzadas,

que sobresalen de las paredes del tajo.

Pisar en falso ahí, significa llegar sangrando y quebrantado a las aguas espumosas

del ruidoso torrente y ahogarse.

Y yacer sumergido en un lecho de escollos puntiagudos, a merced de los ramalazos

de las violentas aguas.

Mas a pesar de ello, Jesús recorre este sendero, este arañazo en la roca,

más peligroso aún por la humedad que sube del torrente, evaporándose;

que rezuma de la pared superior;

que gotea de las plantas nacidas en esta pared superior vertical;

casi levemente cóncava.

Va lentamente, estudiando dónde pone el pie,

sobre las aguzadas piedras, algunas removidas.

A veces, el sendero se estrecha tanto,

que se ve obligado a apretarse contra la pared rocosa.

Para pasar puntos sobremanera peligrosos,

debe agarrarse a las ramas colgantes de la pared.

Rodea así el lado oeste y llega al lado sur;

que es el lado en que el monte, después de un descenso a plomada desde la cima,

se hace más cóncavo…

Y da más respiro en anchura al sendero, aunque se lo quita en altura:

tanto que, en ciertos puntos, Jesús tiene que caminar agachado,

para no golpear la cabeza contra las rocas.

Quizás tiene intención de detenerse,

al llegar a un lugar en que el sendero termina bruscamente,

como por rocas desprendidas.

Pero observa…

Y ve que hay debajo una caverna, más que una caverna, es una gran grieta del monte.

Y desciende a ella por entre las rocas caídas.

Entra.

Una grieta al principio; dentro, una amplia gruta…

Como si el monte hubiera sido excavado mucho tiempo atrás, a golpe de pico.

Se ve claramente dónde se han asociado a las curvas naturales de la roca,

con las producidas por los hombres,

Los cuales, en el lado opuesto a la hendidura de entrada;

abrieron a una estrecha galería, en cuyo fondo hay una franja de luz…

Y una lejana vista de bosques que indican, que la galería penetra de sur a este

cortando el espolón del monte.

Jesús se mete por esa galería semi-oscura y estrecha.

Y la recorre hasta llegar a la abertura;

situada por encima del camino que sigue con los apóstoles y el carro para subir a Yiftael.

Los montes que rodean el lago de Galilea, están frente a Él.

Allende el valle; en dirección nordeste, resplandece el gran Hermón vestido de nieve.

Aquí no tan vertical, ni hacia arriba ni hacia abajo.

Pero sí han excavado en la ladera del monte, una escalera primitiva,

que conduce al camino de herradura del valle y también a la cima, donde está Yiftael.

Jesús se muestra satisfecho de su exploración.

Vuelve para atrás al interior de la vasta caverna…

Y busca un sitio resguardado.

Allí amontona hojarasca que el viento ha empujado hacia dentro del antro:

haciendo de esta manera una mísera yacija.

Un velo de hojas secas entre su cuerpo y el suelo desnudo y gélido…

Se deja caer encima y se queda así, inmóvil, extendido, con las manos debajo de la cabeza,

los ojos fijos en la bóveda rocosa, absorto…

Pareciera aturdido, como quien hubiera soportado un esfuerzo,

o un dolor superior a sus fuerzas.

Luego, lágrimas lentas, sin sollozos;

empiezan a descender de sus ojos…

Y caen a ambos lados de la cara, para perderse entre sus cabellos, hacia las orejas.

Y terminar ciertamente entre la hojarasca…

Llora así, largamente…

Sin decir nada, ni hacer ningún movimiento…

Luego se sienta y con la cabeza entre las rodillas;

alzadas y ceñidas con sus manos entrelazadas;

llama, con toda su alma, a su lejana Madre:

–       ¡Madre! ¡Madre!

¡Madre mía! ¡Mi eterna dulzura!

¡Oh, Mamá, cuánto quisiera tenerte a mi lado!

¿Por qué no te tengo siempre, único consuelo de Dios?

Solamente la gruta hueca, responde a sus palabras, a sus sollozos;

con un susurro de imperfecto eco…

Y parece que ella misma llore y solloce también, con sus salientes, sus rocas…

Y las pocas y todavía pequeñas estalactitas, que en un ángulo penden;

delatando quizás el más sujeto a labor de aguas internas.

E1 llanto de Jesús continúa, aunque ahora más tranquilo…

Como si el simple hecho de haber invocado a su Madre, lo hubiera consolado.

Y lentamente, se transforma en un monólogo.

–       Han partido…

¿Y por qué? ¿Y por quién?

¿Por qué he tenido que dar este dolor…?

¿Y  a mí mismo también?

¿Si ya el mundo me llena de dolor mis jornadas?…

¡ J u d a s ! …

Se queda en silencio por un largo lapso de tiempo…

¿Quién sabrá a dónde vuela ahora el pensamiento de Jesús…?

Que levanta la cabeza de las rodillas y mira hacia adelante…

Con ojos dilatados y el rostro tenso,

propio de quien está absorto en espectáculos espirituales futuros…

¡O en gran meditación!

Ya no llora, pero sufre visiblemente.

Luego, parece responder a un interlocutor invisible.

Para hacerlo se yergue y se pone en pie.

Diciendo:

–       Soy Hombre, Padre.

Soy el Hombre.

La virtud de la amistad, herida y arrancada de Mí,

se lamenta y se retuerce dolorosamente…

Sé que debo sufrir todo.

Lo sé. Como Dios, lo sé.

Y como Dios, lo quiero por el bien del mundo.

También como hombre lo sé;

porque mi espíritu divino lo comunica a mi humanidad.

Y también como hombre lo quiero, por el bien del mundo.

¡Pero, qué DOLOR, ¡Oh Padre mío!  

Esta hora es mucho más penosa, que la que viví con mi espíritu y el tuyo en el desierto…

Y es mucho más fuerte, LA TENTACIÓN PRESENTE DE NO AMAR…

Y no soportar a mi lado a ese ser legamoso y tortuoso, que tiene por nombre Judas;

causa del mucho dolor que hasta la saciedad como y bebo.

Y que tortura las almas a las que Yo había dado paz.

Y es mucho más fuerte la tentación presente…” (1)

–       Padre, siento que te vas haciendo riguroso con tu Hijo,

a medida que me voy acercando al final, de esta expiación mía por el género humano.

Se va alejando de mí cada vez más tu suavidad…

Y aparece severo tu Rostro a mi espíritu;

que cada vez se ve más apartado hacia las profundidades, donde la Humanidad,

padeciendo tu castigo, gime desde milenios.

Me era suave el sufrimiento; suave el camino al principio de la existencia;

suave también, cuando de hijo del carpintero, pasé a ser Maestro del mundo,

arrancándome de una Madre para darte a Ti Padre, al hombre caído.

Me fue suave también, respecto a este momento, la lucha con el Enemigo,

en la Tentación del desierto.

La afronté con el ardimiento del héroe, que cuenta con todas sus fuerzas…

¡Oh, Padre mío!…

Que ahora mis fuerzas están debilitadas por la falta de amor de demasiados…

Y el conocimiento de demasiadas cosas…

Yo sabía que Satanás, una vez terminada la tentación, se marcharía…

Y así fue.

Y los ángeles vinieron a consolar de ser hombre, al Hijo tuyo;

de ser objeto de la Tentación del Demonio.

Pero ahora NO cesará. 

Una vez pasada la hora en que el Amigo sufre, por los amigos enviados  a un país lejano.

Y por el amigo perjuro, que lo perjudica de cerca y de lejos.

No cesará.

No vendrán tus ángeles a consolarme en este momento;

ni pasado este momento.

Antes al contrario;

vendrá el mundo con TODO su ODIO, su burla, su incomprensión;.

Vendrá y estará cada vez más cerca;

será cada vez más tortuoso y legamoso el perjuro, 

el traidor, el vendido a Satanás.

La posesión demoníaca perfecta NO PUEDE reverenciar a Dios, porque Satanás lo odia y a sus instrumentos, es lo que les trasmite… Y POR ESO SON TAN CRUELES

¡PADRE!...

Es verdaderamente un grito de congoja, de espanto, de invocación…

Y Jesús se estremece…

y ESTA ANGUSTIA SE REPETIRÁ

en la Hora del Getsemaní.

¡Padre! Lo sé.

Lo veo…

Mientras Yo aquí sufro y seguiré sufriendo…

Y te ofrezco mi sufrimiento por su conversión.

Y por los que me han sido arrebatados de mis brazos…

Y están marchando a su destino;

con el corazón traspasado;

él se está vendiendo para ser mayor que Yo….

¡El Hijo del hombre!

¿Soy Yo, no es verdad, el Hijo del hombre?

( ¡LA DUDA LO MUERDE…! )

(Pero la rechaza inmediatamente)

¡  S Í !

Pero no soy el único que lo es.

La Humanidad, la Eva fecunda ha generado a sus hijos…

Si Yo soy Abel, el Inocente,…

NO falta Caín entre la prole de la Humanidad.

Y, si soy el Primogénito;

porque soy como habrían debido ser los hijos del hombre;

sin mancha ante tus ojos;

él, el engendrado en pecado;

es el primero de lo que vinieron  a ser,

después de que mordieron el fruto envenenado.

Ahora, no contento con tener dentro de sí,

los fómites repugnantes y blasfemos de la mentira,

la anti-caridad, la sed de sangre, la avidez de dinero, la soberbia y la lujuria;

ÉL…

“Judas con posesión diabólica perfecta…” ¡Este magnífico actor, se le parece mucho en la fisonomía, al verdadero Judas…!

EL HOMBRE QUE PODRÍA HACERSE ÁNGEL

se hace como el Demonio, para ser el hombre que se  convierte en demonio...

“Y Lucifer quiso ser como Dios; por ello, fue expulsado del Paraíso.

Y transformado en demonio, habitó el Infierno.”

¡Pero, Padre!

¡Oh, Padre mío!

Yo lo amo… lo amo todavía.

Es un hombre…

Es uno de aquellos por quienes te dejé…

Por mi humillación, sálvalo…

¡Concédeme redimirlo, Señor Altísimo!

¡Sé que es incongruente lo que pido;

Yo, que CONOZCO todo cuanto existe!…

Pero, Padre mío, no veas en mí por un instante a tu Verbo.

Contempla sólo mi humanidad de Justo…

Y deja que Yo, por un instante, pueda ser sólo “el Hombre” en gracia tuya;

el Hombre que no conoce el futuro, que puede forjarse ilusiones…

El Hombre que, no conociendo el ineluctable destino;

puede orar, con esperanza absoluta,

para arrancar el milagro.

¡Un milagro!

¡Un milagro a Jesús de Nazaret!

a Jesús de María de Nazaret, nuestra eterna Amada!

¡Un milagro que viole lo signado y lo anule!

¡La salvación de Judas!

Ha vivido a mi lado, ha bebido mis palabras;

ha compartido conmigo el alimento, ha dormido sobre mi pecho…

¡No sea él, no, no sea él mi demonio!…

No te pido no ser traicionado…

Debe suceder, Y SUCEDERÁ....

Para que, por mi dolor de ser traicionado;

sean anuladas todas las mentiras;

por mi dolor de ser vendido;

quede expiada toda avaricia;

por mi congoja de ser blasfemado;

reparadas todas las blasfemias.

Y por la congoja de no ser creído;

reciban la FE aquellos que no la tienen, ahora o en el futuro;…

Para que, por mi tortura;

queden purificados todos los pecados de la carne…

¡Pero, te lo ruego: no él, NO él, Judas, mi amigo, mi apóstol!

Yo querría que ninguno traicionara…

Ninguno…

Ni siquiera el más lejano habitante de los hielos hiperbóreos…

O de los fuegos de la zona tórrida…

Yo quisiera que sólo Tú fueras el Sacrificador…

Como otras veces lo fuiste, quemando los holocaustos con tu fuego…

Dado que debo morir a manos del hombre…

Y más que el verdugo real;

será verdugo el amigo traidor, el corrompido que portará en sí

ese hedor de Satanás que ya está aspirando;

La ENVIDIA produce el ODIO gratuito y con ello Satanás consigue, los CRÍMENES más ruines…  

buscando ser como Yo, EN CUANTO AL PODER

Así piensa en su orgullo y ansia; 

Judas es levita y sacerdote.

Y para ser admitido ante el Sancta Sanctorum

sólo le falta el requisito de la edad, -25 años- los va a cumplir en el invierno anterior

a la Pascua en la que asesinaron a Jesús…

Con todas las implicaciones espirituales que ESTO significa.

Y EL HOMBRE-DIOS SERÁ SU PRIMER SACRIFICIO RITUAL

Dado que debo morir a manos del hombre;

Padre, otorga que no sea el Traidor

aquel a quien he llamado amigo y he amado como tal   

Multiplica, Padre mío, mis torturas, pero dame el alma de Judas…

Pongo esta oración sobre el altar de mi Persona víctima…

¡Padre, acógela!…

¡El Cielo está cerrado y mudo!…

¿Es éste el horror que tendré conmigo hasta la muerte?

¡El Cielo está mudo y cerrado!…

¿Será éste el silencio y la mazmorra en que exhalaré mi espíritu?

El Cielo está cerrado y mudo!…

¿Será ésta la suprema tortura del Mártir?…

Padre, hágase tu Voluntad y no la mía…

Pero, por mis penas, ¡Oh, al menos esto!,

Por mis penas, da paz e ingenuidad al otro mártir de Judas;

a Juan de Endor, Padre mío…

Él realmente es mejor que muchos.

Ha recorrido un camino como pocos saben ni sabrán.

Para él ya se ha cumplido todo de la Redención.

Dale pues, tu paz plena y completa;

para que Yo lo tenga en mi Gloria;

cuando también para Mí, todo se haya cumplido,

para honrarte y obedecerte…

¡Padre mío!…

Jesús, lentamente, ha ido arrodillándose.

Ahora llora rostro en tierra.

Ora mientras la luz del breve día invernal muere precoz en el antro oscuro.

Y el grito del torrente parece ganar voz;

cuanto más aumenta la sombra en el valle…

(1)  EL DRAMA DEL HOMBRE-DIOS

Lucha entre las dos Naturalezas unidas en Cristo.

Dios es AMOR y como Dios, no podía sino amar.

Como Hombre, NO PODÍA, NO sentir rechazo por el falso discípulo.

Aviándose hacia la meta de su Misión Redentora,

advertía la preparación a ese abandono paterno;

QUE SERÍA TOTAL en las horas de la Pasión.

El gran Solitario y gran Desconocido, como era el Verbo Encarnado,

venido a vivir en medio de los hombres;

se sintió siempre “solo y desconocido”.

Sólo su Madre lo conoció verdaderamente y fue su perfecta compañera.

En los demás;

a medida que iba acercándose la hora redentora,

iba aumentando la Incomprensión, el Odio o el Abandono.

La pasión incruenta, pero pasión al cabo.

Y, respecto a la oración que sigue, aproximadamente una página después,

Que no sorprenda a los supercríticos esta Oración al Padre.

Es evangelio que Cristo fue tentado “como Hombre” en el desierto.

y que sufrió hasta sudar sangre en su lucha de Hombre,  

SOLO UN HOMBRE, COMPLETAMENTE HUMANO…

Puro hombre, que ya NO era sostenido por la Divinidad;

en el Getsemaní, en la noche del Jueves Santo.

Ésta es otra de sus horas de “auténtico” Hombre…

SOLAMENTE UN HOMBRE MÁS,..

como TODOS los que habitamos este planeta Tierra que es nuestra casa. 

Hombre, sujeto al amor y al dolor humanos, en Él perfectos;

porque era “perfecto” entre todos los hombres.

Nota importante:

se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista y a un corderito, de nuestro grupo de oración,

un padre de familia joven que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

Que Dios N:S: les pague vuestra caridad….

Y quién de vosotros quiera ayudarnos, aportando una donación económica;

para este propósito, podrán hacerlo a través de éste link

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19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, = Hebreos 6

337 LAS FLORES TRIUNFALES DEL SALVADOR


337 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

AL día siguiente, perseguidos por un tiempo lluvioso y frío, que dificulta la marcha,

reanudan el viaje por el mismo camino, el único de este pueblo,

que parece un nido de águila en la cima de un pico solitario.

Tiene que bajar del carro también Juan de Endor,

porque el camino cuesta abajo, es todavía más peligroso que cuesta arriba,

Y aunque el burro por sí solo no correría peligro, el peso del carro,

fuertemente empujado hacia adelante por el desnivel,

hace que el pobre animal vaya muy mal.

Como van también mal sus conductores, que hoy tienen que sudar no ya para empuja;

sino para retener el vehículo, que podría despeñarse, provocando alguna desgracia. 

O por lo menos, pérdida de la carga.

El camino es así, horrible hasta llegar a un tercio, aproximadamente, de su longitud

(el último tercio respecto al valle).

Y se bifurca: un ramal, más cómodo y llano que va hacia el oeste.

Se paran a descansar y se secan el sudor.

Pedro premia al borrico que tiembla todo, de jadeo y que sacude las orejas resoplando,

ciertamente absorto en una profunda meditación, sobre la dolorosa condición de los asnos

y sobre los caprichos de los hombres que escogen estos caminos.

Al menos también Simón de Jonás atribuye a estas consideraciones,

la expresión pensativa del animal.

Y para subirle los ánimos, le cuelga al cuello una saca de habas forrajeras.

Mientras el asno quebranta el duro alimento con ávido placer,

también los hombres comen pan, queso y beben la leche de que sus odres están llenos.

Termina la comida.

Pero Pedro quiere dar de beber al asno,

mientras comenta:

–       «Mi Antonio, que merece los honores más que César» 

Y va con un cubo que tiene en el carro, a sacar agua a un torrente cercano,

que discurre hacia el mar

Jesús dice: .

–        Ahora podemos reanudar la marcha…

Iremos incluso al trote, porque pienso que detrás de aquel collado es todo llanura…

Los apóstoles objetan:

–        Pero nosotros no podemos trotar.

De todas formas, caminaremos ligero.

Pedro llama:

–        ¡Vamos, Juan y tú, mujer, montad y vamos!

Jesús en cuanto suben los dos;

dice

–        Yo también subo, Simón.

Y guío Yo.

Todos los demás seguidnos…

Pedro pregunta:

–        ¿Por qué?

¿Te encuentras mal

¡Estás muy pálido!…

–        No, Simón.

Quiero hablar a solas con ellos… 

Y señala a los dos que, como Él, están pálidos también;

intuyendo que ha llegado el momento del adiós.

Pedro concede:

–        Ah! Bien.

Sube, sube.

Nosotros te seguimos.  

Y Pedro se agrega al grupo de los apóstoles caminantes.

Mientras Jesús se sienta en la tabla que sirve de asiento, para el conductor,

y dice:

–        Ven aquí a mi lado, Juan.

Y tú, Síntica, acércate…

Juan se sienta a la izquierda del Señor.

Síntica a sus pies, casi en el borde del carro, de espaldas al camino;

con la cara levantada hacia Jesús.

Colocada así, sentada sobre los talones, relajada como si soportara un peso agotador;

abandonadas las manos en su regazo y unidas para mantenerlas quietas, porque tiemblan;

Se le ve la cara cansada, sus bellísimos ojos de color negro-violeta

están como empañados por el mucho llanto vertido; bajo la sombra de su velo y su manto;

muy cubierta con ambos, parece una Piedad desolada.

¡Y Juan…!

El pobre y penitente Juan de Endor…

Pareciera que si al final del camino le esperara el patíbulo, estaría menos turbado.

El asno se pone al paso, tan obediente y juicioso, que no obliga a su nuevo conductor,

a una estrecha vigilancia. 

Y Jesús aprovecha de ello, para abandonar las riendas y tomar la mano de Juan;

poniendo la otra en la cabeza de Síntica.

Diciendo:

–        Hijos míos, os agradezco toda la alegría que me habéis procurado.

Este año ha estado para Mí, tachonado de flores de alegría;

porque he podido tomar vuestras almas,

y ponérmelas delante, para no ver las cosas feas del mundo.

Y perfumarme el aire viciado por el pecado del mundo,

e infundirme dulzura y confirmarme, en la esperanza de que mi Misión no es inútil.

Margziam, tú, Juan mío; Hermasteo, tú, Síntica; María de Lázaro, Alejandro Misax y otros más…

Sóis las flores triunfales del Salvador, al que sólo sienten como tal, los rectos de corazón…

¿Por qué meneas la cabeza, Juan?

–        Porque eres Bueno y me pones entre los rectos de corazón.

Pero yo siempre tengo en mi pensamiento mi pecado…

–      Tu pecado es el fruto de una carne azuzada, por dos malvados.

Tu rectitud de corazón es el substrato de tu yo honesto, deseoso de cosas honestas;

desgraciado, porque estas cosas te fueron arrebatadas por la muerte o la maldad;

mas no por ello menos vivo aun, bajo el cúmulo de tanto dolor.

Fue suficiente que la Voz del Salvador se filtrara en las profundidades,

donde tu yo se marchitaba;

para que saltaras y te pusieras en pie,

Liberándote de todo peso, para venir a Mí. ¿No es así?

Pues entonces eres recto de corazón; mucho;

mucho más recto que otros que no tienen tu pecado,

pero que tienen otros mucho peores; porque son pecados meditado…

Y conservados vivos, obstinadamente…

Benditos seáis pues, mis Flores de mi triunfo de Salvador;

en este mundo,  tardo en comprender y enemigo, que da de beber amargura…

y aversión al Salvador.

Habéis representado el amor. ¡Gracias!

En las horas más penosas que he vivido este año;

os he tenido presentes, para recibir de vosotros consuelo y apoyo.

En las horas más penosas que viviré, os tendré todavía más presentes.

Hasta la muerte.

Y estaréis conmigo eternamente.

Os lo prometo.

Os confío mis más estimados intereses…

O sea, la preparación de mi Iglesia de Asia Menor.

Allí no puedo ir, porque aquí en Palestina, está mi lugar de misión.

Y porque la mentalidad reaccionaria de los importantes de Israel;

me perjudicaría con todos los medios, si fuera a otro lugar distinto.

¡Ya quisiera tener otros Juanes y otras Sínticas, para otros países!

¡De modo que mis apóstoles encontraran arada la Tierra para esparcir la semilla,

en la Hora que ha de llegar!

Sed dulces y pacientes. Y al mismo tiempo fuertes, para penetrar y soportar.

Encontraréis cerrazón y escarnio.

No os descorazonéis por ello.

Pensad esto: “Comemos el mismo pan y bebemos el mismo cáliz que bebe nuestro Jesús”.

No sois más que vuestro Maestro y no podéis pretender mejor suerte que la suya.

La mejor suerte es ésta: compartir lo que es del Maestro.

Doy una sola orden: que no os desaniméis;

 que no pretendáis daros una respuesta acerca de esta lejanía;

que no es un destierro, como quiere pensar Juan,

sino que es antes al contrario;

un poneros a las puertas de la Patria antes que a todos los demás

como a siervos más formados que ningún otro.

El Cielo desciende para vosotros, como materno velo…

Y el Rey de los Cielos ya os acoge en su seno, os protege bajo sus alas de luz y amor,

como a los primogénitos de la inconmensurable nidada, de los siervos de Dios;

del Verbo de Dios;

que en Nombre del Padre y del eterno Espíritu, os bendice para ahora y para siempre.

Y orad por Mí, el Hijo del hombre que se está acercando a todas sus torturas de Redentor.

¡Oh, verdaderamente mi Humanidad está para conocer todas las más amargas experiencias,

que van a triturarla!...

Orad por Mí. Tendré necesidad de vuestras oraciones…

Serán caricias…

Serán profesiones de amor…

Serán ayudas, para no llegar a decir:

“La Humanidad está hecha sólo de demonios”…  

(¡Y vaya que sí lo está...!)

–        ¡Adiós, Juan!

Vamos a darnos el beso del adiós…

No llores de ese modo…

Aun a costa de arrancarme jirones de carne, te habría tenido conmigo;

si no hubiera visto todo el bien que esta separación producirá para ti y para Mí.

Eterno bien…

Adiós, Síntica.

Sí, besa si quieres mis manos;

pero piensa que si la diversidad de sexo me veda besarte como a una hermana;

a tu alma sí le doy mi beso fraterno…

Y esperadme, con vuestro espíritu. Iré. 

(Con el Carisma de la Ubicuidad)

Me tendréis cerca de vuestros trabajos y de vuestras almas.

Sí, porque, si bien el amor por el hombre, ha encerrado mi Naturaleza Divina,

en carne mortal; no ha podido limitar su libertad.

Libre soy de ir, como Dios, a quien merece tener consigo a Dios.

Adiós, hijos míos.

El Señor está con vosotros…

Y se deshace del abrazo convulso de Juan, que circunda con fuerza sus espaldas.

Y de Síntica, que se ha agarrado a sus rodillas.

Y salta del carro. hace un gesto de saludo a sus apóstoles,.

Y se echa a correr por el camino ya recorrido;

rápido como ciervo perseguido.

E1 asno, al sentir caer del todo las riendas, que antes estaban encima de las rodillas de Jesús;

se ha detenido del todo.

Y también, están atónitos los ocho apóstoles;

mirando al Maestro que se aleja cada vez más.  

Juan de Zebedeo,

susurra:

–        Lloraba… 

Santiago de Alfeo, en voz baja,

agrega:

–        Y estaba pálido como un muerto… 

Santiago de Zebedeo, observa:

–        Ni siquiera ha tomado su talego…

Ahí está en el carro… 

Mateo pregunta:

–       ¿Y ahora cómo se las va a componer?

Tadeo lanza toda su poderosa voz,

llamándolo:

–        ¡Jesús!  ¡Jesús!  ¡Jesús!…

Pero un recodo del camino absorbe dentro del verde de sus plantas al Maestro;

sin que Él se vuelva siquiera a mirar a quién lo llama…

–       Se ha marchado…

Pedro está desolado.

Y lo manifiesta su voz:

–       Lo único que podemos hacer…

Es ponernos en marcha también nosotros… –

Mientras se sube al carro y agarra las riendas, para arrear al burro.

Y el carro se pone en camino, con su chirrido;

acompañado del rítmico sonido de los cascos herrados…

Y del angustioso llanto de los dos que, abatidos en el fondo del carro,

gimen amargamente:

–       No lo volveremos a ver:

–       Nunca, nunca…

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

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336 VERDUGO PURIFICADOR


  1. 336 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Debe haber llovido toda la noche.

Pero con el alba ha venido un viento seco que ha repelido las nubes hacia el sur,

más allá de las colinas de Nazaret.

Por ello, un tímido sol invernal se atreve a asomarse y a encender con su rayo

un diamante en cada hoja de los olivos; mas es vestido de gala que pronto pierden,

porque el viento agita sus frondas y las desnuda…

Y parecen llorar esquirlas de diamante, que se desvanecen entre la hierba adornada,

en el camino lodoso.

Pedro, con la ayuda de Santiago y Andrés,

prepara carro y burro.

No se ve a los otros todavía.

Luego salen uno tras otro de una cocina, porque dicen a los tres que ya estaban fuera

–       Id ahora vosotros a tomar algo.

Y los tres entran, para salir poco después, esta vez con Jesús.  

Pedro explica:

–      He vuelto a poner la cubierta, por el viento.

Si estás decidido a ir a Yiftael, tendremos de frente el viento… y punza.

No comprendo por qué no nos vamos por el camino que va a Sicaminón,

luego el del litoral… Es más largo, pero menos escabroso.

¿Has oído lo que decía ese pastor al que he logrado tirar de la lengua?

Ha dicho: “Yotapata, durante los meses de invierno, queda aislada.

Sólo hay un camino para llegar a ella.

Y no se va con corderos, no…

No se debe llevar nada en las espaldas, porque hay pasos que se salvan

más con las manos que con los pies…

Y los corderos no pueden nadar…

Hay dos ríos, llenos muchas veces… 

Y hasta el propio camino es un torrente que corre por un fondo de rocas.

Yo voy allí después de los Tabernáculos, y en plena primavera.

Y vendo bien, porque entonces la gente se aprovisiona para meses”.

Eso ha dicho…

Y nosotros… con este cacharro… (y da una patada a la rueda del carrito)…

y con este burro… ¡Mmmm!…

Jesús responde:

–        El camino que va de Sefori a Sicaminón era mejor.

Pero lo utiliza mucha gente…

Recuerda que conviene no dejar rastro de Juan…

Zelote observa:

–        El Maestro tiene razón.

Podríamos encontrar incluso a Isaac con otros discípulos… 

¡Y en Sicaminón ya no digamos!… 

Pedro acepta:

–        Pues nada… vamos…

Andrés dice:

–        Voy a llamar a esos dos… 

Y mientras Andrés hace esto, Jesús se despide de una anciana y de un niño,

que salen de un aprisco con unos cubos de leche.

Llegan también unos pastores, barbados.

Jesús les agradece la hospitalidad ofrecida en la noche de lluvia.

Juan y Síntica ya están en el carro, que ahora, guiado por Pedro, se dirige por el camino.

Jesús acelera el paso para seguirlo;

a su lado el Zelote y Mateo;

detrás de Él, Andrés, Santiago, Juan y los dos hijos de Alfeo.

El viento corta la cara e hincha los mantos.

La cobertura extendida sobre los arcos del carro, cruje como una vela;

a pesar de que la lluvia de la noche la haya hecho más pesada.

Mirándola. Pedro susurra:

–        ¡Bueno caramba, pues se secará pronto! –

¡Basta con que a este pobre hombre no se le sequen los pulmones!…

Espera, Simón de Jonás… Se hace así –

Y para el burro, se quita el manto, sube al carro y arropa muy bien a Juan.  

Qué le pregunta.

–       ¿Pero por qué?

Ya tengo el mío…

–        Porque yo, tirando del asno, tengo ya tanto calor,

como si estuviera en un horno de pan.

Y además estoy habituado a estar desnudo en la barca.

Y cuanto más tormenta más desnudo.

El frío es para mí, un acicate y me hace más ágil.

¡Vamos  arrópate bien!

María me ha dado en Nazaret tantas recomendaciones;

tantas, que, si te pones malo, no voy a poder presentarme a Ella jamás…

Baja del carro y agarra otra vez los ramales e incita al asno para que camine.

Pero pronto debe pedir ayuda a su hermano y a Santiago;

para ayudar al burro a salir de un sitio cenagoso en que se ha hundido la rueda.

Y así van, empujando por turnos el carro para facilitar la labor al burro,

que hinca sus robustas patas en el fango y tira – ¡pobre animal! -,

resoplando afanoso y espurreando ávido…

Porque Pedro lo estimula a caminar, ofreciéndole unos pedazos de pan

y unos trozos de manzana, que le concede sólo cuando hacen un alto en el camino.

Mateo que observa la maniobra,

le dice bromeando:

–        Eres un sinverguenza, Simón de Jonás.

–        No.

Aplico con dulzura al animal a su deber.

Si no hiciera esto, tendría que usar la tralla… y eso me duele.

Si no pego a la barca cuando hace caprichos, y es de madera,

¿Por qué debería pegar a éste, que es de carne?

Ahora mi barca es éste… está en el agua…

¡Vaya que si está en el agua!

Por tanto, lo trato como a la barca.

¡Yo no soy Doras, eh!

¿Sabéis que quería llamarlo Doras, antes de comprarlo?

Pero luego oí su nombre y me gustó.

Se lo he dejado…  

Los apóstoles preguntan curiosos:

–        ¿Cómo se llama? 

–        ¡Adivinad! – y Pedro se ríe bajo su barba.

Salen los más extraños nombres.

Y los de los más cafres fariseos o saduceos, etc. etc

Pero Pedro siempre menea su cabeza…

Se dan por vencidos.

–        ¡Se llama Antonio!

¿No es un nombre bonito?

¡Ese maldito romano!

¡Se ve que el griego que me lo vendió, también tenía sus resentimientos contra Antonio!

Todos ríen, mientras Juan de Endor,

explica:

–        Será uno de los que obtuvo la libertad previo pago de una talla,

después de la muerte de César.

¿Es viejo?

–        Tendrá setenta años…

Y debe haber hecho todos los tipos de trabajos…

Ahora tiene un hospedaje en Tiberíades…

Llegan al crucero de Sefori con el camino de Nazaret Tolemaida.

Nazaret-Sicaminón, Nazaret-Jotapata.

El hito consular tiene escritas las tres indicaciones de Tolemaida, Sicaminón y Yotapata.

Pedro pregunta:

–        ¿Entramos en Sefori, Maestro? 

–        Es inútil.

Vamos a Yiftael.  Sin detenernos.

Comeremos mientras andamos.

Es preciso estar allí antes de que anochezca.

Marchan y marchan, atravesando dos torrentillos bien cargados,

afrontando las primeras pendientes de un sistema de montes en dirección norte-sur,

pero que forman al norte un nudo escabroso, que luego se resuelve hacia el este. 

Jesús señala diciendo:

–        Allí está Yiftael  

Pedro observa:

–        No veo nada.

–        Está a septentrión.

Por la parte nuestra hay pendientes a pico, y lo mismo a oriente y a poniente.

–        De modo que hay que rodear todo aquel monte, ¿No?

–        No.

Hay un camino junto al monte más alto, al pie de él, en el valle

Acorta mucho, aunque es un camino muy empinado.

–        ¿Has estado allí alguna vez?

–        No. Pero lo sé.

¡Verdaderamente es un camino empinado!

Tanto que, llegados a él se sienten desfallecer: parece como si uno, de tanto como

se reduce la luz en el fondo de este valle,

tan horrendo y escarpado que hace pensar en las dantescas simas, del octavo círculo,

y descendiera veloz al encuentro de la noche.

Es un camino verdaderamente ahondado en el volumen rocoso;

tan lleno de desniveles, que está dispuesto casi en escalones;

un camino estrecho, agreste, encajado entre un torrente rabioso…

y una pendiente aún más rabiosa,

que continúa, con empinada subida, hacia el norte.

La luz aumenta a medida que se sube, pero, como contrapartida,

aumenta también el cansancio; tanto que aligeran de los talegos personales el carroy baja también Síntica para que el carrito vaya lo más ligero posible.

Juan de Endor, que después de aquellas pocas palabras no había vuelto a abrir la boca

sino para toser, querría bajarse también.

No se lo conceden, así que se queda donde estaba, mientras todos empujan el carro

y tiran del asno;

y sudan cada vez que hay un desnivel.

Pero ninguno se queja.

Al contrario, todos tratan de mostrarse satisfechos del ejercicio;

para no humillar a los dos por los que lo hacen…

(los cuales ya más de una vez han expresado su pesar por este esfuerzo).

El camino hace un ángulo recto, y luego otro ángulo, más corto,

que termina en una ciudad acomodada en lo alto de una ladera;

o tan empinada que, como dice Juan de Zebedeo, da la impresión

de que vaya a deslizarse hacia abajo con sus casas.

-Sin embargo, es muy sólida.

Todo un bloque con la roca.

Síntica recuerda y dice:

–        Como Ramot entonces…

Juan dice:

–        Más todavía.

Aquí la roca es parte de las casas, no sólo base de ellas.

Recuerda más a Gamala. ¿Os acordáis?  

Andrés replica:

–        Sí.

Y también de aquellos cerdos…  

Simón Zelote agrega:

–        De allí justamente partimos para Tariquea, el Tabor y Endor…

Juan de Endor, suspira, 

diciendo:

–        Estoy destinado a daros recuerdos penosos y grandes trabajos…

Judas de Alfeo. exclama impetuoso:  

–        ¡De ninguna manera!

Tú nos has dado una amistad fiel.

Nada más, amigo

Y todos se unen a él para confirmar más claramente.

–        De todas formas…

Alguno no me ha amado…

Ninguno me lo dice…

Pero yo sé meditar, sé reunir en un solo cuadro los hechos diseminados.

Esta partida, no, no estaba prevista… 

Y la decisión no es espontánea…  

Dulcemente afligido,

Jesús pregunta:

–        ¿Por qué hablas así, Juan?

–        Porque es verdad.

Alguno no me ha aceptado.

He sido elegido yo, no otros, ni siquiera los grandes discípulos, para ir lejos.

Santiago de Alfeo, entristecido por esta luz que viene a la mente del hombre de Endor.

pregunta:

–        ¿Y entonces Síntica? 

–        Síntica viene para no trasladarme a mí solo…

Para ocultarme compasivamente la verdad…

–        ¡No, Juan!…

–        Sí, Maestro.

Fíjate, podría hasta decirte el nombre de mi torturador.

¿Sabes dónde lo leo?

¡Me basta mirar a estas ocho personas buenas para leerlo!

¡Me basta reflexionar en la ausencia de los otros para leerlo!

El hombre por quien Tú me encontraste, es el mismo que quisiera que Belcebú me encontrara.

Y me ha conducido a este momento.

Y a ti también, Maestro;

porque Tú también sufres come yo, o quizás más que yo.

Y me ha conducido a este momento, para hacerme caer de nuevo en la desesperación.

Y en el odio.

Porque es malo, es cruel, es envidioso… y más cosas.

El alma oscura en medio de tus siervos luminosísimos, es Judas de Keriot…

–        No hables así, Juan.

No falta sólo él.

Todos, excepto el Zelote, que no tiene familia, faltaron durante las Encenias.

De Keriot, y menos aún en este período, no se viene en pocas etapas.

Son casi doscientas millas de camino.

Y era justo que fuera a casa de su madre, como Tomás.

También he prescindido de Nathanael, porque es anciano.

Y de Felipe, para que acompañara a Nathanael…

–        Sí.

Faltan otros tres.

Pero… ¡Oh, Jesús bueno!…

Tú conoces los corazones porque eres el Santo.

Pero no eres el único que los conoce

También los perversos conocen a los perversos;

porque se reconocen en ellos.

Yo fui perverso, y me he visto de nuevo, en mis peores instintos, en Judas.

De todas formas, lo perdono.

Solamente por una cosa le perdono, el que me mande a morir tan lejos:

porque precisamente por él vine a ti.

Y que Dios le perdone todo lo demás… todo lo demás.

Jesús no intenta rebatir… Calla.

Los apóstoles se miran unos a otros, mientras a fuerza de brazos empujan al carro,

por el camino resbaladizo.

Está ya cerca la noche cuando llegan a la ciudad.

Allí, desconocidos entre desconocidos, se alojan en una posada,

construida en el extremo sur del pueblo, el extremo sur:

un risco, cuya pared está tan cortada a pico y es tan profunda, que lanzar hacia abajo

la mirada por ella hace venir vértigo; mientras en el fondo

ruido, sólo ruido, en la sombra de pez que ya viste al valle, ruge un torrente.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista y a un corderito, de nuestro grupo de oración,

un padre de familia joven que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

Que Dios N:S: les pague vuestra caridad….

Y quién de vosotros quiera ayudarnos, aportando una donación económica;

para este propósito, podrán hacerlo a través de éste link

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