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349 UN REINO PARA TODOS


349 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

El camino que de Fenicia viene hacia Tolemaida es hermoso.

Corta, muy derecha, la llanura que hay entre el mar y los montes.

Y es muy transitado (por cómo está mantenido).

A menudo cortado por caminos menores, que de los pueblos del interior van hacia

los de la costa, ofrece numerosos cruces, sobre los cuales generalmente hay una casa,

un pozo y un rudimentario taller de herrador,

para los cuadrúpedos que puedan necesitar herraduras.

Jesús, con los seis que se han quedado con El, recorre un buen trecho de camino,

viendo siempre las mismas cosas.

Al final se detiene junto a una de estas casas con pozo y taller de herrador,

en una bifurcación, junto a un torrente por encima del cual pasa un puente,

que siendo fuerte pero de una anchura que apenas si da para el paso de un carro,

hace que tengan que detenerse los que van o los que vienen,

porque las dos corrientes opuestas no podrían pasar al mismo tiempo.

Y ello da ocasión a los transeúntes de razas diversas fenicios e israelitas que se odian

recíprocamente, de aunarse en una única intención: imprecar contra Roma…

Pero sin Roma no tendrían ni siquiera ese puente y con el torrente colmado,

no habrían podido pasar.

¡Pero bueno… al opresor siempre se le odia, aunque haga cosas útiles!

Jesús se para junto al puente, en el ángulo lleno de sol en que está la casa.

El maloliente taller de herrador está en el lado de la casa paralelo al torrente;

en él se están forjando herraduras para un caballo y dos asnos, que las han perdido.

El caballo está enganchado a un carro romano.

En el carro hay unos soldados que, poniendo caras burlonas a los hebreos que imprecan,

se lo pasan bien.

Y a un viejo narigudo, más avieso que todos los otros, una verdadera boca viperina,

que con mucho gusto mordería a los romanos, con tal de envenenarlos,

le tiran encima un puñado de estiércol equino…

¡Se puede uno imaginar lo que sucede!

El viejo hebreo sale corriendo y gritando como si le hubieran infectado de lepra…

Y a él se agregan en coro otros hebreos.

Los fenicios gritan irónicos:

–        ¿Os gusta el nuevo maná?

Comed, comed, para tener energías para gritar contra estos, que son demasiado buenos

con vosotros, víboras hipócritas.

Los soldados sueltan burlonas risotadas…

Jesús calla.

El carro romano por fin, se pone en marcha, saludando al herrador,

con el grito:

–          ¡Salve, Tito, y próspera permanencia!

El hombre, un vigoroso anciano de cuello fuerte como un toro, de rostro rasurado,

con unos ojos negrísimos a los lados de una nariz fuerte y una frente amplia

un poco pelada en las sienes por falta de cabellos,

los cuales donde están, son cortos y muy crespos,

levanta el pesado martillo con un gesto de despedida.

Y de nuevo se vuelve hacia el yunque, donde un joven ha puesto un hierro candente,

mientras otro muchacho está quemando el casco de un burrito, reglándolo para el herrado

ya próximo.

Mateo observa:

–         Casi todos estos herradores que están por los caminos son romanos;

soldados que se han quedado aquí una vez terminado su servicio.

Y ganan bien…

Nunca tienen impedimentos para atender a las caballerías…

Y un asno se puede desherrar también antes de la puesta del sol del sábado… 

O en tiempos de Encenias…

Juan dice:

–          El que herró a Antonio estaba casado con una hebrea.

Santiago de Zebedeo, 

sentencia:

–          Hay más mujeres necias que sensatas

Andrés pregunta:

–          ¿Y los hijos, de quién son?

¿De Dios o del paganismo? 

Mateo responde:

–          Son del cónyuge más fuerte, generalmente.

Y, basta con que la mujer no sea apóstata, para que sean hebreos;

porque el hombre, estos hombres, dejan libertad.

No son muy… fanáticos ni siquiera de su Olimpo.

Tadeo concluye:

–         Me parece que ya no creen en ninguna otra cosa,

si no es en la necesidad de ganar dinero.

Están llenos de hijos.

Pero son uniones abyectas.

Sin una Fe, sin una verdadera patria…

Mal vistos por todos… 

Mateo, que parece muy práctico.,

comenta: 

–           No.

Te equivocas.

Roma no los desprecia.

Es más, siempre los ayuda.

Sirven más así, que cuando llevaban las armas.

Desvirtuando la sangre, se introducen en nosotros más que con la violencia.

La que sufre, si es que sufre; es la primera  generación.

Luego se dispersan…

El mundo olvida… 

Jesús, que hasta ahora ha estado silencioso.  

dice:

–          Sí, son los hijos los que sufren.

¡Pero, hay que ver también las mujeres hebreas, unidas en matrimonio así!…

Por ellas mismas y por sus hijos…

Me dan pena.

Nadie les habla ya de Dios.

Mas no será así en el futuro.

Entonces no permanecerán estas separaciones de personas y de naciones;

porque las almas estarán unidas en una sola Patria: la mía.

Juan exclama:

–          ¡Pero entonces ya habrán muerto!… 

–          No.

Habrán sido congregadas en mi Nombre.

No serán ya romanos o libios, griegos o pónticos, iberos o galos, egipcios o hebreos,

sino almas de Cristo.

Y ¡Ay de aquellos que quieran distinguir a las almas.

Todas igualmente amadas por Mí y por las cuales habré sufrido de igual modo…

¡Según sus patrias terrenas!

Quien así lo hiciere demostraría que no ha comprendido la Caridad,

que es Universal.

Los apóstoles sienten la velada corrección y agachan la cabeza.

Y guardan silencio…

E1 fragor del hierro batido en el yunque ha callado;

ya amainan los golpes en el último casco asnal.

Jesús aprovecha para alzar la voz y ser oído por la gente.

Parece como si continuara hablando a sus apóstoles, en realidad habla a los transeúntes,

y quizás también a los habitantes de la casa, mujeres ciertamente, porque reclamos de

voces femeninas  recorren el aire tibio.

–          Aunque parezca que no exista, siempre hay en los hombres un parentesco:

el de proceder de un único Creador.

Porque, aunque luego estos hijos de un único Padre se hayan separado,

no por ello ha cambiado el vínculo de origen, de la misma forma que no cambia la sangre

de un hijo cuando repudia la casa paterna.

Después de que el delito lo hiciera fugitivo por el vasto mundo, siguió circulando la sangre

de Adán por las venas de Caín.

Y por las venas de los hijos nacidos después del dolor de Eva,

que lloraba a su hijo asesinado, circulaba la misma sangre que hervía en las del lejano Caín.

Lo mismo, y con razón más pura, se diga de la igualdad entre los hijos del Creador.

¿Descarriados? Sí. ¿Exiliados? Sí. ¿Apóstatas? Sí. ¿Culpables? Sí.

¿Que hablan lenguas y creen fes que para nosotros son detestables? Sí.

¿Contaminados por uniones con paganos? Sí.

Pero su alma procede de Uno solo, y es siempre esa alma, aunque esté lacerada, descarriada,

exiliada, contaminada…

Aunque sea motivo de dolor para el Padre Dios, sigue siendo un alma creada por Él.

Los hijos buenos de un Padre bonísimo deben tener sentimientos buenos.

Buenos hacia su Padre, buenos hacia sus hermanos, al margen de lo que éstos hayan venido

a ser, porque son hijos del Mismo.

Buenos hacia su Padre, tratando de consolar su dolor conduciendo de nuevo a Él a los hijos,

que son su dolor o porque son pecadores o porque son apóstatas o porque son paganos.

Buenos hacia ellos, porque tienen esa alma que procede del Padre encerrada en un cuerpo

culpable, o manchada, u obnubilada por una religión errada;

pero sigue siendo alma del Señor e igual que la nuestra.

Recordad, vosotros los de Israel, que no hay ninguno – aunque fuera el idólatra más lejano

de Dios con su idolátrica religión,

el más pagano de los paganos o el más ateo de los hombres no hay ninguno que esté

absolutamente privado de una huella de su origen.

Recordad, vosotros los que habéis errado separándoos de la justa religión, descendiendo a

connubios de sexos que nuestra religión condena,

recordad que aunque os parezca que todo lo que era Israel haya muerto en vosotros

sofocado por el amor a un hombre de distinta fe y raza, muerto no está.

Hay uno que vive todavía, y es Israel.

Y tenéis la obligación de soplar en este fuego que muere, debéis alimentar la chispa que

subsiste por voluntad de Dios, para hacerla crecer por encima del amor carnal.

Éste cesa con la muerte.

Pero vuestra alma no cesa con la muerte. Recordadlo.

Y vosotros, vosotros, quienesquiera que seáis, que veis y muchas veces os causa horror

el ver esos híbridos connubios de una hija de Israel con un hombre de distinta raza y fe,

recordad que tenéis la obligación, el deber, de ayudar caritativamente a esa hermana

extraviada a volver a los caminos del Padre.

Ésta es la nueva Ley, santa y grata al Señor:

que los seguidores del Redentor rediman dondequiera haya necesidad de redención,

para que Dios sonría por las almas que vuelven a la Casa paterna.

y para que no quede convertido en estéril o demasiado escaso el sacrificio del Redentor.

Para hacer fermentar mucha harina, la mujer de casa toma un trocito de la masa hecha

la semana anterior.

¡Una cantidad mínima separada de la voluminosa masa!

La sepulta en el montón de harina y mantiene todo ello al amparo de hostiles vientos,

en el calorcillo próvido de la casa.

Haced vosotros lo mismo, verdaderos discípulos del Bien;

haced vosotros lo mismo, criaturas que os habéis alejado del Padre y de su Reino.

Dad vosotros, los primeros, una pequeña porción de vuestra levadura para ser añadida a las

segundas y reforzarlas; ellas la unirán a la molécula de justicia que en ellas subsiste.

Y, tanto vosotros como ellas, mantened al amparo de los vientos hostiles del Mal,

en el calor de la Caridad señora vuestra, tenaz superviviente en vosotros, aunque esté ya

languideciendo: según lo que seáis, la levadura nueva.

Y cerrad bien las paredes de la casa, de la correligión, en torno a lo que fermenta en el

corazón de una correligionaria extraviada; que se sienta amada todavía por Israel,

todavía hija de Sión y hermana vuestra, para que fermenten todos los buenos deseos

y venga a las almas y para las almas, para todas, el Reino de los Cielos.

La gente, que ya no siente la prisa de pasar, a pesar de que el puente haya quedado libre;

ni de proseguir, si ya lo ha atravesado,  

se pregunta:

–           ¿Pero quién es?

¿Pero quién es? 

–          Un rabí.

–         Un rabí de Israel.

–         ¿Aquí?

¿En los confines de Fenicia? ¡Es la primera vez que sucede!

–        Pues es así.

Aser me ha dicho que es el que llaman el Santo.

–          Entonces quizás se refugia entre nosotros porque allá lo persiguen.

–          ¡Menudos reptiles son!

–         ¡Está bien que venga a nuestra tierra!

Hará prodigios…

Entretanto, Jesús ha puesto tierra de por medio, por un sendero que atraviesa los campos.

Y se marcha…

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

https://paypal.me/cronicadeunatraicion?locale.x=es_XC

19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

347 EL REENCUENTRO


347 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús – un Jesús muy delgado y pálido, muy triste, atormentado- está en la cima,;

exactamente en la cima más alta de un montecito, que es sede de un pueblo.

Pero Jesús no está en el pueblo, que está en la cima, sí, pero vuelto hacia la ladera sureste,

sino en una pequeña prominencia, la más alta, que mira hacia el noroeste 

Jesús, dado que mira desde varios lados, ve una cadena ondulada de montes,

que en los extremos noroeste y suroeste introduce sus últimos ramales en el mar:

al suroeste, con el Carmelo, que se difumina a lo lejos en este día claro; al noroeste,

con un cabo cortante como un espolón de nave,

por las venas rocosas que albean bajo el sol.

Por las laderas de esta cadena ondulada de montes descienden torrentes

y regatos  bien colmados de aguas en esta estación del año,

que por la llanura costera corren a introducirse en el mar.

Cerca de la amplia bahía de Sicaminón, el más exuberante de ellos, el Kisón,

desemboca en el mar, tras haber formado casi un pequeño lago

en la confluencia con otro riachuelo, poco antes de la desembocadura.

El sol meridiano del claro día extrae de los cursos de agua reflejos de topacios o zafiros,

mientras que el mar es un inmenso zafiro veteado de livianos collares de perlas.

La primavera del sur se perfila ya con las nuevas hojas que de las abiertas gemas,

brotan, tiernas, brillantes, tan nuevas, tan desconocedoras de polvo y tempestades,

de mordeduras de insectos y de contactos de hombre.

Y las ramas de los almendros son ya borlas de espuma blanco-rosada;

tan blandas, tan livianas, que da la impresión de que vayan a desprenderse del tronco natal

y navegar, cual pequeñas nubes, por el aire sereno.

También los campos de la llanura, no vasta pero sí fértil, comprendida entre los dos cabos,

el del noroeste y el del suroeste, muestra un tierno verdear de cereales, que quitan toda

tristeza a los campos, poco antes desnudos.

Jesús mira.

Desde el punto en que se encuentra, ve tres caminos: el que sale del pueblo y va a terminar

ahí (es un caminito sólo para personas) y otros dos, que van hacia abajo, desde el pueblo.

Y se bifurcan en opuestas direcciones: hacia el noroeste, hacia el suroeste.

¡Qué Jesús tan desmejorado’

Signado por la penitencia mucho más que cuando ayunó en el desierto:

entonces era el hombre empalidecido, pero todavía joven y vigoroso;;

ahora es el hombre consumido por un complejo sufrir;

que deprime tanto las fuerzas físicas como las morales.

Sus ojos están muy tristes, una tristeza dulce y grave al mismo tiempo.

Las mejillas, enflaquecidas, hacen realzar aún más la espiritualidad del perfil, de la frente alta,

de la nariz larga y derecha, de esa boca cuyos labios carecen absolutamente de sensualidad.

Un rostro angélico, de tanto como excluye la materialidad.

Tiene la barba más larga que de costumbre, crecida incluso en los carrillos

hasta confundirse con los cabellos, que le caen sobre las orejas; de forma que de su rostro

son visibles solamente la frente, los ojos, la nariz y los pómulos, flacos y de un color marfil

sin sombra de róseo.

Tiene los cabellos peinados rudimentariamente, cabellos que se han vuelto opacos y

conservan, para recuerdo del antro en que ha estado, muchos pequeños fragmentos de hojas

secas y de palitos que se han quedado enredados en la larga cabellera.

Y la túnica y el manto, arrugados y polvorientos, denuncian también el lugar agreste

en que han sido vestidos y usados sin tregua.

Jesús mira..

El sol del mediodía lo calienta.

Y da la impresión de que ello le es agradable, porque evita la sombra de algunos robles

para ir bien al sol;

pero, a pesar de que sea un sol neto, resplandeciente, no enciende reflejos en sus cabellos

polvorientos ni en sus ojos cansados;

ni da color a su rostro enflaquecido.

No es el sol lo que lo conforta y aviva su color;

es el ver a sus queridos apóstoles, que suben, gesticulando y mirando hacia el pueblo

por el camino que viene del noroeste, el más llano.

Entonces se produce la metamorfosis:

La mirada se le aviva; el rostro parece perder en parte su aspecto demacrado,

por una leve coloración rosada que se extiende sobre las mejillas.

Y más por la sonrisa que lo ilumina.

Abre los brazos – los tenía cruzados –

y exclama

«¡Mis amados!».

Lo dice alzando la cara, extendiendo su mirada sobre las cosas,

como queriendo comunicar su alegría a las hierbas y a los árboles, al cielo sereno, al aire,

que ya sabe a primavera.

Recoge el manto ciñéndoselo bien al cuerpo, para que no se quede enganchado en las matas.

Y baja raudo, por un atajo, al encuentro de ellos, que suben y que todavía no lo han visto.

Cuando la distancia puede ser salvada por la voz,

los llama para detener su marcha en dirección al pueblo.

Oyen la llamada lejana.

Quizás desde el punto en que están no pueden ver a Jesús, cuyo ropaje oscuro se confunde

con la espesura del bosque que cubre la ladera.

Miran a su alrededor, gesticulan…

Jesús los llama de nuevo…

Por fin, un claro del bosque lo muestra a sus ojos, bajo el sol,

con los brazos un poco extendidos, como queriéndolos abrazar ya.

Entonces se oye un fuerte grito, que se refleja en la abrupta ladera:

–      ¡El Maestro! – y, dejando el camino, empieza una gran carrera hacia arriba,

por las escarpaduras, arañándose, tropezando, jadeando, sin sentir el peso de los talegos

ni la fatiga del paso…

Llevados de la alegría de verlo de nuevo.

Naturalmente, los primeros en llegar son los más jóvenes y los más ágiles;

es decir, los dos hijos de Alfeo, de paso seguro, propio de quien ha nacido en las colinas.

Y Juan y Andrés, que corren como dos cervatillos, sonriendo felices.

Y caen a sus pies, amorosos y reverentes, felices, felices, felices…

Luego llega Santiago de Zebedeo.

Los últimos en llegar, casi juntos, son los tres menos expertos en carreras y en montañas:

Mateo, el Zelote y el último, el último de todos, Pedro.

Pero se abre paso – ¡vaya que si se abre paso! – para llegar al Maestro.

Los primeros que han llegado están abrazados a sus piernas.

Y no se cansan de besarle las vestiduras o las manos, que El les ha dejado abandonadas.

Coge enérgicamente a Juan y a Andrés, que están agarrados a las vestiduras de Jesús

como ostras a un escollo.

Y jadeante por el esfuerzo realizado, los aparta lo suficiente como para poder caer también

él a los pies de Jesús,

y dice:

–         ¡Oh, Maestro mío!

¡Ahora vuelvo a vivir, por fin! Ya no podía más.

He envejecido y adelgazado como por una mala enfermedad.

Mira como es verdad, Maestro…

Y levanta la cara para que a Jesús lo mire.

Pero, al hacerlo, ve en él el cambio de Jesús…

Y se pone en pie gritando:

« ¿Maestro?

¿Pero qué has hecho?

¡Necios! ¡Pero mirad!

¿No veis nada vosotros? ¡Jesús ha estado enfermo!… ¡

Maestro, Maestro mío, ¿Qué has tenido?

¡Díselo a tu Simón!».

–         Nada, amigo.

–        ¿Nada? ¿Con esa cara?

¡Entonces es que alguien te ha tratado mal!

–         ¡No, hombre, Simón!

–          ¡Imposible!

¡O enfermo o has sufrido persecución!

¡Que tengo ojos, eh!…

–         Yo también los tengo.

Y, efectivamente, te veo enflaquecido y más viejo.

Entonces tú ¿Por qué estás así?

Pregunta sonriendo el Señor a su Pedro, el cual lo observa atentamente

como si quisiera leer la verdad en el pelo, en la piel, en la barba de Jesús.

–        ¡Pero yo he sufrido!

No lo niego. ¿Crees que ha sido placentero ver tanto dolor?

–         ¡Tú lo has dicho!

Yo también he sufrido por el mismo motivo..

Enternecido y afectuoso, Judas de Alfeo,

pregunta: 

–        ¿Sólo por eso, realmente, Jesús?

Jesús confirma:   

–        Por el dolor, sí, hermano mío.

El dolor causado por tener que mandar a otro sitio…

–        Y por el dolor de haberte visto obligado a ello por…

–         ¡Por favor!…

¡Silencio!

Prefiero el silencio ante mi herida a cualquier palabra que quiera consolarme diciéndome:

“Sé por qué has sufrido”.

Y, además, sabedlo todos, he sufrido por muchas cosas, no solo por ésta.

Y, si Judas no me hubiera interrumpido, os lo habría dicho

Jesús se muestra severo al decir esto

Todos se intimidan.

Pedro es el primero en reaccionar,

y pregunta:

–         ¿Y dónde has estado, Maestro?

¿Qué has hecho?

–         He estado en una gruta… orando… meditando…

Fortaleciendo mi espíritu, obteniendo fortaleza para vosotros en vuestra misión,

para Juan y Síntica en su sufrimiento.

–         ¿Pero dónde, dónde?

¡Sin vestidos, sin dinero! ¿Cómo te las has arreglado?

Simón está nervioso.

–         En una gruta no necesitaba nada.

–         Pero, ¿Y la comida?,

¿Y el fuego?, ¿Y la cama?, ¿Y..?

¡Bueno, todo! Yo te imaginaba – era mi esperanza -, al menos, huésped,

como un peregrino que hubiera perdido el camino, en Yiftael, o en otra parte…

En definitiva, en una casa.

Eso me tranquilizaba un poco.

¡Pero, de todas formas…!

Decid vosotros si no era mi tormento el pensamiento de que Él estaba sin ropa, sin comida,

sin medios para procurársela, sin, sobre todo esto, sin voluntad de procurársela.

¡Jesús, no debías haberlo hecho!

¡Y no me lo volverás a hacer, nunca!

De ahora en adelante, no te dejaré ni por una hora.

Me coseré a tu túnica, para seguirte como una sombra, quieras o no.

Sólo si muero seré separado de Ti.

–         O si muero Yo.

–         ¡Tú no!

Tú no debes morir antes que yo. No digas eso.

¿Quieres entristecerme del todo?

–         No.

Es más, quiero alegrarme contigo, con todos, en esta hermosa hora que me trae de nuevo

a mis amados, predilectos amigos. ¿Veis?

Ya estoy mejor, porque vuestro amor sincero me alimenta, me da calor, me consuela de todo.

Y los acaricia, uno a uno, mientras sus rostros resplandecen con una sonrisa dichosa

y sus ojos brillan y tiemblan los labios por la emoción de estas palabras,

preguntando:

–        ¿De verdad, Señor?

–        ¿Es realmente así?

–        ¿Tanto nos quieres?

–         Sí. Os quiero mucho. ¿

Habéis traído comida?

–          Sí.

Presentía que estabas exhausto y la he comprado por el camino.

Tengo pan, carne asada, leche, queso y manzanas.

Y ,una borracha con vino generoso y huevos para Ti, si es que no se han roto…

–         Bien, entonces vamos a sentarnos aquí, bajo este buen sol.

Y vamos a comer.

Mientras comemos me habláis…

Se sientan al sol en un risco.

Pedro abre su talego y observa sus tesoros:

Y exclama: 

–         ¡Todo salvo! 

Incluso la miel de Antigonio.

¡Pero hombre! ¡Si ya lo he dicho yo!

Al regreso, aunque nos hubiéramos metido en una cuba para rodar impulsados por un loco,

o en un bote sin remos, hasta incluso con agujero…

Y además en una tempestad, habríamos llegado sanos y salvos…

¡Pero a la ida!

Cada vez me convenzo más de que era el demonio el que nos ponía obstáculos,

para no dejarnos ir con esos dos pobrecitos…

Zelote confirma: 

–          Si, claro, ahora ya no tenía objeto… 

Juan, que se olvida de comer por contemplar a Jesús.,

pregunta: 

–         Maestro, ¿Has hecho penitencia por nosotros? 

–         Sí, Juan.

Os he seguido con el pensamiento.

He sentido vuestros peligros y aflicciones.

Os he ayudado como he podido…

–        ¡Yo lo he sentido

Y os lo dije, ¿Os acordáis?    

Todos confirman: 

–         Sí, es verdad.

–          Ahora me estáis devolviendo lo que os he dado.

Andrés pregunta:

–        ¿Has ayunado, Señor?

Pedro le responde: 

–         ¿Qué remedio! 

Aunque hubiera querido comer, sin dinero, en una gruta,

¿Cómo querías que comiera?

Santiago de Alfeo,

dice: .

–         ¡Por causa nuestra!

¡Cuánto me apena esto!

–         ¡Oh, no!

¡No os aflijáis!

No solamente por vosotros.

También por todo el mundo.

He hecho lo que cuando empecé la misión.

En aquella ocasión, al final, fui socorrido por los ángeles; ahora me socorréis vosotros.

Y, creedme, para mí es doble alegría.

Porque en los ángeles es inderogable el ministerio de caridad,

pero en los hombres es menos fácil de encontrar.

Vosotros lo estáis ejerciendo.

Y habéis pasado, por amor a mí, de hombres a ángeles;

habiendo elegido la santidad por encima de toda otra cosa.

Por tanto, me hacéis feliz como Dios y como Hombre-Dios.

Porque me dais aquello que es de Dios: la Caridad.

Y me dais aquello que es del Redentor: vuestra elevación a la Perfección.

Esto me viene de vosotros, y alimenta más que cualquier otro alimento.

También en aquel entonces, en el desierto, fui nutrido de amor después del ayuno.

Y ello me confortó.

¡Lo mismo ahora, lo mismo ahora!

Todos hemos sufrido.

Yo y vosotros.

Pero no ha sido un sufrimiento inútil.

Creo, sé, que este sufrimiento os ha favorecido más que todo un año de instrucción.

El dolor, la meditación sobre el mal que un hombre puede hacer a su semejante,

la piedad, la fe, la esperanza, la caridad que habéis debido ejercer.

Y además solos, os han madurado, como niños que se hacen hombres…

Pedro suspira diciendo: 

–         ¡Oh, sí!

Me he hecho viejo.

No volveré a ser el Simón de Jonás que era al partir.

He comprendido lo dolorosa y fatigosa que es nuestra misión, a pesar de ser hermosa… –

–         Bueno, pues ahora estamos aquí, juntos.

Referid…

Pedro dice a Simón Zelote:

–        Habla tú, Simón.

Sabes hacerlo mejor que yo 

Simón objeta:   

–         No.

Tú, como jefe competente que eres, habla por todos.

Y Pedro empieza, diciendo como preliminar:

–         Pero ayudadme.

Narra con orden hasta la partida de Antioquía.

Luego comienza la narración del regreso:

–        Sufríamos todos, ¿Eh?

Nunca olvidaré las últimas voces de los dos…

Pedro se seca con el dorso de la mano dos lagrimones que ruedan al improviso…

–        Me parecieron el último grito de uno que se estuviera ahogando… ¡

En fin! Bueno, hablad vosotros…

yo no puedo… 

Y se levanta y se aparta un poco para controlar su emoción.

Continúa Simón Zelote:

–        Ninguno habló durante mucho camino…

No podíamos hablar…

La garganta estaba tan hinchada de llanto que nos dolía…

Y no queríamos llorar…

Porque si hubiéramos empezado, aunque hubiera sido uno sólo, ya no habría tenido solución.

Llevaba las riendas yo;

porque Simón de Jonás, para que no se viera que sufría, se había puesto en el fondo del carro

a hurgar en los talegos.

Nos detuvimos en un pueblecito a mitad de camino entre Antioquía y Seleucia.

A pesar de que la luna fuera cada vez más clara a medida que la noche avanzaba,

no conociendo bien el lugar, nos detuvimos allí.

Y nos quedamos adormilados ahí, entre nuestras cosas.

No comimos, ninguno, porque… no podíamos.

Pensábamos en ellos dos…

Con la primera luz del alba, pasamos el puente y llegamos antes de la hora tercera a Seleucia.

Restituimos el carro y el caballo al hospedero y – era un hombre muy bueno –

le pedimos consejo respecto a la nave.

Dijo: “Voy yo al puerto. Me conocen y conozco gente”.

Y así hizo.

Encontró tres naves que estaban para zarpar para estos puertos.

Pero en una de ellas había ciertos… seres que no quisimos tener cerca.

Nos lo dijo el hombre, que lo había sabido por el jefe de la nave.

La segunda era de Ascalón, y no quería hacer escala para nosotros en Tiro,

a menos que hubiéramos dado una suma que ya no teníamos.

La tercera era una goleta bien mísera, cargada de madera bruta.

Una barca pobre, con pocos tripulantes y creo que con mucha miseria.

Por eso, a pesar de que se dirigía a Cesárea, aceptó detenerse en Tiro,

previo desembolso de una jornada de comida y paga para toda la tripulación.

Nos venía bien.

Yo, verdaderamente, y conmigo Mateo, teníamos un poco de miedo.

Es época de tempestades…

Y ya sabes lo que encontramos a la ida.

Pero Simón Pedro dijo: “No sucederá nada”.

Y subimos a la barca.

Iba tan suave y veloz que parecía que los ángeles fueran las velas de la nave.

Empleamos para llegar a Tiro menos de la mitad del tiempo tardado a la ida.

Y en Tiro el patrón fue tan bueno,

que nos concedió remolcar la barca hasta cerca de Tolemaida.

Bajaron a la barca Pedro, Andrés y Juan, para las maniobras.

Pero era muy simple… No como a la ida…

En Tolemaida nos separamos.

Estábamos tan contentos,

que, antes de bajar todos a la barca, donde estaban ya nuestras cosas,

les dimos más dinero del convenido.

En Tolemaida nos hemos detenido un día, y luego hemos venido aquí…

Pero nunca olvidaremos el dolor sufrido.

Simón de Jonás tiene razón. 

Varios estuvieron de acuerdo al afirmar:

–        ¿No tenemos también razón ai decir que el demonio nos ponía obstáculos sólo a la ida? 

Jesús concede: 

–         Tenéis razón.

Ahora escuchad.

Vuestra misión ha terminado.

Volvemos hacia Yiftael, a esperar a Felipe y Nathanael.

Y hay que hacerlo pronto.

Luego vendrán los demás.

Entretanto, evangelizaremos aquí, en los confines de Fenicia y en la propia Fenicia.

Pero todo lo ocurrido ha quedado para siempre sepultado en nuestros corazones.

No se dará respuesta a ninguna pregunta.

–        ¿Ni siquiera a Felipe y Nathanael?

Saben que hemos venido contigo.

–         Hablaré Yo.

He sufrido mucho, amigos.

Y vosotros lo habéis visto.

He pagado con mi sufrimiento la paz de Juan y Síntica.

Haced que mi sufrimiento no sea inútil.

No carguéis mis hombros con un peso más.

¡Tengo ya muchos!…

Y su peso crece cada día que pasa, cada hora que pasa…

Decid a NathanaeI que he sufrido mucho.

Decídselo a Felipe.

Y que sean buenos. Decídselo a los otros dos.

Pero no digáis más.

Decir que habéis entendido que he sufrido.

Y que os lo he confirmado, es una verdad.

No hace falta más.

Jesús habla cansado…

Los ocho lo miran apenados…

Y Pedro, que está detrás de Él, se atreve incluso a acariciarle la cabeza.

Jesús la levanta y mira a su honesto Simón con una sonrisa de tristeza afectuosa.

Pedro dice: 

–        ¡No, no puedo verte así!

Me parece, tengo la sensación de que la alegría de nuestra unión haya terminado…

Y que de ella quede la santidad, sólo la santidad.

Entretanto… vamos a Akcib.

Te cambiarás de túnica, te rasurarás los carrillos, ordenarás tus cabellos.

¡Así no, así no! No puedo verte así…

Me pareces…

Uno que hubiera logrado huir de manos crueles, o que le hubieran maltratado, 

O una persona al límite de sus fuerzas…

Me pareces Abel de Belén de Galilea, liberado de sus enemigos…

–         Sí, Pedro.

Pero el maltratado es el corazón de tu Maestro… y no se curará nunca…

Es más, será herido cada vez más.

Vamos…

Juan suspira:

–        Lo siento…

Hubiera deseado contar a Tomás, que tanto quiere a tu Madre, el milagro de la canción

y del ungüento…

–         Un día lo contarás…

No ahora.

Todo manifestaréis un día.

Entonces podréis hablar. Yo mismo os diré: “Id a decir todo lo que sabéis”.

Pero, entretanto, sabed ver en el milagro la verdad, ésta:

El poder de la Fe.

Tanto Juan como Síntica han calmado el mar y curado al hombre no por las palabras,

no por el ungüento,

sino por la Fe con que han usado el nombre de María y el ungüento hecho por Ella.

Y otra cosa: ello se produjo porque en torno a su Fe estaba la vuestra,

la de todos vosotros, y vuestra caridad.

Caridad hacia el herido.

Caridad hacia el cretense.

Al primero le quisisteis conservar la vida; al otro quisisteis darle la Fe.

Pero si aun es fácil curar los cuerpos, cosa muy dura es curar los espíritus…

No hay morbo más difícil de erradicar que el espiritual… 

Y Jesús suspira fuerte

Están a la vista de Akcib.

Pedro se adelanta con Mateo para encontrar alojamiento.

Le siguen los demás, compactos en torno a Jesús.

El sol declina rápidamente mientras entran en el pueblo…

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

https://paypal.me/cronicadeunatraicion?locale.x=es_XC

19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

346 EL MESÍAS REDENTOR


                                        346 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Los apóstoles están otra vez en la casa de Antioquía; con ellos, los dos discípulos y todos los hombres de Antigonio, no

vestidos ya con túnicas cortas y de trabajo, sino con indumentos largos, festivos porque es Sábado. 

Felipe ruega a los apóstoles que hablen al menos una vez a todos, antes de su ya inminente partida.

–        ¿Sobre qué?

–         Sobre todo lo que queráis.

Habéis oído estos días lo que hemos dicho.

De acuerdo con ello, decidid.

Los apóstoles se miran unos a los otros.

¿Quién debe hablar?

¡Pedro, es natural! ¡Es el jefe

Pero Pedro no querría hablar y defiere a Santiago de Alfeo o a Juan de Zebedeo el honor de hacerlo.

Sólo cuando los ve irremovibles, se decide a hablar.

–         Hoy hemos oído en la sinagoga explicar el capítulo 52 de Isaías.

El comentario que se ha hecho ha sido docto según el mundo, pero deficiente según la Sabiduría.

De todas formas no se debe recriminar al comentador, que ha dado lo que podía con esa sabiduría suya,

que carece de la parte mejor: el conocimiento del Mesías y del tiempo nuevo que Él ha traído.

No obstante, no hagamos críticas, sino oraciones para que llegue al conocimiento de estas dos gracias

y las pueda aceptar sin obstáculo.

Me habéis dicho que durante la Pascua oísteis hablar del Maestro con fe y también con menosprecio.

Y que solamente por la gran fe que llena los corazones de la casa de Lázaro, todos los corazones, habíais podido

resistir a la desazón que las acusaciones de otros metían en el corazón;

mucho más si se considera que estos otros eran precisamente los rabíes de Israel.

Pero ser doctos no quiere decir ser santos ni poseer la Verdad

La Verdad es ésta: Jesús de Nazaret es el Mesías prometido, el Salvador de que hablan as Profetas,

de los cuales el último descansa desde hace poco en el seno de Abraham, después del glorioso martirio sufrido

por la justicia. Juan el Bautista – y aquí están presentes los que oyeron esas palabras – dijo: “Éste es el Cordero de Dios

que quita los pecados del mundo”.

Sus palabras fueron creídas por los más humildes de entre los que se hallaban presentes, porque la humildad ayuda a

llegar a la Fe, mientras que a los soberbios les es difícil el camino – cargados como están de lastre – para llegar a la

cima del monte donde vive, casta y luminosa, la Fe.

Estos humildes, porque tales eran y por haber creído, han merecido ser los primeros en el ejército del Señor Jesús.

Podéis ver, pues, cuán necesaria es la humildad para tener fe solícita, y cuánto es premiado el saber creer,

incluso cuando las apariencias se presentan contrarias.

Os exhorto y estimulo a tener estas dos cualidades en vosotros;

entonces seréis del ejército del Señor y conquistaréis el Reino de los Cielos…

A ti, Simón Zelote. Yo he terminado

Continúa tú.

El Zelote, cogido tan al improviso y tan claramente indicado como segundo orador,

tiene que salir adelante sin demoras ni quejas.

Y dice:

–         Voy a continuar la plática de Simón Pedro, cabeza de todos nosotros por voluntad del Señor.

Voy a continuar sin dejar el tema del capítulo 52 de Isaías, visto por uno que conoce la Verdad encarnada, de la que es

siervo para siempre.

Está escrito:

“¡Levántate, revístete de -tu fuerza, oh Sión, vístete de fiesta, ciudad del Santo!”.

Así verdaderamente debería ser.

Porque, cuando una promesa se cumple, cuando una paz se establece, cuando cesa una condena y cuando viene el

tiempo de la alegría, los corazones y las ciudades deberían vestirse de fiesta y levantar las frentes abatidas,

sintiendo que ya no son personas odiadas, derrotadas, golpeadas, sino amadas y liberadas.

No estamos aquí haciendo un proceso a Jerusalén.

La caridad, primera entre todas las virtudes, lo prohíbe.

Dejemos, pues, de observar el corazón de los demás y miremos al nuestro.

Revistamos de fuerza nuestro corazón con esa fe de que ha hablado Simón,

y vistámonos de fiesta, porque nuestra fe secular en el Mesías ahora se corona con la realidad de la cosa.

El Mesías, el Santo, el Verbo de Dios está realmente entre nosotros.

Y tienen prueba de ello no sólo las almas, que reciben palabras de Sabiduría que las fortalecen e infunden santidad y

paz, sino también los cuerpos, que por obra del Santo, al cual el Padre todo concede, se ven liberados de las más

atroces enfermedades, e incluso de la muerte; para que las tierras y los valles de nuestra patria de Israel queden llenos

de las alabanzas al Hijo de David y al Altísimo, que ha enviado a su Verbo, como había prometido a los Patriarcas y Profetas.

El que os habla estaba leproso, destinado a morir, transcurriendo primero años de cruel angustia,

en la soledad de fiera que es propia de los leprosos.

Un hombre me dijo: “Ve a Él, al Rabí de Nazaret, y serás curado”.

Tuve fe. Fui.

Quedé curado. En el cuerpo. En el corazón.

En el primero desapareció la enfermedad que separa de los hombres; en el segundo, el rencor que separa de Dios.

Y con un corazón nuevo, pasé, de proscrito, enfermo. inquieto, a ser su siervo, llamado a la feliz misión

de ir a los hombres y amarlos en nombre suyo e instruirlos en la única cosa que es necesario conocer:

que Jesús de Nazaret es el Salvador y que son bienaventurados los que creen en Él.

Habla tú ahora, Santiago de Alfeo.

–         Yo soy el hermano del Nazareno.

Mi padre y su padre eran hermanos nacidos del mismo seno.

Y, no obstante, no puedo llamarme hermano, sino siervo.

Porque la paternidad de José, hermano de mi padre, fue una paternidad espiritual,

y en verdad os digo que el verdadero Padre de Jesús, Maestro nuestro, es el Altísimo al que nosotros adoramos.

El cual ha permitido que la Segunda Persona de su Divinidad Una y Trina se encarnara y viniera a la tierra,

permaneciendo de todas formas siempre unida con aquellas que viven en el Cielo.

Porque ello lo puede hacer Dios, el infinitamente Potente.

Y lo hace por el Amor, que es su naturaleza.

Jesús de Nazaret es nuestro hermano, ¡Oh hombres!,

porque ha nacido de mujer y es semejante a nosotros por su Humanidad.

Es nuestro Maestro porque es el Sabio, es la Palabra misma de Dios que ha venido a hablarnos para hacernos de Dios.

Y es nuestro Dios, siendo uno con el Padre y con el Espíritu Santo, con los cuales está siempre en unión de amor,

Potencia y Naturaleza.

Sea propiedad vuestra también esta verdad,

que con manifiestas pruebas fue concedido conociera el Justo que fue pariente mío.

Y contra el mundo, que tratará de separaros de Cristo diciendo: “Es un hombre cualquiera”, responded:

“No. Es el Hijo de Dios, es la Estrella nacida de Jacob, es el Cayado que se eleva en Israel, es el Dominador”:

no dejéis que ninguna cosa os disuada.

Ésta es la Fe.

A ti, Andrés.

–         Ésta es la Fe.

Yo soy un pobre pescador del lago de Galilea.

Y en las silenciosas noches de pesca, bajo la luz de los astros, tenía mudos coloquios conmigo mismo.

Decía: “¿Cuándo vendrá? ¿Viviré todavía?

Faltan todavía muchos años, según la profecía”.

Para el hombre, de vida limitada, unas pocas decenas de años son siglos…

Me preguntaba: “¿Cómo vendrá? ¿Dónde? ¿De quién?”.

Y mi embotamiento humano me hacía soñar regios esplendores, regias moradas y cortejos.

Y poder, e irresistible majestad…

Y decía: “¿Quién podrá mirar a este gran Rey?”.

Lo imaginaba manifestándose en modo más aterrorizador que el propio Yeohveh en el Sinaí.

Me decía: “Los hebreos, allí, vieron al monte lanzando resplandores,

pero no quedaron reducidos a cenizas parque el Eterno estaba más allá de los nimbos.

Pero aquí nos mirará con ojos mortíferos y moriremos…”.

Era discípulo del Bautista.

Y en las pausas de la pesca iba donde él, con otros compañeros.

Era un día de esta luna…

Las márgenes del Jordán estaban llenas de gente que temblaba al oír las palabras del Bautista.

Yo había visto a un joven hermoso y tranquilo venir hacia nosotros por un sendero.

Humilde la túnica, dulce el aspecto.

Parecía pedir amor y dar amor.

Sus ojos azules se posaron un momento en mí, y experimenté una cosa que no he vuelto a experimentar jamás.

Me pareció como si me acariciaran el alma, como si alas de ángel me rozaran apenas.

Por un momento, me sentí tan lejos de la tierra, tan distinto, que dije: “¡Ahora muero!

Es la convocatoria de Dios a mi espíritu”.

Pero no morí.

Me quedé hechizado contemplando al joven desconocido, que, a su vez, había fijado su mirada azul en el Bautista.

Y el Bautista se volvió, se apresuró a ir a Él, se inclinó ante Él.

Se hablaron.

Y, dado que la voz de Juan era un trueno continuo, las misteriosas palabras llegaron hasta mí,

que estaba escuchando, deseando vehementemente saber quién era el joven desconocido.

Mi alma lo sentía distinto de todos.

Decían: “Yo debería ser bautizado por Ti…”. “Deja, ahora. Conviene cumplir toda justicia”…

Juan ya había dicho: “Vendrá uno al que no soy digno de desatar las correas de las sandalias”.

Había dicho ya: “En medio de vosotros, en Israel, hay uno que no conocéis.

Tiene ya en su mano el aventador y limpiará su era y quemará la paja con el fuego inextinguible”.

Yo tenía ante mí a un joven común, de aspecto manso y humilde,.

Y, no obstante había oído que era Aquel al que ni siquiera el Santo de Israel, el último profeta, el Precursor,

era digno de desatarle las sandalias.

Había oído que era Aquel al que no conocíamos.

Pero no sentí miedo de Él.

Es más, cuando Juan, pasado el superextasiante trueno de Dios,

pasado el inconcebible esplendor de la Luz en forma de paloma de paz, dijo: “Éste es el Cordero de Dios”,

yo, con la voz del alma, jubiloso por haber presentido al Rey Mesías en el joven manso y humilde de aspecto,

grité con la voz del espíritu: “¡Creo!”.

Por esta fe soy su siervo.

Sedlo vosotros también y tendréis paz.

Mateo, a ti el narrar las otras glorias del Señor.

–         Yo no puedo usar las palabras límpidas de Andrés.

Él era un justo; yo, un pecador.

Por eso mi palabra no tiene notas festivas, aunque no le falta la paz confidencial de un salmo.

Era un pecador, un gran pecador.

Vivía en el error completo.

Me había endurecido en el error y no sentía desazón.

Si alguna vez los fariseos o el arquisinagogo me herían con sus insultos o} reprensiones,

recordándome al Dios Juez implacable,

experimentaba un momento de terror..

Y luego me arrellanaba en la necia idea:

“Total ya soy un réprobo. Gocemos, pues, sentidos míos, mientras podamos hacerlo”.

Y, más que nunca, me hundía en el pecado.

Hace dos primaveras, vino un Desconocido a Cafarnaúm.

También para mí era un desconocido.

Lo era para todos, porque estaba en los comienzos de su misión.

Solamente unos pocos hombres lo conocían por lo que Él era realmente.

Estos que veis y otros pocos.

Me asombró su espléndida virilidad, más casta que la castidad de una virgen.

Esto fue lo primero que me impresionó

Lo veía con porte grave, y, a pesar de ello, dispuesto a escuchar a los niños que iban a El como las abejas a la flor;

su único entretenimiento eran sus juegos inocentes y sus palabras sin malicia.

Luego me impresionó su poder.

Hacía milagros.

Dije: “Es un exorcista. Un santo”.

Pero me sentía tan ignominioso a su lado, que me apartaba de Él.

Él me buscaba. Ésa era mi impresión.

No había vez que pasara cerca de mi banco, que no me mirase con su mirada dulce y un poco triste.

Y cada vez se producía como un sobresalto de la conciencia entorpecida, la cual no volvía ya al mismo nivel de torpor.

Un día – la gente magnificaba siempre su palabra – sentí deseos de oírle.

Escondiéndome detrás de una esquina de una casa le oí hablar a un pequeño grupo de hombres.

Hablaba con sencillez, sobre la caridad, que es como indulgencia por nuestros pecados..

Desde aquella tarde yo, el exigente y duro de corazón, quise conseguir de Dios el perdón de muchos pecados.

Hacía las cosas en  secreto…

Pero Él sabía que era yo, porque lo sabe todo.

Otra vez, le oí explicar precisamente el capítulo 52 de Isaías: decía que en su Reino, en la Jerusalén celestial,

no estarían los impuros ni los incircuncisos de corazón.

Y prometía que aquella Ciudad celeste – cuyas bellezas expresaba con tan persuasiva palabra,

que me vino nostalgia de ella – sería de quien a Él fuera.

Y luego,…

y luego… ¡Oh, aquel día no fue una mirada de tristeza, sino de mando!

Me desgarró el corazón, puso mi alma al desnudo, la cauterizó, tomó en su poder a esta pobre alma enferma,

la atormentó con su amor exigente…

Y mi alma fue nueva.

Fui a Él con arrepentimiento y deseo.

No esperó a que le dijera: “¡Señor, piedad!”.

Dijo Él: “¡Sígueme!”.

El Manso había vencido a Satanás en el corazón del pecador.

Que esto os diga,

si alguno de vosotros tiene culpas que le turban, que es el Salvador bueno y que no hay que apartarse de Él,

sino que, cuanto más pecador es uno, más debe ir a El con humildad y arrepentimiento para ser perdonado.

Santiago de Zebedeo, habla tú.

–         Verdaderamente no sé qué decir.

Habéis hablado y dicho lo que yo habría dicho.

Porque la verdad es ésta y no puede cambiar.

Yo también estaba, con Andrés, en el Jordán,

pero no me di cuenta de Él, sino cuando me lo indicó la mención del Bautista.

Yo también creí inmediatamente

Y cuando se marchó, después de su luminosa manifestación;

me quedé como uno al que de una cima llena de sol, lo llevan a una oscura cárcel.

Sentía un incontenible deseo de volver a encontrar el sol.

El mundo carecía totalmente de luz, después de habérseme presentado la Luz de Dios .

Y luego haber desaparecido de mi presencia.

Estaba solo entre los demás hombres.

Mientras comía tenía hambre.

Durante el sueño velaba con la parte mejor de mí mismo.

Dinero, oficio, afectos, todo había pasado a un segundo lugar respecto a este deseo incontenible de El;

había quedado lejos, sin atractivo.

Cual niño que ha perdido a su madre, gemía: “¡Vuelve, Cordero del Señor!

¡Altísimo, como enviaste a Rafael a guiar a Tobías, envía a tu ángel a guiarme a los caminos del Señor

para que lo encuentre, lo encuentre, lo encuentre!”.

Y, a pesar de todo, cuando, después de decenas de días de inútil espera y de búsqueda ansiosa

que, por su inutilidad, nos hacía sentir más cruel la perdida de nuestro Juan, que había sido arrestado por primera vez

Se nos presentó por el sendero, viniendo del desierto, no lo reconocí inmediatamente.

Llegado a este punto, quiero, hermanos en el Señor, enseñaros otro camino para ir a Él y reconocerlo.

Simón de Jonás ha dicho que hace falta fe y humildad para reconocerlo.

Simón Zelote ha confirmado la absoluta necesidad de la fe para reconocer en Jesús de Nazaret a Aquel que es,

en el Cielo y en la tierra, según cuanto ha sido dicho.

Y Simón Zelote necesitaba una fe muy grande, para esperar incluso para su cuerpo inevitablemente enfermo.

Por eso Simón Zelote dice que fe y esperanza son los medíos para poseer al Hijo de Dios.

Santiago, hermano del Señor, habla del poder de la fortaleza para conservar lo hallado.

La fortaleza, que impide que las insidias del mundo y de Satanás socaven nuestra fe

Andrés muestra toda la necesidad de unir a la fe una santa sed de justicia, tratando de conocer y retener la verdad,

cualquiera que fuere la boca santa que la anuncie, no por un orgullo humano de ser doctos,

sino por el deseo de conocer a Dios.

Quien se instruye en las verdades encuentra a Dios.

Mateo, que fue pecador, os indica otro camino por el que se alcanza a Dios:

despojarse de la sensualidad por espíritu de imitación.

Yo diría que por reflejo de Dios, que es Pureza infinita.

El, el pecador, se siente impresionado, lo primero, por la “virilidad casta” del Desconocido que había ido a Cafarnaúm,

Y casi como si ésta tuviera el poder de resucitar su muerta continencia, se veda a sí mismo, lo primero,

el sentido carnal, liberando así de obstáculos el camino para la llegada de Dios y para la resurrección de las otras

virtudes muertas

El celibato NO es una vida sin amor. Es la vida de UN AMOR MÁS GRANDE que el carnal. “

De la continencia pasa a la misericordia, de ésta a la contrición, de la contrición a la superación de todo sí mismo

y a la unión con Dios.

“Sígueme.” “Voy.” Pero su alma había dicho ya: “Voy”, y el Salvador había dicho ya: “Sígueme”,

desde la primera vez que la virtud del Maestro había atraído la atención del pecador.

Imitad.

Porque toda experiencia ajena, aunque fuera penosa;

es guía para evitar el mal y encontrar el bien en aquellos que tienen buena voluntad.

Yo, por mi, digo que, cuanto más se esfuerza el hombre en vivir para el espíritu,

más apto es para reconocer al Señor.

Y la vida angélica favorece esto al máximo.

Entre nosotros, discípulos de Juan, el que lo reconoció, después de la ausencia, fue el alma virgen.

Él, más incluso que Andrés, lo reconoció, a pesar de que la penitencia hubiera cambiado el rostro del Cordero de Dios.

Por eso digo: “Sed castos para poderlo reconocer”.

Judas, ¿Quieres hablar tú ahora?

         Sí.

Sed castos para poderlo reconocer.

Pero sedlo también para poderlo conservar en vosotros con su Sabiduría, con su Amor, con todo É1 mismo.

Sigue diciendo Isaías en el capítulo 52: “No toquéis lo impuro,… purificaos los que lleváis los vasos del Señor”.

Verdaderamente, toda alma que se hace discípula suya, es semejante a un vaso colmado del Señor.

Y el cuerpo que la contiene es como el portador del vaso consagrado al Señor.

No puede Dios estar donde hay impureza.

Mateo ha dicho cómo el Señor estaba explicando que nada que fuera impuro o que estuviera separado de Dios

habitará en la Jerusalén celeste.

verán a Dios ( Mt 5,8)

Sí. Pero es necesaria no ser impuros aquí abajo, y no estar separados de Dios, para poder entrar en ella.

Desdichados aquellos que aplazan a la última hora su arrepentimiento.

No siempre tendrán tiempo de hacerlo.

De la misma manera que los que ahora lo calumnian no tendrán tiempo de hacer nuevo su corazón

en el momento de su triunfo, siendo así que no gozarán de los frutos de este.

Quienes esperan ver en el Rey santo y humilde un monarca terreno, y, más aún,

quienes temen ver en El un monarca  terreno, no estarán preparados para aquella hora;

engañados y defraudado su pensamiento, que no es el pensamiento de Dios sino un pobre pensamiento humano,

pecarán cada vez más.

La humillación de ser el Hombre pesa sobre Él.

Debemos tener presente esto. Isaías dice que todos nuestros pecados tienen mortificada a la Persona Divina

bajo una apariencia común.

Cuando pienso que el Verbo de Dios tiene alrededor de Sí, como una costra sucia, toda la miseria de la Humanidad

desde que ésta existe, pienso con profunda compasión y con profunda comprensión

en el sufrimiento que debe producirle ello a su alma sin culpa:

la repulsa de una persona sana que fuera recubierta con los andrajos y las porquerías de un leproso.

Es verdaderamente el traspasado por nuestros pecados, el llagado por todas las concupiscencias del hombre.

Su alma, que vive entre nosotros, debe temblar con los contactos como por escalofrío de fiebre.

Y, no obstante, no dice nada.

No abre la boca para decir: “Me producís horror”.

La abre solamente para decir: “Venid a Mí, que os quite vuestros pecados”.

Es el Salvador.

En su infinita bondad, ha querido velar su irresistible belleza.

Esa belleza que, si se hubiera presentado cual es en el Cielo, nos habría reducido a cenizas, como ha dicho Andrés.

Esa belleza ahora se ha hecho atractiva, como de manso Cordero, para poder acercarse a nosotros y salvarnos.

Su opresión, su condena durará hasta que, consumido por el esfuerzo de ser el Hombre perfecto

en medio de los hombres imperfectos, sea elevado por encima de la multitud de los rescatados,

en el triunfo de su realeza santa.

¡Dios que conoce la muerte, para salvarnos a la Vida!…

Que estos pensamientos os hagan amarlo sobre todas las cosas.

El es el Santo.

Yo lo puedo decir, yo que con Santiago he crecido con El.

Y lo digo y lo diré, dispuesto a dar mi vida para firmar esta confesión;

para que los hombres crean en El y tengan la Vida eterna.

Juan de Zebedeo, te toca hablar a ti.

–          ¡Qué hermosos en los montes los pies del mensajero!

15. Y ¿cómo predicarán si no son enviados? Como dice la Escritura: = ¡Cuán hermosos los pies de los que anuncian el bien! =Romanos 10

Del Mensajero de paz, de Aquel que anuncia la felicidad y predica la salud, de Aquel que dice a Sión:

“¡Reinará tu Dios!”.

Y estos pies van, incansables, desde hace dos años, por los montes de Israel, convocando a las ovejas de la grey

de Dios para reunirlas, confortando, sanando, perdonando, dando paz.

Su paz. Verdaderamente me resulta extraño el no ver estremecerse de alegría los montes y exultar las aguas

de la patria, bajo la caricia de su pie.

Pero lo que más me asombra es el no ver a los corazones estremecerse de alegría y exultar diciendo:

“¡Gloria al Señor! ¡El Esperado ha venido! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”.

Aquel que derrama gracias y bendiciones, paz y salud, y llama para el Reino abriéndonos el camino que a Él conduce;

Aquel, sobre todo, que espira amor de cada una de sus acciones o palabras, de cada mirada, de cada respiro.

¿Qué es este mundo, pues, para estar ciego a la Luz que vive en medio de nosotros?

¿Qué losas, más espesas que la piedra que cierra las puertas de los sepulcros,

le muran la vista del alma para no ver esta Luz?

¿Qué montañas de pecados tiene encima de sí para estar tan oprimido, separado, cegado, ensordecido,

encadenado, paralizado, de forma que permanece pasivo ante el Salvador?

¿Qué es el Salvador?

Es la Luz fundida con el Amor.

La boca de mis hermanos ha cantado las alabanzas del Señor, ha recordado sus obras,

ha indicado las virtudes que deben practicarse para llegar a su camino.

Yo os digo: amad.

No hay virtud mayor ni más semejante a su Naturaleza.

Si amáis, practicaréis todas las virtudes sin esfuerzo, empezando por la castidad.

Y no os será gravoso el ser castos, porque amando a Jesús no amaréis a nadie inmoderadamente.

Seréis humildes porque veréis en Él sus infinitas perfecciones con ojos amantes, por lo cual no os ensoberbeceréis

de las vuestras, mínimas.

Seréis creyentes. ¿Quién no cree en aquel a quien ama?

Sentiréis la contrición del dolor que salva, porque será recto vuestro dolor,

es decir será un dolor por la pena causada a Él, no por la pena por vosotros merecida.

Seréis fuertes. ¡Oh, sí! ¡Cuando uno está unido a Jesús, es fuerte! Fuerte contra todo.

Estaréis llenos de esperanza, porque no dudaréis del Corazón de los corazones,

que os ama con la totalidad de Sí mismo.

Seréis sabios. Seréis todo.

Amad a Aquel que anuncia la felicidad verdadera, que predica la salud, que va, incansable, por los montes y los valles

convocando al rebaño para reunirlo; a Aquel en cuyo camino está la Paz, como también hay paz en su Reino, que no es

de este mundo, sino que es verdadero, como verdadero es Dios.

Abandonad cualquier camino que no sea el suyo.

Liberaos de toda tiniebla. Id a la Luz.

No seáis como el mundo, que no quiere ver la Luz, que no quiere conocerla.

Vosotros id a nuestro Padre, que es el Padre de las luces, que es Luz sin medida,

a través del Hijo, que es la Luz del mundo, para gozar de Dios en el abrazo del Paráclito,

que es fulgor de las Luces en una sola beatitud de amor, que a los Tres centra en Uno. ¡Infinito océano del Amor,

sin tempestades, sin tinieblas, acógenos!

¡A todos! A los inocentes y a los convertidos. ¡A todos!

¡En tu paz! ¡A todos! Para toda la eternidad.

A todos los que habitamos sobre la tierra, para que te amemos a ti, Dios,

y al prójimo como tú quieres.

A todos, en el Cielo, para que sigamos amando, siempre, no sólo a ti y a los celestes habitantes,

sino también, y todavía, a los hermanos que militen en la tierra en espera de la paz.

Y cual ángeles de amor, los defendamos y apoyemos en las batallas y tentaciones, para que después puedan estar

contigo en tu paz, para gloria eterna del Señor nuestro Jesús, Salvador,

Amador del hombre, hasta el límite sin límite del anonadamiento sublime.

Como siempre, Juan, ascendiendo en sus vuelos de amor, lleva consigo a las almas a lugares de amor levísimo

y silencio místico.

Debe pasar un rato antes de que retorne la palabra a los labios del auditorio.

El primero en hablar es Felipe, dirigiéndose

a Pedro:

–         ¿Y Juan, el pedagogo, no habla?

-Os hablará por nosotros continuamente.

Ahora dejadlo en su paz, y dejadnos también a nosotros un buen rato con él.

Tú, Saba, haz lo que te he dicho antes; y tú también, buena Berenice…

Salen todos.

Se quedan en la amplia sala los ocho con los dos.

Hay un silencio grave:

Están todos un poco pálidos:

los apóstoles, porque saben lo que está para producirse;

los dos discípulos, porque lo presienten.

Pedro abre sus labios, pero encuentra sólo esta palabra: «Oremos», y entona el “Pater noster”.

Luego – está verdaderamente pálido, quizás más que en el momento de la muerte -,

yendo a ponerse entre los dos y colocando una mano sobre sus hombros,

dice:

–         Es la hora de la despedida, hijos.

¿Qué le digo al Señor en nombre vuestro?

¿A Él, que ciertamente estará ansioso de saber de vuestra santidad?

Síntica cae de rodillas y se cubre el rostro con las manos.

Juan la imita.

Pedro los tiene a sus pies…

Y, mecánicamente, los acaricia mientras se muerde los labios para no ceder a la emoción.

Juan de Endor alza su acongojado rostro,

y dice:

–          Dirás al Maestro que nosotros hacemos su Voluntad…

Y Síntica:

–         Y que nos ayude a cumplirla hasta el final…

El llanto impide frases más largas.

–        Bien.

Démonos el beso de despedida.

Esta hora debía llegar..

También Pedro se corta, ahogado por un nudo de llanto.

Síntica suplica:

–         Antes bendícenos

–        No.

No yo. Mejor uno de los hermanos de Jesús…

Tadeo se pone de rodillas y objeta:

–        No.

Tú eres el jefe.

Nosotros los bendeciremos con el beso.

Bendícenos a todos, a nosotros que nos marchamos y a ellos que se quedan .

Y Pedro, el pobre Pedro – que ahora está rojo por el esfuerzo de mantener firme la voz.

Y por la emoción de bendecir, con las manos extendidas hacia el pequeño núcleo arrodillado a sus pies…

– pronuncia, con voz aún más áspera por el llanto, casi de viejo, la bendición mosaica…

Luego se agacha, besa en la frente a la mujer, como si fuera una hermana;

levanta y abraza, besándolo fuerte, a Juan.

Y… se marcha valientemente de la habitación, mientras los otros imitan su acto para con los dos que se quedan…

Afuera, el carro está ya preparado.

Sólo están presentes Felipe, Berenice y el siervo, que sujeta el caballo.

Pedro ha subido ya al carro… 

Felipe dice a Pedro:

–         Dirás al amo que esté tranquilo respecto a sus recomendados.

Berenice en voz baja, dice a Zelote:

–          Dirás a María que siento la paz de Euqueria desde que ella es discípula. 

–          Le diréis al Maestro, a María, a todos, que los amamos, y que…

¡Adiós! ¡Adiós! ¡Oh, no los volveremos a ver!

¡Adiós, hermanos! Adiós…

Corren afuera, al camino, los dos discípulos…

Pero el carro, que ha partido al trote, ya ha doblado la esquina…

Ha desaparecido…

–         ¡Síntica!

–         ¡Juan!

–        ¡Estamos solos!

–        ¡Dios está con nosotros!…

Ven, pobre Juan. El sol declina.

Te sienta mal estar aquí…

–          Para mí el Sol se ha puesto para siempre…

Sólo volverá a salir en el Cielo.

Y entran donde antes estaban con los demás, se dejan caer sobre una mesa y se entregan, ya sin freno, al llanto…

Dice Jesús:

«Y el tormento causado por un hombre, sólo querido por el hombre malo, quedó consumado,

deteniéndose como un curso de agua en un lago después de haber realizado su recorrido…

Te hago notar cómo también Judas de Alfeo, a pesar de estar más nutrido de sabiduría que los demás,

da al texto de Isaías, sobre mis sufrimientos de Redentor, una explicación humana.

Y así era todo Israel, que se negaba a aceptar la realidad profética

y contemplaba las profecías sobre mis dolores como alegorías y símbolos.

Fue el gran error, por el que, en la hora de la Redención, bien pocos en Israel supieron ver todavía al Mesías

en el Condenado.

La Fe no es sólo una corona de flores.

Tiene espinas también.

Y es santo aquel que sabe creer tanto en las horas de gloria como en las horas trágicas.

Y sabe amar, tanto si Dios lo cubre de flores, como si lo coloca sobre espinas.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

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19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

345 PEDAGOGOS EN ANTIGONIO


345 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

El anciano Felipe mientras sirve a los huéspedes leche humeante,

dice: .

–       Mi hijo Tolmái ha venido para los mercados.

Hoy, a la sexta, regresa a Antigonio.

El día está templado.

¿Queréis ir, según vuestro deseo? 

Pedro responde:

–        Iremos, seguro.

¿Cuándo has dicho?

–        A la sexta.

Podréis volver mañana, si queréis; o si preferís, en la víspera del sábado, al caer de la tarde, cuando vienen para las funciones del sábado todos los subalternos hebreos

o los que han entrado en la fe.

–        Lo haremos así.

Se podría incluso elegir ese lugar, para que vivieran éstos.

–        Será un placer en todo caso, aunque los pierda.

Porque es un lugar salubre.

Y podríais hacer mucho bien con los subalternos, algunos de los cuales

son todavía los que dejó el amo.

Otros provienen de la bondad de la bendita ama, que los rescató de amos crueles.

Por eso no son todos israelitas.

Pero ahora ya no son tampoco paganos.

Hablo de las mujeres.

Los hombres, todos, están circuncidados.

No sintáis aversión…

Pero están todavía muy lejos de la justicia de Israel.

Los santos del Templo, que son perfectos, se escandalizarían de ellos…

Pedro exclama:

–       ¡Ah, ya!

¡Ya! ¡Ya!…

¡Bueno, bien!

Ahora podrán progresar aspirando sabiduría y bondad de los enviados del Señor…

¿Estáis oyendo cuántas cosas que hacer tenéis aquí? – termina Pedro, dirigiéndose a los dos.

Síntica promete:

–        Lo haremos.

No defraudaremos al Maestro

Y sale para preparar lo que cree oportuno.

Juan de Endor pregunta a Felipe:

–        ¿Piensas que en Antigonio voy a poder hacer un poco de bien,  también a otros,

enseñando como pedagogo?

–        Mucho bien.

El anciano Plauto ha muerto ya hace tres lunas y los niños de los gentiles no tienen escuela.

En cuanto a los hebreos, no hay maestro, porque todos los nuestros huyen de ese lugar

que está cerca de Dafne.

Se necesita uno que sea…

que sea… como era Teófilo…

Sin rigideces para… para…

Pedro concluye expeditivo.

–        Sí, en fin,

sin fariseísmo, quieres decir.

–        Eso… sí…

No quiero criticar…

Pero pienso…

Maldecir no sirve para nada.

Mejor sería ayudar…

Como hacía la ama, que con su sonrisa conducía a la Ley más y mejor, que un rabí.

Juan de Endor exclama:

–        ¡Ahora comprendo por qué me ha enviado aquí el Maestro!

Soy exactamente el hombre con los requisitos precisos…

¡Haré su voluntad!

¡Hasta el último respiro!

Ahora creo, creo con firmeza que es exclusivamente una misión de predilección ésta mía.

Voy a decírselo a Síntica.

Vais a ver como nos quedamos allí..

Voy, voy a decírselo.

Y sale, animado como hacía tiempo no lo estaba.

Pedro exclama:

–        ¡Altísimo Señor, te doy las gracias y te bendigo!

Sufrirá todavía, pero no como antes…

¡Ah, qué alivio! 

Y luego siente el deber de explicar a Felipe un poco, de la forma que puede,

el por qué de su alegría:

«       Debes saber que los…“rígidos” de Israel – tú los llamas “rígidos” – persiguen a Juan.

–        ¡Ah, comprendo!

Perseguido político como… como… – y mira al Zelote.  

Simón confirma:

–        Sí, como yo y más;

por otros motivos también.

Porque, además de por la casta distinta, los irrita por ser del Mesías.

Por lo cual, dicho sea de una vez por todas, él y ella quedan confiados a tu fidelidad…

¿Comprendes?

–        Comprendo.

Y sabré cómo moverme.

–        Ante los demás, ¿Cómo los vas a llamar?

–        Dos pedagogos recomendados por Lázaro de Teófilo,

él para los niños, ella para las niñas.

Veo que tiene bordados y telares…

Gente extranjera hace y vende muchas labores femeninas en Antioquía.

Pero son labores toscas y recargadas

Ayer he visto una labor suya que me ha recordado a la buena ama mía…

Serán labores muy solicitadas…

Pedro dice:

–        Una vez más, alabado sea el Señor.

Judas Tadeo., responde: 

–        Sí.

Esto disminuye en nosotros el dolor de la ya próxima despedida.

–        ¿Ya os queréis marchar?

Y Tadeo explica:

–        Tenemos que marcharnos.

La tormenta nos ha hecho perder tiempo.

Para los primeros días de Sabat tenemos que estar con el Maestro.

Nos está esperando, porque ya vamos con retraso.   

Se separan y va cada uno a sus asuntos:

Felipe a donde lo llama una mujer;

los apóstoles al sol, en la azotea. 

Santiago de Alfeo pregunta: 

–        Podríamos partir el día siguiente del sábado.

¿Qué os parece? 

Todos asienten…

–       ¡Por mí!…

¡Fíjate tú! 

Pedro:   

–       Todos los días me levanto con el tormento de Jesús solo, sin ropa, desatendido,

y todas las noches me acuesto con el mismo tormento.

De todas formas, hoy lo decidimos.

Andrés comenta:

–        Decidme.

¿Creéis que el Maestro sabía todo esto?

Hace días que me pregunto cómo sabía que encontraríamos al cretense;

cómo ha visto con anticipación el trabajo de Juan y Síntica;

cómo, cómo… en definitiva, muchas cosas.  

Zelote dice:

–        Verdaderamente creo que el cretense tiene épocas fijas de estancia en Seleucia.

Quizás Lázaro se lo dijo a Jesús…

Y Él, por ello, decidió la partida sin esperar a la Pascua… 

Santiago de Alfeo. pregunta: 

–        ¡Sí! ¡Eso!

¿Y Juan cómo va a celebrar la Pascua? 

Mateo dice:

–        Pues como todos los israelitas… 

Tadeo dice:

–        No.

Sería caer en la boca del lobo».

-¿Pero qué dices, hombre?

Entre tanta gente, ¿Quién lo va a descubrir?

Pedro dice y corta la frase: 

–       El Iscar…

¡Oh, ya hablé!

No penséis en ello.

Es un capricho de mi mente…

Pedro está colorado, afligido por haber hablado.

Judas Tadeo le pone una mano en el hombro, sonriendo con su sonrisa grave,

y dice:

–        ¡Bueno, hombre!

Todos pensamos lo mismo…

Pero mejor no decírselo a ninguno.

Bendigamos, más bien, al Eterno, que ha desviado la mente de Juan, de este pensamiento.

Todos, abstraídos, guardan silencio.

Pero para ellos, verdaderos israelitas, es una preocupación el cómo va a poder celebrar

la Pascua en Jerusalén, el discípulo exiliado…

Y vuelven sobre el tema. 

Mateo dice:

–        Yo creo que Jesús proveerá.

Quizás Juan lo sabe.

Basta preguntárselo.

Juan suplica:

–        No lo hagáis.

No creéis deseos y espinas donde apenas si se acaba de establecer la paz.

Santiago de Alfeo. confirma: 

–        Sí.

Es mejor preguntárselo al Maestro mismo

Andrés pregunta: 

–       ¿Cuándo lo veremos?

¿Qué pensáis vosotros? 

Santiago de Zebedeo dice: 

–        Si partimos el día siguiente del sábado,

para el final de la luna estaremos seguro en Tolemaida…

Tadeo observa:

–        Si encontramos nave… 

Y su hermano añade:

–        Y si no hay tempestad.

–        Por lo que se refiere a la nave, siempre hay alguna que parte para. Tiro.  

Y pagando, haremos que se haga escala en Tolemaida aunque la nave vaya para Joppe.

Zelote pregunta a Pedro:

–        ¿Tienes todavía?

–       . Contando incluso con que me ha pelado bien ese ladrón del cretense,

a pesar de todas sus declaraciones de querer favorecer a Lázaro.

Pero tengo que pagar la permanencia de la barca y la de Antonio…

Y no toco los denarios que me han dado para Juan y Síntica.

Son sagrados.

Los dejo intactos, a costa incluso de no comer.

Zelote comenta:

–       Haces bien.

Ese hombre está muy enfermo.

Él cree que podrá ejercer la función de pedagogo.

Yo creo que su única función será la de enfermo, pronto… 

Santiago de Zebedeo, confirma: .

–        Sí, también yo creo eso.

Síntica, más que labores, tendrá que hacer ungüentos 

Juan dice admirado:

–        Ese ungüento, ¿Eh?

¡Qué prodigio!

Síntica me ha dicho que quiere hacer más

y usarlo para poder entrar en familias de aquí».

Mateo proclama: 

–       ¡Buena idea!

Un enfermo que se cura es siempre un discípulo conquistado, y con él los suyos

  Pedro exclama: 

      ¡Ah, no, eso no! 

Andrés cuestiona y con él, otros más:

—      ¿Cómo?

¿Quieres decir que el milagro no arrastra hacia el Señor?  

Pedro interroga:

–        Sois unos niñitos!

¡Parece que acabáis de bajar del Cielo!

¿Pero no veis lo que le hacen a Jesús?

¿Se ha convertido Elí de Cafarnaúm

¿Y Doras?

¿Y Oseas de Corazín?

¿Y Melquías de Betsaida?

¿Y – perdonad los de Nazaret

 y toda Nazaret por los cinco, seis, diez milagros cumplidos,

hasta el último, el de vuestro sobrino? 

Ninguno replica, porque es la amarga verdad…

Después de unos minutos de silencio,

Juan dice: 

–        No hemos encontrado todavía al soldado romano.

Jesús ya lo había dado a entender..

Zelote dice: . 

–        Se lo diremos a los que se quedan.

Es más, será otra misión más en su vida.

Vuelve Felipe

diciendo:

–        Mi hijo está ya listo.

Se ha dado prisa.

Está con su madre, que prepara regalos para los nietos.

–        ¿Es buena tu nuera, no?

–        Buena.

Ha sido consuelo mío en la pérdida de mi José.

Es como una hija.

Era sierva de Euqueria. La educó ella.

Venid a reponer fuerzas antes de poneros en marcha.

Los otros ya lo están haciendo…

.Y,precedidos por el carro de Tolmái, nieto de Felipe, trotan hacia Antigonio…

Llegan pronto a esta pequeña ciudad.

Sepultada en la feracidad de sus jardines, protegida de las corrientes por las cadenas de

montes que tiene alrededor; 

suficientemente lejanas para no ahogarla, pero suficientemente cercanas para protegerla

y derramar sobre ella los efluvios de sus bosques de árboles resinosos y esenciales;

toda llena de sol, alegra la vista y el corazón con sólo cruzarla.

Los jardines de Lázaro están al sur de la ciudad.

Están precedidos por un paseo, por ahora sin frondas, a lo largo del cual están las casas

de los que trabajan en los jardines.

Son casitas bajas, pero bien cuidadas.

A sus puertas se asoman caras de niños que observan curiosos…

Y de mujeres que saludan sonriendo.

Las razas distintas se manifiestan en la diversidad de los rostros.

Tolmái, en cuanto traspasan la cancilla donde empieza la propiedad,

hace un especial chasquido de tralla al ir pasando por delante de todas las casas;

debe ser como una señal

Y los que viven en ellas, tras haber observado, entran de nuevo y luego vuelven a salir,

cierran las puertas y empiezan a caminar por el paseo, detrás de los dos carros,

que van al paso y luego se paran en el centro de una confluencia de senderos

(dirigidos, como los radios de una rueda, en todas las direcciones

entre muchos campos dispuestos en cuadros, unos desnudos, otros de un verde perenne,

custodiados por laureles, por acacias o árboles semejantes.

O por otros árboles que a través de los tajos incididos en su tronco

rezuman leche olorosa y resinas).

En el ambiente hay un olor mixto de aromas balsámicos, resinosos, fragantes.

Panales por todas partes.

Y pilones para el riego, en que beben palomas blanquísimas.

Y, en zonas especiales, de tierra desnuda, recientemente cavada,

escarban gallinitas también blancas custodiadas por muchachas.

Tolmái restalla la tralla repetidas veces,

hasta que todos los súbditos del pequeño reino se reúnen en torno a los recién llegados.

Entonces empieza su presentación:

–       Escuchad.

Felipe, jefe nuestro y padre de mi padre, manda y recomienda a estos santos de Israel,

venidos aquí por voluntad de nuestro patrón.

Que Dios esté siempre con él y con su casa.

Mucho nos quejábamos porque aquí faltaba la voz de los rabíes santos.

He aquí que la bondad del Señor y de nuestro patrón, lejano pero que mucho nos ama

Dios le compense el bien que ofrece a sus siervos,

nos procuran lo que nuestro corazón soñaba.

En Israel ha aparecido Aquel que había sido prometido a las gentes.

Ya nos lo habían dicho durante las Fiestas en el Templo y en la casa de Lázaro.

Pero ahora realmente ha llegado para nosotros el tiempo de la gracia,

porque el Rey de Israel ha pensado en sus siervos más pequeños

y ha enviado a sus ministros a portarnos sus palabras.

Éstos son sus discípulos.

Y dos de ellos vivirán en medio de nosotros, aquí o en Antioquía;

enseñando la Sabiduría para ser instruidos en orden al Cielo.

Y también la otra que se necesita para la tierra.

Juan, pedagogo y discípulo de Cristo, enseñará a nuestros niños estas dos sabidurías;

Síntica, discípula y maestra con la aguja, enseñará la ciencia del amor a Dios

y el arte del trabajo femenil a las muchachas.

Recibidlos como bendición del Cielo y amadlos como los ama Lázaro de Teófilo y Euqueria

– gloria a sus almas y paz – Y como los aman las hijas de Teófilo, Marta y María,

nuestras amadas señoras y discípulas de Jesús de Nazaret, el Rabí de Israel,

el Prometido, el Rey.

El pequeño pueblo de hombres, vestidos con cortas túnicas, de manos terrosas

que sostienen utensilios de jardinería;

de mujeres, de niños de todas las edades, escucha asombrado.

Luego bisbisean.

Finalmente saludan con una profunda reverencia…

Y Tolmái empieza las presentaciones:

–        Simón de Jonás, el jefe de los enviados del Señor;

Simón el Cananeo, amigo de nuestro señor;

Santiago y Judas, hermanos del Señor;

Santiago y Juan, Andrés y Mateo.

Y luego, a los apóstoles y discípulos:

–        Ana, mi mujer, de la tribu de Judá, como, por lo demás, mi madre,

porque somos puros, venidos con Euqueria de Judá.

José, el varón consagrado al Señor,

y Teoqueria, primogénita, que en el nombre lleva el recuerdo de los justos señores,

sabia hija y amante de Dios como una verdadera israelita.

Nicolái y Dositeo. Nicolái es nazireo. Dositeo es el tercero de los hijos; ya lleva casado

(y un fuerte suspiro acompaña el anuncio de esto) varios años con Hermiona.

Ten aquí, mujer…

Se adelanta una jovencísima morenita con un lactante en brazos.

–       Ésta es.

Es hija de un prosélito y de una griega.

Mi hijo la vio en Alejandrocena de Fenicia,cuando fue para unas compraventas…

Y la quiso para sí…

Y Lázaro no se opuso, antes al contrario me dijo: “Mejor así que al mal”.

Y no es ningún mal.

Pero yo quería sangre de Israel…

La pobre Hermiona está con la cabeza agachada como una acusada.

Dositeo está visiblemente agitado y se ve que sufre.

Ana, la madre y suegra, mira con ojos entristecidos…

Juan, a pesar de ser el más joven,

siente la necesidad de elevar los espíritus humillados

y dice:

–        En el Reino del Señor no hay ya griegos o israelitas, romanos o fenicios;

sino solamente hijos de Dios.

Cuando, a través de estos que han venido, conozcas la Palabra de Dios,

sentirás elevarse tu corazón a nuevas luces.

Y ésta ya no será “la extranjera” sino la discípula, como tú y como todos,

del Señor nuestro Jesús.

Hermiona levanta la humillada cabeza y sonríe con gratitud a Juan.

En los rostros de Dositeo y de Ana se ve la misma expresión de agradecimiento.

Tolmái responde austero:

–        Y Dios quiera que sea así,

porque, aparte del origen, nada tengo que recriminar a mi nuera.

El que está en sus brazos es Alfeo, el último nacido, que del padre de ella, prosélito,

ha tomado el nombre.

La pequeña de los ojos de cielo bajo los rizos de ébano es Mírtica, del nombre de la madre

de Hermiona.

Y éste, el primogénito, es Lázaro, porque así lo quiso el señor nuestro, y el otro es Hermas.

Juan. interviene nuevamente,

diciendo:

–        El quinto se debe llamar Tolmái y la sexta Ana,

para decir al Señor y al mundo  que tu corazón se ha abierto a nuevas comprensiones.  

Tolmái se inclina sin decir nada.

Luego reanuda las presentaciones:

–       Éstos son dos hermanos de Israel: Miriam y Silvano, de la tribu de Neftalí.

Y éstos son Elbónides Danita y Simeón judío.

Luego, aquí están los prosélitos, que eran romanos, caridad de Euqueria hecha obra; 

arrancados por ella al yugo y a gentilidad: Lucio, Marcelo, Solón, hijo de Elateo.

Síntica observa: 

–        Nombre griego.

–        De Tesalónica.

Esclavo de un siervo de Roma – el desprecio es manifiesto al decir “siervo de Roma” –

Euqueria lo tomó, junto con el padre agonizante, en un momento confuso;

si el padre murió pagano, Solón es prosélito…

Priscila ven aquí adelante con tus hijos…

Una mujer alta y delgada, de rostro aquilino, se adelanta empujando a una niña y a un niño;

cogidas de la falda lleva a dos pequeñuelos.

–        Ésta es la mujer de Solón, que fue liberta de una romana ya difunta.

Y Mario, Cornelia, María y Martila, gemelas.

Priscila es experta en esencias.

Amiclea, ven con tus hijos. Ésta es hija de prosélitos.

Y prosélitos son los dos niños, Casio y Teodoro.

Tecla, no te escondas

Es la mujer de Marcelo.

Su dolor es que es estéril. También hija de prosélitos.

Éstos son los colonos.

Ahora a los jardines.

Venid.

Y los guía por la vasta propiedad, seguido de los jardineros,

que explican los cultivos y trabajos;

mientras las muchachas vuelven a sus gallinitas,

que han aprovechado la ausencia de las guardianas para irse a otros lugares,

sobrepasando los límites, establecidos.

Tolmái explica:

–        Se las trae aquí para limpiar la tierra de larvas, antes de la siembra de los cultivos anuales.

Juan de Endor sonríe a las gallinitas, que cloquean

y dice:

–        Parecen las que tenía yo…

Y se agacha para echar miguitas de pan que tenía en el talego,

hasta que se ve rodeado de polluelas.

Y ríe porque una de ellas, petulante, le arrebata el pan de los dedos.  

Pedro exclama:

–        ¡Menos mal!

Dando con el codo a Mateo y señalando a Juan, que juega con los pollos…

Y a Síntica, que está hablando griego con Solón y Hermiona.

Luego vuelven hacia la casa de Tolmái

que explica:

–        Éste es el sitio.

Pero, si queréis enseñar, se puede hacer un lugar.

¿Os quedáis aquí o…?  

Juan de Endor suplica:

–        ¡Sí, Síntica!

¡Aquí! ¡Es más bonito!

Antioquía me ahoga de recuerdos… 

Síntica concede:

–        ¡Sí, hombre, claro!

Como quieras.

Basta con que tú estés bien.

Para mí todo es igual.

No miro ya hacia atrás… sólo adelante, adelante…

¡Ánimo, Juan!

Aquí estaremos bien.

Niños, flores, palomas y gallinas para nosotros, pobres criaturas.

Y para nuestra alma el gozo de servir al Señor.

¿Qué opináis vosotros? 

Pregunta volviéndose a los apóstoles.  

Pedro dice:

–        Pensamos como tú, mujer

–        Pues ya está dicho.

–        Muy bien.

Nos iremos contentos…

Juan de Endor, vuelve a su dolor…

exclamando:

–        ¡Oh, no os marchéis!

¡No os volveré a ver!

¿Por qué tan pronto? ¿Por qué?… – 

–        ¡No nos marchamos ahora!

Estamos aquí hasta… hasta que seas…

Pedro no sabe expresar lo que será Juan,

Y para que no se vea que también él está repleto de lágrimas,

abraza a Juan, que está llorando,

y trata de consolarlo así…  

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

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19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

341 LA FURIA DE POSEIDÓN


341 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

El Mediterráneo es una planicie borrascosa de aguas verde-azules que se embisten entre sí

formando altísimas olas con una hermosa cresta de espuma.

Hoy no hay niebla de calina, no.

Pero el agua marina, pulverizada por los continuos embates de unas olas contra otras,

se transforma en líquidas partículas saladas que abrasan, que traspasan incluso los vestidos,

enrojeciendo los ojos, quemando las gargantas, formando una opaca niebla sutil;

que se esparce como un velo de polvos de tocador salinos, por todas partes;

tanto en el aire, como encima de las cosas,

que parecen asperjadas con una harina brillante:

Y son los diminutos cristales salinos.

Esto no sucede en los lugares a donde llegan los embates de las olas

o sus vigorosas mojaduras,

que lavan el puente de un lado al otro y se precipitan hacia dentro,

saltando por encima de una parte de la obra muerta,

para volver a caer al mar, con estrépito de cascada, por los vanos de la parte opuesta.

Y la nave se alza y se hunde…

Como pajuela a merced del océano, reducida a una nada respecto a éste,

Que cruje y se queja desde las sentinas, hasta lo más alto de los mástiles…

El mar es realmente el amo y la nave su juguete…

El navío sube y baja, balanceándose a merced del oleaje marítimo;

desde su base en el fondo hasta la punta de sus mástiles,

cruje la madera golpeada por este mar embravecido.

A excepción de los que tienen que gobernar la nave, no hay nadie en el puente de mando.

Las escotillas atrancadas no permiten ver lo que pasa bajo la cubierta.

Pero indudablemente la mayoría de los navegantes están rezando a sus dioses favoritos,

para escapar de la cólera de la Naturaleza desatada con todo su furor.

El rugido del viento y los golpes de las olas,

de un mar que se manifiesta poderoso e implacable…

Ya no hay neblina, ni obscuridad.

Las poderosas olas se levantan y se estrellan sobre el puente de la nave,

pasando de un lugar al otro;

rompiéndose en una cascada, que moja todo lo que toca.

Aparte de los que están maniobrando, no hay ya nadie en el puente.

Ni ninguna mercancía.

Sólo los botes de salvamento.

Los hombres de la tripulación (el primero de todos el cretense Nicómedes),completamente desnudos, bamboleándose como se bambolea la nave,

corren de un lado para el otro;

para protegerse o para hacer maniobras, que son extremadamente difíciles;

porque el puente está continuamente inundado y resbaladizo.

Las escotillas atrancadas, no permiten ver lo que sucede bajo cubierta.

Pero, ciertamente ahí dentro, tampoco están muy tranquilos…

Y como prueba de esto…

Pedro saca la cabeza enmarañada por el viento que lo golpea sin piedad,

mirando con atención, evaluándolo todo…

Y vuelve a cerrar, justo antes de que un torrente de agua se le eche encima.

por la escotilla entreabierta.

Pero luego, en un momento de ausencia de ola, vuelve a abrir y sale afuera.

Cierra rápido y logra saltar antes de que la siguiente ola lo atrape.

Se agarra de donde puede y contempla este mar, que es literalmente un fragoroso infierno…

donde ruge el viento, el agua y la madera golpeada por las olas.

Se agarra a los soportes y observa ese infierno desatado  en que se ha convertido el mar;

Por todo comentario, se limita a silbar.

Y masculla algunas palabras.

Llega otra ola gigantesca…

Con una tremenda fragorosa avalancha…

Precipitándose poderosa, sobre la envergadura…

rompiendo un trozo de mástil…

Y al caer, arrastrado ahora por un aluvión de agua que irrumpe en el puente,

junto con un tremendo torbellino de viento, abatiendo un trozo del casco.

Los que están debajo deben tener la sensación de estar naufragando..

Pedro sigue avanzando sobre cubierta, con mucha dificultad…

Nicómedes está desnudo en la cubierta, girando órdenes a diestra y siniestra.

Y cuando lo ve, le grita:

–      ¡Fuera! ¡Fuera!

¡Largo de aquí!

¡Largo! Cierra esa portezuela.

Si la nave se llena de agua nos iremos a pique, hasta el fondo.

Agradece que todavía no ha echado la carga al mar…

No puede seguir, porque otra ola barre el puente, cubriendo a los que están en él.

–         ¿Lo ves?

Grita a Pedro, que chorrea agua por todas partes

Y agrega:

¡Jamás había visto una tempestad igual!

¡Lárgate de aquí! ¡Te lo ordeno!

No quiero hombres de tierra sobre la cubierta, en este terrible momento..

Éste no es sitio para jardineros, y…

¡Ya es mucho si no me veo obligado a deshacerme de la carga!…

¡Jamás he visto una tempestad como ésta!

¡Vete, te digo!

No quiero hombres de tierra estorbándome.

Y no sigue con su invectiva….

Porque una ola se estrella sobre el puente y cubre todo…

Amenazando con arrastrarlos también a ellos hacia el océano embravecido..

Es el segundo día de navegación, en una mañana terriblemente comprometida;

dado que el sol, que aparece y desaparece tras nimbos muy densos,

viene todavía de oriente.

Pues la nave, a pesar del zarandeo a que se ve sometida, avanza muy poco.

Y el mar parece ponerse cada vez más violento.

Nicómedes está amarrado con una cuerda en su cintura,

y grita:

–       ¿Lo has visto?

Pedro bañado como una sopa, sin mostrar ninguna emoción,

contesta:

–       Lo estoy viendo.

Pero esto no me altera.

No sólo sé vigilar jardines.

He nacido en el agua. De lago, es verdad…

¡Pero también en el lago hay tempestades!…

Antes de… cultivador fui pescador y conozco…

Pedro está tranquilísimo y sabe acompañar las oscilaciones a la perfección,

con sus piernas separadas y musculosas.

El cretense lo observa mientras se mueve para acercarse a él.

Y le pregunta:

–       ¿No tienes miedo?

–       ¡En absoluto!

¡Ni en sueños!

–       ¿Y los demás?

–        Tres de ellos son pescadores, cómo yo.

Mejor dicho, lo fueron.

Los demás a excepción del enfermo son fuertes.

–        ¿También la mujer?…

Nicómedes se interrumpe bruscamente, tras un momento de aparente quietud,

grita a Pedro:

¡Pon atención!

¡Fíjate! ¡Ten cuidado

¡Agárrate!

Una ola gigantesca se ha estrellado sobre el puente.

Pedro espera a que pase,

y dice:

–         ¡Qué bien me hubiera sabido esta bañada en los días calurosos!

¡Paciencia!…

¿Decías algo sobre la mujer? Ruega…

Y no estaría mal que también lo hicieras tú….

¿Dónde nos encontramos?

¿En el canal de Chipre?…

–       ¡Ojalá fuera así!

Me acercaría a la isla y esperaría a que se calmaran los elementos.

Apenas estamos a la altura de la colonia Julia o Berito, si lo prefieres.

Ahora viene lo peor…

Aquellas son las montañas del Líbano.

Pedro hace ritmo con sus piernas cortas y musculosas, siguiendo el movimiento del navío.

Y señalando hacia un punto determinado,

pregunta:

–           ¿No podríamos anclar en aquella población que se ve a lo lejos?

–           El puerto no es bueno, tiene bajíos y escollos.

No se puede.

¡Cuidado!…

Llega otro torrente con un tronco de árbol,

que hiere a un hombre de los que hacen maniobras…

Y no lo arrastra la marejada porque es detenido por un obstáculo…  

Sigue otra ola gigantesca…

Otro torbellino y otro pedazo de mástil que se va;

golpeando otra vez al hombre que, si no es arrastrado por las aguas,

es sólo porque la ola lo deja atascado,

contra el mismo obstáculo, que lo ha librado milagrosamente..

El cretense grita:

–        ¡Lo estás viendo!

¡Es muy peligroso estar aquí!

¡Vete abajo!

¡Lo estás viendo!

–           Lo veo.

Pero ese hombre…

–         Si no está muerto, volverá en sí.

Yo no puedo hacer nada.

No puedo atenderlo. Lo ves…

Estoy tratando de gobernar la nave, hasta que salgamos de esto…

No cabe duda que el cretense está al tanto de todo…

–       Déjamelo a mí.

Le atenderá la mujer…

–       ¡Haz lo que quieras!

¡Pero ya lárgate a tu camarote y cierra bien!

Pedro se arrastra hasta el lugar en donde está el marino herido.

Y tira de él por un pie, lo acerca a sí.

Lo ve… Silba…

Masculla:

–        Tiene la cabeza abierta como una granada madura.

Aquí haría falta el Señor…

¡Si estuviera Él!

¡Señor Jesús!

Maestro mío, ¿Por qué nos has dejado?

Un gran dolor estremece su voz…

Se carga al moribundo sobre la espalda y la túnica se le mancha de sangre.

Y se dirige hacia la portezuela del camarote…

El cretense le grita:

–         ¡Es inútil todo!

¡Míralo bien!

¡Es un hombre muerto!…

Pedro, con su carga encima, no le hace caso.

Y agarrándose fuertemente ante el embate de otra ola…

Vuelve a la escotilla.

El cretense le grita:

–        Es un esfuerzo inútil.

No hay nada que hacer.

¿No lo ves?

Pero Pedro, yendo cargado, le hace un gesto como diciendo: «no importa»

Y se arrima contra un palo para resistir una nueva ola.

Pedro dice para sí mismo:

–        Eso lo veremos.

Y abriendo la escotilla,

grita:

–       ¡Santiago! ¡Juan!

¡Venid aquí!

Los dos apóstoles acuden rápido..

Pedro cierra tras de sí la portezuela.

Y con ayuda de los apóstoles transportan al hombre herido;

hasta una mesa cercana, donde lo depositan.

A la pálida luz de las lámparas que se bambolean,

los apóstoles preguntan:

–         ¿Estás herido?

Pedro objeta:

–         Yo no.

La sangre es de éste. Rogad para que…

Y llamando a la griega,

añade:

¡Síntica! Ven, mira aquí un momento.

Una vez me dijiste que sabías curar heridos.

Mira esta cabeza…

Ven aquí y ayúdame a curarlo.

Tiene la cabeza abierta…

Síntica deja de sostener a Juan de Endor que está bastante mal y sufre mucho.

Y se acerca hasta la mesa en donde han puesto al herido.

La joven griega lo mira…

Y exclama:

–         ¡La herida es muy profunda!

Es igual a la que vi en dos esclavos.

Uno al que había golpeado el amo.

Y otro, al que lo había golpeado una enorme roca en Craparola.

Es necesaria mucha agua para lavar la herida y detener la sangre…

Pedro dice:

–        ¡Si solamente quieres agua!…

¡Hay incluso demasiada!

Ven, Santiago, con la artesa y ayúdame.

Entre los dos lo haremos pronto…

Van y vuelven, chorreando.

Y Síntica, con paños empapados en agua, lava y aplica compresas en la nuca…

Y aparece el daño infligido en el cráneo, en toda su horrorosa realidad…

Desde la sien hasta la nuca, el hueso está al descubierto.

No obstante, el hombre abre de nuevo los ojos, vagarosos y sin expresión.

Y se le oye roncar, está estertoroso.

Se apodera de él el miedo instintivo de morir.

Balbucea aterrado unas palabras en griego…

Síntica le habla en su mismo idioma, tratando de consolarlo, con su tono más maternal,

diciéndole:

–        ¡Bueno! ¡Bueno!

¡Te vas a curar! ¡Tranquilízate!

El hombre está semiinconsciente y la mira sorprendido.

Y al escuchar su lengua materna, un atisbo de sonrisa se dibuja en sus labios.

Busca la mano de Síntica y se aferra a ella.

En los umbrales de la muerte y con los embates del sufrimiento,

instintivamente el hombre es un niño, que busca la caricia maternal de la mujer,

que le ha hablado con ternura…

Cuando Síntica ve que la hemorragia se detiene,

dice con fe:

–        Voy a ungirlo con el ungüento de María.

Mateo, pálido como un muerto;

no se sabe si por el mar, el bamboleo del barco, por la sangre o por las tres cosas,

trata de objetar:

–        Pero eso es para los dolores reumáticos de Juan…

Síntica explica:

–        ¡Oh, lo hizo María con sus manos!

Se lo aplicaré rogando a Jesús…

Rogad también vosotros.

El Padre Celestial nos escuchará… Y

no le puede hacer ningún mal.

El aceite es medicina…

Mateo encoge los hombros y Síntica va hacia la alforja de Pedro.

Saca un recipiente que parece de bronce.

Lo abre y toma un poco de ungüento.

Lo calienta entre sus manos y lo vierte sobre un trozo de lino doblado,

que pone sobre la cabeza del herido, con un vendaje apretado.

Y lo recuesta sobre su manto doblado como si fuera una almohada.

Luego se sienta junto a él, orando mientras el herido parece adormecerse.

Arriba se sigue abatiendo la furia de los elementos sobre la nave;

que se hunde y se empina sin tregua.

Pasado un rato, se abre el portillo y entra presuroso un marinero.

Pedro pregunta:

–        ¿Qué pasa?

–        Que estamos en peligro.

Vengo por los inciensos y las oblaciones para hacer un sacrificio…

–        ¡Déjate de esas cosas!

–        ¡Nicomedes quiere sacrificar a Venus!

Estamos en su mar…

–        Que está desenfrenado, como ella. – barbota en voz baja Pedro,

Luego agrega con voz más fuerte:

–        «Venid vosotros.

Vamos al puente.

Quizás tengamos que intervenir…

Y mirando a Síntica,

le pregunta:

–        ¿Tienes miedo de quedarte con el herido y con estos dos?

Los dos, son Mateo y Juan de Endor que están hechos unos guiñapos

y absolutamente mareados…

Y Síntica responde:

–       ¡No!

No. Id si os parece…

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

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19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

336 VERDUGO PURIFICADOR


  1. 336 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Debe haber llovido toda la noche.

Pero con el alba ha venido un viento seco que ha repelido las nubes hacia el sur,

más allá de las colinas de Nazaret.

Por ello, un tímido sol invernal se atreve a asomarse y a encender con su rayo

un diamante en cada hoja de los olivos; mas es vestido de gala que pronto pierden,

porque el viento agita sus frondas y las desnuda…

Y parecen llorar esquirlas de diamante, que se desvanecen entre la hierba adornada,

en el camino lodoso.

Pedro, con la ayuda de Santiago y Andrés,

prepara carro y burro.

No se ve a los otros todavía.

Luego salen uno tras otro de una cocina, porque dicen a los tres que ya estaban fuera

–       Id ahora vosotros a tomar algo.

Y los tres entran, para salir poco después, esta vez con Jesús.  

Pedro explica:

–      He vuelto a poner la cubierta, por el viento.

Si estás decidido a ir a Yiftael, tendremos de frente el viento… y punza.

No comprendo por qué no nos vamos por el camino que va a Sicaminón,

luego el del litoral… Es más largo, pero menos escabroso.

¿Has oído lo que decía ese pastor al que he logrado tirar de la lengua?

Ha dicho: “Yotapata, durante los meses de invierno, queda aislada.

Sólo hay un camino para llegar a ella.

Y no se va con corderos, no…

No se debe llevar nada en las espaldas, porque hay pasos que se salvan

más con las manos que con los pies…

Y los corderos no pueden nadar…

Hay dos ríos, llenos muchas veces… 

Y hasta el propio camino es un torrente que corre por un fondo de rocas.

Yo voy allí después de los Tabernáculos, y en plena primavera.

Y vendo bien, porque entonces la gente se aprovisiona para meses”.

Eso ha dicho…

Y nosotros… con este cacharro… (y da una patada a la rueda del carrito)…

y con este burro… ¡Mmmm!…

Jesús responde:

–        El camino que va de Sefori a Sicaminón era mejor.

Pero lo utiliza mucha gente…

Recuerda que conviene no dejar rastro de Juan…

Zelote observa:

–        El Maestro tiene razón.

Podríamos encontrar incluso a Isaac con otros discípulos… 

¡Y en Sicaminón ya no digamos!… 

Pedro acepta:

–        Pues nada… vamos…

Andrés dice:

–        Voy a llamar a esos dos… 

Y mientras Andrés hace esto, Jesús se despide de una anciana y de un niño,

que salen de un aprisco con unos cubos de leche.

Llegan también unos pastores, barbados.

Jesús les agradece la hospitalidad ofrecida en la noche de lluvia.

Juan y Síntica ya están en el carro, que ahora, guiado por Pedro, se dirige por el camino.

Jesús acelera el paso para seguirlo;

a su lado el Zelote y Mateo;

detrás de Él, Andrés, Santiago, Juan y los dos hijos de Alfeo.

El viento corta la cara e hincha los mantos.

La cobertura extendida sobre los arcos del carro, cruje como una vela;

a pesar de que la lluvia de la noche la haya hecho más pesada.

Mirándola. Pedro susurra:

–        ¡Bueno caramba, pues se secará pronto! –

¡Basta con que a este pobre hombre no se le sequen los pulmones!…

Espera, Simón de Jonás… Se hace así –

Y para el burro, se quita el manto, sube al carro y arropa muy bien a Juan.  

Qué le pregunta.

–       ¿Pero por qué?

Ya tengo el mío…

–        Porque yo, tirando del asno, tengo ya tanto calor,

como si estuviera en un horno de pan.

Y además estoy habituado a estar desnudo en la barca.

Y cuanto más tormenta más desnudo.

El frío es para mí, un acicate y me hace más ágil.

¡Vamos  arrópate bien!

María me ha dado en Nazaret tantas recomendaciones;

tantas, que, si te pones malo, no voy a poder presentarme a Ella jamás…

Baja del carro y agarra otra vez los ramales e incita al asno para que camine.

Pero pronto debe pedir ayuda a su hermano y a Santiago;

para ayudar al burro a salir de un sitio cenagoso en que se ha hundido la rueda.

Y así van, empujando por turnos el carro para facilitar la labor al burro,

que hinca sus robustas patas en el fango y tira – ¡pobre animal! -,

resoplando afanoso y espurreando ávido…

Porque Pedro lo estimula a caminar, ofreciéndole unos pedazos de pan

y unos trozos de manzana, que le concede sólo cuando hacen un alto en el camino.

Mateo que observa la maniobra,

le dice bromeando:

–        Eres un sinverguenza, Simón de Jonás.

–        No.

Aplico con dulzura al animal a su deber.

Si no hiciera esto, tendría que usar la tralla… y eso me duele.

Si no pego a la barca cuando hace caprichos, y es de madera,

¿Por qué debería pegar a éste, que es de carne?

Ahora mi barca es éste… está en el agua…

¡Vaya que si está en el agua!

Por tanto, lo trato como a la barca.

¡Yo no soy Doras, eh!

¿Sabéis que quería llamarlo Doras, antes de comprarlo?

Pero luego oí su nombre y me gustó.

Se lo he dejado…  

Los apóstoles preguntan curiosos:

–        ¿Cómo se llama? 

–        ¡Adivinad! – y Pedro se ríe bajo su barba.

Salen los más extraños nombres.

Y los de los más cafres fariseos o saduceos, etc. etc

Pero Pedro siempre menea su cabeza…

Se dan por vencidos.

–        ¡Se llama Antonio!

¿No es un nombre bonito?

¡Ese maldito romano!

¡Se ve que el griego que me lo vendió, también tenía sus resentimientos contra Antonio!

Todos ríen, mientras Juan de Endor,

explica:

–        Será uno de los que obtuvo la libertad previo pago de una talla,

después de la muerte de César.

¿Es viejo?

–        Tendrá setenta años…

Y debe haber hecho todos los tipos de trabajos…

Ahora tiene un hospedaje en Tiberíades…

Llegan al crucero de Sefori con el camino de Nazaret Tolemaida.

Nazaret-Sicaminón, Nazaret-Jotapata.

El hito consular tiene escritas las tres indicaciones de Tolemaida, Sicaminón y Yotapata.

Pedro pregunta:

–        ¿Entramos en Sefori, Maestro? 

–        Es inútil.

Vamos a Yiftael.  Sin detenernos.

Comeremos mientras andamos.

Es preciso estar allí antes de que anochezca.

Marchan y marchan, atravesando dos torrentillos bien cargados,

afrontando las primeras pendientes de un sistema de montes en dirección norte-sur,

pero que forman al norte un nudo escabroso, que luego se resuelve hacia el este. 

Jesús señala diciendo:

–        Allí está Yiftael  

Pedro observa:

–        No veo nada.

–        Está a septentrión.

Por la parte nuestra hay pendientes a pico, y lo mismo a oriente y a poniente.

–        De modo que hay que rodear todo aquel monte, ¿No?

–        No.

Hay un camino junto al monte más alto, al pie de él, en el valle

Acorta mucho, aunque es un camino muy empinado.

–        ¿Has estado allí alguna vez?

–        No. Pero lo sé.

¡Verdaderamente es un camino empinado!

Tanto que, llegados a él se sienten desfallecer: parece como si uno, de tanto como

se reduce la luz en el fondo de este valle,

tan horrendo y escarpado que hace pensar en las dantescas simas, del octavo círculo,

y descendiera veloz al encuentro de la noche.

Es un camino verdaderamente ahondado en el volumen rocoso;

tan lleno de desniveles, que está dispuesto casi en escalones;

un camino estrecho, agreste, encajado entre un torrente rabioso…

y una pendiente aún más rabiosa,

que continúa, con empinada subida, hacia el norte.

La luz aumenta a medida que se sube, pero, como contrapartida,

aumenta también el cansancio; tanto que aligeran de los talegos personales el carroy baja también Síntica para que el carrito vaya lo más ligero posible.

Juan de Endor, que después de aquellas pocas palabras no había vuelto a abrir la boca

sino para toser, querría bajarse también.

No se lo conceden, así que se queda donde estaba, mientras todos empujan el carro

y tiran del asno;

y sudan cada vez que hay un desnivel.

Pero ninguno se queja.

Al contrario, todos tratan de mostrarse satisfechos del ejercicio;

para no humillar a los dos por los que lo hacen…

(los cuales ya más de una vez han expresado su pesar por este esfuerzo).

El camino hace un ángulo recto, y luego otro ángulo, más corto,

que termina en una ciudad acomodada en lo alto de una ladera;

o tan empinada que, como dice Juan de Zebedeo, da la impresión

de que vaya a deslizarse hacia abajo con sus casas.

-Sin embargo, es muy sólida.

Todo un bloque con la roca.

Síntica recuerda y dice:

–        Como Ramot entonces…

Juan dice:

–        Más todavía.

Aquí la roca es parte de las casas, no sólo base de ellas.

Recuerda más a Gamala. ¿Os acordáis?  

Andrés replica:

–        Sí.

Y también de aquellos cerdos…  

Simón Zelote agrega:

–        De allí justamente partimos para Tariquea, el Tabor y Endor…

Juan de Endor, suspira, 

diciendo:

–        Estoy destinado a daros recuerdos penosos y grandes trabajos…

Judas de Alfeo. exclama impetuoso:  

–        ¡De ninguna manera!

Tú nos has dado una amistad fiel.

Nada más, amigo

Y todos se unen a él para confirmar más claramente.

–        De todas formas…

Alguno no me ha amado…

Ninguno me lo dice…

Pero yo sé meditar, sé reunir en un solo cuadro los hechos diseminados.

Esta partida, no, no estaba prevista… 

Y la decisión no es espontánea…  

Dulcemente afligido,

Jesús pregunta:

–        ¿Por qué hablas así, Juan?

–        Porque es verdad.

Alguno no me ha aceptado.

He sido elegido yo, no otros, ni siquiera los grandes discípulos, para ir lejos.

Santiago de Alfeo, entristecido por esta luz que viene a la mente del hombre de Endor.

pregunta:

–        ¿Y entonces Síntica? 

–        Síntica viene para no trasladarme a mí solo…

Para ocultarme compasivamente la verdad…

–        ¡No, Juan!…

–        Sí, Maestro.

Fíjate, podría hasta decirte el nombre de mi torturador.

¿Sabes dónde lo leo?

¡Me basta mirar a estas ocho personas buenas para leerlo!

¡Me basta reflexionar en la ausencia de los otros para leerlo!

El hombre por quien Tú me encontraste, es el mismo que quisiera que Belcebú me encontrara.

Y me ha conducido a este momento.

Y a ti también, Maestro;

porque Tú también sufres come yo, o quizás más que yo.

Y me ha conducido a este momento, para hacerme caer de nuevo en la desesperación.

Y en el odio.

Porque es malo, es cruel, es envidioso… y más cosas.

El alma oscura en medio de tus siervos luminosísimos, es Judas de Keriot…

–        No hables así, Juan.

No falta sólo él.

Todos, excepto el Zelote, que no tiene familia, faltaron durante las Encenias.

De Keriot, y menos aún en este período, no se viene en pocas etapas.

Son casi doscientas millas de camino.

Y era justo que fuera a casa de su madre, como Tomás.

También he prescindido de Nathanael, porque es anciano.

Y de Felipe, para que acompañara a Nathanael…

–        Sí.

Faltan otros tres.

Pero… ¡Oh, Jesús bueno!…

Tú conoces los corazones porque eres el Santo.

Pero no eres el único que los conoce

También los perversos conocen a los perversos;

porque se reconocen en ellos.

Yo fui perverso, y me he visto de nuevo, en mis peores instintos, en Judas.

De todas formas, lo perdono.

Solamente por una cosa le perdono, el que me mande a morir tan lejos:

porque precisamente por él vine a ti.

Y que Dios le perdone todo lo demás… todo lo demás.

Jesús no intenta rebatir… Calla.

Los apóstoles se miran unos a otros, mientras a fuerza de brazos empujan al carro,

por el camino resbaladizo.

Está ya cerca la noche cuando llegan a la ciudad.

Allí, desconocidos entre desconocidos, se alojan en una posada,

construida en el extremo sur del pueblo, el extremo sur:

un risco, cuya pared está tan cortada a pico y es tan profunda, que lanzar hacia abajo

la mirada por ella hace venir vértigo; mientras en el fondo

ruido, sólo ruido, en la sombra de pez que ya viste al valle, ruge un torrente.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista y a un corderito, de nuestro grupo de oración,

un padre de familia joven que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

Que Dios N:S: les pague vuestra caridad….

Y quién de vosotros quiera ayudarnos, aportando una donación económica;

para este propósito, podrán hacerlo a través de éste link

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335 DOS VIDAS CONSAGRADAS


335 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Y ya llegó la noche.

Otra noche de despedida para la casita de Nazaret y sus habitantes.

Otra cena durante la cual la pena quita las ganas de comer a las bocas

y pone taciturnas a las personas.

Están sentados a la mesa Jesús, Juan y Síntica, Pedro, Juan, Simón y Mateo.

Los demás no han podido:

¡Es tan pequeña la mesa de Nazaret!

¡Hecha realmente para una pequeña familia de justos, que, al máximo,

pueden invitar a sentarse al peregrino y al afligido,

para ofrecerles un alivio más de amor que de alimento!

Al máximo esta noche, se hubiera podido sentar a la mesa Margziam,

porque es un niño muy menudito, que ocupa poco sitio…

Pero Margziam, muy serio y silencioso, está comiendo en un rincón,

sentado en una banquetita, a los pies de Porfiria…

Para quien la Virgen ha reservado su silla del telar -,

que, sumisa y silenciosa, come la comida que le han dado,

mirando con ojos compasivos a los dos que están para partir.

Estos tratan de tragar sus bocados con la cabeza muy baja,

para esconder el rostro excoriado por las lágrimas.

Los dos hijos de Alfeo, Andrés y Santiago de Zebedeo;

se han instalado en la cocina, junto a una especie de hintero.

Pero se les ve por la puerta abierta.

La Virgen María y María de Alfeo van y vienen sirviendo a éstos y a aquéllos; 

maternales, acongojadas, tristes.

Y, si  María santísima acaricia con su sonrisa, muy dolorosa esta noche;

a aquellos a quienes se acerca; 

María de Alfeo, menos reservada y más campechana, une a la sonrisa el acto y la palabra,

Y más de una vez anima, añadiendo una caricia o incluso un beso,

según quién sea la persona favorecida, a éste o a aquél a nutrirse,

tomando los alimentos más apropiados para su físico y para el próximo viaje.

Tanto se aplica a convencer al exhausto Juan, que en estos días de espera

está aún más demacrado;

Para que coma esto o aquello, alabando su sabor y sus propiedades salutíferas,

que por amor compasivo hacia él, le daría de comer a sí misma.

Pero, a pesar de sus… seducciones, los alimentos se quedan casi intactos en el plato de Juan.

Y María de Alfeo se aflige por ello,

como una madre que ve que su lactante rechaza el pezón.  

Y exclama:

–       ¡Pero así no puedes partir, hijo!

Y movida por la maternidad de su alma, no reflexiona que Juan de Endor

tiene más o menos su edad y que el nombre de hijo, está mal dado.

Pero ella ve en él sólo una criatura que sufre…

Y por ello, no encuentra sino este nombre para consolarlo… –

       Te va a hacer daño viajar con el estómago vacío;

en esa carreta tambaleante con el frío húmedo de la noche.

Y, además, ¡A saber cómo comeréis durante este horrible y largo viaje!…

¡Eterna piedad! ¡Por mar tantas millas!

Yo me moriría de miedo.

Y costeando tierras fenicias. ¡Y luego!…

¡Peor todavía!

Claro, el patrón de la nave será filisteo, o fenicio.

O de alguna otra nación infernal…

Y no tendrá piedad con vosotros…

¡Vamos hijo, ahora que tienes todavía a tu lado a una madre que te quiere!…

Come: sólo un trocito de este pescado bonísimo…

Aunque sólo sea por contentar a Simón de Jonás, que lo ha preparado en Betsaida;

con mucho amor y hoy me ha enseñado a cocinarlo de esta manera, para ti…

Y para Jesús, para que os dé muchas fuerzas.

¿No te apetece realmente?…

Entonces… ¡Ah, esto si que te lo comerás!

Y va ligera hacia la cocina y vuelve con una bandeja repleta de un humeante preparado

Ciertamente un tipo de harina,  de granos cocidos en leche hasta deshacerlos:

«Mira, esto lo he hecho yo, porque me he acordado de que un día hablaste de ello

como de un dulce recuerdo le tu niñez…

Es rico y bueno. ¡Venga, un poco!».

Juan se deja meter en el plato alguna cucharada de este blando manjar,

y trata de tragarlo; pero las lágrimas descienden para mezclar su sal, con el alimento.

mientras pliega aún más su rostro hacia el plato.

Los otros reciben con muchos signos de alegría este alimento;, que es una golosina. 

Sus rostros se han iluminado al verlo. Margziam se ha puesto de pie…

.Pero luego ha sentido la necesidad de preguntarle a la Virgen María 

–        ¿Lo puedo comer?

Faltan todavía cinco días para el final del voto…  

María lo acaricia,

diciendo:

–       Sí, hijo mío.

Lo puedes comer.

Pero el niño vacila todavía.

Entonces María, para calmar los escrúpulos del pequeño discípulo,

consulta a su Hijo:

–       Jesús,

Margziam pregunta si puede comer la cebada monda…

por la miel, que hace que sea un plato dulce, ¿Sabes?…

Jesús responde:

–        Sí, sí, Margziam.

Esta noche te dispenso Yo de tu sacrificio;

a condición de que Juan se coma también su cebada con miel.  

Y mirando al viejo pedagogo,

agrega:

¿Ves cómo lo desea el niño?

Pues ayúdale a conseguir esto.

Y Jesús, que está al lado de Juan, le toma la mano y se la sujeta,

mientras éste se esfuerza, obediente, en terminar su cebada.

María de Alfeo ahora está más contenta.

Y vuelve al asalto con un buen plato de peras cocidas en el horno, humeantes.

Entra, del huerto, con su bandeja,

y dice:

–       Llueve.

Empieza ahora. ¡Qué pena!

Pedro, que en toda acción ve la vela y la navegación.,

dice:

–       ¡No, mujer, no!

¡Al revés!

¡Es mejor!

Así no habrá nadie por las calles.

Cuando uno se marcha, los saludos hacen siempre daño..

Mejor correr con el viento en la vela y sin encontrar bajos o escollos,

que le hagan detenerse a uno y moverse lentamente;  

y los curiosos son exactamente eso: bajos y escollos…  

Juan, tratando de rechazar la fruta,

dice:

–       Gracias, María.

Pero no como más.   

Pero María de Alfeo,

es implacable:

–       ¡Ah, esto no!

Las ha cocido María.

¿No querrás despreciar la comida hecha por ella?

¡Mira qué bien las ha preparado!

Con sus especias en el agujerito..

.Con su mantequilla en la parte baja…

Deben ser un manjar regio.

Almíbar. Para cocerlas tan doradas, se ha dorado también ella en el fuego del horno.

Vienen bien para la garganta, para la tos…

Dan calor y son medicinales.

Y volviéndose hacia su cuñada, agrega:

María dile cuánto bien le hacían a mi Alfeo cuando estaba enfermo.

Pero las quería hechas por ti. ¡Sí, claro!

¡Tus manos son santas y dan salud!…

¡Benditos los alimentos que preparas tú!…

Estaba más tranquilo mi Alfeo después de comer esas peras…

Respiraba con más suavidad…

¡Pobre marido mío!…

Y María aprovecha la oportunidad de la evocación, para poder por fin llorar.

Y salir a llorar.

Pues siendo mal pensados, sin la pena por los dos que parten, para el “pobre Alfeo”

no habría  habido ni una lágrima de la consorte, esa noche…

María de Alfeo estaba llena de llanto por Juan y Síntica,

También por Jesús, Santiago y Judas Tadeo, que se marchan;

tan llena, que abrió una salida al llanto para no ahogarse.

María toma su lugar ahora,

pone delicadamente una mano en el hombro de Síntica, que está frente a Jesús,

entre Simón y Mateo.

Y muy amorosa, dice:

–        ¡Vamos, ánimo, comed!

¿Queréis marcharos añadiendo a mi angustia, la de que os habéis marchado casi en ayunas?

Síntica levanta su cara cansada y signada por el llanto de varios días.

Y dice:

–        Yo he comido, Madre.Y luego la baja hacia el hombro en que está la mano de María.

Y roza la mejilla contra la mano menuda para recibir su ternura.

María le acaricia con la otra mano los cabellos,

y acerca hacia sí la cabeza de Síntica, cuya cara ahora está apoyada en el pecho de María.

La Madre insiste:

–       Come, Juan.

Te vendrá muy bien.

No te puedes enfriar.

Tú, Simón de Jonás, te encargarás de darle la leche caliente con miel, todas las noches

O, al menos, agua muy caliente con miel.

Acuérdate.

Síntica dice:

–        También yo me ocuparé de ello, Madre.

Puedes estar segura.

–       Efectivamente, estoy segura

Pero lo harás a partir de que te instales en Antioquía.

Por ahora se encargará Simón de Jonás.

Y acuérdate, Simón, de darle mucho aceite de oliva.

Por eso te he dado esa orza.

Cuida de que no se rompa.

Y, si le ves más cerrado de respiración, haz como te he dicho con el otro frasco de bálsamo.

Tomas la cantidad suficiente para untarle el pecho, la espalda y la parte de los riñones.

Y lo calientas hasta que lo puedas tocar sin quemarte; luego le untas;

y le recubres enseguida con esas fajas de lana que te he dado.

Lo he preparado concretamente para eso.

Tú, Síntica, recuerda su composición.

Para volver a hacerlo.

Siempre tendrás lirios, alcanfor y díctamo, resinas, claveles, laurel, artemisias y todo lo demás.

He oído que Lázaro tiene en Antigonio jardines de esencias. 

Zelote, que los ha visto,

confirma:

–       Y además magníficos

Y añade:   

«       No doy ningún consejo.

Pero digo que para Juan ese lugar debería ser saludable;

para el espíritu y para el cuerpo; incluso más que Antioquía.

Está protegido del viento.

Tiene una brisa ligera que viene de los bosquecillos de árboles de resinas;

arraigados en las laderas de un pequeño collado, que forma barrera al viento del mar. 

Pero que permite a las sales marinas beneficiosas, extenderse hasta allí.

Es un lugar sereno, silencioso,

Y no obstante, alegre, por las mil flores y los mil pájaros que viven allí en paz…

Bueno, bien, vosotros veréis; lo que más os hace al caso.

¡Síntica es muy juiciosa!

Porque en estas cosas, es mejor ponerse en manos de las mujeres.

¿No es verdad?

Jesús dice:

–       Por eso Yo confío a mi Juan al buen juicio y al buen corazón de Síntica.

Juan de Endor  dice:

–        Y yo también.

Yo… yo… yo no tengo ya ninguna energía…

Y… ya jamás serviré para nada. 

Síntica lo corrige: ..

–        ¡Juan, no digas eso!

Si el otoño desnuda los árboles, no se puede concluir que no tengan ya vitalidad

al contrario, trabajan, con oculta energía, para preparar el triunfo de los próximos frutos.

Tú eres lo mismo.

Ahora te ves empobrecido por el viento frío de este dolor; 

pero, en realidad, en lo profundo de ti, trabajas ya para los ministerios nuevos.

Tu propio dolor te servirá de acicate para la acción.

Estoy segura.

Entonces serás tú, siempre tú, el que me ayudarás a mí, que soy una pobre mujer; 

que todavía tiene mucho que aprender, para llegar a ser algo para Jesús.

–       ¿Pero qué crees que puedo ser ya?

Ya nada tengo que hacer… ¡Estoy acabado!

–        No. ¡No está bien decir eso!

Sólo el que muere puede decir: “Como hombre estoy acabado”.

Otro no puede decirlo.

¿Crees que no tienes ya nada que hacer?

Lo bajaré de la Cruz: “Crucifícame, Señor mío y Dios mío; porque TE ADORO sobre todas las cosas…”

Todavía te queda lo que un día me dijiste: cumplir el sacrificio.

¿Y cómo, sino con el sufrimiento?

Juan, es necio citarte a los sabios a ti, que eres un pedagogo;

pero te recuerdo a Gorgias de Leontine 

Enseñaba que sólo con los dolores y sufrimientos se expía en esta vida y en la otra.

Y te recuerdo también a nuestro gran Sócrates:

“Desobedecer a quien es superior a nosotros, sea dios u hombre, es un mal y una vergüenza”.

Ahora bien, si éste era un justo modo de actuar ante una injusta sentencia,

emanada de hombres injustos; 

¿Qué no será, ante una orden emanada del Hombre santísimo y de nuestro Dios?

Obedecer, por el solo hecho ya de que es obedecer, es una cosa grande;

grandísima será, entonces, prestar obediencia a una orden santa que juzgo,

– y tú conmigo debes juzgarla igual – gran misericordia.

Tú siempre dices que tu vida se acerca a su fin.

Y todavía no sientes haber anulado tu deuda con la Justicia.

¿Por qué no juzgas, entonces, este gran dolor como un medio para anular la deuda,

y además para hacerlo en el breve tiempo que te queda?

¡Un gran dolor para conseguir una gran paz!

Créeme: vale la pena sufrirlo.

Lo único importante en la vida es llegar a la muerte habiendo conquistado la Virtud.

–        Me das ánimos, Síntica…

Hazlo siempre.

–        Lo haré.

Lo prometo aquí.

Pero tú facilítamelo, como hombre y como cristiano.

La cena ha terminado.

María recoge las peras que han quedado, las mete en un recipiente y se las da a Andrés;

que sale, para volver luego,

diciendo:

–        Llueve cada vez más.

Yo diría que es mejor…  

Pedro responde:

—        Sí.

Esperar siempre es más angustioso.

Voy enseguida a preparar el burro.

Venid también vosotros, con los arcones y todo lo demás.

Tú también, Porfiria, ¡Rápidamente!

Eres tan paciente, que te has conquistado al asno.

Y se deja vestir sin resistirse.

Después se encargará Andrés, que te asemeja.

¡Vemos, todos afuera!

Y Pedro incita a todos a que salgan de la habitación y de la cocina,

excepto a María, a Jesús, a Juan de Endor y a Síntica.

Juan de Endor exclama:

–        ¡Maestro!

¡Oh, Maestro, ayúdame!

¡Llegó el momento de… sentir que se me desgarra el corazón!

¡Ha llegado, sí, el momento!

¿Por qué, Jesús Bueno, no has hecho que muriese aquí?

¿Una vez experimentada la congoja de mi condena y hecho el esfuerzo de aceptarla?

Y Juan cae sobre el pecho de Jesús, llorando angustiosamente.

María y Síntica tratan de calmarlo.

María, a pesar de que siempre es tan reservada, lo separa de Jesús,

Lo abraza.

y le dice:

–        Hijo amado,

hijo mío predilecto…

Síntica, entretanto, se arrodilla a los pies de Jesús,

y dice:

–        Bendíceme…

Conságrame, para quedar fortalecida. Señor, Salvador, Rey,

yo, aquí, en presencia de tu Madre, juro y profeso que seguiré tu doctrina.

Y te serviré hasta el último respiro.

Juro y profeso que me dedicaré a tu doctrina y a los seguidores de ella;

por amor a ti, Maestro y Salvador.

Juro y profeso que mi vida no tendrá ninguna otra finalidad,

y que todo lo que significa mundo y carne, ha muerto definitivamente para mí.

Y espero, con la ayuda de Dios y de las oraciones de tu Madre,

vencer al Demonio,

para que no me arrastre al error y no ser condenada en la hora de tu Juicio.

Juro y profeso que no me doblegarán ni las seducciones, ni las amenazas.

Y que no tendré memoria lábil, a menos que Dios permita que suceda de otra forma.

Pero espero en Él y creo en su bondad,  por lo cual estoy segura

de que no me dejará a merced de fuerzas oscuras más fuertes que las mías.

Consagra a tu sierva, oh Señor, para que se sienta defendida de las insidias,

de todos los enemigos.

Jesús extiende las manos sobre su cabeza, con las palmas abiertas,

como hacen también los sacerdotes…

Y ora por ella.

María lleva a Juan al lado de Síntica y le hace arrodillarse,

y dice:

–        También a él, Hijo mío;

para que te sirva con santidad y paz.

Y Jesús repite el acto sobre la cabeza inclinada del pobre Juan.

Luego lo levanta y hace levantarse a Síntica, pone las manos de ellos en las de María,

y dice:

–        Que sea Ella la última que os acaricia, aquí…

Y sale rápidamente, para ir quién sabe a dónde.  

juan gime:

–        ¡Madre, adiós!

¡No olvidaré nunca estos días! 

–        Yo tampoco te olvidaré, amado hijo

–        Igual yo, Madre…

Adiós. Déjame besarte una vez más…

¡Después de tantos años, me había saciado de besos maternos!…

Pero ahora ya no… –

Síntica llora en los brazos de María, que la besa.

Juan da rienda suelta a su llanto.

María lo abraza también a él;

ahora tiene – verdadera Madre de los cristianos – a los dos entre sus brazos.

Y toca apenas, con sus labios purísimos, la mejilla rugosa de Juan:

un beso pudoroso, pero amorosísimo.

Con el beso queda el llanto de la Virgen en la flaca mejilla…

Entra Pedro:  

Y dice:

–       Está preparado.

Venga, vamos… 

Y no dice nada más, porque está emocionado.

Margziam, que sigue a su padre como la sombra al cuerpo,

se echa al cuello de Síntica y la besa; luego abraza a Juan y lo besa,

lo besa muchas veces…

Pero llora también él.

Salen: María, llevando de la mano a Síntica;

Marziam de la mano de Juan.

–        Nuestros mantos… – dice entre lágrimas Síntica.

Y hace ademán de entrar en las habitaciones.

Pedro se muestra rudo para no dejar ver su emoción. 

Y dice:

–       ¡Están aquí, están aquí!

¡Tomad, rápido!… –

Pero, detrás de los dos que ahora se arropan en sus mantos,

se enjuga las lágrimas con el dorso de la .mano…

Al otro lado del seto, el farolillo trémulo del carro,

dibuja un cerco amarillo en el ambiente oscuro…

Se oye el susurro de la lluvia entre el ramaje de los olivos,

y su choque contra el pilón rebosante de agua…

Una paloma, despertada por la luz de las lámparas que llevan los apóstoles,

amparadas bajo los mantos,

bajas, para iluminar los senderos llenos de charcos,

zurea quejumbrosamente…

Jesús ya está al pie del carrito, sobre el cual ha sido extendida como techo una manta.  

Pedro incita:

–        ¡Vamos, vamos, que llueve recio!

Y, mientras Santiago de Zebedeo sustituye a Porfiria en los ramales,

él, sin muchas ceremonias, levanta del suelo a Síntica y la pone en el carro.

Y, todavía más rápido, agarra a Juan de Endor y lo sube encima del carro;

Sube él, y da un fustazo tan enérgico al pobre burro,

que éste, casi llevándose por delante a Santiago, empieza a correr inmediatamente.

Y Pedro insiste hasta que llegan al camino propiamente dicho, bastante lejos de las casas…

Un último grito de despedida sigue a los que parten, que lloran inconteniblemente…

Pedro detiene luego al burro fuera de Nazaret,

para esperar a Jesús y a los demás;

que no tardan en darles alcance caminando ligeros bajo la lluvia que arrecia.

Toman un camino entre las huertas;

para ir de nuevo hacia el norte de la ciudad sin cruzarla.

Pero Nazaret está oscuro y duerme bajo el agua gélida de la noche de invierno…

Y ni los que están despiertos oyen el chocar de los cascos del asno;

poco perceptibles contra el suelo de tierra empapado…

La comitiva avanza con el máximo silencio.

Sólo se oyen los sollozos de los dos discípulos,

mezclados con el rumor de la lluvia entre las frondas de los olivares.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista y a un corderito, de nuestro grupo de oración,

un padre de familia joven que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

Que Dios N:S: les pague vuestra caridad….

¡Muchísimas gracias y Bendiciones…!  

Y quién de vosotros quiera ayudarnos, aportando una donación económica;

para este propósito, podrán hacerlo a través de éste link

https://paypal.me/cronicadeunatraicion?locale.x=es_XC

UN EXORCISTA PRIVILEGIADO 6


Amadísimos hermanitos que compartimos este Blog.

Ustedes son parte de mi Familia del Cielo

Soy una pecadora en rehabilitación,

Que por la Gracia de Dios, he vivido sus consuelos divinos y  es preciso que comparta con 

ustedes, las experiencias que han forjado mi misión,

porque es indispensable que aprendan junto conmigo;

el CRECIMIENTO que nos dará el Espíritu Santo,

para nuestra supervivencia, en cuanto se PROCLAME, el imperio del Maligno

a través del hijo encarnado de Satanás: el Anticristo… 

Ya que vamos a necesitar, el USO COMPLETO DE LOS CARISMAS,

EN NUESTRO CUERPO ESPIRITUAL.

Por eso es indispensable, que quienes no han vivido su pentecostés personal;

13. Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!»Lucas 11

Imploren a ABBA por el Espíritu Santo….

Mientras les platico, cómo fue mi propio aprendizaje, de los mismos…

Yo tenía 22 años cuando me casé muy enamorada de mi flamante esposo.

Desgraciadamente muy pronto mi luna de miel terminó abruptamente;

cuando bebí el cáliz de la traición hasta el fondo…

Y descubrí que el hombre que lo era todo para mí;

sólo se había casado conmigo por interés y era un mujeriego incorregible.

Mi calvario de casada se completó;

cuando me enfrenté con la verdadera cara de mi familia política,

que fingiendo ser católicos, honorables y perfectos en la sociedad que nos rodeaba;

en realidad eran masones y ateos…

Siempre criticaban muy duramente al Clero y se gozaban de injuriarlos en mi presencia,

sabiendo que mi familia era prolífica en ellos.

De esta manera mi vida de casada se convirtió, en la fachada hipócrita de una familia perfecta;

pero cuya intimidad estaba plagada de violencia doméstica, mentiras e infidelidades.

La desgracia del ADULTERIO…

No se puede dejar de amar de un día para otro.

Y yo sufría intensamente, porque seguía enamorada de un hombre que NO me amaba

Así estaban las cosas cuando llegó el día de mi Conversión en la Plaza de Toros.

Y uno de los primeros pasajes Bíblicos que Dios me regaló fue:

Isaías, 62

  1. Por amor de Sión no he de callar, por amor de Jerusalén no he de estar quedo, hasta que salga como resplandor su justicia y su salvación brille como antorcha.
  2. Verán las naciones tu justicia, todos los reyes tu gloria. Y te llamarán con un nombre nuevo que la boca de Yahveh declarará.
  3. Serás corona de adorno en la mano de Yahveh. Y tiara real en la palma de tu Dios.
  4. No se dirá de ti jamás «Abandonada», ni de tu tierra se dirá jamás «Desolada», sino que a ti se te llamará «Mi Complacencia» y a tu tierra, «Desposada». Porque Yahveh se complacerá en ti. Y tu tierra será desposada.
  5. Porque como se casa joven con doncella, se casará contigo tu Edificador. Y con gozo de esposo por su novia se gozará por ti tu Dios. (Biblia de Jerusalén)

Con estas palabras, Dios medicó mis heridas de esposa

empezó el camino de mi sanación interior

Un día, yo estaba llorando.

Pasaba de la medianoche y mi amado estaba con su amante de turno.

Yo lamentaba mi amor despreciado…

Y Jesús me dijo:

–       Yo Soy un Dios de Amor y estoy dentro de ti.

No puedo vivir en un corazón que Odia.

Yo estaba celosa, herida y atrapada en un matrimonio;

que se había convertido en un infierno.

Y le contesté:

–          Ojalá pudiera odiarlo…

Así dejaría de sufrir por él.

Yo me enamoré de un hombre bueno y decente….

Y estoy casada con un desconocido, que ni siquiera es un hombre;

es un ‘Pene Gonorréico’

QUE NO USA EL CEREBRO PARA PENSAR,

Porque todo se reduce a vivir deleitándose.

Es tan egoísta, que sólo piensa en sus deseos

y lo único que le importa es cómo obtenerlos…

No lo odio;

sólo quiero retorcerle el pescuezo como si fuera una gallina…

¡Y por favor, ahorita NO me hables de poner la otra mejilla y mucho menos de perdonarlo!

Sé directo y dime lo que opinas, mientras él se revuelca con la otra

y se olvida de su esposa y de sus hijos.

Tiene una familia, sólo para aparentar que es muy respetable.

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Jesús me contestó:

–        Los Bendigo y Oro por los dos ante mi Padre.

–       ¡Grandioso!

Sólo falta que me digas que además de cederle a mi marido;

me pidas que también interceda por ella, para que le regales el Cielo.

Cuando estoy enojada, NO soy NADA inteligente.

Y Jesús remató:

–          No es mala idea. Podríamos empezar con esto:

SI ME ENTREGAS TODO LO QUE SIENTES

Y TODO LO QUE PIENSAS.

–          Eso de qué me sirve a mí.

–          Fíjate muy bien en lo que voy a decirte:

En verdad, en verdad te digo: que el día que me ames más a MÍ que a él,

DEJARÁS DE SUFRIR.

–          ¿Y cómo hago eso?

–          ENTRÉGAME LO QUE SIENTES.

Lo pensé por un largo momento,

y me rendí:

–          Como siempre, Tú ganas.

Señor te entrego todo lo que siento y todo lo que pienso, porque te amo.

–      ¿Estás dispuesta a Obedecerme?

–          Sí.

–          ¡Bien!

¡Prepárame unas fresas con crema!

Miré el reloj y dije:

–          Señor, es la UNA de la mañana.

–          ¿No quieres Obedecerme?

–          Bien sabes que sí.

Te amo.

–          ¿Cómo me recibirías si viniese  ahorita a  visitarte y supieras lo que me gusta?…

Haz unas fresas con crema, dignas de un rey.

Sin entender nada, bajé hasta la cocina y preparé ese postre para mi Señor Jesús.

En el proceso, mi dolor y sufrimiento casi habían desaparecido

Y dije:

–          Señor Jesús,

¿Por qué no me enamoraste de TÍ, cuando era soltera?

Yo te hubiera consagrado mi vida sin vacilar, en un monasterio de claustro.

Y Jesús me contestó:

–          Te necesito con mis hijas casadas,

que comparten contigo el mismo calvario.

RUMBO AL CALVARIO

Y quiero que comprendan cuanto las Amo…

Y cuál debe ser su comportamiento  con sus maridos, y VERDUGOS…

Desde entonces, siempre le entrego lo que siento y lo que pienso.

Y mi sufrimiento se desvanece en unos cuantos minutos…

Cuando su Amor me inunda, todo lo demás YA NO IMPORTA…  

Y el Dolor se convierte en una ‘dolencia soportable’ pero que NO me quita Su Paz.

PUEDO seguir adelante…

Hice las fresas tal como me las pidió y las serví en un tazoncito de cristal cortado,

como si fueran el agasajo de un emperador.

Apenas había subido a mi recámara…

cuando oí el portón de la cochera que se abría, para que mi marido estacionara su auto…

Yo le dije  al  Señor:

–          Recíbelo TÚ. Porque si lo hago yo…  

Y cuando mi galán se apareció en  la puerta de nuestra recámara;

me levanté muy sonriente…

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Y le dije:

–          Hola cielito. ¿Ya cenaste?

Él se desconcertó por mi amabilidad.

Pero lo delató su sonrisa…

Y queriendo probarme,

Me contestó:

–          Solo me faltó el postre.

¿Querrías traerme unas fresas con crema, por favor?

Yo también le sonreí, con verdadero amor.

Y dando media vuelta dije:

–          Ahora vuelvo.

Bajé hasta la cocina y saqué el postre del refrigerador.

Mientras caminaba de regreso…

Yo estaba asombrada por el Amor palpitante que sentía en mi corazón, por mi esposo;

y también estaba pasmada, por la dulzura y la ternura de mi voz;

al recibir a mi delincuente marido.  

Y Jesús sólo me dijo:

–          Tú me dijiste que YO lo recibiera…

Y ESO MISMO,  ACABO DE HACER.

Era el atardecer primaveral de un día soleado y con pocas nubes.

Todos los habitantes de la posada familiar donde yo residía temporalmente,

después del resquebrajamiento de mi matrimonio que había durado 19 años;

estaban pendientes de la noticia ininterrumpida, del magnicidio de Luis Donaldo Colosio,

el candidato presidencial a la regencia de mi amada patria mexicana…

Los últimos rayos del ocaso de un sol que se ocultaba,

eran el velo que cubría mi rostro bañado de lágrimas;

la única señal del intensísimo dolor de mi alma,

que me impedía participar del estupor, que a  todos los mexicanos los había paralizado…

Y seguían incrédulos las imágenes y los comentarios que inundaban,

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todos los medios de comunicación…

Estaba semi-recostada en una poltrona y me encontraba solitaria, en la gran terraza- patio

bordeada de jardineras, que hacían muy agradable y acogedor, aquel lugar.

Ordinariamente aquel era un estupendo sitio, para leer o meditar.

Mientras contemplaba las copas de los muchos árboles, que abundaban en todas las casas

y jardines de la bella colonia, que había sido mi barrio en los últimos años…

Pero yo no tenía ánimo para leer o filosofar.

Los sollozos me ahogaban y mis lágrimas hacían que fueran más brillantes

los colores de aquel maravilloso crepúsculo,

mientras yo me sentía, la más infeliz de todas las creaturas.

Y de repente…

Una sensación muy conocida me asaltó…

Los cabellos de mi nuca se levantaron y mi piel se erizó, como la de las gallinas…

Me levanté de la poltrona donde estaba tumbada y me senté, totalmente alerta…

Con mi rostro mojado, porque también mis lágrimas se interrumpieron bruscamente;

Esperé…

El Mundo pareció detenerse…

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Y una voz aterradoramente inconfundible, pareció invadirlo todo totalmente…

Con una majestuosidad avasalladora,

me dijo:

–       Mujer…

Yo soy el Amo de este Mundo

Si dejas de Combatirme… Puedo cambiar tu destino. ¡Pero deja a Ese…!

Si te conviertes en mi aliada, dependiendo de tu docilidad hacia mí;

también puedo convertirte, en la reina más poderosa que haya existido jamás,

porque yo soy el Arquitecto del Universo.

La seducción continuó, con una lista interminable de promesas tan alucinantes,

como el Personaje que las pronunciaba.

–       Serás la mujer más hermosa, deseada, rica, famosa y homenajeada.

Te daré juventud y una larga, larga vida…

Aumentaré tu belleza y tu prestigio en la sociedad; pero ¡Deja a Ese!…

Tendrás Todo el éxito, la fama, el poder.

TODOS te honrarán…

Y no habrá deseo que no te sea cumplido… ¡Pero deja a Ese!…

Te Regresaré el amor de tu esposo, tu hogar, tus hijos… Y…

Un terremoto emocional me estaba estremeciendo… 

De todas las cosas que me dijo,

una sola hizo que sintiera como si el piso hubiera desaparecido bajo mis piés:

“Te Regresaré el amor de tu esposo, tu hogar y tus hijos…”

Todo este episodio increíble;

lo hubiera juzgado un delirio causado por una droga alucinógena

si no fuera por dos cosas:

Una.- Las drogas nunca fueron un problema, porque ni siquiera las había probado.

Dos.- Había estado demasiadas veces luchando contra él,

y sabía perfectamente cómo se las gasta..

Y esa frase que retumbaba en todo mi ser, como una gigantesca campana;

que me estaba sacudiendo, como no me había sucedido nunca antes:

“TE REGRESARÉ… ”

Un pensamiento cruzó mi mente como un relámpago: “Pero deja a Ese…”

‘¡Oh, No! ¿Y perderé a Jesús?

Los recupero a ellos, pero perderé a Jesús!...  

HONOR, GLORIA Y PODER

Honor, gloria y poder…

SÍ. ME HABÍA ADVERTIDO TRES VECES:

¡Deja a Ése!

Y ÉSE era el Amor de mi vida:

Mi Señor y mi Dios Adorado.

Mi Jesús Santísimo que era el que le daba sentido a toda mi existencia.

Habían pasado casi 13 años, desde el encuentro personal que había cambiado

totalmente toda mi vida y se la había consagrado completita a mi Señor Jesucristo.

Al mismo tiempo que este recuerdo y estos pensamientos, habían sido instantáneos,

también retumbó como un trueno y veloz como el rayo, la frase esclarecedora:

“TE REGRESARÉ…”

Estas palabras me abrieron un panorama nuevo…

Sobre la amarguísima desgracia, que había destruido mi mundo personal,

y había convertido mi vida, en un negro pozo aciago de dolor…

dolor sufrimiento LLORANDO_1

Y fueron como una inyección de adrenalina, que comenzó a correr por mis venas

y me dieron una determinación cómo no la había sentido jamás. 

Pensé: ‘Así que TÚ eres el Causante…’

Lentamente me puse de pie.

Y quedamos frente a frente, aunque ignoro la estatura que él tiene…

Mientras mis puños cerrados clavaron mis uñas en la palma de mis manos,

en mi esfuerzo por contenerme, extrañamente NO ME SENTÍA TURBADA O TEMEROSA

Me sentía MUY enojada…

Si mi madre o mi familia hubieran estado cerca, sé que se hubieran asustado…

Porque María Félix me quedaba chiquita,

cuando la ira me hacía temblar,  como en aquel instante…

Yo siempre había pensado que mi hogar y mis hijos, me los había dado Dios.

Y mientras él continuaba con su arrogante exposición…

Y su despliegue de desquiciantes promesas,

yo estaba callada.

Lucifer

Luego se desarrolló el siguiente diálogo…

Cuando terminó con sus propuestas, me dijo:

–    ¿Qué me respondes? 

Y lo sentí sonreir como los gatos que ya se desayunaron al ratón.

Con una calma que me sorprendió a mí misma, le contesté muy pausada:

–      Tu oferta es tan atractiva…

Como la de los galanes que prometieron bajarme la luna y las estrellas,

cuando pretendían mi mano.

–      ¿¿¿???

–       La respuesta es ¡NO!

No tienes nada interesante que ofrecerme que sea más valioso que lo que ya tengo.

Pude sentir su Furia como si fuera una ola que me envolviera,

sin embargo se dominó y continuó con cortesía.

Porque también puede ser extremadamente educado:

–      A ninguna mujer le había ofrecido lo que estoy dispuesto a darte a ti…

Dije que te devolvería el amor de tu esposo y a tus hijos.

Le respondí tajante:

–     La respuesta sigue siendo ¡NO!

Y te aclaro que no puedes devolverme lo que no te pertenece.

Desapareció la gentileza y sentí un escalofrío cuando repitió:

–     Piénsalo bien, antes de volver a negarte.

Te reitero todas y cada una, de las promesas que acabo de hacerte,

si estás dispuesta a ser dócil conmigo.

De lo contrario…

La amenaza permaneció flotante en el aire.

Y le dije contundente:

–      Lo único que quiero, no me lo puedes dar tú.

2lucifer (1)

–    ¿Qué es? ¡Dímelo!

Estoy dispuesto a negociarlo…

–      Mi respuesta sigue siendo ¡NO!

Lo único que necesito y que me importa;

es algo que tampoco puedes quitarme, porque ya lo poseo:

El Amor de Jesús.

Y permíteme corregirte en un par de cosas:

Lo material no te lo discuto.

Pero la vida no puedes alargarla, ni acortarla un solo día.

Ese es un privilegio que le pertenece sólo a Dios.

Y mi familia, la consagré al Corazón Inmaculado de María Santísima;

así que, tampoco puedes disponer de ella como lo presumes.

Pude sentir la vibración de su impotencia..

Y con una Cólera descomunal, me advirtió:

–     Escúchame bien; 

este desprecio haré que lo pagues, como ni siquiera te imaginas…

Haré que te pongas a temblar tan solo con escuchar mi nombre,

Porque voy a quitarte TODO…

Así como te prometí la gloria;

ahora te juro que voy a hacer que todo mundo te odie;

como a ninguna otra persona en este mundo.

Haré que todos se aparten de ti con desprecio…

Y te saquen la vuelta con asco, como si fueras una vomitada…

Yo me erguí como no lo había hecho desde la última escaramuza,

luciendo mi traje de gala…

escaramuza traje de gala

Y le respondí:

–      ¿Esta es la promesa por no haber aceptado tu banderita blanca de paz?

¿Tan duras han sido las vapuleadas…?

Antes de que te vayas, yo también te prometo algo:

Aunque mi Santísimo Padre es Dios y Rey de Reyes, yo apenas me estoy educando

Así que estoy muy lejos de ser una princesa con los modales adecuados.

Lo siento por tí…

Pues yo también te advierto una cosa:

Sé qué eres un Arcángel, me lo proclamaste cuando te conocí.

Cada vez que tú te entrometas conmigo, haré que lo lamentes.

Te garantizo que irás a pedirle Misericordia a mi Padre,

para  que sea Él, el que te defienda de mí…

Porque también puedo hacer tu vida tan miserable,

que si no sabes lo que es llorar; por mí derramarás tus primeras lágrimas,

hasta que admitas que la “ESTÚPIDA MUJERCILLA” que soy yo, te sacó de quicio…

(“estúpida mujercilla y maldita perra” eran sus insultos preferidos, para referirse a mí,

en todos los exorcismos…).

Y te arrepientas de haberte cruzado en mi camino…

¿Estamos claros?

La respuesta quedó ahogada por un repentino remolino

cuyo viento casi me derribó sobre la poltrona.

Y mi brío pendenciero se esfumó, al recordar su amenaza,

pues de repente sentí, como si alguien me hubiera golpeado muy fuerte en el estómago.

Poco después que él se fue,

sentí a mi lado la inconfundible y dulce Presencia de Jesús,

que me envolvió con su Paz.

Aunque me sentí un poco avergonzada, por como había tratado a su arcángel preferido

y reflexioné que mi carácter impulsivo, ya me había metido otra vez en problemas…

Decidí que no daría marcha atrás…

Y ahora sería Lucifer, el que TENÍA UN GRAN PROBLEMA CONMIGO y no al revés.

Así que sin poder evitarlo, mis ojos se volvieron a inundar…

Y con voz entrecortada por el llanto,

llorar idolor sufrimiento

le pregunté lastimeramente a Jesús:

–     ¿Vas a dejar, que haga conmigo todo lo que dijo…?

Y el Señor me contestó,

preguntándome:

–     Si se lo permito, ¿Dejarás de Amarme?

Un segundo golpe en el estómago me dejó casi sin aliento…

Y con un enorme suspiro de resignación,

le contesté sintiéndome totalmente derrotada:

–     NO, mi Señor.

Ayúdame a serte fiel eternamente.

La siguiente vez que visité a mi confesor y director espiritual,

le relaté lo sucedido y él me dijo:

–     Del tamaño de la misión, es la tentación.

Te conozco muy bien y estás tan acostumbrada a la vida extraordinaria,

que no me sorprende nada, todo lo que me has dicho.

Sólo que ahora, debemos reforzar las defensas.

Acabas de banderillar a un toro furioso…

Y voy a tener que aumentar mis oraciones por tí…

Este artículo fue publicado originalmente, el 19 de Agosto de 2016 y para actualizarlo,

sólo quiero agregar que el Arcángel Caído que lo protagoniza,

ME CUMPLIÓ CON TODO,

con puntos y comas SU AMENAZA… 

Lo perdí TODO, menos a Dios.

Así que él me volvió, infinitamente más rica y más feliz.

¿Cómo fué posible esto?

Aprendí a alabar ENMEDIO de las lágrimas y al despojarme de TODO,

Gracias Padre por cada marca y cada cicatríz que llevo en mi cuerpo y en mi alma, garantizando que la Lucha no ha sido fácil, pero Tú haz sido mi Fortaleza...

la fusión con la Santísima Trinidad, se fortaleció de tal forma, que ahora puedo testimoniarles esto:

Jesús me llena tanto de alegría, que lo único que me importa es agradecerles diariamente

el enorme privilegio que me han dado en esta maravillosa misión,

que me permite servirles viviendo el Cielo en la Tierra.

Pero yo también le cumplí a Lucifer y le seguiré cumpliendo,

hasta con mi último aliento,

lo que yo le prometí…  

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista y a un corderito, de nuestro grupo de oración,

un padre de familia joven que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

Que Dios N:S: les pague vuestra caridad….

¡Muchísimas gracias y Bendiciones…!  

Y quién de vosotros quiera ayudarnos, aportando una donación económica;

para este propósito, podrán hacerlo a través de éste link

https://paypal.me/cronicadeunatraicion?locale.x=es_XC

314 MILAGROS BAJO LA LLUVIA


314 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Después de un rato de silencio…

Viene corriendo Timoneo:

Y dice:

–        Maestro, allí se ve el pueblo antes de Aera.

Podremos hacer un alto en el camino o pedir burros

Jesús responde::

–         Ya está dejando de llover.

Es mejor seguir.

–        Como quieras Maestro.

Pero ahora, con tu permiso, me adelanto.

–        Bien.

Timoneo se echa a correr con Marcos.

Jesús, sonriendo, observa:

–        Quiere que tengamos un ingreso triunfal.

De nuevo están todos en grupo.

Jesús deja que se metan a hablar con pasión de las diferencias de las regiones.

Luego se retrasa, tomando consigo al Zelote.

En cuanto están solos,

pregunta:

–       ¿Por qué te has puesto colorado, Simón?

Simón vuelve a ponerse rojo como las brasas, pero no dice nada.

Jesús repite la pregunta.

Simón, más rojo y más callado.

Jesús insiste en la pregunta.

Zelote exclama fuerte:

–       ¡Señor, pero si Tú ya lo sabes!

¿Por qué me obligas a hablar? 

Dolido como si fuera un torturado.

–       ¿Tienes certeza?

–        No me lo ha negado.

Sin embargo, ha dicho:

“Lo hago por previsión. Soy sensato.

El Maestro no piensa nunca al mañana”.

Forzando las cosas, hasta podría ser así.

Pero… en todo caso es… en todo caso es…

Maestro, mete Tú la palabra exacta.

–        En todo caso es una demostración de que Judas es solamente un “hombre“.

No sabe elevarse a ser un espíritu.

Pero, más o menos, sois todos así.

Teméis por estupideces.

Os preocupáis de previsiones inútiles.

No sabéis creer que la Providencia es potente y está presente.

Bien, que esto quede entre nosotros dos. ¿No es verdad?

–        Sí, Maestro

Sigue un momento de silencio.

Luego Jesús dice:

–        Pronto volveremos al lago…

Será hermoso un poco de recogimiento después de tanto camino.

Nosotros dos iremos a Nazaret y estaremos allí un tiempo, hacia las Encenias.

Estás sólo…

Los otros estarán en familia.

Tú, conmigo».

–        Señor, Judas, Tomás, y también Mateo, están solos.

–        No te preocupes.

Cada uno celebrará las fiestas con la familia.

Mateo tiene a su hermana.

Tú estás solo.

A menos que quieras ir con Lázaro…

Simón contesta rápido:

–        No, Señor.

 No. Quiero a Lázaro.

Pero estar contigo es estar en el Paraíso.

Gracias, Señor – y le besa la mano.

Hace poco que han dejado atrás el poblado, cuando he aquí que bajo otro aguacero,

aparecen de nuevo por el camino inundado Timoneo y Marcos,

que gritan:

–        ¡Deteneos!

Está Simón Pedro con unos burros.

Lo he encontrado mientras venía para acá.

Lleva ya tres días de camino hacia aquí con los animales, bajo la lluvia.

Se detienen al amparo de un robledal que resguarda un poco del chaparrón.

Y ven venir, montado en un asno – el primero de una fila de borriquillos – a Pedro; 

que con la manta que se ha echado sobre la cabeza y la espalda, parece un fraile.

Y lo saluda diciendo:

–      ¡Dios te bendiga, Maestro!

¡Ya decía yo que estarías mojado como uno que se hubiera caído al lago!

¡Vamos enseguida, a caballo todos, que Aera hace tres días que está ardiendo

de tanto como tiene encendidas sus chimeneas para secarte!

Rápido, rápido… ¡En qué estado!…

¡Fijaos aquí!

¿Pero no erais capaces de hacerle esperar?

¡Ah, si no estoy yo! ¡Pero, yo digo…!

¡Pero mirad aquí!

Tiene el pelo tieso como un ahogado.

Debes estar helado. ¡Con toda esta agua!

¡Qué imprudencias! ¿Y vosotros?

¿Y vosotros? ¡Infames!

Tú el primero hermano, que no piensas.

Y todos los demás. ¡Bien guapos estáis!

¡Parecéis sacos caídos a un pantano!

¡Vamos, ligeros!

¡Ya no me vuelvo a fiar de confiároslo!

Me falta poco para ahogarme de horror…  

Mientras el asno trota al lado del de Pedro, a la cabeza de la caravana asnal,

Jesús responde sereno:

–        Y de lo que hablas, Simón 

Jesús repite:

«       Y de lo que hablas.

De palabras inútiles.

No me has dicho si han llegado los otros, si han partido las mujeres,

si tu mujer está bien…

No me has dicho nada.

–        Te diré todo.

Pero ¿Por qué te has puesto en camino con esta lluvia?

–        ¿Y tú por qué has venido?

–        Porque tenía prisa de verte, Maestro mío.

–        Porque tenía prisa de reunirme contigo, Simón mío.

–        ¡Oh, mi querido Maestro!

¡Cuánto te quiero!

¡Mujer, niño, casa? ¡Nada, nada!

Todo es feo si Tú no estás.

¿Crees que te quiero así?

–        Lo creo.

Sé quién eres, Simón.

–        ¿Quién?

–        Un gran niño lleno de pequeños defectos.

Y bajo estos defectos, sepultadas, muchas dotes excelentes.

Pero hay una que no está sepultada: tu honestidad en todo.

¿Y entonces, quién está en Aera?

–       Judas, tu hermano, con Santiago;

más Judas de Keriot con los otros.

Parece que Judas ha hecho las cosas muy bien.

Todos lo alaban…

–        ¿Te ha hecho preguntas?

–        ¡Muchas!

No he respondido a nada.

He dicho que no sabía nada.

Y es así, porque ¿Qué sé yo, aparte de haber acompañado hasta Gadara a las mujeres?

Mira, no le he dicho nada de Juan de Endor.

Él cree que está contigo.

Deberías decírselo a los otros.

–        No.

Ellos, como tú, tampoco saben dónde está Juan.

Inútil decir más cosas.

¿Pero estos burros?… ¡Tres días!…

¡Qué gasto! ¿Y los pobres?

–        Los pobres…

Judas tiene un montón de dinero.

Se ocupa él.

Estos burros no me cuestan un céntimo. 

Los habitantes de Aera me habrían dejado incluso mil, sin ningún gasto, para Ti.

He tenido que levantar la voz para impedir venir a buscarte con un ejército de asnos.

Tiene razón Timoneo.

Aquí todos creen en Ti.

Son mejores que nosotros… – y suspira.

–        ¡Simón, Simón!

En la Transjordania nos honraron;

hubo un galeote, paganas, pecadoras, mujeres, que os dieron lecciones de perfección.

Recuérdalo siempre, Simón de Jonás.  

Han llegado a la entrada del poblado,

y  Pedro señala:

–       Trataré de recordarlo, Señor.

Mira; mira, los primeros de Aera.

¡Mira cuánta gente!

Está la madre de Timoneo.

Ahí están tus hermanos entre la multitud.

Y los discípulos a los que habías dicho que se adelantaran.

Y también los que han venido con Judas de Keriot.

Ahí está el más rico de Aera con sus servidores.

Quería que te alojaras en su casa.

Pero la madre de Timoneo ha hecho valer su derecho y estarás en su casa.

¡Mira, mira!

Están irritados porque el agua apaga las antorchas.

Hay muchos enfermos, ¡eh!

Se han quedado en la ciudad, junto a las puertas, para verte enseguida.

Uno que tiene un almacén de leña ha puesto a su disposición los cobertizos.

Hace tres días que están allí, ¡Pobre gente!

Desde que llegamos nosotros y nos extrañamos de no verte.

El grito de la multitud impide que Pedro continúe, así que se calla.

Y permanece al lado de Jesús como si fuera un escudero.

Ya han llegado a la gente.

La multitud se va abriendo y Jesús pasa con su borriquillo,

bendiciendo continuamente mientras pasa.

Entran en la ciudad.  

Jesús indica:

–         Vamos donde los enfermos, inmediatamente.

Sin hacer caso de las protestas de quienes quisieran ofrecerle un techo…

Darle alimento y fuego por miedo a que sufra demasiado. 

 –        Ellos sufren más que Yo – responde.

Tuercen a la derecha.

Ya llegan al rústico recinto del almacén de la leña.

Abren de par en par la puerta.

Del interior del recinto sale un clamor quejumbroso:

–       ¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de nosotros!

Es un coro suplicante, constante como una letanía.

Voces de niños, de mujeres, de hombres, de ancianos:

tristes como balidos de corderos en pena;

acongojadas como de madres en agonía;

descorazonadas como de quien tiene una sola esperanza;

temblorosas como de quien ya sólo sabe llorar…

Jesús entra en el recinto.

Se yergue lo más que puede sobre los estribos…

Y levantando la mano derecha, con su voz potente como una trompeta

Con imperio  y majestad,

declara:

–        ¡A todos los que creen en Mí, salud y bendición!

Se apoya de nuevo en la silla y hace ademán de volver afuera.

Pero la multitud le oprime;

los que han quedado curados se cierran en torno a Él.

Y, a la luz de las antorchas, que al amparo de los pórticos arden

y dan viveza de resplandores al crepúsculo;

se ve al gentío que bulle delirante de alegría, aclamando al Señor;

al Señor, que casi desaparece en medio de un tapiz de flores de niños sanados;

que las madres le han puesto en los brazos, en el regazo y hasta en el cuello del asno;

sujetándolos para que no se caigan.

Jesús tiene los brazos colmados de niños, como si fueran flores y sonríe feliz.

Y los besa, porque, sujetándolos como está con los brazos, no puede bendecirlos.

Finalmente retiran a los niños.

Ahora son los ancianos curados los que lloran de alegría y le besan las vestiduras mojadas. 

Y siguen los hombres y las mujeres…

Es ya de noche cuando puede entrar en la casa de Timoneo y reponerse,

con el fuego y la ropa seca.

255 PEDRO EVANGELISTA


255 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Un poco cohibidos al principio, los campesinos paulatinamente se sienten a sus anchas.

Y sobre un gran pan que les sirve de plato, les sirven las porciones de cordero.

Ellos comen gustosos y tranquilos en medio de su sencillez;

calmando toda el hambre que acumularon, mientras cuentan los últimos sucesos.

El fuego ilumina esta reunión.

Terminan de comer y de los dos corderos, solo quedan los huesos descarnados.

Y un fuerte olor a grasa que sigue quemándose sobre la leña, que poco a poco se va apagando.

Y en su lugar, entran los rayos luminosos de la luna.

Es entonces que también vienen y se unen a los otros, los campesinos de Yocaná.

Es la hora de hablar.

Judas con posesión diabólica perfecta, por su soberbia hipócrita y su superioridad llena de egoísmo…

Los ojos azules de Jesús buscan a Judas de Keriot… 

Que recargado en un árbol; se hace el desentendido, ante el mudo llamado del Maestro.

Entonces Jesús lo llama con voz fuerte:

–       ¡Judas!».

Como alumno remolón, Judas se levanta y se acerca.

Jesús dice: 

–       No te apartes.

Te ruego que evangelices por Mí.

Estoy muy cansado.

¡Si no hubiera llegado esta tarde, por supuesto que tendríais que haber hablado vosotros!

–      Maestro…

no sé qué decir…

Al menos, hazme preguntas.

–      No te las tengo que hacer Yo.

Y volviéndose hacia el grupo,

pregunta a los campesinos.

–      Vosotros: ¿Qué deseáis oír?,

¿Qué deseáis que se os explique?

Los hombres se miran unos a otros… dudan…

Por fin un campesino pregunta: 

Hemos conocido el Poder y la Bondad del Señor, pero sabemos poco de su Doctrina.

Ahora que estamos con Yocana, tal vez podamos aprender algo más.

Tenemos muchísimos deseos de conocer cuáles son las cosas indispensables,

que deben hacerse para obtener el Reino que promete el Mesías.

¿Podremos obtenerlo con la nada que podemos hacer?

Judas responde:

–       La verdad es que estáis en condiciones muy penosas.

Todo, en vosotros y a vuestro alrededor, conjura para alejaros del Reino.

La falta de libertad para venir adonde el Maestro cuando quisierais;

La condición de siervos de un patrón que si no es una hiena como Doras; 

pero que por lo que se ve, es un perro guardián que a sus siervos tiene prisioneros.

Los sufrimientos y el estado de degradación en que os encontráis… 

todo esto, son circunstancias desfavorables para que elijáis el Reino.

En vosotros no pueden existir más que odio, resentimientos,

críticas o venganzas contra quienes os tratan tan cruelmente.

La cosa mínima y necesaria es amar a Dios y al prójimo.

Sin esto no hay salvación.

Deberéis vigilar para contener vuestro corazón dentro de una sumisión pasiva

a la Voluntad de Dios, que se manifiesta en vuestro destino;

y, aguantando pacientemente al amo, sin permitir a vuestro pensamiento siquiera la libertad

de un juicio, que está claro que no podría ser benévolo respecto al amo,

ni de gratitud por vuestra… por vuestro…

porque veo en vosotros buena voluntad unida a mansedumbre de ánimo,

lo que se manifiesta en vuestra suerte.

Y soportando pacientemente al patrón; sin permitir siquiera a vuestro pensamiento

la libertad de un juicio que no pueda ser benévolo para con él,

ni de agradecimiento para con vuestro… para con vuestra…

En una palabra: no debéis reflexionar en vuestro estado,

para que no tengáis rebeliones en vuestro corazón.

Rebeliones que matarían el Amor.

Quien no tiene amor, no tiene salvación, porque no obedece al primer precepto.

Yo estoy seguro de que os podréis salvar,

porque veo en vosotros la buena voluntad, junto con una mansedumbre de corazón;

lo cual es un buen augurio para que mantengáis lejos de vosotros el Odio… 

Y el espíritu de venganza.

Por lo demás, la Misericordia de Dios es tan grande,

que os perdonará todo lo que ahora falta a vuestra perfección.

Judas ha terminado.

Sigue un silencio profundo.

Jesús tiene la cabeza muy inclinada y no se puede ver la expresión de su rostro.

Pero las de los demás son claras y elocuentes.

Para nada dichosas. 

Las caras de los campesinos reflejan mucho más su estado de envilecimiento…

Y  expresan más abatimiento que al principio. 

Las de los apóstoles y las de las mujeres, una sorpresa aterrada

Y un estupor que casi es miedo.

El anciano responde humildemente: 

–       Trataremos de no dejar que surja en nosotros ningún pensamiento,

que no sea de paciencia y perdón.

Otro de los campesinos suspira:

–      La verdad es que será difícil llegar a la perfección del amor;

para nosotros… 

¡Que ya es mucho si no hemos acabado siendo asesinos de nuestros verdugos!

El corazón sufre, sufre, sufre…

Y aunque no odie, encuentra mucha dificultad en amar,

como esos niños macilentos que tienen dificultad en crecer…

Pedro dice para consolarlos: 

–       No, no, hombre.

Yo, por el contrario, creo que precisamente por haber sufrido tanto,

sin haceros unos asesinos o personas vengativas;

vuestro corazón es más fuerte que el nuestro en el amor.

Amáis sin percibirlo siquiera. 

Y aquí se da cuenta de que ha hablado…

Y se interrumpe para decir:

–       ¡Oh! ¡Maestro!…

Pero… me has dicho que debía hablar…

Que encontrase el tema incluso en el cordero que iba a asar.

He estado mirando, para buscar palabras buenas que decir a estos hermanos nuestros,

para su caso particular.

Pero, la verdad es que -sin duda alguna, porque soy un necio- no he encontrado nada apropiado.

Y sin saber cómo, me he visto muy lejos, en pensamientos que no sé si llamar extravagantes –

en ese caso serían míos o santos.

Entonces provendrían del Cielo.

Yo los manifiesto, tal y como me han venido…

Tú, Maestro, me los explicarás o me reprenderás por ellos,

Y todos vosotros sabréis ser comprensivos.

Así pues, estaba mirando lo primero:

la llama y me ha venido este pensamiento:

“¿De qué está hecha la llama?

Viene de la leña.

Pero la leña por sí sola no arde;

es más, si no está bien seca, no arde de ninguna manera,

porque el agua la carga e impide que la yesca la encienda.

La leña, cuando está muerta, acaba incluso pudriéndose;

desmenuzándose, por la carcoma; pero, por sí sola, no se enciende.

Ahora bien, si una persona la prepara adecuadamente y le acerca la yesca y el eslabón.

Y hace saltar la chispa.

Y favorece que la chispa prenda soplando en las ramas delgadas, para aumentar la llamita inicial. 

Porque se empieza siempre por las cosas más menudas,

entonces la llama brota, prende fuerte, se hace útil, arremete contra todo,

hasta los troncos más gruesos”.

Y me decía a mí mismo:

“Nosotros somos la leña.

Por nosotros mismos no nos encendemos.

Pero, eso sí, es necesario en nosotros el cuidado de no estar demasiado cargados,

de la pesada agua de la carne y la sangre,

para permitir que la yesca se encienda con su chispa.

Y debemos desear arder; porque, si nos quedamos inertes.

Podemos ser destruidos por la intemperie y la carcoma;

es decir, por la humanidad y el demonio.

Sin embargo, si nos abandonamos al fuego del amor,

éste empezará a quemar las ramitas más finas y las destruirá.

Las ramitas, para mí, eran las imperfecciones;

luego aumentará y arremeterá contra la leña más gorda,

o sea, las pasiones más fuertes.

Nosotros, que somos leña, cosa material, dura, opaca, incluso fea;

vendremos a ser esa cosa hermosa, incorpórea, ágil, espléndida, que es la llama.

Todo esto por habernos prestado al amor, que es el eslabón y la yesca,

que de nuestro mísero ser de hombres pecadores, hacen ángeles del tiempo futuro,

ciudadanos del Reino de los Cielos”.

Éste ha sido un pensamiento.

Jesús ha levantado un poco la cabeza y está escuchando con los ojos cerrados…

Y un asomo de sonrisa en sus labios.

Los demás miran a Pedro, todavía con estupor, pero el miedo ha desaparecido..  

Y la admiración ilumina las miradas…

Él sigue hablando tranquilo:

–      Mirando a los animales que se estaban asando,

me ha venido otro pensamiento.

No digáis que soy pueril en mis pensamientos.

El Maestro me había dicho que los buscara en lo que veía…

He obedecido.

Bien, pues estaba mirando a los corderos, y decía:

“Son dos seres inocentes y mansos.

Nuestra Escritura está llena de dulces alusiones al cordero;

tanto para recordar al Mesías prometido y Salvador…

Ya desde la alusión a Él en el cordero mosaico,

como para decir que Dios tendrá compasión de nosotros.

Lo dicen los profetas.

Viene a congregar a sus ovejas, a socorrer a las heridas,

a cargar sobre Sí a las que tienen algún miembro fracturado.

¡Cuánta bondad!” decía.

“¿Cómo tener miedo de un Dios que promete

tener tanta compasión con nosotros, miserables?

Pero” decía también

“tenemos que ser mansos, al menos mansos, dado que no somos inocentes; mansos.

Y estar deseosos de que el amor nos consuma.

Porque, hasta el más bonito y puro de los corderitos, una vez matado,

¿En qué acaba, si el fuego no lo asa?

Pues en carroña podrida.

Mientras que, si lo envuelve el fuego, viene a ser alimento sano y bendito”.

Y concluía:

“En definitiva, todo el bien lo hace el amor,

que nos aligera de los lastres de nuestra humanidad,;

nos hace resplandecientes y útiles;

nos hace buenos ante los hermanos y gratos a Dios;

sublima nuestras buenas cualidades,

hasta un nivel que recibe su nombre de virtudes sobrenaturales.

Y quien es virtuoso es santo, quien es santo posee el Cielo.

Por tanto, lo que nos abre los caminos de la perfección,

no es la ciencia ni el miedo, sino el amor;

el cual, mucho más que el temor al castigo, nos mantiene alejados del mal,

por el deseo de no entristecer al Señor.

Nos hace sentir compasión de nuestros hermanos y amarlos, porque vienen de Dios.

Por tanto, el amor es la salvación y santificación del hombre”.

En estas cosas pensaba mientras miraba a mi asado,

obedeciendo a mi Jesús.

Perdonad si son sólo éstas, pero a mí me han hecho bien;

os las entrego con la esperanza de que también a vosotros os hagan bien.

Todos miran a Pedro admirados, por el apóstol humilde y obediente. 

Solamente Judas, se ha volteado ligeramente y mira hacia lo alto de la montaña…

Sin que él mismo sepa porqué,

siente su corazón lleno de ira.

Y una mirada de odio satánico enciende sus ojos.

Es como una sombra fugaz que descompone la belleza de su rostro,

llenándolo de una maldad, que lo vuelve demoníaco.

Pero es solo por unos momentos.Cuando vuelve su cara hacia el grupo, todo esto ha desaparecido.

Y solo queda su sonrisa llena de soberbia y la autocomplacencia de sentirse superior.

Cuando Pedro termina, los campesinos están consolados y contentos.

Y dicen que así será muy fácil seguir la Doctrina del Amor.

Judas está amoscado.

Los demás están sorprendidos y miran a Pedro con un nuevo respeto.

Jesús abre los ojos.

Ahora están radiantes.

Alarga un brazo y pone la mano en el hombro de Pedro:

Y le dice: 

–      Verdaderamente has encontrado las palabras que debías. La obediencia y el amor han hecho que las encontraras;

la humildad y el deseo de consolar a tus hermanos harán de ellas,

estrellas en su cielo oscuro.

¡Dios te bendiga, Simón de Jonás!  

Pedro responde

–      ¡Que Dios te bendiga a Ti, Maestro mío!

¿No vas a hablar?

–      Mañana los campesinos entrarán en su nueva condición de dependencia.

Bendeciré su entrada con mi Palabra.

Podéis marcharos en paz.

Que Dios esté con vosotros.

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