145 MATRIMONIO Y ADULTERIO


145 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Bartolomé se acerca a Jesús diciendo: 

–      Maestro querría decir que hoy es viernes y que esta gente…

No sé si va a tener tiempo de procurarse de comer para mañana o de llegar a sus casas. 

Varios apoyan: 

–     ¡Es verdad!

–     ¡Es viernes! 

Jesús responde: 

–     No importa.

Dios proveerá. De todas formas vamos a decírselo.

Jesús se levanta y va hacia su nuevo puesto. 

O sea, con la gente que está diseminada entre los grupos de árboles.   

Jesús dice: 

–     Lo primero es recordaros que hoy es viernes.

Quien tema no poder llegar a tiempo a su casa y no sea capaz de creer que Dios mañana dará alimento a sus hijos, puede irse inmediatamente.

De modo que no se le haga de noche por el camino.

De toda la gente se levantan unas cincuenta personas.

Todos los demás permanecen donde están.

Jesús sonríe y empieza a hablar:

–     Habéis oído que fue dicho antiguamente: “No cometerás adulterio”.

Los que, de vosotros, ya me han oído en otros lugares, saben que en varias ocasiones he hablado de este pecado.

27. «Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. 
28. Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón. MATEO 5

Pues bien, fijaos, para Mí se trata de un pecado que no toca sólo a una persona sino a dos y tres.

Me explico. El adúltero peca respecto a sí mismo, peca respecto a su cómplice, peca al llevar a su mujer al pecado.

O al marido traicionado, el cual, o la cual, pueden a su vez desesperarse o cometer un delito.

Esto por lo que se refiere al pecado ya consumado.

Pero digo más; digo que no sólo el pecado consumado, sino el deseo de consumarlo, es ya pecado.

¿Qué es el adulterio? Es desear febrilmente a aquel que no es nuestro, o a aquella que no es nuestra.

Se empieza a pecar con el deseo, se continúa con la seducción, se completa con la persuasión, se corona con el acto.

¿Cómo se empieza? Generalmente con una mirada impura.

Esto se enlaza con lo que antes decía.

El ojo impuro ve lo que a los puros les está oculto.

Por el ojo entra la sed en la garganta, el hambre en el cuerpo, la fiebre en la sangre: sed, hambre, fiebre carnales.

Comienza el delirio.

Ahora bien, el que padece este delirio, si el otro – la persona objeto de la mirada – es honesto, se queda sólo, revolcándose en sus carbones encendidos,

O termina difamando, para vengarse; pero si el otro es deshonesto responderá a la mirada, empezando así el descenso hacia el pecado.

Por tanto, os digo: “El que haya mirado a una mujer con deseo, ha cometido ya adulterio con ella, porque su pensamiento ha cometido ya el acto de su deseo”.

Antes que esto, si tu ojo derecho te ha sido motivo de escándalo, sácatelo y arrójalo lejos de ti.

Más te vale quedarte tuerto que hundirte en las tinieblas infernales para siempre.

Y si tu mano derecha ha pecado, ampútala y arrójala. Más te vale tener un miembro menos que pertenecer entero al infierno.

Es verdad que ha sido dicho que los deformes no podrán seguir sirviendo a Dios en el Templo; pero, pasada esta vida, los deformes de nacimiento santos, o los deformes por virtud,

serán más hermosos que los ángeles y servirán a Dios amándolo en el gozo del Cielo. 

Se os dijo también: “Quienquiera que repudie a su mujer le dará libelo de divorcio”.

Pues bien, esto debe ser reprobado. No viene de Dios.

Dios dijo a Adán: “Ésta es la compañera que te he formado. Creced y multiplicaos sobre la tierra, llenadla y dominadla”.

Y Adán, lleno de inteligencia superior porque el pecado todavía no había ofuscado su razón – que había salido de Dios perfecta -, exclamó:

“¡Por fin el hueso de mis huesos y la carne de mi carne! Ésta se llamará Varona, o sea, otro yo, porque fue sacada del hombre.

Por eso el hombre dejará a su padre y a su madre y serán los dos una sola carne”.

Y la eterna Luz, en un creciente esplendor de luces, aprobó con una sonrisa lo que había dicho Adán, lo cual vino a ser la primera, imborrable ley.

Pues bien, el hecho de que, por la dureza cada vez mayor del hombre, el legislador tuviera que estatuir un nuevo código;

el hecho de que, por la versatilidad cada vez mayor del hombre, tuviera que poner un freno y decir: “Pero si la has repudiado no puedes volver a tomarla”;

ello no cancela la primera, genuina ley, nacida en el Paraíso terrenal y aprobada por Dios.

Os digo: “Quienquiera que repudie a su propia mujer, excepto el caso de probado adulterio y fornicación, la expone al adulterio”.

Porque, efectivamente, ¿Qué hará en el noventa por ciento de los casos la mujer repudiada? Se casará de nuevo.

¿Con qué consecuencias? ¡Mucho habría que decir acerca de esto! ¿No sabéis que podéis provocar con este sistema incestos involuntarios?

¡Cuántas lágrimas derramadas por la lujuria! Sí, lujuria. No tiene otro nombre. Sed francos.

Todo se puede superar cuando el espíritu es recto, mas todo se presta a ser motivo de satisfacción de la carnalidad cuando el espíritu es lujurioso.

La frigidez femenina, la pesadez de ella, la falta de habilidad respecto a las labores de la casa, la lengua criticona, el amor al lujo…

Todo se supera, incluso las enfermedades, e incluso la irascibilidad, si se ama santamente.

Pero, dado que después de un tiempo no se ama como el primer día, lo que es más que posible se ve imposible.

Y se pone en la calle a una pobre mujer, abocada a la perdición.

Comete adulterio quien la rechaza. Comete adulterio quien se casa con ella después del repudio.

Sólo la Muerte rompe el Matrimonio. Recordad esto.

Y, si vuestra elección ha sido desafortunada, CARGAD LAS CONSECUENCIAS COMO CRUZ, siendo dos infelices, pero santos.

Y sin hacer de los hijos – que, siendo inocentes, son los que más sufren por estas situaciones desgraciadas – unos infelices aún mayores que vosotros.

El amor a los hijos debería haceros meditar muchas veces, muchas, incluso en el caso de la muerte del cónyuge.

¡Oh, si supierais contentaros con aquel que habéis tenido y al que Dios ha dicho: ¡“Basta”!

¡Oh, si supierais, vosotros viudos, vosotras viudas, ver en la muerte no una mengua sino una elevación a mayor perfección como procreadores!

Ser padre o madre – además de lo que ya se es – en lugar de la madre o el padre muertos.

Ser dos almas en una.

Recoger el amor hacia los hijos del labio helado del cónyuge agonizante y decir: “Ve en paz.

No temas por los que de ti vinieron. Yo los seguiré amando por ti y por mí, amándolos doblemente. Seré padre y madre.

No se sentirán infelices bajo el peso de su orfandad, ni sentirán los innatos celos de los hijos de cónyuges unidos en segundas nupcias.

Respecto a aquel, o a aquella, que ocupa el sagrado lugar de la madre, o del padre…

Que Dios llamó a otra morada”.

Hijos, mi discurso comienza a declinar, como está para declinar el día que se pone, con el sol, hacia occidente.

Quiero que de este encuentro en el monte conservéis estas palabras. Esculpidlas en vuestros corazones; en él leedlas a menudo.

Que os sean guía perenne.

Mas, sobre todo, sed buenos para con los débiles. No juzguéis, para no ser juzgados.

Acordaos de que podría llegar el momento en que Dios os recordase: 

“Así juzgaste. Por tanto, sabías que estaba mal hecho. Cometiste, entonces, pecado teniendo conciencia de lo que hacías. Paga ahora tu pena”.

La caridad es ya absolución. Tened la caridad en vosotros para todos y hacia todo.

No os enorgullezcáis por el hecho de que Dios os mantenga en pie con abundantes ayudas; tratad, más bien, de subir toda la larga escalera de la perfección.

Y ofreced la ayuda de vuestra mano a los que están cansados, al que no sabe, a quienes se encuentran en las redes de súbitas desilusiones.

¿Por qué observar con tanta atención la pajuela en el ojo de tu hermano, si antes no te preocupas de quitar la viga del tuyo?

¿Cómo puedes decir a tu prójimo “deja que te quite del ojo esta pajuela”, cuando te ciega la viga que tienes en el tuyo?

No seas hipócrita, hijo. Quítate primero la viga de tu ojo; sólo entonces podrás quitar la pajuela a tu hermano sin malograrlo del todo.

No tengáis anticaridad, pero tampoco imprudencia.

Os acabo de decir: “Extended vuestra mano a los que están cansados, a los que no saben, a los que se encuentran en las redes de súbitas desilusiones”.

Mas si es caridad enseñar a los que no saben, infundir ánimo a los que están cansados, dar nuevas alas a aquellos que por muchas cosas las han quebrantado,

es imprudencia revelar las verdades eternas a los que están infectados de satanismo, que se apoderan de ellas para pasarse por profetas,

infiltrarse entre las personas sencillas, corromper, descarriar, ensuciar sacrílegamente las cosas de Dios.

Respeto absoluto, saber hablar y callar, saber reflexionar y actuar: éstas son las virtudes del verdadero discípulo para hacer prosélitos y servir a Dios.

Tenéis una razón.

Si sois justos, Dios os dará todas sus luces para guiar aún mejor vuestra razón.

Pensad que las verdades eternas son semejantes a perlas…

MATEO 7, 16

Y nunca se ha visto arrojar las perlas a los cerdos, que prefieren las bellotas y una papilla fétida, antes que perlas preciosas:

las pisotearían sin piedad, para, después, con la furia propia de quien hubiera sido objeto de burla, revolverse contra vosotros para despedazaros.

No deis las cosas santas a los perros. Esto vale para ahora y para el futuro.

Muchas cosas os he dicho, hijos míos.

Escuchad mis palabras: quien las escucha y las pone en práctica es comparable a un hombre reflexivo que, queriendo construir una casa, eligió un lugar rocoso.

Sin duda le costó construir los cimientos. Tuvo que trabajar a base de pico y cincel, hacerse callos en las manos, cansar sus lomos.

Pero luego pudo colar su argamasa en los huecos abiertos en la roca, y meter en ellos los ladrillos bien apretados, como en muralla de baluarte,

y así la casa se fue alzando sólida como un monte.

Vinieron las inclemencias del tiempo, los turbiones; las lluvias desbordaron los ríos, silbaron los vientos, azotaron las olas… y la casa resistió todo.

Así es el hombre que tiene una Fe bien cimentada.

Sin embargo, quien escucha con superficialidad y no se esfuerza en grabar en su corazón mis palabras – porque sabe que para hacerlo debería esforzarse, padecer dolor, extirpar demasiadas cosas

Es semejante a aquel hombre que por pereza y necedad edifica su casa sobre la arena. 

En cuanto llegan las inclemencias, la casa pronto construida, cae inmediatamente y el necio se queda mirando, desolado, sus ruinas y la quiebra de su capital.

Pues bien, en nuestro caso es peor que un derrumbamiento – que se podría, no sin gastos y esfuerzos, reparar todavía-;

en este caso, una vez derrumbado el edificio mal construido de un espíritu, nada queda para volver a edificarlo.

En la otra vida no se construye. ¡Ay de quien se presente allí con escombros!

He terminado.

Me encamino hacia abajo, hacia el lago.

Os bendigo en nombre de Dios uno y trino. Mi paz descienda sobre vosotros.

Pero la muchedumbre grita:

–     ¡Vamos también nosotros!

–    ¡Déjanos ir contigo!

–     ¡Nadie habla como Tú! 

Y se encamina también la gente siguiendo a Jesús, que baja no por la parte por la que ha subido sino por la opuesta, que va en línea recta hacia Cafarnaúm.

La bajada es muy inclinada, pero se recorre muy rápidamente.

Y pronto llegan a los pies del monte, arrellanado sobre la planada verde y florida.

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