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352 PARÁBOLA DE LOS OBREROS Y LA VIÑA


 

352 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús ha subido encima de una caja que está colocada contra una pared.

Todos por tanto, lo pueden ver bien.

Ya se ha esparcido por el aire su dulce saludo, seguido luego por las palabras:

«Hijos de un único Creador, escuchad»,

para proseguir, en  el atento silencio de la gente:

El tiempo de la Gracia para todos ha llegado, no sólo para Israel,

sino para todo el mundo.

Hombres hebreos que estáis aquí por diversas razones, prosélitos, fenicios, gentiles,

TODOS, oíd la Palabra de Dios.

Comprended la Justicia, conoced la Caridad.

Teniendo Sabiduría, Justicia y Caridad, dispondréis de los medios para llegar al Reino de Dios,

a ese Reino que NO ES UNA ESCLUSIVIDAD de los hijos de Israel;

sino que es de todos aquellos que amen de ahora en adelante, al Verdadero, Único Dios.

crean en la Palabra de su Verbo.

Escuchad.

He venido de muy lejos, no con miras de usurpador, ni con la violencia del conquistador.

He venido sólo para ser el Salvador de vuestras almas.

Los dominios, las riquezas, los cargos, no me seducen.

Para Mí no son nada.

Son cosas a las que ni siquiera miro.

Es decir, las miro con conmiseración;

porque me producen compasión; siendo como son:

CADENAS para apresar a vuestro espíritu, impidiéndole así acercarse al Señor Eterno, Único,

Universal, Santo y Bendito.

Las miro y me acerco a ellas como a las más grandes miserias.

Y trato de liberarlas del lisonjero y cruel engaño, que seduce a los hijos de los hombres,

para que puedan usarlas con justicia y santidad.

No como crueles armas que hieren y matan al hombre y lo primero;

siempre,  al espíritu de aquel que las usa no santamente.

Pero en verdad os digo, PUPILAS APAGADAS, salud a un cuerpo agonizante,;

que da luz a los espíritus y salud a las almas enfermas….

¿Por qué?

Por qué el hombre ha perdido de vista el verdadero fin de su vida.

Y se ocupa de lo transitorio.

El hombre no sabe o no recuerda…

Recordando, no quiere prestar obediencia a esta santa orden del Señor:

Y hablo también para los gentiles que me escuchan.

De hacer el bien, que es bien en Roma como lo es en Atenas, en Galia o en África;

porque la Ley Moral existe bajo todos los cielos y en todas las religiones;

en todo corazón recto.

Y las religiones, desde la de Dios hasta la de la moral individual;

dicen que la parte mejor de nosotros sobrevive.

Y QUE SEGUN COMO HAYA OBRADO EN LA TIERRA,

ASÍ SERÁ SU SUERTE EN LA OTRA VIDA…

 Fin pues del hombre, es la conquista de la Paz en la otra vida;

NO las comilonas, la usura, el abuso de la fuerza, el placer aquí por poco tiempo;

para pagarlos eternamente con muy duros tormentos.

Pues bien, el hombre no sabe, no recuerda o no quiere recordar esta verdad.

Si no la sabe, es menos culpable.

Si no la recuerda, es bastante culpable, porque hay que tener encendida la Verdad,

cual antorcha santa, en las mentes y en los corazones;

pero si no la quiere recordar y cuando resplandece…

Cierra los ojos para no verla, aborreciéndola como a la voz de un orador pedante;

entonces su culpa es grave, muy grave.

21. El hijo le dijo: “Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo.”

Y no obstante, Dios perdona esta culpa, si el alma repudia su comportamiento malo…

Y se propone perseguir durante el resto de la vida, el fin verdadero del hombre;

que es conquistarse la paz eterna en el Reino del Dios Verdadero.

¿Habéis seguido hasta ahora un camino malo?

¿Abatidos, pensáis que es tarde para tomar el camino recto?

¿Desconsolados, decís: “¡No sabía nada de esto!

¿Ahora me veo ignorante e inhábil”?

NO.

No penséis que es como con las cosas materiales.

Y que hace falta mucho tiempo y fatiga para rehacer de nuevo, con santidad, lo ya hecho.

La Bondad del Eterno, verdadero Señor Dios, es tal que, ciertamente;

no os hace recorrer hacia atrás la vida vivida para colocaros de nuevo en la bifurcación

21. El hijo le dijo: “Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo.”

en que vosotros errando, dejarais el recto sendero, para seguir el malo;

SU BONDAD es tanta que, desde el momento en que decís:

“Quiero ser de la Verdad”,

O sea, de Dios, porque Dios es Verdad,

Dios, por un milagro enteramente espiritual, infunde en vosotros la Sabiduría,

siendo así que ya no sois ignorantes sino poseedores de la ciencia sobrenatural,

igual que los que desde años antes la poseen.

Sabiduría es desear tener a Dios, amar a Dios, cultivar el Espíritu,

tender al Reino de Dios repudiando TODO lo que es carne, mundo y Satanás.

Sabiduría es obedecer a la Ley de Dios;

que es ley de caridad, de obediencia, de continencia, de honestidad.

Sabiduría es amar a Dios con todo el propio ser,

Señor, enciende mi corazón en el FUEGO de tu AMOR ARDIENTE y ayúdame a AMAR como Tú Quieres que lo haga…

amar al prójimo como a nosotros mismos.

Estos son los dos elementos indispensables para ser sabios con la Sabiduría de Dios.

Y en el prójimo están incluidos no sólo los que tienen nuestra misma sangre, raza o religión,

sino TODOS los hombres:

ricos, pobres, sabios, ignorantes, hebreos, prosélitos, fenicios, griegos, romanos…

Jesús se ve interrumpido por un grito amenazador de algunos exaltados.

Los mira y dice:

–          Sí.

Esto es el amor.

Yo no soy un maestro servil.

Digo la Verdad porque debo hacerlo…

Así para sembrar en vosotros lo necesario para la Vida Eterna.

OS GUSTE O NO, tengo que decíroslo, para cumplir mi deber de Redentor;

os toca a vosotros cumplir con el vuestro, de personas necesitadas de Redención.

Amar al prójimo, pues. TODO EL PRÓJIMO. 

Con un amor santo.

No amarlo con deshonesto concubinato de intereses, de forma que es “anatema

el romano, fenicio, prosélito o viceversa…,

Mientras no hay de por medio sensualidad o dinero.

Y luego, si surgen en vosotros el deseo carnal o de la ganancia, ya no es “anatema”…

Se oye otra vez el rumor de la gente.

Los romanos, por su parte, en su sitio en el atrio,

exclaman:

–          « ¡Por Júpiter!

–         ¡Habla bien éste!».

Jesús deja que se calme el rumor…

Y prosigue:

–           -Amar al prójimo como querríamos ser amados nosotros.

Porque no nos agrada ser maltratados, vejados, que nos roben o subyugue…,

Ni ser calumniados o que nos traten groseramente.

La misma susceptibilidad, nacional o individual, tienen los demás.

No nos hagamos, pues, recíprocamente, el mal que no quisiéramos recibir nosotros.

Sabiduría es prestar obediencia a los Diez Preceptos de Dios:

“Yo soy el Señor tu Dios. No tengas otro Dios aparte de Mí.

No tengas ídolos, no les rindas culto.

EL PRIMER MANDAMIENTO DE LA LEY DE DIOS

No tomes el Nombre de Dios en vano.

Es el Nombre del Señor tu Dios.

Y Dios castigará a quien lo use sin razón, por imprecación o para convalidar un pecado.

Acuérdate de santificar las fiestas.

El Sábado está consagrado al Señor, que descansó en Sábado de la Creación…

Y le ha bendecido y santificado.

Honra a tu padre y a tu madre, para que vivas en paz largamente sobre la tierra…

Y eternamente en el Cielo.

No matarás.

No cometerás adulterio.

La desgracia del ADULTERIO…

No robarás.

No hablarás con falsedad contra tu prójimo.

No desearás la casa, la mujer, el siervo, la sierva, el buey, el asno;

ni nada que pertenezca a tu prójimo”.

Ésta es la Sabiduría.

Quien esto hace es sabio y conquista la Vida y el Reino que no tienen fin.

Desde hoy, pues, proponeos vivir según la Sabiduría;

anteponiéndola a las pobres cosas de la tierra.

¿Qué decís? Hablad.

¿Decís que es tarde?

No. Escuchad una parábola.

Un amo de una viña, al amanecer de un día, salió para contratar obreros para su viña.

Y ajustó con ellos un denario al día.

Salió de nuevo a la hora tercera.

Y, pensando que eran pocos los jornaleros contratados;

viendo en la plaza a otros desocupados en espera de que los contratara, los tomó y dijo:

“Id a mi viña, que os daré lo que he prometido a los otros”.

Y éstos fueron.

Habiendo salido a la hora sexta y a la hora nona, vio todavía a otros y les dijo:

“¿Queréis trabajar para Mí? Doy un denario al día a mis jornaleros”.

Aceptaron y fueron.

Salió, en fin, a la hora undécima.

Vio a otros que, ya declinando el sol, estaban inactivos:

“¿Qué hacéis aquí, tan ociosos?

^No os da vergüenza estar sin hacer nada todo el día?”, les preguntó.

“Nadie nos ha contratado.

Hubiéramos querido trabajar y ganarnos el pan.

Pero nadie nos ha llamado a su viña”.

“Bien, pues yo os llamo a mi viña. Id y recibiréis el salario de los demás”.

Eso dijo porque era un buen patrón y sentía piedad del abatimiento de su prójimo.

Llegada la noche, terminados los trabajos, el hombre llamó a su administrador,

y dijo:

“Llama a los jornaleros y paga su salario, según lo que he fijado,

empezando por los últimos, que son los más necesitados;

porque no han tenido durante el día el alimento que los otros una o varias veces han tenido,

Y además, son los que, agradeciendo mi piedad, más han trabajado;

los he observado;

licéncialos, que vayan a su merecido descanso y gocen con su familia,

de los frutos de su trabajo”.

Y el administrador hizo como el patrón le ordenaba.

Y dio a cada uno un denario.

Habiendo llegado al final aquellos que llevaban trabajando desde la primera hora del día,

se asombraron al recibir también sólo un denario.

Y manifestaron sus quejas entre sí y ante el administrador, el cual dijo:

“He recibido esta orden.

Id a quejaros al patrón, no vengáis a quejaros a mí”.

Y fueron y dijeron: “¡No eres justo!

Hemos trabajado doce horas, primero en medio del aguazo, luego bajo el sol de fuego,

y luego otra vez con la humedad del anochecer.

Y tú nos has dado lo mismo que a esos haraganes que han trabajado sólo una hora!…

¿Por qué?”.

Y especialmente uno de ellos levantaba la voz juzgándose traicionado

y explotado indignamente.

Y el amo de la Viña preguntó: 

“Amigo, ¿Y en qué te he perjudicado?

¿Qué he pactado contigo al alba?

Una jornada de continuo trabajo y, como salario, un denario. ¿No es verdad?”.

“Sí. Es verdad.

Pero tú has dado lo mismo a ésos, por mucho menos trabajo…”.

“¿Has aceptado este salario, porque te parecía bueno?”

“Sí. He aceptado porque los otros daban incluso menos”.

“¿Te he maltratado aquí?”

“No, en conciencia no”.

“Te he concedido reposo a lo largo de la jornada y comida…

¿No es verdad?

Te he dado tres comidas.

Y la comida y el descanso no habían sido pactados. ¿No es verdad?”.

“Sí, no estaban acordados.”

“Entonces, ¿Por qué los has aceptado?”

“Hombre, pues…

Tú dijiste: `Prefiero así, para evitar que os canséis volviendo a vuestras casas’.

No dábamos crédito a nuestros oídos…

Tu comida era buena, era un ahorro, era…”.

“Era una gracia que os daba gratuitamente y que ninguno podía pretender.

¿No es verdad?”.

“Es verdad.”

“Por tanto, os he favorecido.

¿Por qué os quejáis entonces?

Debería quejarme yo de vosotros;

que, habiendo comprendido que tratabais con un patrón bueno

trabajabais perezosamente, mientras que éstos, que han llegado después de vosotros,

habiendo gozado del beneficio de una sola comida –

y los últimos de ninguna, han trabajado con más ahínco, haciendo en menos tiempo

el mismo trabajo que habéis hecho vosotros en doce horas.

Os habría traicionado si os hubiera reducido a la mitad el salario,

para pagar también a éstos.

No así.

Por tanto, coge lo tuyo y vete.

¿Pretendes venir a imponerme en mi casa lo que a ti te parece?

Hago lo que quiero y lo que es justo.

No quieras ser malo y tentarme a la injusticia.

Yo soy bueno”.

¡Oh, vosotros todos, que me escucháis!

En verdad os digo que el Padre Dios propone a todos los hombres el mismo pacto.

Y les promete la misma retribución.

Al que con diligencia se pone a servir al Señor, Él lo tratará con justicia;

aunque fuere poco su trabajo debido a la muerte cercana.

En verdad os digo que no siempre los primeros serán los primeros en el Reino de los Cielos.

Y que allí veremos a últimos ser primeros y a primeros ser últimos.

Allí veremos a hombres no pertenecientes a Israel, más santos que muchos de Israel.

He venido a llamar A TODOS, en nombre de Dios.

Pero, si muchos son los llamados, pocos son los elegidos;

porque pocos desean la Sabiduría.

No es sabio el que vive del mundo y de la carne y no de Dios.

No es sabio ni para la tierra ni para el Cielo:

en la tierra se crea enemigos, castigos, remordimientos…

Y pierde el Cielo para siempre.

Repito: sed buenos con el prójimo, quienquiera que sea.

Sed obedientes, dejando a Dios la tarea de castigar a quien manda injustamente.

Sed continentes sabiendo resistir a la sensualidad;

honrados, sabiendo resistir al oro; coherentes, calificando de anatema,

a aquello que se lo merece.

Y no cuando os parece.

Y luego estrecháis contactos con el objeto que antes habíais maldecido como idea.

No hagáis a los demás lo que no querríais para vosotros.

Y entonces…

Los vendedores frustrados, irrumpen en el patio,

gritando:  

–         ¡Vete, profeta molesto!

–         ¡Nos has fastidiado el mercado!… –

          ¡Nos has arrebatado los clientes!… 

Y los que habían hecho alboroto en el patio cuando Jesús había empezado a enseñar

no todos fenicios:

también hay hebreos, que están en esta ciudad por intereses personales…

Y se unen a los vendedores para insultar amenazando y sobre todo,

para obligar a Jesús a abandonar el lugar;

porque no les gusta lo que aconseja en orden al mal. 

Jesús cruza los brazos y los mira, triste, solemne.

La gente, dividida en dos partidos, se enzarza, defendiendo u ofendiendo al Nazareno.

Lanzando Improperios, alabanzas, maldiciones, bendiciones;

gritos de: 

–        «Tienen razón los fariseos.

–        Eres un vendido a Roma, amigo de publicanos y meretrices. 

–       « ¡Callad, lenguas blasfemas!

–         ¡Vosotros sois los vendidos a Roma, fenicios del infierno!.

–        , «¡Sois diablos!»

–        «¡Que os trague el infierno!»,

–       «¡Fuera! ¡Fuera!»,

–         ¡Fuera vosotros, ladrones que venís a mercadear aquí, usureros!» etcétera, etcétera.

Intervienen los soldados,

diciendo:

–         « ¡De amotinador nada!

–         ¡Es Él la víctima!».

Y con las lanzas echan fuera del patio a todos y cierran el portón.

Se quedan con Jesús los tres hermanos prosélitos y los seis apóstoles.

El Triano se acerca a los tres hermanos,

y pregunta: 

–         ¿Pero cómo se os ha ocurrido hacerle hablar?

Elías responde:

–         ¡Muchos hablan! 

–        Sí.

Y no pasa nada porque enseñan lo que gusta al hombre.

Pero este no enseña eso.

Y es indigesto…

El viejo soldado mira atentamente a Jesús…

Que ha bajado de su sitio y está callado, como abstraído.

Afuera, la gente sigue enzarzada en la discusión….

Tanto que, del recinto militar salen otros soldados y con ellos el propio centurión.

Instan para que les abran, mientras otros se quedan a rechazar tanto a quien grita:

–       « ¡Viva el Rey de Israel!», como a quien lo maldice.

El centurión, inquieto, da unos pasos adelante.

Arremete coléricamente contra el viejo Aquila:

–         ¡Así tutelas a Roma tú?

¡Dejando aclamar a un rey extranjero en la tierra dominada?

El viejo saluda con reciedumbre y responde:

–         Enseñaba respeto y obediencia.

Y hablaba de un reino que no es de esta tierra.

Por eso lo odian.

Porque es bueno y respetuoso.

No he hallado motivo para imponer silencio a quien no iba contra nuestra ley.

El centurión se calma,

y barbota:

–         Entonces es una nueva sedición de esta fétida gentuza…

Bien.

Dadle a este hombre la orden de marcharse inmediatamente.

No quiero problemas aquí.

Cumplid esto y, en cuanto esté libre el trayecto, escoltadlo hasta fuera de la ciudad.

Que vaya a donde quiera.

A los infiernos, si quiere.

Pero que se vaya de mi jurisdicción. ¿Entendido?

El centurión saluda y responde: 

–          Sí.

Lo haremos.

El centurión da media vuelta;

con grandes resplandores de coraza y ondeos de manto purpurino.

Y se marcha sin siquiera mirar a Jesús.

Los tres hermanos dicen a Jesús:

–          Lamentamos…

Jesús replica con mansedumbre: 

–          No tenéis la culpa vosotros.

No temáis.

No os ocasionará ningún mal,

Yo os lo digo…

Los tres cambian de color…

Felipe dice:

–          ¿Cómo es que sabes que tenemos este temor?

Jesús sonríe dulcemente, es como un rayo de sol en su rostro triste…

–          Conozco lo que hay en los corazones y en el futuro.

Los soldados se han puesto al sol, a esperar.

Y no pierden ojo, más o menos solapadamente, mientras hacen comentarios…

Escipión y los soldados,

comentan:

–            ¿Podrán querernos a nosotros, si odian incluso a ése, que no los subyuga?

–           Y que hace milagros, debes decir…

–          ¡Por Hércules!

–         ¿Quién de nosotros ha sido el que ha venido avisar,

de que estaba el sospechoso y había que vigilarlo?

–          ¡Ha sido Cayo! H

–         ¡El cumplidor!

–        Ya hemos perdido el rancho y perder el beso de una muchacha!…

–        ¡Ah, sí!

–        ¡Epicúreo!

–       ¿Dónde está la bella?

–       ¡Está claro que a ti no te lo digo, amigo!

–         Detrás del alfarero, en los Cimientos.

–        Lo sé, unas noches…

El triario, como paseando, va hacia Jesús.

Se mueve alrededor de Él, mirándolo insistentemente.

No sabe qué decir…

Jesús le sonríe para infundirle ánimo.

El hombre no sabe qué hacer…

Pero se acerca más.

Jesús, señalando las cicatrices,

dice:

–          ¿Son todas heridas?

Se ve que eres un hombre valeroso y fiel…

El viejo soldado se pone como la púrpura por el elogio.

–         Has sufrido mucho por amor a tu patria y a tu emperador…

¿No querrías sufrir algo, por una patria más grande: el Cielo?;

¿Por un eterno emperador: Dios?

El soldado mueve la cabeza,

y dice:

–         Soy un pobre pagano.

De todas formas, quién sabe si no llegaré también yo a la hora undécima.

Pero, ¿Quién me instruye? ¡Ya ves!…

Te echan.

¡Éstas heridas sí que hacen daño, no las mías!…

Al menos yo se las he devuelto a los enemigos.

Pero Tú, a quién te hiere, ¿Qué le das?

–          Perdón, soldado.

Perdón y amor.

–         Tengo razón yo.

La sospecha sobre Ti es estúpida.

Adiós, galileo.

–          Adiós, romano.

Jesús se queda solo, hasta que vuelven los tres hermanos y los discípulos, con comida.

Los hermanos ofrecen a los soldados; los discípulos, a Jesús.

Éstos comen, inapetentes, al sol;

mientras los soldados comen y beben alegremente.

Luego un soldado sale a dar una ojeada a la plaza silenciosa. 

Y grita: 

–          Podemos ponernos en marcha.

Se han ido todos. Sólo están las patrullas.

Jesús se pone en pie dócilmente.

Bendice y conforta a los tres hermanos.

Y les da una cita para la Pascua en el Getsemaní.

Luego sale, encuadrado entre los soldados.

Le siguen sus discípulos, apesadumbrados.

Y recorren las calles vacías, hasta la campiña.

El Triario lo saluda: 

–         Salve, galileo

Jesús responde:

–       Adiós, Aquila.

Te ruego que no hagáis ningún mal a Daniel, Elías y Felipe.

Sólo Yo soy el culpable.

Díselo al centurión.

–        No digo nada.

A estas horas ya ni se acuerda de esto.

Y los tres hermanos nos proveen bien;

especialmente de ese vino de Chipre que el centurión prefiere a la propia vida.

Quédate tranquilo.

Adiós.

Se separan.

Los soldados franquean, de regreso, las puertas.

Mientras Jesús y los suyos se encaminan por la campiña silenciosa, en dirección este.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

https://paypal.me/cronicadeunatraicion?locale.x=es_XC

19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

341 LA FURIA DE POSEIDÓN


341 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

El Mediterráneo es una planicie borrascosa de aguas verde-azules que se embisten entre sí

formando altísimas olas con una hermosa cresta de espuma.

Hoy no hay niebla de calina, no.

Pero el agua marina, pulverizada por los continuos embates de unas olas contra otras,

se transforma en líquidas partículas saladas que abrasan, que traspasan incluso los vestidos,

enrojeciendo los ojos, quemando las gargantas, formando una opaca niebla sutil;

que se esparce como un velo de polvos de tocador salinos, por todas partes;

tanto en el aire, como encima de las cosas,

que parecen asperjadas con una harina brillante:

Y son los diminutos cristales salinos.

Esto no sucede en los lugares a donde llegan los embates de las olas

o sus vigorosas mojaduras,

que lavan el puente de un lado al otro y se precipitan hacia dentro,

saltando por encima de una parte de la obra muerta,

para volver a caer al mar, con estrépito de cascada, por los vanos de la parte opuesta.

Y la nave se alza y se hunde…

Como pajuela a merced del océano, reducida a una nada respecto a éste,

Que cruje y se queja desde las sentinas, hasta lo más alto de los mástiles…

El mar es realmente el amo y la nave su juguete…

El navío sube y baja, balanceándose a merced del oleaje marítimo;

desde su base en el fondo hasta la punta de sus mástiles,

cruje la madera golpeada por este mar embravecido.

A excepción de los que tienen que gobernar la nave, no hay nadie en el puente de mando.

Las escotillas atrancadas no permiten ver lo que pasa bajo la cubierta.

Pero indudablemente la mayoría de los navegantes están rezando a sus dioses favoritos,

para escapar de la cólera de la Naturaleza desatada con todo su furor.

El rugido del viento y los golpes de las olas,

de un mar que se manifiesta poderoso e implacable…

Ya no hay neblina, ni obscuridad.

Las poderosas olas se levantan y se estrellan sobre el puente de la nave,

pasando de un lugar al otro;

rompiéndose en una cascada, que moja todo lo que toca.

Aparte de los que están maniobrando, no hay ya nadie en el puente.

Ni ninguna mercancía.

Sólo los botes de salvamento.

Los hombres de la tripulación (el primero de todos el cretense Nicómedes),completamente desnudos, bamboleándose como se bambolea la nave,

corren de un lado para el otro;

para protegerse o para hacer maniobras, que son extremadamente difíciles;

porque el puente está continuamente inundado y resbaladizo.

Las escotillas atrancadas, no permiten ver lo que sucede bajo cubierta.

Pero, ciertamente ahí dentro, tampoco están muy tranquilos…

Y como prueba de esto…

Pedro saca la cabeza enmarañada por el viento que lo golpea sin piedad,

mirando con atención, evaluándolo todo…

Y vuelve a cerrar, justo antes de que un torrente de agua se le eche encima.

por la escotilla entreabierta.

Pero luego, en un momento de ausencia de ola, vuelve a abrir y sale afuera.

Cierra rápido y logra saltar antes de que la siguiente ola lo atrape.

Se agarra de donde puede y contempla este mar, que es literalmente un fragoroso infierno…

donde ruge el viento, el agua y la madera golpeada por las olas.

Se agarra a los soportes y observa ese infierno desatado  en que se ha convertido el mar;

Por todo comentario, se limita a silbar.

Y masculla algunas palabras.

Llega otra ola gigantesca…

Con una tremenda fragorosa avalancha…

Precipitándose poderosa, sobre la envergadura…

rompiendo un trozo de mástil…

Y al caer, arrastrado ahora por un aluvión de agua que irrumpe en el puente,

junto con un tremendo torbellino de viento, abatiendo un trozo del casco.

Los que están debajo deben tener la sensación de estar naufragando..

Pedro sigue avanzando sobre cubierta, con mucha dificultad…

Nicómedes está desnudo en la cubierta, girando órdenes a diestra y siniestra.

Y cuando lo ve, le grita:

–      ¡Fuera! ¡Fuera!

¡Largo de aquí!

¡Largo! Cierra esa portezuela.

Si la nave se llena de agua nos iremos a pique, hasta el fondo.

Agradece que todavía no ha echado la carga al mar…

No puede seguir, porque otra ola barre el puente, cubriendo a los que están en él.

–         ¿Lo ves?

Grita a Pedro, que chorrea agua por todas partes

Y agrega:

¡Jamás había visto una tempestad igual!

¡Lárgate de aquí! ¡Te lo ordeno!

No quiero hombres de tierra sobre la cubierta, en este terrible momento..

Éste no es sitio para jardineros, y…

¡Ya es mucho si no me veo obligado a deshacerme de la carga!…

¡Jamás he visto una tempestad como ésta!

¡Vete, te digo!

No quiero hombres de tierra estorbándome.

Y no sigue con su invectiva….

Porque una ola se estrella sobre el puente y cubre todo…

Amenazando con arrastrarlos también a ellos hacia el océano embravecido..

Es el segundo día de navegación, en una mañana terriblemente comprometida;

dado que el sol, que aparece y desaparece tras nimbos muy densos,

viene todavía de oriente.

Pues la nave, a pesar del zarandeo a que se ve sometida, avanza muy poco.

Y el mar parece ponerse cada vez más violento.

Nicómedes está amarrado con una cuerda en su cintura,

y grita:

–       ¿Lo has visto?

Pedro bañado como una sopa, sin mostrar ninguna emoción,

contesta:

–       Lo estoy viendo.

Pero esto no me altera.

No sólo sé vigilar jardines.

He nacido en el agua. De lago, es verdad…

¡Pero también en el lago hay tempestades!…

Antes de… cultivador fui pescador y conozco…

Pedro está tranquilísimo y sabe acompañar las oscilaciones a la perfección,

con sus piernas separadas y musculosas.

El cretense lo observa mientras se mueve para acercarse a él.

Y le pregunta:

–       ¿No tienes miedo?

–       ¡En absoluto!

¡Ni en sueños!

–       ¿Y los demás?

–        Tres de ellos son pescadores, cómo yo.

Mejor dicho, lo fueron.

Los demás a excepción del enfermo son fuertes.

–        ¿También la mujer?…

Nicómedes se interrumpe bruscamente, tras un momento de aparente quietud,

grita a Pedro:

¡Pon atención!

¡Fíjate! ¡Ten cuidado

¡Agárrate!

Una ola gigantesca se ha estrellado sobre el puente.

Pedro espera a que pase,

y dice:

–         ¡Qué bien me hubiera sabido esta bañada en los días calurosos!

¡Paciencia!…

¿Decías algo sobre la mujer? Ruega…

Y no estaría mal que también lo hicieras tú….

¿Dónde nos encontramos?

¿En el canal de Chipre?…

–       ¡Ojalá fuera así!

Me acercaría a la isla y esperaría a que se calmaran los elementos.

Apenas estamos a la altura de la colonia Julia o Berito, si lo prefieres.

Ahora viene lo peor…

Aquellas son las montañas del Líbano.

Pedro hace ritmo con sus piernas cortas y musculosas, siguiendo el movimiento del navío.

Y señalando hacia un punto determinado,

pregunta:

–           ¿No podríamos anclar en aquella población que se ve a lo lejos?

–           El puerto no es bueno, tiene bajíos y escollos.

No se puede.

¡Cuidado!…

Llega otro torrente con un tronco de árbol,

que hiere a un hombre de los que hacen maniobras…

Y no lo arrastra la marejada porque es detenido por un obstáculo…  

Sigue otra ola gigantesca…

Otro torbellino y otro pedazo de mástil que se va;

golpeando otra vez al hombre que, si no es arrastrado por las aguas,

es sólo porque la ola lo deja atascado,

contra el mismo obstáculo, que lo ha librado milagrosamente..

El cretense grita:

–        ¡Lo estás viendo!

¡Es muy peligroso estar aquí!

¡Vete abajo!

¡Lo estás viendo!

–           Lo veo.

Pero ese hombre…

–         Si no está muerto, volverá en sí.

Yo no puedo hacer nada.

No puedo atenderlo. Lo ves…

Estoy tratando de gobernar la nave, hasta que salgamos de esto…

No cabe duda que el cretense está al tanto de todo…

–       Déjamelo a mí.

Le atenderá la mujer…

–       ¡Haz lo que quieras!

¡Pero ya lárgate a tu camarote y cierra bien!

Pedro se arrastra hasta el lugar en donde está el marino herido.

Y tira de él por un pie, lo acerca a sí.

Lo ve… Silba…

Masculla:

–        Tiene la cabeza abierta como una granada madura.

Aquí haría falta el Señor…

¡Si estuviera Él!

¡Señor Jesús!

Maestro mío, ¿Por qué nos has dejado?

Un gran dolor estremece su voz…

Se carga al moribundo sobre la espalda y la túnica se le mancha de sangre.

Y se dirige hacia la portezuela del camarote…

El cretense le grita:

–         ¡Es inútil todo!

¡Míralo bien!

¡Es un hombre muerto!…

Pedro, con su carga encima, no le hace caso.

Y agarrándose fuertemente ante el embate de otra ola…

Vuelve a la escotilla.

El cretense le grita:

–        Es un esfuerzo inútil.

No hay nada que hacer.

¿No lo ves?

Pero Pedro, yendo cargado, le hace un gesto como diciendo: «no importa»

Y se arrima contra un palo para resistir una nueva ola.

Pedro dice para sí mismo:

–        Eso lo veremos.

Y abriendo la escotilla,

grita:

–       ¡Santiago! ¡Juan!

¡Venid aquí!

Los dos apóstoles acuden rápido..

Pedro cierra tras de sí la portezuela.

Y con ayuda de los apóstoles transportan al hombre herido;

hasta una mesa cercana, donde lo depositan.

A la pálida luz de las lámparas que se bambolean,

los apóstoles preguntan:

–         ¿Estás herido?

Pedro objeta:

–         Yo no.

La sangre es de éste. Rogad para que…

Y llamando a la griega,

añade:

¡Síntica! Ven, mira aquí un momento.

Una vez me dijiste que sabías curar heridos.

Mira esta cabeza…

Ven aquí y ayúdame a curarlo.

Tiene la cabeza abierta…

Síntica deja de sostener a Juan de Endor que está bastante mal y sufre mucho.

Y se acerca hasta la mesa en donde han puesto al herido.

La joven griega lo mira…

Y exclama:

–         ¡La herida es muy profunda!

Es igual a la que vi en dos esclavos.

Uno al que había golpeado el amo.

Y otro, al que lo había golpeado una enorme roca en Craparola.

Es necesaria mucha agua para lavar la herida y detener la sangre…

Pedro dice:

–        ¡Si solamente quieres agua!…

¡Hay incluso demasiada!

Ven, Santiago, con la artesa y ayúdame.

Entre los dos lo haremos pronto…

Van y vuelven, chorreando.

Y Síntica, con paños empapados en agua, lava y aplica compresas en la nuca…

Y aparece el daño infligido en el cráneo, en toda su horrorosa realidad…

Desde la sien hasta la nuca, el hueso está al descubierto.

No obstante, el hombre abre de nuevo los ojos, vagarosos y sin expresión.

Y se le oye roncar, está estertoroso.

Se apodera de él el miedo instintivo de morir.

Balbucea aterrado unas palabras en griego…

Síntica le habla en su mismo idioma, tratando de consolarlo, con su tono más maternal,

diciéndole:

–        ¡Bueno! ¡Bueno!

¡Te vas a curar! ¡Tranquilízate!

El hombre está semiinconsciente y la mira sorprendido.

Y al escuchar su lengua materna, un atisbo de sonrisa se dibuja en sus labios.

Busca la mano de Síntica y se aferra a ella.

En los umbrales de la muerte y con los embates del sufrimiento,

instintivamente el hombre es un niño, que busca la caricia maternal de la mujer,

que le ha hablado con ternura…

Cuando Síntica ve que la hemorragia se detiene,

dice con fe:

–        Voy a ungirlo con el ungüento de María.

Mateo, pálido como un muerto;

no se sabe si por el mar, el bamboleo del barco, por la sangre o por las tres cosas,

trata de objetar:

–        Pero eso es para los dolores reumáticos de Juan…

Síntica explica:

–        ¡Oh, lo hizo María con sus manos!

Se lo aplicaré rogando a Jesús…

Rogad también vosotros.

El Padre Celestial nos escuchará… Y

no le puede hacer ningún mal.

El aceite es medicina…

Mateo encoge los hombros y Síntica va hacia la alforja de Pedro.

Saca un recipiente que parece de bronce.

Lo abre y toma un poco de ungüento.

Lo calienta entre sus manos y lo vierte sobre un trozo de lino doblado,

que pone sobre la cabeza del herido, con un vendaje apretado.

Y lo recuesta sobre su manto doblado como si fuera una almohada.

Luego se sienta junto a él, orando mientras el herido parece adormecerse.

Arriba se sigue abatiendo la furia de los elementos sobre la nave;

que se hunde y se empina sin tregua.

Pasado un rato, se abre el portillo y entra presuroso un marinero.

Pedro pregunta:

–        ¿Qué pasa?

–        Que estamos en peligro.

Vengo por los inciensos y las oblaciones para hacer un sacrificio…

–        ¡Déjate de esas cosas!

–        ¡Nicomedes quiere sacrificar a Venus!

Estamos en su mar…

–        Que está desenfrenado, como ella. – barbota en voz baja Pedro,

Luego agrega con voz más fuerte:

–        «Venid vosotros.

Vamos al puente.

Quizás tengamos que intervenir…

Y mirando a Síntica,

le pregunta:

–        ¿Tienes miedo de quedarte con el herido y con estos dos?

Los dos, son Mateo y Juan de Endor que están hechos unos guiñapos

y absolutamente mareados…

Y Síntica responde:

–       ¡No!

No. Id si os parece…

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

https://paypal.me/cronicadeunatraicion?locale.x=es_XC

19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

322 REGRESO A CASA


322 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Una noche oscura de Diciembre.

Fría, ventosa.

Aparte de las hojas arrancadas de aquellos árboles que todavía las tienen

y que hacen murmullos confusos con los silbidos del viento;

no se siente ruido alguno por las calles de Nazareth, oscuras como las de una ciudad muerta.

A través de las casas trancadas no se filtran ni luz ni ruidos.

Es verdaderamente una noche de lobos…

Y, no obstante, por las calles desiertas de Nazareth, se mueve el Cordero de Dios,

en dirección a su casa.

Alta sombra oscura con su vestido oscuro,

casi se pierde en la tiniebla de esta noche sin estrellas.

Y su paso es sólo un leve crujido cuando su pie apoya sobre un conjunto de hojas que el viento,

tras haberlas remolineado en el aire, ha depositado en el suelo;

para, inmediatamente, volver a tomarlas y llevarlas a otro sitio.

Llega a la casa de María Cleofás.

Un momento duda si entrar en el huerto y llamar a la puerta de la cocina o si seguir…

Pero luego sigue, sin detenerse.

Ya está en la callecita de su casa.

Ya se ve el atormentado ondear de los olivos,

en el promontorio contra el que está construida la casa:

un ondear negro en el cielo negro.

Acelera el paso.

Llega a la puerta.

Escucha atentamente.

¡Tan fácil es oír lo que sucede en esa casa tan pequeña!

Basta arrimarse a las jambas para tener sólo los pocos centímetros de la madera de la puerta

entre quien escucha y quien habla…

Y no obstante, no oye ninguna voz.

–        Es tarde – suspira.

Esperaré a que amanezca para llamar.

Pero mientras está para irse, llega hasta Él el rítmico sonido del telar.

Sonríe.

Dice: -Está levantada. Teje. Sin duda es Ella…

Es la cadencia de Mamá.

Sonríe porque la sonrisa se oye en su voz antes triste, ahora alegre.

Llama.

El sonido cesa un momento;

luego, el ruido de una silla echada para atrás.

Seguida por la voz argentina que pregunta:

–        ¿Quién llama?

–        ¡Yo, Mamá!

–        ¡Hijo mío!

Un dulce grito de alegría (grito, aunque mantenido en tono bajo).

Se oye el rumor confuso de las manos en los cerrojos…

Se oye descorrerlos…

Y la puerta se abre, poniendo un recorte de oro en el color negro de la noche.

María cae en los brazos de Jesús, allí mismo, en el umbral de la puerta…

Como si no pudieran retrasar un minuto: Él, recibirla;

Ella, abandonarse en ese Corazón.

–        ¡Hijo!

¡Hijo! ¡Hijo mío!

Besos, las dulces palabras «Mamá – Hijo»... Luego entran y la puerta se cierra de nuevo, despacio.

María, en voz baja,

explica:

–        Están todos durmiendo.

Yo velaba…

Desde que han vuelto Santiago y Judas.

Y han dicho que Tú venías detrás, te he esperado siempre hasta tarde.

¿Tienes frío, Jesús?

Sí. Estás de hielo. Ven.

He mantenido encendida la lumbre.

Voy a echar un haz de ramas.

Así te calentarás.

Y lo lleva de la mano como si siguiera siendo el pequeño Jesús…

La llama resplandece alegre y crepitante en la lumbre avivada.

María mira a Jesús, que extiende las manos hacia la llama para calentárselas.

–        ¡Qué pálido estás!

No estabas así cuando nos separamos…

Cada vez estás más delgado y pálido, Hijo mío.

Tiempo atrás eras de leche y rosas;

ahora pareces hecho de marfil añoso.

¿Qué otras cosas te han sucedido, Hijo mío?

¿Otra vez los fariseos?

–        Sí…

Y más cosas.

Pero ahora me siento feliz,

aquí contigo; muy pronto estaré perfectamente.

¡Este año se celebran aquí las Encenias, Mamá!

Cumplo la edad perfecta aquí a tu lado.

¿Te sientes contenta?

–        Sí.

Pero la edad perfecta para ti, corazón mío, está todavía lejana…

Eres joven, y para mí sigues siendo mi Niño.

Mira, ya está caliente la leche.

¿Quieres beberla aquí o allí en la otra habitación?

–        Allí, Mamá.

Ahora tengo calor.

Me la bebo mientras cubres tu telar.

–        Vuelven a la pequeña habitación.

Jesús se sienta en el arquibanco, junto a la mesa, y se bebe la leche.

María lo mira y sonríe.

Sonríe más todavía cuando toca el talego de Jesús y lo pone encima de una repisa.

Sonríe tanto, que Jesús pregunta:

–        ¿En qué piensas?

–        Estoy pensando en que has llegado precisamente,

en el aniversario de nuestra partida para Belén.

También entonces había talegos, arquetas abiertas y llenas de ropa;

especialmente de ropa pequeña…

Para un Pequeñuelo que podía nacer…

Decía a José, que debía nacer – me decía a mí misma -, en Belén de Judá…

Los tenía escondidos en el fondo, porque José tenía miedo de esto…

No sabía todavía que el nacimiento del Hijo de Dios no estaría sujeto, ni para Él mismo

ni para su Mamá, a las comunes miserias de dar a luz y de nacer.

No sabía…

Y tenía miedo de estar lejos de Nazareth conmigo en ese estado.

Estaba segura de que iba a ser Puérpera allí…

Exultabas demasiado en mí, por la alegría de haber llegado a tu Natalicio.

Y por tanto, al Natalicio de la Redención, como para que pudiera equivocarme.

Los ángeles remolineaban en torno a la Mujer que te llevaba a ti, mi Dios…

Ya no era el sublime Arcángel, ni el dulcísimo Ángel custodio mío, como meses antes.

En ese momento era un sinfín de coros de ángeles, que, como saetas, venían del Cielo de Dios

a mi pequeño Cielo: mi seno, donde estabas Tú…

Los oía cantar y hablarse con sus palabras de luz…

Palabras ansiosas de verte a ti, Encarnado Dios…

Los oía en esas fugas suyas de amor, fugas del Paraíso para venir a adorarte,

Amor del Padre, escondido en mi seno.

Y yo trataba de aprender sus palabras… sus cantos… sus ardores…

Pero una criatura humana no puede ni decir ni tener cosas de Cielo…

Jesús la escucha, sentado.

Ella está de pie, junto a la mesa.

El, muy feliz; ella, soñando…

Una mano relajada sobre la oscura madera;

la otra, apoyada contra el corazón…

Jesús cubre su mano blanca y delicada con la suya, larga y más oscura;

y aprieta en su puño esa mano santa…

Y cuando ella calla, casi deplorando el no haber podido aprender de los ángeles palabras,

cantos y ardores,

Jesús dice:

–        ¡Todas las palabras de los ángeles, todos sus cantos, todos sus ardores,

no me habrían hecho feliz en la tierra, si no hubiera gozado de los tuyos, Mamá mía!

Tú me dijiste y me diste aquello que ellos no pudieron darme.

De ti, ellos aprendieron, no tú de ellos…

Ven aquí, Mamá, a mi lado; sígueme contando cosas…

No de entonces, sino de ahora.

¿Qué estabas haciendo?

–        Estaba trabajando…

–        Lo sé.

Pero, ¿Qué era?

De seguro que te estabas fatigando por mí.

Déjame ver…

María se pone más colorada que la tela que está sobre el telar y que está siendo observada

por Jesús, que se ha levantado.

–        ¿Púrpura?

¿Quién te la ha dado?

–        Judas de Keriot.

La consiguió de los pescadores de Sidón, creo.

Quiere que te haga una túnica regia…

Te voy a hacer la túnica, pero Tú no necesitas la púrpura para ser rey.

«Judas es más tozudo que un mulo»

Es el único comentario respecto a la púrpura regalada…

Luego se vuelve a su Madre:

–        ¿Y se hace una túnica entera con eso que te ha dado?

–        ¡No Hijo!

Podrá servir para las orlas de la túnica y del manto.

Más no…

–        Bien.

Entiendo por qué tejes franjas estrechas.

Entonces…

Mamá, me parece muy bien esta idea.

Consérvame aparte estas franjas;

un día te diré que las uses para un bonito vestido.

Pero todavía hay tiempo.

No te mates a trabajar.

–        Trabajo cuando estoy en Nazareth…

–        Es verdad…

¿Y los otros qué han hecho en este tiempo?

–        Se han instruido.

–        Es decir, los has instruido.

¿Qué te parecen?

–        ¡Oh, son tres personas buenas!

Aparte de Ti, nunca he tenido alumnos más dulces y atentos.

He tratado también de dar un poco de fuerzas a Juan.

Está muy enfermo. No vivirá mucho…

–        Lo sé.

Pero para él es un bien.

Por lo demás, él mismo lo desea.

Ha comprendido espontáneamente el valor del sufrimiento y de la muerte.

¿Y Síntica?

–        Es una pena mandarla lejos.

Vale por cien discípulos por santidad y por capacidad de entender lo sobrenatural.

–        Comprendo.

Pero tengo que hacerlo.

–        Lo que haces está siempre bien hecho, Hijo.

–        ¿Y el niño?

–        También aprende.

Pero estos días está muy triste…

Se acuerda de la desgracia de la que ahora se cumple un año…

¡Oh, no ha habido mucha alegría aquí!…

Juan y Síntica están afligidos pensando en la partida de aquí;

el niño llora pensando en su mamá muerta…

–        ¿Y tú?

–        Yo… ya sabes, Hijo.

No hay sol cuando estás lejos de mí.

No lo habría ni aunque el mundo te amara;

pero, al menos, habría cielo sereno…

Sin embargo…

–        Hay llanto.

¡Pobre Mamá!…

¿No te han hecho preguntas acerca de Juan y Síntica?

–        ¿Quién crees que iba a hacerlas?

María de Alfeo sabe, pero guarda silencio. 

Alfeo de Sara ha visto ya a Juan, pero no se siente curioso.

Lo llama “el discípulo”.

–        ¿Y los demás?

–        Menos María y Alfeo, ninguno viene a esta casa.

Alguna mujer, para algún trabajo o consejo.

Pero los hombres de Nazareth ya no atraviesan mi puerta.

–        ¿Ni siquiera José y Simón?

-.         ..No…

Simón me manda aceite, harina, aceitunas, leña, huevos…

Como para subsanar el hecho de no comprenderte,

Como para hablar a través de estos presentes.

Pero se los da a María, su madre,

y aquí no viene.

Pero es que además viniera quien viniere solamente me vería a mí,

porque Síntica y Juan se retiran cuando llama alguna persona…

–        Una vida muy triste.

–        Sí.

Y el niño sufre un poco por ello;

tanto es así que ahora María de Alfeo se lo lleva consigo cuando me hace las compras.

Pero ahora ya no estaremos tristes, mi Jesús:

¡Estás Tú!

–        Estoy Yo…

Ahora vamos a dormir.

Bendíceme, Mamá, como cuando era niño.

–       Bendíceme, Hijo.

Soy tu discípula.

Se besan…

Encienden una nueva lamparita y salen para ir a descansar.

274 MARTIRIO DE JUAN BAUTISTA


274 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús recupera la Majestad Divina que le es habitual. 

Y tan solo le queda una profunda tristeza, dulcificada con paz.

Con voz serena dice:

–       Venid.

Me lo contaréis.

De hoy en adelante me pertenecéis. 

Y los conduce a la habitación.

Cierra la puerta, corre las cortinas -no del todo- para suavizar la luz,

para crear un ambiente de recogimiento en torno al dolor

y la belleza de la muerte del Bautista,

para separar esta perfección de vida y el mundo corrompido.

Se sienta junto a ellos y ordena:

–      Hablad.

Mannaém sigue petrificado. 

Está con el grupo, pero no dice una palabra.

Matías expone:

–       Lo sucedido no se podía prever.

Fue la noche de la fiesta.

Tan sólo dos horas antes, Herodes había solicitado consejo de Juan.

se despidió de él muy afectuoso y con benignidad…

Poco antes de que se produjera… el crimen.

Ya no sabemos como calificarlo: 

La ejecución, el homicidio, el martirio, el delito, la glorificación,

Había mandado a un siervo suyo con frutas gélidas y vinos exquisitos para el prisionero.

Juan nos distribuyó estas viandas…

Jamás prescindió de su austeridad.

Éramos los únicos presentes.

Gracias a Mannaém, trabajábamos en el palacio,

para que pudiésemos estar al pendiente de nuestro Juan.

En la cocina estábamos Juan y yo.

Simeón tenía a su cuidado a los criados de las caballerizas,

para atender las cabalgaduras de los huéspedes.

Esta concesión nos permitía ver siempre a nuestro Juan…

El palacio estaba  lleno de gente importante:

jefes militares, personalidades de Galilea.

Herodías se había encerrado en sus habitaciones

después de una violenta escena que había tenido con Herodes, por la mañana…

Mannaém interrumpe:

–        Pero, ¿Cuándo llegó esa hiena?

Simeón contesta:

–       Dos días antes.

Nadie la esperaba.

Dijo al monarca que no podía vivir lejos de él y menos estar ausente en el día de su fiesta.

Serpiente y bruja.

Como siempre, había hecho de él un juguete…

Lo tiene convertido en un pelmazo.

Pero Herodes, ya desde la mañana, aunque ebrio de vino y de lujuria;

se opuso a conceder a la mujer lo que pedía a grandes gritos…

Y nadie imaginaba que fuese la vida de Juan.

Juan agrega:

–        Estuvo en sus habitaciones enojadísima.

 Desdeñosa, no aceptó los manjares que Herodes le envió en una vajilla preciosa.

Tan solo se quedó con una fuente con frutas y a cambio;

recompensó el presente con un ánfora de vino drogado para Herodes…

¡Con drogas!… ¡Ah!

¡Ya su naturaleza ebria y viciosa, bastaba para arrojarlo al delito! 

Matías agrega: 

–       Por los que servían a las mesas, supimos,

que a la mitad de la danza de las mujeres y mimos de la Corte.

en la sala del banquete irrumpió Salomé, bailando.

Los mimos y las bailarinas ante la joven real, se retiraron hacia las paredes.

Nos dijeron que la danza fue bella, lúbrica y perfecta.

Digna de los huéspedes…

Herodes… ¡Oh!

¡Tal vez un nuevo placer de incesto, fermenta en su corazón!

Pues al final de la danza, con satisfacción,

dijo a Salomé:

–       ¡Bailaste bien!

Mereces un premio.

Juro que te lo daré.

Juro que te daré cualquier cosa que me pidas.

Lo juro en presencia de todos.

Y la palabra de un rey es fiel incluso sin juramento.

Di, pues, qué quieres”.

Y Salomé, fingiendo perplejidad, inocencia y modestia;

recogiéndose en sus velos con gesto pudoroso después de tanta desvergüenza,

dijo:

“Permíteme, gran señor, que reflexione un momento.

Me retiro y luego vuelvo, porque tu gracia me ha turbado”…

Y se retiró para ir donde su madre.

Selma me ha dicho que entró riendo, diciendo:

“¡Madre, has vencido!  Dame la bandeja”.

Y Herodías, con un grito de triunfo, ordenó a la esclava, que diera a la joven la bandeja

que le había enviado el rey con la fruta y que no había sido devuelta. 

Y dijo:

“Ve. Vuelve con la odiada cabeza y te vestiré de perlas y oro”.

Selma, horrorizada, obedeció…

Salomé volvió a entrar en la sala bailando.

Y bailando, fue a postrarse a los pies del rey,

y dijo:

“En esta bandeja que has mandado a mi madre, en señal de que la amas.

Y de que también me amas, quiero la cabeza de Juan.

Y luego seguiré bailando, si tanto te gustó..

Bailaré la danza de la victoria.

¡Porque he vencido!

¡Te he vencido a ti, oh rey!

¡He vencido a la vida, y soy feliz!”.

Esto es lo que dijo.

A nosotros nos lo repitió un amigo copero.

Herodes se turbó, en medio de dos quereres: ser fiel a su palabra y ser justo.

Pero no supo ser justo, porque es un desvergonzado.

Hizo una señal al verdugo que estaba detrás del trono real

Y tomando la palangana de las manos alzadas  de Salomé, fue a las habitaciones inferiores.

Salió de la sala del banquete para ir a las habitaciones bajas.

Juan y yo lo vimos cuando atravesaba el patio…

Luego oímos el grito de Simeón:

¡Asesinos!”…

Y lo volvimos a ver cuando regresaba, pasando con la cabeza sobre la bandeja…

Juan, tu Precursor, había muerto…  

Matías inclina la cabeza y se cubre el rostro con las manos;

con los fuertes sollozos con los que termina su relato. 

Después de un momento de silencio… 

Jesús pregunta: 

–     Simeón, ¿Puedes decirme como ha muerto?

El pastor llorando, lo mira,

y contesta:

–       Sí.

Estaba en oración…

Me había dicho antes:

“Dentro de poco volverán los dos que envié.

Y quien aún no cree creerá.

De todas formas, recuerda que si a su regreso ya no viviera,

yo, como quien está cercano a la muerte, todavía te digo;

para que tú por tu parte se lo digas a ellos:

Jesús de Nazaret es el verdadero Mesías”.

Pensaba siempre en ti…

Entró el verdugo.

Yo grité fuerte.

Juan levantó la cabeza y lo vio.

Se puso en pie.

Dijo:

“Sólo puedes quitarme la vida.

Pero la verdad que permanece es que NO  es lícito hacer el mal.

Estaba para decirme algo, cuando el verdugo volteó la pesada espada,

mientras Juan estaba todavía de pie… 

La cabeza cayó truncada del cuerpo,

con un gran chorro de sangre que enrojeció la piel de cabra… 

 Se puso de cera el rostro enjuto…

En que quedaron vivos, abiertos, acusadores: los ojos.

Y rodó hasta mis pies.

Yo caí junto con su cuerpo, vencido por el dolor…

Después… después…

Herodías laceró la cabeza brutalmente con un puñal… 

Y fue arrojada a los perros.

Pero nosotros la recogimos pronto y la envolvimos en un precioso lienzo, junto con el cuerpo… 

Durante la noche recompusimos el cuerpo y lo transportamos fuera de Maqueronte.

Y con la ayuda de otros discípulos…

Lo embalsamamos en una espesura de acacias allí cerca, con los primeros rayos del Sol

Pero otra vez nos lo quitaron para nuevas befas…

Porque ella no puede destruirlo y no puede perdonarlo.

Y sus esclavos temiendo la muerte,

nos la arrebataron con una ferocidad mayor que la de los chacales

Y fueron más crueles al quitarnos la cabeza de Juan.

18. Porque Juan decía a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano.» 19. Herodías le aborrecía y quería matarle, pero no podía, Marcos 6

Si hubieses estado tú allí Mannaém…

Mannaén que está pálido por la ira y el dolor,

dice con voz contenida y terrible:

–       Si yo hubiera estado…

Pero esa cabeza es su maldición.

Nada se quita a la gloria del Precursor; aunque el cuerpo esté incompleto.

¿No es verdad, Maestro?

Jesús confirma:

–      Es verdad.

Aunque la hubiesen destruído los perros, no habría menoscabo en su gloria.

Matías añade:

–        Y su palabra no cambió, Maestro.

Sus ojos a pesar de que hayan sido befados… 

Y que hayan quedado lacerados con una gran herida,

todavía repiten:

‘No te es lícito…’

¡Pero nosotros lo hemos perdido!

Simeón agrega

–        Ahora somos tuyos porque él así nos lo dijo.

Y también nos dijo que Tú ya lo sabías.

–        Así es.

Hace meses que me pertenecéis.

¿Cómo vinisteis?

–        A pie.

En etapas.

Camino penoso en medio de arenas y sol abrasadores.

Pero todavía más duro por el dolor.

Jesús dice:

–       Ahora descansaréis.

Mannaém pregunta:

–       Decidme.

¿No se sorprendió Herodes por mi ausencia?

Juan contesta:

–       Sí.

Primero se inquietó.

Y luego se enfureció…

Pero pasado el arrebato, dijo: ‘Un juez menos’

Así nos lo contó nuestro amigo el copero.

Jesús dice:

–        ¡Un juez menos!

Dios le espera como Juez y es suficiente.

Venid al lugar donde dormimos.

Estáis cansados y sucios del polvo del camino

Encontraréis vestidos y sandalias de vuestros compañeros.

Tomadlos. 

Descansad y reponed fuerzas. 

Lo que es de uno es de todos los demás.

Tú Matías, que eres alto; puedes tomar uno de mis vestidos.

Luego proveeremos.

Esta noche, dado que es la vigilia del sábado, vienen mis apóstoles.

La semana entrante vendrá Isaac con los discípulos y luego, Benjamín y Daniel.

Y después de la Fiesta de los Tabernáculos, llegarán Elías, José y Leví.

Es tiempo que a los Doce, se unan  otros.

Id ahora a descansar.

Mannaém los acompaña y luego regresa.

Jesús se sienta pensativo y muy triste, con la cabeza reclinada sobre la mano

y el codo apoyado en la rodilla como soporte.

Manahén está sentado junto a la mesa.

No se mueve.

Pero está taciturno.

Su color es plomizo y su cara refleja una borrasca

Se han quedado solos los dos, sumergidos en su dolor. 

Después de un largo rato, Jesús levanta la cabeza, lo mira,

y le pregunta:

–      ¿Y tú?

¿Qué vas a hacer ahora?

Mannaém contesta dudoso:

–      Todavía no lo sé.

La razón para estar en Maqueronte ya no existe.

Quisiera permanecer todavía en la corte para saber…

Pero quisiera quedarme todavía en la Corte, para estar al corriente… 

Y para protegerte si sé algo.

–      Te sería mejor que me siguieses sin vacilación.

Pero no te hago fuerza.

Vendrás una vez que el viejo Mannaém, molécula por molécula, haya quedado deshecho.

–      Quisiera también quitarle la cabeza a esa mujer.

No es digna de tenerla…Un pálido esbozo de sonrisa asoma en el rostro de Jesús.

Y dice:

–      Además, todavía no estás muerto a las riquezas humanas.

Pero de todos modos te quiero.

Sé aguardar.

–       Maestro,… 

Quisiera darte mi generosidad para consuelo tuyo.

Porque sufres…

Lo veo.

–       Así es…

Sufro mucho… ¡Mucho!

–       Sólo por Juan.

No lo creo.

Sabes que está en paz.

–       Sé que está en paz y no lo siento lejano.

–       ¿Entonces?

–       ¡Entonces… Mannaém!

¿A qué precede el alba?

–       Al día, Maestro.

¿Por qué me preguntas?

–        Porque la muerte de Juan precede al día en que Yo seré el Redentor.

Y mi parte humana se estremece fuertemente ante esta idea…

Mannaém, voy al monte.

Quédate a recibir a quién venga.

A ayudar a los que acabaron de llegar.

Quédate hasta que yo regrese…

Después harás lo que quieras.

Hasta pronto.

Y Jesús sale de la habitación.

Baja despacio la escalera, atraviesa el huerto y por la parte posterior se aleja por una vereda; 

entre huertos de olivos, manzanos, vides e higueras.

Toma la pendiente de un suave collado donde acostumbra ir a orar… 

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273 EL LASTRE DE LA RIQUEZA


273 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Es en la casa de Cafarnaúm, a la sombra de los árboles en el huerto umbrío,

temprano  por la matutina.

Los apóstoles se fueron a predicar.

Jesús cura a unos enfermos, acompañado de Mannaém.

Que ya no lleva ni el precioso cinturón ni la lámina de oro en la frente:

sujeta su túnica un cordón de lana; una cinta de tela, como la prenda que cubre su cabeza.

Jesús tiene descubierta la cabeza, como siempre cuando está en casa. 

Una vez que ha terminado de curar y de consolar a los enfermos,

sube con Manahén a la habitación alta.

Aunque parece que la canícula ha terminado, el sol todavía calienta implacable…

Se dirigen hacia la parte mas sombreada y fresca.

Y se  sientan los dos en la pequeña terraza de la ventana que mira al mont

Mannaém dice:

–       Dentro de poco empezará la vendimia.

Jesús le contesta:

–       Sí.

Luego vendrá la Fiesta de los Tabernáculos…

Y el invierno estará a las puertas.

¿Cuándo piensas partir?

–       ¡Mmm!…

De mi parte no me iría nunca…

Pero pienso en el Bautista.

Herodes es una persona débil.

Si se le sabe influir

Se le puede sugestionar para que haga el bien y si no se hace bueno;

por lo menos que no sea sanguinario.

Desgraciadamente son pocos los que le aconsejan bien.

¡Y esa mujer!… ¡Esa mujer!…

Yo quisiera estar aquí hasta que regresen tus apóstoles.

Aunque mi ascendencia ha disminuido, desde que saben que sigo los senderos del Bien.

Pero no me importa.

Quisiera tener la verdadera valentía, de saber abandonar todo para seguirte completamente,

como aquellos discípulos que estás esperando.

¿Lo lograré alguna vez?

Nosotros que no pertenecemos a la plebe, somos más obstinados para seguirte.

¿Por qué será?

–      Porque los tentáculos de las míseras riquezas os retienen.

–      Conozco a algunos que no son tan ricos, pero sí son doctos o están en camino de serlo.

Y tampoco vienen. 

–       También están retenidos por los tentáculos de las míseras riquezas.

No se es rico sólo de dinero.

Existe también la riqueza del saber.

Pocos llegan a la confesión de Salomón: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad”,

considerada de nuevo y ampliada -no tanto materialmente cuanto en profundidad-

en Qohélet.

¿Lo recuerdas?

La ciencia humana es vanidad, porque aumentar sólo el humano saber

“es afán y aflicción de espíritu. 

Y quien multiplica la ciencia multiplica los afanes”.

En verdad te digo que es así.

Como también digo que no sería así, si la ciencia humana estuviera sostenida y refrenada

por la sabiduría sobrenatural y el santo amor a Dios.

El placer es vanidad, porque no dura;

arde y rápido se desvanece dejando tras sí ceniza y vacío.

Los bienes acumulados con distintas habilidades son vanidad, para el hombre que muere,

porque con los bienes no puede evitar la muerte, y los deja a otros.

La mujer, contemplada como hembra y como tal apetecida, es vanidad.

De lo cual se concluye que lo único que no es vanidad es el santo temor de Dios

y la obediencia a sus Mandamientos.

O sea, la sabiduría del hombre, que no es sólo carne,

sino que posee la segunda naturaleza: la espiritual.

Solo el que logra ver la vanidad de todo lo mundano,

logra liberarse de cualquier tentáculo de pobres posesiones

e ir libre al encuentro del Sol.

–      ¡Quiero recordar estas palabras!

¡Cuánto me has dado en estos días

Ahora puedo ir entre la inmundicia de la corte, que les parece brillante solo a los necios.

Que parece poderosa y libre y es solo miseria, cárcel y oscuridad.

Me llevaré un tesoro que me permitirá vivir allí mejor, a la espera de lo superior.

Pero, ¿Llegaré alguna vez a esta meta sublime, que es pertenecerte totalmente?

–       Lo lograrás.

–       ¿Cuándo?

¿El año próximo?

¿Más adelante todavía?

¿O hasta que la ancianidad me haga prudente y sabio?

–        Lo lograrás.

-Llegarás… alcanzando la madurez de espíritu….

Perfección de voluntad y a una decisión perfecta

En el término de unas cuantas horas.

Y al decir esto, Jesús sonríe de una manera enigmática.  

Pues ha lanzado su mirada hacia el futuro y ve el heroísmo del que será capaz su discípulo.

Mannaém lo mira pensativo y escrutador…

Pero no pregunta nada más.

Después de un largo silencio que interrumpe Jesús,

al preguntar:

–        ¿Has estado alguna vez con Lázaro de Bethania?

–         No, Maestro.

Nos hemos encontrado algunas veces.

Puedo decir que no;

que si hubo algún encuentro, no puede llamarse amistad.

Ya sabes.

.

Yo con  Herodes, Herodes contra él…

Por tanto…

–        Ahora Lázaro te mirará más allá de estas cosas.

Te mirará en Dios…

Procura tratarlo como condiscípulo.

–        Lo haré si Tú así lo quieres…

Se oyen voces llenas de alarma en el huerto, que buscan al Maestro.

Preguntan con angustia:

–        ¡El Maestro!

–       ¡El Maestro!

–       ¿Está aquí?

Responde la voz cantarina de la dueña de la casa:

–        Está en la habitación de arriba.

¿Quiénes sois?

¿Estáis enfermos?

—       No. – 

         Somos discípulos de Juan. 

–       Y  queremos ver a Jesús de Nazaret.

Jesús se asoma por la ventana,

y dice:

—      Paz a vosotros…

Ellos levantan la cabeza  y los reconoce,

invitándoles:

–      ¡Oh!

¿Sois vosotros?

¡Venid! ¡Venid!

Sus  pasos apresurados suben por la escalera.

Son los tres pastores: Juan, Matías y Simeón.

Jesús deja la habitación y va a su encuentro a la terraza.

Manahén lo sigue.

Se encuentran justamente en el punto en que la escalera termina en la soleada terraza.

Los tres se arrodillan y besan el suelo.

Mientras Jesús los saluda.

–       La paz sea con vosotros…

Levantan la cabeza y muestran un rostro lleno de dolor.

Ni siquiera viendo a Jesús se sosiegan.

Su grito ahogado por el llanto:

–       ¡Oh, Maestro!

Juan habla en nombre de los demás:

–      Y ahora recógenos, Señor.

Porque somos tu herencia.

Y las lágrimas se deslizan por la cara del discípulo y de sus compañeros.

Jesús y Mannaém dan un solo grito:

–        ¿¡Juan!?

–        ¡Lo mataron…!

La noticia cae como un rayo que paraliza hasta el aire, en un silencio horrorizado.

Cuyo  enorme fragor cubre todos los ruidos del mundo,

a pesar de que haya sido pronunciada en voz muy baja.

Petrifica a quien la dice y a quien la oye.

Y se produce un rato de silencio tan profundo…

Que parece extenderse en su  profunda inmovilidad también en los animales,

las frondas y el aire,

Porque es como si la Tierra entera, para recoger esta palabra y sentir todo su horror,

suspendiera todo ruido  propio.

Queda suspendido el zureo de las palomas, truncada la flauta de un mirlo,

enmudecido el coro de los pajarillos.

Y como si de golpe se le hubiera roto el artilugio, una cigarra detiene su chirrido al improviso,

mientras se detiene el viento que, haciendo frufrú de seda y crujido de palos,

acariciaba las pámpanas y las hojas.

Jesús palidece.

Sus ojos se agrandan.

Vidrian por el llanto que se asoma.

Abre los brazos.

Su voz es más profunda, por el esfuerzo que hace para que sea firme y tranquila.

Y dice:

–       Paz al Mártir de la Justicia y a mi Precursor.

Cierra los ojos y los brazos sobre su pecho.

Su espíritu ora.

Entrando en contacto con el Espíritu de Dios y el de Juan  Bautista.

Mannaém no dice nada, no hace ningún gesto, ni se atreve ni a moverse.

Al revés de Jesús, se  pone colorado y la ira lo invade.

Se pone rígido y paralizado.

Toda su turbación se manifiesta en el movimiento mecánico de la mano derecha,

que sacude el cordón de la túnica y de la izquierda, que instintivamente busca el puñal

Pero no lo encuentra, porque se le olvidó que está desarmado.

Pues para poder ser discípulo del manso, es requisito para estar cerca del Mesías.

Y mueve la cabeza compadeciéndose de su fragilidad

y de sentirse tan impotente. 

Jesús recupera la Majestad Divina que le es habitual.

Y tan solo le queda una profunda tristeza, dulcificada con paz.

Con voz serena dice:

–       Venid.

Me lo contaréis.

De hoy en adelante me pertenecéis.

EVANGELIO DE SAN MARCOS

Capítulo 6

Muerte de Juan el Bautista

14. Se enteró el rey Herodes, pues su nombre se había hecho célebre. Algunos decían: «Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos y por eso actúan en él fuerzas milagrosas.»

15. Otros decían: «Es Elías»; otros: «Es un profeta como los demás profetas.»

16. Al enterarse Herodes, dijo: «Aquel Juan, a quien yo decapité, ése ha resucitado.»

17. Es que Herodes era el que había enviado a prender a Juan y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien Herodes se había casado.

18. Porque Juan decía a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano.»

19. Herodías le aborrecía y quería matarle, pero no podía,

20. pues Herodes temía a Juan, sabiendo que era hombre justo y santo, y le protegía; y al oírle, quedaba muy perplejo, y le escuchaba con gusto.

21. Y llegó el día oportuno, cuando Herodes, en su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea.

22. Entró la hija de la misma Herodías, danzó, y gustó mucho a Herodes y a los comensales. El rey, entonces, dijo a la muchacha: «Pídeme lo que quieras y te lo daré.»

23. Y le juró: «Te daré lo que me pidas, hasta la mitad de mi reino.»

18. Porque Juan decía a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano.» 19. Herodías le aborrecía y quería matarle, pero no podía, Marcos 6

24. Salió la muchacha y preguntó a su madre: «¿Qué voy a pedir?» Y ella le dijo: «La cabeza de Juan el Bautista.»

25. Entrando al punto apresuradamente adonde estaba el rey, le pidió: «Quiero que ahora mismo me des, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista.»

26. El rey se llenó de tristeza, pero no quiso desairarla a causa del juramento y de los comensales.

27. Y al instante mandó el rey a uno de su guardia, con orden de traerle la cabeza de Juan. Se fue y le decapitó en la cárcel

28. y trajo su cabeza en una bandeja, y se la dio a la muchacha, y la muchacha se la dio a su madre.

29. Al enterarse sus discípulos, vinieron a recoger el cadáver y le dieron sepultura.

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269 EL PECADO CONTRA EL ESPÍRITU SANTO


269 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús, que se había retirado a la cocina para beber un poco de agua,

se asoma a la puerta a tiempo de oír la trillada y necia acusación farisaica:

«Éste no es más que un Belcebú, porque los demonios le obedecen.

El gran Belcebú, su padre, le ayuda.

Y arroja los demonios con la acción de Belcebú, príncipe de los demonios, no con otra cosa».

Jesús baja los dos pequeños escalones de la puerta y avanza unos pasos;

erguido, severo, sereno, para detenerse justo frente al grupo escribo-farisaico;

fija en ellos, su mirada penetrante.

Y les dice:

–       Vemos que incluso en este mundo un reino dividido en facciones contrarias,

se hace internamente débil, fácil presa de la agresión

y acción devastadora de los estados vecinos.

y éstos lo esclavizan.

Ya en este mundo vemos que una ciudad dividida en partes contrarias. pierde el bienestar.

Lo mismo se diga de una familia cuyos miembros estén divididos por el odio:

se desmorona, se convierte en una fragmentación que a nadie sirve,

irrisión para los ciudadanos.

La concordia, además de deber, es astucia;

porque mantiene la independencia, la fuerza, el afecto.

Esto es lo que deberían meditar los patriotas, los ciudadanos, los miembros de una familia,

cuando, por el capricho de un determinado beneficio,

se ven tentados a las siempre peligrosas opresiones y separaciones, peligrosas

porque se alternan con los partidos y destruyen los afectos.

17. Tu corazón se ha pagado de tu belleza, has corrompido tu sabiduría por causa de tu esplendor. Yo te he precipitado en tierra, te he expuesto como espectáculo a los reyes. Ezequiel 28

es ésta, en efecto, la astucia que ejercitan los Dueños del Mundo.

Observad a Roma, observad su innegable poder, tan penoso para nosotros.

Domina el mundo.

Pero está unida en un único parecer, en una sola voluntad: “dominar”.

Entre ellos habrá también, sin duda, contrastes, antipatías, rebeliones.

Pero estas cosas están en el fondo.

En la superficie hay un único bloque, sin fisuras, sin agitaciones.

Todos quieren lo mismo y obtienen resultados por este querer.

y los obtendrán mientras sigan queriendo lo mismo.

Mirad este ejemplo humano de astucia cohesiva y pensad:

si estos hijos del siglo son así,

¿Qué no será Satanás?

Para nosotros ellos son diablos y sin embargo, su satanismo pagano no es nada,

respecto al perfecto satanismo de Satanás y sus demonios.

En aquel reino eterno, sin siglo, sin final, sin límite de astucia y maldad;

en ese lugar en que es gozo el hacer el mal a Dios y a los hombres.

Hacer el mal es el aire que respiran, es su doloroso gozo, único, atroz.

Se ha alcanzado con perfección maldita la fusión de los espíritus;

unidos en una Sola voluntad: “hacer el mal”.

Ahora bien, si -como pretendéis sostener para insinuar dudas acerca de mi poder-

me ayuda Satanás porque Yo soy un belcebú menor,

¿No entra Satanás en conflicto consigo mismo y con sus demonios

al arrojarlos de sus poseídos?

¿Y estando en conflicto consigo mismo, podrá perdurar su reino?

19. Sabemos que somos de Dios y que el mundo entero yace en poder del Maligno. 1 de Juan 5

No, no es así.

Satanás es astutísimo y no se perjudica a sí mismo.

Su intención es extender su reino en los corazones, no reducirlo.

Su vida consiste en “robar – hacer el mal – mentir – agredir – turbar”.

Robar almas a Dios y paz a los hombres.

Hacer el mal a las criaturas del Padre, dándole así dolor.

Mentir para descarriar.

Agredir para gozar.

Turbar porque es el Desorden.

No puede cambiar: es eterno en su ser y en sus métodos.

Pero, responded a esta pregunta:

Si Yo arrojo los demonios en nombre de Belcebú,

29. Y se pusieron a gritar: «¿Qué tenemos nosotros contigo, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí para atormentarnos antes de tiempo?» Mateo 8

¿En nombre de quién los arrojan vuestros hijos?

¿Querríais confesar que también ellos son belcebúes?

Si lo decís, os juzgarán calumniadores.

Y aunque su santidad llegue hasta el punto de no reaccionar ante esta acusación,

habréis emitido veredicto sobre vosotros mismos,

al  confesar que creéis tener muchos demonios en Israel.

Y os juzgará Dios en nombre de los hijos de Israel acusados de ser demonios.

Por tanto, venga de quien venga el juicio, en el fondo serán ellos vuestros jueces,

donde el juicio no sufre soborno de presiones humanas.

Y si, como es verdad, arrojo los demonios por el Espíritu de Dios,

14. Dijo Dios a Moisés: «Yo soy el que soy.» Y añadió: «Así dirás a los israelitas: “Yo soy” me ha enviado a vosotros.» Éxodo 3

prueba es de que ha llegado a vosotros el Reino de Dios y el Rey de este Reino.

Rey que tiene un poder tal,

que ninguna fuerza contraria a su Reino le puede oponer resistencia.

Así que ato y obligo a los usurpadores de los hijos de mi Reino,

a salir de los lugares ocupados y a devolverme la presa para que Yo tome posesión de ella.

¿No es así como hace uno que quiere entrar en la casa de un hombre fuerte,

para arrebatarle los bienes, bien o mal conseguidos?

Eso hace.

Entra y lo ata.

Una vez que lo ha atado, puede desvalijar la casa.

Yo ato al ángel tenebroso, que me ha arrebatado lo que me pertenece.

Y le quito el bien que me robó

Sólo Yo puedo hacerlo, porque sólo Yo soy el Fuerte, el Padre del siglo futuro,

el Príncipe de la Paz.  

Un escriba le pregunta:

–       Explícanos lo que quieres decir con “Padre del siglo futuro”.

¿Es que piensas vivir hasta el próximo siglo y mayor necedad aún,

piensas crear el tiempo, Tú, que no eres más que un pobre hombre?

El tiempo es de Dios.  

Jesús lo mira con severidad, al responder:

–       ¿Y me lo preguntas tú, escriba?

¿Es que no sabes que habrá un siglo que tendrá principio pero no tendrá fin.?

¿Y que será el mío?

En él, triunfaré congregando en torno a Mí a aquellos que son sus hijos.

Y vivirán eternos como el siglo que crearé;

que ya estoy creando estableciendo al espíritu por encima de la carne,

del mundo y de los seres infernales, porque todo lo puedo.

Por esto os digo que quien no está conmigo está contra Mí.

Y que quien conmigo no recoge desparrama.

Porque Yo Soy el que Soy.

Y quien no cree esto, que ya ha sido profetizado, peca contra el Espíritu Santo;

cuya palabra fue pronunciada por los Profetas sin mentira ni error

y debe ser creída sin resistencia.

Porque os digo que todo les será perdonado a los hombres:

Todo pecado, toda blasfemia; porque Dios sabe que el hombre no es sólo espíritu, 

sino también carne.

Y carne tentada sometida a imprevistas debilidades.

Pero la blasfemia contra el Espíritu no será perdonada.

Uno hablará contra el Hijo del hombre y será todavía perdonado,

porque el peso de la carne que  envuelve a mi Persona

y que envuelve al hombre que contra mí habla puede también inducir a error.

Pero quien hable contra el Espíritu Santo no será perdonado ni en ésta ni en la vida futura,

porque la Verdad es eso que es:

El Don de Discernimiento de Espíritus

Es neta, santa, innegable.

Y es manifestada al espíritu de una manera que no induce a error.

Otra cosa es que yerren aquellos que, queriéndolo, quieren el Error.

Negar la Verdad dicha por el Espíritu Santo es negar la Palabra de Dios

y el Amor, que ha dado esa Palabra por amor hacia los hombres.

Y el pecado contra el Amor no se perdona.

Pero cada uno da los frutos de su árbol.

Vosotros dais los vuestros, que no son buenos.

Si dais un árbol bueno para que lo planten en el huerto, dará buenos frutos;

sin embargo, si dais un árbol malo, malo será el fruto que de él se recogerá.

Y todos dirán: “Este árbol no es bueno”.

Porque el árbol se conoce por el fruto.

¿Cómo creéis que podéis hablar bien vosotros, que sois malos?

Porque la boca habla de lo que llena el corazón del hombre.

Sacamos nuestros actos y palabras de la sobreabundancia  de lo que tenemos en nosotros.

El hombre bueno saca de su tesoro bueno cosas buenas;

el malo, de su tesoro malo, saca las cosas malas.

Y habla y actúa según su interior.

En verdad os digo que ociar es pecado, pero mejor es ociar que hacer obras malas.

Y os digo también que es mejor callar que hablar ociosamente y con maldad.

Aunque vuestro silencio fuera ocio, guardad silencio antes que pecar con la lengua.

Os aseguro que de toda palabra dicha vanamente,

El Día del Juicio ante el Tribunal de Cristo, seremos recompensados. O nuestras obras serán quemadas como la paja. Tal vez recibamos alguna recompensa, QUIZÁS NINGUNA.

se pedirá a los hombres justificación en el día del Juicio.

Y que por sus palabras serán justificados los hombres.

Y también por sus palabras serán condenados.

¡Cuidado, por tanto, vosotros, que tantas decís más que ociosas!,

Pues que son no sólo ociosas sino activas en el mal…

Y con la finalidad de alejar a los corazones de la Verdad  que os habla.

Los fariseos consultan a los escribas y luego, todos juntos, fingiendo cortesía,

solicitan:

–       Maestro, se cree mejor en lo que se ve.

Danos, pues, una señal para que podamos creer que eres lo que dices.

–       ¿Veis como en vosotros está el pecado contra el Espíritu Santo,

que repetidas veces me ha señalado como Verbo encarnado?

Este es mi Hijo amado, ESCUCHADLE…

Verbo y Salvador, venido en el tiempo establecido;

precedido y seguido por los signos profetizados; obrador de lo que el Espíritu dice.

Ellos responden:

–       Creemos en el Espíritu, pero

¿Cómo podemos creer en Ti, si no vemos un signo con nuestros ojos?

-¿Cómo podéis entonces creer en el Espíritu, cuyas acciones son espirituales,

si no creéis en las mías, que son sensibles a vuestros ojos?

Mi vida está llena de ellas.

¿No es suficiente todavía?

No. Yo mismo respondo que no.

No es suficiente todavía.

A esta generación adúltera y malvada, que busca un signo,

se le dará sólo uno: el del profeta Jonás.

Efectivamente, de la misma forma que Jonás estuvo durante tres días en el vientre de la ballena,

el Hijo del hombre estará tres días en las entrañas de la tierra.

En verdad os digo que los ninivitas resucitarán en el día del Juicio, como todos los hombres.

Y se alzarán contra esta generación y la condenarán,

porque les predicó Jonás e hicieron penitencia y vosotros no.

Y aquí hay Uno mayor que Jonás.

Así también, resucitará y se alzará contra vosotros la Reina del Mediodía,

y os condenará.

Porque ella vino desde los últimos  confines de la Tierra, para oír la sabiduría de Salomón;

y aquí hay Uno mayor que Salomón.

–       ¿Por qué dices que esta generación es adúltera y malvada?

No lo será más que las otras.

Hay los mismos santos que había en las otras.

El todo israelita no ha cambiado.

¡Nos ofendes!

–       Os ofendéis vosotros mismos al dañar vuestras almas;

porque las alejáis de la Verdad, y por tanto de la Salvación.

Os respondo lo mismo.

1. Ten presente que en los últimos días sobrevendrán momentos difíciles; 2. los hombres serán egoístas, avaros, fanfarrones, soberbios, difamadores, rebeldes a los padres, ingratos, irreligiosos, 3. desnaturalizados, implacables, calumniadores, disolutos, despiadados, enemigos del bien, 4. traidores, temerarios, infatuados, más amantes de los placeres que de Dios, 5. que tendrán la apariencia de piedad, pero desmentirán su eficacia. Guárdate también de ellos. 6. A éstos pertenecen esos que se introducen en las casas y conquistan a mujerzuelas cargadas de pecados y agitadas por toda clase de pasiones, 2 de Timoteo”

Esta generación no es santa sino en las vestiduras y en lo externo;

por dentro no es santa.

En Israel existen los mismos nombres para significar las mismas cosas,

pero no existe la realidad de las cosas;

existen los mismos usos, vestiduras y ritos, pero falta el espíritu de estas cosas.

Sois adúlteros porque habéis rechazado el sobrenatural desposorio con la Ley divina 

y os habéis desposado, con una segunda adúltera unión, con la ley de Satanás.

Sois circuncisos sólo en un miembro efímero, el corazón ya no es circunciso.

Y sois malos, porque os habéis vendido al Maligno.

He dicho.

268 PIEDRA DE TROPIEZO


268 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Es el mismo escenario del capítulo anterior.

El Espíritu Santo nos ha traído esta vez, a testimoniar lo sucedido;

después que termina la semana de trabajo, de Jesús en Corozaím

Jesús se está despidiendo de la viuda.

Tiene ya de la mano al pequeño José y dice a la mujer:

–       No vendrá nadie antes de mi regreso.

A menos que sea un gentil.

De todas formas, quienquiera que venga que espere hasta pasado mañana;

dile que vendré sin falta.

–       Lo diré, Maestro.

Si hay enfermos, les daré hospedaje, como me has enseñado.

–       Adiós, entonces.

La paz sea con vosotros.

Ven, Mannaém.

Al parecer han venido a ver a Jesús a Corozaím gente enferma y desgraciada.

Y a la evangelización del trabajo Jesús ha añadido la del milagro.

Si Corozaím sigue indiferente, además de incomprensible;

es verdaderamente señal de que es terreno agreste e incultivable.

No obstante, Jesús la atraviesa, saludando a los que le saludan,

con su característica amabilidad, como si tal cosa;

para seguir hablando con Mannaém

que estaba dudando sobre si volver a Maqueronte o quedarse una semana más…

Pero finalmente prevaleció su amor por el Maestro.

Mientras tanto en la casa de Cafarnaúm, se preparan para el sábado.

Mateo, cojeando todavía un poco, recibe a sus compañeros,

los asiste ofreciéndoles agua y fruta fresca;

mientras se interesa por sus respectivas misiones.  

Todos hacen comentarios diversos e interesantes,

de lo que ha significado su primera semana cómo apóstoles;

misioneros con el poder pleno otorgado por Jesús.

El Poema del Hombre-Dios

Y para no confundirnos con nuestro relato,

que muchos de nuestros amados hermanitos en Cristo están siguiendo, junto con nosotros,

basado en la Obra Valtortiana que hemos retomado, para esta

evangelización sobre los Carismas…

Y que cualquiera de vosotros que ya están ejerciendo

las capacidades de vuestro cuerpo espiritual;como Templos vivientes del Espíritu Santo…

¡Y ya están VIVIENDO la experiencia gloriosa, de vivir el Cielo en la Tierra!

SABEN lo inefable que es,

manejar la extensión de nuestra personalidad,

cuando nuestro ABBA nos lleva sacándonos del tiempo,

para entrar en su ¡Increíble y maravillosa Eternidad!

Y esto lo pueden comprobar los que ya vivieron su Pentecostés personal;

para testificar la veracidad de las Sagradas Escrituras.

LOS TIEMPOS SON TAN GRAVES

que no se sorprendan si ABBA les dice que dejen el turismo histórico arqueológico

para cuando dejemos a Satanás noqueado,

luego del Triunfo del Corazón Inmaculado de nuestra Madrecita…

Los viajes astrales son promovidos y guiados por el Demonio… Nosotros lo hacemos sin riesgo alguno, porque es ABBA el que nos lleva

Aunque si ABBA decide darles una ‘probadita‘ de Eternidad..

Y les permite vivir un reportaje, siguiendo en vivo una jornada del Hombre-Dios

confirmando la veracidad de estos relatos y aumentando la cantidad de testigos,

que como  almas víctimas y corredentoras, nos convertimos en

los Apóstoles y Profetas, de los Últimos Tiempos

Por eso no llamamos “visiones” a lo que NO ES una experiencia subjetiva,

SINO REAL, 

Ya que cuando viajamos sobrenaturalmente;

a la velocidad del pensamiento;

con nuestros sentidos corporales y espirituales totalmente despiertos…  

¡Esto no es imaginario!

Y está SUCEDIENDO. 

Pues bién, el episodio siguiente, coloreado en azul,

pasó después de la disputa con los fariseos

pero lo adelantamos un poco, por razones de continuidad y comprensión

Y tomando de la mano al niño, entre Él y Mannaém,

se va rápido por la campiña en dirección a Cafarnaúm.

Llegan cuando ya los apóstoles están ahí.

Pedro recibe a Jesús…

Y le es confiado el pequeño José,

porque Jesús decide atender primero a los que lo han estado esperando…

Y es esto precisamente, lo que produce la amarga y triste disputa con los Fariseos….

Después de esto último…

Y  luego que han pasado algunas horas…

Cuando ya está avanzada la tarde…

Sentados en la terraza, a la sombra del emparrado,

cuentan a Mateo que todavía no está curado, sus hazañas.

Se voltean al oír el ruido de pasos en la escalera y ven la rubia cabellera de Jesús,

que va emergiendo sobre la barda de la terraza.   

Corren hacia Él, que los recibe con una sonrisa.

Y se quedan como estatuas cuando ven que detrás de Él, viene un niño pobre.

La presencia de Mannaém, con su vestido blanco de lino muy fino;

ceñido con un cinturón adornado con oro y piedras preciosas.

Cubierto con un manto rojo fuego tan brillante, que parece de seda

y le cae sobre la espalda como una cauda.

Lleva un turbante de viso sostenido con una delgada lámina de oro burilada,

que le pasa por la mitad de la ancha frente, dándole el aire de un rey egipcio…

Impide la avalancha de preguntas.

Pero con los ojos las hacen muy claras.

No obstante se reponen de la sorpresa…

Y después de haberse saludado recíprocamente y ya sentados alrededor de Jesús;

los apóstoles le preguntan señalando al niño:

–   ¿Y éste?

Jesús contesta explicando:

–     Éste es mi última conquista.

Josesito, carpintero como José, el que fue mi padre.

Por esto lo quiero muchísimo, como él a Mí también.

¿No es verdad chiquito?

Ven aquí.

Te presento a estos amigos míos, de los que has oído hablar tanto.

Éste es Simón-Pedro, el hombre más bueno con los niños que puedas imaginar.

Y éste es Juan: un niño grande que te hablará de Dios, en medio de los juegos.

Y éste es Santiago su hermano, serio y bueno como un hermano mayor.

Éste es Andrés, hermano de Simón-Pedro;

estarás muy bien con él, porque es paciente como un cordero.

Aquí tienes a Simón Zelote:

a éste le gustan mucho los niños que no tienen padre.

Y creo que giraría por toda la tierra para buscarlos, si no estuviese conmigo.

Éste es Judas de Simón y junto a él, Felipe de Betsaida y Nathanael.

¿Ves como te miran?

Ellos también tienen niños y les gustan mucho los niños.

Éstos son mis hermanos, Santiago y Judas:

Aman todo lo que amo y por eso te amarán.

Ahora vamos con Mateo, que tiene fuertes dolores en el pie y con todo;

no guarda rencor por los niños que juegan irreflexivamente

y que le hirieron, con una piedra picuda.

¿No es verdad, Mateo?

El apóstol sonríe:

–      Así es, Maestro.

¿Es hijo de la viuda?

–     Sí.

Es muy listo, pero está muy triste.

Mateo lo acaricia atrayéndolo hacia sí,

mientras dice.

–     ¡Pobre niño!

Te llamaré a Santiaguito y jugarás con él.

Jesús termina la presentación con Tomás,

que práctico como siempre, la concluye ofreciendo al niño,

un racimo de uvas arrancado del emparrado.

Jesús dice:

–      Ahora sois amigos.

Se sienta, mientras el niño come sus uvas y charla con Mateo.

Pedro pregunta:

–      ¿En dónde estuviste toda la semana?

–       En Corozaín, Simón de Jonás.

–       Esto ya lo sé,

¿Pero qué hiciste?

¿Estuviste en la casa de Isaac?

–      Isaac el viejo, ya murió.

–     ¿Y entonces?

–     ¿No te lo contó Mateo?

–      No.

Solo dijo que estuviste en Corozaín, desde el día que nos fuimos.

–      Mateo es mejor que tú.

Sabe callar y tú no sabes refrenar tu curiosidad.

–      No solo la mía.

La de todos.

–      Pues bien.

Fui a Corozaín a predicar la Caridad con la práctica.

Varios le preguntan al mismo tiempo:

–      ¿La caridad con la práctica?

–      ¿Qué quieres decir?

–      ¿Cómo está eso?

Jesús aclara:

–      En Corozaín hay una viuda con cinco niños.

Y con su madre enferma.

Su marido murió repentinamente en el taller de carpintería…

Y dejó tras de sí, miseria y trabajos sin terminar.

Corozaín no ha sabido tener una brizna de compasión, por esta familia infeliz.

Fui a terminar los trabajos y…

–     ¡¡¿Queeé?!!

Surge una gritería.

Quién pregunta.

Quién protesta.

Quién reprende a Mateo por haberlo permitido.

Quién admira.

Quién critica.

Y por desgracia quienes protestan o critican, son la mayoría.

Jesús deja que termine la borrasca como empezó.

Y por toda respuesta añade:

–     Y pasado mañana regresaré allí.

Terminaré un trabajo.

Espero que al menos vosotros comprendáis.

Corozaín es un hueso de fruta cerrado, sin semilla.

Por lo menos vosotros sed huesos de fruta con ella. 

Josesito, por favor dame esa nuez que te ha dado Simón.

Y escucha tú también.

En la casa de Cafarnaúm, se preparan para el Sábado.

Mateo, que cojea todavía, recibe a los compañeros.

Les brinda agua y frutas frescas.

Les pregunta sobre las misiones.

Pedro arruga la nariz al ver que hay fariseos vagabundeando cerca de la casa.

Y dice:

–      Tienen ganas de amargarnos el Sábado.

Quisiera ir al encuentro del Maestro y decirle que se vaya a Betsaida;

para que éstos se queden con un palmo de narices.

Andrés le pregunta:

–    ¿Y crees que el Maestro lo haría?

Y Mateo observa:

–    Además…

En la habitación de abajo está el pobre infeliz que lo espera.

Pedro insiste:

–     Podríamos llevarlo en la barca a Betsaida.

Y yo o cualquier otro ir al encuentro del Maestro, que hoy regresa de Corozaím.

Como Felipe tiene a su familia en Betsaida y nada le daría más gusto,

dice entusiasmado:

–    Pues vamos…

Pedro agrega:

–    ¡Pronto!

¡Tanto más que estáis viendo cómo han reforzado la guardia con escribas!

Vamos sin perder tiempo.

Vosotros con el enfermo, pasáis por el huerto y salís por atrás de la casa.

Yo llevo la barca hasta el pozo de la higuera.

Y Santiago hará lo mismo.

Simón Zelote y los hermanos de Jesús, irán al encuentro del Maestro.

Judas de Keriot grita:

–      ¡Yo no voy con el endemoniado!

–     ¿Por qué?

¿Tienes miedo de que se te pegue el demonio?

–     No me hagas enojar, Simón de Jonás.

Dije que no voy y no voy.

–     Ve con los primos al encuentro de Jesús.

–     No.

–    ¡Uf!

Ven en la barca.

–     No.

–     En resumidas cuentas…

¿Qué es lo que quieres?

Eres siempre el de los obstáculos…

–     Quiero quedarme en donde estoy.

No temo a nadie y no me escapo.

Por otra parte, el Maestro no estaría contento con ello.

Sería causa para otro sermón de reproche y no me lo quiero merecer por vuestra culpa.

Id vosotros.

Yo me quedaré a informar…

Pedro grita:

–      ¡Así no!

Todos o nadie.

Zelote, que estaba mirando hacia el camino,

dice muy serio:

–     Entonces nadie.

Porque el Maestro ya está aquí.

Vedlo que se acerca.

Pedro disgustado, rezonga entre la barba

Y va a encontrar a Jesús con los demás.

Y después de los saludos mutuos, le informan del endemoniado ciego y mudo;

que con los familiares le esperan desde hace mucho tiempo.

Mateo explica:

–       Está como inerte.

Se echó sobre unos sacos vacíos y de allí no se ha movido.

Los familiares tienen confianza en Ti.

Ven a tomar algo y luego lo curarás.

Jesús objeta:

–     No.

Voy al punto donde está él.

¿En dónde?

–      En la habitación de abajo, cerca del horno.

Allí lo puse junto con sus familiares.

Porque hay muchos fariseos y también escribas que parecen estar al asecho.

Pedro refunfuña:

–      Es cierto.

Y sería mejor no darles gusto.

Jesús pregunta:

–     ¿No está Judas de Simón?

Pedro vuelve a rezongar:

–      Se quedó en casa.

Siempre hace lo que otros no hacen.

Jesús lo mira pero no lo reprende.

Se apresura a ir a la casa.

Al entrar en ella…

Saluda a Judas,

Que parece estar muy ocupado en acomodar los trastes.Jesús dice:

–     Sacad al enfermo.

Un fariseo extraño a Cafarnaúm, replica:

–     No es un enfermo.

Es un endemoniado.

–      Es siempre una enfermedad del espíritu…

–      Le ha impedido el ver y el hablar.

–      La posesión es siempre una enfermedad del espíritu;

que se extiende a los miembros y a los órganos.

Si me hubieses dejado terminar;

hubieras sabido que me refería a esto.

También la fiebre está en la sangre cuando uno se enferma.

Y luego, a través de la sangre, ataca las diferentes partes del cuerpo.

El fariseo no puede replicar más y se calla.

Llevan al endemoniado ante Jesús.

Se ve inerte y aniquilado.

La gente se agolpa, junto con los notables de Cafarnaúm.

Están los fariseos, escribas, Jairo y el centurión romano al que Jesús le curó el siervo;

junto con otros gentiles y muchos que no son de Cafarnaúm.

Jesús levanta los brazos, sus ojos relampagueantes de Majestad

y su Voz resuena como una campana.

Cuando ordena con imperio:

–      ¡En Nombre de Dios, deja las pupilas y la lengua de éste!

Lo quiero.

Sal de ésta criatura.

Ya no te es lícito tenerla.

¡Largo!

¡Fuera!

El milagro se desenvuelve con un grito de rabia del Demonio.

Seguido por una convulsión y un profundo suspiro del enfermo…

Y termina con una resonante Alabanza llena de alegría del liberado,

que exclama:

–      ¡Hijo de David!

¡Hijo de  David!

¡Santo Rey!

Un escriba pregunta:

–      ¿Cómo supo que fue Él quien lo curó?

Otros fariseos contestan:

–       ¡Si todo es una comedia!

–       ¡Esta gente ha sido pagada para representarla!

Y uno más alzando los hombros, añade blasfemias contra Jesús.

Jairo replica:

–       ¿Quién le pagó?

¿Se puede saber?

–       Tú también estás implicado.

–      ¿Con qué fin?

–       Para hacer célebre Cafarnaúm.

Ahora la granizada de reproches, la dirige el arquisinagogo de Cafarnaúm,

Cuando Jairo les reclama:

–      No envilezcas tu inteligencia, diciendo estupideces.

Y tu lengua, ensuciándola con mentiras.

Sabes que no es verdad.

Y deberías comprender que estás repitiendo una sandez.

Lo que sucedió aquí, ha sucedido en muchas partes de Israel.

¿Habrá siempre quién pague?

Yo no sabía que la plebe fuese tan rica, pues es la única que ama al Maestro.

–      Tú eres el sinagogo y lo amas.

–      Allí está Mannaém.

En Bethania está Lázaro, el hijo de Teófilo.

–      Ellos no pertenecen a la plebe.

–       Pero ellos y yo somos honestos.

No engañamos a nadie y menos en asuntos de creencia.

No nos lo permitimos, pues tememos a Dios y a Él le agrada la honestidad.

Los fariseos le dan la espalda a Jairo.

Y atacan a los familiares del curado:

–      ¿Quién os dijo que viniesen aquí?

–      Muchos que fueron sanados.

–      ¿Qué os dieron?

–       ¿Darnos?

La seguridad de que Él lo sanaría.

–      ¿Pero de veras estaba enfermo?

–       ¡Oh, cabezas fraudulentas!

¿Pensáis que todo esto fue una pantomima?

Si no nos creéis vayan a Gadara y preguntad por la desgracia de Anna de Ismael.

La gente de Cafarnaúm, indignada, se alborota.

Mientras unos galileos, venidos desde Nazaret,

dicen:

–       ¡Pues este es hijo de José el carpintero!

Los de Cafarnaúm, fieles a Jesús,

gritan:

–       ¡No!

–      ¡Es lo que Él dice y lo que el curado ha dicho:

“Hijo de Dios” e “Hijo de David”!

Un escriba muy altanero,

dice con desprecio:

–       ¡No aumentéis el fanatismo y la exaltación del pueblo con vuestras afirmaciones!

–       ¿Y entonces qué es según vosotros?

–       ¡Un Belcebú!

–       ¡Mmm…, lenguas de víbora!

–       ¡Blasfemos!

–       ¡Vosotros sois los poseídos!

–       ¡Ciegos de corazón!

–      Perdición nuestra.

–      Queréis quitarnos incluso la alegría del Mesías, ¿Eh?

–      ¡Sanguijuelas!

–      ¡Piedras secas!».

Se arma una discusión entre los que creen y  los que no creen.

Varios gritan al mismo tiempo:

–      ¡Lenguas de víboras!

–      ¡Queréis quitarnos la alegría del Mesías!

–       ¡Blasfemos!

–      ¡Usureros!

–       ¡Ruina nuestra!…

Y se enciende más la disputa.

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267 UNA LECCIÓN DE CARIDAD


267 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Es una mañana esplendorosa, en la aldea situada a dos millas de Cafarnaúm. 

Y la brisa lleva la frescura del mar de Tiberíades;

hasta la casa custodiada por dos higueras enormes, cuyo abundante follaje se extiende tanto, 

que casi se tocan por encima de la terraza del piso superior….

En el interior, junto al huerto con diversos árboles frutales, está el taller de carpintería;

justo en medio de las entradas que separan el viñedo del olivar.

Jesús está trabajando con empeño en el banco del carpintero.

Está terminando una rueda.

Un niño delgadito y de cara triste,

le ayuda acercándole todo lo que necesita,

para realizar su trabajo.

Mannaém, testigo inútil pero entusiasta, está sentado en un banco junto a la pared; 

observando maravillado la destreza de su Maestro. 

Jesús no tiene su bonita túnica de lino, sino que se ha puesto una oscura.

Que como no es suya, le llega hasta las espinillas:

Es una túnica de trabajo, remendada pero limpia, que perteneció al carpintero muerto.

Jesús da ánimos con sonrisas y palabras cariñosas al niño.

Y le enseña lo que debe hacer para conseguir que la cola, adquiera el punto exacto,

para  ser utilizada. 

Luego le muestra cómo trabajar…

para que queden lustrosas las paredes del baúl.

Y el niño se queda dándole lustre con un líquido que Jesús le enseñó a preparar. 

Todos estos pasos artesanales,

los ha presenciado el principesco amigo del carpintero de Nazareth;

desde que llegaron juntos, con la alborada de este día de trabajo.

Mannaém se levanta del banco y pasa un dedo por las molduras del baúl,

que ya está terminado.

Y dice: 

–     Terminaste pronto, Maestro.

Con su hermosa voz de tenor,

Jesús contesta:

–     Ya casi estaba terminado.

–     Yo quería tener este artefacto.

Pero ya vino el comprador que lo adquirió…

Tenía sus derechos y le quitaste las ilusiones…

Esperaba poder llevarse todo y recuperar no solo el depósito…

Pero no le quedó más que irse con sus cosas y ¡Basta!

¡Si fuera al menos uno que creyera que Tú…!

¡Tendrían para él, un valor infinito!

Y suspirando profundamente,

agrega;

–       ¿Me escuchaste?…

Jesús responde: 

–       Déjalo en paz.

Por otra parte aquí hay más madera…

Y la mujer estará feliz en usarla y en sacar provecho.

Dime que te haga un cofre y te lo hago…

Mannaém pega un brinco de felicidad,

y pregunta:

–      ¿De veras, Maestro?

¿De veras quieres seguir trabajando?

Jesús sonríe con ganas,

y dice:

–      Hasta que se acabe la madera.

Soy un obrero concienzudo.

–     ¡Un cofre que me des Tú!

Mannaém parece un niño con un juguete nuevo.

Y exclama: 

–       ¡Oh!

¡Qué reliquia!

¿Qué meteré dentro?

–      Todo lo que quieras Mannaém.

No será más que un cofre.

–      ¡Pero fue obra tuya! –dice maravillado.

–      ¿Y qué?

Mi Padre hizo al hombre.

A todos los hombres.

Y sin embargo el hombre y los hombres,

¿Qué han metido dentro de sí?

Jesús habla mientras sigue trabajando.

Va de aquí para allá, por todos lados del taller.

Buscando los instrumentos necesarios.

Apretando tornillos.

Taladrando, torneando, cepillando…

Según es necesario a lo que hace.

Mannaém contesta:

–     Hemos metido el pecado.

Es verdad.

–     ¿Lo ves?

Y sabes que el hombre que Dios creó, es mucho más que un cofre que Yo haga.

No confundas jamás el objeto con las acciones.

Hazte de mi trabajo, sólo una reliquia para tu alma.

–      ¿En otras palabras?

–      En otras palabras, 

Da a tu espíritu la enseñanza que brota de lo que hago.

–      Caridad. Humildad. Laboriosidad….

Estas virtudes, ¿No es así?

–     Sí.

Y en lo futuro, obra tú en igual modo.

–      Sí, Maestro.

Pero, ¿Me haces el cofre?

–      Te lo hago.

Pero recuerda que como tú lo verás siempre como una reliquia…

haré que lo pagues por lo que vale.

Así se podrá decir que al menos en una ocasión, estuve lleno hasta de dinero.

Pero tú sabes para quién…

Para estos huerfanitos.

Mannaém el príncipe de la corte de Herodes, sonríe lleno de alegría…

Y pleno de satisfacción, concede:

–      Pídeme lo que quieras.

Te lo daré.

Así por lo menos tendrá alguna justificación mi ociosidad.

Mientras Tú, Hijo de Dios, trabajas.

–      Está dicho:

Comerás tu pan, bañado con el sudor de tu frente.’

Mannaém objeta con énfasis:

–     ¡Pero eso se dijo por el hombre culpable!

No contra Ti!

–      ¡Oh! Un día seré el Culpable…

Y tendré sobre Mí, todos los pecados del Mundo.

Los llevaré conmigo, en mi primera partida.

–      ¿Y piensas que el mundo no pecará más?

–      Debería no hacerlo…

Pero siempre pecará.

Por esto el peso que tendré sobre Mí, será tal;

que me hará pedazos el Corazón.

Tendré los pecados desde Adán hasta ahora.

Y los de esa Hora, hasta los del último siglo.

Todo lo descontaré por el hombre.

–      Y el hombre no te entenderá.

Y mucho menos te amará…

¿Crees que Corozaín se convierta con esta lección silenciosa y santa,

que estás dando con tu trabajo, para socorrer a una familia?

–     No se convertirá.

Dirá: ‘Prefirió trabajar para pasar el tiempo y ganarse unos centavos.’

Yo no tenía dinero.

Lo había dado todo.

Siempre doy cuanto tengo, hasta el último céntimo. 

He trabajado para dar dinero.

–      ¿Y para que comieses tú y Mateo?

–      Para eso, Dios proveyó.

–      A nosotros también nos diste de comer.

–      Así es.

–     ¿Cómo lo hiciste?

–      Pregúntaselo al dueño de la casa

–     ¡Claro que lo haré!

Se lo preguntaré tan pronto regresemos a Cafarnaúm.

Y mientras piensa algo, la sonrisa de Jesús ilumina su rostro hermosísimo…

Y luego ríe serenamente tras su rubia barba. 

Se hace un silencio.

Mannaém se queda meditando en la lección recibida

Tan solo se escucha el chirrido de la prensa y del tornillo;

 que une apretando las dos partes de la rueda. 

Luego Mannaém pregunta:

–     ¿Qué piensas hacer para el sábado?

Jesús responde: 

–      Ir a Cafarnaúm a esperar a los apóstoles.

Hemos convenido en reunirnos cada viernes por la tarde y pasar juntos el sábado.

Después les daré órdenes y si Mateo ya está curado;

serán seis las parejas que irán a evangelizar.

Si no…

¿Quieres ir con ellos?  

–      Prefiero estar contigo, Maestro…

Pero, ¿Me permites darte un consejo?

–      Dilo.

Si es atinado lo aceptaré.

–      Nunca estés solo.

Tienes muchos enemigos, Maestro.

–      Lo sé.

¿Pero crees que los apóstoles harían mucho en caso de peligro?

–      Creo que te aman.

–      Ciertamente.

Pero de nada serviría.

Los enemigos, si tuvieran intención de apresarme;

vendrían con mayores fuerzas que las de los apóstoles.

–       No importa.

No estés solo.

–       Dentro de dos semanas muchos discípulos se me unirán.

Los preparo para mandarlos también a ellos a evangelizar.

Ya no estaré solo.

Puedes estar tranquilo.

Mientras ellos hablan…

Muchas personas curiosas de Corozaím vienen a fisgar…

Y luego se van sin decir nada.

Mannaém los ve,

y dice:

–      Se quedan sorprendidos al verte trabajar.

–      Sí.

Pero no son lo bastante humildes para decir:

‘¿Nos das una enseñanza?

’Los mejores que tenía aquí, están con los discípulos;

menos un viejo que ya murió.

No importa.

La lección es siempre lección.

–      ¿Qué dirán los apóstoles cuando sepan que te pusiste a trabajar?

–      Son once.

Porque Mateo ya dio su juicio.

Serán once pareceres diferentes y en general chocarán entre sí.

Pero me darán oportunidad para adoctrinarlos.

–       ¿Me permitirás asistir a la lección?

–       Si quieres quedarte…

–       Pero yo soy discípulo y ellos son apóstoles

–     Lo que hace bien a los apóstoles, lo hace también al discípulo.

–     Ellos se sentirán incómodos,

de que se les llame la atención en mi presencia.

–     Les servirá para que sean humildes.

Quédate Mannaém.

Me alegra que estés conmigo.

–     Y yo me quedo de muy buena gana.

Se asoma la viuda y dice:

–       La comida está preparada y lista para servirla, Maestro.

Tú trabajas demasiado.

–       Me gano el pan, mujer.

Y luego…

Mira, aquí tienes otro cliente.

También él quiere un cofre.

Y pagará muy bien..

El sitio de la madera se te va a quedar vacío

Esto dice Jesús quitándose un delantal parchado que se había puesto encima.

Se dirige a la salida para lavarse en una jofaina que la mujer le llevó al huerto.

Ella, con una de esas sonrisas que florecen, después de mucho tiempo de llanto,

dice:

–      En el cuarto ya no hay madera.

Mi casa está llena de tu Presencia y el corazón repleto de paz.

Ya no tengo miedo al mañana, Maestro.

Y Tú puedes estar seguro de que jamás te olvidaremos.

Y entran en la cocina.

Al atardecer, Jesús junto con Mannaém,

salen de la casa de la viuda.

Y se despide diciendo: 

–       La paz sea contigo y con los tuyos.

Nos volveremos a ver después del sábado.

Acaricia al niño: 

Adiós Josesito. 

Mañana descansa y juega, porque después me ayudarás.

¿Por qué lloras?

–      Tengo miedo de que no regreses más…

–      Siempre digo la verdad.

¿Te desagrada tanto que me vaya?

El niño asiente con la cabeza

Jesús lo acaricia diciendo:

–      Un día pasa pronto.

Mañana quédate con tus hermanitos.

Yo estaré con mis apóstoles y les hablaré.

Estos días te he estado enseñando a trabajar.

Ahora voy con ellos a enseñarles a predicar y a ser buenos.

No estarías a gusto conmigo, en medio de tantos hombres.

El niño replica:

–      ¡Oh!

¡Lo estaré si estoy contigo!

Jesús se vuelve hacia la madre, 

diciendo: 

–       Entendí, mujer.

Tu hijo hace como muchos y son los mejores.

No me quiere dejar.

¿Tendrías desconfianza en dejármelo hasta mañana?

Ella con las manos juntas, muy emocionada,

exclama: 

–     ¡Oh, Señor!

¡Te los puedo dar a todos!

Contigo están seguros como en el Cielo.

Este niño, que de todos era el que más estaba con su padre, ha sufrido demasiado.

Estaba él en el momento en el que él..

Y de pronto se encontró solo, ¿Ves?

No hace más que llorar y penar.

Y le dice al niño:

–       No llores hijito mío.

Pregúntale al Señor si no es verdad lo que digo.

Se vuelve a Jesús:   

–        Maestro, para consolarlo le digo, que su padre no ha muerto;

sino que solo fue lejos y por un tiempo.  

Jesús confirma: 

–      Es verdad.

Es así como dice tu mamá, pequeño José. 

El niño con voz dolorida,

se lamenta: 

–      Pero hasta que me muera me lo encontraré.

Soy muy pequeño.

¿Cuánto deberé esperar, para que me haga viejo como Isaac?

Mannaém trata de consolarlo:

–      ¡Pobre niño!

No te preocupes, el tiempo pasa veloz.

El niño mirando a Jesús,

contesta:

–      No, Señor.

Hace tres semanas que no tengo a  mi papá.

Y me parece mucho, mucho tiempo.

No puedo vivir sin él.

Y llora silenciosa pero amargamente.

La mujer dice:

–     ¿Lo ves?

Así siempre hace.

Y sobre todo cuando no hay nada que lo distraiga completamente.

El sábado le es un tormento.

Tengo miedo de que se me muera.

–     No.

Tengo otro niño huérfano.

Estaba flacucho y triste.

Ahora vive con una buena mujer de Betsaida.

Tiene la seguridad de no estar separado de sus padres.

Y con esto ha reflorecido en su cuerpo y en su corazón.

Así le pasará al tuyo.

Estará más tranquilo con lo que le diré.

Con el tiempo que es un buen médico y con verte más tranquila,

sin preocupación por lo que tendrán que comer.

Adiós mujer.

Debo llegar antes del crepúsculo del atardecer, para esperar a mis apóstoles.

Ven, José.

Despídete de tu mamá, tus hermanitos y tu abuelita.

Y luego alcánzame corriendo.

Jesús se va.

Mannaém le dice:

–      ¿Y qué vas a decir a los apóstoles?

–      Que tengo conmigo a un viejo discípulo y a uno nuevo.

Se dirige a atravesar el poblado de Corozaín, para tomar la salida a Cafarnaúm. 

Está lleno de gente.

Un grupo de hombres detiene a Jesús,

diciéndole:

–     ¿Ya te vas?

¿No te quedas el sábado?

–      No.

Voy a Cafarnaúm.

–      Sin habernos dicho una sola palabra durante toda la semana.

¿No somos dignos de ella?

–      ¿No os he dado la mejor predicación durante seis días?

Varios preguntan al mismo tiempo:

–      ¿Cuándo?

–      ¿A quién?

–      A todos.

Desde el banco de la carpintería.

Durante estos días he predicado que al prójimo, se le debe amar…

Y ayudar en todos modos.

Especialmente dónde hay personas débiles, como viudas y huérfanos.

Hasta pronto, vosotros de Corozaín.

Meditad durante el sábado esta lección mía.

Y sin esperar contestación…. 

Jesús reanuda su camino, dejando desorientados a los de Corazín.

Pero el niño lo alcanza corriendo.

Y hace que se despierte nuevamente en los lugareños la curiosidad.

Y lo vuelven a detener.

–     ¿Le quitaste ya su hijo a la mujer?

¿Para qué?

–      Para enseñarle a creer que Dios es Padre.

Y que en Dios encontrará también a su padre muerto.

Y también para que aquí, haya alguien que crea en lugar del viejo Isaac.

–       Con tus discípulos hay tres que son de Corozaín.

–      Con los míos.

No aquí.

Este estará aquí.

Hasta pronto.

-Y llevando al niño en medio entre Él y Manahén, reanuda su camino,

y va ligero por la campiña hacia Cafarnaúm;

hablando con Manahén.

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242 PARÁBOLA DE LA VID Y EL OLMO


242 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Los tres que se fueron a Sidón con el enfermito que la Virgen le comentara a Jesús;

para que fuera también a consolar a la madre que las detuvo en el pozo…

Como las peticiones maternas son atendidas inmediatamente por el Maestro, les entretienen pocas horas…

Por la tarde regresa Jesús con Juan de Endor y Hermasteo.

Pasa saludando a la gente que está apiñada delante de las pequeñas casas.

Su sonrisa es una bendición. 

Pedro mientras tanto, ha reunido a todos los enfermos, en el huerto más grande, del pequeño poblado pesquero.

Y todos esperan como niños obedientes, esperando con ilusión al Maestro que está lleno de amor.

Cuando llega, los apóstoles ya tienen todo organizado.

No podía faltar el enfermo de los ojos, casi ciego por las oftalmías ulcerosas.

Se lo presentan y Él lo cura.

Luego es el turno de uno que está sin duda palúdico, consumido y amarillo como un chino…

Y lo cura.

Luego es una mujer, que le pide un milagro singular:

leche para su pecho, que no la tiene; y muestra un niño de pocos días;

desnutrido y todo colorado; inflamado, como por un trastorno interno.

Llorando dice:

–       Miradme…

Se nos manda obedecer al hombre y procrear.

Pero ¿Para qué sirve, si luego vemos apagarse a nuestros hijos?

Es el tercero que doy a luz.

A dos ya los he recostado en el sepulcro, por este pecho inservible.

Éste ya se está muriendo, porque ha nacido en la época de mayor calor.

Los otros vivieron: uno diez lunas y el otro seis;

para que al final, hacerme llorar más todavía,

porque murieron por enfermedad del estómago. 

Si tuviera mi leche esto no pasaría…

Jesús la mira,

y dice:

–      Tu hijo vivirá.

Ten fe. Ve a tu casa.

En cuanto llegues dale el pecho al niño. Ten fe.

La mujer, obediente se marcha, estrechando contra su corazón a su bebé,

que refunfuña como un gatito. 

Muchos de los presentes, dan opiniones encontradas….

–      Pero, ¿Le va a venir la leche?

–      Claro que le vendrá.

–      Yo digo que le va a vivir el niño.

–      Pero que la leche no le viene…

–      Y ya si vive será un milagro…

–      Está casi muerto de penuria.

–      Pues yo digo que le viene la leche.

–      Sí.

–      No.

Las opiniones son múltiples como las personas.

Mientras tanto, Jesús se retira a cenar.

Cuando sale para predicar de nuevo, hay todavía más gente;

porque la noticia del milagro del niño enfermo de fiebres, realizado por Jesús al poco de desembarcar;

se ha extendido por la ciudad.   

Jesús se sube sobre un peñasco grande que está junto a una palmera…

Y lo utiliza como púlpito.

Y empieza hablando así:

–      Os doy mi paz…

Para que prepare vuestro espíritu a comprender.

En la tempestad no se puede oír la voz del Señor.

Cualquier tipo de desasosiego es nocivo a la Sabiduría.

Porque la Sabiduría, siendo así que viene de Dios, es pacífica.

El desasosiego, por el contrario, no viene de Dios;

porque los agobios, las ansias, las dudas, son obras del Maligno,

para inquietar a los hijos del hombre y separarlos de Dios.

Os propongo esta parábola para que entendáis mejor la enseñanza… 

Un agricultor tenía en sus campos muchos árboles y vides que daban mucho fruto. 

Entre éstas, había una, de la que se sentía muy orgulloso, porque era de calidad selecta.

Un año esta vid dio muchas hojas, pero pocos racimos.

Un amigo le dijo al agricultor:

“Es porque la has podado demasiado poco”.

Al año siguiente el hombre la podó mucho… 

La vid dio pocos sarmientos y de racimos todavía menos.

Otro amigo dijo:

“Es porque la has podado demasiado”.

El tercer año el hombre no la tocó…

La vid no dio ni un solo racimo y muy pocas hojas delgadas, acartonadas, orinientas.

Un tercer amigo sentenció:

“Muere porque la tierra no es buena. Quémala”.

El agricultor objetó:

“Pero ¿Por qué, si es la misma tierra de las otras y la cuido como a las demás?

¡Antes iba bien!”.

El amigo se encogió de hombros y se fue.

Pasó un desconocido viandante y se detuvo a observar al agricultor;

que estaba apoyado con tristeza en el tronco de la pobre vid. “

Y le preguntó:

¿Qué te pasa?” “¿Tienes algún difunto en tu casa?”.

–      No.

Pero se me está muriendo esta vid.

La apreciaba mucho.

Se ha quedado sin savia para dar fruto.

Un año, poco; al otro, menos; éste, nada.

He hecho lo que me han aconsejado, pero no ha servido de nada.

El desconocido entró en el campo y se acercó a la vid.

Tocó las hojas, cogió un terrón del suelo, lo olió, lo desmenuzó con sus dedos… 

Luego levantó su mirada hacia el tronco del árbol que servía de apoyo a la vid…  

Y sentenció:

–      Tienes que cortarlo.

Esta vid está consumida por causa del tronco.

–      ¡Pero si es su apoyo desde hace años!

–      Respóndeme, hombre:

Cuándo plantaste esta vid, ¿Cómo era ella y cómo era el tronco?

–       ¡Oh, era un hermoso majuelo de tres años!

Lo saqué de otra cepa mía.

Para traerlo aquí hice un agujero profundo, para no dañar las raíces al sacarlo del terruño natal.

También aquí había hecho un agujero más grande todavía, para que estuviera enseguida a sus anchas.

Antes había excavado bien con la azada toda la tierra de alrededor;

para que estuviera esponjosa, de forma que las raíces pudieran extenderse enseguida sin esfuerzo.

Metí en el fondo grato abono y coloqué el majuelo con todo cuidado…

Cómo sabes, las raíces se fortifican si encuentran inmediatamente algo que las nutra-.

Del olmo me ocupé menos.

Era un arbolito cuya única función era la de servir de apoyo al majuelo.

Por eso, lo puse casi superficialmente, al lado del majuelo, lo afiancé y me fui.

Arraigaron los dos, porque la tierra es buena.

De todas formas, mientras que la vid crecía de un año para otro; 

porque yo la cuidaba y era estimada, podada, arrejacada.

El olmo crecía con dificultad (¡para lo que servía!…)…

Pero luego se ha hecho recio.

¿Ves qué hermoso está ahora?

Cuando vuelvo de lejos veo destacar alta su copa como una torre,.

Y me parece la enseña de mi pequeño reino.

Al principio la vid lo tapaba y no se veían sus hermosas frondas.

¡Ahora, mira qué hermosa su copa allá arriba bajo el sol!

¡Y qué tronco! Derecho, fuerte.

Podía sujetar esta vid durante años y años;

aunque hubiera crecido como aquellas que cogieron los exploradores de Israel en el torrente del Racimo.

Sin embargo…”.

El hombre le dice:

–       Sin embargo…

Te la ha matado. La ha rendido.

Todo favorecía su vida: el terreno, la posición, la luz, el sol, tu forma de cuidarla.

Pero éste la ha matado. Se ha hecho demasiado fuerte.

Ha atenazado sus raíces y las ha ahogado.

Le ha quitado todo jugo proveniente del suelo, ha estrangulado su respiración, le ha vedado la luz que necesitaba.

Tala inmediatamente este inútil y recio árbol, y tu vid renacerá.

Y renacerá mejor aún si, con paciencia, excavas la tierra para poner al desnudo las raíces del olmo. 

Y las siegas, para asegurarte que no echen rebrotes.

Se pudrirán en el suelo con sus últimas ramificaciones: de muerte se transformarán en vida; 

porque se transformarán en sustancia fertilizante: digno castigo a su egoísmo.

El tronco lo echarás al fuego, y así te será útil, cuando se carbonice.

Una planta inútil y nociva sólo sirve para el fuego…

La Fe en Dios nos permite VER lo invisible, CREER lo increíble y RECIBIR lo imposible…  

Y debe ser arrancada, para que todo el bien lo reciba la planta buena y útil .

Ten fe en lo que te digo y te sentirás feliz.

–      Pero…

¿Quién eres tú? Dímelo, para que pueda tener fe.

–      Yo soy el Sapiente.

Quien cree en mí estará seguro.

Y se marchó.

E1 hombre tuvo un momento de indecisión.

Luego se decidió y echó mano a la sierra.

Es más, llamó a sus amigos para que le ayudaran.  

Y éstos no tardaron en criticarlo:

–       ¡Qué sandez!

–       ¡Perderás vid y olmo!

–       ¡Yo me limitaría a podarle la copa para dar aire a la vid!

–      ¡No más!

–     En todo caso deberá tener un soporte. 

–      Es un trabajo inútil.

–      ¿Quién sabe quién era! 

–      Quizás uno que te odia y tú no lo sabes.

–      ¡O quizás es un loco!

…Y así sucesivamente lo asediaron con recomendaciones. 

Pero el agricultor fue firme,

y dijo:

–      Haré lo que me ha dicho.

Tengo fe en él.

Y segó el olmo por la base.

Y no contento con ello, en un amplio radio puso al desnudo las raíces de las dos plantas.

Y segó con paciencia las del olmo, poniendo cuidado en no dañar las de la vid.

Luego volvió a tapar el vasto agujero que había hecho.

A la vid, que se había quedado sin soporte, le puso al lado una fuerte barra de hierro.

Luego escribió en una tabla la palabra “Fe” y la ató en la parte alta de la barra.

Los otros se marcharon meneando la cabeza.

Pasó el otoño y el invierno.

Vino la primavera.

Los sarmientos, enroscados en el apoyo se adornaron de abundantes gemas. 

Primero apiñadas como en un estuche de terciopelo plateado;

Enseguida entreabiertas, sobre la esmeralda de las nacientes hojitas.

Luego abiertas del todo.

Y brotaron nuevos sarmientos fuertes a partir del tronco.

Todos ellos un verdadero ramillete de florecillas…

Y luego todo un fructificar de granos de uva.

Más racimos que hojas.

Y éstas, grandes, verdes, fuertes… 

Tan fuertes como los conjuntos de dos, tres o más racimos.

Cada racimo, una densa concentración de granos carnosos, jugosos, espléndidos.  

El hombre volvió a llamar a sus amigos incrédulos,

preguntándoles:

–      ¿Y ahora qué decís?

¿Era o no el árbol la razón por la cual mi vid moría?

¿Era acertado o no lo que dijo el Sapiente

¿Tuve o no razón cuando escribí en esa tabla la palabra “Fe”?

Ellos respondieron:

–      Has tenido razón.

–     ¡Dichoso tú que has sabido tener fe.

–      Y has sido capaz de destruir el pasado…

–     Y  lo que de nocivo se te dijo.  

Jesús finaliza,

diciendo:

Esta es la parábola….

Y por lo que respecta a la mujer del pecho seco, ahí tenéis la respuesta.

Mirad hacia la ciudad.

Todos se vuelven hacia la ciudad…

Y ven que viene corriendo la mujer de antes.

La cual, a pesar venir corriendo,

no separa a su hijito de su pecho exuberante de leche

Del que el pequeño hambriento mama con tal voracidad, que casi se ahoga.

Y la mujer no se detiene sino a los pies de Jesús;

sólo entonces separa un momento del pezón al niño…

Y grita:

–      ¡Tu bendición!

¡Tu bendición, para que viva para Tí!  

Jesús pone sus dos manos, sobre la cabeza de la madre y del niño….

Orando en silencio…

Pasado este momento,

Jesús continúa:

–      Habéis recibido la respuesta a vuestras hipótesis acerca del milagro.

De todas formas, la parábola tiene un sentido más amplio del pequeño episodio de una fe premiada.

El sentido es éste:

Dios había plantado su vid, su pueblo, en un lugar apropiado.

 Y le había procurado todo lo que necesitaba para crecer y dar frutos cada vez mayores.

Y había apoyado a su pueblo en los maestros, para que pudiera comprender más fácilmente la Ley…

para que fueran su fuerza.

Pero los maestros quisieron ser más que el Legislador;

crecieron, crecieron, crecieron… hasta hacerse valer por encima de la eterna palabra.

Y así Israel ha quedado estéril.

El Señor ha enviado entonces al Sapiente, para que los israelitas que, con recto corazón;

sienten el dolor de esta infecundidad y prueban los remedios que les vienen; 

de los dictámenes o consejos de los maestros -doctos humanamente-

indoctos sobrenaturalmente…

Y por lo tanto, lejanos del conocimiento de lo que se debe hacer para devolver la vida al espíritu de Israel…

Puedan disponer de un consejo verdaderamente beneficioso.

Ahora bien, ¿Qué sucede?

¿Por qué no recupera las fuerzas Israel?

¿Y vuelve a ser vigoroso como en los tiempos áureos, de su fidelidad al Señor?

Porque el consejo es: eliminar todas las cosas parasitarias, que han crecido en detrimento de la Cosa santa:  

La Ley del Decálogo tal y como fue dada.

Eliminar los agregados humanos, para dejar aire, espacio, alimento a la Vid, al Pueblo de Dios.

Y darle un apoyo recio, derecho, que no pueda ser plegado;

soporte único, de nombre luminoso: la Fe.

Pues bien, este consejo no se acepta.

Por eso os digo que Israel caerá, siendo así que podría renacer y ganar el Reino de Dios;

si supiera creer y generosamente corregirse y modificarse substancialmente.

Podéis marcharos en paz.

Que el Señor esté con vosotros.

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235 SACERDOTE Y JUEZ


235 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Juicio ante un homicidio 

Jesús va con premura hacia el centro de la población..

Los pastores permanecen indecisos, pero luego dejan el rebaño a los más jóvenes;

que se quedan con todas las mujeres, menos la Madre y María de Alfeo, que siguen a Jesús.

Y se ponen a caminar para alcanzar al grupo apostólico.

En la tercera calle que atraviesa la via central de Belén se encuentran con Judas Iscariote, Simón, Pedro y Santiago;

que se habían adelantado, a buscar hospedaje.

Ellos vienen gesticulando y les hacen señas….

Y dan gritos.

Pedro está muy impresionado, desencajado…

Y dice con angustia:

–     ¡Qué desgracia, Maestro!

Ay, lo que está sucediendo, Maestro… lo que está sucediendo!

¡Qué desgracia y qué pena!

¡Qué cosa más triste!

Simón Zelote agrega:

–     Un hijo a quién arrebatan de su madre a la fuerza, para matarlo.

Y ella lo defiende como una hiena;

pero es sólo una mujer contra los soldados y ellos están armados.

Judas dice:

–      Le sale sangre por todas partes.

Santiago de Zebedeo añade:

–      Le rompieron la puerta,

porque se había atrancado detrás de ella.

La Virgen tiene las manos juntas, orando con fuerza…

Y contesta:

–    Voy donde esa mujer.

Jesús confirma:

–     Yo también voy allá.

Simón:

–     ¡Oh, sí!

¡Tú eres el único que puede consolarla!

Giran hacia la derecha, luego a la izquierda, hacia el centro del pueblo.

Ya se ve la tumultuosa aglomeración de gente que se mueve agitada y hace presión ante la casa de Abel.

Se oyen los gritos desgarradores de la madre.

Gritos que no parecen humanos.

Agresivos, feroces  y dignos de compasión al mismo tiempo.

Jesús apresura el paso.

Y llega a una placita diminuta, edificada en una curva del camino, que aquí se ensancha…

Y en la cual el tumulto es máximo.

La mujer defiende a su hijo contra los soldados.

Con una mano está aferrada como si fuera una garra de hierro, a un pedazo, que es lo único que queda, de la puerta destrozada;

circundando con el otro brazo la cintura del muchacho; es la otra mano de acero con la que disputa su hijo a los soldados.

Si alguien trata de quitársela lo muerde con furia, sin importarle los golpes que recibe;

ni los tirones en su cabellera; que son tan fuertes, que le echan la cabeza hacia atrás,

arrancándole mechones de pelo…

Cuando no muerde,

grita:

–    Dejadlo!

¡Asesinos!

¡Es inocente!

¡La noche en que mataron a Yoel durmió conmigo a mi lado!

¡Asesinos! ¡Asesinos!

¡Calumniadores! ¡Inmundos!

¡Perjuros! ¡Perversos!

Y al joven aferrado de los hombros por los que lo capturan, arrastrado por los brazos, sobre el empedrado de la calle…

se vuelve con el rostro desencajado,

y grita:

–      ¡Mamá, mamá!

¿Por qué he de morir si no he hecho nada?

Es hermoso.

Alto, delgado.

De ojos oscuros y dulces.

De cabello ondulado y negro.

Sus vestidos desgarrados, muestran su cuerpo ágil y muy joven; que apenas ha dejado la pubertad.

Jesús, con ayuda de quienes lo acompañan, incide en la multitud, compacta como una roca.

Y se abre paso hasta el penoso grupo.

precisamente en el momento en que logran separar de la puerta a la mujer exhausta;

que es incapaz de resistir más la fuerza de la mayoría

Que es arrancada de la puerta y arrastrada como un costal,

unida al cuerpo de su hijo, por la calle empedrada.

Esto dura poco de todas formas, porque, con un tirón más violento, separan la mano materna de la cintura de su hijo.

Y la mujer cae boca abajo y se golpea fuertemente la cara contra el suelo, con lo cual sangra más todavía.

Al punto se endereza y se pone de rodillas.

Tiende sus brazos hacia su hijo, al que se llevan a toda prisa, en la medida que lo permite la muchedumbre;

que se abre con dificultad y a la que empujan violentamente.

El acusado logra liberar el brazo izquierdo, lo agita y torciéndose hacia atrás, :

El joven le grita:

–    Adiós, mamá.

Recuerda al menos tú, que yo soy inocente.

La mujer lo mira con ojos demenciales y luego cae por tierra desvanecida…

Golpeando con su cara contra el suelo, en medio de un charco de sangre.

Jesús se interpone al paso de los captores,

y ordena:

–      ¡Deteneos un momento!

¡Os lo ordeno!

Su voz y su rostro no admiten réplica.

Un ciudadano se adelanta del grupo y con tono muy agresivo,

le pregunta

–      ¿Quién eres?

No te conocemos.

Retírate y déjanos ir para que muera antes de que llegue la noche.

–      Soy un Rabí.

El más grande.

En Nombre de Yeové deteneos o Él os destruirá con sus rayos.

Parece como si fuese Él, el que los despidiese con su mirada centelleante.

Y con su Voz fuese a fulminarlos,

preguntando:

–     ¿Quién es el que da testimonio contra éste

Aser dice:

–       Yo, él y él. -señalando al otro poderoso.

–     Vuestro testimonio no es válido, porque no es verdadero.

–      ¿Y cómo puedes decirlo?

–     ¡Estamos prontos a jurarlo!

–      Vuestro juramento es pecado.

Los tres hombres dicen al mismo tiempo:

–      ¿Qué estamos pecando nosotros?

–     ¿Nosotros?

–      ¿Sabes quiénes somos?…

Jesús los atraviesa con su mirada severa…

Y declara:

–     Lo sé.

Vosotros, sí.

Así como adentro fomentáis la lujuria; dais pasto al odio;

apacentáis la avaricia de las riquezas y cometéis homicidios.

Así también sois unos perjuros.

Os habéis vendido a la inmundicia.

Podéis realizar cualquier crimen.

No tenéis remordimiento al cualquier indecencia.

–     Ten cuidado con lo que estás diciendo.

Yo soy Aser…

–     Y Yo Soy Jesús.

–     No eres de aquí.

Y no eres ni sacerdote, ni juez.

No eres nada.

Eres un forastero.

–    Sí. Soy el Forastero, porque la Tierra no es mi Reino.

Pero Soy Juez y Sacerdote, no solo de esta pequeña parte de Israel;

sino de todo Israel y de todo el Mundo. 

Jacobo, el otro testigo,

exclama:

–       ¡Vámonos!

Dejemos a este loco.

¡Vamos, vamos, que éste es un loco!

Y da un empujón a Jesús, para apartarlo.

Jesús lo ve con los ojos del milagro…

Que, de la misma forma que devuelve vida y alegría, también subyuga y detiene lo que sea, cuando quiere.

Jesús grita con una mirada que paraliza:

–     ¡No darás ni un paso más!

La voz de Jesús es tan penetrante, que suena como toque de trompeta,

cuando declara:

“Tú no darás ni un paso más.

¿No crees lo que estoy diciendo?

Pues bien, mira…

Aquí no hay polvo del Templo, ni el agua de él.

(Se trata del  Juicio de Dios según la prescripción mosaica de Números 5, 11-31)

Y no están las palabras escritas con tinta, para hacer el agua amarguísima;

que es la señal de los celos y el adulterio.

Pero aquí estoy Yo.

¡Y Yo voy a juzgar!

La voz de Jesús es tan resonante como una trompeta.

La gente se amontona para ver.

Y solo la Virgen y María de Alfeo, se quedan a ayudar a la mujer desvanecida.

Jesús continúa:

–    Y Yo voy a Juzgar aquí.

Dadme un poco de polvo del camino y un poco de agua en una taza.

Y mientras me lo traéis…

Vosotros acusadores y tú, el acusado,

responded:

–     ¿Eres tú inocente, hijo?

Dilo con sinceridad al que es tu Salvador.

Abel responde:

–      Lo soy, Señor.

–      Aser,

¿Puedes jurar de haber dicho la verdad?

–      Lo juro.

No tengo razón para mentir.

Lo juro por el altar.

Descienda del Cielo fuego que me queme, si no digo la verdad.

–     Jacobo,

¿Puedes jurar que eres sincero en tu acusación y no tienes ningún motivo interno para mentir?

–     Lo juro por Yeové.

El amor que tengo por mi amigo occiso, me obliga a hablar.

No tengo nada que ver con éste.

–    Y tú siervo:

¿Puedes jurar de haber dicho la verdad?

–     Mil veces si fuera necesario.

Mi patrón, mi pobre patrón…

El hombre llora cubriéndose la cabeza con el manto.

–    Está bien.

He aquí el agua y he aquí el polvo.

Voy a decir lo siguiente:

“Padre Santo y Dios Altísimo.

Muestra tu Juicio verdadero por este medio, a fín de que vida y honra,

permanezcan con el inocente y con la madre desolada.  

Y venga digno castigo para el que no lo es.

Pero por la Gracia que tengo ante tus ojos, no fuego ni muerte;

sino larga expiación tenga, el que cometió el pecado.”

Jesús ha dicho estas palabras, con las manos extendidas sobre la taza;

como hace el sacerdote en el altar, durante la Misa, en el Ofertorio.

Después mete la mano derecha en la taza.

Y con la mano rocía a los cuatro sujetos al juicio…

Y luego les hace beber un poco de agua.

Primero al joven y luego a los demás.

Cruza los brazos sobre el pecho y mira.

También la gente mira…

Y un momento después, un grito se les escapa de los labios.

Y se arrojan de bruces a la tierra.

Aterrorizados y adorando al mismo tiempo.

Entonces los cuatro que estaban en línea, se miran entre sí y gritan a su vez.

El joven Abel, de estupefacción.

Los otros de horror…

¡Porque se ven cubiertos en la cara de una subitánea lepra!

¡Mientras que en la del joven no hay nada!

El siervo se arroja a los pies de Jesús,

que se aparta, como todos los demás, incluidos los soldados.

Y se separa tomando de la mano al joven Abel, para no contaminarse con los tres leprosos.

El siervo grita:

–      ¡No! ¡No!

¡Perdón!

¡Estoy leproso!

Son ellos los que me pagaron para que retardase a mi patrón hasta el atardecer,

para pegarle en el camino solitario.

Me hicieron que quitara las herraduras a la mula.

Me enseñaron como mentir, diciendo que yo me había adelantado y no es así;

porque yo me estuve allí, para matarlo junto con ellos.

Diré también por qué lo hicieron.

Porque Yoel se enteró que Jacobo amaba a su joven esposa.

Y porque Aser deseaba a la madre de Abel y ella lo rechazaba.

Se pusieron de acuerdo para librarse de Yoel y de Abel al mismo tiempo

y quedarse con las mujeres.

Esta es la verdad.

¡Quítame la lepra! ¡Quítamela!

Abel, tú eres bueno, ¡Intercede por mí!…

Jesús ordena:

–      Tú vete a donde está tu madre.

Que cuando salga de su desvanecimiento vea tu cara y vuelva a una vida tranquila.

Y vosotros…

Debería deciros: ‘

–       Qué os castiguen como queríais hacer’ sería una justicia humana;

pero os entrego a una expiación sobrehumana.

La lepra de la que os horrorizáis, os salva de ser arrestados y muertos; cómo debería ser y merecéis.

Pueblo de Belén, apartaos.

Abríos como las aguas del mar, para que se vayan éstos a su galera y cumplan su larga condena.

¡Horrible galera! Más atroz que la muerte.

Es una piedad divina que les ha dado un medio para recapacitar si quieren.

¡Váyanse! ¡Largaos!

La multitud se pega a las paredes, dejando libre el centro de la calle.

Y los tres, cubiertos de lepra como si ya tuvieran muchos años padeciéndola;

se van, uno detrás del otro, a la Montaña del silencio,

envueltos en la penumbra que ha empezado a caer.

Lo único que se escucha es su llanto.

Jesús dice a todos:

–      Purificad el camino con mucha agua después de haberos quemado con el fuego.

Soldados; referid que se hizo justicia según la más perfecta Ley Mosaica.

Jesús trata de ir a donde su Madre y su tía María Cleofás.

Que siguen socorriendo a la mujer que está volviendo de su desmayo,

mientras el hijo acaricia las manos heladas y las besa.

Pero la gente de Belén, con un respeto que está lleno de terror,..

Le ruega:

–      ¡Háblanos, Señor!

Eres realmente poderoso.

Eres, sin duda, Aquel de quien habló el hombre que pasó por aquí…

Anunciando al Mesías.

Jesús responde:

–      Hablaré por la noche cerca del aprisco de los pastores.

Ahora voy a confortar a la madre de Abel.

Y va hacia la mujer…

La cual, sentada en el regazo de María de Alfeo, vuelve cada vez más en sí.

Y mira al rostro amoroso  de María, que le sonríe.

Pero no comprende…

Hasta que baja su mirada y la fija en la cabeza morena de su hijo;

que está inclinado hacia sus manos temblorosas,

y pregunta:

–      ¿Yo también estoy muerta?

¿Esto es el Limbo?

La Virgen María,

responde:

–     No, mujer, es la Tierra.

Éste es tu hijo, salvado de la muerte.

Y este es Jesús, mi Hijo, el Salvador.

La primera reacción de la mujer es un movimiento lleno de humanidad:

reúne sus fuerzas y alarga su cuerpo hacia su hijo.

Le toma la cabeza que está inclinada…

Lo ve vivo y sano.

Y lo besa frenéticamente, llorando, riendo…

Recordando todos los nombres de la cuna, para expresarle su alegría.

Abel la acaricia diciéndole:

–      Sí, mamá, sí.

Pero ahora no me mires a mí, sino a Él.

A Él, que me ha salvado.

Bendice al Señor.

La mujer, aún demasiado débil para ponerse en pie o arrodillarse,

alarga sus manos, todavía temblorosas y sangrantes,

toma la mano de Jesús y la cubre de besos y lágrimas.

Jesús le pone la mano izquierda sobre la cabeza,

y le dice:

–      Sé feliz.

En paz.

Sé siempre buena.

Y tú también, Abel.

–      No, Señor mío.

Mi vida y la de mi hijo son tuyas, porque Tú las has salvado.

Deja que él vaya con los discípulos, como ya deseaba desde que estuvieron aquí.

Te lo doy con gran alegría,

Y te ruego que me permitas seguirle, para servirle a él y a los siervos de Dios.

–      ¿Y tu casa?

–      Señor, ¿Puede acaso uno que ha resucitado de la muerte?

La CONVERSIÓN, es la RESURRECCIÓN ESPIRITUAL

¿Seguir teniendo los mismos afectos que tenía antes de morir?!

Mirta ha resurgido por ti de la muerte y del infierno.

Si permanezco en esta ciudad, podría llegar a odiar a los que me han torturado en mi hijo,

y Tú sé que predicas el amor.

Deja, pues, que la pobre Mirta ame al Único que merece amor,

y a su misión y a sus siervos.

Ahora me siento todavía agotada, no podría seguirte;

pero, en cuanto pueda, permítemelo, Señor.

Te seguiré a ti y estaré con mi Abel…

-Seguirás a tu hijo y a mí con él.

Sé feliz.

Queda en paz ahora, con mi paz.

Adiós.

Y, mientras la mujer con la ayuda de su hijo y de algunos otros compasivos entra en su casa,

Jesús, con los pastores, los apóstoles, su Madre y María de Alfeo, sale del pueblo

y se dirige hacia el aprisco, situado al extremo de una calle,

que termina en los campos…

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