151 EL DIOS INMANENTE


151 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Estamos de nuevo en la cocina de la casa de Pedro.

La cena debe haber sido abundante, como se deduce de los platos  con los restos de pescado y carne, de quesos, de diversos tipos de fruta seca y pasas.

De bollos de miel amontonados sobre una especie de aparador y de las ánforas y copas que están todavía encima de la mesa.

La mujer de Pedro trabajó con mucho esmero y amor para que su marido se sintiera feliz y satisfecho.

Y todo se refleja en el banquete servido al colegio apostólico. 

Ahora, cansada pero contenta, está en su rincon mientras escucha lo que dice su marido y los demás.

Está mirando a su Simón con gran amor y admiración, pues para ella es un gran hombre, al que ahora lo escucha expresarse muy diferente, cuando le oye hablar con palabras nuevas.

Con esa boca que antes no hablaba sino de barcas, redes, pescado y dinero, parpadea incluso como deslumbrada por una luz demasiado intensa. 

Pedro esta noche, sea por la alegría de tener a su mesa a Jesús y haber disfrutado las exquisiteces que su Porfiria les preparó,

está verdaderamente inspirado:

Se revela en él, el futuro Pedro predicando a las muchedumbres en Roma.

No sé qué observación de uno de los compañeros ha originado la respuesta escultórica de Pedro,

que dice:

–     Les sucederá como a los constructores de la torre de Babel.

Su misma soberbia provocará la destrucción de sus teorías y morirán aplastados.

Andrés objeta a su hermano:

–     Pero Dios es Misericordia.

Impedirá que se derrumben para darles tiempo de arrepentirse.

–     ¡Que te crees tú eso!

Coronarán su soberbia con la calumnia y la persecución. Ya lo veo venir. Nos perseguirán, cual testigos odiosos, para disgregarnos.

Y, por su ataque insidioso contra la Verdad, Dios tomará venganza y perecerán. 

Tomás pregunta:

–     ¿Tendremos la fuerza suficiente para resistir?

Pedro señala a Jesús y dice:

–     Por mí mismo no la tendría, pero confío en Él.

Jesús está escuchando y guarda silencio, con la cabeza un poco inclinada como para tener escondida la expresión de su rostro.  

Mateo dice:

–     Yo pienso que Dios no nos someterá a pruebas superiores a nuestras fuerzas.

Santiago de Alfeo concluye:

–     O que, cuando menos, aumentará las fuerzas proporcionalmente a la magnitud de las pruebas.   

Simón Zelote agrega:

–     Ya lo está haciendo.

Yo era rico y poderoso. Si Dios no me hubiera querido conservar para un fin suyo, yo me habría hundido en la desesperación cuando estaba leproso y me perseguían.

Me habría ensañado conmigo mismo… Y sin embargo, en medio del abatimiento completo en que me encontraba, recibí de lo alto una riqueza nueva que nunca antes había poseído,

la riqueza de una persuasión: “Dios existe”. Antes… Dios… Sí… era creyente, era un fiel israelita… pero era una fe de formalismos.

Y me parecía que el premio a esta fe fuera siempre inferior a mis virtudes.

Me permitía polemizar con Dios porque me sentía todavía algo sobre la faz de la tierra. Simón Pedro tiene razón.

Yo también estaba construyendo una torre de Babel con las autoalabanzas y las satisfacciones a mi yo.

Cuando se me vino todo encima y quedé, como un gusano, aplastado por el peso de toda esta inutilidad humana, dejé de polemizar con Dios…

Para pasar a hacerlo conmigo mismo, con mi loco yo-mismo…

Y acabé de demolerlo. Y, a medida que lo hacía, abriendo paso a lo que yo creo que es el Dios inmanente en nuestro ser de terrestres, obtenía una fuerza, una riqueza, nueva:

La certeza de que no estaba solo y de que Dios velaba por el hombre vencido por el hombre y por el mal. 

Judas cuestiona un poco severamente:

–     ¿Para ti qué es Dios?

¿Esto que has dicho: “el Dios inmanente en nuestro ser de terrestres”? ¿Qué quieres decir con eso?

No te comprendo… Y además me parece una herejía.

A Dios lo conocemos a través de la Ley y los Profetas. Y no hay otro Dios.    

Zelote responde:

–     Si aquí estuviera Juan, te lo diría mejor que yo.

De todas formas, te lo diré como sé. Es verdad que a Dios lo conocemos a través de la Ley y los Profetas.

Pero, ¿En qué lo conocemos?, ¿Cómo?…

Tadeo interviene inmediatamente:

–     Poco y mal.

Los Profetas que nos lo describieron… lo conocían.

Pero nosotros tenemos de Él la idea confusa filtrada a través de todo un montón de estorbos acumulados por las sectas… 

Judas objeta indignado:

–     ¿Sectas?

¿Qué palabras son ésas? Nosotros no tenemos sectas. Nosotros somos los hijos de la Ley… Todos.   

Tadeo lo rebate:

–     Los hijos de las leyes.

No de la Ley. Hay una ligera diferencia del singular al plural.

Pero en realidad ello significa que ya no somos hijos de lo que Dios nos ha dado sino de lo que nosotros hemos creado.

Judas de Keriot confirma:

–     Las leyes han nacido de la Ley.  

Tadeo replica:

–     También las enfermedades nacen de nuestro cuerpo.

Y no me vas a decir ahora que son cosas buenas. Y bueno, dejadme saber lo que es el Dios inmanente de Simón Zelote.

Judas no puede replicar a esta observación de Judas de Alfeo…

Simón Zelote dice:

–    Nuestros sentidos necesitan siempre un término para aferrar una idea.

Cada uno de nosotros – me refiero a nosotros creyentes – cree, claro está, por la misma fe, en el Altísimo, Señor y Creador, eterno Dios que está en el Cielo.

Pero todos necesitamos algo más que esta fe desnuda, virgen incorpórea, adecuada y suficiente para los ángeles, que ven y aman a Dios espiritualmente,

compartiendo con Él la naturaleza espiritual y teniendo la capacidad de ver a Dios.

Nosotros necesitamos crearnos una “figura” de Dios, figura que está hecha de las cualidades esenciales que ponemos en Dios para dar un nombre a su perfección absoluta, infinita. CIELO

Cuanto más se concentra el alma más alcanza la exactitud en el conocimiento de Dios. Pues bien, lo que yo digo es esto: el Dios inmanente.

No soy un filósofo. Quizás haya aplicado mal la palabra.

Lo que quiero decir en definitiva, es que para mí el Dios inmanente es el hecho de sentir, de percibir, a Dios en nuestro espíritu.

Y sentirlo y percibirlo no ya como una idea abstracta, sino como real Presencia que da fortaleza y paz nuevas.  

Judas de Keriot, con un tinte de ironía,

cuestiona:

–     De acuerdo.

Pero, en definitiva, ¿Cómo lo sentías? ¿Qué diferencia hay entre sentir por fe y sentir por inmanencia? –

Pedro interviene:

–     Dios es seguridad, muchacho.

Cuando lo sientes como dice Simón, con esa palabra cuyo espíritu comprendo aunque no la entienda como tal palabra.

Y créeme, nuestro mal consiste en entender sólo la letra y no el espíritu de las palabras de Dios.

Quiere decir que logras aferrar no sólo el concepto de la majestad terrible, sino de la paternidad dulcísima de Dios.

Quiere decir que sientes que, aunque todo el mundo te juzgara y condenara injustamente.

Uno sólo, El, el Eterno, que te es padre, no te juzga sino que te absuelve y te consuela.

Quiere decir que sientes que, aunque todo el mundo te odiase, sentirías en ti la Presencia de un Amor más grande que todo el mundo.

Quiere decir que, segregado de los demás, en una cárcel o en un desierto, sentirías siempre que Uno te habla y te dice: “Sé santo para ser como tu Padre”.

Quiere decir que por el amor verdadero a este Padre Dios – que por fin uno llega a sentir tal – se acepta, se obra, se toma o se deja, sin medidas humanas.

Pensando sólo en devolver amor por amor, en copiar lo más posible a Dios en las propias acciones.  

Judas sentencia:

–     ¡Eres soberbio!

¡Copiar a Dios! No te es concedido. 

Pedro replica:

–    No es soberbia.

El amor lleva a la obediencia.

Copiar a Dios me parece también una forma de obediencia porque Dios dice que nos ha hecho a su imagen y semejanza.

–     Nos ha hecho.

Nosotros no debemos ir más arriba.

–     ¡Mira chico, eres un desdichado si piensas así!

Olvidas que caímos y que Dios nos quiere volver a elevar a lo que éramos.

Jesús toma la palabra:

–     Más todavía, Pedro, Judas…

Y vosotros todos, más todavía.

La perfección de Adán era susceptible de aumento mediante el amor que le habría conducido a una imagen progresivamente más exacta de su Creador.

Adán, sin la mancha del pecado, habría sido un tersísimo espejo de Dios.

Por esto digo: “Sed perfectos como perfecto es el Padre que está en los Cielos”. Como el Padre, por tanto, como Dios.

Pedro ha hablado muy bien y Simón también.

Os ruego que recordéis las palabras de ambos y que las apliquéis a vuestras almas. 

Falta poco para que la mujer de Pedro se desmaye de la alegría,  al ver alabar de este modo a su marido.   

Llora en su velo, serena y dichosa.

Pedro se pone tan colorado, que da la impresión de que le esté viniendo un ataque apopléjico.

Permanece mudo durante unos momentos…

Y luego dice:

–     Bueno, pues entonces dame el premio.

La parábola de esta mañana…

También los otros se unen a Pedro diciendo:

–     Sí. Lo has prometido.

Las parábolas sirven para hacer comprender la comparación, pero nosotros comprendemos que su espíritu supera la comparación.

–     ¿Por qué les hablas en parábolas?

–     Porque a ellos no se les concede entender más de lo que explico.

A vosotros se os tiene que dar mucho más, porque vosotros mis apóstoles, debéis conocer el misterio.

Por tanto, se os concede entender los misterios del Reino de los Cielos.

Por esto os digo: “Preguntad, si no comprendéis el espíritu de la parábola”.

Vosotros dais todo, y todo se os debe dar, para que a vuestra vez podáis dar todo.

Vosotros dais todo a Dios: afectos, tiempo, intereses, libertad, vida.

Y Dios os da todo, para compensaros y haceros capaces de dar todo en nombre de Dios a quienes vienen después de vosotros.

De este modo, a quien ha dado le será dado y con abundancia.

Pero, a quien sólo ha dado parcialmente o no ha dado en absoluto, le será incluso quitado lo que tenga.

Les hablo en parábolas para que viendo vean sólo lo que les ilumina su voluntad de seguir a Dios; para que oyendo – con la misma voluntad de adhesión – oigan y comprendan.

¡Vosotros veis! Muchos oyen mi palabra, pocos se adhieren a Dios; es incompleta la buena voluntad de sus espíritus.

En ellos se cumple la profecía de Isaías:

“Oiréis con los oídos pero no comprenderéis, miraréis con los ojos pero no veréis”.

Porque este pueblo tiene un corazón insensible; sus oídos son duros y han cerrado los ojos para no oír y para no ver.

Para no comprender con el corazón y no convertirse para que los cure.

¡Pero, dichosos vosotros por vuestros ojos que ven, por vuestros oídos que oyen, por vuestra buena voluntad!

En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis y no lo vieron y oír lo que vosotros oís pero no lo oyeron.  

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