262 ESTRATEGIA SATÁNICA


262 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

La cena termina pronto.

Judas va a regar las flores del huerto, antes de que oscurezca.

Luego sale, dejando a María en la terraza, doblando la ropa que había puesto a secar.

Judas, tras saludar a Alfeo de Sara y a María Cleofás,

que están hablando en la puerta de la casa del primero…

Se dirige hacia la casa del arquisinagogo.

Además de seis ancianos, están presentes los dos primos de Jesús: José y Simón.

Después de los pomposos saludos, se sientan todos ceremoniosamente

en asientos adornados con almohadones.

Toman el fresco mientras beben agua anisada o de menta, que están muy  frescas,

porque la jarra metálica suda en la separación entre el líquido gélido y el aire, todavía caliente

a pesar de la brisa que procede de las colinas situadas al norte de Nazaret

y que mueve las copas de los árboles.

El sinagogo lo colma de honores,

y dice:

–      Estoy contento de que hayas aceptado nuestra invitación y estés aquí.

Eres joven.

Un poco de distracción, hace bien.

Judas contesta gentil:

–       No me atreví a venir antes, para no importunaros.

Sé que despreciáis a Jesús y a sus seguidores.

Varios contestan:

–      ¿Despreciar?

No. No creemos…

Estamos escépticos..,

–      Y heridos por sus..

–      Admitámoslo, ¿Por qué no?…

–      Y digámoslo claro.

–      Estamos heridos por sus verdades demasiado duras.

–      Nosotros creíamos que tú nos desdeñarías.

–      Y por eso no te invitábamos.

Judas objeta:

–      ¡Despreciaros yo! ¡No!

¡Todo lo contrario!

Os comprendo muy bien…

¿Cómo no? ¡Claro!

¡Bah! Estoy convencido de que acabará habiendo paz entre vosotros y Él.

A Él le conviene, igual que a vosotros.

A Él, porque tiene necesidad de todos.

Y a vosotros porque no os conviene que os llamen enemigos del Mesías.

José de Alfeo pregunta:

–      ¿Y crees tú que Él sea el Mesías?

No tiene nada de esa figura regia que nos ha sido profetizada.

Tal vez se debe a que lo vemos solo como carpintero…

¿Pero en qué aspecto es el Rey Libertador?

Judas toma su aire de escriba y declara

–      También David, sólo parecía un pastorcillo.

Vosotros sabéis que ni siquiera Salomón en toda su gloria,

Las heridas que te causa quien te quiere, son preferibles a los besos engañadores de quién te odia… Salomón

fue un rey tan grande como él.

Porque viéndolo bien Salomón no hizo otra cosa, que proseguir la obra de David.

Y jamás fue inspirado como él.

Pero David, ¡Considerad la figura de David! es gigantesca.

Con una realeza que toca el cielo.

No juzguéis pues los orígenes del Mesías, para dudar de su realeza.

David, pastor y rey. Jesús, carpintero y Rey.

El arquisinagogo, inclinando la cabeza,

le dice:

–       Hablas como un rabí.

Se ve que has sido educado en el Templo.

¿Podrías hacer saber al Sanedrín que yo, el arquisinagogo,

necesito ayuda del Templo para una cuestión privada?

Y Judas no puede evitar la presunción,

Judas con posesión diabólica perfecta, es instrumento del Mal, para realizar las obras de Amo…

uno de los síntomas más notorios de enorme egolatría;..

Compañera inseparable, de su profundo sentimiento de superioridad, 

tanto racial, como elitista, por razones de linaje y de ministerio...

–      ¡Pero claro que sí!

Seguro.

Con Eleazar, ¡Figuraos! que es casi mi hermano.

Y luego, José el Anciano, ¿Sabes? El rico de Arimatea.

Y el escriba Sadoc que era antes mi maestro…

Y luego… ¡Oh! ¡Ni hablar!…

Mis relaciones en el Templo son sólidas y demasiado importantes.

Mi familia sacerdotal, la fortaleció mi padre cuando celebraba rituales,

dentro del Lugar Santísimo, ante la Trinidad Sacrosanta…

Y… ¡bueno, no tienes sino que hablar y basta!

–       Entonces mañana serás mi huésped y hablaremos…

–      ¿Huésped?

No.

Yo no abandono a esa santa y dolorida mujer que es María.

Vine con el fin de hacerle compañía.

Simón de Alfeo, dice:

–      ¿Qué le pasa a nuestra pariente, que está sana y feliz en medio de su pobreza?

José de Alfeo confirma:

–     Sí. Nosotros no la abandonamos.

Mi madre siempre la cuida.

También yo y mi mujer.

Aunque no puedo perdonarle su debilidad para con su Hijo.

También fue lo que afligió a mi padre que murió por causa de Jesús<,

sólo con dos hijos suyos alrededor de su lecho.

¡Y luego!…

Pero todos los problemas de familia no se exponen a los cuatro vientos.

Termina con un suspiro

Judas lo apoya:

–      Tienes razón.

Se murmura en secreto, echándolo en un corazón amigo.

Pero así sucede con muchos dolores.

También yo tengo los míos de discípulo…

¡Pero no hablemos de ellos!

Simón pregunta:

–       ¡No, no, hablemos!

¿Qué sucede?

¿Complicaciones respecto a Jesús?

José dice:

–      ¿De qué se trata?

¿De qué se avergüencen de Jesús?

No aprobamos su conducta, pero seguimos siendo parientes suyos,

dispuestos a ponernos de su parte contra sus enemigos.

¡Habla!

Judas, en una camaleónica transformación,

es muy enfático:

–       ¿Complicaciones?

¡No, hombre, no!

Era una forma de expresarme…

Además, las penas de un discípulo son muchas.

No es sólo dolor por el modo como el Maestro trata con amigos y enemigos,

perjudicándose a sí mismo…

Sino también el ver que no lo aman.

Quisiera que todos vosotros le amarais…

–      ¿Y cómo?

¡Tú mismo lo dices!

¡Tiene un modo de hacer las cosas!…

El arquisinagogo, buscando justificarse,

dice:

–      No era así cuando estaba con su Madre.

¿No es verdad, todos vosotros?

Todos aprueban con gravedad.

Y todos hacen comentarios positivos del Jesús silencioso, manso, solitario, de otros tiempos.

Uno de los ancianos dice:

–      ¿Quién iba a pensar que se convertiría en el que es ahora?

Entonces todo era para su casa y para sus familiares.

¿Y ahora?

Judas lanza un suspiro y dice:

–       ¡Pobre mujer!

José grita:

–      ¿Qué sabes?

¡Habla!

–       No más de lo que tú no sepas.

¿Crees que le sea agradable el estar abandonada?

Otro de los ancianos afirma:

–      Si José hubiera vivido el tiempo que vivió vuestro padre, no habría sucedido eso.

Judas dice:

–      No lo creas, hombre.

Habría sido lo mismo.

Porque cuando se le meten a uno ciertas ideas.

Un siervo trae lámparas y las pone sobre la mesa, porque esta noche no hay luna,

aunque el cielo está cuajado de estrellas.

También traen bebidas y el arquisinagogo se apresura a ofrecerle a Judas.

Judas se pone de pie y dice:

–      Gracias pero no puedo entretenerme más.

Tengo mis obligaciones con María.

También los dos hijos de Alfeo se levantan.

–      Vamos contigo.

Es el mismo camino.

Y con muchos saludos se despiden.

Quedando sólo el arquisinagogo y los ancianos.

Las calles están desiertas y silenciosas.

De arriba de las casas baja un continuo hablar quedo de voces graves.

Los niños duermen ya en sus camitas:

faltan, por tanto, sus gorjeos de pajarillos alegres.

Con las voces, desde lo alto de las casas más ricas,

descienden leves resplandores de lámparas de aceite.

Los dos hijos de Alfeo y Judas caminan en silencio por un largo trecho…

Y luego José se detiene.

Toma del brazo a Judas,

y le dice:

–      Oye.

Veo que sabes algo que no quisiste decir en presencia de extraños.

Pero ahora debes hablar.

Soy el mayor de la casa y tengo el derecho y el deber de saberlo todo.

Judas responde:

–       Y yo fui con la intención de decíroslo…

Y de proteger al Maestro, a María, a nuestros hermanos y a vuestro nombre.

Es algo tan penoso de decirse, como de oírse.

Muy penosísimo hacerlo, porque me hará parecer un espía.

Mirad, os ruego que me comprendáis rectamente.

No es una delación.

No se trata de eso.

Es tan solo amor y prudencia.

Es amor y cordura, nada más.

Yo sé muchas cosas, que vosotros…

Bueno, la verdad es que no las ignoráis.

Las sé por mis amigos del Templo.

Y sé que son un peligro para Jesús y para el buen nombre de la familia.

He tratado de hacérselo entender al Maestro, pero no lo he conseguido.

Es más, cuanto más le aconsejo, Él actúa peor…

Y se busca cada vez más críticas y odios.

Ello porque es tan santo,

que no es capaz de comprender lo que es el mundo.

En fin, es triste ver sucumbir una cosa santa por la imprudencia de su fundador.

José insiste:

–      Pero bueno,

¿De qué se trata?

¡Dilo todo y nosotros nos haremos cargo!

¿No es verdad, Simón?

–     Ciertamente.

Pero me parece imposible que Jesús cometa imprudencias y haga cosas contrarias a su misión…

José explota:

–     ¡Pero si este buen joven que ama a Jesús lo dice!

¿Ves cómo eres?

Siempre el mismo.

Incierto, titubeante.

Me abandonas en el momento necesario.

Yo lucho solo contra toda la parentela.

¡Ni siquiera tienes compasión de nuestro nombre y de nuestro pobre hermano que va a la ruina!

Judas exclama:

–      ¡No!

¡Ir a la ruina, no!

¡Pero desprestigiándose, sí!

José insiste:

–     ¡Habla!

¡Habla te digo!

Mientras Simón calla perplejo…

Judas dice en voz baja:

–       Hablaría.

Si estuviera seguro de que no me mencionaríais ante Jesús…

¡Juradlo!

José dice:

–     Lo juramos sobre el Santo Velo.

¡Habla!

–       Lo que voy a decir no lo diréis ni siquiera a vuestra madre…

Y mucho menos a vuestros hermanos:

Judas Tadeo y Santiago

Simón confirma:

–      Tranquilízate respecto a nuestro silencio.

–     ¿Y no le diréis nada a María?

Para no causarle dolor.

Como yo lo hago.

Guardo silencio.

Es un deber tomar precauciones; aún para la paz de esta pobre madre…

José repite:

–      No diremos nada a nadie.

Te lo juramos.

Satanás se aprovecha de los celos de Judas.

Una pasión nacida de la envidia, la soberbia, el egoísmo desenfrenado…

Y que el apóstol infiel, no se preocupa por rechazar.

Satanás está furioso.   Y recurre a medidas extremas para detener a Jesús;

pues le está minando su poderío, de una forma implacable.

Y de este modo y por estos pecados,

Judas le da entrada y es su instrumento perfecto.

Porque en este momento, ya es el Príncipe del Mundo personificado en él,

el que continúa su estrategia demoledora, mezclando verdades envenenadas,

con mentiras astutísimas, para conseguir éxito en sus perversas maquinaciones…

Satanás-Judas sigue con su intriga:

–       Entonces escuchad:

Jesús no se limita a acercarse a los gentiles, publicanos y prostitutas.

A ofender a los fariseos

y a otras personas valiosas e importantes.

Ahora está haciendo todo al revés, con cosas verdaderamente absurdas.

Fijaos que fue a tierra de filisteos,

y nos hizo peregrinar con un macho cabrío negrísimo que le seguía.

Ahora ha aceptado aun filisteo por discípulo.

¿Y aquel niño que recogió?

¡No sabéis los comentarios que se hicieron!

Pocos días después fue una griega pagana.

Y por remate era una esclava que huyó de su patrón romano.

Luego, discursos que no concuerdan con la sabiduría del sentido común.

En resumidas cuentas, parece un loco que busca hacerse daño.

En tierras de filisteos se entrometió en una ceremonia de brujos

y se puso al tú por tú, con ellos.

Los venció.

Pero ya los escribas y los fariseos, lo comienzan a odiar.

¿Si estas cosas llegan a sus oídos, qué sucederá?

Tenéis el deber de intervenir…

De impedir y poner freno…

Simón dice:

–      Esto es grave.

Muy grave.

¿Pero cómo podíamos saberlo?

¡Estamos aquí!…

¿Y ahora?

¿Cómo podremos estar al tanto de lo que sucede

–     Y sin embargo es vuestro deber intervenir e impedir.

La Madre es madre y es muy buena.

No debéis abandonarlo en estas circunstancias.

Por Él y por el mundo.

Además.

Esto de seguir arrojando demonios…

Corre la voz de que se sirve de Belcebú.

Pensad si esto lo favorece.

¡Y además…!

Pero bueno.

¿Qué clase de rey podrá llegar a ser,

si las multitudes se ríen ya desde ahora o se escandalizan?

Simón pregunta incrédulo:

–       ¿Pero de veras hace cuánto dices?

–       Pregúntaselo a Él Mismo.

Os lo confirmará porque hasta de esto se jacta

–       Deberías avisarnos…

–      ¡Claro que lo haré!

Cuando vea algo raro, os lo mandaré avisar.

Pero os lo ruego: silencio ahora y siempre.

Silencio con todos.

–     Lo juraremos.

¿Cuándo te vas?

–      Después del sábado

Ya no hay razón para estar aquí.

He cumplido con mi deber.

José de Alfeo, dice:

–      Te lo agradecemos.

Ya decía yo que Él estaba cambiado.

Tú hermano, no me quisiste creer.

¿Ves que tenía razón?

Simón de Alfeo objeta:

–        Yo…

Me resisto a creerlo todavía.

Judas y Santiago no son unos tontos.

¿Por qué no nos han dicho nada?

¿Por qué no hacen algo, si suceden estas cosas?

Judas replica resentido:

–      Hombre,

¡No vas a decirme ahora que no crees en mis palabras!…

Simón responde:

–      ¡No!…

Pero… ¡Basta

Perdona que te lo diga: creeré cuando lo vea.

–       Está bien.

Pronto lo verás y me dirás: ‘Tenías razón’ bueno

Aquí está vuestra casa.

Os dejo.

Dios sea con vosotros.

José dice:

–      Dios sea contigo, Judas.

Y… ¡Oye

Tú tampoco digas esto a otros.

Está en juego, nuestra honra…

–      Ni siquiera me lo diré a mí mismo.

¡Adiós

Y se marcha caminando ligero.

Vuelve a entrar tranquilo a la casa.

Sube a la terraza, donde María está sentada, con las manos apoyadas sobre su regazo,

contemplando el cielo lleno de estrellas.

Y a la lucecilla de la lámpara que Judas prendió para subir por la escalera;

se ven dos hileritas de llanto, que descienden por las mejillas de María.

Judas pregunta con ansiedad:

–       ¿Estás llorando, Madre?

Ella contesta con dolor:

–      Porque me parece que el mundo está cargado con más insidias,

que cuantas estrellas hay en el cielo…

Repleto de asechanzas contra mi Jesús…

Judas la mira atento, turbado por sus palabras y no sabe qué hacer.

María termina suavemente:

–      Pero me da fuerzas el amor de los discípulos…

Amad mucho a mi Jesús.

Amadlo.

¿Quieres quedarte aquí, Judas?

Bajo mi habitación.

María Cleofás se fue a dormir, después de preparar la levadura para mañana.

–      Sí.

Aquí me quedo.

Aquí se está bien.

–      La paz sea contigo, Judas.

–      La paz sea contigo, María.

Y María se retira a su habitación.

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