330 PREPARATIVOS…


330 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Está avanzada ya la mañana cuando Pedro llega, solo e inesperado, a la casa de Nazaret.

Viene cargado de cestas y talegos, como un mozo de cuerda;

pero tan feliz, que no siente el peso ni la fatiga.

Dedica una sonrisa llena de felicidad y un saludo, gozoso y respetuosísimo al mismo tiempo,

a María, que ha ido a abrirle

Luego pregunta:

–        ¿Dónde están el Maestro y Margziam?

–        Están en el ribazo, encima de la gruta,

pero de la parte de la casa de Alfeo.

Creo que Margziam está recogiendo aceitunas.

Jesús está meditando.

Voy a llamarlos.

–        Lo hago yo.

–        Descarga todos esos pesos al menos.

–        No, no.

Son sorpresas para el niño.

Me gusta verlo abrir del todo los ojos y hurgar ansioso…

Son sus delicias, pobre niño mío.

Sale al huerto.

Va al pie del ribazo.

Se esconde muy bien en la oquedad de la gruta y cambiando un poco la voz,

grita:

–        La paz a ti, Maestro.

Y luego con su voz natural:

–       « ¡Margziam!…».

La vocecita de Margziam, que llenaba de exclamaciones el aire calmo, calla…

Una pausa, luego la vocecita aguda, casi de niña, del muchacho,

pregunta:

–        Maestro, ¿Pero no era mi padre el que me ha llamado?

Quizás Jesús estaba tan inmerso en sus pensamientos, que no ha oído nada.

Y lo confiesa con sencillez.

Pedro llama de nuevo:

—       ¡Margziam! –

Y se echa a reír con su risa franca y abierta.

–        ¡Sí, sí, es él!

¡Padre! ¡Padre mío!

¿Dónde estás?

Se asoma prominentemente para mirar al huerto.

Pero no ve nada…

También Jesús se acerca y mira…

Ve a María, sonriente, en la puerta…

A Juan y a Síntica, que están en el local que hay en el fondo del huerto, junto al horno…

Y se asoman también.

–        ¡Ah, Margziam no espera más!

Se echa abajo desde el borde, justo al lado de la gruta.

Pedro está preparado para agarrarlo antes de que toque el suelo.

Es conmovedor el saludo de los dos.

Jesús, María y los dos que están en el fondo del huerto lo observan sonriendo;

luego se acercan todos al grupo de amor.

Pedro se libera a duras penas del apretón del muchacho,

para saludar a Jesús de nuevo con una inclinación.

Y Jesús lo abraza, abarcando al mismo tiempo al niño, que no se separa del apóstol,

y que pregunta:

–        ¿Y mi madre?

Pero Pedro responde a la pregunta de Jesús

–       « ¿Por qué has venido tan pronto?»:

–        ¿Creías que podía estar tanto tiempo sin verte?

Y además… Estaba Porfiria, que no me dejaba tranquilo:

“Ve a ver a Margziam. Llévale esto, llévale aquello”.

Parecía como si viera a Margziam en medio de bandidos o en un desierto.

La última noche se levantó para hacer los bollos y nada más que acabaron de cocerse,

me apremió para que me pusiera en camino…

Margziam. grita:

–       ¡Sopla!

¡Los bollos!…

Pero, inmediatamente, se calla.

–        Sí.

Están aquí dentro, junto con los higos secados en el horno, las aceitunas y las manzanas rojas.

Y también te ha untado un pan.

Y te manda quesitos de tus ovejitas.

Hay también una túnica que no absorbe el agua.

Y luego, y luego…

No sé qué más.

¿Cómo?

¿Ya no sientes apremio?

¿Casi lloras? ¿Por qué?

–        Porque hubiera preferido que me la hubieras traído a ella, antes que todas estas cosas…

Yo la quiero, ¿Sabes?

–        ¡Oh, Divina Misericordia!

¿Quién lo iba a pensar?

Si estuviera aquí y te oyera, se derretiría como la mantequilla…

María dice:

–        Margziam tiene razón.

Podías haber venido con ella.

Evidentemente, desea verlo después de tanto tiempo.

Nosotras las mujeres somos así con nuestros niños…

–        Bien…

Pero dentro de poco lo verá, ¿No es verdad, Maestro?

–       Sí.

Después de las Encenias, cuando nos marchemos…

Es más…

Sí, cuando vuelvas, después de las Encenias, vendrás con ella.

Estará con él aquí, unos días,.

Y luego volverán juntos a Betsaida.

–        ¡Oh, qué bonito!

¡Aquí con dos madres!

El niño está ya calmado y contento.

Entran todos en casa y Pedro se descarga de los bultos.

–        Mirad: pescado seco, en salmuera.

Y fresco. Le será útil a tu Madre.

Y ese queso tierno que te gusta tanto, Maestro.

Y aquí huevos para Juan.

Esperemos que no se hayan roto… No. Menos mal.

Y también  uvas.

Me las ha dado Susana en Caná, donde he dormido.

Y luego… ¡Ah, y esto!

Mira, Margziam, qué color de oro tiene.

Parece hecho con los cabellos de María.

Y abre un tarro lleno de miel filamentosa.

María ante los envoltorios, grandes y pequeños,

vasijas y orzas que cubren  la mesa.,

dice:

–        ¡Pero por qué tantas cosas?

Ha sido un sacrificio para ti, Simón.

–        ¿Un sacrificio?

No.

Por lo que se refiere al pescado, he pescado mucho y con mucho resultado.

Lo demás son cosas de la casa.

No cuesta nada, y, en compensación, da mucha alegría traerlo.

Además…

Ya estamos en las Encenias…

Es tradición, ¿No?

¿No pruebas la miel?

Margziam dice serio:

–       No puedo.

–      ¿Por qué? ¿Estás mal?

–       No.

Pero no puedo comerla.

–       ¿Pero por qué?

El niño se pone colorado, pero no responde.

Mira a Jesús y calla.

Jesús sonríe y explica:

–        Margziam ha hecho un voto para obtener una gracia.

No puede comer miel durante cuatro semanas.

–        ¡Ah! ¡Bien!

La comerás después…

De todas formas, toma el tarro…

¡Fíjate tú! ¡No pensaba que fuera tan… tan…

Jesús, mientras el niño se marcha con su tarro entre las manos.

dice:

–        Tan generoso, Simón.

Quien de niño acomete la penitencia,

encontrará fácil durante toda la vida el camino de la virtud –

Pedro lo mira, con admiración, mientras se marcha.

Luego pregunta:

–        ¿No está el Zelote?

–        Está en casa de María de Alfeo.

Volverá pronto.

Esta noche dormiréis juntos.

Vamos allí, Simón Pedro.

Salen.

María y Síntica se quedan a ordenar la habitación invadida de envoltorios.

Pedro dice:

–        Maestro…

Yo he venido para verte a Ti y al niño.

Es verdad.

Pero también porque he pensado mucho estos días,

especialmente después de la llegada de tres abejorros venenosos…

A los que les dije más mentiras que peces hay en el mar.

Ahora están yendo al Getsemaní, creyendo que encontrarán a Juan de Endor;

luego van a casa de Lázaro, esperando encontraros allí a Síntica y a Ti.

¡Que anden, que anden!…

Pero luego volverán y…

Maestro, te quieren crear problemas por estos dos pobrecitos…

Jesús responde:

–        Ya hace meses que he tomado las medidas oportunas.

Cuando ésos regresen buscando a estos dos perseguidos,

ya no los encontrarán, en ningún lugar de Palestina.

¿Ves estos arcones? Son para ellos.

¿Has visto todos esos vestidos doblados junto al telar? Son para ellos.

¿Estás asombrado?

–        Sí, Maestro.

¿Y a dónde los mandas?

–        A Antioquía

Pedro da un silbido significativo…

Y pregunta:

–        ¿A casa de quién?

¿Y cómo van?

–        Van a una casa de Lázaro.

La última que tiene Lázaro donde su padre gobernó en nombre de Roma.

Irán por mar…

–        ¡Ah, eso; porque si Juan tuviera que ir con sus piernas!…

–        Por mar.

Me complace también a mí el poder hablar contigo.

Habría mandado a Simón a decirte: “Ve”, para preparar todo.

Escucha.

Dos o tres días después de las Encenias, nos marcharemos de aquí;

pero no todos juntos;

para no llamar la atención.

Formaremos parte de la comitiva: Yo, tú, tu hermano, Santiago y Juan.

Y mis dos hermanos, más Juan y Síntica.

¡Iremos a Tolemaida!

Desde allí, con una barca, tú los acompañarás a Tiro.

Allí subiréis a bordo de una nave que va a Antioquía,

como si fuerais prosélitos que regresan a sus casas.

Luego os volveréis y me encontraréis en Akzib.

Estaré en la cima del monte todos los días…

Y además el espíritu os guiará…

–        ¿Cómo?

¿No vienes con nosotros?

–        Me notarían demasiado.

Quiero dar paz al espíritu de Juan.

–        ¿Y cómo me las voy a arreglar yo, que no he salido nunca de aquí?

–        No eres un niño…

Y pronto tendrás que ir mucho más lejos que a Antioquía.

Me fío de ti.

Como ves te estimo…

–        ¿Y Felipe y Bartolomé?

–        Irán a nuestro encuentro a Yotapata.

Y evangelizarán en espera de nosotros.

Les escribiré.

Tú llevarás la carta.

–        Y… ¿Esos dos que están ahí, ya saben su destino?

–        No.

Les dejo celebrar en paz la fiesta…

–        ¡Mmm! ¡Pobrecillos!

¡Eah vamos, que uno tenga que verse perseguido por gentuza y…

–        No te ensucies la boca, Simón.

–        Sí, Maestro…

Oye…

¿Y cómo vamos a llevar estos arcones?

¿Y a Juan?

Lo veo verdaderamente muy enfermo.

–        Nos serviremos de un burro.

–        No.

Tomamos un carrito.

–        ¿Y quién lo guía?

–        ¡Vamos, si Judas de Simón ha aprendido a remar,

Simón de Jonás aprenderá a guiar!

¡A fin de cuentas, no debe ser una cosa tan difícil llevar por el ramal a un asno!

En el carro metemos los arcones y a los dos…

Y nosotros vamos a pie.

Sí, sí, créeme que será una buena solución!

–        ¿Y quién nos deja el carrito?

Recuerda que no quiero que se note la partida.

Pedro piensa…

Decide:

–        ¡Tienes dinero?

–        Sí.

Mucho todavía, de las joyas de Misax.

–        Entonces todo es fácil.

Dame una suma.

Tomaré asno y carro de alguien y…

Sí, sí… Luego le regalamos el asno a algún necesitado.

Y el carrito… pues ya veremos…

He hecho bien en venir.

¿Y entonces tengo que volver con mi mujer?

–        Sí. Conviene.

–        Pues así será.

¡Pero, esos dos pobrecillos!…

Siento que nos tengamos que separar de Juan.

Ya de por sí lo íbamos a tener poco tiempo...¡Pero, pobrecillo!

Podía morir aquí, como Jonás…

–         No lo habrían permitido.

El mundo odia a quien se redime.

–        Le va a doler…

–        Encontraré un asunto para que parta consolado.

–       ¿Cuál?

–        El mismo que ha servido para apartar a Judas de Simón:

el de trabajar para Mí.

–        Sólo que en Juan será santidad,

pero en Judas es solamente soberbia.

–        Simón, no murmures.

–        ¡Más difícil que hacer cantar a un pez!

Es verdad, Maestro, no es murmuración…

Pero, creo que ha venido Simón con tus hermanos.

Vamos allí.

–       Vamos.

Y silencio con todos.

–        No es necesario que me lo digas.

No puedo callar la verdad cuando hablo, pero sé callar del todo, si quiero.

Y quiero.

Me lo he jurado a mí mismo.

¡Yo ir hasta Antioquía!

¡Al otro extremo del mundo!

¡Ya ardo en deseos de volver de allí!

No dormiré hasta que todo se haya hecho…

Salen y todo termina.

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