47.- EL APÓSTOL REBELDE


El miércoles por la mañana, la comitiva de los apóstoles y las mujeres, a cuyo frente van Jesús y María con el pequeño Marziam, se acerca a la Puerta de los Peces. José de Arimatea, fiel a su palabra ha venido a su encuentro. Jesús busca con sus ojos al soldado Alejandro, pero no lo ve.

Dice en voz alta:

–           Ni siquiera hoy está. Me gustaría saber que ha sido de Él.

La gente es tan numerosa que no hay manera de dirigirse a los soldados, además de que sería una imprudencia, pues los judíos están enojados por la rabia que sienten por la captura del Bautista a manos de Herodes Antipas, de quién hacen cómplice a Pilatos y sus satélites.

Una andanada de insultos con epítetos muy pintorescos, aunque nada diplomáticos, estallan a cada instante, como las chispas de una rueda de fuegos artificiales. A los galileos también les toca.

José de Arimatea se adelanta cerca de Jesús y la multitud que lo conoce, guarda silencio por respeto a él. Dejan atrás la Puerta de los peces y…les sale al encuentro Felipe, Tomás y Bartolomé.

Tomás grita:

–           ¡Eh, Maestro!

Varios preguntan:

–           ¿Judas no está con ustedes?

Tomás contesta:

–           Estamos aquí desde temprano por temor de que fueses a venir antes. Pero él no se ha dejado ver. Ayer lo encontré. Parecía un levita y estaba con Sadoc el escriba. ¿No lo conoces José? Es viejo, flaco y con una verruga bajo el ojo. Había también otros jóvenes. Le grité: ¿Cómo estas Judas? Y no me respondió…  Fingió no conocerme y yo dije: ¿Qué le pasará? Y cuando me acerqué a él, se separó de Sadoc y se fue rápido con  otros de su edad… que ciertamente no eran levitas. Y ahora, no ha venido. ¡Él sabía que quedamos de vernos aquí!

Felipe no dice nada.

Bartolomé aprieta los labios, para no decir lo que está pensando en su corazón.

Pedro dice:

–           Está bien. da lo mismo. No me voy a poner a llorar porque no está aquí.

Jesús dice:

–           Vamos a esperar un poco. Puede ser que se haya entretenido en el camino.

Las mujeres y los hombres en diversos grupos, se apoyan sobre el muro donde hay sombra. Todos se han vestido muy solemnes.

El más lujoso es Pedro. Hace gala de un turbante nuevo, blanco como la nieve, con galón recamado en color rojo y dorado. El vestido que trae es de color granada muy oscuro. Lo adorna con una faja nueva del mismo color del turbante, donde le cuelga la vaina de un puñal. La empuñadura está grabada y la vaina adornada de latón, bruñido. A través de ella se ve brillar el acero.

Casi todos los demás están armados, menos Jesús; que luce su vestido blanco y su manto azul rey.

Marziam trae un vestido rojo claro, con un galón más oscuro al cuello, en los bordes y en las muñecas, en la cintura y en los bordes del manto que el niño trae doblado sobre el brazo. Lo toca con cariño. De vez en cuando levanta su carita, mitad sonrisa, mitad preocupación…

Pasa el tiempo y Judas no llega.

Pedro gruñe:

–           No se dignó…

Juan dice:

–          Tal vez nos espera en la Puerta Dorada.

Se van al templo, pero Judas no está.

José de Arimatea no aguanta más y dice:

–           Vámonos.

Marziam palidece. Besa a María diciéndole:

–           Ruega… Ruega…

Ella contesta sonriendo con dulzura:

–           Sí, querido. No tengas miedo. Estás muy bien preparado…

Marziam se arrima a pedro y le estrecha nerviosamente la mano. Y como no se siente muy seguro, busca la mano de Jesús, que le dice:

–           Yo no voy, Marziam. Voy a rogar por ti. Nos veremos después.

Pedro exclama asombrado:

–           ¿No vienes? ¿Por qué, Maestro?

–           Porque es mejor así. –Jesús está serio y triste. Agrega- José que es justo, no puede menos que aprobar mi acción.

En realidad, José no dice nada. Con su silencio y con un suspiro, confirma lo dicho por Jesús.

Pedro dice afligido:

–           Entonces… vámonos.

Marziam se pega a Juan.

José, a quien saludan a cada paso con inclinaciones profundas, los precede. Los acompañan simón y Tomás. Los demás se quedan con Jesús.

Entran a una sala donde un joven está escribiendo en un rincón. Se levanta al ver a José y se inclina hasta el suelo.

José le dice:

–           Dios sea contigo, Zacarías. Ve a llamar al punto a Azrael y a Jacob.

Inmediatamente se va y poco después regresa con dos rabinos de aspecto severo, que pierden su cejo de preocupación ante José. Detrás de él están otros ocho personajes de menor rango. Se sientan y solo quedan de pie, José y los postulantes.

El de mayor edad pregunta:

–           ¿Qué quieres, José?

José de Arimatea responde:

–           Presentar a vuestro saber a este hijo de Abraham que ha cumplido el tiempo prescrito para entrar en la Ley y gobernarse por sí solo.

–           ¿Pariente tuyo? –y lo miran con admiración.

–           En Dios todos somos parientes. El niño es huérfano y este hombre de cuya honradez yo soy fiador, lo ha tomado por suyo a fin de que su tálamo no quede sin descendencia.

–           ¿Quién es? ¡Qué responda por sí!

Pedro contesta:

–           Simón de Jonás. De Betsaida de Galilea.  Casado sin hijos; pescador porque así quiere el mundo. Hijo de la Ley por voluntad del Altísimo.

–           Y tú Galileo asumes esa responsabilidad, ¿Por qué?

–           Está en la Ley que se tenga amor por el huérfano y por la viuda. La cumplo.

–           ¿Conoce éste realmente la Ley para merecer que…? Pero tú niño responde; ¿Quién eres?

El niño, con dignidad pero sin altivez; contesta:

–           Yabé Marziam de Juan, de la campiña de Emmaús. Tengo doce años de edad.

–           Luego eres de Judá. ¿Es lícito que cuide de él un galileo? Busquemos en las leyes.

A Pedro le empieza a hervir la sangre:

–           ¿Pero que soy yo? ¿Leproso o maldito?

José de Arimatea interviene:

–                     Cállate Simón. Yo hablo por él. Dije que soy fiador de este hombre. Lo conozco como si fuese de mi casa. El Anciano José jamás propondría una cosa contraria a la Ley y ni siquiera a las leyes. Examinad por favor al niño, justa y cuidadosamente. El patio está lleno de niños que esperan el examen. No os tardéis por amor a todos los demás.

–                     Pero, ¿Quién prueba que el niño tiene doce años y que fue rescatado del Templo?

–                     Lo puedes comprobar en las Escrituras. Es una investigación molesta, pero se puede hacer. Niño, me dijiste que fuiste el primogénito ¿No es así?

–                     Sí, señor. Puedes verlo, porque fui consagrado al señor y rescatado con lo prescrito.

–                     Entonces busquemos otros datos… -dice José.

Los dos quisquillosos responden secamente:

–                      No es necesario.

–                     Ven aquí, muchacho. Dí el Decálogo.

El niño lo recita.

–                     Dame ese rollo, Jacob. Si sabes, lee.

–                     ¿En dónde rabí?

Azrael responde:

–                     En donde quieras. En donde tus ojos se fijen.

–                     No. Dámelo. -Jacob le quita el rollo y lo desenrolla. Le señala- Aquí.

El niño lee.

–                     ¡Basta! Basta… ¿Qué cosa es esto? –pregunta Jacob señalando las extremidades de su manto.

–                     Las franjas sagradas, señor. Las llevamos para acordarnos del precepto del Altísimo Señor.

–                     ¿Es lícito a un israelita comer de cualquier carne?

–                     No, señor. tan sólo de las que han sido declaradas lícitas.

–                     Dime los preceptos.

Y obediente el niño comienza la letanía de: ‘No cometerás…’

–                     ¡Basta! Basta. Para ser galileo, sabe demasiado. Oye tú, -se dirige a Pedro- a ti te toca jurar que el niño ha llegado a su mayoría de edad.

Pedro, con el mayor garbo que todavía conserva, después de tantos desaires; empieza a recitar su discurso que le pertenece, como padre:

–                     Como habéis observado mi hijo ha llegado a la edad prescrita. Es capaz de guiarse por el conocimiento de la Ley, de los preceptos, de las costumbres y tradiciones; ceremonias, bendiciones y oraciones. Por eso, como habéis comprobado; puede él, como yo también, pedir que se le conceda el derecho de haber llegado a la mayoría de edad. En realidad, yo debería haberlo dicho antes. Pero las costumbres han sido violadas, no por nosotros los galileos. Al niño le preguntaron antes que a su padre. Ahora os digo, una vez que lo habéis considerado capaz, desde este momento no soy yo responsable de sus acciones, ni ante Dios, ni ante los hombres.

Azrael dice:

–                     Pasad a la sinagoga.

El reducido grupo pasa a la sinagoga, en medio de las caras rígidas de los rabinos a quienes Pedro les ha dicho la verdad.

Derecho, enfrente de los fascítoles y lámparas, le cortan el cabello a Marziam, hasta las orejas.

Y Pedro desenvuelve su envoltorio. Toma una hermosa faja de lana de color rosa, recamada en oro pálido y se la pone en la cintura del niño. Después, mientras los sacerdotes le amarran en la frente y en el brazo, tiritas de cuero, Pedro coloca diligentemente en el manto de Marziam, las franjas sagradas.

Pedro está conmovido cuando entonan los salmos y la Palabra del Señor  correspondiente.

Y casi inmediatamente, todos los celebrantes, literalmente escapan… Todo termina así.

Pedro dice:

–                     Menos mal. Ya no me aguantaba. ¿Viste José?… Ni siquiera terminaron la ceremonia. ¡No importa! Tú hijo mío, tienes quién te consagre… Vamos a tomar un corderito, para el sacrificio de Alabanza al Señor. Un corderito como tú. Te agradezco mucho José. Tú también Marziam. Da las gracias a este gran amigo. Sin ti José, nos hubieran tratado muy mal…

José de Arimatea contesta:

–                     Simón. Me alegro de haber servido de algo. Te ruego que vengas a mi casa de Bezetha, para el banquete. Es natural que todos vengan también. Permíteme que sean mis invitados.

Pedro contesta con exquisita cortesía:

–                     Vamos a decírselo al Maestro. Para mí es un gran honor…

Pero se contiene, pues está que se muere de alegría.

Vuelven a atravesar todos los atrios, hasta llegar al de las mujeres, donde todas felicitan a Marziam y luego se unen a donde están esperando Jesús y los otros.

Es un día de fiesta y felicidad. Y mientras Pedro va a sacrificar el cordero, todos los demás se van por los pórticos, hasta el primer muro.

Tan contento está Pedro con su niño, porque ya es un israelita perfecto, que no ve la arruga que cruza la frente de Jesús. Tampoco nota el silencio agobiante de sus compañeros. Es tan solo en la casa de José; cuando el niño, a la pregunta ritual de qué  es lo que quiere hacer con su vida…

Marziam responde:

–                     Seré pescador como mi padre.

Pedro llora de alegría. Y entre lágrimas, recapacita y comprende…

Y dice:

–                     Pero Judas ha puesto una gota de hiel, sobre esta felicidad. Tú estás muy preocupado, Maestro. Y los demás están tristes por eso. Perdóname si antes no lo había notado… ¡Ah!… ¡Ese, Judas!…

Ese mismo lamento está en el corazón de todos los demás.

Jesús, para quitar la preocupación, se esfuerza en sonreír y dice:

–                     No te molestes Simón. No hace falta a la fiesta. Oye, ¿Entonces Marziam respondió muy bien? Lo sabía de antemano.

José regresa después de haber dado órdenes a sus criados y dice:

–                     Os agradezco a todos vosotros por haberme rejuvenecido con esta ceremonia. Y por haberme dado el honor de tener en mi casa al Maestro, a su madre, a sus familiares y amigos. Y a vosotros queridos condiscípulos, junto con todos mis invitados, venid al jardín…

Con la última frase, José manifiesta su verdadero sentir de pertenencia al grupo apostólico. Todos van y celebran el acontecimiento.

Al día siguiente…

Es la vigilia de la Pascua, Jesús espera a que regrese Pedro que ha llevado el cordero pascual al sacrificio.

Está Él solo, con los discípulos y Jesús le habla a Marziam de Salomón…

Entonces Judas atraviesa el gran patio, con un grupo de jóvenes de su edad. Habla con grandes gesto y ademanes de un hombre muy importante. Su manto se mueve continuamente y se lo compone con movimientos de sabio.

Es tan exagerada su pomposidad, que ni siquiera Cicerón habrá hecho tanto alarde, cuando pronunciaba sus discursos…

Tadeo exclama:

–                     ¡Miren! ¡Allá está Judas!…

Felipe aclara:

–                     Está con un grupo de ‘saforim’ (escribas)

Tomás dice:

–                     Voy a oír lo que está diciendo.

Tomás se va; uniendo la acción a la palabra. Y lo hace tan rápido, que Jesús no tiene tiempo de decir su acostumbrado ‘No’…

Jesús…

¡Oh! ¡Qué rostro tiene Jesús!… De verdadero sufrimiento y de juicio muy severo…

Marziam, que lo ha estado mirando desde el principio, mientras le hablaba del gran rey de Israel, con un tinte de tristeza y su dulzura; nota el repentino cambio y se espanta. Toma la mano de Jesús y la sacude para que vuelva en sí…

Y le dice:

–                     ¡No mires! ¡No mires!… mírame a mí. Yo sí te quiero mucho.

Tomás logra acercarse a Judas, sin que éste lo vea y lo sigue por algunos metros. Al oír lo que está diciendo…

Suelta una exclamación:

–                     ¡Bravo rabí! ¡Eres extraordinario para imitar! –y aplaude con burla.

Esto hace que hace que varios volteen a mirarlo y sobre todo Judas, que se ha puesto pálido de ira.

Tomás dice con sorna:

–                     Pero, ¡Cuántos maestros espléndidos ha tenido jamás Israel! ¡Me congratulo contigo, nueva luz de sabiduría!

Judas aumenta su aire orgulloso, como si fuera un gran doctor de Israel y dice despectivo:

–                     No soy una piedra, sino una esponja. ¡Y absorbo! Y cuando lo exige el deseo de los que tienen hambre de sabiduría; entonces me exprimo para darme a todos con los jugos de la vida.

Tomás reprime su deseo de lanzar una carcajada y también el impulso de ira que experimenta por un instante, en su carácter bonachón.

Se limita a decir:

–                     Pareces un eco fiel. Pero para que éste subsista, se debe estar muy cerca de la Voz; de otro modo muere, amigo. Tú, me parece que te alejas…  Él está allí. ¿No vienes?

Judas cambia de color.

Por un instante, su cara; como en uno de sus peores momentos; refleja una ira diabólica y es repugnante.

Pero inmediatamente se domina y dice:

–                     ¿Cómo estáis amigos? Heme aquí Tomás, querido amigo mío. Vamos pronto a donde está el Maestro. No sabía que estuviese en el Templo. Si lo hubiese sabido, lo habría buscado.

Y pasa un brazo por la espalda de Tomás, como si experimentara por él un cariño muy grande. Y empiezan a caminar.

Tomás, complaciente pero nada tonto; no se deja engatusar por estas palabras y con algo de ironía le pregunta:

–                     ¿Cómo? ¿No sabes que es Pascua? ¿Crees que el Maestro no sea fiel a la Ley?

Judas dice con altanería:

–                     ¡Oh! ¡No se trata de eso! El año pasado se mostraba. Hablaba… me acuerdo que exactamente en este día, me atrajo precisamente por su energía de Rey. Ahora parece que se hubiera apagado y hubiera perdido su fuerza… ¿No te parece?

–                     A mí no. Me parece más bien como que alguien perdió crédito.

–                     En su misión. Lo dices bien.

–                     No. Entiendes mal. Ha perdido crédito en los hombres y tú eres uno de los que contribuyen a ello. ¡Deberías avergonzarte!

Tomás está serio y su última frase suena como una bofetada.

Judas de Keriot dice amenazante:

–                     ¡Mira cómo hablas!…

–                     Mira como obras. Somos dos judíos sin testigos y por eso hablo. Y te vuelvo a decir: ¡Deberías avergonzarte! Y ahora cállate. No te quieras dar baños de santo, ni te pongas a llorar… Porque de otro modo, hablo fuerte y delante de todos. Mira, allá está el Maestro y los compañeros. ¡Pórtate bien!

Han llegado hasta donde está Jesús.

Y Judas dice:

–                     La paz sea contigo, Maestro.

Jesús contesta con cortesía y severidad:

–                     La paz sea contigo, Judas de Simón.

Judas mira nervioso a su alrededor… y dice titubeante:

–                      Es un placer encontrarte aquí… tengo algo que decirte…

–                     Habla.

–                     Pero, quiero decirte… ¿No me puedes escuchar aparte?

–                     Estás entre los compañeros.

–                     Pero yo quisiera hablarte solo a Ti.

–                     En Bethania estoy a solas con quién quiere y me busca; pero tú no lo haces. Me huyes.

–                     No, Maestro. No puedes afirmarlo.

–                     ¿Por qué despreciaste ayer a Simón y a Mí con él? ¿Y con nosotros a José de Arimatea, a tus compañeros, a mi madre y a las demás mujeres?

–                     ¿Yooo?… ¡Sí ni los vi!

–                     No nos quisiste ver. ¿Por qué no viniste aquí como lo habíamos acordado, para bendecir al Señor por un inocente que la Ley ha acogido? ¡Responde! ¡No sentiste siquiera la necesidad de avisar que no vendrías!…

Marziam ve a Pedro que regresa con su cordero degollado, sin las entrañas y envuelto en su piel.

Y grita:

–                     ¡Ahí viene mi padre! ¡Oh! Y con él vienen Miqueas y los demás. ¿Puedo ir a su encuentro?

–                     Ve, hijo. –dice Jesús con dulzura, acariciándolo.

Y luego, tocando a Juan de Endor por la espalda, le pide:

–                      Te ruego que lo acompañes y los entretengas un poco.

De nuevo se dirige a Judas, con una gran autoridad en su Voz:

–                     ¡Responde, pues! ¡Te estoy esperando!

Por un momento Judas se encoge y balbucea…

–                     Maestro, un encuentro inesperado… -Pero se recupera pronto y agrega con descaro- que no podía menos que… me pudo mucho… pero…

Jesús lo interrumpe:

–                     Pero, ¿No había en todo Jerusalén, alguien que pudiese notificarnos tu excusa, en el supuesto que tuvieses una? Y esto ya era falta. Te recuerdo que hace poco un hombre dejó de ir a enterrar a su padre por seguirme.

Y que estos hermanos míos dejaron en medio de maldiciones, la casa paterna, por seguirme. Y que Simón, Tomás, Andrés, Santiago, Juan, Felipe y Nathanael, dejaron su familia. Simón Cananeo su riqueza, para dármela y Mateo, su vida pecaminosa, por seguirme. Así podría enumerarte cien más. Hay quién abandona su vida, la vida misma, por seguirme en el Reino de los Cielos.

Pero ya que no eres generoso; procura ser por lo menos educado. No tienes caridad; pero al menos sé caballeroso. Imita ya que te gustan tanto; a los falsos fariseos que me traicionan…

Que nos traicionan y se muestran educados. Tu obligación era no comprometerte para estar con nosotros; para no ofender a Pedro, al que ordeno que todos respetéis. ¡Si al menos hubieras avisado!

Por un momento, Judas siente un escalofrío de terror. Pero una extraña fuerza interna llena de rebeldía, hace que permanezca inmutable y dice con la mayor desfachatez:

–                     He faltado. Pero ahora venía con intenciones de buscarte para decirte, que siempre por la misma razón, mañana no podré venir. ¿Sabes? Tengo amigos de mi padre y me…

–                     ¡Basta! Vete con ellos. ¡Adiós!

–                     ¡Maestro! ¿Estás enojado conmigo? Me dijiste que serías como mi padre… soy un joven atolondrado; pero un padre perdona…

–                     Te perdono, sí. Pero vete. No hagas esperar más a los amigos de tu padre; así como Yo no hago esperar a los amigos del santo Jonás.

–                     ¿Cuándo partirás de Bethania?

–                     Al fin de los Azimos. Adiós.

Jesús le da la espalda y da unos cuantos pasos.

Judas se va, rápido.

Todos están asombrados…  y boquiabiertos…

Tomás exclama:

–                     ¡Por Yeové! Quería verte con la energía de un Rey… ¡Y te ha visto…!

La otra mitad de la frase que Tomás calla es: ‘Con la majestad de Dios’…

Jesús se vuelve y dice a todos:

–                     Os ruego que olvidéis este incidente, como Yo también me esfuerzo en hacerlo. Os ordeno que no digáis nada a nadie. No está bien causar aflicción y escándalo.

Todos dicen:

–                     Puedes estar seguro, Maestro.

–                     Haremos lo posible por repararlo y consolarte.

Y se reúnen con Pedro y los demás, para irse a celebrar la Pascua.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

 

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