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511 El Óbolo de Claudia


511 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

426c La joven esclava salvada.

Pasan las horas.

Jesús está sentado sobre un malacate con las manos sobre las rodillas.

Ora…

Piensa… Espera.

No quita los ojos del camino que viene de la ciudad.

La luna está casi perpendicular y el mar retumba con mayor fuerza…

La Luna se eleva, levantándose cada vez más sobre el cielo estrellado.

Está perpendicular sobre la cabeza.

El mar retumba más fuerte y el agua del canal tiene un olor más intenso.

El cono de 1a Luna que hunde sus rayos en el mar se hace más amplio…

abrazando toda la balsa de agua que está frente a Jesús.

Y se pierde cada vez más lejano:

Senda de luz que desde los confines del mundo parece venir hacia Jesús, remontando el canal;

terminando en la balsa de la dársena.

La luna está casi perpendicular y el mar retumba con mayor fuerza…

Por el canal viene una barca pequeña, blanca.

Que avanza deslizándose, sin dejar huellas de su trayectoria,

en el camino de agua que se reconstruye después de su paso…

Remonta el canal…

Ya está en la dársena silenciosa.

Aborda.

Se detiene.

Y tres sombras bajan.

Son tres personas.

Un hombre musculoso, una mujer y una figura delicada, entre los dos.

Se dirigen hacia la casa del cordelero…

Jesús se levanta, para salir a su encuentro…

Va hacia ellos y los saluda diciendo:

–           La paz a vosotros.

¿A quién buscáis?

–            A ti, Maestro.

Responde Lidia mientras se descubre y se aproxima sola.

Y continúa:

«Claudia te ha servido.

Porque era una cosa justa y completamente moral.

señalándola, agrega:

Ésa es la muchacha.

Valeria, dentro de un poco la tomará como niñera de la pequeña Fausta.

Pero entretanto, te ruega que la tengas Tú.

Es más, que se la confíes a tu Madre o a la madre de tus parientes.

Es completamente pagana.

Bueno, peor que pagana.

El amo con quien ha crecido, la alimentó pero no le enseñó nada en absoluto…

Nunca ha oído hablar del Olimpo, ni de ninguna otra cosa.

Lo único que tiene es un terror loco hacia los hombres,

porque desde hace algunas horas, la vida se le ha descubierto totalmente….

Como es:

¡Cruel!

Y en toda su brutalidad,

Jesús pregunta:

–            ¡Oh!

¡Triste palabra!

¿Demasiado tarde?

–          No, materialmente…

Él la preparaba poco a poco…

Digamos… para su sacrilegio.

Y la niña está espantadísima…

Claudia ha tenido que dejarla durante toda la cena junto a ese sátiro.

Y sólo pudo intervenir cuando el vino le había nublado el pensamiento.

Haciéndole menos capáz para reflexionar.

No es necesario que te diga que si el hombre es un lúbrico en sus amores sensuales;

lo es mucho más cuando está ebrio…

Pero es solo entonces que se convierte en un juguete con el que se puede hacer lo que se quiera…

Y arrebatarle su tesoro.

Claudia se aprovechó del momento.

Ennio quiere regresar a Italia…

De la que salió porque perdió el favor imperial…

Claudia le prometió el regreso a cambio de la muchacha.

Reservándose para entrar en acción cuando el vino le hubiera hecho menos capaz de reflexionar.

Enio mordió el anzuelo…

Mañana cuando ya no esté borracho,

protestará, la buscará, hará su comedia…

Pero también mañana, Claudia buscará el modo de hacerlo callar.

Jesús protesta:

–             ¿Con la violencia?

¡No!…

Lidia sonríe con travesura:

–       ¡Oh, Maestro!

¡La violencia empleada con buen fin!…

Pero no será necesaria…

También Claudia se encargó de ‘ayudar’ a su marido a pasarla muy bien en la cena…

Y ahora Pilatos, que está inconsciente por el vino que digirió esta noche…

Está firmando y sellando la orden de que Ennio se presente en Roma…

¡Ah, ah!…

Y partirá en el primer buque militar.

Lo único, es que lo que hará Pilatos mañana…

Cuando esté todavía atontado por el mucho vino bebido esta noche…

Pero mientras tanto, es mejor que la niña esté en otra parte por precaución…

De que en cuanto a Pilatos se le pase la borrachera, se arrepienta y revoque la orden…

¡Es muy endeble!

Y es mejor así…

Para que la niña olvide las asquerosidades humanas…

¡Oh, Maestro!

Por este motivo fuimos a la cena.

Pero, ¡Es inconcebible!

¿Cómo hemos podido ir a esas orgías hasta hace pocos meses, sin sentir náusea?

Hemos huido de allí en cuanto hemos obtenido lo que queríamos…

Allá están todavía nuestros maridos, imitando a los brutos.

¡Qué náuseas, Maestro!

Y debemos recibirlos después…

Después que…

–          Sed austeras y pacientes.

Con vuestro ejemplo haréis mejores a vuestros maridos.

–          ¡Oh, no es posible!

Tú no sabes…

Livia llora más de coraje, que de dolor.

Jesús suspira.

Y ella continúa:

–          Claudia te manda decir que lo hizo para mostrarte:

que te venera como al Único Hombre que merece veneración…

Y quiere que te diga que te agradece,

haberle enseñado lo que vale un alma y lo que vale la pureza.

Lo recordará siempre…

¿Quieres ver a la niña?

–           Sí.

El hombre…

¿Quién es?

–           El númida mudo que emplea Claudia, para sus servicios secretos.

No hay ningún peligro de delación…

No tiene lengua.

Jesús repite:

–           ¡Infeliz!

Pero tampoco ahora hace el milagro.

Lidia va por la muchacha.

La toma de la mano y casi la lleva a rastras frente a Jesús.

Livia dice:

–           Sabe unas cuantas palabras latinas.

Judías casi ninguna.

Es una salvajita…

Que la eligieron únicamente como objeto de placer.

Y dirigiéndose a la niña:

–            No tengas miedo.

Dale las gracias.

Él fue el que te salvó.

Arrodíllate y bésale los pies.

¡Ea! ¡Hazlo!

¡No tengas miedo!

¡Ánimo!

¡No tiembles!…

¡Perdona, Maestro!

Está aterrorizada por las últimas caricias de Enio ya borracho…

Poniéndole su mano en la cabeza cubierta, con mucha compasión;

Jesús dice:

–           ¡Pobre niña!

¡No tengas miedo!

Te llevaré a casa de mi Madre, por algún tiempo.

A la casa de Mamá,

¿Entiendes?

Y tendrás muchos hermanos buenos…

¡No tengas miedo, hijita mía!

¿Qué hay en la voz de Jesús y en la mirada?

Todo: paz, seguridad, pureza, amor santo.

La jovencita lo siente;

echa hacia atrás el manto y la capucha para mirarlo mejor.

Y aparece el rostro delicado de una niña que se asoma a la pubertad…

Con la figurita grácil casi todavía niña;

de gracias inmaduras e inocente aspecto, aparece envuelta en una túnica demasiado ancha para ella…

Sus modales son sencillos.

Su expresión está llena de inocencia.

El vestido que trae le queda muy largo…

Livia dice:

–            Estaba casi desnuda.

Le puse lo primero que encontré.

Lleva otros en la alforja…

Jesús la mira con piedad e infinita compasión,

exclamando:

–          ¡Es una niña!

Y tomándola de la mano le pregunta- ¿Quieres venir conmigo?

La niña contesta:

–          Sí, patrón.

Jesús rebate:

–            No.

No soy tu patrón.

Dime Maestro.

Ella dice con más confianza:

–           Sí, Maestro.

Y una tímida sonrisa substituye a la expresión de miedo,

que había antes en el pálido rostro.

Jesús pregunta:

–          ¿Eres capaz de caminar mucho?

–           Sí, Maestro.

–           Después descansarás en la casa de mi Madre.

En mi casa, hasta que llegue Fausta.

Una niña a la que vas a querer mucho.

¿Quieres?…

–         ¡Oh, sí!

Y ella confiada, levanta sus bellísimos ojos verde-azul,

que lo miran asombrados bajo sus cejas color oro.

Y con un destello de terror que vuelve a turbar su mirada.

Se atreve a preguntar:

–          ¿Ya nunca más aquel amo?

Jesús repite su promesa:

–             ¡Jamás!

Poniendo su mano en su cabellera rubia.

Livia se despide:

–             Adiós, Maestro.

Dentro de pocos días iremos al lago.

Tal vez podremos verte una vez más.

Ruega por tus pobres discípulas romanas.

Jesús repica:

–          Gracias…

Vete en paz.

Adiós, Lidia.

Di a Claudia que éstas son las conquistas que pretendo y no otras.

Se vuelve  hacia la niña,

agregando:

–          Ven niña.

Partiremos inmediatamente.

La barca se aleja por el canal de la dársena…

Jesús llevándola de la mano, se asoma a la puerta del almacén llamando a los apóstoles.

Mientras 1a barca, sin dejar huella de su venida, regresa al mar abierto…

Jesús y los apóstoles, con la niña en medio del grupo, cubierta con un manto…

Van, por las callejuelas periféricas y desérticas,

hacia los campos…

509 El Profeta Romano


509 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

426a Con las romanas en Cesárea Marítima. Profecía en Virgilio.

Jesús tiene un aspecto serio y pálido…

Y dice con una sonrisa de disculpa:

–           No es un lugar apropiado para ustedes.

Pero no dispongo de otra cosa.

Ellas se quitan el velo y el manto.

Y se descubre que son Plautina, Livia, Valeria y la liberta Álbula Domitila.

Plautina responde:

–             No vemos al lugar, sino Al que en estos momentos está en él.

Jesús sonríe y dice:

–             Por esto entiendo que pese a todo;

todavía me consideráis como a un hombre justo.

–             Y más que eso.

Y Claudia nos manda precisamente porque cree que eres más que un justo.

Y no toma en cuenta lo que se oyó…

Pero quiere tu confirmación al respecto, para tributarte doble veneración.

Y hacerlo con mayor razón.

–              O para no hacerlo si me muestro a ella como quisieron pintarme.

Pero decidle que  no hay nada de eso.

No tengo miras humanas.

Mi Ministerio y mi deseo es tan solo sobrenatural.

Y nada más.

Quiero, sí; reunir a todos los hombres en un solo reino.

¿A qué hombres?

¿A los que están hechos de carne y sangre?

¡No!

Eso lo dejo, materia frágil, cosa corruptible…

A las monarquías que pasan;

a los reinos que se tambalean.

Quiero reunir bajo mi único cetro, sólo los corazones de los hombres;

espíritus inmortales en un reino inmortal.

Cualquier otra versión la rechazo como contraria a mi Voluntad.

Quienquiera que sea que la haya dado.

Y os ruego que creáis y que digáis a quien os envía;

que la Verdad tiene solamente una palabra…

–           Tu apóstol habló con mucha seguridad.

–           Es un muchacho exaltado…

Y como a tal hay que escucharlo.

Plautina dice enojada:

–            ¡Pero te hace daño. !

¡Repréndelo!

¡Despídelo!

La negativa para rechazar el MUNDO es la señal más preocupante, de la posesión demoníaca perfecta…

Regáñalo…

Arrójalo de Ti…

–           ¿Entonces dónde estaría mi misericordia?

Él lo hace llevado de un amor equivocado.

¿No debo acaso compadecerlo?

¿Y qué cambiará si lo arrojo de Mí?

Se haría doble mal a sí mismo y me haría doble mal a Mí.

–             ¡Entonces para ti es como una bola atada al pie!…

Como una zancadilla constante…

–             Es para Mí un infeliz a quién tengo que redimir…

Plautina cae de rodillas con los brazos extendidos,

diciendo:

–             ¡Ah!

¡Maestro más grande que cualquier otro!

¡Qué fácil es tenerte por Santo, cuando se siente tu corazón en tus palabras!

¡Qué fácil es amarte y seguirte,

debido a esta caridad tuya, que es mayor que tu inteligencia!

Jesús objeta:

–            No mayor.

Sino que es más asequible y comprensible a vosotros…

Que tenéis vuestro intelecto estorbado por demasiados errores…

Y no tenéis la generosidad de despojarlo de todo…

Para acoger la Verdad.

Livia dice:

–           Tenéis razón.

Eres tan adivino como sabio.

–            La sabiduría, porque es una forma de santidad…

Da siempre luminosidad de juicio…

Ya sobre hechos pasados o presentes, ya sobre premoniciones…

Bien se trate de cosas.

O bien de la advertencia previa a hechos futuros.

–             Por esto vuestros profetas…

–             Eran unos santos.

Dios se comunicaba a ellos con una gran plenitud.

–             ¿Eran santos porque eran de Israel?

–              Por eso y porque fueron justos en sus acciones.

Pues no todo Israel es y ha sido santo, pese a ser Israel.

No es el pertenecer por casualidad a un pueblo o a una religión,

lo que puede hacer santos a los hombres.

Estas dos cosas pueden ayudar grandemente a serlo.

Pero no son el factor absoluto de la santidad.

–             ¿Cuál es ese factor?

–             La voluntad del hombre.

La voluntad que hace que las acciones del hombre sean santas, si es buena.

Perversas, si es mala.

–             Entonces entre nosotros puede ser que haya justos.

–             Así es.

Y no cabe duda de que entre vuestro antepasados hubo justos.

Y los hay entre los que viven actualmente.

Porque sería muy horrible que todo el mundo pagano, perteneciese a los demonios.

Quienes de entre vosotros se sienten atraídos hacia el Bien y la Verdad.

Sienten repugnancia hacia el vicio y la degradación que produce…

Y huyen de él y de las malas acciones que envilecen al hombre.

Creedme que estáis ya en el sendero de la justicia.

–            Entonces Claudia…

–            Sí.

Y vosotras también…

Perseverad.

–             Pero…

¿Si muriéramos antes de convertirnos a Tí?

¿Para qué serviría el haber sido virtuosas?

–             Dios es justo en el juzgar.

Pero, ¿Por qué aplazar el ingreso al Reino?

¿Por qué debéis dar la espalda al Dios Verdadero?

Las tres bajan la cabeza.

Sigue un silencio…

Y luego hacen la confesión que dará la clave de la crueldad romana…

Y su resistencia al cristianismo:

–            Porque nos parece que al hacerlo, traicionaríamos a la patria. 

–           Al revés.

La serviríais.

Pues la haríais moral y espiritualmente más grande.

Porque tendría la FUERZA, con la posesión y protección de Dios;

además de su ejército y sus riquezas.

Roma la Urbe del Mundo;

la Urbe de la Religión Universal…

Pensadlo…

Un silencio.

Luego Livia, encendida como una llama,

dice:

–           Maestro, hace tiempo te buscábamos a Tí, aun en los escritos de nuestro Virgilio.

Porque para nosotros tienen más valor las…

Profecías de los completamente vírgenes respecto a la fe de Israel,

que las de vuestros profetas…

En los cuales podemos ver la sugestión de creencias milenarias…

Y hemos discutido de ello…

Comparando las diversas personas que en todo tiempo, nación y religión, te han presentido.

Pero ninguno te sintió con tanta exactitud como nuestro Virgilio…

porque nadie mejor que él te presagió…

¡Cuánto hablamos aquel día con Diomedes el liberto griego…

astrólogo a quién quiere mucho Claudia!

El sostuvo que esto sucedió porque los tiempos eran más cercanos.

Y los astros lo decían con sus conjunciones…

Pero no nos convenció, porque…

En más de cincuenta años ningún otro sabio de todo el mundo ha hablado de Ti por noticia de los astros…

A pesar de estar más próximos aún a tu manifestación actual.

Para apoyar su tesis adujo el hecho de los tres Sabios de los tres países de Oriente,

que vinieron a adorarte cuando eras un infante.

Y con ello provocaron la matanza de la que la misma Roma se horrorizó;

pues cuando se supo, Augusto dijo:

Que Herodes era un cerdo sediento de sangre…’

Claudia exclamó: “

¡Hace falta el Maestro!

Nos diría la verdad.

Y el destino de nuestro más grande poeta…

Querrías decirnos para Claudia…

Algo que nos muestre que no estás irritado contra ella.

–             He comprendido su reacción de romana.

Y no le guardo ningún rencor.

Decidle que esté tranquila.

Y escuchad:

Virgilio no fue grande solo como poeta.

¿No es así?

–             ¡Oh, no!

También lo fue como hombre.

En medio de una sociedad que estaba corrompida y viciada…

Fue un faro de pureza espiritual.

Nadie lo vio lujurioso, ni amante de orgías, ni de costumbres licenciosas.

Sus escritos son castos y mucho más casto fue su corazón.

Tanto es así que en los lugares donde vivió, se le llamó ‘La doncella’,

para vergüenza de los viciosos y veneración de los buenos.

–            ¿Y en el alma pura de un hombre casto, no habrá podido reflejarse Dios…

aun cuando ese hombre fuese pagano?

La Virtud Perfecta, ¿No habrá amado al virtuoso?

Y si se le concedió amar y ver la Verdad debido a la belleza pura de su corazón…

¿No podrá haber tenido un fulgor de profecía?

¿De una profecía que no es más que la Verdad que se descubre…

a quién merece conocerla como premio e incentivo para una virtud mayor?

–             ¡Entonces profetizó de Ti!

–              Su inteligencia prendida en la pureza y en el genio;

logró ascender y conocer una página que se refiere a Mí.

Y puede llamársele al poeta pagano y justo…

Un hombre dotado de espíritu profético y anterior a Mí, por premio de sus virtudes.

Valeria y Plautina exclaman,

preguntando:

–           ¡Oh, nuestro Virgilio!

–          ¿Y tendrá algún premio?

–           Ya lo dije.

Dios es justo.

Pero vosotras no imitéis al poeta, deteniéndoos hasta donde él llegó.

Avanzad…

Porque la Verdad, no se os ha mostrado por intuición y en parte;

sino completa…

Y os ha hablado.

Plautina sin dar respuesta,

dice:

–           Gracias, Maestro.

Nos retiramos.

Claudia nos dijo que te preguntásemos si te puede ser útil en asuntos morales.

–            Y os mandó que me preguntaseis si soy un usurpador…

–            ¡Oh, Maestro!

¿Cómo lo sabes?

–            ¡Soy más que Virgilio y que los profetas!…

–            ¡Es verdad!

¡Todo es verdad!

¿Podemos servirte?

P La Potencia del Amor 1


No tendrás dioses ajenos delante de Mí… Éxodo 20, 3

Enero 09 de 2022

Habla el Espíritu Santo:

Dios es Amor.

Cuando creó al hombre,

lo creó a SU Imagen y Semejanza.

Y por eso la vida del hombre, gira alrededor del Amor.

Como templo viviente,

el alma fue creada para contener a Dios:

El Amor en el alma viva,

para palpitar necesita de un corazón.

Y ese corazón,

es como un pebetero que arde y perfuma.

Y Dios le puso como una necesidad vital:

LA CAPACIDAD DE AMAR

El espíritu es la linfa vital del alma, cuya esencia es el Amor.

Y en el altar del espíritu,

Dios preparó la plenitud de la vida y de la unión con la Gracia.

La habitación de Dios, Espíritu de Amor,

hubiera sido perfecta, si el hombre NO hubiese pecado.

El espíritu vivo también tiene un corazón palpitante…

Y fue creado como un altar:

Con la necesidad de Adoración.

Es el pebetero donde arde el Fuego del Amor.

Porque verdaderamente Dios había puesto en el hombre,

solo una necesidad:

La del AMOR. 

Amor de hijos al Padre.

Amor de súbditos al Rey.

Amor de creaturas al Creador.

Y si no se hubiese corroído con el ácido de la culpa

las raíces del Amor,

éste hubiera crecido poderoso en nosotros,

sin requerir ningún esfuerzo.

No fatiga, sino una alegría; 

una necesidad que alivia al igual que la respiración.

Porque el Amor había sido destinado

a que fuese la respiración del espíritu.

La sangre del espíritu.

EL AMOR ES MAS FUERTE QUE LA MUERTE

Es una fuerza absoluta como el bien, la obediencia, la esperanza y la Fe.

El Amor es un aguijón amargo.

Hambre y nostalgia de estar con el Amado.

Y amar con todas las fuerzas es ya un martirio…

Porque tortura cada vez más la separación.

El Amor es una Fuerza Sobrenatural.

La clave de los afectos humanos está

en que los hombres buscan amarse a sí mismos en las creaturas…

Y DEBEN BEBER

LA AMARGURA QUE LLENA

PERO NO SACIA

Porque el verdadero Amor, es totalmente sobrenatural…

Y solamente Dios puede darlo.

El Verdadero Amor,

tiene varias manifestaciones y potencias:

El Amor de Primera Fuerza, es el que se da a Dios.

El Amor de Segunda Fuerza, es el paterno o el materno.

El Amor de Tercera Fuerza, es el que se siente por el cónyuge.

El Amor de Cuarta Fuerza, es el que se siente por los padres.

El Amor de Quinta Fuerza, es el amor hacia nosotros mismos.

El Amor de Sexta Fuerza, es el amor hacia el prójimo.

El Amor de Séptima Fuerza, es el amor por las creaturas;

el trabajo, el desarrollo de la vocación, etc.

CUANDO SE AMAN TODAS LAS COSAS

A TRAVÉS DE DIOS,

SE CONOCE LA TREMENDA FUERZA

QUE ES EL AUTÉNTICO Y VERDADERO AMOR,

PORQUE ES 

EL ALIMENTO DE LA VIDA.

Jesús dio a los hombres un Mandamiento Nuevo,

SÍNTESIS DE TODA LA LEY

Y en él dio a la Humanidad, la llave de la felicidad.

La práctica de este Mandamiento

es la que transformará la Tierra en antecámara del Paraíso,

porque en el Paraíso está el triunfo del Amor.

Dios es el Amor y en Él viven todas las almas.

La perfección de la vida en la Tierra,

«Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas, con todo tu ser y SOBRE TODAS LAS COSAS… Y a tu prójimo, como a tí mismo…»

es dada por el grado de intensidad con el que las almas lo aman a Él.

Y con Él aman a los hermanos.

Tanto y más perfecto y santo se es, cuanto más se ama así.

En el Amor Verdadero en el Amor a través de Jesús,

está la verdadera razón de la vida y el auténtico gozo de la vida.

EL AMOR ES ENTREGA

El hombre que no tiene amor, se corrompe y corrompe a otros.

Todas las desventuras de la Tierra,

proceden de la falta de Amor.

Adán y Eva no tuvieron Amor para Dios y por eso desobedecieron.

Y trajeron la enfermedad y la muerte;

el Dolor y el sufrimiento.

El Amor de Dios hace amigo a Dios y enseña a amar.

Quién no ama a Dios que es Perfecto y Bueno,

El amor de Dios nos restaura y nuestro corazón aprende a amar con heroismo, practicando el PERDÓN…

ciertamente no puede amar a su prójimo,

que está lleno de defectos.

Todo el Bien lo hace el Amor.

El Amor que nos hace buenos para con los demás

y aceptables a los ojos de Dios.

El Amor sublima las buenas cualidades del hombre

y las convierte en virtudes sobrenaturales.

Es así como el alma se hace virtuosa.

Quién es virtuoso, es santo

y quién es santo, posee el Cielo.

Por eso no es la sabiduría ni el temor,

los que abren el camino de la perfección, sino el Amor.

El Amor fortifica el espíritu y es la esencia de la vida.

El deseo de no afligir a Dios,

aleja del Mal, más que el temor de un castigo.

1Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe. 2Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy. 1 Corintios 13

Del amor nace la compasión y se ama al prójimo, porque viene de Dios.

Por esto el Amor es la salvación y la santificación del hombre.

En el Amor se encuentra la fuerza para conservar la santidad.

PORQUE EN EL AMOR

ESTÁ LA FUERZA PARA PERDONAR 

Y EL HEROÍSMO DE TODAS LAS VIRTUDES.

EL SECRETO DEL AMOR,

ES LA BONDAD.

Porque el que ama es bueno.

Ama sin pensar en razones para hacerlo.

La Obediencia para Dios es Amor.

EL QUE AMA SE DA.

Jesús Santísimo: penetra y posee todo mi ser tan completamente, que mi vida entera sea un resplandor de la tuya…

Y SE ENTREGA A  AMAR,

FUNDIÉNDOSE EN DIOS

El que ama, pierde todas las dimensiones.

La materia es nada.

El dolor es nada.

El tiempo, nada.

El pecado mismo se anula,

porque para ello existe el Perdón.

Amar sin límites como lo hacen los niños:

simplemente amar,

porque solo el amor existe.

El que aprende a amar lo que Dios ama y como Él lo ama,

alcanza la perfección.

El que llega a tener una chispita de amor por el Altísimo

y realiza sus acciones bajo Mi Guía,

siendo dócil a mis santas inspiraciones

como Espíritu Santo, NO PECA.

El Amor hace cumplir los preceptos del Decálogo,

porque no se miente al prójimo.

Y COMO NO SE QUIERE HERIR AL AMADO:

DIOS

Se observa una conducta de justicia:

Y se es hijo amoroso, esposo fiel, no se estafa en el comercio,

no se es falso, ni violento.

No se exige nada con crueldad y se es sincero en todas las acciones.

La Fuerza del Amor Verdadero hace del hombre un ángel

y destruye la animalidad de los instintos, al aprender la Ley del Amor:

Dios es Amor.

Y PARA AMARLO,

HAY QUE AMAR TODO

3. Aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha, 1 de Corintios 13

A TRAVÉS DE ÉL

Es así como se aprende a amar sin condiciones.

El Amor aplaca a los violentos y destruye los ídolos.

Nada se resiste al Amor;

porque es una Fuerza muy poderosa y un arma que desarma.

Solo el Demonio que es el Odio Perfecto;

es el único que resiste al Amor.

Él y los que se han vendido al Odio de manera voluntaria,

lo rechazan y se resisten.

Están sin amor y viven sin él,

con una vida sombría, desesperada, árida.

Sin una sonrisa nunca, sin un rayo de luz.

SE DEJAN ENVOLVER

POR EL ORGULLO, EL RENCOR,

Ningún bien humano por necesario que sea, puede colmar el VACÏO que deja la falta de Dios.

LA DESESPERACIÓN,

LA ENVIDIA, LOS CELOS,

LA DUREZA DE CORAZÓN,

LA MÁS GRANDE AMARGURA

Y LA MÁS ATERRADORA SOLEDAD.

Porque el Amor es el más profundo sentimiento misterioso,

que tiene su fuente en Dios

Y COMO FLECHA LANZADA POR EL ARCO

Se dirige hacia las almas.

Que pueden aceptarlo o rechazarlo.

El alma muere por la falta del Amor Perfecto.

Cuando se une la inteligencia con el Amor,

se encuentra la Verdad

y se miran las cosas con ojos buenos,

porque VALE MÁS LA BONDAD

QUE LA SABIDURÍA

Quién ama, descubre la huella de Dios en todas las cosas,

Y TODO LO AMA EN DIOS

La Oración es Amor.

A través de la Oración se pide y se obtiene el Amor para Amar.

EL QUE SE ABANDONA AL AMOR

Y PERMITE QUE SE CONVIERTA

EN UN INCENDIO DEVORADOR

QUE ELEVA EL ALMA HACIA DIOS

Y QUE TODO LO QUE TOCA

LO LLENA DE ÉL,

ES ENTONCES CUANDO SE AMA DE VERDAD.

375 PERSECUCION Y MARTIRIO


375 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En la comitiva apostólica, ya no caminan.

Corren.

Corren con la nueva aurora, aún más esplendorosa y genuina que las anteriores;

adornada con todo un destellar de gotas de rocío que llueven, junto con pétalos

multicolores, sobre cabezas y prados.

Para poner tonalidades de flores deshojadas junto a las ya innumerables de las

florecillas de las márgenes y del interior, que se yerguen sobre sus tallos.

Y para encender nuevos diamantes en los hilos de hierba reciente.

Corren entre cantos de aves en celo y de brisa ligera, de risueñas aguas,

que suspiran o arpegian: pasando entre las ramas,

acariciando el heno y los cereales.

que crecen día tras día o fluyendo entre las márgenes,

Y alejándose, plegando delicadamente los tallos que tocan las límpidas aguas.

Corren como si fueran a un banquete de amor.

Incluso los mayores maduros como Felipe, Bartolomé, Mateo, el Zelote,

comparten la alegre prisa de los jóvenes.

Y lo mismo sucede entre los discípulos:

los más viejos emulan a los más jóvenes en andar deprisa.

No se ha secado todavía el rocío en los prados

cuando llegan a la zona de Betsaida

comprendida en el poco espacio que hay entre el lago, el río y el monte.

Y del bosque del monte, desciende por un sendero un jovencito corvo bajo el peso

de un haz de ramas.

Baja raudo, casi corriendo.

Por la postura no ve a los apóstoles…

Canta contento, corriendo así, bajo su haz de leña.

Cuando llega al camino principal, a la altura de las primeras casas de Betsaida,

deja caer al suelo su carga y se endereza para descansar.

Y echa hacia atrás sus cabellos oscuros.

Alto y fino, derecho, de cuerpo fuerte y extremidades ágiles y delgadas, también

fuertes: una bonita figura juvenil.

Andrés dice:

–        Es Margziam.

Pedro le responde:

–        ¿Estás mal de la cabeza?

Ése es un hombre ya.

Andrés pone abocinadas las manos en la boca y lo llama con fuerza.

El jovencito, que estaba agachándose para coger de nuevo la carga, tras haberse

ceñido bien con el cinturón la corta túnica, que apenas si le llega a las rodillas,

y que está abierta en el pecho, porque probablemente ya no cabe en ella…

Se vuelve en la dirección del reclamo y ve a Jesús, a Pedro y a los demás,

que lo están mirando,

parados junto a un grupo de sauces llorones que sueltan sus

frondas en las aguas de un ancho arroyo;

el último afluente del Jordán por la izquierda antes del lago de Galilea y situado

justamente en donde empieza el pueblo.

Deja caer el haz, alza los brazos,

y grita:

–        ¡Mi Señor! ¡Mi padre!.

Y se lanza de carrera.

Pero también Pedro se echa a correr,

vadea el arroyo sin quitarse siquiera las sandalias, limitándose a remangarse las

vestiduras, para correr luego por el camino polvoriento,

dejando las grandes señales húmedas de sus sandalias marcadas en el terreno seco

Se encuentran los dos exclamando:

–        ¡Padre mío!

–        ¡Hijo mío querido!

Están recíprocamente, el uno entre los brazos del otro.

Y verdaderamente, Margziam es tan alto como Pedro,

de forma que sus cabellos oscuros, durante el beso de amor, caen sobre el rostro de

Pedro; de todas formas, siendo esbelto, parece más alto que Pedro.

Pero Margziam se separa del dulce abrazo y prosigue su carrera hacia Jesús,

que ya está en esta parte del arroyo y viene caminando lentamente en medio de la

corona de los apóstoles.

Margziam cae a sus pies, con los brazos levantados,

y dice:

–        ¡Oh, mi Señor, bendice a tu siervo!

Mas Jesús se inclina, lo pone de pie, lo acerca a su corazón,

lo besa en las dos mejillas,

y le desea

–        «Continua paz y crecimiento en sabiduría y en gracia, en los caminos del Señor.

También los demás apóstoles saludan jovialmente al jovencito:

especialmente los que no lo veían desde hacía meses le manifiestan su contento

por su desarrollo.

¡Pero Pedro! ¡Ah, Pedro!…

¡Si lo hubiera procreado él, no se sentiría tan contento!

Da una vuelta alrededor de Margziam, lo mira, lo toca… 

Y pregunta a éste o a este otro:

–        ¿No es acaso guapo?

¿No está bien modelado?

¡Fijaos que derecho! ¡Qué pecho tan alto! ¡Qué piernas más derechas!…

Un poco delgado, con poco músculo todavía. ¡Pero promete!

¡Verdaderamente promete mucho!

¡Y la cara!

Observad y decidme si parece ahora esa criaturita que llevaba en brazos el año

pasado y me parecía como llevara un pajarillo:

desnutrido, apagado, triste, asustadizo…

¡Hay que ver Porfiria!

¡Verdaderamente lo ha hecho muy bien, con toda su miel, mantequilla, aceite,

huevos, hígado de pescado.

Merece que se lo diga inmediatamente.

Y Pedro pregunta a Jesús:

–         ¿Me dejas Maestro, ir donde está mi esposa?

Jesús responde: 

–        Ve, ve, Simón.

Yo iré pronto.

Margziam, todavía de la mano de Jesús,

dice

–        Maestro…

Estoy seguro de que mi padre encargará a mi madre que haga de comer.

Déjame dejarte para ayudarla…

–        Ve.

Y que Dios te bendiga por honrar a quienes son para ti padre y madre.

Margziam toma de nuevo su haz de leña, se lo carga, y se marcha corriendo,

da alcance a Pedro y camina al lado de él.

Bartolomé observa:

–         Parecen Abraham e Isaac subiendo el monte.

Simón Zelote dice:

–        ¡Pobre Margziam!

¡Sólo faltaría eso! Y Andrés agrega: 

–         ¡Y pobre hermano mío!

No sé si sería capaz de hacer de Abraham…

Jesús lo mira

luego mira la cabeza entrecana de Pedro, que se va distanciando al lado de su

Margziam,

y dice:

–        En verdad os digo que llegará un día en que Simón Pedro sentirá alegría al

saber que su Margziam ha sido encarcelado, herido, flagelado,

colocado ante el umbral de la muerte.

Y que se sentiría con fuerzas incluso de extenderlo con su propias manos sobre el

patíbulo para revestirlo de la púrpura de los Cielos.

Y para fecundar con la sangre del mártir la tierra;

envidioso y afligido sólo por un motivo: por no estar él en el lugar de su hijo

y subalterno, porque su elección como Jefe supremo de mi Iglesia le obligará a

reservarse para Ella hasta que Yo le diga:

«Ve a morir por ella»

Vosotros no conocéis todavía a Pedro.

Yo lo conozco.

Andrés pregunta:

–        ¿Prevés el martirio para Margziam y mi hermano?

–         ¿Te duele, Andrés?

–        No.

Lo que me duele es que no lo preveas también para mí.

–        En verdad, en verdad os digo que seréis revestidos todos de púrpura,

menos uno.

Todos inquieren:

–       ¿Quién? ¿Quién?

Jesús responde triste y solemne: 

–        Dejemos el silencio sobre el Dolor de Dios.   

Y todos callan atemorizados y pensativos

Entran en la primera calle de Betsaida, entre huertas llenas de plantas tiernas.

Pedro, con otros de Betsaida, está llevando a un ciego a la presencia de Jesús.

Margziam no está.

Sin duda se ha quedado a ayudar a Porfiria.

Con los de Betsaida y los padres del ciego,

hay muchos discípulos venidos a Betsaida

de Sicaminón y otras ciudades;

entre éstos, Esteban, Hermas, el sacerdote Juan y Juan el escriba y muchos otros.

Pedro explica: 

–        Te lo he traído, Señor.

Estaba aquí esperando desde hace varios días. 

 Mientras el ciego y sus padres entonan una nenia de

–        «¡Jesús, Hijo de David, piedad de nosotros!»,

«Pon tu mano en los ojos de mi hijo y verá»,

«¡Ten piedad de mí, Señor!

¡Yo creo ti!»

Jesús toma de la mano al ciego y retrocede con él unos metros para resguardarlo

del sol, que ya inunda la calle.

Lo arrima a la pared cubierta de follaje de una casa, la primera del pueblo.

Y Él se pone de frente.

Se moja de saliva los dos índices

y le restriega los párpados con los dedos húmedos;

luego le aprieta los ojos con las manos:

La base de la mano en la concavidad de las órbitas y los dedos abiertos

y metidos entre los cabellos del desdichado.

Así ora.

Luego le quita las manos.

Y le pregunta:

–        ¿Qué ves? 

El hombre responde:

–        Veo hombres

Son sin duda hombres.

Pero así me imaginaba los árboles vestidos de flores; pero son hombres, porque

andan y gesticulan en dirección a mí.

Jesús impone otra vez las manos y las vuelve a quitar,

Y dice:

–        ¿Y ahora?

–         ¡Ahora veo bien la diferencia entre los árboles plantados en la tierra

y estos hombres que me están mirando!... ¡Y te veo a Ti!

¡Que hermosura la tuya!

Tus ojos son iguales que el cielo y tus cabello parecen rayos de sol…

Y tu mirada y tu sonrisa son propios de Dios

¡Señor, te adoro!

Y se arrodilla para besarle la orla de su túnica.

Jesús le dice:

–        Levántate y ven adonde tu madre… 

Que durante tantos años ha sido para ti luz y consolación…

Y de la cual no conoces otra cosa sino el amor.

Lo toma de la mano y lo lleva a su madre,

que está arrodillada a algunos pasos de distancia, en actitud de adoración,

de la misma forma que antes estaba en actitud

de súplica.

Jesús le dice:

–        Levántate, mujer.

Aquí tienes a tu hijo, que ve la luz del día.

Quiera su corazón seguir la Luz eterna.

Ve a casa. Sed felices.

Y sed santos por agradecimiento a Dios.

Pero, al pasar por los pueblos,

no digáis a ninguno que te he curado, para que la

muchedumbre no se desplace aquí enseguida para impedirme ir a donde es justo

que vaya a llevar confirmación en la fe.

Y luz y alegría a otros hijos de mi Padre.

Y rápido, por un senderillo que discurre entre huertos,

se escabulle en dirección hacia la casa de Pedro,

donde entra saludando a Porfiria con su dulce saludo.

372 MILAGRO DE VIDA


372 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Terminada la comida en la casa hospitalaria,

Jesús sale con los doce, los discípulos

y el anciano dueño de la casa.

Vuelven al «manantial grande».

Pero no se detienen allí.

Siguen el camino siempre subiendo en dirección norte.

El camino que han tomado, aunque vaya muy cuesta arriba, es cómodo,

porque es un verdadero camino,

por el que pueden transitar incluso carros y cabalgaduras.

En su parte más alta, en la cima del monte,

hay un macizo castillo o fortaleza

si se prefiere, que causa estupor por su forma singular.

Parece formado por dos construcciones colocadas a algunos metros de desnivel

una de la otra, de manera que la más retrasada y al mismo tiempo la más belicosa,

está más alta que la otra, a la que domina y defiende.

Hay un alto y ancho muro, sobre el cual se levantan torres cuadradas,

bajas pero sólidas, entre las dos construcciones que, aun siendo así,

son una única construcción,

porque está rodeada por un único cerco de murallas

de bloques de piedra almohadillados, murallas derechas o un poco oblicuas en la

base para sostener mejor el peso del bastión.

Pero los dos lados norte y sur caen a pico, formando una unidad con el monte,

que está aislado y desciende también a pico por esos dos lados.

Y el lado oeste presentará las mismas características.

El anciano Benjamín, por ese sutil orgullo propio de todo ciudadano respecto a su

ciudad, ilustra el castillo del Tetrarca, que es además de castillo, lugar de defensa de

la ciudad, y enumera su belleza y fortaleza, su solidez, las comodidades de las

cisternas y pilones para e1 agua;

y del amplio espacio,

las facilidades de su vasto radio de visión, de su posición, etc. etc.

–        Los romanos también dicen que es bonito.

¡Y ellos entienden de castillos!… – termina el anciano.

Y añade:

–        «Conozco al administrador.

Por eso puedo entrar.

Os voy a enseñar el más amplio y bonito panorama de Palestina».

Jesús escucha benigno.

Los otros sonríen un poco:

¡Ellos que han visto tantos panoramas!..

Pero el anciano es tan bueno que no tienen corazón para contrariarlo y secundan su

deseo de mostrar cosas bonitas a Jesús.

Llegan a la cima.

La vista es verdaderamente bonita ya incluso desde la plazoleta que hay delante del

portón de entrada guarnecido de hierro.

Pero el anciano dice:

–          ¡Venid, venid!…

Dentro es más bonito.

Vamos a subir a la torre más alta de la ciudadela. Veréis…

Y penetran en el oscuro pasaje abierto

en la muralla de bastantes metros de anchura.

Van hasta un patio.

Allí están esperándolos el administrador y su familia.

Los dos amigos se saludan y el anciano explica el objeto de la visita. –

¡        El Rabí de Israel!

¡Qué pena que no esté Filipo!

Deseaba verlo, porque su fama ha llegado hasta aquí.

Filipo estima a los rabíes verdaderos,

porque son los únicos que han defendido sus derechos,

y también por desdén hacia Antipas, que no los estima.

¡Venid, venid!… 

El hombre, al principio, ha mirado un momento a Jesús;

luego ha decidido honrarlo con una reverencia digna de un rey.

Cruzan otro pasaje.

Aparece un segundo patio y una nueva poterna que da acceso a un tercer patio.

Pasado éste, hay una profunda cárcava y el murallón torreado de la ciudadela.

Caras curiosas de armígeros o domésticos se asoman por todas partes.

Entran en la ciudadela.

Y luego, por una estrecha escalera, suben al bastión, y de éste a una torre.

En la torre entran sólo Jesús y el administrador,

Benjamín y los doce.

Más no podrían, porque ya están apretados como sardinas.

Los otros se quedan en el bastión.

¡Qué vista, cuando desde la torre Jesús y los que están con Él,

salen a la terracita que corona la torre y asoman todos la cabeza

por el alto parapeto de bloques de piedra!

Asomándose hacia el precipicio que hay en este lado oeste,

el más alto del castillo, se ve toda Cesárea,

extendida a los pies de este monte y se ve bien,

porque ella tampoco es llana, sino que está construida sobre suaves ondulaciones.

Más allá de Cesárea, se extiende toda la fértil llanura que precede al lago Merón.

Y parece un pequeño mar de un verde tierno, con tornasoles de aguas de turquesas

claras, resplendentes en la vasta llanura glauca cual jirones de cielo sereno.

Y luego graciosas colinas dispuestas como collares de un esmeralda oscuro irisado

con la plata de los olivos, esparcidos acá o allá en los confines de la llanura.

Y penachos esponjosos de árboles que florecen…  

O bolas compactas de árboles ya florecidos…

Y, mirando hacia el norte y hacia oriente se ve el Líbano potente,

el Hermón que brilla bajo el sol con sus nieves perladas y los montes de Iturea;

y el valle del Jordán,

por la cavidad comprendida entre los collados del mar de Tiberíades

y los montes de la Galaunítida,

aparece en un atrevido recorte, para perderse luego en lejanías de ensueño.

Jesús exclama:

–        ¡Bonito!

¡Bonito! ¡Muy bonito!

Mientras mira con admiración y parece bendecir y querer abrazar estos lugares tan

hermosos con su rostro sonriente y sus brazos abiertos.

Y responde a los apóstoles, que piden una u otra explicación,

señalando los lugares donde han estado,

las comarcas y las direcciones en que éstas se encuentran.

Bartolomé dice:

–        Pero no veo el Jordán.  

Jesús explica:

 –         No lo ves… 

Pero está allá, en aquella extensión entre dos cadenas montañosas; al pie de esa de

poniente está el río.

Bajaremos por allí, porque la Perea y la Decápolis todavía esperan al Evangelizador.

Pero entretanto se vuelve, preguntando casi al aire, por un quejido largo, ahogado,

que no es la primera vez que hiere su oído.

Y mira al administrador como para preguntarle qué sucede.

El hombre explica:

–        Es una de las mujeres del castillo.

Una mujer casada. Va a tener un niño.

El primero y el último, porque su marido murió en las calendas de Kisléu.

No sé si vivirá siquiera, porque la mujer, desde que se ha quedado viuda,

no hace sino consumirse en llanto.

Es un espectro.

¿Oyes?

Ni siquiera tiene fuerza para gritar…

Claro que… viuda a los diecisiete años…

Y se querían mucho.

Mi mujer y su suegra le dicen: «En tu hijo tendrás de nuevo a Tobit».

Pero son palabras…

Bajan de la torre y pasan por los bastiones, admirando el lugar y el panorama.

Luego el administrador los invita ofreciéndoles unas bebidas y fruta a los visitantes;

Entran en una vasta habitación de la parte anterior del castillo,

a donde los siervos traen las cosas requeridas.

El quejido es más desgarrador y más cercano.

El administrador presenta disculpas por ello,

incluso porque el hecho tiene ocupada a su mujer

y no puede venir con el Maestro.

Pero al lamento de antes sigue un griterío aún más doloroso.

Y hace suspender en el aire las manos que traen la fruta o las copas en las bocas.

El administrador dice:

–        Voy a ver qué ha sucedido.

Y sale, mientras la cacofonía de gritos y llantos penetra aún más

intensamente por la puerta entreabierta.

Vuelve el administrador,

diciendo:

–        Se le ha muerto el niño nada más nacer…

¡Qué congoja!

Está tratando de reanimarlo con sus fuerzas huidizas…

Pero ya no respira. ¡Está negro!…

Y menea la cabeza, para concluir:

–        «¡Pobre Dorca!».

Jesús dice:

–        Tráeme al niño. 

–        ¡Pero si está muerto, Señor!         

–        Tráeme al niño, te digo.

Como está.

Y di a la madre que tenga fe.

El administrador se marcha corriendo.

Vuelve:

–        No quiere.

Dice que no se lo deja a nadie. Parece loca.

Dice que lo que queremos es quitárselo.

–          Llévame a la puerta de su habitación.

Que me vea.

–        Pero…

–         ¡No te preocupes!

Ya me purificaré después, si acaso…

Van raudos por un corredor oscuro hasta una puerta cerrada.

Jesús mismo la abre y se queda en el umbral,

frente a la cama, donde una liviana criatura alabastrina aprieta contra su corazón,

a una criaturita que no da señales de vida.

Jesús la saluda:

–         La paz a ti, Dorca.

Mírame. No llores.

Soy el Salvador. Dame a tu pequeñuelo…

Ella lo mira pasmada…

Y en el primer momento, al verlo, había apretado ferozmente

al recién nacido contra su corazón,

Pero algo en la Voz de Jesús,

hace que desaparezca la desesperación

y ahora lo mira con sus ojos acongojados y dementes,

se abren a una luz dolorosa pero llena de esperanza.

Cede a la criaturita envuelta en paños delicados a la mujer del administrador…

Y se queda allí, con las manos extendidas hacia delante, con la vida,

con la fe en sus ojos dilatados;

sorda a las súplicas de la suegra,

que querría ponerla cómoda sobre las almohadones,

Jesús toma el fardito de carnes semifrías y de paños.

Mantiene al pequeñuelo derecho por las axilas.

Apoya su boca en los minúsculos labios entreabiertos,

curvado hacia adelante porque la cabecita pende hacia atrás.

Sopla fuerte en la inerte garganta…

Está un instante con los labios apoyados en la boquita, luego se separa…

Y un piar de pajarillo tiembla en el aire inmóvil…

Un segundo, más fuerte… un tercero… 

Hasta que finalmente, se escucha un verdadero vagido mientras oscila la cabecita,

se agitan las manitas y los piececitos…

Y contemporáneamente, durante el largo, triunfal llanto del recién nacido,

toma color la cabecita pelada, la carita minúscula…

Le responde el grito de la madre:

–        ¡Hijo mío!

¡Mi amor! ¡La semilla de mi Tobit!

¡En el corazón!

¡En el corazón de tu mamá… para que muera feliz!…

Dice con un susurro que se apaga en un beso

y en una reacción comprensible de abandono.

Las mujeres gritan:

–        ¡Se muere! 

Jesús objeta:

–        No.

Entra en un merecido descanso.

Cuando se despierte, decidle que al niño le ponga por nombre Iesaí Tobit.

La paz sea con vosotras.

Cierra de nuevo, lentamente, la puerta.

Y se vuelve para regresar adonde estaba antes, adonde sus discípulos.

Pero están todos allí,

montón conmovido que ha presenciado y que ahora lo mira con maravilla.

Vuelven juntos al patio.

Saludan al estupefacto administrador, que no hace sino repetir

–        ¡Cuánto va a sentir el Tetrarca no haber estado!

Y emprenden de nuevo la bajada para volver a la ciudad.

Jesús pone la mano en el hombro del anciano Benjamín,

diciendo:

–        Te agradezco lo que nos has mostrado…

Y el haber sido la razón de un milagro…

371 LA SEÑAL DE JONÁS


327 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Debe ser una ciudad de reciente construcción, como Tiberíades y Ascalón.

Dispuesta en plano inclinado, culmina en la maciza fortaleza erizada de torres.

Está circundada por murallas ciclópeas. 

Y defendida por profundos fosos que reciben parte del agua de dos riachuelos

que, casi unidos antes formando un ángulo, se separan luego,

para fluir uno por fuera de la ciudad, el otro por dentro.

Y las bonitas calles, plazas, fuentes, el aire de moda romana en las construcciones

dicen que también aquí el obsequio servil de los Tetrarcas, pisoteando todo respeto

por las costumbres de la Patria, se ha manifestado.

La ciudad, quizás por ser nudo de importantes vías de primer orden

y rutas de caravanas dirigidas a Damasco, Tiro, Sefet y Tiberíades,

como indican en cada puerta los postes señaladores, está llena de movimiento

y de gente.

Gente a pie o a caballo y largas caravanas de asnos y camellos se cruzan en las calles

amplias y bien conservadas;

en las plazas, bajo los soportales o junto a las casas lujosas.

Junto a las termas, corrillos de negociantes o de ociosos, tratan de negocios u ocian en charloteos fatuos.

Jesús pregunta a Pedro: 

–        ¿Sabes dónde podremos encontrarlos?

Pedro responde: 

       Sí.

Me han dicho las personas a las que he preguntado, que los discípulos del Rabí

suelen reunirse a las horas de comer, en una casa de fieles israelitas,

que está cerca de la ciudadela.

Caesarea Philippi ruins at the Golan, Israel

Y me la han descrito.

No puedo equivocarme: una casa de Israel incluso en el aspecto externo.

Con una fachada sin ventanas exteriores y un portón alto con ventanillo;

en un lado del muro, una fuentecita;

las tapias altas del jardín prolongadas por dos lados en callejuelas;

una terraza llena de palomas, en el tejado.

–        Bien.

Entonces vamos…

Cruzan toda la ciudad hasta la ciudadela.

Llegan a la casa que buscaban.

Llaman.

Al ventanillo se asoma el rostro rugoso de una anciana.

Jesús se pone delante,

y saluda:

–        La paz sea contigo, mujer.

¿Han vuelto los discípulos del Rabí?

Ella dice:

–        No, hombre.

Están hacia la «fuente grande», con otros que han venido de muchos pueblos de la

otra orilla a buscar precisamente al Rabí.

Todos lo están esperando.

¿Tú también eres de ellos?

–        No.

Yo buscaba a los discípulos. –

        Entonces mira: ¿Ves aquella calle casi enfrente de la fuente?

Tómala y ve hacia arriba, hasta que te encuentres de frente un paredón de rocas

del que sale agua que cae en una especie de pilón. 

Y luego forma como un regato.

Por allí cerca los encontrarás.

¿Pero, vienes de lejos?

¿Quieres reposar?

¿Entrar aquí a esperarlos?

Si quieres llamo a mis señores.

¡Son buenos israelitas, eh!

Y creen en el Mesías

Son discípulos sólo por haberlo visto una vez en Jerusalén en el Templo.

Pero ahora los discípulos del Mesías los han instruido sobre Él y han hecho milagros aquí, porque…

–        Bien, buena mujer.

Volveré más tarde con los discípulos.

Paz a ti. Vuelve, vuelve a tus labores.

Dice Jesús con bondad, aunque también con autoridad para detener esa avalancha de palabras.

Se ponen de nuevo en marcha.

Los más jóvenes de los apóstoles se ríen con ganas por la escena de la mujer.

Y hacen sonreír también a Jesús.

Juan dice:

–        Maestro, parecía ella la «fuente grande». ¿No te parece?

Echaba palabras sin interrupción.

Y ha hecho de cada uno de nosotros un pilón que se hace regato al estar lleno de palabras…

Tadeo dice:

–        Sí.

Espero que los discípulos no hayan hecho milagros en su lengua…

Habría que decir: habéis hecho demasiado milagro.

Que, contrariamente a lo normal, se ríe con ganas.

Santiago de Zebedeo, dice:

–         ¡Lo mejor va a ser cuando nos vea volver y conozca al Maestro por lo que es!

¿Quién va a poderla callar?

Mateo por su parte, comenta:

–        No, no, se quedará muda de asombro.

Pedro añade: 

–        Alabaré al Altísimo si el asombro le paraliza la lengua.

Será porque estoy casi en ayunas…

Pero, la verdad, ese remolino de palabras me ha mareado – dice Pedro.

Tomás agrega:

–        ¡Y cómo gritaba!

¿Será que es sorda?

Judas añade:   

        No.

Creía que los sordos éramos nosotros. 

Jesús en tono semi-serio dice:   

–        Dejadla en paz.

¡Pobre viejecita!

Era buena y creyente.

Su corazón es tan generoso como su lengua. 

Juan suelta la carcajada y sin parar de reir, 

dice:

–          ¡Entonces, Maestro mío

¡Entonces esa anciana es generosa hasta el heroísmo!

Ya se puede ver la pared rocosa y calcárea.

Y también se oye el murmullo de las aguas que caen en el pilón.

Juan dice:

–        Éste es el regato.

Vamos a seguirlo… Ahí está la fuente… y allí..,

¡Benjamín! ¡Daniel! ¡Abel! ¡Felipe! ¡Hermasteo! ¡Estamos aquí!

¡Viene también el Maestro! – grita Juan a un nutrido grupo de hombres,

que están congregados en torno a uno que no se ve.

Pedro aconseja:

–        Calla, muchacho.

Que, si no, vas a ser tú también como esa vieja gallina

Los discípulos se han vuelto.

Han visto.

Y ver y lanzarse hacia abajo a saltos desde el escalón, ha sido todo uno

Cuando el grupo se disgrega, puede verse el compacto grupo, que con los discípulos,

que son muchos, también hay ya ancianos;

están mezclados habitantes de Quedes y del pueblo del sordomudo.

Deben haber tomado caminos más directos, porque han precedido al Maestro.

La alegría es mucha;

también las preguntas y respuestas.

Jesús, pacientemente, escucha y responde, hasta que, con otros dos, se ve venir al

delgado y risueño Isaac, cargado de provisiones.

Que dice:

–        Vamos a la casa hospitalaria, mi Señor.

Allí nos dirás lo que no hemos podido decir por no saberlo tampoco nosotros.

Éstos, los últimos en llegar, están con nosotros desde hace unas pocas horas.

Y quieren saber qué es para Ti la señal de Jonás que has prometido dar a la

generación malvada que te persigue

Jesús responde:

–        Se lo explicaré mientras vamos…

¡Ir! ¡Es fácil decirlo!

Como si un aroma de flores se hubiera esparcido por el aire y numerosas abejas

hubieran acudido, de todas partes viene gente, para unirse a los que ya están

alrededor de Jesús.

Isaac explica:

–        Son nuestros amigos.

Gente que ha creído y que te esperaba…

Uno de la muchedumbre, mientras señala a Isaac…

grita:

–           ¡Gente que de éstos!

¡Y de él en especial, han recibido beneficios! 

Isaac se pone rojo como la brasa.

Y casi excusándose, dice:

–        Pero yo soy el siervo, Él es el Señor.

¡Vosotros que esperáis, aquí tenéis al Maestro Jesús!

¡Entonces sí!

El ángulo tranquilo de Cesárea, un poco apartado por estar relegado a la periferia,

se transforma en un lugar más animado que un mercado.

Y también más rumoroso.

Voces de aleluya, aclamaciones, súplicas… de todo hay.

Jesús avanza muy lentamente, comprimido en esa tenaza de amor.

Pero sonríe y bendice.

Tan lentamente, que algunos tienen tiempo de marcharse corriendo a esparcir la noticia…

Y a volver con amigos o parientes, que traen a los niños y los aúpan, para que puedan

llegar, sin sufrir daño, hasta Jesús, el cual los acaricia y bendice.

Llegan así a la casa de antes.

Llaman.

La criada anciana de antes, al oír las voces, abre sin reserva alguna.

Pero… ve a Jesús en medio del gentío aclamador…

Y comprende…

Cae al suelo gimiendo:

–        ¡Piedad, mi Señor!

¡Tu sierva no te había conocido y no te había venerado!

–        No hay mal en ello, mujer.

No conocías al hombre, pero creías en Él.

Esto es lo que se requiere para ser amados por Dios.

Levántate y condúceme adonde tus señores.

La anciana obedece, toda temblorosa de respeto. 

Y ve a sus señores, también anonadados de respeto, literalmente contra la pared en el

fondo del vestíbulo un poco oscuro.

Los señala:

–        ¡Ahí están!

Jesús los saluda:

–        Paz a vosotros y a esta casa.

Os bendiga el Señor por vuestra fe en el Cristo y por vuestra caridad para con sus discípulos.

Dice Jesús yendo hacia los dos ancianos. 

Hacen un gesto de veneración y lo acompañan al vasto mirador,

donde tienen preparadas muchas mesas, bajo un tupido toldo.

La vista se extiende libre sobre Cesárea y los montes, que la ciudad tiene a sus espaldas y a los lados.

Las palomas trenzan vuelos desde la terraza al jardín, lleno de plantas en flor.

Mientras un siervo aumenta los puestos,

Isaac explica

–        ¡Benjamín y Ana no sólo nos reciben en su casa a nosotros,

sino también a todos los que vienen en busca de Ti!

Lo hacen en tu Nombre.

Jesús dice:

–        Que el Cielo los bendiga cada vez que lo hacen.

Ana la anciana, dice sencillamente:

–         Disponemos de medios y no tenemos herederos.

En el ocaso de la vida, adoptamos como hijos a los pobres del Señor.

Y Jesús le pone la mano en su encanecida cabeza,

diciendo:

–         Y esto te hace madre más que si hubieras concebido superabundantemente.

Mas ahora permitidme que explique a éstos lo que deseaban saber,

para poder despedir luego a los de la ciudad y sentarnos a la mesa.

La terraza está invadida de gente, que sigue entrando y apiñándose en los espacios libres.

Jesús está sentado en medio de una corona de niños,

que lo miran extáticos con sus ojazos inocentes.

Vuelve las espaldas a la mesa y sonríe a estos niños,

aunque esté hablando de un tema grave.

Parece como si leyera en sus caritas inocentes las palabras de la verdad solicitada. –

Escuchad.

La señal de Jonás, que prometí a los malos y que prometo también a vosotros,

no porque seáis malos, sino, al contrario, para que podáis creer con perfección

cuando la veáis cumplida, es ésta.

Como Jonás permaneció tres días en el vientre del monstruo marino

y luego fue restituido a la tierra para convertir y salvar a Nínive,

así será para el Hijo del hombre.

Para calmar las violentas olas de una grande, satánica tempestad,

los principales de Israel creerán útil sacrificar al Inocente.

Lo único que conseguirán será aumentar sus peligros, porque además del

conturbador Satanás, tendrán a Dios con su castigo tras el delito cometido.

Podrían triunfar contra la tempestad de Satanás creyendo en Mí.

Pero no lo hacen porque ven en Mí la razón de sus inquietudes, miedos, peligros y

desmentidas contra su insincera santidad.

Mas, llegada la hora, ese monstruo insaciable que es el vientre de la tierra,

que se traga a todo hombre que muere,

se abrirá de nuevo para restituir la Luz al mundo que renegó de ella.

4. Jonás comenzó a adentrarse en la ciudad, e hizo un día de camino proclamando: «Dentro de cuarenta días Nínive será destruida.»

He aquí, pues, que, como Jonás fue signo para los ninivitas,

de la potencia y misericordia del Señor,

así el Hijo del hombre lo será para esta generación;

con la diferencia de que Nínive se convirtió, mientras que Jerusalén no se convertirá,

porque está llena de esta generación malvada de que he hablado.

Por ello, la Reina del Mediodía se alzará el Día del Juicio contra los hombres de esta

generación y los condenará.

Porque ella vino, en su tiempo, desde los confines de la tierra para oír la sabiduría de

Salomón, mientras que esta generación, que me tiene presente, y siendo Yo mucho

más que Salomón, no quiere oírme.

Y me persigue y expele como a un leproso y a un pecador.

También los ninivitas, que se convirtieron con la predicación de un hombre,

se alzarán en el día del Juicio contra la generación malvada

que no se convierte al Señor su Dios.

Yo Soy más que un hombre, aunque se tratara de Jonás o cualquier otro Profeta.

Por tanto, daré la señal de Jonás a quien pide una señal sin posibles equívocos.

Más de una señal daré a quien no baja la frente proterva ante las pruebas ya dadas

de vidas que renacen por voluntad mía.

Daré todas las señales: tanto la de un cuerpo en descomposición que vuelve a vivir y

a recomponerse, como la de un Cuerpo que por sí solo se resucita

porque a su Espíritu le es dada la plenitud del poder.

Pero éstas no serán gracias.

No significarán aligeramiento de la situación.

Ni aquí ni en los libros eternos. Lo escrito escrito está.

Y, como piedras para una próxima lapidación, las pruebas se amontonarán: contra mí,

para perjudicarme sin lograrlo;

contra ellos, para arrollarlos eternamente con la condena de Dios a los incrédulos

malvados.

A esta señal de Jonás me refería.

¿Tenéis más cosas que preguntar?

–        No, Maestro.

Se lo comunicaremos a nuestro jefe de la sinagoga

que ha juzgado la señal prometida con juicio muy cercano a la verdad.

–        Matías es un justo.

La Verdad se revela a los justos como se revela a estos inocentes, que mejor que

nadie saben quién soy Yo.

Dejadme, antes de despedirme de vosotros, oír alabar la misericordia de Dios

por boca de los ángeles de la tierra.

Venid niños.

Los niños, que habían estado quietos con pena hasta ese momento, corren hacia Él. –

Decidme, criaturas sin malicia,

¿Para vosotros, cuál es mi señal?

–        Que eres bueno.

–        Que curas a mi mamá con tu Nombre.

–        Que quieres a todos.

–        Que ninguno puede ser tan guapo como Tú.

–        Que haces volverse bueno hasta al que era malo como mi padre.

Cada una de las boquitas infantiles, anuncia una dulce propiedad de Jesús.

Y testifica penas que Jesús ha transformado en sonrisas.

Pero el más simpático de todos es un pilluelo de unos cuatro años,

que trepa hasta el regazo de Jesús y se abraza a su cuello,

diciendo

–        Tu señal es que quieres a todos los niños y que los niños te quieren.

Así te quieren… – y abre lo más que puede sus bracitos regordetes y ríe,

para luego abrazarse otra vez al cuello de Jesús restregando su mejilla infantil

con la de Jesús, que lo besa,

y pregunta:

–        «Pero, ¿Por qué me queréis si no me habéis visto nunca antes de ahora?

–        Porque pareces el ángel del Señor.

–         Tú no lo has visto, pequeñuelo… – prueba Jesús, sonriendo.

El niño se queda un momento desorientado.

Pero luego se echa a reír, mostrando todos los dientecitos,

y dice:

–        ¡Pero lo ha visto bien mi alma!

Dice mi mamá que la tengo y está aquí.

Y Dios la ve y el alma ha visto a Dios y a los ángeles y los ve.

Y mi alma te conoce porque eres el Señor.

Jesús lo besa en la frente,

y dice:

–          Que te aumente, por este beso, la luz en el intelecto – y lo pone en el suelo.

El niño, entonces, corre donde su padre dando brincos,

teniendo la mano apretada contra la frente en el lugar en que ha sido besado.

Y grita:

–        «¡Vamos donde mamá, donde mamá!

Que bese aquí, donde ha besado el Señor y le vuelva la voz y no llore más.

Explican a Jesús que se trata de una mujer casada, enferma de la garganta,

deseosa de un milagro, pero que no lo habían realizado en ella los discípulos

los cuales no habrían podido curar ese mal, que no se podía tocar de tan profundo

como estaba.

Jesús dice: 

–        La curará el discípulo más pequeño, su hijito.

Ve en paz, hombre Y ten fe como tu hijo.

Dice mientras despide al padre del pequeñuelo

Besa a los otros niños, que se han quedado deseosos del mismo beso en la frente.

Y despide a los que viven en la ciudad.

Se quedan los discípulos, los de Quedes y los del otro lugar.

Mientras se espera la comida,

Jesús ordena la partida para el día siguiente, de todos los discípulos que habrán de

precederlo a Cafarnaúm para unirse con los otros procedentes de otros lugares. –

Tomaréis luego con vosotros a Salomé y a las mujeres e hijas de Nathanael y Felipe.

Y a Juana y Susana, según vais descendiendo hacia Nazaret.

Allí tomaréis con vosotros a mi Madre y a la madre de mis hermanos.

Y las acompañaréis a Betania, a la casa donde está José, en las tierras de Lázaro.

Nosotros iremos por la Decápolis.

Pedro pregunta:

–        ¿Y Margziam?

–        He dicho: «precededme a Cafarnaúm». No «id».

Pero desde Cafarnaúm podrán avisar a las mujeres de nuestra llegada, de modo que

estén preparadas cuando nosotros vayamos hacia Jerusalén por la Decápolis.

Margziam, que ya es un jovencito, irá con los discípulos escoltando a las mujeres…

–        Es que…

Quería llevar también a mi mujer, pobrecilla, a Jerusalén.

Siempre lo ha deseado y…

No ha ido nunca porque no quería yo problemas…

Pero este año querría darle esta satisfacción. ¡Es tan buena!

–        Pues sí, Simón.

Razón de más para que Margziam vaya con ella.

Harán lentamente el viaje y nos reuniremos de nuevo todos allí…

El anciano dueño de la casa dice:

–         ¿Tan poco tiempo aquí?

–        Padre, tengo todavía mucho que hacer.

Y quiero estar en Jerusalén al menos ocho días antes de la Pascua.

Ten en cuenta que la primera fase de la luna de Adar ya ha terminado…

–        Es verdad.

¡Pero tanto te he anhelado!…

Teniéndote, me parece estar en la luz del Cielo…

Y que esta luz se haya de apagar en cuanto te marches.

–        No, padre.

Te la dejaré en tu corazón. Y a tu esposa.

A toda esta casa hospitalaria.

Se sientan a las mesas y Jesús ofrece y bendice los alimentos,

que luego el siervo distribuye a las distintas mesas.

370 EL PRIMER PONTÍFICE


370 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

La llanura costea el Jordán antes de que éste vierta sus aguas en lago de Merón.

Un hermoso llano, en que, cada día que pasa, crecen más exuberantes los cereales

y van  floreciéndose los árboles frutales.

Los montes allende los cuales está Quedes, ahora quedan a espaldas de los

peregrinos, que con frío andan ligeros bajo las primeras luces del día,

mirando anhelantes al sol, que sube y buscándolo, apenas su rayo toca los prados

y acaricia el follaje.

Deben haber dormido al raso o cuando mucho en un pajar, porque las vestiduras

están arrugadas y conservan algunas pajuelas y hojas secas, que ellos se van

quitando según las van descubriendo con la luz más fuerte.

El río anuncia su presencia por su murmullo, que parece fuerte en medio del silencio

matutino del campo.

Y también por una densa hilera de árboles con hojas nuevas,

que tiemblan con la leve brisa de la mañana; pero todavía no se ve,

porque fluye profundo en la rasa llanura.

Cuando sus aguas azules, incrementadas por numerosos torrentes que bajan de los

montes occidentales, se ven brillar entre la hierba nueva de las márgenes,

se está casi en la orilla.

Jesús, que estaba solo, meditativo y que se había parado a esperarlos.

Cuando lo alcanzan, los apóstoles preguntan:

–        ¿Seguimos la orilla hasta el puente, o pasamos el río por aquí?

Jesús responde:

–        Mirad a ver si hay una barca para pasar.

Es mejor atravesar por aquí… 

Bartolomé ceñudo mirando a Judas,

observa:

–         Sí.

En el puente, que está justo en la vía para Cesárea Paneas,

podríamos encontrar otra

vez a algunos que hubieran seguido nuestra pista.

Judas, tranquilo y humilde,

explica:

–        No. No me mires mal.

Yo no sabía que íbamos a venir aquí y no he dicho nada.

Era fácil comprender que de Sefet Jesús iría a las tumbas de los rabíes y a Quedes.

Pero jamás habría imaginado que quisieran llegar hasta la capital de Filipo.

Por tanto, ellos lo ignoran.

Y no nos los encontraremos por culpa mía, ni por su voluntad.

A menos que tengan como guía a Belcebú.  

Bartolomé dice:

 –         Esto está bien.

Porque con cierta gente…

Hay que tener ojo y medir las palabras;

no dejar indicios de nuestros proyectos.

Tenemos que estar atentos a todo.

Si no, nuestra evangelización se transformará en un huir permanente.

Vuelven Juan y Andrés

Dicen:

–          Hemos encontrado dos barcas.

Nos pasan a una dracma por barca.

Vamos a bajar al borde.

Y en dos barquichuelas, en dos turnos, pasan a la otra orilla.

La llanura rasa y fértil los acoge también aquí.

Una llanura fértil y, sin embargo, poco poblada.

Sólo los campesinos que la cultivan tienen casa en ella.

Pedro observa:

–         ¡Mmm!

¿Cómo vamos a conseguir el pan?

Yo tengo hambre.

Y aquí… No tenemos ni siquiera las espigas filisteas…

Hierba y hojas, hojas y flores.

No soy una oveja ni una abeja. 

Sus compañeros sonríen ante su comentario.

Tadeo que iba más adelante, se vuelve y dice:

–         Compraremos pan en el próximo pueblo.

Santiago de Zebedeo concluye:

–        Siempre y cuando no nos hagan huir.

Jesús dice:

–        Absteneos, vosotros que decís que hay que estar atentos a todo;

de la levadura de los fariseos y saduceos;

que creo que la estáis tomando sin reflexionar en lo que de malo hacéis.

¡Tened cuidado!

¡Guardaos!

Los apóstoles se miran unos a otros…

Y cuchichean:

–         ¿Pero qué dice?

Han sido aquella mujer del sordomudo y el posadero de Quedes,

los que nos han dado el pan.

Y está todavía aquí; es el único que tenemos.

Y no sabemos si podremos encontrar pan que comprar para nuestra hambre.

¿Cómo dice, entonces, que compramos a saduceos y fariseos pan con su levadura?

Quizás no quiere que se compre en estos pueblos…

Jesús, que caminaba de nuevo solo adelante, se vuelve otra vez,

diciendo:

–           ¿Por qué tenéis miedo a quedaros sin pan para vuestra hambre?

Aunque aquí todos fueran saduceos y fariseos,

no os quedaríais sin comida por causa

de mi consejo.

No me refiero a la levadura del pan.

Por tanto, podéis comprar donde os parezca el pan para vuestros vientres.

Y, si nadie quisiera vendéroslo, igualmente no os quedaríais sin pan.

¿No os acordáis de los cinco panes con que comieron cinco mil personas?

¿No os acordáis que recogisteis doce cestas colmadas de los trozos sobrados?

Podría hacer para vosotros, que sois doce y tenéis un pan,

lo que hice para cinco mil con cinco panes.

¿No comprendéis a qué levadura aludo?

A la que fermenta en el corazón de los fariseos, saduceos y doctores, contra Mí.

Eso es odio, es herejía.

Y vosotros estáis yendo hacia el odio, como si hubiera entrado en vosotros parte de

la levadura farisaica.

No debemos odiar ni siquiera a nuestro enemigo.

No abráis siquiera una rendija a lo que no es Dios.

Tras el primero entrarían otros elementos contrarios a Dios.

Hay veces que, por excesivo deseo de combatir a los enemigos con las mismas armas,

uno termina pereciendo o vencido.

Y, una vez vencidos, podríais, por contacto, absorber sus doctrinas.

No. Tened caridad y prudencia.

No tenéis en vosotros todavía tanto, como para poder combatir estas doctrinas,

sin que ellas mismas os contaminen.

Porque también vosotros tenéis algunos de sus elementos, de los cuales uno es el  odio a ellos.

Os digo más: podrían cambiar de método para seduciros

y arrancaros de Mí, usando  con vosotros mil amabilidades,

mostrándose arrepentidos, deseosos de hacer la paz.

No debéis huir de ellos.

Pero, cuando quieran daros sus doctrinas, habréis de saber no acogerlas.

A esta levadura me refiero.

Es la malevolencia que va contra el amor.

Y las falsas doctrinas.

Os digo: sed prudentes.

Tomás pregunta:

–         ¿Esa señal que pedían los fariseos ayer tarde era «levadura” Maestro? 

Jesús responde: 

–          Era levadura y veneno.

–          Has hecho bien en no dársela.

–          Pero se la daré un día.

Varios preguntan curiosos:

–        ¿Cuándo? ¿Cuándo?

–        Un día…

–        ¿Y qué señal es?

Pedro pregunta:

–         ¿No nos lo dices ni siquiera a nosotros, tus apóstoles?

Para poder reconocerla inmediatamente.

–          Vosotros no deberíais necesitar una señal.

Santiago de Zebedeo replica con vehemencia:

–        ¡Bueno, no para poder creer en Ti!

No somos gente con muchos pensamientos.

Tenemos uno sólo: amarte a Tí. 

–         Pero, la gente….

Vosotros que tratáis con ella, así llanamente más que Yo,

sin el sentido de temor que Yo puedo infundir

¿Quién dice que Soy?

¿Y cómo define al Hijo del hombre?

Bartolomé argumenta:

–          Hay quien dice que Tú eres Jesús, o sea, el Cristo.

Y son los mejores;

los otros te consideran Profeta, otros sólo Rabí, y otros

– ya lo sabes – un loco y un endemoniado.

–           Pero hay alguno que usa para Ti el mismo nombre que Tú te das

y te llama: «Hijo del hombre».

–          Y algunos dicen también que no puede ser eso,

porque el Hijo del hombre es otra cosa muy distinta. 

Y esto no es siempre una cosa negativa;

porque, en el fondo, admiten que eres más que el Hijo del hombre:

eres el Hijo de Dios.

Otros, sin embargo, dicen que Tú no eres siquiera el Hijo del hombre;

sino un pobre hombre agitado por Satanás o a merced de la demencia.

Como puedes ver, los pareceres son muchos y todos distintos.

Pero Jesús insiste:

–         ¿Pero, para la gente, entonces, quién es el Hijo del hombre?

Simón Zelote confirma:

–          Es un hombre que debe poseer todas las virtudes más hermosas del hombre,

Un hombre que reúna en sí todos los requisitos de la inteligencia,

sabiduría, gracia, que pensamos que tenía Adán

Y algunos, a estos requisitos, añaden el de no morir.

Ya sabes que circula la voz de que Juan Bautista no ha muerto;

sino solamente que ha sido transportado a otro lugar por los ángeles.

Y que Herodes, para no reconocerse vencido por Dios,

y más todavía Herodías,

han mostrado, como cadáver del Bautista, el cuerpo mutilado del siervo. ¡

Bueno, la gente dice tantas cosas!…

Por eso, hay muchos que piensan que el Hijo del hombre es Jeremías, Elías o

alguno de los Profetas.

E incluso el mismo Bautista, que tenía sabiduría y gracia.

Y se decía el Precursor del Cristo.

Cristo: el Ungido de Dios.

El Hijo del hombre: un gran hombre nacido del hombre.

Muchos no pueden admitir…

O no quieren admitirlo, que Dios haya podido enviar a su Hijo a la Tierra.

Tú ayer lo dijiste:

«Creerán sólo los que están convencidos de la infinita bondad de Dios».

Bartolomé añade:

–         Israel cree en el rigor de Dios más que en su bondad…

Zelote confirma:

–          Ya, claro.

Se sienten efectivamente tan indignos,

que juzgan imposible que Dios sea tan bueno

como para mandar a su Verbo a salvarlos.

El estado degradado de su alma, les es obstáculo para creerlo.

Y añade:

–        «Tú mismo dices que eres el Hijo de Dios y del hombre.

En efecto, en Tí mora toda gracia y sabiduría como hombre.

Y yo pienso que, realmente, uno que hubiera nacido de un Adán en gracia,

se habría parecido a Ti en belleza, inteligencia en todas las demás cualidades.

Y en Ti brilla Dios por la potencia.

¿Pero quiénes de los que se creen dioses y en su soberbia infinita, miden a Dios con

el patrón de sí mismos podrán creerlo?

Ellos, los crueles, los que odian, los rapaces, los impuros;

NO PUEDEN claro, pensar que Dios haya extendido su dulzura,

HASTA DARSE A SÍ MISMO PARA REDIMIRLOS…

Su amor hasta salvarlos, su generosidad hasta entregarse a merced del hombre,

su pureza hasta sacrificarse en medio de nosotros.

No pueden, no, siendo como son tan inexorables y escrupulosos,

en buscar y castigar las culpas.

Jesús insiste:

–        ¿Y vosotros quién decís que soy Yo?

Decidlo por vuestro juicio, sin más;

sin tener en cuenta ni mis palabras ni las de los demás.

Si estuvierais obligados a dar un juicio sobre Mí,

¿Qué diríais que soy?

Pedro grita:

–          ¡Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios Vivo!

Mientras se arrodilla con los brazos extendidos hacia arriba, hacia Jesús.

Y Jesús lo mira con una faz toda luz… 

Y se inclina a levantarlo de nuevo para abrazarlo,

y dice:

–         ¡Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás!

Porque esto no te lo ha revelado la carne ni la sangre,

sino mi Padre que está en los Cielos.

Desde el primer día que viniste a Mí te hiciste esta pregunta.

Y por ser sencillo y honesto, supiste comprender y aceptar,

la respuesta que te venía de los Cielos.

No viste manifestaciones sobrenaturales, como tu hermano, Juan y Santiago.

No conocías mi santidad de hijo, de obrero, de ciudadano,

como Judas y Santiago, mis hermanos.

No fuiste objeto de milagros ni los viste hacer, ni te di señal de poder;

como hice y vieron en el caso de Felipe, Natanael, Simón Cananeo, Tomás, Judas.

No fuiste subyugado por mi Voluntad como en el caso de Leví el publicano.

Y, no obstante, exclamaste: «¡El es el Cristo!»‘.

Desde la primera hora en que me viste, creíste.

Y nunca tu fe se ha tambaleado.

Por eso te llamé Cefas.

Y por esto, sobre ti, Piedra, edificaré mi Iglesia… 

Y las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella

A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos.

Lo que atares en la tierra será atado en los Cielos; lo que desatares en la tierra

será desatado en los Cielos.

Sí, hombre fiel y prudente, cuyo corazón he podido pulsar.

Y aquí, desde este momento, tú eres el Jefe y se te debe obediencia y respeto;

como a otro Yo mismo.

Esto le proclamo delante de todos vosotros.

Si Jesús hubiera aplastado a Pedro con una granizada de correcciones,

el llanto de Pedro no habría sido tan alto.

Llora todo convulso de sollozos, apoyada la cara en el pecho de Jesús.

Un llanto que encuentra paralelo sólo en aquél, incontenible;

de su dolor de haber renegado a Jesús

El de ahora está hecho de mil sentimientos humildes y buenos…

Otro poco del antiguo Simón, el pescador de Betsaida que, ante el primer anuncio

de su hermano, se había reído diciendo: « ¡El Mesías se te aparece a Ti!…

¡Precisamente!» incrédulo y jocoso

un poco mucho del antiguo Simón se desmorona bajo ese llanto,

para dejar aparecer, bajo la costra ahora más delgada de su humanidad,

cada vez más claramente, al Pedro Pontífice de la Iglesia de Cristo.

Cuando levanta la cara tímido, confuso, no sabe hacer sino un acto para decir todo,

para prometer todo,

para entregarse todo con renovada energía al nuevo ministerio:

echar sus cortos y musculosos brazos al cuello de Jesús.

Y obligarle a inclinarse más para besarlo, mezclando sus cabellos y su barba,

un poco híspidos y entrecanos,

con los cabellos y la barba, suaves y dorados, de Jesús.

Y luego lo mira, con una mirada de adoración, amorosa, suplicante;

de sus ojos un poco overos, brillantes y rojos de las lágrimas lloradas,

mientras tiene entre sus manos callosas, anchas, rudas;

cual si se tratara de un vaso del que fluyera licor vital,

el rostro ascético del Maestro,

inclinado hacia el suyo…

Y bebe, bebe, bebe dulzura y gracia, seguridad y fuerza, de ese rostro;

de esos ojos, de esa sonrisa…

Se separan por fin y reanudan la marcha hacia Cesárea de Filipo.

Jesús entonces dice a todos:

–         Pedro ha dicho la verdad.

Muchos la intuyen, vosotros la sabéis. 

Pero, por ahora, no digáis a nadie lo que es el Cristo, en la verdad completa

de lo que sabéis.

Dejad que Dios hable en los corazones como habla en el vuestro.

En verdad os digo que quienes a mis afirmaciones o a las vuestras,

añaden la fe perfecta y el perfecto amor;

llegan a saber el verdadero significado de las palabras `

Jesús, el Cristo, el Verbo, el Hijo del hombre y de Dios».

368 UN MILAGRO EN EL MILAGRO


368 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA.  

Es una mañana esplendorosa, que ilumina el camino montañoso,

por donde avanza la comitiva apostólica.

Jesús tiene vendada la mano y Santiago de Alfeo la frente.

Andrés cojea bastante y Santiago de Zebedeo no lleva el talego,

que ahora lo carga su hermano Juan.  

Jesús ha preguntado dos veces:

–        ¿Puedes seguir caminando, Andrés?

El apóstol contesta:

–        Sí, Maestro.

Camino mal por el vendaje.

Pero el dolor no es fuerte.

Y la segunda vez añade:

–        ¿Y tu mano, Maestro?

Jesús responde:

–        Una mano no es una pierna.

Está en descanso y duele poco.

Pedro observa:

–        ¡Mmm! Poco no creo.

Tan hinchada como está y tan abierta, hasta el hueso…

El aceite hace bien.

Pero quizás hubiera sido mejor si de ese ungüento de tu Madre,

le hubiéramos pedido un poco a…

Jesús ataja con rapidez:

–        A mi Madre.

Tienes razón – sintiendo lo que está para salir de los labios de Pedro.

El cual confuso, se pone colorado y mira con mirada desolada a su Jesús

tan desolada, que Él sonríe y apoya precisamente la mano herida,

encima del hombro de Pedro, para arrimársele a Sí. 

Diciéndole:

–        Te hará daño estar así.

No. Simón.

Tú me quieres y tu amor es un magnífico aceite saludable.

–        ¡Oh, entonces, si es por eso, ya deberías estar curado!

Hemos sufrido todos de verte tratado de ese modo.

Y hay quien ha llorado.

Pedro mira a Juan y a Andrés…

Mientras Jesús agrega:

–         Aceite y agua son buena medicina, pero el llanto de amor y piedad,

es más potente que cualquier otra cosa. ¿Veis?

Estoy mucho más alegre hoy que ayer.

Porque hoy sé cuán obedientes sois y cuánto me queréis.

TODOS…

Y Jesús los mira con su mirada dulce, en cuya ya habitual tristeza,

hay una tenue luz de alegría esta mañana.

Tadeo dice:

–         Pero qué hienas, ¡Eh!

¡Jamás he visto un odio como ése!

Debían ser todos judíos.

Jesús muy sereno, corrige:

–        No, hermano.

La región no tiene nada que ver.

El Odio es igual en todos los sitios.

Recuerda que en Nazaret, hace meses fui expulsado y me querían apedrear.

¿No te acuerdas?

Y ello sirve de consuelo de las palabras de Judas Tadeo para los que son judíos.

Tanto consuelo, que Judas dice:

–         ¡Ah, pero esto lo voy a decir!

¡Vaya que si lo voy a decir!

No estábamos haciendo nada malo.

No hemos reaccionado.

Y Él ha hablado lleno de amor al principio.

Han empezado a pedradas con nosotros, como si fuéramos serpientes.

Lo voy a decir.

Felipe pregunta:

–        ¿Y a quién se lo vas a decir, si están todos contra nosotros?

–        Yo sé a quién decírselo.

De momento, en cuanto vea a Esteban y a Hermas se los digo.

Lo sabrá enseguida Gamaliel.

Pero para Pascua se lo digo a quien yo me sé.

Voy a decir: «No es justo actuar así. Con vuestro furor sois ilegales.

Vosotros sois culpables, no Él»

Felipe aconseja:

–         Mejor sería que no te acercaras mucho a esos «señores»!…

Tengo la impresión de que para ellos tú también eres culpable.   

Judas concede:

–        Es verdad.

Mejor es que no vuelva a tener nunca contacto con ellos.

Sí. Es mejor.

Pero a Esteban sí se lo digo.

Es bueno y no envenena…

Jesús dice sereno y persuasivo:

–          ¡Déjalo, hombre, Judas!

No harías mejorar nada.

Yo he perdonado.

No pensemos más en ello.    

Los milagros NO SON para volver cómoda, la vida de los trabajadores de la Viña…

Dos veces que encuentran riachuelos, tanto Andrés como los dos Santiagos

se mojan las vendas que cubren sus contusiones.

Jesús no.

Prosigue tranquilo, como si no sintiera dolor.

Y sin embargo, el dolor debe ser notable, Si;

cuando se detienen para comer, debe pedir a Andrés que le parta el pan;

¡Sí! cuando se le desata una sandalia, debe decir a Mateo que se la ate de nuevo;

¡Sí!, sobre todo, al bajar por un atajo con un fuerte declive… 

Y yendo a chocar contra un tronco, porque su pie ha resbalado;

no puede reprimir un quejido;

Y se le pone otra vez roja de sangre la venda…

Tanto que en la primera casa de un pueblo, al que llegan hacia el crepúsculo… 

Se detienen.

Piden agua y aceite para medicarle la mano;

la cual, quitadas las vendas, aparece muy hinchada y de un color aturquesado,

en el dorso, con la herida rojiza en el centro.

Mientras esperan a que la mujer de la casa llegue con lo que han pedido… 

Se arriman todos a la mano herida para observarla…

Y hacen sus respectivos comentarios.

Pero Juan se retira un poco más allá, para esconder su llanto.

Jesús lo llama, diciendo:

–           Ven aquí.

No es una cosa grave. No llores.

Juan responde:

–         Lo sé.

Si lo tuviera yo, no lloraría.

PERO LO TIENES TÚ…  

Y no dices todo el daño que te hace esta amada mano,

que no ha dañado nunca a nadie.

Jesús le ha dejado la mano relajada.

Juan la acaricia dulcemente, en la punta de los dedos, en la muñeca.

TODO alrededor de la moradura.

Y la vuelve con dulzura;

para besar su palma y apoyar su mejilla en el cuenco de la mano…

Y dice:

–        «Está ardiendo…

¡Cuánto te debe doler! – y lágrimas de piedad caen sobre ella.

La mujer trae el agua y el aceite.

Con un pedazo de tela, Juan quiere limpiar la mano manchada de sangre;

con delicadeza, hace circular agua tibia sobre la parte herida;

luego la unge, la venda con unas tiras limpias de tela.

Y en el lazo pone un beso.

Jesús le coloca la otra mano en la cabeza, que tiene inclinada.

La mujer pregunta:

–        ¿Es tu hermano?

Juan responde:     

–         No.

Es mi Maestro, nuestro Maestro.

La mujer sigue preguntando, esta vez a los otros:

–         ¿De dónde venís?

–        Del Mar de Galilea.

–        ¡Lejos!

–        ¿Para qué?

–          Para predicar la Salud.

–          Es casi de noche.

Quedaos en mi casa.

Casa de pobres, pero de gente honrada.

Puedo daros leche en cuanto vuelvan mis hijos con las ovejas.

Mi marido os acogerá con gusto.

–         Gracias, mujer.

–         Si el Maestro quiere, nos quedamos aquí.

La mujer va a sus labores.

Mientras los apóstoles le preguntan a Jesús qué deben hacer.

–        Sí. Bien.

Mañana vamos a ir a Quedes y luego hacia Panéade.

He reflexionado, Bartolomé.

Conviene hacer como dices.

Me has dado un buen consejo.

Espero encontrar así a otros discípulos y enviarlos delante de Mí a Cafarnaúm.

Sé que a estas alturas ya deben haber estado algunos discípulos en Quedes,

entre los cuales están los tres pastores libaneses.

Vuelve la mujer y pregunta:

–         ¿Entonces?

–         Sí, buena mujer.

Pasamos aquí esta noche.

–         Y cenáis.

Aceptadlo. No me pesa.

Y además, algunos que son discípulos de ese Jesús de Galilea, al que llaman Mesías,

que hace tantos milagros y predica el Reino de Dios,

nos han enseñado la misericordia.

Pero El no ha venido nunca aquí.

Quizás porque estamos en los confines sirofenicios.

Pero sí han venido sus discípulos.

Y ya es mucho.

Para Pascua, los del pueblo queremos ir todos a Judea para ver si vemos a este Jesús.

Porque tenemos enfermos y los discípulos han curado a algunos, pero a otros no.

Y entre éstos está un hijo, joven, de un hermano de la mujer de mi cuñado.

Sonriendo, Jesús pregunta:

–        ¿Qué le pasa? –

–        Es… No habla y no oye.

Nació así.

Quizás un demonio entró en el vientre de la madre para hacerla desesperarse y sufrir.

Pero es bueno.

Un endemoniado no sería así.

Los discípulos han dicho que para él es necesario Jesús de Nazaret,

porque debe faltarle algo, y sólo este Jesús…

¡Ah, aquí están mis hijos y mi marido!

Y volviéndose hacia el esposo,

agrega:

Melquías, he acogido a estos peregrinos en nombre del Señor.

Estaba hablando de Leví…

Sara, ve pronto a ordeñar la leche,

y tú, Samuel, baja a la gruta por aceite y vino.

Y trae manzanas del desván.

Date prisa, Sara; preparamos las camas en las habitaciones altas.

Jesús dice:

–        No te afanes, mujer.

Estaremos bien en cualquier sitio.

¿Podría ver al hombre de que hablabas?

–        Sí… Pero…

¡Oh! ¡Señor! ¿No serás Tú el Nazareno?

Jesús dice con sencilléz.

–        Soy Yo.

La mujer cae de rodillas,

y grita:

–         ¡Melquías, Sara, Samuel!

¡Venid a adorar al Mesías!

¡Qué gran día! ¡Qué gran día!

¡Y yo lo tengo en mi casa!

¡Y estaba hablando con Él, así!

¡Y le he traído el agua para lavar la herida!… ¡Oh!…

Se ahoga de emoción.

Y corre a donde el barreño.

Lo ve vacío:

–        « ¿Por qué habéis tirado esa agua?

¡Era santa!

¡Melquías

¡El Mesías en nuestra casa!

–         Sí.

Pero tranquilízate, mujer.

Y no se lo digas a nadie.

Más bien, ve por el sordomudo y tráemelo… – dice Jesús sonriendo…

..Y pronto regresa Melquías con el joven sordomudo,

los parientes de él y medio pueblo al menos…

La madre del infeliz adora a Jesús,

y le suplica:

–         Sí, será como tú quieres.

Toma de la mano al sordomudo,

le separa un poco de la masa de personas que se apiña;

mientras los apóstoles, por compasión hacia la mano herida,

luchan por mantener a la gente separada.

Jesús arrima a Sí bien al sordomudo;

le pone los índices en las orejas y la lengua en los entreabiertos labios;

luego, alzando los ojos al cielo ya algo oscurecido,

expele su aliento sobre el rostro del sordomudo,

y grita fuertemente:

–          «¡Abríos!» y lo suelta.

El joven lo mira por un momento, mientras la gente cuchichea.

Es sorprendente el cambio de la cara del sordomudo:

primero apática y triste, ahora sorprendida y sonriente.

Se lleva las manos a las orejas.

Aprieta y suelta…

Se convence de que realmente oye..

Abre a boca y dice:

–          ¡Mamá! ¡Oigo!

¡Oh, Señor, yo te adoro!

Se apodera de la gente el entusiasmo habitual;

mucho más todavía, porque se preguntan:

–         ¿Y cómo puede saber hablar, si nunca, desde que nació, oyó palabra alguna?

¡Un milagro en el milagro!

Le ha soltado el habla y al mismo tiempo le ha enseñado a hablar.

¡Viva Jesús de Nazaret!

¡Hosanna al Santo, al Mesías!

Y se apiñan contra Él, que levanta su mano herida para bendecir,

mientras algunas personas, informadas por la mujer de la casa,

se mojan la cara y los miembros con las gotas de agua,

que habían quedado en el barreño.

Jesús los ve y grita:

–        Por vuestra fe, quedad todos curados.

Id a vuestras casas.

Sed buenos, honestos. Creed en la palabra del Evangelio.

Y conservad para vosotros lo que sabéis,

hasta que llegue la hora de proclamarlo en las plazas y por los caminos de la tierra.

Mi paz sea con vosotros.

Y entra en la amplia cocina, donde resplandece el fuego

y tiemblan las luces de dos lámparas.

363 EL SEÑOR DEL SÁBADO


363 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús está en Corozaín en la sinagoga, que se va llenando lentamente de gente.

Los notables del lugar deben haber insistido para que Jesús este Sábado

esté adoctrinase allí.

Se comprende por las razones que aducen y por las respuestas de Jesús.

Ellos dicen:

–        No somos más arrogantes que los judíos o que los de la Decápolis.

Y sin embargo, vas una y otra vez…

Y vuelves allí a menudo.

Jesús responde:

–        También aquí es lo mismo.

Con palabras y obras, con mi silencio y mis actos, os he adoctrinado.

–        Pero, si somos más duros que los otros, razón de más para insistir…

–        Bien, bien.

–        ¡Claro que sí; que bien!

Te dejamos que uses nuestra sinagoga como lugar de adoctrinamiento,

precisamente porque juzgamos que está bien hecho.

Acepta pues, la invitación y habla.

Jesús abre los brazos, señal de silencio para los presentes.

Y empieza su discurso, hablando con tono de salmo:

Una recitación lenta, melodiosa y enfática:

–        Arauná respondió a David:

“Que el rey mi señor tome y ofrende como quiera.

Ahí están los bueyes para el holocausto:

el carro y los yugos de los bueyes como leña; todo, ¡Oh rey!, da Arauná al rey’.

Y añadió: “Que el Señor Dios acepte propicio tu voto”.

Mas el rey respondió y dijo: “No será como quisieras. No.

Quiero comprar con dinero. No quiero ofrecer al Señor mi Dios

holocaustos que me hayan sido regalados».

Jesús baja la mirada, pues hablaba con la cara casi vuelta hacia el techo;

mira fijamente, agudamente, al arquisinagogo…

Y a los cuatro notables que estaban con él,

y pregunta:

–        ¿Habéis comprendido el significado?

–        Esto está en el segundo de los Reyes, cuando el rey santo compró la era

de Arauná…

Pero no comprendemos por qué nos lo has citado.

Aquí no hay pestilencia y no se tiene que ofrecer un sacrificio.

Tú no eres rey…

Bueno, queremos decir: no todavía.

–        En verdad;

tarda es vuestra mente para comprender los símbolos.

E insegura vuestra fe.

Si fuera segura, veríais que ya soy Rey como he dicho;

si tuvierais intuición despierta, comprenderíais que aquí hay una pestilencia

muy grave;

más que la que preocupaba a David:

Tenéis la de la incredulidad que os hace perecer.

–        ¡Bien!

Pues si somos tardos e incrédulos, danos inteligencia y fe.

Y explícanos lo que has querido decir.

–        Digo: no ofrezco a Dios los holocaustos forzados, los que se ofrecen por mezquino interés.

Y Aquel que para hablar ha venido no acepta el hablar sólo si se le concede:

es mi derecho y me lo tomo.

Bajo el sol o entre cerradas paredes, encima de los montes

o en el fondo de los valles, en el mar o sentado en las orillas del Jordán,

en todas partes, tengo el derecho y el deber de adoctrinar y de comprar

con mi esfuerzo los únicos holocaustos agradables a Dios:

los corazones convertidos y hechos fieles por mi Palabra.

Aquí, vosotros de Corozaín, habéis concedido al Verbo la palabra no por respeto

y fe;

sino porque tenéis en vuestro corazón una voz que os tortura como carcoma

que roe la madera:

«Este castigo del hielo es por nuestra dureza de corazón».

Y queréis arreglar las cosas.

Por la economía, no por el alma.

¡Oh, Corozaín pagana y obcecada!

Pero no toda Corozaín es igual.

Para los que no son así, hablaré, con una parábola.

Oíd.

Un necio rico llevó a un artista un trozo grande, de una sustancia blonda

como la miel más fina.

Y le ordenó que lo trabajara para hacer de él un ánfora decorada.

«No es un material bueno para ser trabajado» dijo el artista al adinerado.

«¿Ves? Es blando, elástico. ¿Cómo puedo esculpirlo y modelarlo?».

«¿Cómo! ¿No es bueno? Es una resina preciada.

Y un amigo mío tiene una pequeña ánfora de esta resina

y en ella su vino adquiere un sabor delicioso.

La he pagado a precio de oro, para disponer de un ánfora más grande y humillar

así a mi amigo jactancioso.

Házmela inmediatamente.

Si no, diré que eres un artista incapaz».

«La de tu amigo será de alabastro blondo.”

«No. Es de este material».

«Será de ámbar fino.” «No. Es de este material».

«Aunque fuera de este material – vamos a suponerlo,

habrá adquirido compacidad, dureza, por siglos de antigüedad

o con la mezcla de otras substancias solidificantes.

Pregúntaselo y vuelve a decirme cómo fue hecha la suya».

«No. Me la ha vendido él mismo, asegurándome que se usa así».

«Pues entonces te ha timado para castigarte por envidiar su bonita ánfora.”

«¡Mide tus palabras! Trabaja.

Si no, te castigo quitándote el taller;

que todo lo que tienes no vale cuanto me cuesta esta estupenda resina».

El artista, desconsolado, se puso manos a la obra.

Plasmaba la sustancia…

Pero ésta se le quedaba pegada a las manos.

Trataba de solidificar un trocito con mástiques y polvos…

Pero la resina perdía su transparencia de oro.

La ponía junto al horno de fusión esperando que el calor la endureciera…

Pero, desesperado, tenía que quitarla porque se licuaba.

Mandó traer nieve helada a la cima del alto Hermón;

metió la resina dentro de la nieve…

Se endurecía, seguía siendo bonita, pero ya no se podía modelar.

«La voy a modelar con el cincel» dijo.

Pero al primer golpe de cincel la resina se hizo pedazos.

El artista, totalmente desesperado, convencido ya de que nada podía hacer apto

para ser trabajado a aquel material, intentó una última prueba.

Reunió los trozos, los hizo de nuevo líquidos al calor del horno,

los volvió a congelar con la nieve, aunque esta vez no demasiado.

E intentó trabajar en la masa ligeramente blanda con el cincel y la espátula.

¡Se modelaba!, ¡Sí!…

Pero, nada más dejar cincel y espátula, volvía a la forma de antes,

como si fuera masa de pan en fermentación en la artesa.

El hombre se dio por vencido.

Y para huir de las represalias del rico y de la ruina;  durante la noche

cargó en un carro a su mujer, a sus hijos, los enseres y los instrumentos de trabajo;

y dejó en el centro del taller completamente vacío la masa blonda de la resina

con una tira de papel encima con las palabras: «Imposible de labrar».

Luego huyó allende los confines…

Yo he sido enviado a labrar los corazones en orden a la Verdad y la Salud.

Han venido a mis manos corazones de hierro, plomo, estaño, alabastro, mármol,

plata, oro, jaspe, piedras preciosas.

Corazones duros, corazones toscos, corazones demasiado tiernos, corazones volubles,

corazones endurecidos por las penas, corazones valiosísimos:

todo tipo de corazones.

Los he labrado a todos.

Y a muchos los he modelado según el deseo de Aquel que me ha enviado.

Algunos me han herido mientras los trabajaba, otros han preferido romperse

antes que dejarse trabajar con toda profundidad.

Pero, quizás con odio, conservarán siempre un recuerdo mío.

Vosotros sois imposibles de labrar.

Calor de amor, paciencia de instrucción, frío de reprensiones, fatiga de cincel…

NADA sirve con vosotros.

Nada más retirar mis manos, volvéis a ser como erais.

Tendríais que hacer una única cosa para ser cambiados:

Abandonaros totalmente en Mí.

No lo hacéis.

No lo haréis nunca.

El Trabajador, desconsolado, os abandona a vuestro destino.

Pero, dado que es justo, no os abandona a todos igual.

Desconsolado, sabe todavía elegir a los que merecen su amor…

Y los consuela y bendice.

–        ¡Mujer, ven aquí!

Dice señalando a una mujer que está junto a la pared,

tan encorvada que parece un signo de interrogación.

La gente ve a dónde señala Jesús, pero no ve a la mujer,

la cual por su conformación, no puede ver a Jesús ni tampoco su mano.

Varias personas le dicen:

–        ¡Ve Marta! Que te llama. 

Y la pobrecita va renqueando con su bastón, que le llega a la altura de la cabeza.

Ahora está delante de Jesús,

que le dice:

–          Mujer, quédate con un recuerdo de mi paso.

Y con un premio a tu fe silenciosa y humilde

Queda liberada de tu enfermedad – grita al final…

Poniéndole las manos en la espalda.

Y enseguida la mujer se endereza y se levanta.

Y derecha como una palma, levanta los brazos y grita:

–        ¡Hosanna!

¡Me ha curado!

Ha visto a su sierva fiel y la ha agraciado.

¡Sea alabado el Salvador y Rey de Israel!

¡Hosanna al Hijo de David!

La gente responde con sus «¡hosanna!» a los de la mujer,

la cual ahora está de rodillas a los pies de Jesús, besándole el borde de la túnica,

mientras Él le dice:

–        Ve en paz y persevera en la fe.

Al arquisinagogo, deben quemarle todavía las palabras dichas por Jesús,

antes de la parábola…

Y quiere responder con veneno a la reprensión.

Y mientras la muchedumbre se abre

para dejar pasar a la mujer curada milagrosamente,

El hombre grita indignado:

–        ¡Hay seis días para trabajar, seis días para pedir y dar!

¡Venid, pues, en esos días, tanto para pedir como para dar!

¡Venid a recobrar la salud en esos días, sin violar el Sábado,

pecadores e infieles, corrompidos y corruptores de la Ley!

Y trata de empujar a todos fuera de la sinagoga,

como para arrojar la profanación del lugar de oración.

Pero Jesús, que lo ve ayudado en su acción, por los cuatro notables de antes

y por otros que están repartidos entre la muchedumbre.

Los cuales dan los signos más manifiestos de estar escandalizados,

torturados por el… Delito de Jesús), a su vez grita

Mientras Él con los brazos recogidos sobre el pecho,

severo, majestuoso, lo mira,

y dice:

–        ¡Hipócritas!

¿Quién de vosotros en este día no ha desatado el buey o el asno del pesebre.

Y lo ha llevado a beber?

¿Y quién no ha llevado los haces de hierba a las ovejas del rebaño

y no ha extraído la leche de las ubres llenas?

¿Y por qué, si tenéis seis días para hacerlo, lo habéis hecho también hoy,

por unos pocos denarios de leche, o por miedo de perder el buey y el asno

a causa de la sed?

¿Y no debía soltar Yo a ésta de sus cadenas, después de que Satanás

la ha tenido atada durante dieciocho años, sólo porque es sábado?

Idos.

He podido soltar a esta mujer de su desventura involuntaria

mas no podré jamás soltaros a vosotros de las vuestras, que son voluntarias,

¡Oh enemigos de la Sabiduría y de la Verdad!

La gente buena, de entre los muchos no buenos de Corozaín, aprueba y alaba;

la otra parte, lívida de rabia, huye, dejando plantado al también lívido arquisinagogo.

También Jesús lo deja plantado.

Y sale de la sinagoga, rodeado de los buenos, que siguen circundándole

hasta que llega a los campos, lugar donde Él bendice una última vez,

para tomar luego la vía de primer orden, junto con los primos, Pedro y Tomás…

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

https://paypal.me/cronicadeunatraicion?locale.x=es_XC

19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

361 PARÁBOLA DEL BANQUETE


361 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Los más encumbrados y poderosos Fariseos del Consejo del Sanedrín;

están reunidos en la casa del fariseo Ismael ben Fabi

donde sólo faltan, Anás, Caifás  y los verdaderos amigos de Jesús:

José de Arimatea y Nicodemo…

Porque todos los otros distinguidos y poderosos fariseos y escribas, 

reunidos en este banquete del Sábado,  en su casa,

forman un coro ruidoso e inconforme…

Eleazar ben Annás le toca a Jesús en el brazo:

–          Maestro, escúchame.

Tengo un caso especial que someter a tu consideración.

Recientemente he adquirido de un pobre desdichado una propiedad;

este hombre se ha echado a perder por una mujer.

Me ha vendido la propiedad, pero sin decirme que en ella hay una sierva anciana,

su nodriza, ya ciega y medio chiflada.

El vendedor no la quiere.

Yo… no la querría.

Pero, ponerla en plena calle…

¿Qué harías tú, Maestro?

Jesús responde: 

–        ¿Tú qué harías, si tuvieras que dar a otro un consejo?

–        Diría: «Quédate con ella, que no va a ser un pan lo que te arruine».

–        ¿Y por qué dirías eso?

–        Bueno, pues…

Porque creo que yo actuaría así y querría que hicieran eso conmigo…

–        Estás muy cerca de la justicia, Eleazar.

Y el Dios de Jacob estará siempre contigo.

–         Gracias, Maestro.

Los otros murmuran entre sí.  

Jesús les pregunta: 

–        ¿Qué tenéis que criticar?

¿No he hablado rectamente?

¿Y éste?, ¿No ha hablado también rectamente?

Ismael, defiende a tus invitados, tú que siempre has usado misericordia.

–        Maestro, hablas bien, pero…

¡Si se actuara siempre así!… Seríamos víctimas de los demás.

–       Y es mejor, según tú, que sean los demás víctimas nuestras ¿No?

–        No digo eso.

Pero hay casos…

–        La Ley dice que hay que tener misericordia…

–        Sí, hacia el hermano pobre, hacia el forastero, el peregrino, la viuda y el huérfano.

Pero esta vieja que ha venido a parar a los brazos de Eleazar no es su hermana,

ni peregrina, forastera, huérfana o viuda.

Para él no es nada; ni menos ni más que un objeto viejo del ajuar no suyo,

pero olvidado en la propiedad vendida por quien es su verdadero dueño.

Por eso Eleazar podría incluso echarla sin escrúpulos de ningún tipo.

A fin de cuentas, la culpa de la muerte de la vieja no sería suya,

sino de su verdadero amo…

–       El cual, siendo también pobre, no la puede seguir manteniendo;

de forma que también está exento de obligaciones.

Así que, si la anciana se muere de hambre, la culpa es de la anciana. ¿No es así?

–        Así, Maestro.

Es la suerte de los que… ya no sirven.

Enfermos, viejos, incapaces, están condenados a la miseria, a la mendicidad.

Y la muerte es lo mejor para ellos…

Así es desde que el mundo existe. 

Y así será…

–         ¡Jesús, ten piedad de mí!

Un lamento entra a través de las ventanas trancadas…

Porque la sala está cerrada y las lámparas encendidas; quizás por el frío.

Jesús pregunta: 

–        ¿Quién me llama?

Ismael ben Fabi dice:   

–        Algún importuno.

Haré que lo manden afuera.

O algún mendigo.

Diré que le den un pan.

–        Jesús, estoy enfermo. ¡Sálvame!

–       Ya decía yo.

Un importuno.

Castigaré a los siervos por haberlo dejado pasar.

Y se levanta Ismael.

Pero Jesús, al menos veinte años más joven que él.

Y con todo el cuello y la cabeza más alto,

lo sienta de nuevo poniéndole la mano en el hombro mientras ordena:

–        Quédate ahí, Ismael.

Quiero ver a este que me busca.

Que entre.

Entra un hombre de cabellos todavía negros.

Puede tener unos cuarenta años.

Pero está hinchado como una cuba y amarillo como un limón;

violáceos los labios en la boca jadeante.

Le acompaña la mujer que hospedara a Jesús por la mañana.

El hombre avanza con dificultad, por la enfermedad y por temor.

¡Se ve tan mal mirado!…

Pero ya Jesús ha dejado su sitio y ha ido hasta el infeliz.

Luego lo ha tomado de la mano y lo ha llevado al centro de la sala, al espacio vacío

que hay entre las mesas, colocadas en forma de «u» justo debajo de la lámpara.  

Jesús pregunta: 

–        ¿Qué quieres de Mí?

El hombre responde: 

–         Maestro… te he buscado mucho…

Desde hace mucho…

Nada quiero aparte de salud…

Por mis hijos y mi mujer… Tú puedes todo…

Ya ves mi mísero estado…

–        ¿Y crees que te puedo curar?

–        ¡Vaya que si lo creo!…

Cada paso que doy me hace sufrir…

Cada movimiento brusco es un dolor para mí…

Y no obstante, he recorrido kilómetros para buscarte…

Y luego, con el carro, te he seguido aún… pero no te alcanzaba nunca…

¡Vaya que si lo creo!

Me extraña no estar ya curado desde que mi mano está en la tuya,

porque todo en Ti es santo, ¡Oh, Santo de Dios!

El pobrecillo resopla como un fuelle por el esfuerzo de tantas palabras.

La mujer mira a su marido y a Jesús…

Y llora.

Jesús los mira y sonríe.

Luego se vuelve hacia el viejo tembloroso que le preguntó primero

que si iba a modificar la Ley,

y pregunta:

–        Tú, anciano escriba…

Respóndeme: ¿Es lícito curar en Sábado?

–        En sábado no es lícito hacer obra alguna.

–        ¿Ni siquiera salvar a uno de la desesperación?

No es trabajo manual.

–        El sábado está consagrado al Señor.

–        ¿Cuál obra más digna de un día sagrado, que hacer que un hijo de Dios

diga al Padre: «Te amo y te alabo porque me has curado»?».

–        Debe hacerlo aunque sea infeliz.

–        Cananías,

¿Sabes que en este momento tu bosque más hermoso está ardiendo…

y toda la ladera del Hermón resplandece envuelta en purpúreas llamas?

El viejecillo pega un salto como si le hubiera mordido un áspid:

–        Maestro, ¿Dices la verdad o estás bromeando?

–        Digo la verdad.

Yo veo y sé.

–        ¡Oh, pobre de mí!

¡Mi más hermoso bosque! ¡Miles de siclos reducidos a ceniza! ¡Maldición!

¡Malditos sean los perros que me lo han prendido fuego!

¡Que ardan sus entrañas como mi madera!

El viejecillo está desesperado.

–        ¡No es más que un bosque, Cananías, y te lamentas!

¿Por qué no alabas a Dios en esta desventura?

Éste no pierde madera, que renace, sino la vida y el pan para los hijos.

Y debería dar a Dios esa alabanza que tú no le das.

Entonces, escriba, ¿No me es lícito curar en sábado a éste?

–          ¡Maldito Tú, él y el sábado!

Tengo otras cosas mucho más graves en que pensar… 

Y dando un empujón a Jesús, que le había puesto una mano en el brazo.

Sale enfurecido, y se le oye dar gritos con su voz bronca, para que le traigan su carro.

Jesús pasea lentamente sus ojos mirando a los que tiene alrededor,

Pregunta: 

–        ¿Y ahora? 

Y ahora, decidme, vosotros. ¿Es lícito o no?

Ninguna respuesta.

Eleazar agacha la cabeza.

Antes había entreabierto los labios, pero vuelve a cerrarlos,

sobrecogido por el hielo que reina en la sala. 

Con majestuoso aspecto y voz tronante,

como siempre cuando está para realizar un milagro.  

Jesús declara: 

–        Bien, pues entonces voy a hablar Yo.

–        Hablaré, Yo.

Hablo. Digo:

Hombre, hágase en ti según crees. Estás curado.

Alaba al Eterno. Ve en paz.

El hombre se queda un poco desorientado.

Se estremece y… 

Emite un grito de alegría, se arroja a los pies de Jesús y se los besa.

–         ¡Ve, ve!

Sé siempre bueno. ¡Adiós!

El hombre sale, seguido de la mujer, la cual hasta el último momento se vuelve a saludar a Jesús.

–        Pero, Maestro…

En mi casa… En sábado…

–        ¿No das tu aprobación?

Ya lo sé.

Por esto he venido.

Y volviéndose hacia Ismael ben Fabi,

agrega:

–        ¿Tú, amigo? No.

Enemigo mío.

No eres sincero ni conmigo ni con Dios.

–        ¿Ofendes ahora?

–        No.

Digo la verdad.

Has dicho que Eleazar no está obligado a socorrer a esa anciana,

porque no es de su propiedad.

Pero tú tenías a dos huérfanos en tu propiedad.

Eran hijos de dos de tus siervos fieles, que se han muerto trabajando,

uno de ellos con la hoz en el puño, la otra matada por la excesiva fatiga

por haberte tenido que servir, como le exigías para no despedirla.

Servirte por ella y por su marido.

Tú decías: «He hecho contrato por dos personas que trabajaran.

Y para seguirte teniendo, quiero el trabajo tuyo y el del muerto».

Y ella te lo ha dado.

Y ha muerto con su hijo en el vientre, porque esa mujer era madre.

Y no hubo para ella la piedad que se tiene con la bestia encinta.

¿Dónde están ahora esos dos niños?

–         No lo sé…

Desaparecieron un día.

–        No mientas ahora.

Basta haber sido cruel.

No es necesario añadir el embuste para que Dios aborrezca tus sábados,

a pesar de su total carencia de obras serviles.

¿Dónde están esos niños?

–        No lo sé.

Ya no lo sé. Créelo.

–        Yo lo sé.

Los encontré una noche de Noviembre, fría, lluviosa, oscura.

Los encontré hambrientos y temblando, cerca de una casa, como dos perrillos

en busca de un pedazo de pan que llevarse a la boca…

Maldecidos y despedidos por quien tenía entrañas de perro, más que un perro verdadero.

Porque un perro habría tenido piedad de aquellos dos huerfanitos.

Y ni tú ni aquel hombre la habéis tenido.

¿Ya no te servían sus padres, verdad? Estaban muertos.

Los muertos sólo lloran, en sus sepulcros, al oír los sollozos de esos hijos infelices

de que los demás no se ocupan.

Pero los muertos, con su espíritu, elevan sus llantos y los de sus huérfanos a Dios.

Y dicen: «Señor, vénganos Tú;

porque el mundo aplasta cuando ya no le es posible seguir explotando».

¿No te servían todavía los dos pequeñuelos, verdad?

Apenas si la niña podía servir para espigar…

Y tú los despediste negándoles incluso aquellos pocos bienes que pertenecían

a su padre y a su madre.

Podían morir de hambre y frío como dos perros en un camino de carros.

Podían vivir y hacerse el uno ladrón, la otra prostituta.

Porque el hambre porta al pecado. ¿Pero a ti qué te importaba?

Hace un rato citabas la Ley como apoyo de tus teorías.

¿Es que la Ley no dice: «No vejéis a la viuda y al huérfano, porque, si lo hacéis

y elevan su voz hacia Mí, escucharé su grito y mi furor se desencadenará,

Y os exterminaré y vuestras mujeres se quedarán viudas y vuestros hijos huérfanos»?

¿No dice eso la Ley?

Y entonces, ¿Por qué no la observas? ¿Me defiendes ante los demás?

¿Y por qué no defiendes mi doctrina en ti mismo?

¿Quieres ser amigo mío? ¿Y por qué haces lo opuesto de lo que Yo digo?

Uno de vosotros va corriendo a más no poder, arrancándose los pelos,

por la destrucción de su bosque.

¡Y no se los arranca ante las ruinas de su corazón!

¿Y tú a qué esperas a hacerlo?

¿Por qué queréis siempre creeros perfectos, vosotros a quienes la suerte ha hecho subir?

Y, suponiendo que lo fuerais en algo, ¿Por qué no tratáis de serlo en todo?

¿Por qué me odiáis porque os destapo las llagas?

Yo soy el Médico de vuestro espíritu.

¿Puede un médico curar si no destapa y limpia las llagas?

¿No sabéis que muchos – y esa mujer que ha salido es uno de ellos – merecen,

a pesar de su pobre apariencia, el primer puesto en el Banquete de Dios?

No es lo externo, es el corazón, es el espíritu, lo que vale.

Dios os ve desde lo alto de su Trono. Y os juzga.

¡Cuántos ve mejores que vosotros!

Por tanto, escuchad.

Como regla comportaos así, siempre: cuando os inviten a un banquete de bodas,

elegid siempre el último puesto.

Recibiréis doble honor cuando el amo de la casa os diga:

“Amigo, ven adelante». Honor de méritos y honor de humildad.

Mientras… ¡Oh, triste hora para un soberbio, ser puesto en evidencia!

¡Y oír que le dicen: «Ve allá, al final, que aquí hay uno que es más que tú»!

Y haced lo mismo en el banquete secreto del desposorio de vuestro espíritu con Dios.

Quien se humilla será ensalzado y quien se ensalza será humillado.

Ismael, no me odies porque te medico.

Yo no te odio. He venido para curarte.

Estás más enfermo que aquel hombre.

Tú me has invitado para darte lustre a ti mismo y satisfacción a los amigos.

Invitas a menudo, pero es por soberbia y gusto.

No lo hagas. No invites a ricos, a parientes y a amigos.

Abre, más bien, la casa, abre el corazón, a los pobres, mendigos, lisiados, cojos,

huérfanos y viudas.

La única compensación que te darán serán bendiciones.

Pero Dios las transformará para ti en gracias.

Y al final… ¡Oh, al final, qué feliz ventura para todos los misericordiosos,

que serán retribuidos por Dios en la resurrección de los muertos!

¡Ay de aquellos que acarician solamente una esperanza de ganancia,

y luego cierran su corazón al hermano que ya no puede ser útil!

¡Ay de ellos!

Yo vengaré a los abandonados.

–        Maestro… yo… quiero complacerte.

Tomaré de nuevo a esos niños.

–         No.

–        ¿Por qué?

–        ¿Ismael?!…

Ismael agacha la cabeza.

Quiere aparentar humildad.

Pero es una víbora a la que se le ha hecho soltar el veneno.

Y no muerde porque sabe que no lo tiene, pero espera la ocasión para morder…

Eleazar trata de instaurar de nuevo la paz diciendo:

-Dichosos los que participan en el banquete con Dios,

en su espíritu y en el Reino eterno.

Pero, créelo, Maestro, a veces es la vida la que supone un obstáculo.

Los cargos…

Las ocupaciones…

Jesús dice aquí la parábola del banquete,

Lucas 14

y termina:

–        Has dicho los cargos… las ocupaciones.

Es verdad.

Pero por eso te he dicho al principio de este convite que mi Reino se conquista con

victorias sobre uno mismo y no con victorias de armas en el campo de batalla.

El puesto en la gran Cena es para estos humildes de corazón que saben ser grandes

con su amor fiel que no mide el sacrificio y que todo lo supera para venir a mí.

Una hora basta para transformar un corazón.

Si ese corazón quiere.

Y basta una palabra.

Yo os he dicho muchas. Y miro…

En un corazón está naciendo una planta santa.

En los otros, espinos para Mí, y dentro de los espinos hay áspides y escorpiones.

No importa.

Yo voy por mi camino recto.

El que me ame que me siga.

Yo paso llamando.

Los que sean rectos que vengan a Mí.

Paso instruyendo.

Los buscadores de justicia acérquense a la Fuente.

Respecto a los otros… respecto a los otros juzgará el Padre santo.

Ismael, me despido de ti. No me odies. Medita.

Siente que fui severo por amor, no por odio.

Paz a esta casa y a sus habitantes.

Paz a todos, si merecéis paz.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

https://paypal.me/cronicadeunatraicion?locale.x=es_XC

19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreo