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381 PARA LOS EXORCISTAS


381 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Están ahora nuevamente en la casa de Nazaret.

Esparcidos en el rellano de los olivos, en espera de separarse para ir a descansar.

Ya ha oscurecido y la luna se levanta tarde, así que han encendido una pequeña

hoguera para aclarar la noche;

Una noche tibia, «demasiado incluso» como sentencian los pescadores previendo

próximas lluvias.

Y es bonito estar allí, todos unidos:

las mujeres en el huerto florecido, alrededor de María;

los hombres aquí arriba.

Y en el borde del rellano, de forma que lo vean tanto éstos como aquéllas,

Jesús, respondiendo a uno o a otro, mientras las discípulas escuchan atentas.

Deben haber referido lo del epiléptico curado al pie del monte y todavía siguen los

comentarios al respecto.

Simón de Alfeo exclama:

–        ¡Vamos, que has hecho falta Tú!

¡Pero ni siquiera el ver que incluso sus exorcistas no podían nada,

a pesar de haber dicho que habían usado las fórmulas más fuertes,

ha convencido a esos cernícalos!

Dice, meneando la cabeza, el barquero Salomón:

–        Y no convencerán a sus escribas ni siquiera diciéndoles sus conclusiones.

–        ¡Ya, claro!

Me parecía que hablaban bien, ¿No es verdad?

Hermas agrega:

–        Muy bien.

Excluyeron todo tipo de sortilegio demoníaco en el poder de Jesús.

Y dijeron que se sintieron invadidos de profunda paz

cuando el Maestro hizo el milagro;

mientras que cuando sale de uno un poder malvado lo sienten como un sufrimiento

–        ¡Pero hay que ver qué espíritu más fuerte!

¡No se quería marchar!

Pero, ¿Cómo es que no lo tenía continuamente poseído?

–        ¿Era un espíritu rechazado, solitario?

¿O era tan santo el muchacho, que por sí mismo lo repelía?

Jesús responde espontáneamente:

–        He explicado varias veces que toda enfermedad,

siendo un tormento y un desorden, puede esconder a Satanás.

Y Satanás se puede esconder en una enfermedad, usarla, crearla, para atormentar y

hacer blasfemar contra Dios.

El niño era un enfermo, no un poseído.

Un alma pura.

Por eso con gran alegría la he liberado del astutísimo demonio,

que quería dominarla hasta el punto de hacerla impura.

Judas pregunta:

–        ¿Y por qué, si era una simple enfermedad,

no hemos podido resolverlo nosotros?

Tomás agrega: .

–      ¡Sí, eso!

Se comprende que los exorcistas, si no era un endemoniado,

no hayan podido hacer nada.

Pero nosotros..

Y Judas de Keriot que no ha encajado la afrenta de haber intentado muchas veces

con el muchacho

y haber obtenido sólo que cayera en un estado de agitación con convulsiones dice:

–        Pero nosotros…

Hasta parecía que se le empeorase.

¿Recuerdas, Felipe?

Tú que me ayudabas oíste y viste las burlas que me dirigía.

Me dijo incluso: «¡Vete! De los dos el más demonio eres tú».

Lo cual hizo que a mis espaldas se rieran los escribas.

Jesús pregunta como sin interés:

–        ¿Y ello te ha dolido?

–         ¡Claro que sí!

No es una cosa bonita que se burlen de uno.

Y no es útil cuando se es apóstol tuyo.

Se pierde autoridad.

Judas está tan ciego a la Verdad,

La posesión demoníaca perfecta, causada por la impenitencia y el egoísmo desenfrenado; provocan la ceguera moral, emocional y espiritual que Satanás necesita, para hacer capaces a sus instrumentos de cometer los más atroces crímenes…. 

que no reconoce que el Demonio le dió la razón, por la cual es un apóstol indigno...

–        Cuando uno tiene a Dios tiene autoridad,

aunque el mundo entero se burle, Judas de Simón.

–        De acuerdo.

Pero Tú aumenta, al menos en nosotros los apóstoles, el poder;

para no sufrir otra vez ciertas derrotas.

–        Ni es justo ni sería útil que Yo aumentara el poder.

Por vosotros mismos lo tenéis que hacer, para salir vencedores.

Si habéis fracasado ha sido por vuestra insuficiencia, y también por haber disminuido

cuanto os había dado, con elementos no santos que habéis querido añadir

esperando mayores triunfos.

Judas pregunta:

–        ¿Lo dices por mí, Señor?

–        Tú sabrás si lo mereces.

Hablo a todos.

Bartolomé pregunta:

–        ¿Pero entonces qué hay que tener para vencer a estos demonios?

–        Oración y ayuno.

No se necesita nada más.

Orad y ayunad.

Y no sólo en la carne.

Por eso bien está el que vuestro orgullo haya quedado en ayunas, sin ser satisfecho.

El orgullo saciado vuelve apáticas la mente y el alma.

Y la oración se hace tibia, inerte; de la misma forma que el cuerpo demasiado lleno

está somnoliento y pesado.

Y ahora vamos también nosotros al justo descanso. 

Que mañana al amanecer todos,

menos Mannahém y los discípulos pastores,

estén en el camino de Caná.

La paz sea con vosotros.

Y retiene a Isaac y a Mannahém y da particulares instrucciones para el día siguiente,

día de la partida para las discípulas y María,

que, junto con Simón de Alfeo, y Alfeo de Sara, empiezan el peregrinaje pascual. –

Pasaréis por Esdrelón para que Margziam vea al anciano.

Daréis a los labriegos la bolsa que por indicación mía os ha dado Judas de Keriot.

Y durante el viaje socorreréis a todos los pobres que os encontréis, con la otra que os

he dado hace poco.

Cuando lleguéis a Jerusalén, id a Betania

y decid que me esperen para la luna nueva Nisán.

Poco podré tardar a partir de ese día.

Os confío a la persona que más estimo y a las discípulas.

Pero estoy tranquilo de que estarán seguras.

Partid.

Nos volveremos a ver en Betania y estaremos bastante tiempo juntos.

Los bendice.

Y mientras ellos se alejan en la noche, salta hacia abajo, al huerto.

Y entra en casa, donde ya están las discípulas y su Madre,

que, con Margziam, están apretando los cordones de los fardos de viaje

y disponiendo todas las cosas para esta ausencia cuya duración no se conoc

376 DESPUÉS DEL ASESINATO


  1. 376 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Cuando ponen pie en la playita de Cafarnaúm, los recibe el griterío de los niños,

que tanto corren, veloces, chillando con sus vocecitas, desde la playa a las casas,

que emulan a las golondrinas afanadas en la construcción de los nuevos nidos;

alborozados con esa sencilla alegría de los niños,

para los cuales es espectáculo maravilloso un pez muerto encontrado en la orilla,

Y mágico objeto una piedra pulida por las olas y que por su color asemeja a

una piedra preciosa, la flor descubierta entre dos piedras o el escarabajo

tornasolado capturado en vuelo:

prodigios todos dignos de ser mostrados a las mamás,

para que participen de la alegría de su hijito.

Mas ahora estas golondrinas humanas han visto a Jesús,

y todos sus vuelos convergen hacia Él, que está para desembarcar en la playita.

Entonces se abate sobre Jesús una templada, viva avalancha de carnes niñas,

y lo ciñe; una cadena suave de tiernas manitas, que lo ata;

un amor de corazones infantiles, que, cual dulce fuego, le da calor. 

Y todos gritan:

–         ¡Yo! ¡Yo!

–        ¡Un beso!

–        ¡A mí!

–        ¡También yo!

–        ¡Jesús! ¡Te quiero!

–         ¡No te vuelvas a marchar por tanto tiempo!

–        ¡Venía todos los días aquí para ver si venías!

–        ¡Yo iba a tu casa!

–        Ten esta flor.

Era para mi mamá. Pero te la doy.

–        Otro beso más para mí, muy fuerte.

El de antes no me ha tocado, porque Yael me ha empujado para atrás…

Y las vocecitas continúan mientras Jesús trata de caminar entre esa red de ternuras.

Apóstoles y discípulos gritan:

–          ¡Pero dejadlo un poco en paz!

–        ¡Fuera! ¡Basta!

Tratando de aflojar el cerco.

–        ¡Ya, ya!

¡Parecen lianas provistas de ventosas!

Por esta parte las separan, por allá se pegan.

Sonriendo, Jesús dice:

–        ¡Dejad! ¡Dejadlos

Con paciencia llegaremos

Y da pasos increíblemente pequeños para poder caminar sin pisar

los piececitos descalzos.

Pero lo que le libra del amoroso cerco,

es la repentina llegada de Mannahém con otros discípulos,

entre los cuales están los pastores que estaban en Judea.

Y con su potente voz solemne,

Mannahém lo saluda:

–         ¡La paz a Ti, Maestro!

Pues va espléndidamente vestido, aunque ya sin objetos de oro en la frente y en

los dedos;

eso sí, con una magnífica espada a la cintura que suscita la admiración llena de

reverencia de los niños, los cuales, ante este magnífico caballero vestido de

púrpura y con un arma tan estupenda en su cintura, se apartan atemorizados.

Y así Jesús puede abrazarlo y abrazar a Elías, a Leví, a Matías; a José, a Juan, a

Simeón y a muchos otros más.

Jesús pregunta:

–        ¿Cómo es que estás aquí?

¿Y cómo has sabido que había arribado?

El hermano de Herodes, contesta:

–          Saberlo, se ha sabido por los gritos de los niños.

Han traspasado los muros como flechas de alegría.

Pero he venido aquí porque pensaba que está próximo tu viaje a Judea y que

ciertamente tomarán parte en él las mujeres…

He querido estar también yo…

Para protegerte, Señor, si no es demasiada soberbia pensarlo.

Hay mucha efervescencia en Israel contra Ti.

Esto es una cosa dolorosa de decir

Pero no la ignoras.

Hablando así, llegan a la casa y entran en ella.

Mannahém continúa hablando después de que el jefe de casa y su mujer,

han saludado reverentemente al Maestro.

–         Ya en estos momentos la efervescencia y el interés que suscitas ha penetrado por todas partes,

agitando y llamando la atención incluso de los más insensibles y distraídos

por cosas muy distintas de lo que Tú eres.

Las noticias de tus obras han penetrado incluso dentro de las sucias murallas de

Maqueronte y en los lujuriosos refugio de Herodes,

bien sean éstos el palacio de Tiberíades, los castillos de Herodías o la espléndida

mansión de los Asmoneos cerca del Sixto.

Franquean, como oleadas de luz y poder, las barreras de tinieblas y mezquindad.

Abaten los cúmulos de pecados dispuestos como trinchera y refugio para los sucio

amores de la Corte y los atroces delitos.

Asaetean, como dardos de fuego, escribiendo palabras mucho más graves que las

del banquete de Baltasar en las licenciosas paredes de las alcobas y de las salas del

trono y de los banquetes.

Gritan tu Nombre y tu poder, tu Naturaleza y tu Misión.

Y Herodes tiembla de miedo por ello.

Y Herodías se contuerce en los lechos, con miedo a que Tú seas el Rey vengador

que habrá de arrebatarle riquezas, inmunidades e incluso la vida.

Y arrojarla a merced de las turbas, que vengarían sus muchos delitos.

En la Corte tiemblan. Y es por ti.

Tiemblan de miedo humano y sobrehumano.

Desde que la cabeza de Juan cayó cortada, un fuego parece devorar las entrañas de

quienes lo mataron.

Ya no tienen siquiera su mísera paz de antes, paz de puercos hartos de comilonas,

que encuentran el silencio a las acusaciones de la conciencia,

en la ebriedad y en la cópula.

Ya no hay nada que les dé paz…

Están perseguidos…

Y después de cada una de las horas de amor se odian;

hartos el uno de la otra, culpándose recíprocamente de haber cometido el delito

que turba, que ha sobrepasado la medida; mientras que Salomé, como poseída por

un demonio, vive zarandeada por un erotismo que degradaría a una esclava de las

moliendas.

El Palacio es más hediondo que un albañal.

Herodes me ha preguntado varias veces acerca de Ti.

Siempre he respondido:

«Para mí es el Mesías, el Rey de Israel de la única estirpe real, la de David.

Es el Hijo del hombre a que se refieren los Profetas, es el Verbo de Dios,

Aquel que, por ser el Cristo, el Ungido de Dios,

tiene derecho a reinar sobre todos los vivientes».

Y Herodes palidece de miedo sintiéndote el Vengador.

Porque los de la Corte para confortarlo dicen que Tú eres Juan falsamente

considerado muerto.

Elías o algún otro profeta del pasado…

Y con ello le hacen deprimirse más que nunca, de horror;.

Y rechaza el miedo, el grito de la conciencia desmembrada por el remordimiento,

diciendo: 

–        «¡No, no puede ser Juan!

Lo decapitaron por orden mía y su cabeza la tiene Herodías en segura custodia.

Y no puede ser uno de los profetas.

No se vive de nuevo una vez muertos.

Pero tampoco puede ser el Cristo. ¿Quién lo dice?

¿Quién dice que lo es?

¿Quién se atreve a decirme que es el Rey de la única estirpe regia?

¡Yo soy el rey! ¡Yo! Y ningún otro.

El Mesías fue matado por Herodes el Grande:

fue ahogado, recién nacido, en un mar de sangre.

Fue degollado como un corderito… y tenía pocos meses…

¿Oyes cómo llora?

Su balido me grita continuamente dentro de la cabeza, junto con el rugido de Juan:

`No te es lícito’…

¿No me es lícito

Sí. Todo me es lícito, porque yo soy `el rey’.

Aquí vino y mujeres, si Herodías rechaza mis abrazos amorosos.

Y que dance Salomé para despertar mis apetitos aterrorizados por esas cosas

pavorosas que dices».

Y se emborracha entre las mimas de la Corte, mientras en sus habitaciones grita la

desquiciada mujer sus blasfemias contra el Mártir… 

Y sus amenazas contra Ti.

Y en las suyas, Salomé conoce lo que es el haber nacido del pecado de dos

lujuriosos y el haber sido cómplice de un delito conseguido con el abandono del

propio cuerpo a los frenesíes lúbricos de un hombre inmundo.

Pero luego Herodes vuelve en sí y quiere saber de Ti.

Y querría verte.

Y por este motivo favorece el que yo venga a Ti, con la esperanza de que te lleve a

su presencia; cosa que no haré nunca,

para no llevar tu santidad a un antro de fieras inmundas.

Y querría tenerte Herodías para agredirte.

Y lo grita con su estilete en las manos…

Y querría tenerte Salomé, que te vio en Tiberíades sin que Tú lo supieras, el pasado

Etanim, en su insania por Ti…

¡Éste es el Palacio, Maestro!

Pero yo permanezco en él, porque así vigilo las intenciones respecto a Ti.

Jesús responde:

–         Yo te lo agradezco y el Altísimo te bendice por ello.

También esto es servir al Eterno en sus decretos. –

        Lo he pensado.

Y por este motivo he venido.

–         Mannahém dado que has venido, te ruego una cosa.

No bajes a Jerusalén conmigo, sino con las mujeres.

Yo voy con éstos por camino ignoto; no podrán hacerme ningún mal.

Pero ellas son mujeres indefensas.

Y el que las acompaña es de corazón manso y está enseñado a ofrecer la mejilla a

quien ya lo ha golpeado.

Tu presencia será segura protección.

Un sacrificio, lo comprendo.

Pero estaremos juntos en Judea.

No me niegues esto, amigo.

–        Señor, todo deseo tuyo es ley para tu siervo

Estoy al servicio de tu Madre y de las condiscípulas, desde este momento hasta

cuando quieras.

–         Gracias.

Esta obediencia tuya también será escrita en el Cielo.

375 PERSECUCION Y MARTIRIO


375 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En la comitiva apostólica, ya no caminan.

Corren.

Corren con la nueva aurora, aún más esplendorosa y genuina que las anteriores;

adornada con todo un destellar de gotas de rocío que llueven, junto con pétalos

multicolores, sobre cabezas y prados.

Para poner tonalidades de flores deshojadas junto a las ya innumerables de las

florecillas de las márgenes y del interior, que se yerguen sobre sus tallos.

Y para encender nuevos diamantes en los hilos de hierba reciente.

Corren entre cantos de aves en celo y de brisa ligera, de risueñas aguas,

que suspiran o arpegian: pasando entre las ramas,

acariciando el heno y los cereales.

que crecen día tras día o fluyendo entre las márgenes,

Y alejándose, plegando delicadamente los tallos que tocan las límpidas aguas.

Corren como si fueran a un banquete de amor.

Incluso los mayores maduros como Felipe, Bartolomé, Mateo, el Zelote,

comparten la alegre prisa de los jóvenes.

Y lo mismo sucede entre los discípulos:

los más viejos emulan a los más jóvenes en andar deprisa.

No se ha secado todavía el rocío en los prados

cuando llegan a la zona de Betsaida

comprendida en el poco espacio que hay entre el lago, el río y el monte.

Y del bosque del monte, desciende por un sendero un jovencito corvo bajo el peso

de un haz de ramas.

Baja raudo, casi corriendo.

Por la postura no ve a los apóstoles…

Canta contento, corriendo así, bajo su haz de leña.

Cuando llega al camino principal, a la altura de las primeras casas de Betsaida,

deja caer al suelo su carga y se endereza para descansar.

Y echa hacia atrás sus cabellos oscuros.

Alto y fino, derecho, de cuerpo fuerte y extremidades ágiles y delgadas, también

fuertes: una bonita figura juvenil.

Andrés dice:

–        Es Margziam.

Pedro le responde:

–        ¿Estás mal de la cabeza?

Ése es un hombre ya.

Andrés pone abocinadas las manos en la boca y lo llama con fuerza.

El jovencito, que estaba agachándose para coger de nuevo la carga, tras haberse

ceñido bien con el cinturón la corta túnica, que apenas si le llega a las rodillas,

y que está abierta en el pecho, porque probablemente ya no cabe en ella…

Se vuelve en la dirección del reclamo y ve a Jesús, a Pedro y a los demás,

que lo están mirando,

parados junto a un grupo de sauces llorones que sueltan sus

frondas en las aguas de un ancho arroyo;

el último afluente del Jordán por la izquierda antes del lago de Galilea y situado

justamente en donde empieza el pueblo.

Deja caer el haz, alza los brazos,

y grita:

–        ¡Mi Señor! ¡Mi padre!.

Y se lanza de carrera.

Pero también Pedro se echa a correr,

vadea el arroyo sin quitarse siquiera las sandalias, limitándose a remangarse las

vestiduras, para correr luego por el camino polvoriento,

dejando las grandes señales húmedas de sus sandalias marcadas en el terreno seco

Se encuentran los dos exclamando:

–        ¡Padre mío!

–        ¡Hijo mío querido!

Están recíprocamente, el uno entre los brazos del otro.

Y verdaderamente, Margziam es tan alto como Pedro,

de forma que sus cabellos oscuros, durante el beso de amor, caen sobre el rostro de

Pedro; de todas formas, siendo esbelto, parece más alto que Pedro.

Pero Margziam se separa del dulce abrazo y prosigue su carrera hacia Jesús,

que ya está en esta parte del arroyo y viene caminando lentamente en medio de la

corona de los apóstoles.

Margziam cae a sus pies, con los brazos levantados,

y dice:

–        ¡Oh, mi Señor, bendice a tu siervo!

Mas Jesús se inclina, lo pone de pie, lo acerca a su corazón,

lo besa en las dos mejillas,

y le desea

–        «Continua paz y crecimiento en sabiduría y en gracia, en los caminos del Señor.

También los demás apóstoles saludan jovialmente al jovencito:

especialmente los que no lo veían desde hacía meses le manifiestan su contento

por su desarrollo.

¡Pero Pedro! ¡Ah, Pedro!…

¡Si lo hubiera procreado él, no se sentiría tan contento!

Da una vuelta alrededor de Margziam, lo mira, lo toca… 

Y pregunta a éste o a este otro:

–        ¿No es acaso guapo?

¿No está bien modelado?

¡Fijaos que derecho! ¡Qué pecho tan alto! ¡Qué piernas más derechas!…

Un poco delgado, con poco músculo todavía. ¡Pero promete!

¡Verdaderamente promete mucho!

¡Y la cara!

Observad y decidme si parece ahora esa criaturita que llevaba en brazos el año

pasado y me parecía como llevara un pajarillo:

desnutrido, apagado, triste, asustadizo…

¡Hay que ver Porfiria!

¡Verdaderamente lo ha hecho muy bien, con toda su miel, mantequilla, aceite,

huevos, hígado de pescado.

Merece que se lo diga inmediatamente.

Y Pedro pregunta a Jesús:

–         ¿Me dejas Maestro, ir donde está mi esposa?

Jesús responde: 

–        Ve, ve, Simón.

Yo iré pronto.

Margziam, todavía de la mano de Jesús,

dice

–        Maestro…

Estoy seguro de que mi padre encargará a mi madre que haga de comer.

Déjame dejarte para ayudarla…

–        Ve.

Y que Dios te bendiga por honrar a quienes son para ti padre y madre.

Margziam toma de nuevo su haz de leña, se lo carga, y se marcha corriendo,

da alcance a Pedro y camina al lado de él.

Bartolomé observa:

–         Parecen Abraham e Isaac subiendo el monte.

Simón Zelote dice:

–        ¡Pobre Margziam!

¡Sólo faltaría eso! Y Andrés agrega: 

–         ¡Y pobre hermano mío!

No sé si sería capaz de hacer de Abraham…

Jesús lo mira

luego mira la cabeza entrecana de Pedro, que se va distanciando al lado de su

Margziam,

y dice:

–        En verdad os digo que llegará un día en que Simón Pedro sentirá alegría al

saber que su Margziam ha sido encarcelado, herido, flagelado,

colocado ante el umbral de la muerte.

Y que se sentiría con fuerzas incluso de extenderlo con su propias manos sobre el

patíbulo para revestirlo de la púrpura de los Cielos.

Y para fecundar con la sangre del mártir la tierra;

envidioso y afligido sólo por un motivo: por no estar él en el lugar de su hijo

y subalterno, porque su elección como Jefe supremo de mi Iglesia le obligará a

reservarse para Ella hasta que Yo le diga:

«Ve a morir por ella»

Vosotros no conocéis todavía a Pedro.

Yo lo conozco.

Andrés pregunta:

–        ¿Prevés el martirio para Margziam y mi hermano?

–         ¿Te duele, Andrés?

–        No.

Lo que me duele es que no lo preveas también para mí.

–        En verdad, en verdad os digo que seréis revestidos todos de púrpura,

menos uno.

Todos inquieren:

–       ¿Quién? ¿Quién?

Jesús responde triste y solemne: 

–        Dejemos el silencio sobre el Dolor de Dios.   

Y todos callan atemorizados y pensativos

Entran en la primera calle de Betsaida, entre huertas llenas de plantas tiernas.

Pedro, con otros de Betsaida, está llevando a un ciego a la presencia de Jesús.

Margziam no está.

Sin duda se ha quedado a ayudar a Porfiria.

Con los de Betsaida y los padres del ciego,

hay muchos discípulos venidos a Betsaida

de Sicaminón y otras ciudades;

entre éstos, Esteban, Hermas, el sacerdote Juan y Juan el escriba y muchos otros.

Pedro explica: 

–        Te lo he traído, Señor.

Estaba aquí esperando desde hace varios días. 

 Mientras el ciego y sus padres entonan una nenia de

–        «¡Jesús, Hijo de David, piedad de nosotros!»,

«Pon tu mano en los ojos de mi hijo y verá»,

«¡Ten piedad de mí, Señor!

¡Yo creo ti!»

Jesús toma de la mano al ciego y retrocede con él unos metros para resguardarlo

del sol, que ya inunda la calle.

Lo arrima a la pared cubierta de follaje de una casa, la primera del pueblo.

Y Él se pone de frente.

Se moja de saliva los dos índices

y le restriega los párpados con los dedos húmedos;

luego le aprieta los ojos con las manos:

La base de la mano en la concavidad de las órbitas y los dedos abiertos

y metidos entre los cabellos del desdichado.

Así ora.

Luego le quita las manos.

Y le pregunta:

–        ¿Qué ves? 

El hombre responde:

–        Veo hombres

Son sin duda hombres.

Pero así me imaginaba los árboles vestidos de flores; pero son hombres, porque

andan y gesticulan en dirección a mí.

Jesús impone otra vez las manos y las vuelve a quitar,

Y dice:

–        ¿Y ahora?

–         ¡Ahora veo bien la diferencia entre los árboles plantados en la tierra

y estos hombres que me están mirando!... ¡Y te veo a Ti!

¡Que hermosura la tuya!

Tus ojos son iguales que el cielo y tus cabello parecen rayos de sol…

Y tu mirada y tu sonrisa son propios de Dios

¡Señor, te adoro!

Y se arrodilla para besarle la orla de su túnica.

Jesús le dice:

–        Levántate y ven adonde tu madre… 

Que durante tantos años ha sido para ti luz y consolación…

Y de la cual no conoces otra cosa sino el amor.

Lo toma de la mano y lo lleva a su madre,

que está arrodillada a algunos pasos de distancia, en actitud de adoración,

de la misma forma que antes estaba en actitud

de súplica.

Jesús le dice:

–        Levántate, mujer.

Aquí tienes a tu hijo, que ve la luz del día.

Quiera su corazón seguir la Luz eterna.

Ve a casa. Sed felices.

Y sed santos por agradecimiento a Dios.

Pero, al pasar por los pueblos,

no digáis a ninguno que te he curado, para que la

muchedumbre no se desplace aquí enseguida para impedirme ir a donde es justo

que vaya a llevar confirmación en la fe.

Y luz y alegría a otros hijos de mi Padre.

Y rápido, por un senderillo que discurre entre huertos,

se escabulle en dirección hacia la casa de Pedro,

donde entra saludando a Porfiria con su dulce saludo.

374 EL CAMINO DE LA CRUZ


374 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Pedro con el rostro profundamente preocupado…

Y escandalizado como los demás,

Toma de un brazo a Jesús, lo separa un poco,

y le dice en voz baja al oído:

–        ¡Pero, Señor…!

No digas esto. No está bien.

Ya ves que se escandalizan.

Decaes del concepto en que te tienen.

Por nada del mundo debes permitir esto.

Ya de por sí nunca te va a pasar nada semejante.

¿Por qué pensarlo como si fuera verdadero

Debes subir cada vez más en el concepto de los hombres, si te quieres afirmar;

debes terminar por ejemplo, con un último milagro,

como reducir a cenizas a tus enemigos.

Pero nunca degradarte hasta aparecer como un malhechor castigado.

Pedro parece un maestro o un padre afligido corrigiendo con amorosa angustia a un

hijo que ha dicho una necedad.

Jesús, que estaba un poco inclinado para escuchar el bisbiseo de Pedro,

se yergue severo, con rayos en los ojos.

Pero rayos de amargura, y grita fuerte, para que todos oigan,

y la lección sirva para todos:

–        ¡Aléjate de Mí!

¡Tú que en este momento eres un satanás

que me aconseja desistir de la obediencia a mi Padre!

¡Para esto he venido!

¡No para los honores!

Tú, aconsejándome la soberbia, la desobediencia y el rigor sin caridad,

tratas de seducirme al mal. ¡Vete!

¡Me escandalizas!

¿No comprendes que la grandeza no está en los honores sino en el sacrificio?

¡Y que nada importa aparecer a los ojos de los hombres como gusanos,

si Dios nos considera ángeles?

Tú, hombre ignorante, no comprendes lo que es grandeza y razón según Dios,.

Y ves, juzgas, sientes, hablas según el hombre.

El pobre Pedro queda anonadado por esta severa corrección;

se separa, compungido y rompe a llorar…

No es el llanto gozoso de pocos días antes;

sino el sollozo desolado de quien comprende que ha pecado y ha causado dolor a la

persona amada.

Jesús lo deja llorar.

Se descalza, se remanga las vestiduras y vadea el arroyo.

Los demás hacen lo mismo en silencio.

Ninguno se atreve a decir una palabra.

Al final de todos va el pobre Pedro, en vano consolado por Isaac y el Zelote.

Andrés se vuelve más de una vez y lo mira.

Y luego susurra algo a Juan, que está muy afligido;

pero Juan menea la cabeza en señal de negación.

Entonces Andrés se decide.

Se adelanta corriendo.

Alcanza a Jesús.

Lo llama suavemente, con visible temor: –

        ¡Maestro! ¡Maestro!…

Jesús deja que lo llame varias veces.

Al final se vuelve, severo

y pregunta:

–        ¿Qué quieres?

–        Maestro, mi hermano está compungido…

Llora…

–        Se lo ha merecido.

–        Es verdad, Señor.

Pero de todas formas es un hombre…

No puede hablar bien siempre.

–        Efectivamente, hoy ha hablado muy mal – responde Jesús.

Pero ya se le ve menos severo.

Y un atisbo de sonrisa dulcifica la mirada divina.

Andrés se siente más seguro y aumenta la peroración en pro de su hermano.

–      Pero Tú eres justo

Y sabes que el amor a Ti ha sido lo que le ha hecho caer…

–        El amor debe ser luz, no tinieblas.

Él lo ha hecho tinieblas y ha envuelto en ellas su espíritu.

–        Es verdad, Señor.

Pero las vendas se pueden quitar cuando se quiera.

No es como tener el espíritu mismo tenebroso.

Las vendas son lo externo; el espíritu es lo interno, el núcleo vivo…

El interior de mi hermano es bueno.

–        Que se quite entonces las vendas que se ha puesto. –

        ¡Lo hará, sin duda, Señor!

Ya lo está haciendo.

Vuélvete y mira: lo desfigurado que está por ese llanto que no consuelas Tú.

¿Por qué has sido tan severo con él?

–         Porque él tiene el deber de ser «el primero»

de la misma forma que le he dado el honor de serlo.

Quien mucho recibe, mucho debe dar.

–        ¡Es verdad, Señor, sí!

Pero, ¿No te acuerdas de María de Lázaro?,

¿De Juan de Endor?, ¿De Áglae?, ¿De la Beldad de Corozaín?, ¿De Leví?

A éstos les diste todo…

Y ellos todavía te habían dado sólo la intención de redimirse…

¡Señor!… Atendiste mi súplica por la Beldad de Corozaín y por Áglae…

¿No lo harías ahora por tu Simón y mi Simón, que ha pecado por amor a Ti?

Jesús baja su mirada hacia este hombre apacible que se vuelve intrépido y

apremiante en favor de su hermano, como lo fue, silenciosamente, en favor de Áglae

y de la Beldad de Corozaín.

Y su rostro resplandece de luz, al ordenar a Andrés:

–        Ve a llamar a tu hermano y tráemelo aquí

–        ¡Gracias, mi Señor! Voy…

Y se echa a correr, raudo como una golondrina.

Cuando llega con Pedro,

le dice:

–        ¡Ven, Simón!.

¡El Maestro ya no está irritado contigo!

Ven, que te lo quiere decir.

–        No, no.

Me da vergüenza…

Hace demasiado poco que me ha corregido…

Será que quiere que vaya para reprenderme otra vez…

–        ¡Qué mal lo conoces!

¡Venga, ven!

¿Piensas que yo te llevaría a otro sufrimiento?

Si no estuviera seguro de que te espera allí una alegría, no insistiría. Ven. 

 –        ¿Y qué le voy a decir? – dice Pedro.

Mientras se pone en marcha un poco recalcitrante, frenado por su humanidad,

aguijado por su espíritu, que no puede estar sin la indulgencia de Jesús y sin su amor

–         ¿Qué le voy a decir? – sigue preguntando.

–         ¡Nada, hombre!

¡Será suficiente con que le muestres tu rostro! – le dice su hermano animándolo.

Todos los discípulos, a medida que los dos hermanos los van adelantando, los miran

Y comprendiendo lo que sucede, sonríen.

Llegan donde Jesús.

Pero Pedro, al último momento, se detiene.

Andrés no se anda con pequeñeces.

Con un enérgico tirón, como los que da a la barca para empujarla al mar,

lo echa hacia adelante.

Jesús se detiene…

Pedro levanta la cara…

Jesús la baja…

Se miran…

Dos lagrimones se deslizan por las mejillas enrojecidas de Pedro…

Jesús le dice:

–        Ven aquí, niño grande irreflexivo;

para que te haga de padre enjugando este llanto. 

Y levanta su mano, en que es muy visible aún, la señal de la pedrada de Yiscal.

Y seca con sus dedos esas dos lágrimas.

Pedro todavía tembloroso,

pregunta: 

–         ¡Oh, Señor!

¿Me has perdonado?

Agarrando la mano de Jesús con las suyas…

Y mirándolo con unos ojos

como los de un perro fiel que desea obtener el perdón del amo resentido.

–        Nunca te he condenado…

–        Pero antes…

–        Te he amado.

Es amor no permitir que en ti arraiguen desviaciones de sentimiento y de

pensamiento.

Debes ser el primero en todo, Simón Pedro.

–        ¿Entonces…

Entonces me estimas todavía?

¿Me quieres contigo todavía?

No es que yo quiera el primer puesto, ¡Eh!

Me conformo con el último, pero estar contigo, a tu servicio…

Y morir verdaderamente a tu servicio mi Señor, mi Dios

Jesús le pasa el brazo por encima de los hombros

y lo estrecha contra su costado.

Entonces Simón, que no ha dejado suelta en todo este tiempo la otra mano de

Jesús, se la cubre de besos… dichoso.

Y susurra:

–        ¡Cuánto he sufrido!…

Gracias, Jesús.

–        Da las gracias más bien a tu hermano.

Y en el futuro lleva bien tu carga con justicia y heroísmo.

Vamos a esperar a los otros.

¿Dónde están?

Están parados en el lugar en que se encontraban, cuando Pedro alcanzó a Jesús,

para dejar libertad al Maestro de hablar a su apóstol humillado.

Jesús les hace señas para que se acerquen.

Con ellos hay un grupito de labriegos, que habían dejado de trabajar en los campos

para venir a hacer preguntas a los discípulos

Jesús, todavía con la mano en el hombro de Pedro,

dice:

–        Por lo que ha pasado….

Habéis entendido que estar a mi servicio es una cosa severa.

Le he reprendido a él.

Pero la corrección era para todos.

Porque los mismos sentimientos estaban en la mayoría de los corazones, formados

o en gestación.

Así os los he truncado.

Y quien todavía los cultiva,

muestra que no comprende mi Doctrina, ni mi Misión ni mi Persona.

He venido para ser Camino, Verdad y Vida.

Os doy la Verdad con lo que enseño.

Os aliso el Camino con mi sacrificio; os lo trazo e indico.

Pero la Vida os la doy con mi Muerte.

Y acordaos de que quien responde a mi llamado y se alista en mis filas para

cooperar en la redención del mundo, debe estar dispuesto a morir para dar a otros

la Vida.

Por tanto, quien quiera seguirme debe estar dispuesto a negarse a sí mismo,

al viejo yo con sus pasiones, tendencias, costumbres, tradiciones, pensamientos… 

Y seguirme con su nuevo yo.

Tome cada cual su cruz como Yo la tomaré.

La tome, aunque le parezca demasiado infamante.

Deje que el peso de su cruz triture a su yo humano, para liberar al yo espiritual,

al cual no produce horror la cruz; antes al contrario, le es apoyo y objeto de

veneración, porque el espíritu sabe y recuerda.

Y que me siga con su cruz.

¿Qué al final del camino le esperará la muerte ignominiosa como me espera a Mí?

No importa.

No se aflija;

antes al contrario, exulte por ello, porque la ignominia de la tierra, se transformará

en grande gloria en el Cielo;

mientras que será un deshonor la vileza frente a los heroísmos espirituales.

Siempre decís que queréis seguirme hasta la muerte.

Seguidme entonces.

Y os guiaré al Reino por un camino abrupto, pero santo y glorioso,

al final del cual conquistaréis la Vida eternamente inmutable.

Esto será «vivir».

Por el contrario, seguir los caminos del mundo y la carne es «morir».

De modo que quien quiera salvar su vida en esta tierra, la perderá;

mas aquel que pierda su vida en esta tierra por causa mía y por amor a mi

Evangelio la salvará.

Pensad esto:

¿De qué le servirá al hombre ganar todo el mundo, si luego pierde su alma?

Y otra cosa: guardaos bien, ahora y en el futuro,

de avergonzaros de mis palabras y acciones.

Eso también sería «morir».

Porque el que se avergüence de Mí y de mis palabras delante de esta generación

necia, adúltera y pecadora, de que he hablado, y esperando recibir su protección

y ganancia, la adule, renegando de Mí y de mi Doctrina

MATEO 7, 16

arrojando a las bocas inmundas de los cerdos y perros las perlas recibidas,

para recibir luego como paga, excrementos en vez de dinero, será juzgado por el

Hijo del hombre cuando venga en la gloria de su Padre, con los ángeles y santos, a

juzgar al mundo.

Él, entonces, se avergonzará de estos adúlteros y fornicadores;

de estos villanos y usureros.

Y los arrojará fuera de su Reino; porque no hay sitio en la Jerusalén celeste para

adúlteros, ruines, fornicadores, blasfemos y ladrones.

Y os digo en verdad, que algunos de mis discípulos y discípulas presentes no

experimentarán la muerte antes de haber visto la fundación del Reino de Dios.

Y ungido y coronado a su Rey.

El Reino de Dios vio sus comienzos el Viernes Santo, por los méritos de Cristo.

luego se afirmó con la Iglesia constituida

Pero no todos vieron esta creciente afirmación.

Reemprenden la marcha, hablando animadamente;

mientras el sol desciende lentamente en el cielo…

373 PRIMER ANUNCIO DE LA PASIÓN


373 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús dejó la ciudad de Cesárea de Filipo con las primeras luces de la mañana,

porque ya queda lejos con sus montes y la llanura lo rodea de nuevo.

Se dirige hacia el lago de Merón para ir después hacia el de Genesaret.

Van con Él los apóstoles y todos los discípulos que estaban en Cesárea.

Pero una expedición tan numerosa por el camino no causa estupor a nadie,

porque ya se ven otras, dirigidas a Jerusalén, de israelitas o prosélitos, procedentes de

todos los lugares de la Diáspora, que desean pasar un tiempo en la Ciudad Santa

para escuchar a los rabíes y respirar largamente el aire del Templo.

Caminan a buena marcha, bajo un sol ya alto pero que todavía no molesta,

porque es un sol de primavera que juega con el follaje nuevo

y las frondas florecidas.

Y suscita flores, flores, flores por todas partes.

La llanura que precede al lago, toda ella, es una alfombra florecida.

La mirada, volviéndose hacia los montes que la circundan, ve a éstos remendados con

las matas cándidas, tenuemente róseas o de color rosa intenso, casi rojo,

de los diversos tipos de árboles frutales.

Y al pasar cerca de las raras casas de campesinos o de los talleres de herrador

esparcidos por el camino, la vista se alegra ante los primeros rosales florecidos,

en los huertos a lo largo de los setos o contra las tapias de las casas.

Simón Zelote observa: 

–        Los jardines de Juana deben estar todos en flor. 

También el huerto de Nazaret debe parecer un cesto lleno de flores.

Santiago de Alfeo dice:

–         María es la dulce abeja que va de rosal en rosal

de los rosales a los jazmines, que pronto florecerán;

a las azucenas, que ya tienen los capullos en el tallo.

Y tomará la rama del almendro, como hace siempre, junto con la del peral o del

granado, para ponerla en el ánfora de su habitación.

Cuando éramos niños le preguntábamos todos los años:

«¿Por qué tienes siempre ahí una rama de árbol en flor

y no metes en su lugar las primeras rosas?». 

Y Ella respondía:

«Porque en esos pétalos veo escrita una orden que me vino de Dios

y siento el aroma puro del aura celeste».

¿Te acuerdas, Judas?

Tadeo responde:

–        Sí. Me acuerdo.

Y recuerdo que, ya hombre, esperaba con ansia la primavera, para ver a María

caminar por su huerto bajo las nubes de sus árboles en flor y entre los setos de las

primeras rosas.

Nunca vi espectáculo más hermoso que esa eterna niña moviéndose evanescente

entre las flores y entre vuelos de palomas…

Tomás suplica:

–        ¡Oh, vamos pronto a verla, Señor!

¡Yo también quiero ver todo eso! 

Jesús responde:

–        Basta con que aceleremos el paso….

Y hagamos paradas breves, por las noches, para llegar a Nazaret a tiempo.

–        ¿Me das esta satisfacción verdaderamente, Señor?

–        Sí, Tomás.

Iremos a Betsaida todos y luego a Cafarnaúm.

Allí nos separaremos: nosotros vamos en la barca a Tiberíades y luego a Nazaret.

Así cada uno, salvo vosotros judíos, vamos a tomar los indumentos más ligeros.

El invierno ha concluido.

Juan parece cantar:

–        Sí.

Y nosotros vamos a decir a la Paloma:

«Álzate, apresúrate, amada mía; ven, porque el invierno ha pasado, la lluvia ha

terminado, las flores pueblan el suelo…

Álzate, amiga mía; ven, paloma escondida, muéstrame tu faz y deja que oiga tu voz». –

Pedro dice

–         ¡Sí señor!

¡Juan!

¡Pareces un enamorado cantando su canción a su amada!

Juan responde:

–        Lo estoy.

De María lo estoy.

No veré a otras mujeres que despierten mi amor.

Sólo María, la amada de todo mi ser.

Tomás dice:

–       También lo decía yo hace un mes.

¿Verdad, Señor? 

Mateo dice:

–        Yo creo que estamos todos enamorados de Ella.

¡Un amor tan alto, tan celestial!…

Como sólo esa Mujer puede inspirar.

Y el alma ama completamente su alma,

la mente ama y admira su intelecto,

la vista mira y se complace en su gracia pura, que embelesa sin producir agitación, 

como cuando se mira una flor…

María, la Belleza de la tierra y creo, la Belleza del Cielo…

Felipe agrega:

–         ¡Es verdad!

¡Es verdad!

Todos vemos en María cuanto de más dulce hay en la mujer: la niña pura y

la madre dulcísima;

y no se sabe por cuál de estas dos gracias se la ama…

Pedro sentencia:

–        Se la ama porque es «María».

¡Eso es! 

Jesús los ha estado oyendo hablar

y dice:

–          Todos habéis hablado bien.

Y Pedro muy bien.

A María se ama porque es «María».

Os dije, mientras íbamos a Cesárea, que solamente aquéllos que unan una fe perfecta

a un amor perfecto llegarán a conocer el verdadero significado de las palabras:

“Jesús, el Cristo, el Verbo, el Hijo de Dios y el Hijo del hombre».

Pero ahora os digo que hay otro nombre denso en significados.

Y es el de mi Madre.

Sólo aquellos que unan una perfecta fe a un perfecto amor llegarán a conocer el

verdadero significada del nombre «María», de la Madre del Hijo de Dios.

Y el verdadero significado empezará a aparecer claro para los verdaderos creyentes y

para los verdaderos amantes en una hora tremenda de tormento

cuando la Madre sea sometida a suplicio con su Hijo, cuando la Redentora redima

con el Redentor, a los ojos de todo el mundo y por todos los siglos de los siglos.

Mientras se detienen a orillas de un caudaloso arroyo,

en el que están bebiendo muchos discípulos.

Bartolomé pregunta:

–        ¿Cuándo?

Jesús responde evasivo:

–         Detengámonos aquí a compartir el pan.

El sol marca mediodía.

Al caer de la tarde, estaremos en el lago Merón.

Y podremos acortar el camino con unas barcas..

Se sientan todos sobre la tierna hierba, tibia de sol, de las orillas del arroyo.

Juan dice

–         Es una pena echar a perder estas flores tan delicadas.

Parecen pedacitos de cielo caídos aquí en los prados.

Son cientos y cientos de miosotis.

Santiago su hermano, lo consuela:

–        Renacerán más bonitas mañana.

Han florecido para hacer del suelo una sala de banquetes para su Señor. 

Jesús ofrece y bendice los alimentos y todos se ponen a comer alegremente.

Los discípulos, todos, como si fueran girasoles, miran en dirección a Jesús,

que está sentado en el centro de la fila de sus apóstoles.

La comida pronto termina, condimentada con serenidad y agua pura.

Pero, dado que Jesús permanece sentado, ninguno se mueve.

Es más, los discípulos se cambian de sitio para acercarse, para oír lo que dice Jesús

como respuesta a los apóstoles

que siguen preguntando sobre lo que había dicho  antes, de su Madre.

–          Sí.

Porque ser madre de mi carne ya sería una gran cosa.

Fijaos que se recuerda a Ana de Elcana

como madre de Samuel y él era sólo un profeta;

pues bien, la madre es recordada por haberlo engendrado.

Por tanto ya María sería recordada y con altísimas alabanzas, por haber dado al

mundo a Jesús el Salvador.

Pero ello sería poco, respecto a cuanto Dios exige de Ella, para completar la medida

requerida para la redención del mundo.

María no defraudará el deseo de Dios. 

Jamás lo ha defraudado.

Desde las demandas de amor total hasta las de sacrificio total.

Ella se ha entregado y se entregará.

Y cuando haya consumado el máximo sacrificio, conmigo por Mí, en favor del mundo,

los verdaderos fieles y los verdaderos amantes comprenderán el verdadero

significado de su Nombre.

Y por todos los siglos,

a todo verdadero fiel, a todo verdadero amante, le será concedido comprenderlo.

El Nombre de la Gran Madre, de la Santa Nutriz que lactará por todos los siglos a los

párvulos de Cristo con su llanto, para criarlos para la Vida de los Cielos.

Judas de Keriot, pregunta:

–        ¿Llanto, Señor?

¿Debe llorar tu Madre?

–        Todas las madres lloran.

La mía llorará más que ninguna otra

–        ¿Pero por qué?

Yo he hecho llorar a la mía alguna vez, porque no soy siempre un buen hijo.

¿Pero Tú?

No das nunca pesares a tu Madre.

–        No.

Efectivamente, como Hijo suyo, no le doy pesares.

Pero le daré muchos como Redentor.

Dos harán llorar con un llanto sin fin a mi Madre:

Yo, salvando a la Humanidad;

la Humanidad, con sus continuos pecados.

Todo hombre que haya vivido, que vive o que vivirá,

cuesta lágrimas a María.

Santiago de Zebedeo pregunta sorprendido:

–        ¿Pero por qué?

–        Porque todo hombre me cuesta torturas a Mí para redimirlo.

Bartolomé afirma seguro:

–        ¡Pero decir esto de los que ya han muerto o no han nacido todavía!

Te harán sufrir los vivos, los escribas, fariseos, saduceos, con sus acusaciones, sus

celos, sus mezquindades; pero más no.

–         También mataron a Juan Bautista…

Israel no ha matado sólo a este profeta, ni es el único sacerdote de la Voluntad eterna

matado por causa del odio de los que no obedecen a Dios.

Tadeo dice:

–        Pero Tú eres más que un profeta y que el mismo Bautista, tu Precursor.

Tú eres el Verbo de Dios.

Israel no levantará su mano contra Ti.

–        ¿Lo piensas así, hermano?

Estás en un error – le responde Jesús.

–        No. ¡No puede ser!

¡No puede suceder! ¡Dios no lo permitirá!

Sería degradar para siempre a su Cristo!

Judas Tadeo está tan agitado que se pone en pie.

Jesús también se levanta y lo mira fijamente a la cara palidecida, a los ojos sinceros.

Dice lentamente:

–        Y sin embargo así será.

Y baja el brazo derecho, que lo tenía alzado, como jurando.

Todos se ponen en pie y se arriman aún más a Él: una corona de caras afligidas.

Y más aún, incrédulas.

Una serie de comentarios recorre el grupo:

–        Si fuera así… tendría razón Judas Tadeo

–        Lo que le sucedió a Juan el Bautista fue una cosa mala,

pero exaltó al hombre, heroico hasta el final;

si le sucediera eso al Cristo sería disminuirlo.

–         Cristo puede ser perseguido, pero no degradado.

–        Tiene la unción de Dios.

–        ¿Y quién podría ya creer, si te vieran en poder de los hombres?

–        No lo permitiremos.

El único que permanece en silencio es Santiago de Alfeo.

Su hermano arremete contra él:

–        ¿No hablas?

¡No te mueves!

¡No oyes!

¡Defiende a Cristo contra sí mismo!

Santiago, por toda respuesta, se lleva las manos a la cara,

se separa bastante… 

Y llora.

–        ¡Es un estúpido! – sentencia su hermano.

Hermasteo le responde:

–         Quizás menos de lo que crees.

Y añade:

–         Ayer, explicando la profecía, el Maestro habló de un cuerpo deshecho que se

reintegra y de uno que por sí mismo se resucita.

Creo que uno no puede resucitar sin estar antes muerto.

Tadeo rebate:

–        Pero puede haber muerto de muerte natural, de vejez.

¡Y ya sería mucho para el Cristo!

Y muchos le dan la razón.

Simón Zelote observa:

–        Sí,

Pero entonces no sería una señal para esta generación,

que es mucho más vieja que Él. 

–        Ya.

Pero no está claro que hable de Sí mismo. – rebate Judas Tadeo,

Obstinado en su amor y respeto.

Isaac dice:

–        Ninguno que no sea el Hijo de Dios puede resucitarse a Sí mismo.

Así como tampoco ninguno que no sea el Hijo de Dios puede nacer como nació Él.

Yo lo digo, yo que vi su gloria natal.

Y el pastor testimonia con firmeza. 

Jesús, con los brazos cruzados, los ha escuchado mirándolos a medida que hablaban.

Ahora es Él el que hace ademán de hablar,

y dice:

–        El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres,

porque es el Hijo de Dios, sí,

pero también el Redentor del hombre.

Y no hay redención sin sufrimiento.

Mi sufrimiento será corporal, de la carne y de la sangre, para reparar los pecados de

la carne y de 1a sangre;

moral, para reparación de los pecados de la mente y las pasiones;

espiritual, para reparación de las culpas del espíritu.

Será completo.

Por tanto, a la hora establecida, me prenderán, en Jerusalén.

Y tras haber sufrido ya mucho por culpa de los Ancianos y de los Sumos Sacerdotes,

de los escribas y fariseos, seré condenado a una muerte infamante.

Y Dios no lo impedirá, porque así debe suceder

siendo Yo el Cordero de expiación por los pecados del mundo entero.

Y, en un mar de angustia, compartida por mi Madre y por otras pocas personas,

moriré en el patíbulo; y tres días después, por mi Voluntad Divina, por ella sola,

resucitaré a una vida eterna y gloriosa como Hombre y volveré a ser: Dios en el Cielo

con el Padre y el Espíritu. 

Pero antes tendré que padecer toda suerte de oprobios… 

Y sentir mi corazón traspasado por la Mentira y el Odio.

Un coro de gritos se eleva en el aire tibio y perfumado de primavera.

372 MILAGRO DE VIDA


372 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Terminada la comida en la casa hospitalaria,

Jesús sale con los doce, los discípulos

y el anciano dueño de la casa.

Vuelven al «manantial grande».

Pero no se detienen allí.

Siguen el camino siempre subiendo en dirección norte.

El camino que han tomado, aunque vaya muy cuesta arriba, es cómodo,

porque es un verdadero camino,

por el que pueden transitar incluso carros y cabalgaduras.

En su parte más alta, en la cima del monte,

hay un macizo castillo o fortaleza

si se prefiere, que causa estupor por su forma singular.

Parece formado por dos construcciones colocadas a algunos metros de desnivel

una de la otra, de manera que la más retrasada y al mismo tiempo la más belicosa,

está más alta que la otra, a la que domina y defiende.

Hay un alto y ancho muro, sobre el cual se levantan torres cuadradas,

bajas pero sólidas, entre las dos construcciones que, aun siendo así,

son una única construcción,

porque está rodeada por un único cerco de murallas

de bloques de piedra almohadillados, murallas derechas o un poco oblicuas en la

base para sostener mejor el peso del bastión.

Pero los dos lados norte y sur caen a pico, formando una unidad con el monte,

que está aislado y desciende también a pico por esos dos lados.

Y el lado oeste presentará las mismas características.

El anciano Benjamín, por ese sutil orgullo propio de todo ciudadano respecto a su

ciudad, ilustra el castillo del Tetrarca, que es además de castillo, lugar de defensa de

la ciudad, y enumera su belleza y fortaleza, su solidez, las comodidades de las

cisternas y pilones para e1 agua;

y del amplio espacio,

las facilidades de su vasto radio de visión, de su posición, etc. etc.

–        Los romanos también dicen que es bonito.

¡Y ellos entienden de castillos!… – termina el anciano.

Y añade:

–        «Conozco al administrador.

Por eso puedo entrar.

Os voy a enseñar el más amplio y bonito panorama de Palestina».

Jesús escucha benigno.

Los otros sonríen un poco:

¡Ellos que han visto tantos panoramas!..

Pero el anciano es tan bueno que no tienen corazón para contrariarlo y secundan su

deseo de mostrar cosas bonitas a Jesús.

Llegan a la cima.

La vista es verdaderamente bonita ya incluso desde la plazoleta que hay delante del

portón de entrada guarnecido de hierro.

Pero el anciano dice:

–          ¡Venid, venid!…

Dentro es más bonito.

Vamos a subir a la torre más alta de la ciudadela. Veréis…

Y penetran en el oscuro pasaje abierto

en la muralla de bastantes metros de anchura.

Van hasta un patio.

Allí están esperándolos el administrador y su familia.

Los dos amigos se saludan y el anciano explica el objeto de la visita. –

¡        El Rabí de Israel!

¡Qué pena que no esté Filipo!

Deseaba verlo, porque su fama ha llegado hasta aquí.

Filipo estima a los rabíes verdaderos,

porque son los únicos que han defendido sus derechos,

y también por desdén hacia Antipas, que no los estima.

¡Venid, venid!… 

El hombre, al principio, ha mirado un momento a Jesús;

luego ha decidido honrarlo con una reverencia digna de un rey.

Cruzan otro pasaje.

Aparece un segundo patio y una nueva poterna que da acceso a un tercer patio.

Pasado éste, hay una profunda cárcava y el murallón torreado de la ciudadela.

Caras curiosas de armígeros o domésticos se asoman por todas partes.

Entran en la ciudadela.

Y luego, por una estrecha escalera, suben al bastión, y de éste a una torre.

En la torre entran sólo Jesús y el administrador,

Benjamín y los doce.

Más no podrían, porque ya están apretados como sardinas.

Los otros se quedan en el bastión.

¡Qué vista, cuando desde la torre Jesús y los que están con Él,

salen a la terracita que corona la torre y asoman todos la cabeza

por el alto parapeto de bloques de piedra!

Asomándose hacia el precipicio que hay en este lado oeste,

el más alto del castillo, se ve toda Cesárea,

extendida a los pies de este monte y se ve bien,

porque ella tampoco es llana, sino que está construida sobre suaves ondulaciones.

Más allá de Cesárea, se extiende toda la fértil llanura que precede al lago Merón.

Y parece un pequeño mar de un verde tierno, con tornasoles de aguas de turquesas

claras, resplendentes en la vasta llanura glauca cual jirones de cielo sereno.

Y luego graciosas colinas dispuestas como collares de un esmeralda oscuro irisado

con la plata de los olivos, esparcidos acá o allá en los confines de la llanura.

Y penachos esponjosos de árboles que florecen…  

O bolas compactas de árboles ya florecidos…

Y, mirando hacia el norte y hacia oriente se ve el Líbano potente,

el Hermón que brilla bajo el sol con sus nieves perladas y los montes de Iturea;

y el valle del Jordán,

por la cavidad comprendida entre los collados del mar de Tiberíades

y los montes de la Galaunítida,

aparece en un atrevido recorte, para perderse luego en lejanías de ensueño.

Jesús exclama:

–        ¡Bonito!

¡Bonito! ¡Muy bonito!

Mientras mira con admiración y parece bendecir y querer abrazar estos lugares tan

hermosos con su rostro sonriente y sus brazos abiertos.

Y responde a los apóstoles, que piden una u otra explicación,

señalando los lugares donde han estado,

las comarcas y las direcciones en que éstas se encuentran.

Bartolomé dice:

–        Pero no veo el Jordán.  

Jesús explica:

 –         No lo ves… 

Pero está allá, en aquella extensión entre dos cadenas montañosas; al pie de esa de

poniente está el río.

Bajaremos por allí, porque la Perea y la Decápolis todavía esperan al Evangelizador.

Pero entretanto se vuelve, preguntando casi al aire, por un quejido largo, ahogado,

que no es la primera vez que hiere su oído.

Y mira al administrador como para preguntarle qué sucede.

El hombre explica:

–        Es una de las mujeres del castillo.

Una mujer casada. Va a tener un niño.

El primero y el último, porque su marido murió en las calendas de Kisléu.

No sé si vivirá siquiera, porque la mujer, desde que se ha quedado viuda,

no hace sino consumirse en llanto.

Es un espectro.

¿Oyes?

Ni siquiera tiene fuerza para gritar…

Claro que… viuda a los diecisiete años…

Y se querían mucho.

Mi mujer y su suegra le dicen: «En tu hijo tendrás de nuevo a Tobit».

Pero son palabras…

Bajan de la torre y pasan por los bastiones, admirando el lugar y el panorama.

Luego el administrador los invita ofreciéndoles unas bebidas y fruta a los visitantes;

Entran en una vasta habitación de la parte anterior del castillo,

a donde los siervos traen las cosas requeridas.

El quejido es más desgarrador y más cercano.

El administrador presenta disculpas por ello,

incluso porque el hecho tiene ocupada a su mujer

y no puede venir con el Maestro.

Pero al lamento de antes sigue un griterío aún más doloroso.

Y hace suspender en el aire las manos que traen la fruta o las copas en las bocas.

El administrador dice:

–        Voy a ver qué ha sucedido.

Y sale, mientras la cacofonía de gritos y llantos penetra aún más

intensamente por la puerta entreabierta.

Vuelve el administrador,

diciendo:

–        Se le ha muerto el niño nada más nacer…

¡Qué congoja!

Está tratando de reanimarlo con sus fuerzas huidizas…

Pero ya no respira. ¡Está negro!…

Y menea la cabeza, para concluir:

–        «¡Pobre Dorca!».

Jesús dice:

–        Tráeme al niño. 

–        ¡Pero si está muerto, Señor!         

–        Tráeme al niño, te digo.

Como está.

Y di a la madre que tenga fe.

El administrador se marcha corriendo.

Vuelve:

–        No quiere.

Dice que no se lo deja a nadie. Parece loca.

Dice que lo que queremos es quitárselo.

–          Llévame a la puerta de su habitación.

Que me vea.

–        Pero…

–         ¡No te preocupes!

Ya me purificaré después, si acaso…

Van raudos por un corredor oscuro hasta una puerta cerrada.

Jesús mismo la abre y se queda en el umbral,

frente a la cama, donde una liviana criatura alabastrina aprieta contra su corazón,

a una criaturita que no da señales de vida.

Jesús la saluda:

–         La paz a ti, Dorca.

Mírame. No llores.

Soy el Salvador. Dame a tu pequeñuelo…

Ella lo mira pasmada…

Y en el primer momento, al verlo, había apretado ferozmente

al recién nacido contra su corazón,

Pero algo en la Voz de Jesús,

hace que desaparezca la desesperación

y ahora lo mira con sus ojos acongojados y dementes,

se abren a una luz dolorosa pero llena de esperanza.

Cede a la criaturita envuelta en paños delicados a la mujer del administrador…

Y se queda allí, con las manos extendidas hacia delante, con la vida,

con la fe en sus ojos dilatados;

sorda a las súplicas de la suegra,

que querría ponerla cómoda sobre las almohadones,

Jesús toma el fardito de carnes semifrías y de paños.

Mantiene al pequeñuelo derecho por las axilas.

Apoya su boca en los minúsculos labios entreabiertos,

curvado hacia adelante porque la cabecita pende hacia atrás.

Sopla fuerte en la inerte garganta…

Está un instante con los labios apoyados en la boquita, luego se separa…

Y un piar de pajarillo tiembla en el aire inmóvil…

Un segundo, más fuerte… un tercero… 

Hasta que finalmente, se escucha un verdadero vagido mientras oscila la cabecita,

se agitan las manitas y los piececitos…

Y contemporáneamente, durante el largo, triunfal llanto del recién nacido,

toma color la cabecita pelada, la carita minúscula…

Le responde el grito de la madre:

–        ¡Hijo mío!

¡Mi amor! ¡La semilla de mi Tobit!

¡En el corazón!

¡En el corazón de tu mamá… para que muera feliz!…

Dice con un susurro que se apaga en un beso

y en una reacción comprensible de abandono.

Las mujeres gritan:

–        ¡Se muere! 

Jesús objeta:

–        No.

Entra en un merecido descanso.

Cuando se despierte, decidle que al niño le ponga por nombre Iesaí Tobit.

La paz sea con vosotras.

Cierra de nuevo, lentamente, la puerta.

Y se vuelve para regresar adonde estaba antes, adonde sus discípulos.

Pero están todos allí,

montón conmovido que ha presenciado y que ahora lo mira con maravilla.

Vuelven juntos al patio.

Saludan al estupefacto administrador, que no hace sino repetir

–        ¡Cuánto va a sentir el Tetrarca no haber estado!

Y emprenden de nuevo la bajada para volver a la ciudad.

Jesús pone la mano en el hombro del anciano Benjamín,

diciendo:

–        Te agradezco lo que nos has mostrado…

Y el haber sido la razón de un milagro…

371 LA SEÑAL DE JONÁS


327 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Debe ser una ciudad de reciente construcción, como Tiberíades y Ascalón.

Dispuesta en plano inclinado, culmina en la maciza fortaleza erizada de torres.

Está circundada por murallas ciclópeas. 

Y defendida por profundos fosos que reciben parte del agua de dos riachuelos

que, casi unidos antes formando un ángulo, se separan luego,

para fluir uno por fuera de la ciudad, el otro por dentro.

Y las bonitas calles, plazas, fuentes, el aire de moda romana en las construcciones

dicen que también aquí el obsequio servil de los Tetrarcas, pisoteando todo respeto

por las costumbres de la Patria, se ha manifestado.

La ciudad, quizás por ser nudo de importantes vías de primer orden

y rutas de caravanas dirigidas a Damasco, Tiro, Sefet y Tiberíades,

como indican en cada puerta los postes señaladores, está llena de movimiento

y de gente.

Gente a pie o a caballo y largas caravanas de asnos y camellos se cruzan en las calles

amplias y bien conservadas;

en las plazas, bajo los soportales o junto a las casas lujosas.

Junto a las termas, corrillos de negociantes o de ociosos, tratan de negocios u ocian en charloteos fatuos.

Jesús pregunta a Pedro: 

–        ¿Sabes dónde podremos encontrarlos?

Pedro responde: 

       Sí.

Me han dicho las personas a las que he preguntado, que los discípulos del Rabí

suelen reunirse a las horas de comer, en una casa de fieles israelitas,

que está cerca de la ciudadela.

Caesarea Philippi ruins at the Golan, Israel

Y me la han descrito.

No puedo equivocarme: una casa de Israel incluso en el aspecto externo.

Con una fachada sin ventanas exteriores y un portón alto con ventanillo;

en un lado del muro, una fuentecita;

las tapias altas del jardín prolongadas por dos lados en callejuelas;

una terraza llena de palomas, en el tejado.

–        Bien.

Entonces vamos…

Cruzan toda la ciudad hasta la ciudadela.

Llegan a la casa que buscaban.

Llaman.

Al ventanillo se asoma el rostro rugoso de una anciana.

Jesús se pone delante,

y saluda:

–        La paz sea contigo, mujer.

¿Han vuelto los discípulos del Rabí?

Ella dice:

–        No, hombre.

Están hacia la «fuente grande», con otros que han venido de muchos pueblos de la

otra orilla a buscar precisamente al Rabí.

Todos lo están esperando.

¿Tú también eres de ellos?

–        No.

Yo buscaba a los discípulos. –

        Entonces mira: ¿Ves aquella calle casi enfrente de la fuente?

Tómala y ve hacia arriba, hasta que te encuentres de frente un paredón de rocas

del que sale agua que cae en una especie de pilón. 

Y luego forma como un regato.

Por allí cerca los encontrarás.

¿Pero, vienes de lejos?

¿Quieres reposar?

¿Entrar aquí a esperarlos?

Si quieres llamo a mis señores.

¡Son buenos israelitas, eh!

Y creen en el Mesías

Son discípulos sólo por haberlo visto una vez en Jerusalén en el Templo.

Pero ahora los discípulos del Mesías los han instruido sobre Él y han hecho milagros aquí, porque…

–        Bien, buena mujer.

Volveré más tarde con los discípulos.

Paz a ti. Vuelve, vuelve a tus labores.

Dice Jesús con bondad, aunque también con autoridad para detener esa avalancha de palabras.

Se ponen de nuevo en marcha.

Los más jóvenes de los apóstoles se ríen con ganas por la escena de la mujer.

Y hacen sonreír también a Jesús.

Juan dice:

–        Maestro, parecía ella la «fuente grande». ¿No te parece?

Echaba palabras sin interrupción.

Y ha hecho de cada uno de nosotros un pilón que se hace regato al estar lleno de palabras…

Tadeo dice:

–        Sí.

Espero que los discípulos no hayan hecho milagros en su lengua…

Habría que decir: habéis hecho demasiado milagro.

Que, contrariamente a lo normal, se ríe con ganas.

Santiago de Zebedeo, dice:

–         ¡Lo mejor va a ser cuando nos vea volver y conozca al Maestro por lo que es!

¿Quién va a poderla callar?

Mateo por su parte, comenta:

–        No, no, se quedará muda de asombro.

Pedro añade: 

–        Alabaré al Altísimo si el asombro le paraliza la lengua.

Será porque estoy casi en ayunas…

Pero, la verdad, ese remolino de palabras me ha mareado – dice Pedro.

Tomás agrega:

–        ¡Y cómo gritaba!

¿Será que es sorda?

Judas añade:   

        No.

Creía que los sordos éramos nosotros. 

Jesús en tono semi-serio dice:   

–        Dejadla en paz.

¡Pobre viejecita!

Era buena y creyente.

Su corazón es tan generoso como su lengua. 

Juan suelta la carcajada y sin parar de reir, 

dice:

–          ¡Entonces, Maestro mío

¡Entonces esa anciana es generosa hasta el heroísmo!

Ya se puede ver la pared rocosa y calcárea.

Y también se oye el murmullo de las aguas que caen en el pilón.

Juan dice:

–        Éste es el regato.

Vamos a seguirlo… Ahí está la fuente… y allí..,

¡Benjamín! ¡Daniel! ¡Abel! ¡Felipe! ¡Hermasteo! ¡Estamos aquí!

¡Viene también el Maestro! – grita Juan a un nutrido grupo de hombres,

que están congregados en torno a uno que no se ve.

Pedro aconseja:

–        Calla, muchacho.

Que, si no, vas a ser tú también como esa vieja gallina

Los discípulos se han vuelto.

Han visto.

Y ver y lanzarse hacia abajo a saltos desde el escalón, ha sido todo uno

Cuando el grupo se disgrega, puede verse el compacto grupo, que con los discípulos,

que son muchos, también hay ya ancianos;

están mezclados habitantes de Quedes y del pueblo del sordomudo.

Deben haber tomado caminos más directos, porque han precedido al Maestro.

La alegría es mucha;

también las preguntas y respuestas.

Jesús, pacientemente, escucha y responde, hasta que, con otros dos, se ve venir al

delgado y risueño Isaac, cargado de provisiones.

Que dice:

–        Vamos a la casa hospitalaria, mi Señor.

Allí nos dirás lo que no hemos podido decir por no saberlo tampoco nosotros.

Éstos, los últimos en llegar, están con nosotros desde hace unas pocas horas.

Y quieren saber qué es para Ti la señal de Jonás que has prometido dar a la

generación malvada que te persigue

Jesús responde:

–        Se lo explicaré mientras vamos…

¡Ir! ¡Es fácil decirlo!

Como si un aroma de flores se hubiera esparcido por el aire y numerosas abejas

hubieran acudido, de todas partes viene gente, para unirse a los que ya están

alrededor de Jesús.

Isaac explica:

–        Son nuestros amigos.

Gente que ha creído y que te esperaba…

Uno de la muchedumbre, mientras señala a Isaac…

grita:

–           ¡Gente que de éstos!

¡Y de él en especial, han recibido beneficios! 

Isaac se pone rojo como la brasa.

Y casi excusándose, dice:

–        Pero yo soy el siervo, Él es el Señor.

¡Vosotros que esperáis, aquí tenéis al Maestro Jesús!

¡Entonces sí!

El ángulo tranquilo de Cesárea, un poco apartado por estar relegado a la periferia,

se transforma en un lugar más animado que un mercado.

Y también más rumoroso.

Voces de aleluya, aclamaciones, súplicas… de todo hay.

Jesús avanza muy lentamente, comprimido en esa tenaza de amor.

Pero sonríe y bendice.

Tan lentamente, que algunos tienen tiempo de marcharse corriendo a esparcir la noticia…

Y a volver con amigos o parientes, que traen a los niños y los aúpan, para que puedan

llegar, sin sufrir daño, hasta Jesús, el cual los acaricia y bendice.

Llegan así a la casa de antes.

Llaman.

La criada anciana de antes, al oír las voces, abre sin reserva alguna.

Pero… ve a Jesús en medio del gentío aclamador…

Y comprende…

Cae al suelo gimiendo:

–        ¡Piedad, mi Señor!

¡Tu sierva no te había conocido y no te había venerado!

–        No hay mal en ello, mujer.

No conocías al hombre, pero creías en Él.

Esto es lo que se requiere para ser amados por Dios.

Levántate y condúceme adonde tus señores.

La anciana obedece, toda temblorosa de respeto. 

Y ve a sus señores, también anonadados de respeto, literalmente contra la pared en el

fondo del vestíbulo un poco oscuro.

Los señala:

–        ¡Ahí están!

Jesús los saluda:

–        Paz a vosotros y a esta casa.

Os bendiga el Señor por vuestra fe en el Cristo y por vuestra caridad para con sus discípulos.

Dice Jesús yendo hacia los dos ancianos. 

Hacen un gesto de veneración y lo acompañan al vasto mirador,

donde tienen preparadas muchas mesas, bajo un tupido toldo.

La vista se extiende libre sobre Cesárea y los montes, que la ciudad tiene a sus espaldas y a los lados.

Las palomas trenzan vuelos desde la terraza al jardín, lleno de plantas en flor.

Mientras un siervo aumenta los puestos,

Isaac explica

–        ¡Benjamín y Ana no sólo nos reciben en su casa a nosotros,

sino también a todos los que vienen en busca de Ti!

Lo hacen en tu Nombre.

Jesús dice:

–        Que el Cielo los bendiga cada vez que lo hacen.

Ana la anciana, dice sencillamente:

–         Disponemos de medios y no tenemos herederos.

En el ocaso de la vida, adoptamos como hijos a los pobres del Señor.

Y Jesús le pone la mano en su encanecida cabeza,

diciendo:

–         Y esto te hace madre más que si hubieras concebido superabundantemente.

Mas ahora permitidme que explique a éstos lo que deseaban saber,

para poder despedir luego a los de la ciudad y sentarnos a la mesa.

La terraza está invadida de gente, que sigue entrando y apiñándose en los espacios libres.

Jesús está sentado en medio de una corona de niños,

que lo miran extáticos con sus ojazos inocentes.

Vuelve las espaldas a la mesa y sonríe a estos niños,

aunque esté hablando de un tema grave.

Parece como si leyera en sus caritas inocentes las palabras de la verdad solicitada. –

Escuchad.

La señal de Jonás, que prometí a los malos y que prometo también a vosotros,

no porque seáis malos, sino, al contrario, para que podáis creer con perfección

cuando la veáis cumplida, es ésta.

Como Jonás permaneció tres días en el vientre del monstruo marino

y luego fue restituido a la tierra para convertir y salvar a Nínive,

así será para el Hijo del hombre.

Para calmar las violentas olas de una grande, satánica tempestad,

los principales de Israel creerán útil sacrificar al Inocente.

Lo único que conseguirán será aumentar sus peligros, porque además del

conturbador Satanás, tendrán a Dios con su castigo tras el delito cometido.

Podrían triunfar contra la tempestad de Satanás creyendo en Mí.

Pero no lo hacen porque ven en Mí la razón de sus inquietudes, miedos, peligros y

desmentidas contra su insincera santidad.

Mas, llegada la hora, ese monstruo insaciable que es el vientre de la tierra,

que se traga a todo hombre que muere,

se abrirá de nuevo para restituir la Luz al mundo que renegó de ella.

4. Jonás comenzó a adentrarse en la ciudad, e hizo un día de camino proclamando: «Dentro de cuarenta días Nínive será destruida.»

He aquí, pues, que, como Jonás fue signo para los ninivitas,

de la potencia y misericordia del Señor,

así el Hijo del hombre lo será para esta generación;

con la diferencia de que Nínive se convirtió, mientras que Jerusalén no se convertirá,

porque está llena de esta generación malvada de que he hablado.

Por ello, la Reina del Mediodía se alzará el Día del Juicio contra los hombres de esta

generación y los condenará.

Porque ella vino, en su tiempo, desde los confines de la tierra para oír la sabiduría de

Salomón, mientras que esta generación, que me tiene presente, y siendo Yo mucho

más que Salomón, no quiere oírme.

Y me persigue y expele como a un leproso y a un pecador.

También los ninivitas, que se convirtieron con la predicación de un hombre,

se alzarán en el día del Juicio contra la generación malvada

que no se convierte al Señor su Dios.

Yo Soy más que un hombre, aunque se tratara de Jonás o cualquier otro Profeta.

Por tanto, daré la señal de Jonás a quien pide una señal sin posibles equívocos.

Más de una señal daré a quien no baja la frente proterva ante las pruebas ya dadas

de vidas que renacen por voluntad mía.

Daré todas las señales: tanto la de un cuerpo en descomposición que vuelve a vivir y

a recomponerse, como la de un Cuerpo que por sí solo se resucita

porque a su Espíritu le es dada la plenitud del poder.

Pero éstas no serán gracias.

No significarán aligeramiento de la situación.

Ni aquí ni en los libros eternos. Lo escrito escrito está.

Y, como piedras para una próxima lapidación, las pruebas se amontonarán: contra mí,

para perjudicarme sin lograrlo;

contra ellos, para arrollarlos eternamente con la condena de Dios a los incrédulos

malvados.

A esta señal de Jonás me refería.

¿Tenéis más cosas que preguntar?

–        No, Maestro.

Se lo comunicaremos a nuestro jefe de la sinagoga

que ha juzgado la señal prometida con juicio muy cercano a la verdad.

–        Matías es un justo.

La Verdad se revela a los justos como se revela a estos inocentes, que mejor que

nadie saben quién soy Yo.

Dejadme, antes de despedirme de vosotros, oír alabar la misericordia de Dios

por boca de los ángeles de la tierra.

Venid niños.

Los niños, que habían estado quietos con pena hasta ese momento, corren hacia Él. –

Decidme, criaturas sin malicia,

¿Para vosotros, cuál es mi señal?

–        Que eres bueno.

–        Que curas a mi mamá con tu Nombre.

–        Que quieres a todos.

–        Que ninguno puede ser tan guapo como Tú.

–        Que haces volverse bueno hasta al que era malo como mi padre.

Cada una de las boquitas infantiles, anuncia una dulce propiedad de Jesús.

Y testifica penas que Jesús ha transformado en sonrisas.

Pero el más simpático de todos es un pilluelo de unos cuatro años,

que trepa hasta el regazo de Jesús y se abraza a su cuello,

diciendo

–        Tu señal es que quieres a todos los niños y que los niños te quieren.

Así te quieren… – y abre lo más que puede sus bracitos regordetes y ríe,

para luego abrazarse otra vez al cuello de Jesús restregando su mejilla infantil

con la de Jesús, que lo besa,

y pregunta:

–        «Pero, ¿Por qué me queréis si no me habéis visto nunca antes de ahora?

–        Porque pareces el ángel del Señor.

–         Tú no lo has visto, pequeñuelo… – prueba Jesús, sonriendo.

El niño se queda un momento desorientado.

Pero luego se echa a reír, mostrando todos los dientecitos,

y dice:

–        ¡Pero lo ha visto bien mi alma!

Dice mi mamá que la tengo y está aquí.

Y Dios la ve y el alma ha visto a Dios y a los ángeles y los ve.

Y mi alma te conoce porque eres el Señor.

Jesús lo besa en la frente,

y dice:

–          Que te aumente, por este beso, la luz en el intelecto – y lo pone en el suelo.

El niño, entonces, corre donde su padre dando brincos,

teniendo la mano apretada contra la frente en el lugar en que ha sido besado.

Y grita:

–        «¡Vamos donde mamá, donde mamá!

Que bese aquí, donde ha besado el Señor y le vuelva la voz y no llore más.

Explican a Jesús que se trata de una mujer casada, enferma de la garganta,

deseosa de un milagro, pero que no lo habían realizado en ella los discípulos

los cuales no habrían podido curar ese mal, que no se podía tocar de tan profundo

como estaba.

Jesús dice: 

–        La curará el discípulo más pequeño, su hijito.

Ve en paz, hombre Y ten fe como tu hijo.

Dice mientras despide al padre del pequeñuelo

Besa a los otros niños, que se han quedado deseosos del mismo beso en la frente.

Y despide a los que viven en la ciudad.

Se quedan los discípulos, los de Quedes y los del otro lugar.

Mientras se espera la comida,

Jesús ordena la partida para el día siguiente, de todos los discípulos que habrán de

precederlo a Cafarnaúm para unirse con los otros procedentes de otros lugares. –

Tomaréis luego con vosotros a Salomé y a las mujeres e hijas de Nathanael y Felipe.

Y a Juana y Susana, según vais descendiendo hacia Nazaret.

Allí tomaréis con vosotros a mi Madre y a la madre de mis hermanos.

Y las acompañaréis a Betania, a la casa donde está José, en las tierras de Lázaro.

Nosotros iremos por la Decápolis.

Pedro pregunta:

–        ¿Y Margziam?

–        He dicho: «precededme a Cafarnaúm». No «id».

Pero desde Cafarnaúm podrán avisar a las mujeres de nuestra llegada, de modo que

estén preparadas cuando nosotros vayamos hacia Jerusalén por la Decápolis.

Margziam, que ya es un jovencito, irá con los discípulos escoltando a las mujeres…

–        Es que…

Quería llevar también a mi mujer, pobrecilla, a Jerusalén.

Siempre lo ha deseado y…

No ha ido nunca porque no quería yo problemas…

Pero este año querría darle esta satisfacción. ¡Es tan buena!

–        Pues sí, Simón.

Razón de más para que Margziam vaya con ella.

Harán lentamente el viaje y nos reuniremos de nuevo todos allí…

El anciano dueño de la casa dice:

–         ¿Tan poco tiempo aquí?

–        Padre, tengo todavía mucho que hacer.

Y quiero estar en Jerusalén al menos ocho días antes de la Pascua.

Ten en cuenta que la primera fase de la luna de Adar ya ha terminado…

–        Es verdad.

¡Pero tanto te he anhelado!…

Teniéndote, me parece estar en la luz del Cielo…

Y que esta luz se haya de apagar en cuanto te marches.

–        No, padre.

Te la dejaré en tu corazón. Y a tu esposa.

A toda esta casa hospitalaria.

Se sientan a las mesas y Jesús ofrece y bendice los alimentos,

que luego el siervo distribuye a las distintas mesas.

370 EL PRIMER PONTÍFICE


370 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

La llanura costea el Jordán antes de que éste vierta sus aguas en lago de Merón.

Un hermoso llano, en que, cada día que pasa, crecen más exuberantes los cereales

y van  floreciéndose los árboles frutales.

Los montes allende los cuales está Quedes, ahora quedan a espaldas de los

peregrinos, que con frío andan ligeros bajo las primeras luces del día,

mirando anhelantes al sol, que sube y buscándolo, apenas su rayo toca los prados

y acaricia el follaje.

Deben haber dormido al raso o cuando mucho en un pajar, porque las vestiduras

están arrugadas y conservan algunas pajuelas y hojas secas, que ellos se van

quitando según las van descubriendo con la luz más fuerte.

El río anuncia su presencia por su murmullo, que parece fuerte en medio del silencio

matutino del campo.

Y también por una densa hilera de árboles con hojas nuevas,

que tiemblan con la leve brisa de la mañana; pero todavía no se ve,

porque fluye profundo en la rasa llanura.

Cuando sus aguas azules, incrementadas por numerosos torrentes que bajan de los

montes occidentales, se ven brillar entre la hierba nueva de las márgenes,

se está casi en la orilla.

Jesús, que estaba solo, meditativo y que se había parado a esperarlos.

Cuando lo alcanzan, los apóstoles preguntan:

–        ¿Seguimos la orilla hasta el puente, o pasamos el río por aquí?

Jesús responde:

–        Mirad a ver si hay una barca para pasar.

Es mejor atravesar por aquí… 

Bartolomé ceñudo mirando a Judas,

observa:

–         Sí.

En el puente, que está justo en la vía para Cesárea Paneas,

podríamos encontrar otra

vez a algunos que hubieran seguido nuestra pista.

Judas, tranquilo y humilde,

explica:

–        No. No me mires mal.

Yo no sabía que íbamos a venir aquí y no he dicho nada.

Era fácil comprender que de Sefet Jesús iría a las tumbas de los rabíes y a Quedes.

Pero jamás habría imaginado que quisieran llegar hasta la capital de Filipo.

Por tanto, ellos lo ignoran.

Y no nos los encontraremos por culpa mía, ni por su voluntad.

A menos que tengan como guía a Belcebú.  

Bartolomé dice:

 –         Esto está bien.

Porque con cierta gente…

Hay que tener ojo y medir las palabras;

no dejar indicios de nuestros proyectos.

Tenemos que estar atentos a todo.

Si no, nuestra evangelización se transformará en un huir permanente.

Vuelven Juan y Andrés

Dicen:

–          Hemos encontrado dos barcas.

Nos pasan a una dracma por barca.

Vamos a bajar al borde.

Y en dos barquichuelas, en dos turnos, pasan a la otra orilla.

La llanura rasa y fértil los acoge también aquí.

Una llanura fértil y, sin embargo, poco poblada.

Sólo los campesinos que la cultivan tienen casa en ella.

Pedro observa:

–         ¡Mmm!

¿Cómo vamos a conseguir el pan?

Yo tengo hambre.

Y aquí… No tenemos ni siquiera las espigas filisteas…

Hierba y hojas, hojas y flores.

No soy una oveja ni una abeja. 

Sus compañeros sonríen ante su comentario.

Tadeo que iba más adelante, se vuelve y dice:

–         Compraremos pan en el próximo pueblo.

Santiago de Zebedeo concluye:

–        Siempre y cuando no nos hagan huir.

Jesús dice:

–        Absteneos, vosotros que decís que hay que estar atentos a todo;

de la levadura de los fariseos y saduceos;

que creo que la estáis tomando sin reflexionar en lo que de malo hacéis.

¡Tened cuidado!

¡Guardaos!

Los apóstoles se miran unos a otros…

Y cuchichean:

–         ¿Pero qué dice?

Han sido aquella mujer del sordomudo y el posadero de Quedes,

los que nos han dado el pan.

Y está todavía aquí; es el único que tenemos.

Y no sabemos si podremos encontrar pan que comprar para nuestra hambre.

¿Cómo dice, entonces, que compramos a saduceos y fariseos pan con su levadura?

Quizás no quiere que se compre en estos pueblos…

Jesús, que caminaba de nuevo solo adelante, se vuelve otra vez,

diciendo:

–           ¿Por qué tenéis miedo a quedaros sin pan para vuestra hambre?

Aunque aquí todos fueran saduceos y fariseos,

no os quedaríais sin comida por causa

de mi consejo.

No me refiero a la levadura del pan.

Por tanto, podéis comprar donde os parezca el pan para vuestros vientres.

Y, si nadie quisiera vendéroslo, igualmente no os quedaríais sin pan.

¿No os acordáis de los cinco panes con que comieron cinco mil personas?

¿No os acordáis que recogisteis doce cestas colmadas de los trozos sobrados?

Podría hacer para vosotros, que sois doce y tenéis un pan,

lo que hice para cinco mil con cinco panes.

¿No comprendéis a qué levadura aludo?

A la que fermenta en el corazón de los fariseos, saduceos y doctores, contra Mí.

Eso es odio, es herejía.

Y vosotros estáis yendo hacia el odio, como si hubiera entrado en vosotros parte de

la levadura farisaica.

No debemos odiar ni siquiera a nuestro enemigo.

No abráis siquiera una rendija a lo que no es Dios.

Tras el primero entrarían otros elementos contrarios a Dios.

Hay veces que, por excesivo deseo de combatir a los enemigos con las mismas armas,

uno termina pereciendo o vencido.

Y, una vez vencidos, podríais, por contacto, absorber sus doctrinas.

No. Tened caridad y prudencia.

No tenéis en vosotros todavía tanto, como para poder combatir estas doctrinas,

sin que ellas mismas os contaminen.

Porque también vosotros tenéis algunos de sus elementos, de los cuales uno es el  odio a ellos.

Os digo más: podrían cambiar de método para seduciros

y arrancaros de Mí, usando  con vosotros mil amabilidades,

mostrándose arrepentidos, deseosos de hacer la paz.

No debéis huir de ellos.

Pero, cuando quieran daros sus doctrinas, habréis de saber no acogerlas.

A esta levadura me refiero.

Es la malevolencia que va contra el amor.

Y las falsas doctrinas.

Os digo: sed prudentes.

Tomás pregunta:

–         ¿Esa señal que pedían los fariseos ayer tarde era «levadura” Maestro? 

Jesús responde: 

–          Era levadura y veneno.

–          Has hecho bien en no dársela.

–          Pero se la daré un día.

Varios preguntan curiosos:

–        ¿Cuándo? ¿Cuándo?

–        Un día…

–        ¿Y qué señal es?

Pedro pregunta:

–         ¿No nos lo dices ni siquiera a nosotros, tus apóstoles?

Para poder reconocerla inmediatamente.

–          Vosotros no deberíais necesitar una señal.

Santiago de Zebedeo replica con vehemencia:

–        ¡Bueno, no para poder creer en Ti!

No somos gente con muchos pensamientos.

Tenemos uno sólo: amarte a Tí. 

–         Pero, la gente….

Vosotros que tratáis con ella, así llanamente más que Yo,

sin el sentido de temor que Yo puedo infundir

¿Quién dice que Soy?

¿Y cómo define al Hijo del hombre?

Bartolomé argumenta:

–          Hay quien dice que Tú eres Jesús, o sea, el Cristo.

Y son los mejores;

los otros te consideran Profeta, otros sólo Rabí, y otros

– ya lo sabes – un loco y un endemoniado.

–           Pero hay alguno que usa para Ti el mismo nombre que Tú te das

y te llama: «Hijo del hombre».

–          Y algunos dicen también que no puede ser eso,

porque el Hijo del hombre es otra cosa muy distinta. 

Y esto no es siempre una cosa negativa;

porque, en el fondo, admiten que eres más que el Hijo del hombre:

eres el Hijo de Dios.

Otros, sin embargo, dicen que Tú no eres siquiera el Hijo del hombre;

sino un pobre hombre agitado por Satanás o a merced de la demencia.

Como puedes ver, los pareceres son muchos y todos distintos.

Pero Jesús insiste:

–         ¿Pero, para la gente, entonces, quién es el Hijo del hombre?

Simón Zelote confirma:

–          Es un hombre que debe poseer todas las virtudes más hermosas del hombre,

Un hombre que reúna en sí todos los requisitos de la inteligencia,

sabiduría, gracia, que pensamos que tenía Adán

Y algunos, a estos requisitos, añaden el de no morir.

Ya sabes que circula la voz de que Juan Bautista no ha muerto;

sino solamente que ha sido transportado a otro lugar por los ángeles.

Y que Herodes, para no reconocerse vencido por Dios,

y más todavía Herodías,

han mostrado, como cadáver del Bautista, el cuerpo mutilado del siervo. ¡

Bueno, la gente dice tantas cosas!…

Por eso, hay muchos que piensan que el Hijo del hombre es Jeremías, Elías o

alguno de los Profetas.

E incluso el mismo Bautista, que tenía sabiduría y gracia.

Y se decía el Precursor del Cristo.

Cristo: el Ungido de Dios.

El Hijo del hombre: un gran hombre nacido del hombre.

Muchos no pueden admitir…

O no quieren admitirlo, que Dios haya podido enviar a su Hijo a la Tierra.

Tú ayer lo dijiste:

«Creerán sólo los que están convencidos de la infinita bondad de Dios».

Bartolomé añade:

–         Israel cree en el rigor de Dios más que en su bondad…

Zelote confirma:

–          Ya, claro.

Se sienten efectivamente tan indignos,

que juzgan imposible que Dios sea tan bueno

como para mandar a su Verbo a salvarlos.

El estado degradado de su alma, les es obstáculo para creerlo.

Y añade:

–        «Tú mismo dices que eres el Hijo de Dios y del hombre.

En efecto, en Tí mora toda gracia y sabiduría como hombre.

Y yo pienso que, realmente, uno que hubiera nacido de un Adán en gracia,

se habría parecido a Ti en belleza, inteligencia en todas las demás cualidades.

Y en Ti brilla Dios por la potencia.

¿Pero quiénes de los que se creen dioses y en su soberbia infinita, miden a Dios con

el patrón de sí mismos podrán creerlo?

Ellos, los crueles, los que odian, los rapaces, los impuros;

NO PUEDEN claro, pensar que Dios haya extendido su dulzura,

HASTA DARSE A SÍ MISMO PARA REDIMIRLOS…

Su amor hasta salvarlos, su generosidad hasta entregarse a merced del hombre,

su pureza hasta sacrificarse en medio de nosotros.

No pueden, no, siendo como son tan inexorables y escrupulosos,

en buscar y castigar las culpas.

Jesús insiste:

–        ¿Y vosotros quién decís que soy Yo?

Decidlo por vuestro juicio, sin más;

sin tener en cuenta ni mis palabras ni las de los demás.

Si estuvierais obligados a dar un juicio sobre Mí,

¿Qué diríais que soy?

Pedro grita:

–          ¡Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios Vivo!

Mientras se arrodilla con los brazos extendidos hacia arriba, hacia Jesús.

Y Jesús lo mira con una faz toda luz… 

Y se inclina a levantarlo de nuevo para abrazarlo,

y dice:

–         ¡Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás!

Porque esto no te lo ha revelado la carne ni la sangre,

sino mi Padre que está en los Cielos.

Desde el primer día que viniste a Mí te hiciste esta pregunta.

Y por ser sencillo y honesto, supiste comprender y aceptar,

la respuesta que te venía de los Cielos.

No viste manifestaciones sobrenaturales, como tu hermano, Juan y Santiago.

No conocías mi santidad de hijo, de obrero, de ciudadano,

como Judas y Santiago, mis hermanos.

No fuiste objeto de milagros ni los viste hacer, ni te di señal de poder;

como hice y vieron en el caso de Felipe, Natanael, Simón Cananeo, Tomás, Judas.

No fuiste subyugado por mi Voluntad como en el caso de Leví el publicano.

Y, no obstante, exclamaste: «¡El es el Cristo!»‘.

Desde la primera hora en que me viste, creíste.

Y nunca tu fe se ha tambaleado.

Por eso te llamé Cefas.

Y por esto, sobre ti, Piedra, edificaré mi Iglesia… 

Y las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella

A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos.

Lo que atares en la tierra será atado en los Cielos; lo que desatares en la tierra

será desatado en los Cielos.

Sí, hombre fiel y prudente, cuyo corazón he podido pulsar.

Y aquí, desde este momento, tú eres el Jefe y se te debe obediencia y respeto;

como a otro Yo mismo.

Esto le proclamo delante de todos vosotros.

Si Jesús hubiera aplastado a Pedro con una granizada de correcciones,

el llanto de Pedro no habría sido tan alto.

Llora todo convulso de sollozos, apoyada la cara en el pecho de Jesús.

Un llanto que encuentra paralelo sólo en aquél, incontenible;

de su dolor de haber renegado a Jesús

El de ahora está hecho de mil sentimientos humildes y buenos…

Otro poco del antiguo Simón, el pescador de Betsaida que, ante el primer anuncio

de su hermano, se había reído diciendo: « ¡El Mesías se te aparece a Ti!…

¡Precisamente!» incrédulo y jocoso

un poco mucho del antiguo Simón se desmorona bajo ese llanto,

para dejar aparecer, bajo la costra ahora más delgada de su humanidad,

cada vez más claramente, al Pedro Pontífice de la Iglesia de Cristo.

Cuando levanta la cara tímido, confuso, no sabe hacer sino un acto para decir todo,

para prometer todo,

para entregarse todo con renovada energía al nuevo ministerio:

echar sus cortos y musculosos brazos al cuello de Jesús.

Y obligarle a inclinarse más para besarlo, mezclando sus cabellos y su barba,

un poco híspidos y entrecanos,

con los cabellos y la barba, suaves y dorados, de Jesús.

Y luego lo mira, con una mirada de adoración, amorosa, suplicante;

de sus ojos un poco overos, brillantes y rojos de las lágrimas lloradas,

mientras tiene entre sus manos callosas, anchas, rudas;

cual si se tratara de un vaso del que fluyera licor vital,

el rostro ascético del Maestro,

inclinado hacia el suyo…

Y bebe, bebe, bebe dulzura y gracia, seguridad y fuerza, de ese rostro;

de esos ojos, de esa sonrisa…

Se separan por fin y reanudan la marcha hacia Cesárea de Filipo.

Jesús entonces dice a todos:

–         Pedro ha dicho la verdad.

Muchos la intuyen, vosotros la sabéis. 

Pero, por ahora, no digáis a nadie lo que es el Cristo, en la verdad completa

de lo que sabéis.

Dejad que Dios hable en los corazones como habla en el vuestro.

En verdad os digo que quienes a mis afirmaciones o a las vuestras,

añaden la fe perfecta y el perfecto amor;

llegan a saber el verdadero significado de las palabras `

Jesús, el Cristo, el Verbo, el Hijo del hombre y de Dios».

368 UN MILAGRO EN EL MILAGRO


368 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA.  

Es una mañana esplendorosa, que ilumina el camino montañoso,

por donde avanza la comitiva apostólica.

Jesús tiene vendada la mano y Santiago de Alfeo la frente.

Andrés cojea bastante y Santiago de Zebedeo no lleva el talego,

que ahora lo carga su hermano Juan.  

Jesús ha preguntado dos veces:

–        ¿Puedes seguir caminando, Andrés?

El apóstol contesta:

–        Sí, Maestro.

Camino mal por el vendaje.

Pero el dolor no es fuerte.

Y la segunda vez añade:

–        ¿Y tu mano, Maestro?

Jesús responde:

–        Una mano no es una pierna.

Está en descanso y duele poco.

Pedro observa:

–        ¡Mmm! Poco no creo.

Tan hinchada como está y tan abierta, hasta el hueso…

El aceite hace bien.

Pero quizás hubiera sido mejor si de ese ungüento de tu Madre,

le hubiéramos pedido un poco a…

Jesús ataja con rapidez:

–        A mi Madre.

Tienes razón – sintiendo lo que está para salir de los labios de Pedro.

El cual confuso, se pone colorado y mira con mirada desolada a su Jesús

tan desolada, que Él sonríe y apoya precisamente la mano herida,

encima del hombro de Pedro, para arrimársele a Sí. 

Diciéndole:

–        Te hará daño estar así.

No. Simón.

Tú me quieres y tu amor es un magnífico aceite saludable.

–        ¡Oh, entonces, si es por eso, ya deberías estar curado!

Hemos sufrido todos de verte tratado de ese modo.

Y hay quien ha llorado.

Pedro mira a Juan y a Andrés…

Mientras Jesús agrega:

–         Aceite y agua son buena medicina, pero el llanto de amor y piedad,

es más potente que cualquier otra cosa. ¿Veis?

Estoy mucho más alegre hoy que ayer.

Porque hoy sé cuán obedientes sois y cuánto me queréis.

TODOS…

Y Jesús los mira con su mirada dulce, en cuya ya habitual tristeza,

hay una tenue luz de alegría esta mañana.

Tadeo dice:

–         Pero qué hienas, ¡Eh!

¡Jamás he visto un odio como ése!

Debían ser todos judíos.

Jesús muy sereno, corrige:

–        No, hermano.

La región no tiene nada que ver.

El Odio es igual en todos los sitios.

Recuerda que en Nazaret, hace meses fui expulsado y me querían apedrear.

¿No te acuerdas?

Y ello sirve de consuelo de las palabras de Judas Tadeo para los que son judíos.

Tanto consuelo, que Judas dice:

–         ¡Ah, pero esto lo voy a decir!

¡Vaya que si lo voy a decir!

No estábamos haciendo nada malo.

No hemos reaccionado.

Y Él ha hablado lleno de amor al principio.

Han empezado a pedradas con nosotros, como si fuéramos serpientes.

Lo voy a decir.

Felipe pregunta:

–        ¿Y a quién se lo vas a decir, si están todos contra nosotros?

–        Yo sé a quién decírselo.

De momento, en cuanto vea a Esteban y a Hermas se los digo.

Lo sabrá enseguida Gamaliel.

Pero para Pascua se lo digo a quien yo me sé.

Voy a decir: «No es justo actuar así. Con vuestro furor sois ilegales.

Vosotros sois culpables, no Él»

Felipe aconseja:

–         Mejor sería que no te acercaras mucho a esos «señores»!…

Tengo la impresión de que para ellos tú también eres culpable.   

Judas concede:

–        Es verdad.

Mejor es que no vuelva a tener nunca contacto con ellos.

Sí. Es mejor.

Pero a Esteban sí se lo digo.

Es bueno y no envenena…

Jesús dice sereno y persuasivo:

–          ¡Déjalo, hombre, Judas!

No harías mejorar nada.

Yo he perdonado.

No pensemos más en ello.    

Los milagros NO SON para volver cómoda, la vida de los trabajadores de la Viña…

Dos veces que encuentran riachuelos, tanto Andrés como los dos Santiagos

se mojan las vendas que cubren sus contusiones.

Jesús no.

Prosigue tranquilo, como si no sintiera dolor.

Y sin embargo, el dolor debe ser notable, Si;

cuando se detienen para comer, debe pedir a Andrés que le parta el pan;

¡Sí! cuando se le desata una sandalia, debe decir a Mateo que se la ate de nuevo;

¡Sí!, sobre todo, al bajar por un atajo con un fuerte declive… 

Y yendo a chocar contra un tronco, porque su pie ha resbalado;

no puede reprimir un quejido;

Y se le pone otra vez roja de sangre la venda…

Tanto que en la primera casa de un pueblo, al que llegan hacia el crepúsculo… 

Se detienen.

Piden agua y aceite para medicarle la mano;

la cual, quitadas las vendas, aparece muy hinchada y de un color aturquesado,

en el dorso, con la herida rojiza en el centro.

Mientras esperan a que la mujer de la casa llegue con lo que han pedido… 

Se arriman todos a la mano herida para observarla…

Y hacen sus respectivos comentarios.

Pero Juan se retira un poco más allá, para esconder su llanto.

Jesús lo llama, diciendo:

–           Ven aquí.

No es una cosa grave. No llores.

Juan responde:

–         Lo sé.

Si lo tuviera yo, no lloraría.

PERO LO TIENES TÚ…  

Y no dices todo el daño que te hace esta amada mano,

que no ha dañado nunca a nadie.

Jesús le ha dejado la mano relajada.

Juan la acaricia dulcemente, en la punta de los dedos, en la muñeca.

TODO alrededor de la moradura.

Y la vuelve con dulzura;

para besar su palma y apoyar su mejilla en el cuenco de la mano…

Y dice:

–        «Está ardiendo…

¡Cuánto te debe doler! – y lágrimas de piedad caen sobre ella.

La mujer trae el agua y el aceite.

Con un pedazo de tela, Juan quiere limpiar la mano manchada de sangre;

con delicadeza, hace circular agua tibia sobre la parte herida;

luego la unge, la venda con unas tiras limpias de tela.

Y en el lazo pone un beso.

Jesús le coloca la otra mano en la cabeza, que tiene inclinada.

La mujer pregunta:

–        ¿Es tu hermano?

Juan responde:     

–         No.

Es mi Maestro, nuestro Maestro.

La mujer sigue preguntando, esta vez a los otros:

–         ¿De dónde venís?

–        Del Mar de Galilea.

–        ¡Lejos!

–        ¿Para qué?

–          Para predicar la Salud.

–          Es casi de noche.

Quedaos en mi casa.

Casa de pobres, pero de gente honrada.

Puedo daros leche en cuanto vuelvan mis hijos con las ovejas.

Mi marido os acogerá con gusto.

–         Gracias, mujer.

–         Si el Maestro quiere, nos quedamos aquí.

La mujer va a sus labores.

Mientras los apóstoles le preguntan a Jesús qué deben hacer.

–        Sí. Bien.

Mañana vamos a ir a Quedes y luego hacia Panéade.

He reflexionado, Bartolomé.

Conviene hacer como dices.

Me has dado un buen consejo.

Espero encontrar así a otros discípulos y enviarlos delante de Mí a Cafarnaúm.

Sé que a estas alturas ya deben haber estado algunos discípulos en Quedes,

entre los cuales están los tres pastores libaneses.

Vuelve la mujer y pregunta:

–         ¿Entonces?

–         Sí, buena mujer.

Pasamos aquí esta noche.

–         Y cenáis.

Aceptadlo. No me pesa.

Y además, algunos que son discípulos de ese Jesús de Galilea, al que llaman Mesías,

que hace tantos milagros y predica el Reino de Dios,

nos han enseñado la misericordia.

Pero El no ha venido nunca aquí.

Quizás porque estamos en los confines sirofenicios.

Pero sí han venido sus discípulos.

Y ya es mucho.

Para Pascua, los del pueblo queremos ir todos a Judea para ver si vemos a este Jesús.

Porque tenemos enfermos y los discípulos han curado a algunos, pero a otros no.

Y entre éstos está un hijo, joven, de un hermano de la mujer de mi cuñado.

Sonriendo, Jesús pregunta:

–        ¿Qué le pasa? –

–        Es… No habla y no oye.

Nació así.

Quizás un demonio entró en el vientre de la madre para hacerla desesperarse y sufrir.

Pero es bueno.

Un endemoniado no sería así.

Los discípulos han dicho que para él es necesario Jesús de Nazaret,

porque debe faltarle algo, y sólo este Jesús…

¡Ah, aquí están mis hijos y mi marido!

Y volviéndose hacia el esposo,

agrega:

Melquías, he acogido a estos peregrinos en nombre del Señor.

Estaba hablando de Leví…

Sara, ve pronto a ordeñar la leche,

y tú, Samuel, baja a la gruta por aceite y vino.

Y trae manzanas del desván.

Date prisa, Sara; preparamos las camas en las habitaciones altas.

Jesús dice:

–        No te afanes, mujer.

Estaremos bien en cualquier sitio.

¿Podría ver al hombre de que hablabas?

–        Sí… Pero…

¡Oh! ¡Señor! ¿No serás Tú el Nazareno?

Jesús dice con sencilléz.

–        Soy Yo.

La mujer cae de rodillas,

y grita:

–         ¡Melquías, Sara, Samuel!

¡Venid a adorar al Mesías!

¡Qué gran día! ¡Qué gran día!

¡Y yo lo tengo en mi casa!

¡Y estaba hablando con Él, así!

¡Y le he traído el agua para lavar la herida!… ¡Oh!…

Se ahoga de emoción.

Y corre a donde el barreño.

Lo ve vacío:

–        « ¿Por qué habéis tirado esa agua?

¡Era santa!

¡Melquías

¡El Mesías en nuestra casa!

–         Sí.

Pero tranquilízate, mujer.

Y no se lo digas a nadie.

Más bien, ve por el sordomudo y tráemelo… – dice Jesús sonriendo…

..Y pronto regresa Melquías con el joven sordomudo,

los parientes de él y medio pueblo al menos…

La madre del infeliz adora a Jesús,

y le suplica:

–         Sí, será como tú quieres.

Toma de la mano al sordomudo,

le separa un poco de la masa de personas que se apiña;

mientras los apóstoles, por compasión hacia la mano herida,

luchan por mantener a la gente separada.

Jesús arrima a Sí bien al sordomudo;

le pone los índices en las orejas y la lengua en los entreabiertos labios;

luego, alzando los ojos al cielo ya algo oscurecido,

expele su aliento sobre el rostro del sordomudo,

y grita fuertemente:

–          «¡Abríos!» y lo suelta.

El joven lo mira por un momento, mientras la gente cuchichea.

Es sorprendente el cambio de la cara del sordomudo:

primero apática y triste, ahora sorprendida y sonriente.

Se lleva las manos a las orejas.

Aprieta y suelta…

Se convence de que realmente oye..

Abre a boca y dice:

–          ¡Mamá! ¡Oigo!

¡Oh, Señor, yo te adoro!

Se apodera de la gente el entusiasmo habitual;

mucho más todavía, porque se preguntan:

–         ¿Y cómo puede saber hablar, si nunca, desde que nació, oyó palabra alguna?

¡Un milagro en el milagro!

Le ha soltado el habla y al mismo tiempo le ha enseñado a hablar.

¡Viva Jesús de Nazaret!

¡Hosanna al Santo, al Mesías!

Y se apiñan contra Él, que levanta su mano herida para bendecir,

mientras algunas personas, informadas por la mujer de la casa,

se mojan la cara y los miembros con las gotas de agua,

que habían quedado en el barreño.

Jesús los ve y grita:

–        Por vuestra fe, quedad todos curados.

Id a vuestras casas.

Sed buenos, honestos. Creed en la palabra del Evangelio.

Y conservad para vosotros lo que sabéis,

hasta que llegue la hora de proclamarlo en las plazas y por los caminos de la tierra.

Mi paz sea con vosotros.

Y entra en la amplia cocina, donde resplandece el fuego

y tiemblan las luces de dos lámparas.

367 PRESAGIO DE ODIO


367 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Y lo toma entre sus brazos y llora silenciosas lágrimas encima de la cabeza morena de Judas.

Los demás, que están algunos metros más atrás,

se han detenido prudentemente y ahora comentan:

–         ¿Veis?

Quizás Judas tiene verdaderamente algún pesar.

–        Y esta mañana se ha abierto con el Maestro.

–        ¡Qué tonto!

Yo lo hubiera hecho inmediatamente.

–         Serán cosas penosas.

–         ¡Seguro que no es por mala conducta de su madre!

¡Es una santa mujer!

¿Qué puede ser de penoso?

–         Quizás intereses que van mal…

–         ¡No, hombre, no!

¡Él gasta y da, según le parece, con generosidad!

-¡         Bueno!

¡Asuntos suyos!

Lo importante es que esté concorde con el Maestro, y parece que es así.

Ya llevan mucho tiempo hablando y en paz.

Ahora están abrazados…

Muy bien.

–         Sí, porque es una persona con capacidad y que conoce a mucha gente.

Es buena cosa que esté en armonía y con buena voluntad con nosotros,

y especialmente con el Maestro.

–         Jesús dijo en Hebrón que las tumbas de los justos son lugares de milagros,.

O más o menos…

En estos lugares hay muchas tumbas de justos.

Quizás las de Meirón han hecho un milagro respecto a la turbación de Judas.

–        ¡Entonces terminará de hacerse santo ahora ante la tumba de Hil.lel!

¿Aquello no es Yiscala?

–         Sí, Bartolomé.

–         Pues el año pasado no pasamos por aquí…

–        ¡Hombre, claro; como que vinimos por la otra parte!

Jesús se vuelve y los llama.

Se acercan alegres.

Jesús dice:

–        Venid.

La ciudad está cerca.

Tenemos que cruzarla para encontrar la tumba de Hil.lel.

Hagámoslo en grupo.

Sin explicar nada más,

mientras los once miran curiosos con el rabillo del ojo tanto a Él como a Judas.

Pero si éste último muestra un rostro pacificado, aunque mustio,

Jesús no lo tiene radiante:

su expresión es solemne, pero seria.

Entran en Yiscala, que es vasta y bonita.

Y está bien cuidada. 

Debe haber en ella un floreciente centro rabínico, porque hay muchos doctores

reunidos acá o allá, con alumnos a su lado escuchando sus lecciones.

Es muy notorio el paso de los apóstoles, y especialmente, del Maestro.

Y muchos se ponen detrás del grupo.

Alguno sonríe maliciosamente, otros llaman a Judas de Keriot;

Pero él va al lado del Maestro y ni siquiera se vuelve.

Salen de la ciudad.

Y se dirigen a la tumba de Hil.lel,

en medio de una oléada de comentarios:

–        ¡Qué descaro!

–        ¡Es imprudente.

–        Nos provoca.

–        ¡Profanador!

–        ¡Díselo, Uziel!

–        Yo no me contamino.

–        Díselo tú, Saúl, que eres sólo alumno.

–        No.

Se lo decimos a Judas.

Ve a llamarlo.

El joven llamado Saúl, menudo, pálido, todo ojos y boca, va a donde Judas,

y le dice:

–        Ven. Te llaman los rabíes.

Judas se niega diciendo:

–        No voy.

Me quedo donde estoy. Dejadme.

El joven vuelve y refiere esto a sus jefes.

Entretanto, Jesús, circundado por los suyos,

ora con veneración ante el sepulcro de Hil.lel, bien cándido de cal.

Los rabíes se acercan despacio, como serpientes silenciosas.

Y observan.

Dos de ellos, barbudos, ancianos, tiran de la túnica de Judas,

el cual, al ponerse a hacer oración ha quedado desprotegido ,

de las parejas de los otros compañeros.

Con resentimiento,

en voz baja pregunta: 

–         Pero bueno, ¿Qué queréis?

¿Ni siquiera orar se puede?

–         Sólo una palabra.

Luego te dejamos en paz.

Simón Zelote y Judas Tadeo se vuelven….

Y se callan los cuchicheadores.

Judas se separa dos o tres pasos

y pregunta:

–         ¿Qué queréis?

El más viejo le susurra al oído.

La reacción de Judas, es impulsiva:

pues sin mediar reflexión alguna, se separa de repente,

y dice:

–         No.

Dejadme en paz, ánimas de veneno.

No os conozco, no quiero seguiros conociendo.

Una carcajada de burla sale del grupito rabínico,

junto con una amenaza:

–        ¡Atento a lo que haces, muchacho estúpido!

–         Atentos vosotros.

¡Fuera! Id a decírselo también a los demás.

A todos los demás. ¿Habéis entendido?

Hablad con quien queráis, pero no conmigo, demonios, que es lo que sois.

Y los deja plantados.

Ha hablado tan fuerte que los apóstoles, atónitos, se han vuelto;

Jesús, no.

Ni siquiera por la carcajada burlona y la promesa:

–        « ¡Nos volveremos a ver, Judas de Simón!»

Que resuena vibrante en el silencio del lugar.

Judas vuelve a su sitio;

es más, aparta a Andrés, que se había puesto al lado de Jesús.

Y casi como para buscar defensa y protección,

toma con sus manos un extremo del manto de Jesús.

La ira de los religiosos entonces, arremete contra Jesús.

Se aproximan, amenazadores,

y gritan:

–          ¿Qué haces aquí, anatema de Israel?

–          ¡Fuera!

–         No turbes los huesos del Justo al que no eres digno de acercarte.

–        Se lo diremos a Gamaliel para que seas castigado.

Jesús se vuelve y los mira, uno por uno.

–         ¿Por qué nos miras así, endemoniado?

Jesús responde:

–         Para conocer bien vuestras caras y vuestros corazones.

Porque no sólo mi apóstol os volverá a ver.

Yo también.

Y entonces querré haberos conocido bien, para poderos reconocer enseguida.

–         Bien, ¿Ya nos has visto?

–        Márchate de aquí.

–         Gamaliel, si estuviera, no lo permitiría.

–         El año pasado he estado con él aquí…

–         ¡No es verdad, embustero!

–         Preguntádselo.

Como es una persona honesta, os dirá que es verdad.

Yo amo y venero a Hil.lel.

Y respeto y honro a Gamaliel.

Son dos hombres en los cuales, por su justicia y sabiduría,

se pone de manifiesto el origen del hombre,

recordando que el hombre ha sido hecho a semejanza de Dios.

–          ¿En nosotros no, eh? – interrumpen los energúmenos.

–          En vosotros está entenebrecido por los intereses y el odio.

–         ¿Pero lo estáis oyendo?

–        ¡En casa ajena así habla y ofende!

–        ¡Fuera!

–        ¡Fuera de aquí, corruptor de los mejores de Israel!

Si no, echamos mano a las piedras.

Que aquí no está Roma para protegerte,

amigo de contubernios con el enemigo pagano…

–         ¿Por qué me odiáis?

¿Por qué me perseguís?

¿Qué mal os he hecho?

Algunos de vosotros han recibido beneficios de mí; todos, respeto.

¿Por qué, pues, sois crueles conmigo?

Jesús se muestra humilde, manso, afligido y amoroso.

Les suplica su amor.

Ellos toman esto como signo de debilidad y miedo,

Y acosan:

la primera piedra vuela, y roza a Santiago de Zebedeo.

Éste, rápido, hace el gesto de reaccionar lanzándola a los agresores.

Mientras, todos se apiñan en torno a Jesús.

Pero son doce contra aproximadamente un centenar.

Otra piedra le da a Jesús en la mano,

que está ordenando a los suyos que no reaccionen.

La mano, herida en el dorso, sangra: parece ya la herida del clavo…

Entonces Jesús ya no ora.

Se yergue, imponente; los mira, los fulmina con sus miradas.

Pero otra piedra hace sangrar a Santiago de Alfeo en la sien.

Jesús debe paralizar cualquier otro acto con su poder,

para defender a sus apóstoles,

los cuales, obedientes, sufren la apedreada sin reaccionar.

Y cuando la voluntad de Jesús domina a los viles,

Él manifestando una majestad terrible,

con voz de trueno, dice:

–          Me voy.

Pero sabed que, por lo que hacéis, Hil.lel os habría maldecido.

Me voy.

Pero recordad que ni siquiera el mar Rojo detuvo a los israelitas

en el camino que Dios les había señalado.

Todo se allanó y quedó abierto el camino ante la Voluntad de Dios que pasaba.

Y lo mismo para Mí.

De la misma forma que ni egipcios ni filisteos ni amorreos ni cananeos

ni ningún otro pueblo detuvieron la marcha triunfal de Israel,

ni así vosotros, que sois peores que ellos,

tampoco detendréis mi camino ni mi misión: Israel.

Recordad que fue cantado al pozo del agua por Dios dada:

«Mana, pozo, pozo cavado por los príncipes, preparado por los jefes del pueblo,

con el dador de la Ley, con los propios bastones».

¡Yo soy aquel Pozo! ¡Aquel Pozo soy Yo!

Cavado desde los Cielos por todas las oraciones y la justicia de los verdaderos

príncipes y jefes del Pueblo santo, que no sois vosotros.

No. No lo sois

Por vosotros jamás el Mesías habría venido, porque no os lo merecéis.

Porque su venida es vuestra ruina.

Porque el Altísimo conoce todos los pensamientos de los hombre. 

Y los conoce desde siempre, desde antes de que existiera Caín, del cual procedéis,

Y Abel, al que asemejo; desde antes de Noé, figura mía;

antes que Moisés, que fue el primero en usar mi símbolo;

desde antes de que existiera Balaam, que profetizó la Estrella.

E Isaías, y todos los profetas.

Y conoce los vuestros, Dios, y le horrorizan.

Siempre le han horrorizado, 

de la misma forma que siempre ha exultado por los justos por quienes justo era

enviarme. y que verdaderamente, ¡Oh, sí, verdaderamente!

me han aspirado desde las profundidades de los Cielos

para portar el Agua viva para la sed de los hombres.

Yo soy la Fuente de Vida eterna. Pero vosotros no queréis beber.

Y moriréis.

Y pasa lentamente por entre los paralizados rabíes y alumnos.

Y sigue su camino, lento, solemne, en un silencio atónito