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45 CONSEJO MATERNAL


A MIS PEQUEÑOS CORREDENTORES

45 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

Como conclusión de la vida oculta.

Dice María:

«Antes de que entregues estos cuadernos, uno a ellos mi bendición.

Ahora — tan sólo se necesita que queráis hacerlo con un poco de paciencia — podéis tener una colección completa de los hechos de la vida íntima de mi Jesús.

Tenéis, desde la Anunciación hasta el momento en que sale de Nazaret para predicar, no sólo los dictados, sino también la ilustración de los hechos que acompañaron la vida familiar de Jesús.

Los Evangelios, al describir el vasto cuadro de la vida de mi Hijo, engloban en breves referencias, sus primeros años, su niñez, su adolescencia y su juventud.

En los Evangelios, Él es el Maestro.

Aquí, es el Hombre, el Dios que se humilla por amor al hombre.

‘Mas también obra milagros aquí, en el anonadamiento de una vida corriente, los obra en mí.

Sintiendo mi alma llevada a la perfección al vivir en contacto con este Hijo mío que estaba formándose en mi seno.

Los obra en casa de Zacarías, santificando al Bautista, ayudando a Isabel en el momento del parto, devolviéndole la palabra y la fe, a Zacarías.

Los obra en José, abriéndole el espíritu a la luz de una verdad tan excelsa que no hubiera podido comprenderla por sí solo, a pesar de ser justo.

José, después de mí, fue el más consolado de esta lluvia de divinos beneficios.

Observa cuánto camino recorre, espiritual camino, desde que viene a mi casa hasta el momento de la huida a Egipto.

Al principio era solamente un hombre justo según los cánones de su tiempo.

Luego, por fases, deviene el justo del tiempo cristiano.

Se enriquece de la fe en Cristo y, tanto se abandona a esta fe segura, que de la frase pronunciada al principio del viaje de Nazaret hacia Belén: 

  “¿Cómo nos las arreglaremos?”

Frase en que estaba comprendido todo el hombre, todo ese hombre que se revela con sus temores humanos, con sus humanas preocupaciones, pasa a la esperanza.

Así, en la gruta, antes del nacimiento, dice: “Mañana irá mejor”.

Jesús, ya cercano, lo fortifica con esta esperanza, que entre los dones de Dios es uno de los más bellos.

Y luego, cuando el contacto con Jesús lo santifica, pasa de esta esperanza a la intrepidez.

Siempre se había dejado dirigir por mí, llevado del respeto de altísima veneración que hacia mí abrigaba.

Ahora, por el contrario, dirige él, tanto las cosas de orden material como las de otro orden superior. 

Y en calidad de cabeza de la Familia, decide todo él.

Es más, cuando tras los meses de unión con el Hijo divino que le saturaron de santidad, llega la penosa hora de la huida…

Es él quien alivia mi pena,

y me dice:

–    “Aun en el caso de perderlo todo, teniéndole a Él tenemos todo”.

Y también en los pastores mi Jesús obra milagros de gracia.

Así, el Ángel se dirige al pastor ya predispuesto a la Gracia por su fugaz encuentro conmigo.

Y lo conduce a la Gracia, para que sea de ella salvado para siempre.

Obra milagros por doquiera que pasa, ya en exilio, ya de nuevo en su pequeña patria de Nazaret.

Dondequiera que estuviese, en efecto, la santidad se expandía como el aceite sobre un lienzo o  la fragancia de las flores por el aire,

Y todo aquel que recibía su toque, a menos que no fuera un demonio, salía ansioso de santidad.

Tal anhelo es ya raíz de vida eterna, pues quien quiere ser bueno consigue la bondad, que lleva al Reino de Dios.

Ahora ya tenéis, en escenas que reflejan momentos diversos, la santa Humanidad de mi Hijo, desde el alba al ocaso.

Podríamos haber dado todo junto, pero la Providencia juzgó que así estaba bien; por ti, alma mía.

En cada uno de los dictados te hemos dado la medicina para aquellas heridas que te serían infligidas.

Te la hemos ido dando con antelación, para prepararte.

Mientras está granizando, nada parece protegernos, mas no es así.

Si bien es cierto que la tempestad reaviva la humanidad que duerme sepultada bajo las aguas espirituales,

No lo es menos que también saca a la superficie las gemas de una doctrina sobrenatural que, habiendo sido depositadas en vuestro corazón,

Cuando nos crucificamos y Dios nos convierte en corredentores, somos pararrayos de la Justicia Divina…

esperaban precisamente esa hora de tempestad para emerger y deciros:

“Acordaos de que también existimos nosotros”.

Y no es sólo una razón de Providencia, alma mía; sino que también hay en ello una razón de bondad.

En efecto, ¿Cómo te hubiera sido posible, en el actual estado de postración en que te encuentras, (se dirige a María Valtorta) ver u oír ciertas visiones o ciertos dictados?

Te habrían lesionado en modo tal, que te habrían incapacitado para tu misión de ”portavoz”.

Por eso, los hemos dado antes, evitando así quebrarte el corazón – pues somos buenos – con visiones y palabras demasiado acordes con tu sufrir.   

Que te lo habrían agudizado hasta llevarlo al espasmo.

No somos crueles, María.

Siempre actuamos de forma que recibáis de Nosotros consuelo…

Y no temor o aumento de vuestro dolor.

Nos es suficiente que os fiéis de Nosotros.

Nos es suficiente que, con José, digáis: “Si me queda Jesús, todo me queda”.

Para que vayamos con dones celestes a consolar vuestro espíritu.

No te prometo dones y consolaciones humanas.

Sí, las mismas consolaciones que tuvo José: sobrenaturales. 

Todos han de saber efectivamente que, bajo la presión de la usura, que sofoca a todo pobre fugitivo, los dones de los Magos se disiparon, con la rapidez del relámpago,

en conseguir un techo y ese mínimo de enseres o del necesario alimento, proveniente de aquella única fuente, mientras no pudimos encontrar trabajo.

En la comunidad hebrea ha habido siempre mucha ayuda mutua, pero la de Egipto en concreto estaba formada en su mayor parte por gente perseguida que había tenido que expatriarse.   

Gente pobre, por tanto, como nosotros, que nos añadíamos a su número.

Y una pequeña parte de aquella riqueza, que queríamos reservarla para Jesús, para cuando fuera adulto,

La que se había salvado de los gastos de asentarnos en Egipto, nos sirvió para cubrir las necesidades del regreso a la patria. 

 Y fue apenas suficiente para organizar de nuevo en Nazaret casa y taller.

Los tiempos cambian, pero la avidez humana es siempre la misma. 

Y siempre aprovecha la necesidad ajena para, abusivamente, succionar su parte.

No. El tener con nosotros a Jesús no nos procuró bienes materiales.

Muchos de vosotros es esto lo que pretendéis en cuanto os sentís un poquito unidos a Jesús.

Os olvidáis de que Él dijo: “Buscad las cosas del espíritu”.

Todo lo demás es añadidura.

Es verdad que Dios proporciona también el alimento a los hombres, como a las aves, pues sabe que mientras la carne sea armadura de vuestra alma, lo necesitáis.

Cierto; pero, pedid primero su Gracia, pedid primero por vuestro espíritu.

El resto se os dará por añadidura.

A José, humanamente hablando, la unión con Jesús no le procuró sino trabajos, esfuerzos, persecuciones, hambre.

Pero, dado que tendía sólo hacia Jesús, todo esto se transformó en paz espiritual, en alegría sobrenatural.

Yo quisiera conduciros al punto en que estaba mi esposo cuando decía:

Aunque nos quedáramos sin nada, tendremos siempre TODO, porque tenemos a Jesús”.

Sé que el corazón se rompe, sé que la mente se nubla, sé que la vida se consume.

Sí, María, pero… ¿Eres de Jesús? ¿Quieres serlo? ¿Dónde, cómo murió Jesús?

Niña querida mía, llora, pero persevera en la fortaleza.

El martirio no está en la forma del tormento, está en la constancia con que el mártir lo soporta.

Por tanto, tan martirio es una pena moral cuanto lo es un arma, cuando aquélla se soporta con la misma finalidad.

Tú soportas por amor a mi Hijo.

Todo lo que haces los hermanos es siempre amor a Jesús, el cual los quiere salvos.

Por tanto, lo que vives es martirio; persevera en él.

No quieras actuar por tí sola.

Es suficiente, puesto que estás sometida a presión demasiado fuerte como para poder tener todavía el vigor de guiarte por tí sola… Y de dominar incluso tu humanidad, impidiéndole llorar.   

Es suficiente con que dejes que el dolor te torture sin rebelarte.

Basta que le digas a Jesús: “¡Ayúdame!”.

Lo que tú no puedes hacer, Él lo hará en ti.

Permanece en Él. Siempre en Él.

No quieras salir de Él; y no saldrás si tú no lo quieres.

Y aunque de hecho, como ahora, la intensidad del dolor te impida ver dónde estás, tú estarás siempre en Jesús.

Te bendigo. Di conmigo: “Gloria Patri et Filio et Spiritui Sancto” .

Que éste sea siempre tu grito.

Hasta que lo digas en el Cielo.

La gracia del Señor esté siempre en ti». 

35 FUGITIVOS DE BELÉN


35 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

La visita de los magos

  1. Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén,
  2. diciendo: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle.»
  3. En oyéndolo, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén.
  4. Convocó a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, y por ellos se estuvo informando del lugar donde había de nacer el Cristo.
  5. Ellos le dijeron: «En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta:
  6. = Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres, no, la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel.» =
  7. Entonces Herodes llamó aparte a los magos y por sus datos precisó el tiempo de la aparición de la estrella.
  8. Después, enviándolos a Belén, les dijo: «Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando le encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarle.»
  9. Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño.
  10. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría.
  11. Entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra.
  12. Y, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se retiraron a su país por otro camino.

Matanza de los niños

  1. Después que ellos se retiraron, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto; y estate allí hasta que yo te diga. Porque Herodes va a buscar al niño para matarle.»
  2. El se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se retiró a Egipto;
  3. y estuvo allí hasta la muerte de Herodes; para que se cumpliera el oráculo del Señor por medio del profeta: = De Egipto llamé a mi hijo. =
  4. Entonces Herodes, al ver que había sido burlado por los magos, se enfureció terriblemente y envió a matar a todos los niños de Belén y de toda su comarca, de dos años para abajo, según el tiempo que había precisado por los magos.
  5. Entonces se cumplió el oráculo del profeta Jeremías:
  6. = Un clamor se ha oído en Ramá, mucho llanto y lamento: es Raquel que llora a sus hijos, y no quiere consolarse, porque ya no existen. =
  7. Muerto Herodes, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto y le dijo:
  8. «Levántate, toma contigo al niño y a su madre, y ponte en camino de la tierra de Israel; pues ya han muerto los que buscaban la vida del niño.»
  9. El se levantó, tomó consigo al niño y a su madre, y entró en tierra de Israel.
  10. Pero al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allí; y avisado en sueños, se retiró a la región de Galilea,

23. y fue a vivir en una ciudad llamada Nazaret; para que se cumpliese el oráculo de los profetas: = Será llamado Nazareno. =

Huida a Egipto.

Mi espíritu ve la siguiente escena. Es de noche. José está durmiendo en su modesto lecho, en su diminuta habitación.

Su sueño es pacífico, como el de quien está descansando del mucho trabajo cumplido con honradez y diligencia.

Lo veo en la oscuridad de la estancia, oscuridad apenas interrumpida por un hilo de luz lunar que penetra por una rendija de la hoja de la ventana, que está sólo entornada, no cerrada del todo. 

Como si José tuviera calor en esta pequeña habitación, o como si quisiera tener ese hilo de luz para saberse medir al amanecer y levantarse diligentemente.

Está girado sobre uno de los lados, y sonríe mientras duerme, quién sabe ante qué visión que está soñando.

Pero de repente, su sonrisa se transforma en congoja.

Emite el típico suspiro, profundo de quien está teniendo una pesadilla…

Y se despierta sobresaltado.

Se sienta en la cama, se restriega los ojos, mira a su alrededor,…

Y mira hacia la ventanita de la que proviene ese hilo de luz.

Es plena noche.

No obstante, coge la prenda de vestir que está extendida a los pies de la cama y todavía sentado en el lecho, se la pone encima de la túnica blanca de manga corta que tenía sobre la piel.

Levanta las mantas, pone los pies en el suelo y busca las sandalias. Se las pone y se las ata.  

Se pone de pie y enseguida enciende una lamparita de aceite, de una sola llama, para iluminarse con ella.  

 Y se dirige hacia la puerta que está frente a su cama; no hacia la que está lateral a la misma y que conduce al salón en que fueron recibidos los Magos. 

Llama suavemente con la punta de los dedos: un casi insensible tic-tic.

Debe haber oído que se le invita a entrar, pues abre con cuidado la puerta y la vuelve a entornar sin hacer ruido.

Entra…

En una habitacioncita sólo un poco más grande que la suya, con una cama pequeña y baja, al lado de una cuna, ya arde otra lamparita.  

La llamita oscilante en un rincón, parece una estrellita de luz tenue y dorada, que permite ver sin molestar a quien esté dormido..

Pero María no está dormida, está arrodillada junto a la cuna. Tiene un vestido claro y está orando.

Y velando a Jesús, que duerme tranquilo.

Jesús tiene la edad de la visión de los Magos.

Es un niño de un año aproximadamente, un niño guapo, rosado y rubio.

Y está durmiendo, con su cabecita ensortijada hundida en la almohada y una manita bien cerrada junto a la garganta.

José en voz baja denotando asombro, 

pregunta:

–     ¿No duermes?

¿Por qué? ¿Jesús no está bien?

María responde:

–    ¡Oh, no!

Él está bien. Yo estoy rezando. Luego me echaré a dormir. ¿Por qué has venido, José?

Mientras habla, María sigue arrodillada donde estaba antes.

José, en voz bajísima para no despertar al Niño, pero en tono apremiante,

dice:

–     Tenemos que irnos de aquí ¡Enseguida! enseguida.

Prepara el baulillo y un fardo con todo lo que puedas meter en ellos.

Yo me encargo de preparar lo demás, llevaré lo más que pueda…

Cuando empiece a clarear huimos.

Lo haría incluso antes, pero tengo que hablar con la dueña de la casa….

–    ¿Y por qué esta huida?

–     Después te lo explico mejor.

Es por Jesús. Un ángel me ha dicho: “Toma al Niño y a la Madre y huye a Egipto”.

No pierdas tiempo. Yo ya empiezo a preparar todo lo que pueda.

No era necesario decirle a María que no perdiese tiempo.

Apenas ha oído hablar de ángel, de Jesús y de huida; ha comprendido que un peligro se cierne sobre su Criatura.

Y de un salto se ha puesto en pie.

Con su cara más blanca que un cirio, una mano contra el pecho, angustiada.

Enseguida se ha puesto en movimiento, ágil, ligera.

Y ha empezado a colocar la ropa de vestir en el baulillo y en un fardo grande que ha extendido primero sobre su cama aún intacta.

Sin duda está angustiada, pero no pierde las riendas; hace las cosas con rapidez pero no sin orden.

De vez en cuando, pasando junto a la cuna, mira al Niño, que duerme ajeno a lo que está sucediendo. 

Cada cierto tiempo José, asomando la cabeza por la puerta entreabierta,

pregunta:

–     ¿Necesitas ayuda?

–     No, gracias – responde siempre María.

Hasta que el fardo — que debe pesar bastante — no está lleno, no llama a José para que la ayude a cerrarlo y a quitarlo de encima de la cama.

No obstante, José quiere hacerlo solo; coge el largo fardo y se lo lleva a su cuarto. 

María pregunta:

–     ¿Llevo también las mantas de lana? 

–     Lleva todo lo más que puedas; todo el resto lo perderemos.

Toma todo lo que puedas. Nos servirá porque… ¡Porque tendremos que estar fuera mucho tiempo, María!…

 José está muy apenado al decir esto.

Y María… se puede uno hacer idea de cómo está.

Suspirando, dobla las colchas suyas y las de José.

Y éste las ata con una cuerda.

Y mientras está atando las colchas,

José agrega:

–     Dejamos los bordados y las esterillas.

 A pesar de que voy a tomar tres burros, no puedo cargarlos demasiado, pues el camino será largo e incómodo, parte entre montañas y parte por el desierto.

Tapa bien a Jesús. Las noches serán frías, tanto en las montañas como en el desierto.

He tomado los regalos de los Magos, porque en aquella tierra nos vendrán bien.

Todo lo que tengo lo gasto para comprar los dos burros. Debo comprarlos, porque no podemos devolverlos.

Voy ahora, antes de que amanezca. Sé dónde buscarlos. Tú termina de prepararlo todo.

Y se marcha.

María recoge todavía algunos objetos.

Observa a Jesús y sale, para volver con unos vestiditos que parecen todavía húmedos; los dobla y los envuelve en un pedazo de tela y los coloca junto con las otras cosas.

Ya no queda nada más. Se vuelve mirando a su alrededor y ve, en un rincón, un juguete de Jesús: una ovejita tallada en madera.

La toma en sus manos… un sollozo entrecortado… un beso:

La madera conserva las huellas de los dientecitos de Jesús.

Y las orejas de la ovejita están del todo llenas de mordisquitos.

María acaricia ese objeto sin valor en sí, de una pobre madera clara; pero de mucho valor para Ella,

ya que le habla del afecto de José por Jesús. Y de su Niño.

Lo pone también con las otras cosas encima del baulillo cerrado.

Ahora ya sí que no queda nada.

Sólo Jesús, que está en su cunita.

María piensa que sería conveniente también preparar al Niño. Va donde la cuna y la mueve un poco para despertar al Pequeñuelo.

Mas Él solamente refunfuña un poco; se da la vuelta y sigue durmiendo.

María le acaricia delicadamente los ricitos.

Jesús, bostezando, abre la boquita.

María se inclina hacia Él y lo besa en la mejilla.

Jesús termina de despertarse. Abre los ojos. Ve a su Mamá y sonríe.

Y tiende las manitas hacia su pecho. 

María dice con ternura:

–     Sí, amor de tu Mamá.

Sí, la leche. Antes que de costumbre… ¡De todas formas, Tú siempre estás preparado para mamar, corderito mío santo!

Jesús ríe y juguetea, agitando los piececitos por fuera de las mantas. Y los brazos, con una de esas manifestaciones de alegría de los niños pequeños, que tan bonitas son de ver.

Hinca los piececitos contra el estómago de su Mamá, se curva en forma de arco y apoya su cabecita rubia en el pecho de Ella,

y luego se echa bruscamente para atrás y se ríe agarrando con sus manitas las cintas que ciñen al cuello el vestido de María tratando de abrirlo. 

Con su camisita de lino, se le ve a Jesús guapísimo, regordete, rosado como una flor.

María se inclina.

Así, inclinada, sobre la cuna como protección, llora y sonríe al mismo tiempo, mientras el Niño balbucea esas palabras, que no son palabras, de todos los niños pequeños.

Entre las cuales se oye nítida y repetidamente la palabra “mamá”.

La mira, asombrado de verla llorar.

Alarga una manita hacia los brillantes hilos de llanto, que se la mojan al hacer la caricia.

Primorosamente, vuelve a apoyarse en el pecho materno y en él se recoge enteramente, acariciándoselo con su manita.

María lo besa por entre el pelo y lo toma en brazos, se sienta y se pone a vestirlo: ya tiene el vestidito de lana, ya las diminutas sandalitas.

Le da la leche.

Jesús mama con avidez la leche buena de su Mamá.

Y cuando ya le parece que por la parte derecha viene menos, va a buscar a la izquierda.

Y ríe al hacerlo, mirando a su Mamá de abajo arriba, para luego dormirse de nuevo,..

Apoyando aún la mejilla rosada y redonda en el seno blanco y redondo, sobre el pecho de Ella.

María se levanta muy despacito y lo coloca sobre la manta acolchada de su cama.

Lo tapa con su manto. Vuelve a la cuna y dobla las mantitas.

Piensa en si conviene o no coger también el colchoncito. ¡Tan pequeño como es… se puede llevar!

Lo pone, junto con la almohada, con las cosas que ya estaban encima del baulito.

Y llora ante la cuna vacía.

¡Pobre Madre, perseguida en su Criatura!

José regresa.

–     ¿Estás preparada?

¿Está preparado Jesús? ¿Has cogido sus mantas y su camita?

No podemos llevarnos la cuna, pero por lo menos que tenga su colchoncito.

¡Oh, pobre Pequeñuelo, perseguido a muerte!

María grita:

–    ¡José! –  agarrándose al brazo de José. 

José confirma: 

–     Sí, María, a muerte.

Herodes lo quiere muerto… porque tiene miedo de Él…

Esa fiera inmunda tiene miedo de este Inocente, por su reino humano.

No sé lo que hará cuando comprenda que ha huido; pero para entonces nosotros ya estaremos lejos. 

No creo que se vengue buscándolo incluso en Galilea. Ya sería difícil para él descubrir que somos galileos;

más difícil aún, saber que somos de Nazaret y quiénes somos exactamente.

A no ser que Satanás le eche una mano en agradecimiento de sus fieles servicios.

Mas… si eso sucede… Dios nos ayudará igualmente.

No llores, María, que el verte llorar es para mí un dolor mucho mayor que el de tener que marchar al exilio.

-¡Perdóname, José!

No lloro por mí, ni por los pocos bienes que pierdo. Lloro por ti… ¡Ya mucho te has tenido que sacrificar!

Ahora, otra vez, te quedas sin clientes, sin casa… ¡Cuánto te cuesto, José!

–     ¿Cuánto? No, María.

No me cuestas nada. Me consuelas. Siempre me consuelas. No pienses en el mañana.

Tenemos el caudal que nos han dado los Magos. Nos servirán de ayuda al principio.

Luego me buscaré un trabajo.

Un obrero honrado y competente se abre camino enseguida. Ya lo has visto aquí. No me da abasto el tiempo para el cúmulo de trabajo.

–     Sí, lo sé.

Pero, ¿Quién te va a aliviar tu nostalgia?

-¿Y a ti?

¿Quién te va a aliviar la nostalgia de esa casa que tanto amas?

–     Jesús.

Teniéndolo a Él, tengo todo lo que allí tenía.

–     Y yo también.

Teniendo a Jesús tengo ya esa patria que he esperado hasta hace pocos meses,

Y… tengo a mi Dios.

Ya ves que no pierdo nada de lo que más amo.

Basta con salvar a Jesús; si es así, todo nos queda.

Aunque no volviéramos a ver este cielo, estos campos.

O los aún más amados campos de Galilea,

Siempre tendremos todo porque lo tendremos a Él.

Ven, María, que empieza a clarear.

Llega el momento de saludar a la huésped y de cargar nuestras cosas. Todo irá bien.

María se pone en pie, obediente. Se arropa en su manto.

Mientras tanto, José prepara un último bulto, se lo carga y sale.

María levanta delicadamente al Niño, lo arropa en un mantón y lo aprieta contra su pecho.

Mira las paredes que durante meses la han hospedado y rozándolas apenas, las toca con una mano.

¡Bendita esa casa, que ha merecido ser amada y bendecida por María!

Sale. Cruza la habitacioncita que era de José, entra en la estancia grande.

La dueña de la casa, en lágrimas, la besa y se despide de Ella.

Y levantando un borde del mantón, besa al Niño en la frente.

Él duerme tranquilo.

Bajan por la escalerita exterior.

Hay un primer claror de alborada que apenas permite ver.

En la escasa luz se ven tres burros. El más fuerte lleva los enseres. Los otros van sólo con la albarda.

José está manos a la obra para asegurar bien el baulillo y los paquetes en la albarda del primero.

Veo, atados en un haz, y colocados encima del fardo, sus utensilios de carpintero. 

Nuevos saludos y nuevas lágrimas.

María se monta en su burrillo, mientras la patrona tiene a Jesús en brazos y lo besa una vez más; luego se lo devuelve a María.

Monta también José, el cual ha atado su asno al que lleva los equipajes, para estar libre y poder así controlar el de María.

La huida comienza mientras Belén, que sueña todavía la fantasmagórica escena de los Magos, duerme tranquila, sin saber lo que le espera.

Y la visión cesa así.

25 LA PASIÓN DE JOSÉ


25 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

José pide perdón a María.  

Fe, caridad y humildad para recibir a Dios. Después de 53 días, la Madre reanuda sus manifestaciones con esta visión, y me dice que la escriba en este libro.

La alegría me invade. Ver a María, en efecto, es poseer la Alegría.

Así, veo el huertecillo de Nazaret.

María está hilando a la sombra de un tupidísimo manzano repleto de frutos, que ya empiezan a tomar color rojo y que parecen con su redondez y color rosado, carrillos de niño.

Sin embargo, María no tiene, de ninguna manera, ese color. Le ha desaparecido la linda coloración que, en Hebrón, avivaba su cara.

En la palidez de marfil de su rostro, sólo los labios trazan una curva de pálido coral.

Bajo los párpados semicerrados hay dos sombras oscuras y los bordes de los ojos están hinchados como en quien ha llorado.

No veo los ojos, porque Ella está con la cabeza más bien agachada, pendiente de su trabajo y, sobre todo, de un pensamiento suyo, que debe afligirla, pues la oigo suspirar como quien tuviera un pesar en el corazón.

Está toda vestida de blanco, de lino blanco; es que hace mucho calor, a pesar de que la frescura todavía intacta de las flores me dice que es por la mañana.

Tiene la cabeza descubierta, y el Sol, que juega con las frondas del manzano movidas por un ligerísimo viento.

Y se filtra con agujas de luz hasta tocar la tierra oscura de los parterres, deposita en su cabeza rubia aritos de luz en que los cabellos parecen de oro cobrizo.

De la casa no viene ningún ruido, ni tampoco de los lugares cercanos.

Se oye sólo el murmullo del arroyuelo que va a un pilón del fondo del huerto.

María se estremece al oír un golpe dado con resolución a la puerta de la casa. Apoya rueca y huso y se levanta para ir a abrir.

A pesar de que el vestido sea suelto y amplio, no llega a ocultar completamente la rotundidad de su pelvis.

Se encuentra de frente a José. María palidece, hasta incluso en los labios. Ahora su rostro parece una hostia de lo pálido que está.

María mira con ojos que escrutan tristemente; José, con ojos que parecen suplicar. Guardan silencio, mirándose.

María rompe el silencio:

–     ¿A esta hora, José?

¿Necesitas algo? ¿Qué deseas decirme? Ven. José entra y cierra la puerta.

Todavía guarda silencio.

–     Habla, José. ¿Qué deseas de mí? 

Con una voz ronca por el llanto contenido,

José dice:

–     Tu perdón – José se curva como si quisiera arrodillarse.

Pero María, siempre tan reservada al tocarlo, lo agarra con resolución por los hombros y se lo impide.

El color aparece y desaparece del rostro de María, ora completamente rojo, ora de nieve como antes.

María responde:

–     ¿Mi perdón? No tengo nada que perdonarte, José.

No debo sino agradecerte una vez más todo cuanto has hecho aquí dentro, en mi ausencia y el amor que me tienes.

José la mira.

Veo formarse dos gruesas gotas en la cavidad de sus ojos profundos, permanecer como en el borde de un recipiente, para luego deslizarse por las mejillas y por la barba.

–     Perdóname, María.

He desconfiado de ti. Ahora veo. Soy indigno de poseer tan gran tesoro. He faltado a la caridad, te he acusado en mi corazón, te he acusado injustamente porque no te había preguntado la verdad.

He faltado contra la ley de Dios no amándote como yo me habría amado a mí mismo…

–     ¡Oh, no, no has faltado!

–     Sí, María.

19. Su marido José, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto. 20. Así lo tenía planeado, cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. 21. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.» Mateo 1

Si yo hubiera sido acusado de un delito así, me habría defendido. Tú..

No te concedía defenderte, porque ya iba a tomar decisiones sin preguntarte primero. He faltado contra ti ofendiéndote con una sospecha. El solo hecho de sospechar ya es ofensa, María.

El que sospecha no conoce. Yo no te he conocido como debía. Pero, por el dolor que he sufrido… tres días de suplicio… perdóname, María.

–     No tengo nada que perdonarte.

Es más, te pido yo perdón por el dolor que te he causado.

–     ¡Oh, dolor sí que fue!

¡Cuánto dolor! Fíjate, esta mañana me han dicho que tengo las sienes canosas y arrugas en la cara. ¡Estos días han significado más de diez años de vida!

Pero, María, ¿Por qué has sido tan humilde de celarme a mí, tu esposo, tu gloria, y permitirme que sospechara de ti?

José no está de rodillas, pero sí tan curvado que es como si lo estuviera.

María le pone su mano en la cabeza, y sonríe. Parece como si lo absolviera.

Dice:

–     Si no lo hubiera sido de modo perfecto, no habría merecido concebir al Esperado, que viene a anular la culpa de soberbia que ha destruido al hombre.

Y además no he hecho sino obedecer… Dios me pidió esta obediencia… Me ha costado mucho,. por ti, por el dolor que te produciría… pero, tenía que obedecer.

Soy la Esclava de Dios, y los siervos no discuten las órdenes que reciben; las ejecutan José, aunque provoquen lágrimas de sangre.

María, mientras dice esto, llora silenciosamente, tan silenciosamente que José, agachado como está, no lo advierte hasta que no cae una lágrima al suelo.

Entonces, levanta la cabeza y — es la primera vez que le veo hacer este gesto — aprieta las manos de María entre las suyas, oscuras y fuertes.

Y besa la punta de sus rosados y delgados dedos, de esos dedos que sobresalen del anillo de sus manos como capullos de melocotonero.

–     Ahora habrá que tomar las medidas necesarias para que… 

José no sigue; mira al cuerpo de María, y Ella se pone como la púrpura…

Y se sienta de golpe para apartar sus formas de la mirada que la observa

–     Habrá que actuar rápidamente.

Yo vendré aquí… Cumpliremos la ceremonia de la boda… La próxima semana. ¿Te parece bien?

–     Todo lo que tú haces está bien, José.

Tú eres el jefe de la casa; yo, tu sierva.

–     No. Yo soy tu siervo.

Yo soy el devoto siervo de mi Señor que crece en tu seno. Bendita tú entre todas las mujeres de Israel. Esta tarde aviso a los parientes.

Y después… ya estando yo aquí, nos dedicaremos a preparar todo para recibir…

¡Oh, cómo podré recibir en mi casa a Dios; en mis brazos, a Dios?

¡Moriré de gozo!… ¡Jamás podré osar tocarle!….

–     Podrás, como yo, por gracia de Dios.

–     Pero tú eres tú.

¡Yo soy un pobre hombre, el más pobre de los hijos de Dios!….

–      Jesús viene por nosotros, pobres, para hacernos ricos en Dios.

Viene a nosotros dos porque somos los más pobres y reconocemos que lo somos.

Exulta, José. La estirpe de David tiene a su Rey esperado.

Y nuestra casa va a ser más fastuosa que el palacio de Salomón, porque aquí estará el Cielo y compartiremos con Dios el secreto de paz que después conocerán los hombres.

Crecerá entre nosotros dos. Nuestros brazos le servirán de cuna al Redentor durante su crecimiento, y nuestras fatigas le procurarán el pan…

¡Oh, José! Oiremos la voz de Dios llamándonos “¡Padre y Madre!” ¡Oh!….

María llora de alegría; ¡Un llanto tan feliz…!

Y José, arrodillado ahora, a sus pies, llora, con su cabeza casi oculta en el amplio vestido de María que cae, formando pliegues, sobre las pobres baldosas de la reducida estancia.

La visión termina en este momento.

Dice María: 

Que nadie interprete erróneamente mi palidez.

No provenía de miedo humano. Humanamente no podía esperar sino la lapidación. Pero no temía por eso. Sufría por el dolor de José.

Y, en cuanto al pensamiento de que me acusara, no me turbaba tampoco por mí; lo único que me contrariaba era que él, insistiendo en acusarme, hubiera podido faltar a la caridad.

Cuando le vi, por este motivo, la sangre se me fue toda al corazón; era el momento en que un justo, ofendiendo a la Caridad, habría podido ofender a la Justicia.

Y el hecho de que un justo hubiera cometido una falta — él, que no la cometía nunca — me hubiera producido un dolor supremo.

Aunque breves numéricamente, los tres días de la pasión de José fueron de tremenda intensidad.

Como también la mía, esta primera pasión mía.

En efecto, yo comprendía su sufrimiento, y no podía aliviarlo en modo alguno, por obediencia al decreto de Dios que me había dicho: “¡Guarda silencio!”.

¡Ay, y, llegados a Nazaret, cuando lo vi marcharse, tras un lacónico saludo, cabizbajo y como envejecido en poco tiempo,

y no volver por la tarde como solía hacer, os digo, hijos, que mi corazón lloró con grandísima aflicción!

Sola, encerrada en mi casa, en la casa en que todo me recordaba el Anuncio y la Encarnación, y donde todo me recordaba a José, desposado conmigo en intachable virginidad,

tuve que resistir contra el abatimiento y las insinuaciones de Satanás, y esperar, esperar, tener esperanza.

Y orar, orar, orar, y perdonar, perdonar, perdonar, la sospecha de José, su movimiento interior de justa indignación.

Hijos, es necesario esperar, orar, perdonar, para obtener que Dios intervenga en favor nuestro.

Vivid también vosotros vuestra pasión, merecida por vuestras culpas. Yo os enseño a superarla y convertirla en gozo.

Esperad sin medida, orad con confianza, perdonad para ser perdonados; el perdón de Dios será, hijos, la paz que deseáis.

Si yo no hubiera sido humilde hasta el extremo límite — como he dicho a José — no habría merecido llevar en mí a Aquel que,

para borrar la soberbia en la raza, siendo Dios, se anonadaba a Sí Mismo hasta la humillación de ser hombre.

Te he mostrado esta escena, no recogida por ningún Evangelio, porque quiero atraer la atención, demasiado extraviada,

de los hombres hacia las condiciones esenciales para agradar a Dios y para recibir su continuo hacerse presente en los corazones.

Fe.

José creyó ciegamente en las palabras del enviado celeste. No pedía otra cosa sino creer, porque tenía la convicción sincera de que Dios era bueno

y de que el Señor no le depararía el dolor de ser un hombre traicionado, defraudado por su prójimo, un hombre de quien su prójimo se burlara, pues esperaba en el Señor.

No pedía otra cosa sino creer en mí, porque, siendo honesto como era, sólo con dolor podía pensar que otro no lo fuera.

Él vivía la Ley, y la Ley dice: ‘Ama a tu prójimo como a ti mismo”.

Nuestro amor hacia nosotros mismos es tanto que nos creemos perfectos aun cuando no lo somos; y, ¿Por qué, entonces, vamos a desamar al prójimo pensándole imperfecto?

Caridad absoluta.

Caridad que sabe perdonar, que quiere perdonar: perdonar de antemano, disculpando dentro del propio corazón las faltas del prójimo; perdonar en el momento, concediendo todos los atenuantes al culpable.

Humildad tan absoluta como la caridad.

Saber reconocer que se ha cometido falta incluso con el simple pensamiento, y no tener ese orgullo, que es más nocivo que la culpa antecedente, de no querer decir: “He cometido un error”.

Menos Dios, todos cometen errores. ¿Quién podrá decir: “Yo nunca cometo errores”?

Y esa humildad aún más difícil de saber callar las maravillas de Dios en nosotros— cuando el darle gloria no requiera proclamarlas — para que el prójimo, que no tiene esos dones especiales de Dios, no se sienta menos.

¡Oh, si quiere Dios, si quiere, se manifestará en su siervo! Isabel me “vio” como yo era cuando llegó la hora, y mi esposo supo lo que yo realmente era cuando le llegó la hora de saberlo.

Dejad que sea el Señor quien se preocupe de proclamaros siervos suyos.

Él tiene amorosa prisa de hacerlo, porque toda criatura elevada a una misión especial es una nueva gloria que se añade a la suya, ya infinita,

porque es testimonio de lo que el hombre es en el estado en que Dios lo quería: una perfección subordinada que refleja a su Autor.

¡Permaneced en la sombra y en el silencio, oh vosotros, predilectos de la Gracia, para poder oír las únicas palabras de “vida” que existen,

para poder merecer el tener sobre vosotros y en vosotros el Sol que, eterno, resplandece!

¡Oh, Luz beatísima que eres Dios, que eres la alegría de tus siervos, resplandece sobre estos siervos tuyos y así exulten en su humildad, alabándote a ti,

sólo a ti, que dispersas a los soberbios y en cambio elevas a los esplendores de tu Reino a los humildes que te aman.

Por ahora no os digo nada más.

Hasta pasado el triunfo pascual, silencio. Es la Pasión (esta revelación se la dio Dios a María Valtorta en Semana Santa).

Sed compasivos para con vuestro Redentor. Oíd sus quejidos, contad sus heridas y sus lágrimas, cada una de las cuales fue vertida por vosotros, fue padecida por vosotros.

Desaparezca cualquier otra visión ante esta que os recuerda la Redención que por vosotros se ha cumplido.

SAN JOSE, CUSTODIO Y PROTECTOR DE LA IGLESIA

22 NACIMIENTO DEL PROFETA


A view of the Tombs of the Patriarchs in Hebron

22 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

 Nacimiento de Juan el Bautista.

Todo sufrimiento se aplaca sobre el seno de María.

En medio de las cosas repugnantes que nos ofrece el mundo de ahora, baja del Cielo, y no sé cómo puede hacerlo, dado que yo soy como una ramita seca a merced del viento,

en estos continuos choques contra la maldad humana, tan discordante con lo que vive en mí, baja del Cielo, digo, esta visión de paz.

Continúa la casa de Isabel.

Es una hermosa tarde de verano, aún clara con un último sol, y de todas formas ya adornada en el cielo por un arco falcado de luna, que parece una coma de plata en una vasta tela azul intenso de fina seda.

Los rosales huelen fuertemente, y las abejas, gotas de oro zumbadoras, dan sus últimos vuelos en el aire quieto y caliente de la tarde.

De los prados viene un gran olor de heno secado al sol, un olor casi de pan, de pan caliente, recién hecho.

Quizás viene también de los muchos lienzos que están tendidos por todas partes para secarse y que ahora Sara está plegando.

María pasea dándole el brazo a su prima. Muy despacito van y vienen, bajo el emparrado semioscuro.

María está pendiente de todo y, a pesar de estar dedicada a Isabel, se da cuenta de que Sara está atareada en doblar un largo lienzo que ha quitado de un seto. 

Y dice a su parienta:

–     Espérame aquí, sentada.

Y va a ayudar a la anciana sirvienta, estirando la tela para alisarla, y doblándola con cuidado.

Y sonriendo dice:

–     Se siente todavía el sol, están calientes – y, para que se sienta contenta la mujer, añade: – Esta tela después de tu blanqueo ha quedado más bonita que nunca. Nadie tiene tanta maña como tú.

Sara se marcha toda contenta con su carga de fragantes telas.

María vuelve con Isabel y dice:

–     Otros poquitos pasos.

Te vendrán bien – Y, dado que Isabel está cansada y no le apetece moverse, le dice: – Vamos sólo a ver si todas tus palomas están en sus nidos y si el agua de su pilón está limpia. Luego regresaremos a casa.

Las palomas deben ser las predilectas de Isabel.

Llegadas ante la rústica torrecilla donde ya se han recogido todas las palomas (las hembras están en los nidos; los machos, delante de éstos y no se mueven, pero viendo a las dos mujeres las saludan con su arrullo)

Isabel se emociona. La debilidad de su estado la vence y le produce temores que le hacen llorar.

Se los manifiesta a su prima:

–     Si yo muriese…

¡Pobres palomitas mías! Tú no permanecerás aquí.

Si te quedaras en mi casa, no me importaría morirme. He gozado de la máxima alegría que una mujer puede recibir, una alegría que ya me había resignado a no conocer nunca.

Ni de la misma muerte puedo presentarle quejas al Señor, porque Él, ¡Bendito sea!, me ha colmado de su benevolencia. Pero, está Zacarías… y estará el niño:

uno, viejo, que se encontraría como perdido en un desierto sin su mujer; el otro, tan pequeñito, que sería como una flor destinada a morir helada, por no tener a su mamá.

¡Pobre niño, sin las caricias de su madre!…  

María dice:

–     Pero, ¿Por qué estás tan triste?

Dios te ha dado la alegría de ser madre, y no te la va a quitar cuando llega a su plenitud.

El pequeño Juan tendrá todos los besos de su mamá y Zacarías gozará de todos los cuidados de su fiel esposa hasta la más avanzada ancianidad. Sois dos ramas de un mismo árbol.

No morirá uno dejando al otro solo.

–     Tú eres buena y quieres consolarme, pero yo soy muy anciana para tener un hijo…

¡Y ahora que estoy para darlo a luz tengo miedo!

–     ¡Oh, no! ¡Está aquí Jesús!

Donde está Jesús no se debe tener miedo. Mi Niño te quitó el dolor cuando era como un capullo recién formado; tú lo dijiste.

Ahora, que cada vez va desarrollándose más y que vive ya como criatura mía;

ahora, que siento palpitar su corazón en mi garganta y es como si tuviera posado en ella un pajarito de nido, con un corazoncito de suave palpitar, alejará de ti todo peligro. Debes tener fe.

–     La tengo.

Pero, si yo muriese… no dejes a Zacarías inmediatamente. Sé que piensas en tu casa, pero, quédate un poco, para ayudarle a mi marido en el momento del primer dolor.

–     Me quedaré, para complacerme en la alegría de ambos.

Y sólo te dejaré cuando estés fuerte y te sientas aliviada.

Estate tranquila, Isabel; todo irá bien. En tu casa no faltará nada mientras dure tu dolor. Zacarías será servido por la más amorosa de las siervas.

Y tus flores y tus palomas estarán cuidadas y a unas y a otras las encontrarás avivadas y bonitas para recibir cálidamente a la dueña cuando vuelva.

Regresemos a casa ahora, te estás poniendo pálida…

–     Sí, me parece que tengo otra vez dolores.

Quizás haya llegado la hora. María, ora por mí.

–     Te sostendré con la oración hasta que tus dolores se transformen en gozo.

Y las dos mujeres entran despacio en la casa.

Isabel se retira a sus habitaciones.

María, hábil y previsora, da órdenes y prepara todo lo que puede necesitarse y trata de confortar a Zacarías, que está preocupado.

En la casa que vela esta noche, con voces nuevas, de mujeres llamadas para ayudar, María está en pie, vigilante como un faro en una noche de tormenta.

Toda la casa gravita sobre Ella, que dulce y sonriente, provee a todo; y ora.  Cuando no se le llama para esto o aquello, se recoge en oración.

Está en la habitación en que se reunían siempre para las comidas y el trabajo. Con Ella está Zacarías, paseando turbado. Ya han orado juntos.

María luego ha seguido orando; incluso ahora, que el anciano, cansado, se ha sentado en su sillón junto a la mesa y se ha quedado en silencio, soñoliento.  

Cuando ve que está dormido del todo — la cabeza sobre los brazos cruzados apoyados en la mesa —, Ella se desata las sandalias para hacer menos ruido, y camina descalza.

Luego, con menos rumor del que puede hacer una mariposa volando por una habitación, coge el manto de Zacarías y se lo extiende encima al anciano con una suavidad tal,

que éste continúa durmiendo bajo el calorcito de la lana protectora del fresco nocturno, que entra a ondas por la puerta, frecuentemente abierta.

Luego sigue orando; cada vez con más intensidad; de rodillas, con los brazos levantados, cuando el quejido de Isabel, que sufre, se agudiza.

María sale con sus pies descalzos al jardín.

Sara llega y la llama con señas.

Luego dice:

–     La señora la llama.  

María responde:

–     Voy.

María va por el lado externo de la casa, sube la escalera… Parece un ángel blanco moviéndose en la noche quieta llena de astros.

Entra en la habitación de Isabel.  

Su prima está angustiada,

y le dice:

–    ¡Oh! ¡María! ¡María!

¡Cuánto dolor! ¡No puedo más, María! ¡Cuánto dolor hay que padecer para ser madre!.

María la acaricia con amor y la besa.

–     ¡María! ¡María!

¡Deja que ponga mis manos sobre tu vientre!.

María coge esas dos manos rugosas e hinchadas, las pone sobre su abdomen ya algo abultado y las mantiene apretadas con sus manitas lisas y gráciles.

Y ahora, que están las dos solas, habla en tono suave y dice:

–     Jesús está aquí, oyéndote y viéndote.

Ten confianza, Isabel. Su corazón santo late con más fuerza, porque está actuando para bien tuyo. Lo siento latir como si lo tuviera entre una mano y otra. Yo entiendo las palabras de mi Niño hechas de latidos.

Ahora me está diciendo: “Dile a la mujer que no tema. Todavía un poco de dolor. Luego, con el primer sol, entre las tantas rosas que esperan ese rayo matutino para abrir sus pétalos sobre su tallo,

su casa tendrá la rosa más bonita, Juan, mi Precursor”.

Isabel apoya también la cara en el vientre de María y llora silenciosamente.

María está un tiempo así, pues parece que el dolor va pasando a una fase de relajación reparadora. Luego indica a todos que estén tranquilos.

Ella permanece en pie, blanca y hermosa bajo el tenue claror de una lámpara de aceite, como un ángel al lado de quien sufre. Ora. La veo mover los labios.

De todas formas, aun cuando no se los viese mover, comprendería que está orando por la expresión arrobada del rostro. El tiempo pasa.

Le vuelve el dolor a Isabel.

María la besa de nuevo y se retira. Baja rápida a la luz de la luna y corre a ver si el anciano duerme todavía. Duerme, gimiendo en el sueño. María hace un gesto de piedad.

Se pone de nuevo a orar. Pasa el tiempo. El anciano sale bruscamente de su sueño y levanta su rostro, confuso, como de quien no recordase bien por qué estaba ahí.

Luego recuerda, hace un gesto y profiere una exclamación gutural, y escribe: «¿No ha nacido todavía?».

María indica que no,

Y Zacarías: «¡Cuánto dolor! ¡Pobre esposa mía! ¿Lo logrará sin morir a cambio?».

María coge la mano del anciano tratando de infundirle ánimo:

–     Para el alba, dentro de poco, el niño ya habrá nacido.

Todo irá bien. Isabel es fuerte. ¡Qué bonito va a ser este día — pues está cercana la aurora — en que tu niño va a ver la luz!

¡El más bello de tu vida! Grandes gracias te tiene reservadas el Señor, y tu hijo es su anunciador.

Zacarías menea tristemente la cabeza y señala a su boca muda. Quisiera decir muchas cosas, pero no puede.

María se da cuenta de ello y responde:

–     El Señor hará completa tu alegría.

Cree en Él completamente, espera infinitamente, ama totalmente. El Altísimo te escuchará más de lo que pudieras esperar. Él quiere esta Fe tuya total como purificación de tu pasada desconfianza.

Di en tu corazón conmigo: “Creo”. Dilo a cada uno de los latidos de tu corazón. Los tesoros de Dios se abren para quien cree en Él y en su poderosa bondad.

La puerta está entornada y la luz comienza a penetrar por ella. María la abre.

El alba ha puesto toda blanca la tierra aljofarada de rocío. Se percibe un fuerte olor de tierra húmeda y hierba, y los primeros silbos de pájaros se llaman de rama a rama.

El anciano y María salen a la puerta. Están pálidos por la noche pasada en vela; la luz del alba los pone aún más pálidos.

María calza de nuevo sus sandalias y va al pie de la escalera, atenta a ver si se oye algo.

Una mujer se asoma, María hace unos gestos y vuelve. Todavía nada.

Luego va a una habitación y regresa con leche caliente. Se la da a beber al anciano.

Después va donde las palomas, y desaparece de nuevo en esa habitación; quizás es la cocina.

Se mueve aquí y allá, está atenta a todo. Se la ve tan ágil y tan serena, que parece como si hubiera dormido el mejor de los sueños.

Zacarías pasea arriba y abajo nerviosamente por el jardín.

María lo mira con piedad.

Luego entra otra vez en la misma habitación y, arrodillada junto a su telar, ora intensamente, pues la queja de la sufriente se hace más aguda.

Se curva hasta el suelo para suplicarle al Eterno.

Zacarías vuelve, entra y la ve postrada en ese modo; el pobre anciano llora.

María se levanta y le toma de la mano. Es mucho más joven que él, pero parece Ella la madre de esa vejez desolada sobre la que extiende sus consuelos.

Permanecen así, el uno al lado del otro, bajo este sol que pone rosáceo el aire de la mañana. Estando así, llega a sus oídos el jubiloso anuncio:

–     ¡Ha nacido!

¡Ha nacido! ¡Un niño! ¡Oh, padre dichoso! ¡Un niño lozano como una rosa, bonito como el Sol, fuerte y bueno como la madre!

¡Alégrate, padre bendecido por el Señor, que te ha dado un hijo para que lo ofrezcas a su Templo! ¡Gloria a Dios, que ha concedido posteridad a esta casa! ¡Benditos seáis tú y el hijo que te ha nacido!

¡Que su linaje perpetúe tu nombre por los siglos de los siglos, generación tras generación, y permanezca siempre en alianza con el Señor eterno!

María, llorando de alegría, bendice al Señor. 

Luego, los dos acogen al pequeñuelo, que le ha sido traído al padre para que lo bendiga.

Zacarías no va con Isabel; coge al niño, que grita como un desesperado. Pero no va donde su esposa.

María sí que va, llevando amorosa al pequeñuelo, el cual se ha quedado callado nada más que María lo ha cogido en brazos.

La comadre, que va tras Ella, se percata de este hecho. 

Y entrando en la habitación, lo dice:

–     Mujer, tu hijo se ha callado enseguida, cuando Ella lo ha tomado en sus brazos.

¡Mira qué tranquilo duerme! ¡Y bien sabe el Cielo lo inquieto y fuerte que es! ¡Mira, ahora parece un pichoncito!

María deposita a la criatura junto a la madre y acaricia a Isabel, poniendo en orden su pelo gris.

–     La rosa ha nacido — le dice con voz suave — y tú vives. Zacarías está dichoso.  

Isabel pregunta:

–     ¿Habla?

–     Todavía no. 

Pero, espera en el Señor. Ahora descansa. Yo estoy contigo.

Dice María: 

Mi presencia había santificado al Bautista, pero no había cancelado a Isabel la condena proveniente de Eva. “Darás a luz con dolor” había dicho el Eterno.

Sólo yo, sin mancha y sin haber tenido unión matrimonial humana, quedé exenta de engendrar con dolor.

La tristeza y el dolor son los frutos de la culpa. Yo, que era la Inculpable, tuve que conocer también el dolor y la tristeza, porque era la Corredentora.

Pero no conocí el tormento del generar; no, este tormento no lo conocí.

Y, no obstante, créeme, hija, no hubo, ni habrá jamás tormento puerperal semejante al mío… 

de Mártir de una Maternidad espiritual cumplida en el más duro lecho, el de Mi Cruz, al pie del patíbulo del Hijo que se me moría.

¿Qué madre se verá obligada a generar de esa manera? ¿Qué madre se verá obligada a amalgamar el suplicio del desgarro de sus entrañas por los estertores de su Hijo moribundo,   

con el suplicio de sentírsele retorcer las entrañas al tener que superar el horror de deber decir:

“Os amo; venid a mí, que soy Madre vuestra” a los que estaban matando a ese Hijo nacido del más sublime amor, 

que jamás haya visto el Cielo, del amor de un Dios con una virgen, del beso de Fuego, del abrazo de Luz, que se hicieron Carne, y que del vientre de una mujer hicieron el Tabernáculo de Dios?

–    ¡Cuánto dolor para ser madre! – dice Isabel.

–     ¡Mucho! Sí, pero insignificante, comparado con el mío.

–     Déjame poner las manos en tu vientre”.

¡Ah, si cuando sufrís me pidierais siempre esto! Yo soy la eterna Portadora de Jesús.

Él está dentro de mi pecho, como tú lo viste el año pasado, cual Hostia en el ostensorio.

Quien a mí viene, a Él lo encuentra; quien en mí se apoya, a Él lo toca; quien a mi se dirige, con Él habla. Yo soy su vestidura.

Él es el alma mía.

Mi Hijo está ahora más unido a mí que durante los nueve meses de gestación.

A quien a mí viene y apoya su cabeza en mi regazo, todo dolor se le adormece, toda esperanza le florece, toda gracia le fluye.

Yo oro por vosotros. Recordadlo.

La beatitud de estar en el Cielo, viviendo en el esplendor de Dios, no me distrae de mis hijos que padecen en la Tierra. Yo oro. Todo el Cielo ora porque el Cielo ama.

El Cielo es caridad que vive, y la Caridad tiene piedad de vosotros. Pero, aunque sólo estuviera yo, habría suficiente oración para cubrir las necesidades de quien espera en Dios.

Porque no ceso de orar por todos vosotros, santos y malvados, para dar: a los santos, la alegría; a los malvados, el salvífico arrepentimiento.

Venid, venid, hijos de mi dolor. Os espero al pie de la Cruz para distribuir gracias.  

21 AMOR AL PRÓJIMO


21 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

Las jornadas en Hebrón.

 Los frutos de la caridad de María hacia Isabel.

Veo a María cosiendo sentada en la sala de la planta baja. Parece que es por la mañana. Isabel va y viene, ocupándose de la casa.

Cada vez que entra, se acerca a depositar una caricia en la rubia cabeza de María, más rubia aún ahora por el contraste con las paredes; más bien oscuras,

y bajo el rayo del luminoso sol que entra por la puerta abierta que da al jardín.

Isabel se inclina a mirar el trabajo de María — es el bordado que tenía en Nazaret — y alaba su belleza.

María dice:

–     Tengo también lino para hilar.

Isabel pregunta:

–     ¿Para tu Niño?

–     No. Lo tenía ya cuando todavía no pensaba que… – María no acaba la frase, pero yo entiendo: «… cuando todavía no pensaba que iba a ser Madre de Dios.

–     Pero ahora tendrás que usarlo para Él.

¿Es bonito? ¿Es fino? Ya sabes que los niños necesitan una tela suavísima.

–     Sí, lo sé.

–     Yo había empezado… Tarde, porque quería estar segura de que no era un engaño del Maligno; a pesar de que… sentía en mí una alegría, tal, que, no, no podía provenir de Satanás.

Luego… he sufrido mucho. Soy vieja, María, para encontrarme en este estado. “He sufrido mucho. Tú no sufres…

–     Yo no. Nunca me he sentido tan bien.

–     ¡Ya! ¡Claro!

En ti no hay mancha, si Dios te ha elegido para ser Madre suya. Por tanto, no estás sujeta a los sufrimientos de Eva. El Fruto concebido en ti es santo.

–     Es como si tuviera un ala en el corazón y no un peso…

Es como llevar dentro todas las flores y todas las avecillas que cantan en primavera, y toda la miel y todo el sol… ¡Oh, me siento dichosa!. -¡Bendita eres!

Yo también, desde que te he visto, he dejado de sentir peso, cansancio y dolor. Me siento nueva, joven, liberada de las miserias de mi carne de mujer.

Mi hijo saltó primero dichoso ante el sonido de tu voz, luego se tranquilizó gozoso. Y me parece como si lo llevase dentro en una cuna viva, y como si le viera dormir completamente satisfecho y dichoso-

Y respirar como un pajarito feliz bajo el ala de su madre… Ahora me voy a poner manos a la obra. No sentiré ya el peso. Veo poco, pero…

–     ¡Deja, Isabel!

Me encargo yo de hilar y tejer para ti y para tu niño. Yo soy rápida y veo bien.

–     Pero tendrás que ocuparte del tuyo….

–     ¡Bueno, hay tiempo de sobra!…

Primero me ocuparé de ti, que ya vas a tener pronto al pequeñuelo; luego de mi Jesús.

Decir lo dulce de la expresión y voz de María, es cómo se adornaran sus ojos de un suave, dichoso llanto.

Cómo Ella sonríe al pronunciar este Nombre, mirando al cielo luminoso y azul, es superior a las posibilidades humanas.

Parece como si el éxtasis la arrobara por el solo hecho de pronunciar «Jesús».

Isabel dice:

–     ¡Qué nombre más hermoso!

¡El Nombre del Hijo de Dios, Salvador nuestro!.

–     ¡Oh…, Isabel!

María revela una expresión tristísima y ha aferrado las manos que su parienta tenía cruzadas sobre el vientre abultado.

–     Dime, tú que, cuando yo llegué, fuiste investida del Espíritu del Señor y que profetizaste lo que el mundo ignora.

Dime, ¿Qué tendrá que hacer para salvar al mundo mi Criatura? Los Profetas… ¡Oh!… ¡Los Profetas que hablan del Salvador!… Isaías…

¿Recuerdas Isaías! “Él es el Varón de los dolores. Por sus moretones recibimos la salud.

Él ha sido traspasado y está llagado por nuestras iniquidades… Plugo al Señor quebrantarlo con dolores… Tras la condena fue levantado…”

¿De qué elevación habla? Le llaman Cordero, y yo pienso… yo pienso en el cordero pascual, el cordero mosaico. Y enlazo esto con la serpiente que Moisés levantó en una cruz.

¡Isabel!… ¡Isabel! ¿Qué le harán a mi Criatura? ¿Qué tendrá que sufrir para salvar al mundo?

María se echa a llorar.

Isabel la quiere consolar diciendo:

–     María, no llores.

Es tu Hijo, pero también es Hijo de Dios. Dios se preocupará de su Hijo y de ti, que eres su Madre. Si bien es cierto que muchos lo tratarán cruelmente, también lo es que otros muchos lo amarán. ¡Muchos!…

Por los siglos de los siglos. El mundo dirigirá su mirada al que de ti nacerá y, junto con El, te bendecirá a ti, que eres Manantial de redención. ¡La suerte de tu Hijo! Proclamado Rey de toda la Creación.

Piensa en esto, María. Rey, por haber rescatado toda la Creación; como tal, será su Rey universal. Y también en la tierra, en el tiempo, será amado.

El que nacerá de mí precederá al tuyo y lo amará. Se lo dijo el ángel a Zacarías. Él me lo escribió…

¡Qué dolor ver mudo a mi Zacarías!

De todas formas, espero que cuando nazca el niño, el padre sea liberado de este castigo. Pide tú por ello, tú que eres la Sede de la Potencia de Dios y la Causa de la alegría del mundo.bautista

Yo, para obtener esto, como puedo hago ofrenda de mi criatura al Señor, porque es suya, pues Él se la ha prestado a su sierva para proporcionarle la alegría de ser llamada “madre”.

Es el testimonio de cuanto Dios me ha hecho. Quiero que se llame Juan. ¿No es él, mi niño, acaso, una gracia? Y ¿no es Dios quien me la ha dado?.

Y Dios — yo también estoy convencida de ello — te concederá esa gracia. Yo oraré… contigo.

¡Siento tanto dolor viéndolo mudo!… -Isabel llora – Cuando escribe, pues ya no puede hablarme, es como si montes y mares estuvieran entre mí y mi Zacarías.

Después de tantos años de dulces palabras, ahora sólo silencio de su boca… sobre todo ahora, que sería verdaderamente hermoso hablar del que ha de venir.

Incluso yo misma evito hablar para no verlo cómo se fatiga respondiéndome con gestos.

¡He llorado tanto… ! ¡Cuánto te he echado de menos! El pueblo mira, chismorrea y critica. El mundo es así.

Cuando se padece una pena o se tiene una alegría, tenemos necesidad de alguien capaz de comprender, no de criticar. Ahora es como si toda la vida fuera mejor.

Estoy alegre desde que llegaste; siento que mi prueba pronto quedará superada y que pronto mi dicha será completa. Será así, ¿No es verdad? Yo me resigno a todo, pero… ¡Si Dios perdonara a mi marido! ¡Oh, poder oírle orar de nuevo!…

María la acaricia y la anima, y le propone, para distraerla, salir un poco al soleado jardín.

Caminan bajo una pérgola bien cuidada, hasta una torrecilla rural, en cuyos agujeros hacen sus nidos las palomas.

María les echa comida sonriendo, pues se le han echado encima arrullando intensamente. Su revoloteo dibuja en torno a Ella círculos iridiscentes.

Se le posan sobre la cabeza, sobre los hombros, en los brazos y en las manos, alargando los picos rosados para arrebatarle los granitos de la concavidad de las manos,

picoteando con gracia los róseos labios de la Virgen, y los dientes, que le brillan con el sol.

María saca de un saquito el blondo trigo, y ríe en medio de ese carrusel de avidez impetuosa. 

Isabel dice:

–    ¡Cuánto te quieren!

Pocos días llevas con nosotros y ya te quieren más que a mí, que las he cuidado siempre.

El paseo continúa hasta llegar a un recinto cerrado en el fondo del huerto.

Hay unas veinte cabritas con sus cabritillos.

–     ¿Has vuelto del pasto? – pregunta María a un pastorcillo acariciándolo.

–     Sí, porque mi padre me ha dicho: “Vete a casa, que dentro de poco va a llover y hay ovejas que pronto van a parir. Preocúpate de que tengan hierba seca y cama de paja preparada”. Viene por allí

Y señala hacia más allá del bosque, de donde llega un trémulo balitar.

María acaricia a un cabritillo que se restriega en ella, rubio como un niño.

ella e Isabel beben la leche recién ordeñada que el pastorcillo les ofrece.

Llegan las ovejas con un pastor hirsuto como un oso. Debe ser, no obstante, un buen hombre porque lleva sobre sus hombros una oveja quejumbrosa.

La deja en el suelo despacio; explica que está para dar a luz un cordero, que no podía caminar sino con dificultad, que se la ha puesto sobre los hombros y que se ha dado una buena carrera para llegar a tiempo.

Y el niño conduce al redil a la oveja, que va cojeando a causa de los dolores.

María se ha sentado en una piedra y juega con los cabritillos y los corderos, ofreciendo a sus rosados morritos flores de trébol.

Un cabritillo blanco y negro le pone las patitas sobre un hombro y le olisquea los cabellos. «No es pan» dice María riendo. «Mañana te traigo una corteza. Ahora tranquilo».

Isabel, ya sosegada, ríe.

Semanas después...

“Veo a María hilando premurosamente bajo la pérgola en que la uva aumenta de volumen. Debe haber pasado ya un poco de tiempo, pues las manzanas comienzan a tomar color rojo en los árboles,

y las abejas zumban cerca de las flores de la higuera ya formadas.

Isabel está verdaderamente gruesa y camina pesadamente.

María la mira con atención y amor. También a María, que se ha levantado para recoger el huso, que se le ha caído lejos, se la ve más llena a la altura de los costados.

Y su expresión ha cambiado. Ahora es más madura. Antes era niña, ahora es mujer.

Está anocheciendo y las mujeres entran en casa; en la habitación se encienden las lámparas. En espera de la cena, María teje.  

Señalando el telar, Isabel pregunta:

–    ¿No te cansa nunca? 

María responde:

–     No, tenlo por seguro.

–     A mí este calor me deja sin fuerzas.

No he vuelto a tener dolores, pero ahora el peso es grande para mis riñones, que ya son viejos».

–     ¡Ánimo! Pronto serás liberada de ese peso.

¡Qué feliz te sentirás entonces! Yo ardo en deseos de ser madre. ¡Mi Niño, mi Jesús! ¿Cómo será?

–     Tan guapo como tú, María.

–     ¡Oh, no! ¡Más guapo!

Él es Dios, yo soy su sierva. Me refería a si será rubio o moreno, si tendrá los ojos como el cielo sereno o como los de los ciervos de las montañas.

Yo me le imagino más hermoso que un querubín, de cabellos rizados y color oro; los ojos del color de nuestro mar de Galilea cuando las estrellas empiezan a asomarse al confín del cielo;

una boquita pequeñina y roja como el corte de una granada apenas abierta por el sol que la madura; sus mejillas, un rosáceo como éste de esta pálida rosa;

dos manitas que, de lo pequeñitas y lindas que serán, podrán estar dentro de la corola de una azucena; dos piececitos que podrían caberme en el hueco de la mano, más delicados y lisos que un pétalo de flor.

Mira, yo pongo en la idea que me he hecho de El todo lo que de hermoso me sugiere la tierra. Ya oigo su voz.

Cuando llore — un poco llorará por hambre o por sueño mi Niño, y ello causará siempre un gran dolor a su Mamá, que no podrá… No, no podrá oírle llorar sin sentirse traspasar el corazón cuando llore,

su voz será como ese balido que ahora oímos, de corderito de pocas horas que está buscando la mama y el calor de la lana materna para dormir. 

En la risa, en esa risa que llenará de cielo mi corazón, enamorado de mi Criatura — puedo estar enamorada de Él porque es mi Dios, y amarle con amor de enamorada no es contravenir a mi consagrada virginidad.

En la risa, su voz será como el zurear jubiloso de este pichoncito, contento porque ha comido, satisfecho en el nido calentito. Pienso en Él dando sus primeros pasos… un pajarillo saltando en un prado florido.

El prado será el corazón de su Mamá, que estará bajo sus piececitos de rosa con todo su amor para que no encuentre nada que le produzca dolor. ¡Cuánto le voy a querer a mi Niño, a mi Hijo!

¡Y también José lo amará!

–     Sí, pero tendrás que decírselo también a José.

Se le nubla el rostro a María, que suspira.

–     Tendré que decírselo…

Yo habría querido que se lo dijera el Cielo, porque es muy difícil de decir.

–     ¿Quieres que se lo diga yo?

Lo llamamos para la circuncisión de Juan…

–     No. Mira, he dejado en manos de Dios la tarea de instruirle…

Y lo hará, acerca del feliz destino de nutricio del Hijo de Dios. El Espíritu me dijo aquella tarde: “Guarda silencio. Déjame a Mí la tarea de justificarte”. Y lo hará. Dios no miente nunca.

Es una gran prueba, pero con la ayuda del Eterno será superada. De mi boca, ninguno aparte de ti, a quien el Espíritu se lo ha revelado, debe saber lo que la benevolencia del Señor ha hecho a su sierva.

–     He guardado silencio siempre, incluso con Zacarías, que hubiera exultado de gozo si lo hubiera sabido.

Él cree que eres madre según la naturaleza.

–     Sí, lo sé.

Así lo he querido por prudencia. Los secretos de Dios son santos. El ángel del Señor no le ha revelado a Zacarías mi maternidad divina.

Habría podido hacerlo, si Dios hubiese querido, porque Dios sabía que ya era inminente el momento de la Encarnación de su Verbo en mí.

Pero Dios le ha tenido escondida esta luz de gozo a Zacarías, que no aceptaba, por considerarlo imposible, vuestra paternidad y maternidad tardías. Me he puesto en sintonía con la voluntad de Dios…

Y ya ves, tú has sentido el secreto que vive en mí, y él no ha advertido nada. Hasta que no se desprenda el diafragma de su incredulidad ante la potencia de Dios, se verá separado de las luces sobrenaturales.

Isabel suspira y guarda silencio.

Entra Zacarías. Ofrece unos rollos a María. Es la hora de la oración de la cena.

María reza en voz alta en vez de Zacarías. Luego se sientan a la mesa.  

Isabel dice:

–     Cuando te marches, ¡Cómo echaremos de menos el no tener quien ore en lugar de nosotros! – mirando a su mudo.   

María dice:

–     Tú rezarás para ese entonces, Zacarías.

Él menea la cabeza y escribe: «No podré volver a orar en representación de otros. Me he hecho indigno de ello desde que dudé de Dios».

–     Zacarías, tú rezarás. Dios perdona.

El anciano se enjuga una lágrima y suspira.

Terminada la cena, María vuelve al telar.

–     ¡Vale ya! – dice Isabel – Es demasiado cansancio.

–     Está próxima la hora, Isabel.

Quiero hacerle a tu niño un equipo digno del predecesor del Rey de la estirpe de David.

Zacarías escribe: « ¿De quién nacerá Él, y dónde?».

María responde:

–     Donde han dicho los Profetas y de quien elija el Eterno.

Todo lo que nuestro Señor altísimo hace está bien hecho.

Zacarías escribe: « ¡Entonces, en Belén! En Judea. Mujer, iremos a venerarlo. Tú también vendrás con José a Belén».

Y María, inclinando hacia su telar la cabeza,

dice:

–     Iré.

La visión cesa así.

Dice María:

El primer acto de caridad para con el prójimo ha de ejercitarse con el prójimo.

No veas en esto un juego de palabras. La caridad se tiene hacia Dios y hacia el prójimo. En la caridad hacia el prójimo está comprendida también la que tiene por objeto nosotros mismos.

Pero, si nos amamos más que a los demás, ya no somos caritativos, somos egoístas.

Incluso en las cosas lícitas debemos ser tan santos, que demos siempre prioridad a las necesidades de nuestro prójimo.

Estad seguros, hijos, de que Dios completa la deficiencia de los generosos con medios de su potencia y bondad. Esta certeza me impulsó a ir a Hebrón para ayudar en su estado a mi parienta.

Pues bien, a este detalle mío de ayuda humana, Dios, dando sin medida como El hace, añadió un inesperado don de ayuda sobrenatural.

Yo había ido para aportar ayuda material; Dios santificó mi recta intención haciendo, de la misma, santificación del fruto del vientre de Isabel y anulando, a través de esta santificación,

por la cual el Bautista fue presantificado, el sufrimiento físico de esta madura hija de Eva que había concebido a una edad inusitada.

Isabel, mujer de fe intrépida y de confiado abandono a la voluntad de Dios, mereció comprender el misterio encerrado en mí. El Espíritu le habló a través de ese vuelco de su vientre.

El Bautista pronunció su primer discurso de Anunciador del Verbo a través de los velos y los diafragmas de venas y de carne que lo separaban de su santa madre, y que a la vez la unían a ella.

No oculté mi condición de Madre del Señor a esta mujer que merecía saberlo, a quien además la Luz se había manifestado. Ocultarla habría sido negarle a Dios la alabanza que era justo darle,

el sentimiento de alabanza que yo llevaba en mí y que, no pudiéndolo manifestar a nadie, lo manifestaba a la hierba, a las flores, a las estrellas, al sol, a los canoros pájaros, a las pacientes ovejas,

a las aguas cantarinas y a la luz de oro que me besaba descendiendo del cielo.

Pero, orar dos juntos es más dulce que decir uno solo su oración. Yo hubiera querido que el mundo entero hubiera conocido mi destino; no por mí, sino porque todos se hubiesen unido a mí para alabar a mi Señor.

La prudencia me prohibió revelarle a Zacarías la verdad. Habría significado ir más allá de la obra de Dios, y, si bien era cierto que yo era su Esposa y Madre,

seguía siendo su Sierva y no debía — porque Él me había amado sin medida — permitirme colocarme en su lugar y sobrepasar un decreto suyo.

Isabel, en su santidad, comprendió y guardó silencio, porque el que es santo es siempre sumiso y humilde.

El don de Dios debe hacernos cada vez mejores. Cuanto más recibimos de Él, más debemos dar, porque cuanto más recibimos, más es signo de que Él está en nosotros y con nosotros.

Y cuanto más está en nosotros y con nosotros, más debemos esforzarnos en alcanzar su perfección.

Ello explica por qué yo, posponiendo mi labor, trabajé para Isabel. No me dejé llevar del miedo de la falta de tiempo.

Dios es dueño del tiempo, y provee a las necesidades de quien en El espera, incluso en las cosas ordinarias.

El egoísmo no acelera, retarda; la caridad no retarda, acelera: tenedlo siempre en cuenta.

¡Cuánta paz en la casa de Isabel! Si no hubiera tenido la preocupación de José y esa, esa, esa preocupación de que mi Niño era el Redentor del mundo, me habría sentido feliz.

Pero ya la Cruz extendía su sombra sobre mi vida, ya me era sonido fúnebre la voz de los Profetas… Yo me llamaba María. La amargura siempre se mezclaba con las dulzuras que Dios vertía en mi corazón.

Amargura que fue cada vez más en aumento, hasta la muerte de mi Hijo.

Y, no obstante, cuando Dios nos destina a ser víctimas por su honor, ¡Oh, qué dulce es ser trituradas en el molino, como el trigo,

para hacer de nuestro dolor el pan que consolide a los débiles y los haga capaces de obtener el Cielo!

ALMAS VÍCTIMAS Y CORREDENTORAS

19 LA OCUPACIÓN PRINCIPAL


19 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

María y José camino de Jerusalén.

Asisto al momento de la partida para ir donde Sta. Isabel.

José ha venido a recoger a María con dos borriquillos grises: uno para él, el otro para María.

Los dos animalitos llevan la acostumbrada albardilla; una de ellas agrandada, por un arnés, que sólo luego comprendo que ha sido hecho para llevar la carga (es una especie de portaequipajes),

sobre el cual José asegura una pequeña arca de madera — un pequeño baúl, diríamos ahora — que le ha traído a María para que pueda colocar en ella su equipaje sin peligro de que el agua lo moje.

Le oigo a María agradecer mucho a José este regalo providente, donde ordena todo lo que llevaba en un talego que había preparado antes.

Cierran la puerta de casa y se ponen en camino.

Está naciendo el día; efectivamente, veo que la aurora tenuemente empieza a rosear a Oriente.

Nazaret duerme todavía.

Los dos viajeros madrugadores encuentran en su camino únicamente a un pastor, el cual va arreando a las ovejas para que avancen; y las ovejas van trotando, chocándose unas contra otras balando.

Los corderitos son los que más balan, con sonido agudo y ligero; quisieran buscar, incluso mientras caminan, la mama materna.

Pero las madres van deprisa al pasto y los invitan con su balido, más fuerte, a que también troten.

María mira y sonríe.

Se ha detenido para dejar pasar al rebaño, y se inclina desde su albardilla y acaricia a estos mansos animalitos que pasan rozando al borriquillo.

Cuando llega el pastor, con un corderillo recién nacido en sus brazos, y se para saludar, María ríe acariciando en el morrito rosado al corderito, que bala como un desesperado,

y dice:

–     Está buscando a su mamá.

Ésta es la mamá, aquí está. No te abandona, no, pequeñuelo.

Efectivamente, la oveja madre se restriega contra el pastor y se pone de manos para lamer en el morrito a su hijo.

Pasa el rebaño con rumor de agua entre frondas, dejando tras sí el polvo que han levantado las veloces pezuñitas, y todo un bordado de pisadas sobre la tierra del camino.

José y María reanudan la marcha. José lleva su capa; María va arropada con una especie de toquilla de rayas porque la mañana está muy fresca.

Ya están en el campo y van el uno al lado del otro. Hablan raras veces.

José piensa en sus asuntos y María sigue sus propios pensamientos, y, recogida en sí, sonríe ante éstos y ante las cosas cuando, saliendo de su concentración, dirige la mirada hacia lo que la rodea.

De vez en cuando mira a José, y un velo de seriedad triste le nubla la cara; luego le torna la sonrisa, incluso al mirar a este esposo suyo providente,

que habla poco pero que si lo hace es para preguntarle si va cómoda y si no necesita nada.

Ahora ya han afluido otras personas a los caminos, especialmente en las cercanías de algún pueblo o dentro de él.

Pero ninguno de los dos hace mucho caso de las personas que se cruzan con ellos. Van en sus burritos trotadores en medio de un gran rumor de cascabeles.

Se detienen sólo una vez, a la sombra de un bosquecillo, para comer un poco de pan y aceitunas y beber en una fuente que baja de una cuevecilla.

Y otra vez, para protegerse de un chaparrón violento que rompe al improviso de un nubarrón oscurísimo.

Están al amparo del monte, contra un saliente de una roca que los protege de lo más intenso del agua.

Pero José quiere a toda costa que María se ponga su capa de lana impermeable, por la que el agua resbala sin mojar.

María se ve obligada a ceder ante la premurosa insistencia de su esposo, el cual para tranquilizarla en lo que toca a su propia inmunidad,

se pone sobre la cabeza y sobre los hombros una mantita parda que cubría la albardilla.

La manta del burro probablemente.

Ahora María, enmarcada su cara con la capucha y cubierta por entero con la capa marrón que lleva sujeta al cuello, parece un frailecito.

El chaparrón amaina, aunque se transforma en una lluvia fastidiosa y fina.

Los dos reanudan la marcha por el camino todo lleno de barro.

De todas formas, es primavera, y, pasado un poco de tiempo, torna el sol a hacer más cómoda la marcha.

Los dos burritos trotan de mejor gana por el camino.  

Salida de Jerusalén.

El aspecto beatífico de María.

Importancia de la oración para María y José. Estamos en Jerusalén.

La conozco bien ya con sus calles y sus puertas.

Los dos esposos lo primero que hacen es dirigirse hacia el Templo. Reconozco la cuadra donde José dejó el burro el día de la Presentación en el Templo.  

José les da de comer a los dos burros y también ahora deja allí.

Y con María va a adorar al Señor.

Más tarde salen. Van a una casa de personas conocidas según parece; allí comen y beben algo.

María se pone a descansar hasta que vuelve José con un viejecillo.

José dice:

–     Este hombre va por el mismo camino que tú.

Deberás recorrer bien poco camino sola para llegar donde tu parienta. Fíate de él, que le conozco.

Vuelven a subirse a los burros. José acompaña a María hasta otra de las Puertas de la ciudad  y allí se despiden…

María va sola con el viejecillo, que habla por todo lo que no hablaba José, y que se interesa de mil cosas.

María contesta pacientemente.

Ahora, en la parte de delante de la albardilla lleva el baul (hasta entonces lo había llevado siempre José en su burrito), y ya no tiene la capa; tampoco lleva su toquilla, la cual está ahora doblada encima del baúl.

Está muy hermosa con su vestido azul oscuro y con su velo blanco que la protege del sol. ¡Qué guapa está!

El viejecillo debe ser un poco sordo, porque, para que la oyera, María ha tenido que hablar bien fuerte; Ella, que habla siempre bajo.

Ahora está ya cansado; ha agotado todo su repertorio de preguntas y de noticias y se ha quedado transpuesto sobre el burro, dejándose guiar por él, que conoce bien el camino.

María aprovecha esta tregua para recogerse en sus pensamientos y para orar.

Debe ser una oración la que Ella va cantando en voz baja, mirando al cielo azul y con los brazos sobre el pecho y con rostro iluminado y beato por la emoción interior.

No veo más cosas. 

Dice María:

–     Voy a hablar poco porque estás muy cansada, pobre hija mía.

Sólo quiero que pongas — como también quien lee — tu atención en la costumbre constante de José y mía de reservar siempre el primer puesto a la Oración.

Ni el cansancio ni la prisa ni los pesares ni las ocupaciones impedían la oración; antes al contrario, la favorecían.

Era siempre la reina de nuestras ocupaciones. Nuestro refrigerio, nuestra luz, nuestra esperanza. Si en las horas tristes era consuelo, en las felices canto;

pero siempre, la amiga constante de nuestra alma: era la que nos desligaba de la tierra, del destierro, y nos mantenía en suspensión hacía el Cielo, la Patria.

No sólo yo, que ya tenía dentro de mí a Dios y me bastaba con mirarme dentro para adorar al Santo de los santos, me sentía unida a Dios cuando oraba,

sino que también lo sentía José, porque nuestra Oración era adoración verdadera de todo el ser, que se fundía con Dios adorándole y recibiendo a su vez su abrazo.

Fijáos que ni siquiera yo, que ya tenía en mí al Eterno, me sentí exenta de prestar veneración al Templo.

La más alta santidad no exime de sentirse una nada respecto a Dios y de humillar esta nada, puesto que Él nos lo permite, en un continuo grito de júbilo a su gloria.

¿Sois débiles, pobres, imperfectos? Invocad la santidad del Señor: “¡Santo, Santo, Santo!”.

Invocad al Santo bendito para que socorra vuestra miseria. Vendrá, transfundiéndoos su santidad.

¿Sois santos, ricos de méritos ante sus ojos? Invocad igualmente la santidad del Señor, la cual, siendo infinita, aumentará cada vez más la vuestra.

Los ángeles, seres que están por encima de las debilidades de la humanidad, no cesan un instante de cantar su “Sanctus”, y su belleza sobrenatural crece con cada acto de invocación de la santidad de nuestro Dios.

Imitad, pues, a los ángeles. No os despojéis nunca del amparo de la Oración.

Contra ella se despuntan las armas de Satanás, las malicias del mundo, los apetitos de la carne, las soberbias de la mente.

No bajéis jamás esta arma, por la cual los Cielos se abren, lloviendo así gracias y bendiciones.

La tierra tiene necesidad de un baño de oraciones para purificarse de las culpas que atraen los castigos de Dios.

Y, dado que pocos oran, esos pocos deben orar como si fueran muchos, multiplicar sus oraciones vivas para obtener con ellas esa suma necesaria para conseguir gracia

y las oraciones viven cuando están sazonadas con verdadero amor y sacrificio.

Que tú, hija, sufras, además de por tu sufrimiento, por el mío y el de mi Jesús, es bueno, es meritorio y grato a Dios.

Tengo en gran estima tu amor compasivo. ¿Querías besarme? Besa las llagas de mi Hijo. Úngelas con el bálsamo de tu amor.

Yo sentí espiritualmente el agudo dolor de los azotes y de las espinas y la tortura de los clavos y de la cruz.

Mas, de la misma forma, siento espiritualmente todas las caricias hechas a mi Jesús y son otros tantos besos que yo recibo.

Bueno, ven de todas formas; verdad es que soy la Reina del Cielo, pero sigo siendo la Madre… Y yo me siento bendecida.  

 

GÉNESIS 3, 4


Diciembre 24 de 2020

Habla Nuestro Señor Jesucristo

Ese metafórico árbol demuestra esta verdad.

Dios había dicho al Hombre y a la Mujer: «…Os doy todo; y únicamente me reservo este Misterio de la Formación del hombre»”.-

Antes de la Culpa todo estaba regulado y basado en el amor. El amor como es ahora, el actual generador de los hijos, entonces no existía. La Malicia no existía y, por tanto, — porque va con ella— tampoco el hambre carnal.

¡Todos los seres lloraron amargamente la inocencia profanada de su reina! ¡Y llanto desolado de la reina ante esa profanación suya, cuya realidad y cuya imposible anulación comprende!

Si los cataclismos y las tinieblas acompañaron la muerte del Inocente, también tinieblas y fuerte tempestad acompañaron a la muerte de la Inocencia y de la Gracia en los corazones de los Primeros Padres.

Eva deseó conocer y se hizo creadora pero no logró ser dueña del árbol de la Vida.-

Pero usando indignamente esta fuerza de bien, la había corrompido transformándola en un acto malo, porque fue producto de la desobediencia a Dios y amalgamado con la malicia y avidez de la carne.

Y de esta forma ella se convirtió en la «madre».

5. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

Había nacido el Dolor sobre la Tierra.

Y la Providencia de Dios no quiso que fuese eterno;

de forma que os da, después de años de dolor, la alegría de salir del dolor para entrar en la alegría, si sabéis vivir con corazón recto.

Llamo aquí vuestra atención sobre un hecho que escapa casi a todos.

Eva estaba cargada de su pecado.

Y el dolor todavía no había sido sufrido en medida suficiente para disminuir su pecado.

Como un organismo drogado, ella había transmitido a su hijo todo aquello que en ella pululaba.

EL PECADO GENERA AL ESPÍRITU INMUNDO. El Espíritu inmundo es POSESIÓN DIABÓLICA…

Y Caín fue el primer hombre cautivo por una posesión demoníaca perfecta.

Producto del primer Trío diabólico, que el sexo desordenado: Lucifer, Eva y Adán , constituyeron.

El sexo era divino y sagrado y fue el verdadero objetivo, alcanzado perfectamente por Satanás.

Y su hambre de destrucción hizo que también, el primer hombre engendrado en el tálamo que debió haber estado santificado, con la Presencia del verdadero Dueño y Creador.

Y que él robó con la complicidad de Adán y Eva.

Y con su complacencia Y ABSOLUTO CONSENTIMIENTO,

porque la búsqueda del placer era lo más importante y era plenamente satisfecho…

CAÍN Y ABEL

Pues fue de esta manera que, el primer fruto del amor convertido en sensualidad y libertinaje, le fue robado a Dios y perteneció a Satanás,

el que contaminó al hombre con toda la maldad y perversión que en él rebosa.

Y Caín, primer hijo de Eva, nació con un carácter duro, envidioso, iracundo, lujurioso, perverso, muy poco diferente de las bestias en lo relativo al instinto,

MUCHO MÁS ANIMALESCO QUE LAS BESTIAS

EN LO RELATIVO A LO SOBRENATURAL

PORQUE, EN SU YO FEROZ

NEGABA LA REVERENCIA DEBIDA A DIOS,

Ya que a su alma posesa, Satanás le trasmitía toda la maldad, que sus sentimientos llenos de ODIO por haber sido expulsado del Cielo, bullían en su espíritu vengativo. 

El Adversario de Dios, triunfante en la primera embestida contra el hombre; también logró controlar los sentimientos de su primer instrumento… 

Y Caín fue el primer ser humano rebosante de HIPOCRESÍA, pues a los comentarios de sus padres sobre Dios y el haberlos expulsado del Paraíso,  Caín comenzó a mirarlo como a un enemigo,

Y consideraba que le era lícito no rendirle culto sincero.

Satanás le azuzaba a burlarse de Dios. Y quien se burla de Dios no respeta a nadie en el mundo.

Por esto, los que están en contacto con los que se burlan del Eterno conocen la amargura del llanto;

porque no pueden esperar un amor respetuoso en su prole, ni una seguridad del amor fiel en el consorte, ni una certeza de amistad leal en el amigo.  

 Lágrimas y lágrimas corrieron por la cara de Eva por la dureza de su hijo, arrojando así en su corazón el germen del arrepentimiento;

lágrimas y más lágrimas que le obtuvieron que su culpa disminuyese, porque Dios, ante el dolor de quien se arrepiente, perdona.

Y el segundo hijo de Eva alcanzó el alma lavada en el llanto de su madre.

Él fue dulce, respetuoso para con sus padres, entregado a su Señor, cuya omnipotencia veía descender radiante desde Cielo. Abel fue la alegría de la mujer caída.

 Pero el camino del dolor de Eva debía ser largo y penoso, proporcional a su camino en la experiencia pecaminosa:

en éste, encontraba estremecimiento de lujuria; en aquél, estremecimiento de aflicción;

en éste, besos; en aquél sangre; de éste, un hijo; de aquél, la muerte de un hijo, la de su predilecto (predilecto por su bondad).

ABEL LLEGÓ A SER EL INSTRUMENTO DE PURIFICACIÓN PARA LA CULPABLE.

Pero ¡Qué purificación tan dolorosa, que llenó con sus desgarradores gritos la Tierra espantada por el fratricidio!

¡Y que mezcló las lágrimas de una madre con la sangre de un hijo…!

Eva sube por el camino de la expiación.

El arrepentimiento crece según va saboreando las pruebas de su pecado.

QUISO CONOCER EL BIEN Y EL MAL.

Y el recuerdo del bien perdido es para ella como el recuerdo del sol para uno que, al improviso, hubiera quedado cegado.

El Mal está ante ella al contemplar los restos de su hijo asesinado; y a su alrededor, por el vacío creado por el hijo fratricida y fugitivo…

¡Mientras huía perseguido por sus remordimientos aquel que, enemistado con Dios y con su hermano, al que Dios amaba, la había derramado!. .

 “Dijo el Señor a Caín: «¿Por qué andas irritado?» ¿Por qué, si faltas contra Mí, te irritas porque no te miro con ojos benignos?

¡Cuántos caínes hay sobre la Tierra!

Me dan un culto de desprecio, un culto hipócrita; o no me tributan ningún culto, y quieren que los mire con amor y los colme de felicidad.

DIOS ES VUESTRO REY,

NO VUESTRO SIERVO. DIOS ES VUESTRO PADRE.

Y un padre jamás es un esclavo, si se juzga según justicia. Dios es justo. Vosotros no lo sois pero Él sí lo es.

Y no puede menos de castigaros, puesto que os burláis de Él, aun cuando os da, a manos llenas, sus favores con la condición de que le améis aunque sea un poco.

La justicia no conoce dos vías. Una sola es su vía. Esto hacéis, esto recibís.

Si sois buenos, recibís el bien; si malos, recibís el mal.

Y —creedlo— siempre es mucho más el bien que recibís, respecto al mal que deberíais recibir por vuestra manera de vivir, en rebelión contra la Ley Divina.

 Dios dijo: «¿No es verdad que si haces el bien, recibirás el bien y que si haces el mal el pecado se presentará inmediatamente ante tu puerta?»

En efecto, el bien lleva a una constante elevación espiritual y capacita cada vez más para cumplir un bien cada vez mayor, hasta alcanzar la perfección y hacerse santos;

por el contrario, basta ceder al mal para degradarse y alejarse de la perfección

y conocer la servidumbre del  pecado que entra en el corazón y hace bajar a éste, por grados, a una sucesiva y cada vez mayor culpabilidad.

Dios añadió: «Pero tendrás debajo de ti el deseo del pecado, y debes dominarlo»

Sí, Dios no nos hizo esclavos del pecado, las pasiones están debajo de vosotros, no encima de vosotros. Dios os ha dado inteligencia y fuerza para dominaros.

Incluso a los primeros hombres, castigados por el rigor de Dios, les dejó Dios inteligencia y la fuerza moral.

Y, desde que el Redentor ha consumado por vosotros el Sacrificio, tenéis, como ayuda de la inteligencia y fuerza, los ríos de la Gracia y podéis, y debéis, dominar el deseo del Mal.

Debéis hacerlo, con vuestra voluntad fortalecida por la Gracia.

Por esto los ángeles de mi nacimiento cantaron a la tierra: «Paz a los hombres de buena voluntad».

Yo venía para traeros de nuevo la Gracia a los hombres.

Y mediante la unión de la Gracia con vuestra buena voluntad, vendría la Paz a los hombres. La Paz: gloria del Cielo de Dios

El pecado y desesperación (Caín, Judas); el pecado y arrepentimiento (Eva).-

Y Caín dijo a su hermano: «Vamos afuera» Palabras mentirosas cuyo veneno se ocultaba bajo una sonrisa traidora.

 La delincuencia siempre practica la mentira, para con sus víctimas y para con el mundo al que trata de engañar; Y QUISIERA ENGAÑAR INCLUSO A DIOS. Pero Dios lee los corazones.

 «Vamos afuera». Siglos después Judas dijo: «Salve, Maestro», y le besó.

Los dos Caínes escondieron su delito bajo una apariencia inofensiva.

y desahogaron su envidia, su ira, su abusiva violencia y todos sus malvados instintos, descargando todo ello sobre la víctima,

porque no se habían dominado a sí mismos; antes bien, habían hecho esclavo su espíritu del propio yo corrompido.

 EVA ASCIENDE POR EL CAMINO DE LA EXPIACIÓN,

CAÍN DESCIENDE POR EL CAMINO DEL INFIERNO

Y en éste le hunde la desesperación que de él se apodera;

y con la desesperación, último golpe mortal dado a su espíritu ya débil por el crimen, viene el miedo físico, vil, del castigo humano.

EL QUE YA NO PUEDE ACORDARSE DEL CIELO,

ESE HOMBRE DE ALMA MUERTA,

ANIMAL ES QUE SE ESTREMECE POR SU VIDA CORPORAL.

La muerte, ante la que los justos sonríen, porque los lleva a poseer a Dios,

ES TERROR PARA LOS QUE SABEN QUE MORIR

PARA ELLOS SIGNIFICA PASAR PARA SIEMPRE

INFIERNO QUE LLEVAN EN SU CORAZÓN

AL INFIERNO DE SATANÁS.

Y, como alucinados, ven por todas partes venganzas ya prontas para descargarse contra ellos.

Pero sabed —hablo a los justos— sabed que si el remordimiento y la oscuridad de un corazón culpable crean y fomentan las alucinaciones del pecador,

A NADIE LE ES LÍCITO ERIGIRSE COMO JUEZ DE SU HERMANO,

MUCHO MENOS ERIGIRSE COMO JUSTICIERO.

UNO SOLO ES EL JUEZ: DIOS.

Y si la justicia humana ha creado sus propios tribunales, toca a éstos administrar la justicia, y

¡Ay de los que profanen ese nombre de la justicia y juzguen movidos por estímulo pasional propio o por presión de poderes humanos!

¡Maldición para aquel que se haga justiciero privado de un semejante suyo!

¡Maldición aún mayor para el que, movido por frío cálculo humano, envía a su semejante a la muerte o a la cárcel sin haber razón!

 PORQUE SI EL QUE MATA AL QUE MATÓ

RECIBIRÁ UN CASTIGO SIETE VECES MAYOR,

COMO DIJO EL SEÑOR QUE SUCEDERÍA AL QUE MATARA A CAÍN

el que injustamente condene, movido por servidumbre hacia Satanás enmascarado de Autoridad humana, recibirá setenta veces siete el rigor de Dios.

Esto deberíais tener presente sobre todo en esta hora, vosotros que os matáis mutuamente para hacer de los caídos la base de vuestro triunfo,

“La vida humana es sagrada…”

y no sabéis que lo que hacéis es excavar bajo vuestros pies la trampa en que os hundiréis maldecidos por Dios y por los hombres; porque Yo he dicho: «NO MATARÁS».-

Cuando Caín mató a Abel, la boca de su madre profirió las maldiciones que su espíritu, separado de Dios, le inspiraba contra su prójimo más cercano:

contra el hijo de sus entrañas profanadas por Satanás y embrutecidas por el deseo desenfrenado.

Y esa Maldición fue la mancha en el reino de lo moral humano, de la misma forma que el crimen de Caín fue la mancha en el reino de lo animal humano, arrastrado de sus instintos bestiales.

Sangre sobre la Tierra, derramada por mano fraterna.

La primera sangre, que atrae —como imán milenario— toda sangre que, extraída de las venas del hombre, la mano del hombre derrama.

Maldición contra la Tierra, proferida por boca humana.

Como si la Tierra no estuviera ya suficientemente maldecida por causa del hombre rebelde contra su Dios y hubiese necesitado saborear los cardos y las espinas

y la dureza de los terrones del campo, de las sequías, de las granizadas, de las heladas, de los calores;

esa Tierra que había sido creada perfecta, y a la que ayudaban todos los elementos para que fuese una morada cómoda y bella para el hombre, su rey.

María debe anular a Eva. María ve al segundo Caín: a Judas. María sabe que es el Caín de su Jesús, del segundo Abel.

Sabe que la Sangre de este segundo Abel ha sido vendida por ese Caín y ya está siendo derramada. Pero no maldice. Ama y perdona. Ama y llama.

¡Oh, Maternidad de María, mártir!

26. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.» 27. Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre.» Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa Juan 19

¡Maternidad tan sublime, como esa maternidad tuya virginal y divina!

Esta última ha sido don de Dios, pero la primera, Madre santa, Corredentora, ha sido un don tuyo para ti, porque tú, solo tú supiste, en aquella hora,

con el corazón quebrantado por los azotes que me habían desgarrado mi cuerpo, decir a Judas esas palabras; tú,

solamente tú supiste en aquella hora, mientras sentías ya la cruz partirte el corazón, amar y perdonar. María: la Nueva Eva.

Ella os enseña la nueva religión que lleva al amor hasta el punto de perdonar a quien mata a un hijo.

No seáis como Judas que cierra su corazón ante esta Maestra de Gracia y se desespera diciendo: «Él no me puede perdonar»,

poniendo en duda las palabras de la Madre de la Verdad, y, por lo tanto, mis palabras, que había Yo repetido siempre:

que Yo había venido a salvar y NO a destruir.

Para perdonar a aquel que, arrepentido, viniera a Mí.

María, la nueva Eva, recibió de Dios un nuevo hijo «en lugar de Abel matado por Caín».

Pero no lo tuvo a través de una hora de alegría animal que adormece el dolor bajo el influjo de los vapores de la sensualidad y el cansancio del contentamiento.

Lo tuvo en una hora de dolor total, al pie de un patíbulo, entre los estertores de su Hijo moribundo, entre los improperios de una gentuza Deicida

y en medio de una desolación inmerecida y total, porque Dios ya tampoco la consolaba.

Jesus: ¡No, Satanás no puede alzarse de debajo del calcañar de mi Virgen Madre!.

Aquí solo quiero hablar de uno de los momentos. Y de mi Madre, no mío; de la nueva Eva que ya había rechazado desde sus más tiernos años,

las lisonjas usadas por Satanás para seducirla a morder el fruto.

Y probar aquel sabor que había desquiciado a la compañera de Adán.

La nueva Eva, que no se había limitado a rechazar a Satanás,

sino que le había vencido aplastándole con su voluntad de obediencia, de amor, de castidad tan grandes;

que él, el Maldito, quedó aplastado y subyugado.

¡No, Satanás no puede alzarse de debajo del calcañar de mi Virgen Madre!

Suelta baba, echa espuma, ruge y blasfema.

Pero su baba cae al suelo, su aullido no toca a esa atmósfera que rodea a mi Santa,

que no percibe el hedor ni las risas burlonas diabólicas, que no ve, ni siquiera puede ver, la baba asquerosa de la Serpiente Eterna,

porque las armonías celestiales y los celestiales aromas danzan en torno de Ella enamorados en torno a su bella y santa persona,

y porque sus ojos, más puros que el lirio y más enamorados que los de una tórtola, miran solo a su Eterno Señor de quien es Hija, Madre y Esposa. .

UNA ESTIRPE DIVINA 1


Diciembre 21 2020

 Dios quiso un Seno sin mancha

Dice Jesús:

La pureza tiene un valor tal, que un seno de criatura pudo contener al Incontenible, porque poseía la máxima pureza posible en una criatura de Dios.

La Santísima Trinidad descendió con sus perfecciones, habitó con sus Tres Personas, cerró su Infinito en pequeño espacio, no por ello se hizo menor,

porque el amor de la Virgen y la voluntad de Dios, dilataron este espacio hasta hacer de él un Cielo.

Y se manifestó con sus características:

El Padre, siendo Creador nuevamente de la Criatura como en el sexto día y teniendo una “hija” verdadera, digna, a su perfecta semejanza.

La impronta de Dios estaba estampada en María tan nítidamente, que sólo en el Primogénito del Padre era superior.

María puede ser llamada la “segundogénita” del Padre,

Porque, por perfección dada y sabida conservar, y por dignidad de Esposa y Madre de Dios y de Reina del Cielo,

viene segunda después del Hijo del Padre y segunda en su eterno Pensamiento, que ab aeterno en Ella se complació.

El Hijo, siendo también para Ella “el Hijo” enseñándole, por misterio de gracia, su verdad y sabiduría cuando aún era sólo un Embrión que crecía en su seno.

El Espíritu Santo, apareciendo entre los hombres por un anticipado Pentecostés, por un prolongado Pentecostés,

Amor en “Aquella que amó”, Consuelo para los hombres por el Fruto de su seno, Santificación por la maternidad del Santo.

Dios, para manifestarse a los hombres en la forma nueva y completa que abre la Era de la Redención,

NO eligió como trono suyo un astro del cielo, ni el palacio de un grande.

No quiso tampoco las alas de los ángeles como base para su pie.

Quiso un seno sin mancha.

Eva también había sido creada sin mancha.,

Mas, espontáneamente, quiso corromperse.

María, que vivió en un mundo corrompido – Eva estaba, por el contrario, en un mundo puro – NO QUISO lesionar su candor ni siquiera con un pensamiento vuelto hacia el pecado.

Conoció la existencia del pecado y vio de él sus distintas y horribles manifestaciones.

Las vio todas, incluso la más horrenda: el Deicidio. 

Pero las conoció para expiarlas y para ser eternamente,

Aquella que tiene piedad de los pecadores y ruega por su redención.

Este pensamiento será introducción a otras santas cosas que daré para consuelo tuyo y de muchos.

 Joaquín y Ana hacen voto al Señor

En una habitación llena de claridad, en el interior de una casa… 

Sentada a un telar hay una mujer ya de cierta edad.

Viéndola con su pelo ahora entrecano, antes ciertamente negro, y su rostro sin arrugas; pero lleno de esa seriedad que viene con los años,

Parece tener alrededor de cincuenta y cinco años, no más, con una madurez de sufrimiento en su mirada.

La luz penetra por la puerta, abierta de par en par, que da a un espacioso huerto – jardín.

Parece ser  una pequeña finca campirana, porque se prolonga onduladamente sobre un suave columpiarse de verdes pendientes.

Ella es hermosa, de rasgos hebreos.  Sus ojos negros y profundos, con  una gallardía de reina, son dulces, como si su centelleo de águila estuviera velado de azul. 

Ojos dulces, con un trazo de tristeza, como de quien pensara nostálgicamente en cosas perdidas.

El color del rostro es moreno muy claro.

La boca, ligeramente ancha, está bien proporcionada, detenida en un gesto austero pero no duro. La nariz es larga y delgada, ligeramente combada hacia abajo, con una nariz aguileña que va bien con esos ojos.

Es fuerte, mas no obesa. Bien proporcionada. A juzgar por su estatura estando sentada, parece que es muy alta.

 Está tejiendo una cortina o una alfombra. Las canillas multicolores recorren rápidas, la trama marrón oscura.

Lo ya hecho muestra una vaga entretejedura de grecas y flores en que el verde, el amarillo, el rojo y el azul oscuro se intersecan y funden como en un mosaico.

La mujer lleva un vestido sencillísimo y muy oscuro: un morado – rojo que parece copiado de ciertas trinitarias.

Oye llamar a la puerta y se levanta. Es alta realmente. Abre.

Una mujer le dice:

–     Ana, ¿Me dejas tu ánfora? Te la lleno.

La mujer trae consigo a un chicuelo de cinco años, que se agarra inmediatamente al vestido de Ana.

Ésta le acaricia mientras se dirige hacia otra habitación, de donde vuelve con una bonita ánfora de cobre. Se la da a la mujer,

Diciendo:

–     Tú siempre eres buena con la vieja Ana.

Dios te lo pague, en éste y en los otros hijos que tienes y que tendrás. ¡Dichosa tú!.

Ana suspira. La mujer la mira y no sabe qué decir ante ese suspiro. Para apartar la pena, que se ve que existe,

dice:

–     Te dejo a Alfeo, si no te causa molestias; así podré ir más deprisa y llenarte muchos cántaros.  

 

Alfeo está muy contento de quedarse y se ve el porqué una vez que se ha ido la madre:

Ana le coge en brazos y lo lleva al huerto, lo eleva hasta una pérgola de uva de color oro como el topacio y dice:

–     Come, come, que es buena» 

Y le besa en la carita embadurnada del zumo de las uvas que está desgranando ávidamente.

Luego, cuando el niño, mirándola con dos ojazos de un gris azul oscuro muy abiertos,

dice:

–     ¿Y ahora qué me das?

Ella se echa a reír con ganas y al punto, parece más joven, borrados los años por la bonita dentadura y el gozo que llena su rostro.

Y ríe y juega, metiendo su cabeza entre las rodillas,

y diciendo:

–     ¿Qué me das si te doy… si te doy?… ¡Adivina!

Y el niño, palmoteando todo sonriente,

dice:

–     ¡Besos, te doy besos, Ana guapa, Ana buena, Ana mamá!….

Ana, al sentirse llamar “Ana mamá”, emite un grito de afecto jubiloso y abraza estrechamente al pequeñuelo,

diciendo:

–     ¡0h, tesoro! ¡Amor! ¡Amor! ¡Amor!

Y por cada “amor” un beso va a posarse sobre las mejillitas rosadas.

Luego van a un bazar y de un plato bajan tortitas de miel.  

Mientras ella dice:

–     Las he hecho para ti, hermosura de la pobre Ana, para ti que me quieres.

Dime, ¿Cuánto me quieres?

Y el niño, pensando en la cosa que más le ha impresionado,

dice:

–     Como al Templo del Señor.

le da más besos: en los ojitos avispados, en la boquita roja.

Y el niño se restriega contra ella como un gatito.

La madre va y viene con un jarro colmado y ríe sin decir nada.

Les deja con sus efusiones de afecto.

Entra en el huerto un hombre anciano, un poco más bajo que Ana, de tupida cabellera completamente cana, rostro claro, barba cortada en cuadrado, dos ojos azules como turquesas, entre pestañas de un castaño claro casi rubio.

Está vestido de un marrón oscuro.

Ana no lo ve porque da la espalda a la puerta.

El hombre se acerca a ella por detrás diciendo:

–     ¿Y a mí nada?

Ana se vuelve y dice:

–    ¡Oh, Joaquín!

¿Has terminado tu trabajo?

Mientras tanto el pequeño Alfeo ha corrido a sus rodillas,

diciendo:

–      También a ti, también a ti.

Y cuando el anciano se agacha y le besa, el niño se le ciñe estrechamente al cuello despeinándole la barba con las manitas y los besos.

También Joaquín trae su regalo: saca de detrás la mano izquierda y presenta una manzana tan hermosa que parece de cerámica.

Y sonriendo, al niño que tiende ávidamente sus manecitas,

le dice:

–     Espera, que te la parto en trozos.

Así no puedes. Es más grande que tú.

Y con un pequeño cuchillo que tiene en el cinturón (un cuchillo de podador) parte la manzana en rodajas, que divide a su vez en otras más delgadas.

Y parece como si estuviera dando de comer en la boca a un pajarillo que no ha dejado todavía el nido, por el gran cuidado con que mete los trozos de manzana en esa boquita que muele incesantemente. 

Ana dice:

–    ¡Te has fijado qué ojos, Joaquín!

¿No parecen dos porcioncitas del Mar de Galilea cuando el viento de la tarde empuja un velo de nubes bajo el cielo

Ana ha hablado teniendo apoyada una mano en el hombro de su marido y apoyándose a su vez ligeramente en ella:

gesto éste que revela un profundo amor de esposa, un amor intacto tras muchos años de vínculo conyugal

Joaquín la mira con amor,

y asiente diciendo:

–    ¡Bellísimos!

¿Y esos ricitos? ¿No tienen el color de la mies secada por el sol?

Mira, en su interior hay mezcla de oro y cobre. -¡Ah, si hubiéramos tenido un hijo, lo habría querido así, con estos ojos y este pelo!…. –

Ana se arrodillado.

Y con un fuerte suspiro, besa esos dos ojazos azul – grises.

Joaquín también suspira. 

Y queriéndola consolar, le pone la mano sobre el pelo rizado y canoso,

y le dice:

–     Todavía hay que esperar.

Dios todo lo puede. Mientras se vive, el milagro puede producirse, especialmente cuando se le ama y cuando nos amamos».

Joaquín recalca mucho estas últimas palabras.

Mas Ana guarda silencio, descorazonada, con la cabeza agachada…  

para que no se vean dos lágrimas que están deslizándose y que advierte sólo el pequeño Alfeo…

El cual, asombrado y apenado de que su gran amiga llore como hace él alguna vez, levanta la manita y enjuga su llanto. 

Joaquín, rápidamente agrega:

–     ¡No llores, Ana!

Somos felices de todas formas. Yo por lo menos lo soy, porque te tengo a ti. 

Ella contesta desconsolada:

–     Yo también por ti.

Pero no te he dado un hijo… Pienso que de alguna forma he entristecido al Señor, porque ha hecho infecundas mis entrañas…

–     ¡Oh, esposa mía!

¿En qué crees tú, santa, que has podido entristecerlo?

Mira, vamos una vez más al Templo y por esto, no sólo por los Tabernáculos, hacemos una larga oración…

Quizás te suceda como a Sara… o como a Ana de Elcana: esperaron mucho y se creían reprobadas por ser estériles.

Y sin embargo, en el Cielo de Dios, estaba madurando para ellas un hijo santo.

Sonríe, esposa mía. Tu llanto significa para mí más dolor que el no tener prole…

Llevaremos a Alfeo con nosotros. Le diremos que rece. Él es inocente… Dios tomará juntas nuestra oración y la suya y se mostrará propicio. 

–     Sí. Hagamos un voto al Señor.

Suyo será el hijo; si es que nos lo concede… ¡Oh, sentirme llamar “mamá”!.

Y Alfeo, espectador asombrado e inocente,

dice:

–     ¡Yo te llamo “mamá”!.

–     Sí, tesoro amado… pero tú ya tienes mamá.

Y yo… yo no tengo niño…. 

125 CONVERSIÓN SIN ENTREGA


125 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús entra en una cocina muy espaciosa. Viene de una huerta que empieza a mostrar su fertilidad en todos los surcos.

Las dos Marías ancianas, María Cleofás y María Salomé, están guisando para la cena.

Jesús las saluda:

–     ¡Paz a vosotras!

–     ¡Oh! Jesús!

–    ¡Maestro!

Las dos mujeres se vuelven y lo saludan.

Una de ellas tiene en las manos un pez grande al que estaba abriendo; la otra había descolgado del gancho un caldero lleno de verduras, porque quería ver cómo iba la cocción y todavía lo tiene en la mano.

Sus rostros, buenos, ajados, sudorosos de lumbre y trabajo, sonríen de alegría; su contento parece hacerlos más jóvenes y hermosos.

María Cleofás dice:

–     Dentro de nada está listo, Jesús.

¿Vienes cansado? ¡Tendrás hambre!

Le dice su tía María, que usa con Él confidencia familiar y que lo quiere aún más que a sus propios hijos.

–     No más de lo habitual.

De todas formas… sí, claro, comeré con gusto esos buenos alimentos que las dos me habéis preparado; como los demás, que ahí llegan.

–     Tu Madre está en la habitación de arriba.

¿Sabes una cosa?… Ha venido Simón… ¡Esta noche estoy llena de contento! Bueno…, no, no del todo; ya sabes cuándo estaría contenta del todo.

–     Sí, lo sé.

Jesús arrima hacia sí a su tía, la besa en la frente,

y le dice:

–     Conozco tu deseo y tu envidia no pecaminosa respecto a Salomé.

Pero llegará el día en que, como ella, podrás decir: “Todos mis hijos son de Jesús”. Ahora subo donde mi Madre.

Jesús sale y sube la pequeña escalera exterior.

Llega a una terraza que cubre una buena mitad del edificio; la otra mitad la constituye una vasta estancia de la que provienen sonoras voces de hombre y a intervalos, la dulce voz de María,

la límpida voz virginal, de doncella, no quebrada por los años, la misma voz que dijo: «He aquí la Sierva de Dios», y que cantaba la canción de cuna a su Niño.

Jesús se acerca sin hacer ruido, sonriendo al oír a su Madre decir: «Mi morada es mi Hijo y no siento pena por faltar de Nazaret; sólo cuando Él está lejos. Pero si está a mi lado… ¡Oh, nada me falta!

Y no temo por mi casa. Estáis vosotros…

Alfeo de Sara grita:

–     ¡Mira! ¡Ahí está Jesús!

Por estar vuelto hacia la puerta, es el primero que ve a Jesús.

–     Sí, aquí estoy.

Paz a todos vosotros. ¡Mamá!

Besa a su Madre en la frente. Ella también lo besa.

Luego se vuelve hacia los huéspedes que no esperaba ver ahí, y que son:

Su primo Simón, Alfeo de Sara, el pastor Isaac y aquel José que Jesús había recogido en Emaús después del veredicto del Sanedrín. 

Isaac explica:

–     Habíamos ido a Nazaret.

Y Alfeo nos dijo que había que venir aquí. Hemos venido. Alfeo nos ha querido acompañar, y también Simón»

Alfeo dice:

–     No daba crédito a mis ojos, al ver que venía aquí.  

Simón añade:

–     Yo también quería saludarte, estar un poco contigo y con María.

Jesús dice:

–     Pues Yo también me siento muy contento de estar con vosotros.

He hecho bien no quedándome más, como querían los habitantes de Quedec. Había llegado a Quedec yendo de Guerguesa a Merón y desviándome luego hacia la otra parte.

–     ¿Vienes de allí!

–     Sí.

He vuelto a visitar los lugares en que ya había estado, e incluso he ido más lejos, hasta Yiscala.

–     ¡Cuánto camino!

–     Pero, ¡Cuánto he recogido!

¿Sabes, Isaac, que hemos estado con el rabí Gamaliel, que nos ha acogido con gusto y se ha comportado muy bien con nosotros?

También he visto al arquisinagogo de Agua Especiosa. Viene también él. Lo pongo en tus  manos. Bueno… y… y he conseguido otros tres discípulos…

Jesús sonríe abiertamente, dichoso.

–     ¿Quiénes son?

–     En Corazín un anciano.

Fui su benefactor en una ocasión, y el pobrecillo, que es un verdadero israelita sin recelos, para manifestarme su amor me había preparado ese terreno como labra la tierra un perfecto arador.

Otro es un niño de cinco años o poco más, inteligente, gallardo; le había hablado ya también la primera vez que fui a Betsaida, y se acordaba mejor que los mayores.

El tercero es un exleproso; lo curé cerca de Corazín, declinada ya la tarde de un día lejano, y luego me despedí de él. Bueno, pues he vuelto a verlo; va anunciándome por los montes de Neftalí,.

Y como pruebas de sus palabras, alza lo que le ha quedado de sus manos, que están curadas pero sin algunas partes, y muestra sus pies, también curados pero deformes, con los cuales camina mucho.

La gente se da cuenta de lo enfermo que estaba por lo que de su cuerpo queda, y cree en sus palabras sazonadas de lágrimas de agradecimiento.

Me ha sido fácil hablar allí, porque ya había quien me había dado a conocer, quien había conducido a otros a creer en Mí. Y he podido hacer muchos milagros. Mucho puede quien cree realmente…

Alfeo asiente en silencio, asiente continuamente con la cabeza.

Simón, por su parte, sintiéndose implícitamente reprendido, la baja.

Isaac está jubiloso, abiertamente, por la alegría de su Maestro, que ahora se dispone a hablar del milagro obrado poco antes en el pequeñuelo de Elí.

La cena ya está preparada y las mujeres, junto con María, aparejan la mesa en la habitación grande y llevan la comida, para luego retirarse abajo.

Se quedan sólo los hombres. Jesús ofrece, bendice y distribuye la parte de cada uno.

Pero, en cuanto empiezan a comer, sube Susana,

Y dice:

–     Está aquí Elí con algunos siervos y con muchos regalos.

Quisiera hablar contigo.

–     Voy enseguida. O mejor, que suba.

Susana sale de la habitación y vuelve al poco rato con el anciano Elí, al que acompañan dos siervos que traen un cesto de grandes dimensiones.

Detrás, las mujeres excepto María Santísima, ojean curiosas. 

Elí el fariseo, saluda:

–     Dios sea contigo, benefactor mío.

Jesús responde:

–      Y contigo, Elí. Entra.

¿Qué deseas? ¿Todavía no está bien tu nieto?

No, no, está muy bien! Salta por el huerto como un cabritillo. La cosa es que yo antes estaba tan aturdido, tan desconcertado, que he faltado a mi deber.

Quiero mostrarte mi gratitud. Te ruego que aceptes esta nadería que te ofrezco. Un poco de comida para Tí y los tuyos. Son productos de mis tierras.

Y… quisiera… quisiera tenerte mañana en torno a mi mesa, para darte una vez más las gracias y para rendirte homenaje ante unos amigos. Maestro, no rehúses aceptar.

Si no aceptaras, pensaría que no me tienes afecto y que si has curado a Eliseo ha sido sólo por amor a él, no a mí.

–     Gracias, pero no era necesario hacer regalos.

–     Todos los grandes y doctos los aceptan.

Es costumbre.

–     Yo también.

De todas formas, hay un presente, uno, que acepto con todo gusto; es más, lo busco.

–     ¿Cuál es?…

Dímelo. Si puedo, te lo daré.

–     Vuestro corazón.

Vuestro pensamiento. Dádmelo. Es para vuestro bien.

–     ¡Sí, yo te lo consagro, Jesús bendito!

¿Lo puedes poner en duda? Me he comportado… sí… me he comportado injustamente contigo. Pero ahora lo he visto. Supe de la muerte de Doras, que te había ofendido…

¿Por qué sonríes, Maestro?

–     Estaba recordando un hecho.

–     Pensaba que era desconfianza respecto a lo que estaba diciendo. 

Jesús, con el don de ciencia infusa…

–     No, no.

Sé que te impresionó la muerte de Doras, incluso más que el milagro de esta tarde.

Te digo de todas formas que no temas a Dios, si realmente has comprendido. Y si realmente quieres de ahora en adelante ser amigo mío.

–     Veo que eres un profeta verdaderamente.

Yo… es verdad, temía más… fui a Tí más por miedo a un castigo como el de Doras, y esta tarde he dicho: “Éste es el castigo y más atroz, porque no ha herido a la vieja encina en su propia vida sino en su afecto,

en su alegría de vivir, fulminándome la nueva encina en que yo me complacía” más por ello, que no por la desgracia sucedida. Comprendía que hubiera sido justo como para Doras…

–     Comprendías que habría sido justo, pero todavía no creías en quien es bueno.

–     Tienes razón, pero ya no más.

He comprendido. Entonces, ¿Vienes mañana a mi casa?

–     Elí, había decidido partir para el alba…

Pero, para que no puedas pensar en un desprecio mío hacia ti, lo pospongo un día. Mañana estaré en tu casa.

–     ¡Oh, verdaderamente eres bueno!

¡Siempre lo recordaré!

–     Adiós, Elí.

Gracias por todo. Esta fruta es extraordinaria; estos pequeños quesos deben ser mantecosos; el vino, sin duda, bonísimo. Pero, podías habérselo dado todo a los pobres en mi Nombre».

–     También hay para ellos, si quieres: debajo, en el fondo. Era la ofrenda para Tí.

–     Pues esto lo vamos a distribuir mañana juntos.

Antes o después del convite, como prefieras. Descansa plácidamente, Elí.

–     Tú también. Adiós.

Y se va con los siervos.

Pedro, que con toda una mímica en su rostro había extraído cuanto contenía la cesta para devolvérsela a los siervos, pone ahora la bolsa en la mesa, delante de Jesús.

Y como concluyendo todo un discurso,

dice:

–     Y será la primera vez que ese viejo búho da limosna.  

Mateo confirma:

–    Cierto.

Yo era avaro, pero él me superaba; ha duplicado sus bienes a base de usura.

Isaac dice:

–     Bien, pero si cambia…

¿Es bonito, no es cierto?

Felipe asiente y Bartolomé añade:

–     Bonito, sin duda.

Y tiene todas las apariencias de ser así. 

Pedro ríe con ganas:

–     El viejo Elí convertido! ¡Ja! ¡Ja! 

Simón, el primo de Jesús, que hasta ahora ha estado pensativo,

dice:

–     Jesús, quisiera… quisiera seguirte.

No como ellos, pero sí al menos como las mujeres. Déjame que esté con mi madre y la tuya. Todos te siguen… yo… yo soy un pariente…

No pretendo un lugar entre ellos, pero sí al menos como buen amigo…

Maria de alfeo grita:

–     ¡Dios te bendiga, hijo mío!

¡Cuánto tiempo hacía que esperaba de ti esta palabra! 

Jesús lo invita:

–     Ven.

Ni rechazo ni fuerzo a nadie. Ni siquiera exijo todo a todos; tomo lo que me podéis dar.

Es bueno que las mujeres no estén siempre solas cuando vayamos a regiones desconocidas para ellas. Gracias, hermano.  

María Cleofás dice:

–     Voy a decírselo a María. “Está abajo, en su cuarto, orando. Se pondrá muy contenta”….

Cae deprisa la tarde. Encienden una lámpara para bajar por escalera ya oscura en el crepúsculo.

Unos van hacia la derecha, otros a la izquierda, para dormir.Jesús sale y va a la orilla del lago.

El pueblo, sereno todo. Desiertas las calles, desierta la orilla. Nadie en el lago, en esta noche sin luna. Sólo estrellas en el cielo y murmullo del oleaje de la resaca contra los cantos de la orilla.

Jesús sube a la barca, que está en la ribera. Se sienta.

Apoya en el borde un brazo, reclina sobre éste la cabeza y permanece en esa posición. Tal vez está meditando, pensando u orando.

Se acerca hasta Él con mucha cautela Mateo. 

Y pregunta en voz baja:

–     Maestro, ¿Duermes? 

Jesús contesta:

–     No. Estoy pensando.

Si no duermes, estate aquí conmigo.

–     Me dio la impresión de que algo te turbaba y por eso he venido tras de Tí.

¿No estás contento de tu jornada? Has tocado el corazón de Elí, has conquistado como discípulo a Simón de Alfeo…

–     Mateo, tú no eres ingenuo como Pedro y Juan.

Eres un hombre sagaz e instruido. Sé también franco. Dime: ¿Te sentirías tú contento con estas conquistas?

–     Bueno… Maestro…

En cualquier caso, ellos son mejores que yo, y Tú aquel día me dijiste que te sentías muy dichoso porque me había convertido…

–     Sí.

Pero tú estabas realmente convertido; tu evolución hacia el bien era genuina. Venías a mí sin maquinaciones, por voluntad de espíritu. No es el caso de Elí… ni de Simón.

El primero está tocado sólo superficialmente: el hombre-Elí ha recibido una fuerte impresión, no el espíritu-Elí, que está igual que siempre;

una vez que haya desaparecido la efervescencia que en él han producido el milagro de Doras y el de su nieto, volverá a ser el Elí de ayer y de siempre.

¡Simón!… Simón también es todavía sólo un hombre. Si me hubiera visto insultado en vez de celebrado, su reacción habría sido de compasión hacia Mí y como siempre, me habría dejado.

Esta tarde ha oído que un anciano, un niño, un leproso, saben hacer cosas que él no sabe hacer… él, que es de la familia, ha visto además que el orgullo de un fariseo se ha plegado ante Mí.  Y ha decidido: “Yo también”.

Pero no son estas conversiones incitadas por consideraciones humanas, las que me hacen feliz. Al contrario, me desalientan. Quédate aquí conmigo, Mateo. 

No se ve la Luna en el cielo, pero por lo menos, brillan las estrellas.

En mi corazón esta noche no hay sino lágrimas. Sea tu compañía la estrella de tu afligido Maestro.

–     Pues claro, Maestro.

Si puedo… ¡No faltaría más! Lo que pasa es que yo soy siempre un gran desdichado, un pobre inepto. He pecado demasiado como para poderte agradar. No sé hablar,

no sé todavía pronunciar las palabras nuevas, puras, santas; ahora que he dejado mi anterior lenguaje de fraude y lujuria. Y temo no ser capaz nunca de hablar contigo, ni de Tí.

–     No, Mateo.

Tú eres el hombre que lleva consigo toda su propia penosa experiencia de hombre; eres por tanto, aquel que, por haber mordido el barro y por saborear ahora la miel celestial,

está en condiciones de referir a los demás los dos sabores. Y ofrecer su verdadero análisis y comprender y hacerlo comprender a tus semejantes de ahora y de después.

Y te creerán, precisamente por ser el hombre, el pobre hombre que por su voluntad viene a ser el hombre, el hombre justo soñado por Dios.

Deja que Yo, el Hombre-Dios, me apoye en tí, humanidad que amo hasta el punto de dejar el Cielo por ti y de morir por ti.

–     ¡No, morir no!

¡No digas que por mí mueres!

–     No sólo por tí, Mateo, sino por todos los Mateos de la tierra y de los siglos.

Abrázame, Mateo. Besa a tu Cristo, por tí y por todos. Alivia mi cansancio de Redentor Incomprendido; Yo te he aliviado el tu yo de pecador. Enjuga mi llanto…

Porque mi amargura Mateo, se debe a ser comprendido por muy pocos.

–     ¡Oh…, Señor! ¡Sí! ¡Sí!…

Y Mateo, sentado junto a su Maestro, lo ciñe con un brazo…

Y lo consuela con su amor…

A LA LOCURA DE LA CRUZ


18. Pues la predicación de la Cruz es una necedad para los que se pierden; mas para los que se salvan – para nosotros – es fuerza de Dios. 1 Corintios 1,

MENSAJES DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA
29 de Noviembre del 2020

Amados hijos de Mi Corazón Inmaculado:

Les mantengo en mi Regazo Materno, son los hijos de mi Hijo, los amo con mi Corazón Materno.

Amado Pueblo de Mi Hijo, deben mantener el debido respeto a la enfermedad presente y tomar las medidas necesarias para que no sean presa de esta.

Les he dado los medicamentos naturales necesarios para que se libren de esta enfermedad.

CONTINÚEN SIN TEMOR, NO SEAN PRESA DEL TEMOR,

SEAN CONSCIENTES DEL AMOR DIVINO

PARA QUE NO PIERDAN LA FE

18. Pues la predicación de la Cruz es una necedad para los que se pierden; mas para los que se salvan – para nosotros – es fuerza de Dios. 1 Corintios 1,

Y LA MISERICORDIA DIVINA.

Aunque los dirigentes comunistas, masones e illuminatis de la Tierra tengan todo preparado para llevarlos a caer en el pánico, no permitan que los lleven hacia esa trampa.

Tengan presente que NO ES EL FIN DEL MUNDO,

SINO DE ESTA GENERACIÓN,

POR ELLO SE ENCUENTRAN ANTE TANTO CAOS

Generado por la desobediencia a Mis Revelaciones:

A las ya cumplidas, a las que se están cumpliendo y las que están por cumplirse.

El Demonio lo sabe, y conociendo esto, ha desatado su furia contra Mis hijos para llevarlos hacia la condenación.

ES DE SUMA IMPORTANCIA

EL QUE CADA UNO SE MIRE EN SU INTERIOR

Y DEVELE EL VERDADERO YO HUMANO CON EL QUE CAMINA.

LUCIFER – MAITREYA – SATANÁS

Hay un ejercicio muy doloroso, pero super efectivo:

Pidan al Espíritu Santo que les preste, SU ESPEJO mediten lo que descubran….

Van a llorar  y tal vez se horroricen, con lo que les SEA REVELADO…

PUES ES LA EXPERIENCIA MÁS TERRIBLE,

VERNOS DESNUDOS, ante DIOS....

Pero tengan la humildad necesaria, para aceptarlo y… 

¿Para qué sirve esto? 

LAS TRAMPAS DE SATANÁS,

LAS DESCUBREN, DESDE QUE LAS ESTÁ MONTANDO… 

¿Cuáles  son las TRAMPAS de Satanás?

Porque nuestra primera reacción es decir:

“Hey… ¿Qué está pasando, yo NO soy….

(tacaño, vanidoso, racista, colérico, vengativo, etc)

O si es al contrario:

Estamos en Guerra Espiritual y el campo de batalla del Enemigo es nuestra mente

Y sabes que a veces perdonas, pero nunca olvidas,… 

Y tampoco permites, que los demás se atrevan a pasarse de la raya, y te pisoteen…

En lugar de ENGANCHARTE CON EL RENCOR,.. (en tus recuerdos más amargos y dolorosos)

Inmediatatamente invoca tres veces: 

“¡AVE MARÍA PURÍSIMA, SIN PECADO CONCEBIDA!”   

Que es el equivalente a  ¡Mamita, por favor DEFIÉNDEME! “

O “¡Sangre Preciosísima de mi Señor Jesucristo, cúbreme y protégeme de todo mal!”

María es lo máximo para auxiliarnos, sobre todo en las batallas contra el  Dragón del Apocalipsis.

Pero si te sientes más cómodo, invocando la Preciosísima Sangre de Jesucristo, el resultado es el mismo:

¡Los Demonios huyen despavoridos!

El cristiano debe tener identidad de realeza con corazón de siervo.

¡Porque ya tienes a toda UNA LEGIÓN DE PODEROSOS DEMONIOS, ¡atacándote! con TODA su artillería!

No es momento para que vivan en la incertidumbre, ni en la incomodidad, ni en la envidia, ni en la soberbia, ni  en la ambigüedad.

Éstas bajas pasiones les harán crecer dentro de la Maldad que Satanás envía a los hombres ,para que caigan en sus trampas,

y olviden que han sido redimidos por Mi Hijo y no están sujetos al Mal, sino al Bien.

El Gobierno Único Mundial mantiene a la humanidad en la Gran Batalla Espiritual, confundiéndoles para infundirles temor ante todo lo que enfrentan,

a falta de la Fe verdadera, de la Obediencia y de la Esperanza del Pueblo de Dios.

Se dirigen hacia grandes tribulaciones, lo saben… como nunca antes las han vivido.

EL ORDEN MUNDIAL TIENE PROGRAMADO

EL QUE TODA LA HUMANIDAD EN TODOS SUS NIVELES

CAMBIE TOTALMENTE

Sus planes son llevar a la humanidad a cambiar en todo aspecto mediante una inducción electromagnética

PROGRAMADA PARA QUE LA CRIATURA HUMANA SEA ALTERADA

EN SU MENTE, PENSAMIENTO, OBRAR Y ACTUAR.

¡Alerta!, Pueblo de Mi Hijo. ¡Alerta!, hijos Míos, resistan, que no les tomen desprevenidos, 

SEAN CONSCIENTES DE QUE SON HIJOS DE MI HIJO,

MANTÉNGANSE EN ESTADO DE GRACIA,

Esa cruz me pertenece Señor, ¡Crucifícame Jesús, porque te adoro sobre todas las cosas! Y ayúdame a Amar, haciendo Tu Voluntad y no la mía…´´

TODOS DE CRISTO, TODOS PARA CRISTO,

 Manténganse dispuestos a vivir para Mi Hijo, de esa forma no lograrán transformarles.

No teman a la hambruna que se acerca en toda la Tierra,

ni a la caída de la economía global,

el único Justo y Verás es el Padre Eterno y no desampara a Su Pueblo.

No teman al estremecimiento de la Tierra, aunque no sea al actuar normal de ella.

Se estremece la Tierra.

Se llega el Gran Estremecimiento revelado por esta Madre, por ello es necesario para Mis hijos mantener la FE FIRME.

Hijos, es momento de reconocer los errores…
Es momento de volver al redil…
Es momento de unirse…

SE CIERNE SOBRE LA HUMANIDAD,

LA MANO TENEBROSA DEL MAL,

agrediendo fuertemente a la humanidad para cambiarles la mentalidad y turbarles, para llevarlos al miedo descontrolado,

ofrecerles seguridad y prometerles estabilidad y así controlarles como controlan a las turbas en las ciudades.

SEAN FIRMES EN LA FE,

NO PERMITAN QUE LA INCERTIDUMBRE LES TOME POR SORPRESA.

Oren hijos Míos, oren, la Tierra se estremece en el Norte, con gran fuerza, oren por California, oren por Canadá.

Oren hijos Míos, oren, en el Sur la Tierra es fuertemente estremecida, tomando por sorpresa a sus habitantes.

Oren hijos Míos, oren, en Europa y Asia se mueve la tierra. Oren por Japón en especial.

Oren hijos Míos, del Espacio se acerca un cuerpo celeste que tendrá en vilo a la humanidad.

Oren hijos Míos, oren la Tierra despierta en el Cinturón de Fuego.

Oren hijos Míos, oren, el momento se acelera y el Mal aumenta su presión sobre la humanidad, para hacerse presente.

Amado Pueblo de Mi Hijo:

No se duerman, no es momento para dormir, es momento para mantenerse en vigilia constante.

UNA NUEVA ENFERMEDAD ARREMETE EN LA TIERRA

Y MIS HIJOS PADECEN POR ELLO.

El Sol toma por sorpresa al hombre, grandes cambios se acercan, tienen que vivir más del espíritu que de lo material para salvar el alma.

NO TODO LO QUE SUCEDE TIENE LÓGICA PARA EL HOMBRE,

LOS PLANES DIVINOS NO VAN DENTRO DE LA LÓGICA HUMANA.

LO QUE HA DE CUMPLIRSE SE CUMPLE,

NO CUANDO EL HOMBRE LO DIGA,

SINO CUANDO SE DECRETÓ EN EL CIELO.

Amados hijos, la Guerra acelera su llegada, China da pasos agigantados.

Antes de despedirme, hijos Míos, DESEO LLAMARLES A LA UNIDAD

 A MANTENERSE EN LA FRATERNIDAD, TODOS SE VAN A NECESITAR, TODOS.

Prepárense para que se refugien en Mi Inmaculado Corazón,

manténganse en constante unidad, ofrecimiento y adoración al único Dios, digno de alabanza,:al Alfa y la Omega por los siglos de los siglos.

EN TODO MOMENTO SE ENCUENTRAN DE LA MANO DEL PADRE CELESTIAL. 

No están solos, manténganse dentro de la columna en marcha.

Les bendigo. Los amo.

¡NO TEMAN!

¿NO ESTOY YO AQUÍ QUE SOY SU MADRE?

Mamá María

(*) Sobre el Comunismo…

Comentario del Instrumento: 

Hermanos:

Bendita sea nuestra Madre Santísima.

Como buena Madre nos advierte para que descifremos el alcance de Sus Palabras que no son para que entremos en temores,

Sino para que afiancemos la Fe en la Protección Divina.

Si bien es cierto que para pretender el Auxilio Divino debemos cumplir con la Ley de Dios, y sobre todo con el Mandamiento del Amor a Dios y al prójimo,

También es cierto que la Fe nos impulsa a vivir lo que una criatura humana sin Fe no podrá superar.

El recibir la Sagrada Eucaristía, el orar a tiempo y destiempo, el vivir el Mandamiento del Amor fraterno, mantiene la Fe en la criatura humana.

Nuestra Madre nos advierte de cuanto se acerca, nos dice claramente de los planes que se ciernen sobre el género humano con el cambio de mentalidad, de reacción, de pensamiento del hombre,

Y en general, el cambio de valores en todos los ámbitos en que se desarrolla el ser humano.

Este es el gran paso del Orden Mundial, estamos frente a ello.

Y la respuesta nuestra es Fe, Fe, Fe, no podemos decir: ¡sí!, a lo que es ¡no!  ni decir: ¡no! a lo que es ¡sí! 

Tengamos en cuenta que nuestra Señora de Fátima, en el Tercer Secreto, alertó al mundo sobre el peligro del Comunismo… (*)

Recordemos que los TIBIOS SERÁN VOMITADOS por la Boca de Dios (Apoc 3,16).

Nos acercamos a grandes cambios en la Tierra, pero lo que no puede cambiar es el amor de la criatura humana por su Dios y su Señor.

Y por nuestra Madre Santísima.

SE NOS LLAMA A LA PRUDENCIA, NO AL MIEDO DESENFRENADO.

El Pueblo de Dios, viviendo en Fe, es más fuerte que todo cuanto llegue. Amén. 

(*) Fátima, el pedido de consagrar a Rusia, cuna del comunismo…

PROFECÍAS Y REVELACIONES

REINA DE LOS PROFETAS

LA FALTA DE FE Y LA INCREDULIDAD 

20.09.2017

LA TRANSUBSTANCIACIÓN EN EL INSTANTE DE LA CONSAGRACIÓN, ES REAL Y VERDADERA,

AUNQUE ALGUNOS DE MIS HIJOS PREDILECTOS HAN PERDIDO LA FE EN ESTE INSTANTE

Y TRATAN A MI HIJO DURAMENTE, SIN RESPETO, SIN AMOR, 

CON GRAN INCREDULIDAD,

OLVIDANDO QUE MI HIJO SE HACE PRESENTE 

ANTE LAS PALABRAS DE LA CONSAGRACIÓN DEL SACERDOTE

Y EL CLAMOR DE SU PUEBLO FIEL.

21.05.2018

YO LES MIRO DISTRAÍDOS POR LAS NECEDADES HUMANAS

Y POR LA INCREDULIDAD EN QUE VIVEN.

LA FALTA DE FE

CRECE CADA INSTANTE EN EL PUEBLO DE MI HIJO,

que se encuentra confundido ante las incongruencias en el obrar y actuar de algunos de Mis hijos predilectos que no dan testimonio del Amor Divino.

Esto se ha incrementado ante la falta de oración en las casas de formación.

La Humanidad es cambiante, por eso la Fe es tambaleante

y el hombre deja traslucir esa falta de firmeza espiritual, que les lleva a una falta de firmeza en el ejercicio constante de su vida.

20.11.2015

Amados Míos: Ninguna criatura humana conoce como el Padre, qué sucederá a la humanidad,

por lo que tienen que mantener la Fe en la Verdad de Mi Hijo… “Muchos son llamados, pero pocos son los elegidos”. (Mt 22,14)

El armamento de este instante se encuentra esparcido por toda la Tierra, quien niegue la veracidad que vive esta generación, es iluso…

ESTE INSTANTE ES PARA QUE MIS HIJOS RECONOZCAN LA FALTA DE FE

Y EL ENGAÑO EN QUE SE HAN MANTENIDO. 

La falta de iniciativa para acercarse al Creador de todo lo visible e invisible, ha causado en el hombre gran ignorancia y ésta lleva al hombre a descartar los Llamados Divinos para que se preparen.

En su lugar la humanidad descarta la Presencia del Espíritu Santo en el hombre y rechaza insistentemente el Plan de Salvación para la humanidad.

LA FE NO PUEDE CRECER. SI NO CONOCEN A QUIEN LES AMA: A MI HIJO…

18. Pues la predicación de la cruz es una necedad para los que se pierden; mas para los que se salvan – para nosotros – es fuerza de Dios. 1 Corintios 1, 18

LA FE NO PUEDE CRECER,

SI NO CONOCEN CUÁNTO LES AMA MI HIJO,

Lo Misericordioso que es para con el hombre y lo Justo que es,

por lo que cada uno es responsable de sus actos y de cómo ellos afectarán a los que tiene a su alrededor, para bien o para mal.

Los fuertes, firmes y decididos en este instante son los que ocupan los primeros lugares,

porque la Fe debe ser sólida para que ésta no decaiga,

sino sea ese impulsador de sus hermanos para que no se estanquen y el crisol les lleve a padecer más de lo que deben padecer.

21. Porque habrá entonces una gran = tribulación, cual no la hubo = desde el principio del mundo = hasta el presente = ni volverá a haberla.
22. Y si aquellos días no se abreviasen, no se salvaría nadie; pero en atención a los elegidos se abreviarán aquellos días.

7.10.2016

ESTA GENERACIÓN PADECERÁ HASTA EL HARTAZGO

EN MANOS DE QUIENES LEVANTAN AL ANTICRISTO

CONTRA EL PUEBLO DE MI HIJO,

como resultado de la larga acción de la masonería, de los illuminati, del comunismo, de la rebeldía, de la falsedad, DE LA FALTA DE FE

y del SATANISMO QUE SE INFILTRÓ EN LA IGLESIA DE MI HIJO,

provocando que los Tentáculos del Mal, accionen despiadadamente en contra de toda la Humanidad.

11.10.2016

Son el Pueblo de Mi Hijo.

Y no les desampararé. Cuanto más cruento sea el instante, mayor será Mi Protección sobre ustedes.

NO TEMAN HIJOS, EL AMOR DIVINO ATENÚA LOS INSTANTES DIFÍCILES

Y LES PROVEE DE FUERZA ESPIRITUAL

COMO NUNCA ANTES HA SIDO PROVISTO EL PUEBLO DE DIOS.

NO TEMAN, ESTA MADRE LES AMA.

LES LLAMO A ADENTRARSE EN EL SAGRADO CORAZÓN DE MI HIJO

Y EN MI CORAZÓN INMACULADO.

Sean perseverantes, no decaigan en la Fe, mantengan la confianza en Mi Hijo. Les bendigo.

30.07.2017

MI HIJO ACORTARÁ LOS DÍAS

EN ESTE INSTANTE DE CRISIS ESPIRITUAL,

DE CRISIS DE REBELIÓN,
DE CRISIS DE FALTA DE FE 

DEBIDO A LA ENTREGA DE LA HUMANIDAD,

A TODO LO QUE PROVIENE DEL DEMONIO.

Mientras más avanzados en ciencias ocultas, MÁS TINIEBLAS nos oscurecen y más satanizados nos encontramos…

5.09.2017

NO SERÁN CREATURAS FORTALECIDAS EN LA FE

SI PRIMERO NO CRECEN INTERIORMENTE.

21.05.2018

YO LES MIRO DISTRAÍDOS POR LAS NECEDADES HUMANAS

Y POR LA INCREDULIDAD EN QUE VIVEN.

LA FALTA DE FE CRECE A CADA INSTANTE,

EN EL PUEBLO DE MI HIJO,

que se encuentra confundido ante las incongruencias en el obrar y actuar de algunos de Mis hijos predilectos que no dan testimonio del Amor Divino.

Esto se ha incrementado ante la falta de oración en las casas de formación.

La Humanidad es cambiante, por eso la Fe es tambaleante

y el hombre deja traslucir esa falta de firmeza espiritual que les lleva a una falta de firmeza en el ejercicio constante de su vida.

20.09.2018

Como Madre les llamo a orar con el corazón…

Y transformarse voluntariamente en hijos verdaderos de Mi Hijo en este instante en que un gran número de sus hermanos se encuentran apostatando de la fe.  

EN LA BATALLA ESPIRITUAL ENTRE EL BIEN Y EL MAL,

algunos de mis hijos no son constantes en el actuar y obrar dentro del bien,

UNOS SE VUELVEN TIBIOS POR FALTA DE ENTREGA,

OTROS SE LANZAN EN MANOS DEL DEMONIO

QUE LES INJERTA LA DEPRAVACIÓN, LA FALTA DE FE Y EL LIBERTINAJE.

Amados hijos de Mi Corazón Inmaculado: el Pueblo de Mi Hijo debe emanar fraternidad hacia sus semejantes, amor hacia la Trinidad Sacrosanta,  deben ser cumplidores de la Ley de Dios

AYUNO Y ORACIÓN, desatan totalmente el Poder de Dios..

Y AFIANZAR LA FE EN EL PODER DIVINO,

EN LA OMNIPOTENCIA DIVINA,

EN LA OMNIPRESENCIA DIVINA

en instantes en que el Pueblo de Mi Hijo, del cual soy Madre, se encuentra siendo zarandeado por las Tinieblas que permanecían ocultas dentro de la Iglesia de Mi Hijo.

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