117 ESTIRPE DE LOS CÉSARES


117 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús está en el centro de una plaza amplia, bastante bonita, que se prolonga en una calle muy ancha hasta la orilla del mar.

Una galera parece haber dejado hace poco el puerto y sale a mar abierto impulsada por el viento y los remos, mientras que otra está haciendo las maniobras para atracar,

como se deduce del hecho de que están plegando velas y de que los remos se mueven sólo por una banda para hacer virar a la nave en la posición conveniente.

El puerto, desde la plaza no se ve, pero debe estar cerca.

En los lados de la plaza hay series de casas grandes, con las típicas paredes exteriores casi exentas de puertas y no hay ningún establecimiento de comercio.

Pedro desaprueba:

–     ¿A dónde vamos ahora?

Has querido venir aquí en vez de ir al lado oriental; éste es un lugar de paganos, ¿Quién crees que te va a escuchar? 

Jesús indica:

–     Vamos allí, a aquel ángulo que se abre hacia el mar; allí voy a hablar.

–     A las olas.

–     También las olas han sido creadas por Dios.

Y van…

Ahora están justo en ese ángulo.

Ven el puerto, donde está entrando lentamente la galera vista antes.

Ahora la amarran en el lugar destinado a ella.

Algún marinero se da al ocio a lo largo de los espigones; algún vendedor de fruta se arriesga a ir hacia la nave romana a vender su mercancía; nada más.

Jesús, arrimado de espaldas a una pared, da verdaderamente la impresión de que estuviera hablando a las olas.

Los apóstoles, poco satisfechos de la situación, están en torno a Él, parte en pie, parte sentados en piedras colocadas acá o allá, con la intención de que sirvan de banquetas.

Y Jesús predica a las olas…

“Insensato el hombre que viéndose poderoso, sano, feliz, dice: “¿De qué tengo necesidad?, ¿De quién?

De nadie tengo necesidad. Nada me falta, me basto a mí mismo. Las leyes y decretos de Dios y de la moral, para mí, son nulos.

Mi ley consiste en hacer lo que está en mi mano, sin preocuparme de si beneficia o perjudica a los demás”.

Uno de los vendedores se vuelve al oír esa voz sonora y se acerca hacia Jesús,

que continúa diciendo:

–     Así hablan el hombre y la mujer que no tienen ni sabiduría ni fe.

Con ello muestran su mayor o menor poder, mas denuncian su parentesco con el Mal.

Algunos hombres bajan de la galera y de otras barcas,

y se dirigen hacia Jesús.

–     El hombre demuestra, no con las palabras sino con los hechos, que está emparentado con Dios y la virtud,

cuando considera que la vida es más mudable que las olas del mar, ahora calmas, mañana furiosas.

Del mismo modo, el bienestar y poder de hoy pueden ser mañana miseria e impotencia. ¿Qué hará entonces el hombre que no vive unido a Dios?

¿Cuántos de los que ahora están en esa galera un día vivían dichosos y gozaban de poder. Y ahora son esclavos y se los considera reos!

Reos: por tanto, doblemente esclavos de la ley humana, en vano burlada porque existe y castiga a sus transgresores.

Y de Satanás, quien para siempre se apodera de los culpables que no llegan a odiar su culpa.  

Un oficial romano se acerca diciendo:

–     ¡Hola, Maestro!

¿Cómo por aquí? ¿Sabes quién soy?

Jesús le responde:

–     Que Dios sea contigo, Publio Quintiliano.

¿Ves como he venido?

–     Y además al barrio romano.

Ya no tenía esperanzas de volver a verte. Me alegra poder escucharte. 

–     Yo también me alegro.

¿Hay muchos en los remos en esa galera?

–     Muchos.

La mayoría son prisioneros de guerra.  ¿Te interesan?

–     Quisiera acercarme a esa nave.

–     Ven. Abrid paso vosotros… 

Les ordena a los pocos que se habían acercado y que se apartan enseguida farfullando improperios.

–    Déjalos también a ellos.

Estoy acostumbrado a que me apretuje la gente.

–    Hasta aquí puedo, pero más no. Es una galera militar.

–    Me es suficiente. Que Dios te lo pague.

Jesús reanuda su discurso.

El romano, verdaderamente espléndido con su atavío que lleva, parece montar guardia a su lado.

    “Esclavos por un doloroso suceso, esclavos una sola vez, esclavos mientras dura la vida. Cada una de las lágrimas que cae sobre sus cadenas,

cada uno de los golpes descargados sobre sus carnes para huella escrita de un dolor, afloja los grilletes, orna lo que no muere,  abre finalmente para ellos la paz de Dios,

que es amigo de sus pobres hijos infelices, a los que dará copiosa alegría, puesto que aquí el dolor abundó…

En la obra muerta de la galera se ven hombres de la tripulación, que se han asomado y se han puesto a escuchar.

A los galeotes, naturalmente no se les ve, pero oyen por todos los agujeros de las cuadernas, la voz potente de Jesús, que se difunde por el aire calmo de esta hora de baja marea.

Publio Quintiliano se ha marchado requerido por un soldado. 

Jesús continúa:

–     Quiero decirles a estos desdichados amados de Dios, que se resignen en su dolor, que hagan de él llama que abra las cadenas de la galera y de la vida,

consumiendo en el deseo de Dios este pobre día que es la vida, día oscuro, borrascoso, colmado de miedo y de fatigas, para entrar en el día de Dios, luminoso, sereno, ya sin miedos ni decaimientos.

Basta con que sepáis, vosotros, mártires de una penosa suerte, ser buenos en vuestro sufrimiento. 

Basta con que aspiréis a Dios, para que entréis en la gran paz, en la infinita libertad del Paraíso.

En esto, vuelve Publio Quintiliano con otros soldados; tras él unos esclavos traen una litera para la que los soldados consiguen un sitio. 

Jesús hace una pausa y luego continúa:

–     ¿Quién es Dios?

Estoy hablando a gentiles que no saben quién es Dios, a hijos de pueblos sometidos que no saben Quién es Dios.

En vuestros bosques, vosotros galos, iberos, tracios, germanos, celtas, tenéis sólo una apariencia de Dios.

Ayúdame Señor Jesús a encontrarte, para conocerte y amarte como debo hacerlo en la eternidad

El alma ttiende a la adoración, espontáneamente, porque se acuerda del Cielo. Pero no sabéis encontrar al Dios verdadero que ha puesto uun alma en vuestros cuerpos,

un alma igual que la nuestra, israelitas, igual que la de los poderosos romanos que os han subyugado,

un alma que tiene los mismos deberes y derechos respecto al Bien y a la que el Bien, es decir, el Dios verdadero será fiel; sedlo igualmente vosotros respecto al Bien.

El dios, o los dioses, a los que hasta ahora habéis adorado, aprendiendo su nombre o sus nombres en las rodillas maternas;

el dios en que ahora quizás ya no pensáis porque no sentís que os consuele en nada vuestros sufrimientos,

o al que quizás incluso odiáis o maldecís en vuestras jornadas desesperadas, ése, no es el Dios verdadero.

El Dios verdadero es Amor y Piedad. ¿Acaso eran esto vuestros dioses? No. Más bien manifestaban dureza, crueldad, engaño, hipocresía, vicio, latrocinio…

y ahora os han dejado sin ese mínimo consuelo de la esperanza de ser amados y la certeza del descanso tras tanto sufrimiento.

Esto sucede porque vuestros dioses no existen. Sin embargo, Dios, el Dios verdadero que es Amor y Piedad, cuya segura existencia Yo os declaro,

es Aquel que ha hecho los cielos, los mares, montes, bosques, plantas, flores, animales… y al hombre;

es Aquel que inculca al hombre victorioso la piedad y amor que Él mismo es hacia los pobres de la tierra.

Y vosotros los poderosos, los dominadores, pensad que sois todos de una única planta. No os ensañéis con aquellos quienes la desventura ha puesto en vuestras manos;

sed humanos con los que por un delito están amarrados al banco de la galera. El hombre peca muchas veces. No hay ninguno exento de culpas más o menos celadas.

Si pensarais esto, ¡Cuán buenos seríais para con los hermanos que, menos afortunados que vosotros, han recibido castigo por culpas en que también vosotros habéis incurrido y que no os han sido castigadas!

La justicia humana adolece gravemente de exactitud cuando juzga. ¡Ay, si lo mismo fuera la justicia divina!

Hay reos que no parecen tales, hay inocentes a los que se juzga reos; no indaguemos por qué:

¡Sería acusación demasiado grave para el hombre injusto y lleno de odio hacia su semejante! Hay reos que efectivamente lo son,

pero que cometieron el delito movidos por fuerzas imperiosas que, en parte, aligeran la culpa.

Sed humanos, por tanto, vosotros que habéis sido colocados al frente de las galeras. Por encima de la justicia humana hay una Justicia divina que es mucho más alta:

la del Dios verdadero, la del Creador del rey y del esclavo, de la roca y del granito de arena. Él os mira, tanto a los que estáis en los remos como a quienes tenéis el encargo de regirlos

¡Ay de vosotros si arbitrariamente sois crueles!

Yo, Jesucristo, el Mesías del Dios verdadero, os aseguro que Él,

el día de vuestra muerte, os atará al banco de una galera eterna y pondrá en manos de los demonios el látigo ensangrentado

y seréis torturados y azotados como vosotros torturasteis; porque, si bien es ley humana el castigo del reo, es necesario no exceder la medida.

Sabed recordar esto. Quien hoy es poderoso mañana puede ser  un miserable; sólo Dios es eterno.

Quisiera cambiaros el corazón y, sobre todo, romper vuestras cadenas, devolveros la libertad y patria perdidas; pero,

hermanos galeotes que no veis mi rostro, hermanos galeotes cuyo corazón con todas sus heridas conozco, por la libertad y la patria terrenas que no os puedo dar,

¡Oh, pobres esclavos de los poderosos!, Os daré una libertad y una patria más altas. Por vosotros me he hecho prisionero, ausente estoy de mi patria,

Por vosotros me entregaré Yo mismo como rescate; para vosotros, sí, también para vosotros, que no sois oprobio de la Tierra como os llaman,

sino signo de vergüenza para el hombre que olvida la  medida del rigor de la guerra y de la justicia,

haré una nueva ley sobre la Tierra y una dulce morada en el Cielo.

Recordad mi Nombre, hijos de Dios que lloráis: es el nombre del Amigo. Repetidlo en medio de vuestros padecimientos.

Estad seguros de que si me amáis me tendréis, aunque no nos veamos jamás en esta Tierra.

Soy Jesucristo, el Salvador, el Amigo  vuestro.

En nombre del Dios verdadero os consuelo. La paz descienda pronto sobre vosotros.

La gente, en su mayoría romanos, se ha agolpado en torno a Jesús, cuyos conceptos nuevos han producido el asombro de todos. 

El oficial romano exclama:

–     ¡Por Júpiter, me has hecho pensar en cosas en las que nunca había pensado y que siento verdaderas!

Publio Quintiliano mira a Jesús, pensativo y cautivado al mismo tiempo.

Jesús responde: –

Así es, amigo. Si el hombre usara su pensamiento, no llegaría a la comisión del delito.

–     ¡Por Júpiter, por Júpiter, qué palabras!

¡Tengo que recordarlas! ¿Has dicho: “si el hombre usase su pensamiento…”

…    No llegaría a la comisión del delito.

–     ¡Pues claro!, ¡Es verdad!

¡Por Júpiter! ¿Sabes que eres grande?

–     Todo hombre que quisiera podría serlo como Yo, si fuera enteramente uno con Dios.

El romano continúa su serie de “¡por Júpiter!”, a cuál más exclamativo.

Jesús por su parte le dice:

–     ¿Podría dar a esos galeotes algo que los consolara?

Tengo dinero… Fruta, algo que los alivie; para que sepan que los amo.

–     Dámelo. Puedo hacerlo.

Además ahí hay una dama muy poderosa. Voy a preguntárselo.

Publio se acerca a la litera y habla muy cerca de las cortinas en las que ha sido abierto apenas un resquicio.

Vuelve.

–     Tengo plenos poderes para ello.

Me ocuparé yo mismo de la distribución, de forma que los esbirros no se aprovechen abusivamente.

Será la única vez que un soldado imperial ejercite la piedad con los esclavos de guerra.

–     La primera, no la única.

Llegará el día en que no habrá esclavos; pero ya antes mis discípulos habrán descendido a los galeotes y esclavos para llamarlos hermanos.

Otra serie de “¡Por Júpiter!” recorre el ambiente calmo; mientras, Publio espera a tener suficiente fruta y vino para los galeotes.

Luego, antes de subir a la galera,

le dice a Jesús al oído:

–     Ahí dentro está Claudia Prócula.

Quisiera oírte hablar en otra ocasión; ahora quiere preguntarte algo. Ve.

Jesús se acerca a la litera.

–     ¡Hola, Maestro!

La cortina apenas se abre un poco, dejando ver a una hermosa mujer de unos treinta años.

–     Descienda sobre ti el deseo de la sabiduría.

–     Has dicho que el alma tiene recuerdo del Cielo.

¿Es eterna, entonces, esa cosa que decís que poseemos?

–     Es eterna.

Por eso tiene recuerdo de Dios, del Dios que la ha creado.

–     ¿Qué es el alma?

–     El alma constituye la verdadera nobleza del hombre.

Tú eres gloriosa por ser de los Claudios; pues más lo es el hombre, por ser de Dios. Por tus venas corre la sangre de los Claudios; poderosa familia, pero que tuvo origen y tendrá fin.

Dentro del hombre, por razón del alma, fluye la sangre de Dios, porque el alma es la sangre espiritual – siendo Dios Espíritu purísimo – del

Creador del hombre: de Dios eterno, potente, santo. El hombre es, pues, eterno, potente, santo, por el alma que hay en él y que  vive mientras está unida a Dios.

–     Yo soy pagana, por tanto no tengo alma…

–     La tienes, aunque sumida en letargo; despiértala a la Verdad y a la Vida.

–     Adiós, Maestro.

–     Que la Justicia te conquiste. Adiós.

Jesús dice a sus disccípulos:

–     Como habéis podido ver, aquí también he tenido auditorio.

–     Sí, pero, menos los romanos,

¿Quién te habrá entendido? ¡Son bárbaros!

–     ¿Que quién?… Todos.

Llevan consigo la paz. Se acordarán de Mí mucho más que otros de Israel. Vamos a la casa que nos ofrece la comida.

Juan dice:

–     Maestro, la mujer ésa es la misma que me habló aquel día que curaste a aquel enfermo; la he reconocido.

–     Daos cuenta, pues, que también aquí había quien nos esperaba.

Pero… no os veo muy conformes. Mucho habré hecho el día que haya conseguido persuadiros de que he venido no sólo para los hebreos, sino para todos los pueblos.

Y de que os he preparado para todos ellos.

Una cosa os digo: de vuestro Maestro recordad todo; no hay hecho alguno, por insignificante que  fuere, que no esté llamado a ser para vosotros un día, regla en el apostolado.

Ninguno responde.

Jesús sonríe – no sin tristeza – compasivo.

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