534 El Jefe de la Casa


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

440a Obstinación de José de Alfeo.

Mientras Mirtha le prueba a Áurea, el vestido de lino que le preparó…

Se escucha una voz ronca:

–           Aquí se puede entrar sin llamar a la puerta.

Es Pedro que viene seguido por todos los apóstoles, menos Judas.

–            ¡Ahí está Simón de Jonás!

Esta vez no ha resistido la tentación…

Ríe Tomás mientras se apresura a ir a su encuentro.

Pedro dice:

–             Sí, no he resistido…

¡La paz a ti, Maestro!

Besa a Jesús y Jesús lo besa.

–           ¿Quién puede resistir?

Ve a María y se inclina para saludar.

Luego prosigue:

–             Pero por escrúpulo, pasamos por Tiberíades.

Y hemos buscado a Judas.

Porque… ¡Estamos todos, eh!

Los otros están llegando.

También Margziam…

Bueno, estaba diciendo que hemos pasado por Tiberíades.

¡Mmm!…

En fin, buscando a Judas, por si…

Hubiera pensado, al menos para el cuarto sábado, venir a Cafarnaúm…

Habría sido feo que no hubiéramos estado ninguno…

Y lo hemos encontrado…

Bueno, lo ha encontrado Isaac, que iba a saludar a Jonatán…

Porque Isaac ha terminado por venir a Cafarnaúm a esperarte con no sé cuántos más,

que se han quedado allí para hacerse más sabios bajo la guía de Hermas y Esteban;

de tu hijo, Noemí, y del sacerdote Juan…

Pero Isaac debe haber destruido las impaciencias, los resentimientos, las furias;

en su larga enfermedad…

¡No reacciona nunca!

Aunque le estén dando bofetadas, sonríe…

¡Qué hombre más pacífico!

Bien.

Nos dijo:

«He visto a Judas… No va. No insistáis».

Comprendí.

Y dije:

«¿Te ha respondido mal?

Dilo. Soy el jefe y debo saberlo…».

«¡Oh, no!» respondió.

«No ha respondido mal él, sino su mal. Hay que compadecerse de él»…

Pues nada, compadezcámoslo…

Bueno, en definitiva, que estamos aquí.

Y bien contentos de…

Ahí están los otros…

Y con los otros están también Judas y Santiago de Alfeo,

junto con su madre y los discípulos de Nazaret:

Aser, Ismael y Simón de Alfeo y cosa rara, también José de Alfeo.

Descargan sus bolsas.

Nathanael ha traído miel.

Felipe una cesta pequeña de uva blonda como los cabellos de Áurea.

Pedro, pescado marinado.

Y lo mismo los hijos de Zebedeo.

Mateo, que no tiene una casa gobernada por mujeres y por tanto, no tiene ninguna cosa buena;

ha traído un ánfora llena de tierra y dentro de ella un tronco sutil,

que por las hojas parece ser un cítrico:

un limonero, un naranjo u otra planta de agrios.

Y explica:

–          Una primicia…

Sólo quien haya estado en Cirene puede tenerlo.

Y conozco a uno del fisco que ha ido a Cirene.

Un recaudador, como era yo antes.

Ahora ya no trabaja y está en Ippo.

He ido para que me diera esta plantita, porque se debe plantar con la Luna nueva.

Son frutos buenos, hermosos.

La flor tiene un suave aroma y parece una estrella de cera, una estrella como tu nombre…

Aquí tienes.

Y ofrece la planta a María.

Sonriendo Ella o agradece,

diciendo:

–             ¡Pero cuánto has trabajado con este peso, Mateo!

Te lo agradezco.

Mi huerto cada vez es más bonito por vosotros:

el alcanfor de Porfiria, las rosas de Juana, tu planta rara, Mateo.

Las otras de flores, que trajo Judas de Keriot…

¡Cuántas cosas bonitas!

¡Qué buenos sois todos con la Madre de Jesús!

Todos los apóstoles están conmovidos.

Lo único, se miran con el rabillo del ojo unos a otros cuando María nombra a Judas.

José de Alfeo, todo erguido,

dice serio:

–          Sí.

Te quieren.

Pero también nosotros.

–            ¡Ciertamente!

Vosotros sois los queridos hijos de Alfeo, pariente mío y de María, que es muy buena.

Y me queréis.

Pero esto es natural.

Somos parientes…

Éstos, sin embargo, no son de la sangre.

Y no obstante, son como hijos para mí, como hermanos para Jesús;

por lo mucho que lo aman y por cómo lo siguen…

José comprende la alusión;

se aclara la voz buscando las palabras…

Las encuentra…

Dice:

–             Ya, claro.

Pero si yo no estoy todavía con ellos,

es porque pienso también en las consecuencias para Él, para ti… y… y…

En definitiva, también es amor el mío, especialmente hacia ti;

pobre mujer que te quedas sola demasiado tiempo…

Y he venido a decir a Jesús,

que me alegro de que haya recordado también las necesidades de su Madre.

Y haya hecho lo que era útil hacer aquí…

Y contento de ser la «cabeza» de la parentela y de poder alabar y reconvenir,

se digna encomiar a Jesús por todos los trabajos de carpintería, barnizado y otros,

hechos durante ese mes:

« ¡Así hay que hacer!

¡Ahora se ve que esta mujer tiene un hijo!

Y me alegro de poder decir que reconozco a mi sabio Jesús de Nazaret.

¡Sí, señor, muy bien!».

Y el sabio Jesús de José,

el sapientísimo Verbo Divino humillado en una carne, manso y humilde;

acoge estas alabanzas mezcladas con los…

autorizados consejos de su primo José,

con una sonrisa tan dulce,

que sirve para frenar cualquier intempestiva reacción apostólica en favor de Jesús.

Y José, que ya ha tomado carrerilla, viéndose escuchado de esa manera, no se refrena;

sino que prosigue:

–           Mi esperanza es que de ahora en adelante.

Nazaret no tenga ya la imagen de una pobre madre abandonada…

Y de un hijo suyo que imprudente, se sale del sendero común

para recorrer caminos poco seguros respecto a las metas y a las consecuencias.

Hablaré con mis amigos, con el arquisinagogo…

Te perdonaremos…

Nazaret se alegrará mucho de volverte a abrir sus brazos como a un hijo que vuelve.

Y que vuelve como ejemplo de virtud para todos los habitantes;

mañana yo mismo, iré de nuevo contigo a la sinagoga y…

Jesús levanta la mano, imponiendo silencio.

Sereno pero muy decidido,

dice:

–           A la sinagoga como fiel, ciertamente iré, como he ido los otros sábados.

Pero no hace falta que intercedas en favor mío.

Porque una hora después de la puesta del sol me marcharé para evangelizar de nuevo,

como es mi deber de obediencia al Altísimo.

¡Oh, una humillación grande para José!

¡Muy grande!…

Toda su mansedumbre se quebranta.

Y vuelve a emerger su hostil intransigencia:

–            De acuerdo.

Pero no me busques cuando necesites algo.

Yo he cumplido con mi deber.

Tus seguras desventuras no caen sobre mí.

Adiós.

Aquí sobro, porque no puedo comprenderos a vosotros… 

Y vosotros no podéis comprenderme a mí.

Me retiro, sin rencor, pero muy afligido…

Que el Señor te proteja como protege a todos los…

Simples de mente, incompletos…

¡Adiós, María!

¡Sé fuerte, pobre madre!

Serena pero segura,

María dice:

–          Adiós, José.

Pero no es por Él por quien debo ser fuerte, sino por ti.

Porque tú eres el que está fuera del camino de Dios.

Y me causas dolor. 

María de Alfeo grita:

–            ¡Lo que pasa es que eres un necio!

Y si no fuera porque ahora eres el jefe de casa, te pegaría;

fruto de mi sangre pero no de mi espíritu…

Y diría más cosas…

Pero María le suplica:

–            ¡Calla!

Por amor a mí.

–           Callo.

Sí.

Pero… Mirad…

¡Que tenga que ver entre mis hijos a un bastardo como ése!…

Entretanto, el bastardo se ha marchado.

Mientras la buena María de Alfeo descarga todo su peso por este hijo obstinado.

Y termina su desahogo con un fuerte llanto.

En medio de sollozos, manifiesta lo que dentro de su angustia,

es su mayor pena:

–             ¡Y a ése no lo voy a tener conmigo en el Cielo!

¡No lo voy a tener!

¡Lo veré en medio de tormentos!

¡Oh, Jesús, haz Tú el milagro!

Jesús la consuela:

–            ¡Sí, mujer!

¡Sí, María!

¡No llores!

También tendrá su hora él.

La undécima, quizás.

Pero la tendrá.

Te lo aseguro.

No llores…

Y una vez terminado el llanto…

Dice a los apóstoles y discípulos:

–           Venid al olivar mientras las mujeres preparan sus cosas.

Vamos a hablar entre nosotros.

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