297 CIENCIA Y SABIDURÍA


297 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Es verdaderamente una familia -con Jesús y María como cabezas- Ésta que, dando la espalda

a Bethania en una mañana serena de Octubre,

se dirige hacia Jericó para pasar a la orilla opuesta del río Jordán.

Las mujeres marchan agrupadas en torno a María.

Sólo falta Analía en el grupo femenino de las discípulas.

O sea, en el grupo de las tres Marías, Juana, Susana, Elisa, Marcela, Sara y Síntica.

Agrupados en torno a Jesús están:

Pedro, Andrés, Santiago y Judas de Alfeo,, Mateo, Juan y Santiago de Zebedeo,

Simón Zelote, Juan de Endor, Hermasteo y Timoneo.

Margziam, por su parte, saltando como un cabritillo, va y viene incansable de este grupo a aquél,

porque caminan a pocos metros uno tras otro.

Cargados con pesados talegos, van alegres por el camino dulcemente soleado,

por la campiña solemne transida de quietud.

Juan de Endor anda con esfuerzo, oprimido por el peso que le cuelga de sus espaldas.

Pedro se da cuenta,

y dice:

–       Dámelo, ya que has querido coger de nuevo este lastre.

¿Sentías nostalgia de esto?

–       Me lo ha indicado el Maestro.

–       ¿Sí?

¡Ésta sí que es buena!

¿Y cómo así?

–     No  lo sé.

Ayer por la noche me dijo: “Coge otra vez tus libros y sígueme con ellos”.

–       ¡Hay que ver!…

Bueno, pero, si lo ha dicho Él, está claro que es una cosa buena.

Quizás lo hace por esa mujer.

¡Cuánto sabe, ¿No?!

¿Tú también sabes tantas cosas?

–        Casi. Es muy docta.

–       De todas formas,

no vas a seguir viniendo detrás de nosotros con este peso, ¿Verdad?

–       ¡No creo!

No lo sé.

De todas formas, lo puedo llevar también yo…

–       No, amigo.

Me preocupa mucho que te enfermes.

¿No te das cuenta de que estás mal de salud?

–       Sí, lo sé.

Me siento morir.

–      No gastes bromas y déjanos al menos llegar a Cafarnaúm!

Se está tan bien ahora, nosotros solos sin ese…

¡Maldita lengua!

¡He faltado una vez más a mi promesa al Maestro!…

¿Maestro? ¿Maestro?

Jesús responde:

–       ¿Qué quieres, Simón?

–       He murmurado de Judas y te había prometido que no lo volvería a hacer.

Perdóname.

–       Sí.

Trata de no volver a hacerlo.

–       Tengo todavía 489 veces de recibir tu perdón..

Andrés sorprendido, pregunta: ..

–       Pero, ¿Qué dices, hermano?

Y Pedro, lleno de brillo de sagacidad su rostro bueno,

torciendo el cuello bajo el peso del saco de Juan de Endor:

–       ¿Ya no te acuerdas de que dijo que debíamos perdonar setenta veces siete?

Por tanto me quedan todavía 489 perdones.

Y llevaré la cuenta escrupulosamente…

Todos se echan a reír.

Incluso Jesús tiene que sonreír por fuerza; pero responde:

–       Mejor sería, niño grande, que es lo que eres;

si llevaras la cuenta de todas las veces que sabes ser bueno.

Pedro se junta a Jesús y con el brazo derecho rodea su cintura,

diciendo:

–       ¡Querido Maestro mío!

¡Qué feliz me siento de estar contigo!

¡Bah! Tú también estás contento…

Y entiendes lo que quiero decir.

Estamos nosotros solos.

Está tu Madre. Está el niño.

Vamos a Cafarnaúm.

La estación es hermosa…

Cinco razones para sentirnos felices.

¡Verdaderamente es hermoso ir contigo!

¿Dónde vamos a detenernos esta noche?

–       En Jericó.

–       El año pasado en Jericó vimos a la Velada.

¿Quién sabe qué habrá sido de ella?Me gustaría saberlo…

Y hemos encontrado también al de las viñas…

La carcajada de Pedro es tan sonora que contagia a los demás.

Se echan a reír todos, recordando la escena del encuentro con Judas de Keriot.

Jesús en tono de reprensión.,

dice:

–       ¡Eres incorregible, Simón!

–       No he dicho nada, Maestro.

Me han venido ganas de reír al pensar en su cara cuando nos ha encontrado allí…

en sus viñas…

Pedro ríe con verdaderas ganas, tanto que debe detenerse,

mientras los otros siguen caminando y riéndose por fuerza.

Las mujeres alcanzan a Pedro.

María pregunta con dulzura:

–      ¿Qué te sucede, Simón?

–       No lo puedo decir porque cometería otra falta de caridad.

Pero… mira, Madre, tú que eres sabia, quisiera saber tu opinión.

Si acuso con un fondo maligno a alguien o peor todavía, levanto una calumnia, peco, es natural.

Pero, si me río de una cosa que todos saben, de un hecho que todos conocen,

una cosa que hace reír,

como por ejemplo, recordar la sorpresa de un  embustero, su turbación,

sus explicaciones para disculparse y volver a reírme como entonces nos reímos,

¿Está también mal?

María responde:

–       Es una imperfección respecto a la caridad.

No es pecado como lo es la maledicencia o la calumnia;

y ni siquiera como una acusación velada;

pero es de todas formas, una falta de caridad.

Es como una hebra de hilo que se saca de un tejido.

No se trata de un agujero que eche a perder la tela,

pero es algo que perjudica y da pie, para que haya rasgaduras y agujeros.

¿No te parece?

Pedro se restriega la frente…

y dice un poco avergonzado:

–       Sí.

No lo había pensado nunca.

–       Piénsalo ahora y no lo vuelvas a hacer.

Hay carcajadas que ofenden a la caridad más que un bofetón.

¿Alguno ha cometido un error?

¿Lo hemos pillado en una mentira o en otra falta?

La posesión demoníaca perfecta utiliza todos los pecados, para hacer sufrir al poseso y a sus prójimos…

¿Y entonces?

¿Por qué recordarlo?

¿Por qué hacérselo recordar a otros?

Corramos un velo sobre las faltas de los hermanos, pensando siempre:

“Si fuera yo el que hubiera faltado,

¿Me gustaría que otro recordase esta falta y que la hiciera recordar a otros?”

Hay sonrojos íntimos, Simón, que hacen sufrir mucho.

No menees la cabeza.

Sé lo que quieres decir…

Pero también los culpables los tienen, créelo.

Sea siempre tu primer pensamiento: “¿Desearía eso para mí?”.

Verás como no volverás a pecar contra la caridad.

Y sentirás siempre mucha paz dentro de ti.

Mira a Margziam allí cómo salta y canta feliz.

Es porque no tiene ninguna preocupación en su corazón; no tiene que pensar

en itinerarios, ni en compras, ni en las palabras que tendrá que decir.

Sabe que otros se preocupan por él de estas cosas.

Haz tú igual. Abandona todo en Dios,

incluso el juicio sobre las personas.

Mientras puedas ser como un niño guiado por el buen Dios,

¿Por qué querer cargarte con el peso de decidir y juzgar?

Llegará el momento en que tengas que ser juez y árbitro.

Y entonces dirás: “¡Antes era mucho más fácil y menos peligroso!”.

Y te juzgarás necio por haber querido cargarte antes de tiempo con tanta responsabilidad.

¡Juzgar! ¡Qué cosa tan difícil!

¿Has oído lo que ha dicho Síntica hace unos días?

“Buscar por medio del sentido es siempre imperfecto”.Dijo una cosa muy exacta.

Muchas veces juzgamos siguiendo justamente las reacciones de los sentidos,

y, por tanto, con suma imperfección.

Deja de juzgar…

–       Sí, María.

A ti verdaderamente te lo prometo.

¡Pero yo no sé todas esas cosas maravillosas que sabe Síntica!

Síntica responde:

–       ¿Y te apena, hombre?

¿No sabes que yo quiero desembarazarme de ellas, para tomar solamente las cosas que tú conoces?

–       ¿Lo dices de verdad?

¿Por qué?

–       Porque con la ciencia puedes mantenerte en esta tierra,

pero con la sabiduría conquistas el Cielo.

Lo mío es ciencia, lo tuyo sabiduría.

–       ¡Pero con tu ciencia has sabido llegar a Jesús!

Por tanto, es una cosa buena.

–      Mezclada con muchos errores;

por eso querría despojarme de ella para revestirme solamente de sabiduría.

¡Fuera las vestiduras engalanadas y vanas!

Sea mi vestido el austero y sin externa vistosidad de la sabiduría, que viste con

imperecedero vestido no lo corruptible sino lo inmortal.

La luz de la ciencia tiembla y vacila; la de la sabiduría resplandece uniforme y siempre

constante como es lo Divino de que se genera.

Jesús ha aminorado el paso para oír.

Se vuelve y dice a la griega:

–       No debes aspirar a despojarte de todo lo que sabes.

Lo que debes hacer es entresacar de este saber tuyo aquello que sea un átomo de

Inteligencia eterna, conquistado por mentes de innegable valor.

–       ¿Entonces, esas mentes han encarnado en sí el mito del fuego arrebatado a los dioses?

–        Sí, mujer.

En este caso, no es que lo hayan arrebatado, sino que han sabido tomarlo

cuando la Divinidad los rozaba con sus fuegos,

acariciándolos como ejemplares diseminados entre una humanidad venida a menos,

de lo que es el hombre, un ser dotado de razón.

–       Maestro, deberías señalarme lo que tengo que conservar y lo que tengo que dejar.

No sería buen juez.

Y luego, para llenar los espacios vacíos, meter luces de tu sabiduría.

–      Ésa es mi intención.

Te indicaré hasta dónde es sabio el pensamiento adquirido por ti

y lo continuaré desde ese punto, hasta el final de la idea verdadera.

Para que sepas.

Les vendrá bien también a éstos, destinados a tener muchos futuros contactos con los gentiles.

Santiago de Zebedeo. con tono de lamento,

dice:

–        No vamos a entender nada.

–       Por ahora, poco.

Pero llegará el día en que comprendáis, tanto las lecciones de ahora como su necesidad.

Tú, Síntica, exponme los puntos que para ti son oscuros.

Durante las pausas de nuestro camino te los iré aclarando.

–        Sí, mi Señor.

El deseo de mi alma se funde con tu deseo.

Yo, discípula de la Verdad;

Tú, Maestro.

El sueño de toda mi vida: poseer la Verdad.

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