166 EXAMEN Y REVELACIÓN


166 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Al día siguiente, por la ruta cada vez más atestada de Jerusalén, un fuerte aguacero que cayó por la noche, ha dejado los caminos lodosos;

pero en cambio se ha llevado el polvo y el aire está muy limpio.

Los campos parecen jardines muy bien cuidados.

En la comitiva apostolica todos andan aprisa porque están muy descansados y porque el niño con sus sandalias nuevas, puede caminar mejor.

Y ahora que ya ha cobrado confianza, platica con todos y es conmovedor ver cómo este grupo de hombres, la mayoría sin hijos,

muestran un cariño paternal y lleno de cuidados, por el discípulo más pequeño de Jesús.

El hombre de Endor hace beber un huevo crudo al niño y le corta ramitas de hierbas silvestres.

Y se las da para calmarle la sed y que no tenga necesidad de beber mucha agua.

También le hace ver y contemplar los panoramas, para que no piense en el cansancio.

El antiguo pedagogo de Cintium, al que arruinó la maldad humana; vuelve a la vida por este niño que es una miseria como él.

Los amigos de la desgracia y de la amargura, se hinchan con una sonrisa de bondad.

Yabé no tiene ya el aspecto lastimero; trae sus sandalias nuevas y en su cara hay menos tristeza.

Ya le quitaron el aspecto salvaje de la vida de bestezuela, que por tantos meses llevó.

Y se ve muy limpiecito en medio de su pobreza.

También Juan de Endor es otro.

Su cara ha perdido la dureza y ahora es seria, pero sin infundir miedo.

Y estas dos piltrafas humanas que volvieron a la vida por la Bondad de Jesús, corresponden con amor por Él. 

Como un río que se va enriqueciendo cada vez más por nuevos afluentes, así la vía que conduce de Siquem a Jerusalén se va haciendo cada vez más espesa de gente,

en la medida en que los distintos pueblos, van aportando por los caminos secundarios, los fieles que van hacia la Ciudad santa;

ello ayuda bastante a Pedro a tener distraído al niño, que pasa sin darse cuenta, muy cerca de las colinas de su tierra natal,

bajo  cuyo terraplen deslizado, están sepultados sus padres. 

Los viajeros han dejado a su izquierda a Silo, enhiesta en la cumbre de su monte.

Tras largo camino interrumpen ahora su marcha, para descansar y comer.

Se detienen en un vasto y verde valle, que tiene un arroyo con murmullo de aguas puras y cristalinas.

Luego reanudan la marcha.

Atraviesan un monte calcáreo bastante pelado, sobre el cual incide sin misericordia el sol.

Luego empiezan a bajar  a través de una serie de viñedos que festonean las escarpadas de estos montes calcáreos soleados en sus cimas.

Pedro sonríe con perspicacia y hace una seña a Jesús, que también sonríe.

El niño no se da cuenta de nada, centrado como está en escuchar a Juan de Endor, que le está hablando de otras tierras que ha visto, en las que se dan uvas muy dulces;

las cuales, a pesar de serlo, no sirven tanto para vino, cuanto para dulces mejores que las tortas de miel.

Entonces llegan a una nueva subida, muy empinada…

La comitiva ha dejado el camino principal, polvoriento y lleno de gente y prefieren tomar este atajo boscoso.

Llegados a la cima, se ve ya claramente en la lejanía resplandecer un mar luminoso, suspendido sobre una conglomeración blanca:

que son un conjunto de esplendorosas casas encaladas.

Jesús llama a Yabé:

–    Ven. ¿Ves aquel punto de oro?

Es la Casa del Señor.

Allí vas a jurar obediencia a la Ley. ¿Pero la conoces bien?

Yabé contesta:

–   Mi mamá me hablaba de ella y mi padre me enseñaba los Mandamientos.

Sé leer. Y…

Tú dices que abrirás las Puertas de los Cielos.

¿No están cerradas por el Gran Pecado?

Mi mamá me decía que nadie podía entrar, hasta que no hubiese llegado el Perdón…

Y que los justos lo esperaban en el Limbo.  

–    Así es.

Pero luego iré al Padre, después de haber predicado la Palabra de Dios y… de haber obtenido el Perdón.

Entonces bajaré a llamar a todos los justos.

–   ¿Y estará mi mamá con ellos?

–   Claro. Ella y tu padre.

–   ¡Oh! ¡Cuánto te quiero!

Y el niño lo abraza y lo besa emocionado.  

Jesús agrega

–   Ahora prosigamos a la Ciudad Santa a donde llegaremos mañana por la tarde.

¿Por qué tanta prisa? ¿Me lo puedes decir?

¿No sería lo mismo llegar pasado mañana?

–  No.

No sería lo mismo.

Porque mañana es la preparación de la Pascua y después del crepúsculo no se puede caminar más de 1,200 metros, porque ha empezado el sábado su descanso.

–   Luego, ¿Debemos de estar ociosos el sábado?

–   No. 

Se ruega al Altísimo Señor.

–  ¿Cómo se llama?

–  Adonai.

Pero sólo los santos pueden decir su Nombre.

–  También los niños buenos.

Dímelo si lo sabes.

–   Yeové.

–   ¡Ah, sí!

¿Y qué mandó?

–   Mandó santificar el sábado:

‘Trabajarás durante seis días, pero descansarás el séptimo.

2. y dio por concluida Dios en el séptimo día la labor que había hecho, y cesó en el día séptimo de toda la labor que hiciera. 3. Y bendijo Dios el día séptimo y lo santificó; porque en él cesó Dios de toda la obra creadora que Dios había hecho. Génesis 2

Y descansarás porque así lo hice Yo, después de la Creación.’

–  ¿Cómo?

¿Descansó el Señor? ¿Se había cansado de Crear? ¿Y propiamente creó Él?

¿Cómo lo sabes?

Yo sé que Dios nunca se cansa.

–   No se había cansado porque Dios no camina y no mueve los brazos.

Pero lo hizo para enseñar a Adán y a nosotros.

Y para tener un día en que pensemos en Él.

Él creó todo. Es verdad. Lo dice el Libro del Señor. 

–    ¿Escribió Él el Libro?

–   No.

Pero es la verdad.

Y hay que creerlo para no ir con el Demonio.

–   Me dijiste que Dios no camina.

Que no mueve los brazos. ¿Entonces cómo creó? ¿Cómo Es? ¿Una estatua?

–   NO, No es un ídolo.

Es Dios. Y Dios es… Dios es… Déjame pensar y acordarme cómo me decía mi mamá

Y mejor que ella: aquel hombre que iba en tu Nombre a encontrar a los pobres de Esdrelón…

Mi mamá me decía, para hacerme entender a Dios:

‘Dios es como mi amor por ti. No tiene cuerpo y con todo existe.’

Y aquel hombre, con una sonrisa dulce, decía:

“Dios es un Espíritu Eterno. Uno y Trino. Y la Segunda Persona ha tomado carne, por amor nuestro; por nosotros los pobres…

Y su Nombre… ¡Oh, Señor mío!… Ahora que me acuerdo…

 ¡ERES TÚ!

Y el niño sorprendido; se arroja en tierra y adora a Jesús…

Todos corren, creyendo que se ha caído..

Pero Jesús les hace una seña con su dedo en los labios.

Y luego dice:

–   Levántate Yabé.

Los niños no deben tener miedo de Mí.

El niño levanta con veneración profunda su cabeza y mira a Jesús con otros ojos.

Un poco atemorizado.

Jesús le sonríe…

Y le tiende la mano diciendo:

–   Eres un sabio, pequeño israelita.

Continuemos nuestra investigación. Ahora que me has reconocido, ¿Sabes si se habla de Mí en el Libro?

–   ¡Oh! ¡Claro, Señor!

Desde el principio hasta ahora. Él habla sólo de Ti. Tú Eres el Salvador Prometido.

Ahora entiendo por qué abrirás las Puertas del Limbo.

¡Oh, Señor! ¡Señor! ¿Y me quieres mucho?

–   Sí, Yabé.

–   Ya no me digas Yabé.

Dame un nombre que quiera decir que me amas; que me has salvado…

–    Escogeré el nombre junto con mi Madre.

¿Está bien

–   Pero que quiera significar esto.

Y me llamaré así desde el día en que me convierta en hijo de la Ley.

–   Desde aquel día así te llamarás.

Se detienen en un valle pequeño, fresco y abundante en aguas, para tomar sus alimentos.

Yabé ha quedado medio atolondrado con la revelación y come en silencio.

Con respeto profundo, acepta cualquier pedazo de pan que le ofrece Jesús.

Pero poco a poco, vuelve a su antigua manera de ser.

Sobre todo, después de haber jugado con Juan; mientras los demás descansan en la verde hierba.

Regresa a Jesús, junto con Juan que es todo sonrisas y los tres forman un círculo.

Jesús dice:

–    No me dijiste quién habla de Mí, en el Libro.   

–    Los profetas, Señor.

¡Oh!… me decía mi papá que eras el Cordero… ¡Oh!… Ahora comprendo.

El Cordero de Moisés… ¡Tú Eres la Pascua!…

Pero… el Mesías… ¡Será inmolado!… 

Su voz se quiebra y cuando está a punto de llorar.   

Jesús le pregunta:

–   Por ahora basta.

Oye… ¿Sabes los Mandamientos?

–   Sí, Señor.

Creo que los sé. Los repetía en el bosque, para no olvidarlos y para oír las palabras de mi mamá y de mi papá.

Pero no lloro más; porque ahora te tengo.

Juan se abraza a Jesús sonriendo:

–   ¡Son mis mismas palabras!

–   Todos los niños de corazón, hablan igual.

Sí, porque sus palabras provienen de una única sabiduría.

Bien, tenemos que ponernos en camino para llegar muy pronto a Berot. 

Juan llama a los compañeros y se reanuda la marcha hasta Berot, a través de una llanura no muy cultivada,

aunque tampoco completamente yerma como estaba el montecillo que salvaron después de Silo.  

La gente aumenta y el tiempo se pone amenazador.  

Jesús dice:

–     Aligeremos el paso, hay demasiados peregrinos… 

Tomarán al asalto los alojamientos y no quiero que caigáis enfermos.

Más tarde, antes de llegar a Jerusalén, el cielo está lluvioso…

Y Pedro lleva al niño sobre su espalda, cubierto con su manto.

A Pedro le gusta chapotear en las charcas.

Judas está nervioso y refunfuña:

–   ¿Podrías dejar de hacer eso?

Está nervioso por el agua que viene del cielo y rebota contra el suelo salpicando los vestidos.

Y esto lo ha dejado totalmente empapado, arruinando su cuidadosa apariencia y el agua le escurre por todas partes.

Juan de Endor clava su único ojo en el hermoso, gallardo y remilgado Judas,

y responde:

–   ¡Eh!

¡Hay tantas cosas que no se deberían de hacer!

–   ¿Qué quieres decir?

–   Quiero decir que es inútil desear que los elementos nos respeten y sean delicados con nosotros…

Cuando nosotros no lo somos con nuestros semejantes.

Y en cosas que no son dos gotas de agua o salpicaduras de lodo.

–     Cierto.

Pero a mí me gusta andar bien presentado y entrar en la ciudad bien vestido y limpio.

Tengo muchas amistades y además de alta categoría.

–     Pues estáte atento a no caer.

–   ¿Me estás provocando?

–   ¡No, no! ¡Oh, nooo!

Pero es que soy veterano, como maestro… y como alumno.

Llevo toda mi vida aprendiendo.

Primero aprendí a vegetar, luego observé la vida, después conocí la amargura de la vida.

Ejercité una justicia inútil, la del “solo” contra Dios y contra la sociedad:

Dios me castigó con el remordimiento; la sociedad, con las cadenas.

Con lo cual, el ajusticiado, en el fondo, fui yo.

Finalmente ahora he aprendido, estoy aprendiendo a “vivir”.

Así que por mi condición de maestro y de alumno…

Comprendes que naturalmente me vienen ganas de repetir las lecciones

–   Pero yo soy el apóstol.

–   Y yo soy un desgraciado.

Ya lo sé y no debería atrevermea enseñarte a ti.

Pero mira, nunca se sabe lo que puede uno ser el día de mañana.

Tenía la idea de que moriría como un hombre honrado y un maestro respetado en Chipre.

Y me convertí en un homicida y un presidiario condenado a cadena perpetua.

Cuando levanté el puñal para vengarme, cuando arrastraba las cadenas odiando al universo;

si me hubieran dicho que sería discípulo del Santo, habría pensado que no estaban bien de la cabeza.

pues habría dudado de su estado mental.

Por eso quién sabe, a lo mejor puedo darte alguna lección buena a ti que eres apóstol.

Por mi experiencia no por santidad, que esto último ni siquiera me pasa por la mente.

Y sin embargo… lo ves.

–     Tiene razón ese romano al llamarte Diógenes.

–     Bien… sí.

Pero Diógenes buscaba al hombre y no lo encontró.

Yo sin embargo más afortunado que él, encontré sí, primero una serpiente donde creía que estaba la mujer…

Y un cuco donde veía al hombre que creí un amigo.  

Pero luego tras haber vagado muchos años, ya enloquecido por este conocimiento, he encontrado al Hombre, al Santo.

–     Yo no conozco otra sabiduría sino la de Israel.

–     Si es así, ya tienes con qué salvarte.

Pero ahora tienes también la ciencia o mejor, la sabiduría de Dios.

–     Es lo mismo.

–     ¡No, no!

Sería como comparar un día neblinoso con uno lleno de sol.

–     En definitiva, ¿Quieres darme lecciones?

Pues yo no me siento con ganas de ello.

–     ¡Déjame hablar!

Al principio, hablaba a los niños: se distraían.

Luego a los espectros: me maldecían.

Después a los pollos: eran mucho mejores que los dos primeros grupos, mucho mejores.

Ahora hablo conmigo mismo, porque todavía no puedo hablar con Dios.

¿Por qué quieres impedírmelo?

Tengo la vista reducida a la mitad, la vida quebrada por el esfuerzo hecho en las mina.

El corazón enfermo desde hace muchos años:

Deja al menos, que mi mente no se vuelva estéril.

–     Jesús es Dios.

–     Lo sé.

Lo creo más que tú, porque yo he renacido por obra suya, tú no.

Pero, aunque Él sea el Bueno, es siempre Él, o sea, Dios.

Y ese pobre desgraciado que soy yo no se atreve a tratarlo con la familiaridad con que tú lo tratas.

Le habla mi alma, pero los labios no se atreven…

El alma… y creo que Él siente cómo llora de amor agradecido y penitente. 

El alma que me imagino que la oye gritar de gratitud y de amor penitente.

Jesús interviene:

–   Es verdad, Juan.

Yo oigo tu alma. 

Judas enrojece de vergüenza.

El hombre de Endor de alegría.

Jesús agrega:

–    Oigo tu alma, es verdad.

Escucho el trabajo de tu inteligencia. Has hablado bien.

Cuando en Mí llegues a formarte, te ayudará mucho el haber sido maestro y alumno estudioso. Habla.

Habla también contigo mismo.

Judas advierte con aspereza:

–    Maestro, hace poco me dijiste que era malo hablar con el propio ‘yo’

–    Es verdad que lo dije.

Pero la razón es que tú, murmurabas con tu propio ‘yo’.

Este hombre no murmura, medita. Y con un fin bueno. Eso no hace daño.

La posesión demoníaca perfecta NO PUEDE reverenciar a Dios, porque Satanás lo odia y a sus instrumentos, es lo que les trasmite…

Judas replica de mal humor:

–    En resumidas cuentas, ¡Siempre estoy equivocado!

Jesús dice con calma:

–    No.

Lo que tienes es tedio y desasosiego en el corazón.

Considera que no siempre puede haber cielo sereno. Los campesinos desean la lluvia y también es caridad orar para que llueva.

También ella es caridad.

Pero mira, se ve un bonito arco iris, que describe su curva desde Atarot hasta Ramá.

Hemos sobrepasado Atarot, la triste hoz ha quedado atrás.

Aquí ya todo está cultivado y ríe bajoeste sol que rasga las nubes.

Cuando lleguemos a Rama estaremos a treinta y seis estadios de Jerusalén.  

Los esclavos de la Lujuria, SON ADORADORES DE ASMODEO…

Aparecerá de nuevo ante nuestra vista tras ese collado, que señala el lugar del horrendo acto de lujuria cometido por los guibeítas.

Tremenda cosa es que la carne haga presa…

No siempre puedes estar tranquilo. Cuando la carne muerde, es cosa horrible Judas…  

Con el carisma de la lectura de los corazones, Jesús le está diciendo lo que lo atormenta y el por qué de su ansiedad… 

Judas no responde.

Se retira chapoteando con coraje en los charcos.

Bartolomé pregunta:

–   ¿Qué le pasa hoy a ése?

–    Cállate.

Que Simón de Jonás no te oiga. Evitemos altercados y no envenenemos a Simón.

Está tan contento con su niño.

–     Es verdad, Maestro.

Pero no está bien. Se lo diré.

–   Es joven, Nathanael.

También tú lo fuiste…

–    Sí.

Pero no debe faltarte al respeto.

Sin querer ha levantado la voz,

y Pedro oye:

–    ¿Qué pasó?

¿Quién te faltó al respeto? ¿El nuevo discípulo?

Y mira a Juan de Endor que discretamente se había retirado al comprender que Jesús corregía al apóstol…

Y  ahora está hablando con Santiago de Alfeo y Simón Zelote.

Jesús niega:

–   ¡Ni pensarlo!

Es respetuoso como una doncella.

–   ¡Ah, bien! Porque si no…

¡Eh! Su único ojo estaba en peligro.  Entonces…

Pedro mueve la cabeza afirmando:

–   ¡Entonces fue Judas! ¿Verdad?…

Jesús dice:

–   Oye Simón,

¿No podrías mejor ocuparte de tu pequeño?

Me lo quitaste y ahora quieres intervenir en una conversación amigable entre Bartolomé y yo.

¿No te parece que quieres hacer muchas cosas?

Jesús, con una sonrisa tranquila mira a Pedro que queda dudoso sobre lo que tiene que hacer…  

La tranquilidad con que sonríe Jesús es tanta, que Pedro siente vacilar su juicio.

Pedro mira a Bartolomé.

Pero éste levanta su cara aquilina hacia el cielo.

Y Pedro comprende que no hay nada que hacer y siente que se desvanece su sospecha.

La vista de la Ciudad ya cercana, visible en toda la belleza de sus colinas, olivares, casas…

Y especialmente del Templo.

Esta vista, que debía ser siempre fuente de emoción y de orgullo para los israelitas, acaba de distraerlo del todo.

Cuando llegan a la ciudad…

Todos, en un arroyuelo cercano se asean y se componen los vestidos.

Bajan las túnicas, pues las habían abolsado, se lavan los pies llenos de barro en un riachuelo de aguas claras.

Se arreglan el pelo, se cubren con sus mantos.

Y lo mismo hace Jesús.

La entrada en Jerusalén es lo más importante en la vida hebrea.

Presentarse ante estos muros en tiempo de fiesta era como presentarse ante un soberano.

La Ciudad santa era la “verdadera” reina de los israelitas; esto aparece con claridad este año que en esta vía consular, lo manifiestan las turbas y su comportamiento:

Los componentes de las distintas familias se disponen según un orden.

Las mujeres por su parte solas, los hombres en otro grupo, los niños entre ambos.

Pero todos serios y al mismo tiempo, tranquilos.

Algunos doblan el manto más usado y sacan otro nuevo de los fardos de viaje, se cambian las sandalias y  el paso se hace solemne, ya hierático. 

En cada grupo hay un solista que da el tono, se cantan himnos: los antiguos, gloriosos himnos de David…

Y la gente se mira con más bondad en los ojos, como más tiernos ahora que han visto la Casa de Dios.

Mirando a esta Casa santa, enorme cubo de mármol coronado por las cúpulas de oro, colocado como una perla en el centro del recinto majestuoso del Templo.

La comitiva apostólica se forma así:

Delante con el niño en medio, Jesús y Pedro.

Detrás de ellos Simón, Judas de Keriot y Juan; luego Andrés con Santiago de Zebedeo.

Y  entre ellos obligado por Andrés, Juan de Endor.

En la cuarta fila, los dos primos del Señor con Mateo.

Los últimos: Tomás, Felipe y Bartolomé.

Aquí es Jesús quien entona el canto.

Y lo hace con esa potente y preciosa Voz suya,

con un ligero tono de barítono que se armoniza con las vibraciones de tenor para hacerlas aún más preciosas.

Responden Judas tenor puro; Juan, de voz límpida propia de su muy joven edad.

Y las dos voces de barítono de los primos de Jesús,

Tomás  es muy bajo: un barítono tan profundo, que casi no se le puede catalogar como tal.

Los demás, dotados de voces menos hermosas acompañan entonados, pero en forma menos perceptible al coro lleno de los más virtuosos.

Los salmos son los ya conocidos, llamados graduales.

El pequeño Yabés – voz de ángel entre las recias de los hombres – canta muy bien porque lo conoce el salmo 122:

«Estoy alegre porque me han dicho: “Iremos a la casa lel Señor”».

Y verdaderamente su carita, tan triste pocos días antes, es todo un esplendor de alegría.

Ya están cerca de los muros, ya se ve la Puerta de los Peces y las calles están desbordantes de personas jubilosas.

Enseguida entrtan al Templo, para una primera oración.

Luego, la paz en la paz del Getsemaní, la cena y el descanso.

El viaje hacia Jerusalén ha terminado.

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