462 Una Madre Corredentora


462 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

395 Las dos madres infelices de Keriot. Adiós a la madre de Judas.

Después de la comida de mediodía,

los apóstoles se han separado para el descanso;

antes de reanudar el camino al atardecer.

Jesús por su parte, está bajo la sombra fresca de los manzanos

plagados de manzanitas verdes que levemente empiezan a madurar.

Y como si María de Simón reanudara una precedente conversación,

en actitud reverente y muy respetuosa,

dice a Jesús:

–          ¡Señor, aceptarías venir conmigo…!

¿Sólo conmigo, a ver a una madre infeliz?

Esto es lo que deseo, más que ninguna otra cosa… 

Jesús responde:

–         Sí, mujer.

Yo también he deseado estar contigo, solos en estas últimas horas;

como en las primeras que estuve aquí.

Vamos.

Entran en la casa para tomar Jesús el manto y María el velo y el manto.

Van por unos caminos situados entre los campos,

entre manzanos y otros árboles, agrestes.

Hace todavía calor.

De los campos de cereales maduros llegan hálitos ardientes;

pero el viento de la montaña atenúa el calor…

que en la llanura sería insoportable.

María dice:

–         Siento hacerte caminar con este calor.

Pero después… ya no podríamos.

Y he deseado mucho esto, aunque nunca me atrevía a pedírtelo.

Hace poco me has dicho:

«María, para mostrarte que te quiero como si fueras mi madre, te digo:

pídeme lo que desees, que te complaceré»

Y entonces me he atrevido.

Señor, ¿Sabes a dónde vamos?  

Jesús responde:

–         No, mujer.

–         Vamos a la casa de la que debería haber sido la suegra de Judas…

María suspira con dolor agregando:

Debería haber sido…

Pero ni lo es ni lo será jamás, porque Judas abandonó a la muchacha,

que murió de dolor…

Y la madre nos guarda rencor a mí y a mi hijo.

Lo maldice siempre…

Judas es tan… es tan… tan débil para el Mal;

que la verdad es que necesita sólo bendiciones…

Yo quisiera que hablaras con ella…

Tú la puedes convencer…

Decirle que ha sido una gracia el que no se verificara esa boda…

Decirle que yo no tengo culpa de ello…

Decirle que muera sin rencor;

porque esa mujer está muriendo lentamente.

 con ese nudo en el alma.

Querría que entre nosotras hubiera paz… porque he sufrido.

Y con vergüenza, por cuanto sucedió…

Y veo con dolor rota una amistad;

con una que era para mí una compañera desde que vine aquí, cuando me casé.

Bueno, ya lo sabes, Señor…

–          Sí, no te angusties.

Tu petición es justa

y Yo cumpliré esta petición buena.

Suben, después de dejar atrás un pequeño valle,

a otra elevación sobre la cual hay un pequeño poblado.

María prosigue:

–          Ana está aquí desde que ocurrió la muerte de su hija.

En sus propiedades.

Antes estaba en Keriot.

Pero, mientras vivía allí, cuando nos veíamos…

Sus reproches me atormentaban el corazón.

Tuercen por un sendero poco antes del pueblo… 

Y llegan a una casa baja que está entre los campos.

–          Hemos llegado.

Se estremece mi corazón ahora que estoy aquí.

No querrá verme… me echará…

Se irritará y su pobre corazón sufrirá más todavía…

Maestro…

–          Sí, voy Yo.

Tú quédate aquí hasta que te llame.

Y ora para ayudarme.

Jesús va adelante solo, hasta la puerta de la casa, abierta de par en par;

entra saludando con su dulce saludo.

Acude una mujer, preguntando:

–         ¿Qué quieres?

¿Quién eres?

Jesús dice:

–          Vengo a dar consuelo a tu ama.

Llévame donde está ella.

–          ¿Un médico?

¡No hace falta ya!

¡Ya no hay esperanza!

Su corazón se está muriendo.

–           Todavía hay que curar el alma.

Soy el Rabí.

–           No haces falta tampoco en ese sentido.

Está irritada con el Eterno y no quiere oír sermones.

Déjala tranquila.

–           Precisamente porque está en ese estado, he venido.

Déjame pasar y ella será menos infeliz en sus últimos días.

La mujer se encoge de hombros,

y dice:

–         Entra.

Avanzan por un pasillo semi-oscuro y fresco.

Hay unas puertas.

En el fondo, la última está entreabierta y por ella salen unos lamentos.

La mujer va allí y entra.

Dice:

–         Ama mía, hay un rabí que quiere hablar contigo.  

La enferma, jadeando inquieta,

replica:

–         ¿Para qué?…

¿Para llamarme maldita?

¿Para decirme que no tendré paz ni siquiera en la otra vida?

Jesús apareciendo en el umbral de la puerta.

dice:

–          No.

Para decirte que tu paz será completa.

Y que serás bienaventurada con tu Yoana eternamente,

con sólo quererlo tú.

La enferma:

amarilla, hinchada, jadeante en la cama, apoyada sobre muchos almohadones;

le mira y dice:

–           ¡Qué palabras!

Es la primera vez que un rabí no me reprende…

¡Qué esperanza!… Mi Yoana… conmigo… en bienaventuranza…

Sin dolor ya… el dolor producido por un hombre maldito…

No impedido por la que lo engendró… y que me traicionó… después de decirme lisonjas…

Pobre hija mía…

Jadea cada vez más fuerte.

La sierva dice

–           ¿Ves como la haces estar mal?

Ya lo sabía yo. Sal. 

Jesús ordena:

–           No. Sal tú.

Déjame sólo…

La mujer sale meneando la cabeza.

Jesús se acerca a la cama lentamente.

Seca con bondad el sudor de la enferma, que ella con dificultad trata de enjugar,

con sus manos increíblemente hinchadas;

le da aire con un abanico de palma;

le da de beber, pues ella busca refresco en la bebida que hay encima de una mesita:

parece un hijo junto a su madre enferma.

Luego se sienta, dulce pero firmemente decidido a cumplir su misión.

La mujer lo observa y al mismo tiempo se calma.

Y con una sonrisa impregnada de sufrimiento,

dice:

–          Eres hermoso y bueno.

¿Quién eres, Rabí?

Me alivias con la delicadeza de mi amada hija.

           ¡Soy Jesús de Nazaret!

–           ¡¿Tú?! ¡¿Tú?!…

¿Has venido a mi casa?… ¿Por qué?…

–          Porque te amo.

Yo también tengo una madre…

Y en todas las madres veo a la mía.

Y en las lágrimas de las madres veo las de la mía…

–         ¿Por qué?

¿Llora tu Madre? ¿Por qué?

¿Es que se le ha muerto un hijo?

–          Todavía no…

Yo soy su unigénito y vivo todavía.

Pero llora porque sabe que debo morir.

–           ¡Pobrecilla!

¡Saber con antelación que un hijo debe morir!

Pero, ¿Cómo lo sabe?

Estás sano y fuerte. Eres bueno.

¡Yo me hice ilusiones hasta que se me murió…

Y estaba muy enferma!…

¿Cómo puede saber tu Madre que debes morir?

–          Porque soy el Hijo del hombre, anunciado por los profetas.

Soy el Varón de dolores que vio Isaías; 

el Mesías cantado por David y descrito en sus torturas de Redentor.

Soy el Salvador, el Redentor, mujer.

Y la muerte me espera, una muerte horrenda…

Y mi Madre asistirá a ella…

Y mi Madre sabe, desde que nací,

que su corazón será abierto como el mío por el dolor…

No llores…

Con mi muerte abriré las puertas del Paraíso a tu Yoana…

–           ¡También a mí!

¡También a mí!

–           Sí. A su tiempo.

Pero antes debes aprender a amar y a perdonar.

A volver a amar. A ser justa.

Y a perdonar…

Si no, no podrás ir al Cielo, con Yoana, conmigo…

La mujer llora con congoja.

Gime diciendo:

–          Amar… Amar cuando los hombres nos han enseñado a odiar…

Cuando Dios ha dejado de amarnos no usando piedad con nosotros, es difícil…

¿Cómo amar, cuando los hombres nos han torturado,

las amigas nos han herido y Dios nos ha abandonado?…

–           No. Abandonado, no.

Yo estoy aquí.

Para hablarte de promesas celestiales.

Para asegurarte que tu dolor acabará en gozo con sólo quererlo tú.

Ana, escúchame…

Lloras por unas nupcias anuladas,

a las que consideras causante de todos tus dolores;

acusas de homicidio a un hombre por esto.

Y de cómplice a su infeliz madre.

Escucha, Ana.

No pasarán más que unos meses y verás que fue una gracia del Cielo,

el que Yoana no fuera mujer de Judas… 

La mujer grita:

–            ¡No lo menciones! 

–            Lo menciono.

Y es para decirte que debes dar gracias al Señor.

Y le darás gracias dentro de pocos meses…

–           Pronto moriré…

–           No.

Estarás viva y me recordarás…

Y comprenderás que hay dolores mayores que el tuyo…

–           ¿Mayores? ¡Imposible!

–           ¿Dónde colocas el dolor de mi Madre, que me verá morir en una cruz?

Jesús se ha puesto de pie.

Su aspecto es majestuoso,

cuando prosigue diciendo:

–           ¿Y dónde colocas el de la madre del traidor de Jesucristo, del Hijo de Dios?

Piensa, mujer, en esa madre…

Tú… Toda Keriot, los campos y otros lugares más lejanos,

se han compadecido de tu dolor;

del cual has podido gloriarte como de una corona de mártir.

¡Pero esa madre!

Como Caín, sin ser Caín;

es más siendo Abel, la víctima de su hijo traidor, asesino de Dios,

sacrílego, hombre maldito.

Ella no podrá soportar la mirada de los hombres;

porque todas las miradas serán como una piedra de lapidación…

Y en todas las palabras de los hombres, le parecerá oír una maldición, un improperio…

Y no encontrará refugio sobre la faz de la Tierra, jamás hasta la muerte;

hasta que Dios, que es justo, no tome consigo a la mártir

y cancele de su memoria el hecho de ser la madre del asesino de Dios,

dándole la posesión de Dios…

¿No es mayor este dolor de esta madre?

–          ¡Un inmenso dolor!…

–          Ya lo ves…

Sé buena, Ana.

Reconoce que Dios ha sido bueno en su actuación…

–          ¡Pero mi hija ha muerto!

Judas hizo que se me muriera, porque buscaba una dote mayor…

Su madre lo aprobó.

–          No. Eso no.

Te lo digo Yo, que veo dentro de los corazones.

Judas es mi apóstol, pero lo digo, ha obrado mal y recibirá su castigo.

Pero la madre es inocente.

Te ama, querría que tú la amaras…

Ana, sois dos madres infelices.

Pero tú te glorías de tu niña muerta, inocente, pura;

celebrada con honor por el mundo…

María de Simón no puede gloriarse de su hijo.

Los hombres condenan sus acciones.

–          Eso es verdad.

Pero si se hubiera casado con Yoana no sería censurado.

–          Pero dentro de poco verías morir de dolor a Yoana,

porque Judas morirá de muerte violenta.

–         ¿Qué dices?

¡Oh, pobre María!

¿Cuándo? ¿Dónde?

–         Pronto.

Y de una manera horrenda… ¡Ana!

¡Ana! ¡Tú eres buena!

¡Eres madre!

¡Sabes lo que es el dolor de una madre

¡Ana, vuelve a ser amiga de María!

Que el dolor os una como habría debido uniros la alegría.

Déjame partir contento, sabiendo que ella tendrá una amiga, una sola.

Una al menos…

–        Señor… amarla… quiere decir perdonarla…

Es muy penoso…

Me parece como sepultar de nuevo a mi hija…

Matarla yo también…

–          ¡Pensamientos que vienen de las Tinieblas!

No los escuches.

Escúchame a Mí, Luz del mundo.

La Luz te dice que la suerte de Yoana, muriendo virgen,

ha sido menos amarga que muriendo viuda de Judas.

Créeme, Ana.

Y piensa que, más infeliz que tú, es María de Simón…

La mujer piensa, piensa;

lucha, llora, dice:

–         Pero yo la he maldecido, a ella y al fruto de sus entrañas.

He pecado…

–        Y Yo te absuelvo de ello.

Y cuanto más la ames, mayor será tu absolución en el Cielo.

–        Pero, si soy amiga suya… me veré con Judas.

¡No puedo hacer esto, Señor!…

–        No te volverás a encontrar con él.

Yo no volveré ya nunca más a Keriot y Judas tampoco.

Hemos saludado ya a los de Keriot…

–        Has dicho…

–        Que no volveré nunca más.

Judas ha dicho que no podrá volver hasta después de mi elevación;

pero él cree que me verá subir a un trono.

Sin embargo, me espera la muerte de cruz.

Y cree que será un ministro mío.

Y sin embargo, le espera la muerte.

Pero tú no has de decir nada de esto. Jamás.

Que la madre lo ignore hasta que todo se cumpla.

Tú lo has dicho: «¡Pobrecilla!

¡Saber con antelación que el hijo debe morir!».

Pero, si los sufrimientos de mi Madre, incluido ése,

van a aumentar ya los méritos de mi sacrificio;

para María de Simón es misericordioso el silencio.

No hablarás.

–        No, Señor.

Lo juro en nombre de mi Yoana.

–       ¡Quiero otra promesa!

¡Grande! ¡Santa!

Tú eres buena. Me amas ya…

–         Sí. Mucho.

Estoy en paz desde que estás aquí…

Jesús insta:

–          Cuando María de Simón no tenga ya a su hijo y el mundo la cubra de…

Desprecio;

tú – y serás la única – le abrirás tu casa y tu corazón.

¿Me lo prometes?

En nombre de Dios y de Yoana.

Ella lo habría hecho…

Porque María era siempre para ella la madre del siempre amado. 

Ana solloza diciendo:

–          ¡…Sí! 

–          ¡Dios te bendiga, mujer!

¡Te dé paz… y salud!…

Ven, vamos a ver a María, a darle el beso de paz…

–         Pero… Señor…

Yo no puedo andar.

Tengo hinchadas e inmóviles las piernas. ¿Ves?

Estoy aquí, vestida, pero soy sólo un tronco…

–          Lo eras. ¡Ven!

Jesús alarga invitante, la mano hacia ella.  

La mujer, fijos sus ojos en los de Jesús, mueve las piernas;

las saca de la cama, pone en el suelo sus pies descalzos,

se levanta y camina…

Parece como hechizada,

No se da cuenta siquiera de la curación que se ha producido…

Sale, tomada todo el tiempo de la mano de Jesús, al pasillo semi-oscuro…

Va hacia la salida.

Estando ya cerca, encuentra a la criada de antes,

la cual da un grito de gozoso susto…

Acuden otros servidores, temiendo que sea indicio de muerte…

Y ven a su ama, que antes se moría y guardaba rencor a María de Simón,

caminar deprisa ahora, habiendo dejado a Jesús;

ir hacia María, que está abatida…

Va con los brazos abiertos y la llama;

Recibiéndola en su corazón, llorando ambas…

…Y regresando hacia la casa, después del saludo de paz,

María de Simón da las gracias a su Señor,

y pregunta:

–         ¿Cuándo vas a venir otra vez a hacer otro bien?

–         Nunca más, mujer.

Ya se lo he dicho a los de Keriot.

Pero mi corazón estará siempre contigo.

Recuerda, recuerda siempre que te he amado y que te amo.

Recuerda que sé que eres buena…

Y que Dios te ama por ello.

Recuérdalo siempre.

Incluso cuando lleguen tremendas horas.

Que no se apodere de ti jamás,

el pensamiento de que Dios te juzga como culpable.

A sus ojos, tu alma aparece y aparecerá siempre, adornada con las

gemas de tus virtudes y con las perlas de tu sufrimiento.

María de Simón, madre de Judas, quiero bendecirte.

Quiero abrazarte y besarte, para que tu beso materno, sincero, fiel;

me compense todos los otros…

Para que mi beso te compense de todos los dolores.

Ven, madre de Judas.

Y gracias, gracias por todo el amor y honor que me has dado…

Jesús la abraza y la besa en la frente, como hace con María de Alfeo.

Ella objeta:

–           ¡Pero nos veremos todavía!

Iré para la Pascua…

–          No. No vayas.

Te lo ruego.

¿Quieres hacerme feliz? No vayas.

¡Las mujeres en la próxima Pascua no!

–         ¿Y por qué?…

–         Porque…

Jerusalén estará tremendamente revuelta la próxima Pascua.

¡No es lugar para mujeres!

Es más… María, ordenaré a tu pariente que venga aquí contigo.

Estad juntos.

Lo necesitas, porque…

Judas, de ahora en adelante, no va a poder ayudarte ni venir…

–         Haré como Tú dices…

¿Y entonces ya nunca más voy a ver tu rostro, que refleja la paz del Cielo?

¡Cuánta paz has vertido en mi corazón doliente a través de tus ojos!… –

María llora.

–        No llores.

La vida es breve.

Después me verás para siempre en mi Reino.

–         ¿Entonces piensas que tu humilde sierva va a entrar en él?…

–          Veo ya tu sitio entre las filas de las mártires y de las corredentoras.

No temas, María.

El Señor será tu eterno premio.

Vamos.

Cae la tarde y es hora de ponerse en camino…

Y recorren en sentido inverso el mismo camino entre los campos…

Y las matas de árboles frutales,

hasta la casa donde están esperando los apóstoles.

Jesús abrevia las despedidas, bendice;

se pone a la cabeza de los suyos…

Se marcha…

María llora, de rodillas…

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