248 LA FLOR DE GRECIA


248 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Mientras esperan, Síntica, que lleva el vestido que ayer tenía la Magdalena;

besa los pies de sus amas como se obstina en llamarlas;

a pesar de que ellas le digan que no es ni su sierva ni su esclava,

sino sólo su huésped en nombre de Jesús.

A una pregunta de Noemí, la nodriza de Magdalena…

la Virgen muestra el precioso taleguillo de la púrpura.

Y pregunta cómo se puede hilar ese mechón cuyos cortísimos filamentos,

no admiten ni humedad ni torsión.

Noemí explica:

–      No se usa así, Mujer.

Se pulveriza y se usa como cualquier otra tintura.

Esto es la bava de la concha, no es una hebra ni un pelo.

¿Ves qué quebradiza es ahora que está seca?

La tienes que reducir a polvo fino, luego la pasas por un tamiz;

para que no quede ningún fragmento largo, que mancharía el hilado o el paño.

Es mejor si tiñes el hilado en madejas.

Una vez segura de que esté completamente pulverizada…

La deslías como se hace con la cochinilla, el azafrán o el polvo de añil.

O con otros polvos de otras cortezas, raíces o frutos, y luego la usas.

Fija el color con vinagre fuerte para el último aclarado.  

La Virgen responde:

–        Gracias, Noemí.  

Seguiré tus indicaciones.

He bordado con hilos teñidos de púrpura, pero me los habían dado ya preparados…

Ya está ahí Jesús.

Llega la hora de despedirnos.

Os bendigo a todas en el nombre del Señor.

Id en paz y llevad la

paz y la alegría a Lázaro.

Adiós, María. Recuerda que lloraste sobre mi pecho tu primer llanto dichoso.

Por eso soy para ti madre, porque una pequeñuela llora su primer llanto sobre el pecho de su mamá.

Soy para ti madre, y lo seré siempre.

Lo que te resulte duro de manifestar incluso a la más dulce hermana…

O a la más amorosa nodriza, ven a decírmelo a mí; te comprenderé siempre.

Si hay algo que, por estar impregnado de una humanidad que en ti Jesús no quiere,

no te atreves a decírselo a Él, ven a decírmelo a mí; me mostraré siempre compasiva contigo.

Y si quieres hablarme también de tus victorias.

Aunque prefiero que se

las presentes a Él, cual fragantes flores, porque El, no yo, es tu Salvador

Exultaré contigo.

Adiós, Marta.

Ahora te marchas feliz y te mantendrás en esta felicidad sobrenatural.

Por tanto, sólo necesitas progresar en la justicia,

en medio de esa paz por nada en ti ya perturbada.

Hazlo por amor a Jesús,

que te ha amado incluso queriendo a ésta que quieres sin reservas.

Adiós, Noemí.

Ve con tu tesoro recuperado.

Tú dabas a María tu leche en alimento.

Nútrete ahora con las palabras que ella y Marta te digan.

Ve en mi Hijo mucho más que un exorcista, que libera a los corazones del Mal.

Adiós, Síntica, flor de Grecia;

que has sabido por ti misma sentir que hay algo más que la carne.

Florece ahora en Dios y sé la primera de las nuevas flores de la Grecia de Cristo.

Me siento muy dichosa de despedirme de vosotras viéndoos unidas así.

Os bendigo con amor.

Ya se oye cercano el rumor de los pasos.

Levantan el tupido toldo y ven a Jesús a dos metros del carro.

Bajan, en medio del sol ardiente que invade el camino.

María de Magdala se arrodilla a los pies de Jesús,

y dice:

–       Te doy gracias por todo.

Muchas gracias por haberme permitido realizar este peregrinaje.

Sólo Tú eres sabio.

Parto despojada de las reliquias de la María del pasado.

Bendíceme, Señor, para fortalecerme más.

Jesús responde:

–       Sí, te bendigo.

Goza de la compañía de tus hermanos; con tus hermanos;

fórmate cada vez más en Mí.

Adiós, María.

Adiós, Marta.

Dile a Lázaro que lo bendigo.

Os confío esta mujer… 

 No os la doy.

Es discípula mía.

Quiero que le deis un mínimo de capacidad de entender mi doctrina.

Luego iré Yo.

Noemí, te bendigo, y también a vosotras dos.

A Marta y María se les humedecen los ojos.

El Zelote las saluda personalmente y les da un escrito para su sirviente.

Los demás las saludan conjuntamente.

Y el carro se pone en movimiento.

Jesús dice a los suyos:

-Vamos a buscar algo de sombra.

Que Dios las acompañe…

Jesús mira a su tía y pregunta:

–       ¿Tanto te entristece, María, el que se hayan marchado? –

Porque María de Alfeo, lora toda en silencio.

Y ella dice:

–      Sí. Eran muy buenas…

–      Las volveremos a ver pronto.

Y, numéricamente, más.

Tendrás muchas hermanas…

O hijas, si lo prefieres.

Amor es tanto el materno como el fraterno – la consuela  Jesús. 

Judas murmura:

–       Con tal de que no cree conflictos…

–      ¿Conflictos amarse?

–      No.

Conflictos el tener a personas de otra raza y de otra proveniencia.

–       Te refieres a Síntica?

–       Sí, Maestro.

A fin de cuentas, era propiedad del romano.

Y no es lícito apoderarse de ella.

Ello lo incitará contra nosotros y nos atraeremos el rigor de Poncio Pilatos.

–      Pero… 

¿Qué le va a importar a Pilatos el que uno de sus subordinados pierda una esclava?

¡Sabrá cómo es!

Si es un poco honesto, como se piensa, al menos en familia,

dirá que esta mujer ha hecho bien en escaparse.

Y si es un deshonesto dirá:

“Te está bien empleado. Así quizás la encuentro yo”.

Los deshonestos no son sensibles a las penas ajenas.

Pedro dice:

–       ¡Y además… pobre Poncio…!

Con la lata que le damos, fíjate tú si no va a tener otra cosa que hacer;

que perder el tiempo con la pataleta de uno que deja que se le escape una esclava!

Y muchos de los presentes le dan la razón, mientras ridiculizan las rabietas del lúbrico romano.

Pero Jesús lleva la cuestión a un nivel más alto.  

Y pregunta:

–       Judas.

¿Conoces el Deuteronomio?

–      Seguro, Maestro.

Y además -lo digo convencido- como pocos.

–      ¿Cómo lo juzgas?

–      Vehículo de la voz de Dios.

–      ¿Vehículo?

Entonces repetidor de la palabra de Dios, ¿No

–      Exactamente.

–      Has juzgado bien.

Entonces, ¿Por qué no juzgas que se deba hacer lo que ordena?

–      No he dicho nunca eso.

Es más, me parece que precisamente nosotros, siguiendo la nueva Ley; 

lo desatendemos demasiado.

–      La nueva Ley es el fruto de la antigua,.

O sea, es la perfección alcanzada por el árbol de la Fe.

Pero ninguno de nosotros lo desatiende, que Yo sepa.

Soy el primero que lo respeta y que impide que otros lo desatiendan.

Jesús es muy incisivo al decir estas palabras.

Y añade:

–       El Deuteronomio es intocable.

Incluso cuando triunfe mi Reino y con mi Reino la nueva Ley. 

Con sus nuevos códigos y disposiciones, seguirá aplicándose en los nuevos dictámenes;

de la misma forma que los sillares de las antiguas construcciones se usan para las nuevas.

Porque son piedras perfectas con que se hacen fuertes murallas.

Pero todavía no ha llegado mi Reino y Yo, como fiel israelita, no ofendo al libro mosaico,

ni lo desatiendo, porque es base de mi modo de actuar y de mi enseñanza.

Sobre la base del Hombre y del Maestro;

el Hijo del Padre edifica la celeste construcción de su Naturaleza y Sabiduría.

En el Deuteronomio está escrito:

“No entregarás a su amo el esclavo que ha buscado refugio en ti. 

Vivirá contigo donde él quiera, estará tranquilo en una de tus ciudades, no lo molestarás”.

Esto en el caso de que uno se vea obligado a huir de una esclavitud inhumana.

En mi caso, en el de Síntica, la fuga no persigue una libertad limitada,

sino la libertad ilimitada del Hijo de Dios.

¿Y pretendes que a esta alondra que ha huido del lazo de los cazadores,

le meta de nuevo el cordel y la devuelva a su prisión para quitarle no sólo la libertad,

sino también la esperanza?

¡No! ¡Jamás!

Bendigo a Dios porque como el viaje a Endor trajo a este hijo al Padre

el viaje a Cesárea ha traído a esta criatura a Mí, para que la lleve al Padre.

En Sicaminón os hablé del poder de la Fe;

hoy os voy a hablar de la luz de la Esperanza.

Mas ahora, a la sombra de este tupido huerto, detengámonos a comer y descansar.

Porque el sol arde como si el infierno estuviera abierto.

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