Archivos diarios: 23/10/12

85.- SETENTA VECES SIETE


Jesús regresa con sus apóstoles, después de una gira evangelizadora, por los alrededores de Bethania.

Zelote dice:

–                     Fue una buena idea la de Salomón el barquero, ¿No crees Maestro?

–                     Sí. Fue una buena idea.

Judas dice desdeñoso:

–                     Pues yo no veo nada de bueno en esto. Nos dio lo que a él que es discípulo, no le sirve para nada. No hay porqué alabarlo.

Zelote contesta serio:

–                     Una casa siempre sirve para algo.

–                     Siquiera hubiera sido como la tuya. Pero, ¿Qué fue? ¡Una casucha apestosa!

–                     Eso es todo lo que tiene Salomón. –replica Zelote.

Pedro pregunta:

–                     Pero si durante tantos años a él no le ha pasado nada. Nosotros también podemos estarnos un poco. ¿Qué quieres? ¿Qué todas sean como la de Lázaro?

–                     No quiero nada. No veo la necesidad de este regalo. Si uno está allá; se puede estar mejor en Jericó. No hay más que unos cuantos kilómetros de distancia. Y para gente como nosotros que parecemos perseguidos. Obligados de ir de acá para allá, ¿Qué son unos cuantos Km?

Jesús interviene antes de que la paciencia de os demás se acabe, como se deja entrever:

–                     Salomón, en proporción a sus riquezas, ha dado más que todos, porque dio todo. Lo dio por amor. Lo dio para proporcionarnos un asilo, en caso de que la lluvia nos sorprendiese en esos lugares poco hospitalarios. Y sobre todo, por si llegase a suceder que la mala voluntad de los judíos fuese tan grande, que nos obligase a poner el río de por medio… Esto por lo que se refiere al regalo.

A mí me ha causado una gran alegría que un discípulo pobre y vulgar, pero muy fiel y lleno de voluntad, haya llegado a esta generosidad que muestra a las claras que tiene el deseo de ser siempre mi discípulo. En realidad estoy viendo que muchos discípulos, con las pocas lecciones que les di; os superan a vosotros que habéis escuchado tantas.

No sabéis sacrificar por Mí, sobre todo tú Judas, ni lo que os cuesta menos: el juicio personal. Tú eres terco en tu modo de pensar y nada te puede doblegar.

Judas responde:

–                     Tú dices que la lucha contra sí mismo es la más difícil…

–                     ¿Y con esto quieres darme a entender que me equivoco, diciendo que no es difícil? ¿O no es así? Tú has comprendido muy bien lo que he querido decir. Para el hombre. Y eso eres netamente tú. No tiene valor sino lo que puede venderse o comprarse.

El ‘juicio personal’ no se vende, ni se compra con dinero. A no ser que… que uno lo venda a alguien, esperando alguna utilidad. A la manera de un comercio ilícito, semejante al que el alma contrae con Satanás y hasta más vasto. Porque comprende además del alma, el pensamiento, el criterio o la libertad propia.

Dale el nombre que tú quieras. Existe también esta clase de desgraciados. Por el momento, no pensemos en ellos. Elogié a Salomón, porque veo todo el bien que hubo en su acción. Y basta con ello.

Dentro de poco Ermasteo podrá caminar sin ningún daño y Yo volveré a Galilea. Pero no vendréis todos conmigo. Una parte irá por Judea, para que regrese allá, con los discípulos judíos. De forma que todos estéis unidos para la Fiesta de las Luces.

Los apóstoles dicen entre sí:

–                     ¿Tanto tiempo?

–                     ¡Oh, no!

–                     ¿A quién le tocará?

Jesús escucha y responde:

–                     Tocará a Judas de Simón. A Tomás, Bartolomé y Felipe. Quiero que aviséis a todos los discípulos, para que se encuentren en la Fiesta. Por esta razón los buscaréis, los juntaréis y se los diréis. Los ayudaréis en todo y después me seguiréis; llevando con vosotros a los que hayáis encontrado y recomendando a otros que esparzan la noticia de que se reúnan.

Tenemos amigos en los principales lugares de Judea, nos harán el favor de avisar a los discípulos. Yo subiré a Galilea a lo largo del otro lado del Jordán. Recogeréis también a los que la otra vez no se atrevieron a venir. Los que quieran que se les instruya o necesiten algún milagro; que vengan. Porque luego se arrepentirá de no haberlo hecho. Los traeréis a Mí. Me quedaré en Aera, hasta que lleguéis.

Judas dice:

–                     Entonces es mejor que nos vayamos pronto.

–                     No. Partiréis la tarde anterior a la mía. Os quedaréis con Jonás en Getsemaní, hasta el día siguiente y luego partiréis por la Judea. De este modo podrás ver a tu mamá y ayudarla en estos tiempos de contratos comerciales.

–                     Ya aprendió a hacerlo por sí misma, desde hace años.

Pedro le pregunta con sorna:

–                     ¿No te acuerdas que el año pasado le fuiste indispensable para la vendimia?

Judas se pone colorado como un jitomate. Su cara se afea con la ira y la vergüenza.

Pero Jesús se adelanta a cualquier respuesta:

–                     Un hijo siempre sirve para ayudar a su madre y para consolarla. Después, hasta Pascua, no la verás otra vez. por esto, vete a hacer lo que te digo.

Judas no se revuelve contra Pedro; pero arroja su ira contra Jesús:

–                     Maestro, ¿Sabes qué debo decirte? Que me da la impresión de que quieres deshacerte de mí. Por lo menos alejarme, porque me crees sospechoso. Porque injustamente me crees culpable de algo y porque faltas a la caridad contra mí. Porque…

Jesús contesta con severidad:

–                     ¡Judas! ¡Basta!… Podría decirte muchas cosas. Tan solo te digo: “OBEDECE”

Jesús es majestuoso, al pronunciar estas palabras. Alto. Con ojos centelleantes en su rostro severo… Infunde un gran respeto.

Judas se atemoriza y se pone detrás de todos.

Mientras Jesús solo, se pone a la cabeza.

Entre el uno y el otro; el grupo mudo de los apóstoles…

Y de este modo, llegan a Bethania.

Al día siguiente…

Lázaro está semi-tendido en un triclinio, leyendo un pergamino… Jesús se asoma por el umbral de la sala blanca de la casa de Lázaro y dice:

–                     Lázaro amigo mío, te ruego que vengas conmigo.

Lázaro se levanta inmediatamente:

–                     Al punto, Maestro. ¿A dónde vamos?

–                     Por el campo. Quiero estar solo contigo.

Lázaro lo mira preocupado y le pregunta:

–                     ¿Tienes noticias tristes que darme en privado?

–                     Sólo quiero pedirte un consejo. Y ni siquiera el aire debe saber lo que hablemos. Manda traer el carro, porque no quiero que te canses. Cuando estemos en el campo, te hablaré.

–                     Entonces yo guiaré; de este modo ni siquiera el siervo oirá lo que hablemos.

–                     Es mejor así.

–                     Vengo al punto, maestro.

Lázaro va por el carro y Jesús se queda pensativo por unos momentos.

Luego sale al patio interior, en donde están los apóstoles.

–                     ¿A dónde vamos Maestro? –preguntan al ver que Jesús se pone el manto.

–                     A ningún lugar. Salgo con Lázaro. Esperadme aquí juntos. Pronto estaré de regreso.

Los Doce se miran entre sí, no muy contentos…

Lázaro llega en un carro muy veloz que viene cubierto.

El discípulo más pequeño pregunta:

–                     ¿Vas con el carro?

Jesús contesta:

–                     Sí. Para que Lázaro no se canse de sus piernas. Hasta pronto, Marziam. Pórtate bien. la paz sea con todos.

Sube al carro que patina sobre la grava de la calle y se van por el camino principal.

Tomás grita:

–                     ¿Vas a Aguas Hermosas, Maestro?

–                     No. Os vuelvo a repetir que seáis buenos.

El caballo parte con un buen trote. El camino que desde Bethania va a Jericó pasa por los campos que pronto empezarán a perder su follaje. Siguen hasta la llanura.

Jesús sigue pensativo y Lázaro no habla; tan sólo se ocupa de guiar el caballo. Cuando llegan hasta los viñedos, Jesús hace señales para detenerse.

Y Lázaro obediente. Lleva el caballo por una vereda que lleva a otro poblado…

Lázaro dice:

–                     Aquí estaremos más tranquilos que en el camino principal. Con estos árboles, nadie nos verá.

Y en realidad es así. Porque unos arbustos con follaje tupido impide que sean vistos. Se bajan del carro y Lázaro está de pie ante Jesús, esperando sus palabras.

Jesús dice:

–                     Lázaro, me veo obligado a alejar a Juan de Endor y a Síntica. Comprendes que la prudencia lo aconseja y también la caridad. Sería una prueba muy dolorosa para ambos que llegaran a percatarse de las persecuciones de que son objeto. Y podría provocar en uno de los dos, sorpresas muy amargas.

Lázaro dice:

–                     En mi casa…

–                     No. Ni siquiera en tu casa. Tal vez físicamente no se les tocaría, pero moralmente se les humillaría. El mundo es cruel. Hace pedazos a sus víctimas. No quiero que se pierdan estas dos fuerzas. Por esto voy a unir a mi pobre Juan con Síntica. Quiero que muera en paz y que no esté solo. Y que lleve la ilusión de que va a otras partes, no porque sea el ‘exgaleote’, sino porque es el discípulo prosélito, que puede ir a otras regiones a predicar al Maestro.

Síntica lo ayudará… Es una hermosa alma. Y será una gran fuerza en la Iglesia futura. ¿Me puedes decir a donde estaría bien enviarlos? ¿A dónde que sean útiles y que estén seguros?

–                     Maestro… yo… ¿Aconsejarte a Ti?

–                     No, no. Habla. Tú me quieres. Tú no traicionas. Amas a quien amo. Tú no tienes cabeza estrecha como los demás.

–                     Yo… Sí… Te aconsejaría que los enviases a donde tengo amigos… a Chipre o a Siria. Escoge. En Chipre tengo personas de confianza. En Siria… Tengo todavía una casita, de la que cuida un mayordomo que es más fiel que una oveja. ¡Nuestro viejo Felipe!

Si me lo permites; esos a quién Israel persigue y tú amas, podrán desde ahora considerarse mis huéspedes. Y estarán seguros allí… ¡Oh! ¡No es un palacio! Son la propiedad secreta de mi madre. Los jardines, los huertos de flores y los árboles de esencias raras… ¡Ella los amaba tanto!… Mi mamá.

¡Cuántas cosas buenas hacía con lo que producían! –Lázaro llora y luego se controla- pero hablemos de Ti. ¿Te parece bueno el lugar?

Jesús lo mira y sonríe:

–                     Sí. Una vez más te doy las gracias. Me quitas de encima un gran peso…

–                     ¿Cuándo partirán? Te lo pregunto para preparar una carta para Felipe. Le diré que dos amigos míos tienen necesidad de tranquilidad. Y con eso bastará.

–                     Tienes razón. Con eso bastará. Pero te ruego que ni siquiera el aire sepa algo de esto. Tú lo estás viendo. Se me espía…

–                     Lo sé. No lo diré a nadie. Pero, ¿Cómo harás para llevarlos allá? Tienes contigo a los apóstoles…

–                     Los enviaré a diversas misiones y en ese intervalo, haré que se vayan a Antioquia los dos. A esto me obligan…

–                     A que te cuides de los tuyos. Tienes razón, Maestro. Sufro al verte afligido.

–                     Tu buena amistad me llena de consuelo, Lázaro. Te lo agradezco. Pasado mañana parto y me llevo a tus hermanas. Tengo necesidad de muchas discípulas, para que entre ellas se pierda Síntica.

–                     Se hará como Tú deseas. Mis hermanas te pertenecen, como Yo te pertenezco; con todas mis propiedades, mis siervos y mis bienes. Todo es tuyo, Maestro. Úsalo como Tú lo consideres más conveniente. Te prepararé la carta para Felipe y te la entregaré en tus manos.

–                     Gracias Lázaro.

–                     Es todo lo que puedo hacer. Si estuviese sano iría yo mismo. Cúrame, Maestro e iré.

–                     No, amigo. Yo te necesito tal como estás.

–                     ¿Aunque no haga nada?

–                     Aunque no hagas nada. ¡Oh, Lázaro mío! –y Jesús lo abraza y le da el beso de la amistad.

Vuelven a subir al carro para regresar.

Ahora es Lázaro el que está muy pensativo. Jesús no le pregunta la razón.

Pero él se la dice:

–                     Pienso en que perderé a Síntica. Me atraen su saber y su bondad.

–                     La adquiere Jesús.

–                     Es verdad… Es verdad. ¿Cuándo volveré a verte, Maestro?

–                     En primavera.

–                     ¿Hasta la primavera? El año pasado estuviste conmigo en la  Fiesta de las Encenias.

–                     Este año daré contento a los apóstoles. Pero el año entrante estaré mucho contigo. Te lo prometo.

Casi están para llegar a Bethania.

Lázaro detiene el carro y dice:

–                     Maestro. Haces bien en alejar de Ti al hombre de Keriot. Desconfío de él. No te ama. No me gusta. Jamás me ha gustado. Es un sensual y un ambicioso. Y así puede ser capaz de cometer cualquier pecado. Maestro, él es el que te denunció…

–                     ¿Tienes pruebas?

–                     No.

–                     Entonces no juzgues. No eres muy experto en juzgar. Acuérdate que juzgabas que María estaba del todo perdida.

–                     Es verdad. Pero mira… Ten cuidado de Judas.

Jesús ya no dice nada y momentos después entran en el jardín; donde los apóstoles, curiosos los esperan.

Y en una mañana tranquila de Octubre, todos se dirigen a Jericó. La ausencia de los cuatro apóstoles y sobretodo, de Judas; hace que el grupo de los restantes, se sienta más íntimo y feliz.

Juan de Endor camina fatigosamente bajo el peso que lleva en la espalda.

Pedro lo nota y le dice:

–                     Dámelo. Ya que quisiste cargar con este lastre. ¿Lo extrañas mucho?

–                     Me lo ordenó el Maestro.

–                     ¿Sí? ¡Oh! ¿De qué se tratará?

–                     No lo sé. Ayer por la tarde me dijo: ‘Toma tus libros y me seguirás con ellos’

–                     ¡Oh, qué bonito!… Bueno. Si lo dijo Él, quiere decir que se trata de algo bueno. ¿Eh? ¿También tú sabes cómo ella?

–                     Casi como ella. Es muy docta.

–                     Pero no vas a seguirnos con ese peso, ¿Verdad?

–                     No lo creo. No lo sé. También yo puedo cargarlo.

–                     No amigo. Me interesa que no te vayas a enfermar. Estás un poco desvencijado, ¿Sabes?

–                     Lo sé. Siento que me muero.

–                     No digas tonterías. Déjanos llegar siquiera hasta Cafarnaúm. Nos sentimos tan bien ahora, sin que esté ese… ¡Maldita lengua! Falté otra vez a la promesa que le hice al Maestro…-Y Pedro corre para alcanzar a Jesús-  ¡Maestro!… ¡Maestro!

Jesús pregunta:

–                     ¿Qué quieres Simón?

–                     Murmuré de Judas y te había prometido no hacerlo otra vez. ¡Perdóname!

–                     Bien. Procura no hacerlo más.

–                     Todavía me quedan cuatrocientos ochenta y nueve veces que me puedes perdonar…

Andrés pregunta admirado:

–                     ¿Pero qué estás diciendo hermano?

Y Pedro con una cara de pícaro, torciendo el cuello, bajo el peso del saco de Juan de Endor, dice:

–                     ¿No te acuerdas que dijo Él, que debíamos perdonar setenta veces siete? Por eso me quedan todavía cuatrocientos ochenta y nueve perdones. Iré haciendo bien las cuentas…

Todos sueltan la carcajada…  Hasta Jesús…

Pero dice:

–                     Harás mejor en llevar la cuenta de todas las veces que sabes ser bueno. ¡Muchacho grandulón!

Pedro se acerca y Jesús y dice:

–                     ¡Oh, Maestro querido! Qué feliz soy de estar contigo sin… Deja eso. También Tú estás contento… Y sabes lo que quiero decir. ¿En dónde nos quedaremos esta noche?

–                     En Jericó.

–                     Allí, el año pasado vimos a la velada. Pero quién sabe lo que fue de ella. Cómo me gustaría saberlo. Y también encontramos a ese de los viñedos… ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!…

La risa de Pedro es tan ruidosa  y contagiosa, que todos comprenden y recuerdan. Y también se ríen del momento en que se encontraron con Judas de Keriot que con mentiras se había escapado del grupo apostólico…

Y Jesús dice con reproche:

–                     En realidad. ¡Eres incorregible, Simón!

–                     No dije nada, Maestro. Tan solo me vino a la mente la cara que hizo cuando nos encontró allí… en sus viñedos…

Y Pedro se ríe con tantas ganas, que tiene que pararse mientras los otros siguen caminando.

Las mujeres alcanzan a Pedro y María le pregunta dulcemente:

–                     ¿Qué te pasa, Simón?

Pedro contesta:

–                     ¡Oh, no puedo decirlo porque cometería otra falta contra la caridad! Pero, Madre, dime tú que eres sabia. Si hago una insinuación o lo que es peor, si digo una calumnia, peco. Pero si me río de una cosa que todos conocen. De un hecho que todos saben. Como por ejemplo, cuando se acuerda uno de haber sorprendido con las manos en la masa a un mentiroso. La sorpresa que sufrió, sus excusas… Y uno vuelve a reírse de aquello, ¿Es malo?

María dice.

–                     Es una imperfección contra la caridad. No es pecado como la murmuración o la calumnia. Ni siquiera como la insinuación. Pero siempre es una falta de caridad. Es como una hebra de hilo que se saca de un tejido. No se trata de un agujero que eche a perder la tela, pero es algo que perjudica y da pie para que haya rasgaduras y agujeros. ¿No te parece?

Pedro se restriega la frente un poco avergonzado y dice:

–                     Así es. No había reparado en ello.

–                     Piénsalo bien y no lo volverás a hacer. Hay risas que son más ofensivas a la caridad, que una bofetada. ¿Se equivocó alguien? ¿Lo sorprendimos en una falta? ¡Y qué!…  ¿Por qué debemos recordarlo y hacer que otros lo recuerden? Bajemos el velo sobre las culpas del hermano, pensando siempre: ‘Si yo fuese el culpable, ¿Me gustaría que otro se acordase de esta falta mía e hiciese que los demás se acordasen de ella?’

Hay bochornos, Simón; que causan muchos dolores. No sacudas la cabeza. Sé lo que quieres decir… También los culpables sufren. Créemelo. Procura siempre partir del pensamiento: ‘¿Me gustaría a mí esto?’ Y comprobarás que así no pecarás jamás y que siempre tendrás paz en ti… Abandónate a Dios.

–                     Así lo haré, María. Te lo prometo.

Pedro ya no ríe. Meditando en lo que le dijo la Virgen, alcanza a sus compañeros…

Más adelante se encuentran una caravana grande y rica que va custodiada por hombres altos y morenos, que van muy bien armados. Y se agregan a ella.

Atraviesan la llanura del otro lado del Jordán y cuando abrevan sus animales en un estanque, Jesús platica con el rico mercader que la conduce y se entera de que van a pasar por las ciudades por las que Él también pasará. Como sabe que los ladrones se la pensarán bien antes de asaltarlos, decide ir con él, para que las mujeres vayan más seguras.

El mercader le pregunta:

–                     ¿Eres el Mesías?

Jesús le contesta:

–                     Sí.

–                     Me llamo Alejandro Misace. Hace días estuve en el Templo; en el Patio de los Gentiles y te oí. Yo te protegeré y Tú me protegerás. Llevo un cargamento de mucho valor. Nos detendremos en el siguiente poblado. En el albergue me conocen bien; porque dos veces al año hago este viaje. Me alegro de haberte encontrado, porque he perdido de vista a Dios.

–                     Porque tienes por dioses el comercio, el dinero, la vida… Y Dios es el que te concede estas cosas. ¿Por qué entraste al Templo?

–                     Por curiosidad. Fui a hacer algunos negocios, vi a un grupo de personas que te veneraban y recordé lo que había oído de Ti en Ascalón, de un fabricante de tapetes. Pregunté quién eras y te seguí. Cómo habían terminado mis negocios de ese día… luego en Jericó te volví a ver y ahora te vuelvo a encontrar.

–                     Es Dios Quién une y entrelaza nuestros caminos. Yo no tengo nada que darte por tu bondad. Pero antes de separarnos, espero darte un obsequio…

–                     No es necesario. ¡Mira! Detrás de aquel recodo empieza el poblado. Voy a adelantarme. ¡Nos veremos en el albergue!  -y a galope tendido se va por el camino.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

84.- EL ESPÍA DEL SANEDRÍN


Jesús al llegar al jardín de Lázaro, bendice la casa que le hospeda. Y se encuentra con la familia y con José de Arimatea y Nicodemo que también son huéspedes de Lázaro.

Todos corren al encuentro de Jesús.

Después de los primeros saludos, Jesús pregunta:

–                      ¿No está Síntica?

Maximino contesta:

–                     Está con Sara y Marcela adornando las mesas. Ahorita viene.

Jesús avanza hasta el pórtico y entra en el salón donde los sirvientes los ayudan con las purificaciones rituales antes de la comida.

Mientras las mujeres se retiran, Jesús se queda con los apóstoles en la sala.

Juan de Endor y Ermasteo, van a la casa de Simón Zelote, para dejar los sacos con los que venían cargados.

José de Arimatea pregunta:

–                     ¿Aquel joven que se fue con Juan el Tuerto, es el filisteo que aceptaste?

Jesús contesta:

–                     Sí, José. ¿Cómo lo supiste?

–                     Maestro… Nicodemo y yo, hace días que nos estamos preguntando, ¿Cómo pudieron saberlo los otros del Templo? Y sin embargo así es. Lo único cierto es que lo sabemos.

En la sesión que precedió a la Fiesta de los Tabernáculos; algunos fariseos dijeron que sabían exactamente, que entre tus discípulos; además de… Perdona Lázaro… las pecadoras conocidas y las ignotas. Y… Perdona Mateo… Los cobradores de impuestos y los galeotes; se habían unido un filisteo incircunciso y una pagana.

Por lo que se refiere a la pagana… Que en este caso, sin duda es Síntica; se comprende que se puede saber o por lo menos adivinar. La batahola que se armó con el romano no fue para menos…

Y se convirtió en tema de pleito entre los suyos y entre los judíos. Porque se fue, quejoso y amenazador al mismo tiempo, a buscarla por todas partes.

Fue a molestar al mismo Herodes; porque insistía en que estaba escondida en casa de Juana de Cusa y que el Tetrarca debía ordenar a su mayordomo, que se la entregase. Porque entre tantas personas que te siguen; que se pueda saber que unos es filisteo incircunciso y otro galeote… es extraño. Muy extraño, ¿No te parece?

–                     Me parece y no me parece. Voy a tomar las providencias necesarias en el caso de Síntica y del galeote.

–                     Sí. Harás bien en alejar sobre todo a Juan. No está bien entre tus seguidores.

Jesús pregunta severo:

–                     José, ¿También tú te has hecho Fariseo?

–                     No… Pero…

–                     ¿Debería Yo, arrastrado por un necio escrúpulo del peor farisaísmo, humillar a un alma que se ha regenerado? ¡No! No lo haré. Pensaré en su tranquilidad. En la suya; no en la mía. Vigilaré por su formación, como velo por la del inocente Marziam.

¡En verdad que no hay diferencia en la ignorancia espiritual! Uno dice por vez primera, palabras de sabiduría; porque Dios ya lo perdonó. Ha renacido y Dios lo estrecha contra su corazón. El otro las dice; porque al pasar de una niñez abandonada, a una adolescencia por la que vela el amor humano, además del de Dios; abren su alma como una corola al sol.

Su sol es Dios. Uno está por decir sus últimas palabras. ¿No veis con vuestros ojos, que se está consumiendo de penitencia y de amor? ¡Oh! ¡Cómo me gustaría tener muchos Juanes de Endor! ¡En Israel y entre mis siervos! Quisiera que también tú, José… Y tú, Nicodemo, tuvieseis su corazón. Y sobre todo que lo tuviese su Delator… La abyecta víbora que se oculta bajo el manto de amigo y que hace de ESPÍA, antes de convertirse en ASESINO. 

La víbora qué envidia al pájaro las alas y que espera agazapada, poder quitárselas; para arrojarlo en la cárcel. ¡Ah! ¡No!…  El pajarito ya está para convertirse en un ángel. Y aún cuando la víbora pudiese… ¡Cosa que no podrá!…  Arrancarle las alas y ponérselas sobre su cuerpo viscoso. Se le convertirían en alas de demonio. Cada delator es ya un demonio…

Pedro exclama:

–                     ¿Pero dónde está ese tal? Decídmelo para arrancarle la lengua, ¡Ya!

Tadeo dice:

–                      Sería mejor que le arrancaras los colmillos; llenos de veneno.

Iscariote afirma secamente:

–                     No. ¡Mejor estrangularlo! Así no hará otra vez el mal.

Jesús lo mira fija y largamente… pero con más dolor que condena.

Y luego agrega un largo discurso contra la hipocresía que es ignorado totalmente por Judas de Keriot… 

Y termina diciendo:

–                     … Y mentir. Pero nadie debe hacerle daño. No vale la pena que por ocuparse de la víbora, se deje que perezca la avecilla. Con respecto a Ermasteo; Yo me detendré aquí en casa de Lázaro, para su circuncisión que se acepta por amor mío y para evitar que estrechas mentes hebreas; persigan la Religión Santa de nuestro pueblo.

Pero yo os digo: en esta hora del Cristo, no es necesaria esa cosa, para pertenecer a Dios. Basta la voluntad y el amor. Basta la rectitud de conciencia. ¿Y dónde circuncidaremos a la griega? ¿En algún punto de su espíritu, si ella ha sabido experimentar a Dios, mejor que muchos en Israel?

En verdad que entre los presentes hay muchos que son oscuridad, respecto a los que desprecian por tinieblas. De todos modos; El Delator y vosotros, Sinedristas, podéis informar a quien debéis, que a partir de hoy mismo quitaron el escándalo.

Judas de Keriot pregunta:

–                     ¿Quién? ¿Los tres?

–                     No, Judas de Simón. Ermasteo. Pensaré qué hacer con los otros dos. ¿Tienes algo más que preguntar?

–                     No, Maestro.

–                     Ni Yo tampoco tengo nada que agregar. Os pregunto a todos, ¿Qué pasó con

–                     el dueño de Síntica?

Nicodemo contesta:

–                     Pilatos lo regresó a Italia en el primer navío que se le presentó; para no tener querellas con Herodes, ni con los hebreos en general. El gobernador está atravesando momentos difíciles. Y que si le bastan…

–                     ¿Es segura la noticia?

Lázaro dice:

–                     Puedo comprobarlo si quieres.

Jesús dice:

–                     Sí. Hazlo y luego me dirás la verdad.

–                     Da lo mismo. En mi casa, Síntica está segura.

–                     Lo sé. También Israel defiende a la esclava fugitiva de un amo extranjero y cruel. Pero quiero saberlo.

Pedro dice:

–                     Y yo quisiera saber ¿Quién es el Delator; el Informante, el doloso Espía de los Fariseos?… Esto se puede saber y quiero saber quiénes son los fariseos delatores. Que sean descubiertos los nombres de los fariseos y los de sus ciudades.

Me refiero a los fariseos que realizan la hermosa tarea de informar, previa traición de uno de nosotros; porque solo nosotros sabemos ciertas cosas. Nosotros, discípulos viejos y nuevos; para poder informar al Sanedrín, sobre los hechos del Maestro. Hechos que son totalmente justos. Pero hay un demonio que piensa y dice lo contrario. Y…

Jesús dice:

–                     Ya basta, Simón de Jonás. Te lo ordeno.

–                     Yo… Yo obedezco, aunque se me revienten las venas del corazón, por los esfuerzos que hago. Sin embargo la alegría de hoy se perdió…

–                     ¡No! ¿Por qué? ¿Ha cambiado algo entre nosotros?  Y, ¿Entonces? ¡Oh, Simón mío! Ven aquí a mi lado y hablemos de lo que es bueno…

Lázaro dice:

–                     Maestro. Me acaban de avisar que ya está lista la comida.

–                     Vamos ya…

Más tarde…

En el jardín de la casa de Lázaro. Jesús está sentado bajo el pórtico, sobre un banco de mármol, con cojines. Con la espalda apoyada contra el muro, rodeado de todos: dueños, apóstoles, discípulos, sirvientes y huéspedes.

Todos escuchan muy atentos a la esclava griega, que es una mujer muy hermosa. Ya no luce desaliñada, como el día que la encontrara Jesús. Viste una túnica de color malva. Tiene alrededor de veinte años.

Un porte severo y de radiante calma, en un cuerpo escultural. Sus ojos violetas, se ven casi negros; tienen una mirada inteligente, sincera, honesta y firme; en una cara de facciones armoniosas y perfectas. Su piel es muy blanca y sus cabellos ondulados y negros. Sus ademanes patricios, hablan de una noble cuna.

Y su voz grave, se escucha fuerte:

–                     Soy botín de guerra desde mi más tierna edad… -Síntica da su testimonio, repitiendo lo que dijera el día que encontró a Jesús y el por qué huyó del romano cruel- Sé que él anda en mi busca. Le costé mucho dinero y le agrado demasiado, para que me deje en paz. Busqué al Desconocido que no rechaza a los esclavos y habla del alma. Y quise venir a Él, para que me instruya y me levante otra vez. Quise estar cerca de Él. Vivir en medio de los brutos, embrutece a uno. Quiero volver a tener mi antigua dignidad moral.

¡Y lo encontré! –Síntica se postra y le besa los pies a Jesús- ¡Gracias, Salvador y Dios mío!… –lo adora durante un largo momento, con un silencio lleno de reverencia. Luego se levanta y continúa- Y creo en Él.

Amarlo es mi necesidad. Para no sentir todo el peso de mi condición. Significa ya no estar sola, ni ser esclava, ni estar desterrada de mi patria. Es pensar que mi madre y mis hermanos. Mi padre y mi amada y dulce Ismene, no se han perdido para siempre.

Porque aún cuando todo mundo se encarnizó en separarnos; como Roma nos había dividido; vendido como animales de carga a nosotros, que éramos libres. En la otra vida, un lugar nos reuniría.

Pensar que nuestro vivir no es solo materia que se encadena; sino que dentro de ella hay una fuerza libre que nadie puede encadenar, si no es el deseo voluntario de vivir en el desorden moral y en la crápula. Vosotros le llamáis “Pecado” Los que eran mis luces en la oscuridad de mi noche de esclava, lo definen de otro modo.

Pero también ellos admiten que un alma esclavizada por las pasiones malvadas; no llega a lo que vosotros llamáis Reino de Dios y nosotros, convivencia con los dioses en el Hades.  Por lo cual es necesario abstenerse de caer en el materialismo y esforzarse por llegar a la libertad del cuerpo. Hacerse de virtudes para poder poseer una inmortalidad dichosa y poder reunirse con los seres amados.

Pensar que el alma de los muertos puede estar cerca de la de los vivos y poder decir: ‘Sí, Mamá. Para ir a donde estás, mantendré mi alma libre; la única posesión que tengo y que nadie me puede quitar. Que quiero conservar, para poder razonar de una manera virtuosa.” Pensar de este modo significa para mí, libertad y alegría.

Y así quiero pensar y obrar; porque no es sino una filosofía falsa y a medias, pensar y obrar contra las propias ideas. Pensar de este modo es lo mismo que construirse una patria en el destierro. Una patria grande y misteriosa. La patria de las almas. El lugar de origen. El lugar de la vida. Pues la vida sale de la muerte.

¡Y todo fue luz! He comprendido en qué punto no se equivocaron los maestros de Grecia y como después sí, al carecer de un solo dato, para resolver el teorema de la vida y de la muerte. El dato era: ¡Existe el Verdadero Dios; Señor y Creador de todo cuanto hay!

¿Puedo ponerlo en estos labios de pagana? ¡Sí! ¡Sí puedo, porque como todos los demás, también vengo de Él! Porque Él puso en la inteligencia de todos los hombres esa capacidad. Y en los más sabios, una inteligencia superior, por la que aparecen cual semidioses, como dotados de un poder más que humano.

Puedo nombrarlo porque les hizo escribir esas verdades que son ya Religión Divina, capaz de tener las almas ‘vivas’ no solo durante el corto espacio de tiempo que es su estadía acá en la tierra; sino para siempre.

Y comprendí que la vida nace de la muerte, porque esta existencia no es sino el principio de la vida. Y que la verdadera Vida empieza cuando la muerte llega… En los Hades como pagana. En la Vida Eterna, si creo en Ti. ¿Dije mal?

Jesús aprueba:

–                     Hablaste bien, mujer.

Nicodemo interviene:

–                     ¿Pero cómo lograste conocer las palabras del Maestro?

–                     Señor… quien tiene hambre busca la comida. Yo buscaba la mía. Mi oficio es leer libros a mis patrones. Y podía leer mucho en las bibliotecas. No estaba del todo satisfecha. Me parecía que más allá de esas paredes había algo… y como aprisionada en una cárcel oro, me esforzaba por romper las paredes… En salir para encontrar…

Al venir a Palestina con el último patrón, tuve miedo de caer en las tinieblas. Y sin embargo venía al encuentro de la Luz. Las palabras de los siervos de Cesárea, eran como golpes de pico que resquebrajaban las paredes y que hacían agujeros cada vez más grandes, por los que entraban tus palabras.

Yo las recogía junto con las noticias. Y como un niño que enhila perlas, para adornarse con ellas, igual hacía yo y sacaba fuerzas para purificarme y poder así recibir la verdad.

En este plan de purificación, pensaba que daría con lo que buscaba y me propuse ser pura, aún a costa de la vida.  Por eso me defendí como fiera del lascivo romano. Para que cuando me encontrase con la Verdad; con la Sabiduría, con la Divinidad…

Señor Jesús estoy diciendo palabras tontas. Éstos me están mirando cómo aturdidos… Pero Tú me dijiste que hablase…

–                     Habla. Habla. Es necesario.

–                     Con fortaleza y templanza, resistí las presiones externas. Pude haber sido libre y feliz según el mundo, con tal de que lo hubiera querido. No quise trocar el saber por el placer; porque sin sabiduría, de nada sirven las demás virtudes.

El filósofo así lo dijo: “Justicia, templanza y fortaleza, sin tener como compañero el saber; son semejantes a un escenario pintado. Son virtudes de esclavo sin nada sólido y real. Yo quería poseer cosas reales.

Mi necio patrón, hablaba de Ti en mi presencia. Entonces sucedió como si las paredes se convirtieran en un velo. Bastaba querer para desgarrar el velo y unirse a la verdad. Y lo hice.

Judas de Keriot, le dice:

–                     No sabías que nos ibas a encontrar.

–                     Yo sabía y creía que los dioses premian la virtud. No quería ni oro; ni honores; ni libertad física. Ni siquiera ésta. Quería sólo la verdad. Pedía a Dios esto o que muriese. Ya no quería ser tratada como un ‘objeto’ Y pedía que me ayudase a no consentir en serlo.

Renunciando a todo lo que es corporal al buscarte, ¡Oh, Señor! pues las búsquedas con los sentidos son siempre imperfectas. Y Tú lo viste que cuando te vi huí, engañada por los ojos. Me puse en manos de Dios que está sobre nosotros y que informa al alma por Sí. Te encontré porque mi alma me condujo a Ti.

Judas de Keriot dice:

–           Tu alma es un alma pagana.

–                     Pero el alma tiene siempre en sí, algo de los divino. Sobre todo cuando con esfuerzos se guarda del error… Y por esto tiende a las cosas que son de su misma naturaleza.

–                     ¿Te comparas tú con Dios?

–                     No.

–                     Entonces, ¿Por qué dijiste eso?

–                     ¿Cómo? ¿Tú que eres discípulo del Maestro, me lo preguntas a mí que soy griega y que hace poco soy libre? Cuando Él habla, ¿Acaso no escuchas?

¿O en ti el fermento del cuerpo es tan fuerte que te aturde? ¿Acaso Él no dice siempre que somos hijos de Dios? Luego, somos dioses, si somos hijos del Padre.

De ese Padre tuyo y nuestro, del que siempre habla. Tú me puedes echar en cara que no sea humilde; pero el que sea incrédula o maleducada.

–                     ¿Entonces piensas que eres superior a mí? ¿Crees haber aprendido todo en los libros de tu Grecia?

–                     No. Ni una cosa, ni la otra. Pero los libros de los sabios me han dado lo mínimo para saber conducirme. No dudo que un israelita sea superior a mí; pero me siento contenta con la suerte que Dios me ha dado.

¿Qué más puedo desear? Lo he encontrado todo al encontrar al Maestro. Y me imagino que estaba ya escrito. Porque en verdad experimento que vigila sobre mí un Poder que me señaló el destino, al que he tratado de secundar, convencida de que es bueno.

–                     Bueno, has sido esclava y tus patrones fueron crueles… Si te hubiese capturado, ¿Cómo habrías secundado el destino? Dímelo sabia.

–                     ¿Tu nombre es Judas? ¿Verdad?

–                     Sí. ¿Y qué?

–                     Nada… Quiero recordar tu nombre, además de la ironía. Mira que la ironía no se ve bien, ni aún en los virtuosos… ¿Qué cómo habría yo secundado al destino? Me habría quitado la vida. Porque en verdad en ciertos casos, es mejor morir que vivir.

Cuando el filósofo diga que no está bien porque es algo impío procurarse el bien por sí mismo; porque solo los dioses tienen el derecho de llamarla a una a sí- y esto; esperar una señal de los dioses para quitarme la vida, fue lo que me entretuvo en medio de las cadenas de mi triste suerte.

Y si ahora el asqueroso patrón me capturase, vería esto como una señal y preferiría morir que vivir. También yo tengo mi dignidad, ¿Sabes?

–                     Y si volviese ahorita a apoderarse de ti? ¿Estarías siempre en las mismas condiciones?

–                     Ya no me quitaría la vida. Porque ahora sé que cuando se hace violencia a la carne, no se hace daño al espíritu que no consiente. Ahora resistiría hasta que me doblegase por la fuerza; hasta que me matase su violencia.

Pues también esto lo tomaría como señal de Dios, que me llamaría a Sí, a través de esa violencia. Y moriría tranquila; sabiendo que perdería lo que sí se puede perder.

Lázaro aplaude:

–                     Haz respondido bien, mujer.

Y Nicodemo es del mismo parecer.

Iscariote objeta:

–                     El suicidio jamás está permitido.

Jesús dice con dulzura:

Muchas cosas están prohibidas y no dejan de hacerse. Síntica, procura pensar que así como Dios te guió siempre; de igual modo de igual modo te habría librado de que te hubieses hecho violencia a ti misma. Ahora vete.

La mujer se inclina hasta la tierra y se va.

Todos la siguen con la mirada.

Lázaro dice en voz baja:

–                     ¡Así es siempre! No puedo dar con la clave de cómo las cosas que para ella han sido ‘vida’, para nosotros lo de Israel sean ‘muerte’. Si la vuelves a examinar, comprobarás que el helenismo que nos corrompió a nosotros que ya poseíamos una sabiduría, la salvó a ella. ¿Por qué?…

Jesús dice:

–                     Porque los caminos del Señor son admirables y los muestra a quién lo merece. Ahora amigos, es tiempo de que partáis, porque el atardecer ya está cerca. Estoy contento de que oísteis hablar a la griega. Sacad la conclusión de que excluir a cualquiera, por el hecho de que no sea de Israel, de las filas de Dios; es una cosa odiosa y peligrosa tenedlo como una norma para el futuro…

No refunfuñes, Judas de Simón. Y tú José, no tengas escrúpulos innecesarios. Ninguno de vosotros se ha contaminado porque la griega estuvo cerca. Procurad más bien, que el demonio no se os acerque. Hasta pronto. Espero veros otra vez, mientras estoy aquí…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA