36 EL RESCATE DEL BAUTISTA


Hago un llamado URGENTE a todo el mundo católico para que el próximo DOMINGO 9 de Agosto se lleve a cabo una jornada de ayuno y oración a nivel mundial con el rezo del rosario de mi Preciosísima Sangre y con el rezo del Exorcismo de San Miguel, de 12:00 am a 6:00 pm, pidiéndole al Padre Celestial por la protección de mis Templos, Santuarios y Lugares Santos, que están siendo destruidos y profanados por las fuerzas del Mal en este mundo.

36 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Al día siguiente en el vado del Jordán, el camino verde que sigue paralelo al río, está lleno por viajeros que buscan la sombra de los árboles que lo bordean.

Hileras de borriquillos van y vienen junto con los hombres.

En el margen del río están tres hombres que pastorean algunas ovejas.

En el camino, José que está esperando, mira a un lado y a otro, buscando a alguien.

A lo lejos, en el entronque con otra vía, se ve aparecer a Jesús con los tres discípulos.

José llama a los pastores.

Éstos mueven el pequeño rebaño, haciéndolas avanzar por el prado.

Rápidamente se dirigen al encuentro con Jesús.

–       Yo casi no me atrevo… ¿Con qué palabras lo voy a saludar? 

José les dice:

–      ¡Oh, es muy bueno! Dile: “La paz sea contigo”. El saluda siempre así.

–      Él sí…

–     Pero nosotros…

José trata de animarlos:

–      ¿Y yo quién soy? No soy ni siquiera uno de sus primeros adoradores y me quiere mucho… muchísimo.

El pastor Juan pregunta:

–      ¿Quién es?

José lo señala diciendo:

–      Aquél más alto y rubio. 

Simeón dice:

–      ¿Le hablamos del Bautista, Matías?

–      ¡Sí!

–      ¿No pensará que lo hemos preferido antes que a Él?

Matías contesta:

–       No, hombre, Simeón. Si es el Mesías, ve dentro de los corazones y en el nuestro verá que en el Bautista seguíamos buscándolo a Él.

–      Tienes razón.

Los dos grupos están ya a pocos metros el uno del otro.

Ya sonríe Jesús, con esa sonrisa suya indescriptible.

 José acelera el paso.

Las ovejas, trotan azuzadas por los pastores.

Jesús levanta los brazos como para abrazarlos,

Y saludando:

–     La paz sea con vosotros. ¡Paz a ti Simeón, Juan y Matías, mis fieles y fieles de Juan el Profeta!

Y besándolo en la mejilla, especifica:

–     Paz a ti, José.

Los otros tres lo adoran primero postrados, besando la orla de su túnica y luego de rodillas.

Jesús los invita:

–     Venid amigos. Vamos junto a las aguas del río y bajo aquellos árboles. Allí hablaremos.

Todos bajan hasta el sitio señalado por Jesús, que se sienta en una gran raíz que está sobre la tierra.

Los otros se sientan en el pasto, a su alrededor.

Jesús sonríe lleno de felicidad, los mira con atención y dice:

–     Permitidme que conozca vuestros rostros. Ya conozco los corazones; son de hombres justos que van tras el bien y aman despreciando las utilidades del mundo.

Os traigo saludos de Isaac, Elías y Leví. También el saludo de mi Madre. ¿Tenéis noticias del Bautista?

Matías contesta:

–      Todavía está en prisión.

Nuestro corazón tiembla por él; porque está en manos de un cruel al que domina una criatura del infierno y al que rodea una corte corrompida.

Nosotros lo amamos. Tú sabes que lo amamos y que él merece nuestro amor. Después de que dejaste Belén, fuimos perseguidos.

Pero más que el odio; sentimos el vernos solos, abatidos como plantas que el ventarrón haya tronchado; porque te habíamos perdido.

Luego, después de años de dolor; sentimos que el Bautista era el hombre de Dios que se predijo que prepararía los senderos de su Mesías.

José nos ha dicho que fuiste donde el Bautista. Nosotros no estábamos allí ese día; quizás habíamos ido por él, a alguna parte.

Le servíamos con mucho amor en los servicios de alma que él nos pedía, como con amor lo escuchábamos, aunque fuera muy severo, porque no eras Tú-Verbo; pero decía siempre palabras de Dios. 

Y fuimos a él, porque pensamos que al hacerlo, te encontraríamos a Ti. Porque era a Ti Señor, a quién buscábamos.

–      Lo sé. Me habéis encontrado. Estoy con vosotros. 

Y señalando a Juan, les pregunta:

–      ¿Conocéis a éste?

–      Lo veíamos con los otros galileos, entre las gentes más fieles del Bautista.

Juan lo señaló varias veces diciéndonos: ‘Ved. Yo el primero; él el último. Después él será el primero y yo el último’ Jamás entendimos lo que quiso decir.

Jesús voltea hacia donde está Juan; lo atrae hacia su pecho con una sonrisa más resplandeciente todavía,

Y dice:

–      El Bautista quería decir, que él era el primero en decir: ‘He aquí al Cordero de Dios’

Y que éste será el último de los amigos del Hijo del Hombre, que hablará a las multitudes del Cordero.

Pero que en el corazón del Cordero, éste es el primero, porque ama al Cordero más que todos. Esto es lo que quería decir el Bautista.

Cuando lo veáis; porque lo volveréis a ver y lo serviréis hasta la hora que ya está determinada; decidle que él no es el último en el corazón del Mesías.

No tanto por ser pariente, sino por su santidad; Yo le amo igual que a estos.

Acordaos de ello, si la humildad del santo se proclama ser el último. La Palabra de Dios lo proclama compañero de su discípulo a quien más ama.

Decidle que amo a éste, porque lleva su nombre y porque encuentro en él su marca. Pues su corazón fue preparado para recibir al Mesías.

–       Lo diremos. Herodes no se atreve a matarlo por miedo al pueblo.

Y en esa corte de avaricia y corrupción, sería fácil librarlo si tuviéramos el suficiente dinero. En realidad, una fortuna. 

Todos los amigos han cooperado, pero todavía nos falta mucho.

Tenemos mucho miedo de que se nos acabe el tiempo y por no reunir lo necesario, que lo maten.

–     ¿Cuánto es lo que os hace falta para el rescate?

–     No para el rescate, Señor. Herodías lo odia y no quiere ni verlo. Y ella es la dueña de Herodes.

Es imposible un rescate. Pero en Maqueronte se han juntado todos los codiciosos del reino. Lo único que les importa es gozar y sobresalir; desde los ministros, hasta los criados.

Y para hacer esto se necesita mucho dinero. Hemos encontrado quien, por una considerable cantidad de dinero, dejaría salir al Bautista.

Esto, también Herodes lo desea; porque tiene miedo, no por otra razón. Miedo al pueblo y miedo a la mujer.

Si conseguimos liberarlo; podrá fingir que él no lo hizo. Así contentará al pueblo y la mujer no podrá acusarlo de nada.

–     ¿Cuánto quiere esa persona?

–     Veinte talentos de plata. Tenemos solo doce y medio.

Jesús se vuelve hacia Judas y le dice:

–     Judas, tú dijiste que esas joyas son muy valiosas.Judas contesta contundente:

–      Hermosas y preciosas.

–      Me parece que tú eres experto en estas cosas. ¿Cuánto crees que valen?

–      Sí lo soy. ¿Acaso quieres venderlas?

–      Tal vez. Dime, ¿Cuánto pueden valer?

–      Si se venden bien, por lo menos ocho talentos.

–     ¿Estás seguro?

–      Sí, Maestro. Tan solo las tiaras y las gargantillas son gruesas y pesadas.

Y están llenas de rubíes, zafiros, esmeraldas y amatistas.

Es oro purísimo. Por lo menos valen cinco talentos.

Los he revisado bien. Al igual que los brazaletes.

No puedo comprender como las frágiles muñecas de Aglae, los han podido llevar.

–      Eran sus cadenas, Judas.

–      Es verdad, Maestro. ¡Pero a muchos les encantarían semejantes grilletes!

–     ¿Lo crees?… ¿A quiénes?

Judas contesta evasivo:

–     ¡Oh! ¡A muchos!

–     Sí. A muchos que tan sólo son hombres, porque así se les llama. ¿Conoces a algún posible comprador?

–     ¿Quieres venderlas? Y ¿Por el Bautista? Pero, ¡Es oro maldito!

–      ¡Oh, incomprensión humana! Acabas de decir con un deseo patente, que a muchos les gustaría ese oro. ¿Y ahora dices que está maldito? ¡Ay Judas! ¡Judas!…  

Es maldito. ¡Sí!…

Es maldito, pero ella dijo: ‘Se santificará si sirve al que es pobre y santo’

Y lo dio con el fin de que el que fuere beneficiado, ruegue por su pobre alma; que como embrión de futura mariposa, crece en la semilla del corazón.

¿Quién más santo y pobre que el Bautista? Él es igual que Elías por su misión; pero superior a éste en santidad. Es más pobre que Yo.

Yo tengo una Madre y una casa. Cuando se tienen estas cosas, puras y santas como las tengo, jamás puede uno decir que está abandonado.

Él ya no tiene casa. Ni siquiera le ha quedado el sepulcro de su madre. La perversidad humana, todo lo ha destruido y profanado.

Así que dime, ¿Quién sería el comprador?

–     Hay uno en Jericó y muchos en Jerusalén.

¡Pero éste de Jericó!, es un astuto orfebre oriental. Usurero; contrabandista; mercader en amores; ladrón ciertamente… y tal vez homicida.

Y seguramente también es un perseguido de Roma. Quiere que se le llame Isaac, para que lo tomen por hebreo. Más su nombre verdadero es Diomedes. Lo conozco bien…

Simón Zelote, que habla poco, pero substancioso y que todo lo observa.

Lo interrumpe:

–     ¡Lo comprendemos! ¿Cómo hiciste para llegar a conocerlo tan bien?      

Judas  balbucea:

–      Bueno. Sabes. Para agradar a los amigos poderosos, he ido a su casa. Hemos tenido tratos. Para los del Templo. ¿Sabes?…

–       Ya caigo. Toda clase de servicios. – Concluye Simón con un tono helado y lleno de ironía.

Judas se enciende, pero calla…

Jesús interroga:

–      ¿Podrá comprarlas?

–       Pienso que sí. Jamás le falta el dinero.

Ciertamente es necesario saber vender; porque el griego es astuto. Y si ve que se las tiene que arreglar con un hombre honrado… un pichón de nido. Lo despluma a su gusto.

Pero si se trata de un buitre como él…

Zelote concluye:

–     Ve, Judas. Eres el tipo ideal para esto. Tienes la astucia de la zorra y la rapacidad del buitre. Perdón, Maestro. Hablé antes que Tú.

Jesús dice:

–      Pienso como tú. Y le pido a Judas que vaya.

Se vuelve hacia su predilecto y le dice:

–      Juan, vete con él. Nos reuniremos cuando baje el sol; en la plaza que está cerca del mercado.

Mirando a Judas, agrega:

–      Ve y has lo mejor que puedas.

Inmediatamente Judas se levanta.

Juan tiene la mirada del perro que implora, porque se le ha arrojado fuera.

Sin embargo,  Jesús ignora esa mirada suplicante y se vuelve hacia los pastores:

El apóstol más joven también se levanta y sigue a Judas. 

Jesús dice a los pastores:

–       Quiero alegraros.

Juan, el pastor contesta:

–      Siempre lo harás, Maestro. El Altísimo te bendiga por nosotros. ¿Ese hombre es tu amigo?

–      Sí. ¿No te parece que lo sea?

El hombre baja la cabeza y guarda silencio.

Simón dice:

–     Sólo quién es bueno, sabe ver.

Yo no soy bueno y no veo lo que la bondad ve. Veo lo externo. El bueno baja hasta el interior. También tú Juan ves como yo. Pero el Maestro es bueno y… ve…

Jesús pregunta:

–     ¿Qué ves en Judas, Simón? Te ordeno que hables.

Simón respira profundo y luego dice

–     Pues… al mirarlo pienso en ciertos lugares misteriosos que parecen cuevas de fieras y aguas estancadas y envenenadas.

Se vislumbra apenas algo que no está bien. Y al punto se retira uno lleno de miedo.

Por el contrario, por detrás hay tórtolas y ruiseñores y suelo abundante en aguas buenas y rico en hierbas salutíferas.

Quiero pensar que Judas es así. Lo creo, porque lo tienes contigo. Tú, que conoces…

–     Sí. Yo lo conozco. Hay muchos pliegues en el corazón de ese hombre.

Pero no le faltan los lados buenos. Lo viste en Belén y en Keriot.

Este lado bueno, completamente humano, hay que elevarlo a una bondad espiritual.

Entonces Judas será como tú quisieras que fuera. Es joven…

–      También Juan es joven, tiene sólo diecisiete años…  

Jesús lo mira con la vista espiritual que lee los pensamientos y los corazones:

–     Y tú concluyes en tu corazón: “y es mejor”.

¡Pero, Juan es Juan! Simón. Ama a ese pobrecito de Judas… Te lo ruego. Si lo amas… te parecerá más bueno.

–     Me esfuerzo en hacerlo, por Ti. Pero es él; el que rompe mis esfuerzos como si fueran cañas de río.

Maestro, yo tengo solo una ley: hacer lo que Tú quieras. Por esta razón amo a Judas; no obstante existe algo dentro de mí que me previene contra él.

–    ¿Qué cosa es, Simón?

–    Nada en concreto.

Algo así como el grito del soldado que está de guardia durante la noche y me dice: ‘¡Alerta! ¡No te duermas! ¡Mira!… ¡No sé!… no tiene nombre esta cosa. Pero, es contra él…

–    No pienses más en esto, Simón. Ni te esfuerces en definirla.

Hace daño conocer ciertas verdades. Y te podrías equivocar al conocerlas. Déjasela a tu Maestro. Dame tu amor y piensa en lo que me hace feliz.

Pasan las horas y por la tarde en la plaza,

Simón grita:

–    ¡Maestro! Ya viene Judas.

Jesús voltea hacia donde indicara su apóstol y puede constatar que Judas viene triunfante.

Juan sonríe a Jesús… Pero no parece muy feliz.  

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