TERCER MISTERIO LUMINOSO


 El anuncio de Jesús sobre el Reino de Dios

CURACIÓN DEL CIEGO DE CAFARNAÚM

7 de octubre de 1944.

Es un bellísimo atardecer en el Lago de Genesaret. El mar y el cielo están fundidos en un rojo fuego que enciende todo a su alrededor. Los caminos a Cafarnaúm están llenos de gente: mujeres que van a la fuente; pescadores que preparan las redes y las barcas para la pesca nocturna; hombres que van a sus negocios; niños que corren jugando; borriquillos que van con sus canastos a la campiña, para que los llenen de verduras.

Jesús se asoma a una puerta que da a un pequeño patio todo sombreado por una vid y una higuera. Más allá, se ve un caminito pedre­goso que bordea el lago. Es la casa de la suegra de Pedro y éste está en la orilla con Andrés preparando en la barca las cestas para el pescado y las redes; colocando asientos y rollos de cuerdas… Todo lo que se necesita para la pesca y Andrés le ayuda, yendo y viniendo de la casa a la barca.

Jesús pregunta:

–           ¿Tendremos buena pesca?».

Pedro contesta:

–           Es el tiempo propicio. El agua está tranquila y habrá claro de luna. Los peces subirán a la superficie desde las capas profundas y mi red los arrastrará».

–           ¿Vamos solos?

–           ¡Maestro! ¿Cómo crees que podemos ir solos con este sistema de redes?

–           No he ido nunca a pescar y espero que tú me enseñes.

Jesús baja despacio hacia el lago y se detiene en la orilla de arena gruesa y llena de guijarros, cerca de la barca.

Pedro le dice:

–                      Mira, Maestro: se hace así. Yo salgo al lado de la barca de Santiago de Zebedeo y nos vamos juntos hasta el punto adecuado. Después se echa la red. Un extremo lo tenemos nosotros; ¿Dijiste que quieres asirla?

Jesús contesta

–           Sí, si me explicas lo que tengo que hacer.

–           No hay más que vigilar el descenso, que la red baje despacio y sin enredarse. Lentamente, porque estaremos en aguas de pesca y un movimiento demasiado brusco puede alejar a los peces.  Y sin nudos para evitar que se cierre la red, que se debe abrir como una bolsa o una vela hinchada por el viento. Luego, cuando toda la red haya bajado, remaremos despacio o iremos con vela según la necesidad, describiendo un semicírculo sobre el lago, y cuando la vibración de la cabilla de seguridad nos diga que la pesca es buena, nos dirigiremos a tierra firme. Y allí, cerca de la ribera, no antes, para no arriesgar a que se escapen los peces; no después, para no dañar a los peces ni a la red contra las piedras, la levantaremos. Es aquí donde se necesita un ojo certero, porque las barcas deben acercarse tanto que desde una se pueda retirar el extremo de la red dado a la otra, pero no chocarse para no aplastar la bolsa llena de pescado. Te lo encarezco Maestro, es nuestro pan. Ojo a la red; que no se rompa con las sacudidas de los peces pues defienden su libertad con fuertes coletazos y si son muchos… Tú entiendes… son animales pequeños, pero cuando se juntan diez, cien, mil, adquieren una fuerza como la de Leviatán».

Como sucede con las culpas, Pedro. En el fondo, una no es irreparable. Pero si uno no tiene cuidado en limitarse a esa una y acumula, acumula, acumula, sucede que al final esa pequeña culpa (quizás una simple omisión, una simple debilidad) se hace cada vez más grande, se transforma en un hábito, se hace vicio capital. Algunas veces se empieza por una mirada concupiscente y se termina consumando un adulterio. Algunas veces se comienza por una falta de caridad de palabra hacia un pariente y se termina en un acto violento contra el prójimo. ¡Ay si se empieza y se deja que las culpas aumenten de peso con su número!… Llegan a ser peligrosas y opresoras como la misma Serpiente infernal y arrastran al abismo de la Gehena».

–           Tienes razón, Maestro… Pero, ¡somos tan débiles…!.

–           Vigilancia y oración para ser fuertes y obtener ayuda, y firme voluntad de no pecar, luego una gran confianza en la amorosa justicia del Padre.

–           ¿Dices que no será demasiado severo para con el pobre Simón?

–           Con el viejo Simón podría ser severo; pero con mi Pedro el hombre nuevo, el hombre de su Mesías… no. No Pedro, Dios te ama y te amará.

Andrés pregunta:

–           ¿Y yo?

Jesús lo mira con amor infinito, sonríe y dice:

–           También tú Andrés y lo mismo Juan y Santiago, Felipe y Natanael. Sois mis primeros elegidos.

Pedro pregunta:

–           ¿Vendrán otros? Está tu primo. Y en Judea….

Jesús responde con alegría:

–           ¡Oh…, muchos! Mi Reino está abierto a todo el linaje humano y en verdad te digo que mi pesca en la noche de los siglos; será más abundante que la más copiosa pesca que hayas hecho… Pues cada siglo es una noche en la que el guía y luz, no son la pura luz de Orión o la de la Luna marinera, sino la palabra de Cristo y la Gracia que vendrá de Él. Noche que tendrá una aurora sin ocaso, de una luz en que todos los fieles vivirán, de un Sol que revestirá a los elegidos y los hará hermosos, eternos, felices como dioses; dioses menores, hijos de Dios Padre y semejantes a mí… Ahora no podéis entender. Pero en verdad os digo que vuestra vida cristiana os concederá una semejanza con vuestro Maestro y resplandeceréis en el Cielo por sus mismos signos. Pues bien, Yo obtendré, a pesar de la sorda envidia de Satanás y la flaca voluntad del hombre, una pesca más abundante que la tuya.

Pedro insiste:

–           ¿Pero seremos nosotros tus únicos discípulos?

–           ¿Celoso, Pedro? No. No lo seas. Vendrán otros y en mi corazón habrá amor para todos. No seas avaro, Pedro. Tú no sabes todavía Quién es el que te ama… ¿Has contado alguna vez las estrellas?… ¿Y las piedras del fondo de este lago?… ¡No! No podrías. Mucho menos podrías contar los latidos de amor de que es capaz mi corazón. ¿Has contado cuántas veces este mar besa la ribera con sus olas en el curso de dos lunas? ¡No! No podrías. Pero mucho menos podrías contar las olas de amor que de este corazón se derraman para besar a los hombres. Puedes estar seguro Pedro, de mi amor».

Pedro está muy conmovido, toma la mano de Jesús y la besa.

Andrés mira, pero no se atreve…

Pero Jesús pone la mano sobre su cabellera y dice:

–           También a ti te quiero mucho. Cuando llegue tu aurora verás a tu Jesús reflejado en la bóveda del cielo – le verás sin tener necesidad de levantar tus ojos – y que sonriente te dirá: “Te amo. Ven” y el paso a la aurora te será más dulce que la entrada en una cámara nupcial…

Andrés lo mira ruborizado y conmovido. Y en ese preciso instante…

Juan llega corriendo, mira a Jesús con mucho cariño  y dice jadeante:

–           ¡Simón! ¡Simón! ¡Andrés! Voy… ¡Maestro! ¿Te he hecho esperar?

Pedro interviene:

–           Verdaderamente empezaba a pensar que quizás ya no venías. Prepara rápido tu barca. ¿Y Santiago?…

Juan explica:

–           Mira… Nos hemos retrasado por un ciego. Creía que Jesús estaba en nuestra casa y ha ido allí. Le hemos dicho: “No está aquí. Quizás mañana te curará. Espera”. Pero no quiso esperar. Santiago decía: “Has esperado mucho la luz, ¿Por qué no esperar otra noche?”. Pero no entiende razones…

Jesús le dice:

–           Juan, si tú estuvieras ciego, ¿No tendrías prisa de volver a ver a tu madre?».

–           ¡Eh!… ¡Claro!».

–           ¿Y entonces?… ¿Dónde está el ciego?

–           Viene con Santiago. Se le ha agarrado al manto y no lo suelta.  Pero viene despacio, porque la ribera tiene muchas piedras y él se tropieza… Maestro, ¿me perdonas el haberme comportado con dureza?».

–           Sí. Pero en reparación ve a ayudarle al ciego y tráemelo.

Juan sale de estampida.

Pedro hace un ligero movimiento de cabeza, pero calla. Mira al cielo, que empieza a ponerse azul acero; mira al lago y a otras barcas que ya han salido a pescar y suspira.

Jesús le dice:

–           ¿Simón?

El apóstol exclama:

–           ¡Maestro!

–           No tengas miedo. Tendrás una pesca abundante aunque salgas el último.

–           ¿También esta vez?

–           Todas las veces que tengas caridad, Dios te concederá la gracia de la abundancia.

Después de unos minutos, llega el ciego. El pobrecito camina entre Santiago y Juan. Tiene entre las manos un bastón, pero no lo usa ahora. Se deja conducir por los dos discípulos.

Juan le dice:

–              Pss. Hombre… Aquí está el Maestro, frente a ti.

El ciego se arrodilla exclamando:

–           ¡Señor mío! ¡Ten Piedad!

Jesús le pregunta:

–           ¿Quieres ver? Levántate. ¿Desde cuándo estás ciego?

Los cuatro apóstoles se agrupan alrededor de los dos.

El pobre hombre contesta:

–           Desde hace siete años, Señor. Antes veía bien y trabajaba. Era herrero en Cesarea Marítima. Ganaba bastante. Siempre tenían necesidad de mi trabajo en el puerto y en los mercados (que eran muchos). Pero, forjando un hierro en forma de ancla – y puedes hacerte una idea de lo rojo que estaba si piensas que no ofrecía resistencia a los golpes – saltó un fragmento incandescente y me quemó el ojo. Ya los tenía enfermos por el calor de la fragua. Perdí este ojo y el otro también se apagó al cabo de tres meses. He terminado los ahorros y ahora vivo de la caridad…».

–           ¿Estás solo?

Tengo esposa y tres hijos muy pequeños… De uno no conozco ni siquiera su cara… Y tengo también a mi madre que es ya anciana. No obstante, ahora es ella y mi mujer quienes ganan un poco de pan y con esto y el óbolo que llevo yo, no nos morimos de hambre. ¡Si Tú me curases!… Volvería al trabajo. No pido más que trabajar como un buen israelita y ofrecer un pan a quienes amo».

–           ¿Y has venido a mí? ¿Quién te lo ha dicho?

–           Un leproso que curaste al pie del Tabor, cuando volvías al lago después de aquel discurso tan hermoso.

–           ¿Qué te ha dicho?

–           Que Tú lo puedes todo. Que eres salud de los cuerpos y de las almas. Que eres luz para las almas y para los cuerpos, porque eres la Luz de Dios. El leproso tuvo el atrevimiento de mezclarse entre la multitud con el riesgo de ser apedreado… completamente envuelto en un manto, porque te había visto pasar hacia el monte y tu mirada le había infundido en el corazón una esperanza…. Me dijo: “Vi en ese rostro algo que me dijo: ‘Ahí hay salud. ¡Ve!’. Y fui”. Me repitió tu discurso y me dijo que Tú le curaste tocándole sin repugnancia, con tu mano. Volvía de los sacerdotes después de la purificación. Yo le conocía, porque le había servido cuando tenía un almacén en Cesarea. Y ahora he venido por ciudades y pueblos, preguntando por ti. Y te he encontrado… ¡Ten Piedad de mí!

Jesús lo toma por el brazo y le dice:

–           Ven. ¡La luz es muy fuerte para uno que sale de la oscuridad!

El ciego dice con una esperanza asombrada:

–           Entonces, ¿Me curas?

Jesús le conduce hacia la casa de Pedro, a la luz atenuada del huertecillo. Se le pone delante, pero de forma que los ojos curados no sufran el primer impacto del lago aún todo jaspeado de luz. El hombre se deja llevar tan dócilmente; sin preguntar nada como si fuera un niño… Cuando se detienen, el hombre se arrodilla…

Jesús extiende sus manos sobre la cabeza del pobre ciego y dice en voz alta:

–       ¡Padre! ¡Tu luz a este hijo tuyo!

Permanece así un momento. Luego se moja la punta de los dedos con saliva y toca apenas con su mano derecha los ojos, que están abiertos pero no tienen vida…

Pasa unos instantes llenos de suspenso… Luego…

El hombre parpadea y se restriega los ojos, como uno que saliera del sueño y los tuviera obnubilados.

Jesús pregunta:

–           ¿Qué ves?

El hombre responde emocionado:

–           ¡Oh!… ¡Oh!… ¡Oh, Dios Eterno! ¡Me parece… Me parece… ¡Oh!… ¿Qué veo?… Veo tu  vestido… Es blanco, ¿No es verdad?  Y una mano blanca… Y un cinturón de lana!… ¡Oh, Buen Jesús!… ¡Veo cada vez más claro, cuanto más me habitúo a ver!… ‘Eh!… La hierba en el suelo… y aquello ciertamente es un pozo, ¡Sí!… Y allí hay una vid…

–           Levántate, amigo.

El hombre que llora y ríe al mismo tiempo, se levanta y pasado un instante de lucha entre el respeto y el deseo; levanta la cara y encuentra la mirada de Jesús… Un Jesús sonriente y lleno de de piedad, de una piedad que es toda amor. ¡Debe ser muy bonito recuperar la vista y ver como primer Sol ese rostro! El hombre emite un grito y tiende los brazos; es un acto instintivo.

Pedro le detiene…

Pero ahora es Jesús quien abriendo los suyos, atrae a Sí al hombre que es mucho más bajo que Él. Y después de un momento le dice:

–           Ve a tu casa ahora. Ruega y sé feliz y justo. Ve con mi paz.

–           ¡Maestro, Maestro! ¡Señor! ¡Jesús! ¡Santo! ¡Bendito seas! La luz… la veo… veo todo… Ahí, el lago azul y el cielo sereno y los últimos resplandores del sol y el primer atisbo de la luna… Pero el azul más hermoso y sereno lo veo en tus ojos y en Ti estoy viendo el más hermoso y verdadero Sol y resplandor puro de la Luna más santa. ¡Astro de los que sufren, Luz de los ciegos, Piedad que vives, que ayudas y obras!

Yo soy Luz de las almas. Sé hijo de la Luz

–           Siempre, Jesús. Renovaré este juramento a cada parpadeo sobre las pestañas de mis pupilas renacidas. ¡Benditos seáis Tú y el Altísimo!

–           ¡Bendito sea el Altísimo Padre! Adiós.

Y el hombre se va feliz y dichoso. Mientras Jesús y los estupefactos apóstoles descienden a dos barcas y comienzan la maniobra de la navegación.

*******

Oración:

Amado Padre Celestial: toma nuestro corazón y con tu infinita misericordia, lávalo de nuestros pecados en la Sangre Preciosa de tu amadísimo Hijo Jesucristo. Danos un corazón nuevo y despierto, para que también nosotros podamos contemplarte. Abre nuestros oídos y nuestros ojos, para que ya no seamos más ciegos y sordos a tu Palabra. Amen

PADRE NUESTRO…

DIEZ AVE MARÍA…

GLORIA…

INVOCACIÓN DE FÁTIMA…

CANTO DE ALABANZA…

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