235 SACERDOTE Y JUEZ


235 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Juicio ante un homicidio 

Jesús va con premura hacia el centro de la población..

Los pastores permanecen indecisos, pero luego dejan el rebaño a los más jóvenes;

que se quedan con todas las mujeres, menos la Madre y María de Alfeo, que siguen a Jesús.

Y se ponen a caminar para alcanzar al grupo apostólico.

En la tercera calle que atraviesa la via central de Belén se encuentran con Judas Iscariote, Simón, Pedro y Santiago;

que se habían adelantado, a buscar hospedaje.

Ellos vienen gesticulando y les hacen señas….

Y dan gritos.

Pedro está muy impresionado, desencajado…

Y dice con angustia:

–     ¡Qué desgracia, Maestro!

Ay, lo que está sucediendo, Maestro… lo que está sucediendo!

¡Qué desgracia y qué pena!

¡Qué cosa más triste!

Simón Zelote agrega:

–     Un hijo a quién arrebatan de su madre a la fuerza, para matarlo.

Y ella lo defiende como una hiena;

pero es sólo una mujer contra los soldados y ellos están armados.

Judas dice:

–      Le sale sangre por todas partes.

Santiago de Zebedeo añade:

–      Le rompieron la puerta,

porque se había atrancado detrás de ella.

La Virgen tiene las manos juntas, orando con fuerza…

Y contesta:

–    Voy donde esa mujer.

Jesús confirma:

–     Yo también voy allá.

Simón:

–     ¡Oh, sí!

¡Tú eres el único que puede consolarla!

Giran hacia la derecha, luego a la izquierda, hacia el centro del pueblo.

Ya se ve la tumultuosa aglomeración de gente que se mueve agitada y hace presión ante la casa de Abel.

Se oyen los gritos desgarradores de la madre.

Gritos que no parecen humanos.

Agresivos, feroces  y dignos de compasión al mismo tiempo.

Jesús apresura el paso.

Y llega a una placita diminuta, edificada en una curva del camino, que aquí se ensancha…

Y en la cual el tumulto es máximo.

La mujer defiende a su hijo contra los soldados.

Con una mano está aferrada como si fuera una garra de hierro, a un pedazo, que es lo único que queda, de la puerta destrozada;

circundando con el otro brazo la cintura del muchacho; es la otra mano de acero con la que disputa su hijo a los soldados.

Si alguien trata de quitársela lo muerde con furia, sin importarle los golpes que recibe;

ni los tirones en su cabellera; que son tan fuertes, que le echan la cabeza hacia atrás,

arrancándole mechones de pelo…

Cuando no muerde,

grita:

–    Dejadlo!

¡Asesinos!

¡Es inocente!

¡La noche en que mataron a Yoel durmió conmigo a mi lado!

¡Asesinos! ¡Asesinos!

¡Calumniadores! ¡Inmundos!

¡Perjuros! ¡Perversos!

Y al joven aferrado de los hombros por los que lo capturan, arrastrado por los brazos, sobre el empedrado de la calle…

se vuelve con el rostro desencajado,

y grita:

–      ¡Mamá, mamá!

¿Por qué he de morir si no he hecho nada?

Es hermoso.

Alto, delgado.

De ojos oscuros y dulces.

De cabello ondulado y negro.

Sus vestidos desgarrados, muestran su cuerpo ágil y muy joven; que apenas ha dejado la pubertad.

Jesús, con ayuda de quienes lo acompañan, incide en la multitud, compacta como una roca.

Y se abre paso hasta el penoso grupo.

precisamente en el momento en que logran separar de la puerta a la mujer exhausta;

que es incapaz de resistir más la fuerza de la mayoría

Que es arrancada de la puerta y arrastrada como un costal,

unida al cuerpo de su hijo, por la calle empedrada.

Esto dura poco de todas formas, porque, con un tirón más violento, separan la mano materna de la cintura de su hijo.

Y la mujer cae boca abajo y se golpea fuertemente la cara contra el suelo, con lo cual sangra más todavía.

Al punto se endereza y se pone de rodillas.

Tiende sus brazos hacia su hijo, al que se llevan a toda prisa, en la medida que lo permite la muchedumbre;

que se abre con dificultad y a la que empujan violentamente.

El acusado logra liberar el brazo izquierdo, lo agita y torciéndose hacia atrás, :

El joven le grita:

–    Adiós, mamá.

Recuerda al menos tú, que yo soy inocente.

La mujer lo mira con ojos demenciales y luego cae por tierra desvanecida…

Golpeando con su cara contra el suelo, en medio de un charco de sangre.

Jesús se interpone al paso de los captores,

y ordena:

–      ¡Deteneos un momento!

¡Os lo ordeno!

Su voz y su rostro no admiten réplica.

Un ciudadano se adelanta del grupo y con tono muy agresivo,

le pregunta

–      ¿Quién eres?

No te conocemos.

Retírate y déjanos ir para que muera antes de que llegue la noche.

–      Soy un Rabí.

El más grande.

En Nombre de Yeové deteneos o Él os destruirá con sus rayos.

Parece como si fuese Él, el que los despidiese con su mirada centelleante.

Y con su Voz fuese a fulminarlos,

preguntando:

–     ¿Quién es el que da testimonio contra éste

Aser dice:

–       Yo, él y él. -señalando al otro poderoso.

–     Vuestro testimonio no es válido, porque no es verdadero.

–      ¿Y cómo puedes decirlo?

–     ¡Estamos prontos a jurarlo!

–      Vuestro juramento es pecado.

Los tres hombres dicen al mismo tiempo:

–      ¿Qué estamos pecando nosotros?

–     ¿Nosotros?

–      ¿Sabes quiénes somos?…

Jesús los atraviesa con su mirada severa…

Y declara:

–     Lo sé.

Vosotros, sí.

Así como adentro fomentáis la lujuria; dais pasto al odio;

apacentáis la avaricia de las riquezas y cometéis homicidios.

Así también sois unos perjuros.

Os habéis vendido a la inmundicia.

Podéis realizar cualquier crimen.

No tenéis remordimiento al cualquier indecencia.

–     Ten cuidado con lo que estás diciendo.

Yo soy Aser…

–     Y Yo Soy Jesús.

–     No eres de aquí.

Y no eres ni sacerdote, ni juez.

No eres nada.

Eres un forastero.

–    Sí. Soy el Forastero, porque la Tierra no es mi Reino.

Pero Soy Juez y Sacerdote, no solo de esta pequeña parte de Israel;

sino de todo Israel y de todo el Mundo. 

Jacobo, el otro testigo,

exclama:

–       ¡Vámonos!

Dejemos a este loco.

¡Vamos, vamos, que éste es un loco!

Y da un empujón a Jesús, para apartarlo.

Jesús lo ve con los ojos del milagro…

Que, de la misma forma que devuelve vida y alegría, también subyuga y detiene lo que sea, cuando quiere.

Jesús grita con una mirada que paraliza:

–     ¡No darás ni un paso más!

La voz de Jesús es tan penetrante, que suena como toque de trompeta,

cuando declara:

“Tú no darás ni un paso más.

¿No crees lo que estoy diciendo?

Pues bien, mira…

Aquí no hay polvo del Templo, ni el agua de él.

(Se trata del  Juicio de Dios según la prescripción mosaica de Números 5, 11-31)

Y no están las palabras escritas con tinta, para hacer el agua amarguísima;

que es la señal de los celos y el adulterio.

Pero aquí estoy Yo.

¡Y Yo voy a juzgar!

La voz de Jesús es tan resonante como una trompeta.

La gente se amontona para ver.

Y solo la Virgen y María de Alfeo, se quedan a ayudar a la mujer desvanecida.

Jesús continúa:

–    Y Yo voy a Juzgar aquí.

Dadme un poco de polvo del camino y un poco de agua en una taza.

Y mientras me lo traéis…

Vosotros acusadores y tú, el acusado,

responded:

–     ¿Eres tú inocente, hijo?

Dilo con sinceridad al que es tu Salvador.

Abel responde:

–      Lo soy, Señor.

–      Aser,

¿Puedes jurar de haber dicho la verdad?

–      Lo juro.

No tengo razón para mentir.

Lo juro por el altar.

Descienda del Cielo fuego que me queme, si no digo la verdad.

–     Jacobo,

¿Puedes jurar que eres sincero en tu acusación y no tienes ningún motivo interno para mentir?

–     Lo juro por Yeové.

El amor que tengo por mi amigo occiso, me obliga a hablar.

No tengo nada que ver con éste.

–    Y tú siervo:

¿Puedes jurar de haber dicho la verdad?

–     Mil veces si fuera necesario.

Mi patrón, mi pobre patrón…

El hombre llora cubriéndose la cabeza con el manto.

–    Está bien.

He aquí el agua y he aquí el polvo.

Voy a decir lo siguiente:

“Padre Santo y Dios Altísimo.

Muestra tu Juicio verdadero por este medio, a fín de que vida y honra,

permanezcan con el inocente y con la madre desolada.  

Y venga digno castigo para el que no lo es.

Pero por la Gracia que tengo ante tus ojos, no fuego ni muerte;

sino larga expiación tenga, el que cometió el pecado.”

Jesús ha dicho estas palabras, con las manos extendidas sobre la taza;

como hace el sacerdote en el altar, durante la Misa, en el Ofertorio.

Después mete la mano derecha en la taza.

Y con la mano rocía a los cuatro sujetos al juicio…

Y luego les hace beber un poco de agua.

Primero al joven y luego a los demás.

Cruza los brazos sobre el pecho y mira.

También la gente mira…

Y un momento después, un grito se les escapa de los labios.

Y se arrojan de bruces a la tierra.

Aterrorizados y adorando al mismo tiempo.

Entonces los cuatro que estaban en línea, se miran entre sí y gritan a su vez.

El joven Abel, de estupefacción.

Los otros de horror…

¡Porque se ven cubiertos en la cara de una subitánea lepra!

¡Mientras que en la del joven no hay nada!

El siervo se arroja a los pies de Jesús,

que se aparta, como todos los demás, incluidos los soldados.

Y se separa tomando de la mano al joven Abel, para no contaminarse con los tres leprosos.

El siervo grita:

–      ¡No! ¡No!

¡Perdón!

¡Estoy leproso!

Son ellos los que me pagaron para que retardase a mi patrón hasta el atardecer,

para pegarle en el camino solitario.

Me hicieron que quitara las herraduras a la mula.

Me enseñaron como mentir, diciendo que yo me había adelantado y no es así;

porque yo me estuve allí, para matarlo junto con ellos.

Diré también por qué lo hicieron.

Porque Yoel se enteró que Jacobo amaba a su joven esposa.

Y porque Aser deseaba a la madre de Abel y ella lo rechazaba.

Se pusieron de acuerdo para librarse de Yoel y de Abel al mismo tiempo

y quedarse con las mujeres.

Esta es la verdad.

¡Quítame la lepra! ¡Quítamela!

Abel, tú eres bueno, ¡Intercede por mí!…

Jesús ordena:

–      Tú vete a donde está tu madre.

Que cuando salga de su desvanecimiento vea tu cara y vuelva a una vida tranquila.

Y vosotros…

Debería deciros: ‘

–       Qué os castiguen como queríais hacer’ sería una justicia humana;

pero os entrego a una expiación sobrehumana.

La lepra de la que os horrorizáis, os salva de ser arrestados y muertos; cómo debería ser y merecéis.

Pueblo de Belén, apartaos.

Abríos como las aguas del mar, para que se vayan éstos a su galera y cumplan su larga condena.

¡Horrible galera! Más atroz que la muerte.

Es una piedad divina que les ha dado un medio para recapacitar si quieren.

¡Váyanse! ¡Largaos!

La multitud se pega a las paredes, dejando libre el centro de la calle.

Y los tres, cubiertos de lepra como si ya tuvieran muchos años padeciéndola;

se van, uno detrás del otro, a la Montaña del silencio,

envueltos en la penumbra que ha empezado a caer.

Lo único que se escucha es su llanto.

Jesús dice a todos:

–      Purificad el camino con mucha agua después de haberos quemado con el fuego.

Soldados; referid que se hizo justicia según la más perfecta Ley Mosaica.

Jesús trata de ir a donde su Madre y su tía María Cleofás.

Que siguen socorriendo a la mujer que está volviendo de su desmayo,

mientras el hijo acaricia las manos heladas y las besa.

Pero la gente de Belén, con un respeto que está lleno de terror,..

Le ruega:

–      ¡Háblanos, Señor!

Eres realmente poderoso.

Eres, sin duda, Aquel de quien habló el hombre que pasó por aquí…

Anunciando al Mesías.

Jesús responde:

–      Hablaré por la noche cerca del aprisco de los pastores.

Ahora voy a confortar a la madre de Abel.

Y va hacia la mujer…

La cual, sentada en el regazo de María de Alfeo, vuelve cada vez más en sí.

Y mira al rostro amoroso  de María, que le sonríe.

Pero no comprende…

Hasta que baja su mirada y la fija en la cabeza morena de su hijo;

que está inclinado hacia sus manos temblorosas,

y pregunta:

–      ¿Yo también estoy muerta?

¿Esto es el Limbo?

La Virgen María,

responde:

–     No, mujer, es la Tierra.

Éste es tu hijo, salvado de la muerte.

Y este es Jesús, mi Hijo, el Salvador.

La primera reacción de la mujer es un movimiento lleno de humanidad:

reúne sus fuerzas y alarga su cuerpo hacia su hijo.

Le toma la cabeza que está inclinada…

Lo ve vivo y sano.

Y lo besa frenéticamente, llorando, riendo…

Recordando todos los nombres de la cuna, para expresarle su alegría.

Abel la acaricia diciéndole:

–      Sí, mamá, sí.

Pero ahora no me mires a mí, sino a Él.

A Él, que me ha salvado.

Bendice al Señor.

La mujer, aún demasiado débil para ponerse en pie o arrodillarse,

alarga sus manos, todavía temblorosas y sangrantes,

toma la mano de Jesús y la cubre de besos y lágrimas.

Jesús le pone la mano izquierda sobre la cabeza,

y le dice:

–      Sé feliz.

En paz.

Sé siempre buena.

Y tú también, Abel.

–      No, Señor mío.

Mi vida y la de mi hijo son tuyas, porque Tú las has salvado.

Deja que él vaya con los discípulos, como ya deseaba desde que estuvieron aquí.

Te lo doy con gran alegría,

Y te ruego que me permitas seguirle, para servirle a él y a los siervos de Dios.

–      ¿Y tu casa?

–      Señor, ¿Puede acaso uno que ha resucitado de la muerte?

La CONVERSIÓN, es la RESURRECCIÓN ESPIRITUAL

¿Seguir teniendo los mismos afectos que tenía antes de morir?!

Mirta ha resurgido por ti de la muerte y del infierno.

Si permanezco en esta ciudad, podría llegar a odiar a los que me han torturado en mi hijo,

y Tú sé que predicas el amor.

Deja, pues, que la pobre Mirta ame al Único que merece amor,

y a su misión y a sus siervos.

Ahora me siento todavía agotada, no podría seguirte;

pero, en cuanto pueda, permítemelo, Señor.

Te seguiré a ti y estaré con mi Abel…

-Seguirás a tu hijo y a mí con él.

Sé feliz.

Queda en paz ahora, con mi paz.

Adiós.

Y, mientras la mujer con la ayuda de su hijo y de algunos otros compasivos entra en su casa,

Jesús, con los pastores, los apóstoles, su Madre y María de Alfeo, sale del pueblo

y se dirige hacia el aprisco, situado al extremo de una calle,

que termina en los campos…

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