618 Las Dos Medidas


617 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

471a Encuentro con el levita José, llamado Bernabé

…Ya está cercano el valle, ya se ve un camino,

un verdadero camino de primer orden que viniendo del sur, continúa hacia el oeste,

haciendo una curva justamente al pie del monte, para orillar su base

y proseguir luego recto hacia un bonito pueblo asentado en el verde

junto a un riachuelo que al presente es sólo un cantizal que entre canto y canto

mantiene erguida alguna caña resistente,

especialmente en el centro, donde un hilo…

Verdaderamente un hilo de agua, se obstina en correr hacia el mar.

Se reagrupan todos antes de tomar este camino de primer orden,

pero aún no han recorrido algunos metros cuando dos hombres

vienen a su encuentro con gestos de saludo.

Los apóstoles comentan entre sí:

–           Dos discípulos de los rabíes.

–           Y uno es levita.

–          ¿Qué quieren?

Manifestando que no están mínimamente contentos del encuentro.

No es posible saber por qué deducen que son discípulos y que uno es levita.

No entiendo todavía bien el lenguaje de los flecos y los galones…

Y otros secretos del vestuario israelita.

Jesús, cuando llega a dos metros aproximadamente y no es posible ningún equívoco;

el camino está ya libre de transeúntes que a pie o en caballerías se apresuraban hacia el pueblo.

El Maestro responde al saludo repetido y espera parado.

El levita, que antes se había limitado a profundas reverencias,

saluda respetuosamente:

–              La paz a ti, Rabí.

Jesús responde:

 –            La paz a ti.

Y a ti. – dice Jesús dirigiéndose al otro.

–             ¿Eres Tú el Rabí de nombre Jesús?

–             Lo soy.

–             Una mujer ha entrado antes de la hora sexta en la ciudad.

Y ha dicho que había hablado por el camino con un rabí más grande que Gamaliel,

porque además de sabio era bueno.

La cosa ha llegado a nosotros.

Y los maestros, suspendiendo la partida para Jerusalén, nos han enviado a todos a buscarte.

A todos los que estábamos;

dos a cada camino que de Yiscala baja a los caminos del llano.

En su nombre y por medio de nosotros te dicen:

«Ven a la ciudad, que queremos hacerte unas preguntas».

–            ¿Y por qué motivo?

–            Para que des tu dictamen sobre un hecho sucedido en Yiscala…

Y que todavía tiene repercusiones.

–             ¿Y no tenéis a los grandes doctores para dictaminar?

¿Por qué dirigirse al Rabí desconocido?

–             Si eres el que dicen los rabíes, no eres desconocido. ¿No eres Jesús de Nazaret?

–             Lo soy.

–             Los rabíes conocen tu sabiduría.

–             Y Yo conozco su odio hacia mí.

–             No todos, Maestro.

El más grande y justo no te odia.

–             Lo sé.

Tampoco me ama.

Me estudia.

¿Pero el rabí Gamaliel está en Yiscala?

–              No.

Se ha marchado ya, para estar en Seforí antes del sábado.

Se marchó inmediatamente después del juicio.

–             ¿Y entonces por qué me buscáis?

Jesús señala un poblado en la lejanía,

agregando:

Yo también debo respetar el sábado y llegar a aquel lugar…

Para lo que casi no me queda tiempo.

No me entretengáis más.

–             ¿Tienes miedo, Maestro?

–             No tengo miedo…

Porque sé que ningún poder ha sido dado por ahora a mis enemigos.

Dejo a los sabios la satisfacción de juzgar.

–             ¿Qué quieres decir?

–             Que Yo no juzgo, sino que perdono.

–            Tú sabes juzgar mejor que ningún otro.

Gamaliel lo ha dicho.

Dijo: «Sólo Jesús de Nazaret juzgaría con justicia aquí».

–              Bien.

Pero ya habéis juzgado.

Y la cosa ya no tiene arreglo.

Mi juicio habría sido calmar las pasiones antes de castigar.

Si había culpa, el culpable podía arrepentirse y redimirse;

si no la había, no se habría producido la ejecución…

Que para alguno ante los ojos de Dios, es igual que un homicidio premeditado.

–             ¡Maestro!

¿Cómo lo sabes?

La mujer ha jurado que hablaste con ella sólo de sus cosas…

Tú sabes…

¿Entonces Eres realmente profeta?

–             Yo Soy Quien Soy.

Adiós.

Paz a ti.

El Sol se comba hacia occidente…

Y le vuelve la espalda.

Empieza a caminar en dirección al pueblo.

Los apóstoles se muestran solidarios con el Maestro.

Diciendo:

–              ¡Has hecho bien, Maestro!

–              ¡Sin duda te estaban tendiendo una trampa!

Pero sus alabanzas y razonamientos se ven truncados por los dos de antes…

Que los alcanzan.

Y suplican a Jesús que suba a Yiscala.

Jesús objeta:

–             No.

El ocaso me pillaría por el camino.

Decid a quien os envía que observo la Ley, siempre;

cuando observarla no va en detrimento del Mandamiento que es mayor que el sabático:

El del Amor.

Ellos insisten diciendo:

–             Maestro, Maestro.

–             Te lo suplicamos.

–              Este caso es verdaderamente de amor y justicia.

–             Ven con nosotros, Maestro.

–             No puedo.

Y ni siquiera vosotros podéis subir a tiempo.

–             Tenemos licencia para hacerlo para este caso.

–              ¿Y qué?

He curado a un enfermo, lo he absuelto en día de sábado y se ha alzado la voz.

¿Y a vosotros se os concede violar el sábado por una ociosa disputa?

¿Es que hay dos medidas en Israel?

¡Marchaos!

Marchaos…

Y dejadme a Mí también marcharme.

–               Maestro, Tú eres profeta.

Por tanto, conoces las cosas.

Yo esto lo creo, y éste también.

¿Por qué nos rechazas?

–              Porque…

Jesús se detiene y los mira muy fijamente.

Sus ojos severos, que traspasan y penetran más allá de los velos de la carne para leer los corazones…

Miran dominadores, a los dos que tiene delante.

Y luego sus ojos, tan insostenibles en el rigor, tan dulces en el amor;

cambian de mirada para adquirir una expresión tan amorosa tan misericordiosa…

Que, si antes el corazón temblaba de miedo por la mirada poderosa,

ahora tiembla de emoción ante el brillo del amor de Cristo.

Jesús repite con mucha dulzura:

–               Porque no Yo…

Sino que son los hombres los que rechazan al Hijo del hombre,

que debe desconfiar de sus hermanos.

Pero a quienes no tienen malicia en el corazón les digo:

«Venid»

Y digo también: «Amadme» a los que me odian…

–              Entonces, Maestro…

–             Entonces voy al pueblo para el sábado.

–             Espéranos, al menos.

–             Con el ocaso del sábado me marcho.

No puedo esperar.

Los dos se miran, se consultan mientras se quedan rezagados;

luego uno, el del rostro más abierto y que ha hablado casi siempre, regresa corriendo…

Diciendo:

–              Maestro, yo me quedo contigo hasta después del sábado.

Oremos… 

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