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297 CIENCIA Y SABIDURÍA


297 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Es verdaderamente una familia -con Jesús y María como cabezas- Ésta que, dando la espalda

a Bethania en una mañana serena de Octubre,

se dirige hacia Jericó para pasar a la orilla opuesta del río Jordán.

Las mujeres marchan agrupadas en torno a María.

Sólo falta Analía en el grupo femenino de las discípulas.

O sea, en el grupo de las tres Marías, Juana, Susana, Elisa, Marcela, Sara y Síntica.

Agrupados en torno a Jesús están:

Pedro, Andrés, Santiago y Judas de Alfeo,, Mateo, Juan y Santiago de Zebedeo,

Simón Zelote, Juan de Endor, Hermasteo y Timoneo.

Margziam, por su parte, saltando como un cabritillo, va y viene incansable de este grupo a aquél,

porque caminan a pocos metros uno tras otro.

Cargados con pesados talegos, van alegres por el camino dulcemente soleado,

por la campiña solemne transida de quietud.

Juan de Endor anda con esfuerzo, oprimido por el peso que le cuelga de sus espaldas.

Pedro se da cuenta,

y dice:

–       Dámelo, ya que has querido coger de nuevo este lastre.

¿Sentías nostalgia de esto?

–       Me lo ha indicado el Maestro.

–       ¿Sí?

¡Ésta sí que es buena!

¿Y cómo así?

–     No  lo sé.

Ayer por la noche me dijo: “Coge otra vez tus libros y sígueme con ellos”.

–       ¡Hay que ver!…

Bueno, pero, si lo ha dicho Él, está claro que es una cosa buena.

Quizás lo hace por esa mujer.

¡Cuánto sabe, ¿No?!

¿Tú también sabes tantas cosas?

–        Casi. Es muy docta.

–       De todas formas,

no vas a seguir viniendo detrás de nosotros con este peso, ¿Verdad?

–       ¡No creo!

No lo sé.

De todas formas, lo puedo llevar también yo…

–       No, amigo.

Me preocupa mucho que te enfermes.

¿No te das cuenta de que estás mal de salud?

–       Sí, lo sé.

Me siento morir.

–      No gastes bromas y déjanos al menos llegar a Cafarnaúm!

Se está tan bien ahora, nosotros solos sin ese…

¡Maldita lengua!

¡He faltado una vez más a mi promesa al Maestro!…

¿Maestro? ¿Maestro?

Jesús responde:

–       ¿Qué quieres, Simón?

–       He murmurado de Judas y te había prometido que no lo volvería a hacer.

Perdóname.

–       Sí.

Trata de no volver a hacerlo.

–       Tengo todavía 489 veces de recibir tu perdón..

Andrés sorprendido, pregunta: ..

–       Pero, ¿Qué dices, hermano?

Y Pedro, lleno de brillo de sagacidad su rostro bueno,

torciendo el cuello bajo el peso del saco de Juan de Endor:

–       ¿Ya no te acuerdas de que dijo que debíamos perdonar setenta veces siete?

Por tanto me quedan todavía 489 perdones.

Y llevaré la cuenta escrupulosamente…

Todos se echan a reír.

Incluso Jesús tiene que sonreír por fuerza; pero responde:

–       Mejor sería, niño grande, que es lo que eres;

si llevaras la cuenta de todas las veces que sabes ser bueno.

Pedro se junta a Jesús y con el brazo derecho rodea su cintura,

diciendo:

–       ¡Querido Maestro mío!

¡Qué feliz me siento de estar contigo!

¡Bah! Tú también estás contento…

Y entiendes lo que quiero decir.

Estamos nosotros solos.

Está tu Madre. Está el niño.

Vamos a Cafarnaúm.

La estación es hermosa…

Cinco razones para sentirnos felices.

¡Verdaderamente es hermoso ir contigo!

¿Dónde vamos a detenernos esta noche?

–       En Jericó.

–       El año pasado en Jericó vimos a la Velada.

¿Quién sabe qué habrá sido de ella?Me gustaría saberlo…

Y hemos encontrado también al de las viñas…

La carcajada de Pedro es tan sonora que contagia a los demás.

Se echan a reír todos, recordando la escena del encuentro con Judas de Keriot.

Jesús en tono de reprensión.,

dice:

–       ¡Eres incorregible, Simón!

–       No he dicho nada, Maestro.

Me han venido ganas de reír al pensar en su cara cuando nos ha encontrado allí…

en sus viñas…

Pedro ríe con verdaderas ganas, tanto que debe detenerse,

mientras los otros siguen caminando y riéndose por fuerza.

Las mujeres alcanzan a Pedro.

María pregunta con dulzura:

–      ¿Qué te sucede, Simón?

–       No lo puedo decir porque cometería otra falta de caridad.

Pero… mira, Madre, tú que eres sabia, quisiera saber tu opinión.

Si acuso con un fondo maligno a alguien o peor todavía, levanto una calumnia, peco, es natural.

Pero, si me río de una cosa que todos saben, de un hecho que todos conocen,

una cosa que hace reír,

como por ejemplo, recordar la sorpresa de un  embustero, su turbación,

sus explicaciones para disculparse y volver a reírme como entonces nos reímos,

¿Está también mal?

María responde:

–       Es una imperfección respecto a la caridad.

No es pecado como lo es la maledicencia o la calumnia;

y ni siquiera como una acusación velada;

pero es de todas formas, una falta de caridad.

Es como una hebra de hilo que se saca de un tejido.

No se trata de un agujero que eche a perder la tela,

pero es algo que perjudica y da pie, para que haya rasgaduras y agujeros.

¿No te parece?

Pedro se restriega la frente…

y dice un poco avergonzado:

–       Sí.

No lo había pensado nunca.

–       Piénsalo ahora y no lo vuelvas a hacer.

Hay carcajadas que ofenden a la caridad más que un bofetón.

¿Alguno ha cometido un error?

¿Lo hemos pillado en una mentira o en otra falta?

La posesión demoníaca perfecta utiliza todos los pecados, para hacer sufrir al poseso y a sus prójimos…

¿Y entonces?

¿Por qué recordarlo?

¿Por qué hacérselo recordar a otros?

Corramos un velo sobre las faltas de los hermanos, pensando siempre:

“Si fuera yo el que hubiera faltado,

¿Me gustaría que otro recordase esta falta y que la hiciera recordar a otros?”

Hay sonrojos íntimos, Simón, que hacen sufrir mucho.

No menees la cabeza.

Sé lo que quieres decir…

Pero también los culpables los tienen, créelo.

Sea siempre tu primer pensamiento: “¿Desearía eso para mí?”.

Verás como no volverás a pecar contra la caridad.

Y sentirás siempre mucha paz dentro de ti.

Mira a Margziam allí cómo salta y canta feliz.

Es porque no tiene ninguna preocupación en su corazón; no tiene que pensar

en itinerarios, ni en compras, ni en las palabras que tendrá que decir.

Sabe que otros se preocupan por él de estas cosas.

Haz tú igual. Abandona todo en Dios,

incluso el juicio sobre las personas.

Mientras puedas ser como un niño guiado por el buen Dios,

¿Por qué querer cargarte con el peso de decidir y juzgar?

Llegará el momento en que tengas que ser juez y árbitro.

Y entonces dirás: “¡Antes era mucho más fácil y menos peligroso!”.

Y te juzgarás necio por haber querido cargarte antes de tiempo con tanta responsabilidad.

¡Juzgar! ¡Qué cosa tan difícil!

¿Has oído lo que ha dicho Síntica hace unos días?

“Buscar por medio del sentido es siempre imperfecto”.Dijo una cosa muy exacta.

Muchas veces juzgamos siguiendo justamente las reacciones de los sentidos,

y, por tanto, con suma imperfección.

Deja de juzgar…

–       Sí, María.

A ti verdaderamente te lo prometo.

¡Pero yo no sé todas esas cosas maravillosas que sabe Síntica!

Síntica responde:

–       ¿Y te apena, hombre?

¿No sabes que yo quiero desembarazarme de ellas, para tomar solamente las cosas que tú conoces?

–       ¿Lo dices de verdad?

¿Por qué?

–       Porque con la ciencia puedes mantenerte en esta tierra,

pero con la sabiduría conquistas el Cielo.

Lo mío es ciencia, lo tuyo sabiduría.

–       ¡Pero con tu ciencia has sabido llegar a Jesús!

Por tanto, es una cosa buena.

–      Mezclada con muchos errores;

por eso querría despojarme de ella para revestirme solamente de sabiduría.

¡Fuera las vestiduras engalanadas y vanas!

Sea mi vestido el austero y sin externa vistosidad de la sabiduría, que viste con

imperecedero vestido no lo corruptible sino lo inmortal.

La luz de la ciencia tiembla y vacila; la de la sabiduría resplandece uniforme y siempre

constante como es lo Divino de que se genera.

Jesús ha aminorado el paso para oír.

Se vuelve y dice a la griega:

–       No debes aspirar a despojarte de todo lo que sabes.

Lo que debes hacer es entresacar de este saber tuyo aquello que sea un átomo de

Inteligencia eterna, conquistado por mentes de innegable valor.

–       ¿Entonces, esas mentes han encarnado en sí el mito del fuego arrebatado a los dioses?

–        Sí, mujer.

En este caso, no es que lo hayan arrebatado, sino que han sabido tomarlo

cuando la Divinidad los rozaba con sus fuegos,

acariciándolos como ejemplares diseminados entre una humanidad venida a menos,

de lo que es el hombre, un ser dotado de razón.

–       Maestro, deberías señalarme lo que tengo que conservar y lo que tengo que dejar.

No sería buen juez.

Y luego, para llenar los espacios vacíos, meter luces de tu sabiduría.

–      Ésa es mi intención.

Te indicaré hasta dónde es sabio el pensamiento adquirido por ti

y lo continuaré desde ese punto, hasta el final de la idea verdadera.

Para que sepas.

Les vendrá bien también a éstos, destinados a tener muchos futuros contactos con los gentiles.

Santiago de Zebedeo. con tono de lamento,

dice:

–        No vamos a entender nada.

–       Por ahora, poco.

Pero llegará el día en que comprendáis, tanto las lecciones de ahora como su necesidad.

Tú, Síntica, exponme los puntos que para ti son oscuros.

Durante las pausas de nuestro camino te los iré aclarando.

–        Sí, mi Señor.

El deseo de mi alma se funde con tu deseo.

Yo, discípula de la Verdad;

Tú, Maestro.

El sueño de toda mi vida: poseer la Verdad.

296 EL FLAGELO DE JUDAS


296 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Presentándose en la puerta de la sala en que Lázaro está, reclinado en un lecho leyendo un volumen.

Jesús dice:

–       Lázaro, amigo mío, te pido que vengas conmigo.

Lázaro se levanta enseguida,

y pregunta:

–       Inmediatamente, Maestro.

¿A dónde vamos?

–       Por el campo.

Necesito estar completamente solo contigo.

Lázaro lo mira turbado,

y pregunta:

–       ¿Tienes tristes noticias que darme en secreto?

¿O…? No, no quiero pensarlo…

–       Es sólo tratar contigo una cosa,

Y ni siquiera el aire debe saber lo que hablemos.

Manda preparar el carro, porque no te quiero cansar.

Cuando estemos en plena campiña te hablaré.

–       Entonces guío yo.

Así ni siquiera el criado sabrá lo que hayamos hablado.

–      Sí.

Exactamente así.

–       Voy enseguida, Maestro.

Dentro de poco estoy preparado.

Y sale.

Jesús se queda un poco pensativo en medio de la rica estancia.

Mientras piensa, mueve mecánicamente dos o tres objetos;

recoge el rollo que estaba caído en el suelo.

Y al colocarlo en una estantería por ese innato instinto del orden que es tan fuerte en Jesús;

permanece con el brazo levantado observando unos objetos de un arte raro y por lo menos

distinto del arte corriente de Palestina, que están alineados en la balda de la estantería:

son ánforas y copas antiquísimas, con relieves y dibujos que imitan los frisos de los templos

de la antigua Grecia y franjas de urnas funerarias.

Sólo Él sabe lo que estará viendo detrás del objeto…

Luego sale y va al patio interior, donde están los apóstoles.

Al ver que Jesús se coloca el manto.

preguntan:

–       ¿A dónde vamos, Maestro?

Jesús responde:

–       A ninguna parte.

Salgo con Lázaro.

Esperadme aquí, todos juntos.

Regreso pronto.

Los doce se miran unos a otros…

Se les ve poco contentos…

Pedro dice:

–       ¿Vas solo?

Ten cuidado…

.-      No temas nada.

Mientras esperáis no estéis ociosos.

Seguid instruyendo a Hermasteo para que vaya conociendo más la Ley

y haceos mutuamente buena compañía, sin discusiones ni desaires.

Sed indulgentes unos con otros, quereos.

Se encamina hacia el jardín.

Todos le siguen.

Poco tiempo después, viene un carro ligero cubierto, con Lázaro conduciéndolo.

–       ¿Vas con el carro?

–       Sí, para que no se le cansen las piernas a Lázaro.

Adiós, Margziam. Sé bueno.

Paz a todos vosotros.

Jesús sube al carro.

Y éste, haciendo rechinar la fina grava del paseo, sale del jardín,

para tomar el camino principal.

Tomás grita:

–       ¿Vas a Agua Especiosa, Maestro?

–       No.

Una vez más os digo que os comportéis bien.

El caballo parte con un vigoroso trote.

El camino, el que va de Betania a Jericó, pasa por esta campiña que va perdiendo su lozanía;

cuanto más se baja hacia la llanura, más se nota este languidecer de la hierba.

Jesús piensa.

Lázaro guarda silencio, se ocupa sólo de guiar el caballo.

Llegados a la llanura fértil, ya preparada toda para nutrir la semilla de la futura mies,

o durmiente en sus viñas como una mujer que poco antes haya dado a luz su fruto

y descansa ahora de su dulce fatiga,

Jesús hace señal de pararse.

Lázaro, obediente, para.

Y lleva al caballo a un camino secundario que conduce a unas casas lejanas…

y explica:

–      Aquí estaremos todavía más tranquilos que en el camino grande.

Estos árboles nos ocultarán a la vista de muchos.

En efecto, un grupo de árboles bajos y tupidos,

hacen como de mampara contra la curiosidad de los viandantes.

Lázaro está erguido frente a Jesús, esperando.

Jesús dice:

–       Lázaro, necesito mandar lejos a Juan de Endor y a Síntica.

La prudencia, como ves, lo aconseja y también la caridad.

Tanto para él como para ella sería una prueba peligrosa, un dolor inútil,

el tener noticia de la persecución que se ha desencadenado contra ellos…

Y que podría -al menos para uno- provocar penosísimas sorpresas.

–      En mi casa…

–      No.

Ni siquiera en tu casa.

No los tocarían materialmente, quizás;

pero sí los humillarían moralmente.

El mundo es cruel.

Destroza a sus víctimas.

No quiero que se pierdan así estas dos buenas fuerzas.

Por tanto, de la misma forma que un día junté al anciano Ismael con Sara,

ahora voy a juntar a mi pobre Juan con Síntica.

Quiero que muera en paz y que no esté solo.

Y tampoco que lleve consigo la quimera de que se le manda a otro lugar,

porque es “el ex galeote”, sino porque es el discípulo prosélito

que puede trasladarse a otro lugar para predicar al Maestro.

Y Síntica le ayudará…

Síntica es una gran persona y será una gran fuerza, en y para la Iglesia futura.

¿Me puedes aconsejar a dónde mandarlos?

No a Judea, ni a Galilea, ni siquiera a la Decápolis.

A los lugares a los que voy Yo y conmigo los apóstoles y discípulos, no.

Al mundo pagano tampoco.

¿Dónde entonces?

¿Dónde, de forma que sean útiles y estén seguros?

–       Maestro… yo…

¿Aconsejarte yo a ti…!

–       No, no.

–       Habla.

Tú me amas, no traicionas; amas a quienes amo Yo, no eres restringido de mente como otros.

–       Yo…

Sí. Te aconsejaría que los mandases a uno de los lugares donde tengo amigos.

A Chipre o a Siria. Elige Tú.

En Chipre tengo personas de confianza.

¡Y en Siria.., bueno!…

Tengo todavía alguna pequeña casa;

custodiada por un administrador fiel;

más fiel que una ovejita.

¡Nuestro viejo Felipe!

Por mí hará todo lo que diga.

Y, si me lo concedes, ellos, estos a quienes Israel persigue y Tú estimas,

podrán considerarse desde ahora huéspedes míos, seguros en la casa…

¡Oh, no es un palacio!

En esa casa vive sólo Felipe con un nieto que se ocupa de los jardines de Antigonio,

los amados jardines de mi madre;

los hemos conservado para recuerdo de ella.

Había llevado a esos jardines las plantas de esencias exóticas de sus jardines judíos… ¡

¡La madre mía!…

¡Con ellas, cuánto bien hacía a los pobres!…

Eran su secreta propiedad… Mi madre…

Maestro, pronto iré a decirle:

“Alégrate, madre buena. El Salvador está en la Tierra”.

Te esperaba…

Dos hilos de llanto aparecen en el rostro doliente de Lázaro.

Jesús lo mira y sonríe.

Lázaro recobra los ánimos:

–       Pero, hablemos de Ti.

¿Te parece un buen lugar?

–        Me parece un buen lugar.

Una vez más te doy las gracias, por mí y por ellos.

Me quitas un gran peso…

–       ¿Cuándo se marchan?

Lo pregunto para preparar una carta para Felipe.

Diré que son dos amigos míos de aquí, necesitados de paz.

Será suficiente.

–       Sí. Será suficiente.

Pero, te ruego que ni siquiera el aire sepa nada de esto.

¡Ya lo ves! Me espían…

–       Lo veo.

No lo hablaré ni siquiera con mis hermanas.

Pero, ¿Cómo piensas llevarlos allí?

Tienes contigo a los apóstoles…

–        Ahora subo hasta Aera sin Judas de Simón, Tomás, Felipe y Bartolomé.

Entretanto, instruiré a fondo a Síntica y a Juan…

para que vayan con una buena provisión de Verdad.

Luego bajaré al Merón y de allí a Cafarnaúm.

Y allí…

Y allí enviaré otra vez a los cuatro, con otras misiones;

entonces haré que partan para Antioquía los dos.

A esto me veo obligado…

–       A tener que temer de los tuyos.

Tienes razón…

Maestro, sufro viéndote afligido…

–      Pero tu buena amistad me conforta mucho…

Lázaro, gracias…

Pasado mañana me marcho y me llevo a tus hermanas.

Necesito muchas discípulas para confundir entre ellas a Síntica.

Viene también Juana de Cusa.

De Merón irá a Tiberíades, porque va a pasar el invierno allí.

Eso quiere el marido, para tenerla más cerca,

porque Herodes va a volver a Tiberíades una temporada.

–      Se hará como deseas.

Mis hermanas son tuyas, como lo soy yo;

y mis casas, mis criados, mis bienes.

Todo es tuyo, Maestro.

Utilízalo para el bien.

Te prepararé la carta para Felipe.

Es mejor que la tengas Tú directamente.

–       Gracias, Lázaro.

–      Es todo lo que puedo hacer…

Si estuviera sano, iría…

Cúrame, Maestro, y voy…

–       No, amigo.

Tengo necesidad de ti así como estás.

La CONVERSIÓN, es la RESURRECCIÓN ESPIRITUAL

–       ¿A pesar de que no hago nada?

–       Aun así.

¡Oh, mi Lázaro!

Jesús lo abraza y besa.

Suben de nuevo al carro y regresan.

Ahora es Lázaro quien está muy silencioso y pensativo.

Jesús le pregunta la razón de ello.

–       Pienso que pierdo a Síntica.

Me atraían su ciencia y su bondad…

–       Le gana Jesús…

–       Es verdad.

Es verdad.

¿Cuándo te voy a volver a ver, Maestro?

–       Para la primavera.

–      ¿Hasta la primavera? ¡No!El año pasado estabas en mi casa para las Encenias…

–       Este año voy a complacer a los apóstoles.

Pero para el otro año estaré mucho contigo.

Te lo prometo.

Betania aparece bajo el sol de Octubre.

Están ya casi llegando, cuando Lázaro para el caballo para decir:

–       Maestro…

Bueno será que te deshagas del hombre de Keriot.

Tengo miedo de él.

No te ama.

No me gusta.

Nunca me ha gustado.

Es sensual y ambicioso.

Satanás siempre utiliza sus instrumentos, para flagelar a los corredentores y causarles sufrimiento…

Por eso puede cometer cualquier pecado. Maestro,

es él el que te ha denunciado…

–       ¿Tienes pruebas?

–      No.

–      Pues entonces no juzgues.

No eres muy experto en tus juicios.

Acuérdate de que juzgabas inexorablemente perdida a tu María…

No digas que es mérito mío.

Ella fue la primera en buscarme.

–       Eso también es verdad.

Pero en fin, desconfía de Judas.

Poco después entran en el jardín donde están esperando curiosos, los apóstoles.

La ausencia de cuatro apóstoles y sobre todo de Judas;

hace por un lado, más íntimo el grupo de los que quedan;

por otro, más feliz.

291 CORDERO Y PASTOR


291 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Y, como queriendo truncar toda discusión, se vuelve hacia los muros del Templo.

Pero un doctor de la Ley, que estaba sentado escuchando seriamente bajo el pórtico,

se levanta y se le pone delante para preguntarle:

–        Maestro,

¿Qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?

Has respondido a los otros, respóndeme también a mí.  

Jesús responde cuestionando:

–        ¿Por qué quieres tentarMe?

¿Por qué quieres mentir?

¿Esperas que diga algo disconforme con la Ley por el hecho de que añado a la Ley conceptos

más luminosos y perfectos

¿Qué está escrito en la Ley?

¡Responde! 

¿Cuál es el mandamiento principal de la Ley?

–        Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas,

con toda tu inteligencia.

Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

–        Bueno, has respondido bien;

haz eso y obtendrás la vida eterna.

–      ¿Y quién es mi prójimo?

El mundo está lleno de gente buena y mala, conocida y desconocida, amiga y enemiga de Israel.

¿Cuál es mi prójimo

Jesús responde con otra parábola:

–         Un hombre, bajando de Jerusalén a Jericó,

en uno de los pasos estrechos de las montañas, se topó con unos ladrones. 

Éstos lo hirieron cruelmente, lo despojaron de todo cuanto llevaba, incluso de sus vestidos,

y lo dejaron más muerto que vivo en el borde del camino.

Pasó por ese mismo camino un sacerdote que había terminado su turno en el Templo.

¡Todavía perfumado de los inciensos del Santo!

¡Debería haber tenido también el alma perfumada de bondad sobrenatural y de amor,

pues que había estado en la Casa de Dios, casi en contacto con el Altísimo!

Este sacerdote tenía prisa de volver a su casa

Miró pues hacia el herido y no se detuvo.

Pasó ligero de largo y dejó al desdichado en la cuneta.

Luego, un levita. ¿Contaminarse, teniendo que servir en el Templo?

¡De ninguna manera!

Recogió su vestido para que no se manchase de sangre,

lanzó una mirada huidiza hacia el hombre que gemía en medio de su sangre

y aceleró el paso en dirección a Jerusalén, hacia el Templo.

El tercero que pasó, viniendo de Samaria, en dirección al vado, fue un samaritano.

Vio la sangre, se detuvo;

descubrió la presencia del herido en el crepúsculo que ya se iba espesando

se apeó del burro, se acercó al herido, lo confortó con un trago de vino generoso,

desgarró su manto para hacer vendas, le lavó las heridas con vinagre, se las ungió con aceite,

se las vendó con amor;

luego cargó al herido sobre su jumento,

guió con cautela al animal, sujetando al mismo tiempo al herido

y confortándolo con buenas palabras, sin preocuparse del cansancio,

sin enfado por el hecho de que el herido fuera de nacionalidad judía.

Cuando llegó a la ciudad, lo llevó a una posada y lo veló toda la noche.

Al alba, viéndolo mejorado, lo dejó en manos del posadero,

a quien pagó con antelación unos denarios y dijo

“Cuídalo como si se tratara de mí mismo.

A mi regreso te daré lo que hayas gastado de más.

Y con medida generosa, si haces bien las cosas”.

Y se marchó.

Doctor de la Ley, respóndeme:

¿Quién de estos tres fue “prójimo” del que se topó con los ladrones?

¿Acaso el sacerdote?

¿Acaso el levita?

¿No lo fue, más bien, el samaritano?

Que no se preguntó quién era el infortunado, porque estaba herido, 

O si hacía mal en socorrerlo perdiendo tiempo y dinero.

y arriesgándose a ser acusado de haberlo herido él?

El doctor de la Ley respondió:

–         Fue “prójimo” éste, porque tuvo misericordia.

–        Haz tú lo mismo.

Así amarás al prójimo y a Dios en el prójimo y merecerás la vida eterna.

Jesús calla, su enseñanza ha terminado.

Ya ninguno se atreve a hablar.

Jesús aprovecha para ir donde las mujeres, que están esperando al pie de los muros; 

para ir con ellas de nuevo a la ciudad.

Ahora se han añadido al grupo de los discípulos un sacerdote de aspecto patriarcal y un levita muy joven. 

Pero Jesús está ahora hablando con su Madre -entre sí y ella, tiene a Margziam-,

y le pregunta

–       ¿Me has escuchado, Madre?

–      Sí, Hijo mío.

Y a la tristeza de María Cleofás se ha unido la mía.

Ella ha llorado, poco antes de entrar en el Templo…

–       Lo sé, Madre.

Y sé el motivo.

No debe llorar, sólo orar.

–       ¡Ora mucho!

Las noches pasadas dentro de su cabaña entre sus hijos dormidos, oraba y lloraba.

La oía llorar a través de la pared delgada de los ramajes adyacentes.

¡Ver a pocos pasos a José y a Simón, cercanos pero tan lejos!…

Y no es la única que llora.

Juana, que la ves tan serena, ha llorado en mi presencia…

–        ¿Por qué, Madre?

–         Porque Cusa…

Se comporta de una forma… inexplicable.

Un poco la complace en todo, un poco la rechaza en todo;

si están solos, donde nadie los ve, es el marido ejemplar de siempre;

pero si están con él otras personas, que sean de la corte…  

Se vuelve autoritario y despreciativo, para con su mansa esposa.

Ella no comprende por qué…

–       Te lo digo Yo.

Cusa es siervo de Herodes

Entiéndeme, Madre: Siervo”.

Esto no se lo digo a Juana para no apenarla.

Pero es así.

Cuando no teme la reprensión y el escarnio del soberano, es el buen Cusa;

cuando tiene motivo para temerlos, deja de serlo.

–        Es porque Herodes está muy irritado por Mannaém y…

–       Es porque Herodes ha perdido el juicio por el tardío remordimiento

de haber cedido a las peticiones de Herodías.

Pero Juana tiene ya mucho bien en la vida.

Debe, bajo la diadema, llevar su cilicio.

–        Analía también llora..

¿Por qué?

–       Porque su prometido se está poniendo contra Ti.

–      Que no llore.

Díselo.

Se trata de una resolución.

Es bondad de Dios.

Su sacrificio conducirá de nuevo a Samuel al Bien.

Por el momento esto la librará de presiones para la celebración del matrimonio.

Le prometí que la tomaría conmigo.

Me precederá en la muerte…

María exclama angustiada: 

–       ¡Hijo!…

 María palideciendo, aprieta la mano de Jesús. 

Jesús dice conciliador:   

–        ¡Mi querida Mamá!

Es por los hombres

Ya lo sabes.

Es por amor a los hombres.

Bebemos nuestro cáliz con buena voluntad, ¿No es verdad?

María traga las lágrimas,

y responde:

–       Sí.

Un “sí” acongojado, verdaderamente desgarrador.

Margziam levanta su carita,

y dice a Jesús:

–        ¿Por qué dices estas cosas feas que hacen sufrir a Mamá?

Yo no te voy a dejar morir

Te voy a defender como defendía a los corderos.

Jesús lo acaricia.

Y, para animar a los dos afligidos,

pregunta al niño:

–        ¿Qué harán ahora tus ovejitas?

¡No las echas de menos?  

–       ¡Pero si estoy contigo!

De todas formas pienso en ellas siempre,

y me pregunto: “¿Las habrá sacado a pastar Porfiria?,

¿Habrá tenido cuidado de que Espuma no se meta en el lago?”

Porque Espuma es muy vivaracho, ¿Sabes?

Su madre lo llama una y otra vez, ¡Pero nada!

Hace lo que quiere.

¡Y Nieve, que es tan glotona que come hasta que se siente mal!

Mira, Maestro… 

Yo entiendo lo que es ser sacerdote en tu Nombre,

lo comprendo mejor que los otros.

Y señalando con la mano a los apóstoles, que vienen detrás,

agrega:

–        Ellos dicen muchas palabras elevadas, hacen muchos proyectos… 

para el futuro.

Yo digo: “Seré pastor.

Seré para los hombres como con las ovejitas.

Será suficiente”.

Mamá, nuestra Mamá,

me ha contado ayer un pasaje muy bonito de los profetas…

Y me ha dicho: “Exactamente así es nuestro Jesús”.

Y yo dentro del corazón dije:

Pues yo también seré exactamente así”.

Luego le dije a nuestra Mamá:

“Por ahora soy cordero, pero luego seré pastor;

sin embargo, Jesús ahora es  Pastor.

Y… también Cordero.

Pero tú eres siempre la Cordera, sólo nuestra Cordera, blanca…

Bonita, encantadora, con palabras más dulces que la propia leche.

Por eso Jesús es tan Cordero: porque ha nacido de ti, Corderita del Señor.

Jesús se inclina y lo besa impetuosamente

Luego pregunta:

–        ¿Entonces verdaderamente quieres ser sacerdote?

–       ¡Sí, claro, mi Señor!

Por eso trato de hacerme bueno y de saber mucho.

Voy siempre donde Juan de Endor.

Me trata siempre como a un hombre.

Y con mucha bondad.

Quiero ser pastor de las ovejas descarriadas y de las no descarriadas.

Y médico-pastor de las heridas y de las que tengan algún miembro fracturado,

como dice el Profeta.

¡Qué bonito!».

Y el niño da un salto y choca las manos.  

Pedro se acerca y pregunta:

–     ¿Por qué está tan contento este curruco?

Jesús responde: 

–       Ve su camino.

Clarísimamente. Hasta el final.

Yo con mi “sí” consagro esta visión suya.

Han llegado.

Se paran delante de una casa que está en la zona del barrio de Ofel,

pero en un lugar más distinguido. 

Pedro pregunta:

–        ¿Nos detenemos aquí?

–       Esta es la casa que Lázaro me ha ofrecido para el banquete de alegría.

María ya está aquí.

–       ¿Por qué no ha venido con nosotros?

¿Por miedo a las burlas?

–       ¡No!

Ha sido una disposición mía.

–       ¿Por qué, Señor?

–       Porque el Templo es más susceptible que una esposa encinta.

Mientras pueda, no quiero provocar ningún choque.

Y no es por cobardía.

–       No te va a servir de nada, Maestro.

Yo en tu lugar no sólo chocaría con él, sino que lo echaría abajo del Moria

junto con todos los que viven dentro.

–       Simón, eres un pecador;

Se debe orar por los semejantes, no matarlos.

–        Yo soy pecador, pero Tú no... Y… deberías hacerlo. 

Jesús agrega con tristeza:

–        Habrá quien lo haga.

Cuando se colme la medida del pecado.

–        ¿Qué medida?

–        Una medida tan grande… 

Que henchirá el Templo y rebosará hacia Jerusalén.

No puedes comprender…

¡Marta, abre pues tu casa al Peregrino!  

273 EL LASTRE DE LA RIQUEZA


273 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Es en la casa de Cafarnaúm, a la sombra de los árboles en el huerto umbrío,

temprano  por la matutina.

Los apóstoles se fueron a predicar.

Jesús cura a unos enfermos, acompañado de Mannaém.

Que ya no lleva ni el precioso cinturón ni la lámina de oro en la frente:

sujeta su túnica un cordón de lana; una cinta de tela, como la prenda que cubre su cabeza.

Jesús tiene descubierta la cabeza, como siempre cuando está en casa. 

Una vez que ha terminado de curar y de consolar a los enfermos,

sube con Manahén a la habitación alta.

Aunque parece que la canícula ha terminado, el sol todavía calienta implacable…

Se dirigen hacia la parte mas sombreada y fresca.

Y se  sientan los dos en la pequeña terraza de la ventana que mira al mont

Mannaém dice:

–       Dentro de poco empezará la vendimia.

Jesús le contesta:

–       Sí.

Luego vendrá la Fiesta de los Tabernáculos…

Y el invierno estará a las puertas.

¿Cuándo piensas partir?

–       ¡Mmm!…

De mi parte no me iría nunca…

Pero pienso en el Bautista.

Herodes es una persona débil.

Si se le sabe influir

Se le puede sugestionar para que haga el bien y si no se hace bueno;

por lo menos que no sea sanguinario.

Desgraciadamente son pocos los que le aconsejan bien.

¡Y esa mujer!… ¡Esa mujer!…

Yo quisiera estar aquí hasta que regresen tus apóstoles.

Aunque mi ascendencia ha disminuido, desde que saben que sigo los senderos del Bien.

Pero no me importa.

Quisiera tener la verdadera valentía, de saber abandonar todo para seguirte completamente,

como aquellos discípulos que estás esperando.

¿Lo lograré alguna vez?

Nosotros que no pertenecemos a la plebe, somos más obstinados para seguirte.

¿Por qué será?

–      Porque los tentáculos de las míseras riquezas os retienen.

–      Conozco a algunos que no son tan ricos, pero sí son doctos o están en camino de serlo.

Y tampoco vienen. 

–       También están retenidos por los tentáculos de las míseras riquezas.

No se es rico sólo de dinero.

Existe también la riqueza del saber.

Pocos llegan a la confesión de Salomón: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad”,

considerada de nuevo y ampliada -no tanto materialmente cuanto en profundidad-

en Qohélet.

¿Lo recuerdas?

La ciencia humana es vanidad, porque aumentar sólo el humano saber

“es afán y aflicción de espíritu. 

Y quien multiplica la ciencia multiplica los afanes”.

En verdad te digo que es así.

Como también digo que no sería así, si la ciencia humana estuviera sostenida y refrenada

por la sabiduría sobrenatural y el santo amor a Dios.

El placer es vanidad, porque no dura;

arde y rápido se desvanece dejando tras sí ceniza y vacío.

Los bienes acumulados con distintas habilidades son vanidad, para el hombre que muere,

porque con los bienes no puede evitar la muerte, y los deja a otros.

La mujer, contemplada como hembra y como tal apetecida, es vanidad.

De lo cual se concluye que lo único que no es vanidad es el santo temor de Dios

y la obediencia a sus Mandamientos.

O sea, la sabiduría del hombre, que no es sólo carne,

sino que posee la segunda naturaleza: la espiritual.

Solo el que logra ver la vanidad de todo lo mundano,

logra liberarse de cualquier tentáculo de pobres posesiones

e ir libre al encuentro del Sol.

–      ¡Quiero recordar estas palabras!

¡Cuánto me has dado en estos días

Ahora puedo ir entre la inmundicia de la corte, que les parece brillante solo a los necios.

Que parece poderosa y libre y es solo miseria, cárcel y oscuridad.

Me llevaré un tesoro que me permitirá vivir allí mejor, a la espera de lo superior.

Pero, ¿Llegaré alguna vez a esta meta sublime, que es pertenecerte totalmente?

–       Lo lograrás.

–       ¿Cuándo?

¿El año próximo?

¿Más adelante todavía?

¿O hasta que la ancianidad me haga prudente y sabio?

–        Lo lograrás.

-Llegarás… alcanzando la madurez de espíritu….

Perfección de voluntad y a una decisión perfecta

En el término de unas cuantas horas.

Y al decir esto, Jesús sonríe de una manera enigmática.  

Pues ha lanzado su mirada hacia el futuro y ve el heroísmo del que será capaz su discípulo.

Mannaém lo mira pensativo y escrutador…

Pero no pregunta nada más.

Después de un largo silencio que interrumpe Jesús,

al preguntar:

–        ¿Has estado alguna vez con Lázaro de Bethania?

–         No, Maestro.

Nos hemos encontrado algunas veces.

Puedo decir que no;

que si hubo algún encuentro, no puede llamarse amistad.

Ya sabes.

.

Yo con  Herodes, Herodes contra él…

Por tanto…

–        Ahora Lázaro te mirará más allá de estas cosas.

Te mirará en Dios…

Procura tratarlo como condiscípulo.

–        Lo haré si Tú así lo quieres…

Se oyen voces llenas de alarma en el huerto, que buscan al Maestro.

Preguntan con angustia:

–        ¡El Maestro!

–       ¡El Maestro!

–       ¿Está aquí?

Responde la voz cantarina de la dueña de la casa:

–        Está en la habitación de arriba.

¿Quiénes sois?

¿Estáis enfermos?

—       No. – 

         Somos discípulos de Juan. 

–       Y  queremos ver a Jesús de Nazaret.

Jesús se asoma por la ventana,

y dice:

—      Paz a vosotros…

Ellos levantan la cabeza  y los reconoce,

invitándoles:

–      ¡Oh!

¿Sois vosotros?

¡Venid! ¡Venid!

Sus  pasos apresurados suben por la escalera.

Son los tres pastores: Juan, Matías y Simeón.

Jesús deja la habitación y va a su encuentro a la terraza.

Manahén lo sigue.

Se encuentran justamente en el punto en que la escalera termina en la soleada terraza.

Los tres se arrodillan y besan el suelo.

Mientras Jesús los saluda.

–       La paz sea con vosotros…

Levantan la cabeza y muestran un rostro lleno de dolor.

Ni siquiera viendo a Jesús se sosiegan.

Su grito ahogado por el llanto:

–       ¡Oh, Maestro!

Juan habla en nombre de los demás:

–      Y ahora recógenos, Señor.

Porque somos tu herencia.

Y las lágrimas se deslizan por la cara del discípulo y de sus compañeros.

Jesús y Mannaém dan un solo grito:

–        ¿¡Juan!?

–        ¡Lo mataron…!

La noticia cae como un rayo que paraliza hasta el aire, en un silencio horrorizado.

Cuyo  enorme fragor cubre todos los ruidos del mundo,

a pesar de que haya sido pronunciada en voz muy baja.

Petrifica a quien la dice y a quien la oye.

Y se produce un rato de silencio tan profundo…

Que parece extenderse en su  profunda inmovilidad también en los animales,

las frondas y el aire,

Porque es como si la Tierra entera, para recoger esta palabra y sentir todo su horror,

suspendiera todo ruido  propio.

Queda suspendido el zureo de las palomas, truncada la flauta de un mirlo,

enmudecido el coro de los pajarillos.

Y como si de golpe se le hubiera roto el artilugio, una cigarra detiene su chirrido al improviso,

mientras se detiene el viento que, haciendo frufrú de seda y crujido de palos,

acariciaba las pámpanas y las hojas.

Jesús palidece.

Sus ojos se agrandan.

Vidrian por el llanto que se asoma.

Abre los brazos.

Su voz es más profunda, por el esfuerzo que hace para que sea firme y tranquila.

Y dice:

–       Paz al Mártir de la Justicia y a mi Precursor.

Cierra los ojos y los brazos sobre su pecho.

Su espíritu ora.

Entrando en contacto con el Espíritu de Dios y el de Juan  Bautista.

Mannaém no dice nada, no hace ningún gesto, ni se atreve ni a moverse.

Al revés de Jesús, se  pone colorado y la ira lo invade.

Se pone rígido y paralizado.

Toda su turbación se manifiesta en el movimiento mecánico de la mano derecha,

que sacude el cordón de la túnica y de la izquierda, que instintivamente busca el puñal

Pero no lo encuentra, porque se le olvidó que está desarmado.

Pues para poder ser discípulo del manso, es requisito para estar cerca del Mesías.

Y mueve la cabeza compadeciéndose de su fragilidad

y de sentirse tan impotente. 

Jesús recupera la Majestad Divina que le es habitual.

Y tan solo le queda una profunda tristeza, dulcificada con paz.

Con voz serena dice:

–       Venid.

Me lo contaréis.

De hoy en adelante me pertenecéis.

EVANGELIO DE SAN MARCOS

Capítulo 6

Muerte de Juan el Bautista

14. Se enteró el rey Herodes, pues su nombre se había hecho célebre. Algunos decían: «Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos y por eso actúan en él fuerzas milagrosas.»

15. Otros decían: «Es Elías»; otros: «Es un profeta como los demás profetas.»

16. Al enterarse Herodes, dijo: «Aquel Juan, a quien yo decapité, ése ha resucitado.»

17. Es que Herodes era el que había enviado a prender a Juan y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien Herodes se había casado.

18. Porque Juan decía a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano.»

19. Herodías le aborrecía y quería matarle, pero no podía,

20. pues Herodes temía a Juan, sabiendo que era hombre justo y santo, y le protegía; y al oírle, quedaba muy perplejo, y le escuchaba con gusto.

21. Y llegó el día oportuno, cuando Herodes, en su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea.

22. Entró la hija de la misma Herodías, danzó, y gustó mucho a Herodes y a los comensales. El rey, entonces, dijo a la muchacha: «Pídeme lo que quieras y te lo daré.»

23. Y le juró: «Te daré lo que me pidas, hasta la mitad de mi reino.»

18. Porque Juan decía a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano.» 19. Herodías le aborrecía y quería matarle, pero no podía, Marcos 6

24. Salió la muchacha y preguntó a su madre: «¿Qué voy a pedir?» Y ella le dijo: «La cabeza de Juan el Bautista.»

25. Entrando al punto apresuradamente adonde estaba el rey, le pidió: «Quiero que ahora mismo me des, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista.»

26. El rey se llenó de tristeza, pero no quiso desairarla a causa del juramento y de los comensales.

27. Y al instante mandó el rey a uno de su guardia, con orden de traerle la cabeza de Juan. Se fue y le decapitó en la cárcel

28. y trajo su cabeza en una bandeja, y se la dio a la muchacha, y la muchacha se la dio a su madre.

29. Al enterarse sus discípulos, vinieron a recoger el cadáver y le dieron sepultura.

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265 ¿ERES EL QUE HA DE VENIR?


265 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús está sólo con Mateo, que no ha podido ir con los demás a predicar,

por tener herido un pie.

De todas formas, enfermos y otras personas deseosas de la Buena Nueva llenan la terraza

y el espacio libre del huerto para oírlo y solicitarle ayuda.

Jesús termina de hablar

diciendo:

–       Habiendo contemplado juntos la gran frase de Salomón:

“En la abundancia de la justicia está la suma fortaleza”, os exhorto a poseer esta abundancia,

pues es moneda para entrar en el Reino de los Cielos.

Tened con vosotros mi paz y Dios sea con vosotros.

Luego se acerca a los pobres y enfermos, en muchos casos son una y otra cosa juntamente.

Y escucha con bondad lo que cuentan, ayuda con dinero, aconseja con palabras,

sana con la imposición de las manos y con la palabra.

Mateo a su lado, se encarga de dar las monedas.

Jesús está escuchando con atención a una pobre viuda que entre lágrimas,

le narra la muerte repentina de su marido carpintero, en el banco de trabajo,

acaecida pocos días antes:

-Vine corriendo a buscarte aquí.

Todo el parentesco del difunto me acusó de falta de compostura y de ser dura de corazón.

Ahora me maldicen.

Pero había venido porque sabía que resucitabas

y sabía que si te encontraba mi marido resucitaría.

No estabas…

Ahora él está en el sepulcro desde hace dos semanas…

Y yo estoy aquí con cinco hijos…

Los parientes me odian y me niegan su ayuda.

Tengo olivos y vides.

Pocos, pero me darían pan para el invierno, si pudiera tenerlos hasta la recolección.

Pero no tengo dinero,

porque mi marido desde hacía tiempo estaba enfermo y trabajaba poco.

Y para mantenerse, comía y bebía, yo digo que demasiado.

Decía que el vino le sentaba bien…

La verdad es que hizo el doble mal de matarlo a él…

Y de consumir los ya escasos ahorros por su poco trabajo.

Estaba terminando un carro y un baúl;

le habían encargado dos camas, unas mesas y también unas repisas.

Pero ahora…

No están terminados.

Y mi hijo varón solo tiene siete años.

Perderé el dinero…

Tendré que vender los útiles y la madera.

El carro y el baúl ni siquiera los puedo vender como tales, aunque estén casi terminados,

Así que los voy a tener que dar como leña para el fuego.

No va a ser suficiente el dinero;

porque yo, mi madre anciana y enferma y cinco hijos, somos siete personas…

Que no tenemos como sostenernos.

Venderé el majuelo y los olivos…

Pero ya sabes cómo es el mundo…

Donde hay necesidad, ahoga.

Dime, ¿Qué debo hacer?

Quería guardar el banco y las herramientas para mi hijo;

que ya sabe algo de la madera…

Quería conservar la tierra para vivir…

y también como dote para mis hijas…

Jesús está muy atento, escuchando todo esto…

Cuando una agitación de la gente le advierte de que hay alguna novedad.

Se vuelve para ver lo que sucede…

Y ve a tres hombres que se están abriendo paso entre la multitud.

Buscando acercarse para llegar hasta Él.

Jesús reconoce a uno de ellos… 

Y entonces se vuelve otra vez hacia la viuda,

para preguntarle:

–      ¿Dónde vives?

–      En Corozaín, junto al camino que va a la Fuente caliente.

Es una casa baja entre dos higueras.

–       Bien. Iré a terminar el carro y el baúl.

De modo que podrás vendérselos a quien los había encargado.

Espérame mañana a la aurora.

La mujer se siente ahogar por el estupor. 

Y pregunta: 

–       ¿Tú?

¿Tú trabajar para mí? 

–       Volveré a mi trabajo y te daré paz a ti.

Al mismo tiempo, a esos de Corozaín sin corazón, les daré la lección de la caridad.

–      ¡Oh, sí!

¡Sin corazón!

¡Si viviera todavía el viejo Isaac!

¡No me dejaría morir de hambre!

Pero ha vuelto a Abraham…

–       No llores.

Vuelve a casa serena.

Con esto tendrás para hoy.

Mañana iré Yo.

Ve en paz.

La mujer se arrodilla a besarle la túnica y se marcha más consolada.

Uno de los tres hombres que habían llegado y que estaban parados, detrás de Jesús,

esperando a que despidiera a la mujer y que por tanto, han oído la promesa de Jesús.

respetuosamente le pregunta: 

–      Maestro tres veces santo,

¿Te puedo saludar?

El hombre que ha saludado es Mannaém.

Jesús se vuelve,

y sonriendo, dice:

–       ¡Paz a ti, Mannaém!

¡Entonces, te has acordado de Mí!…

—       ¿Y tú también de Mí?

–       Eso siempre, Maestro.

Había decidido ir a verte a casa de Lázaro y al huerto de los Olivos para estar contigo.

Pero antes de la Pascua apresaron a Juan el Bautista.

Lo prendieron con traición otra vez;

yo temía que en ausencia de Herodes, que había ido a Jerusalén para la Pascua,

Herodías ordenara la muerte del santo.

No quiso ir para las fiestas a Sión, porque decía que estaba enferma.

Enferma, sí: de odio y lujuria…

Estuve en Maqueronte para vigilar y…

refrenar a esa pérfida mujer, que sería capaz de matarlo  con su propia mano…

Si no lo hace, es porque tiene miedo a perder el favor de Herodes, que…

por miedo o convicción, defiende a Juan y se limita a tenerlo prisionero.

Ahora Herodías se ha ido a un castillo de su propiedad,

huyendo del calor agobiante de Maqueronte.

Yo he venido con estos amigos míos y discípulos de Juan.

Los ha enviado él con una pregunta para Tí.

Me he unido a ellos.

La gente, al oír hablar de Herodes y comprendiendo quién es el que habla de él,

se arremolina curiosa, en torno al pequeño grupo de Jesús y de los tres hombres.

Tras recíprocos saludos con los dos austeros personajes.

Jesús dice:

–      ¿Qué pregunta queríais hacerme? 

Uno de los dos dice: 

–      Habla tú, Mannaém,

Porque sabes todo y eres más amigo.  

El hermano de Herodes explica: 

–       Escucha, Maestro.

Sé comprensivo, si ves que por exceso de amor, en los discípulos nace un recelo

hacia Aquel al que creen antagonista o suplantador de su maestro.

Lo hacen los tuyos, lo hacen igual los de Juan.

Son celos comprensibles, que demuestran todo el amor de los discípulos, hacia sus maestros.

Yo… soy imparcial.

Y lo pueden decir éstos que están conmigo,

Porque os conozco a ti y a Juan y os amo con equidad.

Tanto es así que, aunque te ame a Ti por lo que Eres,

preferí hacer el sacrificio de estar con Juan,

porque lo venero también a él por lo que es.

Y actualmente, porque está en mayor peligro que Tú.

Ahora, por este amor -no sin el soplo rencoroso de los fariseos-

han llegado a poner en duda que Tú eres el Mesías.

Y así se lo han confesado a Juan, creyendo que le daban una alegría diciéndole:

“Para nosotros el Mesías eres tú, no puede haber uno más santo que tú”.

Pero primero Juan los ha reprendido llamándolos blasfemos;

luego después de la reprensión, con más dulzura,

ha ilustrado todas las cosas que te señalan como verdadero Mesías.

En fin, viendo que todavía no estaban convencidos, ha tomado a dos de ellos, éstos…

Y les ha dicho: “Id donde Él y decidle en mi nombre:

¿Eres Tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?”‘

No ha enviado a los discípulos que antes habían sido pastores, porque creen

y no habría aportado nada el enviarlos.

Los ha tomado de entre los que dudan,

para acercártelos y para que su palabra disipara las dudas de otros como ellos.

He venido con ellos para verte.

Esto es todo.

Ahora Tú acalla sus dudas.

El hombre aclara: 

–       ¡No nos creas hostiles a ti, Maestro!

Las palabras de Mannaém te lo podrían hacer pensar.

Nosotros… nosotros…

Conocemos desde hace años al Bautista, siempre lo hemos visto santo, penitente, inspirado.

A Ti… no te conocemos sino por boca de terceros.

Y ya sabes lo que es la palabra de los hombres…

Crea y destruye fama y honra, por el contraste entre quien exalta y quien humilla;

de la misma forma que dos vientos contrarios forman y dispersan una nube.

Jesús responde con dulzura: 

–      Lo sé, lo sé.

Leo en vuestro corazón y vuestros ojos leen la verdad en lo que os rodea,

como también vuestros oídos han escuchado la conversación con la viuda.

Sería suficiente para convencer.

Mas Yo os digo:

Observad qué personas me rodean:

aquí no hay ricos, ni gente que se dé la gran vida, aquí no hay personas de vida escandalosa;

sólo hay pobres, enfermos, honrados israelitas que quieren conocer la Palabra de Dios.

Éste, éste, esta mujer..

También esa niñita y aquel anciano, han venido aquí enfermos y ahora están sanos.

Preguntadles y os dirán qué tenían y cómo los he curado.

Y cómo están ahora.

Preguntad, preguntad…

Yo, mientras, hablo con Mannaém» y hace ademán de separarse.

Pero ellos objetan. 

–       No, Maestro.

–       No dudamos de tus palabras.

Danos sólo una respuesta que llevar a Juan,

para que vea que hemos venido y para que pueda,

sobre la base de esa respuesta, persuadir a nuestros compañeros.

–       Id y referid esto a Juan:

“Los sordos oyen; esta niña era sorda y muda.

Los mudos hablan; aquel hombre era mudo de nacimiento.

Los ciegos ven”.

Hombre, ven aquí.

Jesús le dice: 

–      Di a éstos lo que tenías…

Mientras coge de un brazo a uno que ha sido sanado milagrosamente.

Éste dice:

–       Soy albañil.

Me cayó en la cara un cubo lleno de cal viva.

Me quemó los ojos.

Desde hace cuatro años vivía en la oscuridad.

El Mesías me ha mojado los ojos secos con su saliva

y ahora están de nuevo más frescos que cuando tenía veinte años.

¡Bendito sea!

Jesús prosigue:

–      Y no sólo ciegos, sordos o mudos, curados;

sino también cojos que corren, tullidos que se enderezan.

Mirad ese anciano: hace un rato estaba anquilosado, encorvado… 

Y ahora está derecho como una palma del desierto y ágil como una gacela.

Quedan curadas las más graves enfermedades.

Tú, mujer, ¿Qué tenías?

–       Una enfermedad del pecho;

por haber dado demasiada leche a bocas voraces;

la enfermedad, además del pecho, me comía la vida

Ahora mirad. – y se destapa el vestido y muestra, intactos, los pechos.

Y añade:

–      «Lo tenía que era todo una llaga.

Lo demuestra la túnica, todavía mojada de pus.

Ahora voy a casa para ponerme un vestido limpio; estoy fuerte y contenta.

Ayer mismo estaba muriéndome.

Me han traído aquí unas personas compasivas.

Me sentía muy infeliz… por los niños, que se iban a quedar pronto sin madre.

¡Eterna alabanza al Salvador!

–      ¿Habéis oído?

Podéis preguntarle también al arquisinagogo de esta ciudad sobre la resurrección de su hija.

Y, volviendo en dirección a Jericó, pasad por Naím.

e informaos sobre el joven que fue resucitado en presencia de toda la ciudad,

cuando ya estaba para ser introducido en la tumba.

Así, podréis referir que los muertos resucitan.

El hecho de que muchos leprosos hayan sido curados,

lo podréis saber en muchos lugares de Israel;

pero, si queréis ir a Sicaminón, buscad entre los discípulos y encontraréis muchos ex leprosos.

Decid, pues, a Juan que los leprosos quedan limpios.

Decid, además, que se anuncia la Buena Nueva a los pobres, porque lo estáis viendo.

Y bienaventurado quien no se escandalice de Mí.

Decid esto a Juan.

Y también que lo bendigo con todo mi amor.

–       Gracias, Maestro.

Bendícenos también a nosotros antes de marcharnos.

–       No podéis iros a esta hora, con este calor…

Quedaos en casa como invitados míos hasta el atardecer;

así viviréis por un día la vida de este Maestro que no es Juan, pero que es amado por Juan,

porque Juan sabe quién ES.

Venid a casa.

Está fresca.

Os daré la posibilidad de reponer fuerzas.

Adiós a vosotros que me escucháis.

La paz sea con vosotros.

Despide a la muchedumbre y entra en la casa con sus tres invitados…

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244 FORJA DE LAS ALMAS


 244 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

243 -La Magdalena debe forjarse sufriendo

En el tránsito de la noche al día, habiéndose ocultado la Luna sin haber empezado todavía a amanecer…

La luz ha disminuido.

Pero es sólo un breve intervalo incierto…

Inmediatamente después, la luz primero plomiza, luego levemente gris y casi enseguida verdastra; 

Finalmente luce esplendorosa la vía láctea con transparencias de azul.

Dando a continuación paso a una claridad de casi incorpórea plata;

que termina afirmándose cada vez más, facilitando el camino por el guijarral húmedo; 

que las olas han dejado al descubierto.

El mar es un verdadero milagro de belleza.

Majestuosamente mueve sus olas coronadas de espuma.

El crepúsculo tiñe de oro y violeta el horizonte.

Mientras, los ojos se alegran con la vista del mar, ya de un azul más claro;

pronto a encenderse de visos como gemas preciosas.

Y luego el aire embebe su plata de un rosa cada vez más seguro, hasta que este rosa-oro de la aurora; 

se hace lluvia rosa-roja que cae en el mar, en los rostros, en los campos…

Formando contrastes de tonalidades cada vez más vivos,

los cuales alcanzan el punto perfecto, el más bonito del día cuando el Sol;

saltando los confines del oriente, lanza su primer rayo hacia montes y laderas,

bosques, prados y vastas llanuras marinas y celestes

Y acentúa todos los colores: la blancura de las nieves o de las lejanías montañosas;

con un color añil entreverado de verde diaspro.

O el cobalto del cielo, que palidece para acoger el rosa;

el zafiro veteado de jaspe y orlado de perlas del mar.

Y hoy el mar es un verdadero milagro de belleza:

No muerto en la tranquilidad pesada, ni agitado bajo la lucha de los vientos,

sino majestuosamente vivo con su reñir de leves olas, apenas señaladas,

con una ondulación coronada por una cresta de espuma.  

Jesús dice:

–      Llegaremos a Dora antes de que el sol queme.

Reanudaremos la marcha al declinar del sol.

Pronto terminará en Cesárea vuestra fatiga, hermanas y también nosotros descansaremos.

Vuestro carro os estará esperando y nos separaremos…

Y mirando a la Magdalena pregunta:

¿Por qué lloras, María?

¿Voy a tener que ver hoy llorar a todas las Marías?

Martha trata de disculparla:

–      Le apena dejarte.

–      Eso no significa que no nos vayamos a volver a ver,

Y además, será pronto.

María hace señal con la cabeza de que no llora por eso.

Y Zelote da la explicación:

–     Tiene miedo de no ser siempre buena sin tu cercanía.

Teme que será tentada muy fuertemente…

Cuando no estés cerca para alejar al Demonio.

Hace poco me hablaba de ello.

Jesús le dice:

–      No tengas este temor.

Yo no retiro nunca una gracia que he concedido.

¿Quieres pecar?

María niega con la cabeza. 

i dice con un sollozo: 

–      ¡No, mi Señor!

 –     Entonces no te intranquilices.

Está atenta, eso sí.

Pero no tengas miedo.

–   Señor… 

Lloro también porque en Cesárea…

Cesárea está llena de mis pecados.

Ahora los veo todos…

Tendré que sufrir mucho en mi ser humano.

–     Me alegro de saberlo…

Entre más sufras, mejor.

Porque después no sufrirás con estas penas inútiles.

María de Teófilo, quiero recordarte que eres hija de un valiente.

Que eres un alma fuerte.

Yo quiero hacerte fortísima.

Compadezco las debilidades en las otras;

porque han sido siempre mujeres mansas y tímidas, incluyendo a tu hermana.

En ti no lo soporto.

Te forjaré con el fuego y en el yunque.

Para que estés tan templada… 

 Que no eches a perder el milagro de tu voluntad y la Mía.

Esto tenlo en cuenta…

Y quien de los presentes o de los ausentes pueda pensar que Yo porque te quiero mucho,;

voy a ser débil contigo.

Te permito que llores por arrepentimiento y por amor.

No por otra cosa. ¿Has entendido?  

Jesús es claro y severo.

María de Mágdala lucha por controlar sus lágrimas y sollozos.

Cae a los pies de Jesús.

Se los besa y los moja con sus lágrimas.  

Postrada en la arena de la playa…

Trata de decir con serenidad:

–     Sí, Señor mío.

Haré lo que quieres.

–     Levántate pues. 

Y mantente serena… 

Se reanuda la marcha…

La comitiva apostólica avanza por la orilla de la playa, bordeando la costa.

Los peregrinos se dirigen a Cesárea.

Cuando el sol declina, brindando un maravilloso espectáculo crepuscular…

El mar parece al rojo vivo, de tanto como refleja, en su calma, el rojo del cielo;

un rojo tan violento, que parece casi irreal:

es como si hubieran vertido sangre en la bóveda del firmamento.

Hace todavía calor, pero el aire del mar lo hace soportable.

Caminan siguiendo la orilla para evitar el ardor del terreno seco.

Continúan caminando a lo largo de la costa.

Llegan a una zona que está llena de gente.

Que pasea a la luz de las antorchas o linternas que portan esclavos…

Y que respira el aire y la brisa que viene del mar.

Un gran consuelo para los pulmones cansados del bochorno estival.

La larga playa parece un salón vastísimo lleno de ricos paseantes a la hora más social.

Pasar por ahí significa que lo desmenucen a uno completamente.

Y sin embargo, Jesús pasa por allí…

Siguen a lo largo de la playa, sin importarle que lo vean; que hablen de Él; que se rían…

Lidia la seguidora romana, está sentada en una silla plegadiza a la orilla de la vía.

Cuando lo ve…

Se pone de pie y pregunta:

–      ¡Maestro!

¿Tú aquí? ¿A esta hora?

Jesús contesta:

–       Se me ha hecho tarde en busca de alojamiento.

La amiga romana señala una hermosa villa, detrás de ella.  

Y dice titubeante:

–      Te diría que aquí está mi casa.   

Pero no sé si…  

Jesús responde: 

–       No.

Te lo agradezco.

Vienen conmigo muchas personas y dos de ellas ya se adelantaron a donde vamos a llegar.

Buenas noches, Lidia.

–    Adiós, Maestro.

Jesús sigue adelante.

Y los ojos de Lidia recorren las caras de las mujeres…

Al punto descubre a Magdalena.

Y exclama:

–     ¡María!

¿Tú? Pero… 

¿Entonces es verdad?

En los ojos de María hay una mirada de cierva acorralada.

Una mirada llena de tormento.

Y tiene razón, porque no solo a Lidia debe hacer frente;

sino a muchos que la están mirando

Pero también ella mira a Jesús y cobra fuerzas.

Respira hondo sonríe…

Y dice con firmeza:

–     Es verdad.

–     Entonces…

¡Te hemos perdido!

–    No.

Me habéis encontrado.

Por lo menos espero volver a encontrarte algún día y con una amistad…

Mejor en el camino que por fin encontré.

Dilo a todos los que me conocen, te lo ruego.

Hasta la vista Lidia.

Olvida todo el mal que me viste hacer.

Te ruego que me perdones…

–     Pero María,

¿Por qué te envileces?

Hemos vivido la misma vida de ricas desvergonzadas y no hay…  

Magdalena la interrumpe:

–      No.

Llevé una vida peor.

Pero he salido de ella y para siempre.

–     Dime la verdad,

¿Estás verdaderamente convencida?

–     Convencida no.

Feliz de ser discípula.

Sólo una cosa lamento y es no haber conocido antes la   Luz.

Y también haber comido fango en lugar de haberme alimentado de Ella.

Hasta la vista, Lidia.

La respuesta suena clara en el silencio que rodea a las dos mujeres.

Ninguno de los presentes se atreve a decir nada.

María se vuelve rápida…

Y trata de alcanzar al Maestro.

Pero un joven romano, se le para por delante.  

Trata de abrazarla, y dice: 

–     ¿Es tu última locura?

Pero como está medio borracho, no lo consigue.

Y María se le escapa,

gritándole:

–      No.

Es mi única sabiduría.

Alcanza a sus compañeras que van cubiertas con sus velos como si fueran mahometanas.

Martha le pregunta:

–       María, ¿Has sufrido mucho?

–       No.

Tiene razón el Maestro.

Ya no sufriré más por esto.

No vale la pena.

Y siguen su camino.

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239 EL DISCÍPULO VÍCTIMA


239 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

250 Juan de Endor es alma víctima

Se levanta también Juan de Endor,

el cual ha estado siempre tomando apuntes mientras Jesús hablaba,

exponiéndose al calor abrasador del fuego para poder ver lo que escribía.

Pero Jesús lo para y le dice:

–   Quédate un poco con tu Maestro.

Y lo tiene junto a Sí hasta que todos terminan de marcharse.

–      Vamos hasta aquella peña que está a la orilla del mar.

La Luna cada vez está más alta.

Se ve el camino.

Juan acepta sin decir palabra…

Se alejan de las casas aproximadamente unos doscientos metros.

Se sientan encima de una voluminosa peña (no sé si se trata de un resto de un espigón, o de la extrema punta de un arrecife sumergido en el mar;

o, tal vez, pertenece a las ruinas de alguna casucha semi-sumida por las aguas, que quizás con el paso de los siglos han penetrado tierra adentro).

Sí sé que, mientras desde la pequeña playa se puede subir, apoyando el pie en entrantes y salientes de la piedra, que hacen de peldaños,

desde la parte del mar la pared desciende casi recta para hundirse en el agua verde-clara.

Es más ahora por la marea, está  semi-circundada por el agua, que borbotea y azota ligeramente este obstáculo,

para huir luego con un sonido de enorme aspiración, y luego calla un momento, para volver de nuevo, con movimiento y sonido regulares,

hecho de golpes y de aspiraciones y silencios como una música sincopada.

Se sientan en el punto más alto de este volumen azotado por el mar.

La Luna dibuja sobre las aguas un camino de plata…

Y da un color azul oscurísimo al mar, que antes de que ella saliera no era sino una extensión negruzca,

en el negro de la noche. 

Jesús pregunta:

–      Juan,

¿No le dices a tu Maestro la razón por la que sufre tu cuerpo?

Juan responde:

–     Ya la conoces, Señor.

De todas formas, no digas “sufre”, di “se consume”; es más exacto,

Y Tú lo sabes, como también sabes que se consume con gozo.

Gracias, Señor.

Me he reconocido yo también en el barro que se hace llama.

Pero no voy a tener tiempo de encender las piedras.

Mi Señor, moriré pronto.

Demasiado he sufrido por el odio del mundo

demasiado exulto de júbilo por el amor de Dios.

Pero no añoro la vida.

Aquí podría pecar todavía, podría fallar en la misión a que nos destinas.

Ya dos veces he fallado en mi vida:

en mi misión de maestro, porque en ella habría debido saber encontrar de qué formarme a mí mismo.

Y sin embargo, no me formé.

En mi misión de marido, porque no supe formar a mi mujer.

Lógicamente: si no había sabido formarme a mí mismo, menos podía saber formarla a ella.

Podría fallar también en mi misión como discípulo…

Y a Tí no quiero fallarte.

ALMAS VÍCTIMAS Y CORREDENTORAS

¡Bendita sea, por tanto, la muerte, si viene a llevarme a donde no se puede ya pecar!

Si bien mi destino no será el de discípulo-maestro, tendré el de discípulo-víctima,

el que más asemeja al tuyo.

Lo has dicho esta misma noche:

“Consumiéndose primero ellos mismos”.

–     Juan,

¿Es un destino que sufres o es un ofrecimiento tuyo?

–      Es un ofrecimiento.

Si Dios no rechaza el barro hecho fuego.

–      Juan, haces muchas penitencias.

Jesús con el amor de fusión, nos une a Él para participarnos la Vida y  al hacernos corredentores nos comunica su Semejanza y nuestra alma se recrea…

–      Las hacen los santos,

Tú el primero.

Es justo que las haga quien tanto debe pagar.

Pero… quizás es que las mías no las ves gratas a Dios…

¿Me las prohíbes?

Nosotros podemos ofrecer los sufrimientos que ya estamos viviendo en la Gran Tribulación que ya comenzó; 

como penitencia, mortificación, dolor redentor, reparación, consuelo para nuestro ABBA y… 

ESTO ES LO QUE HACE PODEROSÍSIMA NUESTRA INTERCESIÓN

Y devastadora para el Infierno entero… 

–     No pongo jamás obstáculo a las buenas aspiraciones de un alma enamorada.

He venido a predicar, con los hechos, que en el sufrimiento hay expiación y en el dolor redención.

No puedo contradecirme. 

Quienes mueren en la Cruz, ¡Resucitan AHORA MISMO en el Cielo! Y empezamos a relacionarnos personalmente con ABBA…

–      Gracias, Señor.

Será mi misión.

–     ¿Qué escribías, Juan?

–      ¡Oh, Maestro!

A veces el viejo Félix emerge todavía con sus costumbres de maestro.

Pienso en Margziam.

Tiene toda una vida para predicarte.

Y por su edad, no está presente en tus predicaciones.

He pensado tomar nota de algunas enseñanzas con que nos has adoctrinado y que el niño no ha oído.

O por estar en sus juegos o por estar lejos con uno de nosotros.

¡Hasta en las más mínimas palabras tuyas hay mucha sabiduría! 

Tus conversaciones familiares son ya de por sí adoctrinamiento.

precisamente en las cosas de cada día, de cada hombre;

en esas cosas mínimas, que en el fondo son las más grandes de la vida.

Porque acumulándose, forman una gran suma…

que exige paciencia, constancia, resignación, si se quiere llevar con santidad.

Es más fácil realizar un grande pero único acto heroico;

que no millares de pequeñas cosas que exijan una constante presencia de virtud.

No obstante, no se llega al acto grande, tanto en el mal como en el bien;

yo lo sé por lo que se refiere al mal;

si no se va largamente acumulando actos pequeños, aparentemente insignificantes.

Yo empecé a matar cuando, cansado de la frivolidad de mi mujer;

le lancé la primera mirada de desprecio.

Para Margziam he anotado tus pequeñas lecciones.

Y esta noche he sentido el deseo de anotar tu gran lección.

Dejaré este trabajo mío al niño, para que se acuerde de mí, el viejo maestro.

Y para que tenga aquello que de otro modo no tendría.

Su espléndido tesoro.

Tus palabras.

¿Me das permiso?

–     Sí, Juan.

Pero está en paz en todo, como este mar. ¿Ves

Para ti sería demasiado abrasador el caminar bajo el ardor del sol,

Y la vida apostólica es verdaderamente ardor.

Has luchado mucho en tu vida.

Ahora Dios te convoca a su Presencia, en este plácido radiar de luna que todo calma y hace puro.

Camina bajo la dulzura de Dios.

Te digo que Dios está contento de ti.

Juan de Endor toma la mano de Jesús, la besa y musita:

–       Pero también habría sido hermoso decirle al mundo:

“¡Acércate a Jesús!”.

–       Lo dirás desde el Paraíso

Tú serás también un espejo reflector de la Llama de Dios.

Vamos, Juan.

Quisiera leer lo que has escrito.

–      Aquí está, Señor.

Y mañana te doy el otro rollo en que he anotado las otras palabras.

Bajan de su escollo.

Y en medio de una esplendorosísima, dilatada luz blanca de luna;

que ha transformado en plata la grava de la orilla, vuelven a las casas.

Se saludan:

Juan, arrodillándose;

Jesús, bendiciéndolo con la mano puesta sobre su cabeza.

Y dándole su paz.

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211 BATALLA CONTRA ASMODEO


211 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús, soleado, sudoroso y lleno de polvo, regresa con Pedro y Juan a la casa de Cafarnaúm.

Apenas entra en el huerto, cuando el dueño de la casa le dice:

–     Jesús, ha regresado a buscarte la mujer de la que te hablé en Betsaida.

Le dije que te esperara y la llevé arriba, en la habitación que está allí.

Jesús contesta:

–    Gracias Tomás.

Voy al punto.

Si vienen los demás, retenlos aquí y no dejes que me interrumpan.

Y Jesús sube ligero la escalera, sin quitarse siquiera el manto.

La escalera va a dar a una terraza.

En ella inmóvil, está Marcela, la sierva de Marta.

Que lo saluda diciendo:

–     ¡Maestro nuestro!

Mi señora está ahí dentro.

Te espera desde hace muchos días. 

Mientras se arrodilla ante Jesús para venerarlo.  

–     Ya me lo imaginaba.

Voy enseguida a verla.

Dios te bendiga, Marcela.

Jesús levanta la cortina que protege de la luz.

Aún violenta a pesar de que la puesta de sol esté ya adelantada;

Y vuelve fuego al aire pareciendo encender las casas blancas de Cafarnaúm, con la roja reverberación de un enorme brasero.

En la habitación está Marta, toda velada y envuelta en un manto, sentada junto a una ventana.

Está absorta mirando a un trozo de lago, en que un collado boscoso zambulle un entrante.

Está tan ensimismada, que no oye el leve roce de los pies de Jesús, que se está acercando a ella;  

Cuando Jesús la llama suavemente:

–  Martha…

Ella grita:

–   ¡Oh, Maestro!

Y se derrumba de rodillas, con los brazos tendidos hacia adelante, como solicitando ayuda,:

Luego se inclina hasta tocar con la frente en el suelo y se suelta a llorar.

Jesús pregunta: 

–     ¿Por qué?

 Pero, ¿Qué sucede?

¡Levántate! ¿Por qué estas lágrimas?

¿Qué pasó?

He estado en Betania, ¿Sabes?

¿Sí? Allí he sabido que había buenas noticias.

Quítate el velo y el manto. Debes estar muriéndote de calor.

Ahora estás llorando…

–     ¿Qué ha pasado?

Y la obliga a levantarse.

Y a que se siente en el asiento que está colocado contra la pared.

El se sienta frente a ella.  

Preguntando: 

–     ¿Por qué este llanto desconsolado?

¿Tienes alguna desventura que manifestarme?

¿Sí? ¿Cuál? Dime.

Martha se muestra deshecha, con su rostro colorado y los ojos hinchados…

Está tan angustiada que no puede decir nada.  

Jesús repite: 

–     Quítate ese velo y ese manto, como hago Yo.

Te estarás ahogando con ellos.

Además, quiero ver el rostro de esta Marta turbada, para alejar todas las nubes que lo ensombrecen.

Martha obedece sin dejar de llorar. 

Y Jesús agrega:

–    ¿Bueno? Te ayudaré…

María te mandó llamar. Ha llorado mucho.

Ha querido saber mucho de Mí.

Y has llegado a imaginar que se trata de una buena señal…

Por lo que has querido que esté Yo aquí, para realizar el milagro.

Aquí estoy. ¿Y ahora?…

Martha responde con voz ahogada:

–    Ahora ya no hay nada, Maestro.

Me equivoqué.

Una esperanza demasiado viva, hace ver cosas inexistentes…

Te hice venir por nada…

María está peor que antes.

Aunque ya no quiere más cerca de sí a los hombres, es diferente, pero sigue siendo mala.

Me parece que está loca.

Ya no la entiendo.

Antes por lo menos la comprendía, ¡Pero ahora!

¿Quién la entiende?

Y Martha vuelve a llorar desconsoladamente.

Jesús dice:

–   ¡Ea!

Tranquilízate y dime qué cosa hace.

¿Por qué es mala?

Si ya no quiere hombres a su alrededor y vive sola  en su casa.

Eso está muy bien.

El haber deseado que estuvieses cerca de ella, para evitar las tentaciones, apartándose de relaciones culpables.

O simplemente de lo que podría inducir al Mal, es signo de buena voluntad.

–    ¿De veras lo crees así, Maestro?

–   Pues claro.

¿En qué te parece mala? Cuéntame que hace…

Martha, animada con las palabras de Jesús,

habla con mayor claridad:

–  Mira.

Desde que llegué, María no sale de casa, del jardín.

Ni siquiera para ir al lago con la barca.

Y su nodriza me dijo que este cambio empezó en la Pascua.

Iban a buscarla personas y no siempre las rechazaba.

Luego dio órdenes de que no se le permitiese entrar a nadie.

Y parecían órdenes absolutas.

Entonces si, habiendo oído las voces de los visitantes, iba al vestíbulo.

Y si ya éstos se habían marchado…

incluso llegó a azotar a los sirvientes en un arrebato de injusta ira.

Desde mi llegada no lo ha vuelto a hacer.

La primera tarde -y por eso nació en mí tanta esperanza-

me dijo:

“Detenme. Amárrame si quieres; pero no me dejes salir más.

Que no vuelva a ver a nadie, que no seas tú o la nodriza.

Yo estoy enferma y me quiero curar.

Los que vienen a verme o quieren que vaya a verlos, son como pantanos donde hierve la fiebre.

Hacen que me enferme más todavía.

Aparentemente son tan hermosos como frutos de aspecto agradable que no logro resistir,

porque soy una infortunada.

Una desgraciada, Martha.

Tu hermana es débil.

Y hay quién se aprovecha de su debilidad, para que cometa cosas infames…

Aunque una partecilla de mí, no consiente en ellas.

Lo único que me queda de mamá todavía, de mi pobrecita mamacita.”

Y se ponía a llorar.

Yo me porté con ella dulcemente, en las horas en que era más razonable.

Y con firmeza cuando parecía una fiera enjaulada.

Jamás se rebeló contra mí.

Al contrario, pasados los momentos de mayor tentación;

venía a llorar a mis pies, con la cabeza sobre las rodillas,

 Y me decía:

–    ¡Perdóname! ¡Perdóname!

–    ¿Por qué hermana, si no me has hecho nada?

–    Porque ayer cuando me prohibiste salir, en mi corazón te odiaba, maldecía y deseaba que te murieras.

Martha agrega con un sollozo:

–   Esto es muy doloroso.

¿Acaso está loca?

¿A esto la llevó el vicio?

Me imagino que algún amante suyo le dio una pócima;

para hacerla esclava de la lujuria…

Y ya le llegó hasta el cerebro…

–    No. Nada de pócimas.

Es algo muy diferente.

Es una adicción. 

Pero sigue…

–   Conmigo es respetuosa y obediente.

No ha maltratado más a los siervos.

Pero después de la primera noche, ya no ha preguntado por Ti.

Si Yo le hablo de Ti, desvía la conversación.

Se pasa horas en el peñasco del mirador…

Y se queda contemplando el lago.

Cuando ve pasar una barca, dice:

–   ¿Te parece que sea la de los pescadores galileos?

Jamás pronuncia tu Nombre, ni el de los apóstoles.

Pero yo sé que te ve a Ti y a ellos, en la barca de Pedro.

A veces cuando paseamos por el jardín o yo estoy bordando…

Ella está mano sobre mano, sin hacer nada,

me dice:

–     ¿De este modo es necesario vivir, según la doctrina que sigues?

Y a veces llora amargamente.

Luego ríe con unas carcajadas sarcásticas de loca o de demonio.

Otras veces se pone uno de mis vestidos, se suelta los cabellos que siempre trae muy bien arreglados.

Y hace dos trenzas.

Luego se acerca toda tímida; púdica, jovencita virginal en la expresión de la cara.

Y pregunta:

–   ¿A este punto debe llegar María?

Y luego se pone a llorar, besando sus espléndidas y gruesas trenzas, que le llegan hasta las rodillas.

Con esa belleza que era la gloria de mi madre.

A veces prorrumpe en horribles carcajadas….

O bien me dice:

–   Pero mira, mejor hago así y me mato.

Y se anuda el cuello con las trenzas.

Se aprieta en tal forma, que se pone morada como si quisiera estrangularse.

Otras veces cuando la tentación es más fuerte, se compadece a sí misma o se maltrata…

La he encontrado golpeándose con furia el pecho, las piernas.

Se rasguña la cara.

Da cabezazos contra la pared.

Y si le pregunto:

–   ¿Por qué lo haces?

Me enfrento con una mirada feroz, de enajenada…

Y me responde:

–   Para despedazarme.

Y despedazar mis entrañas, mi cabeza.

Las cosas nocivas y malditas, deben destruirse.

Yo me estoy destruyendo.

Tengo que destruir lo que me domina…

Cuando hablo de Ti, de la Misericordia Divina.

Porque Yo no le hago caso…

Y le hablo de Ti, como si ella fuera la más fiel de tus discípulas.

Y te juro que a veces me arrepiento de hacerlo ante ella.

Me responde:

–    Para mí no puede haber misericordia.

He pasado la medida.

Es entonces cuando una desesperación se apodera de ella…

Y grita golpeándose hasta que le mana sangre:

–   Pero, ¿Por qué?

¿Por qué este monstruo que me destroza?

No me deja en paz.

Me arrastra hacia el mal, con arrullos melodiosos…

Y luego se me juntan las voces de papá y mamá.

De vosotros que me maldecís.

Porque tú y Lázaro me maldecís, al igual que todo Israel.

¿Por qué este monstruo me hace enloquecer?

Cuando habla así, yo le respondo:

–    ¿Por qué piensas en Israel que es sólo un pueblo y no piensas en Dios?

Dado que no pensaste antes, cuando todo lo pisoteabas.

Piensa ahora en vencer todo y deja de preocuparte por el mundo.

Piensa en Dios, en nuestros padres.

Ellos no te maldicen.

Si cambias de vida, te abrirán los brazos…

Ella me escucha pensativa, estupefacta, como si le dijera algo imposible.

Luego se pone a llorar y ya no dice nada.

Algunas veces ordena a los siervos, que le lleven vinos y manjares.

Y bebe, como ‘para no pensar’, como dice ella.

Desde que sabe que estás en el lago, cada vez que vengo me dice:

–   Alguna vez, también iré yo.

Y riéndose con esa sonrisa que es un insulto para ella misma;

termina con:

–    Así al menos el ojo de Dios caerá sobre el estiércol.

Pero ya no quiero que venga.

Espero a que ella cansada, por la ira. 

Fatigada con el vino, con el llanto, con todo; se quede dormida.

Hoy también así he salido.

Regresaré a la noche, antes de que se despierte.

Esta es mi vida y no espero más…

Una explosión de llanto le impide seguir.

Jesús le dice:

–    ¿Te acuerdas Martha de lo que te dije un día?

“María está enferma” y no lo quisiste creer.

Ahora lo estás viendo.

Tú la crees loca.

Ella misma te dice que está enferma de fiebre pecaminosa.

Yo digo enferma del espíritu, por ‘posesión diabólica’.

Siempre es una enfermedad.

Sus incoherencias.

Sus arrebatos de ira.

Sus llantos, desconsuelos, ansias de venir a Mí.

Son las fases de su mal, que cuando va llegando el momento de su curación;

se manifiesta en estas crisis.

Haces bien en ser bondadosa con ella, en ser paciente, en hablarle de Mí.

No te arrepientas de pronunciar mi Nombre en su presencia.

¡Pobre alma de mi María!

También salió del Padre Creador, igual que las demás.

Y también ella está incluida entre las almas por las que me he hecho Carne;

para ser Redentor.

¡Pobre alma de mi María a quien amo tanto!

¡Pobre alma envenenada con siete venenos, además del primordial y universal!

¡Pobre alma prisionera de María!

¡Déjala que venga a Mí!

Deja que respire mi aliento.

Que oiga mi Voz, que encuentre mi mirada.

Si dice ‘estiércol’ refiriéndose a sí misma

¡Oh, pobre alma que de los siete demonios, el menos fuerte que tiene, es la soberbia!

Sólo por esto se salvará.

Martha pregunta con voz temblorosa:

–   ¿Y si después de haber salido, encuentra alguien que la conduzca nuevamente al vicio?

Ella misma siente este temor…

–   Y siempre lo tendrá.

Ahora que ha llegado a experimentar náuseas con el vicio.

Pero no te preocupes, cuando una alma ha concebido ya el deseo de ir al Bien…

Y  tan solo la detiene el enemigo diabólico que sabe que va a perder su presa.

Y trata de impedir al espíritu, que domine al ‘yo’ humano;

entonces esa alma ya se ha fortalecido contra los asaltos del vicio y de los viciosos.

No le hagas reproches de ningún tipo.

Ella es toda una llaga.

Solo tócala con el bálsamo de la dulzura, del perdón, de la esperanza.

Déjala en libertad de que venga.

Si llegas a ver en ella ese impulso, tú no vengas.

Espérala en casa.

La Misericordia la hará suya.

Porque la debo arrebatar a esa malvada fuerza que ahora la oprime.

Y por unas horas parecerá como una que acaba de arrojar el veneno…

Una a quién el médico le haya quitado los huesos.

Después se sentirá mejor.

Estará atolondrada.

Tendrá necesidad de caricias y de silencio.

Asístela como si fueses su segundo ángel custodio, sin hacérselo notar.

Si la ves llorar, déjala que llore.Si la ves sonreír con una sonrisa cambiada, con una mirada diferente, con una cara distinta;

no le hagas preguntas.

No trates de dominarla.

Sufre más ahora en el subir, que cuando bajó.

Y debe hacerlo por sí misma.

Como lo hizo por sí misma cuando bajó. 

No tuvo valor de tolerar vuestras miradas cuando bajaba;

porque en vuestros ojos estaba el reproche.

Pero ahora no puede soportarlos por la vergüenza que por fin se le despertado.

Entonces era fuerte porque tenía en sí a Satanás; su dueño y la fuerza siniestra que la dominaba.

Por eso podía desafiar al mundo y con todo, vosotros nunca la visteis cuando pecaba.

Ahora Satanás ya no está en ella como su dueño; sino como su huésped.

Pero a quién la voluntad de María tiene ya cogido por la garganta.

Todavía no me tiene a Mí, por eso es muy débil.

No puede sostener ni siquiera la caricia de tus ojos de hermana;

al declararse por su Salvador. 

Los esclavos de la Lujuria, SON ADORADORES DE ASMODEO

Toda su energía está dirigida a tener asidos de la garganta a los siete demonios.

En todo lo demás está indefensa, desnuda.

Pero la volveré a vestir y la fortificaré.

Vete en paz, Martha.

Y mañana. Con tacto, dile que hablaré cerca de la fuente, aquí en Cafarnaúm.

Al atardecer. Vete en paz.

Te bendigo.

Martha está perpleja.

Jesús la está mirando y le dice:

–    No caigas en la incredulidad, Martha.

–    No Señor.

Pero pienso…

María sufre mucho y yo tengo miedo de que no logre vencer al Demonio.

–     ¡Eres una niña!

María me tiene a Mí y a ti.

¿No lo logrará?

Vete tranquila. Mi paz sea contigo.

Martha le hace una profunda reverencia y se va.

Jesús sonríe cuando la ve dirigirse a Mágdala.

Luego baja a la cocina y al ver que Juan está por irse a la plaza, se va con él.

Lo rodean los niños y conversan con Él.

Pasa Simón el Fariseo y le hace una pomposa inclinación.

Jesús también lo saluda.

El hombre le dice:

–  Vengo a invitarte a mi casa.

Mañana.  

Jesús responde: 

–   Mañana no puedo.

¿Qué te parece dentro de dos días?

–    Muy bien.

Tendré amigos…Y les tendrás paciencia…

–   Sí. Sí.

Iré con Juan.

–  ¿Sólo él?

–   Los otros tienen diversas misiones.

Míralos…

Ahora regresan de la campiña.

La paz sea contigo, Simón.

–   Dios sea contigo,  Jesús.

Te espero.

El fariseo se va y Jesús se reúne con los apóstoles.

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210 EN CAFARNAÚM


210 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En Betsaida, Jesús habla en la casa de Felipe.

Se ha reunido mucha gente y llega uno de Cafarnaúm a rogarle que vaya lo más pronto posible a la casa del sinagogo, porque su hija se está muriendo.

Jesús promete que irá durante el transcurso de la mañana, cuando termine de hablar y curar enfermos.

Un par de horas después, Jesús camina por una calle polvorienta que bordea la ribera del lago.

Va rodeado por una gran multitud que lo ha seguido desde Betsaida y a la que se ha juntado la de Cafarnaúm.

Se amontonan a su alrededor, no obstante que los apóstoles se esfuerzan en separarlos;

utilizando los brazos, las espaldas… 

Y gritando en voz alta, exigiendo que lo dejen pasar.

Jesús por su parte, no se inquieta por el alboroto.

Mucho más alto que todos los que lo rodean, mira con una dulce sonrisa a la gente que lo estruja. 

Responde a los saludos, acaricia a los niños que logran acercársele.

Y a los que las madres le ponen a su alcance para que los toque

De esta forma sigue caminando, lenta y pacientemente;

en medio de estos apretujamientos que pondrían histérico a cualquiera.

Se oye el grito angustiado de un hombre:

–     ¡Abrid paso!

¡Abrid paso!

Los que lo conocen y lo respetan mucho, a duras penas le abren paso.

Es un hombre maduro y vestido como dignatario del Templo.

Cuando llega ante Jesús se postra a sus pies,

y suplica:

–      ¡Oh, Maestro!

¿Por qué has tardado tanto?

Mi niña está agonizando.

Nadie la puede curar…

Tú Eres mi esperanza y la de mi mujer.

Ven Maestro.

Te he esperado con ansia infinita.

Ven. Ven al punto.

Mi única hija está muriendo…

Y rompe en un llanto desconsolado.

Jesús pone su mano sobre la cabeza del hombre que solloza angustiado.

Y le dice:

–     No llores.

Ten fe. Tu niña vivirá.

¡Vamos! ¡Levántate! ¡Vamos! –estas últimas palabras son perentorias como una orden.

Y vuelven a ponerse en camino.

Jesús lleva de la mano al padre que llora.

Santiago y Judas vienen detrás, tratando de formar una barrera.

Todos los demás apóstoles intentan rechazar a la muchedumbre que casi los aplasta.

Jesús, de repente se detiene y se voltea con todo su cuerpo;

soltando la mano del padre que ha tratado de consolar.

Toma la actitud majestuosa de un rey, con el rostro y la mirada severos.

Con sus ojos investigadores, busca entre la muchedumbre.

Sus ojos despiden una luz de majestad,

cuando pregunta:

–    ¿Quién me ha tocado?

Nadie responde.

Jesús insiste:

–   ¿Quién me ha tocado?

Judas y varios apóstoles dicen:

–     Maestro…

¿Acaso no ves cómo la gente nos apretuja por todas partes?

–     Todos te tocan no obstante nuestros esfuerzos.

–     ¿Cómo puedes preguntar quién te ha tocado?

Jesús responde:

–     Pregunto qué quién me ha tocado para alcanzar un milagro.

He sentido que la virtud de hacer un milagro, ha salido de Mí;

porque lo pidió un corazón con fe.

¿De quién es este corazón?

Los ojos de Jesús bajan hasta una mujer madura, vestida muy pobremente.

Y que trata de desaparecer entre la multitud.

Los ojos divinos le traspasan el alma y ella comprende que no puede huir.

Se arroja a los pies de Jesús,

y suplica:

–     Perdón Señor.

Fui yo.

Estaba enferma.

¡Desde hace doce años que estaba enferma!

Todos huían de mí.

Mi marido me abandonó.

He gastado todos mis bienes para no ser tenida como oprobio;

pero nadie pudo curarme.

Lo ves Maestro: He envejecido antes de tiempo…

Las fuerzas se me escaparon con este flujo incurable.

Uno a quién curaste de su lepra y que no tuvo asco de mí; me dijo que Eres Bueno.

¡Perdóname!

Pensé que con solo tocarte me curaría.

Pero no te he hecho inmundo.

Toqué la punta de tu vestido que va tocando el suelo…

Que toca lo sucio del camino.

También yo soy una suciedad…

¡Pero estoy curada! ¡Bendito seas!

En el momento en que toqué tu vestido, mi mal se detuvo.

Ya nadie huirá más de Mí.

Podré recuperar a toda mi familia y los podré acariciar.

¡Gracias Jesús!

¡Maestro Bueno!

¡Qué siempre seas Bendito!

Jesús la mira con un amor infinito.

Le sonríe y le dice:

–     Vete en paz, hija.

Tu fe te ha salvado.

Estás curada para siempre.

Sé buena y sé felíz.

Vete

En este preciso momento, llega un siervo.

Y dice ansioso al padre que estaba llorando:

–     Tu hija ya murió.

Es inútil que molestes al Maestro.

Su espíritu la ha abandonado…

Y ya las mujeres comenzaron los lamentos.

Tu mujer te manda el recado y te ruega que regreses al punto.

El pobre padre emite un sollozo ahogado.

Se lleva las manos a la cabeza y se oprime, abrumado por el dolor.

Y se dobla como si hubiese sido derribado por un golpe.

Jesús se vuelve y poniendo la mano sobre la espalda encorvada,

le dice:

–    Ya te lo he dicho:

Ten fe. Ahora te lo repito: Ten fe.

No tengas miedo. Tu niñita vivirá.

Vamos allá.

Abraza al hombre aniquilado por el dolor y lo conduce suavemente.

La multitud, que se ha quedado pasmada por el milagro que acaba de suceder, se detiene atemorizada.

Se divide y no estorba más el paso.

Esto hace que el grupo apostólico avance más rápidamente.

Cuando llegan al centro de Cafarnaúm, enfrente de una bella casona, están las plañideras a todo pulmón.

Jesús dice a los suyos que permanezcan en el umbral.

Y llamando a Pedro, Juan y Santiago de Alfeo;

con ellos entra a la casa.

Mantiene fuertemente asido al padre que llora amargamente.

Parece como si quisiera infundirle la certeza, de que Él está allí para hacerlo feliz.

Las plañideras al ver al dueño de la casa y a sus acompañantes, aumentan aun más sus aullidos.

Baten las manos y tocando unos triángulos al ritmo de la música, apoyan sus lamentos.

Jesús ordena suavemente:

–     Callaos.

No es necesario que lloréis.

La niña no está muerta, sino que está dormida.

Las mujeres lanzan gritos más desgarradores y algunas se arrojan por tierra.

Y simulan arañarse, mostrando muchos gestos de desesperación, para demostrar que sí ha muerto.

Los que tocan los instrumentos, los parientes y amigos de la familia; 

sacuden la cabeza ante lo que consideran una ilusión de Jesús.

Jesús repite con imperio:

–     ¡Callaos!

Y hay tal energía en la demanda, que lo obedecen a regañadientes.

Jesús avanza hasta la habitación donde está extendida sobre el lecho, una niña de unos once años;

muerta, delgada y palidísima.

Ya ha sido arreglada para el sepulcro y la cubren muchas flores.

Su mamá llora y besa su manita, que parece de cera.

Jesús se transfigura con una belleza extraordinaria…

Y se acerca rápido hasta el lecho.

Los tres apóstoles se quedan en la puerta e impiden el paso a los curiosos

El padre avanza hasta los pies del lecho y la contempla, paralizado por el dolor.

Jesús se dirige al lado contrario de donde llora la madre y extiende su mano izquierda.

Con ella toma la otra mano inerte de la niña…

Y levantando su brazo derecho, ordena con absoluta majestad:

–   ¡Niña!

¡Yo te lo ordeno!

¡Levántate!

Después de unos segundos electrizantes en los que todos;

menos Jesús y la muerta, quedan en suspenso…

Los apóstoles alargan su cuello para ver mejor.

Tanto el padre como la madre, desgarrados por el dolor, miran angustiados a su hija.

Luego…

Un instante que pareciera un siglo…

Y enseguida se escucha un profundo suspiro, que se levanta del pecho de la muertita.

Un ligero color empieza a cubrir la carita de cera y hace desaparecer la palidez de la muerte…

Una sonrisa se dibuja en los exangües labios, que de pronto se sonrojan…

Justo antes de que unos bellos ojos castaños se abran.

Es como si ella despertase de un apacible sueño…

Y sorprendida mira a su alrededor…

Ve el rostro de Jesús que le sonríe con una dulzura incomparable…

Y ella le sonríe a su vez.

Jesús repite con ternura:

–    Levántate.

Y con su amorosa mano sosteniendo la pequeñita que lo acoge sin miedo;

la ayuda a levantarse.

Mientras separa todos los preparativos fúnebres que la cubrían.

La ayuda a bajar del lecho y hace que de unos pasos.

Jesús ordena suavemente:

–     Ahora dadle de comer.

Está curada.

Dios la ha devuelto.

Dadle gracias y no digáis a nadie lo que le había pasado.

Habéis creído y merecido un milagro.

Los otros no han tenido fe…

Inútil es el persuadirlo.

Dios no se muestra a quién niega el milagro.

Y tú niña, sé buena.

Adiós.

Y sale diciendo a los atónitos padres:

–     La paz sea en esta casa.

Cierra la puerta detrás de Sí y se reúne con sus apóstoles.

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203 LA CONVERSIÓN DE DIMAS


203 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Han emprendido el regreso de la gira por tierras fenicias.

La comitiva se va adentrando cada vez más por unos valles que acometen el monte por caminos difíciles, pedregosos, estrechos.

Y suben y bajan, perdiendo horizontes, recuperándolos de nuevo, hasta que llegan a un valle profundo;

por una  bajada inclinadísima por la que, como dice Pedro, sólo la cabra se siente a gusto.

Luego se internan en el bosque para atravesarlo y bajar al valle donde está el camino que los llevará a Judea.

Se encuentran con peregrinos que van a Jerusalén, para la Fiesta de Pentecostés.

También con la caravana de una novia..

Entonces se paran a descansar y a comer junto a un manantial muy rico de aguas.

En un prado donde se detienen para comer, cerca del grupo apostólico…

Dos hombres conversan acerca de la riqueza que rodea al que será un fastuoso matrimonio, digno de la hija de un rey

Hay otras personas, diseminadas por los prados y las arboledas comiendo, como Jesús y los suyos.

Debe ser un lugar de descanso especialmente apreciado, por estar resguardado del viento y por disponer de prados esponjosos y agua.

Son peregrinos que van hacia Jerusalén, viajeros que se dirigen al Jordán, mercaderes de corderos destinados al Templo, pastores con sus rebaños.

Algunos hacen el viaje en cabalgaduras; la mayoría, a pie. 

Jesús dice. 

–     En el sitio al que vamos hablaré Yo.

Llega también la caravana nupcial toda ataviada festivamente.

Resplandecientes objetos de oro se entreven bajo el velo que envuelve a la novia, que apenas ha dejado de ser niña.

A su lado van dos matronas llenas de resplandores de pulseras y collares.

 Un hombre – quizás es el paraninfo – y dos siervos.

Han venido montados en asnos llenos de borlas y cascabeles.

Y ahora se retiran a un ángulo apartado para comer, como si tuvieran miedo a que la mirada de los presentes profanara a la novia.

El paraninfo monta guardia amenazador, mientras las mujeres comen.

Han despertado una viva curiosidad.

En efecto, con la disculpa de pedir sal, un cuchillo o un chorrito de vinagre; siempre hay alguno que se acerca a uno u otro;

para preguntar si conocen a la novia, si saben a dónde se dirige y otras muchas cosas interesantes de este tipo…

Hay uno que sabe de dónde viene y a dónde va.

Además parece muy contento de contarlo todo, estimulado por otro, que le alegra cada vez más la campanilla, echando en su copa vino generoso.

Salen a relucir a veces hasta los aspectos más secretos de las dos familias, del ajuar que la novia lleva en esos dos baúles…

o de las riquezas que esperan en la casa del novio, etc. etc.

Se sabe así que la novia es hija de un rico comerciante de Joppe y que se casa con el hijo de un rico comerciante de Jerusalén.

Que el novio se ha adelantado para ir adornando la casa nupcial, ante la inminencia de su llegada.

Y que el que la acompaña, el amigo del novio, es también hijo de un comerciante;

de Abraham, el que trabaja diamantes y otras gemas.

Mientras que el novio es orfebre y el padre de la novia es mercader de lana, telas, alfombras, cortinas…

Dado que el hablador está cerca del grupo apostólico,

Tomás oye y pregunta:

–     ¿Es Natanael de Leví el novio?

–     Sí, sí, es él.

¿Lo conoces?

–     Conozco bien a su padre…

Por una serie de tratos que hemos hecho; un poco menos a Natanael.

¡’Nupcias ricas!

–     ¡Y novia venturosa!

Cubierta de oro.

Abraham, pariente de la madre de la novia y padre del amigo del novio, ha hecho honor a su persona.

Y lo mismo el novio y su padre.

Se dice que en aquellas cajas hay un valor de muchos talentos de oro.

Pedro acompaña su admiración, con un significativo silbido. 

Y exclama

–     ¡Caramba!

Voy a ver más de cerca si la mercancía principal corresponde al resto. 

Y se levanta, junto con Tomás, para ir a dar una vueltecita en torno al grupo nupcial. 

Miran con detenimiento a las tres mujeres que son un amasijo de ropajes y velos,

bajo los cuales sobresalen manos y muñecas enjoyeladas o se traslucen brillos de pendientes y collares. 

Miran también al jactancioso personaje que tan matón se muestra; que parece debiera rechazar un asalto de corsarios contra la doncellita.

Mira también mal a los dos apóstoles.

Pero Tomás le ruega que salude de parte de Tomás, apodado Dídimo, a Natanael de Leví…

Y así se instaura la paz, hasta el punto de que mientras él habla,

la novia halla la manera de provocar admiración;

poniéndose en pie, de forma que manto y velo tengan su caída normal y quede patente toda la belleza de su cuerpo…

Y la elegancia de sus vestiduras, con toda su riqueza idolátrica.

Tendrá como mucho quince años. ¡Y qué ojos tan astutos!…

Se mueve con embeleso a pesar de la desaprobación de las matronas.

Se suelta las trenzas y se las vuelve a fijar con la ayuda de valiosas horquillas.

Se aprieta su cinturón de pedrería, se desata sus finas sandalias, se las quita y se las vuelve a poner…

Muy bien ceñidas a sus pies menudos, con hebillas de oro

Y mientras, encuentra la manera de mostrar su magnífica melena negra, sus bonitas manos, sus brazos delicados…

Su cintura estrecha, el pecho y las caderas bien modelados, los pies pequeños y perfectos… 

Así como todas las joyas, que tintinean y emiten destellos,

reflejando las últimas luces del día y las llamas de las primeras fogatas.

Pedro y Tomás regresan.

Tomás dice:

–     Es una muchacha bonita.

Pedro contesta haciendo gestos muy significativos.

–     Y una grandísima coqueta.

Lo que pienso es que tu amigo Natanael pronto sabrá que hay alguien que le mantiene caliente la cama…

Mientras él mantiene caliente el oro para trabajarlo.

Y su amigo es un perfecto estúpido:

¡Pues sí que la ha puesto en buenas manos a la novia!… 

 Pedro concluye, mientras se sienta junto a los compañeros

Cuando termina la comida… 

Bartolomé refunfuña:   

–    A mí no me ha gustado ese hombre que le tiraba de la lengua a ese otro estúpido.

En cuanto se enteró de todo lo que quería saber, se fue para el monte…

Estos lugares son peligrosos.

Además, el tiempo es ideal para lances de malhechores: 

Noches de luna, calor extenuante.

Y además, árboles frondosos. ¡Malo!…

Estos lugares son malos y es la ocasión oportuna para que los bandidos den un golpe…

No me gusta este sitio.

Hubiera sido mejor no detenerse. 

Pedro confirma 

–     ¡Y ese imbécil que ha hablado de todas esas riquezas!…

¡Y ese otro, que se hace el héroe y vigila las sombras; pero no ve los cuerpos verdaderos!…

Bueno, pues me voy a quedar vigilando yo donde las fogatas.

¿Quién viene conmigo?

Simón Zelote responde: 

–    Yo, Simón.

Que resisto bien el sueño.

Pasan las horas y quién no ronca, cabecea.

Jesús está en Oración.

Muchos del campo, especialmente los que viajan solos, se han levantado y se han marchado en pequeños grupos.

Quedan unos pastores con sus rebaños, la comitiva nupcial…

La comitiva apostólica y tres mercaderes de corderos que ya están durmiendo.

También la novia duerme ya, con las matronas, dentro de una tienda que les han montado los siervos.

Los apóstoles se buscan un sitio.

Jesús se retira solo, a hacer oración.

Los pastores encienden un fuerte fuego en el centro de la explanada enque están.

Pedro y Simón encienden otra hoguera cerca del sendero de la escarpa;

por la que el hombre que había provocado las sospechas de Bartolomé se había ocultado.

Pasan las horas y… quien no ronca cabecea.

Jesús ora.

El silencio es total.

Parece callar hasta el manantial que resplandece bajo la alta Luna, que ilumina perfectamente la explanada,;

mientras las zonas en pendiente quedan en sombra bajo el tupido follaje.

El perro que cuida los rebaños de unos pastores, gruñe.

Otro se pone alerta y también gruñe.

Un ruido imperceptible viene del bosque…

Otro perro grande de pastor se arquea amenazante.

Un pastor alza la cabeza.

El perro se pone tieso y eriza el pelo de la espalda;

atentísimo, en actitud de defensa y de escucha… 

Tiembla incluso con el gruñido sordo que hierve dentro de él y que se va haciendo más fuerte cada vez.

Simón levanta también la cabeza y da unos jalones a Pedro, que está adormilado.

Un leve rumor proviene del bosque.

El silencio es profundo.

Simón dice a Pedro:

–     Vamos por el Maestro.

El pastor despierta a sus compañeros.

Y el perro está cada vez, más inquieto.

Los apóstoles obedecen al Maestro y van en distintas direcciones.

Mientras, Jesús dice a los pastores:

–     Alimentad el fuego.

Que esté bien fuerte, que haga una llama muy viva.

Los pastores obedecen.Jesús, dado que los ve nerviosos,

dice:

–     No temáis.

No os robarán ni una sola vedija de lana.

Llamad a los que están durmiendo, a todos.

Decidles que vengan aquí sin hacer ruido.

Sobre todo a las mujeres y a los esclavos con los cofres.

Decidles que tal vez se trata de bandidos; pero no lo digáis a las mujeres.

A los hombres, nada más.

En esto llegan los mercaderes y dicen en tono bajo:

-¡    Ay, nos robarán nuestras mercancías y nuestras ganancias! 

Y añaden una verdadera letanía de improperios contra los gobernantes romanos y judíos;

porque no limpian el mundo de ladrones.

Jesús los conforta diciendo:

–     No temáis.

No perderéis ni una sola moneda.

Llegan las mujeres llorando, muy asustadas. 

Y  es que el valiente paraninfo, temblando con un miedo colosal… 

las aterroriza gimoteando:

-¡    Es la muerte!

¡La muerte a manos de los salteadores!

Jesús las consuela también a ellas,

diciendo:

–     No temáis.

No os tocarán ni siquiera con la mirada.

Y las pone en el centro de esta pequeña población de hombres espantados y de animales inquietos.

Jesús los conforta a todos y trata de tranquilizarlos.

Cuando todos se han despertado y se reúnen…

El murmullo del bosque no se puede oír con todo este alboroto.

Pero en el bosque están los bandidos,y se están acercando.

Los asnos rebuznan.

Los perros aúllan.

Las ovejas balan.

Los hombres maldicen.

Y están más aterrorizados que las mujeres.

Jesús está tranquilo, como si nada pasara

El ruido del bosque no se puede escuchar en medio de este alboroto.

Que los bandidos están en el bosque;

 lo denuncian las ramas que se quiebran…

O las piedras que ruedan…

Jesús ordena:

–    ¡Silencio!

Y lo dice en tal forma, que todos callan.

Jesús deja el lugar en que está y se va en dirección al bosque,…

Donde termina el prado, que comienza en el límite de la explanada.

Se vuelve hacia el bosque. con los brazos extendidos y…  

Toda la majestad que asume cuando realiza los grandes milagros...

Y empieza a hablar: 

“La maldita hambre del oro, empuja al hombre a los sentimientos más abyectos…

Con el oro se revela el hombre más que con otras cosas.

Observad cuánto mal siembra este metal con su cautivador e inútil brillo.

Tanta es su naturaleza infernal desde que el hombre es pecador, que Yo creo que el aire del Infierno es de color oro.

El Creador lo había dejado en las entrañas de ese enorme lapislázuli que es la Tierra,

Que existe por su voluntad creadora, para que le fuera útil al hombre con sus sale…

Y para que adornase sus templos.

Pero Satanás, besando los ojos de Eva y mordiendo el yo del hombre, inoculó un sabor maléfico en el inocente metal.

Desde ese momento, por el oro se mata y se peca. 

La mujer, por el oro, se hace coqueta y fácil para el pecado carnal.

El hombre, por él, se hace ladrón, usurpador, homicida, cruel para con su prójimo y para con la propia alma…

Porque la despoja de su verdadera herencia por darse una cosa efímera.

Cruel para con esa alma a la que roba el tesoro eterno, por unas pocas pepitas brillantes, que con la muerte habrán de abandonarse.

Vosotros, que por el oro pecáis, más o menos levemente, más o menos gravemente. 

Vosotros que cuanto más pecáis más os burláis de cuanto os enseñaron vuestra madre y vuestros maestros. 

Es decir, el hecho de que existe un premio y un castigo por las acciones realizadas durante la vida.   

Séptimo Mandamiento: “No robarás…”

¿No pensáis que por este pecado perderéis la protección de Dios, la vida eterna, la alegría?

¿Que tendréis remordimientos, que sentiréis la maldición de vuestro corazón?

¿Que el miedo será vuestro compañero?

¿El miedo al castigo humano, que al fin y al cabo no es nada, comparado con el miedo?

¡¿Santo miedo, al castigo divino, que deberíais tener y no tenéis?!

¿No pensáis que, por vuestros descalabros, si desembocan en verdaderos delitos, podéis sufrir un terrible fin?

¿Y un fin aún más terrible – por ser eterno – por los atropellos cometidos por amor al oro,

aun cuando no hayan producido derramamiento de sangre, si han pisoteado la ley del amor y del respeto al prójimo,

negando ayuda por avaricia al que padece hambre, robando puestos, dinero o en los pesos, por codicia?

No. Esto no lo pensáis. 

Mas bien decís:

“¡Todo eso son patrañas, patrañas que he aplastado bajo el peso de mi oro y ya no existen

“. No son patrañas, son verdades.

No digáis: “Cuando muera, todo se habrá acabado”. No.

Entonces todo empezará.

La otra vida no es el abismo sin pensamiento ni recuerdo del pasado vivido y sin aspiración a Dios

que vosotros creéis que será el tiempo de espera de la liberación del Redentor.

La otra vida es espera dichosa para los justos,

espera paciente para los purgantes,

espera horrenda para los réprobos.

Para los primeros, en el Limbo;

para los segundos, en el Purgatorio;

los últimos, en el Infierno.

La espera de los primeros cesará con la entrada en el Cielo siguiendo al Redentor;.

La de los segundos, una vez cumplida aquella hora, se verá más confortada de esperanza. 

Mas los terceros verán lobreguecer su terrible certeza de maldición eterna.

Pensadlo, vosotros que pecáis.

Nunca es tarde para enmendarse.

Cambiad con un verdadero arrepentimiento el veredicto que está siendo escrito en el Cielo para vosotros.

Que el Seol, para vosotros, no sea infierno sino, por voluntad vuestra, al  menos, penitente espera.

No tinieblas, sino crepúsculo de luz.

no angustia, sino nostalgia; no desesperación, sino esperanza.

Marchaos.

No tratéis de luchar contra Dios.

Él es el Fuerte y el Bueno. No pisoteéis el nombre de vuestros padres. 

Escuchad cómo gime ese manantial.

Su gemido es semejante al que desgarra el corazón de vuestras madres, al saber que sois unos asesinos.

Escuchad el silbido del viento en el desfiladero: parece amenazar y maldecir;

como os maldice vuestro padre por la vida que vivís.

Escuchad el quejumbroso alarido del remordimiento en vuestros corazones.

¿Por qué queréis sufrir, si podríais sentiros serenamente satisfechos con lo poco en esta tierra y con el todo en el Cielo?

¡Pacificad vuestro espíritu!

¡Devolved la paz a los que temen, a los que se ven obligados a temeros como a animales feroces!

¡Poned paz en vuestro corazón, desdichados malhechores!

Levantad vuestra mirada al Cielo, separad vuestros labios del venenoso alimento; 

purificaos las manos,

que chorrean sangre fraterna,

purificaos el corazón.

Yo tengo fe en vosotros, por eso os hablo;

aunque todo el mundo os odia y teme…

Yo ni os odio ni os temo; os tiendo la mano para deciros:

“Levantaos.

Venid.

Volved a reintegraros, mansos y hombres, entre los otros hombres”.

Un llamado al arrepentimiento a ‘los hombres sin conciencia,

cuyas manos chorrean sangre fraterna’.

Y que termina así:

–     Yo no os odio., ni os temo.

Os extiendo la mano y por eso digo a éstos:

“Regresad a donde estabais durmiendo, sin tener rencor contra vuestros hermanos.

Rogad por ellos. Yo me quedo aquí a mirarlos con ojos de amor y os juro que nada os sucederá.

Porque el Amor desarma a los violentos y harta a los avaros.

Sea bendito el Amor. Fuerza verdadera del mundo. Fuerza desconocida y poderosa.

Fuerza que es Dios.

Escondidos en el bosque, los hombres que esperaban obtener un buen botín, están totalmente desconcertados.

Gestas, el líder; está aterrorizado.

Porque una fuerza desconocida lo tiene paralizado…

Su miedo está lleno de ira.

Pero no puede hacer nada.

Su segundo en la banda:

Dimas…

Ha inclinado la cabeza y está llorando.

Cada una de las palabras de Jesús ha tocado su corazón y le ha revelado una gran verdad.

Se siente avergonzado e infinitamente desdichado…

Y volviéndose a todos,

Jesús termina diciendo:

–     Volved.

Volved. No tengáis miedo.

Allí ya no hay bandidos, sólo hombres asustados y hombres que lloran.

Quién llora no hace daño.

Quiera Dios que así permanezcan, como ahora son.

Sería su redención.

Los bandidos se retiran, como si una fuerza invisible los alejara de allí.

Los integrantes de la caravana vuelven a sus lugares.

Todos se quedan reflexionando en lo que han escuchado…

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