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272 MI YUGO ES LIGERO


272 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En verdad os digo que grande es el número de los fariseos.

Que no faltan entre los que me circundan. 

Varios dicen al mismo tiempo:

–       ¡No, Maestro!

–       ¡No lo digas!…

–       Nosotros, porque te amamos, no nos gustan ciertas cosas…

–       ¡No, Maestro, no digas eso!

¡Si no queremos ciertas cosas es porque te amamos!.

Jesús prosigue:

–       Porque todavía no habéis entendido nada.

Os hablé de la Fe y de la Esperanza.

Y pensaba que no era necesario volver a hablaros de la Caridad.

Porque tanto fluye de Mí, que deberíais estar saturados.

Pero comprendo que la conocéis solo de nombre.

Sin conocer su naturaleza y forma, igual que conocéis la luna.

 ¿Os acordáis de cuando os dije que la esperanza es como el brazo transversal

del dulce yugo que sujeta la Fe y la caridad…?

¿Y que era patíbulo de la humanidad y trono de la salvación?

¿Sí?

Pero no comprendisteis el significado de mis palabras.

¿Por qué entonces, no me habéis pedido aclaración?

La Soberbia hace su voluntad. La Humildad hace la Voluntad de Dios. San Agustín

Bien, ahora os la doy.

Es yugo porque obliga al hombre a tener baja su necia soberbia,

bajo el peso de las verdades eternas.

Es patíbulo de esta soberbia.

El hombre que espera en Dios, su Señor,

se ve obligado a humillar su orgullo, que querría proclamarse “dios”.

Y a reconocer que él no es nada y Dios todo;

que él no puede nada y Dios todo; que él-hombre es polvo que pasa,

mientras que Dios es eternidad que eleva el polvo a un grado superior

y le da un premio de eternidad.

Nuestro verdadero bautismo lleno de gloria y júbilo celestial, es cuando somos capaces de decir: “Crucifícame Señor, porque te adoro sobre todas las cosas…”

El hombre se clava en su cruz santa para alcanzar la Vida.

Le clavan a la cruz las llamas de la Fe y la Caridad,

mas al Cielo le eleva la Esperanza, que entre ambas está.

Recordad esta lección:

si falta la caridad, le falta la luz al trono;

el cuerpo, desclavado de un lado, pende hacia el fango y deja de ver el Cielo;

anula así los efectos salvíficos de la Esperanza,.

Y acaba haciendo estéril incluso a la Fe,

porque si uno se separa de dos de las tres virtudes teologales,

languidece y cae en mortal hielo.

FE, ESPERANZA Y CARIDAD

No rechacéis a Dios, ni siquiera en las cosas más pequeñas;

negar ayuda al prójimo por pagano orgullo es rechazar a Dios.

Mi doctrina es un yugo que domina al linaje humano culpable.

Es un mazo que destroza la corteza dura, para libertar al espíritu.

Es un yugo y un mazo.

Pero quién la acepta,

no siente el cansancio que emana en las otras doctrinas humanas

y en todo lo humano.

El que se deja golpear por este mazo no siente el dolor de ser fracturado en su yo humano,

Sino que experimenta una sensación de libertad.

¿Por qué queréis libraros de ella,

para cambiarla por lo que es plomo y dolor?

Todos tenéis vuestros dolores y vuestras fatigas.

Todos los hombres tienen dolores y fatigas superiores quizás a sus fuerzas humanas.

Desde el niño como éste, que lleva sobre su espaldita un gran fardo que lo dobla

y que le quita la sonrisa infantil de sus labios y la despreocupación de su edad.

Hasta el viejo que se dobla ante la tumba,

con todos los desengaños, fatigas, fardos y heridas, de su larga vida.

Pero en mi Doctrina y en mi Fe, está el alivio de estos pesos agobiadores.

Por esto se le llama la Buena Nueva.

Y quién la acepta y la obedece, será bienaventurado desde la tierra,

porque tendrá a Dios como su ayuda.

Por qué queréis, ¡Oh, hombres!

Estar fatigados y tristes, cansados, hastiados, desesperados.

¿Cuándo podíais ser aliviados y confortados?

¿Por qué queréis, vosotros apóstoles míos, sentir el cansancio de la misión,

sus dificultades, dureza;

cuando si tenéis la confianza de un niño, podéis tener solo una pronta diligencia;

una luminosa facilidad para realizarla?

Y comprender y sentir que ella es dura solo para los impenitentes que no conocen a Dios.

Ahora estáis tristes.

Vuestra aflicción tuvo un principio muy lamentable

Estáis tristes ante mi humillación, como si fuese un crimen cometido contra Mí Mismo.

Ahora estáis tristes porque habéis entendido que me causasteis dolor

y porque todavía estáis muy lejos de la perfección.

Tened tan solo la humildad gozosa de aceptar la reprensión

y confesar que os equivocasteis,

prometiendo dentro de vuestro corazón, el desear la perfección por un fin sobrehumano.

Luego venid a Mí.

Yo os sostengo, comprendo y compadezco.

Venid a Mí, apóstoles míos.

Venid a Mí, todos los hombres que sufrís por los dolores materiales, morales y espirituales;

que Yo os confortaré.

Tomad sobre vosotros mi Yugo, no es un peso; es un sostén.

Abrazad mi Doctrina como si fuese una esposa amada.

Imitad a vuestro Maestro que hace lo que enseña.

Aprended de Mí que soy manso y humilde de corazón.

Encontraréis descanso para vuestras almas,

porque mansedumbre y humildad conceden reinar en la Tierra y en el Cielo.

Por eso se dice “La Buena Nueva”.

Quien la acepta y obedece, ya desde este mundo será bienaventurado,

porque Dios será su alivio.

Y porque las virtudes harán fácil y luminoso su camino,

asemejando a hermanas buenas que,

llevándolo de la mano, con las lámparas encendidas,

iluminarán su camino y su vida y le cantarán las eternas promesas de Dios,

hasta que, plegando en paz el cansado cuerpo hacia la tierra, se despierte en el Paraíso.

¿Por qué, hombres, pudiendo vivir consuelo y aliento,

queréis peso, desaliento, cansancio, desazón, desesperación?

Os lo dije ya: que los verdaderos triunfadores son los que conquistan el Amor.

Nunca os impondría algo que fuese superior a vuestras fuerzas,

porque os amo y os quiero conmigo en mi Reino.

Esforzaos por ser semejantes a Mí y como mi Doctrina enseña.

No tengáis miedo porque mi yugo es dulce y su peso es ligero…

Y la gloria de que gozaréis si me sois fieles, será infinitamente grande, ilimitada, eterna….

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271 EVANGELIZAR CON OBRAS


271 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Y llevando al niño en medio entre Él y Mannaém, reanuda su camino.

Caminan ligeros por la campiña hacia Cafarnaúm

Durante el trayecto van hablando sobre la importancia de la Caridad.

Llegan a Cafarnaúm.

Los apóstoles ya han llegado.   

Después de la disputa con los fariseos ha comenzado ya la vigilia del sábado.

Y todos se han reunido en la terraza, a la sombra del emparrado,

donde cuentan a Mateo que todavía no está curado,

sus aventuras en sus respectivas misiones evangelizadoras.

Al oír el leve roce de las sandalias contra la pequeña  escalera, se vuelven.

Y ven que la cabeza rubia de Jesús sobresale cada vez más por el antepecho de la terraza.

Corren hacia Él, que viene muy sonriente…

Y se quedan de piedra cuando ven que detrás de Jesús hay un pobre niño.

Seguido por Mannaém, que sube regio y magnífico,

con su esplendorosa túnica de lino blanco.

Más bella de lo que ya de por sí es, ceñida por el valioso cinturón y  el manto rojo fuego,

de lino tan brillante que parece seda y que apenas si descansa sobre los hombros,

sostenido por fíbulas de oro, con rubíes;

para formarle una cauda detrás.

Y que junto con la prenda que cubre su cabeza de lino cendalí,

sujeta con una diadema sutil de oro,

lámina burilada, que divide su amplia frente a la mitad…

Y le hace parecer un rey egipcio.

La presencia majestuosa de Mannaém, evita una avalancha de preguntas;

expresadas de todas formas, muy claramente con los ojos.

Así que, después de los saludos recíprocos, una vez sentados ya al lado de Jesús,

los apóstoles, señalando al niño,

preguntan:

–       ¿Y éste?

Jesús responde:

–      Este es mi última conquista.

Un pequeño José, carpintero, como el que fue mi padre, el gran José;

por tanto, amadísimo mío, como Yo amado suyo.

¿No es verdad, pequeño?

El niño asiente con la cabeza.

Y Jesús lo llama:

–       Ven aquí.

Para presentarte a mis amigos:

Éstos de los que tanto has oído hablar.

Este es Simón Pedro, el hombre más bueno del mundo con los niños;

éste es Juan, un niño grande, que te hablará de Dios incluso jugando;

éste es Santiago su hermano, serio y bueno como un hermano mayor.

Y éste es Andrés, hermano de Simón Pedro:

harás inmediatamente buenas migas con él, porque es manso como un cordero.

Luego, éste es Simón el Zelote:

éste ama tanto a los niños que no tienen padre;

que creo que daría la vuelta al mundo, si no estuviera conmigo, para buscarlos.

Luego, éste es Judas de Simón y sentados junto a él, están:

Felipe de Betsaida y Nathanael.

¿Ves cómo te miran?

Ellos también tienen niños y quieren mucho  a los niños.

Y éstos son mis hermanos Santiago y Judas:

Aman todo lo que Yo amo, por eso mucho te querrán. 

(Los milagros son signos para ayudarnos en nuestro ministerio apostólico …

Señales para disipar dudas e incredulidad…

NO para proporcionarnos comodidades a los corredentores.

Por eso Mateo está incapacitado temporalmente…)

Ahora vamos a acercarnos a Mateo, que tiene muchos dolores en el pie.

Y a pesar de todo, no guarda rencor a los niños que, jugando alocadamente;

le han pegado con una piedra puntiaguda.

¿Verdad Mateo?

El apóstol sonríe y responde: 

–      Así es, Maestro. 

¿Es hijo de la viuda?

–       Sí.

Es un niño estupendo y muy inteligente, pero ahora está muy triste.

Mateo lo acaricia atrayéndolo hacia sí,

mientras dice.

–       ¡Pobre niño!

Voy a hacer que llamen a Santiaguito, para que juegues con él.

Jesús termina la presentación con Tomás,

el cual práctico como es

la completa ofreciéndole al niño un racimo de uvas arrancadas de la pérgola.   

Jesús concluye: 

–        Ahora sois amigos.

Y se sienta.

Mientras tanto, el niño disfruta sus jugosas uvas…

Y responde a Mateo, que lo tiene abrazado a su lado.

Pedro pregunta: 

–       ¿Dónde has estado tan solo, toda la semana?

Jesús dice; 

–       En Corozaín, Simón de Jonás.

–      Sí, lo sé.

¿Pero qué hiciste?

¿Estuviste en la casa de Isaac?

–       Isaac el viejo ha muerto.

–       ¿Y entonces?

–       ¿No te lo ha dicho Mateo?

–       No.

Sólo ha dicho que te habías quedado en Corozaín desde el día de nuestra partida.

–       Mateo es mejor que tú.

Sabe callar y tú no sabes refrenar tu curiosidad.

–       No solo la mía.

La de todos.

–       Pues bien.

Fui a Corozaím a predicar la Caridad con la práctica.

Varios le preguntan al mismo tiempo:

–      ¿La caridad con la práctica?

–      ¿Qué quieres decir? 

–       En Corozaín hay una viuda con cinco hijos y una anciana enferma.

El marido murió de repente cuando estaba trabajando en el banco de carpintero.

Y ha dejado tras de sí miseria y unos trabajos inacabados.

Corozaín no ha sabido encontrar una migaja de piedad, para con esta familia desdichada.

Fuí a terminar los trabajos y…

–       ¡¡¿ Queeé ?!!

Se produce un pandemónium:

Quién pregunta, quién protesta, quién regaña a Mateo por haberlo consentido.

Quién manifiesta admiración, quién critica.

Y por desgracia, quienes protestan o critican son la mayoría.

Jesús deja que la borrasca se calme, de la misma forma que se ha formado…

Y por toda respuesta, 

añade:

–      Y pasado mañana regresaré allí

Terminaré un trabajo.

Espero que al menos vosotros comprendáis.

Corozaín es un hueso de fruta cerrado, sin semilla.

Por lo menos vosotros sed huesos de fruta con ella.

Josesito, por favor dame esa nuez que te ha dado Simón.

Y escucha tú también.

¿Veis esta nuez?

La tomo porque no tengo otros huesos de fruta en la mano.

Pero, para entender la parábola, pensad en los núcleos de piñones o palmas.

Pensad en los más duros, por ejemplo: en los de las aceitunas.

Son envolturas clausuradas, sin fisuras;

durísimas, de una madera compacta.

Parecen mágicos cofres que sólo con violencia se pueden abrir.

Pues bien, a pesar de todo, si se echa uno de estos titos al suelo,

sencillamente arrojado  sobre la tierra. 

Y si algún caminante pasando por encima, lo incrusta en la tierra al pisarlo,

lo suficiente para que entre un poco en el suelo,

¿Qué sucede?

Pues que el cofre se abre, echa raíces y hojas.

¿Cómo se produce esto por sí solo?

¿Cómo lo logró?

Nosotros tenemos que emplear el martillo

Pues para conseguir abrirlos, tenemos que golpear mucho con el martillo;

Y sin embargo, sin golpes; el hueso se abrió.

¿Tiene algo mágico esa semilla?

No. Lo que tiene dentro es una pulpa.

¡Oh! ¡Una cosa muy débil respecto a la dura cáscara!

Y con todo, alimenta algo todavía más pequeño: la semilla.

Ésta es la poderosa palanca que fuerza, abre… 

Produce la planta con raíces y hojas, que luego será un árbol con frondas.

Haced la prueba de enterrar unos titos y luego esperad.

Veréis como algunos nacen y otros no.

Extraed de la tierra los que no han nacido.

Abridlos con el martillo.

Veréis como son semillas vacías.

No es pues, la humedad del suelo, ni el calor los que hacen abrir el hueso; sino la pulpa.

Y más: el alma de la pulpa;

el germen, que hinchándose, hace palanca y abre. 

Ésta es la parábola.

Apliquémosla a nosotros mismos.

¿Qué hice que no estuviera bien?

¿Nos hemos entendido tan poco, como para no comprender que la hipocresía es un pecado

y que la palabra es viento, si no es la fuerza de la acción?

¿Acaso no os he dicho siempre: Amaos los unos a los otros’?

El Amor es el precepto de la gloria.

Yo que predico, ¿Puedo faltar a la Caridad?

¿Daros el ejemplo de un Maestro Mentiroso?

¡No! ¡Jamás!

¡Amigos míos!

Nuestro cuerpo es el hueso duro;

en el hueso duro está encerrada la pulpa, el alma;

dentro de ella, el germen que Yo he depositado y que está formado de muchos elementos,

el principal de los cuales es la Caridad.

Es la caridad la que hace de palanca para abrir el hueso

y librar al espíritu de las constricciones de la materia

y restablece su unión con Dios, que es Caridad.

La caridad no se hace sólo de palabras o de dinero.

La caridad se hace sólo con la Caridad.

Y no os parezca un juego de palabras.

Yo no tenía dinero

Las palabras, para este caso, no eran suficientes.

Aquí había siete personas al borde del hambre y la angustia.

La desesperación ya lanzaba sus negras garras para hacer presa y asfixiar.

El mundo se apartaba, duro y egoísta, ante esta desventura;

daba muestras de no haber comprendido las palabras del Maestro.

El Maestro ha evangelizado con las Obras. 

Yo tenía la capacidad y libertad para hacerlo.

Y tenía el deber de amar por el mundo entero a estos míseros, a quienes el mundo desprecia.

He hecho todo esto.

¿Podéis todavía criticarme?

¿O debo ser Yo quien os critique, en presencia de un discípulo que no se acobardó

de meterse entre el aserrín y las virutas, por no abandonar al Maestro?

Y estoy seguro de que se convenció más de Mí,

viéndome inclinado, trabajando sobre la madera;

de lo que se hubiera persuadido viéndome sobre un trono.

O ante la presencia de un niño, que ha experimentado lo que Soy;

no obstante su ignorancia; la desventura que lo oprime…

Y su absoluta falta de conocimiento del Mesías, como Tal…

¿No respondéis?

No os apenéis sólo cuando levanto mi Voz, para corregir ideas equivocadas.

Lo hago por amor.

Si no… Meted en vosotros el germen que santifica y que abre el hueso.

De otro modo, seréis siempre seres inútiles.

Lo que hago debéis hacerlo con prontitud también vosotros…

Ningún trabajo, por amor del prójimo; para llevar a Dios un alma; os debe pesar.

El trabajo, cualquiera que sea; jamás humilla.

Pero sí humillan las acciones bastardas;

la falsedad; las acusaciones mentirosas; las acciones bajas, las denuncias mentirosas,

la crueldad, los abusos, la dureza; las vejaciones; 

la usura, las calumnias, la lujuria.

El Adulterio es el asesino mayor de las almas…

Éstas matan al hombre y con todo; las hacen sin experimentar vergüenza;

aún aquellos que quieren ser llamados perfectos.

Y que ciertamente se han sentido mal al verme trabajar con la sierra y el martillo…

El trabajo, sea cual fuere, no es nunca humillante;

Estas cosas son las que envilecen al hombre,

aunque, a pesar de ello, se lleven a cabo sin sentir vergüenza.

(Me refiero también a quienes quieren considerarse perfectos,

pero que se han escandalizado al verme trabajar con la sierra y el martillo).

¡Oh, el martillo!:

¡Cuán noble será, si se usa para meter clavos en una madera…

Y hacer un objeto que sirva para dar de comer a unos huerfanitos!,

¡Cuán distinta será la condición del martillo, modesta herramienta,

si lo usan mis manos y además con fin santo;

cuánto querrán tenerlo todos aquellos que ahora

¡Oh, hombre!

¡Criatura que deberías ser luz y verdad!

¡Cuán tenebroso y mentiroso eres!

Pero vosotros al menos comprended qué cosa es el bien.

Qué cosa sea la caridad.

Qué la obediencia.

En verdad os digo que los fariseos son muchos y que no faltan entre los que me rodean.

manifestarían a gritos su escándalo por causa de él!

¡Oh, hombre, criatura que deberías ser luz y verdad, cuánto eres tinieblas y mentira! 

.¡Vosotros, al menos vosotros, entended lo que es el bien!

¡Lo que es la caridad, lo que es la obediencia!

En verdad os digo que grande es el número de los fariseos.

Y…

267 UNA LECCIÓN DE CARIDAD


267 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Es una mañana esplendorosa, en la aldea situada a dos millas de Cafarnaúm. 

Y la brisa lleva la frescura del mar de Tiberíades;

hasta la casa custodiada por dos higueras enormes, cuyo abundante follaje se extiende tanto, 

que casi se tocan por encima de la terraza del piso superior….

En el interior, junto al huerto con diversos árboles frutales, está el taller de carpintería;

justo en medio de las entradas que separan el viñedo del olivar.

Jesús está trabajando con empeño en el banco del carpintero.

Está terminando una rueda.

Un niño delgadito y de cara triste,

le ayuda acercándole todo lo que necesita,

para realizar su trabajo.

Mannaém, testigo inútil pero entusiasta, está sentado en un banco junto a la pared; 

observando maravillado la destreza de su Maestro. 

Jesús no tiene su bonita túnica de lino, sino que se ha puesto una oscura.

Que como no es suya, le llega hasta las espinillas:

Es una túnica de trabajo, remendada pero limpia, que perteneció al carpintero muerto.

Jesús da ánimos con sonrisas y palabras cariñosas al niño.

Y le enseña lo que debe hacer para conseguir que la cola, adquiera el punto exacto,

para  ser utilizada. 

Luego le muestra cómo trabajar…

para que queden lustrosas las paredes del baúl.

Y el niño se queda dándole lustre con un líquido que Jesús le enseñó a preparar. 

Todos estos pasos artesanales,

los ha presenciado el principesco amigo del carpintero de Nazareth;

desde que llegaron juntos, con la alborada de este día de trabajo.

Mannaém se levanta del banco y pasa un dedo por las molduras del baúl,

que ya está terminado.

Y dice: 

–     Terminaste pronto, Maestro.

Con su hermosa voz de tenor,

Jesús contesta:

–     Ya casi estaba terminado.

–     Yo quería tener este artefacto.

Pero ya vino el comprador que lo adquirió…

Tenía sus derechos y le quitaste las ilusiones…

Esperaba poder llevarse todo y recuperar no solo el depósito…

Pero no le quedó más que irse con sus cosas y ¡Basta!

¡Si fuera al menos uno que creyera que Tú…!

¡Tendrían para él, un valor infinito!

Y suspirando profundamente,

agrega;

–       ¿Me escuchaste?…

Jesús responde: 

–       Déjalo en paz.

Por otra parte aquí hay más madera…

Y la mujer estará feliz en usarla y en sacar provecho.

Dime que te haga un cofre y te lo hago…

Mannaém pega un brinco de felicidad,

y pregunta:

–      ¿De veras, Maestro?

¿De veras quieres seguir trabajando?

Jesús sonríe con ganas,

y dice:

–      Hasta que se acabe la madera.

Soy un obrero concienzudo.

–     ¡Un cofre que me des Tú!

Mannaém parece un niño con un juguete nuevo.

Y exclama: 

–       ¡Oh!

¡Qué reliquia!

¿Qué meteré dentro?

–      Todo lo que quieras Mannaém.

No será más que un cofre.

–      ¡Pero fue obra tuya! –dice maravillado.

–      ¿Y qué?

Mi Padre hizo al hombre.

A todos los hombres.

Y sin embargo el hombre y los hombres,

¿Qué han metido dentro de sí?

Jesús habla mientras sigue trabajando.

Va de aquí para allá, por todos lados del taller.

Buscando los instrumentos necesarios.

Apretando tornillos.

Taladrando, torneando, cepillando…

Según es necesario a lo que hace.

Mannaém contesta:

–     Hemos metido el pecado.

Es verdad.

–     ¿Lo ves?

Y sabes que el hombre que Dios creó, es mucho más que un cofre que Yo haga.

No confundas jamás el objeto con las acciones.

Hazte de mi trabajo, sólo una reliquia para tu alma.

–      ¿En otras palabras?

–      En otras palabras, 

Da a tu espíritu la enseñanza que brota de lo que hago.

–      Caridad. Humildad. Laboriosidad….

Estas virtudes, ¿No es así?

–     Sí.

Y en lo futuro, obra tú en igual modo.

–      Sí, Maestro.

Pero, ¿Me haces el cofre?

–      Te lo hago.

Pero recuerda que como tú lo verás siempre como una reliquia…

haré que lo pagues por lo que vale.

Así se podrá decir que al menos en una ocasión, estuve lleno hasta de dinero.

Pero tú sabes para quién…

Para estos huerfanitos.

Mannaém el príncipe de la corte de Herodes, sonríe lleno de alegría…

Y pleno de satisfacción, concede:

–      Pídeme lo que quieras.

Te lo daré.

Así por lo menos tendrá alguna justificación mi ociosidad.

Mientras Tú, Hijo de Dios, trabajas.

–      Está dicho:

Comerás tu pan, bañado con el sudor de tu frente.’

Mannaém objeta con énfasis:

–     ¡Pero eso se dijo por el hombre culpable!

No contra Ti!

–      ¡Oh! Un día seré el Culpable…

Y tendré sobre Mí, todos los pecados del Mundo.

Los llevaré conmigo, en mi primera partida.

–      ¿Y piensas que el mundo no pecará más?

–      Debería no hacerlo…

Pero siempre pecará.

Por esto el peso que tendré sobre Mí, será tal;

que me hará pedazos el Corazón.

Tendré los pecados desde Adán hasta ahora.

Y los de esa Hora, hasta los del último siglo.

Todo lo descontaré por el hombre.

–      Y el hombre no te entenderá.

Y mucho menos te amará…

¿Crees que Corozaín se convierta con esta lección silenciosa y santa,

que estás dando con tu trabajo, para socorrer a una familia?

–     No se convertirá.

Dirá: ‘Prefirió trabajar para pasar el tiempo y ganarse unos centavos.’

Yo no tenía dinero.

Lo había dado todo.

Siempre doy cuanto tengo, hasta el último céntimo. 

He trabajado para dar dinero.

–      ¿Y para que comieses tú y Mateo?

–      Para eso, Dios proveyó.

–      A nosotros también nos diste de comer.

–      Así es.

–     ¿Cómo lo hiciste?

–      Pregúntaselo al dueño de la casa

–     ¡Claro que lo haré!

Se lo preguntaré tan pronto regresemos a Cafarnaúm.

Y mientras piensa algo, la sonrisa de Jesús ilumina su rostro hermosísimo…

Y luego ríe serenamente tras su rubia barba. 

Se hace un silencio.

Mannaém se queda meditando en la lección recibida

Tan solo se escucha el chirrido de la prensa y del tornillo;

 que une apretando las dos partes de la rueda. 

Luego Mannaém pregunta:

–     ¿Qué piensas hacer para el sábado?

Jesús responde: 

–      Ir a Cafarnaúm a esperar a los apóstoles.

Hemos convenido en reunirnos cada viernes por la tarde y pasar juntos el sábado.

Después les daré órdenes y si Mateo ya está curado;

serán seis las parejas que irán a evangelizar.

Si no…

¿Quieres ir con ellos?  

–      Prefiero estar contigo, Maestro…

Pero, ¿Me permites darte un consejo?

–      Dilo.

Si es atinado lo aceptaré.

–      Nunca estés solo.

Tienes muchos enemigos, Maestro.

–      Lo sé.

¿Pero crees que los apóstoles harían mucho en caso de peligro?

–      Creo que te aman.

–      Ciertamente.

Pero de nada serviría.

Los enemigos, si tuvieran intención de apresarme;

vendrían con mayores fuerzas que las de los apóstoles.

–       No importa.

No estés solo.

–       Dentro de dos semanas muchos discípulos se me unirán.

Los preparo para mandarlos también a ellos a evangelizar.

Ya no estaré solo.

Puedes estar tranquilo.

Mientras ellos hablan…

Muchas personas curiosas de Corozaím vienen a fisgar…

Y luego se van sin decir nada.

Mannaém los ve,

y dice:

–      Se quedan sorprendidos al verte trabajar.

–      Sí.

Pero no son lo bastante humildes para decir:

‘¿Nos das una enseñanza?

’Los mejores que tenía aquí, están con los discípulos;

menos un viejo que ya murió.

No importa.

La lección es siempre lección.

–      ¿Qué dirán los apóstoles cuando sepan que te pusiste a trabajar?

–      Son once.

Porque Mateo ya dio su juicio.

Serán once pareceres diferentes y en general chocarán entre sí.

Pero me darán oportunidad para adoctrinarlos.

–       ¿Me permitirás asistir a la lección?

–       Si quieres quedarte…

–       Pero yo soy discípulo y ellos son apóstoles

–     Lo que hace bien a los apóstoles, lo hace también al discípulo.

–     Ellos se sentirán incómodos,

de que se les llame la atención en mi presencia.

–     Les servirá para que sean humildes.

Quédate Mannaém.

Me alegra que estés conmigo.

–     Y yo me quedo de muy buena gana.

Se asoma la viuda y dice:

–       La comida está preparada y lista para servirla, Maestro.

Tú trabajas demasiado.

–       Me gano el pan, mujer.

Y luego…

Mira, aquí tienes otro cliente.

También él quiere un cofre.

Y pagará muy bien..

El sitio de la madera se te va a quedar vacío

Esto dice Jesús quitándose un delantal parchado que se había puesto encima.

Se dirige a la salida para lavarse en una jofaina que la mujer le llevó al huerto.

Ella, con una de esas sonrisas que florecen, después de mucho tiempo de llanto,

dice:

–      En el cuarto ya no hay madera.

Mi casa está llena de tu Presencia y el corazón repleto de paz.

Ya no tengo miedo al mañana, Maestro.

Y Tú puedes estar seguro de que jamás te olvidaremos.

Y entran en la cocina.

Al atardecer, Jesús junto con Mannaém,

salen de la casa de la viuda.

Y se despide diciendo: 

–       La paz sea contigo y con los tuyos.

Nos volveremos a ver después del sábado.

Acaricia al niño: 

Adiós Josesito. 

Mañana descansa y juega, porque después me ayudarás.

¿Por qué lloras?

–      Tengo miedo de que no regreses más…

–      Siempre digo la verdad.

¿Te desagrada tanto que me vaya?

El niño asiente con la cabeza

Jesús lo acaricia diciendo:

–      Un día pasa pronto.

Mañana quédate con tus hermanitos.

Yo estaré con mis apóstoles y les hablaré.

Estos días te he estado enseñando a trabajar.

Ahora voy con ellos a enseñarles a predicar y a ser buenos.

No estarías a gusto conmigo, en medio de tantos hombres.

El niño replica:

–      ¡Oh!

¡Lo estaré si estoy contigo!

Jesús se vuelve hacia la madre, 

diciendo: 

–       Entendí, mujer.

Tu hijo hace como muchos y son los mejores.

No me quiere dejar.

¿Tendrías desconfianza en dejármelo hasta mañana?

Ella con las manos juntas, muy emocionada,

exclama: 

–     ¡Oh, Señor!

¡Te los puedo dar a todos!

Contigo están seguros como en el Cielo.

Este niño, que de todos era el que más estaba con su padre, ha sufrido demasiado.

Estaba él en el momento en el que él..

Y de pronto se encontró solo, ¿Ves?

No hace más que llorar y penar.

Y le dice al niño:

–       No llores hijito mío.

Pregúntale al Señor si no es verdad lo que digo.

Se vuelve a Jesús:   

–        Maestro, para consolarlo le digo, que su padre no ha muerto;

sino que solo fue lejos y por un tiempo.  

Jesús confirma: 

–      Es verdad.

Es así como dice tu mamá, pequeño José. 

El niño con voz dolorida,

se lamenta: 

–      Pero hasta que me muera me lo encontraré.

Soy muy pequeño.

¿Cuánto deberé esperar, para que me haga viejo como Isaac?

Mannaém trata de consolarlo:

–      ¡Pobre niño!

No te preocupes, el tiempo pasa veloz.

El niño mirando a Jesús,

contesta:

–      No, Señor.

Hace tres semanas que no tengo a  mi papá.

Y me parece mucho, mucho tiempo.

No puedo vivir sin él.

Y llora silenciosa pero amargamente.

La mujer dice:

–     ¿Lo ves?

Así siempre hace.

Y sobre todo cuando no hay nada que lo distraiga completamente.

El sábado le es un tormento.

Tengo miedo de que se me muera.

–     No.

Tengo otro niño huérfano.

Estaba flacucho y triste.

Ahora vive con una buena mujer de Betsaida.

Tiene la seguridad de no estar separado de sus padres.

Y con esto ha reflorecido en su cuerpo y en su corazón.

Así le pasará al tuyo.

Estará más tranquilo con lo que le diré.

Con el tiempo que es un buen médico y con verte más tranquila,

sin preocupación por lo que tendrán que comer.

Adiós mujer.

Debo llegar antes del crepúsculo del atardecer, para esperar a mis apóstoles.

Ven, José.

Despídete de tu mamá, tus hermanitos y tu abuelita.

Y luego alcánzame corriendo.

Jesús se va.

Mannaém le dice:

–      ¿Y qué vas a decir a los apóstoles?

–      Que tengo conmigo a un viejo discípulo y a uno nuevo.

Se dirige a atravesar el poblado de Corozaín, para tomar la salida a Cafarnaúm. 

Está lleno de gente.

Un grupo de hombres detiene a Jesús,

diciéndole:

–     ¿Ya te vas?

¿No te quedas el sábado?

–      No.

Voy a Cafarnaúm.

–      Sin habernos dicho una sola palabra durante toda la semana.

¿No somos dignos de ella?

–      ¿No os he dado la mejor predicación durante seis días?

Varios preguntan al mismo tiempo:

–      ¿Cuándo?

–      ¿A quién?

–      A todos.

Desde el banco de la carpintería.

Durante estos días he predicado que al prójimo, se le debe amar…

Y ayudar en todos modos.

Especialmente dónde hay personas débiles, como viudas y huérfanos.

Hasta pronto, vosotros de Corozaín.

Meditad durante el sábado esta lección mía.

Y sin esperar contestación…. 

Jesús reanuda su camino, dejando desorientados a los de Corazín.

Pero el niño lo alcanza corriendo.

Y hace que se despierte nuevamente en los lugareños la curiosidad.

Y lo vuelven a detener.

–     ¿Le quitaste ya su hijo a la mujer?

¿Para qué?

–      Para enseñarle a creer que Dios es Padre.

Y que en Dios encontrará también a su padre muerto.

Y también para que aquí, haya alguien que crea en lugar del viejo Isaac.

–       Con tus discípulos hay tres que son de Corozaín.

–      Con los míos.

No aquí.

Este estará aquí.

Hasta pronto.

-Y llevando al niño en medio entre Él y Manahén, reanuda su camino,

y va ligero por la campiña hacia Cafarnaúm;

hablando con Manahén.

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257 LA LUZ DE LA ESPERANZA


249 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Algunos viñadores que pasan por el huerto cargados de cestas de uva, dorada como si fuera de ámbar,

ven a los apóstoles…

Y les preguntan:

–      ¿Sois peregrinos o forasteros?

Santiago de Zebedeo responde: 

–       Galileos y peregrinos hacia el Carmelo.

El cual como sus compañeros pescadores, se está desentumeciendo las piernas,

para terminar de eliminar un resto de somnolencia.

Judas y Mateo se están despertando, tendidos sobre la hierba.

Los ancianos sin embargo, cansados todavía duermen.

Jesús habla con Juan de Endor y Hermasteo.

María y María Cleofás están al lado, pero guardan silencio.

Los viñadores dicen:

–       ¿Venís de lejos?

–       La última etapa que hemos hecho ha sido Cesárea.

Antes hemos estado en Sicaminón, y más allá incluso.

Venimos de Cafarnaúm.  

El viñador dice admirado: 

–      ¡Qué camino más largo en esta estación del año!

¿Por qué no habéis venido a nuestra casa?

Yo soy Gamala, está allí, ¿La veis?

Os habríamos dado agua fresca para reponeros.

Y comida, de aquí de la tierra pero buena.

Venid ahora.

–      Vamos a reanudar la marcha.

Que Dios os lo pague igual. 

Otro campesino con tono semiserio, 

les dice: 

–      El Carmelo no huye en un carro de fuego como su profeta.

Y el primero comenta: 

–      Ya no viene ningún carro del Cielo a llevarse a los profetas.

Ya no hay profetas en Israel.

Se dice que Juan ha muerto ya.  

–      ¡¿Muerto?!

¿Cuándo?

–       Eso han dicho algunos que venían del otro lado del Jordán.

¿Lo venerabais?

–      Éramos discípulos suyos.

–      ¿Por qué lo dejasteis?

–      Para seguir al Cordero de Dios.

Al Mesías que Juan anunció.

Israel todavía tiene a este profeta.

¡Y para llevárselo al Cielo con el honor que requiere,

haría falta mucho más que un carro de fuego!

¿No creéis en el Mesías?

–      ¿Qué si creemos?

Hemos decidido que una vez que hayamos terminado la recolección iremos en su busca.

Se dice que obedece con celo la Ley y va al Templo en las solemnidades prescritas.

Iremos pronto para los Tabernáculos.

Estaremos todos los días en el Templo para verlo.

Y, si no lo encontramos, iremos a buscarlo hasta que lo encontremos.

Vosotros que lo conocéis, decidnos

¡Es verdad que está en Cafarnaúm casi siempre?

¿Es verdad que es alto, joven, de tez clara, rubio?

¿Y que tiene una voz distinta de todos los demás hombres, con la cual toca los corazones?

¿Y hasta los animales y las plantas la oyen?

–       Todos los corazones menos los de los fariseos, Gamala; ésos se han endurecido más.

–       No son ni siquiera animales.

Son demonios, incluido el que se llama como yo.

Pero, decidnos: ¿Es verdad que es así y que es tan bueno que habla con todos;

consuela a todos, cura las enfermedades y convierte a los pecadores?

–       ¿Esto creéis?

–       Sí, pero querríamos saberlo de vosotros que le seguís.

¡Si nos llevarais a Él!

–      ¿Pero no tenéis que ocuparos de las viñas?

–       Tenemos que cuidar también el alma, que es más que las viñas.

¿Está en Cafarnaúm?

Forzando el camino, en diez días podríamos ir y volver…

–       El que buscáis está ahí.

Ha descansado en vuestro huerto y ahora está hablando con aquel anciano y aquel joven.

A su lado tiene a su Madre y a la hermana de su Madre.

–       ¿Aquél?…

–       ¡Oh!…

–       ¿Qué se hace?

Se quedan petrificados del estupor.

Son todo ojos para mirar.

Su vitalidad está enteramente concentrada en sus pupilas.

Pedro los pincha:

–       ¿Entonces?

¡Tanto deseo como teníais de verlo y ahora no os movéis?

¿Os habéis convertido en sal

–      No…

–     Es que…

–      ¿Pero es tan sencillo el Mesías?

–      ¿Cómo queríais que fuera?

¿Queríais que estuviera sentado en un trono fulgurante y envuelto en regio manto?

¿Pensabais que fuera un nuevo Asuero?

–      No…

–     Pero…

–     ¡tan sencillo… siendo tan santo!

–     Es muy sencillo porque es santo, hombre.

Bien, vamos a hacerlo de otra forma…  

Y Pedro grita: 

–      ¡Maestro!

Perdona, ven aquí a hacer un milagro.

–       Aquí hay unos hombres que te buscan…

Y que se han quedado petrificados al verte.

Ven a restituirles el movimiento y la palabra.

Jesús, que al oír que lo llamaban se ha vuelto.

Se levanta, sonriendo.

Y viene hacia los viñadores, que lo miran tan estupefactos que parecen asustados.

Jesús llega a donde están.

Y los saluda diciendo: 

–       Paz a vosotros.

¿Me buscabais? Aquí estoy

Y hace el gesto habitual de abrir los brazos tendiéndolos hacia ellos un poco, 

como para ofrecerse.

Los viñadores caen a sus pies, de rodillas.

Y guardan silencio.

Jesús dice con dulzura:

–       No temáis.

Decidme qué queréis.

Le ofrecen las cestas llenas de uvas, sin decirle nada.

Jesús admira la espléndida fruta.

Y diciendo «gracias», alarga una mano para coger un racimo.

Y empieza a comer las uvas.  

Gamala suspira admirado: 

–       ¡Dios altísimo!

¡Come como nosotros! 

Es imposible no echarse a reír por esta salida.

También Jesús sonríe más marcadamente.

Y casi como si quisiera pedir disculpa, 

dice:

–       ¡Soy el Hijo del hombre!

El gesto de Jesús ha vencido el entorpecimiento extático.

Y Gamala dice:

–      ¿Por qué no entras en nuestra casa…?

¿Al menos hasta que empiece a atardecer?

Somos muchos porque somos siete hermanos, con las respectivas esposas e hijos.

Y luego los ancianos, que esperan en paz la muerte. 

Jesús responde: 

–      Vamos.

Vosotros llamad a los compañeros y venid detrás.  

Y volviéndose a las discípulas: 

–       Madre, ven con María.

Jesús se pone en marcha, detrás de los campesinos, que ya se han levantado.

Y ahora caminan un poco al sesgo para verlo caminar.

El sendero, entre los troncos de los árboles unidos con las vides, es estrecho.

Llegan pronto a la casa.

O más exactamente a las casas, porque se trata de un pequeño cuadrado de viviendas.

En el centro hay un patio común, amplio, con un pozo.

Se accede al patio a través de un largo pasillo, que hace de vestíbulo.

Y que durante la noche se cierra con una pesada puerta.  

Al entrar, Jesús dice: 

–       Paz a esta casa y a los que en ella viven.

Levantando la mano para bendecir.

Luego la baja para acariciar a

 n niño pequeño medio desnudo que lo mira extático y que está muy hermoso,

con su camisita sin mangas, medio caída

y que deja al descubierto uno de los hombros regordetes;

erguido sobre sus piecitos desnudos, con un dedito en la boca…

Y una corteza de pan untado en aceite en la otra mano.  

Gamala explica: 

–       Es David, el hijo de mi hermano menor

Mientras otro de los viñadores entra en la vivienda más cercana para advertir;

luego sale y entra en otra.

Y así todas.

De forma que se asoman rostros de todas las edades y luego se retiran…

Para volver después de un rápido aseo.

Sentado a la sombra de una techumbre en saledizo, protegida por una higuera gigantesca,

está un anciano con su bastoncito entre las manos.

Ni siquiera levanta la cabeza, como si no tuviera interés por nada.  

Gamala explica: 

–       Es nuestro padre.

Uno de los ancianos de la casa, porque también la mujer de Jacob ha traído aquí a su padre, que está solo.

Y luego está también la anciana madre de Lía, la más joven de las esposas.

Nuestro padre es ciego.

Le ha venido el velo a las pupilas

¡Mucho sol en los campos!

¡Mucho calor de la tierra!

¡Pobre padre!

Está muy triste, pero es muy bueno.

Está esperando a los nietos, que son su única alegría.

Jesús va donde el anciano.  

Y le dice: 

–       Dios te bendiga, padre. 

El hombre responde: 

–      Quienquiera que seas, que Dios te pague tu bendición.

Alzando la cabeza en dirección a la voz.  

Jesús hace ademán de no decir quién es el que habla… 

Y pregunta con dulzura: 

–       Dura condición la tuya, ¿verdad? 

–       Viene de Dios.

Después de tantos bienes como me ha dado durante mi larga vida.

De la misma forma que he tomado de Dios el bien, debo recibir la desventura de la vista.

A fin de cuentas, no es eterna.

Sobre el seno de Abraham concluirá.

–       Es como dices.

Peor sería si estuviera ciega el alma.

–       Siempre he tratado de tenerla con vista.

–       ¿Cómo lo has hecho?

–       Eres joven… 

Tú que me estás hablando; tu voz lo dice.

¿No serás como esos jóvenes de ahora!

Que están todos ciegos porque viven sin religión, ¿No?

Considera que no creer y no cumplir lo que Dios ha dicho, es una gran desventura.

Te lo dice un viejo, muchacho.

Si abandonas la Ley, serás un ciego aquí y en la otra vida.

No verás jamás a Dios.

Porque llegará un día en que el Mesías Redentor nos abrirá las puertas de Dios.

Yo soy demasiado viejo para poder ver este día en este mundo.

Pero lo veré desde el seno de Abraham.

Por eso no me quejo de nada, porque espero con estas sombras; 

expiar lo que de ingrato a Dios puedo haber cometido.

Y merecerlo en la vida eterna.

Pero tú eres joven.

Sé fiel hijo, de forma que puedas ver al Mesías.

Porque el tiempo está próximo

El Bautista lo ha dicho.

Tú lo verás.

Pero si tienes el alma ciega, serás como aquellos de que habla Isaías:

tendrás ojos pero no verás.  

Jesús le pone una mano en la blanca cabeza.  

Y pregunta: 

–       ¿Querrías verlo, padre? 

–       Querría verlo.

Sí. Pero prefiero irme de este mundo sin verlo;

antes que verlo yo y que mis hijos no lo reconozcan.

Yo poseo todavía la antigua fe y me basta.

Ellos… ¡El mundo de ahora!…

–       Padre, ve pues al Mesías.

La marcha hacia tu ocaso se vea coronada de júbilo. 

Y Jesús desliza su mano desde los blancos cabellos por la frente,

hasta el barbado mentón del anciano; 

como si fuera una caricia;

Y se agacha para ponerse a la altura del rostro senil.  

El hombre grita asombrado: 

–       ¡Oh, Altísimo Señor!

¡Veo!… Veo…

¿Quién eres, con ese rostro desconocido y no obstante, familiar;

como si te hubiera visto antes?…

Pero… ¡Qué estúpido soy!

¡Tú, que me has devuelto la vista, eres el Mesías bendito!

¡Oh!….

El anciano llora sobre las manos de Jesús que ha tomado entre las suyas. 

Y las llena de besos y lágrimas.

Toda la parentela está revolucionada.

Jesús libera una mano y acaricia otra vez al anciano,

mientras dice:

–       Sí, soy Yo.

Ven, para que además de mi cara conozcas mi Palabra.

Y se dirige hacia una escalera que conduce a una terraza umbría,

cubierta toda de sombra por una tupida parra.

Todos lo  siguen.

Jesús empieza a hablar: 

–      Había prometido a mis discípulos que hablaría de la esperanza….

Y que la explicaría con una parábola.

Pues bien, aquí tenéis la parábola:

Este anciano israelita

El Padre de los Cielos me proporciona el objeto de nuestro tema, para enseñaros a todos,

la gran virtud que, como los brazos de un yugo, sujeta la Fe y la caridad.

Suave yugo.

Patíbulo de la Humanidad como el brazo transversal de la cruz;

trono de la salvación como el apoyo de la serpiente salvífica levantada en el desierto.

Patíbulo de la Humanidad.

Puente del alma para alzar el vuelo y desplegarlo en la Luz.

Si está colocada entre la indispensable Fe y la perfectísima caridad;

es porque sin la esperanza no puede haber Fe y sin esperanza muere la caridad.

Fe presupone esperanza segura.

¿Cómo se puede creer que se llegará a Dios, si no se espera en su bondad?

¿Cómo mantenerse a flote en la vida, si no se espera en una eternidad?

¿Cómo se podrá perseverar en la justicia

si no nos anima la  esperanza

de que Dios vea todas nuestras buenas acciones y nos premiará por ellas?

De la misma forma,

¿Cómo hacer vivir la caridad si no hay esperanza en nosotros?

La esperanza precede a la caridad y la prepara.

Porque un hombre necesita esperar para poder amar.

Los desesperados ya no aman.

Ésta es la escalera, hecha de peldaños y barandilla: la Fe, los peldaños;

la esperanza, la barandilla;

arriba está la caridad y a ella se sube mediante las otras dos.

El hombre espera para creer, cree para amar.

Este hombre ha sabido esperar.

Nació.

Era un niño de Israel como todos los demás

Fue creciendo con las mismas enseñanzas que los demás.

Llegó a hijo de la Ley, como todos los demás.

Se hizo un hombre. Se casó.

Fue padre. Envejeció.

Siempre esperando en las promesas hechas a los patriarcas…

Y repetidas por los profetas.

En la ancianidad las sombras han velado sus pupilas, mas no su corazón,;

donde la esperanza ha estado siempre encendida; la esperanza de ver a Dios.

Ver a Dios en la otra vida.

Y, dentro de la esperanza de la visión eterna;

otra esperanza, más íntima y entrañable: “ver al Mesías”.

Y me ha dicho, no sabiendo quién era el joven que le hablaba

“Si abandonas la Ley, serás un ciego en la Tierra y en el Cielo.

Ni verás a Dios ni reconocerás al Mesías”.

Ha hablado sabiamente.

Al  presente, en Israel hay muchos ciegos.

Ya no tienen esperanza,

porque la rebelión a la Ley la ha matado en su interior. 

Rebelión es en efecto, aunque esté encubierta por paramentos sagrados;

siempre que no hay aceptación íntegra de la palabra de Dios.

Digo “de Dios”;

no se trata de una aceptación de los aditamentos puestos por el hombre;

que por ser demasiados y todos humanos;

sufren la desatención de los mismos que los pusieron;

mientras que las demás personas los cumplen de forma mecánica, de mala gana, con fatiga…

Y sin fruto alguno

Ya no tienen esperanza;

antes bien, se muestran sarcásticos con las verdades eternas.

No tienen ya, por tanto, ni Fe ni caridad.

El divino yugo, que Dios ha dado al hombre

para que haga de él obediencia y mérito;

ALMAS VÍCTIMAS Y CORREDENTORAS

la celeste cruz que Dios ha dado al hombre como exorcismo contra las serpientes del Mal;

para obtener salvación de ella.

Han perdido su brazo transversal, el que sujetaba la cándida llama y la llama roja:

la Fe y la caridad.

Y las tinieblas han bajado a los corazones.

Este anciano me ha dicho:

“Gran desventura es no creer y no hacer lo que Dios ha indicado”.

Es verdad.

Os lo confirmo.

Es peor que la ceguera material, la cual incluso puede ser curada,

para dar al justo la alegría de ver de nuevo el sol,

los prados y los frutos de la tierra, el rostro de los hijos y nietos.

Y sobre todo, lo que era la esperanza de su esperanza:

“Ver al Mesías del Señor”.

Quisiera que una virtud semejante latiera en el corazón de todo Israel;

especialmente en el de los más instruidos en la Ley.

No basta haber vivido en el Templo o haber pertenecido a él;

no basta saber de memoria las palabras del Libro;

es necesario saber hacerlas vida de nuestra vida mediante las tres virtudes divinas.

Tenéis un ejemplo: donde estas virtudes viven todo es suave, incluso la desventura;

porque el yugo de Dios es siempre ligero, pesa sobre el cuerpo, pero no debilita el espíritu.

Id en paz, vosotros que os quedáis aquí, en esta casa de buenos israelitas

ve en paz, anciano padre;

del amor de Dios a ti tienes certeza;

termina tu justa jornada depositando tu sabiduría en el corazón de los pequeñuelos,

que llevan tu misma sangre.

No puedo quedarme aquí más tiempo;

pero queda mi bendición entre estas paredes copiosas en gracias

como los racimos de esta vid.

Jesús querría marcharse ya,

pero se ve obligado a detenerse al menos para poder conocer a esta tribu de todas las edades.

Y para recibir cuanto le quieren dar…

Tanto que los talegos de viaje acaban panzudos como odres.

Luego puede reanudar el camino,

por un atajo que va entre plantas de vid;

indicado por los viñadores,

los cuales no lo dejan sino cuando llegan a la vía de primer orden,

Desde la cual es visible ya un poblado,

donde Jesús con los suyos,  podrán pasar la noche.

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254 DESPRECIO CLASISTA


254 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús y Santiago han bajado por la pendiente del Carmelo, hasta  llegar a un cruce de caminos  de la llanura de Esdrelón,

Donde se encuentran los discípulos en torno a una hoguera bien alimentada,

que resplandece en las primeras sombras del anochecer,

Jesús pregunta: 

–      ¿Qué hacéis, amigos, junto a este fuego?

Los apóstoles, que no le habían visto llegar, se sobresaltan.

Y se olvidan del fuego para recibir con aclamaciones al Maestro,

como si hiciera un siglo que no lo vieran.

Luego explican:

–      ¡Oh, Maestro!

Hemos resuelto una cuestión entre dos hermanos de Yizreel.

Y de tan contentos como se han puesto, nos han regalado cada uno un cordero.

Hemos decidido asarlos y dárselos a los campesinos de Doras.

Miqueas de Yocaná los ha degollado y preparado.

Ahora los vamos a poner a que se asen.

Tu Madre con María y Susana han ido a advertir a los de Doras, para que

vengan cuando se haga de noche, cuando ya a esas horas,

el administrador se encierra en la casa a emborracharse. 

Las mujeres llaman menos la atención…

Hemos tratado de verlos pasando como viandantes por los campos, pero poco se ha hecho.

Habíamos decidido reunirnos esta noche aquí y decir…

algo más, para el alma.

Y poner los medios para que se sintieran bien, también en lo corporal,

como has hecho Tú las otras veces.

Pero, ahora que estás Tú, será más interesante.

–     ¿Quién iba a hablar?

Pedro comenta: 

–      ¡Bueno pues, todos un poco!

Así, como si fuera una cosa espontánea, familiar.

No somos capaces de más.

Y mucho más si se tiene en cuenta que Juan, el Zelote y Tadeo no quieren hablar.

Tampoco Judas de Simón.

También Bartolomé está evitando hablar…

Incluso hemos discutido por este motivo… 

–      ¿Y por qué no quieren hablar estos cinco?

–      Juan y Simón porque dicen que no está bien que siempre sean ellos…

Tu hermano Tadeo porque quiere que hable yo, porque  dice que no empiezo nunca…

Bartolomé porque…

Porque tiene miedo a hablar demasiado como maestro y a no saberlos convencer.

Como ves son excusas…

Jesús mirando a Judas,

le pregunta: 

–       ¿Y tú, Judas de Simón, por qué no quieres hablar?

–      ¡Por las mismas razones que los demás!

Por todas al mismo tiempo, porque todas son justas…

–      Muchas razones.

Y una no ha sido dicha.

Ahora juzgo Yo…

Y con juicio inapelable.

Tú, Simón de Jonás hablarás, como lo juzgó Judas Tadeo, que dice sabiamente.

Y tú, Judas de Simón, también hablarás.

Así una de las muchas razones, que Dios conoce y también tú, dejará de existir.  

Judas trata de rebatir: 

–      Maestro…

Piénsalo, no se trata de nada.

Créeme que no hay más… 

Pero la voz de Pedro le interrumpe:

–      ¡Oh, Señor!

¿Yo hablar estando Tú?

¡No soy capaz!

Temo que te rías…

–      No quieres estar solo…

No quieres estar conmigo…

¿Qué quieres entonces?

–      Tienes razón.

Pero es que… ¿Qué digo?

–      Mira tu hermano;

está viniendo con los corderos.

Ayúdale, y mientras los asas piensas en ello.

Todo sirve para encontrar temas.  

Pedro pregunta incrédulo: 

–      ¿Incluso un cordero en el fuego? 

–       Incluso.

Obedece.

Pedro emite un fuerte suspiro, verdaderamente conmovedor, pero no replica más.

Se acerca donde Andrés, le ayuda a ensartar a los animales en una estaca puntiaguda;

que servirá de asador. y su cara refleja una gran preocupación…

Y se pone a cuidar del asado con una concentración en el rostro

que le hace asemejarse a un juez en el momento de la sentencia.

Jesús ordena: 

–      Vamos a recibir a las mujeres, Judas de Simón.

Y se pone en camino, a su encuentro, en dirección a los campos sin vida de Doras.  

Después de unos minutos y sin ningún preámbulo,

Jesús dice:

–      Un buen discípulo…

No desprecia lo que su Maestro no desprecia, Judas.

La soberbia y la hipocresía de Judas, lo impulsan inmediatamente,

a contestar: 

Judas con posesión diabólica perfecta… 

–       Maestro…

No es que desprecie, lo que pasa es que, como Bartolomé, siento que no me entenderían.

Y prefiero no hablar.

–      Nathanael lo hace por miedo a no cumplir mi deseo de iluminar y consolar los corazones.

Hace mal también, porque le falta confianza en el Señor.

Pero tu caso es mucho peor…

Porque no es que tengas miedo a no ser comprendido.

Sino desdén de hacerte entender de pobres campesinos ignorantes de todo,

menos de la virtud.

En ésta verdaderamente superan a muchos de vosotros.

No has entendido nada todavía, Judas.

El Evangelio es realmente la Buena Nueva comunicada a los pobres,

enfermos, esclavos, afligidos.

Luego será también de los demás.

Pero se da precisamente para que los infelices, de todo tipo de infelicidad,

para reciban ayuda y consuelo.

Judas baja la cabeza y no responde nada.

En este preciso instante…

María, María Cleofás y Susana salen de entre una espesura.

Jesús las saluda: 

–       ¡Hola, Madre!

¡Paz a vosotras, mujeres!

La sonrisa de la Madre es radiante,

y responde amorosa: : 

–       ¡Hijo mío!

He ido a ver a esos… torturados.

Pero he recibido una noticia que sirve para que mi sufrimiento no exceda los límites.

Doras se ha liberado de estas tierras y han pasado a Yocaná.

No es que sea un paraíso, pero ya no es aquel infierno.

Hoy se lo ha dicho a los campesinos el administrador.

El ya se ha marchado, llevándose en los carros hasta el último grano de trigo.

De forma que ha dejado a todos sin comer.

Y como además, el vigilante de Yocaná, hoy tiene comida solamente para los suyos;

pues los de Doras se habrían tenido que quedar sin comer.

¡Ha sido verdaderamente providencia esos corderos!

–       También es providencia el que no sean ya de Doras.

Susana está muy indignada,

cuando dice: 

–      Hemos visto sus chozas…

Son unos horrorosos cuchitriles… 

María Cleofás concluye:

–      ¡Están tan contentos todos esos pobrecillos! .

Jesús responde: 

–      También Yo estoy contento.

En todo caso, estarán mejor que antes. 

Y vuelve hacia donde están los apóstoles.

Regresan todos al lugar donde se cocinan los corderos, en medio de espesas columnas de humo.

Juan de Endor lo alcanza, con unas ánforas de agua que lleva junto con Hermasteo.

Saludan a Jesús postrándose…

Y explica: 

–      Nos las han dado los de Yocaná.

Vuelven todos al lugar en que están siendo asados los dos corderos;

entre densas nubes de humo untuoso.

Pedro sigue dando vueltas a su asado… 

 Está muy concentrado en el fuego, mientras sigue pensando…

Y dando vueltas a su espitón.

Sin embargo, Judas Tadeo, teniendo abrazado por la cintura a su hermano Santiago; 

va y viene caminando mientras habla muy animadamente.

Los otros tienen diversas ocupaciones…

Quién trae más leña, quién prepara la mesa según su ingenio (!),

trayendo voluminosas piedras para que hagan de asiento o de mesa… 

En esto, llegan los campesinos de Doras.

Más delgados y harapientos que la última vez.

¡Y, sin embargo, qué felices!

Son unos veinte.

No hay ni siquiera un niño ni una mujer: sólo hombres pobres y solos…

Jesús les da la bienvenida:

–     Paz a todos vosotros.

Bendigamos juntos al Señor por haberos dado un amo mejor.

Bendigámoslo orando por la conversión del que tanto os ha hecho sufrir.

¿No es verdad?

Al abuelo de Margziam,

le pregunta amoroso: 

–      ¿Te sientes feliz, anciano padre?

Yo también.

Podré venir más a menudo con el niño.

¿Ya te han puesto al corriente?

¿Lloras de alegría, verdad?

Ven, ven, sin miedo…

El anciano le besa las manos inclinándose mucho, y llora.

Y susurra:

–       «No pido nada más al Altísimo.

Me ha dado más de cuanto esperaba.

Ahora quisiera morir, por miedo a vivir todavía el tiempo para volver a mi sufrimiento».

Muy asombrados al principio por estar con el Maestro,

los campesinos se sienten pronto serenos y seguros.

De forma que cuando traen los corderos y los ponen sobre unas hojas grandes,

colocadas encima de las piedras que habían traído antes.

Luego los dividen y ponen cada una de las partes encima de unas tortas de pan, poco gruesas

pero grandes, que sirven de plato.

Están ya más relajados y tranquilos, dentro de su simplicidad.

Y se ponen a comer con ganas para saciar toda el hambre acumulada;

mientras cuentan los últimos acontecimientos.

Uno dice:

–       Siempre he maldecido langostas, topos y hormigas;

pero desde ahora los voy a ver como mensajeros del Señor,

porque por ellos dejamos este infierno.

Y a pesar de que comparar hormigas y langostas con los ejércitos angélicos sea un poco fuerte,

ninguno ríe porque todos sienten el drama que se esconde bajo esas palabras.

La llama ilumina este grupo de personas, pero las caras no miran a la llama.

Y pocos miran a lo que tienen delante.

Todos los ojos convergen hacia el rostro de Jesús.

Sólo se distraen unos momentos cuando María de Alfeo, que se ocupa de dividir los corderos,

pone más carne en los panes de los hambrientos campesinos

y termina su obra envolviendo dos muslos asados en otras hojas grandes

Mientras le dice al anciano padre de Margziam:

–       Ten.

Así tendréis también un bocado para cada uno mañana.

Entretanto, el vigilante de Yocaná proveerá.

–       Pero vosotros…

–       Iremos más ligeros.

Toma, toma, hombre.

El fuego ilumina esta reunión.

Terminan de comer y de los dos corderos, solo quedan los huesos descarnados…

Y un fuerte olor a grasa que sigue quemándose sobre la leña, que poco a poco se va apagando.

Y en su lugar, entran los rayos luminosos de la luna.

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248 LA FLOR DE GRECIA


248 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Mientras esperan, Síntica, que lleva el vestido que ayer tenía la Magdalena;

besa los pies de sus amas como se obstina en llamarlas;

a pesar de que ellas le digan que no es ni su sierva ni su esclava,

sino sólo su huésped en nombre de Jesús.

A una pregunta de Noemí, la nodriza de Magdalena…

la Virgen muestra el precioso taleguillo de la púrpura.

Y pregunta cómo se puede hilar ese mechón cuyos cortísimos filamentos,

no admiten ni humedad ni torsión.

Noemí explica:

–      No se usa así, Mujer.

Se pulveriza y se usa como cualquier otra tintura.

Esto es la bava de la concha, no es una hebra ni un pelo.

¿Ves qué quebradiza es ahora que está seca?

La tienes que reducir a polvo fino, luego la pasas por un tamiz;

para que no quede ningún fragmento largo, que mancharía el hilado o el paño.

Es mejor si tiñes el hilado en madejas.

Una vez segura de que esté completamente pulverizada…

La deslías como se hace con la cochinilla, el azafrán o el polvo de añil.

O con otros polvos de otras cortezas, raíces o frutos, y luego la usas.

Fija el color con vinagre fuerte para el último aclarado.  

La Virgen responde:

–        Gracias, Noemí.  

Seguiré tus indicaciones.

He bordado con hilos teñidos de púrpura, pero me los habían dado ya preparados…

Ya está ahí Jesús.

Llega la hora de despedirnos.

Os bendigo a todas en el nombre del Señor.

Id en paz y llevad la

paz y la alegría a Lázaro.

Adiós, María. Recuerda que lloraste sobre mi pecho tu primer llanto dichoso.

Por eso soy para ti madre, porque una pequeñuela llora su primer llanto sobre el pecho de su mamá.

Soy para ti madre, y lo seré siempre.

Lo que te resulte duro de manifestar incluso a la más dulce hermana…

O a la más amorosa nodriza, ven a decírmelo a mí; te comprenderé siempre.

Si hay algo que, por estar impregnado de una humanidad que en ti Jesús no quiere,

no te atreves a decírselo a Él, ven a decírmelo a mí; me mostraré siempre compasiva contigo.

Y si quieres hablarme también de tus victorias.

Aunque prefiero que se

las presentes a Él, cual fragantes flores, porque El, no yo, es tu Salvador

Exultaré contigo.

Adiós, Marta.

Ahora te marchas feliz y te mantendrás en esta felicidad sobrenatural.

Por tanto, sólo necesitas progresar en la justicia,

en medio de esa paz por nada en ti ya perturbada.

Hazlo por amor a Jesús,

que te ha amado incluso queriendo a ésta que quieres sin reservas.

Adiós, Noemí.

Ve con tu tesoro recuperado.

Tú dabas a María tu leche en alimento.

Nútrete ahora con las palabras que ella y Marta te digan.

Ve en mi Hijo mucho más que un exorcista, que libera a los corazones del Mal.

Adiós, Síntica, flor de Grecia;

que has sabido por ti misma sentir que hay algo más que la carne.

Florece ahora en Dios y sé la primera de las nuevas flores de la Grecia de Cristo.

Me siento muy dichosa de despedirme de vosotras viéndoos unidas así.

Os bendigo con amor.

Ya se oye cercano el rumor de los pasos.

Levantan el tupido toldo y ven a Jesús a dos metros del carro.

Bajan, en medio del sol ardiente que invade el camino.

María de Magdala se arrodilla a los pies de Jesús,

y dice:

–       Te doy gracias por todo.

Muchas gracias por haberme permitido realizar este peregrinaje.

Sólo Tú eres sabio.

Parto despojada de las reliquias de la María del pasado.

Bendíceme, Señor, para fortalecerme más.

Jesús responde:

–       Sí, te bendigo.

Goza de la compañía de tus hermanos; con tus hermanos;

fórmate cada vez más en Mí.

Adiós, María.

Adiós, Marta.

Dile a Lázaro que lo bendigo.

Os confío esta mujer… 

 No os la doy.

Es discípula mía.

Quiero que le deis un mínimo de capacidad de entender mi doctrina.

Luego iré Yo.

Noemí, te bendigo, y también a vosotras dos.

A Marta y María se les humedecen los ojos.

El Zelote las saluda personalmente y les da un escrito para su sirviente.

Los demás las saludan conjuntamente.

Y el carro se pone en movimiento.

Jesús dice a los suyos:

-Vamos a buscar algo de sombra.

Que Dios las acompañe…

Jesús mira a su tía y pregunta:

–       ¿Tanto te entristece, María, el que se hayan marchado? –

Porque María de Alfeo, lora toda en silencio.

Y ella dice:

–      Sí. Eran muy buenas…

–      Las volveremos a ver pronto.

Y, numéricamente, más.

Tendrás muchas hermanas…

O hijas, si lo prefieres.

Amor es tanto el materno como el fraterno – la consuela  Jesús. 

Judas murmura:

–       Con tal de que no cree conflictos…

–      ¿Conflictos amarse?

–      No.

Conflictos el tener a personas de otra raza y de otra proveniencia.

–       Te refieres a Síntica?

–       Sí, Maestro.

A fin de cuentas, era propiedad del romano.

Y no es lícito apoderarse de ella.

Ello lo incitará contra nosotros y nos atraeremos el rigor de Poncio Pilatos.

–      Pero… 

¿Qué le va a importar a Pilatos el que uno de sus subordinados pierda una esclava?

¡Sabrá cómo es!

Si es un poco honesto, como se piensa, al menos en familia,

dirá que esta mujer ha hecho bien en escaparse.

Y si es un deshonesto dirá:

“Te está bien empleado. Así quizás la encuentro yo”.

Los deshonestos no son sensibles a las penas ajenas.

Pedro dice:

–       ¡Y además… pobre Poncio…!

Con la lata que le damos, fíjate tú si no va a tener otra cosa que hacer;

que perder el tiempo con la pataleta de uno que deja que se le escape una esclava!

Y muchos de los presentes le dan la razón, mientras ridiculizan las rabietas del lúbrico romano.

Pero Jesús lleva la cuestión a un nivel más alto.  

Y pregunta:

–       Judas.

¿Conoces el Deuteronomio?

–      Seguro, Maestro.

Y además -lo digo convencido- como pocos.

–      ¿Cómo lo juzgas?

–      Vehículo de la voz de Dios.

–      ¿Vehículo?

Entonces repetidor de la palabra de Dios, ¿No

–      Exactamente.

–      Has juzgado bien.

Entonces, ¿Por qué no juzgas que se deba hacer lo que ordena?

–      No he dicho nunca eso.

Es más, me parece que precisamente nosotros, siguiendo la nueva Ley; 

lo desatendemos demasiado.

–      La nueva Ley es el fruto de la antigua,.

O sea, es la perfección alcanzada por el árbol de la Fe.

Pero ninguno de nosotros lo desatiende, que Yo sepa.

Soy el primero que lo respeta y que impide que otros lo desatiendan.

Jesús es muy incisivo al decir estas palabras.

Y añade:

–       El Deuteronomio es intocable.

Incluso cuando triunfe mi Reino y con mi Reino la nueva Ley. 

Con sus nuevos códigos y disposiciones, seguirá aplicándose en los nuevos dictámenes;

de la misma forma que los sillares de las antiguas construcciones se usan para las nuevas.

Porque son piedras perfectas con que se hacen fuertes murallas.

Pero todavía no ha llegado mi Reino y Yo, como fiel israelita, no ofendo al libro mosaico,

ni lo desatiendo, porque es base de mi modo de actuar y de mi enseñanza.

Sobre la base del Hombre y del Maestro;

el Hijo del Padre edifica la celeste construcción de su Naturaleza y Sabiduría.

En el Deuteronomio está escrito:

“No entregarás a su amo el esclavo que ha buscado refugio en ti. 

Vivirá contigo donde él quiera, estará tranquilo en una de tus ciudades, no lo molestarás”.

Esto en el caso de que uno se vea obligado a huir de una esclavitud inhumana.

En mi caso, en el de Síntica, la fuga no persigue una libertad limitada,

sino la libertad ilimitada del Hijo de Dios.

¿Y pretendes que a esta alondra que ha huido del lazo de los cazadores,

le meta de nuevo el cordel y la devuelva a su prisión para quitarle no sólo la libertad,

sino también la esperanza?

¡No! ¡Jamás!

Bendigo a Dios porque como el viaje a Endor trajo a este hijo al Padre

el viaje a Cesárea ha traído a esta criatura a Mí, para que la lleve al Padre.

En Sicaminón os hablé del poder de la Fe;

hoy os voy a hablar de la luz de la Esperanza.

Mas ahora, a la sombra de este tupido huerto, detengámonos a comer y descansar.

Porque el sol arde como si el infierno estuviera abierto.

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247 PEDRO Y SU PARÁBOLA


247 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Y de nuevo en camino, volviendo hacia el este, en dirección a los campos.

Ahora los apóstoles y los dos discípulos están con María Cleofás (María de Alfeo) y con Susana.

Caminan algunos metros detrás de Jesús;

que va con su Madre y las dos hermanas de Lázaro.

concentrados en una animada conversación…

Los apóstoles por el contrario, avanzan callados y no  hablan: parecen cansados o deprimidos.

No les llama la atención ni siquiera la belleza de los campos, que lucen verdaderamente espléndidos:

con sus leves ondulaciones arrojadas a la llanura,

como si fueran cojines verdes a los pies de un rey gigante;

con sus collados de poca altura, esparcidos acá o allá,

anunciadores de las cadenas del Carmelo y de Samaria.

Tanto en la llanura, la reina del lugar;

como en el decorado de sus pequeñas colinas y ondulaciones,

se ve todo un florecer de hierba y madurar de fruta. 

Pues es la famosa llanura de Sarón, tan celebrada en las Sagradas Escrituras. 

Evidentemente abunda el agua en este lugar, porque a pesar de la región y el período del año,

está demasiado pujante como para no tener copiosidad de agua.

Comprendo ahora por qué la Sagrada Escritura,

menciona tantas veces con entusiasmo la llanura de Sarón.

Pero los apóstoles no comparten de ninguna manera este entusiasmo,

y caminan como si estuvieran un poco malhumorados:

son los únicos de malhumor en este día sereno y en esta hermosa y rica comarca.

Muy bien conservada, la vía consular, con su cinta blanca, corta esta campiña fertilísima.

Y dado que es temprano;

todavía es fácil encontrarse con campesinos cargados de productos del campo,

o viajeros que van a Cesárea.

Uno, que alcanza con una recua de asnos cargados de sacos a los apóstoles.

Y los obliga a apartarse para dejar paso a la caravana asnal;

pregunta con arrogancia:

–      ¿El Kisón está aquí?

Tomás responde secamente: 

–      Más atrás.    

Y barbota entre dientes: « ¡Idiota ignorante!».

Felipe responde:

–      ¡Es un samaritano!

¡Ya está dicho todo! 

Vuelven a sumergirse en el silencio.

Después de avanzar otro trecho, así, como si estuviera terminando una conversación interna,

Pedro dice:

–      ¡Para lo que ha servido!

¡Pues sí que valía la pena recorrer tanto camino!…

Santiago de Zebedeo confirma: 

–       ¡Sí, eso!

¿Para qué hemos ido a Cesárea si luego no ha dicho una palabra?

Yo pensaba que es que quería hacer algún milagro sorprendente, para convencer a los romanos.

Sin embargo… 

Tomás: 

–      Nos ha expuesto en la picota y nada más. 

Y Judas echa leña al fuego:

–      Y nos ha hecho sufrir.

A Él le gustan las ofensas y piensa que nos gustan también a nosotros.  

Simón Zelote con mesura, 

observa: 

–      La verdad…

Es que quien ha sufrido más en este caso, ha sido María de Teófilo.   

Judas responde exasperado: 

–       ¡María! ¡María!

¿Es que ahora es el centro del universo, María?

Sólo sufre ella, sólo ella es heroica, sólo se la debe formar a ella.

¡De haberlo sabido hubiera sido ladrón y homicida!.

Para ser luego objeto de tantas atenciones. 

Santiago de Alfeo: 

–      Verdaderamente la otra vez que vinimos a Cesárea;

que hizo un milagro y evangelizó… 

Lo torturamos con nuestros descontentos por haberlo hecho.  

Juan replica muy serio: 

–      Es que no sabemos lo que queremos…

Hace una cosa y rezongamos;

hace lo contrario y rezongamos. Somos imperfectos. 

Judas de Keriot con sorna, 

dice: 

–       ¡Ya habló el otro sabio!

Una cosa es cierta: hace tiempo que no se hace nada provechoso.  

Tadeo: 

–       ¿Nada, Judas?

¿Y esa griega…! 

¿Hermasteo, Abel y María y…? 

Obsesionado por la idea de un triunfo terreno,

Judas replica fastidiado: 

–       No será con estas nulidades…

Con los que El fundará su Reino

–       Judas…

Te ruego que no juzgues las obras de mi Hermano.

Es una ridícula pretensión.

Un niño que quiere juzgar a su maestro, por no decir:

“Una nulidad que quiere ponerse en alto.”

Judas Tadeo, e1 cual, aunque tiene en común el nombre;

también tiene una indomable antipatía hacia su homónimo.

Judas responde con arrogancia,

y un gran sarcasmo: 

–       Te agradezco que te hayas limitado a llamarme niño.

Verdaderamente, después de haber vivido en el Templo,

creía que se me consideraba al menos mayor de edad. 

 Andrés suspira profundamente,

y dice: 

–      ¡Qué gravosas se hacen estas discusiones! 

Mateo comenta: 

–       ¡Verdaderamente!

En vez de unirnos a medida que vamos viviendo más tiempo juntos… 

Nos separamos.

¡Y pensar que en Sicaminón dijo que teníamos que estar unidos al rebaño!…

¿Cómo lo vamos a estar, si ya entre pastores no lo estamos? –

Judas: 

–       ¿Entonces no se debe hablar?

¿Jamás expresar nuestro pensamiento?

¡No creo que seamos esclavos!…

Zelote dice con severidad: 

–       No, Judas,

No somos esclavos.

Pero sí somos indignos de seguirle, porque no lo comprendemos.   

–       Yo lo comprendo maravillosamente.

-No. No lo comprendes.

Y contigo no lo comprenden en mayor o menor grado todos los que lo critican.

Comprender es obedecer sin discutir;

por estar persuadidos de la santidad de quien va a la cabeza.

–       ¡Ah, te refieres a comprender su santidad…

¡Yo decía sus palabras!

Su santidad no se pone en duda, ni se podría poner…  

Se apresura a decir Judas de Keriot.  

Mateo: 

–      ¿Y puedes separar ésta de aquéllas?

Un santo será siempre posesor de la Sabiduría y sus palabras serán sabias.

–       Eso es verdad.

Pero algunos actos suyos son perjudiciales.

Admito que por exceso de santidad, claro.

Pero el mundo no es santo.

Y E1 se busca complicaciones.

Ahora, por ejemplo, este filisteo y esta griega.

¿Crees que nos van a beneficiar?

Hermasteo dice compungido: 

–       Si voy a causar algún perjuicio, me marcho

Había venido con la idea de darle honor y de hacer algo correcto.

Santiago de Alfeo, le responde: 

–       Si te marcharas por este motivo, le causarías un dolor.

–      Daré a entender que he cambiado de idea.

Voy a saludarlo y…

Me marcho.

Pedro reacciona inmediatamente:

–     ¡No, no!

Tú no te marchas.

No es justo que, por nerviosismos ajenos, el Maestro pierda un discípulo bueno.

Con displicencia evidente,

Judas dice: 

–       Pues si se quiere ir por tan poca cosa…

Es señal de que no está seguro de lo que quiere;

por tanto, déjalo que se marche

Pedro pierde la paciencia:

–       Le prometí…

Cuando me dio a Margziam, que sería paterno con todos.

Y siento faltar a la promesa.

Pero es que me obligas.

Hermasteo está aquí y aquí se quedará.

¿Sabes lo que tengo que decirte?

Que eres tú quien perturba las voluntades de los demás y las hace vacilar.

Divides y creas desorden, eso es lo que haces.

¡Y deberías avergonzarte!

–       ¿Qué eres?

¿El protector de los…?

–       ¡Sí, señor!

Tú lo has dicho.

Sé a lo que te refieres…  

El apasionado Pedro, comienza una diatriba contra Judas, que todos aprueban en silencio-

Y Pedro se lanza sin control: 

“Protector de la Velada, protector de Juan de Endor, protector de Hermasteo; 

protector de aquella esclava, protector de todos los que encuentra Jesús;

aunque no sean los espléndidos ejemplares excelsos del Templo;

los elementos construidos con la sagrada argamasa y las telarañas del Templo.

Los pabilos con olor a cera de las lámparas del Templo.

Los… como tú, en definitiva; para hacer más clara la parábola;

porque, si el Templo es mucho -a menos que yo me haya vuelto imbécil-

el Maestro es más que el Templo y tú le faltas…

Pedro grita tanto,

que Jesús se detiene y se vuelve,

Y hace ademán de dejar a las mujeres y regresar atrás

Juan  se preocupa: 

–       ¡Lo ha oído!

¡Ahora se va a entristecer!

Tomás dice apresurado: 

–       No, Maestro.

No vengas.

Discutíamos… para matar el aburrimiento del camino.

Pero Jesús se detiene y espera a que lleguen donde Él.

Cuando lo alcanzan,

les pregunta: 

–       ¿De qué discutíais?

¿Os voy a tener que decir otra vez, que las mujeres os preceden?

La dulce corrección toca el corazón de todos.

Callan y agachan la cabeza.

Jesús prosigue:

–       ¡Amigos, amigos!

¡No seáis objeto de escándalo para los que están naciendo ahora a la Luz!

¡No sabéis que una imperfección vuestra!

¿Perjudica a la redención de un pagano o de un pecador;

más que todos los errores del paganismo?

Ninguno responde.

Porque no saben qué decir para justificarse o para no acusar.

Y la marcha continúa.

Junto a un puente de un torrente seco, está parado el carro de las hermanas de Lázaro.

Los dos caballos pastan la abundante hierba de las márgenes del torrente…

Que ha estado seco desde hace poco; por tanto, tiene las orillas bien nutridas de hierba.

Maximino el sirviente de Marta y otro hombre que es el conductor del carro,

están en el margen guijarroso.

Y las mujeres dentro del carro, completamente cubierto por un tupido toldo,

hecho con pieles curtidas, que caen, a manera de gruesas cortinas, hasta el suelo del carro.

Las mujeres discípulas aceleran el paso en dirección a él.

Maximino es el primero que las ve, avisa a la nodriza.

El conductor se apresura a llevar los caballos a las varas.

Entretanto, Maximino va corriendo hacia sus señoras..

Y les hace una reverencia muy pronunciada.

La anciana nodriza, una mujer de buen tipo y tez aceitunada, de aspecto agradable;

baja presurosa y se dirige hacia sus amas.

Pero María de Mágdala le dice algo…

Y ella va inmediatamente donde la Virgen,

diciendo:

–       Perdona…

Pero es que siento una alegría tan grande de verla, que sólo la veo a ella.

Ven, bendita

El sol quema.

Dentro del carro hay sombra.

Y suben todas en espera de los hombres, que vienen muy retrasados.

Porque el sol arde como si el infierno estuviera abierto.

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241 LA TÚNICA PÚRPURA


241 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

La gente de Sicaminón, movida por la curiosidad de ver, en espera del Maestro, ha estado asediando todo el día el lugar en que están asentados los discípulos.

Jesús ya tiene un par de días ausente, con todos los discípulos y… 

Las discípulas mientras tanto, no han perdido el tiempo;

se han dedicado a lavar la ropa, polvorienta y sudada.

Así pues, en la pequeña playa hay toda una alegre exposición de ropa secándose al viento y al sol.

Ahora, que está cercano el atardecer.

Y con él se percibe ya la humedad salobreña, del pequeño lugar donde se hospedan; 

se apresuran a recoger la ropa, aunque esté todavía un poco húmeda.

Y a sacudirla y estirarla en todas las direcciones antes de doblarla;

para que los respectivos propietarios la encuentren bien ordenada.

María de Alfeo.

dice: 

–       Vamos a llevarle a María enseguida su ropa. 

¡Ha estado muy sacrificada ayer y hoy en ese cuartito sin aire!…».

Y desde que se fueron María de Magdala, propietaria de un solo vestido, que además es prestado;

ha tenido que estar escondida hasta que estuviera seco.

Susana responde:

–       ¡Menos mal que no se queja nunca!

No pensaba que fuera tan buena y paciente.  

Salomé:

–      Y tan humilde, debes decir.  

La Virgen:

–       Y reservada. ¡Pobre hija!

¡Verdaderamente era el diablo el que la atormentaba!

Una vez que mi Jesús la ha librado, ha vuelto a ser ella como sin duda era de niña.

Y hablando entre ellas vuelven a casa a llevar la ropa lavada.

Entretanto en la cocina, Marta trabaja en preparar las viandas.

La Virgen está limpiando las verduras en una olla de cobre y poniéndolas a hervir para la cena.

Entregándole el vestido de Magdalena a Martha,

Susana dice:

–       Aquí está.

Todo ya seco, limpio y doblado.

Hacía falta.

Ve donde María y dale su ropa

Pasa un rato y las dos hermanas vuelven juntas.   

Martha:

–      Gracias a las dos.

Magdalena sonriendo,

dice:

–      El sacrificio del vestido sin cambiar desde hace días… 

Me era el más penoso.

Ahora me siento toda fresca.  

Martha le aconseja:

–       Sal afuera a sentarte.

Esta haciendo un agradable viento y te vendrá muy bien después de tanto tiempo encerrada. 

Marta, la cual, siendo menos alta y de formas menos esculturales que su hermana;

ha podido ponerse un vestido de Susana o de  María de Alfeo mientras su ropa se lavaba.

Magdalena dice:

–       Esta vez se ha hecho así.

Pero para el futuro nos haremos nuestra pequeña alforja como las demás y no tendremos esta incomodidad. 

María de Alfeo:

–      ¿Cómo?

¿Tienes intención de seguirlo como nosotras?

–       Por supuesto.

A menos que Él me ordene lo contrario.

Ahora voy a la orilla del mar a ver si vienen.

¿Vuelven esta tarde?  

La Virgen responde:

–       Eso espero. 

Estoy preocupada porque ha ido a Fenicia.

Pero pienso que está con los apóstoles. 

Y también que los fenicios quizás son mejores que otros muchos.

Pero querría que volviera, incluso por la gente que lo está esperando.

Cuando he ido a la fuente, una mujer me detuvo para decirme: 

“¿Estás con el Maestro galileo, al que llaman el Mesías?

Ven entonces y mira cómo está mi hijo.

Hace un año que le atormenta la fiebre”.

He entrado en una casita.

¡Pobre criatura! ¡Parecía una florecilla agonizante!

Se lo diré a Jesús.  

Martha añade:

–       Hay otros también que piden igualmente la curación.

Más curación que enseñanza.

La Mamá responde:

–       El hombre difícilmente es todo espiritual.

Siente con mayor fuerza la llamada de la carne y sus necesidades.

–       Pero muchos…

Después del milagro, nacen a la vida del espíritu.

–       Sí, Marta.

Y ese también es un motivo por el que mi Hijo hace tantos milagros.

Por bondad hacia el hombre, pero también para atraerlo, con ese medio, a este camino suyo…

Que, si no, demasiados no lo seguirían.  

Magdalena se va a su mirador para ver si vuelven las barcas…

Juan de Endor por su mala salud, no acompañó a los apóstoles y con él, vienen muchos discípulos;

acercándose a sus respectivas casas

Casi al mismo tiempo, regresa la Magdalena,

diciendo:

–       Están llegando.

Son las cinco barcas que zarparon al alba de ayer.

Las he reconocido muy bien. 

María de Alfeo recoge unas ánforas y sale,

diciendo:

–       Estarán cansados y sedientos.

Voy por más agua.

La fuente es muy fresca.

La Virgen invita:

–       Venid…

Vamos a recibir a Jesús. 

Y sale con la Magdalena y Juan de Endor.

Porque Marta y Susana se quedan trabajando en los fuegos,

rojas y muy ocupadas de ultimar la cena.  

Llegan hasta el pequeño espigón, donde pueden observar el movimiento marítimo de la zona.

Porque costeando la orilla, donde ya otros barcos de pesca, están detenidos,

atracados en uno de los muelles pequeños, que están a lo largo de las entradas al  puerto de la ciudad de Sidón  

Los tres que están esperando a los viajeros, muy atentos en el pequeño muro frente al Mar…

Desde su punta se ve bien todo el golfo, así como la ciudad de que recibe el nombre.

Mientras tanto las barcas, se ven a lo lejos, cómo están regresando.

Y se ven también las cinco barcas que avanzan ligeras, un poco inclinadas por la veloz marcha.

Con la vela bien tirante debido a un ligero viento boreal que favorece a las barcas…

Y alivia a los hombres fatigados por el calor estival   

Juan de Endor,

comenta:

–       Mirad qué bien se manejan Simón y los otros.

Siguen que es una maravilla la barca del guía.

Fijaos, ya han sobrepasado la rompiente;

ahora se internan hacia mar abierto;

para rodear la corriente, que es fuerte en ese punto.

Fijaos…

Ahora va todo bien.

Dentro de poco estarán aquí.

En efecto, las barcas se van acercando cada vez más…

Y ya se puede ver a los que navegan en ellas.

Jesús viene en la primera, junto con Isaac.

Se ha puesto en pie y su alta estatura se manifiesta en toda su majestuosidad,

hasta que la vela al arriarla, lo esconde durante unos minutos.

Dado que la barca virando, pasa de proa a costado, para entrar y ponerse al amparo del muelle,

pasando así frente a los que los esperan y saludan con la mano, desde encima del espigón..

Jesús los  saluda con una sonrisa…

Y ellos empiezan a caminar apresurados, para llegar al punto de arribo cuando la barca se detenga.  

Cuando Jesús pone pie en el andén…

María lo saluda,

diciendo:

–      ¡Dios te bendiga, Hijo!  

Jesús responde:

–      Dios te bendiga, Mamá.

¿Has estado preocupada?

En Sidón no encontramos a quien buscábamos, así que hemos ido hasta Tiro.

Allí hemos encontrado a este jovencito, amigo de nuestro Juan y nuevo discípulo. 

Volviéndose, lo llama:

–       Ven, Hermasteo…

Y presentándolo, agrega:

–       Mira, Juan…

Este joven quiere ser adoctrinado.

Te le confío.

Juan de Endor,

responde emocionado:

–      Lo adoctrinaré sobre tu palabra. 

No te defraudaré.

¡Gracias, Maestro!

Hay muchos que te están esperando. 

La Virgen añade:

–       Hay también un pobre niño enfermo,

Hijo mío. La madre te espera ansiosa.

–       Voy enseguida a verla. 

Juan de Endor interviene:

–     Sé quién es, Maestro.

Te acompaño. Ven, Hermasteo;

así empezarás a conocer la bondad infinita de nuestro Señor –

Bajan: de la segunda barca, Pedro;

de la tercera, Santiago;

de la cuarta, Andrés;

de la quinta, Juan. 

!Los cuatro pilotos navegantes!

Seguidos luego por los otros apóstoles o discípulos que venían con ellos.

Ahora todos se agolpan alrededor de Jesús y María.  

Jesús indica:

–       Id a casa.

Vuelvo enseguida.

Preparad, entretanto, lo necesario para la cena.

Y decid a las personas que están esperando que al anochecer hablaré. 

Pedro pregunta:

–       ¿Y si hay enfermos?

–       Primero los curaré.

Incluso antes de la cena, para que puedan regresar a sus casas felices.

Se separan:

Jesús va con el hombre de Endor y Hermasteo hacia la ciudad.

Los demás vuelven por el camino de la playa guijarrosa, narrando todo lo que han visto y oído.

Contentos como niños que regresaran con sus mamás.

También Judas de Keriot está contento.

Enseña todas las limosnas que le han dado los pescadores de púrpura;

sobre todo, un buen taleguillo de la preciosa materia.  

Y dice a María:

–       Esto para el Maestro.

Si no la lleva El, ¿Quién la podría llevar?

Me llamaron aparte y me dijeron: “Tenemos madréporas de valor en la barca.” 

¡Y fíjate! También me dieron una perla.  

dijeron:

“Un verdadero tesoro.

No sé cómo hemos tenido tanta suerte.  

Te las regalamos con mucho gusto para el Maestro.

Ven a verlas”

Fui, dado que me lo habían pedido, mientras el Maestro estaba retirado en una gruta orando.

Eran corales bellísimos

Y una perla… no grande pero sí bonita.

Les dije: “No os privéis de estas cosas.

El Maestro no lleva ninguna joya.

Más bien, dadme un poco de esa púrpura, para embellecer su túnica.

Tenían este montoncito.

Se empeñaron en dármela toda.

Ten, Madre, haz con ella un bonito trabajo, como tú sabes hacer, para nuestro Señor.

¡Pero hazlo!

Si se da cuenta, querrá que se venda para los pobres.

Y queremos verlo vestido como merece;

¿No es verdad?  

Pedro lo apoya:

–       ¡Sí, sí, cierto!

Yo sufro cuando lo veo vestido con esa simplicidad en medio de otros…

Él, que es Rey…

Mientras que ellos son peor que esclavos.

Y todos emperifollados y acicalados.

¡Y lo miran como a un pobre, indigno de ellos!  

Andrés confirma:

–      ¿Te diste cuenta de cómo se reían esos…?

¡’señores‘ de Tiro cuando nos estábamos despidiendo de los pescadores?  

Santiago de Zebedeo añade:

–       Les dije:

“¡Os debería dar vergüenza ¿Perros! que es lo que sois!

ÉL vale más un hilo de su túnica blanca, que no todos vuestras joyas y vestiduras ostentosas” 

Tadeo  agrega:

–       Yo quisiera…

Dado que le han dado esto a Judas; 

que lo preparases para los Tabernáculos. 

Mientras la Virgen toca las séricas hebras, esponjosas;

de regio y espléndido color.  

María responde admirándolas:

–       Nunca he hilado con la púrpura.

Pero lo intentaré, a ver si soy capaz. 

 Magdalena da su opinión conocedora en cosas finas y bellas,

diciendo: 

–      La que fue mi nodriza es experta en esto.

La encontraremos en Cesárea.

Te enseñará.

Aprenderás enseguida porque tú sabes hacer todo bien.

Yo haría una cenefa para el cuello, para las bocamangas y para la parte baja de la túnica:

púrpura sobre lino o lana blanquísimos, con palmas y rosetones, como los de los mármoles del Santo.

Y con el nudo de David en el centro.

Estaría muy bien y se le verá perfecto. 

Marta agrega:

–       Nuestra madre hizo ese dibujo.

Por lo bonito que era, en la túnica destinada a Lázaro; 

para el viaje de toma de posesión de sus tierras de Siria.

Lo he conservado porque fue la última labor de nuestra madre.

Te lo mandaré.  

María responde:

–       Lo haré orando por vuestra madre.

En esto, han llegado ya a las casas.

Los apóstoles se reparten para reunir a los que esperan al Maestro,

especialmente a los enfermos…

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221 LA NUEVA DISCÍPULA


221 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Ha vuelto el cielo sereno sobre el mar de Galilea.

Todo está incluso más hermoso que antes de la tormenta, porque ha quedado limpio de polvo.

El aire presenta una nitidez absoluta.

Y el ojo, mirando al firmamento, recibe la impresión de que haya sido retirado, hecho más ligero…

un velo casi transparente extendido entre la tierra y los fulgores del Paraíso.

El lago refleja este azul perfecto y sosegado con sus aguas de turquesa.

Está comenzando la aurora.

Jesús con María, Marta y Magdalena, sube a la barca de Pedro y Andrés;

también Simón Zelote, Felipe y Bartolomé.

Mateo, Tomás, los primos de Jesús y Judas Iscariote están, sin embargo, en la barca de Santiago y Juan.

Se enfilan hacia Betsaida: un breve trayecto favorecido por el viento.

En pocos minutos hacen el recorrido.

Cuando están ya para llegar,

Jesús dice a Bartolomé y al inseparable Felipe:

–     Iréis a avisar a vuestras mujeres e hijas.

Hoy visitare vuestra casa.

Y mira fijamente a los dos en manera elocuente.  

Felipe contesta: 

–    Así lo haremos, Maestro.

Y Bartolomé pregunta: 

–    ¿No nos vas a conceder ni a mí ni a Felipe hospedarte?

–     Nos detendremos sólo hasta la puesta del sol.

Y no quiero privar a Simón Pedro de la delicia de estar con Margziam.

La barca roza en la orilla y se detiene.

Bajan.

Felipe y Bartolomé se separan de los compañeros para ir al pueblo.

Pedro, que ha sido el primero en bajar y está a un lado de Jesús,

pregunta: 

–     ¿A dónde van esos dos? 

Jesús responde: 

–     A avisar a sus mujeres e hijas.

–     Voy yo también entonces a avisar a Porfiria.

–     No hace falta.

Porfiria es tan buena que no hace falta prepararla para nada.

Su corazón sólo sabe dar dulzura.

A Simón Pedro se le ilumina el rostro al oír la alabanza a su esposa y no dice nada más.

Entretanto han bajado también las mujeres, para ellas han puesto una tabla como puente.

Y todos se dirigen hacia la casa de Simón

El primero que los ve es Margziam, que en ese momento estaba saliendo con sus ovejas;

para llevarlas a pastar a la hierba fresca de las primeras pendientes de Betsaida.

El niño da el anuncio de esta visita con un grito de alegría.

Y corre a refugiarse en el pecho de Jesús, que se inclina para besarlo.

Luego va a Pedro.

Porfiria viene diligentemente, con las manos llenas de harina.

Y se inclina para saludar.  

Jesús dice: 

–     Paz a ti, Porfiria.

¿No nos esperabas tan pronto, verdad?

Es que te he querido traer a mi Madre y a dos discípulas, además de mi bendición.

Mi Madre deseaba ver de nuevo al niño…

Ahí está ya entre sus brazos.

Y las discípulas querían conocerte… 

Y Jesús las presenta: 

–    Ésta es la esposa de Simón…

La discípula buena y silenciosa, más activa en su obediencia que muchos otros.

Éstas son Marta y María de Betania.

Dos hermanas. Quereos.

Porfiria, muy sonriente responde: 

–     ¡Oh, Maestro!…

A las personas que Tú traes, las quiero más que a mi propia sangre.

Ven.

Mi casa se embellece cada vez que pones pie en ella.

María se acerca sonriente y abraza a Porfiria,

diciéndole:

–     Veo que tienes en ti verdaderamente viva la maternidad.

El niño ha prosperado y se le ve feliz.

Gracias.

–     ¡Oh, Mujer más bendita que ninguna otra!

Sé que por ti he recibido la alegría de ser llamada mamá.

Te digo que no te daré el dolor de no serlo con todo lo mejor que hay en mí.

Pasa, pasa con las hermanas…

Margziam mira con curiosidad a la Magdalena.

En su cabeza se forma todo un torbellino de pensamientos.

Al final dice:

–     Pero…

En Betania no estabas…

Magdalena se ruboriza intensamente y muy sonriente,

contesta: 

–     No estaba.

Pero ahora estaré siempre.

Y acaricia al niño,

mientras le pregunta:

–    ¿Me amarás….?

¿A pesar de que no nos hayamos conocido hasta ahora?  

Margziam contesta: 

–    ¡Claro que sí!

Ya te amo, porque también te llamas María…

Y porque eres buena. ¿Has llorado, verdad?

Por eso eres buena. ¿Te llamas María, verdad?

También mi mamá se llamaba así y era buena.

Todas las mujeres que se llaman María son buenas.

Pero… -agrega para no entristecer a Marta y a Porfiria…

Pero también hay mujeres buenas que tienen otro nombre. Tu mamá cómo se llamaba?

–     Euqueria…

Y era muy buena… 

Dos lagrimones caen de los ojos de María de Magdala.

Margziam le acaricia las manos, que Magdalena  tiene cruzadas sobre el vestido oscuro,

y le pregunta: 

–     ¿Lloras porque ha muerto? – 

Y añade:

No debes llorar. ¿Sabes?, no estamos solos.

Nuestras mamás están siempre a nuestro lado.

Lo dice Jesús.

Y son como ángeles custodios. Esto también lo dice Jesús.

Y, si somos buenos, vienen a nuestro encuentro cuando morimos y subimos a Dios en brazos de nuestras mamás.

Es verdad ¿Eh? ¡Lo ha dicho Él!

María de Magdala abraza fuertemente al pequeño consolador.

Y lo besa diciendo:

–    Reza entonces para que yo sea buena de esa forma».

–    ¿Pero no lo eres?

Con Jesús van sólo los que son buenos…

Y si uno no es del todo bueno progresa hasta serlo, para poder ser discípulos de Jesús;

porque no se puede enseñar si no se sabe.

No se puede decir “perdona” si primero no perdonamos nosotros.

No se puede decir: “Tienes que amar a tu prójimo”, si antes no lo amamos nosotros.

¿Sabes la Oración de Jesús?

–     No.

–     ¡Ah, claro!

¡Es que hace poco que estás con Él!

Es muy bonita, ¿Sabes?

Dice todo esto.

Escucha qué bonita es.

Y Margziam dice lentamente el “Pater noster”, con sentimiento y fe.

–     ¡Qué bien la sabes! – dice admirada María de Magdala.

–     Me la han enseñado mi mamá por la noche…

Y la Mamá de Jesús durante el día.

Si quieres te la enseño.

¿Quieres venir conmigo?

Las ovejitas balan. Tienen hambre.

Ahora las llevo al pasto. Ven conmigo.

Te enseño a rezar y así serás buena del todo.

Y la toma de la mano.

–     Pero, no sé si el Maestro quiere…  

Jesús la anima:  

–     Ve, ve, María.

Tienes a un inocente por amigo y corderitos…

Ve. Serenamente.

María de Magdala sale con el niño y se le ve alejarse precedida de las tres ovejitas.

Jesús mira…

Y también los otros.  

Martha dice: 

–     ¡Pobre hermana mía! 

Jesús observa: 

–     No la compadezcas.

Es una flor que está enderezando su tallo después del huracán.

¿Oyes?… Ríe…

La inocencia siempre conforta.

Mientras resuena en el aire, la risa cantarina de María de Mágdala…

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220 PARÁBOLA DE LOS PECES


220 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Están todos reunidos en la espaciosa habitación de arriba.

El violento temporal se ha resuelto en una lluvia persistente, ora leve hasta casi desaparecer,

ora intensa con repentina furia.

El lago, de ninguna manera, está hoy azul:

sino amarillento con estrías de espuma en los momentos de viento y aguacero;

gris plúmbico con espumas blancas, en las pausas del turbión.

Las colinas -todas chorreando agua, con las frondas tan cargadas de lluvia…

Que todavía están plegadas, algunas ramas colgando quebradas por el viento,

muchas hojas arrancadas por el granizo, muestran regatillos por todas partes.

Aguas amarillentas que llevan al lago hojas, piedras y tierra arrancada a sus pendientes.

La luz ha quedado turbia, verdosa.

En la habitación están, sentadas junto a una ventana que abre un panorama a las colinas;

María con Marta, la Magdalena y otras dos mujeres que charlan sosegadamente.

Sin duda, más que la Magdalena que está muy quieta, cabizbaja, pensativa, entre la Virgen y Marta

Se han vuelto a poner los vestidos que han sido secados al fuego y cepillados, para quitarles el barro.

La Virgen se ha puesto su vestido de lana azul marino.

la Magdalena tiene uno prestado, corto y estrecho para ella, que es alta y bien modelada.

Trata de remediar la escasez del vestido envolviéndose en el manto de su hermana.

Y se ha recogido la cabellera en dos gruesas trenzas anudadas a la altura de la nuca,

porque para sostener ese peso no bastan de ninguna manera, las pocas horquillas que ha podido juntar en ese momento.

En efecto, ella siempre ayuda a las horquillas con una cinta fina, que le sirve también casi de sutil diadema,

cuyo color paja se pierde en el oro de sus cabellos.

En el otro lado de la habitación, sentados unos en taburetes y otros en los alféizares de las ventanas,

están Jesús con los apóstoles y el dueño de la casa.

Falta el sirviente de Marta.

Pedro y los otros pescadores están estudiando el tiempo,

haciendo pronósticos para el día siguiente.

Jesús escucha, o responde, a unos o a otros.  

Santiago de Zebedeo,  mirando un momento hacia las mujeres.,

comenta: 

–     Si lo hubiera sabido,

le habría dicho a mi madre que viniera.

Conviene que esta mujer se sienta enseguida relajada con las compañeras

Tadeo mira a su hermano Santiago,

y pregunta: 

 –     ¡Ya!

¡Si lo hubiéramos sabido!…

Pero, ¿Y por qué mamá no ha venido con María?

Santiago de Alfeo responde: 

–     No lo sé.

Eso me pregunto también yo.

–     ¿No será que se siente mal?

–     María lo habría dicho.

–     Yo se lo pregunto –

Y Judas Tadeo va donde las mujeres.

Se oye la respuesta de la cristalina voz,

de María:

–     Está bien.

He sido yo, que le he ahorrado la paliza de este calor.

Nos hemos fugado como dos niñas, ¿No es verdad, María?

María llegó ya de noche y al alba hemos salido.

Sólo le he dicho a Alfeo: “Aquí está la llave. Volveré pronto. Díselo a María”.

Y he venido.  

Jesús agrega: 

–     Volveremos juntos, Madre.

Iremos todos juntos por la Galilea.

En cuanto el tiempo esté bien y María tenga un vestido.

Acompañaremos a las hermanas,, hasta el camino más seguro.

Así las conocerán también Porfiria, Susana y vuestras mujeres e hijas, Felipe y Bartolomé.

Dice: «las conocerán» y ello es exquisito.

Es por no decir: «conocerán a María».

También es fuerte, y abate todas las prevenciones y restricciones mentales, de los apóstoles hacia la redimida.

La impone, venciendo las resistencias de ellos, la vergüenza de ella y todo.

A Marta se le ilumina el rostro.

María Magdalena se ruboriza y mira suplicante, agradecida, turbada…

Sólo ella sabe, lo que piensa y siente…

María Santísima sonríe con su delicada sonrisa.  

Pedro pregunta:

–     ¿A qué lugar vamos a ir, Maestro?

–      A Betsaida.

Luego a Magdala, a Tiberíades, a Caná, a Nazaret.

Desde allí, por Jaffa y Semerón, iremos a Belén de Galilea, luego a Sicaminón y a Cesárea…

Un acceso de llanto de la Magdalena, interrumpe a Jesús.

Levanta la cabeza, la mira…

Y sigue hablando como si no hubiera sucedido nada:  

–     En Cesárea encontraréis vuestro carro.

Así se lo he ordenado al sirviente.

Iréis a Betania.

Nos volveremos a ver para los Tabernáculos.

Las principales fiestas hebreas, son:

La Pascua, que se celebraba durante el plenilunio de Nisán (marzo-abril)

Estaba seguida por la Pascua suplementaria, en el decimocuarto día del mes sucesivo;

para aquellos que no hubieran podido celebrarla;

Pentecostés o fiesta de las Semanas, cincuenta días después de la Pascua.

Los Tabernáculos o fiesta de las Tiendas, al final de las recolecciones de otoño;

Las Encenias o fiesta de las Luces; también llamada de la Purificación, de la Dedicación del Templo;

celebrada el 25 de Kisléu en Noviembre- Diciembre)

Magdalena recobra la tranquilidad al cabo de poco.

No responde a las preguntas de su hermana.

Sale de la habitación y se retira, rumbo la cocina, durante un tiempo.  

Martha, humilde y apurada,

explica: 

–     María sufre, Jesús.

Al oír que debe ir a ciertas ciudades.

Hay que comprenderla…

Lo digo más por los discípulos que por ti, Maestro.  

Jesús responde: 

–     Es verdad, Marta.

Pero debe suceder.

Si no afronta inmediatamente el mundo….

Si no ahoga ese horrendo tirano del respeto humano… 

Su heroica conversión quedará paralizada.

Por eso lo hará inmediatamente y con nosotros.

Pedro promete: 

–     Con nosotros nadie le dirá nada.

Te lo aseguro por mí y por todos mis compañeros, Marta.  

Tadeo confirma: 

–     ¡Pues claro!

La escudaremos como a una hermana.

María ha dicho que es hermana.

Y hermana será para nosotros. 

Zelote apoya: 

–    Además…

¡Somos todos pecadores!

¡Y el mundo no nos ha concedido inmunidad tampoco a nosotros!

Por tanto comprendemos sus luchas..

LIBRE DEL RESPETO HUMANO

Mateo agrega:   

–     Yo la comprendo más que todos.

En los lugares donde hemos pecado es muy meritorio vivir.

¡Las personas saben quiénes somos!…

Es una tortura.

Pero es también justicia y gloria el resistir allí.

Precisamente porque la potencia de Dios se manifiesta en nosotros con evidencia.

Somos medio de conversiones incluso sin hablar. 

Jesús dice: 

–     Como ves, Marta… 

Todos son comprensivos con tu hermana, todos la quieren.

Y la comprenderán y la querrán cada vez más.

Está llamada a ser signo indicador para muchas almas culpables y medrosas.

Y una gran fuerza también para los buenos.

Señor, enciende mi corazón en el FUEGO de tu AMOR ARDIENTE y ayúdame a AMAR como Tú Quieres que lo haga…

Y es que María, una vez que haya roto las últimas cadenas de su humanidad; será una llama de amor.

No ha hecho otra cosa sino cambiar de dirección, a la exuberancia de su sentimiento.

Ha colocado a nivel sobrenatural esta poderosa facultad de amar que tiene.

Y en este campo hará prodigios, os lo aseguro.

Ahora está todavía turbada;

pero cada día que pase la veréis calmarse y fortalecerse en su nueva vida.

En casa de Simón dije: “Mucho le es perdonado porque ama mucho”.

En verdad os digo ahora que todo le será perdonado; porque amará a su Dios con toda su fuerza;

con toda su alma, con todo su pensamiento, con toda su sangre, con toda su carne…

Hasta el holocausto.  

Andrés suspira, muy profundo,

CORAZÓN ARDIENTE

diciendo: 

–     ¡Dichosa ella, que se ha hecho merecedora de estas palabras!

Quisiera merecerlas también yo… 

Jesús exclama: 

–     ¿Tú?…

¡Pero si ya las mereces!

Ven aquí, pescador mío, que quiero narrarte una parábola, que parece pensada exactamente para ti.   

Martha suplica: 

–     Maestro, espera.

Voy por María.

¡Tiene mucha sed de conocer tu doctrina! …

Mientras Marta sale, los demás colocan los asientos en semicírculo en torno al de Jesús.

Vuelven las dos hermanas….

Y se sientan al lado de María Stma.

Jesús empieza a hablar:

–     Unos pescadores salieron a mar abierto…

Y echaron en el mar su red.

Pasado un tiempo la subieron a bordo.

Trabajaban fatigosamente, por orden de un patrón que les había encargado de la provisión de pescado selecto para su ciudad.

Les había dicho: “De los peces malsanos o de poca calidad no os preocupéis siquiera de sacarlos a tierra.

Devolvedlos al mar.

Otros pescadores los pescarán.

Pero, al ser pescadores de otro patrón, los llevarán a su ciudad:

pues allí se consumen cosas malsanas; cosas que hacen cada vez más abominable, la ciudad de mi enemigo.

Pero, en la mía: bella, luminosa, santa, no debe entrar ninguna cosa malsana”.

Subida pues a bordo la red, los pescadores empezaron su trabajo de discernimiento y selección.

Había muchos peces y de distintos aspectos, tamaños y colores.

Había peces de buen aspecto, pero llenos de espinas, con mal sabor;

con un grueso vientre lleno de lodo, gusanos, hierbas pútrida;

que hacían peor todavía el sabor, ya de por sí malo, de la carne del pez.

Había otros, por el contrario, de aspecto feo, con una cabeza que parecía la fea cara de un delincuente;

o de un monstruo de pesadilla;

pero los pescadores sabían que su carne era exquisita.

Otros, por ser insignificantes, pasaban desapercibidos.

Los pescadores trabajaban y trabajaban.

Ya las cestas estaban repletas de pescado exquisito.

En la red quedaban los peces insignificantes.

“Bueno, las cestas están repletas.

Vamos a tirar todo el resto al mar” dijeron muchos de los pescadores.

Pero uno, que había hablado poco mientras los otros cantaban las magnificencias;

o se burlaban, de todo pez que caía en sus manos, se quedó todavía hurgando en la red.

Y entre las menudencias insignificantes, descubrió todavía dos o tres peces y los puso encima de todo.

Los otros en las cestas. “¿Pero qué haces?” preguntaron los otros.

“Las cestas ya están completas y bien presentadas.

Las echas a perder poniendo encima atravesado, ese pez irrisorio.

Da la impresión de que lo quieres celebrar como el mejor.”

“Dejadme, respondió aquél, que conozco este tipo de peces, sus cualidades y su exquisitez.”

Ésta es la parábola, que termina con la bendición del patrón al pescador paciente, experto y silencioso;

que ha sabido discernir entre la masa los mejores peces.

Escuchad ahora su aplicación.

El soberano de la ciudad bella, luminosa y santa, es el Señor.

La ciudad es el Reino de los Cielos.

Los pescadores, mis apóstoles.

Los peces de la mar, la humanidad, compuesta por todo tipo de personas.

Los peces buenos, los santos.

El patrón de la ciudad abominable es Satanás.

La ciudad abominable, el Infierno.

Sus pescadores son el mundo, la carne, las pasiones malas encarnadas en los siervos de Satanás;

bien sean espirituales (demonios), o humanos (hombres corruptores de sus semejantes).

Los peces malos, la humanidad no digna del Reino de los Cielos: los réprobos.

Entre los pescadores de almas para la Ciudad de Dios,

habrá siempre unos que emularán la capacidad paciente del pescador;

que sabe buscar con perseverancia, en los estratos de la humanidad,

donde sus otros compañeros, más impacientes,

han separado sólo los que aparecían buenos a primera vista.

Y por desgracia, habrá también pescadores que, por ser demasiado distraídos y habladores…

Mientras que el trabajo de discernimiento exige atención y silencio;

para oír las voces de las almas y las indicaciones sobrenaturales;

no verán peces buenos y los perderán.

Y habrá otros que por demasiada intransigencia;

rechazarán a almas que si bien no son perfectas en cuanto a su aspecto exterior

son excelentes en todo lo demás.

No os debe importar que uno de los peces que capturéis para Mí, muestre signos de pasadas luchas…

O presente mutilaciones producidas por muchas causas…

Si su espíritu no está lesionado.

No debe importaros que uno de éstos, por librarse del Enemigo, se haya herido

y se presente con estas heridas;

si su interior da muestras de una clara voluntad de querer ser de Dios.

Almas probadas, almas seguras;

más que esas otras, que son como niñitos protegidos por sus pañales, su cuna y su mamá.

Y que duermen saciados y tranquilos, pero que en el futuro pueden, con la razón, la edad

y las vicisitudes de la vida que van viniendo;

dar dolorosas sorpresas de desviaciones morales.

Os recuerdo la parábola del hijo pródigo.

Oiréis otras parábolas, pues seguiré buscando la manera de infundiros recta inteligencia,

en vuestra manera de distinguir las conciencias y de elegir los modos,

con que guiar las conciencias; que son singulares.

Y cada una por tanto, tiene su modo especial de escuchar y reaccionar, respecto a las tentaciones y las enseñanzas.

No creáis que sea fácil discernir espíritus.

Todo lo contrario.

Se necesita ojo espiritual enteramente iluminado de luz divina;

intelecto penetrado de divina sabiduría infusa; posesión de las virtudes en forma heroica.

En primer lugar la caridad.

Se necesita capacidad de concentrarse en la meditación, porque cada alma es un texto oscuro, que hay que leer y meditar.

Se necesita una unión continua con Dios, olvidando todos los intereses egoístas;

vivir para las almas y para Dios;

superar prevenciones, resentimientos, antipatías;

ser dulces como padres y férreos como guerreros.

Dulces para aconsejar y animar.

Férreos para decir:

“Eso no te es lícito y no lo harás”

O: “Eso se debe hacer y tú lo harás”.

Porque -pensadlo bien- muchas almas serán arrojadas a los estanques infernales.

Pero no serán sólo almas de pecadores.

También habrá almas de pescadores evangélicos:

Las de aquellos que hayan faltado a su ministerio, contribuyendo a la pérdida de muchos espíritus.

Llegará el día, el último de la Tierra, el primero de la Jerusalén completada y eterna;

en que los ángeles, como los pescadores de la parábola, separen a los justos de los malvados;

para que, tras el decreto inexorable del Juez, los buenos pasen al Cielo y los malos al fuego eterno.

Entonces será manifestada la verdad acerca de los pescadores y los pescados.

Caerán las hipocresías y aparecerá el Pueblo de Dios como es;

con sus caudillos y los salvados por los caudillos.

Veremos entonces que muchos de entre los más insignificantes en su aspecto exterior.

O peor: tratados externamente, serán esplendor del Cielo.

Y que los pescadores calmos y pacientes, son los que más han hecho.

Y emitirán resplandor de gemas por el número de sus salvados.

La parábola queda así, dicha y explicada.  

Pedro mira a Andrés.

Lo mira, lo mira…

Luego mira a la Magdalena…

Y pregunta: 

–     ¿Y mi hermano?…

¡Oh! ¡Pero!… –   

Andrés dice con franqueza: 

–     No, Simón.

Respecto a ella no tengo mérito.

Lo ha hecho el Maestro solo.  

Felipe cuestiona: 

–     ¿Pero entonces los otros pescadores?…

¿Los de Satanás, cogen sólo los restos?

Jesús responde: 

–     Tratan de coger los mejores…

Los espíritus capaces de mayor prodigio de Gracia.

Y se sirven para ello de los propios hombres y de las tentaciones de éstos.

¡Hay muchos en el mundo que por un plato de lentejas renuncian a su primogenitura!  

Santiago de Alfeo dice:  

–     Maestro…

El otro día decías que muchos son los que se dejan seducir por cosas del mundo.

¿Serían también éstos de los que pescan para Satanás?

–     Sí, hermano mío.

En aquella parábola, el hombre se dejó seducir por el mucho dinero, que podía proporcionar mucho placer.

Y perdió así todos los derechos al Tesoro del Reino.

En verdad os digo que de cien hombres, sólo la tercera parte sabe resistir a la tentación del oro.

O a otras seducciones.

Y de esta tercera parte sólo la mitad sabe hacerlo heroicamente.

El mundo muere asfixiado, porque se carga voluntariamente de las ataduras del pecado.

Vale más estar despojado de todo, que tener riquezas irrisorias e ilusorias.

Sabed hacer como los joyeros sabios,

que, habiendo tenido noticia de que en un lugar ha sido pescada una perla rarísima;

no se preocupan de conservar en sus cofres muchas joyas modestas,

sino que se liberan de todo, para comprar aquella perla maravillosa.

Bartolomé cuestiona: 

–     ¿Pero entonces…?

¿Por qué Tú mismo estableces diferencias entre las misiones que das a las personas que te siguen?

¿Y dices que debemos considerar las misiones don de Dios?

Deberíamos renunciar también a ellas,

porque respecto al Reino de los Cielos, no son tampoco más que migajas. 

–     No migajas:

Son medios.

Serían migajas, o, más aún, sucias briznas de paja, si vinieran a ser objetivo humano en la vida.

Quienes se afanan para conseguir un puesto con miras a una ganancia human;

hacen de ese puesto, aunque sea santo, una brizna de paja sucia.

Mas si la misión es para vosotros obediente aceptación, gozoso deber, total holocausto;

haréis de ella una perla singularísima.

La misión, si se cumple sin reservas, es holocausto, martirio, gloria.

Chorrea lágrimas, sudor, sangre.

ALMAS VÍCTIMAS Y CORREDENTORAS

Pero forma una corona de eterna majestad real.

–     ¡No hay nada a lo que no sepas responder!

–     ¿Pero, me habéis entendido?

¿Comprendéis lo que digo con comparaciones sacadas de las cosas cotidianas;

iluminadas -eso sí- con una luz sobrenatural, que las hace ilustrativas de cosas eternas?

–     Sí, Maestro.

–     Acordaos entonces del método para instruir a las turbas.

Porque este es uno de los secretos de los escribas y rabíes: recordar.

En verdad os digo que cada uno de vosotros, instruido en la sabiduría de poseer el Reino de los Cielos;

es semejante a un padre de familia que saca de su tesoro aquello que necesita su familia; 

usando cosas viejas y nuevas.

Pero todas con la única finalidad de procurar el bienestar a sus propios hijos.

Ya no llueve.

Dejemos tranquilas a las mujeres.

Vamos donde el anciano Tobías, que está para abrir sus ojos espirituales, en las auroras del más allá.

Paz a vosotras, mujeres.

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