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61.- DOLOR DE UNA EMPERATRIZ


A la mañana siguiente, descansado y perfectamente arreglado. Elegante como siempre, Marco Aurelio regresó a la prisión.

Pero allí le aguarda un suceso inesperado.

Por lo general todos los guardias pretorianos que por turno custodian la cárcel Mamertina, lo conocen y lo dejan pasar sin oponerle el menor obstáculo.

Pero esta vez los soldados no le permitieron pasar.

Un centurión se acercó y le dijo:

–           Perdona, noble tribuno. Hoy tenemos la orden de no dejar entrar a nadie.

Marco Aurelio palideció y repitió:

–           ¿Una orden?

El soldado le miró con expresión compasiva y contestó:

–           Sí, señor. Una orden del César. En la prisión hay muchos enfermos y hay temor de que los visitantes puedan difundir el contagio por toda la ciudad.

–           ¿Dices que la orden es solo por el día de hoy?

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–           La guardia se releva al mediodía.

Marco Aurelio permaneció silencioso, con una gran opresión en el corazón.

El soldado se le acercó más y le dijo en voz baja:

–           Vuelve tranquilo señor. El guardián y Bernabé cuidan de ella.

Y al decir esto se inclinó y en un parpadeo trazó con su espada un pescado sobre las baldosas del pavimento…

Marco Aurelio le dirigió una mirada rápida y le dijo:

–           ¿Y tú eres pretoriano y cristiano?

El militar contestó señalando la prisión:

–           Sí. Me llamo Fabián, hasta que me llegue el turno de entrar allí.

–           Yo también adoro a Cristo.

–           ¡Alabado sea su Nombre! Lo sé señor. Pero no puedo dejarte entrar a la prisión. Escribe una carta y se la entregaré al guardián.

–           Gracias hermano mío. Que la Paz esté contigo.

Y estrechó la mano del soldado y se alejó de allí.

La opresión en su corazón desapareció.

El sol ya está en lo alto iluminando los muros de la cárcel y Marco Aurelio sintió su calor como una caricia que le traspasa hasta el alma y envuelve su corazón con un nuevo consuelo.

Aquel soldado cristiano fue para él otro testimonio viviente del Poder de Cristo.

Se detuvo y miró hacia el cielo.

Vio las nubes rosadas sobre el Capitolio y el Templo de Júpiter Stator.

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Y dijo:

–           ¡Oh, Señor Jesús! ¡Hoy no la he visto, pero creo en tu Misericordia y en tu Amor!

En la casa encontró a Petronio, que después de que llegó ya había tomado su baño, se había ungido el cuerpo y se disponía a descansar.

Pero al ver a su sobrino tan elegante y bien dispuesto, con el rostro apacible y tan tranquilo como si ya hubiera pasado la tempestad…

Se quedó asombrado y confundido.

Y por primera vez no pudo aparentar su acostumbrada indiferencia…

Frunciendo el entrecejo preguntó:

–           ¿Ha pasado algo que yo no sepa? ¿Por qué te veo así?… -y Petronio movió las manos como si no comprendiera.

Marco Aurelio lo mira confuso y pregunta:

–           Así ¿Cómo?… ¿Qué tratas de decir?

–           No sé. ¡Tan cambiado! Casi pareces el mismo de antes… ¡No! Mejor que antes.

¿Qué tienes? Hay algo en ti… Lo percibo, pero no lo entiendo.

–           ¡Ah! ¡Ya sé!…

Y  Marco Aurelio comenzó a relatarle todo lo acontecido en los últimos días:

Su visita al Tullianum, su encuentro con Cástulo, con Fabián y lo que le sucedió al recibir la Primera Comunión.

Luego concluyó emocionado:

–           ¡Te imaginas! ¡Tener a Dios dentro de mí! Siento una Paz tan grande. ¡Es una experiencia maravillosa!

Se me quitó la desesperación y la tristeza. El Dolor casi desapareció y es como si lo tuviese anestesiado. Y luego, tengo en todo mi ser una felicidad tan plena, que es como si me hubiera embriagado…

Pero ésta es una embriaguez que no quiero que me deje nunca.

Estoy lleno de la Paz de Dios y me siento muy tranquilo. Eso es todo. Y NO…

De todo lo demás, nada ha cambiado. La situación sigue exactamente igual.

Petronio lo mira perplejo. Apenas puede creer lo que oye…

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Marco Aurelio lo mira sonriente y concluye:

–           He decidido que no les vamos a dar el gusto de regodearse con nuestra derrota ¿Qué te parece?

Después de una larga pausa, Petronio confirma:

–           ¡Me parece estupendo! – Está muy contento, a la vez atónito y desconcertado por completo…

Pero haciendo a un lado estas emociones, dice al tribuno:

–           Tengo noticias que darte. Estuve hoy en casa de Aminio Rebio a quién el César también fue a visitar. No sé por qué se le ocurrió a la Augusta llevar consigo al pequeño Rufio Crispino, hijo de su matrimonio anterior.

Tal vez esperaba que el corazón del César se ablandara ante la infantil hermosura del niño. Desgraciadamente éste venía cansado y se quedó dormido, como le sucedió una vez a Vespasiano, durante la declamación que hacía César.

Viendo esto, Enobarbo se enojó y le arrojó una copa de oro a la cabeza de su hijastro, hiriéndolo gravemente…

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Popea se desmayó y todos pudimos oír a Nerón cuando dijo:

–         ‘¡Estoy harto ya de esa ralea!’… y eso, bien lo sabes tú, equivale a una sentencia de muerte.

Marco Aurelio declaró:

–           El castigo de Dios pende sobre la cabeza de la Augusta… ¿Por qué me cuentas esto?

–           Te lo cuento porque la cólera de Popea os ha perseguido a ti y a Alexandra. Ocupada ahora en su propia desventura, puede que abandone la idea de su venganza y sea más fácil influir en su ánimo.

La voy a ver esta tarde y hablaré con ella.

–           Gracias. Esta sí es una excelente noticia. ¿Pero que no ha sido anunciado para hoy la Inauguración de los Ludus Matutinus?

–           Sí. Pero Nerón lo pospuso para dentro de diez días… Y mientras más tiempo tengamos disponible, mejor. No se ha perdido todo aún.

Pero el mismo Petronio no cree en lo que está diciendo porque sabe perfectamente que después de la rebuscada respuesta con la que el César contestó a la petición de Alituro, en la cual se comparó con Bruto, ya no puede haber salvación para Alexandra.

orgiaTambién se reservó por compasión a Marco Aurelio, lo que oyó decir en casa de Aminio Rebio:

Que el César y Tigelino decidieron elegir para ellos y para sus amigos, a las más lindas doncellas y hermosos jóvenes cristianos, para profanarlos antes de la tortura…

En cuanto a los demás, serán entregados el día del espectáculo a los pretorianos y a los guardianes de las fieras.

Está convencido de que su sobrino no sobrevivirá a su esposa y desea endulzarle estos últimos días con todas las esperanzas y alegrías que le sea posible proporcionarle…

Y por eso agregó:

–           Hoy le diré a la Augusta: ‘Salva a Alexandra para Marco Aurelio y yo salvaré para ti, a Rufio’ y me propongo meditar seriamente como hacerlo.

Este asunto es muy delicado. Una sola palabra dicha a Enobarbo en el momento oportuno, puede salvar o perder a una persona.

En el peor de los casos ganaremos tiempo…

Marco Aurelio dijo abrazándolo:

–           Gracias. Te amo, tío. Estoy pidiéndole a Dios por ti.

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Petronio se emocionó y dijo un poco precipitado:

–           Sería mejor me demostraras tu agradecimiento, comiendo y durmiendo bien. ¡Por Zeus!

Ni en sus mayores tribulaciones, descuidó jamás Odiseo el alimento y el descanso. Me imagino que habrás pasado en la cárcel la noche entera.

–           Pues fíjate que no. Ya te dije que ayer me vine, dormí y descansé y… Bueno, cené un poco.-dice Marco Aurelio como un niño cogido en falta.

Y sonriendo con cariño agregó:

–          Pero te prometo que haré todo eso que deseas.

Petronio levantó un dedo y dijo:

–           Me encargaré de que Aurora haga que te alimentes como es debido.

Y se despidieron.

Petronio se fue a dormir y Marco Aurelio se fue a la biblioteca a escribir la carta para Alexandra.

Cuando la terminó la llevó al centurión Marcelo, que se la dio inmediatamente al guardia.

Al poco rato, el soldado regresó trayendo un saludo de Alexandra y la promesa de responderle un poco más tarde.

El tribuno decidió dar un paseo y luego regresar por la contestación de su esposa.

Está el sol ya muy alto y mucha gente afluye al Forum.

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Cuando Marco Aurelio va de regreso a la prisión ve una lujosa litera que va abriéndose paso y pasa junto a él.

Dentro de ella, vestido elegantemente de blanco, va un augustano cuyo rostro está oculto por un rollo de papiro que va leyendo con mucha atención.

Un apretado grupo de gente estorba el paso de la litera, el hombre hace a un lado el rollo de papiro…

Y asomando la cabeza grita:

–           ¡Dispersad esa plebe! ¡Pronto!

Al hacer esto, ha quedado frente a Marco Aurelio…

Y al reparar en ello, tomó bruscamente el rollo de papiro y volvió a cubrirse el rostro.

El tribuno se lleva la mano a la frente creyendo que sufre una alucinación, porque el ‘augustano’ es nada más y nada menos que Prócoro Quironio en persona.

A Marco Aurelio se le aclararon muchas cosas en un instante y se acercó a la litera de Prócoro saludándolo, con una mirada penetrante.

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El griego contestó con altivez y dándose mucha importancia.

–           Joven, te saludo pero no me detengas, porque me urge llegar a casa de mi amigo, el noble Tigelino.

Marco Aurelio, aferrándose a uno de los bordes de la litera y mirándolo fijamente…

Le dijo con voz reprimida:

–           ¿Por qué traicionaste a Alexandra?

Prócoro exclamó temblando de terror:

–           ¡Oh, grandioso Apolo!

Pero en los ojos de Marco Aurelio no hay nada amenazante. Y recuperándose rápidamente, recuerda que ahora es un hombre rico e influyente.

Y vuelve a hablar con arrogancia:

-¡Tú ordenaste que me mataran y que me enterraran en el jardín! ¿Ya se te olvidó?

Siguió un profundo silencio.

Y luego dijo Marco Aurelio con voz ronca:

–           Es verdad que te ofendí, Prócoro.marco aurelio

La humildad del tribuno encrespa la soberbia del griego.

Este se irguió y castañeteando los dedos, lo que en Roma es una demostración de burla y desprecio, contestó con una voz tan fuerte…

Para que todos pudieran oírle a su alrededor:

–           Amigo, si tienes alguna petición que presentarme ven a mi casa del Esquilino por la mañana, a la hora en que recibo a mis clientes después del baño.

Mientras tanto los corredores han abierto paso a los portadores y están listos para proseguir la marcha.

Prócoro hizo una señal con la mano y la litera continuó rápida su camino detrás de los corredores que gritan:

–           ¡Abrid paso a la litera del noble augustano Prócoro Quironio! ¡Paso! ¡Paso!

Marco Aurelio regresó con paso lento a la prisión.

Y en una plegaria silenciosa, perdonó a Prócoro y a todos los que lo habían sumido en aquel drama que destroza su corazón…

Luego imploró la misericordia para todos…

Y finalizó:

–           ¡Dios mío, ayúdame!…

Marcelo le entregó la carta de Alexandra.

Marco Aurelio la apretó contra su pecho y se fue a casa de Petronio, para leerla con más calma.

Y cuando llegó, desenrolló el largo papiro.

Su esposa, en aquella carta escrita apresuradamente, se despide de él para siempre.

Sabe que ya a nadie le está permitida la entrada a la prisión y que solo podrá ver al joven tribuno desde la arena.

Le suplica que cuando sea llevada de la prisión Mamertina al circo, asista al espectáculo; pues desea verle por última vez en la vida, antes de partir para el Cielo.

En su carta no hay el más leve indicio de temor.

Al contrario, lo exhorta a que sea valiente y que no olvide que después de Cristo, ella lo adora con todo su ser.

Dice que tanto ella como sus compañeros de cárcel, ansían el momento de estar en la arena, para librar el combate final y en donde hallarán para siempre la libertad…

La verdadera libertad de las tribulaciones de esta vida…

Que no olvide que ella le ama. Que le ama tanto como él  ni siquiera puede imaginarse…

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Que recuerde las enseñanzas de Cristo y así podrá alegrarse con ella en su martirio.

Cada una de sus palabras demuestra un estado de euforia espiritual y sobre todo un desprendimiento total de todo lo que hay en la vida terrenal y que él mismo ya había advertido en todos los presos que están en la cárcel Mamertina.

Así como también su Fe imperturbable y su alegría por la esperanza en que todas las promesas de Jesús, se verán cumplidas más allá de la muerte:

“Ya sea que me libere Cristo en esta vida o después de la muerte, Él me unió a ti cuando nos casamos y por lo tanto soy tuya.

Y aunque no hayamos consumado nuestro matrimonio, somos un solo cuerpo, así como ya somos una sola alma.

 Porque sé que piensas y sientes lo mismo que yo. Y deseas estar unido a mí, tanto como yo lo deseo amadísimo esposo mío…

Te imploro que no llores por mí. Y no te dejes dominar por el dolor y el sufrimiento.

Tú sabes como hay que entregarlo a Jesús e implorar de la Virgen María, su auxilio y protección.”

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Es muy evidente que para ella la muerte no significa la disolución de su matrimonio.

Con una confianza infantil, asegura a Marco Aurelio, que una vez terminados sus sufrimientos y después de las torturas (No importa cuales sean), en la arena ella entregará su vida por amor a Cristo.

Y que cuando vaya al Cielo, le dirá a Dios que su esposo Marco se quedó en Roma, ansiando unirse también a ella para poder adorarlo juntos, por toda la Eternidad…

Está segura de que el Señor la escuchará y pondrá una solución que los va a hacer muy felices…

Y también le pedirá a Jesús que su alma vuelva a él, aunque solo sea por un instante a decirle que está más viva que nunca…

Con el misterio de la Comunión de los Santos, estará en contacto con él…  

Que todos sus tormentos, sufrimientos y torturas habrán quedado en el olvido, porque ella será verdaderamente dichosa y bienaventurada.

Toda aquella carta respira felicidad y una gran esperanza.

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Solo hay en ella una petición relacionada con asuntos terrenales:

Que si algo queda de su cuerpo, quiere que Marco Aurelio lo recupere del spolarium (lugar donde son depositados los gladiadores muertos) y la sepulte como su esposa, en la tumba donde él mismo reposará algún día…

Marco Aurelio leyó aquella carta con el ánimo acongojado y al mismo tiempo siente dentro de sí, aquella Paz que lo fortalece.

En su corazón comparte la misma esperanza, la Fe y los pensamientos que animan a su esposa.

En la biblioteca, se levanta y deja a un lado sobre la mesa, la carta.

Y se dispone a escribir a su vez, la contestación.

Después de reflexionar un poco, se sienta y escribe a Alexandra que irá diariamente a montar guardia al pie de los muros del Tullianum.

Y pide a la joven que crea que tal vez Jesús aún quiera salvarla para él… Y regresarla a sus brazos aún en el mismo circo, pues él cree que Él, puede realizar ese milagro para los dos…  

Pero cuando Marco Aurelio llegó a la cárcel esa mañana.

Marcelo el centurión abandonó las filas, se le acercó y le dijo:

–           Escúchame señor. Cristo te ama tanto que ha hecho un milagro en tu favor. Anoche el liberto del César y los enviados del Prefecto vinieron a elegir doncellas y jóvenes cristianos a quienes aguarda la deshonra.

Preguntaron por tu esposa. Pero nuestro Señor Jesús le mandó una fiebre, la cual está haciendo mortíferos estragos entre los prisioneros del Tullianum y entonces a ella la dejaron en paz, porque estaba inconsciente…

Y bendito sea el Nombre de Jesucristo, porque la enfermedad que la ha liberado de la vergüenza, puede también salvarla de la muerte en la arena.

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Marco Aurelio tuvo que apoyarse en el hombro del soldado, para no caer desvanecido.

El joven tribuno, permaneció por algún tiempo con la cabeza inclinada…

Luego la levantó y dijo en voz baja:

–           Dices bien, Marcelo. Cristo que la salvó de la deshonra, la salvará también de la muerte.

Gracias hermano mío. Ruega por nosotros y yo rogaré por ti. Que la Paz sea contigo.

Después de despedirse, se sentó luego en un peñasco, al pie de las murallas de la prisión y allí estuvo todo el día.

Al caer la tarde, regresó a la casa de Petronio.

Mientras tanto, Petronio había entrado a su biblioteca…

Leyó la carta de Alexandra que se había quedado sobre la mesa donde él escribe…

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Y después de leerla, estuvo mucho rato pensativo y reflexionando como nunca lo había hecho en su vida…

Luego tomó una resolución y antes de que Marco Aurelio regresara, se fue a visitar a la Augusta.

Encontró a Popea, a la cabecera del lecho del pequeño Rufio.

El niño a consecuencia de la herida en la cabeza, lucha ahora por su vida.

Y su madre, con el corazón amargado por la desesperación y el terror, asiste impotente a sus delirios por la fiebre, pensando al mismo tiempo que si logra salvarlo, ello solo servirá para que enseguida perezca con una muerte más terrible.

Ocupada exclusivamente en su propio dolor, nada quiere oír de los problemas de Marco Aurelio.

Pero Petronio la aterrorizó:

–           Tú has ofendido a una Divinidad nueva y desconocida. Tú Augusta, según parece adoras al Jehová hebreo.

Pero los cristianos afirman que Cristo es Hijo suyo. Reflexiona ahora si no te estará persiguiendo la cólera del Padre.

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¿Quién podrá afirmar que no es la venganza de Éste, la que ha caído sobre ti? Y quién sabe  si la vida de Rufio no depende sino de esto: de la manera en como tú obres.

Popea lo miró espantada y preguntó:

–           ¿Qué me aconsejas?

–           Aplacar a las deidades ofendidas.

–           ¿Y cómo?

–           Alexandra está enferma. Influye tú sobre el César o sobre Tigelino, para que sea entregada a Marco Aurelio.

Popea exclama con acento desesperado:

–           ¿Y piensas que yo pueda hacer eso? Mira lo que me está pasando…

–           Puedes hacer otra cosa entonces. Si Alexandra mejora, su destino es morir en el Circo.

Dirígete al Templo de Vesta y pide a la Virgo Magna, que trate de estar como de manera fortuita cerca del Tullianum, en el momento en que conduzcan a los presos a la muerte y ordene que dejen en libertad a la doncella.

Ella puede hacerlo y la gran vestal no te podrá negar eso.

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–           Pero ¿Y si Alexandra muere de fiebre?

–           Dicen que el Dios de los cristianos es Vengativo pero Justo. Es posible que Tú logres aplacarlo, sólo con el deseo de ir en auxilio de esa joven.

–           Si es así, que me dé una señal indicativa de que Rufio sanará.

Petronio se encogió de hombros y dijo:

–           ¡Oh, divinidad! Yo no he venido a verte como enviado de Él. Me limito a decirte:

Que es preferible que te encuentres en buena armonía con todos los dioses, tanto romanos como extranjeros.

Popea dijo con la voz quebrantada:

–           ¡Está bien! ¡Iré!

Petronio respiró con fuerza y aliviado.

Y pensó:

–           ¡Al fin he podido hacer algo!

Al regresar a su casa recordó el enojo y la frustración tanto del César como de Tigelino, por no haber podido apoderarse de Alexandra, por la fiebre que la consumía…

Y después de ver a su sobrino le dijo:

–           Ruega a tu Dios que no muera Alexandra de la fiebre que le aqueja. Porque si ella se salva, la gran vestal ordenará su liberación. La Augusta en persona le pedirá que lo haga.

Pero Marco Aurelio objetó:

–           Si ella no lo hace, Cristo la salvará.- convencido por la Fe y la esperanza.

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Mientras tanto Popea, que por la salud de su hijo está dispuesta a ofrecer hecatombes a todos los dioses del Universo, se dirigió esa misma noche a través del Forum hasta el Templo de Vesta.

Dejando encargado a su niño a su fiel nodriza Amelia, quién también ha sido su propia nana.

Pero es demasiado tarde, porque en el Palatino ya ha sido decretada la sentencia de muerte contra el niño.

Así pues, apenas la litera de Popea desapareció a través de la Gran Puerta, entraron dos libertos del César al aposento del pequeño Rufio.

Uno de ellos se arrojó sobre Amelia y la amordazó.

El otro se apoderó de una estatuilla de bronce y mató de un solo golpe en la cabeza a la pobre mujer.

Luego, los dos se acercaron a Rufio.

El pequeño, atormentado por la fiebre y sin darse cuenta de lo que ocurre a su alrededor, sonrió a los hombres…

Éstos le quitaron a la nodriza el cinturón y poniéndolo alrededor del cuello del inocente niño, lo estrangularon.

Éste, apenas pudo llamar una sola vez a su madre…Y murió.

Lo envolvieron en una sábana y montando en los caballos que los estaban esperando, se dirigieron con el cadáver hasta el puerto de Ostia, donde lo arrojaron al mar.

Popea no encontró a la Virgo Magna y regresó al Palatino.

Y al encontrar vacío el lecho de su hijo y rígido el cadáver de Amelia, se desmayó.

Cuando recuperó el conocimiento empezó a gritar y sus desesperados alaridos se oyeron toda la noche…

Pero el César le ordenó que asistiera a una fiesta que iba a dar ese día.

Y de esta manera, Popea debió ataviarse con su túnica de color amatista y acudir al banquete con una sonrisa que enmascara su inmenso dolor.

Es una estatua regia. Hermosa como una diosa.

Coronada en sus áureos cabellos, anonadada y muda, como el ángel de la muerte…

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONÓCELA

24.- EXPULSADO DEL TEMPLO


En el interior del Templo. Jesús está con los suyos, muy cerca del Lugar Santo, a donde sólo pueden entrar los sacerdotes. Es un hermoso Patio, en donde oran los israelitas y donde solo los hombres pueden entrar. Es la hora temprana de un día nublado de Noviembre, en una tarde que desciende.

Un vocerío en que se oye la voz estentórea y preocupada de un hombre que en latín dice blasfemias, se mezcla con las altas y chillonas de los hebreos. Es como la confusión de una lucha.

Se oye una voz femenina que grita:

–                 ¡Oh! ¡Dejadlo que pase! ¡Él dice que lo salvará!

El recogimiento del suntuoso Santuario, se interrumpe. Hacia el lugar de donde provienen los gritos, muchas cabezas se vuelven.  Y también Judas de Keriot que está con los discípulos, la vuelve.

Como es muy alto; ve y dice:

–                 ¡Es un soldado romano que lucha por entrar! ¡Está violando el lugar sagrado! ¡Horror!

Y muchos le hacen eco.

El romano grita:

–                 ¡Dejadme pasar, perros judíos! Aquí está Jesús. ¡Lo sé! ¡Lo quiero a Él! ¡No sé qué hacer con vuestras estúpidas piedras! El niño está muriendo y Él lo salvará. ¡Apartaos, bestias hipócritas! ¡Hienas!

Jesús, tan pronto como comprende que lo buscan a Él; al punto se dirige al Pórtico bajo el cual se oye la confusión.

Cuando llega a él, grita:

–                 ¡Paz y respeto al lugar y a la hora de la Oferta!

El soldado contesta:

–                 ¡Oh! ¡Jesús, salve! Soy Alejandro. ¡Largo de aquí perros!

Y Jesús, con voz tranquila dice:

–                 Haceos a un lado. Llevaré a otra parte al pagano que no sabe lo que significa para nosotros este lugar.

El círculo se abre y Jesús llega a donde está el soldado que tiene la coraza ensangrentada.

Jesús, al verlo le dice:

–                 ¿Estás herido? Ven. Aquí no podemos estar.

Y lo conduce a través de los pórticos, hasta el Patio de los Gentiles. 

Alejandro le explica:

–                 Yo no estoy herido. Es un niño… mi caballo cerca de la Torre Antonia, no obedeció el freno y lo atropelló. Le abrió la cabeza de una patada. Prócoro, nuestro médico dijo: ‘No hay nada que hacer’. Yo no tengo la culpa. Pero me sucedió a mí y su madre está desesperada… Como te vi pasar y sabía que venías aquí… pensé…’Prócoro no puede. Pero Él, sí’ y le dije: ‘Vamos mujer. Jesús lo curará.’ Pero me detuvieron estos locos. Y tal vez el niño ya está muerto.

Jesús pregunta:

–                 ¿Dónde está?

–                 Debajo de aquel pórtico. En los brazos de su madre.

–                 Vamos.

Y Jesús casi corre, seguido por los suyos y por la gente curiosa. En las gradas que dividen el pórtico; apoyada en una columna está una mujer deshecha, que llora por su hijo que está boqueando. El niño tiene el color ceniciento. Los labios morados, semiabiertos, cosa característica en los que han recibido un golpe en el cerebro. Tiene una venda en la cabeza. Sangre por la nuca y por la frente.

Alejandro advierte:

–                 La cabeza está abierta por delante y por detrás. Se ve el cerebro. A esta edad es tierno y el caballo, además de fuerte; tiene herraduras nuevas.

Jesús está cerca de la mujer que no dice una palabra; aturdida por el dolor, ante su hijo que está agonizando. Le pone la mano sobre la cabeza y le dice con infinita dulzura:

–                 No llores, mujer. Ten fe. Dame a tu hijo.

La mujer  mira atontada, la multitud maldice a los romanos y compadece al niño y a la madre.

Alejandro se encuentra atrapado entre la ira por las acusaciones injustas, la piedad y la esperanza.

Jesús se sienta junto a la mujer que es obvio que no reacciona. Se inclina, toma entre sus manos la cabeza herida. Se inclina sobre la carita color de cera. Le da respiración de boca a boca. Pasa un momento…

Después se ve una sonrisa, que se percibe entre los cabellos que le han caído por delante. Se endereza. El niño abre los ojitos e intenta sentarse.

La madre teme, pensando que sea el último estertor y grita aterrorizada, estrechándolo contra su corazón.

Jesús le indica:

–                 Déjalo que camine, mujer. –extiende sus brazos con una sonrisa e invita- Niño, ven a Mí.

El niño, sin miedo alguno, se arroja en ellos y llora, no como si algo le doliera; sino por el miedo al recuerdo de algo acaecido.

Jesús le asegura:

–           Ya no está el caballo. No está. ¿Ves? Ya pasó todo. ¿Todavía te duele aquí?

El niño se abraza a Él y grita:

–                 ¡No! ¡Pero tengo miedo! ¡Tengo miedo!

Jesús dice con calma:

–                 ¿Lo ves, mujer? ¡No es más que miedo! Ya pasará. Traedme agua. La sangre y las vendas lo impresionan. –ordena a su Predilecto-  Juan, dame una manzana. –después de recibirla, agrega- Toma, pequeñuelo. Come. Está sabrosa.

El niño la muerde con deleite.

El soldado Alejandro trae agua en el yelmo y al ver que Jesús trata de quitar la venda… grita:

–                 ¡No! ¡Volverá a sangrar!…

La madre exclama al mismo tiempo:

–                 ¡La cabeza está abierta!

Jesús sonríe y quita la venda. Una, dos, tres; ocho vueltas. Retira los hilos ensangrentados. Desde la mitad de la frente hasta la nuca. En la parte derecha no hay más que un solo coágulo de sangre fresca en la cabellera del niño. Jesús moja una venda y lava.

Alejandro insiste:

–                 Pero debajo está la herida. Si quitas el coágulo; volverá a sangrar.

La madre se tapa los ojos para no ver. Jesús lava, lava y lava. El coágulo se deshace. Ahora aparecen los cabellos limpios. Están húmedos, pero ya no hay herida. También la frente está bien. Tan sólo queda la señal roja de la cicatriz.

La gente grita de admiración. La mujer se atreve a mirar. Y cuando ve… no se detiene más. Se arroja sobre Jesús y lo abraza junto con el niño. Y llora de alegría y de agradecimiento.

Jesús tolera esas expansiones y esas lágrimas.

Alejandro dice:

–                 Te agradezco, Jesús. Me dolía haber matado a un inocente.

Jesús contesta:

–                 Tuviste bondad y confianza. Adiós, Alejandro. Regresa a tu puesto.

Alejandro está para irse; cuando llegan como un ciclón, oficiales del Templo y sacerdotes.

El sacerdote que dirige le dice a Jesús:

–                 El Sumo Sacerdote te intima a Ti y al pagano profanador por nuestro medio, para que pronto salgas del Templo. Habéis turbado la Oferta del Incienso. Éste entró en el lugar de Israel. No es la primera vez que por tu causa hay confusión en el Templo. El Sumo Sacerdote y con él, los ancianos de turno, te ordenan que no vuelvas a poner los pies aquí dentro. ¡Vete! Y quédate con tus paganos.

Alejandro; herido por el desprecio con el que los sacerdotes han dicho: ‘Paganos’, responde:

–                 Nosotros no somos perros. Él dice que hay un solo Dios, Creador de los judíos y de los romanos. Si ésta es su Casa y Él me creó; puedo entrar también yo.

Mientras tanto Jesús ha besado y entregado el niño a su madre. Se pone de pie y dice:

–                 ¡Calla, Alejandro! Yo hablo. –agrega mirando al que lo arroja- Nadie puede prohibir a un fiel. A un verdadero israelita al que de ningún modo se le puede acusar de pecado, de orar junto al Santo.

El sacerdote encargado le increpa:

–                 Pero de explicar en el Templo la Ley, sí. Te has arrogado un derecho y ni siquiera lo has pedido. ¿Quién eres? ¡Quién eres! ¿Quién te conoce? ¿Cómo te atreves a usurpar un nombre y un puesto que no es tuyo?

  ¡Jesús los mira con unos ojos!…

Luego dice:

–                 ¡Judas de Keriot! ¡Ven aquí!

A Judas no parece gustarle que lo llame. Había tratado de eclipsarse en cuanto llegaron los sacerdotes y los oficiales del Templo. Más tiene que obedecer, porque Pedro y Tadeo, lo empujan hacia delante.

Jesús dice:

–                 Responde, Judas. Y vosotros miradlo. ¿Le conocéis?… es del Templo… ¿Le conocéis?

A su pesar, tienen que reconocer que sí.

Jesús mira fijamente a Judas y le dice:

–                 Judas, ¿Qué te pedí que hicieses, cuando hablé aquí por primera vez? Y di también de qué te extrañaste y qué cosa dije al ver tu admiración. Habla y sé franco.

Judas está como cortado y habla con timidez:

–                 Me dijo: ‘Llama al oficial de turno para que pueda pedirle permiso de enseñar’ y dio su Nombre y prueba de su personalidad y de su tribu… y me admiré de ello, como de una formalidad inútil, porque se dice el Mesías y Él me dijo: ‘Es necesario. Y cuando llegue mi hora recuerda que no he faltado al respeto al Templo; ni a sus oficiales.’ Ciertamente así dijo. Y debo decirlo por honor a la verdad.

Después de la segunda frase; con uno de esos gestos bruscos tan suyos y desconcertantes; ha tomado confianza y la última frase la dice con cierta arrogancia.

Un sacerdote le reprocha:

–                 Me causa admiración que lo defiendas. Has traicionado la confianza que depositamos en ti.

Judas exclama iracundo:

–                 ¡No he traicionado a nadie! ¡Cuántos de vosotros sois del Bautista!… Y… ¿Por eso sois traidores? Yo soy del Mesías y eso es todo.

Otro sacerdote replica con desprecio:

–                 Con todo y eso. Éste no debe hablar aquí. Que venga como fiel. Es mucho para uno que se hace amigo de paganos; meretrices y publicanos…

Jesús interviene enérgica pero tranquilamente:

–                 Respondedme a Mí entonces. ¿Quiénes son los ancianos de turno?

–                 Doras y Félix, judíos. Joaquín de Cafarnaúm y José Itureo.

–                 Entiendo. Vámonos. Decid a los tres acusadores; porque el Itureo no ha podido acusar; que el Templo no es todo Israel e Israel no es todo el mundo. Que la baba de los reptiles aunque sea mucha y venenosísima; no aplastará la Voz de Dios. Ni su veneno paralizará mi caminar entre los hombres, hasta que no sea la Hora.

Jesús se pone sobre los hombros su manto oscuro y sale en medio de los suyos.

Afuera del recinto del Templo; Alejandro, que ha sido testigo de la disputa; cuando llegan cerca de la Torre Antonia, le dice:

–                 Lo lamento mucho. Que te vaya bien, Maestro. Y te pido perdón por haber sido la causa del pleito contra Ti.

Jesús le contesta tranquilo:

–                 ¡Oh, no te preocupes! Buscaban un pretexto y lo encontraron. Si no eras tú; hubiera sido otro… Vosotros en Roma, celebráis juegos en el Circo, con fieras y serpientes. ¿No es verdad?

Alejandro asiente con la cabeza y sin palabras.

–                 Pues bien… Te digo que no hay fiera más cruel y engañosa, que el hombre que quiere matar a otro.

–                 Y yo te digo que al servicio del César, he recorrido todas las regiones de Roma. Pero entre los miles y miles de súbditos suyos; jamás he encontrado uno más Divino que Tú. ¡Ni siquiera nuestros dioses son divinos como Tú! Vengativos, crueles, pendencieros, mentirosos… Tú Eres Bueno. Tú verdaderamente Eres el Hombre. Que te conserves bien, Maestro.

–                 Adiós Alejandro. Prosigue en la Luz.

Alejandro se queda en la Torre Antonia y Jesús y los suyos siguen su camino…

Por la noche, Jesús está cenando con sus discípulos en la casita del olivar. Intercambian comentarios de lo sucedido durante el día y de la curación de un leproso, cerca de los sepulcros de Betfagé.

Bartolomé, dice:

–                 Había un centurión romano que observaba y me preguntó desde su caballo: ‘El Hombre a quién sigues, ¿Hace frecuentemente cosas similares? Y yo le dije que sí.  Y él me dijo:

–                 Entonces es más grande que Esculapio y será más rico que Creso.

–                 Será siempre pobre según el mundo; porque no recibe, sino que da. Y lo único que busca es llevar almas al conocimiento del Dios Verdadero.

El centurión me miró con tamaños ojos, lleno de admiración. Espoleó su caballo y partió al galope.

Tomás agrega:

–                 Había también una mujer romana en la litera. Tenía las cortinas corridas y ojeaba por ellas. Yo la vi.

Juan confirma:

–                 Sí. Estaba cerca de la curva alta del camino. Había dado órdenes de detenerse cuando el leproso gritó: ‘¡Hijo de David, ten piedad de mí!’ Entonces recorrió la cortina y yo vi que te miró a través de una lente preciosa y se rió con ironía. Pero cuando vio que Tú, sólo con tu Palabra la habías curado; me llamó y me preguntó: ‘Pero, ¿Ése es el que dicen que es el verdadero Mesías?’ respondí que sí. ‘¿Y es verdaderamente Bueno?’ Volví a decir que sí. ‘¿Estás tú con Él?’ Sí.

Pedro y Judas preguntan al mismo tiempo:

–                 ¡Entonces la viste!

–                 ¿Cómo era?

Juan contesta sencillamente:

–                 Pues… una mujer.

Pedro ríe:

–                 ¡Qué descubrimiento!

Iscariote insiste:

–                 ¿Era bella? ¿Joven? ¿Rica?

–                 Sí. Me parece que era joven y también hermosa. Pero yo estaba mirando más bien a Jesús que a ella. Quería cerciorarme, cuando el Maestro se pusiera en camino.

Judas dice entre dientes:

–                 ¡Estúpido!

Santiago de Zebedeo lo defiende:

–                 ¿Por qué? Mi hermano no es un libertino en busca de aventuras. Respondió por educación y no faltó a su primera cualidad.

Judas pregunta:

–                 ¿Cuál?

–                 La del discípulo que ama tan solo a su Maestro.

Judas irritado, inclina la cabeza.

Felipe dice:

–                 Y luego… no es muy bueno que lo vean a uno hablar con los romanos. Ya nos andan acusando de que somos galileos. Y por eso, menos puros que los judíos. Esto por nacimiento…  También nos acusan de detenernos en Tiberíades con demasiada frecuencia. Lugar de cita de los gentiles, sirios, fenicios… y… ¡Oh! ¡De cuantas cosas nos acusan!

Jesús, que hasta ahora había permanecido callado; dice:

–                 Eres bueno, Felipe. Y pones un velo en la dureza de la verdad que dices. Porque sin velo, es ésta: ¡De cuantas cosas me acusan!

Iscariote corrobora:

–                 En el fondo no están del todo equivocados. Demasiado contacto con los paganos. 

Jesús pregunta:

–                 ¿Tienes tan solo por paganos a los que no tienen la Ley Mosaica?

–                 ¿Y cuáles otros podrían ser?

–                 Judas… ¿Puedes jurar por nuestro Dios, que no tienes paganismo en el corazón? ¿Puedes  jurar que no lo tengan los israelitas más sobresalientes?

–                 Maestro, de los otros no lo sé. De mí… Puedo jurar.

–                 ¿Qué cosa es para ti, el paganismo, según tu manera de pensar?

Judas replica con vehemencia:

–                 Seguir a una religión que no es la verdadera. Adorar a otros dioses.

–                 ¿Y cuáles son?

–                 Los dioses de Grecia, Roma y de los egipcios. En una palabra; los dioses de mil nombres y de seres que no existen; pero que según los paganos, llenan sus olimpos.

–                 ¿Y ningún otro dios existe? ¿Sólo los olímpicos?

–                 ¿Y Cuáles otros? ¿Acaso no son ya demasiados?

–                  Demasiados. Sí. Demasiados. Pero hay otros. Y a ellos, cada hombre les quema  incienso en los altares de su corazón. También los sacerdotes; escribas, rabíes, saduceos y herodianos. Todos los de Israel. ¿No es verdad? No sólo ellos; sino que hasta mis discípulos, lo hacen.

Todos replican vivamente:

–                 ¡Ah! ¡Eso, no!

Jesús los mira a todos y dice:

–                 ¿No?… Amigos… ¿Quién de vosotros, no tiene un culto, o muchos cultos secretos? Uno, tiene la belleza y la elegancia. El otro, el orgullo de su saber. Otro, inciensa la esperanza de llegar a ser humanamente grande. Otro… adora todavía a la mujer. Otro; el dinero. Otro se postra delante de su saber. Y habrá quién; con un egoísmo monstruoso, se adorará a sí mismo; en un auto idolatría, infernal.  ¿De verdad queréis saber cuál es el ídolo que adoráis?… Responderos a vosotros mismos: ‘¿En qué pienso cuando me levanto por las mañanas? ¿En qué pienso a lo largo del día? ¿En qué pienso, cuando me acuesto a descansar? ¿En qué pienso todos los días? ¡Los siete días, de la semana! ¿A QUIÉN LE ESTOY DEDICANDO MI VIDA?…  La respuesta…

¡Es el nombre del ídolo de vuestro corazón! A quién le hemos entregado el dominio de nuestros pensamientos; es el nombre del ídolo al cual adoramos. Y así sucesivamente… en verdad os digo que no hay hombre que no esté manchado de idolatría. ¡¿Cómo entonces se puede desdeñar a los paganos?! Que lo son por desgracia; mientras que estando uno con el Dios Verdadero; permanece pagano por su voluntad…

Muchos exclaman al mismo tiempo:

–                 Pero somos humanos, Maestro.

–                 Es verdad. Entonces tened caridad para con los otros. Porque Yo la he tenido para todos. Y para eso he venido y vosotros no valéis más que Yo.

Judas objeta:

–                 Pero entretanto nos acusan y a tu misión le ponen trabas.

–                 Eso no importa. Seguiré adelante.

Pedro, dice:

–                 A propósito de mujeres… desde que hablaste en Betania la primera vez; después de tu regreso a Judea; hay una mujer velada que siempre nos sigue. Y la veo que te escucha detrás de un árbol o procurando pasar desapercibida, porque no habla con nadie. Ahora  la vi tres veces en Jerusalén. Hoy le pregunté: ¿Necesitas algo? ¿Estás enferma? ¿Quieres una limosna…? Y siempre negó con la cabeza.

Juan dice:

–                 A mí me dijo un día: ‘¿En dónde vive Jesús?’ y le contesté: ‘En Get-Sammi’

Judas de Keriot exclama iracundo:

–                 ¡Valiente bobo! ¡No debiste hacerlo! Debías haber dicho: ‘¡Descúbrete! ¡Hazte conocer y te lo diré!

Juan pregunta sencilla e inocentemente:

–                 Pero… ¿Desde cuándo exigimos esas cosas?

Judas explica con impaciencia:

–                 A los otros se les puede ver. Ella está cubierta completamente con el velo. O es una espía o una leprosa. No debe seguirnos y enterarse. Si es espía, es para hacer el mal. Tal vez el Sanedrín le paga por esto…

Pedro pregunta:

–                 ¡Ah! ¿El Sanedrín usa estos medios? ¿Estás seguro?

–                 Segurísimo. Estuve en el Templo y lo sé.

Pedro comenta:

–           ¡Qué belleza! Esto viene como anillo al dedo a lo que acaba de decir el Maestro…

Judas se pone rojo de ira e increpa:

–                 ¿Qué?

–                 Que también hay sacerdotes paganos.

–                 ¿Qué tiene que ver esto con pagar a una espía?

–                 ¡Qué si tiene!… ¿Por qué pagan? Para aplastar al Mesías y triunfar ellos. Se ponen pues en el altar con sus puercas almas, bajo sus limpísimos vestidos. –responde Pedro convencido, con su buen juicio de iliterato.

Judas concluye:

–                 Bien. En resumidas cuentas, esa mujer es un peligro para nosotros o para la gente. Para la gente, si es leprosa. Para nosotros, si es espía.

Pedro replica:

–                 Esto es: Para Él, en caso de que así fuese.

–                 Pero si cae Él; nosotros también caemos.

–                 ¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! –ríe Pedro y concluye- Y si cae uno, el ídolo se rompe en pedazos. Y se pierde el tiempo, estima y tal vez hasta el pellejo. Y entonces… ¡Ah! ¡Ah!… entonces es mejor tratar de que no caiga… o retirarnos a tiempo…. ¿Verdad? Yo al revés. ¡Mira! –Pedro abraza estrechamente a Jesús y agrega- Lo abrazo con todas mis fuerzas. Si cae pisoteado por los traidores de Dios, quiero caer con Él.

Juan dice muy triste:

–                 No pensaba que había hecho tanto mal, Maestro. Pégame. Maltrátame. Pero sálvate. ¡Ay de mí, si yo fuera la causa de tu muerte!… ¡Oh!… ¡Jamás volvería a tener paz! Me quedaría ciego de tanto llorar. ¿Qué he hecho? ¡Judas tiene razón! ¡Soy un tonto!…

Jesús interviene:

–                 No Juan. No lo eres e hiciste bien. Déjala que venga siempre. Respetad su velo. Puede ser que lo use como medio entre el pecado y la sed de redimirse. ¿Tenéis idea de qué causa ese llanto y ese pudor? Dijiste Juan; hijo de corazón de niño bueno, que un llanto continuo surcaría tu rostro si fueses causa de un mal mío. Pero piensa que tan solo después de una redención completa; un alma puede rehacer una nueva belleza, santa y más perfecta que se muestra sobre el rostro en el que resplandece el Perdón de Dios.

–                 ¿Entonces no hice mal?

–                 No. Ni tampoco Pedro. ¡Dejadla! Y ahora cada uno vaya a descansar. Me quedo con Juan y Simón; a los que debo hablar. Podéis iros.

Los discípulos se retiran.

Jesús pregunta:

–                 ¿Dijiste Simón, que Lázaro envió a Maximino cuando ya estaba cerca de la Torre Antonia?… ¿Qué quería?…

–                 Quería decirte que Nicodemo estaba en su casa y que deseaba hablarte en privado. Me permití decir: ‘Que venga. El Maestro lo espera esta noche’ no tienes sino la noche para estar solo…  ¿Hice mal?

–                 Hiciste bien. Juan, ve a esperarlo.

Se quedan solos Simón y Jesús; el cual está pensativo.

Simón respeta su silencio; pero de pronto lo rompe Jesús. Como si terminase de hablar consigo mismo y dice:

–                 Sí. Está bien hacer así. Isaac, Elías y los demás bastan para tener viva la Idea, que ya se afirma entre los buenos y entre los humildes. Para los potentes hay otras levas… están Lázaro, Cusa, José y otros… pero los poderosos no me quieren. Temen y tiemblan por su poder. Me iré lejos de este corazón judío; que es siempre más hostil al Mesías.

Simón pregunta:

–                 ¿Regresamos a Galilea?

–                 No. Pero iremos lejos de Jerusalén. Aquí, todo sirve para acusarme. Me retiro y por segunda vez…

Juan lo interrumpe al entrar diciendo:

–                 ¡Maestro! ¡Aquí está Nicodemo!

Después de los saludos, Simón toma a Juan y salen de la cocina, dejándolos solos a los dos.

Nicodemo dice a Jesús:

–                 Maestro. Perdona si quise hablarte en secreto. Desconfío de muchos por Ti y por mí. No todo es vileza mía. También prudencia y deseo de ayudarte; más que si abiertamente te perteneciese. Tienes muchos enemigos. Soy uno de los pocos que te admiran. Pedí consejo a Lázaro. Éste es poderoso de nacimiento y lo temen porque goza del favor de Roma. Es justo. A los ojos de Dios, es sabio por madurez de ingenio y de cultura. Es en verdad amigo verdadero tuyo y mío. Por eso quise hablar con él. Y estoy contento de que él piense de la misma manera. Le platiqué de las últimas discusiones que tuvo el Sanedrín respecto a Ti.

–                 Las últimas acusaciones. Di la verdad como es.

–                 Las últimas acusaciones. Sí, Maestro. Estaba a punto de decir que soy uno de los tuyos; pero José, que estaba cerca de mí me susurró: ‘¡Cállate! Ocultemos nuestro modo de pensar. Luego te diré’ Y a la salida me dijo: ‘Es mejor así. Si saben que somos discípulos; nos tendrán a oscuras de cuanto piensen y decidan. Y pueden dañarle y dañarnos. Como sencillos admiradores de Él; no nos tendrán secretos’ Comprendí que tenía razón. ¡Son muchos!… ¡Y malos! También yo tengo mis intereses y mis obligaciones. Lo mismo que José… ¿Comprendes, Maestro?

–                 No os reprocho nada. Antes de que tú llegases, decía esto a Simón. Y he determinado alejarme también de Jerusalén.

–                 ¡Nos odias porque no te amamos!

–                 ¡No! ¡No odio ni siquiera a los enemigos!

–                 Tú lo dices. Pero es así. ¡Tienes razón! ¡Pero para mí y para José es un gran dolor! ¿Y Lázaro? ¿Qué dirá Lázaro que precisamente hoy ha decidido que te dijera que dejases este lugar, para ir a una de sus propiedades en Sión? ¿Sabes? ¡Lázaro es muy rico! Gran parte de la ciudad es suya y tiene muchas propiedades en Palestina. Y lo que más vale: una oculta pero muy poderosa amistad con Roma. Herencia también de su padre, cuando fue gobernador de Siria.

–                 No. Me retiro. Quién me quiere, vendrá a Mí.

Nicodemo dice preocupado:

–                 ¿Te vas por lo que te he dicho?

–                 No. Espera… ¡Persuádete! – y Jesús abre una puerta y dice-  ¡Simón! ¡Juan! ¡Venid!

Los dos acuden.

Jesús les pregunta:

–                 Simón. Di a Nicodemo lo que te dije cuando él estaba por llegar.

–                 Que para los humildes bastan los pastores. Para los poderosos: Lázaro, Nicodemo, José y Cusa. Y que Tú te retiras lejos de Jerusalén. Esto dijiste. ¿Por qué has hecho que lo repitiese? ¿Qué ha pasado?

–                 Nada. Nicodemo temía que me fuese Yo por sus palabras.

Nicodemo aclara:

–                 Dije al Maestro que el Sanedrín es cada vez más su Enemigo y que está bien que se ponga bajo la protección de Lázaro. Protegió tus bienes, porque tiene a Roma a su favor. Protegerá también a Jesús….

Simón confirma:

–                 Es verdad. Es un buen consejo. Y Lázaro es muy buen amigo tuyo, Maestro.

Nicodemo afirma:

–                 Maestro, Tú estás triste y desilusionado. Tienes razón. Todos te escuchan y creen en Ti; hasta poder obtener milagros. Hasta uno de los de Herodes. Uno que necesariamente debería tener podrida la bondad; en esa corte incestuosa. Hasta los soldados romanos. Sólo nosotros los de Sión, somos tan duros… ¿Lo ves Maestro? Sabemos que has venido de parte de Dios, para hablarnos de Él; mejor que ningún otro. También Gamaliel lo dice: ‘Nadie puede hacer los milagros que Él hace; si no tiene a Dios consigo.’ Hasta los doctores como Gamaliel, creen esto. ¿Por qué entonces sucede que no podemos tener fe, como la tienen los pequeños de Israel? ¡Oh! ¡Dímelo claro! ¡No te traicionaré aunque dijeses: ‘He mentido para dar valor a mis palabras sabias; con un  sello del que nadie puede burlarse.!’ ¿Eres Tú el Mesías del señor?… ¡El Esperado?… ¡La Palabra del Padre Encarnada, para instruir y redimir a Israel, según el Pacto?

–                 ¿Lo preguntas porque tú quieres? O ¿Por qué otros te mandaron a que me lo preguntases?

–                 Yo lo pregunto, Señor. Tengo aquí, un tormento. Hay en mí una borrasca. Vientos y voces contrarias. ¿Por qué no hay en mí, hombre maduro? esa pacífica seguridad que tiene, éste casi analfabeto muchacho; en cuya cara le pone esa sonrisa. En sus ojos, esa luz. Ese sol en su corazón. ¿De qué modo crees Juan, para estar así; tan seguro? Enséñame tu secreto, hijo. Ese secreto con el que supiste ver y encontrar al Mesías; en Jesús, el Nazareno.

Juan se pone colorado como un jitomate. Baja la cabeza como si pidiese permiso para decir una cosa muy grande. Y responde con sencillez:

–                 Amando.

–                 ¡Amando!… ¿Y tú, Simón, hombre probo y maduro? Tú, docto sobre quién ha habido tantas pruebas… ¿Cómo has hecho para convencerte?

–                 Meditando.

–                 ¡Amando! ¡Meditando! ¡Yo también amo y medito…! Y no estoy todavía seguro!

Jesús interviene:

–                 Yo te diré el verdadero secreto. Éstos han sabido nacer de nuevo. Con un nuevo espíritu; libre de toda cadena; desligados de todo compromiso; vírgenes de cualquier otra idea. Y por esto han comprendido a Dios. Si uno no nace de nuevo; no puede ver el Reino de Dios; ni creer en su Rey.

–                 ¿Cómo puede un hombre volver a nacer; si ya es adulto? ¿Aludes tal vez a la Reencarnación, como creen muchos paganos? ¡Cómo? ¿En qué forma?

–                 Sólo hay una existencia de la carne sobre la Tierra. Y una vida eterna del espíritu; más allá de la tierra. …

Yo no hablo de la carne y de la sangre; sino del espíritu inmortal, que renace a la vida verdadera por dos cosas: Por el agua y por el Espíritu.  Lo más grande es el espíritu; sin el cual, el agua no es más que un símbolo. Quien se ha lavado por el agua; debe purificarse luego con el espíritu y con Él; encenderse y renacer. Luego el alimentarse hasta llegar a la edad perfecta. En el reino de los Cielos; no habitarán sino los que hayan llegado a la edad perfecta espiritual. No os maravilléis si os digo: ‘Es necesario que nazcáis de nuevo.’ Éstos han sabido renacer. El joven ha matado la carne y ha hecho renacer el espíritu; poniendo su ‘yo’ en la hoguera del amor. Todo lo que era materia se quemó. De las cenizas; he aquí que se levanta su nueva flor espiritual. Maravilloso heliotropo que sabe dirigirse hacia el sol Eterno.

El de edad; puso la guadaña en la meditación honesta a los pies de su viejo modo de pensar. Y arrancó la vieja planta dejando sólo el retoño de la buena voluntad. Del que hizo nacer su nuevo pensamiento. Ahora ama a Dios con su espíritu nuevo y lo ve…

Lo que nace de la carne, es carne. Lo que nace del espíritu, es espíritu. Cada uno tiene su modo para llegar al puerto. Cualquier viento es bueno, con tal de que se sepa usar la vela. Vosotros oís que sopla el viento y por su corriente podéis regular y dirigir la maniobra. Peo no podéis decir de donde viene. Ni llamar al viento que necesitáis. También el Espíritu llama. Y viene llamando y pasa. Pero sólo el que está atento puede seguirlo. El Hijo conoce la Voz de su Padre. Y la voz del espíritu; conoce la Voz del Espíritu y Quién lo engendró…

–                 ¿Cómo puede suceder esto?

–                 Tú, Maestro en Israel; ¿Me lo preguntas? ¿Ignoras estas cosas? ¿Cómo podrás aceptar las cosas que no has visto; si no aceptas el testimonio que te traigo? ¿Cómo puedes creer en el Espíritu; si no crees en la Palabra Encarnada?… no bajes la frente, Nicodemo. He venido a salvar. No a destruir. Dios no ha enviado a su Unigénito al mundo para condenar al mundo; sino para que el mundo se salve por medio de Él. Bajé para ascender, llevándoos conmigo. ¡Venid! Quién cree en el Unigénito; no será juzgado. Ya está a salvo. Porque Él; el Hijo del Hombre, ruega al Padre, diciéndole: ‘Éste me ha amado’ Pero el que no cree; es inútil que haga obras santas. Está ya juzgado porque no ha creído en el Hijo Unigénito de Dios. ¿Cuál es mi Nombre, Nicodemo?

–                 Jesús.

–                 ¡No! ¡Salvador! Yo Soy Salvación. Quién no cree en Mí; rechaza su salvación. Y la Justicia Eterna lo ha sentenciado. La sentencia es ésta: ‘La Luz se envió a ti y al mundo para salvaros. Y tú y los hombres habéis preferido las tinieblas a la Luz…’

No es por ti, Nicodemo. Pero esta es la verdad. Y el castigo estará en relación con la sentencia. ¿Estás persuadido, Nicodemo?

–                 Sí, Maestro. ¿Cuándo podré hablarte otra vez?

–                 Lázaro sabrá llevarte. Iré a su casa, antes de separarme de aquí.

–                 Me voy, Maestro. Bendice a tu siervo.

–                 Mi paz sea contigo.

Nicodemo sale con Juan.

Jesús se vuelve a Simón:

–                 ¿Ves la obra del poder de las tinieblas?… como una araña tiende sus asechanzas; envuelve y aprisiona a quien no sabe morir; para renacer como una mariposa… Morir para daros la fuerza para morir. Vete a descansar Simón. Y Dios sea contigo.

El discípulo se retira y Jesús sale al huerto. Se postra a orar…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

61.- DOLOR DE UNA EMPERATRIZ


A la mañana siguiente, descansado y perfectamente arreglado. Elegante como siempre, Marco Aurelio regresó a la prisión.

Pero allí le aguarda un suceso inesperado. Por lo general todos los guardias pretorianos que por turno custodian la cárcel Mamertina, lo conocen y lo dejan pasar sin oponerle el menor obstáculo. Pero esta vez los soldados no le permitieron pasar.

Un centurión se acercó y le dijo:

–           Perdona, noble tribuno. Hoy tenemos la orden de no dejar entrar a nadie.

Marco Aurelio palideció y repitió:

–           ¿Una orden?

El soldado le miró con expresión compasiva y contestó:

–           Sí, señor. Una orden del César. En la prisión hay muchos enfermos y hay temor de que los visitantes puedan difundir el contagio por toda la ciudad.

–           ¿Dices que la orden es solo por el día de hoy?

–           La guardia se releva al mediodía.

Marco Aurelio permaneció silencioso, con una gran opresión en el corazón. El soldado se le acercó más y le dijo en voz baja:

–           Vuelve tranquilo señor. El guardián y Bernabé cuidan de ella.

Y al decir esto se inclinó y en un parpadeo trazó con su espada un pescado sobre las baldosas del pavimento…

Marco Aurelio le dirigió una mirada rápida y le dijo:

–           ¿Y tú eres pretoriano y cristiano?

El militar contestó señalando la prisión:

–           Sí. Me llamo Fabián, hasta que me llegue el turno de entrar allí.

–           Yo también adoro a Cristo.

–           ¡Alabado sea su Nombre! Lo sé señor. Pero no puedo dejarte entrar a la prisión. Escribe una carta y se la entregaré al guardián.

–           Gracias hermano mío. Que la Paz esté contigo.

Y estrechó la mano del soldado y se alejó de allí. La opresión en su corazón desapareció. El sol ya está en lo alto iluminando los muros de la cárcel y Marco Aurelio sintió su calor como una caricia que le traspasa hasta el alma y envuelve su corazón con un nuevo consuelo.

Aquel soldado cristiano fue para él otro testimonio viviente del Poder de Cristo. Se detuvo y miró hacia el cielo. Vio las nubes rosadas sobre el Capitolio y el Templo de Júpiter Stator y dijo:

–           ¡Oh, Señor Jesús! ¡Hoy no la he visto, pero creo en tu Misericordia y en tu Amor!

En la casa encontró a Petronio, que después de que llegó ya había tomado su baño, se había ungido el cuerpo y se disponía a descansar. Pero al ver a su sobrino tan elegante y bien dispuesto, con el rostro apacible y tan tranquilo como si ya hubiera pasado la tempestad; se quedó asombrado y confundido.

Y por primera vez no pudo aparentar su acostumbrada indiferencia…

Frunciendo el entrecejo preguntó:

–           ¿Ha pasado algo que yo no sepa? ¿Por qué te veo así?… -y Petronio movió las manos como si no comprendiera.

Marco Aurelio lo mira confuso y pregunta:

–           Así ¿Cómo?… ¿Qué tratas de decir?

–           No sé. ¡Tan cambiado! Casi pareces el mismo de antes… ¡No! Mejor que antes. ¿Qué tienes? Hay algo en ti… Lo percibo, pero no lo entiendo.

–           ¡Ah! ¡Ya sé!…

Y  Marco Aurelio comenzó a relatarle todo lo acontecido en los últimos días: su visita al Tullianum, su encuentro con Cástulo, con Fabián y lo que le sucedió al recibir la Primera Comunión. Luego concluyó emocionado:

–           ¡Te imaginas! ¡Tener a Dios dentro de mí! Siento una paz tan grande. ¡Es una experiencia maravillosa! Se me quitó la desesperación y la tristeza. El dolor casi desapareció y es como si lo tuviese anestesiado. Y luego, tengo en todo mi ser una felicidad tan plena, que es como si me hubiera embriagado… Per ésta es una embriaguez que no quiero que me deje nunca. Estoy lleno de la Paz de Dios y me siento muy tranquilo. Eso es todo. Y no… De todo lo demás, nada ha cambiado. La situación sigue exactamente igual.

Petronio lo mira perplejo. Apenas puede creer lo que oye…

Marco Aurelio lo mira sonriente y concluye:

–           He decidido que no les vamos a dar el gusto de regodearse con nuestra derrota ¿Qué te parece?

Después de una larga pausa, Petronio confirma:

–           ¡Me parece estupendo! – Está muy contento, a la vez atónito y desconcertado por completo…

Pero haciendo a un lado estas emociones, dice al tribuno:

–           Tengo noticias que darte. Estuve hoy en casa de Aminio Rebio a quién el César también fue a visitar. No sé por qué se le ocurrió a la Augusta llevar consigo al pequeño Rufio Crispino, hijo de su matrimonio anterior. Tal vez esperaba que el corazón del César se ablandara ante la infantil hermosura del niño. Desgraciadamente éste venía cansado y se quedó dormido, como le sucedió una vez a Vespasiano, durante la declamación que hacía César. Viendo esto, Enobarbo se enojó y le arrojó una copa de oro a la cabeza de su hijastro, hiriéndolo gravemente… Popea se desmayó y todos pudimos oír a Nerón cuando dijo: ‘¡Estoy harto ya de esa ralea!’… y eso, bien lo sabes tú, equivale a una sentencia de muerte.

Marco Aurelio declaró:

–           El castigo de Dios pende sobre la cabeza de la Augusta… ¿Por qué me cuentas esto?

–           Te lo cuento porque la cólera de Popea os ha perseguido a ti y a Alexandra. Ocupada ahora en su propia desventura, puede que abandone la idea de su venganza y sea más fácil influir en su ánimo. La voy a ver esta tarde y hablaré con ella.

–           Gracias. Esta sí es una excelente noticia. ¿Pero que no ha sido anunciado para hoy la Inauguración de los Ludus Matutinus?

–           Sí. Pero Nerón lo pospuso para dentro de diez días… Y mientras más tiempo tengamos disponible, mejor. No se ha perdido todo aún.

Pero el mismo Petronio no cree en lo que está diciendo porque sabe perfectamente que después de la rebuscada respuesta con la que el César contestó a la petición de Alituro, en la cual se comparó con Bruto, ya no puede haber salvación para Alexandra.

También se reservó por compasión a Marco Aurelio, lo que oyó decir en casa de Aminio Rebio: Que el César y Tigelino decidieron elegir para ellos y para sus amigos, a las más lindas doncellas y hermosos jóvenes cristianos, para profanarlos antes de la tortura…

En cuanto a los demás, serán entregados el día del espectáculo a los pretorianos y a los guardianes de las fieras.

Está convencido de que su sobrino no sobrevivirá a su esposa y desea endulzarle estos últimos días con todas las esperanzas y alegrías que le sea posible proporcionarle…

Y por eso agregó:

–           Hoy le diré a la Augusta: ‘Salva a Alexandra para Marco Aurelio y yo salvaré para ti, a Rufio’ y me propongo meditar seriamente como hacerlo. Este asunto es muy delicado. Una sola palabra dicha a Enobarbo en el momento oportuno, puede salvar o perder a una persona. En el peor de los casos ganaremos tiempo…

Marco Aurelio dijo abrazándolo:

–           Gracias. Te amo, tío. Estoy pidiéndole a Dios por ti.

Petronio se emocionó y dijo un poco precipitado:

–           Sería mejor me demostraras tu agradecimiento, comiendo y durmiendo bien. ¡Por Zeus! Ni en sus mayores tribulaciones, descuidó jamás Odiseo el alimento y el descanso. Me imagino que habrás pasado en la cárcel la noche entera.

–           Pues fíjate que no. Ya te dije que ayer me vine, dormí y descansé y… bueno, cené un poco.-dice Marco Aurelio como un niño cogido en falta- Pero te prometo que haré todo eso que deseas.

Petronio levantó un dedo y dijo:

–           Me encargaré de que Aurora haga que te alimentes como es debido.

Y se despidieron.

Petronio se fue a dormir y Marco Aurelio se fue a la biblioteca a escribir la carta para Alexandra.

Cuando la terminó la llevó al centurión Marcelo, que se la dio inmediatamente al guardia. Al poco rato, el soldado regresó trayendo un saludo de Alexandra y la promesa de responderle un poco más tarde. El tribuno decidió dar un paseo y luego regresar por la contestación de su esposa.

Está el sol ya muy alto y mucha gente afluye al Forum.

Cuando Marco Aurelio va de regreso a la prisión ve una lujosa litera que va abriéndose paso y pasa junto a él. Dentro de ella, vestido elegantemente de blanco, va un augustano cuyo rostro está oculto por un rollo de papiro que va leyendo con mucha atención. Un apretado grupo de gente estorba el paso de la litera, el hombre hace a un lado el rollo de papiro y asomando la cabeza grita:

–           ¡Dispersad esa plebe! ¡Pronto!

Al hacer esto, ha quedado frente a Marco Aurelio y al reparar en ello, tomó bruscamente el rollo de papiro y volvió a cubrirse el rostro.

El tribuno se lleva la mano a la frente creyendo que sufre una alucinación, porque el ‘augustano’ es nada más y nada menos que Prócoro Quironio en persona.

A Marco Aurelio se le aclararon muchas cosas en un instante y se acercó a la litera de Prócoro saludándolo, con una mirada penetrante.

El griego contestó con altivez y dándose mucha importancia.

–           Joven, te saludo pero no me detengas, porque me urge llegar a casa de mi amigo, el noble Tigelino.

Marco Aurelio, aferrándose a uno de los bordes de la litera y mirándolo fijamente,  le dijo con voz reprimida:

–           ¿Por qué traicionaste a Alexandra?

Prócoro exclamó temblando de terror:

–           ¡Oh, grandioso Apolo!

Pero en los ojos de Marco Aurelio no hay nada amenazante y recuperándose rápidamente, recuerda que ahora es un hombre rico e influyente. Y vuelve a hablar con arrogancia…

-¡Tú ordenaste que me mataran y que me enterraran en el jardín! ¿Ya se te olvidó?

Siguió un profundo silencio.

Y luego dijo Marco Aurelio con voz ronca:

–           Es verdad que te ofendí, Prócoro.

La humildad del tribuno encrespa la soberbia del griego. Este se irguió y castañeteando los dedos, lo que en Roma es una demostración de burla y desprecio, contestó con una voz tan fuerte para que todos pudieran oírle a su alrededor:

–           Amigo, si tienes alguna petición que presentarme, ven a mi casa del Esquilino por la mañana, a la hora en que recibo a mis clientes, después del baño.

Mientras tanto los corredores han abierto paso a los portadores y están listos para proseguir la marcha.

Prócoro hizo una señal con la mano y la litera continuó rápida su camino detrás de los corredores que gritan:

–           ¡Abrid paso a la litera del noble augustano Prócoro Quironio! ¡Paso! ¡Paso!

Marco Aurelio regresó con paso lento a la prisión y en una plegaria silenciosa, perdonó a Prócoro y a todos los que lo habían sumido en aquel drama que destroza su corazón…

Luego imploró la misericordia para todos y finalizó:

–           ¡Dios mío, ayúdame!…

Marcelo le entregó la carta de Alexandra. Marco Aurelio la apretó contra su pecho y se fue a casa de Petronio, para leerla con más calma. Y cuando llegó, desenrolló el largo papiro.

Su esposa, en aquella carta escrita apresuradamente, se despide de él para siempre. Sabe que ya a nadie le está permitida la entrada a la prisión y que solo podrá ver al joven tribuno desde la arena.

Le suplica que cuando sea llevada de la prisión Mamertina al circo, asista al espectáculo; pues desea verle por última vez en la vida, antes de partir para el Cielo.

En su carta no hay el más leve indicio de temor. Al contrario, lo exhorta a que sea valiente y que no olvide que después de Cristo, ella lo adora con todo su ser. Dice que tanto ella como sus compañeros de cárcel, ansían el momento de estar en la arena, para librar el combate final y en donde hallarán para siempre la libertad…

La verdadera libertad de las tribulaciones de esta vida…  Que no olvide que ella le ama. Que le ama tanto como él  ni siquiera puede imaginarse…

Que recuerde las enseñanzas de Cristo y así podrá alegrarse con ella en su martirio. Cada una de sus palabras demuestra un estado de euforia espiritual y sobre todo un desprendimiento total de todo lo que hay en la vida terrenal y que él mismo ya había advertido en todos los presos que están en la cárcel Mamertina.

Así como también su Fe imperturbable y su alegría por la esperanza en que todas las promesas de Jesús, se verán cumplidas más allá de la muerte:

“Ya sea que me libere Cristo en esta vida o después de la muerte, Él me unió a ti cuando nos casamos y por lo tanto soy tuya. Y aunque no hayamos consumado nuestro matrimonio, somos un solo cuerpo, así como ya somos una sola alma, porque sé que piensas y sientes lo mismo que yo. Y deseas estar unido a mí, tanto como yo lo deseo amadísimo esposo mío…

Te imploro que no llores por mí. Y no te dejes dominar por el dolor y el sufrimiento. Tú sabes como hay que entregarlo a Jesús e implorar de la Virgen María, su auxilio y protección.”

Es muy evidente que para ella la muerte no significa la disolución de su matrimonio.

Con una confianza infantil, asegura a Marco Aurelio, que una vez terminados sus sufrimientos y después de las torturas (No importa cuales sean), en la arena ella entregará su vida por amor a Cristo.

Y que cuando vaya al Cielo, le dirá a Dios que su esposo Marco, se quedó en Roma, ansiando unirse también a ella para poder adorarlo juntos, por toda la Eternidad…

Está segura de que el Señor la escuchará y pondrá una solución que los va a hacer muy felices…

Y también le pedirá a Jesús que su alma vuelva a él, aunque solo sea por un instante a decirle que está más viva que nunca… Con el misterio de la Comunión de los Santos, estará en contacto con él…  Que todos sus tormentos, sufrimientos y torturas habrán quedado en el olvido, porque ella será verdaderamente dichosa y bienaventurada.

Toda aquella carta respira felicidad y una gran esperanza.

Solo hay en ella una petición relacionada con asuntos terrenales: que si algo queda de su cuerpo, quiere que Marco Aurelio lo recupere del spolarium(lugar donde son depositados los gladiadores muertos) y la sepulte como su esposa, en la tumba donde él mismo reposará algún día…

Marco Aurelio leyó aquella carta con el ánimo acongojado y al mismo tiempo siente dentro de sí, aquella paz que lo fortalece.

En su corazón comparte la misma esperanza, la Fe y los pensamientos que animan a su esposa.

En la biblioteca, se levanta y deja a un lado sobre la mesa, la carta. Y se dispone a escribir a su vez, la contestación.

Después de reflexionar un poco, se sienta y escribe a Alexandra que irá diariamente a montar guardia al pie de los muros del Tullianum y pide a la joven que crea que tal vez Jesús aún quiera salvarla para él y regresarla a sus brazos aún en el mismo circo, pues él cree que Él, puede realizar ese milagro para los dos…  

Pero cuando Marco Aurelio llegó a la cárcel esa mañana. Marcelo el centurión abandonó las filas, se le acercó y le dijo:

–           Escúchame señor. Cristo te ama tanto que ha hecho un milagro en tu favor. Anoche el liberto del César y los enviados del Prefecto vinieron a elegir doncellas y jóvenes cristianos a quienes aguarda la deshonra. Preguntaron por tu esposa. Pero nuestro Señor Jesús le mandó una fiebre, la cual está haciendo mortíferos estragos entre los prisioneros del Tullianum y entonces a ella la dejaron en paz, porque estaba inconsciente…  Y bendito sea el Nombre de Jesucristo, porque la enfermedad que la ha liberado de la vergüenza, puede también salvarla de la muerte en la arena.

Marco Aurelio tuvo que apoyarse en el hombro del soldado, para no caer desvanecido. El joven tribuno, permaneció por algún tiempo con la cabeza inclinada… Luego la levantó y dijo en voz baja:

–           Dices bien, Marcelo. Cristo que la salvó de la deshonra, la salvará también de la muerte. Gracias hermano mío. Ruega por nosotros y yo rogaré por ti. Que la paz sea contigo.

Después de despedirse, se sentó luego en un peñasco, al pie de las murallas de la prisión y allí estuvo todo el día. Al caer la tarde, regresó a la casa de Petronio.

Mientras tanto, Petronio había entrado a su biblioteca…

Leyó la carta de Alexandra que se había quedado sobre la mesa donde él escribe…  Y después de leerla, estuvo mucho rato pensativo y reflexionando como nunca lo había hecho en su vida…

Luego tomó una resolución y antes de que Marco Aurelio regresara, se fue a visitar a la Augusta.

Encontró a Popea, a la cabecera del lecho del pequeño Rufio.

El niño a consecuencia de la herida en la cabeza, lucha ahora por su vida. Y su madre, con el corazón amargado por la desesperación y el terror, asiste impotente a sus delirios por la fiebre, pensando al mismo tiempo que si logra salvarlo, ello solo servirá para que enseguida perezca con una muerte más terrible.

Ocupada exclusivamente en su propio dolor, nada quiere oír de los problemas de Marco Aurelio, pero Petronio la aterrorizó:

–           Tú has ofendido a una Divinidad nueva y desconocida. Tú Augusta, según parece adoras al Jehová hebreo, pero los cristianos afirman que Cristo es Hijo suyo. Reflexiona ahora si no te estará persiguiendo la cólera del Padre. ¿Quién podrá afirmar que no es la venganza de Éste, la que ha caído sobre ti? Y quién sabe  si la vida de Rufio no depende sino de esto: de la manera en como tú obres.

Popea lo miró espantada y preguntó:

–           ¿Qué me aconsejas?

–           Aplacar a las deidades ofendidas.

–           ¿Y cómo?

–           Alexandra está enferma. Influye tú sobre el César o sobre Tigelino, para que sea entregada a Marco Aurelio.

Popea exclama con acento desesperado:

–           ¿Y piensas que yo pueda hacer eso? Mira lo que me está pasando…

–           Puedes hacer otra cosa entonces. Si Alexandra mejora, su destino es morir en el Circo. Dirígete al Templo de Vesta y pide a la Virgo Magna, que trate de estar como de manera fortuita cerca del Tullianum, en el momento en que conduzcan a los presos a la muerte y ordene que dejen en libertad a la doncella. Ella puede hacerlo y la gran vestal no te podrá negar eso.

–           Pero ¿Y si Alexandra muere de fiebre?

–           Dicen que el Dios de los cristianos es Vengativo pero Justo. Es posible que Tú logres aplacarlo, sólo con el deseo de ir en auxilio de esa joven.

–           Si es así, que me dé una señal indicativa de que Rufio sanará.

Petronio se encogió de hombros y dijo:

–           ¡Oh, divinidad! Yo no he venido a verte como enviado de Él. Me limito a decirte: es preferible que te encuentres en buena armonía con todos los dioses, tanto romanos como extranjeros.

Popea dijo con la voz quebrantada:

–           ¡Está bien! ¡Iré!

Petronio respiró con fuerza y aliviado. Y pensó:

–           ¡Al fin he podido hacer algo!

Al regresar a su casa recordó el enojo y la frustración tanto del César como de Tigelino, por no haber podido apoderarse de Alexandra, por la fiebre que la consumía…

Y después de ver al joven patricio, le dijo:

–           Ruega a tu Dios que no muera Alexandra de la fiebre que le aqueja, porque si ella se salva, la gran vestal, ordenará su liberación. La Augusta en persona le pedirá que lo haga.

Pero Marco Aurelio objetó:

–           Si ella no lo hace, Cristo la salvará.- convencido por la Fe y la esperanza.

Mientras tanto Popea, que por la salud de su hijo está dispuesta a ofrecer hecatombes a todos los dioses del Universo, se dirigió esa misma noche a través del Forum hasta el Templo de Vesta, dejando encargado a su niño a su fiel nodriza Amelia, quién también ha sido su propia nana.

Pero es demasiado tarde, porque en el Palatino ya ha sido decretada la sentencia de muerte contra el niño.

Así pues, apenas la litera de Popea desapareció a través de la Gran Puerta, entraron dos libertos del César al aposento del pequeño Rufio. Uno de ellos se arrojó sobre Amelia y la amordazó. El otro se apoderó de una estatuilla de bronce y mató de un solo golpe en la cabeza a la pobre mujer. Luego, los dos se acercaron a Rufio.

El pequeño, atormentado por la fiebre y sin darse cuenta de lo que ocurre a su alrededor, sonrió a los hombres…

Éstos le quitaron a la nodriza el cinturón y poniéndolo alrededor del cuello del inocente niño, lo estrangularon. Éste, apenas pudo llamar una sola vez a su madre…Y murió. Lo envolvieron en una sábana y montando en los caballos que los estaban esperando, se dirigieron con el cadáver hasta el puerto de Ostia, donde lo arrojaron al mar.

Popea no encontró a la Virgo Magna y regresó al Palatino.

Y al encontrar vacío el lecho de su hijo y rígido el cadáver de Amelia, se desmayó. Cuando recuperó el conocimiento empezó a gritar y sus desesperados alaridos se oyeron toda la noche…

Pero el César le ordenó que asistiera a una fiesta que iba a dar ese día y de esta manera, Popea debió ataviarse con su túnica de color amatista y acudir al banquete con una sonrisa que enmascara su inmenso dolor.

Es una estatua regia. Hermosa como una diosa. Coronada en sus áureos cabellos, anonadada y muda, como el ángel de la muerte…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

TERCER MISTERIO DE DOLOR


LA CORONACIÓN DE ESPINAS

(Mateo 27, 27-31)

Nuevamente le atan las manos. La cuerda vuelve a cortarle en donde hay rozaduras anteriores.

Un soldado dice:

–           ¿Y ahora qué vamos a hacer? ¡Estoy aburrido y fastidiado!

Otro le contesta:

–           Espera… Los Judíos quieren un rey… ¡Se los daremos!…

Corre afuera, más allá del patio. Poco después regresa con un manojo de ramas de zarza, que todavía están flexibles porque es primavera, pero que tienen las espinas largas y puntiagudas. Con la daga les quita las hojas y las florecillas. Las dobla, entretejiéndolas de modo que formen una corona y la pone sobre la cabeza de Jesús, tratando de encajarla alrededor de la frente. Pero como es demasiado grande se le va hasta el cuello.

Otro soldado dice:

–           No le queda. Debe ser más estrecha. Quítasela.

Al quitársela, le rasgan las mejillas con peligro de dejarlo ciego. Pero si le arrancan una buena cantidad de cabellos. La estrechan y vuelven a probársela. Pero ahora lo han hecho demasiado y a pesar de forzarla, no le cabe. De nuevo se la quitan y le arrancan más cabellos. La vuelven a hacer. Ahora está bien. Por delante hay una hilera trile de espinas y por detrás donde se unen las ramas, hay un verdadero nudo de espinas que se clavan en su nuca.

El soldado que inventó este suplicio, le dice con burla:

–           ¡Ahora estás mejor! Pareces un bronce natural con rubíes. Mírate, ¡Oh Rey! En mi coraza.

Y le acerca su loriga reluciente.

Tito dice:

–           La corona no basta para representar un rey. Es necesario la púrpura y el cetro. En el establo hay una caña y en la alcantarilla una sucia clámide roja. Ve a traerla Cornelio.

Éste las trae. Le echan encima la sucia clámide. Antes de ponerle la caña entre las manos, lo golpean con ella en la cabeza y lo saludan diciendo:

–           ¡Ave! ¡Rey de los Judíos!  -y se mueren de risa.

Jesús no se opone a nada. Permite que se le siente en el ‘trono’ un artesón boca abajo que utilizan para dar de beber a los caballos. Ellos lo siguen golpeando y burlándose de EL, como ‘Rey de los Judíos’

Jesús no dice una palabra. Tan solo los mira… una mirada única de dulzura y de dolor tan atroz, que rompe el corazón el contemplarla…

Parece decir:

–           He venido a salvaros… ¿Por qué no me amáis?…

Los soldados suspenden sus burlas al oír la voz de un tribuno que ordena que lleven al Reo ante Poncio Pilatos.

Llevan a Jesús al atrio, donde el sol ya alumbra con todo su esplendor. Todavía lleva la corona, la clámide y  la caña.

El Procónsul le dice:

–           Adelante, para que te muestre al pueblo.

Jesús, pese a sentirse muy débil y enfermo, se yergue dignamente. ¡Vaya si parece un Rey! ¡Y un Rey muy Majestuoso!

Pilatos declara:

–           Escuchad hebreos. Aquí está EL. Lo he mandado castigar. Ahora permitid que lo deje libre.

Los judíos gritan:

–           ¡No! ¡No! ¡Queremos verlo afuera! ¡Que se vea el blasfemo!

El Gobernador ordena:

–           Sacadlo afuera. ¡Pero tened cuidado de que no le echen mano!

Y mientras Jesús entra en el atrio y aparece en medio de una decuria, Poncio Pilatos lo señala diciendo:

–           ¡He ahí al Hombre! Ahí lo tenéis. Aquí tenéis a vuestro Rey.  ¿No os basta todavía?

Es un día bochornoso. El sol cae directamente sobre todos, pues están entre la hora tercia y la sexta. Los que gritan parecen hienas rabiosas, enseñan sus puños y piden que se le mande a muerte.

Jesús sigue de pie, erguido con majestad. Nunca había resaltado esta realeza como ahora, ni siquiera cuando hacia milagros. Es una nobleza dolorosa, pero en tal forma divina; que basta verla para señalarlo como Dios. Jerusalén en este día está habitado por los demonios y dominado por el Infierno. Y ciertamente Satanás debió temblar al contemplarlo…

Jesús extiende su mirada sobre la turba. Busca… Y encuentra en este mar de caras que lo odian; las de sus amigos. ¿Cuántos?  Una veintena entre millares…

Inclina su cabeza abatido ante tal abandono. Le cae una lágrima… Luego otra… después la siguiente.

Ante su llanto no hay compasión, solamente Odio.

Dice Jesús:

Basta con decir la Verdad y ser bueno, para que la gente lo odie a uno, después de pasado el entusiasmo. La Verdad es reproche y consejo. La bondad arranca el látigo y hace que los no buenos, no teman más. De esto surgió el crucifige, después de haber gritado los hosannas. Mi vida de Maestro, se vio llena de estos dos gritos. El último fue el de ¡Crucifícalo!

Ahora mi Humanidad resplandece, pero hubo un día en que fue semejante a un leproso, por los golpes y la humillación que recibió.

El Hombre-Dios que en Sí tenía la perfección de la belleza física, apareció entonces ante los ojos de los que lo miraban, un ser feo, el oprobio de los hombres.

Era Yo todo una llaga.

El amor por mi Padre y por sus hijos, me llevó a entregar mi cuerpo a quien lo golpeaba. A presentar mi rostro a quien lo abofeteaba y escupía. Debía yo ser quebrantado, para expiar los pecados de la carne. En mi cuerpo no queda un lugar que no haya sido golpeado. Soy el siervo del que habla Isaías. Mi amor por mi  Padre inflamó en mí el deseo de devolverle a los hijos perdidos por el Pecado.

Los hosannas mentirosos del Domingo de Ramos, se convirtieron en el grito de muerte, sediento de sangre y los hombres utilizaron además de su cuerpo creado por Dios para atormentarme; las cosas creadas por ÉL, para ser instrumento de tortura y hacer más doloroso Mi Martirio.

Al suplicio al que se me sometió, se añadió otro: LA CORONACIÓN DE ESPINAS.

Ved, ¡OH, hombres, a vuestro Salvador! ¡A vuestro Rey coronado por el Dolor, para que en vuestra cabeza no fermenten tantos pensamientos!

Vosotros que os sentís ofendidos por cualquier cosa; mirad a vuestro Rey ofendido… ¡Y es Dios!, ¡Con el manto de púrpura, con la caña cual cetro y la Corona de Espinas!

Corona que desgarró mi carne, penetrando por múltiples heridas, para purificar vuestros pensamientos culpables.

Ahora Pilatos intenta por última vez salvarme y me presenta ante la plebe. Le causo compasión y espera que la plebe la tenga. Pero ante su dureza, ante sus amenazas, no tiene valor para obrar con rectitud y decir: “Le doy la Libertad porque es Inocente. Vosotros sois los culpables y si no os alejáis, probaréis el látigo de Roma.” Esto es lo que hubiera dicho si hubiera sido justo, sin calcular en el mal que le hubiera sobrevenido. PILATOS ES UN FALSO BUENO.

¡Oh, idólatras que no adoráis a Dios, sino a vosotros mismos y a quién entre vosotros es más poderoso! No queréis al Hijo de Dios. A causa de vuestros delitos no os ayuda porque sóis más serviciales con Satanás.

Teneis miedo del Hijo de Dios, como Pilatos. Y cuando sentís que os hace sentir su poder, al oir la voz de la conciencia que os reprocha en su Nombre, preguntáis como Pilatos, ¿Quién eres?

Quién sea Yo, lo saben aunque lo nieguen. Hace más de veinte siglos que estoy junto a vosotros y os instruyen sobre mis prodigios. Pilatos es más digno de Perdón. Ustedes tienen una herencia de veinte siglos de cristianismo,  para apoyar o aprender vuestra Fe en mi Doctrina, pero no quieren saber nada de ella. Los que no quieren arrepentirse, son como Pilatos. Hipócritamente preguntan: ¿Qué es la Verdad?

Si no es dinero, placeres, poder, gloria y honores; no creéis que valga la pena conocerla y también con un levantar de hombros; NO OS MOLESTÁIS EN CONOCERLA.

LA VERDAD SOY YO.

Estoy frente a ustedes, como lo estuve frente a Pilatos.

Os miro con ojos suplicantes Y OS DOY LO QUE NO LE DI A EL:

PREGÚNTAME Y TE INSTRUIRÉ.

Con amor miro a quien e busca y con tristeza amorosa a quien me rechaza.

PERO AMOR SIEMPRE.  PORQUE AMOR ES MI NATURALEZA.

*******

Oración.

Amado Padre celestial:

Arranca de nuestro corazón la Tibieza y la Hipocresía. Ayúdanos a deshacernos de los formulismos y del compromiso religioso sin amor. Enséñanos a conocerte y a amarte. Adrándote con una fe intrépida y un amor total. Ayúdanos a entregarnos a Ti plenamente, sin reticencias, ni cobardías. Gracias ABBA, por escuchar y atender esta oración. Amen

 

PADRE NUESTRO…

DIEZ AVE MARIA…

GLORIA…

INVOCACIÓN DE FÁTIMA…

CANTO DE ALABANZA…

 

7.- ENTRE LA CRUZ Y LA MAGIA


En la casa de Adrián, éste está sentado con Diego en una de las bancas del jardín más próximas a su cubículum (dormitorio) Hasta allí se escuchan unos gritos. Una especie de gruñidos, alaridos y rugidos, unidos en una sola y escalofriante mezcla.

Diego muestra preocupación en su mirada mientras pregunta:

–           ¿Sigue igual?

Adrián mueve la cabeza de un lado para otro y contesta con tristeza:

–          No. Está peor. Por eso te mandé llamar. Ningún médico comprende lo que le pasa. Lo único que saben decir es que está loco. Se retuerce, echa espuma, blasfema de los dioses del Olimpo y hemos tenido que encadenarlo porque se ha vuelto más agresivo, desde que lo llevamos al templo de Esculapio.

–          Te veo mal. ¿Estás enfermo?

–          Mi madre llora sin consuelo y nada me ha funcionado con los sortilegios, ni con los consejos de mi espíritu guía y protector.  Y si a esto le agregas el dolor que me abruma a causa de Ariadna. ¿Qué te puedo decir, amigo mío?

Diego suspira y luego comenta:

–           Te comprendo demasiado bien. También yo estoy muy apesadumbrado por causa de ella. Tal parece que cargamos con una maldición.

Hemos sido amigos desde niños ¿Por qué teníamos que enamorarnos de la misma mujer?

–           Eros se está divirtiendo con nosotros.

–           Ayer tuve una experiencia muy curiosa. Por la tarde yo estaba en el triclinium del jardín, pensando angustiado en todo lo que me estaba sucediendo. Mi hermano Víctor se puso peor que nunca y yo no sabía cómo consolar a mi pobre madre. Adela mi aya, nos llevó unos refrigerios y tratando de consolarme me dijo: “Amito Adriano, ¿Me permitirías llamar a Miriam? Es la ayudante en la cocina. Ella tiene algo muy importante que deciros, si consientes en escucharla unos momentos. ¿Lo harás?”- y me miró con unos ojos tan suplicantes, que no supe que me pasó y le dije “Está bien. Que venga.” Estuve a punto de arrepentirme en consentir hablar con los esclavos. ¡Y menos con una judía! Cuando regresaron las dos, yo seguía allí, sintiéndome cada vez más desgraciado. ¡Fíjate cuán grande sería mi desesperación, que hasta invoqué al Dios Desconocido de los griegos y le prometí una ofrenda si me ayudaba!

Cuando Myriam llegó, le ordené: “Habla”

Al principio con timidez y luego con gran seguridad, me contó esta historia:

“Cuando el rey de Siria estaba listo para hacer la guerra a Israel, había en su corte un hombre valioso y respetado de nombre Naamán, el cual estaba leproso. Había también una esclava israelita que habían robado los sirios y ésta les dijo: “Si llevasen a mi señor al profeta que hay en Samaría, ciertamente lo limpiaría de la lepra.” Naamán le pidió permiso al rey y siguió el consejo de la joven. El rey de Israel se enojó mucho y exclamó: ‘¿Soy acaso Dios para que el rey de Siria me mande sus enfermos? Esta es una trampa para que haya guerra. Más el profeta Eliseo cuando se enteró, dijo: “Que venga a mi casa el leproso, lo curaré y sabrá que en Israel hay un profeta.” Naamán fue a ver a Eliseo, pero éste no lo recibió; tan solo le mandó  decir: “Lávate siete veces en el río Jordán y quedarás limpio.” Naamán se fastidió y pareciéndole que para nada había venido de tan lejos y caminado tanto, trató de regresar. Sus siervos le dijeron: ‘Solo te pidió que te lavaras siete veces y aunque te hubiese mandado muchas más, deberías hacerlo porque él es el profeta.’ Entonces Naamán reflexionó, se levantó, fue y se lavó. Y quedó curado. Lleno de gozo, fue a casa del siervo de Dios y le dijo: “Ahora sé la verdad. No hay otro Dios sobre la Tierra, sino solo el Dios de Israel.” Y como Eliseo no aceptara dones, le pidió que cuando menos le permitiera llevar tanta tierra como para hacer un altar en el que él  pudiera sacrificar para El Dios Verdadero, sobre tierra de Israel.” Y Miriam calló.

Algo se removió dentro de mí y le pregunté: ¿Qué tratas de decirme?

Y entonces Adela me contestó:

–           Si tú lo quieres, mi amo. Pasado mañana, estará aquí en Roma un profeta más grande que Eliseo, porque es un Apóstol del Dios Único y Verdadero. Y él puede curar a Víctor y hacer que regrese la felicidad a esta casa.

–          ¡Claro que quiero! Llévame con él.

Adrián hace una pausa y luego pregunta a Diego:

–           Te mandé llamar para invitarte ¿Te gustaría acompañarnos?

–           ¡Claro que sí! Por nada me pierdo semejante portento… Oye, ¿Y si no pasa nada?

Adrián dice esperanzado:

–           Algo me dice que no será así. Presiento… no sé… Pero tengo necesidad tanto de comprobarlo, como de que mi hermano se cure.

La tarde declina y pronto será de noche. Los dos amigos se quedan hablando de aquella insólita aventura.

Mientras tanto en otra casa del Vicus Patricius…

En el pórtico que circunda un hermoso jardín, en donde se escucha el murmullo del agua que lanzan los surtidores de una bella fuente, Leonardo da largos paseos con las manos unidas a su espalda. Su ceño fruncido, su ira contenida y su furiosa concentración; hablan de un humor que no debe ser perturbado. Sus pisadas son fuertes y enérgicas. Después de hablar con su “espíritu guía”, está más confundido que nunca.

Tres días antes, uno de los informantes que había distribuido en todos los lugares donde puede averiguar algo de Sofía, le avisó que había regresado a su casa. Él fue inmediatamente a buscarla…

Y al recordar la entrevista que tuvieron, su rostro se ensombreció más todavía…

Estaba más bella que nunca. Alta, morena clara, con un cuerpo escultural que se dibujaba a través de los pliegues de su vestido color malva. Sus cabellos negros y ondulados, peinados con una diadema que por detrás tiene un velo como de seda en un tono rosa muy tenue. Su rostro de finas y armoniosas facciones, tiene una mezcla de dulzura a pesar de su severidad. Están sentados en el atrium y hacen una hermosa pareja. Leonardo tiene una sonrisa forzada que lo hace lucir poco agradable. Pareciera que bajo una capa de benevolencia, late una voluntad turbia y oscura. Él hace grandes protestas de afecto a la joven, declarándose listo para hacer de ella una esposa feliz; reina de su corazón y de su casa. Pero ella rechaza sus ardientes declaraciones de amor, con serena firmeza.

Leonardo insiste:

–           Pero tú podrías hacer de mí, un santo de tu Dios, Sofía. Porque tú eres cristiana y  yo lo sé. Pero no soy enemigo de los cristianos. Tampoco soy un incrédulo sobre las verdades de ultratumba. Creo en la otra vida y en la existencia del espíritu. También creo que seres espirituales velan sobre nosotros y se manifiestan si los invocamos para ayudarnos. Yo he recibido su guía y su auxilio. Como puedes ver, creo cuanto tú crees. No podría nunca acusarte, porque sería como acusarme a mí mismo por tu mismo delito. No creo como los demás, que los cristianos sean personas que ejercen una magia malvada. Y estoy convencido de que nosotros dos estando unidos, haríamos grandes cosas.

Inconmovible, ella responde:

–           Leonardo, por favor no insistas. Yo no discuto tus creencias. Yo también quiero creer que unidos, haremos grandes cosas. Ni siquiera niego que soy cristiana. Y quiero admitir que tú eres amigo de los cristianos. Rogaré a Dios por ti para que tú los llegues a amar a tal punto, que tú te conviertas en un campeón entre nosotros. Entonces si Dios lo quiere, estaremos unidos en una misma suerte. Pero sería un destino totalmente espiritual. Pues de otro tipo de uniones yo soy esquiva, porque he decidido reservarme a mí misma con todo mi ser, para entregarme al Señor y Dios mío. Voy a conseguir aquella Vida en la cual también dices que crees, alcanzando la amistad de los que tú también admites que están sobre nosotros; protegiéndonos vigilantes y operantes, en el Nombre Santísimo del Señor, obrando para nuestro bien.

Leonardo exclama exasperado:

–           ¡Basta, Sofía! Mi espíritu protector es muy poderoso y te doblegará hasta que te sometas a mis deseos.

Sofía replica con firmeza:

–           ¡OH, NO! Si él es un espíritu celestial, sólo querrá lo que la Voluntad de Dios quiera. Dios para mí, quiere la virginidad. Y yo espero el martirio. Y por lo mismo, tu protector no logrará inducirme a hacer ninguna cosa contraria al querer de Dios. Y si es un espíritu que no viene del Cielo, entonces absolutamente nada podrá sobre mí. Porque sobre él levantaré en mi defensa  el Signo de la Victoria que tengo en la mente, en el corazón en el espíritu, sobre mi cuerpo. Grabado como un tatuaje vivo, que nos vuelve victoriosos sobre cualquier voz que no sea la de mi Señor. Vete en paz hermano y que Dios te ilumine para que conozcas la Verdad. Yo rogaré para que su luz llegue a tu alma.

Leonardo deja la casa refunfuñando amenazas. Y Sofía lo ve partir con lágrimas de compasión.

Sus padres están alarmados y la joven los tranquiliza diciendo:

–           No temáis. Dios nos protegerá y hará nuestro a Leonardo. Orad vosotros también y Tengamos fe en nuestro Señor Jesucristo.

Y Sofía se retira a su cubículum y ora postrada delante de una cruz desnuda, sostenida entre dos ventanas y sobrepuesta en la figura labrada del Cordero Místico. Su oración es ferviente y hay un momento en que sobre ella; suspendida en el aire aparece una luminosidad que poco a poco toma la forma incorpórea de un ser angélico, que la envuelve totalmente con su luz.

Mientras tanto, a la misma hora en la casa de Leonardo. En una estancia privada, en la que hay instrumentos y signos cabalísticos y mágicos; el joven patricio trabaja alrededor de un trípode, sobre el cual lanza sustancias resinosas que hacen que se levanten densas volutas de humo; al mismo tiempo que traza sobre él signos, murmurando palabras que siguen un oscuro ritual. El ambiente se satura de una niebla azulada que vela el contorno de las cosas y hace que parezca que el cuerpo de Leonardo, está en una lejanía de aguas trémulas. Entonces se forma un punto fosforescente que va creciendo poco a poco, hasta alcanzar la forma y el volumen de un cuerpo humano.

Enseguida los dos establecen un diálogo incomprensible a nadie más. Leonardo se arrodilla y da muestras de veneración, al mismo tiempo que ruega al que parece considerar alguien muy poderoso. Luego, la niebla desaparece lentamente y Leonardo queda nuevamente solo…

Entonces en la estancia de Sofía sucede un cambio. Ella continúa orando. Un punto fosforescente y danzante, como una bola de fuego envuelve a la joven orante. Es la hora de la tentación para Sofía. Y la luz de fuego se transforma en un ángel maligno. El cual con visiones mentales, trata de suscitar sensaciones para hacer caer a la virgen consagrada a Dios y persuadirla a través de los sentidos. Ella sufre intensamente y cuando está a punto de ser dominada, supera la durísima prueba con el signo de la cruz que ella traza con su mano en el aire, mientras lleva su otra mano hacia su cuello, a otra cruz que cuelga de una fina cadena de oro. La saca de su pecho y la levanta, mientras dice con voz autoritaria:

–           ¡Retírate Satanás! Yo soy de Dios y nada en mí te pertenece.

Pero el adversario no se da por vencido. Le muestra a Sofía escenas de una vida familiar idílica, con un esposo rendido y apasionado.

A la tercera vez, la tentación es tan fuerte y el ataque es tan violento; que Sofía se abraza a la gran cruz que está suspendida y agarrada sobre el muro. Ella alza delante de sí la otra pequeña cruz. Parece un combatiente aislado que se defiende a la espalda con un firme refugio y al frente, con un escudo invencible. La luz fosforescente no resiste aquella doble señal y desaparece.

Al día siguiente, Leonardo regresa a la casa de la joven que lo tiene obsesionado y trata de convencerla una vez más con sus reiteradas promesas de amor.

–           Te estoy proponiendo que seas mi esposa, Sofía. La reina de mi hogar y la madre de mis hijos. Estoy siendo honesto y no te pido nada indebido. ¿Por qué te sigues negando? –Suplica exasperado- Por favor recapacita y cambia tu decisión.

Sofía replica inconmovible:

–           No soy yo quién debo cambiar de pensamiento, sino tú el tuyo, Leonardo. Si te liberas de la esclavitud a que te somete ese espíritu malvado, tu alma será salvada. Yo ahora más que nunca, permanezco fiel a Dios en el cual creo. Y a Él todo lo sacrifico por el bien de todos. Y ya verás que el poder de mi Dios es infinitamente superior al de vuestros dioses y al del Maligno que en ellos adoráis.

Leonardo se retira desilusionado una vez más; colérico y decidido a no renunciar a ella. “Tiene que ser mía.” Piensa mientras vuelve a su casa a repetir el ritual del día anterior.

Y nuevamente una jovencita sola, con una cruz en las manos y otra adosada al muro de su habitación, entabla un combate feroz.

Es una doncella convencida del Poder de la Cruz, que se ha refugiado en ella para vencer. En su lucha hay un hombre cuyo contubernio con Satanás, lo hace rico de todos los vicios capitales y tiene como aliado al Amo del Infierno, con todo su poder y sus seducciones.

Éste está furioso porque a pesar de haber desencadenado todas las fuerzas del Mal, para destruir y hacer perecer; no solo ha sido vencido por la joven virgen, sino que también es doblegado y obligado por la fuerza invencible de Dios.

De esta forma,  Satanás debe confesar la verdad y perder a su discípulo:

“El Dios Crucificado es más poderoso que todo el Infierno junto. Siempre me vencerá. Quién cree en Él, está a salvo de cualquier insidia. LA FE ES LA CUESTION VITAL.”

La respuesta de su “protector” ha sido la causante de la ira del patricio. Y es lo que más lo abruma en su paseo.

Finalmente se sienta en el triclinio y con su  mentón apoyado sobre su puño izquierdo cerrado, piensa por largo rato. Siguiendo el hilo de sus pensamientos, levanta su mano derecha y traza en el aire, con el dedo una cruz… Y se queda inmóvil por unos segundos.

Luego se refleja en su semblante una firme determinación. Se levanta. El razonamiento que lo ha decidido ha sido éste: “Ya que Jesucristo el Crucificado es el Dios Todopoderoso y nada puede contra Él, me convertiré en  cristiano y voy a adorarlo.”

Parece una magnífica estatua. De su semblante desaparece el aire torvo y sombrío. En ese momento llega un esclavo y le avisa que ha llegado un mensajero de la casa de Adriano, con una carta para él. Leonardo la lee…

Y a la mañana siguiente se une a la comitiva que se dirige a la Puerta del Cielo.

Cuando cruzan el atrio de la regia mansión, Leonardo se fija en el Lararium (especie de oratorio donde se adoran los dioses domésticos): lo único que tiene es una enorme cruz desnuda hecha de mármol que parece suspendida con lazos invisibles, con un gran lienzo blanco y plegado que cuelga de uno a otro de sus brazos y un letrero en un pedestal que en latín y en griego dice: “JESÚS ESTA VIVO”

Al lado izquierdo se lee: “Si quieres alcanzar la perfección, aprende la ciencia de VIVIR MURIENDO Y MORIR AMANDO.”

En el lado derecho está escrito: “Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas, con todo tu ser, sobre todas las cosas. Y a tu prójimo como a ti mismo…”

Adela, la aya de Adriano, dice unas palabras al que los ha recibido. Este asiente con la cabeza y luego se dirige a todos:

–      Bienvenidos, hermanos. Que la paz de nuestro Señor Jesucristo esté con todos vosotros. No temáis. Todo estará bien. Traigan al enfermo.

Cuatro africanos gigantescos llevan al enfermo amarrado como un bulto, hasta un salón anexo al atrium y que en otros tiempos funcionó como taberna para los invitados.

Luego todos los demás son conducidos al jardín posterior, donde Pedro está hablando en el salón porticado a una gran cantidad de personas reunidas:

“Os hablo una vez más de esta Cena en que antes de ser Inmolado por los hombres, Jesús de Nazaret, llamado el Nazareno, el Hijo de Dios Vivo y Verdadero. Y Salvador nuestro, como hemos creído con todo nuestro corazón e inteligencia. Porque en creerlo está nuestra salvación. Se inmoló por su propia voluntad y por su gran amor, se dio a Sí Mismo en comida y bebida a los hombres, cuando tomó un pan entero y lo puso sobre una copa llena de vino. Los bendijo y los ofreció a Dios Padre. Luego partió el Pan en trece pedazos y dio uno a cada uno de los apóstoles, reservando uno para su Madre Santísima. Y dijo: “Tomad y comed. Esto es mi Cuerpo. Haced esto en recuerdo de Mí, que me voy… Después tomó el Cáliz y dijo: “Tomad y bebed. Esto es mi Sangre. Este es el Cáliz del Nuevo Pacto sellado en mi Sangre y por mi Sangre que será derramada por vosotros, para que se os perdonen vuestros pecados y para daros la Vida. Haced esto en recuerdo mío.”

Y es lo que estamos haciendo. Así como nosotros sus testigos creemos que en el Pan y en el Vino, ofrecidos y bendecidos como Él lo hizo, en memoria suya y por obedecerle, están su Cuerpo Santísimo y su Sangre Preciosa, Poderosa y Adorable. Este Cuerpo y esta Sangre que son del Dios Encarnado, Hijo del dios Altísimo. Sangre que fue derramada y Cuerpo que fue crucificado por amor y para dar Vida a los hombres. Así también a vosotros que habéis entrado a formar parte de la Iglesia verdadera, inmortal, que predijeron los profetas y que fundó Jesús, debéis creerlo.

Creed y bendecid esta señal como perdón suyo. Pues nosotros, si no fuimos sus crucificadores materiales, si lo fuimos moral y espiritualmente, principalmente por nuestros pecados. Por nuestra debilidad en servirlo. Por nuestra ceguera en comprenderlo. Por nuestra cobardía en abandonarlo, huyendo en su hora postrera y ¿Qué puedo deciros de mi personal traición? Pues lo negué por miedo y cobardía. Negué que era su discípulo aun cuando me había elegido para ser el primero entre sus siervos.- gruesas lágrimas corren por sus mejillas y bañan todo su rostro- Poco antes de la hora Prima; allá, en el patio del Templo.

Creed y bendecid al Señor, todos los que no lo conocieron cuando era el Nazareno y permite que ahora lo conozcan como el Verbo Encarnado. El Cordero que ha sido Inmolado; Rey de Reyes; Sacerdote y Dios; Hijo del Dios Altísimo; Hombre Verdadero y Dios Verdadero; Maestro, Salvador y Redentor nuestro; que murió Crucificado y Resucitó de entre los muertos. Y ahora ha regresado al Cielo, para estar glorioso con el Padre. “Venid y Tomad” Él lo dijo: “Quién come mi Carne y bebe mi sangre, tendrá Vida Eterna.”

Él creó vuestras almas y las redimió con su Vida y con su Sangre Santísima. Él os está llamando para ser ovejas de su Rebaño. El Buen Pastor está buscando a la oveja perdida. Y os llama para salvaros. Él ha redimido vuestras almas y las espera para darles la Vida Eterna.

Pedro calla.

Después de unos momentos, dice:

–           Vayamos ahora a los enfermos…

Celina se acerca y le dice algo en voz baja. Pedro sonríe y se dirige hacia donde está el grupo de Adriano. Los saluda:

–           Paz a ustedes, hermanos.

–           Salve.- contestan todos.

Y mientras caminan al lugar en que dejaron a Víctor, Adrián dice:

–          Está loco por un mal misterioso. Nadie ha podido curarlo. Es mi hermano, -señalando a la mujer que llora con profundo dolor, agrega.- y ella es mi madre. Hemos venido…

Adrián ya no sabe que decir y baja la cabeza apesadumbrado.

Pedro trata de consolarlo:

–           Ahora se le pasará.

Y Pedro se dirige al hombre que pese a que está amarrado fuertemente, da unos saltos con unos rugidos escalofriantes que aumentan a medida que el apóstol se va acercando.

Todos miran asombrados al enfermo que se agita siempre más.

Adrián advierte:

–           Ten cuidado. Es muy agresivo.

Pedro llega hasta el hombre que a pesar de sus ataduras, pareciera a punto de soltarse;  mientras gruñidos espeluznantes rugen en forma sobrehumana de su garganta. El apóstol declara tranquilamente:

–           Vosotros le creéis loco. Dices que ningún médico puede curarlo. Es verdad. Ningún médico porque no está loco; sino que uno de los inferiores como ustedes los conocen, ha entrado en él…

Adrián replica:

–           Pero no tiene el espíritu de Pitón. Al contrario. Solo dice incoherencias.

Pedro explica:

–           Nosotros lo llamamos “demonio” no Pitón. Hay el que habla y el que es mudo. El que engaña con razones aparentes de verdad y suele pasar desapercibido. Es el más peligroso. Y hay el que produce solo un desorden mental. El primero de los dos es el más completo y entre menos se advierte su presencia, más destrucción produce. Tu hermano tiene el segundo, pero ahora saldrá de él.

–           ¿Cómo?

–           Él mismo te lo dirá.

Entonces, dirigiéndose al enfermo, Pedro ordena:

–           ¡En el Nombre de Jesucristo deja a este hombre y regresa a tu Abismo!

El hombre lanza un alarido escalofriante y grita:

–          ¡Me voy! Contra ti y por Él, mi poder es demasiado débil. Me arrojas y me amordazas. ¿Por qué siempre nos vences?

El espíritu que habló por boca de Víctor, sale con un alarido más fuerte. Y el hombre se desploma como si se hubiera desmayado.

Pedro dice:

–           Está curado. ¡Soltadlo sin miedo!

Varias voces dicen al mismo tiempo:

–           ¿Curado?… ¿Estás seguro?… Pero…

Adrián intenta postrarse, al mismo tiempo que exclama:

–           ¡Yo te adoro!

Pero Pedro lo detiene inmediatamente:

–          ¡No lo hagas! Yo soy solo un hombre como tú. Levanta tu alma. En el Cielo está Dios. A Él adórale. Y dirige tus pasos hacia Él.

–           Entonces permite que te trate como a los sacerdotes de Esculapio. Permite que te oigamos hablar y ver como curas a los enfermos.

–           Hazlo. Y trae a tu hermano.-y dirigiéndose al grupo, los invita – Si queréis, todos podéis pasar.

Mientras tanto, Víctor está sorprendido. Y mirando a todos pregunta:

–           ¿Pero dónde estoy? Esto no es Ostia. ¿Dónde está el mar?

Adrián contesta:

–           ¡Estabas…!

Pedro lo interrumpe al hacer una señal con la que impone silencio y dirigiéndose a Víctor le dice:

–           Tenías una fiebre muy alta y te han traído a Roma. Ahora estás mejor. Ven.

Dócilmente, el hombre se levanta y camina junto al apóstol. Todos los siguen, conmovidos, sorprendidos y sin comprender cabalmente lo que ha sucedido.

Adrián no puede contenerse y adelantándose llega hasta Pedro y le pregunta:

–          Dijiste levanta tu alma. ¿Qué cosa es el alma? ¿De quién viene? ¿Dónde está?

–           Seguidme y lo sabréis…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

 

6.- ARBITER ELEGANTIARUM


En una villa ancestral  que en su mayor parte está orientada hacia el sur. Hay un pabellón apartado que está rodeado por un patio al que dan sombra muchas palmeras; varios robles, sauces llorones, cedros, fresnos  y cuatro plátanos. En el centro, una fuente derrama su agua en una pila de mármol y salpica suavemente los plátanos que la rodean y las plantas que éstos cobijan. En este pabellón está ubicado un dormitorio que no permite entrar la luz del día, ni escuchar el ruido. A un lado está el triclinium (comedor)

Existe también una habitación sombreada por el verdor del plátano más cercano, decorada con  una espléndida pintura que representa a unos pájaros posados sobre las ramas de unos árboles. Aquí se encuentra una pequeña fuente con una pila rodeada por unos surtidores que emiten un susurro muy agradable.

Es el refugio de un escritor. Y sobre la mesa de trabajo se puede ver un fragmento de su última obra literaria, en la que está desarrollando su talento. Al acercarse se puede leer: “La Cena de Trimalción…”  El autor trabaja en ella por las mañanas, cuando se lo permiten las fiestas de Nerón…

Ahora, después del banquete de la víspera que se prolongó más de lo acostumbrado; Tito Petronio se levantó tarde sintiéndose sumamente  fastidiado…

En  su travesía por los baños recuperó su ingenio y complacido, se sintió rejuvenecer. Rebosante de vida, de energía y de fuerza; cuando estaba sumergido en el agua tibia, le avisaron que su sobrino Marco Aurelio acaba de llegar a visitarlo.

Petronio ordena que lo conduzcan al jardín adyacente para conversar plácidamente y sale del agua poniéndose una bata de lino suave.

Marco Aurelio es hijo su hermano Publio, el mayor y más querido. Y ha estado sirviendo bajo las órdenes de Corbulón en la guerra contra los partos. Es su sobrino predilecto. Un hombre íntegro; que ha heredado de su tío el gusto por el placer, el arte, la belleza y la estética; cualidades que Petronio valora sobre todo lo demás. No por nada le han apodado el “Árbitro de la Elegancia.”

Toma una manzana del platón que está en la mesa más cercana y está a punto de morderla, cuando entró un joven con pasos largos y flexibles exclamando:

–                 ¡Salve Petronio! Que te sean propicios todos los dioses.

Petronio sonríe y contesta:

–          ¡Salve Marco Aurelio! Te doy la bienvenida a Roma. Espero que disfrutes de un  merecido descanso después de las fatigas de la guerra. ¿Qué noticias traes de Armenia?

Mientras el joven se sienta en una banca a su lado, exclama con cierto fastidio:

–           De no ser por Corbulón, esta guerra sería un desastre.

–           ¡Es un verdadero Marte! ¿Sabes que Nerón le teme?

Marco Aurelio lo mira sorprendido y pregunta:

–           ¿Por qué?

–           Porque si quisiera, podría encabezar una revuelta.

–           Corbulón no es ambicioso hasta ese grado.

Petronio sentencia:

–          Si quitáramos la ambición y la vanidad ¿Dónde quedarían los héroes y los patriotas?

–           Lo conozco bien y sé que no debéis temer nada de él. Hablas como Séneca.

–          Se puede apreciar el carácter de un hombre en la forma como recibe la alabanza. Y tienes razón. Séneca es un maestro al que hay muchas cosas que aprenderle. Es uno de los pocos hombres que respeto y admiro.

Petronio cerró los ojos y Marco Aurelio se fijó en el semblante un tanto demacrado de su tío y cambiando el tema, le preguntó por su salud.

El augustano hizo un mohín, antes de replicar:

–           ¿Salud? No lo sé. Mi salud no está como yo quisiera. Trato de ser fuerte y            aparento estar perfectamente. Pero empiezo a sentir un cierto cansancio que… Considerando las circunstancias, creo que estoy bien. ¿Y tú cómo estás?

–           Las flechas de los partos respetaron mi cuerpo, pero… un dardo de amor acaba de  herirme y ha acabado con mi tranquilidad. Estoy aquí para pedirte un consejo.

Petronio lo miró sorprendido y dijo:

–         Te puedes casar o quedarte soltero. Pero te aseguro que te arrepentirás de las dos cosas.- luego lo invitó – Vamos a sumergirnos en el agua tibia y me sigues platicando. ¿Qué te parece?

Marco Aurelio aceptó encantado:

–           Vamos.

Los dos regresan al frigidarium.  Marco Aurelio se desnuda y Petronio contempla el cuerpo vigoroso de su sobrino. Le recuerda las estatuas de Hércules que adornan el camino al Palatino. Es un atleta pleno de vigor juvenil. Y en el armonioso rostro que completa la apolínea belleza masculina, hay un gesto de sufrimiento reprimido. El joven se lanza al agua, salpicando el mosaico que representa a Perseo liberando a Andrómeda.

Petronio admira todo esto con los ojos regocijados del artista embelesado con la auténtica belleza…

Y después de lanzarse al agua, dice:

–          En la actualidad hay demasiados poetas. Es una manía de los tiempos que vivimos. El césar escribe versos y por eso todos lo imitan. Lo único que no está permitido es escribir mejores versos que él… Hace poco hubo un certamen y Nerón leyó una poesía dedicada a las transformaciones de Niobe. Los aplausos de la multitud cubrieron la voz de Nerón; pero en aquellas muestras de forzado entusiasmo faltaba el acento de la espontaneidad que nace del corazón. Luego Lucano declamó otra, celebrando el descenso a los infiernos de Orfeo. Cuando se presentó, el respeto y el temor contenían a los oyentes… Más por uno de esos triunfos del arte que parecen milagrosos, el poeta logró suspender los ánimos; los arrebató y consiguió que se olvidaran de sí y del emperador. Y le decretaron unánimes el laurel de la gloria y el codiciado premio. ¿Te imaginas lo que sucedió después?… Imposible que Nerón consintiese un genio superior a su inspiración. Se salió despechado del certamen y prohibió a Lucano que volviese a leer en público sus versos. Por eso yo escribo en prosa.

–          ¿Para ti no ambicionas la gloria?

–           A nadie ha hecho rico el cultivo del ingenio.

–           ¿Qué estás escribiendo ahora?

–          Una novela de costumbres: las correrías de Encolpio y sus amigos Ascilto y Gitón.  Ya casi la termino. Estoy en el convite ridículo de un nuevo rico. Lo he titulado “La Cena de Trimalción”

–           ¿El libro?

–          No. El capítulo. El libro es una sorpresa. Espera un poco… – se queda pensativo un momento. Y luego añade- Enobarbo ama el canto. En particular el suyo propio. Dime ¿Tú no haces versos?

Marco Aurelio lo mira sorprendido… y luego responde firme:

–           No. Jamás he compuesto ni un hexámetro.

–           ¿Y no tocas el laúd, ni cantas? – insiste Petronio.

–           No. Me gusta oír a los que sí saben hacerlo.

–           ¿Sabes conducir una cuadriga?

–           Lo intenté una vez en Antioquia, pero fui un fracaso.

–          Entonces ya no debo preocuparme por ti. Y ¿A qué partido perteneces en el hipódromo?

–           A los azules; porque los únicos que me entusiasman son Porfirio y Scorpius.

–          Ahora sí ya estoy del todo tranquilo. Porque en la actualidad hacer cualquiera de estas cosas es muy peligroso. Tú eres un joven apuesto y tu único peligro es que Popea llegue a fijarse en ti. Pero no…  Esa mujer tiene demasiada experiencia y le interesan otras cosas. ¿Sabes que ese estúpido de Otón, su ex marido? ¿Todavía la ama con locura? Vaga por la España, borracho y descuidado en su persona.

–           Comprendo perfectamente su situación.- suspiró Marco Aurelio.

Petronio  movió la cabeza. Y siguieron conversando…

Cuando más tarde salieron del Thepidarium, dos bellas esclavas africanas, con sus perfectos cuerpos como si fueran de ébano, los esperan para ungirlos con sus esencias de Arabia…

Al terminar, otras dos doncellas griegas que parecen deidades, los vistieron.

Con movimientos expertos adaptaron los pliegues de sus togas. Marco Aurelio las contempló con admiración y exclamó:

–           ¡Por Júpiter! ¡Qué selecciones haces!

Petronio sentenció:

–           La belleza y la rareza fija el precio de las cosas. Prefiero la calidad óptima. Toda mi “Familia” (Un amo con sus parientes  y sus esclavos) en Roma, ha sido seleccionada con el mismo criterio.

–           Cuerpos y caras más perfectos no posee ni siquiera el mismo Barba de Bronce.- alaba Marco Aurelio mientras aspira los aromas con deleite.

–           Tú eres mi pariente.- aceptó Petronio con cariño. Y agregó- Y yo no soy tan                                 intolerante como Publio Quintiliano.

Marco Aurelio al escuchar este nombre se queda paralizado. Olvidó a las doncellas y preguntó:

–           ¿Por qué has recordado a Publio Quintiliano? ¿Sabías que al venir para acá una serpiente asustó a mi caballo y me derribó?  Pasé varios días en su villa fuera de la ciudad. Un esclavo suyo, el médico frigio Alejandro, me atendió. Precisamente de esto era de lo que quería hablarte.

–           ¿Por qué? ¿Acaso te has enamorado de Fabiola? En ese caso te compadezco. Ella es muy hermosa pero ya no es joven. ¡Y es virtuosa! Imposible imaginar peor combinación. ¡Brrr!.- Y Petronio hace un cómico gesto de horror.

¡De Fabiola, no! ¡Caramba!

–           ¿Entonces de quién?

–          Yo mismo no lo sé. Una vez al rayar el alba la vi bañándose en el estanque del jardín, con los primeros rayos del sol que parecían traspasar su cuerpo bellísimo. Te juro que es más hermosa que Venus Afrodita. Por un momento creí que iba a desvanecerse con la luz del amanecer… Y desde ese momento me enamoré de ella con locura.

–           Si era tan transparente, ¿No sería acaso un fantasma?

–          No me embromes Petronio. Te estoy abriendo mi corazón. Después volví a verla dos veces más. Y desde entonces ya no sé lo que es tranquilidad. Ya no me interesa nada de lo que Roma pueda ofrecerme. Ya no existen para mí otras mujeres… Ni vino, fiestas o diversiones. Me siento enfermo. Traté de indagar de mil maneras sutiles y creo que se llama Alexandra. No estoy muy seguro… Pero solo la quiero a ella. No se aparta de mi mente un solo instante. Te lo digo con sinceridad Petronio, siento por ella un anhelo tan vehemente, que he perdido el apetito. En el día me atormenta la nostalgia y por las noches no puedo dormir. Y cuando consigo hacerlo, solo sueño con ella. Y así transcurre mi vida, con este torturante deseo…

Petronio lo mira con conmiseración… Y luego dice con determinación:

–           Si es una esclava, ¡Cómprala!

Marco Aurelio replica con desaliento:

–           No es una esclava.

–           ¿Es acaso alguna liberta perteneciente a la casa de Quintiliano?

–           No habiendo sido jamás esclava, tampoco puede ser liberta.

–           ¿Quién es entonces?

–          ¡No lo sé!… No pude averiguar mucho. Por favor escúchame. Es la hija de un rey, creo. –Y añade desesperado-  O algo por el estilo…

Petronio lo mira interrogante. Y cuestiona lentamente:

–           Estás despertando mi curiosidad, Marco Aurelio.

Su sobrino lo mira con impotencia y explica:

–          Hace tiempo el rey de Armenia invadió a los partos, mató a su rey y tomó como rehenes a su familia, a algunos principales de su nuevo territorio y los entregó a Roma. El gobernador no sabía qué hacer y el César los recibió junto con el botín de guerra que enviaron como regalo. Luego los entregó a Publio Quintiliano, ya que no pueden considerarse como cautivos y se desconoce el motivo que lo impulsó a entregarlos a él. Pero el tribuno los recibió muy bien. Y en esa casa en la que todos son  virtuosos, la doncella es igual a Fabiola.

–           ¿Y cómo estás tan enterado de todo esto?

–           Publio Quintiliano me lo refirió. Esto pasó hace quince años. Y también te digo que a mi regreso de Asia, pasé por  el templo de Delos a fin de consultar a la sibila. Y Apolo se me apareció…  y me anunció que a influjos del amor, se operaría un cambio trascendental en mi existencia…

¿Y qué quieres hacer?

–          Quiero que Alexandra sea mía. Deseo sentirla entre mis brazos y estrecharla contra    mi corazón. Deseo tenerla en mi casa hasta que mi cabeza sea tan blanca, como las nieves de la montaña. Deseo aspirar su aliento puro y extasiarme mirando sus ojos bellísimos. Si fuera una esclava, pagaría por ella lo que fuera. Pero ¡Ay de mí! No lo es…

–           No es una esclava pero pertenece a la familia de Quintiliano. ¿Por qué no le pides que te la ceda?

–           ¡Cómo si no los conocieras!…Tú sabes que Publio es muy diferente a las demás personas y en ese matrimonio, ambos la tratan como si fuera su verdadera hija.

Petronio se queda reflexivo, se toca la frente y luego dice con impotencia:

–           No sé qué decirte, Marco Aurelio mío. Conozco a Publio Quintiliano, quién aun cuando censura mi sistema de vida; en cierto modo me estima y me respeta más, pues sabe que no soy como la canalla de los íntimos de Enobarbo; exceptuando dos o tres como Séneca y Trhaseas… –levanta las manos con desconcierto y agrega- Si crees que algo puedo hacer acerca de este asunto, estoy a tus órdenes.

–           Creo que sí puedes…  Tienes influencia sobre Publio y además tu ingenio te ofrece inagotables recursos. ¡Si quisieras hacerte cargo de la situación y hablar con él!

–           Tienes una idea exagerada de mi ingenio y de mis recursos. Pero si no deseas más que eso, hablaré con Publio lo más pronto posible. Yo te avisaré…

–           Te estaré esperando.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA